sábado, 29 de julio de 2023

HEMOS LLEGADO AL FINAL DEL CAMINO Y DEBEMOS ELEGIR

 

 

 

Antonio Mercado Flórez. Pensador y Ensayista.

 

En Carta sobre el <<Humanismo>>, Heidegger aboga por el pensar meditativo y, concibe la razón calculadora como un peligro que amenaza al hombre. El peligro no está en sí, ni en la posibilidad de disponer de las cosas que pueblan el mundo, sino que niegue otras maneras de pensar y se convierta en uno totalizador que anule la diversidad. Y expresa al respecto: por todas partes y de manera permanente vemos en las formas más diversas aquello que hoy en día determina la realidad del mundo. Es la técnica moderna, que de manera uniforme domina toda la tierra e incluso las regiones del espacio sideral.

Observamos en la actualidad que el pensar que calcula penetra todos los ámbitos de la vida y, se vale de la verificación físico-matemáticas previamente definidas, y de procesos de validación experimental, que inciden en sus aplicaciones prácticas. Por eso en el ámbito científico-técnico no cabe la pregunta por la esencia de los entes, sino aquello que esté dominado por la lógica del cálculo y la mate-matización del mundo.

Estamos seguros que en la Época Moderna el pensar científico-técnico es incapaz de mitigar la pobreza de la condición humana. Su disolución se deshace como hongos podridos en la boca, y trae la soledad, el dolor, el sufrimiento, el odio, la muerte o la desesperanza. No sólo hemos perdido la fe en Dios, sino también en el hombre mismo y, en particular, en aquellos que nos rodean. Asimismo, hemos perdido la confianza en los dirigentes, las instituciones, la política y la economía. En un mundo donde prevalece el pensamiento científico-técnico y el volcamiento del hombre particular a las masas, nos sentimos solos y desprotegidos.

Como dijo Stevenson: “No es que el hombre no crea en nada, sino que cree en todo”.

Ahora existe una desilusión sobre la época y el hombre pone sus ojos en la Providencia Divina, como en el que bebe de los posos de los pensadores; porque los acompaña un halo de Redención y de Eternidad. Quizás rediman al hombre contemporáneo del montón de escombros humanos y materiales que el progreso ha dejado tras de sí. Hemos podido ver el progreso de las ciencias naturales, biológicas, químicas, los lenguajes digitales, pero no, el retroceso de la sociedad – al decir de Benjamín.

En el mundo del poder de la materia, de los objetos manufacturados, de los lenguajes digitales, del dinero bancario y la política; comprensible es, que los hombres sean pobres de espíritu. Y que no se hallen a la altura del Tiempo y sus juicios y, del poder que afluye a ellos.

En la filosofía de Heidegger hay algo así como un retirarse del ser. Pero ese ocultarse es un acontecimiento en el que se articula el propio destino del ser y el pensamiento. Esa relación unitiva entre ser y pensamiento, va de la mano con una reflexión desviado hacia lo ente o, ahora, a las existencias. Somos parte de un tiempo de indigencia del pensar; penuria que imposibilita que se piense el ser y la esencia del hombre. Aunque vivamos inmersos en la noche más oscura, siempre aparece la apertura que devela un resquicio de luz. La iluminación donde el claro posibilita que devenga la verdad del ser, la esencia del hombre y el lenguaje en el pensar.

Sabemos que Heidegger responde la pregunta sobre el humanismo desde el lenguaje. El lenguaje es el órganon de su reflexión filosófica. El lenguaje es la casa del ser. Lo humano del hombre es el Habla. La cualidad que define al hombre es el leguaje. No es la razón como dice Aristóteles; como el único ente dotado de razón y lo distingue del animal irracional. Así entonces ambas cualidades desembocan en el logos. Para el pensador alemán el logos pre-socrático rompe con la concepción tradicional del lenguaje; como instrumento, como medio de comunicación. Piensa que el lenguaje no es un mero objeto, un instrumento, y lo que busca es sacar al hombre de la objetivación del lenguaje.

Por eso hace un punto de inflexión desde el logos pre-socrático hasta la lengua alemana donde trata de llevar a cabo un acercamiento al ser. Su visión consiste en que el logos muestre caminos alternativos para guiar y dejar ver, caminos diferentes a la metafísica lingüística tradicional. Se trata de estar a la escucha de la revelación del ser. Lo que al pensar filosófico le interesa no es la respuesta, sino la pregunta. Se interesa por el hacer del griego antiguo, en la pregunta misma sin dejar que muestre lo interrogado.

Así, lo importante del pensar de Heidegger está en el qué y el cómo del logos, algo que acontece y no sólo “está”. En la medida que el logoi (el nombre) acontece se muestra y se escucha el devenir del ser. De ahí que el decir mostrativo deviene de las manifestaciones más profundas del ser, sin quedarse en la presencia del ente. El logos muestra la manifiesta del ser y dicha manifestación dice lo que es.

Heidegger en Carta, se dirige al lenguaje para mostrar la relación entre pensar y ser. Que la percibe desde las estructuras ontológicas de la vida, abstractas que desembocan en el ser; y se apartan de los procesos contingentes y concretos de la sociedad y la historia. Una de las críticas que hacen a Heidegger consiste en que, su filosofía es esencialista y anti-cartesiana; esto es, da prioridad al es y no al estar. Un lugar donde los procesos históricos de la realidad, la vida y el mundo, pasan a segundo plano.

Por tanto, Heidegger en Carta expresa que estamos lejos de pensar la esencia del actuar de modo suficientemente decisivo. Sólo se conoce el actuar como la producción de un efecto, cuya realidad se estima en función de su utilidad. Además, para Heidegger, la esencia del actuar es llevar a cabo.         

Sólo se puede llevar a cabo lo que ya es. Lo que ante todo “es” es el ser. La utilidad del actuar la suscribe en la esfera de la causa y el efecto, no en su esencia ya que ésta se ubica en lo que es y, este no es otro, que el ser. Observamos ya desde el principio el interés que tiene Heidegger, por el ser y, no por la ubicación del ser en el mundo y la historia; lo mismo sucede con el lenguaje. Se aparta de la posición universalista del sujeto, del Yo en la historia. No le interesa el hombre particular, sino el “tipo”, que expresa la raza de un territorio. Le incumbe lo que se puede llevar a cabo y este, no es otro que el ser. En su defecto, el “es” es el ser.

Así pues, el problema del ser como el de la libertad, lo aborda Heidegger en El estudiante alemán como trabajador, y también como el concepto de libertad se fundamenta en la adhesión al bloque. Según Heidegger y Jünger en el texto El Trabajador, la libertad es el trabajo. Para Herbert Marcuse el texto expresa en la década del treinta del siglo XX, los rasgos esenciales de la nueva mentalidad alemana. Dice Marcuse que

Jünger muestra, además, que el ascenso del nacionalsocialismo significa la única verdadera revolución alemana contra el mundo burgués y su cultura (un mundo que según él también incluye al socialismo marxista y al movimiento obrero), revolución que reemplazará la burguesa por una nueva forma de vida, la del “obrero” que blande el poder perfecto sobre el mundo perfectamente técnico, cuya actitud es la del soldado, y cuya racionalidad, la de la tecnología totalitaria.

El libro de Jünger es el prototipo de la unión nacionalista entre la mitología y la tecnología, en el que “sangre y suelo” emergen como una empresa gigante, totalmente mecanizada y racionalizada, que moldea la vida de los hombres hasta tal grado que los hace hacer con precisión automática la operación correcta en el momento y lugares correctos, un mundo de sentido práctico bruto, sin espacio ni tiempo para “ideales”. Pero este mundo totalmente tecnológico surge y se alimenta de una fuente supratecnológica que Jünger señala evocando los rasgos “antiburgueses” del carácter alemán.   

Así pues, libertad del trabajo, es, la concepción aria de la libertad y la cultura; una concepción nada moderna, ni ilustrada, ni democrática o liberal, porque para nada cuenta el sujeto o el individuo o el Yo, sino la comunidad de pertenencia. Un concepto de la cultura alemana racista y en permanente lucha por la existencia de la raza contra la modernidad. Que identifican con los judíos, la ciencia y la política al servicio del egoísmo, y la individualidad internacional. Que busca en su expansión –ora liberal, ya marxista- la desaparición del ser. En este orden, Adolf Hitler dijo, la “circunscripción territorial determinada de un Estado supone una concepción idealista de la raza que lo constituye y, ante todo, tiene una noción cabal del concepto trabajo”.

Así, “el pueblo del trabajo” nazi coincide, en sus lineamientos geopolíticos más importantes, con “el pueblo metafísico”, “el pueblo espiritual”, en fin, “el pueblo histórico” de Heidegger. Como expresa Julio Quesada: “ahora podemos ver lo inconmensurable de la lucha por el ser, que tiene que ver con la lucha de las especies, la “autoafirmación” del pueblo alemán frente a los Derechos Universales del Hombre”.

Se trata de exaltar el ultranacionalismo, el espíritu y la tierra alemán. De renovar el espíritu alemán para recuperar la grandeza del pueblo. O, en otras palabras, recuperar la grandeza destinada. Desde otro umbral, la tarea del pensador está en que el hombre logre una relación satisfactoria con la esencia de la técnica. Que logre una relación explicita con lo que hoy acontece. Porque lo que se oculta detrás de la esencia de la técnica es, la Libertad.

Observamos también como en las sociedades diversificadas se están dando articulaciones en el cuerpo social, político, cultural y científico, que responden al primado de la técnica en los asuntos humanos. Además, en la Cultura del Artificio percibimos éstas obedeciendo a “órdenes superiores” que organizan las sociedades de masas en la uniformidad y la objetivación.

Todas las situaciones se entrecruzan para dar lugar a la Figura -al decir de Jünger. Ve en ella una totalidad, una globalidad, también un tipo significativo. También reacciona contra la razón disociadora y el pensar analítico y, precisa que constituye un conjunto dotado de propiedades que no se encuentran específicamente en ninguno de sus elementos, así la Figura posee un sentido.

La Figura es “un conjunto que posee más que la suma de sus partes”. Jünger piensa que la Figura es un “tipo” y, por encima de toda una potencia constructora de tipos, que encarna el espíritu dominante de una época y concede al mundo su principal significación. Por Figura, escribe, entendemos una realidad superior que da sentido a los fenómenos. Desde un punto de vista histórico, la Figura no es el producto de la historia como aquello que permite a la historia realizarse. La Figura determina el movimiento de la historia, una Figura histórica es, en lo más profundo, independiente del tiempo y de las circunstancias de las que ella parece brotar La historia no engendra Figura alguna, sino que se transforma en su contrario gracias a ésta. La historia revela así una metafísica del ser.

En el Tratado del Rebelde, Jünger dice que nuestra época es pobre en grandes hombres, pero rica en figuras. En otras palabras, somos parte de una época de hechos significativos y de actores insignificantes. Esto expresa la cultura de la futilidad, lo pasajero y fugaz de la época actual. En lo político domina la Civilización del Espectáculo, la publicidad sobre lo programático del partido; el vaciamiento del lenguaje sobre la realidad y dador de sentido, por eso, prevalece la aclamación y la estridencia en la vida pública.

Jünger piensa que la magnitud de las masas informes pasa de ser una dimensión moral y política a un mero objeto, número o cosa. La sociedad de masas y la cultura de masas, representan en la consciencia del ser humano las relaciones inconexas de la Gran Ciudad, también la segunda consciencia en la que el hombre se percibe como objeto. La Cultura del Artificio está posibilitando la conformación de la objetivación de la persona individual y de sus articulaciones. Además, la zona de la sentimentalidad, el sentimiento de cercanía, del valor no simbólico, fundado en sí mismo, se desvanece y a cambio el movimiento de las unidades vivientes es dirigido a gran distancia.

Por eso una única maniobra en el cuadro que los dirige a gran distancia conecta las articulaciones de la vida moderna –una red dotada de amplias ramificaciones y de múltiples venas– a la corriente de los lenguajes digitales. La Gran ciudad es el ámbito donde prevalecen las relaciones inconexas de las sociedades de masas, el lujo, el poder y el dinero. Además, la coseidad de las articulaciones posibilita que el hombre responda a los requerimientos del Gran Poder. Estas ramificaciones y múltiples venas se tejen con el orden técnico en sí, con ese gran espejo donde se revela con máxima claridad la objetivación de la vida y se halla impermeabilizada de manera especial contra el acoso del dolor. La técnica es nuestro uniforme. (expresó Jünger).

Desde esta perspectiva percibimos como el “carácter de confort de la técnica” se entrelaza con “el carácter instrumental de poder”. Es decir, de dominio, de control, de coacción, de vigilancia, de dolor y de miedo. Un carácter que porta en sí, el rostro de la barbarie y de la muerte. La técnica y la razón se convierten en algo cruel. En esta época el poder no solo se relaciona con el saber, sino también con la coacción, la vigilancia, la técnica y la muerte.

Bueno bien, somos parte de una época donde predomina la racionalidad, la racionalidad histórica, la que limita y limita a la historia. Por eso la razón en el fondo, la mera razón, es defensa, defensa de lo establecido como verdad, del Statu Quo, del Estado y las instituciones, de los ejercen el Gran Poder. Una de sus limitaciones es su incapacidad de emprender la aventura espiritual. Es diciente que, la crueldad de la razón se perciba en la política, la economía, la ciencia o, los instrumentos técnicos para la guerra. Ya que el hombre racional, sumamente racional, adolece de pulcritud espiritual; de ahí que sus hijos son pobres de espíritu. No se hallan a la altura del poder que afluye a ellos.

Este “tipo” de hombre es incapaz de penetrar en la profunda noche, “la noche del mundo inconsciente de las pulsiones”, donde “Freud introdujo audazmente la mirada” (en palabras de Thomas Mann).

El espíritu, por ejemplo, afluye al creador, al novelista, al creyente, al hombre humilde, sencillo y desamparado, etc.; y como “el poema establece marcas que no son alcanzadas en la vida. Semejantes a la capa de ozono, los misterios otorgan a la vida protección contra un ardor demasiado vivo. La visión directa de la belleza despojaría de lenguaje al espíritu, amenazaría con la muerte al cuerpo” - expresó Jünger.

Es algo evidente en la actualidad que somos pobres de espíritu e incapaz de crear grandes obras como Thomas Mann, Goethe, Milton, Tolstoi, Dostoievski, García Márquez o Cervantes, son espejos para que el hombre y la humanidad se miren y se conozcan así mismo. Por el contrario, observamos en el presente-ahora que el ethos de la técnica (la forma común de vida de la técnica, su costumbre, su conducta), se entrelaza al espíritu de la crueldad y la barbarie. Esto se expresa en las armas para la guerra. También en las Plataformas Digitales, Internet, redes sociales o, los medios de comunicación de masas. Pero todavía somos capaces de ver las pérdidas; aún sentimos la aniquilación del valor, la superficialización y la simplificación del mundo.

Aunque la zona donde se ubica la sentimentalidad esté siendo atacada por el mundo cultual, ideológico o técnico, el dinero bancario o el poder político, los valores que dieron forma y sentido a la Época Moderna y, a la cultura occidental, todavía están vivos. Observamos en las Grandes ciudades como se defienden los valores de la Ilustración –el “estatus” de la persona individual, el “sujeto”, los derechos fundamentales, la justicia social, la libertad individual, de hablar, de escribir, de pensar, la democracia, los parlamentos y las instituciones, etc. Somos conscientes que devienen valoraciones nuevas, pero no impiden que bebamos del pozo de los pensadores, del arte o la poesía. Que busquemos un mundo más solidario, más justo, más libre y en paz. Eso que posibilita dignificar la vida humana sobre la Tierra.

Aunque se crea en la actualidad que se está evaporando la substancia de la Edad Moderna, es decir, la Edad Copernicana, por el primado del Mundo del Artificio o, la Cultura del Espectáculo, sus valores hay que buscarlos incluso por debajo de la moral y la política. Por eso el ser adviene en el claro del lenguaje y la esencia del hombre; y no hay que olvidar que el ser humano tiene un resto misterioso y divino, que la técnica, la ciencia, el poder y el dinero, es incapaz de disolver.

No podemos olvidar estas palabras de Imre Kertész en Diario de la galera: “El ser humano se ha reducido en manos del Estado, su vida se ha convertido en vergüenza continua, su impotencia está sellada y ya no tiene que elegir, puesto que es mucho más despreciado y de ningún modo le dan la oportunidad. Ha sido, por así decirlo, el proceso lógico y racional, el estancamiento cómodo, perezoso, que se entrega y así y todo se mantiene en pie, el estancamiento eternamente provisional que se corresponde con la cualidad inercial de la existencia de la masa”.

Así, la fuente del Destino que administra Mimir (de la Sabiduría y el Conocimiento), está cerrada para el mundo técnico y el colectivo técnico, al Gran Poder y el dinero y, a la sociedad de masas y la cultura de masas.

                                                     Madrid-España a 27/07/2023

 

domingo, 23 de julio de 2023

EL ATAVISMO EN LAS SOCIEDADES ACTUALES


 

Antonio Mercado Flórez. Pensador y Ensayista.

 

En el texto Sobre el dolor. Aproximación cultural a la época actual. Que publiqué en el año 2017, reflexioné sobre una pluralidad de temas que conciernen al hombre actual. El arte, la ciencia, la técnica, la historia, la poesía, la novela, la antropología, la arqueología, el mito, la música y la cultura en general. Reflexioné desde una perspectiva epistémica, metafísica, filosófica, política, social, etc. Hice un análisis interdisciplinario donde este conjunto de saberes y prácticas sociales, abren una multiplicidad de umbrales para entender, analizar, pensar y criticar el mundo y la realidad en que vivimos. Este es una síntesis del tercer capítulo visto con los ojos del presente-actual.

Así que, Walter Benjamín expresó, sobre Las afinidades electivas, de Goethe: «Ningún sentimiento es más rico en variantes que el miedo. Así, al miedo a la muerte se le asocia el miedo a la vida, como al tono fundamental sus innumerables armónicos». Es más, ningún ámbito de la vida humana está amparado ante el acoso del dolor, del miedo y del sufrimiento. El miedo, además de ser uno de los síntomas de la época actual, sustituye a la solidaridad, el amor y la ternura. Dice Ernst Jünger: «En tiempos tranquilos resulta fácil encubrir el hecho de que el dolor no reconoce nuestros valores».

Esto permite darnos cuenta que cuando el azar o la fatalidad tocan nuestras vidas, sentimos en lo profundo de nuestro ser que frágil y deleznable somos. Si golpean sin esperarlo «esos azares, que son los más habituales de todos, empezamos a sentirnos desconcertados». Así pues, cuando perdemos a un amigo o a un ser amado, nos damos cuenta que somos habitantes pasajeros de un mundo atroz y repugnante. Y, tomamos consciencia que somos parte de un ámbito donde priman las necesidades, las desdichas, la violencia, la desesperanza y la crueldad. Entonces, nos arrodillamos levantando nuestras manos a los cielos estrellados y pedimos clemencia a los dioses.

Y nos damos cuenta de lo indiferente «que le resulta al germen patógeno destruir una brizna de paja o un cerebro humano». Existen tiempos en los que se intensifica la sensibilidad ante el dolor, el temor y la muerte, que proyecta el espíritu sobre las cosas. «A medida que aumenta la amenaza nos invade también la duda de la validez de nuestros valores. El espíritu se inclina a una concepción catastrofista de las cosas en los sitios que se encuentran en entredicho»

En este orden, el espíritu proyecta en lo concreto su tragedia. Entonces éste, cual llama de la vela, alumbra en medio de la oscuridad del mundo actual. «Debemos dejarnos calentar por el espíritu», dijo Ludwig Wittgenstein. De esa manera retornamos más a nosotros mismos y podemos ver las cosas del mundo y de la existencia con tranquilidad, con suma tranquilidad. Hay que rehacer la solidaridad, la verdad, el amor y la paz, para poder encontrarnos más a nosotros mismos.

En la época actual se concatena la concepción catastrofista de las cosas con la extinción de las lenguas, las civilizaciones, las culturas y los pueblos, que han hecho posible la vida sobre la Tierra. Así que, en un grado inferior de la catástrofe se sitúa el frágil y diminuto ser humano ante las adversidades de los elementos y la furia del ejercicio del poder.

Como dice Jünger: «El camino es más importante que la meta por cuanto puede convertirse en meta cada momento, ante todo en el de la muerte. Desde los inicios se tuvo conocimiento de que no podemos saber ni de dónde venimos ni adónde vamos, y se sospechó que nuestro estar aquí en la Tierra, nuestra presencia en ella, es tan solo una breve interrupción del camino».

A la vez nos aclara: «Eso no quiere decir que la meta carezca de importancia, únicamente significa que desde ella no es posible enjuiciar el camino. Este contiene más cosas de las que han sido alcanzadas —por ejemplo, las posibles—. Cualquiera que sea el punto en el que se ponga fin al camino —mejor sería decir en el que se “interrumpa”—, el camino encierra una totalidad».

El camino contiene fuerzas destructoras y reparadoras, que empujan a una vida joven y lozana, por ejemplo, a entregarse a la muerte en el combate. Pero también potencias que restauran imperceptibles al frágil y deleznable ser humano de los avatares de la existencia. Esas fuerzas poseen un hálito Cósmico que unen al Cielo y la Tierra, al Hombre y los Dioses. Además, cada punto del camino no solo encierra a la muerte, sino también la posibilidad de la esperanza sobre la Tierra. En cada uno de sus puntos se revela el misterio que encierra como totalidad.

Así pues, cuando las constelaciones Cósmicas y Telúricas se manifiestan a los humanos, el Árbol de la Vida posibilita que el hombre llegue a la cumbre del Universo: el Cielo supremo. Se presentan ante nosotros como el mismo depósito de la vida y el Señor de los destinos. De ahí que en las culturas arcaicas del Antiguo Oriente y precolombinas el Árbol del Mundo se transfigura en Árbol de la Vida y la Inmortalidad.

De este modo, la lucidez de la consciencia revela que nuestros valores no responden a la angustia que acompaña a los hombres desde la Antigüedad; tampoco se encuentran a la altura para responder al Mal universal: el odio, el miedo, el sufrimiento, el hambre, el poder de la sangre y de la muerte, que implementan las fuerzas del Gran Poder.

Entonces nos damos cuenta de que la intensión de encontrar un apoyo en nuestros valores se está desvaneciendo. No existe aprendizaje más definitivo y experiencia más profunda que la que deja el dolor, el miedo y la desdicha. Así sentimos que sus contenidos se graban con hierro candente en el corazón y el alma de los seres humano. También perduran en el inconsciente colectivo los momentos menos inesperados de la existencia, de la naturaleza, y se manifiestan en el hambre, el desempleo, las migraciones forzadas, las pandemias, las guerras, la violencia, las masacres y la destrucción de la naturaleza.

Aquí se confirma que el progreso y el desarrollo dejan tras de sí escombros humanos y materiales.

Somos víctimas de poderes anónimos mundiales que solo son un trasunto de los telúricos. Jünger cree que no son pesimistas las perspectivas de un Estado Mundial, pese a una serie de bellacos que han aspirado a él y cuyo fracaso hemos presenciado. La potencia creciente tanto de los medios de transporte como de los medios de aniquilación llegaría a ser catastrófica si no hubiera una fuerza central que mandase en ella. Pero el Estado Mundial responde a las élites gobernantes, porque lo único que desean es apropiarse los recursos naturales y dominar la existencia humana y los pueblos del mundo. El caso, por ejemplo, de Putin en Ucrania, es diciente.

Ahora, ¿qué buscan los sátrapas y verdugos de nuestro tiempo? Paralizar el pensamiento, las acciones humanas, disolver los sentimientos y la pérdida de la capacidad de asombro, ante el horror, el dolor, el sufrimiento, y las calamidades que dejan tras de sí el ejercicio del poder.  Para así, convertir al hombre en objeto o en número. Pero también para extirpar de él, como un tumor maligno, la actitud estética de la vida, ya que posibilita que el ser humano adquiera la jerarquía de persona. Y, que se tome consciencia que la estética es la madre de ética. En todo caso, permitan responder a las verdaderas necesidades materiales y espirituales del hombre.

Si en la actualidad la historia es catástrofe, barbarie y destrucción, estas se ponen la máscara del Estado y sus instituciones y el vestido que mejor les sienta es el del poder, la ciencia y la técnica. Por eso la barbarie del mundo actual «se esconde detrás del concepto de cultura». Como expresó Imre Kertész: «El orden mundial es el encanto cotidiano del mal. Algún error terrible, alguna ironía diabólica actúa en el orden mundial, que, sin embargo, se vive como una vida normal, y ese error terrorífico es la cultura, el sistema de ideas, los valores, el lenguaje y los conceptos, los cuales se ocultan ante el hecho de que llevas tiempo siendo una pieza bien engrasada de la maquinaria para tu exterminio».

Así pues, el orden mundial se convierte en un reflejo del Mal en sí, además no necesariamente relacionado con la barbarie, sino con la catástrofe de la condición humana y las fuerzas que deshumanizan al hombre. Aquí podemos vislumbrar la reflexión que Jünger realiza en el texto La tijera; donde da cuenta de la alteración del Orden Mundial y del Orden Telúrico. Dice que todo acontecimiento en la vida del hombre o en la naturaleza está acompañado por signos que anuncian la catástrofe o la furia de las fuerzas elementales.

Percibe que se están dando cambios a escala planetaria: «Una revolución telúrica viene a dejar en la sombra a la revolución mundial. Esa revolución de alcance cósmico conlleva nuevamente el doble perfil; por un lado, su rostro destructor, y por otro su esperanzado semblante. Destruimos el mundo, pero a la par otras fuerzas silenciosas de poder se manifiestan.

En este orden de convulsión, estallidos, cáncer en la tierra, crisis ecológica terminal de un lado y apariciones maternales que se multiplican por el otro. Todo ello tendrá algún significado. Los crepúsculos de los dioses van asociados a esas catástrofes naturales. Ya sería hora, en todo caso, de que los dioses volvieran a salir alguna vez de su reserva. Hay expectativas de eso…».

  «Junto a lo que nos destruye surge lo que nos salva», dijo Friedrich Nietzsche.

Al lado de la hecatombe aguarda la esperanza; así el viejo mundo cede su espacio al que viene. Todas las cosas se interrelacionan; las cosas nuevas y viejas se concatenan de diferentes maneras. «No es la revolución mundial la que trae las mareas vivas; las trae la revolución telúrica, que está detrás de aquella. La revolución telúrica es la que modifica las amenazas (la que cambia, por ejemplo, la amenaza económica en amenaza ecológica, o la amenaza de la guerra en amenaza de exterminio sin más).

Ya no puede decirse que exista la guerra en sentido clásico. La destrucción llega a ser telúrica, es como si cayese un bólido del cielo. Es algo que acontece a niveles meta-históricos; de ello dan testimonio los cráteres erosionados por el tiempo».

De ahí que el desarrollo de los procesos, la ciencia y la técnica, se expresan en varios umbrales: en el desarrollo armamentístico, el confort, el bienestar social, los lenguajes digitales, las redes sociales, la Inteligencia Artificial, o las comunicaciones globales inmediatas. Ante todo, se percibe que la guerra se convirtió en algo permanente. Vivimos un combate constante, de ello no se salvan ni los pacifistas. Como expresó Jünger: «Tengo esperanza, pero no con respecto a nuestro tiempo».

Porque la acción de la espera que se constituye es una acción liberadora. «Envolvente, que transformará el mundo entero: liberando a los oprimidos y purificando a los envenenados». En este orden la espera de un tiempo diferente ya está contenida en el tiempo actual. En el Muro del Tiempo se esculpe la doble cara de Jano, la que tiene que ver con lo aquende y allende del tiempo, la luz y la oscuridad. Nos damos «cuenta de que todo esto, en nuestro tiempo, todavía no es posible. Los titanes (el técnico y el colectivo técnico), aún son y serán demasiado fuertes. (Alain De Beniost). 

Sabemos que ya empiezan a verse las primeras grietas de los valores de la cultura occidental y de los Leviatanes, y se perciben fragmentos de lo elemental. Así pues, en el siglo xx prevaleció la ideología, la economía, las relaciones de producción, los modos de producción, la técnica, la ciencia y el ejercicio del poder. Ahora están cediendo su espacio al conocimiento, a la tecnología y al fenómeno cultual.

Al mismo tiempo, los poderes míticos, atávicos, que estaban dormidos en el tiempo, se están despertando con una fuerza descomunal que destruye lo que encuentran a su paso. Son poderes violentos que desean crear el caos, el horror y el dolor, y sembrar en las sociedades el miedo y la destrucción total. En nombre de sus creencias y de sus dioses, buscan la uniformización de la sociedad, la objetivación del ser humano y doblegar la libertad. Se percibe que esto arrastra tras de sí la consideración pesimista de la historia.

En este estado de cosas, la esperanza se sustituye por la apatía, el pesimismo, el dolor, el miedo y la muerte. Es más, en el mundo actual se demuestra que el miedo nos habla desde la silenciosa inmersión en sí mismo; pero a la vez desde los contenidos objetivos de la propia vida. Rompe todo lazo de unidad y solidaridad del ser humano. De ahí la soledad que hay en la vida del hombre y, ora dolorosa, ora insolente, nos arrastra al mutismo total.

Como dice Benjamín desde Las afinidades electivas, de Goethe: «Pero desde ambos habla el miedo a la vida: el miedo a su poder y su amplitud desde la meditación, y el miedo a su huida desde la concepción globalizadora».

 Así que, el mundo simbólico del miedo se corresponde con el contenido objetivo de la existencia, pero no con el contenido de verdad de la vida. Por eso el Gran Poder desea que el ser humano dirija su atención a lo llamativo, pero no a lo significativo de la existencia, del mundo y su realidad.

 Por tanto, lo que busca es intensificar la sensibilidad del ser humano hacia el dolor, el miedo y el sufrimiento; pero no examinar y reflexionar sobre la importancia del espíritu en la vida del hombre. Eso crea una especie de zozobra e indiferencia hacia la simplificación del mundo, la aniquilación del valor y de la existencia.

Esto no es tan raro como parece en un mundo donde prevalece la desdicha, la exclusión, la violencia, la guerra, las migraciones forzadas, la xenofobia, el racismo, el nacional-populismo de izquierda o de derecha, el hambre y la falta de oportunidades.

Preguntamos, ¿qué les espera a las nuevas generaciones del mundo dominado y destruido por el atavismo ideológico y racial y el Gran Poder?

                                 Madrid-España a 23/07/2023

miércoles, 19 de julio de 2023

Del arcaico mundo simbólico de la mitología al mundo de las sociedades modernas

Antonio Mercado Flórez. Pensador y Ensayista.

 

En la historia del espíritu humano hubo un tiempo según la filosofía y el mito” clásico”, que las cosas del mundo, la vida y el cosmos, se concebían en las formas del tiempo geológico, circular, cosmogónico. Donde primaban los sistemas cíclicos, discontinuos del tiempo y la vida. Como dijo Ernst Jünger: lo que a estos últimos les corresponde en el mito es el titanismo con su eterno retorno. A los titanes les basta la peregrinación cósmica, el eterno retorno.

Es el tiempo que retorna con presentes a los habitantes de la Tierra -el de Dionisio, Apolo y Pan. Representan la continuidad orgánica entre la vida y el mundo, lo vegetal y lo animal, el hombre y el cosmos. Se gesta así el misterio de la vida y la muerte, el fuego y la oscuridad, lo terrenal y lo celeste, el tiempo que camina y permanece, lo sustancial y lo accidental, los dioses de las estrellas y los humanos.

Así que, la mitología no es, como defienden los teóricos neoclásicos del Renacimiento, la invención pintoresca de los poetas con la pretensión de estimular nuestra imaginación; tampoco, como mantuvieron los racionalistas, fabulas falsas difundidas por sacerdotes sin escrúpulos u otros charlatanes interesados, para engañar o adormecer a las masas ignorantes.

Los mitos según Giambattista Vico, son formas de ver, de comprender, de experiencia y de reaccionar ante el mundo; y resultan plenamente inteligibles probablemente sólo para los que los crearon y los que creyeron en ellos, esto es, para las primeras generaciones de hombres. Puede decirse que dentro de aquellas [fábulas] estaban descritos por las naciones mediante los sentidos humanos los principios de este mundo de ciencia, que posteriormente con raciocinio y con máximas nos han sido esclarecido por la reflexión particular de los doctos.

Las mitologías son “historias civiles de los primeros pueblos, los cuales se hallan que fueron en todo y naturalmente poetas”. Dicho de otra manera, son formas naturales de expresión de lo que sintieron, pensaron y hablaron, de forma tal que sólo podemos comprenderlo en la actualidad con un gran esfuerzo de la imaginación. Ernst Jünger dice: “intempestivo” contemplar cosas tempestivas en el espejo del mito. En él se ven siempre cosas nuevas, pero tras ellas se vislumbran en cada momento las mismas. En cuanto instrumento de contemplación, ese espejo va más allá del tiempo y la distancia.

Vico pregunta, ¿cómo puede nuestra imaginación racionalista y abstracta comprender que Júpiter es a la vez el padre de todos los dioses y también todo el cielo? O ¿cómo la naturaleza puede ser simbolizada como una inmensa mujer o un vasto cuerpo animado que siente pasiones y afectos? Recordemos que para nosotros resulta casi imposible pensar o sentir en términos de categorías “corpóreas”, y “poder entrar en la basta imaginación de aquellos primeros hombres”. Los dioses de los antiguos  –de los griegos y los romanos, por ejemplo- no son demonios -como enseñaban los primeros teólogos cristianos-, ni sus cualidades y construcciones poéticas e históricas son productos deliberadamente elaborados durante un largo período de tiempo en aras de la contemplación estética, sino que son las creaciones “poéticas” (esto es, generadas por el Volksgeist) de la primitiva consciencia humana actualmente muerta, fosilizada y disponible para que los expertos lleven a cabo disecciones y análisis. (Vico).

De ahí que el mito sea más fuerte que la historia; es algo que apunta a una etapa temprana del viaje. Si el mito supera el tiempo, el espacio y la causalidad es algo que encuentra su igual tan solo en los sueños. (Jünger).  Los mitos son el modo específico de expresión de la imaginación colectiva de los hombres primitivos, y para los críticos modernos son la fuente de conocimiento más rica de todas en relación con los hábitos mentales, físicos y las formas de vida de sus creadores. Las fabulas son historias verdaderas de costumbres.

Así, “la mitología es la primera ciencia que se debe establecer”.

Los mitos representan los poderes, instituciones y cambios en el orden social. Dioses, héroes y mortales son en cada caso un mito y un símbolo. (Vico). Reflejan la realidad de la época de la que surgieron. No son ficciones deliberadas de ensoñaciones poéticas, ni conceptos a-históricos de filósofos y críticos, sino un mundo simbólico que contiene y expresa, lo que pensaban y hacían esos hombres en una época temprana de la humanidad.

Asimismo, Vico vio en Homero no una persona individual que escribió la Ilíada y la Odisea, sino el genio nacional del pueblo griego mismo, en tanto que articula la visión de su propia experiencia a través de los siglos.  Homero es la imaginación creativa de todos los pueblos griegos; “todos esos pueblos griegos fueron este Homero”. Cree que existen símbolos permanentes en la imaginación –en los procesos mentales semi-conscientes de los individuos y de los grupos, desarrollándose cada uno a su propio ritmo-.

Que determinadas imágenes aparecen recurrentemente en la historia de la humanidad, como la salvación y la resurrección, el cataclismo y el renacimiento; que los mitos, la magia y los rituales pueden ser un modo natural -de hecho, el único históricamente posible- que describan la experiencia de seres humanos en un estadio lingüístico dado y eo ipso de desarrollo social y psicológico. Son imágenes, representaciones, experiencias, símbolos, que han modificado las experiencias, las ideas y los conceptos sobre la historia, el pensamiento y la cultura, tanto nuestras como la de otros seres humanos.

Se trata de percibir que la mitología, la filología, la antropología, el arte, la arqueología, la novela, la historia, la poesía, la religión, la música, la filosofía, y la cultura en general, posibilitan estudios interrelacionados e interdisciplinarios a cerca de las épocas antiguas de la humanidad. Y valiéndose de métodos empíricos se pueda descubrir la estructura y el significado que está por debajo de la experiencia social en su movimiento histórico. Vico es el autor de la idea de que la lengua, los mitos, los vestigios del pasado, reflejan directamente las diversas formas en que las realidades sociales, económicas o espirituales se refractaron en las mentes de nuestros antepasados.En la modernidad estos estudios de literatura comparada se han realizado a partir de Hegel, Marx, Durkheim, Comte, Weber, Freud, Frazer o Jung. Así que, la investigación que quiera abarcar a estos hombres remotos debe valerse de las imágenes lingüísticas, la imaginación, el recuerdo y la memoria, para comprender las mentalidades, la cultura y el entorno de estos hombres ignotos.

 Tengamos presente el mito griego:

 En Grecia la religión estaba totalmente integrada a la sociedad, hasta el punto que no había una sólo esfera de la vida que no tuviera su aspecto religioso. Nacimiento, edad adulta y muerte, guerra y paz, agricultura y comercio o política son hechos y actividades que se acompañaban con rituales religiosos y eran objeto de reglas religiosas; incluso “hacer el amor” (aphrodisiadsein) se expresaba haciendo derivar el verbo de Afrodita, la diosa del amor.

Cuando Heródoto quiere describir la religión de los pueblos vecinos utiliza la expresión “adorar a los dioses” (sebesthai tous theous) y cuando describe la nación griega habla de “la sangre común, la lengua común y los santuarios y sacrificios comunes”. Se deduce que la religión estaba integrada en la vida del pueblo griego e implicaba una ausencia real de religión privada. El culto era siempre una actividad pública y comunitaria. La completa integración de la religión en la vida también influyó en la conceptualización de lo sagrado.

Para el cristianismo y el islam, la religión griega era politeísta. Así que, en el politeísmo, el panteón constituye un sistema en el que los dioses bien pueden complementarse, bien oponerse entre sí. Al contrario del Dios Uno, para los judíos y los cristianos o Alá para los musulmanes. Dios es omnipotente, omnisciente, suya es la grandeza, la fuerza, la magnificencia, el esplendor y la majestad; suyo es el reino y se levanta por encima de todo. Es alfa y omega, de él proceden las riquezas y la gloria.

Los dioses del politeísmo, en cambio cubren sólo un ámbito determinado de la realidad. Su importancia depende de dicho ámbito específico. De ahí que la totalidad de los dioses abarcaba toda la realidad y fue sólo en la época helenística cuando la fe en un solo dios, pistis, se hizo posible. Así que, sólo después de la aparición del cristianismo y del judaísmo aparecen las conversiones.

Al nombre de la divinidad se le daba contenido a través del mito, que narraba su familia y sus hazañas. Los vínculos familiares eran una forma de establecer conexiones entre las divinidades o de indicar funciones a fines. Leto, madre, Apolo y Artemis, hermanos tenían conexiones afines y estaban relacionados con el rito de la iniciación. De ahí los Himnos Homéricos presentan a los dioses de diferentes maneras, a Dionisio, por ejemplo, lo relaciona con “un muchacho al borde de la adolescencia”, y a Apolo como “un vigoroso joven al borde de alcanzar la edad adulta”. El santuario de Apolo estaba situado en el ágora, como en Argos, en Dreros (Creta) y Olbia en Crimea. Sus diferentes ubicaciones quizá reflejen su posición ambigua entre la adolescencia y la edad adulta.

Recuerda Jacobo Burckhardt que, la interpretación de los mitos griegos por la ciencia moderna, es muy difícil en un pueblo que, como el griego, ha preferido olvidar la significación primitiva de las figuras y los hechos, cuyo simbolismo ha llegado a ser, o ha sido desde un principio, ingenuamente inconsciente, y que, además, ha recibido la influencia milenaria de un culto muy amigo de los sacrificios y la de un arte plástico de una riqueza infinita. En esta tesitura sus mitos cobrarían humana apariencia: se hablaría en ellos de los padres de la divinidad en cuestión, de los celos terribles que quisieron impedir su nacimiento, de luchas y enemistades con otras divinidades, y de divinidades protectoras.

 En este orden, el devenir del espíritu de la cultura griega posibilitó comprender el mito a través de las vías de asociación de ideas o la resonancia de las imágenes. Los dioses elementales dicen claramente lo que son, pero el resto de los otros grandes dioses algunos han cobrado tal multiformidad, que Zeus, Apolo, Atenea, Hermes, cada uno por sí, representa y provee casi todo lo que a los hombres interesa. No obstante, tenemos la remotísima dualidad de los seres divinos como protectores y destructores. Este aspecto humano y terrible lo poseen ya como dioses de la naturaleza; pero como se van acumulando en cada uno de esos aspectos rasgos de toda clase, su ser se hará cada vez más diverso. Apolo es el Dios de la luz, pero al mismo tiempo el que envía las epidemias y la muerte repentina.

Pero junto al poder de Apolo en la vida humana, de la que él sólo hubiera bastado para Señor, le corresponde a la vez, el triple patronato de la música, la adivinación y la medicina del cuerpo y el alma, y con ocasión de la primera atrajo a sí las Musas, que antes fueron cortejo de su propio padre Zeus; los rapsodas le enaltecieron sobre manera, por lo mismo que era un compañero. Se le fue juntando todo un haz casi inagotable de poder.

El dios Apolo solía ponerse en conexión con las asambleas anuales dorias, durante las que se integraba a los jóvenes en la comunidad de los adultos. Por encontrarse a medio camino entre la juventud y lo adulto, lo capacita para ser guardián de los ritos de iniciación y al mismo tiempo, centro de las instituciones políticas de la poli. Las sentencias: “Conócete a ti mismo” y “Nada con exceso”, se atribuyen a sus labios.

En suma: en la época clásica, la música, la poesía, la filosofía, la astronomía, las matemáticas, la medicina y las ciencias en general estuvieron bajo el control de Apolo. Enemigo del barbarismo, predicó la moderación en todo, y las siete cuerdas de su lira estaban conectadas con las siete vocales del alfabeto griego posterior, ya que tenían un significado místico y se usaban como terapia musical.

Dionisos es el dios más controvertido del panteón micénico. Según J. P. Vernant y su escuela, han analizado a Dionisos como el dios de la máscara, y le han definido como el Otro, el dios que es, al mismo tiempo, hombre y mujer, joven y viejo, y está cerca y lejos. El Dios afeminado parece estar en relación con la iniciación, en la que se solía vestir, temporalmente, a los jóvenes con ropa femenina. Pero, también se relacionaba con que fue criado por mujeres. Así que, los festivales en honor del Dios, simbolizan el jolgorio y a la vez la ruptura con lo establecido, el orden social.

 

A Dionisos le incumbe particularmente la vida y los cultos y fiestas han debido ser desde un principio mucho más populares y de tipo bien diferente que las fiestas de los otros dioses. Pero las delicias del vino y la embriaguez no agotan, ni con mucho su importancia; supone, además, otras incitaciones diferentes, correspondiendo a un amplio y oscuro dominio de la vida antigua, de la naturaleza humana en general, sobre el que jamás se expresaron con claridad los antiguos.

Entre los griegos Dionisos es el Dios que padece, muere y resucita. Y fuerza a los pueblos a participar en esta pasión. Como muerto se convierte en uno de los señores del Infierno, y su adoración mística cobra desde este momento otra nueva forma especial. Tras la máscara del dios de la fertilidad –dice Burckhardt- se oculta un ser extranjero. Un dios de origen camita que, en el extremo oriental del Asia Menor, entre los frigios, así como también entre los tracios, adquirió simbólicamente un ritmo salvaje y embriagador, y en repetidas invasiones remplaza en Grecia al culto de Dionisos.

De ahí que los Himnos Homéricos digan que “le placen el alboroto de las campanillas, el ruido de los crótalos, el resonar de las flautas y el aullido de los lobos y de los leones de mirada centellante, y las montañas retumbantes, y las gargantas silvestres”.

Con un cortejo acompañado por su madre, los sátiros y ménades, sus míticos seguidores, producen la locura. No enloquece sólo el que ofende al servidor de la diosa madre –rememora Burckhardt- sino asimismo el que llega a presenciar sus misterios o penetrar en sus santuarios sin estar llamado a ello. Tal como pasaba con el Templo y el Arca de Adonay el Señor de los israelitas. El que tocaba el Arca o el que traspasaba la línea del Tabernáculo sin ser invitado, moría insofacto. También Dionisos se vuelve loco una vez, según el mito griego, claro está, por disposición de Hera, y atraviesa tierras y mares para escapar a su mal.

¿Puede la alegría del vino y sus fiestas ser las más brillantes, y la representación de su mito dar ocasión a la comedia y a la tragedia? ¿pueden los seres y símbolos que le pertenecen, dar los más variados motivos a las artes plásticas y a las decorativas? Sabemos que detrás se esconde siempre su espíritu inquietante, que no se reduce sólo a atribuir en el mito a sus Ménades frenéticas toda clase de atrocidades, sino que en los mismos tiempos históricos exige a veces víctimas humanas, y envía locura y enfermedades sino se le ha prestado acatamiento.

Dionisos es un dios que exige confesión y acatamiento, hecho que ningún dios griego lo exige porque se ve como algo natural. Un dios que reclama adhesión y sumisión, que responde con muerte a aquellos que no lo cumplen. “En el mito, todos los que se resisten a ese dios sufren los más terribles castigos”. Las mujeres de Argos, por ejemplo, donde Dionisos no encontró adoración, se vuelven furiosas y destrozan en el monte a sus propios hijos; también las tres Miniades son presas de una locura criminal.

En las Bacantes de Eurípides, la tragedia representaba a sus seguidoras femeninas, las ménades, tanto en estado de serenidad, como también ejerciendo un ritmo salvaje y embriagador, cometiendo en estado de éxtasis los asesinatos y las atrocidades más execrables. Así, la relación que establece con los otros dioses revela la tensión existente entre caos y orden. Pues bien, no resulta extraño que se lo relacione con Afrodita, pues el vino y el amor iban también juntos en la antigüedad.

En efecto, algunas estatuas extrañas de Artemis, de Hera y de Dionisos, están asociadas a festivales de inversión de roles. Pero también se relaciona con la diosa Artemis, que vigila las fronteras de la normalidad, y supervisa la restitución del orden después de las fiestas dionisiacas. Según la mitología griega los dioses se erigen como guardianes del orden moral y social.

Dice Apolodoro: pero cuando los hombres estuvieron instruidos y honraron a Dionisos como Dios, sacó a la madre del Hades, le dio por nombre Tione y subió con ella al cielo. Este rapto simboliza el acto principal del drama sacro en las fiestas dionisiacas. Para Dionisos su mito, su culto y su persona, son una y la misma cosa.

La Antigüedad tuvo hasta el final un trato familiar y continuo con personajes míticos; el acercamiento a éstos era mayor y tenía más carácter de presencia que el acercamiento a nuestros santos. La fuerza con que impresionaban a la muchedumbre los textos de la tragedia, que a nosotros nos resultan de difícil lectura, permite inferir que allí el lenguaje causaba un efecto directo y que ese efecto no presuponía la comprensión, sino que la creaba.

El mito ha estado dando vida a la poesía y al teatro hasta nuestros días. Acompaña como un sueño a la historia; y, “como el rocío”, es en lo más profundo de la noche cuando cae sobre la hierba. Es de suponer que los personajes míticos no han abandonado nuestras vidas, sino que siguen allí en nuestra casa en “todos los tiempos y en todos los lugares”. En épocas de transito como la nuestra podemos darnos cuenta que el simbolismo del mito se esconde detrás de los fenómenos históricos; por eso “el mito es más fuerte que la historia; ésta lo repite en variantes”. (Jünger).

Durante la conquista de América Latina, los españoles construían iglesias sobre los escombros de las Malocas o lugares de veneración e invocación de los dioses indígenas precolombinos. Así que, podemos darnos cuenta que el mito trasparece casi siempre en los cultos y rituales cristianos. El Santuario de las Lajas en Nariño-Colombia lo testifica. De ahí que en épocas de transito los hechos históricos son más débiles que la simbología mítica.

No obstante, tejemos la historia sobre los estratos fósiles que hemos dejado tras de sí; sobre los escombros de la memoria esparcida en el devenir del tiempo; de ahí que, son significativos la rememoración y el recuerdo para que el mito se ponga el vestido de lo actual. Los lenguajes digitales, la imagen pictórica, las maquinas o la velocidad, frente a eso son sólo fenómenos secundarios. Así pues, “la estructura y el significado que está por debajo de su experiencia social en su movimiento histórico”, perduran en el mito. Son débiles reflejos del espíritu que ha estado siempre ahí, presto a la invocación o, a la veneración.

Ahora bien, según la mitología de Grecia antigua, Gea, la Naturaleza y madre de Urano que representa al cielo, son los padres de los titanes. Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto, Tea, Rea, Temis, Mnemósis, Febe, Tesis, Cronos, son los titanes. Pero también se habla que Quirón, Prometeo o Hefestos, aunque son dioses del Olimpo, se les consideran titanes. Los titanes guiados por Cronos destronaron y mutilaron a Urano. Entonces, Cronos reinó sobre la tierra y sobre los dioses; y devoraba a sus hijos para que no lo destronaran. Entonces la mitología de los titanes está reflejando en la actualidad, un débil del espíritu primordial.

¿Quiénes son los titanes? Son los señores del tiempo; se muestran directamente en el cosmos, mientras los cultos llegan y perecen. A los titanes les basta la peregrinación cósmica, el eterno retorno. Es más, padecen y mueren en el tiempo como los humanos. Lo divino sopla desde lejos –no desde lo eterno, sino desde lo intemporal-, germina y florece. Eso correspondería a la concepción de Spengler, según la cual las culturas son traídas como semillas y echan raíces en un determinado sitio para alcanzar así un despliegue más elevado, sobre todo en el arte. (Jünger).

Esto sucedió en la historia del espíritu occidental, al menguar la luz de los dioses griegos, se sustituyó por los mitos, cultos y rituales del Dios Uno y, posteriormente por los del Hijo del Hombre. Asimismo, hasta nuestros días han alcanzado un despliegue más elevado, no sólo sobre los otros dioses, sino también en la cultura, sobre todo en el arte, la música, la literatura, la arquitectura, la poesía, el teatro, el cine, etc.

En la época actual no se prevé el advenimiento de los titanes, porque están aquende el muro del tiempo, “aquí-ahora”. “Los titanes son semejantes a los dioses, pero no idénticos. También aquí, como luego en Nietzsche, se busca refugio en Dionisos”. Así, el creyente lo busca en el calor del espíritu del Dios Uno o, en su Hijo Jesucristo. Porque se intuye que, en el siglo XXI, tal como Nietzsche lo pronosticó será el tiempo de la espiritualización.

Por eso, se observan en el mundo manos tendidas hacia los cielos estrellados implorando el advenimiento de los dioses. Porque el materialismo, la codicia, la rapiña, el relativismo moral, el odio, la voluntad de poder, han hecho del hombre moderno un ser sumamente desgraciado. En la civilización actual la Gracia y el Espíritu sólo pueden retirarse a un rincón.

 Como dijo Ludwig Wittgenstein:

 “No por ello son algo así como atávicos y superfluos, sino que se ciernen sobre las cenizas de la cultura como testigos eternos […] casi como vengadores de la divinidad”.

                                             Madrid-España a 19/07/2023

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 14 de julio de 2023

LA PREGUNTA POR EL LENGUAJE

     

 

Antonio Mercado Flórez. Pensador y Ensayista.

 

Enrique Bernárdez, en el texto ¿Qué son las lenguas? Se pregunta sobre el origen del lenguaje, la relación que existe entre lenguaje, cerebro, cognición y sociedad. Tiene como objeto de análisis el lenguaje. “El lenguaje es algo que está en nuestras vidas desde el primer instante hasta el último. Nada más nacer escuchamos palabras en alguna lengua, incluso hasta el útero materno nos llegan ecos del lenguaje que no nos abandonará jamás”. (Bernárdez)

El lenguaje en el siglo XX, se convirtió en objeto de estudio de una pluralidad disciplinas: la filosofía, la sociología, la historia, la arqueología, la política, la psicología, la lingüística, que se plantean su origen hasta la relación que tiene con la cognición, la experiencia, la representación del mundo y su realidad, y la relación entre lenguaje y pensamiento. El lenguaje entonces es la retícula donde emerge y descansa la vida individual y colectiva del ser humano. El lenguaje dijo Martín Heidegger es, “la casa del ser” y sus guardianes el pensador y el poeta.

¿Qué es el lenguaje? ¿De dónde procede?

Podemos decir que el estudio de la evolución humana se relaciona con el cerebro y el lenguaje; por eso existe una correlación entre la evolución del cerebro y la conducta humana. La evolución del ser humano en su aspecto físico, biológico, en su conducta o el pensamiento, etc., se relaciona con el lenguaje. Algunos lingüistas, teóricos del lenguaje, piensan que éste se sitúa con el cerebro en el “centro” de la existencia humana: material, espiritual, mental y la experiencia que vive como tal.

Giambattista Vico (siglo XVII-XVIII) dijo que, “rastreando la historia de las palabras podemos rastrear la actitud hacia las cosas que expresan esas palabras, el papel que desempeñaron en las vidas que queremos comprender. Ese es el motivo que la historia de los lenguajes tenga una importancia crucial”. Así que, “la evolución de una lengua no es una mera evidencia, sino parte de la esencia de la evolución de la consciencia de la que la lengua es una expresión y con la que forma un todo”. (Isaiah Berlin).

De la misma manera, otros piensan que “el pensamiento es una forma del lenguaje”. Y otros que el lenguaje tiene un origen divino, tal como lo hacen los filósofos mesiánicos, Walter Benjamín, Franz Rosenzweig o, Germán Cohen. De ahí que toda conducta, pensamiento, experiencia, esté relacionado con él. Esto quiere decir que no existe una visión unitaria del origen del lenguaje.

“La lengua representa la idiosincrasia más profunda de un pueblo y una cultura y de las personas que participan de ésta. Si se pierde la lengua desaparece la cultura, y las personas quedan desarraigadas cultural, étnica y nacionalmente. De manera que hay que procurar que no desaparezca ninguna más. La lengua es parte de la cultura, de la identidad étnica e histórica”. (Bernárdez). Si prescindimos de ella y de la cultura, y dejamos morir los usos, las costumbres, los ritos, las tradiciones, los símbolos, en nombre del número o del objeto, de las imágenes en movimiento o, los lenguajes digitales de la cultura de lo efímero. Desaparece la identidad cultural, étnica y lingüística de un pueblo. O, dicho, en otros términos, desaparecen los pueblos como tales.

No se puede dejar la lengua al margen del resto de la cultura. Porque ésta es “un elemento fundamental en la vida del ser humano. Esto es: somos humanos porque tenemos lenguaje”.  Somos seres del lenguaje y quien define al hombre como hombre no es el cerebro, el cuerpo, el espíritu o los sentidos, sino el lenguaje. Éste ayuda a desarrollar el proceso cognitivo y de socialización. “Todas las lenguas que existen, han existido o puedan existir tienen gramática. La gramática es un componente esencial del lenguaje humano: no puede existir lengua (habla, dialecto, etc.) sin gramática”. (Bernárdez).

Sabemos que todos los pueblos poseen literatura, poesía, como todos tienen gramática, símbolos, signos, para denotar lo que existe. Pero también para comunicarse entre sí y con otros pueblos. Así que, la esencia del ser humano es enteramente lingüística, y la lengua comunica contenidos espirituales que le corresponden. Por eso, la labor del pensamiento es relacionar la esencia del Ser y del hombre con el lenguaje–al decir de Heidegger.

George Steiner dice que “la literatura es un lenguaje hasta cierto punto fuera del tiempo cotidiano que, al decir de Ovidio, sobrevive al tiempo mejor que el mármol o el bronce. Cuando la literatura es literatura, las opiniones o informaciones no pueden ser abstraídas ni para fraseadas –o sólo imperfectamente-. En el habla cotidiana, buena parte del material lingüístico es contingente, superfluo o decididamente convencional; podemos reemplazarlo con materiales análogos sin perder demasiado.

La literatura es lenguaje, pero lenguaje en estado especial: un estado de total significación, que es única en cada poema o fragmento de prosa. No es posible sustituir ningún elemento semántico, por más pequeño que sea. Dado que la literatura se deriva, en todo momento y por definición, de la historia y el uso de una lengua determinada, nuestra compresión de ella es esencialmente lingüística”.

Así pues, el lenguaje, en su defecto, sirve para hacer cosas, comunicar cosas, hacer literatura, poesía, y, por tanto, existe una función del lenguaje que suele llamarse estética. Ahora ¿qué es literatura? Ésta es un fenómeno social, cultural, y la sociedad y la cultura se interrelacionan en la narración literaria. De ahí que exista la función estética del lenguaje. Y, no podemos olvidar que, la estética es la madre de la ética. Porque el arte, la literatura, la música, la poesía, posibilitan sondear e interrogar la condición humana y, además, precisarla.

Coleridge dijo muy claro: “La lengua es la armadura de la mente humana y contiene al mismo tiempo los trofeos de sus conquistas pasadas y las armas de sus conquistas futuras”. El lenguaje es el halo luz que da forma, ubicación y organización a la experiencia humana. “Hablamos del mundo” y el poeta lo hace con excepcional riqueza y precisión. (Steiner). Wittgenstein afirmó que la filosofía es esencialmente “una terapia del lenguaje” y su tarea natural y esencial es clarificar el uso de la sintaxis y proponer un cambio radical de actitud. (Steiner).

Hay que tener presente que el estudio de la evolución humana está relacionado con la lengua y la cognición del ser humano. Además, existe una correlación entre la evolución del cerebro y la conducta humana. O, en otras palabras, entre la evolución del ser humano en su aspecto físico, biológico, de conducta y el lenguaje. Estas son esferas que están correlacionadas entre sí. “Y si determinadas conductas y actividades humanas están relacionadas con el lenguaje, entonces será posible ver paralelamente la evolución de todos estos aspectos”.

Ahora, la teoría del lenguaje nos posibilita una pluralidad de elementos para estudiar el origen de éste o, el lenguaje propiamente dicho: “Su relación con el cerebro, con las actividades no lingüísticas, con la conducta social, incluida la cultura; categorización (conceptual) y su relación con el vocabulario, relación del lenguaje oral con el gestual y con otras formas de expresión, con la actividad simbólica; relación entre el posible origen del lenguaje y la característica de las lenguas que conocemos; cambio lingüístico y contacto y mezcla de lenguas”. (Bernárdez).

Así, la conversación, la comunicación, la traducción, vivir en un entorno comunicativo posibilita desarrollar las capacidades intelectivas, mentales, cognitivas del ser humano; o, activar el mundo simbólico, metafórico o, la imaginación creadora de “formas”. Cuando disminuye la conversación o la comunicación, disminuye la capacidad de asombro, de imaginación, de pensar y la cualidad de ser humano y no inhumano. Disminuye la capacidad de entendernos unos a otros en las esferas de la conversación, del arte, la música, la religión, el mito y la cultura en general; en este ámbito no existe correspondencia entre el mundo simbólico de la mitología y el mundo simbólico de la técnica moderna.

De ahí que Walter Benjamín diga en el ensayo Del lenguaje en general a la lengua de los hombres en particular, que Dios no puso en el centro del Edén el Árbol del Bien y del Mal, sino el de la Interrogación. Así que, al hablar el hombre se interroga a sí mismo, al otro y al entorno que lo rodea. Es decir, que el hombre es un ser lingüístico que se comunica en su lengua, connota e interroga, el mundo del que hace parte. Por eso, la lingüística y la poética están estrechamente relacionados; porque el lenguaje, el uso y la trasmisión del logos, son los contenidos espirituales sobre los que trabajan.

En este orden de ideas, el lenguaje posibilita pensar en imágenes, conceptos o de tipo inspirado. Ahora bien, el lenguaje debe asociarse con la cultura para desarrollar las potencialidades del ser humano. Porque es en la esfera de la cultura, la sociedad, donde el pensamiento y el lenguaje expresan los contenidos espirituales que le corresponden. “La utilización de un signo en ausencia total del objeto de la realidad al que se refiere es fundamental para el lenguaje. En lugar de establecer una referencia directa a la realidad se ha establecido una referencia a la representación mental de la realidad”. (Bernárdez).

Hay que tener en cuenta que, para entender el origen del lenguaje “las palabras corresponden a “conceptos”, de modo que estos tienen que existir para poder ser emparejados con sonidos. En segundo lugar, tiene que producirse el emparejamiento mismo”. Ahora, por la primacía de los lenguajes digitales, las imágenes en movimiento, las redes sociales, estamos en un proceso de reducción de la gramática, el vocabulario y la sintaxis, y este proceso está repercutiendo en el lenguaje y los movimientos del pensamiento. El lenguaje entonces no responde a los procesos mentales, a la creación de pensamiento. Somos parte entonces de una época en que la pobreza del pensar y del lenguaje, se relaciona con el empobrecimiento de la condición humana: la vida, el nacimiento, la muerte, la pluralidad y la mundanidad – al decir de Hannah Arendt.

Por la pobreza del lenguaje y del pensamiento estamos viviendo una reducción de la capacidad expresiva y comunicativa del ser humano. Así “podemos entender la sintaxis como resultado de la automatización de procesos lingüísticos”.

Además, por el desarrollo y la complejidad de las sociedades modernas, parte de la comunicación se lleva a cabo sin la presencia de interlocutores: “es el caso de la escritura, desde sus formas más primitivas. Muchísimo después han surgido formas de comunicación oral sin contacto visual alguno (teléfono, radio), e incluso sin contacto directo entre los interlocutores, como sucede en los chats de Internet. Todo esto hizo necesario organizar de modo muncho más preciso el lenguaje oral para poder tener éxito en la comunicación sin contar con el apoyo de los gestos”. Los teóricos del lenguaje creen que es en buena medida un instrumento de la vida social, que lo utilizamos para sustituir la realidad.

 Así que, “la evolución de la sociedad y de la cultura va pareja con la evolución de las necesidades lingüísticas: al hacerse más compleja la sociedad, las necesidades informativas crecen y el lenguaje va haciéndose cada vez más imprescindible, especialmente porque no puede esperarse ya que todo el mundo sepa de todo. Igualmente, la complicación de los útiles, las herramientas, las normas sociales y demás, obligan a trasmitir conocimiento por medio del lenguaje. Y eso exige una herramienta lingüística cada vez más flexible y, si queremos usar la palabra, más compleja”. (Bernárdez).

En la medida que la esfera social es más abstracta las necesidades lingüísticas son más complejas, “las lenguas cambian porque se usan y porque el uso pone unas condiciones que necesariamente producen inestabilidad. Si pensamos que el lenguaje es una cierta disposición mental y que su uso es secundario, el cambio no puede producirse sino es por una nueva mutación genética. El lenguaje en su unidad indisoluble con el uso, el cambio es consustancial a él, no un aspecto marginal” (Bernárdez).

Ahora bien, “las lenguas cambian porque entran en contacto unas con otras; cuanto más intenso sea el contacto, más rápido y drástico será el cambio”. Ahora si las lenguas cambian cuando se interrelacionan, de la misma forma cambian los hablantes. Aunque el ser humano sea el mismo desde hace cientos de años, las condiciones materiales, mentales, culturales y lingüísticas no permanecen inmutables. “Hoy día se considera un tipo fundamental de cambio lingüístico, de la gramaticalización, la transformación de una palabra en un elemento gramatical”.

No podemos olvidar que el lenguaje es a la vez un fenómeno socio-cultural e individual-mental, que se transforma así mismo en la medida que cambia la sociedad y esto repercute en la mente del individuo. Así, el pensamiento se transforma y con él el lenguaje que comunica. Por tanto, no hay que tener en cuenta sólo la estructura, sino también el uso del lenguaje y las condiciones en que tiene lugar, para considerar el cambio lingüístico.

Preguntamos, ¿para qué sirve el lenguaje? “Todos los seres humanos tienen lenguaje. Pero ¿para qué sirve? Sirve para la comunicación”. Si el ser humano no tuviera lenguaje no podría pensar; el pensamiento es una forma del lenguaje. ¿Qué comunica el lenguaje? Comunica contenidos espirituales y la esencia que define al hombre es, el Ser y el lenguaje. Ahora, desde un sentido social el lenguaje trasmite información y no debemos entenderlo solo como aparece en los medios de comunicación de masas.

En este orden, “el lenguaje sirve básicamente para establecer la cohesión social e interpersonal”. Con él participamos y compartimos la esfera social, política, económica, cultural, con los demás. De ahí el lenguaje “posee una plasticidad que permite utilizarlo en las situaciones más variadas y los fines más diversos. Es en consecuencia un medio ideal para la relación social, para la comunicación entre individuos”. 

             “El lenguaje está para decir cosas y no simplemente para charlar”.  

Además, el lenguaje sirve para la comunicación, pero ésta no se limita a la simple transmisión de información. Ahora bien, según la teoría del lenguaje, éste sirve para mantener las relaciones interpersonales, la identidad y la coherencia del grupo; en este ámbito, cumple una función interpersonal. También sirve para comunicar a los otros seres humanos información sobre la realidad, tanto mental, cultural y social; cumple entonces una función comunicativa.

Así mismo, sirve para representar la realidad, para organizar coherentemente lo que percibimos, conceptualizamos e imaginamos; así cumple una función representativa. En esta alta civilización técnica, de masas y cultura de masas, el lenguaje audiovisual, auditivos no lingüísticos, Internet, redes sociales, imágenes en movimiento, están minando las bases fundamentales del lenguaje natural. Se está dando el paso del lenguaje natural al lenguaje artificial. Tengamos presente que “las analogías entre las estructuras profundas de las lenguas son más fuertes que sus diferencias de superficie. En este terreno la revolución lingüística juega un papel crucial”.

En relación a la competencia lingüística humana, lo que se “refiere a significados precisos, así como a connotaciones y opiniones que requieren un contexto especifico, las células y sinapsis del cerebro humano funcionan a una velocidad y un nivel selectivo que esta fuera del alcance de cualquier computadora”. En lo que se refiere a “la naturaleza y los límites del lenguaje, al genio singular del lenguaje y del “animal lingüístico”, las computadoras y los lenguajes digitales, están a gran distancia de la estructura profunda de las lenguas humanas. Si los lenguajes artificiales llegaran a sustituir las leguas naturales, representaría para la cultura occidental una fractura fundamental.

Si olvidamos que el lenguaje es quién permite representarnos la realidad de forma organizada, coherente, y esta representación posibilita comunicar la realidad, tomar contacto unos a otros y todas aquellas cosas que sirven para las funciones interpersonales y comunicativas. Olvidamos que “el lenguaje y el hombre están en correlación, que se implican y necesitan mutuamente”. (Steiner).

“El lenguaje, en consecuencia, nos permite organizar la experiencia de una forma en que no puede hacerlo ningún sistema perceptivo”. También organiza las representaciones de la realidad, los conceptos y la imaginación creadora de “formas”. Así que, el lenguaje posibilita representarnos la realidad y manejarla de modo indirecto; posibilita que se sustituya ésta por formas simbólicas. Entonces, el símbolo sustituye a la realidad de las cosas físicas y se utiliza para representar, hablar, comunicar, los contenidos espirituales de la realidad. Umberto Eco dijo: el hombre es un animal simbólico por naturaleza.

En este orden, consideramos que las similitudes lingüísticas “se deben a la existencia de una idéntica base cognitiva y la similitud esencial de la experiencia humana. Es decir, todos nacemos con capacidades cognitivas semejantes, un cerebro que posee una única arquitectura y funciona igual en todos los seres humanos”.  Los seres humanos somos los mismos y actuamos de manera semejante. El ser humano entonces está en el interior de todos y cada uno de nosotros. Por tanto, “el lenguaje, con su genio y sus limitaciones, es exclusivo del hombre”. (Steiner).

De ahí el lenguaje es un medio que nos permite resolver ciertos problemas planteados por la interacción social. Ora, el ser humano reproduce la realidad que percibe, y también la trasmite a otros individuos. Pero también trasmite la realidad mental y cultural en sí misma, que se llama función interpersonal del lenguaje. Así, la lengua es trasmisible y además tiene cierta relación estable con la realidad; con la realidad percibida, mental y cultural, no con la realidad física, “exterior”, tal como la quiere conocer la ciencia. Por tanto, la realidad mental, la relación “realidad-lenguaje” es más bien una relación “mente-lenguaje”, de ahí que nuestro pensamiento tenga mucho que ver con la lengua.

Así que, una de las características del lenguaje es su función representativa, la identidad entre pensamiento y lenguaje, “pensamos hablando, pensamos porque hablamos”. Aquí se constata lo que Martín Heidegger expresa, que el pensar relaciona el Ser con el lenguaje. El pensar es el pensar del Ser. Así que el rigor del pensar (el pensar como pensar de la verdad del ser) no consiste sólo en la exactitud artificial, es decir –teorico-tecnica- de los conceptos. Consiste en que el decir permanece puro en el elemento de la verdad del ser y deja que reine lo simple de sus múltiples dimensiones. (Heidegger).

Hay que tener presente tan pronto como el “rigor del pensar” deja de permanecer puro (en el elemento de la verdad del ser); aparecen nombres como “lógica”, “ética”, “física” surgen por primera vez en escena tan pronto “el pensar originario toca a su fin”. Aunque el rigor del pensar, el pensar originario, toque a su fin, la identidad entre pensamiento y lenguaje, sigue siendo una función importante en la vida humana. Porque al reflexionar entablamos un diálogo consigo mismo; también existen otras formas de pensamiento como pensar en imágenes libres. El Premio Nobel de literatura húngaro Imre Kertész dijo:

“El pensamiento es el lamento de los hombres: pensar sobre la vida equivale a cuestionarla; ahora bien, sólo cuestiona su propio elemento vial aquel que se ahoga o se mueve en su interior de manera contraria a la naturaleza”.

La cultura entonces se relaciona con la Gramática de la vida. Que Steiner entiende como “la articulación organizada de la percepción, la reflexión y la experiencia; la estructura nerviosa de la consciencia cuando se comunica consigo mismo y con otros”. Es el lenguaje el que posibilita que las personas piensen y hablen mediante procedimientos metafóricos, signos, alegorías, etc. O, entender cosas complejas en términos de otras más simples. Por ejemplo, entender la sucesión números naturales en relación a los puntos de un camino.

Steiner nos recuerda que “Kant y Schelling, pensaban que el lenguaje es menos un espejo que un rayo de luz lleno de energía, que da forma, ubicación y organización a la experiencia humana. <<Hablamos el mundo>> y el poeta lo hace con excepcional riqueza y precisión”. De ahí que el lenguaje “en su verdadero sentido, en su realidad concreta, escapa al conocimiento de cualquier modelo de ciencia lingüística” -dijo Frank Leavis. O también Walter Benjamín que le confía, a Hugo von Hofmannsthal que había acogido con benevolencia el ensayo sobre Las afinidades electivas, “la convicción que toda verdad tiene su morada o palacio ancestral en la lengua, que ese palacio está hecho de los más antiguos logoi y que, frente a una verdad así fundada, las aspiraciones de las ciencias particulares siguen siendo algo subalterno”.

    “La utilización espontánea e innovadora del lenguaje define al hombre” – al decir de Steiner