La importancia del lenguaje
natural en la época del lenguaje algorítmico
“El
lenguaje algorítmico expresa la matemización, la abstracción y la indiferencia psicológica
del mundo, de la realidad y de la vida. Pregunto, ¿puede la IA, los algoritmos y
la estadística, responder a los más profundos requerimientos de la Condición
humana: ¿la vida, la muerte, la libertad, el amor, la fraternidad, la
solidaridad, la dignidad, el respeto al otro, la justicia, la pluralidad y a la
esperanza del ser humano?
Antonio Mercado Flórez. Filósofo
y Pensador.
Madrid-España a 23/04/2026
En la época que vivimos se trata
de reconocer que existen culturas y civilizaciones que traen consigo
representaciones, lenguajes, pensamientos, hechuras de la realidad y
concepciones del mundo diferentes. Que Ludwig Wittgenstein denominó: “juegos de lenguaje”. Sería entupido de
nuestra parte, no valorar que cada época trae consigo formas y modos nuevos de
lenguaje y de realidad. Ahí se confirma que el mundo y la realidad son un constructo del lenguaje.
El mundo es lenguaje.
Otra cosa sería como se capta, se
lee, se interpreta, se piensa o se conoce. Porque cada cultura y civilización
crea las formas y los modos lingüísticos, que posibilitan “ser”, su “carácter”
y su “destino”. En la actualidad los lenguajes digitales, las imágenes en
movimiento y la ontología de la Inteligencia Artificial generativa, se ocupan
de comunicar, informar, traducir y definir, el lenguaje natural a través de la Cultura del artificio.
En este orden de ideas, la IA
trata de dotar a las máquinas de capacidades cognitivas y comunicativas.
Ontológicamente, utiliza palabras para razonar y explicar. Que se ubican en la
esfera simbólica. Que sustituyen la experiencia, la reflexión y los estados de
conciencia naturales, por algoritmos. Son modificaciones en la estructura del
lenguaje y del pensamiento, que expresan relaciones de poder, de dominio,
coerción y reglamentación de la conducta del ser humano.
En concatenación a lo precedente,
dijo Jianwei Xun, en el texto “Hipnocracia”: “Los algoritmos no son
solo herramientas de cálculo y predicción: son tecnologías hipnóticas de masas.
Y la economía de la atención no es solo un modelo de negocio: es un sistema de
inducción colectiva al trance. El enredo es totalizador y opera en múltiples
niveles. Las plataformas sociales no venden publicidad; venden estados
alterados de conciencia. Su producto no son datos; es una sugestión profunda
[…] Los algoritmos de recomendación son auténticas técnicas hipnóticas
automatizadas. La personalización algorítmica no sirve para mostrar lo que nos
interesa, sirve para mantenernos en un estado de trance óptimo para el consumo
y el control”.
Así que, en este mundo en
tránsito no hay tiempo para la serenidad, el silencio y el esperar,
fundamentales para la creación estética y las reflexiones del pensamiento.
Marshall McLuhan en el año de 1964 dijo: “La información cuando se expande
demasiado, produce la misma confusión que la ignorancia”. Porque la ignorancia
no posee las herramientas nocionales, conceptuales o, un conjunto elástico de
sistemas de pensamientos, que posibiliten comprender, analizar y criticar, un
contexto socio-histórico, político y cultural.
De ahí que la gnoseología de la
transmodernidad, es la razón digital. Es decir, el constructivismo. Que en la
actualidad están determinando y conformando, una pluralidad de datos
algorítmicos que sustituyen los “Universales
históricos”; ya que, si las estructuras sintácticas de la percepción se
modifican, se modificarán también las formas de comunicación – como lo expresó
George Steiner. En este orden de ideas, los videos, las notificaciones, los
mensajes, los tuits, estructuran la percepción y la función del mundo y la
realidad.
Ahora
lo que vale es el instante de atención, en un entorno donde no predomina la
concentración y la profundidad. Sino
la velocidad y la inmediatez.
El exceso de información genera
ruido, confusión, saturación y desorientación. Entonces, el problema en sí como
dijo McLuhan, no consiste en los contenidos, sino en los medios que los
difunden. De ahí su célebre frase: “El
medio es el mensaje”. Por eso las nuevas tecnologías no son simples canales
de información, sino estructuras de comunicación que moldean la percepción, la
experiencia, la consciencia y transforman a la sociedad. Alteran, en
consecuencia, el “estar” y “ser” del hombre en el mundo y la
sociedad.
La dinámica del artificio
transforma la “zona de la sentimentalidad”,
los pensamientos, las relaciones sociales y la Cultura.
Además, los estados de
consciencia alterados algorítmicamente, responden a las predicciones del
ejercicio del poder. Ya Benjamín lo dijo en el “Libro de los pasajes”: “Los mundos perceptivos se descomponen
velozmente, lo que tienen de mítico aparece rápida y radicalmente, rápidamente
se hace necesario erigir un mundo perceptivo por completo distinto y
contrapuesto al anterior. Así es como se ve, bajo el punto de vista de la
prehistoria actual, el ritmo acelerado de la técnica”.
Por eso el lugar donde se los encuentra y
develan, es el lenguaje.
Esto lleva a modos distintos de
valorar el tiempo, el cuerpo, los vínculos sociales, el conocimiento, los
sueños y el trabajo. Nosotros vemos el tiempo, por ejemplo, como una forma de
la existencia y del lenguaje. De ahí que hoy podemos concebir el pensamiento y
la realidad como lenguaje; y la realidad del lenguaje tenga en sí y dentro de
sí, otro significado. Pensar, por ejemplo, la muerte o el tiempo, con las
categorías del mundo contemporáneo, es reconocer nuevas representaciones,
ámbitos de lenguaje diferentes, es decir, nuevos marcos de vida y de
comunicaciones lingüísticas.
Esto pone al descubierto que cada
época configura concepciones del mundo, representaciones de las cosas y de la
existencia, en el ámbito del lenguaje completamente distintas a las anteriores.
Cada época trae consigo nuevos lenguajes, configuraciones lingüísticas de la
vida diferentes. La relación que tenemos con el mundo, la realidad, la
subjetividad, la intersubjetividad, con Dios,
etc., se representan, se proyectan o adquieren sentido, en redes lingüísticas
diferentes a las precedentes. No podemos olvidar que el lenguaje es un signo de
identidad o de diferencia de una civilización o cultura.
En él se adquiere la mismidad del
autoconocimiento de sí mismo, la realidad del “Yo” concreto, la consciencia de la muerte, los fragmentos o la
totalidad del tiempo, la consciencia histórica, mítica de las culturas, de los
procesos científicos y de la técnica.
De ahí que el lenguaje en-sí y para-sí
posibilite el sentido de pertenencia o de diferencia del ser humano.
Por tanto, toda forma de vida o
de existencia, es lenguaje. En él la materia animada o inanimada adquiere razón
de ser. Somos animales lingüísticos que comunicamos el espíritu de la lengua en
prescripciones léxico-gramaticales. En la época actual por el primado de la IA
generativa, en lenguajes de programas informáticos, las conceptualizaciones de
los problemas humanos se traducen a lenguajes computacionales. Teniendo
presente que los ordenadores, las máquinas creadas por los hombres, tienen
capacidad de cálculo y de prescripción, más no para dar cuenta de la Condición humana.
Así, desde una perspectiva de la
teoría del lenguaje, somos el río que desemboca en el lenguaje. Es la
naturaleza que nos constituye y nos da nuestro ser. Es la categoría que eleva a
la santidad o nos hunde en el hoyo profundo y oscuro de la desesperanza o la
muerte. De él depende que alcancemos el sentido de la existencia: la libertad,
lo justo, lo ético, lo bueno, lo bello, la trascendencia o, la unidad con el Señor.
De ahí que la vida toda haya que pulirla como piedra preciosa, en el
espíritu del lenguaje.
Uno de los problemas
fundamentales del mundo contemporáneo, consiste en que, la imagen y los
lenguajes digitales están reemplazando a la palabra. La imagen del mundo, de la
realidad o de nosotros mismos, es la que permite la representación de lo que
vivimos. Además, por así decir, como suceden las cosas. Sí no responden a las
esperanzas y necesidades humanas; la imagen que tenemos de ellas y de la
existencia, tampoco es la de los verdaderos requerimientos humanos.
Pregunto, ¿por qué esta cesura en
las culturas y las civilizaciones contemporáneas? Porque en la actualidad nos
recuerda Ernst Jünger: “Las imágenes son más eficaces que las palabras; no
necesitan ser traducidas y actúan de manera directa. Un perseguido no se
lamenta de sus sufrimientos; exhibe sus heridas. Eso es algo que estigmatiza.
La enorme afluencia de imágenes favorece un nuevo analfabetismo. La escritura
es sustituida por signos; es observable una decadencia de la ortografía. La
consecuencia de ello es una vulgarización de la gramática”.
Sí los efectos de las imágenes
son más fuertes que las palabras, el mundo estará determinado por el “logos” del artificio. No importa la
relación de las palabras y las cosas, lo fundamental consiste en que la imagen
penetre hasta el tuétano de los huesos, incluidos los del cerebro y la
conciencia. “La carga que hay en la atmósfera –expresa Jünger- es de naturaleza
plutónica y eléctrica. El hecho que se trasmitan imágenes y sonidos en el
cinturón eléctrico que ahora rodea la Tierra es un detalle secundario y
discrecional en comparación con el hecho de que el cuerpo sea traspasado por
ondas que llegan hasta los átomos, incluidos los del cerebro. De ello tampoco
quedan libres, claro está, ni los vegetales ni los animales ni los minerales”.
Lo importante para la técnica y
la nueva voluntad de poder es, que el ser humano cambie, se trasforme en el
sentido de la especie, como lo vislumbró Nietzsche. Por eso el efecto que causa
la imagen no presupone comprensión, sino que golpea con la virulencia de la ola
al romper en los filamentos más finos del “Yo”
concreto, de la consciencia reflexiva y crítica, de la experiencia y la memoria
verbal. Esto supone una transformación de la representación que tenemos de las
cosas y de la vida; eso que heredamos de las fuentes de la cultura grecolatina
y judeocristiana.
Así que, en los tiempos actuales
se está configurando “la sociedad
algorítmica”, que no es otra que, “una
sociedad hipnótica en la que cada aspecto de la existencia está mediado por
tecnologías de sugestión” – al decir de Xun.
Al Capitalismo Emocional no le interesa controlar “los medios físicos de producción, sino el
control de los estados de conciencia”. Le
interesa la mente, el espíritu y la
zona de la sentimentalidad, en la medida que controla los estados de
conciencia individual y colectiva o, la trastienda instintiva del cerebro,
bestial, irracional, oscura, agresiva, que ha acompañado a los seres humanos
desde los tiempos inmemoriales.
Los maestros de la crítica
literaria, la lingüística filosófica, la filosofía del lenguaje, la teoría de
la cultura, son testigos del desgarramiento que vivió el lenguaje en la primera
mitad del Siglo XX. Nos enseñaron que una sociedad que pierde la confianza en
la palabra es, una sociedad que degrada su memoria, los usos y el estudio del
lenguaje, la tradición y los contenidos espirituales de la comunicación. Si
éstos no logran despertar y comunicar los requerimientos de la condición
humana, se pierde la confianza en la palabra y en el Hombre.
Entonces, perder la confianza en el
homo parlante es, degradar las
potencias espirituales que posibilitaron su razón de ser. Eso que, la
lexicología, la filología, la gramática, la teoría del lenguaje, la
lingüística, etc., denominan lenguaje. Es decir, el ámbito donde el ser humano
desarrolló y estructuró su mundo lingüístico, el tiempo y su relación con la
pluralidad de las personas, su relación con el tiempo y la muerte o, con Dios.
La revolución del lenguaje –dice George
Steiner– surgió de una crisis evidente: “Una
crisis donde el hombre había perdido la confianza en el acto mismo de la comunicación”. Una pérdida que la civilización
actual expresa como: “Charla maligna”
o “retórica política”. Así pues, la
esencia del lenguaje se convirtió en una horrible “indecencia”. Ya que es
arrojada en forma de imágenes, palabrería hueca, a la cara de los individuos.
Por eso la restauración de la sociedad en su más amplio sentido, proviene
siempre del espíritu lingüístico y la Cultura.
De ahí que el lenguaje defina al
hombre como hombre; porque es el principio del Humanismo. No es la moral social
ni el conocimiento, la ciencia, la técnica, la industria, la economía, la
política, los que permiten definir a la persona humana. Sino la sensibilidad,
la imaginación, la capacidad de juicio, la música, el arte, los movimientos del
pensamiento, el lenguaje y la Cultura. Toda forma de vida, es en sí misma,
lenguaje. Trátese de la lengua de los animales, las cosas o, de los hombres.
Por tanto, los estudiosos del
lenguaje expresan que no existe un contra sentido entre el Hampa y los Actos de habla.
Ya que el lenguaje incide en el comportamiento humano. Como lo expresa la
neurociencia que existe relación entre el cuerpo, el pensamiento y el lenguaje.
Que el mundo responde al modelo de la mente humana, y que las redes neuronales
se expresan en el lenguaje. Geográfica y temporalmente hablando, la lengua se
comunica con las acciones humanas.
Frank Kafka fue uno de los
representantes más elocuentes de la revolución lingüística del momento. Pensó
que cuando el lenguaje se corrompe, se resiste a la verdad. Lo exaspere hasta
alcanzar grados insostenibles en la revolución
del sentido. Lo prodigioso de Kafka fue que desde la literatura ofrece un
recipiente nuevo donde podemos lavar las impurezas de la lengua; la suciedad
del espíritu lingüístico que comunica el idioma. Más para Kafka que trabaja en
una lengua que no le pertenece en el sentido biológico y espiritual del término.
Kafka
“usaba cada palabra de esa lengua que para él era extranjera como si la hubiera
robado en un depósito secreto y a punto de agotarse y tuviera que devolverla
intacta a la mañana siguiente” (Steiner).
Para los escritores y pensadores
de origen judío, la crisis del lenguaje es un disgusto moral y sensible del
mundo absolutamente fundamental. Se convierte en un problema histórico, sociológico,
lingüístico, político, cultural, que penetra el ámbito ontológico. Un malestar
psicológico que se fusiona con el orgánico. De ahí que, en el ámbito de la
existencia individual, relacionan la psicología y la biología, la política y la
filosofía. Por eso el lenguaje no es indiferente a la vida, al cuerpo, la
consciencia, la experiencia, al saber, al conocimiento, la política o, al
ejercicio del poder.
En un tiempo como este donde la
sangre, el dolor, el sufrimiento o, las muertes predominan es, un tiempo
semejante al presente-actual, que impregna todo lo humano. Y se olvidó que el
hombre es casi homogéneo, como lo expresó Goethe en Werther, salvo un “saltito”. Se constató en la historia de
Occidente, que el dolor y el miedo, la soledad y el hambre, las enfermedades y
el sufrimiento, la violencia y las guerras, el odio y la discriminación, que
viven millones de seres humanos hacen parte de la Gran tragedia de la historia
de la humanidad reciente.
El hombre de aquí–ahora, nuestro
contemporáneo, lo siente: el inmigrante, el preso, el desempleado, el negro, la
prostituta, el homosexual, el excluido o, el blanco empobrecido. De ahí que la
voluntad de poder quiera erradicar de la consciencia del ser humano, la
dignidad de ser hombre. Eso que posibilita compartir las tragedias y los triunfos,
el diálogo y la comunicación desprevenida y sana y, alcanzar la categoría de
persona.
Aldous
Huxley dijo que, “tendemos
inexorablemente a ser números”, almacén de objetos de existencias,
vigilados o controlados por los instrumentos técnicos. En este estado de cosas,
parece que estuviéramos destinados a ser despojos de fuerzas que nos
trascienden. O, tal vez, objetos de existencias consumibles o desechables. No
olvidemos que las crisis económicas, políticas, sociales o militares, ¿Quién
las provoca? Unos cuantos poderosos desde los Estados desarrollados, los
Organismos Internacionales, el Sector Financiero Mundial, las empresas
transnacionales, la industria militar, etc.
Y cómo consecuencia de esta
catástrofe humanitaria se expande por el mundo la hambruna, el desempleo, las
enfermedades, las pandemias, las hordas de inmigrantes en busca de un futuro
mejor. Pero también el fuego de la guerra, la guerra en Sudan, Colombia, Irak,
el Medio Oriente, Rusia y Ucrania, etc. Recordemos a Benjamín en –Pobreza y Experiencia-: “Que aguantar es
hoy cosa de los pocos poderosos que, son menos humanos que muchos; en el mayor
de los casos son más bárbaros, pero no de la manera buena. Los demás en cambio
tienen que arreglárselas partiendo de cero y con muy poco”.
Por la catástrofe humanitaria y humanista,
los centros vitales de la cultura occidental moderna, posibilitaron el “colapso
del humanismo liberal”. Si el lenguaje era el medio esencial de la “cultura clásica” y de la “cultura
humanista”, que habíamos heredado desde Platón hasta Hegel, la “crisis del
lenguaje” tocó los centros vitales de ésta.
Porque hubo un instante en la
historia de la humanidad que lo demoníaco del nazismo, del totalitarismo y del
estalinismo, le ganaron la partida a la Vida. Como a hora hace el nacionalismo,
el populismo, el neofascismo y el autoritarismo. Vivimos “un tiempo donde todo
ha cambiado menos las nubes, y en cuyo centro en un campo de fuerzas de
explosiones y corrientes destructoras, no sólo está el mínimo, quebradizo
cuerpo humano, sino también el lenguaje”. (Walter Benjamín).
Así que, en el estado de postración espiritual
y sensible del ser humano, no sólo hay una galvanización de la vida, sino también
del lenguaje. Se expresa en el vaciamiento de la palabra y la demagogia
política. De ahí que Steiner nos invoca esta bella metáfora: “La retirada de la palabra”. Porque en
tiempos de terror, de miedo, de odio, de violencia o de guerra, el hecho de
haber nacido se convierte para algunos en problema Ontico: “ser o, no ser”. Esto muestra a ojos vista, cuán
desgraciado es el ser humano.
Este hecho histórico, sociológico
y antropológico, incide en el concepto metafísico y ontológico del ser humano.
Así, el espíritu de la civilización europea rompe nuevamente las Tablas. Por eso, el espíritu que la
anima e irradia su luz, entra en una especie de ensimismamiento y oscuridad. El
silencio, el sufrimiento, el miedo, la muerte o, la desorientación, reinarán en
el pálpito del hombre actual. No en el sentido literal de la palabra, sino en
el estrato fundamental que la sostiene.
El horror, el dolor, el odio, la
violencia o, la muerte, que el hombre infiera sobre el otro; es algo así como,
una Fractura cósmica. No se puede
olvidar que el hombre es la sensibilidad de la fuerza viril, que despierta a la
Vida. Si la vida duerme, ahí está el lenguaje, la sensibilidad, la imaginación
o, las reflexiones del pensamiento, para que soñando nos acerquen a un nuevo
despertar. ¡Despertar! ¡Despertar!
Porque estamos inmersos en un
flujo y reflujo de información, donde la realidad no desaparece, sino que es
“un reflejo” de los códigos algorítmicos. Como dice Xun: “La ilusión nunca ha
sido tan real, y la idea de realidad nunca ha sido tan ilusoria”. Que es algo
así como una falla, en la estructura del Universo. “Ya que el hombre es divino
–escribió Thomas Mann en la Montaña
Mágica–, en la medida en que es sensible.
Es la sensibilidad de Dios. Dios
le ha creado para sentir a través de él. El hombre no es más que el órgano
mediante el cual Dios realiza sus bodas con la vida despierta y embriagada. Si
el hombre falta a la sensibilidad, falta a Dios, es la derrota de la fuerza
viril de Dios, constituye una catástrofe cósmica un terror inimaginable”.
Preguntamos,
¿estamos
los humanos degradando “el órgano mediante el cual Dios realiza sus bodas con
la vida despierta y embriagada”? ¿Estamos los seres humanos en un punto de
inflexión del paso de la realidad a lo ilusorio y del lenguaje natural al
lenguaje algorítmico?