Los Instrumentos Técnicos en el Espacio de la Economía Bélica
“En el frente de batalla donde la guerra se pone el uniforme de la vida
en su expresión más violenta, los medios técnicos y las leyes que la
posibilitan, se entrelazan en un abrazo indisoluble”.
Antonio Mercado Flórez. Filósofo
y Pensador.
Madrid-España a 11/04/2024
En esta alta civilización
abstracta donde vivimos, los instrumentos técnicos metamorfosean los contenidos
del lenguaje natural. Posibilitan un decir nuevo, un “logos” que cumple
un papel decisivo en las relaciones humanas. La concatenación que se establece
entre las masas de la Gran ciudad y, los instrumentos técnicos
transforman el mundo perceptivo, los contenidos de la existencia, del mundo y
la realidad. Esa incidencia en la vida de las personas se constituye en
irradiaciones tan sutiles e imponderables, que determinan el ámbito de la
existencia humana. Es ahí, más no en las doctrinas ideológicas o los grandes dogmas, donde hay que
buscar el auténtico factor moral de nuestro tiempo. Esta trastocación
espacio-temporal, de la cualidad del Ser
y el existir, transforma la relación
entre Palabra y Mundo, Hombre y Mundo, Hombre y Dios.
El mundo se presenta oscuro y
distante desde la prolongación que hacen los seres humanos de sus vidas en los
instrumentos técnicos, o tal vez los paraliza para efectuar otras tareas, que
tienen que ver con otros ámbitos de la existencia. Por ejemplo, tareas
contemplativas o de simpatía psicológica con otros hombres. En ese sentido los
instrumentos técnicos perfilan lenguajes que nada tienen que ver con el mundo
de nuestros mayores. También los instrumentos técnicos cumplen tareas de
dominio y control, vigilancia y coerción, sumisión y simulación, en el hombre
actual.
No podemos desconocer que el
espíritu lingüístico del hombre se concatena con el Zeitgeist, el Espíritu del
Tiempo. En nuestra época se
representa así mismo en las diversas figuras del mundo técnico. Se constituyen
en la expresión material de los contenidos y las formas del Espíritu de la
Época. En cualquier caso, los medios y los modos que posibilita el lenguaje,
están inferidos por los instrumentos técnicos. Esto representa para la Cultura
de Occidente un punto de inflexión, de trastocación de los valores heredados.
Así que, estamos a las puertas de una nueva ética, una nueva estética, unas
referencias imaginativas y umbrales que darán cuenta de nuestro legado
histórico. Por eso el mundo y la realidad que se configura en el horizonte
inmediato, nada tiene que ver con el pasado de nuestra memoria verbal. Esto
resulta desconcertante para el diminuto y frágil ser humano.
“Cabe ir observando cómo la creciente transmutación de la vida en
energía y la progresiva volatilización del contenido de todos los vínculos” en
beneficio de la técnica, ponen en entredicho la herencia de la cultura
occidental moderna.
Esta disolución de los vínculos
naturales y de las relaciones de sentido, inciden directamente en los
contenidos de la experiencia y la memoria etno-lingüística del hombre
contemporáneo. Una trastocación que no sólo es un fenómeno occidental, sino
también del mundo en general. Toca de una u otra forma al crisol de culturas y
civilizaciones actuales. Somos parte entonces de una época, donde no sólo se
diluye el sentido de pertenencia, sino también los elementos materiales y
espirituales que heredamos de la cultura judeocristiana y grecolatina. Ahora,
cabe observar que la creciente transformación de la vida en energía o en
relaciones artificiales, repercute en la mutación del lenguaje natural en lenguaje
artificial. En pocos espacios de tiempo pudimos observar el tránsito de la
sintaxis natural, a unas formas léxico-gramaticales nuevas.
Por
consiguiente, la energía potencial del ser humano que una vez estuvo ligada a
la naturaleza del hombre, hoy día responde a los requerimientos de la Cultura de lo efímero: medios de
comunicación de masas, las imágenes en movimiento, las redes sociales, la
Inteligencia Artificial generativa, etc. A lo que se denomina en la actualidad,
lenguajes digitales o analógicos.
Por tanto, el vaciamiento y la
manipulación de la energía potencial, es uno de los principios fundamentales de
la Cultura de lo efímero y de
los “Centros de mando” dispersos en las redes globales. Los mass-media, por ejemplo, se valen del
mercado, la publicidad y el consumo, como improntas del confort técnico y la nueva naturaleza del poder, para alterar los
flujos de conciencia, los deseos y dominar a los seres humanos. De ahí esas
irradiaciones tan sutiles e imperceptibles que llegan hasta el tuétano más
íntimo, el nervio vital más fino. Hacen del hombre de hoy, en consecuencia, un
ser atravesado, circundado y trascendido, por fuerzas que golpean con la
virulencia de la ola al romper. Se trata de develar que el desarrollo de los
procesos, la técnica y la nueva voluntad de poder, configuran el mundo actual.
“Un acto
mediante el cual una única maniobra ejecutada en el cuadro de distribución de
la energía conecta la red de la corriente de la vida moderna –una red dotada de
amplias ramificaciones y de múltiples venas–“a una gran corriente de la energía
bélica.
Este devenir de la corriente de
la energía bélica arrastra tras de sí, la revolución en las comunicaciones. En
el caso que nos concierne, la red de la corriente de la vida moderna y los
instrumentos técnicos de comunicación simultánea, las redes sociales y la
Inteligencia Artificial, se concatenan a la corriente de la energía bélica. No
existe un intersticio del espacio voluminoso de la cultura y la civilización de
Occidente, que no tenga que ver con la economía bélica. De ahí que, en la
historia de la civilización occidental moderna, los inventos técnicos se
configuran como instrumentos para la guerra. La economía bélica se convierte en
Occidente, en el umbral del desarrollo técnico y científico.
Ahora bien, la primacía de los
instrumentos técnicos, la esfera dineral y el ejercicio del poder en la vida de
las personas, configura un mapa nuevo para la cultura y la civilización de
Occidente. Las relaciones que se tejen y destejen, la atmósfera que se respira
son distantes y abyectas; pero en el fondo responden al espíritu lingüístico.
No el de los requerimientos de las relaciones de sentido, sino de las relaciones
artificiales. El mundo que vivimos, en consecuencia, nos aboca de una u
otra forma, al reduccionismo técnico, a la cifra, al cálculo, a la imagen gráfica en movimiento. Se trata
de mantener el “Control del cuadro de
mando” y la “Distribución de la
energía”, suministrada en forma de imagen gráfica en movimiento, redes
sociales, Inteligencia Artificial, relaciones de los Sujetos internacionales,
flujos de capitales y de finanzas internacionales, o la vida convertida en objeto,
etc.
Pero
no debemos olvidar que el ámbito donde se planifica y se ejecuta la gran
corriente de la energía bélica y la economía de la existencia, no es otro que,
el ámbito del lenguaje y las reflexiones del pensamiento.
Así que, una sola incidencia en
el Cuadro de distribución de la energía
repercute en la red de la vida moderna y, por ende, en los contenidos
espirituales que comunica el lenguaje. Si el mundo contemporáneo se configuró
en el vestido de los lenguajes digitales y la imagen gráfica en movimiento,
entonces, la economía de la existencia y la consciencia de la muerte, las
necesidades y esperanzas humanas, responden sólo, a los requerimientos de la Cultura
de lo efímero. Ahí está su campo, ahí su acción, a la uniformización
de la sociedad le corresponde la homogenización del lenguaje: jergas, clichés,
modismos, etc.; en cuanto son la forma superficial del espíritu lingüístico del
hombre. Esto supone para la cultura occidental un quebrantamiento de la cualidad del Ser y el existir. Una ruptura ontológica y
epistemológica del espacio voluminoso de la cultura y la civilización
occidental reciente.
Ahora, ¿dónde se encuentra el
presupuesto de toda tecnología? En las catacumbas, las criptas, las
profundidades de lo misterioso y lo profano, donde la indiferencia es lo
característico. Como en las Antiguas mitologías resulta tan grotesca y
atractiva; las tecnologías reemplazan al mito en la modernidad. O, mejor dicho,
la técnica es el nuevo rostro que ha encarnado el mito en la contemporaneidad.
El mito del siglo XX y del XXI, se representará en el espejo de la tecnología.
Entre ellos existe un juego de ecos y trasformaciones profundas, que la
sensibilidad del hombre común es incapaz de percibir. Ellos movilizan ingentes batallones
en un frenesí de irradiaciones tal sutiles e imperceptibles, que arrastran a
miles de seres humanos al derramamiento de sangre o, a la muerte. Por la
maquinaria de la gran corriente de energía y los lenguajes bélicos, la vida del
ser humano se percibe como algo diminuto y frágil ante los despliegues de las
grandes construcciones arquitectónicas, las máquinas, los cohetes, los aviones
no tripulados, los misiles, los satélites y el automatismo. Podemos observar,
por ejemplo, cómo el confort técnico
se concatena a la fatalidad en las grandes autopistas de la Gran ciudad, o en las carreteras
comarcales y se presenta como accidente de tráfico. Esto verifica cómo las
ilusiones técnicas cuando pierden el punto de seguridad que trasmiten, se
convierten en algo trágico y mórbido para el hombre.
Somos parte de un mundo donde
todo está dispuesto y presupuesto para que el campo magnético de la energía
bélica, el ejercicio del poder y el mundo dineral, den cuenta de la vida
humana. El problema de la existencia en el siglo XXI ha de pasar necesariamente
por el filtro del lenguaje. No como un problema derivado, sino como el origen
de los problemas del mundo. Se configure en la lengua de la tecnología, de la
arquitectura, de la economía, de la ciencia, de la política, de la medicina, de
la biotecnología, la cibernética, etc.; el lenguaje se convierte en problema
filosófico, histórico y antropológico. Es decir, en problema epistémico y
ontológico. Por lo que toca a lo político, sí en los Estados Modernos no se platea
el problema de los conflictos internacionales desde el lenguaje, desde las
diversas formas del lenguaje, la comunicación y el diálogo darán paso en el
decurso del devenir histórico actual –a una gran corriente de energía bélica
donde el ser humano (por perder la vivacidad del pensamiento y los contenidos
espirituales del lenguaje)–, a una disminución de humanidad.
Ahora bien, comprender los
instrumentos técnicos para la guerra en su cultura, o desde el umbral del
lenguaje, significa, contemplar las ametralladoras, las máquinas, los
ventiladores, los aviones, los cohetes, los aviones no pilotados -drones-, las
bombas, los satélites, las municiones, los diversos lenguajes digitales, la
imagen gráfica en movimiento, como herramientas de “los cíclopes expertos en
trabajar el hierro” y, a los que, “les falta el ojo interior”. Enfrentarse con
ellos en las profundidades o en las alturas, es enfrentarse al “Zeitgeist”, el Espíritu del Tiempo, y verlo como un ídolo. Significa observarlo
“desprovisto de la móvil aureola de los refinamientos técnicos”, y darse cuenta
del poder que encierran en sí. Trátese en las culturas precolombinas del Sol, o
en la Modernidad, de la Inteligencia Artificial o la técnica, ambos se
relacionan con la sangre y el poder de la muerte.
Por lo que les concierne a los
elementos, con la instauración del titanismo
y el mundo del Titán, los hombres se
encuentran en el último grado de la abundancia -en los elementos y con los
elementos-, esto en pocos espacios de tiempo, se convirtió en una tragedia
fundamental. Nuestros antepasados cortaron “las primeras flores de la
descomposición”. Así que, el desequilibrio de los ecosistemas, las catástrofes
de los elementos, la guerra, la violencia, o la descomposición de las
sociedades, son sólo un débil reflejo del
Espíritu. Cuando la economía, la
industria, la técnica, la moral, la política, la cultura, “se alejan de los
elementos, y se sitúan por encima de ellos, se nutren más o menos de su
sustancia”.
En las guerras contemporáneas y
el huso de los lenguajes artificiales, se llegó a un refinamiento tal del
miedo, del dolor o la muerte, de proporciones jamás imaginadas. Entonces, ¿cuál
es el legado del titanismo en la Época Moderna? Por supuesto, destruir el
interior del ser humano e imponer sus relaciones de fuerza. F. G. Jünger y su
hermano Ernst proponen que hay que retornar a los elementos, para llenar de
sabia espiritual, el hálito de la Vida y la magia de la Naturaleza. Es loable
anotar que el hombre se desvía hacia lo mecánico o lo demoniaco, y en la guerra
o la violencia, es cuando más se pronuncian sus rasgos. Pero en su devenir se
da una inversión dialéctica, regresa a las normas formando así un nuevo
equilibrio. Observamos entonces que en el sufrimiento y el dolor el hombre
genera fuerzas superiores, curativas.
Como dijo Walter Benjamín: “¿En qué reconoce uno su fuerza? En sus
propias derrotas”.
En este orden de ideas, la
civilización actual posee una ligazón más íntima con el Progreso que con la Cultura.
Ésta se configura en mass-media donde
la imagen gráfica en movimiento, o los lenguajes digitales, determinan el orden
de la existencia. La técnica es capaz de hablar el lenguaje de las grandes
urbes y apropiarse de los modos y los medios de decir; lo que para la cultura
resulta una acción difícil y antagónica a la naturaleza que la constituye. De
ahí que cuando la política trata de controlarla o manipularla –en las
democracias parlamentarias, los regímenes autoritarios o totalitarios–, su
actitud es repugnante y grotesca para la conciencia individual. No podemos
olvidar que la cultura se levanta sobre las inmundicias, los escombros que la
civilización deja tras de sí, como el Ave
de Minerva hace con sus cenizas al
anochecer.
Dice Jünger en el texto, Sobre el dolor: “La civilización tiene
con el progreso una ligazón más íntima que la que pose con la Kultur y que aquélla es capaz de hablar
en grandes urbes su lenguaje natural y sabe manejar medios y conceptos a los
que la cultura se enfrenta… La cultura no es algo que pueda ser aprovechado propagandísticamente,
e incluso una actitud que quiera utilizarla en ese sentido es una actitud que
se ha enajenado de ella”.
Es de suma importancia anotar que
el predominio de la técnica, del canon científico y el mercado, el
consumo y el dinero, el lujo y las bellas materias, contribuyen con la primacía
de lo abstracto en la vida de las personas. El carácter abstracto de la
existencia individual y la crueldad en las relaciones humanas, son sólo dos de
sus figuras más siniestras. Esto no es indiferente al desarrollo armamentístico
ni a la economía bélica. Esta mutación en el orden de la existencia individual,
trajo consecuencias desastrosas en la vida psíquica y espiritual de la
civilización moderna. Disyunción que se concibe en la consciencia occidental contemporánea,
como trágica y anómala a la naturaleza humana.
Para el que participa en la
guerra, nada vuelve a ser lo mismo. Entonces, ¿cómo es el hombre en la ciudad
de la era fáustica? Ernst Jünger responde: “Un hombre despierto, activo,
desconfiado, sin relación con las musas; será un denigrador nato de todos los
tipos superiores y de todas las ideas superiores”. En la Gran ciudad contemporánea se verifica que, entre más abstractas son
las relaciones humanas, más esconden la crueldad que las caracteriza.
En
el campo de batalla la vida se desnuda y se ofrece al otro lado de ella, cruel,
violenta, sin esperanza, desdichada, sin pudor espiritual e insensible. En eso consiste también, después de todo,
cuán solo y desgraciado es el hombre actual.
El Gran sátiro ya está aquí entre nosotros y se ríe a carcajadas del
mundo moderno, del orden económico internacional, del orden geopolítico
internacional, del grupo de países desarrollados, de la arquitectura de la
ciudad sin alma, del demagogo y del farsante político, de la distancia
psicológica o, de los despropósitos humanos; porque sabe que no responden a los
requerimientos morales e históricos del ser humano. Son muchos los sitios donde
se percibe la figura del Gran satírico
de nuestro tiempo. En los medios de comunicación
de masas, los lenguajes digitales, las redes sociales, lo vemos tomando la
forma de los poderosos al descubierto, con sus inmundicias y sus virtudes. O,
también en la figura del hombre solo y desgarrado, con sus sueños y desdichas a
cuesta.
El Gran satírico de nuestro tiempo nos grita en medio de
carcajadas y alaridos en las calles y las plazas, que nos hemos desprendido de
la máscara que por mucho tiempo portaron las grandes potencias mundiales, la
iglesia, los partidos políticos, los sindicatos, los grupos de presión; y,
ahora, con un rostro nuevo porta el terrorismo islámico e ideológico, el
hambre, el racismo, el nacional-populismo, el autoritarismo y el neo
totalitarismo. Y, en medio de estos hombres primitivos que se han aliado
criminalmente con la técnica, nos recuerda que él representa un fetichismo
medio grotesco, medio bárbaro de los instrumentos técnicos, un ingenuo culto a
la muerte. “Y eso está ocurriendo –dice Ernst Jünger – precisamente en lugares,
en que la gente no posee una relación directa y productiva con las energías
dinámicas”. Que “las palabras transportan la fuerza monstruosa del nihilismo”.
Así pues, ¿dónde se está
originando la fisura? ¿en qué ámbitos se está dando la ruptura? En los lugares
escabrosos y abyectos de la superficie de las civilizaciones actuales. Donde se
configura la idea de los procesos y la técnica. En los ideales, las
tradiciones, los usos, los valores, que han sido cubiertos con el vestido de lo
luminoso de la técnica, la ciencia, el mundo dineral, o la majestuosidad del
poder. Con relación a la guerra, Jünger nos recuerda que “era de aguardar que
en la edad de la técnica sufriesen los medios y los métodos de la conducción de
la guerra unas modificaciones más rápidas y radicales que todas las observadas con
anterioridad en las mudanzas de los encuentros hostiles habidos entre seres
humanos”.
En el transcurso del siglo XX y
principios del siglo XXI, los instrumentos técnicos sufren una revolución
profunda y radical, en los medios tecnológicos de las comunicaciones humanas y
la IA. Todos ellos en principio, son desarrollados como instrumentos de
comunicación para la guerra. De ahí que, en esta alta civilización de las
comunicaciones digitales y las imágenes gráficas en movimiento, los métodos y
los modos de la conducción de la guerra se supeditan a los medios tecnológicos
de las comunicaciones guerreriles. Son muchos los ejemplos en el campo de
batalla y fuera de él, donde los instrumentos técnicos influyen en la
confrontación bélica. Así se convierten en el medio fundamental para la guerra
o para la paz.
El presupuesto de toda técnica,
es difícilmente detectable: lo definiremos como “disponibilidad a ser
movilizado”. De lo que si estamos seguros es, que de la relación de los
combatientes con el progreso se desprende una atmósfera embriagadora que juega
un papel decisivo en los asuntos humanos. Porque efectivamente es ahí donde hay
que buscar también el auténtico factor moral de este tiempo. Un factor que
trasciende las fronteras del Espíritu de la Época y sus juicios. Porque emana
permanentemente más allá de los límites de las circunstancias accidentales;
proviene de las fuentes de lo elemental, del núcleo substancial.
De ahí que la estructura del
progreso, el desarrollo económico, la Ilustración, o la dynamis de las ciencias, no son capaces de dar cuenta de las
fuerzas elementales; las que impulsan a una voluntad orgánica, una nación, a
hundirse más y más en las profundidades de la fragua de Vulcano y bañarse con el fuego abrasador de las máquinas
y las armas que provienen del vientre de la técnica; y, extasiarse con el
resplandor que abarca los contornos del mundo. En este ámbito Ares (la brutalidad, la violencia y la
furia en el campo de batalla), le gana la partida a las Musas.
En ninguno de los sitios donde el
hombre se tope con esas condiciones especiales; en ninguno de ellos cabe la
explicación reduccionista de la economía dineral, del materialismo histórico,
del liberalismo político, del historicismo, del estructuralismo, del
funcionalismo, o del vitalismo, por más esclarecedoras que sean para comprender
el estrato elemental. En ese lugar enigmático de la existencia individual, se
mezclan las pasiones más salvajes y las pulsiones más excelsas, para que presto
el ser humano acuda al llamado de la guerra. Estas acciones rozan la superficie
del proceso; enfrentados a un fenómeno de esta naturaleza sólo, absolutamente
sólo, cabe dirigir la mirada a un fenómeno cultual. Es lo que sucede
actualmente en Irán, Israel, el Líbano con Hizbulá, la franja de gaza, la guerra
entre Rusia y Ucrania, y las fuerzas militares norteamericanas en Oriente
Medio.
Desde que el ser humano tomó al Progreso por la gran iglesia popular
del siglo XIX y XX, se configura en los estratos más elementales que lo
determina: “La llamada eficaz”. Una
llamada que posibilita la parte de fe de la movilización total de las masas y
de los ejércitos, que participan en la guerra. Son presa de un frenesí
violento, que no puede sustraerse a su fuerza en cuanto se apela a las
convicciones más profundas. Estas se ponen la máscara que les facilita el
ejercicio del poder y la técnica; y preñadas de unas irradiaciones tan sutiles
e incomprensibles, arrastran a millones de seres humanos al dolor, el
sufrimiento y la muerte.
Enfrentados
a un fenómeno de esta naturaleza sólo cabe dirigir la mirada a un fenómeno
cultual: “De exceso, aventura en las profundidades de la existencia y pasión
mística en la barbarie y la muerte”.
Esta trastocación histórica y del
orden de la existencia individual, influyen en la confrontación bélica. Porque
en un estado de excitación violenta el hombre pierde los contenidos de la
experiencia, la capacidad de asombro, la sensibilidad y la razón, ante los
avatares de la vida. Ya que en medio de la confrontación se volatizan los contornos,
y todo lo que tenemos a nuestro alrededor se vuelve denso y embriagante. El
estado de embriaguez y de excitación nerviosa al que llega el ser humano, es
tan profundo, que no le importa dar la vida en sacrificio. Esa experiencia se
relaciona con el azar y las fuerzas del destino, de hecho, se presenta a la
consciencia común, excitante y seductora.
Preñadas
como están de energías dinámicas se agarran de lo que encuentran a su paso por
la necesidad de vivir; y, son capaces de matar a otro semejante por no alejarse
de esas irradiaciones tan sutiles y fascinantes.
Esta llamada al campo de batalla
donde se entrecruza el mundo físico y psíquico del ser humano, trasciende la
investigación de los procesos. Está ocurriendo, precisamente, que la gente no
posee una relación directa y productiva con las energías dinámicas. Esto los
aleja de los más altos ideales de humanidad. Y el punto de inflexión que
ocasionó en el Espíritu de la Época, del mismo modo trajo aparejado no sólo el
advenimiento de las masas y la Cultura de lo efímero, sino
también una disminución del sentido de humanidad. La cultura de la urbe
moderna, de otra parte, donde las masas se asientan y el público se configura,
se convierte en factor decisivo para la política. Esos fogonazos son los que
confirman que somos parte de la globalización de las comunicaciones simultáneas
e inmediatas, y de la Civilización del artificio. Que en consecuencia
desgarran la unidad del “Yo” concreto
y la memoria histórica de los pueblos. Porque prevalece lo pasajero, lo fútil e
insustancial en la vida de los seres humanos.
La primacía de las masas en la Gran ciudad genera, de hecho, otro tipo
de cultura; la que exalta el presente–ahora,
lo fugaz y momentáneo. Un tipo de cultura que estructura el periodismo, la
radio, la política, la economía dineral, la ciencia, la técnica, las redes
sociales, la publicidad, el lujo y el consumo de masas. Como consecuencia de
este proceso, las relaciones abstractas entre los seres humanos, están
reemplazando a las relaciones preñadas de sentido. Y cuando esto acontece, el
vaciamiento de las relaciones artificiales permite que broten las semillas de
la indiferencia, la indolencia, el sufrimiento, la soledad, el miedo, o la
insolidaridad en los asuntos humanos. Y efectivamente posibilitan que se
estructure un tipo de sociedad, que obedece sólo a la nueva voluntad de poder.
Esa que subrepticiamente entreteje el mundo dineral con el técnico. En
realidad, habitamos lugares donde se alojan millones de seres humanos, que sólo
tienen en común las relaciones dinerales, jurídicas, comerciales o de consumo;
también la indiferencia psíquica y espiritual con el otro.
Tanto en la Primera Guerra
Mundial como en la Segunda Guerra Mundial, más que una alteración súbita de los
instrumentos técnicos de guerrear, lo que hubo fue una mera evolución de los
modos de combatir. En la guerra como en cualquier actividad humana, fluyen las
fuerzas conservadoras al lado de las revolucionarias. En la gran mayoría de los
combates los medios y los modos son indistintos; la diferencia viene marcada
por un “saltito” que está contenido en los principios y las estrategias. La
consciencia común y la sensibilidad ordinaria creen, que el peso de la victoria
recae en la “magia” de las armas que lo lograron. Desconoce la conciencia común
y un sector de los hombres en armas, que las corrientes subterráneas que
movilizan a los hombres a empuñar las armas, son de una fuerza tal que
trasciende las circunstancias accidentales. La experiencia de la guerra es de
otro calibre, una sustancia diferente la anima y la proyecta; diferente a la
experiencia del burgués en la arquitectura de la ciudad sin alma; la de la
bolsa y el mercado; la del político en el parlamento; la del Presidente, o Jefe
de Estado; la del mundo sicodélico de los fines de semana de la Gran ciudad; la de las serpientes de la
usura con sus colmillos clavados en el corazón de los hombres en fuga; la de
las masas hambrientas de la Gran ciudad;
en el imaginario colectivo se cree que estos hombres están hechos de otra casta
como la de los toreros. De ahí su atracción y repugnancia, ya que no encajan en
el orden de los valores comunes.
En el ámbito de la guerra no es
el tiempo ni el status el que
determina la experiencia del combate, sino el destino. Entendido como
vinculación no causal incalculable y trascendente, del individuo con su sangre
y suelo, centro sobre el que gravita la historicidad de un pueblo. Ernst Jünger
dice que “no existe otro espacio en que la experimentación resulte tan
peligrosa como en el espacio de la guerra, pues aquí el destino influye sobre
la vida con más fuerza que en todos los demás sitios y otorga un significado
decidido e irrevocable a cada uno de los pasos que se dan”. La experiencia de
la guerra representa en la consciencia individual y colectiva, uno de los
horrores más espantosos al que se enfrenta el ser humano. En esos momentos la
consciencia de la muerte y el valor de la vida, se hacen más evidentes y
manifiestos en la conducta del hombre.
El guerrero es capaz de descender
a las profundidades más oscuras, donde los hombres primitivos se alían con la
técnica, la sangre y el poder de la muerte; o ascender a las alturas, y no sólo
dar la vida en el combate, sino también bañarse en la luz del espíritu de los Dioses y de las Musas. Pero en las civilizaciones modernas, el capital de la
experiencia de la guerra se diluye en las redes del desarrollo social y
cultural, técnico y científico, económico y político; y hacen de ella, que las
pulsiones destructoras de los seres humanos se transformen algunas veces en
bienestar y paz para las naciones.
En este orden, la guerra se
define como una situación extraordinaria y la paz como interrupción del empleo
de las armas. Pero, no obstante, se hacen progresos en los equipamientos
bélicos y los diferentes lenguajes que arrastran tras de sí. En los últimos
espacios de tiempo, pudimos observar el desarrollo armamentístico de las
naciones girar alrededor de dos coordenadas: el desarrollo técnico de las armas
y de los lenguajes digitales. Estos procesos son importantes en el arte de la
guerra, pero no están acompañados necesariamente por la experiencia en el
combate. Una experiencia que, para el guerrero, es la más viva de todas. Dice
E. Jünger al respecto: “La experiencia bélica representa un capital y de él se
nutre en tiempos de paz la noción que el soldado se forma de la guerra”. Entre
más tiempo pase la consciencia sin las representaciones de las irradiaciones de
la guerra, éstas tienden a desvanecerse. Un tiempo largo les imprime, escribe
Jünger, el sello de lo fabuloso e inimaginable. La experiencia de la guerra,
entonces, tiene que ver con lo demoníaco o divino que fluye en el interior del
ser humano. Es tan desgarradora su vivencia que algunas veces alcanza lo
trascendente; se desgarra el velo y se revela el rostro de la jovialidad.
Ahora bien, ¿por qué la guerra o
la violencia se alimentan de las fuentes de la luz o de la oscuridad? Porque
este tipo de experiencia va más allá de todas las posibilidades de la persona
humana. De ahí su relampaguear sea tan impactante en la consciencia
representativa y la memoria verbal del individuo. Así que, el ser humano que la
experimenta ya no vuelve a ser el mismo. Porque dicha vivencia daña los centros
vitales de la persona humana y de la cultura en general. O, lo que es lo mismo,
la coherencia interior del hombre.
La guerra no es una situación que
está sujeta enteramente a leyes propias. Sino que es el otro lado de la vida,
un lado que raras veces sale a la superficie. Pero que se haya estrechamente
ligado a ella, a la vida. Un perfil de la existencia que descansa en los
escombros del inconsciente, donde moran las pasiones más bajas y más excelsas
del ser humano. En la declaración de guerra, la guerra misma, confluyen una
serie de factores que determinan la conflagración. El mapa que se dibuja en el
campo de batalla, configura la ligazón entre el progreso y la barbarie. Todo
esto es manifiesto; lo sabemos en nuestros momentos racionales. Cuando esto
sucede la metáfora se cristaliza y el lugar de los asuntos humanos se convierte
en baile entre rosales. La consciencia occidental lo sabe, del vientre del
desarrollo de los procesos y la técnica, se origina el dolor y las potencias de
la muerte.
La guerra no es una parte de la
vida, sino que le otorga expresión a la vida en toda su violencia, dijo Jünger.
De ahí que la naturaleza de la vida, la esencia que la constituye, es
enteramente bélica en su fondo. En la historia de la humanidad la constitución
de las comunidades, los pueblos, las naciones o los Estados, están
estrechamente ligados a la guerra. El enfrentamiento entre dos culturas allende
del Atlántico en 1492, fue en el fondo una actitud bélica. La Conquista de
América Latina fue una confrontación bélica. De ahí que, en lo profundo de la
vida humana, la existencia se defina como enteramente bélica. Preguntamos, ¿en
qué se consolida la unidad de una nación? Sobre los ladrillos manchados de
sangre. Sobre ellos recordamos nuestras desgracias y calamidades; también
nuestros triunfos y alegrías. Eso permite la consolidación de los lazos
compartidos y el pensamiento simbólico que generan la memoria histórica. Por
eso toda violencia o guerra, tiene un componente cultural y simbólico. En la
época contemporánea el simbolismo, la magia y la unidad de la nación, se
representa, por ejemplo, en el deporte.
La guerra es la expresión de las
fuerzas violentas de la vida buscando saciar su deseo.
Las transformaciones que dibujó
la economía bélica en el mapa del siglo XX, se concatenan a formas nuevas de
las máquinas, al automatismo, los lenguajes digitales y las armas. El paso de
la táctica a la estrategia aérea, repercute, por ejemplo, en la cualidad del
movimiento. En efecto, lo que se percibe en el campo de batalla es “la mortal
rivalidad entre la fuerza del hombre y la fuerza de la máquina –esa rivalidad
en que la máquina, en todas las áreas en que hizo aparición, demostró tener más
tesón que el ser humano”. Nos enfrentamos con un problema análogo respecto a
los nuevos lenguajes digitales, que inciden en las técnicas y velocidades de la
guerra. También sabemos que los nuevos lenguajes de la guerra, no sólo están
demostrando más tesón que el ser humano, sino que introducen un ritmo distinto
en las comunicaciones y la vida en general. A menudo, el nuevo ritmo de la
guerra o de la vida, se anuncia del modo más insospechado en el lenguaje.
Recurramos a la imagen de Walter Benjamín sobre el “despertar”. “El momento
prehistórico del pasado ya no queda encubierto, como antes, por la tradición de
la iglesia y la familia. Esto es a la vez consecuencia y condición de la
técnica… Los mundos perceptivos se descomponen velozmente, lo que tienen de
mítico aparece rápida y radicalmente; se hace necesario erigir de manera veloz,
un mundo perceptivo completamente distinto y contrapuesto al anterior. Así es
como se ve bajo el punto de vista de la prehistoria actual, el ritmo acelerado
de la técnica”.
El ritmo de la técnica, el
automatismo y el tiempo abstracto, en el momento actual, desgarraron las
cortinas que cubrían las tradiciones de familia, los usos, las costumbres y los
ritos de la iglesia. Y ese desgarre los convierte en un cadáver que la
tendencia del desarrollo de los procesos deja tras de sí, y sólo, absolutamente
sólo, lo abyecto e indiferente del confort
técnico y la voluntad de poder, ocupan su lugar.
Así pues, los lenguajes digitales
son la expresión en su cultura de una época nueva de la guerra. Las bombas
atómicas, los satélites interespaciales, los aviones teledirigidos, son sólo la
expresión de una época nueva del espíritu. Si hemos de comprender el sentido
profundo de las guerras globales, ha de hacerse desde la expresión de la
cultura que le corresponde. No se trata de exponer la génesis técnica de la
cultura, sino la expresión de la técnica en su cultura. Se trata, en otras palabras,
de intentar captar un proceso técnico como visible fenómeno originario de donde
proceden todas las manifestaciones de los lenguajes digitales y las guerras
globales. Esta investigación que en el fondo tiene que ver, con el carácter
expresivo de las primeras máquinas, los primeros productos industriales, las
primeras armas y las primeras formas de vida para la guerra moderna, etc.,
posee una importancia fundamental para entender el fenómeno de las guerras
actuales.
En
los pliegues de los instrumentos técnicos, casi siempre se esconden, los
escombros de esta alta civilización abstracta y la miseria de la condición
humana.
Esta imagen de la guerra que se
configura en los umbrales del siglo XXI, hay que comprenderla en el ámbito de
los elementos que la estructuran y las relaciones internas que la constituyen.
Se trata de analizar y percibir el mundo de las guerras contemporáneas, no sólo
como expresión de su cultura; también como la expresión de un siglo en el que
el número de las cosas “vaciadas” y el progreso técnico dejan fuera de
circulación nuevos objetos de uso. Ellos se configuran en el proceso de
producción y circulación de mercancías como objetos de consumo doméstico, o en
instrumentos técnicos para la guerra. Ese proceso de guerra global es un reflejo
de nuestra vida en general –el espíritu que se halla detrás de la técnica no
sólo destruye los vínculos antiguos (las costumbres, los usos, los rituales y
mitos de nuestros mayores), sino también los contenidos espirituales de la
lengua humana. Se rompe el dialogo entre enemigos combatientes y ciudadanos de
las naciones en conflicto.
Se trata en última instancia, de
develar que detrás del confort
técnico y los espejismos de los lenguajes digitales, no sólo se ocultan
instrumentos de poder; sino también, el lado siniestro y demoníaco de los
instrumentos técnicos. Percibir cómo se puede pasar de las “confortables
comodidades” y del automatismo, a la pérdida de la libertad. Y cómo lo
“automático no se torna terrible hasta que no se revela como una de las
modalidades de la fatalidad, como su estilo”. Percibir cómo la potencia de la
técnica se “cierne sobre el hombre de Occidente”, y se expresa como “el
negativo de su libertad, la otra cara de su poder domeñador del espacio y el
tiempo, uno de los grandes temas de sus mitos y su arte “.
En esta alta civilización tecnológica, es
relevante anotar como los aviones, las bombas, los drones, los cohetes, los
cañones, las ametralladoras, “los dispositivos para fijar el blanco y lanzar
las bombas”, están ligados a relojes, cronómetros, imágenes y “todas esas cosas
van dirigidas, como por una orquesta invisible, por máquinas calculadoras, por
autómatas que observan el blanco a gran distancia”. Este ámbito hace evidente
como el técnico y el colectivo técnico, están sustituyendo
al soldado. Esto se constituye en un grotesco, pero embriagante acontecer: “Lo
único que a éste le queda es apretar el famoso “botón”, un acto que posee un
fatal parecido con la ejecución de una persona. El soldado se lleva toda la
animadversión de la gente, mientras que el técnico representa el papel de
filántropo” –al decir de Jünger.
En la memoria de los hombres
ronronea que lo primero que un estado de violencia, sufrimiento o guerra, trae
a la mente y a la vida del ser humano, es una especie de exilio. Sí, de exilio
en su propio interior, de sus conciudadanos o de sus seres queridos; esto
representa algo trágico para la consciencia individual. Que se experimenta aún
con los enemigos y hace parte del sentimiento que todos comparten. Tanto el combatiente
como el no combatiente siente una especie de vacío que llevan dentro de sí, y
“el deseo irrazonado de volver hacia atrás o, al contrario de apresurar la
marcha del tiempo”, se convierten en “dos flechas abrasadas en la memoria”.
Porque saben que el espíritu de la guerra, o
de la violencia, es tan fuerte, que impregna toda la naturaleza humana y las
cosas, de sangre y muerte. En ese momento el derrumbamiento del valor y la
voluntad, es tan brusco, que no le queda al combatiente otro remedio, que abrazar
las armas, como única salida del destino que impone la vida. Un destino que lo
lleva a convertir su cuerpo en zona de emplazamiento o, a asesinar a sus
semejantes.
Así, la desdicha que alcanza el
que participa de la guerra, no sólo trae un sufrimiento injusto, sino que lo
lleva a ponerse en el lugar del otro y aún a compartir su dolor. Porque sabe
que el temor y el sufrimiento que él siente, trasciende toda lógica y toda
reflexión. De ahí que, en toda guerra, violencia u odio, se extienda un velo espeso
sobre nuestros ojos, nuestros rostros y nuestros pensamientos. Para que el ser
humano no perciba con claridad que cosas se ocultan detrás del espejismo de las
armas. Es una de las maneras que esgrimen los poderosos para justificar el
derramamiento de sangre y el poder de la muerte.
Además, los seres humanos que
participan en la guerra o en la violencia, son sacados del seno de la familia,
el calor de los amigos, el color de sus paisajes y arrojados a las fauces de un
campo de explosiones, ametralladoras, bombas, aviones y, en medio de la
conflagración se dan cuenta cuan frágil y deleznable, es la vida humana. Y a la
vez son arrojados a un mutismo que paraliza la imaginación y el pensamiento, y
lo único que les queda, es la conversación consigo mismos, o con los fragmentos
de sus recuerdos. En un estado de excitación violenta como éste, algunos sólo
llegan a conversar con las sombras y son habitantes de las profundidades más
espantosas del silencio de la tierra. De ahí que el miedo y el dolor pesen sobre
la moral del ser humano, y no hagan otra cosa que añadir confusión y malestar.
Porque en un estado como éste, las tablas de valores se disuelven.
Sabemos que el desarrollo de la
ciencia y la técnica, ha llegado a un estado de abstracción tal, que rompe los
canales de la palabra y la conversación. Y, sobre ponen a la existencia
individual o colectiva, una excitación violenta que casi siempre desemboca en
lamentos, sufrimientos, temor, odio, derramamiento de sangre o muerte. Porque
vivir en la abstracción, significa, olvidar los más elementales requerimientos
de la existencia individual. Ahora bien, sí en la desgracia, el dolor y el
miedo, existe un rasgo alquímico de abstracción, el mundo que vivimos se
convierte en una red de irrealidades. Por eso en esta alta civilización técnica
y de masas, la abstracción ocupa el lugar del temple vital. Y, cuando éste se
pone al servicio de las armas arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Ya
que el frío espíritu de la abstracción y la técnica siguen su propia lógica, y
las vidas humanas se convierten sólo en números y objetos.
De ahí que, entre la abstracción,
la técnica y la guerra, existe un juego de ecos, un juego de espejos que
embriagan los sentidos, nublan la imaginación y destruyen todo vestigio de
pensamiento. A esos ambientes febriles y de angustia que crea la abstracción y
la técnica, hay que hacerles frente, frente con la fuerza del espíritu y las
potencias de los movimientos del pensamiento, o con la amistad, o con la
maestría del amor. Si no lo hacemos caeremos batidos por las lenguas del dolor
y el miedo, y estaremos sordos a la voz de Dios.
Preguntamos, ¿dónde se ubica la cesura entre la guerra clásica y la contemporánea? ¿cuáles son
las características que determinan a cada una de ellas? “Las exégesis y los
relatos bélicos clásicos –dice Víctor David Hanson– nos alejan de la política,
del ruido y las modas del mundo contemporáneo. Nos permiten pensar con
arquetipos más amplios, ideas abstractas y paradojas seculares sobre la guerra
en general, que, a su vez, elevan y enriquecen el debate moderno sobre
conflictos específicos recientes”. Piensa que el estudio de los clásicos –la
literatura y la historia de Grecia y Roma– nos brinda una percepción moral del
mundo, así como una formación básica de gran valor en arte, literatura,
historia y lenguaje. En la Antigüedad clásica la guerra era vista como una
tragedia. Pero se trataba como tragedia inherente a la condición humana,
recurrente y dolorosamente familiar. Los conflictos eran considerados plagas de
la humanidad. La guerra se lamentaba el poeta Hesíodo era “una maldición de
Zeus”, un asunto entre dioses que los hombres debían soportar. Heráclito, la
concibe como “la madre, la reina de todos nosotros”. Los griegos nos advierten
que mientras vivamos sobre la faz de la tierra, siempre habrá conflictos entre
los seres humanos y, por tanto, no siempre racionales.
Afirmaciones igualmente trágicas
hacen los historiadores Polibio, Tucídedes y Jenofonte, que las guerras entre
ciudades-Estado era algo que podía ocurrir en cualquier momento. El poeta
Píndaro llegó a decir que la guerra podía ser algo aterrador, sin sentido, pero
no antinatural ni siempre malvada al cien por ciento. En todo caso, para los
griegos todas las guerras suponían una elección entre lo malo y lo peor,
suponían que era algo trágico porque acababa con vidas de hombres jóvenes; los
conflictos se consideraban más o menos funestos en función de sus causas, de la
naturaleza del combate y de los costes y resultados definitivos.
Pero los griegos, de hecho,
también sabían como nosotros los modernos, que las guerras son en sí mismas
algo malo. Tucídedes demuestra que los Estados, como las personas, podían ser
envidiosos, y también impredecibles y agresivos sin razón aparente. También
obedezcan a la arrogancia, la envidia, la avaricia, la soberbia, la sed de
riquezas, el honor mal entendido, al mal uso del lenguaje y a una pluralidad de
emociones y sentimientos, que llevan a sus gestores a declarar la
conflagración. Pero de lo que sí estamos seguros es que las guerras que los
griegos libraban de forma periódica en un mundo pre-industrial, no se
corresponden con las guerras modernas con armas nucleares como herramientas de
destrucción masiva y sus consecuencias devastadoras para la Humanidad.
El espíritu de la Edad Moderna
estructuró un tiempo diferente, la preponderancia de las valoraciones técnicas.
Estamos en una época de tránsito donde las pérdidas son cada vez más profundas
y extensas, y sentimos la aniquilación del valor, la superficialización y
simplificación del mundo. Aniquilación que hace parte del decurso histórico y
cultural de los pueblos. La cosificación y objetivación del ser humano, la
“materialización del logos” y la preponderancia de la imagen y los lenguajes
digitales, en la vida privada y profesional. Estamos asistiendo a cambios tan
profundos y fugaces que están afectando la naturaleza del ser humano.
Asistimos, a una transformación
de los medios y los modos técnicos, y no a una mera transformación de los
instrumentos técnicos para la guerra. Pero en el ámbito de la guerra son las
máquinas, el automatismo, las redes sociales, las imágenes en movimiento, la
Inteligencia Artificial o, los instrumentos técnicos en general, los que le
otorgan la expresión a la vida en toda su violencia. De una u otra forma los
instrumentos técnicos para la guerra, afectan la vida privada y social del ser
humano y sus pueblos. En este orden es un “saltito” que “podemos imaginar cómo
originario, no como parte de un proceso evolutivo –se trata de una autentica
mutación”. La materialización del “logos”
y su expresión violenta en el ámbito de la guerra, es la configuración del
rango de la mutación. Por eso se considera ontológica y epistémica, porque
incide en la naturaleza del Ser y el existir.
En el mismo orden existen otras
herramientas, la Palabra y la Razón, o la Intuición, para evitar o acabar con un conflicto bélico. El ser
humano cuenta con el don de la Palabra
y de la reflexión para llegar a acuerdos que interrumpan por un lapso de
tiempo, el derramamiento de sangre. Porque cuando se sueltan “los perros de la
guerra” no hay poder humano que sacie la insaciabilidad de su deseo. Hay que
tener en cuenta que la guerra expresa la degradación absoluta del ser humano, a
través del egoísmo, la tortura, la venganza, la avaricia, la soberbia, la sed
de riquezas, el honor mal entendido, el derramamiento de sangre, o el poder de
la muerte.
Nunca hay que olvidar que una
mirada donde se lee tanta bondad, será siempre más fuerte que la muerte. Los
sentimientos humanos son más fuertes que el miedo a la muerte entre torturas.
Ahí están los Desastres de la guerra
de Goya, que expresan el estudio profundo de la naturaleza humana y sus
problemas recurrentes, intemporales, sin resolver, como es el de la guerra.
Goya percibe el Mal absoluto, que afecta a la Naturaleza, como inmanente al
mecanismo natural, al Tiempo, y su configuración en la vida del ser humano.
Quizás Friedrich Hölderlin tenga
razón, cuando en uno de sus poemas describe los padecimientos del hombre amigo
de las Musas, y se pregunta:
“¿Para qué poetas en tiempos de indigencia?”.