viernes, 10 de abril de 2026

 

 

                          Escritos sobre biopolítica, la guerra, el cuerpo y la libertad

   Lo mejor que cabe hacer en este mundo es proporcionar alegría a nuestros semejantes”.

                                                                                 P. K. Rosegger

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 10/04/2026

En el Mundo Moderno, el decurso técnico que es en igual medida amoral y no caballeresco, reemplaza al rito y al mito, en la actualidad. Hoy el ethos (la pluralidad de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad), ese proceso aún es desconocido. Y justamente el hecho de que el dolor, el sufrimiento y la muerte, puedan ser soportados en mayor medida apunta a ese ethos. Asistimos a transformaciones lingüísticas y gráficas que no sólo afectan los sentidos, sino también a la naturaleza humana. La revolución técnica en los modos y los medios de comunicación, las redes sociales y la Inteligencia Artificial, abarcan situaciones que van desde la noticia, el aviso, a la amenaza que llega en pocos minutos a todas las consciencias y rincones del mundo.

Pienso, que la revolución técnica en las comunicaciones inmediatas y simultáneas, llevan a cabo una cesura, en los modos y los medios de combatir. En las guerras contemporáneas son las comunicaciones artificiales las que condicionan las tácticas, las estrategias y los modos de combate. Son tan importantes los medios de comunicación para las labores guerreriles, que las máquinas, los cohetes, los aviones no tripulados, las bombas, los satélites, están condicionados al buen funcionamiento de las comunicaciones artificiales.

Es tan importante el fogonazo en la conciencia que dejan tras de sí los mass-media, las redes sociales, las imágenes en movimiento, que en el ámbito de las guerras se convierten en instrumentos de manipulación, coerción y dominio. Este proceso penetra de múltiples formas en la estructura psíquica y la conducta del ser humano. Del desarrollo de los instrumentos técnicos de la comunicación inmediata y simultánea, depende muchas veces la pérdida o ganancia de una guerra.

En los últimos espacios de tiempo, el perfeccionamiento en los medios técnicos para la guerra y las comunicaciones artificiales, alcanzaron su máxima potencia. Este proceso de la existencia en general, está introduciendo valoraciones nuevas y más poderosas tanto en la vida privada o pública, como en el ámbito de la guerra. Con la objetivación del ser humano y la importancia de los instrumentos técnicos, el espíritu de la crueldad se hace más evidente. Esta trastocación está desplazando la vida sentimental, y en su orden los máximos valores espirituales del ser humano.

Como expresa Ernst Jünger: “Esto tiene varios motivos; el principal es que el pensamiento racional es cruel. Esa cualidad suya contagia todo plan humano”. Con ello quedan al descubierto las relaciones intrínsecas entre los instrumentos técnicos y la voluntad de poder. Es de suponer que, en esta alta civilización técnica, “el automatismo quebranta con gran facilidad, como si lo hiciera jugando, lo que queda de la voluntad libre”; y los medios técnicos para la guerra convierten al hombre de hoy, en mero objeto de emplazamiento.

Esta mutación en el orden de la existencia, vacía de sentido toda esperanza que se base en los valores espirituales del ser humano. Porque el Espíritu tiene que ver con lo inasible y trascendente, el lenguaje, la cultura y la creatividad.

Con relación al cuerpo se trata de someterlo al lugar de la disciplina, la obediencia, la instrucción, es decir, al lugar de la nueva voluntad de poder. Someter el cuerpo a la zona de los instrumentos técnicos, tratándolo como objeto, significa, no sólo desplazarlo de la zona de los sentimientos, de los valores éticos, morales, sino también del sentido trascendente de la Vida.

El cuerpo humano se convierte en un campo de batalla; un ámbito donde convergen relaciones de fuerza de índole diferentes, códigos, prescripciones fijas e impersonales, que decantan su objetivación. De ahí que el cuerpo del soldado, del deportista, tiende a estar sobre la zona del dolor, del miedo, del sufrimiento o, del ámbito sentimental, porque debe ser tratado como objeto. En la actualidad estamos percibiendo como el campo de batalla se traslada a la conciencia, los sentimientos, a la manipulación de la trastienda cerebral, oscura, inconsciente, agresiva y pasional, para manipular y alcanzar los fines de los perros de la guerra, los fines de los poderosos.  

Pero también en el mundo actual el cuerpo se configura en objeto de deseo y manipulación. Aquí en este ámbito se entrelazan diversas variables, la de los medios técnicos de comunicación de masas con la publicidad y la industria del artificio; la cosmética, la moda, el lujo, las bellas materias, la prostitución, que no sólo imponen un estilo de vida, sino que se entrelazan con el Sistema de Producción de Seducción.

Eso, que Guilles Lipovetsky llama “sociedad del rendimiento”. Por eso el consumo masivo en esta alta civilización abstracta, no es indiferente a los costes y beneficios que genera la manipulación del deseo. Pero también el cuerpo, es objeto del ojo indiferente y frío de la fotografía, del arte, la literatura, el teatro, la poesía, la danza clásica, etc. El cuerpo en este ámbito trasciende el campo magnético de las energías bélicas, porque se contempla como “objeto” de belleza, de ritmos, cadencias y proporciones, donde es capaz de comunicar la lengua de las Musas y de los Dioses.

Por tanto, “el resultado que es capaz de alcanzar el cuerpo humano como instrumento”, se torna absurdo cuando no logramos captarlo en su gesto simbólico. Así que, la instrumentación del cuerpo humano, de convertir al hombre en objeto se transparenta en el aspecto externo de las personas. “Es un rostro carente de alma, trabajado como metal, o tallado en maderas especiales, y posee sin la menor duda una autentica relación con la fotografía”.

 En este orden de ideas, el cuerpo del soldado se sustrae no sólo de la zona de la sentimentalidad, sino que se presenta como amoral, donde no caben los valores humanistas y estéticos. En el combate se pone de manifiesto la disciplina, el trabajo, los códigos, las prescripciones abstractas y generales, la sincronización espacio-temporal del pensamiento y los movimientos, en suma, el cuerpo configura la imagen del autómata, del hombre-objeto. De ahí que sea “una carne disciplinada y uniformada por la voluntad”. Por eso, la percepción o la relación que se tiene con los heridos, y en particular con la muerte, ya no habitan nuestro cuerpo, es decir, nuestra existencia individual.

Lo relevante del decurso técnico es, que, no sólo transforma la existencia en objeto, sino que la sustrae de la zona del interior de sí misma, del ámbito del valor. El cuerpo convertido en objeto, es una “figura” de las relaciones artificiales, que determina a la civilización abstracta donde vivimos. De ahí que a la objetivación de la existencia individual le corresponde “soportar con mayor frialdad la visión de la muerte”. Despojarla de la aureola de la simbología mágica y del sentido de sus rituales, significa, encadenarla al frío hierro de las criptas y las tumbas; despojarla de su sentido trascendente.

El espíritu que se ha ido configurando en pocos espacios de tiempo en la civilización moderna, es un espíritu cruel, que niega la semejanza entre los hombres, principio fundamental del Humanismo. De ahí que “elimine los lugares blandos, y endurezca las superficies de resistencias”.

El filósofo Michel Foucault en “Vigilar y Castigar”, dice que, el momento cuando se pasa de unos mecanismos históricos-rituales de formación de la individualidad a unos mecanismos-científicos disciplinarios. Se constituye un ámbito donde lo normal ha relevado a lo ancestral, y la medida al estatuto, sustituyendo así la individualidad del hombre memorable por la del hombre calculable. Ese momento en que las ciencias del hombre llegan a ser posibles, es aquel en que se utiliza una nueva tecnología del poder y otra anatomía política del cuerpo. Además, desde el siglo XVII y XVIII, existe una técnica para constituir a los individuos como “elementos correlativos de un poder y un saber”.

Así, el individuo es el átomo ficticio de una representación “ideológica” de la sociedad; pero es también una realidad fabricada por la tecnología específica del poder, que se llama la disciplina. Por tanto, los efectos del poder no se pueden percibir sólo en términos negativos: “excluye”, “reprime”, “rechaza”, “censura”, “abstrae”, “disimula”, “oculta”.  Porque, de hecho, el poder produce; produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad. Que el individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción.

De ahí se gestan los estudios de Foucault sobre la biopolítica, que es una forma específica de gobierno que aspira a la gestión de los procesos biológicos de la población. El biopoder se define como un conjunto de estrategias de saber y relaciones de poder, que se articulan en el siglo XVII sobre la vida en Occidente. Que aborda la realidad política del Estado y pone entre paréntesis las esferas jurídicas. Donde la realidad del Estado es una forma viviente. La biopolítica aspira a la gestión de los procesos biológicos de la población.

Es una tecnología que aspira a obtener cuerpos dóciles y fragmentados; y en función de esto se crean herramientas como la vigilancia, el control, el conteo del rendimiento y el examen de las capacidades. El cuerpo social deja de ser una simple metáfora jurídica-política (como lo vemos en el Leviatán de Hobbes), para expresarse como una realidad biológica y un campo de intervención médica.

Desde el umbral político y de la guerra en particular, la biopolítica administra la vida de la población para su control, seguridad y supervivencia en estado de conflagración. La biopolítica en el ámbito de la guerra se centra en cómo el poder y la política influyen y controlan la vida del ser humano. Un concepto que Foucault examina para observar como los gobiernos y las instituciones, utilizan el control biológico y socio-político para gestionar las poblaciones y, en particular, en situación de conflicto. 

Así que, en la guerra, la biopolítica puede manifestarse de varias formas, en la gestión de la seguridad, de la salud pública, la manipulación de la información y la propaganda, y el control de los cuerpos y las vidas de los soldados y civiles. La propaganda, por ejemplo, se utiliza para influir en la moral y la mente de los soldados y la población civil. También para reglamentar, disciplinar y controlar, el comportamiento de los civiles y los soldados. Si la biopolítica tiene por objeto el estudio de la incidencia del poder sobre la vida, en tiempos de guerra las estructuras de control y dominación se vuelven más opresivas.

Porque el poder en la actualidad pone a las tecnologías de la información y la comunicación, las redes sociales y la Inteligencia Artificial, el Chat GPT, la computación cuántica, bajo el control y el manejo sobre los individuos y las poblaciones. Así, las estructuras de poder, la riqueza como estatus, como poder de persuasión, las relaciones de la autoridad con el gobierno sobre los individuos y los ciudadanos, se convierte para la biopolítica en objeto de estudio y de análisis.

Así que, en tiempos de guerra o de violencia, se trata de bloquear, aniquilar y reprimir, toda iniciativa de los seres humanos, de su subjetividad y su corporeidad. Se les requiere como fuerza de trabajo, como soldados y defensores de los valores patrios, ya que se impone la necesidad de normalizarlos, uniformarlos y disciplinarlos como individuos al servicio del Estado y del Gran Poder.

Los cuarteles exigen una obediencia absoluta a los mandos militares y de la misma manera se castiga y penaliza la más mínima infracción a la autoridad. Se reproduce en la sociedad los mecanismos de mando y obediencia de los cuarteles, que conduzcan a los individuos y a la sociedad, a la obediencia de las tecnologías de poderes disciplinarios.

Como dice José Luis Tejada González (Profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana de México): “El cuartel se extiende más allá de sus muros, cuando se imponen las políticas bélicas de combate real o supuesto al terrorismo, al narcotráfico y a otros enemigos por venir. La regimentación se extiende al resto de la sociedad y se solicita la conversión de los ciudadanos en soldados de los Estados en lucha. Los mecanismos de control y vigilancia tan comunes en cárceles y hospitales, salen a las calles, las avenidas, los centros comerciales, las carreteras y los aeropuertos. Todos se vuelven sospechosos, mientras en algunas latitudes el Estado se confunde con la delincuencia organizada y el hampa.

La faceta represiva de los Estados modernos sale a relucir en momentos excepcionales, como cuando se suprimen las garantías constitucionales, se implanta el estado de sitio y se militariza la sociedad y la vida entera. Aquí todo el mundo padece y sufre las implicaciones de la barbarie política elevada a razón de Estado. Es la política del Estado de excepción extendida y difundida, que ahora se vuelve más cotidiana y común de lo esperado y lo anhelado”.

Bueno bien, en los Estados Modernos y en particular, en tiempos de guerra o de violencia, los instrumentos técnicos se ponen al servicio de las autoridades y el Gobierno. Así que, el uso de los microchips, las cámaras de video y los aparatos de rastreo se realizan indistintamente para combatir al enemigo interior o exterior. Los mecanismos tecnológicos de los Estados Modernos, se amplifican en aras de combatir la delincuencia organizada, el terrorismo o el narcotráfico. Esta medida de control social se revierte contra los ciudadanos a quienes dice defender y terminan violando los Derechos Humanos, las libertades y la dignidad de la vida de las personas.

             Aquí se viola lo que dijo Vassili Grossman: “La vida puede definirse como libertad”.

En este estado de cosas, una formación integral y universal, las inclinaciones naturales se van decantando por un desarrollo de las posibilidades y potencialidades de cada persona. Una sociedad militarizada, en cambio, está cargada de violencia, disciplina y de coacción. Todas las relaciones humanas se politizan y militarizan. Se exige a los integrantes convertirse en soldados-ciudadanos, donde la relación de mando, obediencia y autoridad que desciende desde las cúpulas, es abrumadora. La sociedad se va regimentando y se convierte en un cuerpo, en un todo único, en una exaltación máxima de la marcialidad y de la ritualidad. A manera de ejemplo, el desfile militar ofrece un congelamiento y una parada del orden social. (Roberto DaMatta, 2002).

Así que, en sociedades militarizadas, “la individualidad y la libre elección resultan inexistentes y se actúa y se vive para el común. Las relaciones sociales están dadas por la belicosidad, por el trato de enemistad y hostilidad a quienes no participan del espíritu de cuerpo. Es por eso explicable que los espartanos practicasen la exclusión social y que siglos después los nazis pretendiesen alcanzar la perfección racial y física, experimentando con el cuerpo y el comportamiento humano. (Roberto DaMatta, 2002).

En última instancia, la biopolítica reflexiona sobre los mecanismos de control y dominio, que se ejercen tanto en un Sistema democrático, autoritario o Totalitario. Bien que vallan dirigidos al cuerpo o al alma de los individuos, bien a los espíritus o, las ideologías de los individuos, para que el Sistema y el Estado funcionen. Ahí la universalización de los Derechos Humanos y las libertades condicionan las concepciones, las prácticas y métodos excluyentes, racistas y discriminatorias.

En un Sistema democrático se le reconoce a cada cual la existencia digna, más allá de la apariencia física; como también las libertades y la seguridad personal. El consenso social y su reproducción en los medios de comunicación de masas, son indispensables para evitar el caos y la ruptura del orden social establecido. En un gobierno autoritario o en guerra, los métodos de control y dominación se expresan de diferentes formas. Las torturas, las delaciones, el miedo, la intimidación, las ejecuciones individuales o masivas, son fundamentales para la perpetuación del Régimen.

Por tanto, los teóricos de la economía bélica perciben el problema de la guerra desde diversos puntos de vista, pero exaltan que en tiempos de guerra los gobiernos niegan los derechos y las libertades fundamentales, y exaltan los valores y la violencia del Estado que posibilite el statu quo y el ejercicio del poder. Una ideología Totalitaria o autoritaria desea individuos disciplinados y mentalizados para la acción social, como también un comportamiento público predecible y controlable.

De otra parte, el punto de vista individual se somete a la ideología del partido o del Estado y, así obtienen sociedades ideologizadas aglutinadas y movilizantes, que responden al ejercicio del poder. De ahí que afirmar y legitimar la libertad civil por encima de cualquier instrumento de control y dominación que atente contra los Derechos Humanos y la dignidad del ser humano, se convierten en herramientas del Estado de Derecho y el Sistema democrático. Que contribuyen a revertir las tendencias antidemocráticas y autoritarias, que se exaltan hoy en día.

Que desean destruir un mundo basado en reglas, el respeto al Derecho Internacional Humanitario, los Derechos Humanos, la Organización de las Naciones Unidas, la lucha contra el cambio climático, el respeto a las minorías, la libertad sexual, a los inmigrantes, entre otros.

Como expresó José Luis Tejada en “Biopolítica, control y dominación”, (Espiral - Guadalajara): “Una opción democrática avanzada buscaría que los controles se reduzcan a lo indispensable para que la sociedad y el mundo funcionen […] Sin sistemas de dominación que nos hacen ver la presencia abrumadora de la biopolítica como incidencia e intromisión del poder sobre la vida humana”.

Ernst Jünger se pregunta: “¿Estamos asistiendo a la inauguración de un espectáculo en el que la vida sale a escena como voluntad de poder y nada más?”.

En un mundo como éste no vale mirar a los cielos estrellados, ni al entorno que nos rodea, ni al interior de sí mismos, ya que el valor de la existencia es una prolongación de los instrumentos técnicos, del dinero y del poder. Entonces, ¿qué caracteriza a los actores de nuestro tiempo? Que llevan a cabo “la nivelación de los viejos cultos, la esterilidad de las culturas, la mezquina mediocridad”. Los instrumentos técnicos son una nueva expresión del Espíritu de la Época; una expresión que ocupa un lugar avanzado en la existencia, pero sus valores no han llegado del todo.

Esta mutación se percibe diáfana y evidente en la civilización occidental reciente, con el paso del “logos” clásico al “logos” del artificio. Observamos como el Espíritu de la Época, lo estructura y organiza, en una multiplicidad de “figuras”: la aniquilación del valor, la simplificación, la superficialización del mundo y de la vida, la destrucción del oído interior que capta las grandes composiciones musicales y celestiales, la relevancia de los éxitos políticos y económicos que aceleran el consumo y favorecen la exaltación de la técnica y la lengua de la civilización actual, el kitsch, la Civilización del espectáculo. Donde todos, absolutamente todos, se sobreponen a la pulcritud espiritual y al pensar, que beben de las fuentes de la Cultura.

En éste punto del desarrollo, Jünger nos recuerda que “se ha llegado a una concepción nueva del poder, a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no tiene nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra”. En una época como la nuestra, la libertad, la democracia, la justicia, la seguridad, se esgrimen como instrumentos de dominio y de guerra; la palabra libertad necesita recuperar su verdadero sentido.

La palabra libertad expresa algo temporalmente necesario, más cuando en una época de lazos comunitarios disueltos, “la libertad empieza a ser ruinosa para el talento y acusa signos de esterilidad”. En las democracias parlamentarias la libertad de expresión se utiliza en los medios de comunicación de masas y las redes sociales como instrumento de insulto, de coerción, de vigilancia, de discriminación, de odio, de legitimación de Gobiernos nacional-populistas y autoritarios.

Se necesita que la libertad recobre el brillo que le es propio y el significado propicio. De ahí que la conquista de la libertad ha sido siempre algo estimulante para los requerimientos morales, espirituales, materiales y sociales del hombre.

        Tiene tanta fuerza el poder de la libertad que nos es suficiente soñar con ella”- al decir de Jünger.

En el mismo orden, Albert Camus escribió un artículo en defensa de la libertad de expresión para Le soir républicaine en 1939. Cuando las elites políticas y periodísticas se disponían a entregar al III Reich la República de Francia. Aborda un alegato por la libertad de prensa y aboga por la libertad del periodista de informar en tiempos de guerra. Sostuvo el derecho de cada ciudadano a elevarse sobre las colectividades para construir su propia libertad, y estableció cuatro principios para el periodismo libre: la lucidez, la desobediencia, la ironía y la obstinación.

Pensaba que, sin libertad de expresión en tiempos de guerra, no se puede ganar una conflagración. Que la libertad individual ha de prevalecer “ante la guerra y sus servidumbres”. ¿Por qué es importante la lucidez en el periodismo libre? Porque “supone la resistencia a los mecanismos del odio, de la ira y el culto a la fatalidad”. Pensaba que un periodista “no publica nada que pueda excitar el odio o provocar desesperanza. Todo eso está en su poder”. Que “frente a la marea de la estupidez, es necesario también oponer alguna desobediencia”.

    Además, “todas las presiones del mundo no harán que un espíritu un poco limpio acepte ser deshonesto”.

Todo periodista ha de servir a la verdad en la medida humana de sus fuerzas; rechazar lo que ninguna fuerza le podría hacer aceptar: servir a la mentira”. En momentos de guerra o de violencia generalizada, la ironía es un arma arrojadiza al rostro de los poderosos. “Completa a la rebeldía en el sentido de que permite no solo rechazar lo que es falso, sino decir a menudo lo que es cierto”. De ahí que el periodista ha de tener “un mínimo de obstinación para superar los obstáculos que más desaniman; la constancia en la tontería, la abulia organizada, la estupidez agresiva”.

Thomas Mann en Doktor Faustus, dijo, asimismo, que: “La libertad significa subjetividad y llega un día en que su virtud se agota; llega el momento en que pone en duda la posibilidad de ser creadora por sí misma y entonces busca seguridad y protección. Hay en la libertad una tendencia a la inversión dialéctica. Pronto llega el momento en que la libertad se reconoce a sí misma en la obligación, realiza su esencia en la sujeción a la ley, a la regla, a la coacción, al sistema. Realizar su esencia significa que no deja de ser libertad”.

En el mundo actual estar atento a la defensa de la libertad, significa, un deber moral por los derechos y las oportunidades y la dignidad de las personas. “Las corazas de los Leviatanes tienen sus brechas propias”, y ya se empiezan a palpar pliegues que antes no se percibían -por ejemplo, en el sector financiero, en los organismos internacionales, en las corporaciones, en los grupos de presión, en las políticas económicas de los Leviatanes, en el desmantelamiento del Estado de bienestar, en el ejercicio del poder nacional populista autoritario, etc. 

La ofensiva contra la libertad individual no provine sólo de los que ejercen el poder en los escenarios actuales, en los de la violencia y la guerra, sino, ante todo y, sobre todo, de los poderes reales que están detrás de las cortinas. Poderes que tienen sus máscaras propias, y están diluidos en los “Centros de mando” del mundo global. De los Estados y Gobiernos de ultraderecha y nacional-populistas autoritarios. En los momentos actuales no sólo se da una ofensiva contra la libertad individual, sino también contra el bienestar social, la enseñanza generalizada, y “el punto donde se torna evidente es aquel donde nos vemos forzados a negar la libertad de investigación”.

Por tanto, en un estado de guerra la única puerta que se deja libre, es la del poder. Así, en momentos de guerra o de tiranía lo primero que se conculca es la libertad –de pensar, de locomoción, de asociación, de crítica, de escribir, etc., - y en nombre de la seguridad se doméstica y se diluye en el huero concepto de sí misma.