jueves, 29 de enero de 2026

 

                         


                   LA POLARIZACIÓN DE LA ÉPOCA CONTEMPORÁNEA


Antonio Mercado Flórez.

Madrid-España a 28/01/2026

El desgarramiento del Orden Político Internacional llevado a cabo por Vladimir Putin, Xi Jiping y Donald Trump, ha establecido la polarización, la exclusión, la coerción, la violencia, la amenaza, el miedo, la militarización y la guerra, como moneda de cambio para ejercer el poder en determinados territorios. Así que, existen rasgos ideológicos, políticos, económicos, lingüísticos, militares, etc., entre el fascismo y el totalitarismo del siglo XX y el autoritarismo nacional-populista del momento actual.

Uno de los problemas fundamentales consiste en la defensa de la libertad, los derechos y la dignidad, en todas sus acepciones. Martín Heidegger reflexionó en la Introducción a la metafísica que, poder preguntar significa esperar, aunque fuese la vida entera. Platón hace decir a Sócrates que una vida sin examen no merece vivirse. Por tanto, los integrantes de una sociedad, aunque no sean intelectuales o pensadores, tienen el deber moral de preguntar sobre las condiciones en las cuales viven.

Dijo Isaíah Berlin, en dialogo con Bryan Magee, “Una introducción a la filosofía”, que: “Si los presupuestos no se examinan y se dejan al garete, las sociedades corren el riesgo de osificarse; las creencias endurecerse y convertirse en dogmas; distorsionarse la imaginación, y tornarse estéril el intelecto. Las sociedades pueden decaer a resulta de dormirse en el mullido lecho de dogmas incontrovertidos. Si ha de despertarse la imaginación; si ha de trabajar el intelecto, sino ha de hundirse la vida mental, y no ha de cesar la búsqueda de la verdad (o de la justicia, o de la propia realización), es preciso cuestionar las suposiciones; poner en tela de juicio los presupuestos; al menos, lo bastante para conservar en movimiento a la sociedad”.

Preguntamos, ¿qué buscan los poderes autoritarios, fascistas o totalitario? Buscan inexorablemente sociedades disciplinadas, homogenizadas, donde prevalezca el miedo, el sufrimiento, el dolor, la angustia, sobre la libertad, la libertad de pensar, de escribir, de criticar, de acción, o de juicio. Porque necesitan personas adheridas sin fisuras al bloque, la ideología, al partido, las creencias, y al ejercicio del poder del Líder, del Presidente, del Primer Ministro, del Jefe de Estado. Porque a través de la publicidad, la propaganda, la intimidación, la militarización, todo en el Estado Totalitario, Fascista o, Autoritario, se politiza.

Recordemos que el problema del ser como el de la libertad, lo aborda Martín Heidegger en “El estudiante alemán como trabajador”. Según Heidegger y Ernst Jünger en el texto “El Trabajador”, la libertad es el trabajo. Para Herbert Marcuse, el texto de Jünger expresa en la década del treinta del siglo XX, los rasgos esenciales de la mentalidad alemana. Dice Marcuse que,

Jünger muestra, además, que el ascenso del nacionalsocialismo significa la única verdadera revolución alemana contra el mundo burgués y su cultura (un mundo que según él también incluye al socialismo marxista y al movimiento obrero), revolución que reemplazará la burguesa por una nueva forma de vida, la del “obrero” que blande el poder perfecto sobre el mundo perfectamente técnico, cuya actitud es la del soldado, y cuya racionalidad, la de la tecnología totalitaria.

En la actualidad el discurso de Donald Trump contra los valores de la cultura y la civilización europea, como valores decadentes y destinados a desaparecer, ataca las raíces de la cultura occidental moderna. Que se arraigan en la Ilustración y la cultura judeocristiana humanística y libertaria. “Europa sufre un asalto que busca manipular las mentes hasta aniquilar el pensamiento propio. Los individuos no ejercen un verdadero libre albedrío, sino que actúan totalmente condicionados por la influencia externa”. Con la tecnología y sus algoritmos, se manipula la imaginación, la capacidad de asombro, el pensamiento y la representación de la realidad. Estamos condicionados por la tecnología y los algoritmos, que responden a relaciones de fuerza y de poder.

El libro de Jünger es el prototipo de la unión nacionalista entre la mitología y la tecnología, libro en el que “sangre y suelo” emergen como una empresa gigante, totalmente mecanizada y racionalizada, que moldea la vida de los hombres hasta tal grado que los hace hacer con precisión automática la operación correcta en el momento y lugares correctos, un mundo de sentido práctico bruto, sin espacio ni tiempo para “ideales”. Pero este mundo totalmente tecnológico surge y se alimenta de una fuente supratecnológica que Jünger señala evocando los rasgos “antiburgueses” del carácter alemán.

En este orden, la libertad del trabajo será la concepción aria de la libertad y de la cultura. Una concepción nada moderna, ni ilustrada, ni democrática o libertaria. Porque para nada cuenta el individuo o, el Yo, sino la comunidad de pertenencia. Un concepto de la cultura alemana racista y en permanente lucha por la existencia de la raza contra la modernidad. Que identifican con los judíos, la ciencia y la política al servicio del egoísmo, y la individualidad internacionalizada.

Que busca en su expansión –ora liberal, ya marxista-, la desaparición del ser. Adolf Hitler dijo, la “circunscripción territorial de un Estado supone una concepción idealista de la raza que lo constituye y, ante todo, tiene una noción cabal del concepto trabajo.

Así, “el pueblo del trabajo” nazi coincide, en sus lineamientos geopolíticos más importantes, con “el pueblo metafísico”, “el pueblo espiritual”, en fin, “el pueblo histórico” de Heidegger. Como expresa Julio Quesada: “Ahora podemos ver lo inconmensurable de la lucha por el ser, que tiene que ver con la lucha de las especies, la “autoafirmación” del pueblo alemán frente a los Derechos Universales del Hombre”.

En este análisis de literatura comparada, nos damos cuenta que el trumpismo quiere adueñarse de las mentes, los ideales, la concepción del mundo y la realidad de los europeos. Necesita de las Plataformas Digitales y los algoritmos, para manipular las mentes, seducirlas, y ejercer el poder. Esta forma de fascismo nacional-populista, persigue a los funcionarios que promuevan iniciativas de control y de fiscalización del Gobierno. En el fondo lo que desea Trump, es el control, la vigilancia y la coacción de la libertad individual. Un proyecto político que responde a los principios del nazismo alemán y el fascismo italiano.

Bueno, el propósito de Trump es envenenar las mentes y las conciencias occidentales, europeas y destruir la UE. Uno de los obstáculos de la UE es, que no cuenta con el software, ni con hardware, ni de plataformas de redes sociales o buscadores, que hagan frente a las de EEUU. Es decir, la UE no posee grandes centros de datos, ni de nubes de computación a gran escala, que estén a la altura de las innovaciones técnicas en información y comunicaciones. Es importante entonces “incrementar la regulación, avanzar en la innovación y la constitución de los activos europeos”. Esta es una carrera a toda velocidad, de lo contrario estaremos en las garras del nuevo Ciberleviatán y las Grandes Compañías Digitales de EE.UU.

En la actualidad el Sistema democrático y el Estado de Derecho en EE.UU., se están resquebrajando. Los Estados Unidos viven una experiencia autoritaria y fascista, que viola los derechos fundamentales, los derechos humanos, las libertades y la constitución, para poner en práctica una dictadura blenda, sin tanques ni campos de exterminio. Es un régimen que conserva las formas democráticas, pero las vacía de contenidos. Como dijo Mirian Martinez-Bascuñan en el periódico El País de Madrid-España: “No hace falta tomar el Estado por asalto, basta con perseguir a los críticos, proteger a los aliados, asfixiar al que financia la disidencia y enseñarnos que el silencio es más seguro que la palabra. El nuevo autoritarismo coloniza las instituciones desde adentro y seca el oxígeno de la sociedad civil colapsando la infraestructura de la resistencia”.

“Tocqueville advirtió que la democracia puede morir sin tiranos: basta que los ciudadanos abandonen el espacio común”. Hoy somos más conscientes, nos advierte Hannah Arendt, que “las actividades políticas verdaderas, actuar y hablar, por otra parte, no se pueden llevar adelante sin la presencia de otros, sin gente, sin un espacio construido por la mayoría”. O, lo que es lo mismo, sin un espacio común. Hoy existe hacia el campo específicamente político y su carácter público cierta desconfianza que están aprovechando los partidos nacional-populista, de derecha y de extrema derecha, para copar el espacio que los partidos tradicionales de centro izquierda y de izquierda, olvidaron para responder a las verdaderas necesidades económicas, sociales, políticas, morales, culturales, o materiales y espirituales de las sociedades que configuran el espacio común.

Arendt nos indica que “la capacidad de juicio es una habilidad política específica en el propio sentido denotado por Kant, es decir, como habilidad de ver cosas no sólo desde el punto de vista personal sino también desde el punto de vista de todos los que estén presentes; incluso ese juicio puede ser una de las habilidades fundamentales del hombre como ser político, en la medida en que le permite orientarse en el ámbito público, en el mundo común”.

Por la primacía de los instrumentos técnicos, de las redes sociales, las imágenes en movimiento, las Plataformas Digitales, en la vida privada y pública de las personas; de otra parte, por el vaciamiento del sentido de la acción política, por embaucadores y demagogos, no le permiten al hombre como ser político orientarse en el ámbito público, en el mundo común. Así que, “el discernimiento, que los griegos llamaron la capacidad por excelencia del hombre de Estado, es decir, el sentido común nos desvela la naturaleza del mundo en la medida en que se trata de un mundo común y compartimos con otros; como la del juicio es una actividad importante, en la que se produce este compartir-el mundo-con-los-demás”.

Se encuentra ahora en entre dicho, porque a nivel político prevalece la polarización, el caos, la amenaza, el odio, la violencia, la guerra y el despilfarro del lenguaje político. No importa compartir-el-mundo-con- los-demás, sino apropiarse las riquezas naturales por la fuerza de las armas, la desinformación, la manipulación informativa, política y mental de las sociedades.

De ahí que las actividades políticas verdaderas, actuar y hablar, discernir y juzgar, se reemplazan por la mentira, la amenaza, el odio y las armas. Esto impele a pensar que la política de masas, los parlamentos y las acciones de gobierno, responden a la aclamación, los intereses económicos, tecnológicos, estratégicos, partidistas, ideológicos, financieros, culturales, etc., de una “selecta” minoría. Pero no a las verdaderas necesidades materiales, morales, espirituales, políticas, de la sociedad. De aquí nace el conflicto entre la Política y la Sociedad, el Poder y la Cultura.

Pues bien, ¿qué está en juego en el campo de la acción y el discurso, es decir, el campo de las actividades políticas? Que el Estado Totalitario o Fascista o Nacional-Populista, reemplace al Estado de Derecho y al Sistema democrático. Que los derechos humanos, políticos, sociales y la libertad, sean borrados por decretos. Que el espacio público, es decir, la política responda a los intereses privados o militares y, no a las verdaderas necesidades de la sociedad.

Hay épocas de decadencia política y social, ética y cultural, donde sólo unos pocos perciben las riquezas naturales, científicas, técnicas, económicas y culturales. Cuando esto sucede en la sociedad, incrementa la barbarie y quita el significado humanístico de la acción política y el discurso; porque en ella prevalece la utilización del poder económico como poder político o tecnológico.

Se está configurando un mundo y una realidad, donde se entrelaza el poder de la fuerza, el poder económico y el poder tecnológico.

La Organización Oxfam Intermón, alerta que las grandes fortunas se esmeran por controlar medios de comunicación y redes sociales, “sin que los gobiernos hayan logrado ponerles freno”. Dice al respecto: “Los milmillonarios están dedicando su riqueza y poder para generar estado de opinión, influir sobre el debate público y cambiar incluso el curso político. No sólo compran yates, compran incluso democracias, alimentando el discurso del odio y la polarización política, todo por defender únicamente sus intereses”. Advierte, que “las libertades civiles y los derechos políticos están retrocediendo de forma alarmante”.

Asimismo, “esta obscena brecha de riqueza no se limita a jets privados: está creando un abismo en el poder e influencia políticas que ostenta esta élite milmillonaria, y el resto de la población. La pobreza genera hambre, pero la constante desafección política genera ira. Si nuestras sociedades se sienten hoy más divididas y frustradas es porque efectivamente lo están”.

Desde que Donald Trump está en la Casa Blanca, nos recuerda Joaquín Estefanía en el periódico El País de Madrid-España (25/01/2026): “Se han reducido los impuestos a los superricos y se les aplican gravámenes más bajos que a ningún otro grupo social; se han bloqueado los pequeños avances en la fiscalidad internacional para grandes corporaciones; se han limitado los intentos de frenar el poder de los monopolios; se ha impulsado en las Bolsas de Valores, sectores como el de la inteligencia artificial, cuyos beneficios han ido a parar casi exclusivamente, a las grandes fortunas; etc.”.

Esta dinámica permite que, las élites económicas, políticas y tecnológicas, molden las normas que rigen el poder político, económico, financiero y social mundial. Que trae como consecuencia, el deterioro de los derechos y libertades del conjunto de las sociedades actuales.

Expresaba Jesús Cebréiro en el periódico El País de Madrid-España recientemente que, “en menos de 30 años la democracia liberal ha pasado de ser un bien universal a un sistema en recesión. Incluso en países como Estados Unidos, Reino Unido, Suecia o Australia, grandes minorías la consideran como una alternativa más, y no necesariamente la mejor. La caída del muro de Berlín en 1989 fue saludada como el final de la historia: la democracia se había impuesto a cualquier otra forma de gobierno. Algunos académicos consideran hoy que Europa Central (y no solo) estaría viviendo el reverso de aquel tiempo. Y la llegada de Trump a la presidencia de EE UU ha disparado todas las alarmas. Las democracias ya no caen por golpes militares, sino a través del voto. Nacen así lo que los académicos han venido a llamar democracias iliberales, que con frecuencia derivan en dictaduras”.

En este orden, se está configurando en EE.UU., un Gobierno Fascista Autoritario coagulado en el Líder, (el Presidente de la Nación), como ocurrió en la década del treinta del siglo XX, en Alemania. Se rechazan las reglas del Sistema democrático; se degradan y se niegan los derechos políticos y civiles de los oponentes; se persigue y se expulsa a los inmigrantes; se tolera desde las instituciones la violencia por las autoridades policivas y civiles; y se restringen las libertades y los derechos civiles, del cuerpo social.

Un pregonero del régimen autoritario ruso, Serguéi Karaganov, dijo en una entrevista hecha por Tucker Carl, que: “Europa ha perdido sus referencias, todas sus referencias morales, políticas y espirituales. Después de originar el nazismo, lo más hostil para la humanidad, han traído algo antihumano: la pérdida del respeto por la familia, por el amor entre un hombre y una mujer, por los ancianos, por el patriotismo, etc. Y, por supuesto, la pérdida de la fe en Dios. ¿Qué es Europa en estas condiciones? ¿Qué queda de ella? Es un verdadero abismo moral”.

Ahora bien, ¿qué buscan los ideologos de Putin, como Serguéi Karaganov o, de MAGA (Make America Great Again), con relación a Donald Trump, que promueva el nacionalismo, el proteccionismo y valores conservadores. Que se perciba a Europa y la UE, en particular, como un continente en decadencia, donde los valores éticos y morales, los contenidos de la cultura y la civilización occidental, están destinados a desaparecer y volar por los aires como una costra seca. Creen que los <<valores>> morales, éticos y culturales, se liquidan a bajos precios. Olvidan estos sátrapas Trump y Putin, que gobiernan despótica y arbitrariamente, ostentando su poder que, “el hombre puede empezar porque él es un comienzo; ser humano y ser libre son una y la misma cosa. Dios creó al hombre para introducir en el mundo la facultad de empezar: la libertad” -nos enseña Hannah Arendt.

Así que, el Fascismo y el Nacional-Populismo-Autoritario, tienen como objetivo destruir la vida privada e incrementar el desarraigo del hombre respecto al mundo, ya que anulan el sentido de pertenencia a éste. De ahí que profundizan la experiencia de la soledad. Exaltan el individualismo gregario que “comprime los unos contra los otros, y cada uno está absolutamente aislado de los demás”. Se convierte en una característica fundamental de organizar a las masas. Lo que caracteriza a las masas es, ser puro número, mera agregación de personas incapaces de integrarse en ninguna organización basada en el término común: “Las masas […] carecen de esa clase especifica de diferenciación que se expresa en objetivos limitados y obtenibles”.

Preguntamos, ¿de qué instrumentos se sirve el Poder Fascista y el Nacional-Populista-Autoritario? La mentira, la ignominia, la delación, el odio, la discriminación, el miedo, la xenofobia, el racismo, la inseguridad, la violencia, la guerra y la falta de novedad. Entonces, ¿cuál es la lógica profunda del Totalitarismo y del Fascismo-Autoritario? Posibilitar pensar tales dimensiones como efectos. Si se accede a ellas se revela el mal radical; el mal absoluto que invade la totalidad de la vida humana. En estos regímenes el catálogo de las cosas posibles está siempre ahí –para que una posibilidad salga a escena es preciso que se la acepte. En él todo puede ser destruido, todo es posible. Como dijo David Rousset: “Los hombres normales no saben que todo es posible”. En consecuencia,

           El Totalitarismo y el Fascismo dejan a la persona singular en la estacada.

El Totalitarismo y el Fascismo aíslan a las personas para que se incapaciten para actuar, las sume en un vacío existencial, un desgarramiento de la voluntad, del pensamiento, de la fuerza y del poder. Por eso “buscan no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en que los hombres sean superfluos”. Asimismo, buscan un hombre solo, aislado, insolidario, desprotegido, sustituible, vacío, gregario, numerificado y objetivado. Que responda a la norma, la ley, el orden, la publicidad, la ideología, el sistema, la estructura, los ideales del Estado fascista. Se centra en la superficialidad de los actos humanos, sin conexión alguna con la profundidad de sus motivaciones.

En el Totalitarismo y el Fascismo-Autoritario, no existe la individualidad, ni el proyecto común, ni el telos plural. Porque estas acepciones necesitan de la esfera social, esto es, de las relaciones políticas, económicas, sociales o culturales. Que, en el totalitarismo y el fascismo autoritario, el ser humano es incapaz de alcanzar, porque todo está mediado por el Estado, las instituciones, la ideología, la masa, que niega los principios de la Ilustración: la libertad, la solidaridad, la fraternidad y la otredad. Por eso, el Fascismo se contrapone al Estado democrático Social de Derecho. Ellos representan la estructura y la función del Estado Total.

En el Totalitarismo y el Fascismo, “el hombre del montón es un hombre de la masa, y la característica principal del hombre-masa no es la brutalidad ni el atraso, sino su aislamiento y su falta de relaciones sociales”. El poder no consiste en la instrumentalización de la voluntad plural o social, para alcanzar unos fines determinados, sino en la formación de una voluntad común orientada al entendimiento. Una voluntad que pone en el centro de las relaciones comunitarias al dialogo. 

En una sociedad democrática “el poder se deriva de la capacidad de actuar en común”. También en la voluntad de dialogar en común. Además, “el poder surge allí donde las personas se juntan y actúan concertadamente”. La política en tanto que, ejercicio público, contiene en su telos un fin práctico: la conducción de una vida buena y justa en la esfera social.

Según Arendt, el Nazismo no debe nada a ninguna parte de la tradición occidental, sea germana o no, sea católica o protestante, sea cristiana, griega o romana. Nos gusten más o menos Tomás de Aquino, Maquiavelo, Lutero, Kant, Hegel o Nietzsche […], lo cierto es que ninguno de ellos tiene la más mínima responsabilidad por lo ocurrido en los campos de exterminio. En términos ideológicos, el nazismo comienza sin ninguna base en la tradición, y convendría tomar conciencia del peligro que entraña esta negación de toda tradición, que fue el rasgo principal del nazismo desde su comienzo. 

Dijo el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, en Davos recientemente: Que, “en lugar de lamentarse por el regreso de los imperios depredadores, Canadá propone «construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esa es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de verdadera cooperación. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos».

Pero también les diré que los demás países, en particular las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.

En un mundo marcado por la rivalidad entre las grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía que tenga peso.

Es nombrar la realidad. Dejar de invocar el «orden internacional basado en normas» como si aún funcionara tal y como se nos presenta. Llamar al sistema por su nombre: un período de intensificación de la rivalidad entre las grandes potencias, en el que las más fuertes actúan según sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción.

Se trata de reducir la influencia que permite la coacción. Todo gobierno debería dar prioridad a la creación de una economía nacional fuerte. La diversificación internacional no es sólo una cuestión de prudencia económica, sino también la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posiciones de principio al reducir su vulnerabilidad a las represalias.

                       El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad”.

En un mundo polarizado donde prevalece la fuerza, el chantaje, la coacción, el odio, la discriminación, la militarización de los grandes imperios, las potencias medias y países periféricos, deben estar unidos para alcanzar en común lo mejor para sus pueblos. Y, no olvidar que,

Se percibe y trae a la palabra, al dialogo y al entendimiento común, lo que es inherente a la poiesis, a todo habla del ser: que, siendo “la más inocente” de todas las ocupaciones, es “el más peligroso de todos los bienes”.

Antonio Mercado Flórez. Filósofo. Politólogo y Especialista en Relaciones Internacionales. Profesor universitario.