sábado, 31 de enero de 2026

 

 

                                                El lenguaje como testimonio de la realidad

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 31/01/2026

En la época actual por la influencia de la técnica y los lenguajes digitales, las lenguas naturales “muestran signos de parálisis”; salvo, en la “creatividad” que “manifiestan su fuerza desbordante”. Se percibe en las artes figurativas, la escultura, la música, la poesía, la literatura o la filosofía; cómo el lenguaje material o espiritual contiene fuerzas que desbordan los contornos del mundo y de la existencia. Existe la sensación en la actualidad, “que los problemas del mundo y de la existencia les parecen insolubles a la época y a los individuos”.

Sus pregoneros olvidan que detrás de la simulación, la fantasía del caos y lo grotesco que presentan los mass-media e Internet, las redes sociales o, la Inteligencia Artificial, permanece imperceptible la “esencia inmóvil y sobre temporal que se pone de manifiesto y se modifica en la historia”. Así se genera una expresión metafísica del mundo y de la existencia: “Ordenar las cosas visibles de acuerdo con su rango invisible. Toda obra y toda sociedad deberían estar ordenadas según ese principio. Si procuramos hacerlo realidad en la palabra, en el juego de las imágenes que la vida cotidiana trae consigo, entonces estamos entrándonos en la más alta disciplina”.

Si la creatividad “es una manifestación de fuerza desbordante”, el efecto que causa “va mucho más allá del placer que en sí misma proporciona”. “La plasmación” en la obra “de una de sus frases, aunque el lenguaje envejezca”, permanece vivo “un delicadísimo equilibrio que se extiende luego a las demás zonas”. Por eso “el escribir no deja de entrañar un riesgo muy alto, exige un examen y una reflexión más profundos que los que se necesitan para conducir regimientos al combate. Y si aún existieran anillos mágicos, estarían en los sitios donde la voluntad de creación vence esa resistencia”.

Esto nos enseña que la fuerza desbordante de la palabra, se oculta detrás del espejismo de la ciencia y de los instrumentos técnicos, del mundo y la realidad.

Se trata que las conjunciones lingüísticas, la gramática y la sintaxis que posibilitan la creación literaria, revelen su magia propicia. “Ésta ha de ser soterrada en las profundidades”. Ya que sobre “ella se alza la bóveda del lenguaje hacia una libertad nueva que cambia y a la vez conserva la palabra. Y también el amor ha de aportar su contribución; el amor es el secreto de la maestría”. Entonces, ¿cuál ha de ser la función del escriba, del poeta o del filósofo, en esta alta civilización técnica? Que las palabras contribuyan al crecimiento de la Vida, y que tiendan al enriquecimiento del lenguaje. Las palabras franquean las puertas a la magia de la materia animada e inanimada.

En la época de la revolución en los medios de información, las redes sociales, la Inteligencia Artificial, estamos “ciegos”, “verbalmente ciegos”, ante el despunte de la imagen sobre la palabra. “La ceguera proviene de un cambio capital en los hábitos de nuestra sensibilidad” y en los “instrumentos especulativos”. Asimismo, desvelar que los medios y los modos “expresivos”, se corresponden con “técnicas reproductivas muy determinadas. Representan la respectiva posibilidad de desarrollo técnico y son el resultado de las necesidades de dicha época”.

El pathos que atraviesa la concepción de la historia contemporánea es, el de la tecnología informacional, la cibernética, la Inteligencia Artificial, la ciencia, la industria militar, el capital bancario y financiero internacional. “Lo decisivo es aquí la relación entre la vida y su finalidad”. El hecho de que todos los “fenómenos dotados de finalidad” son orientados hacia la manifestación de una esencia o la expresión de una significación, siendo el lenguaje el lugar por excelencia donde cada singularidad apunta a su propio rebasamiento”.

Pero si la vida tiende a la objetivación, a ser un número, a convertirse en almacén de existencias, “no sólo hacen opacas las relaciones entre los hombres; sino que además envuelven en niebla a los sujetos reales de dichas relaciones”.

Walter Benjamín asigna de esa manera a la vida una dimensión trascendente, que ha de configurarse en la historia. Dice que: “La vida a grandes dimensiones, en la historia, no se aprende […] un gusto superficial por la vida; que al considerarla no se aspira a un desprecio hostil por los hombres, pero si una visión rigurosa del mundo y unos principios fundamentales serios acerca de la vida; que la sustancia del mundo, por lo menos sobre los grandes que la han juzgado, que juzgaron a los hombres y que supieron medir en la propia vida interior la vida exterior, sobre un Shakespeare, un Dante, un Maquiavelo, produjo una impresión que los formó en la seriedad y en el rigor”. En propiedad significa la valoración de la vida y del mundo como valor supremo de la existencia.

Benjamín tiene presente, “la convicción intima de que su trabajo al servicio de la humanidad tiene que apoyarse en una elevada moralidad”. Que los más altos valores del hombre deben estar al servicio de las necesidades psicológicas y morales del ser humano. Frente a lo cual hay que orientar la mirada hacia el materialismo, la técnica y la cultura de masas, que determinan la razón del hombre contemporáneo. Para poder desenmascarar el “fetichismo” y las “relaciones de dominio” que se ocultan detrás del consumo, del lujo, de las bellas materias, del poder y el dinero.

Y, nos ayuden a preguntarnos, ¿cómo la cosificación de la existencia individual se corresponde con el desarrollo de la técnica y las necesidades de la época? ¿por qué los espejismos de la técnica y de la ciencia, de la publicidad (con sus mensajes subliminales) y el consumo de masas, esconden la búsqueda de una sociedad ordenada y sin propósitos colectivos?

Porque desde el umbral de la política, los valores espirituales y los morales, se sustituyen por los de la inversión y el beneficio, la publicidad y el marketing. Además, la política se convierte en un apéndice de la publicidad, los mass-media e Internet. Son valores vacíos sin proyecto colectivo, sin conciencia crítica y capacidad de juicio sobre el mundo, la realidad y la existencia. En las democracias de las sociedades modernas, las ideas, los principios, las ideologías, que configuraban la estructura de la sociedad y del Estado, fueron vaciadas de sus contenidos. A finales del siglo XX y principios del XXI, las sociedades occidentales adoptan rasgos deterministas.

Porque su análisis teórico y su práctica en la sociedad, se rigen por el neoliberalismo político y económico. Por eso el pathos de la concepción de la historia, es el pathos de la democracia liberal. Esta transformación trajo como consecuencia un mundo fluctuante, evanescente y fugaz, esto es, desestructurado y plural donde la esencia de la democracia se encuentra en entredicho. Es decir, pierde sentido y realidad en relación a las necesidades fundamentales de las sociedades modernas. Más si en los últimos espacios de tiempo, el autoritarismo, los nacionalismos y el populismo político-autoritario, atentan contra las fuentes y las estructuras del Estado de Derecho y la Democracia, las libertades fundamentales y los Derechos Humanos, la dignidad humana y la justicia social.

Estamos asistiendo en las sociedades contemporáneas a como la ignorancia, la falta de cultura política, la inmoralidad y la corrupción en la administración del Estado y sus instituciones, implementan la apatía y la dejadez en los asuntos públicos. De ahí que la política de masas por la importancia de los instrumentos técnicos y la publicidad, se transforma en espectáculo: visual, auditivo, insustancial y fragmentado. El lugar de las ideologías, los principios, los programas, lo ocupa ahora la escenificación.

En la Cultura del artificio la representación de la representación ocupa el espacio del sentido. El “parecer” es más importante que el “ser”. Los conflictos y las contradicciones sociales se banalizan, ya que la realidad se presenta fragmentada, sin unidad lineal y sin telos colectivo.

 “Este sistema –dice Noam Chomsky– no debe permitir que la gente se encargue de sus propios asuntos sino que los deje en manos de esa clase especializada que son los únicos capaces de arreglarlos... en toda democracia se producen dos grupos: por un lado, la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, es la que ejerce la función ejecutiva; por otro, “el rebaño desconcertado” que son los espectadores del sistema, no participan de forma activa en el proceso”.

Además, constatamos el paso del “logos clásico” al “logos del artificio”, que está convirtiendo a la política y su parafernalia en un agregado numérico o, instrumento de la técnica, la economía o, la voluntad de poder. Este tránsito supone una etapa en la historia del pensamiento occidental reciente. Que posibilita percibir cómo los instrumentos técnicos influyen en los campos de pensamientos y cómo ayudan a configurar una época determinada. Entonces la historia del derecho, la literatura, la economía, la teología, la filosofía o, la ciencia política, sufren la incidencia de los instrumentos técnicos en la actualidad. Esto es, las diversas “figuras” de la época actual y de la cultura tienen un marco conceptual de referencia que depende de la tecnología: los lenguajes digitales, las imágenes en movimiento, las redes sociales y la Inteligencia Artificial generativa.

Por tanto, en la época actual es más cómodo para el ser humano delegar el manejo de la libertad, la autonomía de la voluntad, los sentimientos, la actitud ética o moral, y la apreciación estética de la existencia y la realidad, a la iglesia, al partido, al sindicato, la ONG, el Gobierno, etc., que asumir responsabilidades. Porque ésta actitud ante el mundo y la vida crea angustia, zozobra, en el manejo de la libertad. Se vive mejor y más cómodo sin preocupaciones, sin responsabilidades, y así, el ejercicio del poder nos despolitiza, nos simplifica, nos convierte en número o, en objeto.

Y, la vida en consecuencia se presenta fluida, sin peso, fugaz, en los espejismos de imágenes y lenguajes digitales. Por tanto, el cúmulo de placeres sensibles y espirituales que despliegan, crean una atmósfera de alegría superficial sobre la vida y la historia. Por lo cual, es indispensable trabajar en el interior del ser humano.

Ante todo es preciso tener en cuenta que al hombre hay que dejarlo que crezca primero dentro de sí –dijo en su día Ernst Jünger.

Por tanto, este mundo en tránsito y veloz, no da tiempo para el recogimiento, la serenidad, la soledad, la introspección o, la veneración, que son fundamentales para la creación poética y los movimientos del pensamiento. En la Cultura del artificio, la vida se convierte en una “broma incoherente”. Como afirma Edgar Morán en “La mente bien ordenada”: “La reforma del pensamiento es una necesidad democrática clave: formar ciudadanos capaces de hacer frente a los problemas de su tiempo y frenar el deterioro democrático que suscita la expansión de la autoridad de los expertos, que restringe progresivamente la competencia de los ciudadanos. Estos están condenados a la aceptación ignorante de las decisiones de aquellos que son estimados como sabedores”.

Sabemos que la revolución en las telecomunicaciones y la primacía de la Red, es, en su naturaleza, política, militar y económica. Porque esta transformación responde no sólo a las técnicas de reproducción de la palabra, la escritura y las imágenes, sino además a las posibilidades de desarrollo tecnológico y las necesidades de la época. No hay desarrollo material de una sociedad que no esté condicionado a las necesidades de ésta, y a las relaciones de poder que esconden tras de sí. Por eso el desarrollo técnico y científico responde a las necesidades del Sistema de Producción Global, al neoliberalismo económico, social y político.

Es decir, a la lengua de los mercados y del poder financiero internacional; a la industria militar, a la estructura y función del Sistema del Capitalismo Actual; a las Plataformas Digitales; y, al Estado técnico absoluto. Pero no hay que ignorar que, aunque estos procesos se den en la superficie de las civilizaciones actuales, inciden en la naturaleza y la esencia del ser humano.

Por tanto, toda transformación material o espiritual es, en el fondo, una transformación lingüística. Así, la revolución incruenta, no violenta, no abrupta, que están llevando a cabo las “redes globales”, los algoritmos, penetra hasta los átomos del cerebro. Esta se ubica en el orden y la idea de los procesos, y responde a las apetencias de los “centros de poder”. Que N. Chomsky y E. Morán denominan “la clase especializada que toma las decisiones” y los “sabedores” del Sistema o del Estado.

         Que G. F. Hegel llamó: “El poder casi inconmensurable sobre los espíritus”.

Desde esta perspectiva, no es extraño que la ciencia y la técnica tengan efectos sobre la lengua. Todo cambio en el orden político, económico, social o cultural, implica inexorablemente cambios léxico-gramaticales. Además, la lengua se transforma para responder a las exigencias del Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo y sus juicios. En consecuencia, el tránsito del “logos natural” al “logos artificial”, es, radicalmente lingüístico. Esta trastocación en el ámbito histórico, del saber y las prácticas sociales incide en la política.

Se percibe que la representación del mundo y la existencia individual, están cambiando súbitamente. Por eso, la idea de Estado y sus instituciones, las estructuras sociales e individuales se están transformando y, la imagen de la sociedad fluida, desestructurada, sin proyecto colectivo ni lazos compartidos, cobra validez. Dicho esto, se impone la imagen de la sociedad abstracta, sin sentido, abyecta, a las esperanzas y necesidades humanas.

Pienso que las representaciones que tenemos del mundo y de la realidad o, del sistema léxico-gramatical, están sufriendo una conmoción profunda pocas veces dada, en la historia de la humanidad. La revolución técnica de la imagen “gráfica” en movimiento y los lenguajes digitales es, una revolución lingüística. Si nos ubicamos en el umbral de la palabra, es una “guerra de palabras”, una auténtica “logomaquia”. Si lo hacemos en el de las imágenes, es una “guerra de imágenes”, de “signos”, donde se manifiestan más fuertes que las palabras.

Preguntamos, ¿por qué el mundo es un ámbito abstracto? ¿Por qué las palabras vacías de contenidos y las imágenes, responden a los requerimientos de la técnica y del colectivo técnico? Porque el entrelazamiento del confort técnico y la voluntad de poder, se configuran en el espacio del logos y del pensamiento. Es ahí donde hay que buscar también el auténtico factor moral de nuestro tiempo.