EL MUNDO
TITANICO EN LA ÉPOCA CONTEMPORÁNEA
Madrid-España a 24/09/2026
Antonio Mercado Flórez. Filósofo
y Pensador.
Preguntamos, ¿qué importa en la época actual?
Conservar y potenciar lo que tiene valor, en especial la vida, la ética y la
libertad. Aquello que vivifica las esferas del espíritu, la sensibilidad y la
imaginación creadora de “forma”. Importa el origen, el fenómeno originario de
la libertad, conservar las fuentes que nos relacionan con lo primitivo. El
lugar donde las cosas se nos presentan como desnudas, llenas de novedad y
misterio. Si la libertad toma forma en la arena de la historia, es sólo un
débil reflejo del espíritu de la original. Como dijo Ernst Jünger: “la historia
es la impronta que el hombre libre da al destino”.
Por eso, hay que estar atentos
con los que quieran mancillarla –los demagogos, los tíranos, los tecnócratas,
los populistas, los nacionalistas, los neofascistas, el juego del poder–.
Porque tratan de verter su contenido y cortar las amarras con lo fundamental.
Es allí donde la labor de los poetas se torna indispensable. Sólo en la
imaginación que otorga su fuerza básica a las acciones; el mundo de la técnica
y la naturaleza del ser podrán revitalizarse. El poeta hace camino al andar,
abre sendas, y con la antorcha de la palabra en la mano; el hombre tiene acceso
a las Musas y a los dioses.
En los frontispicios del siglo
XXI hemos llegado al borde como ser fronterizo, al “puro cero”; el umbral donde
se vislumbran los destellos de un nuevo espíritu para la humanidad. Ese mundo
nuevo puede advenir por conducto de los dioses y la veneración. También con las
herramientas de la filosofía, la poesía, la literatura, la música, el arte y,
con el sentido histórico que otorgan los pueblos a sus generaciones.
Ahora bien, preservar las
posibilidades de la libertad, significa dignificar al hombre sobre las
potencias ciegas de la voluntad de poder. Aun valiéndose de ésta, desarrollar
por encima del mundo de los titanes uno que responda a las necesidades y
esperanzas humanas. Sólo cuando utilizamos estas herramientas somos capaces de
enfrentarnos al uso tangencial de la técnica y a las fuerzas oscuras del poder.
Sólo así hacemos frente a la esencia del nihilismo que se revela ejerciendo una
acción destructiva sobre el hombre.
Es más, ¿Cómo dominaremos el
carácter destructivo de la técnica? Según Jünger cuando convergen los contrarios;
según Heidegger cuando retornemos a la esencia de la metafísica pondremos
término a la caída del olvido en el ser. O, en otras palabras, cuando el ser
humano se enfrente a la esencia pondrá término al carácter destructivo de la
técnica. Entonces, su esencia configurará el advenimiento de los dioses y el
retorno del hombre al “centro” del mundo. Es de esperar que, de los escombros
de la época actual, se configure un mundo a la altura del hombre. Un mundo
diferente que responda a las necesidades psicológicas y morales del ser humano.
Preguntamos, ¿cuál es la función
de los titanes y del colectivo titánico? En otras palabras, ¿cuál es la tarea
del técnico y del colectivo técnico en la actualidad? Apoderarse del mundo y de
los hombres y, en su conducto del ámbito del espíritu. Apropiarse de la vida
humana y convertirla en objeto; donde la Hybris del progreso incentive
el saqueo vital y la posesión inmediata de las cosas. Esto es: disciplinar al
ser humano en todos los órdenes de la existencia. Ésta mutación hay que
observarla más allá de los fenómenos que se sitúan en la superficie; observarla
incluso allende las murallas del tiempo, porque son telúricas y cósmicas.
Esto permite cambiar la marcha de
los relojes; hay que remontarse a los orígenes donde la técnica toma el rostro
del mito y la niñez. Y de esa forma poder desvelar desde el “presente-ahora”,
el sentido del lenguaje de los titanes. Darnos cuenta, por ejemplo, que en los
pliegues de la móvil aureola de los instrumentos técnicos, se esconde el
lenguaje de los titanes y del titanismo. Esa ciega voluntad que arrasa lo que
encuentra a su paso, porque necesita espacio para “ordenes” nuevos. Así,
“ordenes” en este ámbito significa una novedad que no deja de ser una
ordenación.
Somos parte de una civilización
controlada y dirigida por el poder Total de
los titanes. El incremento de la sensibilidad es evidente en el umbral de
lo colectivo, del tópico y el lugar común. Por eso, desean destruir el mundo
del espíritu, porque saben que ahí se generan contactos con poderes sagrados o
mágicos. En este sentido, el maquinismo y la automatización –sus movimientos
cada vez más precisos y sus giros sin fin–, producen pérdidas en el reino
animal, vegetal y mineral. De igual modo, el tiempo de los titanes es un tiempo
de dolor, sufrimiento, miedo, trabajo y producción. Participar en él no sólo
entraña peligro, sino que produce fascinación.
Señales que hacen parte de las
figuras del “aquí-ahora”, ya que la técnica ha alcanzado un grado de perfección
tal, que la física y la biología se acercan a las fronteras de las esferas de
lo trascendente. ¿Saben por qué? Porque están tocando las partes blandas del
ser y la existencia deja a la vera del camino, el misterio de la vida y la
muerte. Si esto acontece la vida perdería el sentido profundo que la determina,
y se convertiría en una tragedia fundamental.
El mundo del Titán se caracteriza
por su espíritu destructivo; es la expresión mítica del carácter destructivo de
la razón y de la sociedad. Por eso se contrapone a la belleza, al amor o al
juego. Estas esferas de la existencia representan el tiempo de la libertad, el
misterio, el mito o la veneración. Los titanes son hijos de su tiempo, padecen
y sufren en el tiempo, en eso se asemejan a los seres humanos. Con la tenacidad
con que se presentan el hombre se llena de perplejidad e inquietud; porque
instauran su lenguaje y con él un espíritu diferente.
La técnica se presenta como una
lengua universalista. Ya que establece una medición no sólo planetaria, sino
también cosmogónica del tiempo. El reloj del mundo modifica su marcha. La
creación crea tiempo. Los dioses instauran tiempo; los titanes lo alargan o lo
acortan, igual que hace Procustes en su fondo con los huéspedes.
La hazaña de Schopenhauer: la
contemplación del mundo titánico y la afirmación de ese mundo. Nietzsche lo
observa de forma intuitiva; participa de él. De ahí que, el nuevo advenimiento
siempre al asecho desde el derrocamiento de Crono, tiene dos premisas: los
dioses han de retirarse y el reloj del mundo ha de modificar su marcha. Es
preciso retrasarlo hasta la Edad de Oro que Hesíodo describe. Para Nietzsche el
espacio y la causalidad están sometidos a la representación, mientras que el
tiempo es absoluto. Este modo de ver las cosas tiene su remate en la doctrina
del eterno retorno. En ella triunfa el tiempo titánico. La eternidad es
infinita [...] la vida en el mundo divino, paradisiaco, es, en cambio,
intemporal.
El poder de los titanes ha
llegado a su máxima expresión en la actualidad. A cada momento la técnica -dice
Thomas Mann en Doktor Faustus- exige
ser tenida íntegramente en cuenta y recibir a sus exigencias la única respuesta
posible. En la era de los titanes, los autómatas, la velocidad, el ruido de las
máquinas, los ritmos en las comunicaciones artificiales, la bomba atómica, los
viajes intergalácticos, los satélites espaciales, la IA, informan sobre lo que
sucede en la Tierra o, en el Universo. Se está configurando un mundo diferente
que responde al tiempo abstracto y a la voluntad de poder. Entonces, la técnica
se convierte en el instrumento adecuado para desojar el árbol de los planetas, donde aún se conserva la magia de las
estrellas.
Es tan fuerte el poder de los
titanes que ha profanado la morada de los dioses. Causa estupor e inquietud
sólo imaginar la potencia de las energías destructoras que poseen. Por eso, se
hace imprescindible el advenimiento de los dioses. Hay expectativas de eso, no
sólo entre los afiliados a las sectas, sino también en la consciencia de las
sociedades contemporáneas. Aquende el muro del tiempo, ya se escuchan las
trompetas de un nuevo despertar.
De este tipo de cosas el ser
humano lo que desea es la libertad. De ahí podría surgir una nueva luz, un
color diferente. Nada es más evidente que un nuevo despertar. De la luz que
ilumina separa la llama que quema; así, la libertad se compra con la muerte.
En la época de los titanes, en
ellos permanece intacto el ethos de
Occidente –el carácter planificado del desarrollo y la idea de progreso-,
aunque ese espacio voluminoso no levanta el entusiasmo como lo hizo a mediados
del siglo XIX y en el transcurso del XX. Ya empiezan a verse las primeras
grietas tanto en la idea de desarrollo y la economía -finanzas internacionales,
dinero bancario y valores del mercado-, y en algunos valores que le dan a
Occidente su identidad. Se trata entonces de cambiar el ritmo y la percepción
de las cosas y de la vida; cambiar, por ejemplo, el reloj que mide el tiempo y
empezar a mirar dentro de sí. Es evidente que los grandes hombres de la humanidad
–un Lutero, un Shakespeare, un Blake, un Milton, un Thomas Moro, un Dante, etc.
-, miraron dentro de sí.
Sabemos que en la época de los
titanes está prohibido soñar; porque quien lo hace evoca las cosas rítmicas que
son las que luchan contra el tiempo y la muerte. Como expresó Ernst Jünger:
“Quien sueña está rodeado, como por una nube, por una consciencia en la que
nada puede penetrar. Tal limitación parece extraña en el seno de una atmósfera
que se halla cargada de electromagnetismo y cuyas señales no sólo atacan el
cuerpo, sino también lo traspasa en forma de ondas. Ha sido la técnica la que
se ha acercado al mito más que la reflexión; ésta sólo ha logrado una
descolorida copia de la tragedia. A lo dicho se agrega la experiencia de la
persona singular. <Los sueños son espumas -llegadas de lo infinito>”.
En esta alta civilización del
reinado de los titanes, se trata de remontar los orígenes del devenir de la
cultura occidental. Desde el “presente–ahora”, desvelar el mito de la técnica,
su lado infantil, bello y humano. Que la técnica se quite la máscara de los
espejismos y revele su gesto estético. Porque la técnica es una forma de la
cultura. Esta revelación se manifestará con el advenimiento de los dioses y
poniendo la técnica al servicio del hombre.
Como sugiere Walter Benjamín: “el
momento prehistórico del pasado sea condición y consecuencia de la técnica. Las
imágenes dialécticas son para él las auténticas imágenes –no arcaicas–, y el
lugar donde se las encuentra es en el lenguaje.” En nuestra época se trata de
despertar, y sólo se alcanza con la síntesis entre la consciencia onírica y la
antítesis de la consciencia de vigilia. Esta máxima posibilitará el
“ahora de la cognoscibilidad”. ¡Despierto cuando conozco! ¡La llama de la vela
resplandece en la oscuridad de la época que vivimos ¡
Sin embargo, ¿cuál es el objeto
de las reflexiones sobre la técnica, la ciencia y la tecnología del poder? Que
las configuraciones de la historia desvelen la riqueza y la grandeza de la
infancia de la técnica. Que el lado noble y servicial de la ciencia y la
técnica se pongan al servicio de una sociedad más elevada. Así que, nunca en la
historia de la humanidad han de olvidarse los rudimentarios comienzos. Tomar
consciencia que, en los pliegues del vestido de la época actual, se esconde lo
primitivo. Tener presente que en pocos espacios de tiempo se configuró el mundo
atómico, y ahora está tomando forma el de los autómatas y los lenguajes
digitales. Que darán cuenta de la esfera biológica, mental y espiritual del ser
humano.
La Cultura digital está dando paso a la Cultura de lo efímero y los valores del artificio. Estamos a las
puertas de una nueva civilización con “ordenes” de valores diferentes a los de
nuestros antepasados. Esto no sólo modifica la marcha de los relojes, sino
también del tiempo anímico. Ese lugar donde se entreteje el mito, la alegoría,
la religión, la poesía y la analogía universal.
Si el logos se estableció en su nivel material; la primera configuración
estuvo dada en la revolución de Gutenberg: la universalización de la palabra a
través de la imprenta. Es uno de los grandes hitos de la historia de la
cultura. Porque a través del libro posibilitó el acceso de un mayor número de
personas en todo el mundo al saber escrito y conllevó radicales transformaciones
en la política, la religión y las artes.
En la actualidad, con la
revolución en las comunicaciones artificiales, la incidencia de los
instrumentos técnicos en los medios y modos de información, la IA, se está
originando la revolución en la información en los umbrales del siglo XXI. Los
ordenadores con los lenguajes digitales y las imágenes, están sustituyendo a
los documentos impresos como instrumentos para trasmitir y conservar los
textos. Y esto está generando mutaciones en la naturaleza del ser y de las
sociedades. Estamos pasando del mundo de las relaciones de sentido a uno de relaciones
abstractas jamás imaginado.
Se están diluyendo, por ejemplo,
las fronteras del Estados-Nación y se establece una cultura universalista que
da paso a otras formas de gobernanza. Thomas Carlyle lo corrobora cuando dijo
que los tres elementos de la civilización moderna eran: la pólvora, la imprenta
y la religión protestante. Se trata en última instancia que el desarrollo de
los procesos y la técnica, no olviden la grandeza y riqueza de la infancia de
donde provienen. En eso consiste entrelazar la cultura digital y la cultura de
los valores heredados, de la palabra y la escritura. Así pues, el hombre actual
podrá estar a la altura del Espíritu del Tiempo y responder a sus
requerimientos.
Además, el Ágora está pasando de la comunicación interpersonal a la rápida,
gráfica y simultánea. Sus causas no hay buscarlas en la superficie -los cambios
políticos o económicos de los últimos espacios de tiempo-, sino en la raíz del Árbol
de la vida. Sus lenguas de fuego
son luminosas, embriagan sus efluvios al tiempo y al espacio; también a la
época de la cultura y la cultura de la época, con sus mitos, ritos, símbolos y
cultos propios.
Sin embargo, ¿dónde está la
voluntad indomable que rasgaba los oscuros velos de la ignorancia y, su luz se
convertía en antorcha para las civilizaciones? No la vemos montada en su
cabalgadura, absorbiendo los obstáculos y, en atrevido galope, saltando de un
borde a otro los barrancos, ofreciendo con el cetro de la palabra en la mano
una vida más placentera y humana.
Quizá estemos en los umbrales de
un tiempo sin historia, sin memoria verbal, sin movimientos del pensar, de
duración indefinida. Talvez estemos viviendo un tiempo de escenas significativas y actores insignificantes. Un tiempo que
se convirtió en elemento fundamental del malestar general. En el siglo que
acaba de empezar le toca al hombre advertir, si se entrega al poder del
titanismo; o desgarra el velo del decorado de teatro para conjurar los peligros
que entrañan sus espejismos.
Hay
que recurrir al advenimiento de los dioses y de las musas para darle un giro al
reloj del tiempo. Y así, empezar a beber de las fuentes del espíritu y de la
imaginación que tanta falta hace en estos tiempos de ayuno espiritual.