lunes, 12 de octubre de 2026

 

                                       Reflexión sobre la técnica en Martín Heidegger

                                                         Madrid-España a 12/10/2026

“Nada de lo nuestro nos pertenece, porque otros lo han vivido de una u otra forma”.

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

En Martín Heidegger el habitar del hombre en la tierra se relaciona con la Época Moderna caracterizada por un alto desarrollo científico-técnico, y un modo de pensar hegemónico determinado por el cálculo y el Gran Poder Tecnológico. Que tiene como consecuencia la unilateralidad, la homogenización y la seducción del ser humano. Así que, el mundo debe responder a los presupuestos de la ciencia y la técnica y, estar a la altura del desarrollo económico, industrial o político del presente. Unas relaciones de poder que están organizando la vida del ser humano y los cosas como existencia. Además, todo en el mundo está disponible para ser consumido y sustituido tal mercancía.

El rápido avance del cálculo y la estadística en la actualidad, afecta la esfera social y cultural y, es de tal alcance que genera desarraigo y pérdida de identidad. La naturaleza, el hombre y, las cosas producidas, no sólo se convierten en mercancías, sino también en objetos y números. Las cosas hechas por las manos del hombre –una casa, un coche, un edificio, una carretera, una obra de arte, una partitura musical, etc.-; posibilitan un mundo artificial en que el hombre pierde la memoria, la rememoración, el pensar y el lenguaje.

El mundo del presente genera desarraigo y extrañamientos. Todo se percibe en el ser humano en la perspectiva del cálculo, la función, la eficacia, la eficiencia y la disponibilidad. Existe entonces una concatenación entre la unilateralidad del cálculo, la eficiencia y la eficacia, que inducen al hombre a pensar y actuar teniendo presente los supuestos de políticas autoritarias, populistas o totalitarias.

Así, el buen funcionamiento del mundo que habló Heidegger, no se debe sólo al desarraigo que produce la técnica, sino que se concatena con relaciones de poderío. Existe en la actualidad una ligazón entre la técnica, el Estado y unas selectas minorías, que ejercen el poder. En particular obedecen a las directrices del Gran Poder Tecnológico expresado en los oligarcas tecnológicos.

Por eso, la técnica no sólo degrada la diversidad y la identidad del ser humano, sino que su funcionamiento es universalista y se encuentra presente en todas las esferas de la vida humana. Se trata no sólo que el pensar futuro posibilite un nuevo hábitat del hombre sobre la tierra, sino de posibilitar el “entre”, para una convivencia libre, tolerante y democrática entre los hombres. Se trata de pensar –desde una perspectiva socio-política- el “aquí” y el “ahora”, del mundo contemporáneo.

O, preguntarnos, ¿qué lugar ocupa el hombre en un mundo dominado por la técnica, la economía y la política? En la Época Moderna el desarrollo acelerado de la ciencia y la técnica, y el despliegue de un modo de pensar hegemónico que responde al cálculo y la estadística; está convirtiendo al ser humano en existencia y una pieza del engrane de la globalización económica y política.

Un aporte de Heidegger, en Carta sobre el <<Humanismo>>, es la crítica al mecanismo tecno-científico que concibe lo existente como reserva; que, es la versión más desarrollada del olvido del ser y de la esencia del hombre. De ahí que el dominio técnico del mundo se relaciona al dominio y la coacción del hombre. La técnica en la esencia que la determina despliega relaciones de poder, que tienen como fin el dominio de la naturaleza y del hombre. En este ámbito, la inteligencia y las mentalidades están al servicio del Gran Poder Tecnológico

En la historia de la cultura occidental reciente el olvido del ser por la metafísica, y su interpretación técnico-moderna despliega el pensamiento tecnico-cientifico que todo se mire como reserva y disposición. Se considera una manifestación del despliegue totalizador de la técnica moderna y de la Gel-Stell, la esencia de ésta. Se da en Heidegger una concatenación entre el despliegue de la metafísica moderna sobre lo exitente en cuanto tal, y el predominio de la ciencia y la técnica en todas las esferas de la vida cotidiana y cultural.

Después de la barbarie del siglo XX y sus configuraciones en el XXI, ¿puede el hombre meditar sobre el habitar humano y las posibilidades de que pueda entrar en trato con el mundo? El pensar futuro no puede estar ligado a la metafísica y una de sus tareas es poner a la técnica y la ciencia moderna al servicio del hombre. Así que, el análisis filosófico sobre la actualidad, la desesperanza y la desconfianza al pensamiento y la poesía, caracteriza la reflexión crítica de Heidegger

Se puede tener presente que la postura crítica de Heidegger está ligada a la reflexión “propositiva” de un auténtico habitar en el mundo de la técnica. No sólo hace una descripción de categorías teórico-formales de la existencia humana, sino también política, ya que reflexiona sobre el “aquí” y el “ahora” del mundo contemporáneo.

Aunque Otto Pöggler diga que, en el pensamiento de Martín Heidegger hace falta una “filosofía práctica” pero no la dimensión política. Ésta dimensión está en ser miembro del partido nacionalsocialista y representarlo como rector de la Universidad de Friburgo.

No se puede aceptar que la cuestión política en el pensamiento de Heidegger, se reduzca al predominio técnico-científico. Ya que ser miembro de un partido como el nacionalsocialismo y omitir la barbarie que estaban cometiendo con el Holocausto y la muerte sistemática de minorías étnicas, no lo exime de su responsabilidad ética. Su obra expresa de una u otra forma, el pensar totalitario de la época.

Es de anotar que Heidegger en Carta sobre el <<Humanismo>> y La pregunta por la técnica, resalta el olvido del ser y la invasión de la Gel-Stell, en todas las esferas de la vida humana. Es importante observar como aborda al ser, el “aquí” y el “ahora”, sin olvidar el origen como fenómeno originario. Así que, la reflexión sobre la esencia de la técnica (Gel-Stell), no sólo lo sitúa en el presente, sino que abre el claro para visualizar su sitio en el devenir histórico.

En Identidad y Diferencia, Heidegger expresa: pero el pensar, él mismo histórico, que define hoy en día la historia del mundo, no procede de la actualidad, es más antiguo que el simple pasado; nos agita en sus pensamientos más antiguos desde una cercanía de la que no percibimos rastro alguno; porque creemos que lo que propiamente es, su esencia, nos concierne en lo actual.

En La pregunta por la técnica hay que entender la metafísica moderna, cómo su predominio conduce a la homogenización y a la unilateralidad del pensar, que inexorablemente incide en la pérdida de la identidad y del habitar en el mundo. El desarraigo que arrastra la metafísica y, el predominio de la ciencia y la técnica, rompen todo lazo de pertenencia y de comunidad.

La técnica rompe con la tradición de la iglesia, de la familia, los usos, las costumbres, y se olvida del lenguaje que mamamos desde la niñez. Así, el mundo de la técnica da prioridad a lo presente-actual pasajero y fugaz, sobre lo que permanece. Se expresa en que las relaciones artificiales prevalecen sobre las relaciones de sentido. La técnica no requiere del pensamiento. Porque depender de ella reduce nuestra destreza y la capacidad de imaginacion, de interrogación y del pensar.

En este orden, el desarraigo no sólo le concierne al pensar, sino también a las formas sociales y culturales, que lo determinan. En el mundo de la técnica y de las abstracciones, predominan las relaciones inconexas de la Gran ciudad, las relaciones económicas, políticas y culturales, que no responden a las apetencias materiales, espirituales y morales del ser humano.

Sino a los requerimientos del Gran Poder Tecnológico y los intereses de las selectas minorías. Asistiendo por el predominio de la técnica a la uniformidad y la indiferencia respecto al Otro –el “sujeto”, el “yo” o, el “hombre de carne y hueso”-, incide en el olvido del lenguaje y la cultura.

Somos parte de un mundo carente de los movimientos del pensamiento y de la mirada estética de la realidad y de la existencia. Que afectan las relaciones del hombre con el mundo y los demás seres humanos. Como dijo Walter Benjamín: “El momento prehistórico del pasado ya no queda encubierto, como antes, en la tradición de la iglesia y la familia. Esto es consecuencia y condición de la técnica […]

Los mundos perceptivos se descomponen velozmente, lo que tienen de mítico aparece rápida y radicalmente, rápidamente se hace necesario erigir un mundo perceptivo por completo distinto y contrapuesto al anterior. Así es como se ve desde el punto de vista de la prehistoria actual, el ritmo acelerado de la técnica.”

  Invita a percibir y pensar las trasformaciones de la técnica y la ciencia, en su Cultura.

De ahí que el pensar futuro no se reduce a la metafísica moderna, sino de trascender la metafísica occidental, que para él no es otra cosa, que negar el sujeto, el Yo, la Ilustración y el Orden Burgués. Tanto Heidegger como Ernst Jünger creen que los principios de la revolución alemana, unifican lo mítico, lo histórico y lo político como bandera nacional anti-judía y anti-burguesa. Así, el Estado técnico y el nacionalsocialismo desean un tipo de hombre coagulado en los engranajes de la ciencia y la técnica; y el ser humano convertido en “obrero” al servicio del orden técnico. Por eso la libertad se expresa como un servidor del Estado técnico y del partido nacionalsocialista. De ahí que el totalitarismo nazi convierte el espacio público y el tejido de sus relaciones, en uno político.

Heidegger no se opone a los avances técnicos o científicos, sino a la instrumentalización de éstos. Por eso, aboga por la serenidad que desemboca en el pensar meditativo; no por uno que en sus presupuestos posibilite la transformación del mundo, la sociedad y la cultura actual.

Así que, la pregunta por la técnica es la pregunta por su esencia y, no por la concepción de los aparatos técnicos dominados por la actividad humana. Pero, tener presente que, los instrumentos técnicos portan en sí relaciones de poder, dominio, coacción y de seducción. Su pensar es “a-político” y “esencialista”.

Estamos en un proceso de pérdida de la capacidad de asombro, de imaginar y de pensar, por el predominio de la técnica en todos los asuntos humanos. Estamos entregando la libertad, la voluntad y los movimientos del pensar, al determinismo económico, político, social o militar, que responden a los dictados del Gran Poder Tecnológico.

Como la técnica incide en el Estado Moderno, las instituciones políticas, sociales y culturales. Así que, la democracia liberal del siglo XIX y XX, la relación de los dirigentes con la sociedad, las tomas de decisiones y el sentido de realidad, han cambiado. La Civilización del artificio que responde a la técnica y se concatena con un sentido nuevo y práctico de la política, se relaciona (…).

Por tanto, en el presente predomina la publicidad, Internet, las redes sociales, como el Ágora de la política moderna. Estamos asistiendo a marcha forzada a un cambio de la esfera privada y la esfera pública. Lo importante en la actualidad es que la práctica política no se reduzca a la aclamación, sino que posibilite el sentido crítico sobre la historia, la sociedad y el mundo.

    Hay que ver la práctica política, la estructura económica y social, en su Cultura.

Bueno bien, lo que le interesa a Heidegger, es tomar distancia desde su pensar meditativo-reflexivo ante la instrumentalización de la técnica y la ciencia. Se preocupa por la función, la eficacia y la eficiencia, de la ciencia y la técnica; pero, ante todo, por el sentido y su aplicación en la sociedad y la cultura. Que se expresa en el Estado técnico absoluto y el Gran Poder Tecnológico, que busca dominar el mundo y el hábitat del ser humano.

En un mundo ordenado y planificado de acuerdo a los fines y los intereses de la técnica y el Gran Poder Tecnológico, se abre la posibilidad de retornar a la verdad del ser, la esencia del hombre y al lenguaje. En otros términos, liberar las inmensas fuerzas de la historia, en las formas estéticas y los movimientos del pensamiento. Se trata de trascender los límites de la uniformidad, la homogenización y la objetivación del hombre.

Así en 1957 Heidegger dijo: “En el mutuo disponerse de hombre y ser escuchamos el llamado que define la constelación de nuestra época. El Ge-Stell es, más ser que toda la energía atómica y todas las máquinas, más que el ímpetu de la organización y la información”. Así que, “la gigantesca concentración del calculo en la técnica, la economía y la política, da testimonio del poder del pensamiento poseído por el logos de la lógica en una estructura casi limítrofe con la locura. Así, todo el ímpetu del pensar que calcula se concentra en la época moderna” - al decir de Alfredo Rocha.

La reflexión de Heidegger aboga por el pensar meditativo y, a la vez, concibe la razón calculadora como un peligro que amenaza al hombre. El peligro no está en la razón calculadora en sí, ni en la posibilidad de disponer de las cosas que pueblan el mundo, sino que niegue otras maneras de pensar y se convierta en un pensar totalizador y utilitarista, que anule la diversidad. Y expresa al respecto: “Por todas partes y de manera permanente vemos en las formas más diversas aquello que hoy en día determina la realidad del mundo. Es la técnica moderna, que ya de manera uniforme domina toda la tierra e incluso las regiones del espacio sideral”.

El pensar que calcula penetra todos los ámbitos de la vida del ser humano. Se vale de la verificación y experimentación físico-matemáticas previamente definidas, y alcanza procedimientos de validación experimental, que inciden en aplicaciones prácticas. Por eso, en el ámbito científico-técnico no cabe la pregunta por la esencia de los cosas, sino aquello que esté dominado por la lógica del cálculo y la mate-matización del mundo.

Estamos seguros que, en la época moderna, el pensar científico-técnico es incapaz de mitigar la pobreza de la condición humana. Su disolución se deshace como hongos podridos en la boca, y trae la soledad, el dolor, el sufrimiento, el odio y la muerte.

No sólo hemos perdido la fe en Dios, sino en el hombre mismo y, en particular, en aquellos que más cerca están de nosotros. Así, hemos perdido la confianza en los dirigentes, las instituciones, la política, las autoridades y la economía. En un mundo donde prevalece el pensamiento científico-técnico y el volcamiento a las masas, nos sentimos solos y desprotegidos.

 Como dijo Stevenson: no es que el hombre no crea en nada, sino que cree en todo.

Ahora existe una desilusión sobre la época y el hombre pone sus ojos en la Providencia divina, o, el Hacedor de palabras o, en el que bebe de los posos de los pensadores; por eso, los acompaña un halo de redención y eternidad. Quizás rediman al hombre contemporáneo del montón de escombros humanos y materiales, que el progreso ha dejado tras de sí.

Como dijo Walter Benjamín: “Hemos podido ver el progreso de las ciencias naturales, biológicas y químicas, pero no, el retroceso de la sociedad”. En el mundo del poder de la materia, el dinero y la política; comprensible que los hombres sean pobres de espíritu. Que no se hallen a la altura del Tiempo y sus juicios y, del poder que fluye a ellos.

En la filosofía de Heidegger hay algo así como un retirarse del ser (el ser no es una cosa ni un objeto, sino el horizonte que hace posible que las cosas existan y tengan sentido para nosotros). Ese ocultarse es un acontecimiento en el que se articula el propio destino del ser con el pensamiento del hombre. Esa relación unitiva entre el ser y el pensamiento, va de la mano con un pensar desviado hacia las cosas o, ahora, a las existencias.

Somos parte de un tiempo de indigencia del pensar; una penuria que imposibilita que se piense al ser y la esencia del hombre. Aunque vivamos inmersos en la noche más oscura, siempre aparece la apertura donde se devela un resquicio de luz. Donde el claro posibilita que devenga la verdad del ser, la esencia del hombre y el lenguaje en el pensar.

Se trata de tener presente que, Heidegger responde la pregunta por el humanismo desde el lenguaje. El lenguaje es el órganon de su reflexión filosófica. Por eso expresa: “El lenguaje es la casa del ser”. Así, lo humano del hombre es el Habla. La cualidad que define al hombre es el leguaje. No es la razón como dice Aristóteles, un animale rational (animal racional); como el único ente dotado de razón y eso lo distingue del animal irracional.

Ambas cualidades desembocan en el logos. El pensamiento de Heidegger parte del logos pre-socrático y rompe con la concepción tradicional del lenguaje; como instrumento, medio de comunicación. Piensa que el lenguaje no es un mero objeto, un instrumento, y lo que busca es sacar al hombre de la objetivación del lenguaje.

Heidegger hace un punto de inflexión desde el logos pre-socrático hasta la lengua alemana donde trata de llevar a cabo un acercamiento al ser. Su visión consiste en que el logos muestre caminos alternativos para guiar y poder dejar ver, caminos diferentes al de la metafísica lingüística tradicional. Se trata de estar a la escucha de la revelación del ser. Por eso, lo que al pensar filosófico le interesa no es la respuesta, sino la pregunta. Se interesa por el hacer del griego antiguo, en la pregunta misma sin dejar que muestre lo interrogado.

Así, lo importante del pensar de Heidegger está en el qué y el cómo del logos, como algo que acontece y no sólo “está”. En la medida que el logoi acontece se muestra y se escucha el devenir del ser. De ahí que el decir mostrativo deviene de las manifestaciones más profundas del ser, sin quedarse en la simple presencia del ente.

El logos muestra cómo se manifiesta el ser y dicha manifestación dice lo que él es. Heidegger en Carta sobre el <<Humanismo>>, se dirige al lenguaje para mostrar la relación entre pensar y ser. Esa relación la percibe desde las estructuras ontológicas del mundo de la vida, estructuras abstractas que desembocan en el ser; y que se apartan de los procesos contingentes y concretos de la sociedad y la historia.

Una de las críticas que hacen a Heidegger consiste en que, su filosofía es esencialista y anti-cartesiana; esto es, da prioridad al es y no al estar. Un lugar donde los procesos históricos de la realidad, la vida y el mundo, pasan a segundo plano.

A principios de la Carta, expresa, estamos lejos de pensar la esencia del actuar de modo suficientemente decisivo. Sólo se conoce el actuar como la producción de un efecto, cuya realidad se estima en función de su utilidad. Pero la esencia del actuar es el llevar a cabo. Que significa desplegar algo en la plenitud de su esencia, guiarlo hacia ella. Sólo se puede llevar a cabo lo que ya es. Lo que ante todo “es” es el ser.

En Heidegger la utilidad del actuar se suscribe en la esfera de la causa y el efecto, no en su esencia ya que ésta se ubica en lo que es y, este no es otro, que el ser. Aquí observamos ya desde el principio el interés que tiene Heidegger, por el ser y, no por la ubicación del ser en el mundo y la historia; esto mismo sucede con el lenguaje. Al mismo tiempo se aparta de la posición universalista y del sujeto, del Yo, en la historia. No le interesa el hombre singular, sino el “tipo”, que expresa la raza de un territorio. En otros términos, le incumbe lo que se puede llevar a cabo y este, no es otro que el ser. Por eso, el “es” es el ser.

Así pues, en el problema del ser tanto como en el de la libertad abordado por Heidegger en el ensayo El estudiante alemán como trabajador, cuyo concepto de libertad se fundamenta en la adhesión sin fisuras al bloque. Según Martín Heidegger y Ernst Jünger en el texto El Trabajador, la libertad es el trabajo.

Jünger muestra, además, que el ascenso del nacionalsocialismo significa la única verdadera revolución alemana contra el mundo burgués y su cultura (un mundo que según él también incluye al socialismo marxista y al movimiento obrero), revolución que reemplazará la burguesa por una nueva forma de vida, la del “obrero” que blande el poder perfecto sobre el mundo perfectamente técnico, cuya libertad es el servicio espontaneo en el orden técnico, cuya actitud es la del soldado, y cuya racionalidad, la de la tecnología totalitaria.

El libro El Trabajador de Jünger, es el prototipo de la unión nacionalista entre la mitología y la tecnología, donde “sangre y suelo” emergen como una empresa gigante, mecanizada y racional, que moldea la vida de los hombres hasta tal grado que los hace ser con precisión automática la operación correcta en el momento y el lugar correctos, un mundo de sentido práctico bruto, sin espacio ni tiempo para “ideales”.

Pero este mundo tecnológico surge y se alimenta de una fuente supra- tecnológica que Jünger señala evocando los rasgos “anti-burgueses” del carácter alemán.

Así, pues, la libertad del trabajo será la concepción aria de la libertad y de la cultura; una concepción nada moderna, ni ilustrada, ni democrática o liberal porque para nada cuenta el sujeto o el individuo o el Yo, sino la comunidad de pertenencia; un concepto de la cultura alemana racista, y en permanente lucha por la existencia de la raza contra la modernidad. Que identifican con los judíos, la ciencia y la técnica política al servicio del egoísmo, la individualidad internacionalizado.

Que sólo busca en su expansión –ora liberal, ya marxista- la desaparición del ser. Como escribió Adolf Hitler, de la “circunscripción territorial determinada de un Estado (que) supone una concepción idealista de la raza que lo constituye y, ante todo, tener una noción cabal del concepto trabajo – al decir de Julio Quesada.

En este orden, la concepción “del pueblo del trabajo” nazi coincide, en sus lineamientos geopolíticos más importantes, con “el pueblo metafísico”, “el pueblo espiritual”, en fin, “el pueblo histórico” de Heidegger. Como expresa Quesada: “Ahora podemos ver lo inconmensurable de la lucha por el ser, que tiene que ver con la lucha de las especies, la “autoafirmación” del pueblo alemán frente a los Derechos Universales del hombre.

Según Heidegger debemos tener presente que el pensar lleva acabo la relación del ser con la esencia del hombre. No hace ni produce esta relación. El pensar se limita ofrecerse al ser como aquello que a él mismo le ha sido dado por el ser. Este ofrecer consiste en que en el pensar el ser llega al lenguaje.

El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada. Su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la medida en que, mediante su decir, ellos lo llevan al lenguaje y allí lo custodian.

Así que, el ser se manifiesta en el lenguaje, y los pensadores o poetas en la palabra o el decir, portan las llaves que abren y custodian la morada del ser: el lenguaje. Son importantes no sólo como guardianes, sino que, en la palabra del poeta y las reflexiones del pensador, se relaciona también el ser, el mundo y el hombre. Un tríptico que posibilita desvelar la magia del ser y del existir.

Así que, todo lo que el hombre “es”, está contenido en el ser y el lenguaje. Porque el pensar sólo relaciona al ser y la esencia del hombre. Ahora bien, el pensar es importante, pero sólo como enlace entre el ser, la esencia del hombre y el lenguaje. El pensar por sí sólo es algo sin contenido, que se repite así mismo en el devenir del tiempo. Sólo establece puntos de inflexión en la historia, si se refiere al ser, la esencia del hombre y el lenguaje.

Podemos observar que, el pensar en Heidegger, se desconecta de la realidad histórica y, las condiciones socio-políticas donde emerge. Entendido de esa manera, el pensamiento y el lenguaje, obtienen realidad en las configuraciones del ser en la historia.

En la actualidad el pensar está siendo sustituido por las imágenes; éstas son más fuertes que las palabras. Asistimos a un nuevo analfabetismo en que las tertulias, la política, las finanzas, la publicidad, el consumo, reemplazan al ser, o, a los movimientos del pensamiento. Heidegger propone que hay que volver al ser para poder entender la humanitas que ha quedado perdida en la historia de la metafísica.

Por eso, en Heidegger se da una Ontología fundamental, porque vuelve a su fundamento: el ser. Además, trata de sacarlo del olvido en que ha caído y mostrar que el ser está en el abismo. Se trata de trascender la metafísica occidental, que para Heidegger no es otra cosa, que negar al sujeto, al Yo, la Ilustración y el Orden Burgués. Tanto él como Jünger creen que los principios de la revolución alemana, funden lo mitico-politico como bandera nacional anti-judía y anti-burguesa.

Así, el Estado técnico absoluto y el nacionalsocialismo desean un tipo de hombre disuelto en los engranajes de la ciencia y la técnica; y el hombre convertido en “obrero” al servicio del orden técnico. Por eso, la libertad se expresa como un servidor del Estado técnico absoluto y del partido nacionalsocialista. De ahí que el totalitarismo nazi convierte el espacio público y el tejido de sus relaciones, en uno político.

El camino de Heidegger es liberarse de las corrientes de pensamientos –los itmos- de la historia de la cultura occidental y captar el ser como claro y verdad. No se trata de captar el ente y sus manifestaciones en lo actual (lo que está enfrente, presente), sino el ser que se oculta en las manifestaciones aparentes del ente.

A Heidegger le inquieta el olvido del ser; por eso, habla de “destrucción” y dice: “Destrucción no significa aniquilar sino desmontar, desarticular y desplazar”. Significa despejar el camino de los escombros que la metafísica ha dejado tras de sí. Mover los obstáculos de las teorías, la lógica, las técnicas y la cultura como mercancía. “Destruir quiere decir abrir los oídos, dejarlos libres para lo que se nos asigna en la tradición como el ser del ente. En la medida que escuchamos esta asignación, logramos la correspondencia”.

Adviene la relación entre cielo y tierra, mortales e inmortales. Se trata de hacer una “nueva” lectura e interpretación de la historia de la cultura occidental y, encontrar nuevas alternativas a lo tradicional, lo cercano, mostrando su desarrollo desde y en el lenguaje.

Asimismo, Heidegger critica el habla, el lenguaje o, el idioma, como instrumento y objeto. Por que en la historia de la cultura occidental se ha instaurado al ser como mero ente y habla (sprache); como instrumento que se adhiere al hombre, no como algo esencial a él. El olvido del ser conduce al lenguaje a su funcionalidad, es decir, estar al servicio del hombre.

El propósito de Heidegger es rescatar su esencia y liberarlo de su objetivación. Se trata entonces de rescatar la expresión genuina del lenguaje y de las palabras, que ellos dejen de ser recipientes para empacar las cosas y ser intercambiadas por vía oral o escrita. Tener presente que en el lenguaje se van haciendo las cosas; y su uso tergiversado lo reduce a palabras huecas y meras habladurías, que hace que pierda su verdadera relación con las cosas. Así, el lenguaje en la proximidad, que es, lejanía, restaura la correspondencia de la cuadratura del mundo: cielo y tierra, hombres y dioses.

En la época actual donde prevalece la Cultura de lo efímero, la vida, el lenguaje y el pensar, pierden peso, el sentido que les corresponde. El hombre se aferra al fanatismo religioso, a la estridencia ideológica o, a la economía, o, a la tecnología, porque no tiene respuesta a los interrogantes esenciales de la existencia. En este orden, el hombre en la actualidad abandonó al ser en el juego de relaciones de la cuadratura del mundo. No existe correlación entre el hombre y el ser, el envío del ser al hombre.

De ahí que uno de los lugares fundamentales de la ausencia de lenguaje es la angustia, en el sentido de ese espanto al que destina al hombre el abismo de la nada. La nada, como lo otro de lo ente, es el velo del ser. Heidegger recuerda que, en el ser ya se ha consumado en el inicio todo destino de lo ente.

Porque el ser está más cerca al hombre que todo ente, ya sea una casa, una roca, una calle, “pero la proximidad es lo que más lejos que le queda al hombre. El hombre se atiene siempre en primer lugar y solamente a lo ente”. Además, el hombre tiene como tarea hacer salir lo oculto de lo ente; y, en la medida del hacer, se revela la verdad del ser.

Así que, “cuando el pensar representa a lo ente como ente, a lo que se refiere es al ser”. El hombre ofrece al ser la revelación de lo ente y, en cuanto lo lleva a cabo, “la pregunta por el ser” sigue siendo siempre la pregunta por lo ente. Por tanto, todo lo que sale desde lo ente y todo retorno a él se encuentra ya en la luz del ser. De ahí que abarque todo lo ente; el hombre tiene la tarea de hacer salir de lo oculto de lo ente a la luz del ser.

“Pero el claro mismo es el ser. Es lo único que dentro del destino del ser de la metafísica permite tener un horizonte […] De tal manera que el hombre mismo sólo puede tocar el ser”. Desde ese horizonte atrae hacía sí el claro que posibilita el advenimiento del ser, montado en la cabalgadura del lenguaje y los movimientos del pensar. Lo que le importa a Heidegger es, la esencialidad del ser y del lenguaje, no el ser en la historia, ni lo ente en la actualidad, sea un sistema político, un gobierno, una piedra, un hombre de carne y hueso. En él prevalece la esencialidad del ser y del lenguaje sobre el hombre histórico.

Por eso, el pensar sólo actúa en la medida en que piensa. Este pensar es el más simple, pero también el más elevado porque atañe a la relación del ser con el hombre. Pero todo obrar reside en el ser y se orienta a lo ente. Por el contrario, el pensar se deja reclamar por el ser para decir la verdad del ser. La acción del pensar se suscribe al decir del ser y en la medida que lo hace, atañe a la correlación ser y hombre. Esa relación se confirma en el decir, la reflexión del pensador y la palabra del poeta. Y su canon es el lenguaje.

La inmovilidad del pensamiento en el presente-ahora concierne a que se ha ubicado en algo exterior a él: la técnica, las imágenes, el conocimiento, la voluntad, la economía del poder, la IA, etc. El pensar ya no revela la verdad del ser y la esencia del hombre. Porque el lenguaje se situó en su parte material y el logos “clásico”, ambiguo, contradictorio, infinito, multifocal, da paso a los lenguajes digitales. Ocultan el advenimiento de la verdad del ser y la esencia del hombre y las humanidades históricas, que se perciben en el lenguaje.

En la época actual avistamos los espejismos del lenguaje del artificio, no la esencia de la técnica que oculta tras de sí. El pensar futuro tiene que desenmascarar lo que oculta la inmovilidad del pensamiento y las relaciones de fuerzas del Gran Poder Tecnológico. Así el pensar actuará sobre los movimientos de lo que piensa y desvelará la verdad del ser y la esencia del hombre.

Heidegger trata de superar la interpretación que ha dado la metafísica desde la antigüedad, la relación sujeto y objeto y la interpretación del lenguaje en la forma de la lógica y la gramática occidentales. Por eso, vuelve a un logos pre-socrático, a un logos mostrativo. Reflexiona acerca del lenguaje que exige adentrarse en su hablar para establecer nuestra morada en él. Rompe con la concepción tradicional de la cultura, que el lenguaje se perciba como instrumento, medio de comunicación.

Preguntamos, ¿de qué se vale Heidegger para sacarnos de la objetivación del lenguaje tradicional? En La Carta, trata de liberarlo de la gramática, la lingüística, la filología, y volver a las fuentes del logos pre-socrático, no con el fin de dar respuesta a todo, sino que el logos ha de buscar senderos para poder dejar ver o, escuchar, la apertura del ser. Este camino es el preguntar, mientras el fin de la metafísica es el responder.

Así, el logos pre-socrático se basa en la pregunta que deja ver lo interrogado para que se devele el ser; y así ganar un “orden” más originario reservado al pensar y el poetizar. Además, tener presente que la historia del ser sostiene y determina toda condición y situación humana. O, en otros términos, los procesos ónticos, contingentes de la historia y la realidad; se definen en las estructuras abstractas de la vida que están bajo el destino del ser. No es el devenir de la historia lo que determina al ser o al ente, sino todo lo contrario. 

Pues bien, no se puede, según Heidegger, pensar la historia del ser humano (del homo sapiens), fuera del ser. Así que, la revolución cognitiva, el lenguaje y la cultura desde hace 20.000 años, Heidegger los percibe en las esferas del ser. Adquieren figura y sentido, en la historia del ser. Para que experimentemos la esencia del pensar, tenemos que liberarnos de la interpretación técnica del pensar. Liberar al pensar de las ataduras que vienen desde Platón y Aristóteles, porque vale como una técnica, como el procedimiento de la reflexión al servicio del hacer y fabricar.

El pensar en la actualidad se subordina al hacer y fabricar técnico. Por eso, en esta época que aúna el capitalismo global de rendimiento y la técnica, al servicio de la tecnocracia y el dinero bancario, la sociedad de masas y la cultura de masas, al consumo, el pensamiento se encuentra en crisis.

Es necesario restaurar la importancia del pensar, en la historia de la cultura y la civilización occidental moderna. Porque estamos en una época de demagogos y farsantes del saber y el hacer. Pero, ante todo, en el ámbito de la práctica política.

   Somos de una época de hechos significativos y actores insignificantes.

miércoles, 7 de octubre de 2026

 

 

 

                                           Políticas sobre el cuerpo

                                      Madrid-España a 07/10/2026

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

Es algo que pasa desapercibido en la actualidad que, el cuerpo se está sustituyendo por abstracciones, las funciones, las divisiones del trabajo, el número, el objeto, las secuencias algorítmicas, la automatización; y se convierte en existencia. Aquí predomina la segunda consciencia: la objetivación y la numerificación de la vida –al decir de Ernst Jünger.

En este orden el cuerpo puede ser sustituido y utilizado en el combate, el deporte, el trabajo, la moda, la publicidad, el lujo, que contribuyen a situarlo fuera de la totalidad, de lo absoluto y, por eso, hay un intenso sentimiento de desdicha. Porque el cuerpo se convierte en objeto de poder y de saber, el lugar donde las relaciones de poder se expresan con mayor intensidad y crueldad. Los campos de batalla, la tortura, el dolor, el sufrimiento y la muerte sobre el cuerpo, lo confirma en la actualidad.

El cuerpo se hace volar por los aires como una costra seca o, se agujerea con balas o puñales, de esto no se escapa ni el sacerdote, ni el pensador o el poeta. El cuerpo porta en sí las señales del combate, también lo vulnerable y frágil que es la vida humana.

Ese cuerpo que se creía invulnerable que carga dentro de sí el cerebro, el alma y el espíritu; la técnica lo convirtió en depósito de existencias. En la segunda consciencia es inmune al dolor, al sufrimiento, la disciplina. También vive un proceso de aceración.

Además, en esta civilización técnica, de sociedad de masas y de cultura de masas, donde prevalece el Capitalismo de Rendimiento Global (la mirada mercantil, la eficacia y la eficiencia sobre las verdaderas necesidades humanas, materiales, espirituales o morales), se sustituyen por el rendimiento, el consumo y el placer.

En un ámbito como este, el ser humano es vigilado, disciplinado, normalizado, coaccionado o excluido, por el Gran Poder.

Somos parte de una época en que la técnica ha llegado hasta los átomos del cerebro y no existe un lugar de la vida humana, que no exprese las formas y funciones del Gran Hermano de Orwell. También la de Un mundo feliz de Aldous Huxley, que representan a los seres humanos (sus cuerpos, sus almas, sus espíritus y sus mentes) controlados, dominados, coaccionados, vigilados, sin hacerles daño.

Se está creando un mundo en que el Estado tecnológico absoluto distribuye la seducción y el placer para que los seres humanos se sientan feliz: el alcohol, la droga, el sexo, la pornografía, el deporte, el consumo, el ocio vacío de contenidos espirituales, históricos o morales, etc. Donde la publicidad, los medios de comunicación social, las Plataformas Digitales, las redes sociales, las imágenes pictóricas en movimiento, la Inteligencia Artificial, cumplen una función aséptica y fundamental en el ejercicio del poder.

Queda atrás lo que dijo Jünger en La Emboscadura, con respecto a la salud, “el arquetipo que cada uno lleva dentro de sí es su cuerpo, ese cuerpo que es invulnerable y que ha sido creado allende el tiempo y sus mudanzas, ese cuerpo que irradia en su manifestación corpórea humana y también interviene en la curación. En todas las curaciones intervienen fuerzas creadoras”.

Por tanto, lo que se percibe en la actualidad es, que, el cuerpo se aleja cada vez más de su espiritualidad, se objetiva o, se convierte en número, o cosa.

Vemos que la estadística, el algoritmo, el número, se sobreponen al análisis, la reflexión, la crítica del pensamiento, a la imaginación y a la capacidad de asombro. Esta transformación está llevando a un quebrantamiento de los valores de la cultura y la civilización occidental. Que olvidamos por el predominio del automatismo, el maquinismo y la velocidad, que aún hoy la curación brota de lo numinoso. En el presente el hombre debe dejarse iluminar por lo numinoso y sagrado, al menos en sus presentimientos.    

Así podrá acceder al reino de las Musas o, de los Dioses y, posibilitar lo estético y divino que le dan sentido a la existencia individual. Porque la Cultura del artificio está volviendo a los seres humanos cada vez más predecibles, torpes e ignorantes Y, esto es muy grave para la coherencia del tejido del Ser y el existir.

Además, el hombre dispensa la salud y la curación del cuerpo, del alma y del espíritu, que sustrae de los dispensadores ocultos dentro de sí. Cuando se pierden las corrientes que emanan de las profundidades del espíritu, el cuerpo enferma y se convierte en sequedades de verano. Por eso la fuente de agua viva está siempre ahí, esperando la llamada para brotar a la superficie y dar de beber al sediento.

Opínese lo que se opine del mundo, lo mejor y lo peor del ser humano, reposa en el interior de todos y cada uno de nosotros. No hay que buscarlos en los instrumentos técnicos, la ciencia, el poder, las riquezas, las bellas materias, sino dentro de sí. Ahora, ¿dónde está la fortaleza del hombre en el mundo tecnificado? Quién renuncia a las ayudas exteriores y hace de ellas sólo una extensión de las fuerzas que residen en su interior. Esa es la fortaleza del emboscado o el autor de su propia vida; el hombre libre que determina el destino sobre la Tierra.

Sólo el hombre libre deja su impronta en la historia que sirve como antorcha para que los demás se guíen por los caminos oscuros y escabrosos de la vida.

 La intromisión del Estado en la vida del ser humano, es, cada vez mayor con pretextos de seguridad, de salud pública o del bienestar social. En estos casos es algo que resulta sospechoso y, por eso hay que manejarlo con cautela. Porque estamos entregando la libertad, la intimidad, la sentimentalidad, la privacidad, lo que pensamos, en nombre de la seguridad y la salud. En momentos como estos se recomienda la desconfianza, en tiempos aciagos nos convertimos en objetos del poder.

Así que, en nombre de un “fichero” o, una “nube”, podemos ser vigilados, controlados, encarcelados o liquidados. De esto se nutren los demagogos, los populistas, los nacionalistas, los autoritarios, los neo-fascistas, para ganarse el favor de las masas.  Además, todo se está volviendo estadístico. Esto es sumamente grave en un Estado democrático Social de Derecho. Porque una sociedad cuando los demagogos y charlatanes determinan la vida privada o pública, respiramos el aire fétido de las cloacas del poder y las relaciones sociales se degradan en el Sistema o la Estructura.

Por eso no hay que olvidar que, la sustancia humana permanece y sólo hay que invocarla para que el hombre desgarre las ataduras de lo funcional, lo siempre-igual; y como un presente divino con bondad, con misericordia, con fraternidad, con amor, con libertad, con coraje pueda asumir una responsabilidad diferente. “Vivimos gracias a ése elevarnos por encima de las funciones” –dijo Ernst Jünger.

Recordemos que, en el Estado total o autoritario, el ser humano es capaz de tratar el cuerpo como objeto. Todas las medidas abocan no a escapar del dolor o, del sufrimiento sino a resistirlo. Tanto en el mundo heroico como en el cultual encontramos una relación con ellos del todo distinta a la del sentimiento.

Mientras que en este último lo que importa es, expulsar el dolor y excluirlo de la vida, de lo que se trata en el mundo heroico y en el cultual es de incluirlo en la vida y de disponer ésta de tal manera que en todo tiempo se halle pertrechada para el encuentro con el dolor.

 En el mundo heroico o cultual, del técnico o del colectivo técnico, del Titán o del colectivo titánico, la vida va al encuentro del dolor, del sufrimiento, de la violencia o la muerte. Así que, la vida y el cuerpo se objetivan en nombre del Estado absoluto, de Alá o del Líder, del Presidente del Gobierno o del Presidente de la Republica, que coagulan la diversidad de la nación.

Podemos ver que la lealtad se jura en nombre de ellos, hasta el momento de entregar la vida en sacrificio. En el Estado fascista o autoritario, la vida se enajena en nombre del Jefe, del Presidente de la nación, del partido, la lengua, la cultura o la ideología. Entonces, la vida individual no tiene valor ante el poder absoluto del Estado, la ideología o, el partido. En el Estado fascista o autoritario, todo se politiza.

El Estado fascista o autoritario incita al ser humano a permanecer en contacto con el dolor, el sufrimiento y la muerte. Esto significa la disciplina, tanto la ascética del sacerdote, dirigida a la mortificación, como la heroica del guerrero, dirigida a lograr un endurecimiento como el acero, una “aceración”. Ahora bien, ¿cuál es el rango de los valores existentes? El máximo es tratar al cuerpo como un objeto.

Aquí en este orden no cabe la esfera de la sentimentalidad, de la subjetividad, de los Derechos Humanos, tampoco la libertad, la justicia social, el pensamiento o la palabra; lo que importa es la objetivación, la estadística o, el poder. Entonces, ¿qué respuesta tenemos para este mundo in-humano, violento y materialista, donde prevalece la “aceración”?

Michel Foucault pensaba que, “siempre en las relaciones de poder, se encuentra uno ante fenómenos complejos que no obedecen a la forma hegeliana de dialéctica. El dominio, la conciencia de su cuerpo no han podido ser adquiridos más que por el efecto de la ocupación del cuerpo por el poder: la gimnasia, los ejercicios, el desarrollo muscular, la desnudez, la exaltación del cuerpo bello... todo está en la línea que conduce al deseo del propio cuerpo mediante un trabajo insistente, obstinado, meticuloso que el poder ha ejercido sobre el cuerpo de los niños, de los soldados, sobre el cuerpo sano.

Pero desde el momento en que el poder ha producido este efecto, en la línea misma de sus conquistas, emerge inevitablemente la reivindicación del cuerpo contra el poder, la salud contra la economía, el placer contra las normas morales de la sexualidad, del matrimonio, del pudor. Y de golpe, aquello que hacía al poder fuerte se convierte en aquello por lo que es atacado.

El poder se ha introducido en el cuerpo, se encuentra expuesto en el cuerpo mismo. Recordemos el pánico de las instituciones del cuerpo social (médicos, hombres políticos) con la idea de la unión libre o del aborto. De hecho, la impresión de que el poder se tambalea es falsa porque puede operar un repliegue, desplazarse a otra parte …, y la batalla continua.”

Y, concreta Foucault su reflexión al decir: “Es preciso en principio descartar una tesis muy extendida según la cual el poder en nuestras sociedades burguesas y capitalistas habría negado la realidad del cuerpo en provecho del alma, de la conciencia, de la idealidad. En efecto, nada es más material, más físico, más corporal que el ejercicio del poder. Y, se pregunta, ¿cuál es el tipo de inversión sobre el cuerpo que es preciso y suficiente para el funcionamiento de una sociedad capitalista como la nuestra?

Desde otra perspectiva, el “nacionalismo cultural”, en su dimensión humanista protectora o, defensiva de lo “Otro”, es algo peligroso visto desde el umbral ideológico, racial o político; ya que incrementa la discriminación, el racismo, hacia lo diferente. Desde un punto de vista histórico-colonial, el humanismo se percibe desde muchos puntos de vista, “uno cómplice de genocidios y crímenes, el otro, heraldo de enormes esperanzas y deseos de libertad” –al decir de Rosi Braidotti.                           

El mundo y las sociedades donde vivimos ha creado hombres pusilánimes, sin arrojo para enfrentar las adversidades de la vida, del cuerpo y la muerte, y por ser pequeño y bajo de ideales delega la libertad a una espalda mayor: El Estado técnico absoluto, las instituciones, la iglesia, la religión, la técnica, las opiniones rápidas y simultaneas de los medios de información, las redes sociales, Internet, la IA, las costumbres, el ethos (el carácter), las instituciones que prestan servicios sociales.

Y, esto es sumamente grave en el manejo de la libertad, de la libertad responsable. Que posibilita el pensamiento, la capacidad de asombro, de análisis, de crítica, de juicio, la experiencia y la comunidad; eso que Hannah Arendt llamó pluralidad.

En esta alta civilización técnica, de sociedades de masas y cultura de masas, el cuerpo no está aislado de las formas, los medios y los mecanismos concretos del ejercicio del poder. En un mundo como el nuestro el cuerpo es interrogado, atravesado, circundado, donde el espacio de la publicidad lo convierte en objeto de deseo, de consumo y de control. Por eso, no es ajeno a los mecanismos de poder del Capitalismo de Rendimiento Global.

Por lo acaecido en los últimos espacios de tiempo, estamos en un epílogo pronunciado de la época que vivimos. Por eso es necesaria una metáfora de la esperanza. Un nuevo despertar de un largo sueño donde se recupere el anhelo del asombro, de la imaginación y de la creación.

Ese nuevo despertar traerá para la Humanidad un nuevo vínculo entre palabra y mundo. Una nueva relación entre sentido y ser.