jueves, 1 de octubre de 2026

 

 

 

                   La magia del lenguaje en la naturaleza humana

                                Madrid-España a 01/10/2026

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

Si la naturaleza del hombre es radicalmente lingüística. También su origen histórico es la lengua, los movimientos del pensamiento, la imaginación y la sensibilidad. De ahí que el ser humano se desarrolla y desemboca en el lenguaje. La subjetividad, entonces, está determinada por el lenguaje; en y por él desvela la naturaleza que la constituye. En el proceso de desarrollo de la personalidad y la conciencia individual, su telos es el leguaje y las reflexiones del pensamiento. Se correlacionan, se implican y se necesitan mutuamente. El lenguaje posibilita la analogía universal del mundo y la realidad, del hombre y el universo. Así pues, “el hombre es una creación del lenguaje” –dice George Steiner.

La humanidad del hombre, la identidad que puede formularse a sí mismo y a los demás es función del lenguaje. Además, el concepto de naturaleza humana, es esencialmente lingüístico. Nos preguntamos, ¿qué permite diferenciar al hombre de cualquier ser vivo? Su condición lingüística; la palabra diría Walter Benjamín. El ser humano comunica contenidos espirituales y la lengua es espíritu vivo. Humboldt dijo: la lengua es energía viva en permanente transformación. Es en el ámbito del lenguaje donde el hombre alcanza la identidad y también su diferencia; la mismidad en la Otredad. Así pues, el espíritu lingüístico impregna todo lo existente de “significados” y “sentidos”.

Ningún concepto de la naturaleza del hombre, escapa a la realidad del lenguaje. Este trata de asir con palabras los significados, llenando la vida de música y colores. La lengua es una sinfonía de colores, de tonalidades, de ritmos, de cadencias, de metáforas, donde el hombre trata de llegar a “ser” lo que “es”. “La lengua parece ser –dice Noam Chomsky-, un fenómeno único, sin ningún analogon significativo en el mundo animal”. En los pliegues de esta alta civilización técnica y de comunicaciones artificiales, de masas y cultura de masas, ahondar la dimensión lingüística primaria se convierte en “imperativo”. La lengua es memoria, y ésta la manera de mirar o recordar.

Por eso posibilita, entre otros, alcanzar la categoría de persona. Tener consciencia que las categorías de espacio y tiempo, realidad y mundo, palabra y realidad, son un acto radicalmente lingüístico. El hombre, entonces, en lo profundo de su naturaleza, es lenguaje. “La capacidad del hombre para prever el futuro –de por sí un escándalo metafísico y lógico–, su habilidad para soñar el porvenir y la necesidad de hacerlo – escribe Steiner -, su capacidad de esperar, hacen de él una criatura única. Esa capacidad es inseparable de la gramática, del poder convencional del lenguaje para existir con anterioridad a aquello que designa. Nuestro sentido del pasado, no como reflejo condicionado o innato sino como selección modulada de recuerdos, es también radicalmente lingüístico. La historia en su sentido humano, es una red de lenguaje arrojada hacia atrás”.

De ahí que los mecanismos de identificación y diferenciación que el hombre lleva a cabo, se fundamentan en la naturaleza lingüística del ser humano, como también el tiempo y la pluralidad de las personas. Los procedimientos extraordinariamente complejos de reconocimiento y delimitación –dice Steiner– que permiten decir Soy yo y experimentar el propio ser, y de modo concomitante impiden sentirse otro a no ser por un acto de proyección imaginativa, una ficción proyectiva de semejanza, pertenecen al ámbito del lenguaje.

 Sí el hombre traslada el acto lingüístico de reconocimiento de sí mismo o del Otro, a algo exterior a él –cosa, poder, moda, imagen, dinero, lujo, personas, modelos lingüístico artificiales, etc.– La esencia de la naturaleza humana se extraña a sí misma. Entonces, el hombre no se reconoce ni se proyecta como tal, en la naturaleza espiritual de su propia subjetividad, la lengua. El “Yo” concreto se fragmenta, el espejo del lenguaje se vuelve opaco y oscuro. Nube y densa bruma en torno a él cuando el lenguaje se enajena a sí mismo. Esta enajenación F. G. W. Hegel, la analizó en la dialéctica del amo y del esclavo. K. Marx, en la relación dialéctica de trabajo y capital. Así pues, por la condición lingüística alcanza el ser humano la coherencia del “Yo”, el sentido de pertenencia y trascendencia.

Observa Steiner: “El reconocimiento de la identidad diferenciada de la otredad es un logro difícil y extremadamente importante”. Como seres lingüísticos sabemos que solo se logra en el lenguaje. Por tanto, la relación entre lengua y ser humano permite la identidad del hombre. Se establece entre ellos un juego de espejos, juegos de ecos, que posibilitan alcanzar la identidad y el sentido de pertenencia en los contenidos espirituales del lenguaje. Por tanto, la angustia que produce perder la memoria, se entrelaza con la pérdida de la identidad. Desde una perspectiva filosófica, la certeza de ser, la alcanza el hombre en el ámbito del lenguaje. Por eso, la ontología del ser, es radicalmente lingüística. Nos enseña que la sed de ser se sacia en las corrientes del lenguaje.

Entonces, el problema del reconocimiento como problema lingüístico, se convierte enteramente en filosófico. Y, uno de los problemas del ser humano en la actualidad, es su reconocimiento, la identidad que le corresponde y el respeto de su dignidad. De ahí que los derechos y garantías que ofrece el Estado, por ejemplo, se convierten en problema de la filosofía política, esto es, de análisis, crítica y discernimiento. La filosofía entonces se vale del lenguaje y el pensamiento para dar sentido y realidad al concepto de identidad. También del ser, el mundo y su realidad. Así la filosofía no puede ser ajena a los avatares y los verdaderos requerimientos de la condición humana. Existen analogías, correlaciones, entre la gramática de la cognición verbal, el pensar y el reconocimiento del ser, en el mundo. Ya que es en el lenguaje donde el ser humano se reconoce a sí mismo. Sí deja de ser luz a la existencia, la nube densa en torno a él, lo disipa y lo oscurece.

En esta alta civilización abstracta no podemos olvidar que el lenguaje es la matriz del ser, más no su imagen refleja. Es en la fuente natural del espíritu lingüístico, donde el hombre trasciende las contradicciones y la pluralidad exterior a su mismidad. De ahí que la palabra reconocer o identidad tengan su denotación mítica. La mitología “clásica” lo confirma en el mito de Narciso. Es la máscara que representa –dice Steiner- el símbolo del mundo invertido. Su gran tema parece haber sido el ansia; Narciso vio su imagen más no se reconoció, Narciso fracasó ante la más difícil de las tareas, buscó en vano su “yo” en su imagen reflejada. De ahí que el verbo conocer tenga un doble sentido: uno se entronca en la aventura erótica, y el otro, en la aventura espiritual. En la cultura occidental se encarna en dos personajes: Narciso y Fausto. Aunque la literatura fantástica de cuenta de muchos otros.

Desde otra perspectiva, hay que reconocer que, en el mundo contemporáneo, la revolución en las comunicaciones abre un espectro de lenguas, que estaban subsumidas o, no eran reconocidas por los grandes sistemas de pensamiento. Pero a la vez, se da el fenómeno inverso, los Estados desarrollados cierran sus fronteras y sus instituciones, y no reconocen algunas veces la riqueza de la diversidad de las lenguas y las culturas universalistas; aún la pluralidad en la unidad de la Nación. La riqueza de la constante afirmación del “yo”, cuando proyectamos sobre los demás nuestra silueta. Además, la manifestación del ser y la respuesta del no ser, es de estructura dialéctica y de naturaleza lingüística.

Sí las sociedades se cierran al inmigrante, lo diferente o plural de las lenguas o razas, se niega que “el habla constituye el movimiento de sístole y diástole del ser; donde se establece y se conserva la experiencia del ser mediante una corriente de habla interiorizada”, cuando se comunica con el Otro. “No nos hablamos a nosotros mismos –dice Steiner–; hablamos a lo que está dentro de nosotros” y, en esa medida, hablamos con el Otro, que es un nosotros. Ahora bien, sí no alimentamos nuestra consciencia, la sensibilidad y los recursos de la imaginación en los otros, se nubla el espejo en que nos miramos y reconocemos. Si no reconocemos la otredad en nosotros, estamos destinados por fuerzas oscuras, a dar tumbos y girar alrededor de nuestras propias limitaciones y contradicciones.

“De modo que reconocemos la existencia del otro y nuestra propia existencia mediante un intercambio lingüístico”.

En el ámbito político, social, religioso, moral o cultural, son principios válidos para la correlación entre el hombre y la sociedad. De ahí que “todo diálogo es un reconocimiento mutuo y una redefinición estratégica del ser. El Ángel nombra a Jacob al final del combate, la Esfinge obliga a Edipo a decir su nombre, a reconocerse como hombre”.

Sí lo mejor del hombre se relaciona con el milagro del lenguaje –dice Steiner; hasta ahora la humanidad y ese milagro han sido indivisibles. Sí el lenguaje perdiera una parte de su energía, el hombre se volvería menos humano. La reciente historia occidental y la ruptura de la comunicación entre enemigos o diferentes, dan cuenta de lo que significa esa disminución de humanidad. El ser humano se vuelve menos humano, en la medida que rompe y desconoce el diálogo con el Otro; que es en sí mismo, un nosotros. Nuestro conocimiento del entorno y autoconocimiento, se enriquece o disminuye de acuerdo al diálogo que establecemos con los Otros.

Por eso, la Gramática de la vida y las Gramáticas de la creación, se nutren de las corrientes del espíritu lingüístico. Del sentido de la experiencia en la historia y las capacidades del ser humano para reflejar la experiencia del mundo, como experiencias radicalmente lingüísticas y de reflexiones del pensamiento. Ese es uno de los propósitos de la filosofía, la teoría del lenguaje, la cultura, el arte o la teología mística.

Ahora bien, ¿por qué es importante la palabra en la vivacidad de la consciencia individual y la sensibilidad humana? Porque conocemos o experimentamos la existencia del Otro y la nuestra, mediante la estructura dialógica que nos atraviesa y nos cubre. Somos, entonces, constantemente arrojados al pozo del lenguaje. El reconocimiento del “Yo” en el Otro, es, esencialmente de naturaleza lingüística. Estamos atrapados en las redes del lenguaje. Ningún ser salta sobre su propia sombra, como tampoco, ninguno se abstrae a su naturaleza lingüística. Con otras palabras, el hombre se expresa y se reconoce en la sexualidad, la corporeidad, el espíritu y la consciencia, que descansan en los brazos del lenguaje. El amor, la amistad, la simpatía, los movimientos del pensar, retozan bajo la frondosidad del árbol del lenguaje.

Por tanto, la singularidad del hombre, lo único y específico de la naturaleza humana, es, su zoo phonata; el animal que habla. Así, lo que distingue al hombre de todas las formas vivientes –es la voz–, dijo Walter Benjamín.

Sabemos que el ser humano nómina y en el acto de nombrar, deja su impronta y se distingue de lo Otro, del ente en cuanto ente –una casa, un automóvil, un edificio, una carretera, etc. Así pues, “los conceptos de “hombre” y “lenguaje” existen de manera interdependiente”. El lenguaje es el que da la especificidad al ser humano. Como dijo Martín Heidegger: “El lenguaje es la casa del ser”. Cuando nos interrogamos sobre el cuándo y el cómo del lenguaje, en realidad nos estamos planteando los orígenes de la humanidad del hombre.

 Pensar en un estado pre-lingüístico o protolinguístico del ser humano, es una quimera. Así que, un ideal es un ideal y la idea que se tiene de él tiende a su concreción. Pero, el asunto del origen del lenguaje es tan complejo como la densa nube que ondea alrededor del “Yo” y desea con ardor descifrar el enigma. Toda “teoría sobre los orígenes del lenguaje es también una teoría sobre la entrada del hombre en la historia y su transición de un presente biológico inmodificable a una gramática de pasado, presente y futuro, las investigaciones recientes en el campo de la lingüística, la genética y la antropología social tienen notables puntos de contacto”.

Para la lingüística o la biología molecular, por ejemplo, compartir un léxico común: información, datos, hechos, experiencias, etc.; significa, abrir un abanico de posibilidades no sólo sintácticas y gramaticales, sino también cognitivas. Esto trae como consecuencia que el mundo de las ciencias positivas, se concatena con las teorías del lenguaje.

 En todos los aspectos el mundo en que vivimos, nos desarrollamos o morimos, es, esencialmente un mundo lingüístico. La gramática del pasado, el presente y el futuro, se constata en el lenguaje. Y, se convierte en el conducto que nos permite ser y proyectarnos en la realidad. El punto de orientación de la filosofía de las cosas, se alcanza en el lenguaje. La red espiritual o material que nos conecta a cosas o fenómenos, que han sido, son o serán parte del enigma de la existencia, se convierten en objeto de exégesis de la filosofía, el arte o la teología.

En la vida del ser humano –en los movimientos del pensar, los procesos electroquímicos o neuroquímicos–todo está estructurado semánticamente. Es decir, el lenguaje es el centro vital del hombre. El uso del lenguaje, en su defecto, activa las potencias físicas e intelectuales del ser humano. En la medida que lo hace trasciende los límites de la realidad y la existencia individual. Sí nos remontamos a las fuentes del lenguaje o, a las esferas del pensamiento, lindamos con la unidad del “Yo” pérdida o, con el momento en que el hombre entra en la historia. El lenguaje y el pensamiento se convierten en umbrales de saber y experiencia humana.

Además, en el ámbito del lenguaje se desarrolla la reflexión del pensamiento, la sensibilidad y los contenidos espirituales que comunica. La lengua se constituye en el “núcleo” del pálpito vital del hombre. Este, en su defecto, retroalimenta su desarrollo y frescura en el proceso de fusión o configuración, con el mundo que significa. Preguntamos, ¿es posible qué, en estos últimos espacios de tiempo, por la primacía de la imagen y los lenguajes digitales, asistamos a una reducción del campo de la potencialidad lingüística? Observamos que paulatinamente la vida psíquica, la sensibilidad y el espacio de la imaginación, viven una especie de reduccionismo lingüístico; de ensimismamiento de la matriz fisiológica del lenguaje. Esto confirma que el lenguaje se está condicionando cada vez más al “logos” del artificio. Y permite que las “relaciones artificiales” primen sobre las “relaciones de sentido”.

Es la expresión más evidente y radical donde se constata que la vida adquiere sentido en el lenguaje. Si se paralizan los recursos verbales de la cultura, en consecuencia, se afectan las potencias espirituales que activan la naturaleza lingüística del hombre. Cuando el modelo orgánico de articulación secuencial y genético del que surge el lenguaje se paraliza; el ámbito metafórico y verbal también lo hace. En el mundo actual, por ejemplo, el entrecruzamiento entre confort e instrumentos técnicos y la nueva naturaleza de poder, ejercen un dominio y control sobre el espíritu lingüístico del hombre. Así que, las personas formadas para pensar o percibir estéticamente el mundo y su realidad, tienen el deber ético de develar y criticar toda acción o pensamiento, que atente contra la naturaleza lingüística del hombre.

Esta trastocación se da tanto en el campo cognitivo, como en el de la experiencia del individuo en la historia. En el orden del saber, la relación cada vez más evidente entre las ciencias biológicas, la neurología, la físico-química y el lenguaje, lo constatan. George Steiner cree que los procesos vitales o electroquímicos pasan por el filtro del lenguaje y, cómo su gramática se puede interpretar o conocer, desde el Atlas lingüístico del ser humano.  La estructura sintáctica, tanto en el ámbito neurológico o biológico cumple una función primordial. “En el uso de la metáfora –hecho lingüístico que Platón consideraba crucial para la excelencia del hombre– lo neurológico y lo verbal parecen estar muy próximos”.

Por eso, la herencia de la humanidad no sólo se compone de contenidos biológicos, sino también, de los cognitivos y lingüísticos. Dice Steiner que “la idea de la vida como lenguaje, como información trasmitida, estaba en el aire. La información, la retroalimentación, la codificación, el desciframiento y la puntuación, son esenciales para asegurar que los mensajes electroquímicos sean leídos correctamente”. El debate está abierto, el aporte de la ciencia al lenguaje nos indica cada vez más que, la biología molecular, los mensajes electroquímicos, los neurológicos, la pedagogía del aprendizaje o del juego, la Inteligencia Artificial, pueden ser descifrados o conocidos desde la estructura sintáctica del lenguaje. Existe, entonces, un entrelazamiento fundamental entre lenguaje y ciencia.

 “Si, como argumenta Chomsky, los universales lingüísticos –que permiten diferenciar inmediatamente lo que es posible en una lengua de lo que no lo es –“son sencillamente una propiedad biológica de la mente humana”-, entonces, es posible que la biología de la mente sea también sintáctica”.

Además, en un corto espacio de tiempo la biología molecular, la neurología, la genética, -afirman algunos investigadores-, que no se nos haga raro que se conviertan en una rama de la información. Pero es en la psicofísica del futuro –dice Steiner-, donde la cuestión de las bases biológicas del lenguaje despeñará un papel decisivo. Es factible que llaguemos a entender cómo y de qué manera los niveles de especificidad y sofisticación genética de la mente humana implican la existencia de un código comunicativo único y son al mismo tiempo controlados por dicho código.

Es importante también para el futuro inmediato, ver cómo las lenguas naturales son bombardeadas por la imagen “pictórica” en movimiento y la uniformidad tecnológica de la comunicación plana y simultánea; y su repercusión en la erosión del antiguo Atlas lingüístico. De ahí el debate, cómo y por qué medios han de preservarse las lenguas naturales de la envestida de los lenguajes artificiales. Cómo la economía de los lenguajes naturales –la estructura sintáctica que comunica– preserve la infinita riqueza de los contenidos de la cultura en general. El debate está abierto. 

Para la biología evolutiva, por ejemplo –las investigaciones de Ata puerca lo confirma–. La imagen que tenemos de la muerte, nos dicen, posibilita la belleza, la cadencia, el ritmo, el color, la danza o el estilo; está implícita en la metáfora de la conservación de la vida. La idea de la muerte se concatena con la de selección natural. Es la muerte la que posibilita la finura del estilo existencial. Es la cristalización espacio-temporal del eco elemental, primitivo, de la articulación verbal. Comprenderla en términos estéticos –según la biología evolutiva–, es comprenderla en el ámbito de la duplicidad simbólica de la realidad. Es decir, el lenguaje simbólico permite verla como un fenómeno estético; o, lo que es lo mismo, Bello. Ubicarla como hecho estético en el ámbito de la naturaleza de la conciencia humana, es situarla en el espacio en el que la palabra, las cosas, o el ser humano como frontera del mundo, trascienden. También permite que el hombre tome consciencia de lo diminuta y frágil que es la vida, en la cadena evolutiva de la existencia.

La muerte posibilita crear el sentido de mismidad o de reconocimiento del “Yo” frente al Otro, a la vez, un nosotros. Dicho reconocimiento proviene del ansia del Otro; que posteriormente se configuró en posesión o dominio. De ahí la importancia del mito, el rito, la música, la poesía o la mística, etc.; en el ramaje de la lengua humana. Es en los contenidos espirituales que comunica donde adquiere la magia que le corresponde. La conciencia de la trascendencia del límite. Para la biología evolutiva la matriz que origina, como fenómeno originario al pensamiento abstracto, la simbología imaginaria, se ubica en el lenguaje. O, en otros términos, el hombre desarrolla la capacidad de sustituir, manipular, utilizar, experimentar o conocer la realidad con ideas, nociones o conceptos lógicamente ordenados, en el ámbito del lenguaje, es decir, por ser un animal lingüístico.

jueves, 24 de septiembre de 2026


 

            EL MUNDO TITANICO EN LA ÉPOCA CONTEMPORÁNEA

                                                Madrid-España a 24/09/2026

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

Preguntamos, ¿qué importa en la época actual? Conservar y potenciar lo que tiene valor, en especial la vida, la ética y la libertad. Aquello que vivifica las esferas del espíritu, la sensibilidad y la imaginación creadora de “forma”. Importa el origen, el fenómeno originario de la libertad, conservar las fuentes que nos relacionan con lo primitivo. El lugar donde las cosas se nos presentan como desnudas, llenas de novedad y misterio. Si la libertad toma forma en la arena de la historia, es sólo un débil reflejo del espíritu de la original. Como dijo Ernst Jünger: “la historia es la impronta que el hombre libre da al destino”.

Por eso, hay que estar atentos con los que quieran mancillarla –los demagogos, los tíranos, los tecnócratas, los populistas, los nacionalistas, los neofascistas, el juego del poder–. Porque tratan de verter su contenido y cortar las amarras con lo fundamental. Es allí donde la labor de los poetas se torna indispensable. Sólo en la imaginación que otorga su fuerza básica a las acciones; el mundo de la técnica y la naturaleza del ser podrán revitalizarse. El poeta hace camino al andar, abre sendas, y con la antorcha de la palabra en la mano; el hombre tiene acceso a las Musas y a los dioses.

En los frontispicios del siglo XXI hemos llegado al borde como ser fronterizo, al “puro cero”; el umbral donde se vislumbran los destellos de un nuevo espíritu para la humanidad. Ese mundo nuevo puede advenir por conducto de los dioses y la veneración. También con las herramientas de la filosofía, la poesía, la literatura, la música, el arte y, con el sentido histórico que otorgan los pueblos a sus generaciones. 

Ahora bien, preservar las posibilidades de la libertad, significa dignificar al hombre sobre las potencias ciegas de la voluntad de poder. Aun valiéndose de ésta, desarrollar por encima del mundo de los titanes uno que responda a las necesidades y esperanzas humanas. Sólo cuando utilizamos estas herramientas somos capaces de enfrentarnos al uso tangencial de la técnica y a las fuerzas oscuras del poder. Sólo así hacemos frente a la esencia del nihilismo que se revela ejerciendo una acción destructiva sobre el hombre.

Es más, ¿Cómo dominaremos el carácter destructivo de la técnica? Según Jünger cuando convergen los contrarios; según Heidegger cuando retornemos a la esencia de la metafísica pondremos término a la caída del olvido en el ser. O, en otras palabras, cuando el ser humano se enfrente a la esencia pondrá término al carácter destructivo de la técnica. Entonces, su esencia configurará el advenimiento de los dioses y el retorno del hombre al “centro” del mundo. Es de esperar que, de los escombros de la época actual, se configure un mundo a la altura del hombre. Un mundo diferente que responda a las necesidades psicológicas y morales del ser humano.

Preguntamos, ¿cuál es la función de los titanes y del colectivo titánico? En otras palabras, ¿cuál es la tarea del técnico y del colectivo técnico en la actualidad? Apoderarse del mundo y de los hombres y, en su conducto del ámbito del espíritu. Apropiarse de la vida humana y convertirla en objeto; donde la Hybris del progreso incentive el saqueo vital y la posesión inmediata de las cosas. Esto es: disciplinar al ser humano en todos los órdenes de la existencia. Ésta mutación hay que observarla más allá de los fenómenos que se sitúan en la superficie; observarla incluso allende las murallas del tiempo, porque son telúricas y cósmicas.

Esto permite cambiar la marcha de los relojes; hay que remontarse a los orígenes donde la técnica toma el rostro del mito y la niñez. Y de esa forma poder desvelar desde el “presente-ahora”, el sentido del lenguaje de los titanes. Darnos cuenta, por ejemplo, que en los pliegues de la móvil aureola de los instrumentos técnicos, se esconde el lenguaje de los titanes y del titanismo. Esa ciega voluntad que arrasa lo que encuentra a su paso, porque necesita espacio para “ordenes” nuevos. Así, “ordenes” en este ámbito significa una novedad que no deja de ser una ordenación.

Somos parte de una civilización controlada y dirigida por el poder Total de los titanes. El incremento de la sensibilidad es evidente en el umbral de lo colectivo, del tópico y el lugar común. Por eso, desean destruir el mundo del espíritu, porque saben que ahí se generan contactos con poderes sagrados o mágicos. En este sentido, el maquinismo y la automatización –sus movimientos cada vez más precisos y sus giros sin fin–, producen pérdidas en el reino animal, vegetal y mineral. De igual modo, el tiempo de los titanes es un tiempo de dolor, sufrimiento, miedo, trabajo y producción. Participar en él no sólo entraña peligro, sino que produce fascinación.

Señales que hacen parte de las figuras del “aquí-ahora”, ya que la técnica ha alcanzado un grado de perfección tal, que la física y la biología se acercan a las fronteras de las esferas de lo trascendente. ¿Saben por qué? Porque están tocando las partes blandas del ser y la existencia deja a la vera del camino, el misterio de la vida y la muerte. Si esto acontece la vida perdería el sentido profundo que la determina, y se convertiría en una tragedia fundamental.

El mundo del Titán se caracteriza por su espíritu destructivo; es la expresión mítica del carácter destructivo de la razón y de la sociedad. Por eso se contrapone a la belleza, al amor o al juego. Estas esferas de la existencia representan el tiempo de la libertad, el misterio, el mito o la veneración. Los titanes son hijos de su tiempo, padecen y sufren en el tiempo, en eso se asemejan a los seres humanos. Con la tenacidad con que se presentan el hombre se llena de perplejidad e inquietud; porque instauran su lenguaje y con él un espíritu diferente.

La técnica se presenta como una lengua universalista. Ya que establece una medición no sólo planetaria, sino también cosmogónica del tiempo. El reloj del mundo modifica su marcha. La creación crea tiempo. Los dioses instauran tiempo; los titanes lo alargan o lo acortan, igual que hace Procustes en su fondo con los huéspedes.

La hazaña de Schopenhauer: la contemplación del mundo titánico y la afirmación de ese mundo. Nietzsche lo observa de forma intuitiva; participa de él. De ahí que, el nuevo advenimiento siempre al asecho desde el derrocamiento de Crono, tiene dos premisas: los dioses han de retirarse y el reloj del mundo ha de modificar su marcha. Es preciso retrasarlo hasta la Edad de Oro que Hesíodo describe. Para Nietzsche el espacio y la causalidad están sometidos a la representación, mientras que el tiempo es absoluto. Este modo de ver las cosas tiene su remate en la doctrina del eterno retorno. En ella triunfa el tiempo titánico. La eternidad es infinita [...] la vida en el mundo divino, paradisiaco, es, en cambio, intemporal.

El poder de los titanes ha llegado a su máxima expresión en la actualidad. A cada momento la técnica -dice Thomas Mann en Doktor Faustus- exige ser tenida íntegramente en cuenta y recibir a sus exigencias la única respuesta posible. En la era de los titanes, los autómatas, la velocidad, el ruido de las máquinas, los ritmos en las comunicaciones artificiales, la bomba atómica, los viajes intergalácticos, los satélites espaciales, la IA, informan sobre lo que sucede en la Tierra o, en el Universo. Se está configurando un mundo diferente que responde al tiempo abstracto y a la voluntad de poder. Entonces, la técnica se convierte en el instrumento adecuado para desojar el árbol de los planetas, donde aún se conserva la magia de las estrellas.

Es tan fuerte el poder de los titanes que ha profanado la morada de los dioses. Causa estupor e inquietud sólo imaginar la potencia de las energías destructoras que poseen. Por eso, se hace imprescindible el advenimiento de los dioses. Hay expectativas de eso, no sólo entre los afiliados a las sectas, sino también en la consciencia de las sociedades contemporáneas. Aquende el muro del tiempo, ya se escuchan las trompetas de un nuevo despertar.

De este tipo de cosas el ser humano lo que desea es la libertad. De ahí podría surgir una nueva luz, un color diferente. Nada es más evidente que un nuevo despertar. De la luz que ilumina separa la llama que quema; así, la libertad se compra con la muerte.

En la época de los titanes, en ellos permanece intacto el ethos de Occidente –el carácter planificado del desarrollo y la idea de progreso-, aunque ese espacio voluminoso no levanta el entusiasmo como lo hizo a mediados del siglo XIX y en el transcurso del XX. Ya empiezan a verse las primeras grietas tanto en la idea de desarrollo y la economía -finanzas internacionales, dinero bancario y valores del mercado-, y en algunos valores que le dan a Occidente su identidad. Se trata entonces de cambiar el ritmo y la percepción de las cosas y de la vida; cambiar, por ejemplo, el reloj que mide el tiempo y empezar a mirar dentro de sí. Es evidente que los grandes hombres de la humanidad –un Lutero, un Shakespeare, un Blake, un Milton, un Thomas Moro, un Dante, etc. -, miraron dentro de sí.

Sabemos que en la época de los titanes está prohibido soñar; porque quien lo hace evoca las cosas rítmicas que son las que luchan contra el tiempo y la muerte. Como expresó Ernst Jünger: “Quien sueña está rodeado, como por una nube, por una consciencia en la que nada puede penetrar. Tal limitación parece extraña en el seno de una atmósfera que se halla cargada de electromagnetismo y cuyas señales no sólo atacan el cuerpo, sino también lo traspasa en forma de ondas. Ha sido la técnica la que se ha acercado al mito más que la reflexión; ésta sólo ha logrado una descolorida copia de la tragedia. A lo dicho se agrega la experiencia de la persona singular. <Los sueños son espumas -llegadas de lo infinito>”.

En esta alta civilización del reinado de los titanes, se trata de remontar los orígenes del devenir de la cultura occidental. Desde el “presente–ahora”, desvelar el mito de la técnica, su lado infantil, bello y humano. Que la técnica se quite la máscara de los espejismos y revele su gesto estético. Porque la técnica es una forma de la cultura. Esta revelación se manifestará con el advenimiento de los dioses y poniendo la técnica al servicio del hombre.

Como sugiere Walter Benjamín: “el momento prehistórico del pasado sea condición y consecuencia de la técnica. Las imágenes dialécticas son para él las auténticas imágenes –no arcaicas–, y el lugar donde se las encuentra es en el lenguaje.” En nuestra época se trata de despertar, y sólo se alcanza con la síntesis entre la consciencia onírica y la antítesis de la consciencia de vigilia. Esta máxima posibilitará el “ahora de la cognoscibilidad”. ¡Despierto cuando conozco! ¡La llama de la vela resplandece en la oscuridad de la época que vivimos ¡

Sin embargo, ¿cuál es el objeto de las reflexiones sobre la técnica, la ciencia y la tecnología del poder? Que las configuraciones de la historia desvelen la riqueza y la grandeza de la infancia de la técnica. Que el lado noble y servicial de la ciencia y la técnica se pongan al servicio de una sociedad más elevada. Así que, nunca en la historia de la humanidad han de olvidarse los rudimentarios comienzos. Tomar consciencia que, en los pliegues del vestido de la época actual, se esconde lo primitivo. Tener presente que en pocos espacios de tiempo se configuró el mundo atómico, y ahora está tomando forma el de los autómatas y los lenguajes digitales. Que darán cuenta de la esfera biológica, mental y espiritual del ser humano.

La Cultura digital está dando paso a la Cultura de lo efímero y los valores del artificio. Estamos a las puertas de una nueva civilización con “ordenes” de valores diferentes a los de nuestros antepasados. Esto no sólo modifica la marcha de los relojes, sino también del tiempo anímico. Ese lugar donde se entreteje el mito, la alegoría, la religión, la poesía y la analogía universal.

Si el logos se estableció en su nivel material; la primera configuración estuvo dada en la revolución de Gutenberg: la universalización de la palabra a través de la imprenta. Es uno de los grandes hitos de la historia de la cultura. Porque a través del libro posibilitó el acceso de un mayor número de personas en todo el mundo al saber escrito y conllevó radicales transformaciones en la política, la religión y las artes.

En la actualidad, con la revolución en las comunicaciones artificiales, la incidencia de los instrumentos técnicos en los medios y modos de información, la IA, se está originando la revolución en la información en los umbrales del siglo XXI. Los ordenadores con los lenguajes digitales y las imágenes, están sustituyendo a los documentos impresos como instrumentos para trasmitir y conservar los textos. Y esto está generando mutaciones en la naturaleza del ser y de las sociedades. Estamos pasando del mundo de las relaciones de sentido a uno de relaciones abstractas jamás imaginado.

Se están diluyendo, por ejemplo, las fronteras del Estados-Nación y se establece una cultura universalista que da paso a otras formas de gobernanza. Thomas Carlyle lo corrobora cuando dijo que los tres elementos de la civilización moderna eran: la pólvora, la imprenta y la religión protestante. Se trata en última instancia que el desarrollo de los procesos y la técnica, no olviden la grandeza y riqueza de la infancia de donde provienen. En eso consiste entrelazar la cultura digital y la cultura de los valores heredados, de la palabra y la escritura. Así pues, el hombre actual podrá estar a la altura del Espíritu del Tiempo y responder a sus requerimientos.

Además, el Ágora está pasando de la comunicación interpersonal a la rápida, gráfica y simultánea. Sus causas no hay buscarlas en la superficie -los cambios políticos o económicos de los últimos espacios de tiempo-, sino en la raíz del Árbol de la vida. Sus lenguas de fuego son luminosas, embriagan sus efluvios al tiempo y al espacio; también a la época de la cultura y la cultura de la época, con sus mitos, ritos, símbolos y cultos propios.

Sin embargo, ¿dónde está la voluntad indomable que rasgaba los oscuros velos de la ignorancia y, su luz se convertía en antorcha para las civilizaciones? No la vemos montada en su cabalgadura, absorbiendo los obstáculos y, en atrevido galope, saltando de un borde a otro los barrancos, ofreciendo con el cetro de la palabra en la mano una vida más placentera y humana.

Quizá estemos en los umbrales de un tiempo sin historia, sin memoria verbal, sin movimientos del pensar, de duración indefinida. Talvez estemos viviendo un tiempo de escenas significativas y actores insignificantes. Un tiempo que se convirtió en elemento fundamental del malestar general. En el siglo que acaba de empezar le toca al hombre advertir, si se entrega al poder del titanismo; o desgarra el velo del decorado de teatro para conjurar los peligros que entrañan sus espejismos.

Hay que recurrir al advenimiento de los dioses y de las musas para darle un giro al reloj del tiempo. Y así, empezar a beber de las fuentes del espíritu y de la imaginación que tanta falta hace en estos tiempos de ayuno espiritual.

 

 

 

martes, 22 de septiembre de 2026

 

                                                 La transfiguración del mito en la actualidad

                                               Madrid-España a 22/09/2026

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

En la época actual el lenguaje del arte nos dota de unos instrumentos de análisis y de crítica que posibilitan que le hagamos frente al terror, al miedo, al dolor, al sufrimiento, a la desesperanza; y son tan fuertes sus imágenes que son como la luz para los ciegos. Simbólicamente hablando posibilita que se desprendan las escamas de los ojos, y así podemos mirar cara a cara y ver que oculta el forro de los fenómenos. Como dijo Ernst Jünger: una ofrenda hecha a Apolo, aunque sea modesta, aunque no esté bien lograda, merece la atención del dios, también en ella hay un mérito, se asemeja al óbolo de la viuda pobre de que habla el evangelio.

De ahí, asimismo, Prometeo es un filántropo, un amigo de los humanos, y se preocupa de su bienestar terrenal. Como dijo Esquilo: “De Prometeo les vienen todas las artes a los mortales”. Tanto Zeus como Jehová se cuidan de que no le vaya demasiado bien al ser humano --de que alargue la mano hacia el Árbol de la vida, una vez que ya ha sido participe del conocimiento. En este sentido la apropiación de la manzana en el Jardín del Edén y el robo del fuego del Olimpo son hechos que están emparentados.

De las artes que Prometeo da a los hombres como un presente divino, está el fuego y también la invención del número. De los descendientes de Prometeo puede aguardarse el conocimiento de “lo que la tierra quiere”. Casi no parece que de ello forme parte el arte en sentido apolíneo, es decir: la exaltación de la belleza terrenal en razón de ella misma.

Como dice Rafael Argullol: “No hay ningún paraíso perdido en las brumas del pasado. Casi todas las mitologías y religiones lo tienen. También la helénica, cuando Prometeo era, en manos de Hesíodo, un ladrón que debía ser castigado por su robo del fuego celeste. Que la Edad de Oro, al igual que en la cronología bíblica, se perdiera por causa de una mujer, Pandora sólo demuestra que Hesíodo, excelente cronista y clasificador pero tosco poeta, era incapaz de escapar al tradicional prejuicio plebeyo que atribuye la penuria del hombre a la presencia femenina. Esquilo que, acostumbrado a la guerra, sabía que el corazón humano nunca había sobrevivido sin ésta, no podía compartir una justificación tan elemental y, al cabo, tan cobarde.

Ha sido castigado por Zeus por favorecer a los hombres, pero es capaz de ironizar sobre ello porque comprende que, en última instancia, tanto éstos como aquél forman parte de la misma cadena. Dioses y hombres, como el mismo en su escarpado risco, están encadenados a la violencia, a las efímeras ilusiones de triunfo, a la derrota inevitable. Esta es la causa de que Prometeo, a pesar de las condiciones de su cautiverio, pueda mantener hasta el final la cabeza. Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive”. Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive, a causa de su rebelión.

Ahora bien, en la época de Acuario al inventor no podemos hacerlo responsable del mal uso que el hombre haga de las máquinas y los lenguajes digitales o, de la IA. Se observa que los grandes caudillos y los estadistas, se ubican en la superficie del tiempo y sólo actúan teniendo en cuenta los espejismos de la ciencia y la técnica. Si percibieran lo que esconde el forro de los fenómenos, estarían obligados a hacer un giro copernicano y sacar al mundo de sus goznes. Pero no están a la altura del poder que fluye a ellos; porque son pobres de espíritu.

Prometeo, que robó el fuego, donó a los seres humanos algo con lo que estos pueden iluminar el mundo, pero también destruirlo. Toda chispa espiritual, toda visión original, es un trasunto de eso. Los grandes sueños de los que ha venido ocupándose la humanidad, es un trasunto de eso.

El espíritu del hombre es sólo un débil reflejo del espíritu de los dioses. Sólo un reflejo imperfecto de la visión original. Esa, cuando la lengua de los dioses era la lengua de las cosas y de la vida. El sisma comienza cuando el hombre descubre que, en mitad del Jardín del Edén, no está el árbol del bien y del mal – dice Walter Benjamín--, sino el de la interrogación. En ese instante, el hombre desafía a los dioses y es responsable del manejo de su libertad. Desde ahora en adelante se instaura un mundo y un tiempo diferente; entonces el hombre afronta el enigma de la vida y de la muerte.

A la época de Acuario le corresponde el mito de Hermes. En la temprana Grecia fue el dios fálico de las fronteras y los cruces de caminos. Su nombre designaba un montón de piedra que delimitaban los caminos, fronteras y propiedades. Simbolizaba el espíritu de cruce: se manifestaba en cualquier tipo de intercambio, transferencia, transgresión, transición, transito o travesía. Está presente en las actividades de un cierto tipo de cruce con un cierto sentido. Esto hace referencia a su relación con los intercambios, las palabras y la información implicada en el comercio. Para el griego Antiguo el comercio es el origen de las riquezas y las ganancias.

En la época actual a Hermes le corresponde la cultura de los valores del mercado, el dinero bancario y las comunicaciones globales. También las transacciones financieras, los valores en bolsa, el comercio en las redes globales. Entonces se confirma que el mito se transfigura en la historia. Esta lo repite en variantes –al decir de Ernst Jünger. Por tanto, no existe un momento en la actualidad que no haga referencia en la civilización occidental, al sentido del mito. Por eso, la interpretación de lo actual, viene a ser una nueva cercanía a aquello que es el mito mismo. El mito se pone la máscara de lo actual. Como dijo Karl Kraus: “Cuanto más cerca se mira la palabra, más lejos ve”. El mito se viste con el traje de la época, y sólo se capta en la alegoría, la religión, el arte o, las imágenes lingüísticas. Categorías que posibilitan interpretar la época actual desde el espíritu del pasado.

Después de lo acaecido durante la Primera y la Segunda Guerra mundial, se constató que el mundo se había salido de sus goznes. La capacidad de apropiarse de la ciencia y la técnica moderna –dice Wilhelm Fucks en su libro Poderes del mañana-, así como la de realizar trabajos creativos, es independiente de la raza, la religión, los sistemas económicos y sociales. Finalmente, a medida que va creciendo la espiritualización comienza asimismo la técnica a acercarse a la magia, por cuanto la exhibición de una fórmula se trasmuta directamente en poder, semejante en eso a un conjuro mágico o a un dibujo en el cajón de arena.

La época de Acuario trata de percibir el poder de los titanes y del titanismo elevado a una potencia superior. Eso eximiría en gran medida las acciones bélicas, tipo Hiroshima. Ahora la carrera armamentística y el poder de los titanes y del titanismo, se está trasladando al espacio y los astros siderales. Eso tiene que ver con el Logos situado en su parte material; los lenguajes digitales, la imagen en movimiento y la IA, están desojando la magia de los astros siderales.

Lo que les importaba a los griegos del atomismo no era el poder de la materia, sino su esencia; de ahí que estuvieran lejos de los experimentos físicos. Las diferentes especializaciones de las ciencias experimentales, son hijas de la Edad Moderna. La física moderna está llena de posibilidades y la más importante entre ellas, es que sigue la senda de la voluntad de poder. Heidegger dice que, detrás del ser se esconde la voluntad de poder, el saber y el amor.

Ahora, entre la física y la voluntad de poder existe una especie de juego de espejos; por eso el “modelo” de la representación del átomo, que muestra una de sus posibilidades responde a las exigencias de la voluntad de poder. El hecho que esa posibilidad se torne eficaz en proporciones gigantescas es una confirmación de que también la concepción del átomo brote del mito del poder. Semejante concepción tiene un origen titánico y se hace realidad tanto en lo más grande como en lo más pequeño dentro de los límites del mundo visible: tanto en los viajes espaciales como en la física nuclear.

Asimismo, los crepúsculos de los dioses van asociados a esas catástrofes naturales, que son descritas también en Hesíodo, las Eddas y en el Antiguo Testamento –asociadas, por ejemplo, a diluvios, lluvias de fuegos, inviernos muy prolongados, tinieblas, sequías, cosas todas ellas de las que no se recupera la Tierra hasta años más tarde. Pero la tierra reverdece, como lo pronostica también la Gran promesa (Génesis, 8, 22). Si para Nietzsche el espacio y la causalidad están sometidos a la representación, mientras que el tiempo es absoluto. Este modo de ver las cosas tiene su remate en la doctrina del eterno retorno. En ella triunfa el tiempo titánico.

Esta manera de pensar se concatena al tiempo telúrico y cosmogónico, que cada cierto tiempo retorna y desgaja las fuerzas elementales sobre la Tierra y la convierten en desierto. Sabemos que en el eterno retorno triunfa el tiempo titánico, y que detrás de esas representaciones se ocultan las emanaciones de los dioses. Para el griego Antiguo era la luz apolínea o, las fuerzas de lo sanguíneo y lo bárbaro; para el judaísmo o, el cristianismo, el Eterno tu Dios. Esas transformaciones en la arena de la historia aquende el muro del tiempo, lleva a lo sumo a parábolas nuevas. Parábolas que tienen que ver con la trascendencia y la atemporalidad. A la vista de las dimensiones nuevas los dioses son parábolas.

     “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”, -dijo el Apóstol Juan.

Por lo tanto, las grandes plagas que han azotado a la humanidad son temidas también hoy. Su retorno arrasaría todo lo que encuentran a su paso, ya que la tierra necesita espacio para reverdecer. Las causas de los grandes cataclismos naturales o humanos, son típicas de cada época. Pero a la postre tienen un carácter arquimédico-babilónico. Son obra de los titanes y de su insaciable hambre de energía. Los personajes llevarían los mismos nombres, pero el vestido que portan se ajustaría a la época. El vestido de la época actual es el de la ciencia y la técnica.

En la actualidad son su forma de ataque. Para la física cuántica el mundo en sí no existe, lo que existe está dentro de la “posibilidad” de las redes de lenguaje. O, dicho de otro modo, las cosas existen dentro del campo de las interacciones lingüísticas. Esta “posibilidad” del “modelo” en el mundo, es específicamente lingüística. Para ella el mundo adquiere realidad dentro de las coordenadas de los flujos de lenguajes. El mundo microscópico de partículas: átomos, moléculas, electrones, no necesita de las propiedades de la materia para transportar una información. Porque ésta puede estar en uno o varios lugares a la vez. El tele-transporte cuántico no sólo crea una nueva criptografía, sino también un nuevo tipo de seguridad en la información. Esta ciencia es la expresión más elevada de la representación del Logos situado en su parte material. Aquí los titanes no consumen energía, sino átomos de lenguaje.

En la época actual a la sombra del Fresno del Mundo los grandes titanes van haciéndose iguales. Son apoyados por descendientes de Prometeo y también por cleros anónimos. A ellos se agregan los ejércitos de los creyentes. Es algo que llega hasta las gasolineras. Con relación al dominio de los dioses de la antigua Grecia y al Dios Uno, de judíos y cristianos. Es sólo un dominio provisional, un dominio en el ínterin –pese a ello, tienen su hogar para siempre, pero no intemporalmente, junto al Fresno del Mundo. Allí son autóctonos, mientras que los Eternos acuden de lejos como huéspedes. Poco es lo que por el momento cabe aguardar de los dioses –de los titanes, en cambio, casi todo, o a las menos muchísimas cosas. Pero sólo en el tiempo.

En la actualidad dominan los titanes, “aquí-ahora”, pero es sólo un dominio provisional, en ínterin -para el griego Antiguo sería mientras advienen los dioses, para el judío o, el cristiano, mientras venga el Mesías o, el retorno de Jesucristo. Representado en el “Apocalipsis” por el Apóstol Juan como un mundo envuelto en llamas y cataclismos elementales. Sería el establecimiento de otro tiempo, de un orden nuevo, un tiempo diferente para el hombre y el mundo.

Como dice Walter Benjamín, que los judíos lo representan como la irrupción del Mesías: “Es sabido que a los judíos les estaba prohibido indagar sobre el futuro. La Torá y la plegaria les instruyen, en cambio, en la memoria. Ella les desencantaba el futuro al que sucumbían quienes buscaban información en los adivinos. Pero gracias a ello el futuro no se convirtió para los judíos en un tiempo homogéneo y vacío. Pues en él cada segundo era la pequeña puerta por la cual podía entrar el Mesías”.

Sabemos por este estado de cosas, que la técnica y la ciencia es una invención de los titanes, atacan la continuidad y hacen desaparecer todo encantamiento. No hay en ellas magia; con sus espejismos basta. Allí donde hay distancia, todo se convierte en demonismo -dijo el poete Friedrich George Jünger. La pérdida de encantamiento es consecuencia de la primacía de los titanes y los sistemas racionales de pensamiento. Algunos suponen que la razón subsanará la perdida de trascendencia; otros, como los filósofos mesiánicos, que después de lo sucedido en Auschwitz, la razón es incapaz de arreglar los portillos de la historia.

Por eso, es necesario recurrir a la memoria y al recuerdo, para así poder desvelar la Revelación y la Redención en la vida histórica de los pueblos. Esto posibilitará que el hombre contemporáneo, restaure no sólo los portillos de la historia, sino también el misterio de la naturaleza; el enigma de la existencia y de la muerte que desgarraron las máquinas y profanó la animalidad política del siglo XX.

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

 

                                                                     LA JOVEN GENERACIÓN

                                 Madrid-España a 11/09/2026    

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.     

 

La joven generación, la juventud, en su acepción más profunda y elevada nada tiene que ver con la historia económica, con la práctica política, con la ciencia o con la técnica. Es un Don metafísico, algo esencial, una estructura, y una predestinación –al decir de Thomas Mann. Es la luz de la aurora, la claridad sensitiva y racional, que indica el camino cuando los pueblos andan en la oscuridad, el caos y la violencia. Es la juventud con preocupaciones intelectuales o culturales, que acompaña a los espíritus despiertos.

Por eso, la insolencia del poder se manifiesta cuando quiere solapadamente someter a la juventud bajo el dominio de la civilización, la velocidad y los instrumentos técnicos. Así que, el deslumbramiento no está en las preocupaciones intelectuales, sino en el confort técnico y los beneficios que reportan. Es falta de pulcritud espiritual reducir ese Don metafísico, a ilusiones ópticas o auditivas o, al lucro y al ejercicio del poder.

Es una verdad que atormenta al disciplinador, al autoritario, al déspota, o, los que se ponen la “máscara” de demócratas, que la joven generación trascienda lo establecido: el Estado y sus instituciones, el presente-ahora, la moral común ordinaria; el ejercicio del poder que implementa la injusticia, la desigualdad, la intolerancia, el odio, el resentimiento, el revanchismo o la voluntad de venganza. Quienes quieren domesticarlos casi siempre se encuentran con lo inesperado. Goethe dijo de la joven generación: es embriaguez sin vino. En su acepción más elevada, es, irascibilidad, movimiento ascendente al encuentro del Espíritu y sus juicios.

Sí la juventud es la edad romántica por naturaleza –dijo Thomas Mann-. No es el romanticismo que huye de las responsabilidades éticas, sociales o intelectuales y se refugia en paraísos primitivos. ¡No! ¡Mil veces no! ¡De la juventud que hablo es la que siente la espontaneidad de espíritu y la capacidad de asombro! Es la que busca dentro de sí la forma y el contenido de lo que vive.

La juventud está adherida a las raíces de lo elemental y divino que mora en ella. En ella se entrecruza el presente-actual y lo primitivo, el origen como fenómeno originario, que da paso a una nueva estructura, a un nuevo arte, y se constituye en el lugar adecuado para la revelación del lenguaje. Para una persona que anda en los caminos del espíritu, en las preocupaciones intelectuales, la juventud misma, es, la revelación de lo sublime, que mora en el Hombre.

De ello depende la develación de la libertad, de la libertad sustancial, primitiva y divina, que aúna forma y contenido, materia y espíritu. Así que, la juventud ha de participar de una u otra forma, en la vida objetiva del espíritu. Esto es: de la historia y de la existencia, de los aspectos problemáticos de la vida. Es un deber moral, espiritual e intelectivo, que haga parte del devenir histórico de los pueblos.

Sabemos que el sentimiento de la vida se identifica con la consciencia de sí mismo. Con los más altos valores de la existencia y del mundo. No se puede suprimir la forma de la vida que posibilita la existencia espiritual. Ni anular la forma de la vida profunda, con estados de inconciencia que responden a la brutalidad y la barbarie. Así que, la juventud debe tender a la afirmación articulada de los sentimientos propios y a una forma de vida especifica. 

Estos hechos e ideales posibilitan que el mundo reconozca que la juventud tiene un sentimiento especifico de la vida. En esas circunstancias ésta adquiere el status debido a su nombre. Por lo demás, es natural que la juventud y la época de la juventud se comprendan mutuamente.

Las autoridades establecidas desean que la juventud acepte y se adapte a la idea de comunidad. Al convencionalismo social, a los prejuicios, a la moral común ordinaria, para moldearlos como hace el alfarero con el barro. Si esto sucede ¿dónde queda la libertad individual, los derechos y el libre albedrio de la joven generación? Entre las posibilidades que le ofrece la vida, la juventud debe manejar responsablemente su libertad. Más allá o más acá, si acierta o yerra. Porque no solo se aprende de los errores sino también de los fracasos y los sufrimientos.

Dejemos que la propia juventud adquiera el sentimiento consciente de la vida. Y la juventud es algo distinto a lo establecido y a la estructura y función de la sociedad, del Estado y las instituciones. Es la relación inmediata con lo primitivo, la aventura y la profundidad de la vida personal. Es la capacidad y la voluntad de afrontar y superar lo que la existencia tiene de natural y de demoniaco.

En esto se asemeja a lo religioso y a los requerimientos espirituales y morales de todo hombre. Como expresó Alberto Durero: en el sentido de juventud espiritual, de espontaneidad, como fe en la vida, como carrera entre la muerte y la existencia.

La juventud tiene una forma de vida especifica que se corresponde con su tiempo y su espacio. Sus apetencias espirituales o morales responden a sus ideales, no a lo establecido por el Sistema. Por eso, se identifica con la subversión, ya que rompe con lo establecido y caduco de la sociedad. Sabemos que su autoanálisis, el análisis de su subjetividad destruye lo que la vida tiene de inmediato, de natural. Pero en relación a su propio ser la juventud contribuye a vigorizar la existencia. Adquiere las herramientas de la experiencia, intelectuales o, reflexivas que le posibilitan orientarse en el mundo y conducir su propia vida.

La juventud es libre porque ella misma es un principio, un empezar. En todos los pueblos la juventud tiende a afirmar su personalidad, más allá de prejuicios, usos y tradiciones. Por eso, la falta de madurez empuja a la juventud al espíritu que le es propio y propicio, para poder enfrentar los avatares de la existencia cotidiana. Así que, lo inacabado e inmaduro que porta en sí, posibilita desgarrar lo establecido por la familia, la religión, las costumbres o, la autoridad.

En un mundo materialista y hedonista como el actual, ¿qué significa el sentimiento religioso? Es algo distinto de la racionalidad, del mundo dineral o de la técnica, es, quizá la juventud misma, la relación inmediata con lo ignoto, la intrepidez y la profundidad de la vida personal, la voluntad y la capacidad de afrontar y superar lo que la existencia tiene de natural y de demoniaco.

Es una percepción estética de la realidad, porque la estética es la madre de la ética. En ella se sintetiza lo bueno, lo justo y lo bello de la Humanidad. Es el Humanismo en su expresión trascendente, divina, pero humana. En esta civilización técnica y del espectáculo, se hermana con el arte y la filosofía. Estas disciplinas y la juventud misma, responden a los más profundos requerimientos y esperanzas humanas.

Ser joven significa ser original, permanecer cerca de las fuentes vitales. Capaz de levantarse, orientarse y romper las cadenas de una civilización superada, tener el valor que hace falta, y que otros no tienen, para sumergirse de nuevo en las fuentes de lo elemental. En la juventud está latente la rebeldía, la aventura y lo inesperado con respecto a lo establecido. Por eso, el análisis de la joven generación hay que llevarlo a cabo en su Cultura. Porque ésta en todas sus acepciones, es la expresión de su cultura.

La juventud porta en si una secreta marca, oscura e ilegible al comienzo de su vida, que en el transcurso del tiempo se va develando en el gusto, el espíritu, la sensibilidad, la llaneza o profundidad de su vida vivida. Pero, casi siempre, las personas del común no se detienen a descifrar la marca. Sino que le dejan el trabajo al Estado, las instituciones, la iglesia, al poder o, ese grupo de hombres que lo ejercen sin contemplaciones. Por eso son incomprendidos por la sociedad, la moral común ordinaria, el Tiempo y sus juicios. Suscita la juventud cierta oposición critica entre él y el mundo, él y la sociedad. Estimula en el joven la obstinación y la ironía contra el orden social y le induce a buscar protección y refugio en la libertad espiritual, en los libros, en las ideas.

Así pues, la juventud es mal comprendida por su tiempo, porque busca la iluminación, la elevación, el entusiasmo y la trascendencia; ante lo fugaz de la vida cotidiana y el presente-ahora. Algunos se quedan tirados en la cuneta que son los muchos, ya que salen corriendo detrás del deslumbramiento del poder, las riquezas, el reconocimiento social y, olvidan lo fundamental de la vida, preocuparse por lo noble, lo inefable, lo superior y divino. Tener la sabiduría que el sentido de la existencia está en el interior de todos y cada uno de nosotros.

Somos parte de tiempos aciagos, tiempos de tensión espiritual, de penas y de zozobras, en los que la juventud es la fina sensibilidad que los capta, tal como el sismógrafo con las placas tectónicas. Están dispuestos a lo imprevisto y son una invitación constante a la innovación. Se cree a pie juntillas que los jóvenes al protestar, oponerse o criticar lo establecido, viven en una alucinación de sus sentidos. Pero están completamente equivocados; lo que hacen con sus acciones es, derribar los obstáculos, suprimir las inhibiciones y estorbos, que impiden el encuentro consigo mismo, la justicia y la libertad.

Ahora bien, ¿qué hacen en su soledad? Tratar de comprender el mundo que no los entiende; de ahí su ensimismamiento o su carácter interrogativo. Así, la joven generación se enfrenta a los flageladores del hogar o la sociedad. Es uno de los caminos que le ofrece la vida, para alcanzar la iluminación, la elevación, contra la ignominia y la tiranía. Está expresa en el espíritu, el lenguaje y el pensamiento, de la época que viven.

El mundo y lo objetivo como verdad, niegan lo subjetivo, la aventura interior, lo elemental, como algo sin valor. Por eso, la juventud se opone a la realidad con las armas del presente oportuno y los sentimientos. Porque lo eleva, le aumenta su sensación de energía, de fuerza y dominio propio. Saben que la mentira estimula el odio y se opone a la verdad. A la verdad que tiene como fundamento a la libertad. La juventud no sólo consigue dominar las dificultades paralizadoras de estos tiempos. Sino también el tiempo mismo, la época de la cultura y la cultura de la época.

Porque posibilita la creación de una época venidera donde la verdad y lo justo, la igualdad y la lucha contra el fascismo, el racismo, florezcan como prados en flor. Y ella se apropiará de los instrumentos de la creación y montada en su cabalgadura, absorbe los obstáculos y, en atrevido galope, saltan de un borde a otro los barrancos, y este acto es, mil veces más agradable a la vida que una existencia que arrastra sus pies detrás de las ilusiones ópticas y auditivas de la realidad cotidiana.

Saben captar la disolución en la luz de todos los crepúsculos, como el pecador que soporta el tormento y la ignominia como partes de la contrición que lo conduce a los pies del Señor.

La juventud desde la esfera del espíritu y la soledad, responde así a la llamada del Destino, a abrirse paso desde la subjetividad liberadora, y acceder al mundo para desgarrar la red de la soledad y el dolor, que le impiden relacionarse con las cosas y las demás personas. Expresa la libertad de inteligencia, la libertad de pensar, de interpretación elevada de los hechos elementales. Un mundo como el actual le pone obstáculos a la juventud para que se habrá paso, para que dé un paso adelante ante los acontecimientos históricos.

Afines del 2026 el mundo presenta una atmósfera llena de incertidumbres, penurias y desazón, la guerra, el Dios de la guerra parece marcar el paso de los acontecimientos históricos, acompañado por su consorte de la crisis económica internacional, el enfrentamiento comercial entre Estados Unidos y China, el Dios de la guerra se manifiesta con crueldad en Yemen, Medio Oriente, Colombia y otros pueblos que son abrazados por el fuego del dolor, el sufrimiento y la muerte.

Existen pueblos en que una “selecta minoría” controla la renta, la riqueza, la tierra, la industria, la empresa, el poder político, y esto se convierte en un problema fundamental en la historia del país. Son pueblos con crecimiento económico, pero con grandes desigualdades. Porque se eleva el beneficio de las entidades financieras y aumenta la marginación social. En este orden, se percibe en las relaciones internacionales el renacer del neo-nacionalismo y el proteccionismo, agresivos y barbaros, que inducen a los gobiernos de las potencias mundiales a invertir en desarrollo armamentístico, más cuando se ha rota el Acuerdo Nuclear entre Rusia y Estados Unidos.

Tiene razón Walter Benjamín cuando dice: “Que lo que sobra del desarrollo se invierte en la publicidad para la guerra”. 

Ahora bien, en una atmósfera turbulenta y caótica en que vivimos, ¿cuál es el papel de la juventud? Desvelar y criticar el sentido oculto de los procesos históricos y de la guerra, la violencia, el hambre, la injusticia y la violación de los derechos humanos, en particular. Frenar con acciones prácticas el avance de la xenofobia, el racismo, el neofascismo, el cambio climático y el recorte de las libertades.

Así que, tengamos presente en estos tiempos de nubarrones oscuros sobre la existencia humana y el espíritu, que éste será en su elevada presencia la llama de la vela, que alumbrará en tiempos aciagos y peligrosos para la creación y la acción que dirige y da forma al espíritu. Tengo, por otra parte, el convencimiento de que las osadas empresas del espíritu, las más libres, las que estarán al frente de los acontecimientos humanos provienen de la joven generación y acabarán siempre por ser benéficas para los hombres.

Sabemos que somos parte de tiempos donde prevalecen los hechos significativos sobre los actores insignificantes. Esto es válido para la política, la economía y la cultura en general. En el horizonte se percibe un nuevo derrumbamiento que afectará todas las instancias de la vida humana. Estamos como pueblo, como nación y como hombres de carne y hueso, expuestos a fuerzas que trascienden moral y físicamente los diques de contención que permiten la “Vida” sobre la Tierra.

Estamos de hecho expuestos a la ley de la fuerza, la barbarie y la muerte. Parece que en el mundo prevaleciera la incomprensión, la irracionalidad y el odio, a toda empresa humana que posibilite, al juicio de los hombres y de Dios, la permanencia de la “Vida” sobre la Tierra. Por eso, la joven generación es la luz que alumbra en medio de la oscuridad y de las desavenencias humanas del mundo que vivimos. En ella se encarna la libertad, la vida profunda de los pueblos y sus generaciones.

La joven generación son los brotes verdes del Árbol de la Vida, que confirma la primicia que ella misma es libre porque es un principio. Porque con cada generación llega algo nuevo al mundo ya existente, que seguirá existiendo aún después de la muerte de cada una de ella.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

 

                                                      Las esferas de la ira en el tiempo actual

                                                                     Madrid-España a 16/09/2026

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 Sabemos que existe un grupo de personas que acumulan la fuerza del Gran Poder (económico, financiero, político, militar, tecnológico y de la IA), que hacen sentir su poderío sobre la Tierra y expanden el miedo, cual aire tóxico, sobre la vida de los hombres. Así, las varian­tes del miedo las utiliza el Gran Poder o el Estado y sus instituciones, las fuerzas militares y de policía, para controlar al ser humano. No existe ningún sentimiento más rico en variantes que el miedo. De este modo, lo que busca el Gran Poder es que el ser humano no reflexione, delegue su libertad a un poder más grande y se paralice física y mentalmente.

Es tan profundo en el ser humano el miedo de nuestro tiempo que lo inmoviliza y lo empuja a soñar en las cosas del poder y de la muerte.

Pero también existen personas que confrontan el miedo, el sufrimiento, el dolor y la muerte, con “el cetro de la palabra en la mano”, porque son materiales espi­rituales que ayudan a construir “un reino mucho más hermoso que todos los imperios conquistados a punta de espada”. Este tipo de hombre tiene la “certeza de que el orden y la ley incluso están presentes en lo que nosotros llamamos desorden y azar”.

Los pensadores son personas que a la muerte la miran con los ojos del espíritu y, entonces, se dan cuenta de la importancia de la vida. Cuando nos acercamos más a nosotros mismos, tomamos consciencia de la confusa imagen que tenemos de la vida, los sentimientos, el dolor y la muerte, porque nos damos cuenta de que se relacionan con la coseidad y la numerificación del mundo actual. Es decir, que el ser humano se está convirtiendo en número o en objeto, en algo estadístico.

Pero, olvidamos que “existen armas más fuertes que aquellas que cortan y atravie­san”. Los artesanos de la palabra y la escritura saben que el lenguaje es más poderoso que los imperios conquistados a punta de espadas y de armas, pues esos hombres sencillos y humildes reconocen en “la palabra la espada mágica cuyo brillo hace palidecer el poder de los tiranos o demagogos”. Pero también que el lenguaje, el espíritu y la libertad son tres aspectos de la existencia, una misma y sola cosa.

Esos tejedores de palabras y de sueños saben que las fuerzas del Gran Poder o las personas dedicadas al derramamiento de sangre están poseídas por “una especie de embriaguez, en un sutil vértigo”, y son incapaces de sentir el «inmenso poder del que el hombre es depositario”. ­

Como un fuerte viento hace con los árboles, nos estremece “cuán profundamente unidos anidan en nosotros la delicia de vivir y la delicia de morir”. El sufrimiento, el temor y la muerte forman parte de la vida, pero también son los puentes que nos comunican con los fragmentos de felicidad, de amor y recuerdos compartidos. Los hombres poderosos llenos de orgullo y sober­bia son conscientes de que el “espíritu acostumbrado a dominar posee un juicio firme sobre el que descansan las opiniones”.

Así, la fuerza de su espíritu es tan penetrante que embriaga los cora­zones y el alma de los hombres, y se desvela que bajo el aspecto de poder que reina entre lo efímero dominan las potencias inferio­res. “La destrucción se nos aparece en las horas de debilidad bajo una forma terrible, como esas imágenes que se ven en los templos de los dioses de la venganza”.

En las tierras donde campa la canalla, el temor, el derrama­miento de sangre y la muerte llegan a convertirse en rutina. Allí todo transcurre como de costumbre y, sin embargo, todo es dife­rente. Se percibe un aliento de secreta fatiga y de anarquía, que hace que aquellas tierras entonces bellas se entreguen al dolor y a la muerte.

En los ojos de los asesinos brilla casi siempre, so­bre todo cuando salen de fechorías, una terrible jovialidad. Sus ojos de serpiente brillan y presto miran a su presa; en este tipo de gente se “aviva una expresión de astucia y de indomable fuerza, y a veces también de soberanía y poder”. Saben que la violencia instaura derecho y poder. Son la insolente expresión del Gran Po­der, ya sea que representen al Estado y sus instituciones (el ejército, la policía o los grupos de seguridad del Estado, etc.), o estén al margen de la ley y del orden.

Este tipo de ralea el “neofascista”, el “autoritario”, el “nacional populista”, y aquellos que implementan la violencia, el odio, el secuestro, o la muerte, en el Otro y la sociedad. Son el prototipo de épocas de decadencia en las que “se desvanece el sentido de la vida profunda que en cada uno de nosotros está dibujada de antemano”. Cuando la sociedad pierde sus huellas, vacila y se tambalea “como seres a quienes les falta el sentido del equilibrio”. Entonces pasan de “las oscuras alegrías a los oscuros dolores. Y la cons­ciencia de una infinita pérdida hace que el pasado y el porvenir se nos aparezcan llenos de atractivos, y mientras el instante huye para no volver más, nos balanceamos en épocas remotas o en fan­tástica utopías”.

Épocas en que el hombre deja de estar en el centro del mundo y lo ocupa el tópico y el lugar común, el odio, la violencia y la muerte. Son figuras que se crean cada cierto espacio de tiempo, entregando al ser humano “a la fuerza del eterno péndulo que, indiferente al día y la noche, empuja hacia delante las agujas. Así, comenzamos a soñar con las cosas del poder y de la fuerza y con las cosas que intrépi­damente ordenadas marchan unas junto a otras, dispuestas tanto al desastre como al triunfo, al combate de la vid­a”.

Sabemos que el Gran Poder y los hombres que lo encarnan tra­tan los negocios del mundo no de manera estética y ética, sino con una brutalidad espantosa que deja al borde del camino escombros materiales y humanos. Así pues, las personas que lo ejercen se sir­ven del poder de manera primitiva, valiéndose de las máquinas y de la velocidad, las imágenes y los lenguajes digitales, la crueldad y la barbarie para así, de esa manera, vencer las resistencias políticas o sociales allí donde tropiecen con ellas. También se valen de «una inteligencia precisa, de buena ca­lidad. Hay en todos los asuntos de la práctica un cierto número de seres humanos que forman la pequeña y bien diseñada ruedecita que da impulso trabajo a la obra”.

Sabemos que “cada uno de los humanos encuentra en la vida el puesto que le resulta adecuado”, pero no se justifica ni en el orden jurídico-filosófico, ni his­tórico-político, que prevalezcan en la actualidad la brutalidad, el dolor, la desdicha y el derramamiento de sangre. Así pues, uno de los problemas a que nos enfrentamos en el siglo XXI, es la sumisión a la tecnología (las máquinas, los lenguajes digitales, las imágenes en movimiento, la robótica, la velocidad, el tiempo abstracto y las armas), y a cómo el Gran Poder, el Estado y los grupos delincuen­ciales se valen de ellos para someter y coactar al ser humano.

Por eso los hombres y mujeres se sienten cada día más desdichados e infelices, porque el sufrimiento, el dolor y la muerte le ganan la partida a la libertad, a la justicia, al amor, a la fraternidad y a los derechos fundamentales del ser humano. Y esto es sumamente grave en un Estado demo­crático y social de Derecho. ­

Son hombres poderosos que se valen de las redes sociales, el dinero bancario, las grandes corporaciones, la IA, del temor y de las armas para que el ser humano pierda el domino de sí mismo. Y, si lo pierde,” el miedo se apodera de él y lo domina, zarandeán­dolo en sus remolinos como a un ciego”. Ahora bien, hay que tener presente que «quien se precipita en el abismo ve las cosas de la manera más clara posible, como a través de unas gafas de au­mento”.

Esa misma visión posibilita que el aire que respiramos sea denso y malo de raíz. Los hombres poderosos desean a toda costa que nos precipitemos en el abismo para controlar y disci­plinar a la sociedad. Así que, “la serenidad del pensamiento y el desinterés espiritual aumentan en los momentos en que reina el terror”. Estos hombres poderosos quieren que miremos como en espejo, y que las imágenes artificiales sean más fuertes que las palabras y la realidad. Olvidan que en la antigüedad el “len­guaje causaba un efecto directo y que ese efecto no presuponía la comprensión, sino que la creaba”.

 Somos parte entonces de momentos de ínterin donde el Mundo y la Cultura del artificio se ponen al ser­vicio del Gran Poder. Esto no quiere decir que el ser humano no se guarnezca bajo el Árbol de la vida, en cuyas hojas está escrito el ínterin titánico, una peregrinación cósmica, es decir, el eterno retorno. “La figura del eterno retorno —dice Mircea Eliade— en la tradición mágico-religiosa arcaica, simboliza un intento de retorno a los orígenes”.

Así pues, en Colombia, por ejemplo, los guerrilleros, los paramilitares y grupos delincuenciales conforman las órdenes secretas desde donde fluyen las fuentes del Gran Poder. Es difícil determinar su verdadero radio de acción. Son conscientes del tejido del que forman parte, además no ignoran “la fecundidad para dar vida a nuevos grupos y asociaciones”. Ellos saben, por supuesto, que son una de las formas que tejen las redes del Gran Poder, “de manera que cuando uno trata de seguir su pista, acaba perdiéndose en un gran laberinto”.

Pienso que, en el Gobierno de Abelardo De la Espriella, es imposible reconstruir “normalmente” la nación, la concordia entre los colombianos, después de lo que no fue otra cosa que “la catástrofe en sí”. Estamos en la actualidad en un salto a la barbarie y al fuego, al desprecio por la vida y en la ebullición de admiración a la violencia, la amenaza y la muerte en sacrificio. Esto evidencia que la lógica de la historia es tan destructiva como los gobernantes y los hombres que procrea.

Debemos empeñarnos en restituir la figura del “auténtico superviviente” después de lo que acaeció y acontece en la actualidad en Colombia. Restituir el rostro frágil del hombre que representa por sí mismo, los “tiempos sombríos” en que nos encontramos. Tal como lo evocó Bertolt Brecht en el tejido de palabras de sus poemas. Que estos “tiempos sombríos” nos ayuden a hacer, un “sondeo en la profundidad del mundo y de la vida”. Un tiempo que se expandió como una nube tóxica sobre los colombianos y, lo que ha dejado hasta la actualidad, son escombros humanos y materiales tirados a la vera del camino.

   De ahí que los únicos lamentos que se escuchan no son los de los pobres y afligidos, sino los de los Poderosos.

Ahora bien, no se trata de retornar “a aquel mundo primitivo en el que el miedo es algo poderoso”, pero, aunque seamos parte del mundo global conectado en Red, de la velocidad, del maqui­nismo, de la robótica, de la numerificación y de la objetivación del ser humano, sentimos en lo profundo de nuestra intimidad los miedos ancestrales que heredamos de nuestros antepasados más remotos. Esos miedos ancestrales siempre han estado ahí, espe­rando la rememoración (Eingedenken) o el recuerdo (Zekher); noción que “no designa la conservación en la memoria de los acontecimientos del pasado, sino su reactualización en la expe­riencia del presente”.

Por tanto, lo terrible del ser humano no es enfrentarse a lo desconocido, sino a sí mismo. A sus miedos y vir­tudes ancestrales y actuales, que atormentan la consciencia. “El sentimiento original y primario del hombre —dijo Nietzsche— es el miedo. Por el miedo se explican todos los pecados y virtudes originales. Del miedo ha nacido también la virtud, la ciencia”. Así que, los gobernantes “autoritarios” y “neofascistas”, se valen del miedo y la angustia, para paralizar al contrincante político, para callar al comunicador social honesto y serio en el ejercicio del periodismo, para paralizar las protestas estudiantiles y sociales de los trabajadores, etc.

Evoquemos a Gershom Scholem: “Seguramente, la historia puede ser una ilusión, pero sin esa ilusión es imposible comprender el ser en su dimensión temporal”.  

Vistas las cosas así, las fuerzas del Gran Poder y del Estado o de los Hombres Poderosos, puede ser que los desolladeros, los lugares de sudarios y de demonismo estén dando paso a la luz que ayude a ver con claridad para tener paz espiritual y vivir en armonía en un Estado democrático y social de Derecho. Que respete las libertades fundamentales, la separación entre el ejercicio del poder y la religión, los derechos de la clase trabajadora, de los campesinos, de los jornaleros, de las comunidades negras e indígenas, de los desplazados y excluidos de Colombia.

Porque las fuerzas del Gran Poder, no se combaten solo con las armas, el dolor, el temor o la muerte, sino con la experiencia, la imaginación, el conocimiento, la solidaridad, el respeto a la dignidad humana y a la vida. Cuando la luz del espíritu cae sobre la vida de los hom­bres, lo que percibe no es algo nuevo, sino diferente. Entonces la existencia del ser humano recurre a sus reservas, y hace más cla­ros los problemas que la razón es incapaz de resolver.

De ahí que la cultura, la memoria y el recuerdo posibiliten fun­dar “la cadena de la tradición, que transmite de generación en ge­neración los acontecimientos del pasado”. Porque una sociedad sin memoria y sin cultura queda a expensas de los poderosos, de la trivialidad y de la ignorancia, en las tomas de decisiones polí­ticas, y eso es sumamente peligroso para la democracia y el Es­tado de Derecho.

Es más, cuando la “selecta minoría” determina la vida política, social, económica y cultural de un país, prima el darwinismo económico sobre las verdaderas necesidades mora­les, éticas, materiales y espirituales de la sociedad. Porque a ellos no les interesa la cultura ni la dignidad humana, sino el poder y el dinero. Por eso responden a los principios de la filosofía utilitaria, la ganancia y el dominio sobre el Otro.

En Europa en la actualidad, también en Asía, África y América Latina, las ideologías totalitarias, el auto­ritarismo y el desprecio por la vida y la dignidad humana es algo que se incrementa desde el Estado y el poder económico y militar del momento, dejando tras de sí un montón de ruinas y de escombros, materiales y humanos, a la vera del camino. Y ahora las políticas neoliberales y de recortes, de los poderosos de la Plataformas Digitales, han institucionali­zado el dolor, el hambre, la muerte, el odio y las injusticias socia­les, y las presentan como algo necesario y normal.

Además, es sabido, desde el tiempo de los tiempos, que aquel que le sirve al mundo con el espíritu está blindado con anillos luminosos. Así, un signo de las épocas de decadencia es hacer visible el poder de la materia sobre la llama del espíritu. Entonces se niega la antigua sentencia que dice: “Los más hermosos presentes de los dioses son siempre gratuitos”. Los verdugos de los pueblos y las naciones, los neofascistas y los autoritarios, saben que “profundo es el odio que en los corazones abyectos arde contra la belleza”.

En algunas tierras todavía se conserva la tradición de los cha­manes, los sacerdotes, los poetas, los cantores de vallenatos, los juglares que “cumplen la función de juez de los muertos”. Esos cantores y tejedores de palabras se encargan de que “los dioses vuelvan sus miradas hacia la existencia del desaparecido y de ce­lebrarla en sus versos poniéndola de relieve, al modo que el buzo saca a la luz la perla incrustada en la ostra”.

El pueblo sabe dis­tinguir entre las personas que componen y cantan alabanzas a los dioses por el retorno de las estaciones, las cosechas, la vaquería, la salud, el amor y la vida, y los que siembran en el corazón de los hombres el fruto del odio, la maldad y la muerte. Sabemos enton­ces que la vida de los hombres transcurre entre la amargura y la alegría, la desesperanza y los momentos de felicidad, “tal como nos está acordado a nosotros, los humanos”.