martes, 7 de abril de 2026

 

                                                              La era de la negación del humanismo

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 07/04/2026

En esta época de alto desarrollo técnico y científico, ¿de qué se trata realmente en la vida del ser humano? ¿qué ocurre cuando se quebranta la fe en el hombre? ¿cuál es el sentido de la vida cuando no está en el interior de sí misma? En el tiempo actual existe una desconfianza en el ser humano; en el entorno que lo rodea. Existe, a la vez, una desconfianza en el Estado técnico, el Gran Poder Tecnológico y, en el Poder Político y Económico Mundial. Es decir, en la “selecta minoría” que ejerce la Gobernanza Mundial.

Casi siempre de estas condensaciones de tiempo, surge una época de crisis. Por eso se hace necesario buscar otra idea de hombre, de felicidad, de justicia, lo bello, lo ético, lo bueno y, en esa medida, el ser humano recupere la fe en sí mismo y la ilusión de vivir.

Dice Francesco De Nigris: “Hay épocas que el individuo tiene la posibilidad de vivir más feliz e ilusionado que en otras épocas. Se trata de épocas que hay confianza en el hombre, que es, en mi opinión, el estado de las épocas humanistas. En realidad, cada época tiene su grado de humanismo en la medida que consigue creer en el hombre, y cada una tiene sus razones antropológicas para serlo.”

En este orden de ideas, la época contemporánea tiene su propio pathos (lo significativo para el hombre), que va unido a modos de obrar, sentimientos o pensamientos diferentes de épocas anteriores. Dado que una comunidad, una civilización o una cultura, conecta su pathos a modos de obrar, pensamientos o sensibilidades distintos. El hombre se confunde y cree que la grandeza, el reconocimiento social, la sabiduría, la experiencia, la destreza o, el significado de la vida, reside en el pathos dominante. Si esa creencia se reduce al absurdo por un cambio de paradigmas, de valores, una transvaloración.

Entonces, el auténtico pathos se coloca ahora en otro modo de actuar, pensar o sentir.

Esto induce a pensar la esterilidad intelectual y cognitiva de nuestra época. Porque una civilización que prioriza el éxito económico y político, sobre las verdaderas necesidades y esperanzas humanas. Es una civilización que coloca el pathos fuera de la obra. El ser humano “se ha salido de ella; ésta se ha vuelto autónoma”, y ahora éste “deviene cada vez más sustituible y prescindible”.

Esto sucede en nuestra época con la revolución técnica en los medios de información, la importancia de la imagen en la vida o, la primacía de la Inteligencia Artificial generativa. Nos indica que, somos parte de un tiempo, que colocó su pathos, fuera de él. De ahí se deduce que el valor, el auténtico valor no reside en la cualidad del ser, sino en algo exterior a él. Se está dando una trastocación ontológica; en el orden del “Ser” y el “existir”.

El hierro está al rojo vivo y a punto de desencadenar energías tan potentes, que hay que mirarlas por la rendija del ser humano, como fenómenos telúricos o cósmicos.

En la actualidad estamos bajo el dominio de potencias políticas, económicas, militares y tecnológicas y, la deriva del devenir es la instauración de sociedades de control, sumisión, vigilancia, simulación o coacción. Estamos viviendo la lucha atroz de potencias imperialistas y la posible irrupción bélica de orden internacional. Es decir, estamos a las puertas de generar una catástrofe atómica. Pero, esto no es tan raro como parece, viendo quienes son los líderes de la Gobernanza Mundial.

Walter Benjamín observó que los adelantos en el orden de lo físico, lo material o de la cosa, en este mundo donde la barbarie penetra todos los ámbitos de la realidad y de la vida, expresa simultáneamente un olvido de lo inasible, lo sagrado, la espiritualidad y lo trascendente, que se asocia al olvido del logos, del habla o la palabra.

Ahora en la actualidad se percibe en el lenguaje populista, nacionalista y autoritario, de Trump, de Putin y de Xi. El lenguaje sirve a la demagogia, la mentira, la posverdad y a las falacias de la Cultura del artificio: medios de comunicación de masas, las redes sociales, las imágenes en movimiento y, a la subcultura de las Plataformas Digitales y, a la IA. Porque amenazan la creatividad, el talento y el intelecto, es decir, las bases de las civilizaciones humanas. Que esconden en sus relatos la destrucción del Estado de Derecho, las Democracias liberales parlamentarias, la libertad -de pensar, de expresarse, de escribir-, de imaginar un mundo donde los seres humanos puedan vivir en tolerancia, en paz y concordia.

En este orden, libertad significa lucha, riesgo, angustia, pregunta, porque la verdad es hermana de la “luz” y la “dulzura”, nos enseñan los Evangelios. Principios cristianos que se entrelazan en una boda nupcial con la palabra amor.

Sabemos que los megalómanos del poder imperial tienen especial afecto por la fuerza, la violencia, la guerra, que no sólo militarizan los conflictos sino también el lenguaje, los gestos, los ademanes, que configuran la escenografía del ejercicio del poder. Trump, por ejemplo, utiliza un discurso que militariza la política, el lenguaje obedece a la guerra como espectáculo mediático. Utiliza un discurso excluyente, safio, brutal, agresivo y visceral. En Trump las reflexiones del pensamiento, la conciencia crítica, las esferas de la ética o de la moral, brillan por su ausencia.

Por eso las escamas que cubren a Leviatán, ya empiezan a resquebrajarse en muchos lugares del mundo y muestran sus partes blandas. Somos parte de una época que está desgarrando el Orden Internacional establecido después de la Segunda Guerra Mundial y la caída del muro de Berlín; por otro, donde el poder hegemónico de un Nuevo Imperialismo, sitúan a Estados Unidos, Rusia y China, a la cabeza de ese Nuevo Orden Internacional basado en la tecnología de la información, la fuerza, el caos, la mentira, la coerción, la violencia o la guerra.

Por eso el ser humano es capaz de desvelar el ritmo superior de la historia; el ritmo donde se “redescubre a si mismo periódicamente”. En el devenir de la humanidad han existido poderes, que “quieren colocarnos sus máscaras propias, poderes que unas veces son totémicos, y otras mágicas, y otras técnicas”. En este orden de cosas, existen épocas que han sumido a los hombres en una degradante miseria moral, material y cognitiva, cuando sus vidas son arrastradas a la más espantosa destrucción.

Hasta ahora, la “fascinación de potentes ilusiones ópticas, o auditivas”, generadas por los instrumentos técnicos, presentan al hombre de hoy, como un simple grano de arena en el desierto. Pero olvidamos que todos los aparatos -los inventos técnicos, la ciencia, la industria militar, la IA-, son sólo el “decorado del teatro colocado por una imaginación inferior”. Olvidamos, que el creador es el hombre de carne y hueso y, es él a quién le corresponde configurar un sentido nuevo a la existencia.

    “Es posible hacer saltar las cadenas de la técnica; y quien puede hacerlo es la persona individual”.

Si “las poderosas ficciones de nuestro tiempo y las amenazas que irradian de ellas”, dan cuenta de la existencia del hombre sobre la Tierra. En la arena de la historia se percibirán con la máscara del terrorismo internacional, el juego de las finanzas internacionales, la guerrilla, el narcotráfico; de gobiernos corruptos, autoritarios, populistas, que violan los derechos humanos y la libertad; de Estados donde se degrada la dignidad de las personas o la libertad de expresión, de escribir, etc. Que en el tejido de las redes sociales y la IA, se configuran como espejismos o realidades que trascienden los límites de la existencia.

    En lugares de sudarios y sufrimientos, se desea convertir el mundo en algo adverso a la existencia humana.

Por eso es necesaria la libertad o, la autonomía de la voluntad o, la fraternidad o, la solidaridad o, el amor, que es el secreto de la maestría, para que indiquen las sendas de las fronteras del tiempo y lo trascendente. Porque no podemos olvidar que el hombre es un ser fronterizo. Así que, una autentica inmersión en la realidad y las profundidades de la subjetividad, aseguraran desde el individuo la creación de un nuevo camino existencial.

En la Cultura, estas categorías contribuyen a cambiar la visión de las cosas, la percepción del mundo y de la realidad o, la existencia individual. “Pues la descripción de la sociedad que progresa o se descompone va dejando paso a la confrontación de la persona individual con el colectivo técnico y con el mundo peculiar de ese colectivo”. La obra poética, por así decir, pone de manifiesto la superioridad del mundo de las Musas o, de la Palabra, sobre la técnica.

 “El poeta ayuda al ser humano a encontrar el camino de vuelta a sí mismo: él es un emboscado”. No sólo ayuda al retorno, también “nos orienta hacia los padres y hacia los órdenes que les fueron propias”. Posibilita al ser humano remontar las fuentes de las raíces de la lengua, de la cultura, que nos es propicia.

La literatura prepara al ser humano para sentir la aniquilación del valor, preguntar sobre la existencia individual o colectiva, sobre aquello que da nuestra razón de ser. Y por la magia de la palabra nos enfrenta a la superficialización y simplificación del mundo técnico y político del que somos parte. Estamos observando como un número de seres humanos, se vale de la literatura, del arte, la teología o, la filosofía, del espíritu o la música, para soportar las energías destructoras del mundo técnico y científico, económico y militar.

Esto es digno de admiración y respeto en sociedades enloquecidas por el dinero, la política, el lujo, las bellas materias y las tecnologías de la información, la industria armamentística, la comunicación llana y simultanea o, la IA.

En la superficie del mundo ya se están sintiendo sus partes blandas; son síntomas que indican que soñando nos acercamos a un nuevo despertar.

sábado, 28 de marzo de 2026

 

                                           El “hecho estético” en la Época de la Técnica

                “Fragmentos del libro La Lengua Herida que acabo de escribir”

<<A todas las personas que creen en la “Palabra” como medio de conversación y persuasión en el espacio de las balas, la violencia, el caos y la guerra>>.

<<En la actualidad no solo hemos perdido la fe en Dios, sino también en el hombre mismo y, en particular, en aquellos que nos rodean>>.

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 28/03/2026

En la Gran ciudad, la clara y profunda llama de la vida que arde en los corazones de los hombres, parece que se hubiera nublado. Porque en su lugar priman los grisáceos y negruzcos nubarrones que preceden las tempestades. En un ámbito como éste, en medio del sol más radiante, las cosas son lúgubres y frías. Y la vida cotidiana se convierte en objeto y cifra. No podemos negar que la mayor parte de las veces, el dolor y el sufrimiento trascienden nuestras fuerzas.

El habitante de la Gran ciudad le hace fintas y los esquiva, pero no prepara la vida para enfrentarlos, como hace el torero con el toro. Esto tiene sus causas y una fundamental es, la pérdida de la libertad. Hemos ido entregando poco a poco el fuerte donde mora la libertad, al “Dragón de mil escamas”, el Estado, a cambio de la seguridad. También al Poder de las Tecnologías Digitales, las redes sociales y las imágenes en movimiento. Observamos anonadados y sorprendidos que la seguridad que el Estado técnico una vez nos brindó, se resquebraja.

Porque se han despertado de su letargo sueño fuerzas míticas y atemporales, que creíamos que, con la razón y el pensamiento técnico-científico, estaban dominadas. Y en forma de creencias atávicas, terrorismo islámico, ideológico, guerras nacionales o entre naciones, el nacional-populismo-autoritario, el neo-fascismo, se abren camino en las ciudades, los pueblos y los campos del mundo. Que dejan tras de sí desolación, odio, sufrimiento, hambre, indigencia y muerte.

El otro problema que surge en la actualidad, ¿cómo brindamos seguridad a la humanidad, a una nación o una comunidad, cuando el orden internacional que se estableció después de la segunda Guerra Mundial, voló por los aires como una costra seca? Se viola el derecho internacional, se destruyen las Naciones Unidas, los tratados e instituciones que velaban por la vida en común y el respeto al frágil consenso de los Sujetos internacionales. Se ruptura los convenios de seguridad con aliados como la Unión Europea, por parte de EE.UU. Ahí está unos de los problemas a resolver en pocos espacios de tiempo, el paso del multilateralismo a la unipolaridad de los nuevos imperios como Estados Unidos, Rusia y China.

Esto nos permite percibir que estamos viviendo en esta alta civilización técnica, de sociedad de masas y cultura de masas, una disminución del sentido de la existencia y la realidad. Y el optimismo, la confianza y la consciencia de poder que genera la técnica, el progreso y el desarrollo, se resquebrajan ante las fuerzas de lo elemental y atemporal. No sólo hacen evidente el resquebrajamiento de los anillos de seguridad que garantiza el Estado, sino también una visible falta de libertad.

De tener conciencia que vivimos en un mundo que, en pocos espacios de tiempo, la inteligencia alienígena lo determinará en algunas de sus formas. Nuestra preocupación estriba en que, la IA no tiende a la inteligencia humana, sino a algo diferente que encierra en sí un potencial enorme, que no comprendemos ni controlamos. De ahí que los peligros que representa la IA y la tecnocracia autoritaria, son variados y disimiles.

En un ambiente así quedamos a merced de los espíritus fuertes y voluntad recia, los hombres que permanecen firme en medio de las tempestades y las tragedias. Cobra validez que, “lo automático no se torna terrible hasta que no se revela como una de las modalidades de la fatalidad, como su estilo, tal como fue descrito de manera insuperable por Jerónimo Bosco”.

Así el arte se ocupa de manera especial de la nueva situación del ser humano; su objeto va más allá de la mera descripción. En éste campo se están realizando tales ensayos que trascienden las valoraciones vigentes, los “órdenes” de valores establecidos. El arte contemporáneo nos sugiere participar del “aura” de las imágenes; como lo percibe Benjamín y Borges en el hecho estético.

Además, pensar las imágenes de la realidad como la inminencia de una Revelación. Y captarlas en un campo donde se entrecruzan sus sentidos de diversas maneras. Por eso el arte, la literatura, la poesía, la música, nos revelan que vivimos en un mundo de imágenes entrelazadas y buscamos descifrar el enigma de lo actual. Que posibilita, entre otros, reflexionar sobre el presente-actual, los lugares comunes y la tarea de destruir las fronteras de lo cotidiano. Ya que el hombre es un ser fronterizo.                                                       

Asimismo, la pérdida de la libertad individual, es una de las cuestiones que hoy se halla detrás de todas las congojas del presente. El ser humano se está convirtiendo en cifra, también en un ser manipulado, vigilado, cercenado, atravesado y trascendido, por fuerzas que desconoce, no comprende ni controla. A la vez, podemos decir que, se “cosificó”, se “objetivó” o se convirtió en un “almacén de existencias”. Dando paso a un ámbito donde sólo moran los titanes y las personas de espíritus fríos.

Parece que somos parte de un mundo del que se apoderó un pánico que dice mucho de la época que vivimos. Un terror a lo desconocido, lo diferente, a la alteridad –al color de la piel, al ritmo de lenguas diversas, la religión, la cultura distinta –, que acrecientan la angustia y la debilidad de la persona que sufre, tiene miedo y está desprotegida ante el poder Total. Ya se observa en Estados Unidos, con las deportaciones masivas de inmigrantes, la xenofobia, el racismo, a las minorías étnicas, a los blancos empobrecidos y a los negros nacionales.

También se vislumbra algo de eso en Europa, con la acogida de una parte de las sociedades, a propuestas políticas, culturales, lingüísticas, de extrema derecha, del nacional-populismo-autoritario, a los principios ideológicos fascistas. Lo cual es sumamente grave en un Estado de Derecho y un Sistema democrático. Se observa que la coacción, la vigilancia, la simulación, tienen especial eficacia en los desplazados, los desempleados, las prostitutas, los homosexuales y, en las minorías étnico-lingüísticas.

Esto nos devela que el miedo es el que domina y controla a esos hombres y mujeres; y se ubica en el pálpito de lo azarosa y violenta en que han convertido sus vidas. Se percibe “que esos hombres y esas mujeres se precipitan en su miedo cual si fueran unos posesos y que subrayan con franqueza y sin rubor los síntomas de ese miedo”. Naturalmente, el pánico, el miedo, el odio y el dolor, se están convirtiendo en característico de la época.

Con relación al desarrollo de los instrumentos técnicos, “el pánico se hará más compacto todavía en aquellos sitios donde el automatismo aumenta y está aproximándose a formas perfectas, como ocurre en Norteamérica. En esos sitios es donde encuentra el pánico su mejor alimento; es difundido a través de redes que compiten en rapidez con el rayo”. 

Pero existen personas que en medio del caos o la violencia que vivimos (de guerras nacionales y guerras entre naciones), se levantan por encima de las adversidades. Y, son conscientes que, “hay épocas de decadencia en las que se desvanece la forma de vida profunda que en cada uno de nosotros está dibujada de antemano. Cuando perdemos sus huellas, vacilamos y nos tambaleamos como a seres a quienes les falta el sentido del equilibrio. Entonces, pasamos de las oscuras alegrías a los oscuros dolores.

Y la consciencia de una infinita perdida hace que el pasado y el porvenir se nos aparezcan llenos de atractivos, y mientras el instante huye para no volver más, nos balanceamos en épocas remotas o en fantásticas utopías”. Esa capacidad de percibir la forma de vida profunda en medio del caos y los instantes únicos de la vida cotidiana, los Dioses y las Musas lo donan sólo a sus elegidos. Son los que perciben el sentido de las cosas y de la existencia en general, expresados en el hecho estético del mundo y la realidad.

Su ofrenda se dona en obras de arte, música, teatro, literatura, teología, poesía, ciencia o filosofía. Gracias a ellos, la vida es agraciada con una nueva y desconocida luz. Y nos damos cuenta que, la existencia que vivimos con un espíritu lleno de prejuicios o anclados en el tópico y el lugar común, se libera de las ataduras. Entonces, se torna piedra preciosa que brilla en medio del camino y la que todo el mundo toma como un trozo de vidrio. Se trata de una piedra preciosa, que tenemos que pulirla correctamente. Por eso hay que trabajar primero en el interior de todos y cada uno de nosotros.

Así que, por estar inmersos en los ritmos de la vida cotidiana, no nos damos cuenta que las personas son inestimables tesoros que están siempre a nuestro lado, a lo largo del viaje de nuestra existencia. Cada una de ellas forma parte de la aristocracia natural de este mundo –como la solía llamar el hermano Othón, uno de los personajes de la novela Sobre los acantilados de mármol de Ernst Jünger -, y que cada una de ellas, no obstante, puede hacernos un gran bien. Concebía a los hombres como depositarios de algo maravilloso y a todos les dispensaba un trato principesco.

Por eso todas las personas que se acercaban a él se abrían como plantas que despertaran de un sueño invernal, y no porque se hicieran mejores de lo que eran, sino porque se acercaban más a sí mismas. En los ritmos de la vida cotidiana no nos damos cuenta que la existencia es algo sencillo, profundo y sublime, porque cada instante nos abre la comunicación consigo mismo, con el otro o, con Dios. En cualquier momento se puede dar la Revelación divina o, abrir las puertas del hecho estético, que nos posibilite alcanzar lo bello y eterno, que mora en todos y cada uno de nosotros.

En este orden de la existencia, la vida no puede ser arrojada en manos del primer postor. Aunque una doctrina afirme: la vida con todos sus placeres y dolores no es nada. “La vida -dice Ludwig Wittgenstein-  no está ahí para eso.  Tiene que ser algo mucho más absoluto. Tiene que tender a lo absoluto. Y lo único absoluto es defender victoriosamente la vida luchando como un bravo soldado por ella hasta la muerte. Todo lo demás es vacilación, cobardía, comodidad, miseria”.

Debemos vivir de tal modo que podamos morir bien. Y sólo lo alcanza quien logra conocerse a sí mismo, confesarse a sí mismo, lo que “es”. También sabemos que “conocerse a sí mismo es terrible porque a la vez se conoce la exigencia vital, y que uno no la satisface. Pero no hay un medio mejor de conocerse a sí mismo que mirar al perfecto. Por eso el perfecto tiene que desatar una tempestad de indignación en los seres humanos; si no quieren humillarse completamente. Creo que las palabras: “Bienaventurado quien no se escandaliza de mí” quieren decir: “Bienaventurado quien sostiene la mirada del perfecto”.

Albert Camus dijo alguna vez: “En el apego de un hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias. El juicio del cuerpo vale tanto como el del espíritu y el cuerpo retrocede ante la aniquilación. Cogemos la actitud de vivir antes de adquirir la de pensar”.

La tarea de la filosofía, en este estado de cosas, es tranquilizar el espíritu con respecto a preguntas carentes de significado. Quién no es propenso a tales preguntas no necesita la filosofía. Esto no es una opinión cualquiera, tampoco una convicción, sino una visión frente a las cosas y la vida en particular.

domingo, 22 de febrero de 2026

 

                   LA IDEA DE PROGRESO EN LA CIVILIZACIÓN FAUSTICA

 

 Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 20/02/2026

 Para Oswald Spengler, la Decadencia de Occidente significa el problema de la civilización actual. Nos hallamos frente a una de las cuestiones fundamentales de la historia. ¿Qué es “civilización”, concebida como plenitud y término de una “cultura”? Cada “cultura” tiene su “civilización” propia. La “civilización” es el inevitable sino de toda “cultura”. La “Civilización” es el extremo y más artificioso estado al que llega una especie superior de hombres.

Es un remate, subsigue a la acción creadora como lo ya creado, a la vida como a la muerte, a la evolución como al anquilosamiento, al campo y la infancia de las almas –que se manifiesta, por ejemplo, en el dórico y en el gótico- como decrepitud espiritual y la urbe mundial, petrificada y petrificante. Es un final irrevocable, al que inexorablemente se llega de nuevo, íntima necesidad. (Spengler).

Este devenir de la materia, del espíritu y de las formas artísticas de la civilización occidental, en su estado artificial y decadente, expresa la Época Moderna como Cultura del artificio. Además, un ámbito en el que prevalecen las relaciones artificiales sobre las relaciones de sentido. Así se puede comprender a los romanos en cuanto sucesores de los griegos. Así se coloca la última etapa de la Antigüedad bajo una luz que revela sus más hondos secretos.

Preguntamos, ¿qué significa que los romanos hayan sido bárbaros, que no preceden a una época de gran crecimiento, sino que, al contrario, la terminan? Sin alma, sin filosofía, sin arte, animales hasta la brutalidad, sin escrúpulos, pendientes del éxito material, se hallan situados entre la cultura helénica y la nada. Su imaginación enderezada exclusivamente a lo práctico –poseían un derecho sacro que regulaba las relaciones entre hombres y dioses como si fueran personas privadas y no tuvieron nunca mitos-, es una facultad que en Atenas no se encuentra. (Spengler).

Los griegos, en cambio, tienen alma; los romanos, intelecto. Entre ambos se diferencia la Cultura, de la Civilización. Y esto no vale solo para la Antigüedad. Una y otra vez, en la historia, se presenta ese tipo de hombre de espíritu fuerte, completamente a-metafísico. En sus manos está el destino material y espiritual de toda época postrimera. Ellos son los que han llevado a cabo el imperialismo babilónico, egipcio, indio, chino, romano. En tales períodos se desarrolló el budismo, el estoicismo, el socialismo, y emociones definitivas que pueden, captar y transformar en su sustancia una humanidad mortecina y decadente.

Así, la Civilización pura, como proceso histórico consiste en una gradual disolución de formas muertas, de formas que se han tornado inorgánicas. (Spengler). Este no es otro que, el mundo del Titán y del titanismo, del Técnico y del colectivo técnico en la actualidad. Son los descendientes de Prometeo en la Tierra. Prometeo es el que lleva a los dioses el mensaje de los titanes; compite con los dioses, pero no llega a donde estos se hallan.

Por tanto, la Civilización Moderna que alcanza su exponente máximo en la sociedad norteamericana, deriva todas sus “formas” de la cultura europea. Su imaginación enderezada exclusivamente al pragmatismo, no se interesa por la elevación del espíritu, las formas artísticas, la cualidad del ser y el existir, ni por el devenir de la historia, sino por el presente-actual. Es ella una civilización donde prevalece el materialismo y el hedonista.

Los europeos tienen alma y espíritu, ellos sólo intelecto. Que se decantan por la ciencia y la técnica. Mejor, no se inclinan por la esencia del ser, ni de la técnica, ni la esencia del hombre, sino por la función, la organización y la utilidad como “valor” de cambio, un bien social que se pone en circulación y se convierte en dinero. Además, implementan en la publicidad, la cultura del entretenimiento, el hiperconsumo y el ocio vacío, que no cualifica la esencia del ser y el existir.

La civilización norteamericana es una civilización engreída y excluyente, violenta y tecnológica, basada en valores fundamentales como la igualdad, la libertad individual y el emprendimiento. Pero, ahora como imperialismo tecnológico y económico es, una civilización que ha llegado al “telos” de su desarrollo. Vive un imperialismo tecnológico y militar, basado en las tecnologías de la información y los lenguajes digitales, de un Gobierno populista y nacionalista que implementa la polarización, la amenaza, el miedo, el racismo y la discriminación en todas sus formas.

Por eso, lo que les interesa es la instrumentalización de la técnica y no su esencia, que pone ésta al servicio del hombre y de la Humanidad. Ellos son los que han llevado el imperialismo occidental a través del mundo en su expresión máxima. Así que, su brutalidad, lo bárbaro, la violencia, la guerra, la insensibilidad y de espíritu, en tratar los asuntos humanos, es su característica.

Spengler dice que es un pueblo sin alma, sin filosofía, sin escrúpulo. El éxito material, económico, científico y técnico; prevalecen sobre las necesidades espirituales o morales de la sociedad. Son la manifestación del Gran Poder y del Espíritu del Tiempo, del Capitalismo Tecnológico y Militar, en todas sus formas y materialidades.

 

En ellos, “la razón se mal interpretó como racional. Y lo irracional en tanto engendro de lo racional impensado, presta curiosos servicios” –dijo Martín Heidegger.

 

Spengler plantea que, el tránsito de la cultura a la civilización se lleva a cabo, en la Antigüedad, hacia el siglo IV; en Occidente, hacia el siglo XIX. A partir del momento, las grandes decisiones espirituales no se toman ya “en el mundo entero”, como sucedía en tiempos del movimiento órfico y la Reforma, ya que no había una sola aldea que no tuviera importancia. Ahora se ejerce el poder en cuatro o cinco ciudades que han absorbido el jugo de toda la historia y frente a las cuales el territorio restante de la cultura queda rebajado al rango de provincia.

En el presente se toman las decisiones desde un cuadro de mando, donde todas las piezas encajan a su perfección, un acto mediante el cual una única maniobra ejecutada en el cuadro de distribución de la energía conecta la red de la corriente de la vida –una red dotada de amplias ramificaciones y múltiples venas- a una gran corriente que proviene de las minorías selectas y del poder tecnológico de la información y las comunicaciones.

En el presente actual existe la ¡Ciudad mundial y provincial! En lugar de un pueblo lleno de formas, creciendo con la tierra misma, tenemos un nuevo nómada, el habitante de la Gran ciudad. Un hombre atenido a los hechos, un hombre sin tradición, que se presenta en masas informes y fluctuantes; un hombre sin religión, inteligente, improductivo, imbuido de una profunda aversión a la vida agrícola, un hombre que representa un paso gigantesco hacia lo inorgánico, hacia el fin. (Spengler).

Hoy, en cambio, predomina la Gran ciudad en todas sus acepciones sobre las provincias y las aldeas, la urbe mundial significa el cosmopolitismo sobre el pueblo, el sentido frío de los hechos sustituye a la veneración de la tradición. Todo esto significa la irreligión científica como petrificación de la religión del alma y del corazón, sociedades en lugar del Estado, los derechos naturales en lugar de los adquiridos.

Por tanto, el dinero como factor abstracto inorgánico, desprovisto de toda relación con el sentido del campo fructífero y con los valores de una economía de la vida, es lo que ya los romanos tienen antes que los griegos y sobre los griegos. A partir de aquí, una concepción distinguida y elegante del mundo es también cuestión de dinero. (Spengler).

El dinero y el poder en la Gran ciudad establecen relaciones inconexas (sin sentimientos, ni respeto, sin tradiciones compartidas, sin humildad, etc.). O, en otras palabras, relaciones políticas, jurídicas, culturales o económicas. Que diluyen el tejido del amor, la amistad, las creencias, los usos, hacia el otro o los otros. De ahí que, en la Gran ciudad no habita un pueblo, sino una masa. Una masa, informe y uniforme, sin tradiciones, usos y religiones compartidas.

Una masa sin lazos de afectos, sin espíritu que eleva al ser humano a la libertad y la dignidad humana; y, por ende, a lo trascendente y eterno, que mora en el interior de todos y cada uno de nosotros.

Asimismo, Ernst Jünger se pregunta, ¿quién discutiría que la civilización tiene con el progreso una ligazón más íntima que la que posee la Kultur y que aquella es capaz de hablar en las grandes urbes su lenguaje natural y sabe manejar medios y conceptos a los que la cultura se enfrenta sin tener ninguna relación con ellos e incluso de manera hostil? En la Gran ciudad podemos observar que la civilización y el espíritu del progreso se entrelazan y responden al tiempo actual.

Tener presente que, hoy cabe aportar ciertamente buenas razones para probar que el progreso ya no es un avance; si el auténtico significado del progreso no es otro, un significado diferente, más secreto, que se sirve, como de un escondite magnifico, de la máscara de la razón, muy fácil en apariencia de abarcar con la mirada. (Jünger).

Sabemos que la razón es cruel, más si se pone al servicio del Progreso y del Gran Poder Tecnológico. El ser humano empieza a sospechar que a la idea de progreso se impone por doquier en la vida, unos impulsos diferentes y más ocultos. Con toda razón se ha complacido el espíritu en despreciar de múltiples modos las marionetas de madera del progreso –más los delgados hilos que ejecutan los movimientos de las marionetas son invisibles. (Jünger)

Si nos ocupamos de los movimientos más secretos del progreso, tenemos la sospecha que éste responde al vaho fétido del ejercicio del Gran Poder Tecnológico.

El progreso no sólo rompe la relación que tienen los pueblos con la tierra, sino que destruye el hilo de la tradición: los mitos, la religión, los usos, las costumbres, el arte, que constituyen el ser y el núcleo de toda historia. El hombre de la Gran ciudad, el hombre masa es un hombre incomunicado pero adaptado a la sociedad, un hombre nervioso y excitado, un hombre carente de reglas y de normas compartidas, un hombre con capacidad de consumo y de entretenimiento e incapaz de analizar y juzgar, un hombre egocéntrico y alienado del mundo.

Además, la relación que la sociedad moderna establece con el progreso y la técnica, es completamente utilitaria y funcional. Y, en esa relación es donde hay que buscar el auténtico factor moral de nuestro tiempo, un factor provisto de irradiaciones tan sutiles e imponderables que con ella no pueden competir ni siquiera los ejércitos más fuertes. Es, de suponer que, la creciente trasmutación de la vida en energía y la progresiva volatilización del contenido de todos los vínculos en beneficio de la civilización de la Gran ciudad, de la técnica y el progreso, han trasmutado la relación del hombre con la naturaleza y con el mundo que lo rodea. 

En este orden, Ludwig Wittgenstein entrelaza su pensamiento con el de Spengler y de Ernst Jünger y, dice: en la civilización de la Gran ciudad el espíritu sólo puede retirarse a un rincón. Pero no por ello es algo así como atávico & superfluo, sino que se cierne sobre las cenizas de la cultura como testigo (eterno) -casi como vengador de la divinidad.

 Como si esperara una nueva encarnación (en una nueva cultura).

 ¿Qué aspecto habría de tener el gran satírico de este tiempo?

Además, si se quiere comprender la crisis del mundo actual –no hay que hacerlo desde las relaciones causales, de causa a efecto, tampoco desde el ángulo del partido, la ideología, el dogma, el determinismo material o espiritual -, sino desde la altura intemporal donde la mirada domina al mundo de las formas históricas repartido por miles de años. Si se quiere comprender realmente la decadencia de la época actual.

En este orden, el Imperialismo se corresponde con la Civilización fáustica símbolo del fin de una época. Produce petrificaciones como imperio, pero también en las formas y posibilidades de la cultura. El imperialismo se constituye en civilización pura. El sino del Occidente lo condena, irremediablemente, a tomar el mismo aspecto. El hombre culto, en cambio, dirige su energía hacía dentro; el civilizado hacía fuera. La tendencia expansiva es una fatalidad, algo demoníaco y monstruoso, que se apodera del hombre en el postrer estadio de la Gran ciudad y, quiéralo o no, sépalo o no, le constriñe y le utiliza en su servicio.

Aquí la vida es la realización de posibilidades, y para el hombre cerebral no hay más que posibilidades expansivas. Esto es válido tanto para el Imperialismo y la Civilización fáustica: el espíritu es el complemento de la extensión.

Como Roma en el año 60 a. de Cristo, las ciudades del Mundo Moderno, viven en una miseria espantosa espiritual y material, sus habitantes hacinados en edificios en los cinturones de la Gran ciudad, y espoleados por el vicio, el alcohol, la droga, el desempleo y el hambre. Y, como en el reinado de Craso del año 60 a. de C. los que ejercen el Gran poder son indiferentes a las necesidades materiales, morales y espirituales de los pueblos.

Así que, en la esfera pública de las sociedades, prevalecen los partidos políticos, el dinero, las finanzas internacionales, la técnica, la ciencia, el desarrollo armamentístico, los grupos de presión, el Estado y las instituciones; más no el hombre que calla y sufre, y que se encuentra desprotegido, y cuya inseguridad es también Total. Es del miedo de lo que vive el despliegue del Gran poder, y la coacción y el control adquieren especial eficacia en aquellos sitios donde se ha intensificado la sensibilidad.

miércoles, 18 de febrero de 2026

 

 

 

                                      El lenguaje en el umbral de la civilización moderna

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 18/02/2026

Sabemos que el lenguaje contiene y expresa en contenidos espirituales, la esencia del ser humano, del mundo y su realidad. Posibilita, entre otros, la comunicación con el Yo interior, las “formas” del arte, la cultura, la ciencia, la religión o la filosofía. También posibilita la comunicación libre, solidaria y fraterna en una sociedad democrática; y, a la vez, el buen entendimiento entre los miembros de una comunidad o la comunicación entre enemigos. Así, el lenguaje no es una mera evidencia sino la esencia de contenidos espirituales que comunican el pensar y la experiencia.

Giambattista Vico (pensador italiano del siglo XVIII), fue el primer filósofo que concibió la idea de cultura. Vico quería comprender la naturaleza del conocimiento histórico, de la historia en sí misma. Expresó que, comprender es ponerse en la perspectiva de aquellos que hablan a otros, a quien también nosotros podemos oír. Dijo que, rastreando la historia de las palabras, podemos rastrear la actitud hacía las cosas que expresan esas palabras, el papel que desempeñaron en las vidas de aquellos que queremos comprender. Este es el motivo de que la historia de los lenguajes tenga una importancia crucial. Lo mismo se puede decir de la historia de los mitos, del arte, de la ley o, de la religión.    

Por eso, el pensar es una forma del lenguaje y no una mera evidencia; una parte de la esencia del lenguaje en su expresión y forman un todo. Así pues, el lenguaje también puede convertirse en instrumento de las manipulaciones psicológicas, morales, ideológicas o, de odio del ser humano. Cuando los hombres no habitan su morada se convierte en utensilio de su voluntad. En otros términos, en voluntad de poder, de coacción, de dominio o, de muerte.

Entendido el lenguaje de esa manera, oscurece la verdad del ser y la esencia del hombre; incapaz es, de expresar el ente en cuanto ser del ente, o sea la naturaleza, el mundo y el fundamento de éste.

El lenguaje es azas misterioso, contradictorio, ambiguo, insondable, multifocal, y los hombres desde los tiempos remotos saben que edifica o destruye al ser humano. Quien ejerce el poder instituye un tipo de lenguaje y éste legitima la fuerza, el derecho y el poder. Como dijo Michel Foucault: el poder crea saber y el saber crea poder. No hay que olvidar que el lenguaje posibilita alcanzar lo sagrado y puro que mora en los cielos estrellados, también bajar a las cloacas del mundo y de la existencia.

Cuando el lenguaje se manipula en función de la ideología, del dogma religioso o secular, se falsea. La mentira reemplaza la verdad y pasa a la recamara del lenguaje. Así, al perder la mediatez con las cosas se oscurecen los contenidos espirituales que comunica. Asimismo, pierde su sentido evocador, mágico y trascendente. Al hacerlo obedece a la razón o, a los instintos; no a la esencia del hombre, lo que constituye la humanidad de ser humano y no inhumano.

Cuando el lenguaje pasa a la recamara, el espíritu de éste se mancha, se oscurece o, se envenena. Entonces sirve como instrumento de demagogia, de mentira, de simulación, del ejercicio del poder.

Porque la espiritualidad implica libertad e infiere al mismo tiempo, las preguntas fundamentales de la existencia y del mundo, ¿quién soy? ¿cuál es el sentido de la vida? ¿por qué vivo así y no de otra manera? ¿cuál es el lugar que ocupa el hombre en la sociedad y en el mundo? Si preguntamos por lo fundamental de la existencia –la libertad, la fraternidad, el respeto al otro, el amor, la dignidad, la solidaridad, etc.-, respondemos como una práctica espiritual.

Sabemos que el pensamiento es la actividad del espíritu de autorreflexión que busca el “significado”, en el sentido Kantiano. En La vida del espíritu, Hannah Arendt se refiere a éste “como la actividad del pensamiento y del juicio que puede iniciarse o detenerse según la voluntad del sujeto”. Además, las preguntas fundamentales de la existencia, se oponen a cualquier dogmatismo y, en particular, al religioso que ofrece respuestas sencillas y pide creer en ellas.

Estas preguntas sondean la condición humana que es la que da sentido a la vida, al mundo y su realidad.

En este orden, la falsedad del lenguaje en la modernidad toma “forma” y “contenido” en el Estado, la política, la economía, la religión, los instrumentos técnicos y la cultura. El técnico, el político, el banquero, no están a la altura para que el espíritu afluya a ellos. Porque este tipo de individuos es amante de los gustos gruesos o del exceso. “Casi siempre olvidamos que estamos asentados en humores. También el sudor y las lágrimas significan que la vida está activa en regiones hondas de la salud”.

En esta alta civilización técnica, de sociedad de masas y de cultura de masas, olvidamos que la vida no la abarca, los instrumentos técnicos, la ciencia, la economía, el Estado, las finanzas internacionales, sino que hay que mirarla con otros cristales. Mirar con los ojos de la sensibilidad, de la curiosidad, del alma o del espíritu, qué se oculta detrás del forro de los fenómenos. Por ejemplo, poner la técnica al servicio de las necesidades humanas (materiales, intelectivas, los saberes y las prácticas sociales), e ir al encuentro del sentido de la existencia.

En consecuencia, en el mundo moderno el hombre deviene en un proceso de simplificación de la existencia y quien está al borde del abismo sabe que “no faltan esfuerzos tendentes a ganar un mundo que tenga vigencia y valoraciones nuevas y más poderosas” -expresó en su día Jünger. 

Ahora, sí queremos comprender en la modernidad como vivían los seres humanos, debemos “comprender sus motivos, sus miedos, esperanzas y ambiciones, sus amores y sus odios, a quienes rezaban, cómo se expresaban a través del arte, de la poesía, de la religión. Somos capaces de hacerlo porque nosotros también somos seres humanos, y comprendemos nuestra propia vida interior en esos mismos términos” –dijo Vico. Ya que en la historia de la humanidad el hombre ha sido siempre todos los hombres, nos diferencia del de hace 30 o 20000 años, sólo un “saltito”.

Uno de los problemas del hombre moderno, consiste en que, la mayoría de las veces nos atenemos a los fenómenos, a las imágenes o a las cifras, que presenta el Gran Poder. En un mundo dominado por la materia y la futilidad, el ser humano es incapaz de transpirar y llorar, de verse a sí mismo como en espejo en su propio interior. “Desconoce que la vida tiene otras caras; así que lo húmedo en lo espiritual, como lo de jugoso, de musgoso, de frescor de bosque hay en la poesía. Y todo lo que en ellas hay de fontanal, sobreabundancia de imágenes y de palabras, en cuyo cause van flotando las partículas sólidas”.

Por tanto, en este mundo evanescente y fugaz, necesario es, que despertemos la curiosidad, la capacidad de asombro, de imaginación, de pensamiento y reflexión; porque estamos abocados a la disolución de los atributos de la existencia. En este orden, vemos la zona de la sentimentalidad, la subjetividad y la espiritualidad alejarse de los verdaderos requerimientos humanos. Y, esto es sumamente trágico para el futuro del hombre sobre la Tierra.

Uno de los umbrales que interesa en la actualidad nos dice: “En la morada de la palabra el hombre piensa”. No existe pensamiento sin lenguaje. Así, el lenguaje expresa modos de pensar y de actuar. Cuando el lenguaje no reside en el logos, se falsea y responde a algo exterior a la esencia que lo constituye. En esa estancia mora el odio, la mentira, la falacia, el disimulo, el engaño, la estafa, y, en términos políticos, el populismo, el nacionalismo, el autoritarismo, el demagogo, el fascista o el tirano.

En el Mundo del artificio en que vivimos necesitamos de un baúl de máscaras, porque la pretendida imagen interior de la propia naturaleza que llevamos de sí mismos es, de un minuto a otro, pura improvisación. Nos orientamos enteramente, por así decirlo, según las máscaras que nos son presentadas. El mundo es un arsenal de esas máscaras. Y sólo el hombre atrofiado, devastado, las busca como un simulacro en su propio interior. Porque la mayoría de las veces nosotros mismos somos pobres en este aspecto.

Por eso somos felices portando las máscaras más exóticas, la máscara del asesino, del farsante, del cuatrero, del violador, del dictador, del terrorista, del banquero, del político, del militar, del guerrillero, del paramilitar, del industrial, del empresario, del torturador, del hombre culto. etc. “Mirar a través de ellas nos encanta. Vemos el universo y sus constelaciones, los instantes en que hemos sido esto o lo otro de una vez”.

Así que, en la historia de la cultura occidental moderna, el compromiso con lo establecido como verdad y lógico, lo ratifica la historiografía o, el historicismo. Por eso somos habitantes del mundo de la falsedad y la mentira, de la simulación, porque la verdad reside en el olvido. Un espacio donde preferimos obedecer lo oscuro, lo enigmático, lo mítico, y no dejarnos guiar por la sentimentalidad, la imaginación creadora de “forma”, la sana razón o el tejido vivo de la estética de la existencia.

“Ahora, ¿en qué reside la grandeza de los hombres? En reconocer sus fuerzas en las propias derrotas” –dijo Walter Benjamín en Experiencia y Pobreza.

De ahí la importancia de la imaginación, la curiosidad, la libertad y el intelecto, para cuestionar lo “lógico”, lo que presenta el poder como verdadero e inamovible. En un ámbito como este, es importante la filosofía y el pensamiento crítico, porque posibilitan percibir, imaginar y pensar, el mundo que nos rodea. Aquí se trata de sacar a la luz el decir demostrativo, que Heidegger entiende por lenguaje, por habla.

Porque la esencia del hombre es enteramente lingüística y todo lo que hacemos o pensamos, desemboca en las corrientes espirituales del lenguaje. “El lenguaje es la casa del ser que ha acontecido y ha sido establecida por el ser mismo. El descenso a la subjetividad, que es un ascenso, conduce al hombre a la pobreza de la existencia” –al decir de Heidegger.

Así que, las condiciones de la existencia se develan en las esferas del pensamiento, del ser, la historia y el lenguaje. Porque la condición humana es una forma del lenguaje y del pensar apropiado que deviene a la verdad del ser y del lenguaje. Es el pensamiento y el lenguaje el que les da “forma” y “contenido”, esto es, sentido en los horizontes del mundo y de la historia.

 

lunes, 16 de febrero de 2026

 

                                                 LA LIBERTAD EN EL ÁMBITO POLÍTICO

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 13/02/2026

El ser humano no puede olvidar, que libertad impregnada por la acción y el comportamiento teórico y práctico. Es en sí una especie de luz que eleva la acción política a transformar los procesos automáticos e históricos. Así, la libertad tiende a develar los fenómenos históricos en cuanto posibilita la acción política en la sociedad. Entonces, la acción es “obrar”. Un hacer circunscrito a la práctica política y a unas circunstancias históricas determinadas.

La libertad es la llama de la vela que alumbra los logros o los fracasos, en la praxis política. Ella siempre es un comienzo en el devenir de las acciones humanas y, en particular, de la política.

En cuanto la libertad es llevada a galope sobre la práctica política es histórica. Así queda preservada en la memoria y la rememoración. Pensando la existencia del hombre o los hombres, no sólo habitan la casa del ser, el lenguaje, sino también la morada de la acción política. Medimos el hacer político, la acción en la esfera pública por el rasero de los logros de su práctica, colmados de éxitos o fracasos.

Así pues, en esta alta civilización técnica, de sociedad de masas y de cultura de masas, Ernst Jünger piensa que, “se ha llegado a una concepción nueva del poder, se ha llegado a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantearles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no puede tener nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra.

Las corazas de los nuevos Leviatanes tienen sus brechas propias, que continuamente están siendo palpadas, y esa operación tiene como premisas una prudencia y una audacia de una especie nunca antes conocida. Así, uno se inclina a pensar que existen aquí minorías selectas que están iniciando la lucha en favor de una libertad nueva, una lucha que requiere grandes sacrificios; no es licito dar a esa lucha una interpretación que resulta indigna de ella.

Para encontrar algo parangonable con esa lucha es preciso dirigir la mirada a tiempos y lugares esforzados; por ejemplo, a los de los hugonotes o a los de las guerrillas que Goya vio en sus Desastres. Comparada con estas cosas, el asalto a la Bastilla, de la cual sigue alimentándose hoy la consciencia de libertad del individuo, no pasa de ser un paseo dominguero por las afueras de la ciudad”.

Pero, el quehacer de la política, su acción, teórica o práctica, se vale del lenguaje, del pensar y la libertad, para alcanzar lo que se propone. Bueno bien, ¿de dónde saca la libertad su fuerza y medida? ¿cuál es la ley de su hacer y decir? Por supuesto, de la esencia que la determina a sí misma y la impulsa a romper el cerco de los procesos automáticos y los procesos históricos. Es decir, la existencia de la libertad rompe con la multiplicidad de determinismos que la condicionan en sus diversas formas: el determinismo biológico o fisiológico; el determinismo social; el determinismo psicológico; o, el determinismo metafísico y teológico.

Podemos afirmar que, la acción es en cuanto destino de la libertad. Sin ésta la acción política se condiciona a los procesos históricos o al determinismo político. La libertad hay que blandirla como hace el guerrero con la espada; porque del manejo responsable de ella depende la justicia, la fraternidad, la convivencia pacífica, la educación, la cultura, los derechos humanos, la paz.

Por tanto, el advenimiento de la libertad trae consigo el evento de la acción política. Huir a refugiarse en lo siempre-igual no lo exime de peligros. El peligro adviene cuando la libertad posibilita que la acción entre en discordia con lo establecido como verdadero. Que amenace al Estado y sus instituciones, al poder o, a las minorías selectas que lo ejercen; o, que posibilite el pensar, el análisis, la crítica, de las relaciones de poder y de saber. Así pues, “la libertad contiene en sí el catálogo de las cosas posibles que siempre está ahí – para que una posibilidad salga escena es preciso que se la acepte”.

Ya es hora de desacostumbrarse a sobrestimar la política, la economía, la imagen o, los lenguajes digitales y, por así decir, no pedirles más de lo que pueden ofrecernos. En la actual precariedad y mediocridad del mundo, es necesaria más acción y más atención a los fines de la política y de los políticos. Por eso la política se encuentra en vías de descenso hacia la pobreza de su esencia; porque priman los intereses del partido y del Gran Poder, sobre el bienestar y el progreso de la sociedad.

Ahora vemos que las Grandes Empresas Tecnológicas (Amazon, Telefónica, Facebook, Instagram, X, Meta, etc.), se están convirtiendo en un nuevo Estado dentro de los Estados Modernos y, es sumamente grave para la libertad y la autodeterminación de los pueblos o las naciones. Ahora se trata de luchar contra un enemigo que nos vigila las 24 horas del día y se convierte en el Gran Hermano técnico y del mundo técnico, es decir, del técnico y del colectivo técnico.

Hannah Arendt piensa que, en los procesos históricos los períodos de libertad han sido relativamente cortos en la historia de la humanidad. Lo que permanece intacto en épocas de petrificación y ruina es, la facultad de la libertad misma. La capacidad de comenzar, que anima e inspira todas las actividades humanas. Y, constituye, por así decir, la fuente oculta de producción de las cosas grandes o bellas. Por eso la estética es la madre de la ética y de toda capacidad de juzgar.

La libertad no es una virtud del hombre, sino un Don supremo que el hombre entre todas las criaturas de la Tierra crea. Pero es a través de la acción, cuando devela la luz que se esconde detrás del forro de los fenómenos históricos. Si es verdad que la acción y el comenzar son esencialmente lo mismo, una capacidad para realizar milagros debe estar dentro del rango de las actividades humanas.

Así que, “está en la naturaleza de todo nuevo comienzo el irrumpir en el mundo como una “infinita improbabilidad”, pero es esto lo que en realidad constituye el tejido de lo que llamamos real. Esta “infinita improbabilidad” es válida para un nuevo nacimiento o interrumpir la lógica y la coherencia de los procesos históricos. De ahí que los sistemas totalitarios, detesten la venida de una vida nueva al mundo, por ser siempre un recomenzar. Un volver a empezar que esconde detrás de la voluntad y de la acción, del pensar y el lenguaje, la ruptura con lo establecido como dogma o verdad.

Seria superstición esperar milagros, “infinitas improbabilidades”, en el contexto de procesos automáticos sean históricos o políticos, aunque no estén excluidos. Además, la historia está llena de acontecimientos que el milagro, la “infinita improbabilidad”, ocurre frecuentemente. Ya que, por decir, los procesos históricos son creados e interrumpidos, por iniciativa humana por ser un ser que actúa. Y detrás de la acción se esconde la esencia de la libertad, que le posibilita actuar en múltiples esferas.

La libertad como hecho demostrable y la política coinciden y se relacionan entre sí como las dos caras de una misma moneda.

De ahí que lo impredecible y lo imprevisible se esperan como milagros en las esferas de la vida política. La diferencia decisiva entre las “infinitas improbabilidades”, sobre la cual descansa la realidad de nuestra vida terrenal, y el carácter milagroso inherente a esos eventos que establece la realidad histórica, consiste que, en el dominio de los asuntos humanos conocemos al autor de dichos “milagro”. Son los hombres quienes los protagonizan, quienes por haber recibido el doble Don de la libertad y la acción pueden establecer una realidad propia.

Una realidad que responda a las apetencias morales, espirituales y materiales; pero también, en la vida pública, la política, que la libertad y la acción tiendan a lo justo, lo bueno y lo bello. A un Estado democrático Social de Derecho que proteja y facilite a la sociedad la acción política y la libertad, como piedras angulares de la colectividad democrática y libertaria.

Porque el mundo común es el escenario de la acción y de la palabra; sin un ámbito políticamente garantizado la libertad carece de un espacio mundano en el que pueda hacer su aparición.

De ahí que, la libertad necesita de un mundo organizado políticamente en el que cada hombre libre pueda insertarse de palabra y obra. De lo contrario, será sólo una manifestación de la libertad interior o subjetiva de la persona humana o, tal vez, la libertad cercenada o secuestrada por el poder autoritario o el totalitario. Porque existe una concatenación entre el mundo común que comparten todos los hombres, la palabra y la libertad.

En este ámbito, el lenguaje no puede caer “al servicio de las vías de comunicación a modo de acceso uniforme de todos a todo, pasando por encima de cualquier límite”. Porque en la actualidad la objetivación del lenguaje en la comunicación rápida y simultánea, es lo único que perdura: efímero por sí misma se sostiene sobre el sistema general de la información, que hace de las noticias conmensurables de acuerdo al interés que el sistema administra.

Una de las tareas del pensar futuro consiste en desvelar el sistema general de la información, que está ligado a informar a los sujetos receptores, determinando su interés, y no a suministrar elementos para la conducción de la vida o la orientación en el mundo. Porque degradan la experiencia y la vida en común, de todos y cada uno de nosotros. En esta civilización de lo efímero los medios de comunicación o las redes sociales, le otorgan al individuo la objetivación de su existencia. Por eso la coherencia de la individualidad se quebrantó en nombre de lo fugaz de la vida.

La “opinión pública” decide lo “comprensible y lo desechable por incomprensible”. Además, degrada no sólo la esfera privada, sino que sustituye los hechos por opiniones falaces y vacías.

Se trata de tener presente que, la seducción que ejerce la opinión pública sobre el ser humano, se dirige a las pasiones, los sentimientos, los instintos, los mitos, las leyendas, los prejuicios, la conciencia, que los crea para legitimar el ejercicio del poder y del saber. De ahí que la opinión pública es efím

era como el artificio de la realidad que comunica. Esta tiene una relación intrínseca con la Cultura del artificio. El hombre en este ámbito debe dejarse interpelar por el ser.

Sólo así se le vuelve a regalar a la palabra y a la libertad, el valor precioso de sus esencias y al hombre, la morada donde habitar en la verdad del ser.