sábado, 7 de febrero de 2026

 

                                             

                                  EL MIEDO EN LA ÉPOCA ACTUAL

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 07/02/2026

El Estado, el “dragón de mil escamas”, Leviatán, no es el único ser que habita el desierto y, lo puebla con sus espejismos. Sino que en los últimos espacios de tiempo se han levantado de sus tumbas poderes antiquísimos, y en nombre de la religión o de la lengua, la cultura o la nación, tratan de apoderarse de las vidas humanas. El miedo, en efecto, puede verse como una de las figuras en las que se encarna, la “angustia cósmica que retorna”; pero también el instrumento adecuado para el “gran despliegue del poder”.

En nombre del terror, del sufrimiento, de la angustia o del miedo, los Estados contemporáneos coartan la libertad, la autonomía de la voluntad, las reflexiones del pensamiento, el sentido estético de la existencia; para que el saber o la experiencia enriquecedora, se reduzcan sólo a una “selecta minoría”. Esa que responde casi siempre a los “cuadros de mando”, dispersos en las redes globales. Al Poder Tecnológico (las Grande Compañías Tecnológicas y de la Información) esparcidos en las redes globales, lo testifica a nivel mundial.

Además, el miedo del hombre contemporáneo no es ajeno al desarrollo de los procesos o, a la estructura económica del Gran Poder Tecnológico. El automatismo, por ejemplo, no se torna terrible hasta que no se revela como una de las modalidades de la fatalidad, como su estilo. Donde la angustia o el miedo alcanzan su nivel más alto, es en las sociedades con un alto desarrollo tecnológico. Se difunden a través de redes o de imágenes gráficas en movimiento, que resultan ser más eficaces que las palabras.

El miedo económico, a la otredad, al ritmo de las lenguas sonoras, al color de la piel, a la religión diferente, a la disensión del pensamiento sistemático, lo justifica. “La simple necesidad que la gente siente de observar varias veces al día noticias –dice Jünger– es ya un signo de angustia; la imaginación gira y gira y de esa manera va creciendo y paralizándose. A lo que se asemejan todas esas antenas que hay en las ciudades gigantescas es al cabello erizado. Constituyen una invitación a establecer contacto con demonios”.

El miedo y el demonio se configuran en rostros diferentes: el hambre, el desempleo, la violencia, la guerra, el odio, el racismo, el sufrimiento, el derramamiento de sangre inocente, la soledad, la prostitución o, la drogadicción, etc. Y, en efecto, sólo son figuras del Gran miedo de nuestra época. Dice Jünger al respecto: “El gran mecanismo político no es lo único que mueve a sentir ese miedo. Hay además una cantidad de angustias particulares. Ellas traen consigo la incertidumbre y ésta deposita siempre su esperanza en médicos, en salvadores, en taumaturgos. Todo puede convertirse, efectivamente, en objeto de miedo. Y esto es uno de los signos indicadores de la catástrofe, un indicador más diáfano que todos los peligros físicos”.

El miedo se convirtió entonces en uno de los síntomas más evidentes de cuán frágil y deleznable, es la vida humana. La perplejidad, la desesperanza, la soledad, el caos, la inseguridad, la violencia o las guerras actuales, son las máscaras que toma el miedo de nuestra época. Pero uno de los más siniestros, es el que instauran los instrumentos técnicos y la nueva voluntad de poder. Porque se sitúan más allá de la esperanza y su incidencia trascendente y sobre temporal, arremeten contra la vida del ser humano sobre la Tierra.

Preguntamos, “¿es posible librar del miedo al ser humano?”. El miedo no sólo es uno de los síntomas más importantes de nuestro tiempo, sino uno de los que determina el carácter de nuestra época. También uno de los temas de la literatura, del arte y la poesía de nuestro tiempo. Quien es capaz de vencer el miedo se levanta sobre los escombros de la desesperanza, el sufrimiento y el dolor. Ya que el miedo se convirtió en el tormento del hombre contemporáneo; la fuerza que paraliza la energía vital del ser humano. A su vez, la persona que se libra de él, es mucho más importante “que proporcionarle armas o que proveerle de medicamentos. El poder y la salud está en quien no siente miedo”.

Desde los “cuadros de mando” tratan de despojar a los seres humanos de la seguridad de sí mismos y de la libertad. También de la capacidad estética de la existencia individual. Así, cuando el hombre desnuda sus defensas y queda a merced de fuerzas que lo desbordan, está batido. Ahora bien, quién vence el miedo vence los peligros amenazadores que lo acechan, el terror que se legitima en la fuerza y los espejismos de la vida cotidiana.

Si el hombre es capaz de dialogar consigo mismo, “continuará teniendo al miedo como su gran interlocutor en el diálogo”. Sin embargo, el papel del hombre ha de ser neutralizarlo o vencerlo, aunque no lo haga del todo. De esa manera levanta el vuelo como el Cóndor de alas de fuego y pico de estrellas, sobre todo impedimento o coacción para ser un hombre libre. En él se configura la antigua libertad con el traje propio de la época contemporánea. La libertad sustancial, primitiva y elemental que despierta a la vida, dispuesta a luchar contra los espejismos de poderes antiguos y las ilusiones de la tecnología.

Si el hombre reduce el miedo al diálogo no sólo puede tomar la palabra (deja de imaginarse que está batido), sino que restablece la libre decisión. Es uno de los problemas que enfrenta el hombre contemporáneo, ¿de qué se vale para recobrar la palabra o, la autonomía de la voluntad o, las reflexiones del pensamiento? Si los instrumentos técnicos (medios masivos de comunicación, Internet, mundo digital, imagen en movimiento, etc.), y la nueva naturaleza del poder, ocupan ahora su lugar.

Se constata entonces que en la vida se establece una lucha tenaz entre las potencias de la luz y las tinieblas. “En el primer caso –dice Jünger–, el camino va ascendiendo hacia reinos que están en las alturas, hacia la muerte en sacrificio o hacia el destino de quien sucumbe con las armas en la mano; en el segundo caso, el de las tinieblas, el camino desciende hacia los hondones de los campos de esclavos y los mataderos, donde unos hombres primitivos se asocian criminalmente con la técnica. En este último caso no hay destino, lo único que hay son números. O bien poseer un destino propio o bien tener el valor de un número: esa es la disyuntiva que hoy nos viene impuesta a todos y cada uno de nosotros, impuesta ciertamente a la fuerza; pero el decidirse por lo uno o lo otro es algo que cada cual ha de hacer por sí sólo.

Ahora se trata que el individuo recobre la palabra y la libertad. O, dicho, en otros términos, “de lo único que el hombre sale garante ahora es de sí mismo. Y es ahora cuando se convierte en el antagonista de Leviatán, más aún, en su domeñador, en su vencedor”.

El Mundo Actual se ofrece, inagotable, a nuevas búsquedas; y dar el mérito debido al hombre de carne y hueso. Al que sufre, porque es en el sufrimiento, el dolor, la miseria y la muerte, donde se “constituye el verdadero enigma de la vida humana”. El lugar donde Dios se manifiesta en justicia y amor. Para el mito y la tragedia, “la razón del sufrimiento ha de buscarse en la culpabilidad del hombre, del héroe”; al respecto el monoteísmo establece que el sufrimiento deje de aparecer como algo individual y se convierta en la expresión de “la crisis social del género humano”.

En la Edad de la Tecnología, de la Ciencia, del Titán y del mundo del titanismo, se trata, que la vida, abone el camino para el advenimiento de los dioses; y el ser humano deje tras de sí la degradación moral de la existencia. Para que se disipe la atmósfera gris, desesperanzada que hondea sobre él, y de paso al encuentro consigo mismo o, a los fragmentos de Absoluto. Eso solo lo puede alcanzar un “hombre fuerte en el espíritu”. “Estamos refiriéndonos a la persona libre, tal como fue creada por Dios. Ese hombre no representa una excepción, no es una minoría selecta. Antes, al contrario, se halla oculto en el interior de todos y cada uno de nosotros”.

Este hombre es el desgarrado y solo de la Gran ciudad, los pueblos y los campos del mundo. Que necesita hacer realidad “la libertad que le ha sido otorgada. Para eso es preciso prestarle ayuda –y se le ha de prestar con el pensamiento, con el conocimiento, con la amistad, con el amor”. Porque en la civilización de la Gran ciudad, no sólo se habla la lengua del progreso, sino que encarna el rostro de la miseria y el carácter de la “crueldad”. En este umbral de la existencia individual, se ubica el humanismo cristiano o, el judaísmo mesiánico, porque dotan al hombre de una fuerza interior que lo compele a trascender el marco de la historia. Y cuando lo logra descubre la potencia moral que mora en él, o tal vez, el amor de Dios.

Además, “su personalidad omnicomprensiva de todas las vidas individuales”; la figura que el Hijo de Dios se haya hecho hombre y, que Dios viva y muera por amor al hombre.

Por eso el ser humano es capaz de desvelar el ritmo superior de la historia; el ritmo donde se “redescubre a si mismo periódicamente”. En el devenir de la humanidad han existido poderes, que “quieren colocarnos sus máscaras propias, poderes que unas veces son totémicos, y otras mágicas, y otras técnicas”. En este orden de cosas, existen épocas que han sumido a los hombres en una degradante miseria moral, cuando sus vidas son arrastradas a la más espantosa destrucción.

Hasta ahora, la “fascinación de potentes ilusiones ópticas, o auditivas”, generadas por los instrumentos técnicos, presentan al hombre de hoy, como un simple grano de arena en el desierto. Pero olvidamos que todos los aparatos -los inventos técnicos, la ciencia, la IA-, son sólo el “decorado del teatro colocado por una imaginación inferior”. Olvidamos, que el creador es el hombre de carne y hueso y, es él a quién le corresponde configurar un sentido nuevo a la existencia. “Es posible hacer saltar las cadenas de la técnica; y quien puede hacerlo es la persona individual”.

Existe la esperanza que el espíritu del humanismo de la cultura occidental, debe levantarse sobre la hipocresía, la crueldad, la violencia, la guerra, la banalidad de la muerte y de la vida. Para dignificar el mundo y la existencia individual. Desgarrados por el anti-humanismo y la animalidad política del siglo XX y principios del XXI, se levantará soberano, libre, sobre las oscuras fuerzas de la desesperanza, del odio y el dolor.

Porque no son sólo instrumentos de catarsis, sino también de interrogación y evidencia del mundo que vivimos. Son el ojo crítico y avizor, contra el lenguaje que espera comunicarse de un modo establecido y ser recompensado socialmente. Como el lenguaje político, por ejemplo. En este orden, las herramientas que contribuyen ahondar la Gramática de la vida y precisar la condición humana. Ruptura la frontera del tiempo y del espacio, porque somos animales fronterizos. Contribuyen, a la vez, a desenmascarar el Gran miedo de nuestra época.

Quizá irradien “una luz mágica y sobre natural”, -como dijo Baudelaire-y, resalten sobre “la oscuridad natural de las cosas”.

 

 

 

jueves, 5 de febrero de 2026

 

                                    El Totalitarismo Actual
 

Antonio Mercado Flórez.

Madrid-España a 5/02/2026

Es importante no olvidar la historia y la política de Occidente. Porque la memoria y la rememoración de los hechos y las acciones humanas, posibilitan el enriquecimiento de la experiencia, las reflexiones del pensamiento y la mirada del tejido estético del individuo y las sociedades. También facilitan percibir, el horror, el dolor, el sufrimiento y la muerte, y mirarlos por la rendija de la naturaleza humana.

El poder totalitario trata de controlar el lenguaje, las acciones, la libertad y el pensamiento. Porque para cualquier régimen fascista, autoritario, fundamentalista, nacional-populista, de extrema derecha o, de extrema izquierda, significa apropiarse de la lengua y la estructura psíquica de las personas. Significa el control de las esferas cognitivas, de la experiencia, la realidad y el mundo.

Sabemos que todo régimen totalitario trata de eliminar la agudeza de la sensibilidad, la crítica de la sociedad y la libertad. Porque la disciplina, la estandarización, la homogenización, la degradación de la autoestima, son fundamentales para su supervivencia. En cambio, en las democracias parlamentarias esta función la cumple el mercado de masas, la tecnocracia, la publicidad, el sistema financiero, el consumo, el lujo, los mass-media o, las redes sociales o, la Inteligencia Artificial generativa. Se trata en última instancia, de alcanzar una sociedad disciplinada, homogénea, que maneje criterios comunes y responda al tópico común.

En este orden, las investigaciones que tratan del lenguaje han de contribuir a desenmascarar el complejo mundo de la Red: los lenguajes digitales, las imágenes gráficas en movimiento, las redes sociales, los medios digitales de comunicación de masas o la Inteligencia Artificial generativa. Porque detrás de cada uno de ellos se esconde la voluntad de poder, de dominio, de coerción, de vigilancia y de control, que responde al Poder Total.

Aldous Huxley y George Orwell, el asunto que tratan estos dos autores, “es que el avance del cálculo y de su aplicación práctica hace imparable la transformación de la sociedad en puras cifras o números”. O, “tendemos inexorablemente a ser números”, almacén de objetos de existencias, vigilados, controlados o, coercionados, por el Poder Total y los instrumentos técnicos. Parece que estuviéramos destinados a ser despojos de fuerzas que nos trascienden. O, tal vez, objetos de existencias consumibles o desechables.

Ante la crisis de la política y la filosofía de la historia, Hannah Arendt cree que es necesario percibir los valores del ser humano: la vida, el amor, el dolor, la libertad, la fraternidad, etc., ya que hacen parte de la esfera política y la historia. De ahí que se pregunte, ¿cómo es posible vivir en el mundo, amar al prójimo –o incluso tú mismo- y no aceptas quién eres? El totalitarismo es un fenómeno histórico y político de principal importancia, así se convierte en objeto de reflexión académica, periodística y filosófica.

Pone en la esfera social, el protagonismo de las masas; el surgimiento de un nuevo sujeto histórico y su relación con las élites. De ahí que porte en sí unos rasgos que lo determinan: en él todo se presenta como político -el orden jurídico, el económico, la inmigración, el color de la piel, la esfera científico-técnica, la educación o la Cultura. En el totalitarismo todas las cosas se vuelven públicas. Para comprender su fenómeno en la sociedad, hay que hacerlo en su Cultura.

Además, la experiencia en que se funda el totalitarismo es la soledad. Porque ésta brota en la ausencia de las demás personas; la soledad es ausencia de identidad, porque ésta se manifiesta en relación con los demás. La soledad que caracteriza a la vida humana encuentra en la política totalitaria su complemento en el aislamiento. Con el totalitarismo empieza para el hombre una nueva etapa de soledad, porque “padece cada vez más a causa de la sociedad; también esta empieza a desmoronarse”. En fin, lo que “desea la persona individual es liberarse”.

Así, el totalitarismo tiene como objeto destruir la vida privada e incrementar el desarraigo del hombre respecto al mundo, ya que anula el sentido de pertenencia a éste. De ahí que profundiza la experiencia de la soledad. Exalta el individualismo gregario que “comprime los unos contra los otros, y cada uno está absolutamente aislado de los demás”. Se convierte en una característica fundamental de organizar a las masas. Lo que caracteriza a las masas es, ser puro número, mera agregación de personas incapaces de integrarse en ninguna organización basada en el término común: “Las masas […] carecen de esa clase especifica de diferenciación que se expresa en objetivos limitados y obtenibles”.

Como expresó recientemente Juan Gabriel Vásquez en el periódico El País de Madrid-España: “Por supuesto que no se referían a la represión de todos los días, la persecución de la disidencia y el terror político, ingredientes predecibles de todo totalitarismo. Se referían más bien a las novedades que Orwell entendió mejor y antes que el resto de los intelectuales de su tiempo: la falsificación de la Historia, la mentira organizada y el lavado de cerebros, toda la capacidad de los totalitarismos para transformar la realidad hasta dejarla irreconocible, o para distorsionar nuestra percepción hasta hacernos dudar de nuestros propios ojos”.

Ahora bien, ¿de qué instrumentos se sirve el poder totalitario? La mentira, la ignominia, la delación, el odio, la discriminación, el miedo, la xenofobia, el racismo, la inseguridad, la violencia, la guerra, la amenaza y la falta de novedad. Entonces, ¿cuál es la lógica profunda del totalitarismo? Posibilitar pensar tales dimensiones como efectos. Si se accede a ellas se revela el mal radical; el mal absoluto que invade la totalidad de la vida humana. En el totalitarismo el catálogo de las cosas posibles está siempre ahí –para que una posibilidad salga a escena es preciso que se la acepte. En él todo puede ser destruido, todo es posible. Como dijo David Rousset: “Los hombres normales no saben que todo es posible”. Así que: “El totalitarismo deja a la persona singular en la estacada”.

El totalitarismo aísla a las personas para que se incapaciten para actuar, las sume en un vacío existencial, un desgarramiento de la voluntad, del pensamiento, de la fuerza y del poder. Por eso “busca no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en que los hombres sean superfluos”. Busca un hombre solo, aislado, insolidario, desprotegido, sustituible, vacío, gregario, numerificado y objetivado. Que responda a la norma, la ley, al orden, la publicidad, la ideología, al Sistema, la Estructura, los ideales del Estado fascista. Se centra en la superficialidad de los actos humanos, sin conexión alguna con la profundidad de sus motivaciones.

En el totalitarismo trumpista no existe la individualidad, ni el proyecto común, ni el telos plural. Porque estas acepciones necesitan de la esfera social, esto es, de las relaciones políticas, económicas, sociales o culturales. Que en el totalitarismo el ser humano es incapaz de alcanzar, porque todo está mediado por el Estado, las instituciones, la ideología, la masa, que niega los principios de la Ilustración: la libertad, la solidaridad, la fraternidad y la otredad. Por eso, el totalitarismo se contrapone al Estado democrático Social de Derecho. Él representa la estructura y la función del Estado Total.

En el sistema totalitario “el hombre del montón es un hombre de la masa, y la característica principal del hombre-masa no es la brutalidad ni el atraso, sino su aislamiento y su falta de relaciones sociales”. El poder no consiste en la instrumentalización de la voluntad plural o social, para alcanzar unos fines determinados, sino en la formación de una voluntad común orientada al entendimiento. Una voluntad que pone en el centro de las relaciones comunitarias al dialogo. 

En una sociedad democrática “el poder se deriva de la capacidad de actuar en común”. En la voluntad de dialogar en común. “El poder surge allí donde las personas se juntan y actúan concertadamente”. La política en tanto que disciplina contiene en su telos un fin práctico: la conducción de una vida buena y justa en la esfera social.

Hannah Arendt dijo: “La dominación totalitaria como un hecho establecido, que en su carácter sin precedentes no se puede aprehender mediante las categorías habituales del pensamiento político y cuyos “crimines” no se pueden juzgar según las normas de la moral tradicional ni castigar mediante la estructura legal de nuestra civilización, rompió la continuidad de la historia de Occidente [...] La ruptura de nuestra tradición es hoy un hecho consumado”. 

Sabemos que “la ruptura nació de un caos de incertidumbres masivas en la escena política y de opiniones masivas en la esfera espiritual, que los movimientos totalitarios, merced al terror y la ideología, hicieron cristalizar en una nueva forma de gobierno y dominación”. La ruptura se manifiesta en la historia de Occidente como catástrofe. Catástrofe de la cultura y la civilización, las categorías políticas, la moral y la ética, el orden jurídico de la civilización occidental, consuman la ruptura con nuestra tradición.

El hecho real de la dominación totalitaria va mucho más allá de las ideas más radicales o más aventuradas” de los pensadores modernos, como Marx, Kierkegaard o Nietzsche. Ellos “desafiaron las premisas básicas de la religión, del pensamiento político y de la metafísica tradicionales”; sin embargo, no ocasionaron la ruptura en nuestra historia. “La dominación totalitaria como un hecho establecido […] rompió la continuidad de la historia de Occidente”. 

Rompe con la tradición del pensamiento político occidental y las normas de la moral, la cultura y la civilización. El propio hecho marca la división entre la época moderna y la estructura del siglo XX. “Que llegó a la existencia a través de la cadena de catástrofes ocasionadas por la Primera Guerra Mundial”. El totalitarismo no sólo rompe con “el hilo de la continuidad de la historia, sino también con la autoridad y las creencias del pasado”.

Ni Marx, ni Kierkegaard, ni Nietzsche; que se rebelan contra la tradición no son responsables “de la estructura y las condiciones del siglo XX”. Además de ser un juicio irresponsable, injusto y peligroso, no responde a la realidad histórica. La grandeza de ellos consiste en que “percibieron su mundo como un ámbito invadido por nuevos problemas e incertidumbres que nuestra tradición de pensamiento era incapaz de enfrentar”. Sin embargo, rompen el orden de las cosas, los valores y los rasgos que nos identifican como Cultura y Civilización.

Según Arendt, el totalitarismo no debe nada a ninguna parte de la tradición occidental, sea germana o no, sea católica o protestante, sea cristiana, griega o romana. Nos gusten más o menos Tomás de Aquino, Maquiavelo, Lutero, Kant, Hegel o Nietzsche […], lo cierto es que ninguno de ellos tiene la más mínima responsabilidad por lo ocurrido en los campos de exterminio. En términos ideológicos, el totalitarismo comienza sin ninguna base en la tradición, y convendría tomar conciencia del peligro que entraña esta negación de toda tradición, que fue el rasgo principal del nazismo desde su comienzo. 

Arendt cree que el nazismo no tiene ningún basamento en la tradición del espíritu alemán ni europeo. “Las propias atrocidades del régimen nazi deberían habernos puesto sobre aviso de que aquí nos enfrentamos a algo inexplicable incluso en relación con los peores períodos de la historia. Y es que nunca antes ni en la historia antigua ni en la medieval ni en la moderna, se había desarrollado semejante programa explícito de destrucción, jamás dicha destrucción se había ejecutado mediante un proceso altamente organizado, burocratizado y sistematizado”. 

Muchos signos premonitorios anunciaban la catástrofe que amenazaba la cultura europea desde hacía más de un siglo, y que Marx previó, aunque no la describió correctamente, en sus famosas palabras sobre la disyuntiva entre socialismo y barbarie”. Una catástrofe que no sólo destruyó las obras más insignes del espíritu europeo, la tradición y la cultura, sino que “se hizo visible en forma de la más violenta de la destructividad jamás experimentada por las naciones europeas. En ese momento, el nihilismo cambió de significado”. 

El totalitarismo trumpista se basa en “la embriaguez de la destrucción como experiencia real, cayó en el estúpido sueño de producir el vacío”. Esta devastadora experiencia se refuerza enormemente en la policía política del ICE, la agencia de persecución de inmigrantes convertida en una fuerza paramilitar de odio, exclusión, violencia y terror de Estado. Que actúan amparados en la impunidad y el apoyo del poder ejecutivo de Estados Unidos. Para que las masas y el hombre común acepten lo que que hace se vale de algunos medios de información, las redes sociales, la manipulación del lenguaje y de las imágenes. Cambia la realidad por la falsedad, la verdad por la posverdad, y de un lenguaje sin sentido ni contenido. Los inmigrantes, las minorías étnicas, los negros y los blancos empobrecidos, están en un completo desamparo y pasividad en el ámbito de una sociedad aparentemente normal.  

No hay que olvidar que, los nacionalistas de todo pelaje y los predicadores del odio”, en la historia reciente de Occidente, han sido colaboracionistas del fascismo. Y estas acciones han quedado registradas y “probadas a ojos de poblaciones enteras”. Ahora, con el desmembramiento del Estado-nación y lo que simboliza para los europeos y los norteamericanos, la lucha contra el fascismo trumpista se convierte en “piedra angular”, para la consecución de la libertad, el respeto de los derechos humanos, la dignidad y la vida de las personas.

En mi texto Sobre el dolor, el sufrimiento y la muerte, expreso que, después de la Segunda Guerra Mundial, Europa y la civilización occidental, vivió una época de prosperidad y seguridad relativa. El Estado de Bienestar en Europa posibilitó que gran parte de la población tuviera una vida digna. Se extendió la cobertura de la educación, la saludad universal y la asistencia social a gran parte de la población. De esa forma, el dolor, el sufrimiento, la discriminación y la inseguridad, fueron trasladados a la periferia de los barrios de la Gran ciudad. Ahora bien, los problemas fundamentales del ser humano que componen el tejido vivo de la existencia no se tocaron ni resolvieron. Además, ¿qué tipo de felicidad, de bienestar espiritual o material trajo el Estado de Bienestar?

Los problemas que surgen como productos intelectuales del estado particular de las tecnologías de su tiempo, de las relaciones de propiedad y, por tanto, de las relaciones sociales permanecen sin resolver. Es más, los conceptos fundamentales del hombre –la justicia y la injusticia, lo bueno y lo malo, la dicha y la desdicha, la percepción estética de la realidad, la moral y la ética, como los propósitos de la existencia-, nos acompañan como preguntas sin resolver. 

Bueno, el nuevo Fascismo-Nacional-Populista no cuenta con campos de exterminio, pero la ideología, los principios generales, los programas, las acciones, responden al llamado del fascismo-totalitario. Por eso las escamas que cubren a Leviatán, ya empiezan a resquebrajarse en muchos lugares del mundo y muestran sus partes blandas. Somos parte de una época que está desgarrando el Orden Internacional establecido después de la Segunda Guerra Mundial y la caída del muro de Berlín. Donde el poder hegemónico de un Nuevo Imperialismo, sitúan a Estados Unidos, Rusia y China, a la cabeza de ese Nuevo Orden Internacional basado en la tecnología de la información, la fuerza, el caos, la mentira, la coerción, la amenaza, la violencia o la guerra.

Sabemos que los megalómanos del poder imperial tienen especial afecto por la fuerza, la violencia, la guerra, que no sólo militarizan los conflictos sino también el lenguaje, los gestos, los ademanes, que configuran la escenografía del ejercicio del poder. Trump, por ejemplo, utiliza un discurso que militariza la política, el lenguaje obedece a la guerra como espectáculo mediático. Por eso utiliza un discurso excluyente, safio, brutal, agresivo y visceral. En Trump las reflexiones del pensamiento, la conciencia crítica, las esferas de la ética o de la moral, brillan por su ausencia.

Antonio Mercado Flórez. Filósofo. Politólogo y Especialista en Relaciones Internacionales. Profesor universitario y pensador.

sábado, 31 de enero de 2026

 

 

                                                El lenguaje como testimonio de la realidad

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 31/01/2026

En la época actual por la influencia de la técnica y los lenguajes digitales, las lenguas naturales “muestran signos de parálisis”; salvo, en la “creatividad” que “manifiestan su fuerza desbordante”. Se percibe en las artes figurativas, la escultura, la música, la poesía, la literatura o la filosofía; cómo el lenguaje material o espiritual contiene fuerzas que desbordan los contornos del mundo y de la existencia. Existe la sensación en la actualidad, “que los problemas del mundo y de la existencia les parecen insolubles a la época y a los individuos”.

Sus pregoneros olvidan que detrás de la simulación, la fantasía del caos y lo grotesco que presentan los mass-media e Internet, las redes sociales o, la Inteligencia Artificial, permanece imperceptible la “esencia inmóvil y sobre temporal que se pone de manifiesto y se modifica en la historia”. Así se genera una expresión metafísica del mundo y de la existencia: “Ordenar las cosas visibles de acuerdo con su rango invisible. Toda obra y toda sociedad deberían estar ordenadas según ese principio. Si procuramos hacerlo realidad en la palabra, en el juego de las imágenes que la vida cotidiana trae consigo, entonces estamos entrándonos en la más alta disciplina”.

Si la creatividad “es una manifestación de fuerza desbordante”, el efecto que causa “va mucho más allá del placer que en sí misma proporciona”. “La plasmación” en la obra “de una de sus frases, aunque el lenguaje envejezca”, permanece vivo “un delicadísimo equilibrio que se extiende luego a las demás zonas”. Por eso “el escribir no deja de entrañar un riesgo muy alto, exige un examen y una reflexión más profundos que los que se necesitan para conducir regimientos al combate. Y si aún existieran anillos mágicos, estarían en los sitios donde la voluntad de creación vence esa resistencia”.

Esto nos enseña que la fuerza desbordante de la palabra, se oculta detrás del espejismo de la ciencia y de los instrumentos técnicos, del mundo y la realidad.

Se trata que las conjunciones lingüísticas, la gramática y la sintaxis que posibilitan la creación literaria, revelen su magia propicia. “Ésta ha de ser soterrada en las profundidades”. Ya que sobre “ella se alza la bóveda del lenguaje hacia una libertad nueva que cambia y a la vez conserva la palabra. Y también el amor ha de aportar su contribución; el amor es el secreto de la maestría”. Entonces, ¿cuál ha de ser la función del escriba, del poeta o del filósofo, en esta alta civilización técnica? Que las palabras contribuyan al crecimiento de la Vida, y que tiendan al enriquecimiento del lenguaje. Las palabras franquean las puertas a la magia de la materia animada e inanimada.

En la época de la revolución en los medios de información, las redes sociales, la Inteligencia Artificial, estamos “ciegos”, “verbalmente ciegos”, ante el despunte de la imagen sobre la palabra. “La ceguera proviene de un cambio capital en los hábitos de nuestra sensibilidad” y en los “instrumentos especulativos”. Asimismo, desvelar que los medios y los modos “expresivos”, se corresponden con “técnicas reproductivas muy determinadas. Representan la respectiva posibilidad de desarrollo técnico y son el resultado de las necesidades de dicha época”.

El pathos que atraviesa la concepción de la historia contemporánea es, el de la tecnología informacional, la cibernética, la Inteligencia Artificial, la ciencia, la industria militar, el capital bancario y financiero internacional. “Lo decisivo es aquí la relación entre la vida y su finalidad”. El hecho de que todos los “fenómenos dotados de finalidad” son orientados hacia la manifestación de una esencia o la expresión de una significación, siendo el lenguaje el lugar por excelencia donde cada singularidad apunta a su propio rebasamiento”.

Pero si la vida tiende a la objetivación, a ser un número, a convertirse en almacén de existencias, “no sólo hacen opacas las relaciones entre los hombres; sino que además envuelven en niebla a los sujetos reales de dichas relaciones”.

Walter Benjamín asigna de esa manera a la vida una dimensión trascendente, que ha de configurarse en la historia. Dice que: “La vida a grandes dimensiones, en la historia, no se aprende […] un gusto superficial por la vida; que al considerarla no se aspira a un desprecio hostil por los hombres, pero si una visión rigurosa del mundo y unos principios fundamentales serios acerca de la vida; que la sustancia del mundo, por lo menos sobre los grandes que la han juzgado, que juzgaron a los hombres y que supieron medir en la propia vida interior la vida exterior, sobre un Shakespeare, un Dante, un Maquiavelo, produjo una impresión que los formó en la seriedad y en el rigor”. En propiedad significa la valoración de la vida y del mundo como valor supremo de la existencia.

Benjamín tiene presente, “la convicción intima de que su trabajo al servicio de la humanidad tiene que apoyarse en una elevada moralidad”. Que los más altos valores del hombre deben estar al servicio de las necesidades psicológicas y morales del ser humano. Frente a lo cual hay que orientar la mirada hacia el materialismo, la técnica y la cultura de masas, que determinan la razón del hombre contemporáneo. Para poder desenmascarar el “fetichismo” y las “relaciones de dominio” que se ocultan detrás del consumo, del lujo, de las bellas materias, del poder y el dinero.

Y, nos ayuden a preguntarnos, ¿cómo la cosificación de la existencia individual se corresponde con el desarrollo de la técnica y las necesidades de la época? ¿por qué los espejismos de la técnica y de la ciencia, de la publicidad (con sus mensajes subliminales) y el consumo de masas, esconden la búsqueda de una sociedad ordenada y sin propósitos colectivos?

Porque desde el umbral de la política, los valores espirituales y los morales, se sustituyen por los de la inversión y el beneficio, la publicidad y el marketing. Además, la política se convierte en un apéndice de la publicidad, los mass-media e Internet. Son valores vacíos sin proyecto colectivo, sin conciencia crítica y capacidad de juicio sobre el mundo, la realidad y la existencia. En las democracias de las sociedades modernas, las ideas, los principios, las ideologías, que configuraban la estructura de la sociedad y del Estado, fueron vaciadas de sus contenidos. A finales del siglo XX y principios del XXI, las sociedades occidentales adoptan rasgos deterministas.

Porque su análisis teórico y su práctica en la sociedad, se rigen por el neoliberalismo político y económico. Por eso el pathos de la concepción de la historia, es el pathos de la democracia liberal. Esta transformación trajo como consecuencia un mundo fluctuante, evanescente y fugaz, esto es, desestructurado y plural donde la esencia de la democracia se encuentra en entredicho. Es decir, pierde sentido y realidad en relación a las necesidades fundamentales de las sociedades modernas. Más si en los últimos espacios de tiempo, el autoritarismo, los nacionalismos y el populismo político-autoritario, atentan contra las fuentes y las estructuras del Estado de Derecho y la Democracia, las libertades fundamentales y los Derechos Humanos, la dignidad humana y la justicia social.

Estamos asistiendo en las sociedades contemporáneas a como la ignorancia, la falta de cultura política, la inmoralidad y la corrupción en la administración del Estado y sus instituciones, implementan la apatía y la dejadez en los asuntos públicos. De ahí que la política de masas por la importancia de los instrumentos técnicos y la publicidad, se transforma en espectáculo: visual, auditivo, insustancial y fragmentado. El lugar de las ideologías, los principios, los programas, lo ocupa ahora la escenificación.

En la Cultura del artificio la representación de la representación ocupa el espacio del sentido. El “parecer” es más importante que el “ser”. Los conflictos y las contradicciones sociales se banalizan, ya que la realidad se presenta fragmentada, sin unidad lineal y sin telos colectivo.

 “Este sistema –dice Noam Chomsky– no debe permitir que la gente se encargue de sus propios asuntos sino que los deje en manos de esa clase especializada que son los únicos capaces de arreglarlos... en toda democracia se producen dos grupos: por un lado, la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, es la que ejerce la función ejecutiva; por otro, “el rebaño desconcertado” que son los espectadores del sistema, no participan de forma activa en el proceso”.

Además, constatamos el paso del “logos clásico” al “logos del artificio”, que está convirtiendo a la política y su parafernalia en un agregado numérico o, instrumento de la técnica, la economía o, la voluntad de poder. Este tránsito supone una etapa en la historia del pensamiento occidental reciente. Que posibilita percibir cómo los instrumentos técnicos influyen en los campos de pensamientos y cómo ayudan a configurar una época determinada. Entonces la historia del derecho, la literatura, la economía, la teología, la filosofía o, la ciencia política, sufren la incidencia de los instrumentos técnicos en la actualidad. Esto es, las diversas “figuras” de la época actual y de la cultura tienen un marco conceptual de referencia que depende de la tecnología: los lenguajes digitales, las imágenes en movimiento, las redes sociales y la Inteligencia Artificial generativa.

Por tanto, en la época actual es más cómodo para el ser humano delegar el manejo de la libertad, la autonomía de la voluntad, los sentimientos, la actitud ética o moral, y la apreciación estética de la existencia y la realidad, a la iglesia, al partido, al sindicato, la ONG, el Gobierno, etc., que asumir responsabilidades. Porque ésta actitud ante el mundo y la vida crea angustia, zozobra, en el manejo de la libertad. Se vive mejor y más cómodo sin preocupaciones, sin responsabilidades, y así, el ejercicio del poder nos despolitiza, nos simplifica, nos convierte en número o, en objeto.

Y, la vida en consecuencia se presenta fluida, sin peso, fugaz, en los espejismos de imágenes y lenguajes digitales. Por tanto, el cúmulo de placeres sensibles y espirituales que despliegan, crean una atmósfera de alegría superficial sobre la vida y la historia. Por lo cual, es indispensable trabajar en el interior del ser humano.

Ante todo es preciso tener en cuenta que al hombre hay que dejarlo que crezca primero dentro de sí –dijo en su día Ernst Jünger.

Por tanto, este mundo en tránsito y veloz, no da tiempo para el recogimiento, la serenidad, la soledad, la introspección o, la veneración, que son fundamentales para la creación poética y los movimientos del pensamiento. En la Cultura del artificio, la vida se convierte en una “broma incoherente”. Como afirma Edgar Morán en “La mente bien ordenada”: “La reforma del pensamiento es una necesidad democrática clave: formar ciudadanos capaces de hacer frente a los problemas de su tiempo y frenar el deterioro democrático que suscita la expansión de la autoridad de los expertos, que restringe progresivamente la competencia de los ciudadanos. Estos están condenados a la aceptación ignorante de las decisiones de aquellos que son estimados como sabedores”.

Sabemos que la revolución en las telecomunicaciones y la primacía de la Red, es, en su naturaleza, política, militar y económica. Porque esta transformación responde no sólo a las técnicas de reproducción de la palabra, la escritura y las imágenes, sino además a las posibilidades de desarrollo tecnológico y las necesidades de la época. No hay desarrollo material de una sociedad que no esté condicionado a las necesidades de ésta, y a las relaciones de poder que esconden tras de sí. Por eso el desarrollo técnico y científico responde a las necesidades del Sistema de Producción Global, al neoliberalismo económico, social y político.

Es decir, a la lengua de los mercados y del poder financiero internacional; a la industria militar, a la estructura y función del Sistema del Capitalismo Actual; a las Plataformas Digitales; y, al Estado técnico absoluto. Pero no hay que ignorar que, aunque estos procesos se den en la superficie de las civilizaciones actuales, inciden en la naturaleza y la esencia del ser humano.

Por tanto, toda transformación material o espiritual es, en el fondo, una transformación lingüística. Así, la revolución incruenta, no violenta, no abrupta, que están llevando a cabo las “redes globales”, los algoritmos, penetra hasta los átomos del cerebro. Esta se ubica en el orden y la idea de los procesos, y responde a las apetencias de los “centros de poder”. Que N. Chomsky y E. Morán denominan “la clase especializada que toma las decisiones” y los “sabedores” del Sistema o del Estado.

         Que G. F. Hegel llamó: “El poder casi inconmensurable sobre los espíritus”.

Desde esta perspectiva, no es extraño que la ciencia y la técnica tengan efectos sobre la lengua. Todo cambio en el orden político, económico, social o cultural, implica inexorablemente cambios léxico-gramaticales. Además, la lengua se transforma para responder a las exigencias del Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo y sus juicios. En consecuencia, el tránsito del “logos natural” al “logos artificial”, es, radicalmente lingüístico. Esta trastocación en el ámbito histórico, del saber y las prácticas sociales incide en la política.

Se percibe que la representación del mundo y la existencia individual, están cambiando súbitamente. Por eso, la idea de Estado y sus instituciones, las estructuras sociales e individuales se están transformando y, la imagen de la sociedad fluida, desestructurada, sin proyecto colectivo ni lazos compartidos, cobra validez. Dicho esto, se impone la imagen de la sociedad abstracta, sin sentido, abyecta, a las esperanzas y necesidades humanas.

Pienso que las representaciones que tenemos del mundo y de la realidad o, del sistema léxico-gramatical, están sufriendo una conmoción profunda pocas veces dada, en la historia de la humanidad. La revolución técnica de la imagen “gráfica” en movimiento y los lenguajes digitales es, una revolución lingüística. Si nos ubicamos en el umbral de la palabra, es una “guerra de palabras”, una auténtica “logomaquia”. Si lo hacemos en el de las imágenes, es una “guerra de imágenes”, de “signos”, donde se manifiestan más fuertes que las palabras.

Preguntamos, ¿por qué el mundo es un ámbito abstracto? ¿Por qué las palabras vacías de contenidos y las imágenes, responden a los requerimientos de la técnica y del colectivo técnico? Porque el entrelazamiento del confort técnico y la voluntad de poder, se configuran en el espacio del logos y del pensamiento. Es ahí donde hay que buscar también el auténtico factor moral de nuestro tiempo.

jueves, 29 de enero de 2026

 

                         


                   LA POLARIZACIÓN DE LA ÉPOCA CONTEMPORÁNEA


Antonio Mercado Flórez.

Madrid-España a 28/01/2026

El desgarramiento del Orden Político Internacional llevado a cabo por Vladimir Putin, Xi Jiping y Donald Trump, ha establecido la polarización, la exclusión, la coerción, la violencia, la amenaza, el miedo, la militarización y la guerra, como moneda de cambio para ejercer el poder en determinados territorios. Así que, existen rasgos ideológicos, políticos, económicos, lingüísticos, militares, etc., entre el fascismo y el totalitarismo del siglo XX y el autoritarismo nacional-populista del momento actual.

Uno de los problemas fundamentales consiste en la defensa de la libertad, los derechos y la dignidad, en todas sus acepciones. Martín Heidegger reflexionó en la Introducción a la metafísica que, poder preguntar significa esperar, aunque fuese la vida entera. Platón hace decir a Sócrates que una vida sin examen no merece vivirse. Por tanto, los integrantes de una sociedad, aunque no sean intelectuales o pensadores, tienen el deber moral de preguntar sobre las condiciones en las cuales viven.

Dijo Isaíah Berlin, en dialogo con Bryan Magee, “Una introducción a la filosofía”, que: “Si los presupuestos no se examinan y se dejan al garete, las sociedades corren el riesgo de osificarse; las creencias endurecerse y convertirse en dogmas; distorsionarse la imaginación, y tornarse estéril el intelecto. Las sociedades pueden decaer a resulta de dormirse en el mullido lecho de dogmas incontrovertidos. Si ha de despertarse la imaginación; si ha de trabajar el intelecto, sino ha de hundirse la vida mental, y no ha de cesar la búsqueda de la verdad (o de la justicia, o de la propia realización), es preciso cuestionar las suposiciones; poner en tela de juicio los presupuestos; al menos, lo bastante para conservar en movimiento a la sociedad”.

Preguntamos, ¿qué buscan los poderes autoritarios, fascistas o totalitario? Buscan inexorablemente sociedades disciplinadas, homogenizadas, donde prevalezca el miedo, el sufrimiento, el dolor, la angustia, sobre la libertad, la libertad de pensar, de escribir, de criticar, de acción, o de juicio. Porque necesitan personas adheridas sin fisuras al bloque, la ideología, al partido, las creencias, y al ejercicio del poder del Líder, del Presidente, del Primer Ministro, del Jefe de Estado. Porque a través de la publicidad, la propaganda, la intimidación, la militarización, todo en el Estado Totalitario, Fascista o, Autoritario, se politiza.

Recordemos que el problema del ser como el de la libertad, lo aborda Martín Heidegger en “El estudiante alemán como trabajador”. Según Heidegger y Ernst Jünger en el texto “El Trabajador”, la libertad es el trabajo. Para Herbert Marcuse, el texto de Jünger expresa en la década del treinta del siglo XX, los rasgos esenciales de la mentalidad alemana. Dice Marcuse que,

Jünger muestra, además, que el ascenso del nacionalsocialismo significa la única verdadera revolución alemana contra el mundo burgués y su cultura (un mundo que según él también incluye al socialismo marxista y al movimiento obrero), revolución que reemplazará la burguesa por una nueva forma de vida, la del “obrero” que blande el poder perfecto sobre el mundo perfectamente técnico, cuya actitud es la del soldado, y cuya racionalidad, la de la tecnología totalitaria.

En la actualidad el discurso de Donald Trump contra los valores de la cultura y la civilización europea, como valores decadentes y destinados a desaparecer, ataca las raíces de la cultura occidental moderna. Que se arraigan en la Ilustración y la cultura judeocristiana humanística y libertaria. “Europa sufre un asalto que busca manipular las mentes hasta aniquilar el pensamiento propio. Los individuos no ejercen un verdadero libre albedrío, sino que actúan totalmente condicionados por la influencia externa”. Con la tecnología y sus algoritmos, se manipula la imaginación, la capacidad de asombro, el pensamiento y la representación de la realidad. Estamos condicionados por la tecnología y los algoritmos, que responden a relaciones de fuerza y de poder.

El libro de Jünger es el prototipo de la unión nacionalista entre la mitología y la tecnología, libro en el que “sangre y suelo” emergen como una empresa gigante, totalmente mecanizada y racionalizada, que moldea la vida de los hombres hasta tal grado que los hace hacer con precisión automática la operación correcta en el momento y lugares correctos, un mundo de sentido práctico bruto, sin espacio ni tiempo para “ideales”. Pero este mundo totalmente tecnológico surge y se alimenta de una fuente supratecnológica que Jünger señala evocando los rasgos “antiburgueses” del carácter alemán.

En este orden, la libertad del trabajo será la concepción aria de la libertad y de la cultura. Una concepción nada moderna, ni ilustrada, ni democrática o libertaria. Porque para nada cuenta el individuo o, el Yo, sino la comunidad de pertenencia. Un concepto de la cultura alemana racista y en permanente lucha por la existencia de la raza contra la modernidad. Que identifican con los judíos, la ciencia y la política al servicio del egoísmo, y la individualidad internacionalizada.

Que busca en su expansión –ora liberal, ya marxista-, la desaparición del ser. Adolf Hitler dijo, la “circunscripción territorial de un Estado supone una concepción idealista de la raza que lo constituye y, ante todo, tiene una noción cabal del concepto trabajo.

Así, “el pueblo del trabajo” nazi coincide, en sus lineamientos geopolíticos más importantes, con “el pueblo metafísico”, “el pueblo espiritual”, en fin, “el pueblo histórico” de Heidegger. Como expresa Julio Quesada: “Ahora podemos ver lo inconmensurable de la lucha por el ser, que tiene que ver con la lucha de las especies, la “autoafirmación” del pueblo alemán frente a los Derechos Universales del Hombre”.

En este análisis de literatura comparada, nos damos cuenta que el trumpismo quiere adueñarse de las mentes, los ideales, la concepción del mundo y la realidad de los europeos. Necesita de las Plataformas Digitales y los algoritmos, para manipular las mentes, seducirlas, y ejercer el poder. Esta forma de fascismo nacional-populista, persigue a los funcionarios que promuevan iniciativas de control y de fiscalización del Gobierno. En el fondo lo que desea Trump, es el control, la vigilancia y la coacción de la libertad individual. Un proyecto político que responde a los principios del nazismo alemán y el fascismo italiano.

Bueno, el propósito de Trump es envenenar las mentes y las conciencias occidentales, europeas y destruir la UE. Uno de los obstáculos de la UE es, que no cuenta con el software, ni con hardware, ni de plataformas de redes sociales o buscadores, que hagan frente a las de EEUU. Es decir, la UE no posee grandes centros de datos, ni de nubes de computación a gran escala, que estén a la altura de las innovaciones técnicas en información y comunicaciones. Es importante entonces “incrementar la regulación, avanzar en la innovación y la constitución de los activos europeos”. Esta es una carrera a toda velocidad, de lo contrario estaremos en las garras del nuevo Ciberleviatán y las Grandes Compañías Digitales de EE.UU.

En la actualidad el Sistema democrático y el Estado de Derecho en EE.UU., se están resquebrajando. Los Estados Unidos viven una experiencia autoritaria y fascista, que viola los derechos fundamentales, los derechos humanos, las libertades y la constitución, para poner en práctica una dictadura blenda, sin tanques ni campos de exterminio. Es un régimen que conserva las formas democráticas, pero las vacía de contenidos. Como dijo Mirian Martinez-Bascuñan en el periódico El País de Madrid-España: “No hace falta tomar el Estado por asalto, basta con perseguir a los críticos, proteger a los aliados, asfixiar al que financia la disidencia y enseñarnos que el silencio es más seguro que la palabra. El nuevo autoritarismo coloniza las instituciones desde adentro y seca el oxígeno de la sociedad civil colapsando la infraestructura de la resistencia”.

“Tocqueville advirtió que la democracia puede morir sin tiranos: basta que los ciudadanos abandonen el espacio común”. Hoy somos más conscientes, nos advierte Hannah Arendt, que “las actividades políticas verdaderas, actuar y hablar, por otra parte, no se pueden llevar adelante sin la presencia de otros, sin gente, sin un espacio construido por la mayoría”. O, lo que es lo mismo, sin un espacio común. Hoy existe hacia el campo específicamente político y su carácter público cierta desconfianza que están aprovechando los partidos nacional-populista, de derecha y de extrema derecha, para copar el espacio que los partidos tradicionales de centro izquierda y de izquierda, olvidaron para responder a las verdaderas necesidades económicas, sociales, políticas, morales, culturales, o materiales y espirituales de las sociedades que configuran el espacio común.

Arendt nos indica que “la capacidad de juicio es una habilidad política específica en el propio sentido denotado por Kant, es decir, como habilidad de ver cosas no sólo desde el punto de vista personal sino también desde el punto de vista de todos los que estén presentes; incluso ese juicio puede ser una de las habilidades fundamentales del hombre como ser político, en la medida en que le permite orientarse en el ámbito público, en el mundo común”.

Por la primacía de los instrumentos técnicos, de las redes sociales, las imágenes en movimiento, las Plataformas Digitales, en la vida privada y pública de las personas; de otra parte, por el vaciamiento del sentido de la acción política, por embaucadores y demagogos, no le permiten al hombre como ser político orientarse en el ámbito público, en el mundo común. Así que, “el discernimiento, que los griegos llamaron la capacidad por excelencia del hombre de Estado, es decir, el sentido común nos desvela la naturaleza del mundo en la medida en que se trata de un mundo común y compartimos con otros; como la del juicio es una actividad importante, en la que se produce este compartir-el mundo-con-los-demás”.

Se encuentra ahora en entre dicho, porque a nivel político prevalece la polarización, el caos, la amenaza, el odio, la violencia, la guerra y el despilfarro del lenguaje político. No importa compartir-el-mundo-con- los-demás, sino apropiarse las riquezas naturales por la fuerza de las armas, la desinformación, la manipulación informativa, política y mental de las sociedades.

De ahí que las actividades políticas verdaderas, actuar y hablar, discernir y juzgar, se reemplazan por la mentira, la amenaza, el odio y las armas. Esto impele a pensar que la política de masas, los parlamentos y las acciones de gobierno, responden a la aclamación, los intereses económicos, tecnológicos, estratégicos, partidistas, ideológicos, financieros, culturales, etc., de una “selecta” minoría. Pero no a las verdaderas necesidades materiales, morales, espirituales, políticas, de la sociedad. De aquí nace el conflicto entre la Política y la Sociedad, el Poder y la Cultura.

Pues bien, ¿qué está en juego en el campo de la acción y el discurso, es decir, el campo de las actividades políticas? Que el Estado Totalitario o Fascista o Nacional-Populista, reemplace al Estado de Derecho y al Sistema democrático. Que los derechos humanos, políticos, sociales y la libertad, sean borrados por decretos. Que el espacio público, es decir, la política responda a los intereses privados o militares y, no a las verdaderas necesidades de la sociedad.

Hay épocas de decadencia política y social, ética y cultural, donde sólo unos pocos perciben las riquezas naturales, científicas, técnicas, económicas y culturales. Cuando esto sucede en la sociedad, incrementa la barbarie y quita el significado humanístico de la acción política y el discurso; porque en ella prevalece la utilización del poder económico como poder político o tecnológico.

Se está configurando un mundo y una realidad, donde se entrelaza el poder de la fuerza, el poder económico y el poder tecnológico.

La Organización Oxfam Intermón, alerta que las grandes fortunas se esmeran por controlar medios de comunicación y redes sociales, “sin que los gobiernos hayan logrado ponerles freno”. Dice al respecto: “Los milmillonarios están dedicando su riqueza y poder para generar estado de opinión, influir sobre el debate público y cambiar incluso el curso político. No sólo compran yates, compran incluso democracias, alimentando el discurso del odio y la polarización política, todo por defender únicamente sus intereses”. Advierte, que “las libertades civiles y los derechos políticos están retrocediendo de forma alarmante”.

Asimismo, “esta obscena brecha de riqueza no se limita a jets privados: está creando un abismo en el poder e influencia políticas que ostenta esta élite milmillonaria, y el resto de la población. La pobreza genera hambre, pero la constante desafección política genera ira. Si nuestras sociedades se sienten hoy más divididas y frustradas es porque efectivamente lo están”.

Desde que Donald Trump está en la Casa Blanca, nos recuerda Joaquín Estefanía en el periódico El País de Madrid-España (25/01/2026): “Se han reducido los impuestos a los superricos y se les aplican gravámenes más bajos que a ningún otro grupo social; se han bloqueado los pequeños avances en la fiscalidad internacional para grandes corporaciones; se han limitado los intentos de frenar el poder de los monopolios; se ha impulsado en las Bolsas de Valores, sectores como el de la inteligencia artificial, cuyos beneficios han ido a parar casi exclusivamente, a las grandes fortunas; etc.”.

Esta dinámica permite que, las élites económicas, políticas y tecnológicas, molden las normas que rigen el poder político, económico, financiero y social mundial. Que trae como consecuencia, el deterioro de los derechos y libertades del conjunto de las sociedades actuales.

Expresaba Jesús Cebréiro en el periódico El País de Madrid-España recientemente que, “en menos de 30 años la democracia liberal ha pasado de ser un bien universal a un sistema en recesión. Incluso en países como Estados Unidos, Reino Unido, Suecia o Australia, grandes minorías la consideran como una alternativa más, y no necesariamente la mejor. La caída del muro de Berlín en 1989 fue saludada como el final de la historia: la democracia se había impuesto a cualquier otra forma de gobierno. Algunos académicos consideran hoy que Europa Central (y no solo) estaría viviendo el reverso de aquel tiempo. Y la llegada de Trump a la presidencia de EE UU ha disparado todas las alarmas. Las democracias ya no caen por golpes militares, sino a través del voto. Nacen así lo que los académicos han venido a llamar democracias iliberales, que con frecuencia derivan en dictaduras”.

En este orden, se está configurando en EE.UU., un Gobierno Fascista Autoritario coagulado en el Líder, (el Presidente de la Nación), como ocurrió en la década del treinta del siglo XX, en Alemania. Se rechazan las reglas del Sistema democrático; se degradan y se niegan los derechos políticos y civiles de los oponentes; se persigue y se expulsa a los inmigrantes; se tolera desde las instituciones la violencia por las autoridades policivas y civiles; y se restringen las libertades y los derechos civiles, del cuerpo social.

Un pregonero del régimen autoritario ruso, Serguéi Karaganov, dijo en una entrevista hecha por Tucker Carl, que: “Europa ha perdido sus referencias, todas sus referencias morales, políticas y espirituales. Después de originar el nazismo, lo más hostil para la humanidad, han traído algo antihumano: la pérdida del respeto por la familia, por el amor entre un hombre y una mujer, por los ancianos, por el patriotismo, etc. Y, por supuesto, la pérdida de la fe en Dios. ¿Qué es Europa en estas condiciones? ¿Qué queda de ella? Es un verdadero abismo moral”.

Ahora bien, ¿qué buscan los ideologos de Putin, como Serguéi Karaganov o, de MAGA (Make America Great Again), con relación a Donald Trump, que promueva el nacionalismo, el proteccionismo y valores conservadores. Que se perciba a Europa y la UE, en particular, como un continente en decadencia, donde los valores éticos y morales, los contenidos de la cultura y la civilización occidental, están destinados a desaparecer y volar por los aires como una costra seca. Creen que los <<valores>> morales, éticos y culturales, se liquidan a bajos precios. Olvidan estos sátrapas Trump y Putin, que gobiernan despótica y arbitrariamente, ostentando su poder que, “el hombre puede empezar porque él es un comienzo; ser humano y ser libre son una y la misma cosa. Dios creó al hombre para introducir en el mundo la facultad de empezar: la libertad” -nos enseña Hannah Arendt.

Así que, el Fascismo y el Nacional-Populismo-Autoritario, tienen como objetivo destruir la vida privada e incrementar el desarraigo del hombre respecto al mundo, ya que anulan el sentido de pertenencia a éste. De ahí que profundizan la experiencia de la soledad. Exaltan el individualismo gregario que “comprime los unos contra los otros, y cada uno está absolutamente aislado de los demás”. Se convierte en una característica fundamental de organizar a las masas. Lo que caracteriza a las masas es, ser puro número, mera agregación de personas incapaces de integrarse en ninguna organización basada en el término común: “Las masas […] carecen de esa clase especifica de diferenciación que se expresa en objetivos limitados y obtenibles”.

Preguntamos, ¿de qué instrumentos se sirve el Poder Fascista y el Nacional-Populista-Autoritario? La mentira, la ignominia, la delación, el odio, la discriminación, el miedo, la xenofobia, el racismo, la inseguridad, la violencia, la guerra y la falta de novedad. Entonces, ¿cuál es la lógica profunda del Totalitarismo y del Fascismo-Autoritario? Posibilitar pensar tales dimensiones como efectos. Si se accede a ellas se revela el mal radical; el mal absoluto que invade la totalidad de la vida humana. En estos regímenes el catálogo de las cosas posibles está siempre ahí –para que una posibilidad salga a escena es preciso que se la acepte. En él todo puede ser destruido, todo es posible. Como dijo David Rousset: “Los hombres normales no saben que todo es posible”. En consecuencia,

           El Totalitarismo y el Fascismo dejan a la persona singular en la estacada.

El Totalitarismo y el Fascismo aíslan a las personas para que se incapaciten para actuar, las sume en un vacío existencial, un desgarramiento de la voluntad, del pensamiento, de la fuerza y del poder. Por eso “buscan no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en que los hombres sean superfluos”. Asimismo, buscan un hombre solo, aislado, insolidario, desprotegido, sustituible, vacío, gregario, numerificado y objetivado. Que responda a la norma, la ley, el orden, la publicidad, la ideología, el sistema, la estructura, los ideales del Estado fascista. Se centra en la superficialidad de los actos humanos, sin conexión alguna con la profundidad de sus motivaciones.

En el Totalitarismo y el Fascismo-Autoritario, no existe la individualidad, ni el proyecto común, ni el telos plural. Porque estas acepciones necesitan de la esfera social, esto es, de las relaciones políticas, económicas, sociales o culturales. Que, en el totalitarismo y el fascismo autoritario, el ser humano es incapaz de alcanzar, porque todo está mediado por el Estado, las instituciones, la ideología, la masa, que niega los principios de la Ilustración: la libertad, la solidaridad, la fraternidad y la otredad. Por eso, el Fascismo se contrapone al Estado democrático Social de Derecho. Ellos representan la estructura y la función del Estado Total.

En el Totalitarismo y el Fascismo, “el hombre del montón es un hombre de la masa, y la característica principal del hombre-masa no es la brutalidad ni el atraso, sino su aislamiento y su falta de relaciones sociales”. El poder no consiste en la instrumentalización de la voluntad plural o social, para alcanzar unos fines determinados, sino en la formación de una voluntad común orientada al entendimiento. Una voluntad que pone en el centro de las relaciones comunitarias al dialogo. 

En una sociedad democrática “el poder se deriva de la capacidad de actuar en común”. También en la voluntad de dialogar en común. Además, “el poder surge allí donde las personas se juntan y actúan concertadamente”. La política en tanto que, ejercicio público, contiene en su telos un fin práctico: la conducción de una vida buena y justa en la esfera social.

Según Arendt, el Nazismo no debe nada a ninguna parte de la tradición occidental, sea germana o no, sea católica o protestante, sea cristiana, griega o romana. Nos gusten más o menos Tomás de Aquino, Maquiavelo, Lutero, Kant, Hegel o Nietzsche […], lo cierto es que ninguno de ellos tiene la más mínima responsabilidad por lo ocurrido en los campos de exterminio. En términos ideológicos, el nazismo comienza sin ninguna base en la tradición, y convendría tomar conciencia del peligro que entraña esta negación de toda tradición, que fue el rasgo principal del nazismo desde su comienzo. 

Dijo el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, en Davos recientemente: Que, “en lugar de lamentarse por el regreso de los imperios depredadores, Canadá propone «construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esa es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de verdadera cooperación. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos».

Pero también les diré que los demás países, en particular las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.

En un mundo marcado por la rivalidad entre las grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía que tenga peso.

Es nombrar la realidad. Dejar de invocar el «orden internacional basado en normas» como si aún funcionara tal y como se nos presenta. Llamar al sistema por su nombre: un período de intensificación de la rivalidad entre las grandes potencias, en el que las más fuertes actúan según sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción.

Se trata de reducir la influencia que permite la coacción. Todo gobierno debería dar prioridad a la creación de una economía nacional fuerte. La diversificación internacional no es sólo una cuestión de prudencia económica, sino también la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posiciones de principio al reducir su vulnerabilidad a las represalias.

                       El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad”.

En un mundo polarizado donde prevalece la fuerza, el chantaje, la coacción, el odio, la discriminación, la militarización de los grandes imperios, las potencias medias y países periféricos, deben estar unidos para alcanzar en común lo mejor para sus pueblos. Y, no olvidar que,

Se percibe y trae a la palabra, al dialogo y al entendimiento común, lo que es inherente a la poiesis, a todo habla del ser: que, siendo “la más inocente” de todas las ocupaciones, es “el más peligroso de todos los bienes”.

Antonio Mercado Flórez. Filósofo. Politólogo y Especialista en Relaciones Internacionales. Profesor universitario.