viernes, 10 de abril de 2026

 

 

                          Escritos sobre biopolítica, la guerra, el cuerpo y la libertad

   Lo mejor que cabe hacer en este mundo es proporcionar alegría a nuestros semejantes”.

                                                                                 P. K. Rosegger

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 10/04/2026

En el Mundo Moderno, el decurso técnico que es en igual medida amoral y no caballeresco, reemplaza al rito y al mito, en la actualidad. Hoy el ethos (la pluralidad de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad), ese proceso aún es desconocido. Y justamente el hecho de que el dolor, el sufrimiento y la muerte, puedan ser soportados en mayor medida apunta a ese ethos. Asistimos a transformaciones lingüísticas y gráficas que no sólo afectan los sentidos, sino también a la naturaleza humana. La revolución técnica en los modos y los medios de comunicación, las redes sociales y la Inteligencia Artificial, abarcan situaciones que van desde la noticia, el aviso, a la amenaza que llega en pocos minutos a todas las consciencias y rincones del mundo.

Pienso, que la revolución técnica en las comunicaciones inmediatas y simultáneas, llevan a cabo una cesura, en los modos y los medios de combatir. En las guerras contemporáneas son las comunicaciones artificiales las que condicionan las tácticas, las estrategias y los modos de combate. Son tan importantes los medios de comunicación para las labores guerreriles, que las máquinas, los cohetes, los aviones no tripulados, las bombas, los satélites, están condicionados al buen funcionamiento de las comunicaciones artificiales.

Es tan importante el fogonazo en la conciencia que dejan tras de sí los mass-media, las redes sociales, las imágenes en movimiento, que en el ámbito de las guerras se convierten en instrumentos de manipulación, coerción y dominio. Este proceso penetra de múltiples formas en la estructura psíquica y la conducta del ser humano. Del desarrollo de los instrumentos técnicos de la comunicación inmediata y simultánea, depende muchas veces la pérdida o ganancia de una guerra.

En los últimos espacios de tiempo, el perfeccionamiento en los medios técnicos para la guerra y las comunicaciones artificiales, alcanzaron su máxima potencia. Este proceso de la existencia en general, está introduciendo valoraciones nuevas y más poderosas tanto en la vida privada o pública, como en el ámbito de la guerra. Con la objetivación del ser humano y la importancia de los instrumentos técnicos, el espíritu de la crueldad se hace más evidente. Esta trastocación está desplazando la vida sentimental, y en su orden los máximos valores espirituales del ser humano.

Como expresa Ernst Jünger: “Esto tiene varios motivos; el principal es que el pensamiento racional es cruel. Esa cualidad suya contagia todo plan humano”. Con ello quedan al descubierto las relaciones intrínsecas entre los instrumentos técnicos y la voluntad de poder. Es de suponer que, en esta alta civilización técnica, “el automatismo quebranta con gran facilidad, como si lo hiciera jugando, lo que queda de la voluntad libre”; y los medios técnicos para la guerra convierten al hombre de hoy, en mero objeto de emplazamiento.

Esta mutación en el orden de la existencia, vacía de sentido toda esperanza que se base en los valores espirituales del ser humano. Porque el Espíritu tiene que ver con lo inasible y trascendente, el lenguaje, la cultura y la creatividad.

Con relación al cuerpo se trata de someterlo al lugar de la disciplina, la obediencia, la instrucción, es decir, al lugar de la nueva voluntad de poder. Someter el cuerpo a la zona de los instrumentos técnicos, tratándolo como objeto, significa, no sólo desplazarlo de la zona de los sentimientos, de los valores éticos, morales, sino también del sentido trascendente de la Vida.

El cuerpo humano se convierte en un campo de batalla; un ámbito donde convergen relaciones de fuerza de índole diferentes, códigos, prescripciones fijas e impersonales, que decantan su objetivación. De ahí que el cuerpo del soldado, del deportista, tiende a estar sobre la zona del dolor, del miedo, del sufrimiento o, del ámbito sentimental, porque debe ser tratado como objeto. En la actualidad estamos percibiendo como el campo de batalla se traslada a la conciencia, los sentimientos, a la manipulación de la trastienda cerebral, oscura, inconsciente, agresiva y pasional, para manipular y alcanzar los fines de los perros de la guerra, los fines de los poderosos.  

Pero también en el mundo actual el cuerpo se configura en objeto de deseo y manipulación. Aquí en este ámbito se entrelazan diversas variables, la de los medios técnicos de comunicación de masas con la publicidad y la industria del artificio; la cosmética, la moda, el lujo, las bellas materias, la prostitución, que no sólo imponen un estilo de vida, sino que se entrelazan con el Sistema de Producción de Seducción.

Eso, que Guilles Lipovetsky llama “sociedad del rendimiento”. Por eso el consumo masivo en esta alta civilización abstracta, no es indiferente a los costes y beneficios que genera la manipulación del deseo. Pero también el cuerpo, es objeto del ojo indiferente y frío de la fotografía, del arte, la literatura, el teatro, la poesía, la danza clásica, etc. El cuerpo en este ámbito trasciende el campo magnético de las energías bélicas, porque se contempla como “objeto” de belleza, de ritmos, cadencias y proporciones, donde es capaz de comunicar la lengua de las Musas y de los Dioses.

Por tanto, “el resultado que es capaz de alcanzar el cuerpo humano como instrumento”, se torna absurdo cuando no logramos captarlo en su gesto simbólico. Así que, la instrumentación del cuerpo humano, de convertir al hombre en objeto se transparenta en el aspecto externo de las personas. “Es un rostro carente de alma, trabajado como metal, o tallado en maderas especiales, y posee sin la menor duda una autentica relación con la fotografía”.

 En este orden de ideas, el cuerpo del soldado se sustrae no sólo de la zona de la sentimentalidad, sino que se presenta como amoral, donde no caben los valores humanistas y estéticos. En el combate se pone de manifiesto la disciplina, el trabajo, los códigos, las prescripciones abstractas y generales, la sincronización espacio-temporal del pensamiento y los movimientos, en suma, el cuerpo configura la imagen del autómata, del hombre-objeto. De ahí que sea “una carne disciplinada y uniformada por la voluntad”. Por eso, la percepción o la relación que se tiene con los heridos, y en particular con la muerte, ya no habitan nuestro cuerpo, es decir, nuestra existencia individual.

Lo relevante del decurso técnico es, que, no sólo transforma la existencia en objeto, sino que la sustrae de la zona del interior de sí misma, del ámbito del valor. El cuerpo convertido en objeto, es una “figura” de las relaciones artificiales, que determina a la civilización abstracta donde vivimos. De ahí que a la objetivación de la existencia individual le corresponde “soportar con mayor frialdad la visión de la muerte”. Despojarla de la aureola de la simbología mágica y del sentido de sus rituales, significa, encadenarla al frío hierro de las criptas y las tumbas; despojarla de su sentido trascendente.

El espíritu que se ha ido configurando en pocos espacios de tiempo en la civilización moderna, es un espíritu cruel, que niega la semejanza entre los hombres, principio fundamental del Humanismo. De ahí que “elimine los lugares blandos, y endurezca las superficies de resistencias”.

El filósofo Michel Foucault en “Vigilar y Castigar”, dice que, el momento cuando se pasa de unos mecanismos históricos-rituales de formación de la individualidad a unos mecanismos-científicos disciplinarios. Se constituye un ámbito donde lo normal ha relevado a lo ancestral, y la medida al estatuto, sustituyendo así la individualidad del hombre memorable por la del hombre calculable. Ese momento en que las ciencias del hombre llegan a ser posibles, es aquel en que se utiliza una nueva tecnología del poder y otra anatomía política del cuerpo. Además, desde el siglo XVII y XVIII, existe una técnica para constituir a los individuos como “elementos correlativos de un poder y un saber”.

Así, el individuo es el átomo ficticio de una representación “ideológica” de la sociedad; pero es también una realidad fabricada por la tecnología específica del poder, que se llama la disciplina. Por tanto, los efectos del poder no se pueden percibir sólo en términos negativos: “excluye”, “reprime”, “rechaza”, “censura”, “abstrae”, “disimula”, “oculta”.  Porque, de hecho, el poder produce; produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad. Que el individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción.

De ahí se gestan los estudios de Foucault sobre la biopolítica, que es una forma específica de gobierno que aspira a la gestión de los procesos biológicos de la población. El biopoder se define como un conjunto de estrategias de saber y relaciones de poder, que se articulan en el siglo XVII sobre la vida en Occidente. Que aborda la realidad política del Estado y pone entre paréntesis las esferas jurídicas. Donde la realidad del Estado es una forma viviente. La biopolítica aspira a la gestión de los procesos biológicos de la población.

Es una tecnología que aspira a obtener cuerpos dóciles y fragmentados; y en función de esto se crean herramientas como la vigilancia, el control, el conteo del rendimiento y el examen de las capacidades. El cuerpo social deja de ser una simple metáfora jurídica-política (como lo vemos en el Leviatán de Hobbes), para expresarse como una realidad biológica y un campo de intervención médica.

Desde el umbral político y de la guerra en particular, la biopolítica administra la vida de la población para su control, seguridad y supervivencia en estado de conflagración. La biopolítica en el ámbito de la guerra se centra en cómo el poder y la política influyen y controlan la vida del ser humano. Un concepto que Foucault examina para observar como los gobiernos y las instituciones, utilizan el control biológico y socio-político para gestionar las poblaciones y, en particular, en situación de conflicto. 

Así que, en la guerra, la biopolítica puede manifestarse de varias formas, en la gestión de la seguridad, de la salud pública, la manipulación de la información y la propaganda, y el control de los cuerpos y las vidas de los soldados y civiles. La propaganda, por ejemplo, se utiliza para influir en la moral y la mente de los soldados y la población civil. También para reglamentar, disciplinar y controlar, el comportamiento de los civiles y los soldados. Si la biopolítica tiene por objeto el estudio de la incidencia del poder sobre la vida, en tiempos de guerra las estructuras de control y dominación se vuelven más opresivas.

Porque el poder en la actualidad pone a las tecnologías de la información y la comunicación, las redes sociales y la Inteligencia Artificial, el Chat GPT, la computación cuántica, bajo el control y el manejo sobre los individuos y las poblaciones. Así, las estructuras de poder, la riqueza como estatus, como poder de persuasión, las relaciones de la autoridad con el gobierno sobre los individuos y los ciudadanos, se convierte para la biopolítica en objeto de estudio y de análisis.

Así que, en tiempos de guerra o de violencia, se trata de bloquear, aniquilar y reprimir, toda iniciativa de los seres humanos, de su subjetividad y su corporeidad. Se les requiere como fuerza de trabajo, como soldados y defensores de los valores patrios, ya que se impone la necesidad de normalizarlos, uniformarlos y disciplinarlos como individuos al servicio del Estado y del Gran Poder.

Los cuarteles exigen una obediencia absoluta a los mandos militares y de la misma manera se castiga y penaliza la más mínima infracción a la autoridad. Se reproduce en la sociedad los mecanismos de mando y obediencia de los cuarteles, que conduzcan a los individuos y a la sociedad, a la obediencia de las tecnologías de poderes disciplinarios.

Como dice José Luis Tejada González (Profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana de México): “El cuartel se extiende más allá de sus muros, cuando se imponen las políticas bélicas de combate real o supuesto al terrorismo, al narcotráfico y a otros enemigos por venir. La regimentación se extiende al resto de la sociedad y se solicita la conversión de los ciudadanos en soldados de los Estados en lucha. Los mecanismos de control y vigilancia tan comunes en cárceles y hospitales, salen a las calles, las avenidas, los centros comerciales, las carreteras y los aeropuertos. Todos se vuelven sospechosos, mientras en algunas latitudes el Estado se confunde con la delincuencia organizada y el hampa.

La faceta represiva de los Estados modernos sale a relucir en momentos excepcionales, como cuando se suprimen las garantías constitucionales, se implanta el estado de sitio y se militariza la sociedad y la vida entera. Aquí todo el mundo padece y sufre las implicaciones de la barbarie política elevada a razón de Estado. Es la política del Estado de excepción extendida y difundida, que ahora se vuelve más cotidiana y común de lo esperado y lo anhelado”.

Bueno bien, en los Estados Modernos y en particular, en tiempos de guerra o de violencia, los instrumentos técnicos se ponen al servicio de las autoridades y el Gobierno. Así que, el uso de los microchips, las cámaras de video y los aparatos de rastreo se realizan indistintamente para combatir al enemigo interior o exterior. Los mecanismos tecnológicos de los Estados Modernos, se amplifican en aras de combatir la delincuencia organizada, el terrorismo o el narcotráfico. Esta medida de control social se revierte contra los ciudadanos a quienes dice defender y terminan violando los Derechos Humanos, las libertades y la dignidad de la vida de las personas.

             Aquí se viola lo que dijo Vassili Grossman: “La vida puede definirse como libertad”.

En este estado de cosas, una formación integral y universal, las inclinaciones naturales se van decantando por un desarrollo de las posibilidades y potencialidades de cada persona. Una sociedad militarizada, en cambio, está cargada de violencia, disciplina y de coacción. Todas las relaciones humanas se politizan y militarizan. Se exige a los integrantes convertirse en soldados-ciudadanos, donde la relación de mando, obediencia y autoridad que desciende desde las cúpulas, es abrumadora. La sociedad se va regimentando y se convierte en un cuerpo, en un todo único, en una exaltación máxima de la marcialidad y de la ritualidad. A manera de ejemplo, el desfile militar ofrece un congelamiento y una parada del orden social. (Roberto DaMatta, 2002).

Así que, en sociedades militarizadas, “la individualidad y la libre elección resultan inexistentes y se actúa y se vive para el común. Las relaciones sociales están dadas por la belicosidad, por el trato de enemistad y hostilidad a quienes no participan del espíritu de cuerpo. Es por eso explicable que los espartanos practicasen la exclusión social y que siglos después los nazis pretendiesen alcanzar la perfección racial y física, experimentando con el cuerpo y el comportamiento humano. (Roberto DaMatta, 2002).

En última instancia, la biopolítica reflexiona sobre los mecanismos de control y dominio, que se ejercen tanto en un Sistema democrático, autoritario o Totalitario. Bien que vallan dirigidos al cuerpo o al alma de los individuos, bien a los espíritus o, las ideologías de los individuos, para que el Sistema y el Estado funcionen. Ahí la universalización de los Derechos Humanos y las libertades condicionan las concepciones, las prácticas y métodos excluyentes, racistas y discriminatorias.

En un Sistema democrático se le reconoce a cada cual la existencia digna, más allá de la apariencia física; como también las libertades y la seguridad personal. El consenso social y su reproducción en los medios de comunicación de masas, son indispensables para evitar el caos y la ruptura del orden social establecido. En un gobierno autoritario o en guerra, los métodos de control y dominación se expresan de diferentes formas. Las torturas, las delaciones, el miedo, la intimidación, las ejecuciones individuales o masivas, son fundamentales para la perpetuación del Régimen.

Por tanto, los teóricos de la economía bélica perciben el problema de la guerra desde diversos puntos de vista, pero exaltan que en tiempos de guerra los gobiernos niegan los derechos y las libertades fundamentales, y exaltan los valores y la violencia del Estado que posibilite el statu quo y el ejercicio del poder. Una ideología Totalitaria o autoritaria desea individuos disciplinados y mentalizados para la acción social, como también un comportamiento público predecible y controlable.

De otra parte, el punto de vista individual se somete a la ideología del partido o del Estado y, así obtienen sociedades ideologizadas aglutinadas y movilizantes, que responden al ejercicio del poder. De ahí que afirmar y legitimar la libertad civil por encima de cualquier instrumento de control y dominación que atente contra los Derechos Humanos y la dignidad del ser humano, se convierten en herramientas del Estado de Derecho y el Sistema democrático. Que contribuyen a revertir las tendencias antidemocráticas y autoritarias, que se exaltan hoy en día.

Que desean destruir un mundo basado en reglas, el respeto al Derecho Internacional Humanitario, los Derechos Humanos, la Organización de las Naciones Unidas, la lucha contra el cambio climático, el respeto a las minorías, la libertad sexual, a los inmigrantes, entre otros.

Como expresó José Luis Tejada en “Biopolítica, control y dominación”, (Espiral - Guadalajara): “Una opción democrática avanzada buscaría que los controles se reduzcan a lo indispensable para que la sociedad y el mundo funcionen […] Sin sistemas de dominación que nos hacen ver la presencia abrumadora de la biopolítica como incidencia e intromisión del poder sobre la vida humana”.

Ernst Jünger se pregunta: “¿Estamos asistiendo a la inauguración de un espectáculo en el que la vida sale a escena como voluntad de poder y nada más?”.

En un mundo como éste no vale mirar a los cielos estrellados, ni al entorno que nos rodea, ni al interior de sí mismos, ya que el valor de la existencia es una prolongación de los instrumentos técnicos, del dinero y del poder. Entonces, ¿qué caracteriza a los actores de nuestro tiempo? Que llevan a cabo “la nivelación de los viejos cultos, la esterilidad de las culturas, la mezquina mediocridad”. Los instrumentos técnicos son una nueva expresión del Espíritu de la Época; una expresión que ocupa un lugar avanzado en la existencia, pero sus valores no han llegado del todo.

Esta mutación se percibe diáfana y evidente en la civilización occidental reciente, con el paso del “logos” clásico al “logos” del artificio. Observamos como el Espíritu de la Época, lo estructura y organiza, en una multiplicidad de “figuras”: la aniquilación del valor, la simplificación, la superficialización del mundo y de la vida, la destrucción del oído interior que capta las grandes composiciones musicales y celestiales, la relevancia de los éxitos políticos y económicos que aceleran el consumo y favorecen la exaltación de la técnica y la lengua de la civilización actual, el kitsch, la Civilización del espectáculo. Donde todos, absolutamente todos, se sobreponen a la pulcritud espiritual y al pensar, que beben de las fuentes de la Cultura.

En éste punto del desarrollo, Jünger nos recuerda que “se ha llegado a una concepción nueva del poder, a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no tiene nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra”. En una época como la nuestra, la libertad, la democracia, la justicia, la seguridad, se esgrimen como instrumentos de dominio y de guerra; la palabra libertad necesita recuperar su verdadero sentido.

La palabra libertad expresa algo temporalmente necesario, más cuando en una época de lazos comunitarios disueltos, “la libertad empieza a ser ruinosa para el talento y acusa signos de esterilidad”. En las democracias parlamentarias la libertad de expresión se utiliza en los medios de comunicación de masas y las redes sociales como instrumento de insulto, de coerción, de vigilancia, de discriminación, de odio, de legitimación de Gobiernos nacional-populistas y autoritarios.

Se necesita que la libertad recobre el brillo que le es propio y el significado propicio. De ahí que la conquista de la libertad ha sido siempre algo estimulante para los requerimientos morales, espirituales, materiales y sociales del hombre.

        Tiene tanta fuerza el poder de la libertad que nos es suficiente soñar con ella”- al decir de Jünger.

En el mismo orden, Albert Camus escribió un artículo en defensa de la libertad de expresión para Le soir républicaine en 1939. Cuando las elites políticas y periodísticas se disponían a entregar al III Reich la República de Francia. Aborda un alegato por la libertad de prensa y aboga por la libertad del periodista de informar en tiempos de guerra. Sostuvo el derecho de cada ciudadano a elevarse sobre las colectividades para construir su propia libertad, y estableció cuatro principios para el periodismo libre: la lucidez, la desobediencia, la ironía y la obstinación.

Pensaba que, sin libertad de expresión en tiempos de guerra, no se puede ganar una conflagración. Que la libertad individual ha de prevalecer “ante la guerra y sus servidumbres”. ¿Por qué es importante la lucidez en el periodismo libre? Porque “supone la resistencia a los mecanismos del odio, de la ira y el culto a la fatalidad”. Pensaba que un periodista “no publica nada que pueda excitar el odio o provocar desesperanza. Todo eso está en su poder”. Que “frente a la marea de la estupidez, es necesario también oponer alguna desobediencia”.

    Además, “todas las presiones del mundo no harán que un espíritu un poco limpio acepte ser deshonesto”.

Todo periodista ha de servir a la verdad en la medida humana de sus fuerzas; rechazar lo que ninguna fuerza le podría hacer aceptar: servir a la mentira”. En momentos de guerra o de violencia generalizada, la ironía es un arma arrojadiza al rostro de los poderosos. “Completa a la rebeldía en el sentido de que permite no solo rechazar lo que es falso, sino decir a menudo lo que es cierto”. De ahí que el periodista ha de tener “un mínimo de obstinación para superar los obstáculos que más desaniman; la constancia en la tontería, la abulia organizada, la estupidez agresiva”.

Thomas Mann en Doktor Faustus, dijo, asimismo, que: “La libertad significa subjetividad y llega un día en que su virtud se agota; llega el momento en que pone en duda la posibilidad de ser creadora por sí misma y entonces busca seguridad y protección. Hay en la libertad una tendencia a la inversión dialéctica. Pronto llega el momento en que la libertad se reconoce a sí misma en la obligación, realiza su esencia en la sujeción a la ley, a la regla, a la coacción, al sistema. Realizar su esencia significa que no deja de ser libertad”.

En el mundo actual estar atento a la defensa de la libertad, significa, un deber moral por los derechos y las oportunidades y la dignidad de las personas. “Las corazas de los Leviatanes tienen sus brechas propias”, y ya se empiezan a palpar pliegues que antes no se percibían -por ejemplo, en el sector financiero, en los organismos internacionales, en las corporaciones, en los grupos de presión, en las políticas económicas de los Leviatanes, en el desmantelamiento del Estado de bienestar, en el ejercicio del poder nacional populista autoritario, etc. 

La ofensiva contra la libertad individual no provine sólo de los que ejercen el poder en los escenarios actuales, en los de la violencia y la guerra, sino, ante todo y, sobre todo, de los poderes reales que están detrás de las cortinas. Poderes que tienen sus máscaras propias, y están diluidos en los “Centros de mando” del mundo global. De los Estados y Gobiernos de ultraderecha y nacional-populistas autoritarios. En los momentos actuales no sólo se da una ofensiva contra la libertad individual, sino también contra el bienestar social, la enseñanza generalizada, y “el punto donde se torna evidente es aquel donde nos vemos forzados a negar la libertad de investigación”.

Por tanto, en un estado de guerra la única puerta que se deja libre, es la del poder. Así, en momentos de guerra o de tiranía lo primero que se conculca es la libertad –de pensar, de locomoción, de asociación, de crítica, de escribir, etc., - y en nombre de la seguridad se doméstica y se diluye en el huero concepto de sí misma.

 

martes, 7 de abril de 2026

 

                                                              La era de la negación del humanismo

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 07/04/2026

En esta época de alto desarrollo técnico y científico, ¿de qué se trata realmente en la vida del ser humano? ¿qué ocurre cuando se quebranta la fe en el hombre? ¿cuál es el sentido de la vida cuando no está en el interior de sí misma? En el tiempo actual existe una desconfianza en el ser humano; en el entorno que lo rodea. Existe, a la vez, una desconfianza en el Estado técnico, el Gran Poder Tecnológico y, en el Poder Político y Económico Mundial. Es decir, en la “selecta minoría” que ejerce la Gobernanza Mundial.

Casi siempre de estas condensaciones de tiempo, surge una época de crisis. Por eso se hace necesario buscar otra idea de hombre, de felicidad, de justicia, lo bello, lo ético, lo bueno y, en esa medida, el ser humano recupere la fe en sí mismo y la ilusión de vivir.

Dice Francesco De Nigris: “Hay épocas que el individuo tiene la posibilidad de vivir más feliz e ilusionado que en otras épocas. Se trata de épocas que hay confianza en el hombre, que es, en mi opinión, el estado de las épocas humanistas. En realidad, cada época tiene su grado de humanismo en la medida que consigue creer en el hombre, y cada una tiene sus razones antropológicas para serlo.”

En este orden de ideas, la época contemporánea tiene su propio pathos (lo significativo para el hombre), que va unido a modos de obrar, sentimientos o pensamientos diferentes de épocas anteriores. Dado que una comunidad, una civilización o una cultura, conecta su pathos a modos de obrar, pensamientos o sensibilidades distintos. El hombre se confunde y cree que la grandeza, el reconocimiento social, la sabiduría, la experiencia, la destreza o, el significado de la vida, reside en el pathos dominante. Si esa creencia se reduce al absurdo por un cambio de paradigmas, de valores, una transvaloración.

Entonces, el auténtico pathos se coloca ahora en otro modo de actuar, pensar o sentir.

Esto induce a pensar la esterilidad intelectual y cognitiva de nuestra época. Porque una civilización que prioriza el éxito económico y político, sobre las verdaderas necesidades y esperanzas humanas. Es una civilización que coloca el pathos fuera de la obra. El ser humano “se ha salido de ella; ésta se ha vuelto autónoma”, y ahora éste “deviene cada vez más sustituible y prescindible”.

Esto sucede en nuestra época con la revolución técnica en los medios de información, la importancia de la imagen en la vida o, la primacía de la Inteligencia Artificial generativa. Nos indica que, somos parte de un tiempo, que colocó su pathos, fuera de él. De ahí se deduce que el valor, el auténtico valor no reside en la cualidad del ser, sino en algo exterior a él. Se está dando una trastocación ontológica; en el orden del “Ser” y el “existir”.

El hierro está al rojo vivo y a punto de desencadenar energías tan potentes, que hay que mirarlas por la rendija del ser humano, como fenómenos telúricos o cósmicos.

En la actualidad estamos bajo el dominio de potencias políticas, económicas, militares y tecnológicas y, la deriva del devenir es la instauración de sociedades de control, sumisión, vigilancia, simulación o coacción. Estamos viviendo la lucha atroz de potencias imperialistas y la posible irrupción bélica de orden internacional. Es decir, estamos a las puertas de generar una catástrofe atómica. Pero, esto no es tan raro como parece, viendo quienes son los líderes de la Gobernanza Mundial.

Walter Benjamín observó que los adelantos en el orden de lo físico, lo material o de la cosa, en este mundo donde la barbarie penetra todos los ámbitos de la realidad y de la vida, expresa simultáneamente un olvido de lo inasible, lo sagrado, la espiritualidad y lo trascendente, que se asocia al olvido del logos, del habla o la palabra.

Ahora en la actualidad se percibe en el lenguaje populista, nacionalista y autoritario, de Trump, de Putin y de Xi. El lenguaje sirve a la demagogia, la mentira, la posverdad y a las falacias de la Cultura del artificio: medios de comunicación de masas, las redes sociales, las imágenes en movimiento y, a la subcultura de las Plataformas Digitales y, a la IA. Porque amenazan la creatividad, el talento y el intelecto, es decir, las bases de las civilizaciones humanas. Que esconden en sus relatos la destrucción del Estado de Derecho, las Democracias liberales parlamentarias, la libertad -de pensar, de expresarse, de escribir-, de imaginar un mundo donde los seres humanos puedan vivir en tolerancia, en paz y concordia.

En este orden, libertad significa lucha, riesgo, angustia, pregunta, porque la verdad es hermana de la “luz” y la “dulzura”, nos enseñan los Evangelios. Principios cristianos que se entrelazan en una boda nupcial con la palabra amor.

Sabemos que los megalómanos del poder imperial tienen especial afecto por la fuerza, la violencia, la guerra, que no sólo militarizan los conflictos sino también el lenguaje, los gestos, los ademanes, que configuran la escenografía del ejercicio del poder. Trump, por ejemplo, utiliza un discurso que militariza la política, el lenguaje obedece a la guerra como espectáculo mediático. Utiliza un discurso excluyente, safio, brutal, agresivo y visceral. En Trump las reflexiones del pensamiento, la conciencia crítica, las esferas de la ética o de la moral, brillan por su ausencia.

Por eso las escamas que cubren a Leviatán, ya empiezan a resquebrajarse en muchos lugares del mundo y muestran sus partes blandas. Somos parte de una época que está desgarrando el Orden Internacional establecido después de la Segunda Guerra Mundial y la caída del muro de Berlín; por otro, donde el poder hegemónico de un Nuevo Imperialismo, sitúan a Estados Unidos, Rusia y China, a la cabeza de ese Nuevo Orden Internacional basado en la tecnología de la información, la fuerza, el caos, la mentira, la coerción, la violencia o la guerra.

Por eso el ser humano es capaz de desvelar el ritmo superior de la historia; el ritmo donde se “redescubre a si mismo periódicamente”. En el devenir de la humanidad han existido poderes, que “quieren colocarnos sus máscaras propias, poderes que unas veces son totémicos, y otras mágicas, y otras técnicas”. En este orden de cosas, existen épocas que han sumido a los hombres en una degradante miseria moral, material y cognitiva, cuando sus vidas son arrastradas a la más espantosa destrucción.

Hasta ahora, la “fascinación de potentes ilusiones ópticas, o auditivas”, generadas por los instrumentos técnicos, presentan al hombre de hoy, como un simple grano de arena en el desierto. Pero olvidamos que todos los aparatos -los inventos técnicos, la ciencia, la industria militar, la IA-, son sólo el “decorado del teatro colocado por una imaginación inferior”. Olvidamos, que el creador es el hombre de carne y hueso y, es él a quién le corresponde configurar un sentido nuevo a la existencia.

    “Es posible hacer saltar las cadenas de la técnica; y quien puede hacerlo es la persona individual”.

Si “las poderosas ficciones de nuestro tiempo y las amenazas que irradian de ellas”, dan cuenta de la existencia del hombre sobre la Tierra. En la arena de la historia se percibirán con la máscara del terrorismo internacional, el juego de las finanzas internacionales, la guerrilla, el narcotráfico; de gobiernos corruptos, autoritarios, populistas, que violan los derechos humanos y la libertad; de Estados donde se degrada la dignidad de las personas o la libertad de expresión, de escribir, etc. Que en el tejido de las redes sociales y la IA, se configuran como espejismos o realidades que trascienden los límites de la existencia.

    En lugares de sudarios y sufrimientos, se desea convertir el mundo en algo adverso a la existencia humana.

Por eso es necesaria la libertad o, la autonomía de la voluntad o, la fraternidad o, la solidaridad o, el amor, que es el secreto de la maestría, para que indiquen las sendas de las fronteras del tiempo y lo trascendente. Porque no podemos olvidar que el hombre es un ser fronterizo. Así que, una autentica inmersión en la realidad y las profundidades de la subjetividad, aseguraran desde el individuo la creación de un nuevo camino existencial.

En la Cultura, estas categorías contribuyen a cambiar la visión de las cosas, la percepción del mundo y de la realidad o, la existencia individual. “Pues la descripción de la sociedad que progresa o se descompone va dejando paso a la confrontación de la persona individual con el colectivo técnico y con el mundo peculiar de ese colectivo”. La obra poética, por así decir, pone de manifiesto la superioridad del mundo de las Musas o, de la Palabra, sobre la técnica.

 “El poeta ayuda al ser humano a encontrar el camino de vuelta a sí mismo: él es un emboscado”. No sólo ayuda al retorno, también “nos orienta hacia los padres y hacia los órdenes que les fueron propias”. Posibilita al ser humano remontar las fuentes de las raíces de la lengua, de la cultura, que nos es propicia.

La literatura prepara al ser humano para sentir la aniquilación del valor, preguntar sobre la existencia individual o colectiva, sobre aquello que da nuestra razón de ser. Y por la magia de la palabra nos enfrenta a la superficialización y simplificación del mundo técnico y político del que somos parte. Estamos observando como un número de seres humanos, se vale de la literatura, del arte, la teología o, la filosofía, del espíritu o la música, para soportar las energías destructoras del mundo técnico y científico, económico y militar.

Esto es digno de admiración y respeto en sociedades enloquecidas por el dinero, la política, el lujo, las bellas materias y las tecnologías de la información, la industria armamentística, la comunicación llana y simultanea o, la IA.

En la superficie del mundo ya se están sintiendo sus partes blandas; son síntomas que indican que soñando nos acercamos a un nuevo despertar.

sábado, 28 de marzo de 2026

 

                                           El “hecho estético” en la Época de la Técnica

                “Fragmentos del libro La Lengua Herida que acabo de escribir”

<<A todas las personas que creen en la “Palabra” como medio de conversación y persuasión en el espacio de las balas, la violencia, el caos y la guerra>>.

<<En la actualidad no solo hemos perdido la fe en Dios, sino también en el hombre mismo y, en particular, en aquellos que nos rodean>>.

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 28/03/2026

En la Gran ciudad, la clara y profunda llama de la vida que arde en los corazones de los hombres, parece que se hubiera nublado. Porque en su lugar priman los grisáceos y negruzcos nubarrones que preceden las tempestades. En un ámbito como éste, en medio del sol más radiante, las cosas son lúgubres y frías. Y la vida cotidiana se convierte en objeto y cifra. No podemos negar que la mayor parte de las veces, el dolor y el sufrimiento trascienden nuestras fuerzas.

El habitante de la Gran ciudad le hace fintas y los esquiva, pero no prepara la vida para enfrentarlos, como hace el torero con el toro. Esto tiene sus causas y una fundamental es, la pérdida de la libertad. Hemos ido entregando poco a poco el fuerte donde mora la libertad, al “Dragón de mil escamas”, el Estado, a cambio de la seguridad. También al Poder de las Tecnologías Digitales, las redes sociales y las imágenes en movimiento. Observamos anonadados y sorprendidos que la seguridad que el Estado técnico una vez nos brindó, se resquebraja.

Porque se han despertado de su letargo sueño fuerzas míticas y atemporales, que creíamos que, con la razón y el pensamiento técnico-científico, estaban dominadas. Y en forma de creencias atávicas, terrorismo islámico, ideológico, guerras nacionales o entre naciones, el nacional-populismo-autoritario, el neo-fascismo, se abren camino en las ciudades, los pueblos y los campos del mundo. Que dejan tras de sí desolación, odio, sufrimiento, hambre, indigencia y muerte.

El otro problema que surge en la actualidad, ¿cómo brindamos seguridad a la humanidad, a una nación o una comunidad, cuando el orden internacional que se estableció después de la segunda Guerra Mundial, voló por los aires como una costra seca? Se viola el derecho internacional, se destruyen las Naciones Unidas, los tratados e instituciones que velaban por la vida en común y el respeto al frágil consenso de los Sujetos internacionales. Se ruptura los convenios de seguridad con aliados como la Unión Europea, por parte de EE.UU. Ahí está unos de los problemas a resolver en pocos espacios de tiempo, el paso del multilateralismo a la unipolaridad de los nuevos imperios como Estados Unidos, Rusia y China.

Esto nos permite percibir que estamos viviendo en esta alta civilización técnica, de sociedad de masas y cultura de masas, una disminución del sentido de la existencia y la realidad. Y el optimismo, la confianza y la consciencia de poder que genera la técnica, el progreso y el desarrollo, se resquebrajan ante las fuerzas de lo elemental y atemporal. No sólo hacen evidente el resquebrajamiento de los anillos de seguridad que garantiza el Estado, sino también una visible falta de libertad.

De tener conciencia que vivimos en un mundo que, en pocos espacios de tiempo, la inteligencia alienígena lo determinará en algunas de sus formas. Nuestra preocupación estriba en que, la IA no tiende a la inteligencia humana, sino a algo diferente que encierra en sí un potencial enorme, que no comprendemos ni controlamos. De ahí que los peligros que representa la IA y la tecnocracia autoritaria, son variados y disimiles.

En un ambiente así quedamos a merced de los espíritus fuertes y voluntad recia, los hombres que permanecen firme en medio de las tempestades y las tragedias. Cobra validez que, “lo automático no se torna terrible hasta que no se revela como una de las modalidades de la fatalidad, como su estilo, tal como fue descrito de manera insuperable por Jerónimo Bosco”.

Así el arte se ocupa de manera especial de la nueva situación del ser humano; su objeto va más allá de la mera descripción. En éste campo se están realizando tales ensayos que trascienden las valoraciones vigentes, los “órdenes” de valores establecidos. El arte contemporáneo nos sugiere participar del “aura” de las imágenes; como lo percibe Benjamín y Borges en el hecho estético.

Además, pensar las imágenes de la realidad como la inminencia de una Revelación. Y captarlas en un campo donde se entrecruzan sus sentidos de diversas maneras. Por eso el arte, la literatura, la poesía, la música, nos revelan que vivimos en un mundo de imágenes entrelazadas y buscamos descifrar el enigma de lo actual. Que posibilita, entre otros, reflexionar sobre el presente-actual, los lugares comunes y la tarea de destruir las fronteras de lo cotidiano. Ya que el hombre es un ser fronterizo.                                                       

Asimismo, la pérdida de la libertad individual, es una de las cuestiones que hoy se halla detrás de todas las congojas del presente. El ser humano se está convirtiendo en cifra, también en un ser manipulado, vigilado, cercenado, atravesado y trascendido, por fuerzas que desconoce, no comprende ni controla. A la vez, podemos decir que, se “cosificó”, se “objetivó” o se convirtió en un “almacén de existencias”. Dando paso a un ámbito donde sólo moran los titanes y las personas de espíritus fríos.

Parece que somos parte de un mundo del que se apoderó un pánico que dice mucho de la época que vivimos. Un terror a lo desconocido, lo diferente, a la alteridad –al color de la piel, al ritmo de lenguas diversas, la religión, la cultura distinta –, que acrecientan la angustia y la debilidad de la persona que sufre, tiene miedo y está desprotegida ante el poder Total. Ya se observa en Estados Unidos, con las deportaciones masivas de inmigrantes, la xenofobia, el racismo, a las minorías étnicas, a los blancos empobrecidos y a los negros nacionales.

También se vislumbra algo de eso en Europa, con la acogida de una parte de las sociedades, a propuestas políticas, culturales, lingüísticas, de extrema derecha, del nacional-populismo-autoritario, a los principios ideológicos fascistas. Lo cual es sumamente grave en un Estado de Derecho y un Sistema democrático. Se observa que la coacción, la vigilancia, la simulación, tienen especial eficacia en los desplazados, los desempleados, las prostitutas, los homosexuales y, en las minorías étnico-lingüísticas.

Esto nos devela que el miedo es el que domina y controla a esos hombres y mujeres; y se ubica en el pálpito de lo azarosa y violenta en que han convertido sus vidas. Se percibe “que esos hombres y esas mujeres se precipitan en su miedo cual si fueran unos posesos y que subrayan con franqueza y sin rubor los síntomas de ese miedo”. Naturalmente, el pánico, el miedo, el odio y el dolor, se están convirtiendo en característico de la época.

Con relación al desarrollo de los instrumentos técnicos, “el pánico se hará más compacto todavía en aquellos sitios donde el automatismo aumenta y está aproximándose a formas perfectas, como ocurre en Norteamérica. En esos sitios es donde encuentra el pánico su mejor alimento; es difundido a través de redes que compiten en rapidez con el rayo”. 

Pero existen personas que en medio del caos o la violencia que vivimos (de guerras nacionales y guerras entre naciones), se levantan por encima de las adversidades. Y, son conscientes que, “hay épocas de decadencia en las que se desvanece la forma de vida profunda que en cada uno de nosotros está dibujada de antemano. Cuando perdemos sus huellas, vacilamos y nos tambaleamos como a seres a quienes les falta el sentido del equilibrio. Entonces, pasamos de las oscuras alegrías a los oscuros dolores.

Y la consciencia de una infinita perdida hace que el pasado y el porvenir se nos aparezcan llenos de atractivos, y mientras el instante huye para no volver más, nos balanceamos en épocas remotas o en fantásticas utopías”. Esa capacidad de percibir la forma de vida profunda en medio del caos y los instantes únicos de la vida cotidiana, los Dioses y las Musas lo donan sólo a sus elegidos. Son los que perciben el sentido de las cosas y de la existencia en general, expresados en el hecho estético del mundo y la realidad.

Su ofrenda se dona en obras de arte, música, teatro, literatura, teología, poesía, ciencia o filosofía. Gracias a ellos, la vida es agraciada con una nueva y desconocida luz. Y nos damos cuenta que, la existencia que vivimos con un espíritu lleno de prejuicios o anclados en el tópico y el lugar común, se libera de las ataduras. Entonces, se torna piedra preciosa que brilla en medio del camino y la que todo el mundo toma como un trozo de vidrio. Se trata de una piedra preciosa, que tenemos que pulirla correctamente. Por eso hay que trabajar primero en el interior de todos y cada uno de nosotros.

Así que, por estar inmersos en los ritmos de la vida cotidiana, no nos damos cuenta que las personas son inestimables tesoros que están siempre a nuestro lado, a lo largo del viaje de nuestra existencia. Cada una de ellas forma parte de la aristocracia natural de este mundo –como la solía llamar el hermano Othón, uno de los personajes de la novela Sobre los acantilados de mármol de Ernst Jünger -, y que cada una de ellas, no obstante, puede hacernos un gran bien. Concebía a los hombres como depositarios de algo maravilloso y a todos les dispensaba un trato principesco.

Por eso todas las personas que se acercaban a él se abrían como plantas que despertaran de un sueño invernal, y no porque se hicieran mejores de lo que eran, sino porque se acercaban más a sí mismas. En los ritmos de la vida cotidiana no nos damos cuenta que la existencia es algo sencillo, profundo y sublime, porque cada instante nos abre la comunicación consigo mismo, con el otro o, con Dios. En cualquier momento se puede dar la Revelación divina o, abrir las puertas del hecho estético, que nos posibilite alcanzar lo bello y eterno, que mora en todos y cada uno de nosotros.

En este orden de la existencia, la vida no puede ser arrojada en manos del primer postor. Aunque una doctrina afirme: la vida con todos sus placeres y dolores no es nada. “La vida -dice Ludwig Wittgenstein-  no está ahí para eso.  Tiene que ser algo mucho más absoluto. Tiene que tender a lo absoluto. Y lo único absoluto es defender victoriosamente la vida luchando como un bravo soldado por ella hasta la muerte. Todo lo demás es vacilación, cobardía, comodidad, miseria”.

Debemos vivir de tal modo que podamos morir bien. Y sólo lo alcanza quien logra conocerse a sí mismo, confesarse a sí mismo, lo que “es”. También sabemos que “conocerse a sí mismo es terrible porque a la vez se conoce la exigencia vital, y que uno no la satisface. Pero no hay un medio mejor de conocerse a sí mismo que mirar al perfecto. Por eso el perfecto tiene que desatar una tempestad de indignación en los seres humanos; si no quieren humillarse completamente. Creo que las palabras: “Bienaventurado quien no se escandaliza de mí” quieren decir: “Bienaventurado quien sostiene la mirada del perfecto”.

Albert Camus dijo alguna vez: “En el apego de un hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias. El juicio del cuerpo vale tanto como el del espíritu y el cuerpo retrocede ante la aniquilación. Cogemos la actitud de vivir antes de adquirir la de pensar”.

La tarea de la filosofía, en este estado de cosas, es tranquilizar el espíritu con respecto a preguntas carentes de significado. Quién no es propenso a tales preguntas no necesita la filosofía. Esto no es una opinión cualquiera, tampoco una convicción, sino una visión frente a las cosas y la vida en particular.

domingo, 22 de febrero de 2026

 

                   LA IDEA DE PROGRESO EN LA CIVILIZACIÓN FAUSTICA

 

 Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 20/02/2026

 Para Oswald Spengler, la Decadencia de Occidente significa el problema de la civilización actual. Nos hallamos frente a una de las cuestiones fundamentales de la historia. ¿Qué es “civilización”, concebida como plenitud y término de una “cultura”? Cada “cultura” tiene su “civilización” propia. La “civilización” es el inevitable sino de toda “cultura”. La “Civilización” es el extremo y más artificioso estado al que llega una especie superior de hombres.

Es un remate, subsigue a la acción creadora como lo ya creado, a la vida como a la muerte, a la evolución como al anquilosamiento, al campo y la infancia de las almas –que se manifiesta, por ejemplo, en el dórico y en el gótico- como decrepitud espiritual y la urbe mundial, petrificada y petrificante. Es un final irrevocable, al que inexorablemente se llega de nuevo, íntima necesidad. (Spengler).

Este devenir de la materia, del espíritu y de las formas artísticas de la civilización occidental, en su estado artificial y decadente, expresa la Época Moderna como Cultura del artificio. Además, un ámbito en el que prevalecen las relaciones artificiales sobre las relaciones de sentido. Así se puede comprender a los romanos en cuanto sucesores de los griegos. Así se coloca la última etapa de la Antigüedad bajo una luz que revela sus más hondos secretos.

Preguntamos, ¿qué significa que los romanos hayan sido bárbaros, que no preceden a una época de gran crecimiento, sino que, al contrario, la terminan? Sin alma, sin filosofía, sin arte, animales hasta la brutalidad, sin escrúpulos, pendientes del éxito material, se hallan situados entre la cultura helénica y la nada. Su imaginación enderezada exclusivamente a lo práctico –poseían un derecho sacro que regulaba las relaciones entre hombres y dioses como si fueran personas privadas y no tuvieron nunca mitos-, es una facultad que en Atenas no se encuentra. (Spengler).

Los griegos, en cambio, tienen alma; los romanos, intelecto. Entre ambos se diferencia la Cultura, de la Civilización. Y esto no vale solo para la Antigüedad. Una y otra vez, en la historia, se presenta ese tipo de hombre de espíritu fuerte, completamente a-metafísico. En sus manos está el destino material y espiritual de toda época postrimera. Ellos son los que han llevado a cabo el imperialismo babilónico, egipcio, indio, chino, romano. En tales períodos se desarrolló el budismo, el estoicismo, el socialismo, y emociones definitivas que pueden, captar y transformar en su sustancia una humanidad mortecina y decadente.

Así, la Civilización pura, como proceso histórico consiste en una gradual disolución de formas muertas, de formas que se han tornado inorgánicas. (Spengler). Este no es otro que, el mundo del Titán y del titanismo, del Técnico y del colectivo técnico en la actualidad. Son los descendientes de Prometeo en la Tierra. Prometeo es el que lleva a los dioses el mensaje de los titanes; compite con los dioses, pero no llega a donde estos se hallan.

Por tanto, la Civilización Moderna que alcanza su exponente máximo en la sociedad norteamericana, deriva todas sus “formas” de la cultura europea. Su imaginación enderezada exclusivamente al pragmatismo, no se interesa por la elevación del espíritu, las formas artísticas, la cualidad del ser y el existir, ni por el devenir de la historia, sino por el presente-actual. Es ella una civilización donde prevalece el materialismo y el hedonista.

Los europeos tienen alma y espíritu, ellos sólo intelecto. Que se decantan por la ciencia y la técnica. Mejor, no se inclinan por la esencia del ser, ni de la técnica, ni la esencia del hombre, sino por la función, la organización y la utilidad como “valor” de cambio, un bien social que se pone en circulación y se convierte en dinero. Además, implementan en la publicidad, la cultura del entretenimiento, el hiperconsumo y el ocio vacío, que no cualifica la esencia del ser y el existir.

La civilización norteamericana es una civilización engreída y excluyente, violenta y tecnológica, basada en valores fundamentales como la igualdad, la libertad individual y el emprendimiento. Pero, ahora como imperialismo tecnológico y económico es, una civilización que ha llegado al “telos” de su desarrollo. Vive un imperialismo tecnológico y militar, basado en las tecnologías de la información y los lenguajes digitales, de un Gobierno populista y nacionalista que implementa la polarización, la amenaza, el miedo, el racismo y la discriminación en todas sus formas.

Por eso, lo que les interesa es la instrumentalización de la técnica y no su esencia, que pone ésta al servicio del hombre y de la Humanidad. Ellos son los que han llevado el imperialismo occidental a través del mundo en su expresión máxima. Así que, su brutalidad, lo bárbaro, la violencia, la guerra, la insensibilidad y de espíritu, en tratar los asuntos humanos, es su característica.

Spengler dice que es un pueblo sin alma, sin filosofía, sin escrúpulo. El éxito material, económico, científico y técnico; prevalecen sobre las necesidades espirituales o morales de la sociedad. Son la manifestación del Gran Poder y del Espíritu del Tiempo, del Capitalismo Tecnológico y Militar, en todas sus formas y materialidades.

 

En ellos, “la razón se mal interpretó como racional. Y lo irracional en tanto engendro de lo racional impensado, presta curiosos servicios” –dijo Martín Heidegger.

 

Spengler plantea que, el tránsito de la cultura a la civilización se lleva a cabo, en la Antigüedad, hacia el siglo IV; en Occidente, hacia el siglo XIX. A partir del momento, las grandes decisiones espirituales no se toman ya “en el mundo entero”, como sucedía en tiempos del movimiento órfico y la Reforma, ya que no había una sola aldea que no tuviera importancia. Ahora se ejerce el poder en cuatro o cinco ciudades que han absorbido el jugo de toda la historia y frente a las cuales el territorio restante de la cultura queda rebajado al rango de provincia.

En el presente se toman las decisiones desde un cuadro de mando, donde todas las piezas encajan a su perfección, un acto mediante el cual una única maniobra ejecutada en el cuadro de distribución de la energía conecta la red de la corriente de la vida –una red dotada de amplias ramificaciones y múltiples venas- a una gran corriente que proviene de las minorías selectas y del poder tecnológico de la información y las comunicaciones.

En el presente actual existe la ¡Ciudad mundial y provincial! En lugar de un pueblo lleno de formas, creciendo con la tierra misma, tenemos un nuevo nómada, el habitante de la Gran ciudad. Un hombre atenido a los hechos, un hombre sin tradición, que se presenta en masas informes y fluctuantes; un hombre sin religión, inteligente, improductivo, imbuido de una profunda aversión a la vida agrícola, un hombre que representa un paso gigantesco hacia lo inorgánico, hacia el fin. (Spengler).

Hoy, en cambio, predomina la Gran ciudad en todas sus acepciones sobre las provincias y las aldeas, la urbe mundial significa el cosmopolitismo sobre el pueblo, el sentido frío de los hechos sustituye a la veneración de la tradición. Todo esto significa la irreligión científica como petrificación de la religión del alma y del corazón, sociedades en lugar del Estado, los derechos naturales en lugar de los adquiridos.

Por tanto, el dinero como factor abstracto inorgánico, desprovisto de toda relación con el sentido del campo fructífero y con los valores de una economía de la vida, es lo que ya los romanos tienen antes que los griegos y sobre los griegos. A partir de aquí, una concepción distinguida y elegante del mundo es también cuestión de dinero. (Spengler).

El dinero y el poder en la Gran ciudad establecen relaciones inconexas (sin sentimientos, ni respeto, sin tradiciones compartidas, sin humildad, etc.). O, en otras palabras, relaciones políticas, jurídicas, culturales o económicas. Que diluyen el tejido del amor, la amistad, las creencias, los usos, hacia el otro o los otros. De ahí que, en la Gran ciudad no habita un pueblo, sino una masa. Una masa, informe y uniforme, sin tradiciones, usos y religiones compartidas.

Una masa sin lazos de afectos, sin espíritu que eleva al ser humano a la libertad y la dignidad humana; y, por ende, a lo trascendente y eterno, que mora en el interior de todos y cada uno de nosotros.

Asimismo, Ernst Jünger se pregunta, ¿quién discutiría que la civilización tiene con el progreso una ligazón más íntima que la que posee la Kultur y que aquella es capaz de hablar en las grandes urbes su lenguaje natural y sabe manejar medios y conceptos a los que la cultura se enfrenta sin tener ninguna relación con ellos e incluso de manera hostil? En la Gran ciudad podemos observar que la civilización y el espíritu del progreso se entrelazan y responden al tiempo actual.

Tener presente que, hoy cabe aportar ciertamente buenas razones para probar que el progreso ya no es un avance; si el auténtico significado del progreso no es otro, un significado diferente, más secreto, que se sirve, como de un escondite magnifico, de la máscara de la razón, muy fácil en apariencia de abarcar con la mirada. (Jünger).

Sabemos que la razón es cruel, más si se pone al servicio del Progreso y del Gran Poder Tecnológico. El ser humano empieza a sospechar que a la idea de progreso se impone por doquier en la vida, unos impulsos diferentes y más ocultos. Con toda razón se ha complacido el espíritu en despreciar de múltiples modos las marionetas de madera del progreso –más los delgados hilos que ejecutan los movimientos de las marionetas son invisibles. (Jünger)

Si nos ocupamos de los movimientos más secretos del progreso, tenemos la sospecha que éste responde al vaho fétido del ejercicio del Gran Poder Tecnológico.

El progreso no sólo rompe la relación que tienen los pueblos con la tierra, sino que destruye el hilo de la tradición: los mitos, la religión, los usos, las costumbres, el arte, que constituyen el ser y el núcleo de toda historia. El hombre de la Gran ciudad, el hombre masa es un hombre incomunicado pero adaptado a la sociedad, un hombre nervioso y excitado, un hombre carente de reglas y de normas compartidas, un hombre con capacidad de consumo y de entretenimiento e incapaz de analizar y juzgar, un hombre egocéntrico y alienado del mundo.

Además, la relación que la sociedad moderna establece con el progreso y la técnica, es completamente utilitaria y funcional. Y, en esa relación es donde hay que buscar el auténtico factor moral de nuestro tiempo, un factor provisto de irradiaciones tan sutiles e imponderables que con ella no pueden competir ni siquiera los ejércitos más fuertes. Es, de suponer que, la creciente trasmutación de la vida en energía y la progresiva volatilización del contenido de todos los vínculos en beneficio de la civilización de la Gran ciudad, de la técnica y el progreso, han trasmutado la relación del hombre con la naturaleza y con el mundo que lo rodea. 

En este orden, Ludwig Wittgenstein entrelaza su pensamiento con el de Spengler y de Ernst Jünger y, dice: en la civilización de la Gran ciudad el espíritu sólo puede retirarse a un rincón. Pero no por ello es algo así como atávico & superfluo, sino que se cierne sobre las cenizas de la cultura como testigo (eterno) -casi como vengador de la divinidad.

 Como si esperara una nueva encarnación (en una nueva cultura).

 ¿Qué aspecto habría de tener el gran satírico de este tiempo?

Además, si se quiere comprender la crisis del mundo actual –no hay que hacerlo desde las relaciones causales, de causa a efecto, tampoco desde el ángulo del partido, la ideología, el dogma, el determinismo material o espiritual -, sino desde la altura intemporal donde la mirada domina al mundo de las formas históricas repartido por miles de años. Si se quiere comprender realmente la decadencia de la época actual.

En este orden, el Imperialismo se corresponde con la Civilización fáustica símbolo del fin de una época. Produce petrificaciones como imperio, pero también en las formas y posibilidades de la cultura. El imperialismo se constituye en civilización pura. El sino del Occidente lo condena, irremediablemente, a tomar el mismo aspecto. El hombre culto, en cambio, dirige su energía hacía dentro; el civilizado hacía fuera. La tendencia expansiva es una fatalidad, algo demoníaco y monstruoso, que se apodera del hombre en el postrer estadio de la Gran ciudad y, quiéralo o no, sépalo o no, le constriñe y le utiliza en su servicio.

Aquí la vida es la realización de posibilidades, y para el hombre cerebral no hay más que posibilidades expansivas. Esto es válido tanto para el Imperialismo y la Civilización fáustica: el espíritu es el complemento de la extensión.

Como Roma en el año 60 a. de Cristo, las ciudades del Mundo Moderno, viven en una miseria espantosa espiritual y material, sus habitantes hacinados en edificios en los cinturones de la Gran ciudad, y espoleados por el vicio, el alcohol, la droga, el desempleo y el hambre. Y, como en el reinado de Craso del año 60 a. de C. los que ejercen el Gran poder son indiferentes a las necesidades materiales, morales y espirituales de los pueblos.

Así que, en la esfera pública de las sociedades, prevalecen los partidos políticos, el dinero, las finanzas internacionales, la técnica, la ciencia, el desarrollo armamentístico, los grupos de presión, el Estado y las instituciones; más no el hombre que calla y sufre, y que se encuentra desprotegido, y cuya inseguridad es también Total. Es del miedo de lo que vive el despliegue del Gran poder, y la coacción y el control adquieren especial eficacia en aquellos sitios donde se ha intensificado la sensibilidad.