La filosofía en los movimientos
del pensamiento de Martin Heidegger
Antonio
Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.
Madrid
– España a 01/05/2026
Desde
la Grecia antigua y, en particular, con Sócrates, el preguntar rompe con lo
establecido como verdad, abre nuevos umbrales para percibir y pensar al hombre
y las sociedades, el mundo y su realidad. Por eso Heidegger afirma: “El preguntar es la piedad del pensar”.
La piedad, la devoción, es la forma como el pensar responde a lo que da que
pensar. Ese preguntar es como una vida; es el carácter de una vida. En este
orden del pensar Kant dijo: Que una vida
sin “pregunta”, no merece vivirse. Una vida vacía en el devenir de las costumbres,
de los usos, de la estandarización del vivir en sociedad.
Así,
la pregunta rompe las amarras de lo establecido como verdad, como “lógico”,
como poder, en el juego de la cuadratura del mundo y de la vida: Cielo y Tierra, Mortales y Dioses. Como
lo expresa José Mª Esquirol: “Los cuatro forman el cuadrado originario del
mundo. Juego de relaciones, y no totalidad indistinta. Así cualquier cosa es
cosa del mundo, es decir, toma parte en el juego de estas relaciones y expresa
esas relaciones”.
La
técnica aleja al hombre de lo familiar, lo habitual y lo sitúa en los márgenes
de su propia esencia. Aquel que posibilita que el ser advenga y manifieste su
verdad, y como ser lingüístico su lengua sea la casa del ser. Heidegger es
consciente de las consecuencias de la técnica moderna en la vida del ser humano
como del desarraigo que trae consigo la civilización actual. Y “frente a ello
expresa nostalgia de la tradicional existencia campesina”.
“La técnica arranca al hombre de la tierra y
lo desarraiga”.
Como
también: “Todo lo esencial y grande sólo
ha podido surgir cuando el hombre tenía una patria y estaba arraigado a una
tradición”.
Esquirol
corrobora las palabras de Heidegger: “Ya no es posible volver a ser leñadores, ni
agricultores, como antes. Pero el pensar y el poetizar pueden llevar a cabo una
especie de nuevo enraizamiento. Falta de tierra natal” que ayude al encuentro
consigo mismo y lo más cercano. Ahora, si en la civilización actual el arraigo
en el suelo natal ya no es posible, ¿qué ocupa su lugar? Esquirol dice: “El
arte, el habitar cabe las cosas, la cosa, el pensar y, siempre, la cercanía.
Ese pensar que se expresa en la cercanía y que tiene su lugar en el mundo de la
técnica se bautiza también con otra palabra: serenidad. Estamos rodeados de
objetos técnicos”.
Somos
parte de una época donde prevalece el tiempo abstracto y las cosas que lo
pueblan pierden su densidad. Estamos compelidos por el tiempo de las máquinas,
de la velocidad y la futilidad donde las nuevas tecnologías de la información
nos empujan como cerebros y cuerpos finitos, a introducir en nuestras vidas: la simultaneidad. Así que, en el tiempo
de las nuevas tecnologías, de Internet o de Google o de Instagram, o, de X,
ocurre todo al mismo tiempo y necesitamos estar en todas partes a la vez. Esto
rompe con la sucesión y la narración, que trenzan la experiencia con la
imaginación, la imaginación con el pensamiento y, esta mutación del tiempo, la
realidad y del lenguaje, trae consigo transformaciones ontológicas y
metafísicas.
De
ahí que la apertura al misterio de las cosas que pueblan el mundo y su
realidad, a la vida y la muerte, o, mejor, su invocación sea cada vez más
necesaria. Ya que el mundo técnico les arrebató el misterio de la cercanía y la
serenidad, con que se presentaban a nuestros antepasados. De ahí que la
apertura al ser y al claro, la verdad de su desvelamiento, posibilite que el
misterio se haga presente al hombre actual. Así que, en el mundo técnico y del
colectivo técnico, la serenidad, la
apertura, el misterio, nos ubican en los umbrales desde donde el hombre
rompe las ligaduras del tejido de la uniformización y la homogenización, de lo
siempre-igual, que establece el Gran
Poder.
Como
expresa Esquirol: “No por poco ruidosa es la serenidad menos revolucionaria.
Las grandes acciones no tienen por qué ir acompañadas de estandartes y
trompetas. La serenidad es una forma de actuar y de un actuar verdaderamente
relevante, pues cambia profundamente la situación”.
En
la serenidad hay paciencia, y espera, y escucha, en la cercanía. Permite, la
serenidad, ese escuchar de nuevo la voz de las palabras más originarias. En la
serenidad decimos lo que hemos escuchado. Nuestro decir es un volver a decir la
respuesta escuchad. La serenidad proviene de las raíces del logos, del originario logos de los tiempos pretéritos. Cuando
los hombres escuchaban la sinfonía de los cielos estrellados en soledad y
observaban la presencia de los dioses.
De
ahí que el hombre moderno, de la técnica y del mundo técnico, ha de volver su
mirada a la escucha en silencio. Porque lo que prevalece en la actualidad, en
la sociedad de masas y la cultura de masas, es la algarabía de los lenguajes
digitales y de las imágenes “pictóricas” en movimiento. ¿Qué predomina en la “conversación”?
El vaciamiento de los contenidos espirituales de las lenguas naturales. Así
que, si no estamos abiertos a escuchar, nos cerramos a la serenidad y al
pensar, y a la bondad y a la misericordia del pensar y el sentir. De ahí que en
la época actual la “distancia” y el “tapar”, no posibilitan el claro, la luz
del claro, donde se devela la esencia del
Ser y del existir.
Pero
que pretende Heidegger, al hablar de “proximidad vecinal”, que ésta contrasta
con el mundo técnico, donde prevalece la “distancia” y la “frialdad”. Es decir,
la indiferencia hacia el otro, que, en su naturaleza, es un nosotros. Este
rasgo del mundo técnico lleva al olvido que el hombre primitivo es, nuestro
vecino y se encuentra oculto en todos y cada uno de nosotros. Y, que el hombre
de la Gran ciudad está inmerso en los
flujos de la vida cotidiana, la indiferencia psicológica, el lujo, el consumo,
en el disfrute de las cosas materiales; eso que se denomina “Cultura de lo efímero”, la
homogenización, el dinero, y habla el lenguaje de una Civilización artificio
que tiene una ligazón íntima con el progreso y comunica un lenguaje que se
opone a la Cultura.
A
la Cultura guiada por el libre juego
del pensamiento sobre la realidad, el tejido vivo de la existencia y del mundo.
“La Cultura que recomendamos es,
sobre todo, una operación interior” –nos recuerda Matthew Arnold. Tengamos
presente que, distinguir entre la cultura y la técnica es un presupuesto de
pulcritud espiritual, como lo es asimismo distinguir entre el dogma y el saber.
La vida se convertiría en una tragedia fundamental si no se hace tal distingo.
Por tanto, en esta alta civilización técnica,
de sociedad de masas y cultura de masas, “el hombre -dice Jünger-, es capaz de
extraer de sí la vida, cosificarla y objetivarla, y aumenta sin interrupción”.
Y expresa: “Tras la edad de la gran seguridad ha llegado, con una rapidez
asombrosa, una edad diferente, en la que preponderan las valoraciones técnicas.
Pero nada de eso exime de responsabilidad”.
En
relación a la vida en la Gran ciudad,
añade Jünger: “Una de las características del parentesco existente entre el
dinero, que es algo inconexo, y la masa, que es así mismo inconexa, es la
siguiente: no sólo no garantizan ni
el uno ni la otra, protección alguna contra el ataque efectivo del dolor”, sino
también, del ataque real y existente del sufrimiento, la exclusión social, el
hambre, el desempleo, la xenofobia, etc., que los incrementan incluso. Porque
se olvida que detrás de la inconexión del uno y la otra, se esconden relaciones
de fuerza, de saber y de poder. Es decir, generan una nueva forma de control,
de coacción de la mente y del comportamiento del ser humano.
Hay
que desandar lo andado para restaurar la escucha y, la serenidad y, la espera
y, la vecindad, para que el ser y la esencia del hombre, se revelen en la
esencia lingüística del ser humano. Esto confirma una de las tesis de
Heidegger: “El lenguaje es la casa del
ser”. En este orden de ideas, “el hombre corresponde al ser en su apertura,
permitiendo que el ser se haga presente; y el ser tiene en el hombre aquel que
le proporciona el claro para hacerse presente como tal. En ser-en-el-mundo,
mundo no significa ni un ente ni un ámbito de lo ente, sino la apertura del
ser; mundo es el claro”.
Por
tanto, la serenidad del pensar, la bondad y la misericordia de éste,
posibilitan que el ser se devele, en el mundo que es el claro. Que conduce al
juego de la cuadratura del mundo: Cielos estrellados, Luz; Tierra nutricia y
habitable; el hombre pensante por la Tierra del mundo; y los Dioses redentores
de la humanidad. El “juego no alude ni a algo superficial ni a un pasatiempo
simplemente. El juego del mundo tiene la gravedad del juego infantil. No
responde a ningún porqué. El mismo es el sentido.
Así
que, con el pensar, el hombre se siente en la cercanía esencial de ese juego;
siente el movimiento de los elementos y su mutua pertenencia. Encontrarse
entrando en el juego del mundo es cuidarlo y guardarlo. Para eso no hace falta
nada extraordinario. Ninguna transformación gigantesca. Ni ninguna posición
sobresaliente de autoridad, poder, o intelectualismo mal entendido. Sólo
cercanía de lo más sencillo.
Ernst
Jünger alude en el texto La tijera
que, “las cosas geniales no se inventan; son consecuencia de una inspiración.
El niño es genial por naturaleza –al recordar el origen. Esto es algo que se
pierde no sólo con el paso del tiempo, sino también por causa del tiempo […] Se
pueden hacer visibles las cosas invisibles que están dormidas en el Universo;
así, las reservas son inagotables, no hacemos otra cosa que arañar por encima
de la superficie”.
En
este orden de ideas, Heidegger tiende su mano, su logos y su pensar, para que el juego del mundo saque al hombre del objetivismo y la cosificación, que lo
dispone a la homogenización y la numerificación. El juego del mundo porta en sí
el sentido, libera al hombre moderno de las ataduras de la técnica, del dinero
y del poder; por eso, posibilita la revelación de la esencia del ser y la
libertad, la libertad creadora de “formas”
que dona la poiesis, el arte y la
música, la poesía, es decir, la “luz” y la “dulzura”.
En
cambio, la imposición de la técnica somete, domina a la naturaleza e
instrumentaliza al hombre. La imposición oculta la aleteia –el desvelamiento del ser y del mundo. El hombre está
situado en la esencia de la técnica. Así que, el hombre es requerido por la
esencia de la técnica. El hombre no sólo se tecnifica, sino también la técnica
lo instrumentaliza, lo domina, lo coarta y lo vigila. Por la técnica y en la
técnica, el hombre se convierte en número, en objeto o cosa.
Así
que, en la época actual el hombre vive un proceso de deshumanización, de
ruptura con lo sagrado e inefable, lo espiritual, los valores, las ideas y el
pensamiento, y, quiebra la coherencia del “Yo”
concreto. Este proceso licua lo sólido que queda del hombre y lo entrega a los
poderes de la tecnología. Quien predomina es, el Estado tecnológico y las Grandes
Empresas Tecnológicas. Además, la
técnica se convierte en un medio de ocultación del ser; también en conducto de
des-ocultación de la verdad. Según Heidegger, la técnica cumple una función
contradictoria y ambigua, velar y desvelar el ser y el mundo. Aquí adquiere
relevancia “La pregunta por la técnica”.
En
el Estado tecnológico “el hombre está necesitado por el ser”. Por lo que hace
posible todo lo que existe. Por eso “el ser” necesita del hombre, el ser no es
ser sin que el hombre le sea necesario para su manifestación, salvaguardia y
configuración”. El pensar lleva a cabo la relación del ser con la esencia del
hombre. No es el origen ni produce esta relación. El pensar se limita
ofrecérsela al ser como aquello que a él mismo le ha sido dado por el ser. Esta
ofrenda consiste en que en el pensar el ser llega al lenguaje. El lenguaje es
la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son sus
guardianes. Su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la
medida en que, mediante su decir, ellos la llevan al lenguaje y allí la
custodian.
El
pensar sólo actúa en la medida en que piensa. Este actuar es, seguramente, el
más simple, pero también el más elevado, porque atañe a la relación del ser con
el hombre […] Por el contrario, el pensar se deja reclamar por el ser para
decir la verdad del ser. El ser necesita del hombre, para ser en lo ente, la
naturaleza, la historia y el mundo en general. Ser y hombre juegan en la
cuadratura del mundo el juego del claro que posibilita el advenimiento de la
verdad del ser.
Entonces,
¿cuál es el fin del pensamiento o, de la filosófica? Ayudar al hombre a
comprender esto. Darle las herramientas conceptuales o el legado de la
experiencia, para que trascienda la instrumentalización y la esencia de la
técnica. Porque la filosofía posibilita que la técnica salga de su ocultamiento
al ser y lo que lo rodea, en particular, al hombre. Ahora, ¿cuál es el legado
de la filosofía en el mundo moderno? Mejor, ¿cuál es el compromiso del hombre
respecto a la esencia de la técnica? La filosofía, entre otros, posibilita la
crítica del ser en el mundo, de la objetivación y la instrumentalización del
hombre, por parte de la esencia de la técnica. También posibilita que surjan
corrientes de pensamiento, de actuar, de experiencia y de comunicación entre
los hombres. Que le ayuden a desvelar que oculta tras de sí la esencia de la
técnica.
Heidegger
cree que el pensamiento, indirectamente puede ser la causa de un cambio en el
estado de cosas del mundo. Él puede valerse de la economía, de la técnica, de
la ciencia, de la política o de la cultura, para el cambio. Así que, la filosofía
y el hombre no pueden hacer otra cosa que, allanar el camino para el
advenimiento o ausencia de Dios o, del ser. Por tanto, la experiencia de esa
ausencia no es algo negativo, sino una liberación para el hombre, que Heidegger
llama la caída en el ente.
Así,
el pensamiento ha de preparar la disposición a la reflexión sobre lo que hoy
hay. Estar dispuesto a la aletheia,
-a quitar el velo, des-ocultamiento de la verdad. En la aletheia la verdad se desvela y el fenómeno se muestra. Por eso el
hombre está dispuesto al desvelamiento del ser y, a la esencia de la técnica.
De ahí que Heidegger y Husserl quieran hacer fenomenología, porque quieren
desvelar la verdad. En nuestro caso desvelar la verdad del ser y de la esencia
de la técnica.
Por
tanto, para cambiar lo existente –dice Heidegger- el hombre necesita del
impulso exterior (de Dios o de otra fuerza), porque el pensamiento en sí mismo
no lo logra. Sólo lo puede hacer indirectamente. El papel que la filosofía ha
tenido para cambiar el estado de las cosas del mundo moderno, lo asume hoy la
ciencia. Desde entonces la “filosofía” se encuentra en la permanente necesidad
de justificar su existencia frente a las “ciencias”. Y cree que la mejor manera
de lograrlo es elevarla a sí mismo al rango de ciencia.
Pero
este esfuerzo equivale al abandono de la esencia del pensar. La filosofía se
siente atenazada por el temor a perder su prestigio y valor sí no es una
ciencia. En la interpretación técnica del pensar se abandona el ser como
elemento del pensar. Desde una
perspectiva simbólica, la ciencia es la punta de una lanza y la reflexión
filosófica el mango que la sigue. En el “efecto” del pensamiento hay que
dilucidar qué significan aquí efecto y acción de producir. Heidegger dice que,
sería necesario distinguir entre ocasión, impulso, fomento, ayuda, impedimento
y cooperación.
En
la actualidad, la filosofía se disuelve en las ciencias particulares: como la
psicología, la lógica, la física, las matemáticas, la politología, la economía,
la biología, etc. El puesto de la filosofía lo ocupa la cibernética. La
cibernética es el campo de estudio interdisciplinario de la estructura de los
sistemas reguladores. Así que, la cibernética es la ciencia que estudia los
flujos de energía estrechamente vinculados a la teoría de control y a la teoría
de sistemas. Esta ciencia se encarga de estudiar los sistemas de comunicación
entre los seres vivos, y se aplica a los electrónicos y mecánicos, de amplias
similitudes con ellos. Se aplica en los campos de las prótesis o la robótica, también
en el ámbito de las ciencias humanas con el fin de resolver los problemas de
relaciones y mediaciones socio-técnicas entre seres humanos y los objetos de
diferente naturaleza.
De
otra parte, Walter Benjamín parece rechazar que la verdad pueda encontrar su
determinación a través de la realidad empírica y su expresión en el lenguaje
degradado del conocimiento: “La filosofía sólo puede aspirar –dice- al discurso
de la Revelación mediante el regreso de la memoria a la percepción original”.
De ahí que le confió a Hugo Hofmannsthal que acogió con benevolencia su ensayo Las afinidades electivas, lo siguiente:
“La convicción de que toda verdad tiene su morada o palacio ancestral en la
lengua, que ese palacio está hecho de los más antiguos logoi y que, frente a una verdad así fundada, las aspiraciones de
las ciencias particulares siguen siendo algo subalterno”.
Hay
que tener presente que Walter Benjamín alude aquí al ensayo Del lenguaje en general a la lengua de los
hombres en particular (1916), a un estado paradisíaco del lenguaje que aún
no estaba sumido en la función de la comunicación y que no había caído en la
charla maligna, mediata entre los hombres.
La
filosofía y el ser humano han de mantenerse abiertos para la llegada o ausencia
de Dios o del ser. La caída del ser en el ente. Y preparar la disposición a la
reflexión sobre lo que hoy existe. Por tanto, el pensamiento por sí mismo no
puede producir efectos necesita de algo exterior. O, lo que es lo mismo,
necesita de Dios, del arte o, de cualquier otra cosa.
Para
Heidegger se trata de interpretar la filosofía occidental. Del retorno a las
bases históricas del pensamiento, de repesar las cuestiones no debatidas desde
la filosofía griega, no es disolver la tradición. Pero afirma que el modo de
pensar de la metafísica tradicional, que acabó con Nietzsche, no ofrece ya
posibilidad alguna de experimentar con el pensamiento la era técnica que ahora
comienza.
Bueno
bien, ¿cómo se experimenta con el pensamiento la era técnica? Se necesita
pensar el desvelamiento del ser, la esencia de la técnica y su
instrumentalización, no sólo para someter a la naturaleza, sino también como
domina al hombre y a las sociedades actuales. Así que, lo que la filosofía no
abarca les concierne a las ciencias positivas, a las ciencias sociales y a las
humanidades.