El
desgarramiento de la lengua natural
Madrid-España a 27/08/2026
Antonio Mercado Flórez. Filósofo
y Pensador.
Desde la perspectiva
socio-política resulta preocupante las diferencias en el ámbito de la educación
y la cultura, la ciencia y las tecnologías de la información, el ingreso per
cápita y el PIB, la cualificación de la mano de obra y las oportunidades de
trabajo, bienestar social y respeto a la libertad individual –porque rompen el
equilibrio entre los Sujetos internacionales y ahondan las diferencias entre
individuos y naciones. Podemos vislumbrar que unos utilizan gran parte de la
economía de la existencia, al éxito económico y político, al bienestar social,
a la educación y la cultura, la ciencia y la técnica; otros que son mayoría, a
la supervivencia diaria.
Esto representa para la
naturaleza esencial del ser humano, una degradación de los órganos vitales y
las esferas del espíritu. En realidad, somos parte de un conjunto de naciones y
civilizaciones, donde se prioriza el poder y la economía, las tecnologías y las
armas, la eficacia y la eficiencia. Sobre la educación y la cultura, las artes
y la música, la filosofía y las humanidades, el lenguaje y los movimientos del
pensamiento. O, lo que es lo mismo, se prioriza la IA ante la creatividad, el
talento y el intelecto. Eso que posibilita alcanzar la dignidad de persona. O,
en otros términos, las esferas del espíritu, la imaginación y el pensamiento,
que facilitan el sentido de la existencia.
Ahora bien, si el hombre se aleja
del humanismo es, porque no tiene confianza en sí mismo; una visión de la
existencia que impide vivir auténticamente la propia vida. Porque el “núcleo”
de la existencia no descansa sobre sí mismo, sino en algo exterior a ella: la
técnica, el dinero, el poder, el lujo, el consumo, las bellas materias, las
redes sociales y, la fugacidad de los acontecimientos cotidianos. Y, hace de la
vida humana, sumamente desgraciada y atormentada, porque no logra estar a la
altura de su temple vital.
Se comprobó en los últimos
espacios de tiempo que, el hombre no tiene fe en sus posibilidades físicas e
intelectuales. Que el ser humano ha ido perdiendo la fe en su obra y el entorno
que lo rodea. Y, en consecuencia, el lugar del hombre se sustituyó por el
ámbito de la Cultura de lo efímero;
el umbral donde nuestras vidas son insignificantes y están destinadas al
olvido. Un espacio donde prevalece el despilfarro de la energía vital y la
existencia se deteriora, proyectando las vidas atormentadas como imágenes o
números.
Así que, por el desgarramiento de
la memoria verbal y la debilidad del espíritu, observamos cómo el ser humano ha
ido perdiendo la capacidad de ser hombre, (de las ideas, creencias, costumbres,
opiniones, sentimientos, experiencias, que se han tejido en las historias
compartidas, etc.); y, cómo ser lingüístico, incapaz de comunicarse y
cuestionar el mundo que le ha tocado vivir.
Las imágenes que tenemos del ser
humano –distribuidas por los medios de comunicación, las Plataformas Digitales,
las redes sociales, Facebook, Instagram, X, etc., no se corresponde con la
realidad del hombre de carne y hueso. Nos preguntamos, ¿dónde está el ser
humano que cree en la libertad? ¿dónde buscamos la criatura que descubre su “Yo” interior, la vivacidad de Dios, o de las cosas; ¿la esencia de la
vida, su sentido amoroso, en el Otro? ¿dónde está la persona que sufre y calla,
y cuyo silencio, es la voz de Dios?
Es nuestra alegría festiva.
Conocemos entonces más que nuestro progreso, experimentamos nuestro poder
estático, nuestra figura, nuestro ser–así en ella”. Vestigios de eso, se
vislumbran en el horizonte, son instantes donde el espíritu entabla
comunicación con los fragmentos de Absoluto.
En este orden, se configura en las fronteras del tiempo, un rasgo alquímico,
una voluntad misteriosa, donde el instante de la frágil y deleznable vida
humana, se comunica con las potencias del Universo o, con Dios.
Es importante tener presente que,
la literatura, la poesía, el arte o la música, preparan al ser humano para
sentir la aniquilación del valor, preguntar sobre la existencia individual o
colectiva, sobre aquello que da nuestra razón de ser. Y por la magia de la
palabra nos enfrenta a la superficialización y simplificación del mundo técnico
y político del que somos parte. Estamos observando como un número de seres
humanos, se vale de la literatura, del arte, la teología o, la filosofía, del
espíritu o la música, para soportar las energías destructoras del mundo técnico
y científico, económico y militar.
Esto es digno de admiración y
respeto en sociedades enloquecidas por el dinero, la política, el lujo, las
bellas materias y las tecnologías de la información, la industria
armamentística, la comunicación llana y simultanea o, la IA. Que en la
superficie del mundo ya se están sintiendo sus partes blandas; son síntomas que
indican que soñando nos acercamos a un nuevo despertar.
El poeta, “designa el momento de
“creación” de una lengua, el momento
de producción de las palabras, el
momento en que el mundo se hace lenguaje o el lenguaje abre un mundo” –dijo José
Luis Pardo en “La regla del juego”-. El
poema, es palabra, abierta a la escritura, a la memoria y al recuerdo o, a la
cadencia de la lengua. La poesía nos ayuda a soportar el peso de la historia y
la Vida. Es lenguaje, creador de mundos y realidades, y al nombrarlos, los
significa, desvelando fragmentos de los misterios que encierra el enigma de lo
existente.
“Ellos han hecho el mundo
decible, nombrable (y, por tanto, nos han hecho posible habitar la tierra como
hombres: animales que hablan); hemos de suponerle una sabiduría inhumana,
literalmente pre-humana, ellos han debido ver las cosas antes de cubrirse de
palabras…, y por eso han podido fabricar esas palabras que ahora usamos del
mismo modo en que recitamos sus poemas, es decir, de memoria…, ellos deben
saber la verdad de las cosas para las cuales inventaron las palabras que las
ponen de manifiesto”. Ellos crean las palabras que nosotros los seres humanos
usamos. Somos evidentemente usuarios de palabras, “y para decir algo hace falta
usar palabras ya existentes, palabras que preceden”.
El mundo que habitamos es un mundo
creado por palabras; un tejido de lenguajes y para el lenguaje. A su vez, el
devenir del tiempo en el marco de la historia, de las civilizaciones y sus
configuraciones espacio-temporales en la Culturas y las Civilizaciones, es, un
tejido de palabras. Así que, todo lo que hacemos o pensamos desemboca
necesariamente en el lenguaje. Como dijo Ludwig Wittgenstein: “Todo lo que el
hombre es, ha sido o será, lo contiene una
proposición lingüística”.
La poesía, “es una condición
estructural de la práctica lingüística”. No depende de los hechos, sino de las
profundas necesidades espirituales y morales del ser humano. Si “los poetas
producen palabras –escribe José Luis Pardo–, hacen lengua, pero no son ellos
quienes hablan esa lengua, quienes dan un uso a sus productos o quienes conocen
su finalidad. Los poetas son productores –una suerte de proletariado de la
palabra–, y producción es lo que
significa la palabra de la que procede su nombre (poiêsis), traer al mundo algo que antes no había”.
Si la poesía es manantial de agua
viva, tierra y vida; se convierte en el umbral donde el hombre se proyecta como
tal. Es digno de admirar que, “alrededor de estos hallazgos –manantiales de
agua, etc. –la vida humana se vuelve posible, la tierra se torna humanamente
habitable. Los poetas fundan lugares, crean
comunidad”. Por eso el mundo contemporáneo echa de menos a los
poetas, a los escribas de literatura, es decir, de novelas. Porque la palabra
hace habitable lo inhabitable, y transforma la visión que tenemos de la
realidad y la existencia individual.
Como expresó E. Benveniste, en Problemas de lingüística general, II:
“Por encima de las clases, de los grupos y de las actividades… reina un poder
cohesivo que hace de un agregado de individuos una comunidad y crea la
posibilidad misma de la producción y de la subsistencia colectiva. Este poder
es la lengua, y sólo la lengua”.
Podemos leer e interpretar desde
el umbral del lenguaje los problemas de las sociedades actuales. Si los seres
humanos olvidan los vestigios de la memoria verbal que inconscientemente han
tejido los antepasados de la comunidad o, sus padres, inexorablemente se
olvidan de sí mismos. Sin embargo, observamos estupefactos y anonadados como el
hombre está entregando poco a poco la naturaleza lingüística e inquisidora, a los
espejismos de la ciencia, la técnica, la política o, la economía. Este proceso
de la historia reciente de Occidente, está convirtiendo al ser humano en
objeto. De ahí que la civilización técnica que vivimos hace apremiante la
presencia de la poesía, la novela, el arte, la teología, la filosofía, es
decir, la Cultura de la que somos
parte.
No podemos olvidar que, “la
poesía crea comunidad, pero es una comunidad no elegida sino obligada, forzada
por las inclemencias de lo inhóspito o, como también se dice, por las
necesidades de la vida (el poeta, cuando es poseído por el dios que lo inspira,
también lo es de un modo necesario, arbitrario e inclemente). Por eso, la
comunidad nativa, natal, natural…es característicamente acogedora, protectora,
cobijante” –escribió José Luis Pardo.
Por eso, no hay que ser indiferentes
al mundo del espíritu, porque “el mundo espiritual tiene su centro fijo –afirma
Hermann Cohen-, que irradia en toda la extensión infinita de la cultura, pero
que los intereses de la cultura, sean cuales sean, nunca logran desplazar”.
Es importante anotar que el Zeitgeist, Espíritu del Tiempo y sus
juicios, no percibe los profundos cambios que se están dando en la naturaleza
del hombre; porque los sitúa sobre la cripta, en la superficie de la bóveda de
lo actual, del presenta-ahora. Preguntamos, ¿qué es lo fundamental para el ser
humano en esta época abstracta? Que la palabra conserve la magia y su relación
con lo luminoso o, las potencias del espíritu. Y que nos permita salir de los
yermos espacios donde se ubican los sistemas racionalistas y materialistas, que
nos sujetan a la coacción de sus dialécticas. Así que, en estados como éstos
sabemos que los átomos de la palabra liberan una libertad nueva, que cambia y a
la vez conserva la naturaleza espiritual que le corresponde.
Por eso la custodia del lenguaje
o, de la comunicación verbal, no hay que dejarla en manos irresponsables. A la
vez, tener en cuenta, que la primacía de los mass-media e Internet -átomos, bits, microchips, etc.-, en las
civilizaciones actuales, posibilitó no sólo otros medios y modos de
comunicación, sino también de imaginación, de cognición y de experiencia
individual. Pero, cuando se manipulan al servicio de los poderosos, la vida se
ubica en el umbral del ensimismamiento, la melancolía, ante la añoranza de lo
fundamental. De ahí que nuestras ensordecidas y grises vidas, puedan obtener de
la cadencia de la poesía, del lenguaje de la novela, las “formas” del arte, la
veneración o, los ritmos de la música; algo así como “un sentimiento del
movimiento interior y de la coherencia del ser individual y nuestras sociedades
algo de la pérdida visión de una concordia humana”.
En un estado como éste, nos
preguntamos, ¿cómo es posible que lo novedoso y exigente, lo que vale la pena
decir, pensar o hacer, encuentre un auditorio entre el estrépito de inflación
verbal y auditiva de las civilizaciones actuales? George Steiner piensa que,
mediante la música, las artes y las ciencias exactas pueden llegar a una
sintaxis común. Un ámbito donde los modos y los medios de comunicación
posibiliten un mundo más humano y vivible, donde se transfigure una nueva Gramática de la vida.
En
la época actual la lengua material y espiritual, el medio que comunica los
contenidos espirituales de las personas y las comunidades, se está convirtiendo
en un arma para la violencia o la guerra.
En este orden, se convierte en “deber ser” formar pedagógica y
culturalmente a las nuevas generaciones, para que sean “capaz de acoger la
sugerencia que debemos soportar tanto el haber nacido como el que tenernos que
morir; es decir, de madurar” -al decir de Harold Bloom. En el mundo actual, es
imprescindible formar para la vida y la muerte, la guerra y la paz, los
triunfos y las derrotas, la felicidad y los infortunios; y, así de esa manera,
elevarnos sobre nuestras propias inmundicias y posibilitar el encuentro con lo
que Dickenson llamó: “Lo sublime precario”.
Es necesario que el Weltgeist, Espíritu del Mundo y sus
juicios, esté a la altura para redescubrir lo humano. Que nos permita reconocer
nuestras precariedades, también apropiarnos del hálito de lo sublime. Aquello
que posibilita la coherencia interior del ser humano y la restauración de la
visión de una concordia humana. Por eso las corrientes de pensamiento
reduccionistas e historicistas que reducen el palpito de la existencia
individual a hechos, cifras o relaciones de poder; perciben a los seres humanos
como meras fichas de un juego filológico y político, económico o material. Pero
desconocen que el hombre porta en sí y para-sí, un sustrato que es irreductible
allende del tiempo y del espacio, o mejor, del Espíritu.
No olvidemos que en el decurso de
las civilizaciones podemos observar que, casi todas cuentan con su versión de
Babel, con su mitología de la dispersión original de las lenguas. Se tiene la
imagen que “se cometió un error atroz, se produjo una liberación accidental del
caos, semejante a la que desencadeno la caja de Pandora. Más comúnmente, se
cree que la situación lingüística del hombre, las barreras absurdas que le
impiden comunicarse, son un castigo. Una torre lunática fue lanzada a las
estrellas; los titanes se atacaron entre sí, y sus esquirlas y huesos rotos se
transformaron en las lenguas aisladas; deseoso de escuchar como Tántalo, la
charla de los dioses, el hombre mortal se vio convertido en un bruto y perdió
todo recuerdo de su palabra nativa y universal” –al decir de Steiner.
A
partir de entonces el decurso de la historia, la tradición esotérica y
metafórica, las imágenes del arcano, las construcciones cabalísticas y
emblemáticas, las etimologías ocultas y los complicados desciframientos, han
abierto la discusión sobre Babel y la búsqueda de las revelaciones esenciales.
Lo que luego acaeció en la
Cultura y la Civilización occidental reciente, Karl Kraus lo percibió en la
lengua de la filosofía, del derecho, de las artes, del periodismo. Creía que la
lucha por la verdad y la responsabilidad individual en la comunicación pública
o privada, habían sido fatalmente socavadas. Por eso intuyó que la imaginación,
los medios y los modos del lenguaje, no eran las herramientas adecuadas para
dar cuenta de la época. Que el lenguaje se había convertido en instrumento de
demagogia y de despropósitos humanos. “La sospecha fin – de – siècle de que el
lenguaje no sería nunca más adecuado o acorde con la experiencia humana -, que
su corrupción por medio de las falacias políticas y la vulgaridad del consumo
de masas habrían hecho de él un instrumento de bestialidad se ha confirmado” –expresó
Steiner.
Esta degradación supuso para el “logo-centrismo” y los cimientos de la cultura occidental reciente,
un desgarramiento fundamental; porque tocó la naturaleza del Ser y del existir. De ahí que, generó una trastocación ontológica y
epistemológica, en la cultura occidental reciente. Es necesario reiterar que la
civilización actual está diluyendo sus valores y formas estéticas, en la Cultura de lo efímero. Donde la imagen
en movimiento, el campo magnético de las ondas energéticas, los lenguajes
analógicos, se transforman en sociedades cinéticas y multimedia. Un tipo de
civilización que nubla la capacidad de interrogar, la magia que representa para
la vida, la soledad, la libertad o la muerte. Es una civilización que degrada
la Gramática de la vida.
De ahí que la joven generación
entienda la vida como algo fugaz, donde el aquí-ahora
determina las pulsiones de la existencia individual. Además, el sin sentido y
la falsedad de los “ordenes” de la existencia, banalizan las fronteras entre lo
divino y lo humano. “Ello nos permite suponer –dice Steiner– que ciertos
fundamentos de la consciencia humana, de los procesos mentales y los hábitos de
la sensibilidad son susceptibles de ser alterados substancialmente”.
Si se alteran los medios y los
modos de la comunicación humana, se hace lo mismo con los recursos verbales de
la Cultura y la Civilización occidental. Así que, las lenguas se corrompen en
beneficio de poderes espurios que incrementan el vaciamiento espiritual. Y, en
nombre de la manipulación técnica y el Gran
Poder Tecnológico (redes
sociales, Plataformas Digitales, medios de comunicación), ponen la lengua del
computador y de la informática, al servicio de los poderosos del mundo. Así
esta mutación lingüística se convierte en problema político, militar, verbal,
ético y epistémico, porque afecta la Gramática
de la vida.
Así mismo, en medio de las
corrientes de estupor de la época, los espíritus sensibles, fuertes, luchan
contra el reduccionismo, la uniformidad o, el kitsch. Porque piensan que se concatenan con el fundamento mismo de
la modernidad; la rebeldía expresada contra las ideas preconcebidas, el
dogmatismo, y la estética del kitsch;
y, el eclecticismo del orden existente, lo confirma.
Así que, la Creación se entronca
con la naturaleza lingüística del hombre. Existe, en consecuencia, una
correlación entre la lengua de Dios y la lengua de los hombres. Entonces, si
esto sucede en la vida humana, “el mundo se traduce a sí mismo y para nosotros
en unas prescripciones léxico-gramaticales prefijadas”. Que posibilitan que el
ser humano trasforme la realidad y el pensamiento, en y por las palabras. Que
todo, absolutamente todo, lo humano o no humano, es lenguaje. No podemos
olvidar que, las palabras son los átomos del pensamiento y de la realidad.
El escritor J. M. Lasalle traza
siguiendo las propuestas posmodernas de Jean-François Lyotard, que el pensar
posmoderno supera las variables que definen la Ilustración del siglo XVII y la
Época Moderna. Plantea que la condición posmoderna es el final de las grandes
narrativas, que han interpretado el mundo y la existencia dentro de un relato
coherente de progreso y racionalidad. Para Lasalle la estructura y el
funcionamiento intelectual de la Ilustración, es insostenible debido a los
avances tecnológicos y los cambios posindustriales que priorizaron las
telecomunicaciones de la sociedad de la información.
Así que, la crisis de los relatos
y de la Ilustración según Lyotard, dinamita el concepto de progreso, de razón
ilustrada y configura en la esfera política, el fracaso de los gobiernos y la
legitimidad de las sociedades abiertas, por estar insertas en una crisis de
identidad.
Según Lasalle el humanismo y la
posición del hombre en el mundo, la cultura misma y el libre juego interior del
pensamiento, y la civilización occidental, son desplazados como ámbitos de
interpretación por una visión científica donde prevalece la técnica y la
voluntad de poder. Donde la revolución de la Cultura del artificio y la Civilización Digital
reemplazan al “logos” natural y,
arrastran tras de sí, la visión posmoderna que configura un nuevo ejercicio del
poder. Un ámbito en el que, los problemas humanos se solucionan con big data y la Inteligencia Artificial aplicadas a las sociedades y la política
posmoderna. Que ha generado un desenlace de consecuencias imprevisibles.
Así que, los datos de Internet y
los algoritmos que los selecciona, discriminan y organizan el consumo diario de
las sociedades modernas y, componen un binomio de control y dominio. En este
ámbito, los seres humanos adquieren una fisonomía donde prevalece la parálisis
del pensamiento, del lenguaje, la incapacidad de crear, escribir, juzgar,
criticar y decidir. Entonces, las máquinas gestionan nuestras vidas como
“objetos” o “números”, a través de una base de datos algorítmicos.
Hemos entrado de lleno en la era
de la radicalidad. Una era en la que impera la brutalidad de las relaciones, en
la que la fuerza prevalece sobre el derecho, las palabras; así las normas y
leyes del derecho internacional y las relaciones armoniosas entre los Estados
han quedado atrás. Una élite contrarrevolucionaria, armada teórica y
técnicamente, se ha afianzado en Washington. Y está ahí para quedarse.
Se sugiere que existen otros
métodos, caminos distintos, que nos hacen señas, insinúan cosas y ponen al ser
humano en el centro del mundo. Son campos magnéticos que nos atraen hacia un
centro único, creer en el hombre como el ser más idóneo para alcanzar los
fragmentos de felicidad, lo justo, lo bueno y lo bello. Nuestra época, por el
contrario, sitúa el pathos en otra
esfera de la existencia. Por eso en la historia de la humanidad han existido
épocas más humanistas que otras. No quiere decir que, el Espíritu de la Época,
no tenga ningún valor. Sino que solo ubica el pathos, en otra esfera de la existencia individual.
En la Gran ciudad, los seres humanos sienten que se enfrentan a
tempestades de acero, y el resplandor de sus hechizos arrastra tras de sí,
espejismos de imágenes y lenguajes digitales, que configuran las nuevas utopías de lo inmediato. Por
ende, el nuevo “tipo” de hombre que está configurando la arena de la historia,
se presenta como un denigrador nato de todos los “tipos superiores” y de los
modos y los medios naturales de comunicación humana. Este “tipo” de hombre
rompe los lazos con el mundo del mito y la niñez; también con las fuentes de lo
mágico y maravilloso de la realidad y de la Vida.
En esta época se olvida que la lengua
responde a los más oscuros dilemas de la existencia: el nacimiento, la vida, la
muerte, Dios, el destino, el sentido de la vida, la esperanza y la
desesperanza. Además de ideas, experiencias, historias, metáforas, la novela y
la poesía responden a los enigmas de la existencia con símbolos y mitos, con
los recursos del pensamiento mágico. Por eso creo en el dialogo, la palabra
dadora de sentido, creo en la dignidad del ser humano, creo en la justicia
social y la libertad. Porque el dialogo y la fraternidad se reemplazaron por el
insulto, la xenofobia, el racismo, y todas las formas de discriminación social.
Recordemos, por último, lo que dijo
Ernesto Sábato, en el texto “La letra y
sangre”, que “el estilo es la persona. El arte de la lengua necesita una
tirantez entre las categorías gramaticales rígidas y las ocurrencias de cada
individuo, y sobre todo las ocurrencias de los grandes creadores. La lengua de
la vida es así: equívoca, multívoca [. . .]La lengua viva es una inquieta
mediadora entre la sociedad y el individuo. Y gracias a sus “equivocaciones” se
mantiene ese equilibrio dinámico que llamamos evolución”.