sábado, 31 de enero de 2026

 

 

                                                El lenguaje como testimonio de la realidad

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 31/01/2026

En la época actual por la influencia de la técnica y los lenguajes digitales, las lenguas naturales “muestran signos de parálisis”; salvo, en la “creatividad” que “manifiestan su fuerza desbordante”. Se percibe en las artes figurativas, la escultura, la música, la poesía, la literatura o la filosofía; cómo el lenguaje material o espiritual contiene fuerzas que desbordan los contornos del mundo y de la existencia. Existe la sensación en la actualidad, “que los problemas del mundo y de la existencia les parecen insolubles a la época y a los individuos”.

Sus pregoneros olvidan que detrás de la simulación, la fantasía del caos y lo grotesco que presentan los mass-media e Internet, las redes sociales o, la Inteligencia Artificial, permanece imperceptible la “esencia inmóvil y sobre temporal que se pone de manifiesto y se modifica en la historia”. Así se genera una expresión metafísica del mundo y de la existencia: “Ordenar las cosas visibles de acuerdo con su rango invisible. Toda obra y toda sociedad deberían estar ordenadas según ese principio. Si procuramos hacerlo realidad en la palabra, en el juego de las imágenes que la vida cotidiana trae consigo, entonces estamos entrándonos en la más alta disciplina”.

Si la creatividad “es una manifestación de fuerza desbordante”, el efecto que causa “va mucho más allá del placer que en sí misma proporciona”. “La plasmación” en la obra “de una de sus frases, aunque el lenguaje envejezca”, permanece vivo “un delicadísimo equilibrio que se extiende luego a las demás zonas”. Por eso “el escribir no deja de entrañar un riesgo muy alto, exige un examen y una reflexión más profundos que los que se necesitan para conducir regimientos al combate. Y si aún existieran anillos mágicos, estarían en los sitios donde la voluntad de creación vence esa resistencia”.

Esto nos enseña que la fuerza desbordante de la palabra, se oculta detrás del espejismo de la ciencia y de los instrumentos técnicos, del mundo y la realidad.

Se trata que las conjunciones lingüísticas, la gramática y la sintaxis que posibilitan la creación literaria, revelen su magia propicia. “Ésta ha de ser soterrada en las profundidades”. Ya que sobre “ella se alza la bóveda del lenguaje hacia una libertad nueva que cambia y a la vez conserva la palabra. Y también el amor ha de aportar su contribución; el amor es el secreto de la maestría”. Entonces, ¿cuál ha de ser la función del escriba, del poeta o del filósofo, en esta alta civilización técnica? Que las palabras contribuyan al crecimiento de la Vida, y que tiendan al enriquecimiento del lenguaje. Las palabras franquean las puertas a la magia de la materia animada e inanimada.

En la época de la revolución en los medios de información, las redes sociales, la Inteligencia Artificial, estamos “ciegos”, “verbalmente ciegos”, ante el despunte de la imagen sobre la palabra. “La ceguera proviene de un cambio capital en los hábitos de nuestra sensibilidad” y en los “instrumentos especulativos”. Asimismo, desvelar que los medios y los modos “expresivos”, se corresponden con “técnicas reproductivas muy determinadas. Representan la respectiva posibilidad de desarrollo técnico y son el resultado de las necesidades de dicha época”.

El pathos que atraviesa la concepción de la historia contemporánea es, el de la tecnología informacional, la cibernética, la Inteligencia Artificial, la ciencia, la industria militar, el capital bancario y financiero internacional. “Lo decisivo es aquí la relación entre la vida y su finalidad”. El hecho de que todos los “fenómenos dotados de finalidad” son orientados hacia la manifestación de una esencia o la expresión de una significación, siendo el lenguaje el lugar por excelencia donde cada singularidad apunta a su propio rebasamiento”.

Pero si la vida tiende a la objetivación, a ser un número, a convertirse en almacén de existencias, “no sólo hacen opacas las relaciones entre los hombres; sino que además envuelven en niebla a los sujetos reales de dichas relaciones”.

Walter Benjamín asigna de esa manera a la vida una dimensión trascendente, que ha de configurarse en la historia. Dice que: “La vida a grandes dimensiones, en la historia, no se aprende […] un gusto superficial por la vida; que al considerarla no se aspira a un desprecio hostil por los hombres, pero si una visión rigurosa del mundo y unos principios fundamentales serios acerca de la vida; que la sustancia del mundo, por lo menos sobre los grandes que la han juzgado, que juzgaron a los hombres y que supieron medir en la propia vida interior la vida exterior, sobre un Shakespeare, un Dante, un Maquiavelo, produjo una impresión que los formó en la seriedad y en el rigor”. En propiedad significa la valoración de la vida y del mundo como valor supremo de la existencia.

Benjamín tiene presente, “la convicción intima de que su trabajo al servicio de la humanidad tiene que apoyarse en una elevada moralidad”. Que los más altos valores del hombre deben estar al servicio de las necesidades psicológicas y morales del ser humano. Frente a lo cual hay que orientar la mirada hacia el materialismo, la técnica y la cultura de masas, que determinan la razón del hombre contemporáneo. Para poder desenmascarar el “fetichismo” y las “relaciones de dominio” que se ocultan detrás del consumo, del lujo, de las bellas materias, del poder y el dinero.

Y, nos ayuden a preguntarnos, ¿cómo la cosificación de la existencia individual se corresponde con el desarrollo de la técnica y las necesidades de la época? ¿por qué los espejismos de la técnica y de la ciencia, de la publicidad (con sus mensajes subliminales) y el consumo de masas, esconden la búsqueda de una sociedad ordenada y sin propósitos colectivos?

Porque desde el umbral de la política, los valores espirituales y los morales, se sustituyen por los de la inversión y el beneficio, la publicidad y el marketing. Además, la política se convierte en un apéndice de la publicidad, los mass-media e Internet. Son valores vacíos sin proyecto colectivo, sin conciencia crítica y capacidad de juicio sobre el mundo, la realidad y la existencia. En las democracias de las sociedades modernas, las ideas, los principios, las ideologías, que configuraban la estructura de la sociedad y del Estado, fueron vaciadas de sus contenidos. A finales del siglo XX y principios del XXI, las sociedades occidentales adoptan rasgos deterministas.

Porque su análisis teórico y su práctica en la sociedad, se rigen por el neoliberalismo político y económico. Por eso el pathos de la concepción de la historia, es el pathos de la democracia liberal. Esta transformación trajo como consecuencia un mundo fluctuante, evanescente y fugaz, esto es, desestructurado y plural donde la esencia de la democracia se encuentra en entredicho. Es decir, pierde sentido y realidad en relación a las necesidades fundamentales de las sociedades modernas. Más si en los últimos espacios de tiempo, el autoritarismo, los nacionalismos y el populismo político-autoritario, atentan contra las fuentes y las estructuras del Estado de Derecho y la Democracia, las libertades fundamentales y los Derechos Humanos, la dignidad humana y la justicia social.

Estamos asistiendo en las sociedades contemporáneas a como la ignorancia, la falta de cultura política, la inmoralidad y la corrupción en la administración del Estado y sus instituciones, implementan la apatía y la dejadez en los asuntos públicos. De ahí que la política de masas por la importancia de los instrumentos técnicos y la publicidad, se transforma en espectáculo: visual, auditivo, insustancial y fragmentado. El lugar de las ideologías, los principios, los programas, lo ocupa ahora la escenificación.

En la Cultura del artificio la representación de la representación ocupa el espacio del sentido. El “parecer” es más importante que el “ser”. Los conflictos y las contradicciones sociales se banalizan, ya que la realidad se presenta fragmentada, sin unidad lineal y sin telos colectivo.

 “Este sistema –dice Noam Chomsky– no debe permitir que la gente se encargue de sus propios asuntos sino que los deje en manos de esa clase especializada que son los únicos capaces de arreglarlos... en toda democracia se producen dos grupos: por un lado, la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, es la que ejerce la función ejecutiva; por otro, “el rebaño desconcertado” que son los espectadores del sistema, no participan de forma activa en el proceso”.

Además, constatamos el paso del “logos clásico” al “logos del artificio”, que está convirtiendo a la política y su parafernalia en un agregado numérico o, instrumento de la técnica, la economía o, la voluntad de poder. Este tránsito supone una etapa en la historia del pensamiento occidental reciente. Que posibilita percibir cómo los instrumentos técnicos influyen en los campos de pensamientos y cómo ayudan a configurar una época determinada. Entonces la historia del derecho, la literatura, la economía, la teología, la filosofía o, la ciencia política, sufren la incidencia de los instrumentos técnicos en la actualidad. Esto es, las diversas “figuras” de la época actual y de la cultura tienen un marco conceptual de referencia que depende de la tecnología: los lenguajes digitales, las imágenes en movimiento, las redes sociales y la Inteligencia Artificial generativa.

Por tanto, en la época actual es más cómodo para el ser humano delegar el manejo de la libertad, la autonomía de la voluntad, los sentimientos, la actitud ética o moral, y la apreciación estética de la existencia y la realidad, a la iglesia, al partido, al sindicato, la ONG, el Gobierno, etc., que asumir responsabilidades. Porque ésta actitud ante el mundo y la vida crea angustia, zozobra, en el manejo de la libertad. Se vive mejor y más cómodo sin preocupaciones, sin responsabilidades, y así, el ejercicio del poder nos despolitiza, nos simplifica, nos convierte en número o, en objeto.

Y, la vida en consecuencia se presenta fluida, sin peso, fugaz, en los espejismos de imágenes y lenguajes digitales. Por tanto, el cúmulo de placeres sensibles y espirituales que despliegan, crean una atmósfera de alegría superficial sobre la vida y la historia. Por lo cual, es indispensable trabajar en el interior del ser humano.

Ante todo es preciso tener en cuenta que al hombre hay que dejarlo que crezca primero dentro de sí –dijo en su día Ernst Jünger.

Por tanto, este mundo en tránsito y veloz, no da tiempo para el recogimiento, la serenidad, la soledad, la introspección o, la veneración, que son fundamentales para la creación poética y los movimientos del pensamiento. En la Cultura del artificio, la vida se convierte en una “broma incoherente”. Como afirma Edgar Morán en “La mente bien ordenada”: “La reforma del pensamiento es una necesidad democrática clave: formar ciudadanos capaces de hacer frente a los problemas de su tiempo y frenar el deterioro democrático que suscita la expansión de la autoridad de los expertos, que restringe progresivamente la competencia de los ciudadanos. Estos están condenados a la aceptación ignorante de las decisiones de aquellos que son estimados como sabedores”.

Sabemos que la revolución en las telecomunicaciones y la primacía de la Red, es, en su naturaleza, política, militar y económica. Porque esta transformación responde no sólo a las técnicas de reproducción de la palabra, la escritura y las imágenes, sino además a las posibilidades de desarrollo tecnológico y las necesidades de la época. No hay desarrollo material de una sociedad que no esté condicionado a las necesidades de ésta, y a las relaciones de poder que esconden tras de sí. Por eso el desarrollo técnico y científico responde a las necesidades del Sistema de Producción Global, al neoliberalismo económico, social y político.

Es decir, a la lengua de los mercados y del poder financiero internacional; a la industria militar, a la estructura y función del Sistema del Capitalismo Actual; a las Plataformas Digitales; y, al Estado técnico absoluto. Pero no hay que ignorar que, aunque estos procesos se den en la superficie de las civilizaciones actuales, inciden en la naturaleza y la esencia del ser humano.

Por tanto, toda transformación material o espiritual es, en el fondo, una transformación lingüística. Así, la revolución incruenta, no violenta, no abrupta, que están llevando a cabo las “redes globales”, los algoritmos, penetra hasta los átomos del cerebro. Esta se ubica en el orden y la idea de los procesos, y responde a las apetencias de los “centros de poder”. Que N. Chomsky y E. Morán denominan “la clase especializada que toma las decisiones” y los “sabedores” del Sistema o del Estado.

         Que G. F. Hegel llamó: “El poder casi inconmensurable sobre los espíritus”.

Desde esta perspectiva, no es extraño que la ciencia y la técnica tengan efectos sobre la lengua. Todo cambio en el orden político, económico, social o cultural, implica inexorablemente cambios léxico-gramaticales. Además, la lengua se transforma para responder a las exigencias del Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo y sus juicios. En consecuencia, el tránsito del “logos natural” al “logos artificial”, es, radicalmente lingüístico. Esta trastocación en el ámbito histórico, del saber y las prácticas sociales incide en la política.

Se percibe que la representación del mundo y la existencia individual, están cambiando súbitamente. Por eso, la idea de Estado y sus instituciones, las estructuras sociales e individuales se están transformando y, la imagen de la sociedad fluida, desestructurada, sin proyecto colectivo ni lazos compartidos, cobra validez. Dicho esto, se impone la imagen de la sociedad abstracta, sin sentido, abyecta, a las esperanzas y necesidades humanas.

Pienso que las representaciones que tenemos del mundo y de la realidad o, del sistema léxico-gramatical, están sufriendo una conmoción profunda pocas veces dada, en la historia de la humanidad. La revolución técnica de la imagen “gráfica” en movimiento y los lenguajes digitales es, una revolución lingüística. Si nos ubicamos en el umbral de la palabra, es una “guerra de palabras”, una auténtica “logomaquia”. Si lo hacemos en el de las imágenes, es una “guerra de imágenes”, de “signos”, donde se manifiestan más fuertes que las palabras.

Preguntamos, ¿por qué el mundo es un ámbito abstracto? ¿Por qué las palabras vacías de contenidos y las imágenes, responden a los requerimientos de la técnica y del colectivo técnico? Porque el entrelazamiento del confort técnico y la voluntad de poder, se configuran en el espacio del logos y del pensamiento. Es ahí donde hay que buscar también el auténtico factor moral de nuestro tiempo.

jueves, 29 de enero de 2026

 

                         


                   LA POLARIZACIÓN DE LA ÉPOCA CONTEMPORÁNEA


Antonio Mercado Flórez.

Madrid-España a 28/01/2026

El desgarramiento del Orden Político Internacional llevado a cabo por Vladimir Putin, Xi Jiping y Donald Trump, ha establecido la polarización, la exclusión, la coerción, la violencia, la amenaza, el miedo, la militarización y la guerra, como moneda de cambio para ejercer el poder en determinados territorios. Así que, existen rasgos ideológicos, políticos, económicos, lingüísticos, militares, etc., entre el fascismo y el totalitarismo del siglo XX y el autoritarismo nacional-populista del momento actual.

Uno de los problemas fundamentales consiste en la defensa de la libertad, los derechos y la dignidad, en todas sus acepciones. Martín Heidegger reflexionó en la Introducción a la metafísica que, poder preguntar significa esperar, aunque fuese la vida entera. Platón hace decir a Sócrates que una vida sin examen no merece vivirse. Por tanto, los integrantes de una sociedad, aunque no sean intelectuales o pensadores, tienen el deber moral de preguntar sobre las condiciones en las cuales viven.

Dijo Isaíah Berlin, en dialogo con Bryan Magee, “Una introducción a la filosofía”, que: “Si los presupuestos no se examinan y se dejan al garete, las sociedades corren el riesgo de osificarse; las creencias endurecerse y convertirse en dogmas; distorsionarse la imaginación, y tornarse estéril el intelecto. Las sociedades pueden decaer a resulta de dormirse en el mullido lecho de dogmas incontrovertidos. Si ha de despertarse la imaginación; si ha de trabajar el intelecto, sino ha de hundirse la vida mental, y no ha de cesar la búsqueda de la verdad (o de la justicia, o de la propia realización), es preciso cuestionar las suposiciones; poner en tela de juicio los presupuestos; al menos, lo bastante para conservar en movimiento a la sociedad”.

Preguntamos, ¿qué buscan los poderes autoritarios, fascistas o totalitario? Buscan inexorablemente sociedades disciplinadas, homogenizadas, donde prevalezca el miedo, el sufrimiento, el dolor, la angustia, sobre la libertad, la libertad de pensar, de escribir, de criticar, de acción, o de juicio. Porque necesitan personas adheridas sin fisuras al bloque, la ideología, al partido, las creencias, y al ejercicio del poder del Líder, del Presidente, del Primer Ministro, del Jefe de Estado. Porque a través de la publicidad, la propaganda, la intimidación, la militarización, todo en el Estado Totalitario, Fascista o, Autoritario, se politiza.

Recordemos que el problema del ser como el de la libertad, lo aborda Martín Heidegger en “El estudiante alemán como trabajador”. Según Heidegger y Ernst Jünger en el texto “El Trabajador”, la libertad es el trabajo. Para Herbert Marcuse, el texto de Jünger expresa en la década del treinta del siglo XX, los rasgos esenciales de la mentalidad alemana. Dice Marcuse que,

Jünger muestra, además, que el ascenso del nacionalsocialismo significa la única verdadera revolución alemana contra el mundo burgués y su cultura (un mundo que según él también incluye al socialismo marxista y al movimiento obrero), revolución que reemplazará la burguesa por una nueva forma de vida, la del “obrero” que blande el poder perfecto sobre el mundo perfectamente técnico, cuya actitud es la del soldado, y cuya racionalidad, la de la tecnología totalitaria.

En la actualidad el discurso de Donald Trump contra los valores de la cultura y la civilización europea, como valores decadentes y destinados a desaparecer, ataca las raíces de la cultura occidental moderna. Que se arraigan en la Ilustración y la cultura judeocristiana humanística y libertaria. “Europa sufre un asalto que busca manipular las mentes hasta aniquilar el pensamiento propio. Los individuos no ejercen un verdadero libre albedrío, sino que actúan totalmente condicionados por la influencia externa”. Con la tecnología y sus algoritmos, se manipula la imaginación, la capacidad de asombro, el pensamiento y la representación de la realidad. Estamos condicionados por la tecnología y los algoritmos, que responden a relaciones de fuerza y de poder.

El libro de Jünger es el prototipo de la unión nacionalista entre la mitología y la tecnología, libro en el que “sangre y suelo” emergen como una empresa gigante, totalmente mecanizada y racionalizada, que moldea la vida de los hombres hasta tal grado que los hace hacer con precisión automática la operación correcta en el momento y lugares correctos, un mundo de sentido práctico bruto, sin espacio ni tiempo para “ideales”. Pero este mundo totalmente tecnológico surge y se alimenta de una fuente supratecnológica que Jünger señala evocando los rasgos “antiburgueses” del carácter alemán.

En este orden, la libertad del trabajo será la concepción aria de la libertad y de la cultura. Una concepción nada moderna, ni ilustrada, ni democrática o libertaria. Porque para nada cuenta el individuo o, el Yo, sino la comunidad de pertenencia. Un concepto de la cultura alemana racista y en permanente lucha por la existencia de la raza contra la modernidad. Que identifican con los judíos, la ciencia y la política al servicio del egoísmo, y la individualidad internacionalizada.

Que busca en su expansión –ora liberal, ya marxista-, la desaparición del ser. Adolf Hitler dijo, la “circunscripción territorial de un Estado supone una concepción idealista de la raza que lo constituye y, ante todo, tiene una noción cabal del concepto trabajo.

Así, “el pueblo del trabajo” nazi coincide, en sus lineamientos geopolíticos más importantes, con “el pueblo metafísico”, “el pueblo espiritual”, en fin, “el pueblo histórico” de Heidegger. Como expresa Julio Quesada: “Ahora podemos ver lo inconmensurable de la lucha por el ser, que tiene que ver con la lucha de las especies, la “autoafirmación” del pueblo alemán frente a los Derechos Universales del Hombre”.

En este análisis de literatura comparada, nos damos cuenta que el trumpismo quiere adueñarse de las mentes, los ideales, la concepción del mundo y la realidad de los europeos. Necesita de las Plataformas Digitales y los algoritmos, para manipular las mentes, seducirlas, y ejercer el poder. Esta forma de fascismo nacional-populista, persigue a los funcionarios que promuevan iniciativas de control y de fiscalización del Gobierno. En el fondo lo que desea Trump, es el control, la vigilancia y la coacción de la libertad individual. Un proyecto político que responde a los principios del nazismo alemán y el fascismo italiano.

Bueno, el propósito de Trump es envenenar las mentes y las conciencias occidentales, europeas y destruir la UE. Uno de los obstáculos de la UE es, que no cuenta con el software, ni con hardware, ni de plataformas de redes sociales o buscadores, que hagan frente a las de EEUU. Es decir, la UE no posee grandes centros de datos, ni de nubes de computación a gran escala, que estén a la altura de las innovaciones técnicas en información y comunicaciones. Es importante entonces “incrementar la regulación, avanzar en la innovación y la constitución de los activos europeos”. Esta es una carrera a toda velocidad, de lo contrario estaremos en las garras del nuevo Ciberleviatán y las Grandes Compañías Digitales de EE.UU.

En la actualidad el Sistema democrático y el Estado de Derecho en EE.UU., se están resquebrajando. Los Estados Unidos viven una experiencia autoritaria y fascista, que viola los derechos fundamentales, los derechos humanos, las libertades y la constitución, para poner en práctica una dictadura blenda, sin tanques ni campos de exterminio. Es un régimen que conserva las formas democráticas, pero las vacía de contenidos. Como dijo Mirian Martinez-Bascuñan en el periódico El País de Madrid-España: “No hace falta tomar el Estado por asalto, basta con perseguir a los críticos, proteger a los aliados, asfixiar al que financia la disidencia y enseñarnos que el silencio es más seguro que la palabra. El nuevo autoritarismo coloniza las instituciones desde adentro y seca el oxígeno de la sociedad civil colapsando la infraestructura de la resistencia”.

“Tocqueville advirtió que la democracia puede morir sin tiranos: basta que los ciudadanos abandonen el espacio común”. Hoy somos más conscientes, nos advierte Hannah Arendt, que “las actividades políticas verdaderas, actuar y hablar, por otra parte, no se pueden llevar adelante sin la presencia de otros, sin gente, sin un espacio construido por la mayoría”. O, lo que es lo mismo, sin un espacio común. Hoy existe hacia el campo específicamente político y su carácter público cierta desconfianza que están aprovechando los partidos nacional-populista, de derecha y de extrema derecha, para copar el espacio que los partidos tradicionales de centro izquierda y de izquierda, olvidaron para responder a las verdaderas necesidades económicas, sociales, políticas, morales, culturales, o materiales y espirituales de las sociedades que configuran el espacio común.

Arendt nos indica que “la capacidad de juicio es una habilidad política específica en el propio sentido denotado por Kant, es decir, como habilidad de ver cosas no sólo desde el punto de vista personal sino también desde el punto de vista de todos los que estén presentes; incluso ese juicio puede ser una de las habilidades fundamentales del hombre como ser político, en la medida en que le permite orientarse en el ámbito público, en el mundo común”.

Por la primacía de los instrumentos técnicos, de las redes sociales, las imágenes en movimiento, las Plataformas Digitales, en la vida privada y pública de las personas; de otra parte, por el vaciamiento del sentido de la acción política, por embaucadores y demagogos, no le permiten al hombre como ser político orientarse en el ámbito público, en el mundo común. Así que, “el discernimiento, que los griegos llamaron la capacidad por excelencia del hombre de Estado, es decir, el sentido común nos desvela la naturaleza del mundo en la medida en que se trata de un mundo común y compartimos con otros; como la del juicio es una actividad importante, en la que se produce este compartir-el mundo-con-los-demás”.

Se encuentra ahora en entre dicho, porque a nivel político prevalece la polarización, el caos, la amenaza, el odio, la violencia, la guerra y el despilfarro del lenguaje político. No importa compartir-el-mundo-con- los-demás, sino apropiarse las riquezas naturales por la fuerza de las armas, la desinformación, la manipulación informativa, política y mental de las sociedades.

De ahí que las actividades políticas verdaderas, actuar y hablar, discernir y juzgar, se reemplazan por la mentira, la amenaza, el odio y las armas. Esto impele a pensar que la política de masas, los parlamentos y las acciones de gobierno, responden a la aclamación, los intereses económicos, tecnológicos, estratégicos, partidistas, ideológicos, financieros, culturales, etc., de una “selecta” minoría. Pero no a las verdaderas necesidades materiales, morales, espirituales, políticas, de la sociedad. De aquí nace el conflicto entre la Política y la Sociedad, el Poder y la Cultura.

Pues bien, ¿qué está en juego en el campo de la acción y el discurso, es decir, el campo de las actividades políticas? Que el Estado Totalitario o Fascista o Nacional-Populista, reemplace al Estado de Derecho y al Sistema democrático. Que los derechos humanos, políticos, sociales y la libertad, sean borrados por decretos. Que el espacio público, es decir, la política responda a los intereses privados o militares y, no a las verdaderas necesidades de la sociedad.

Hay épocas de decadencia política y social, ética y cultural, donde sólo unos pocos perciben las riquezas naturales, científicas, técnicas, económicas y culturales. Cuando esto sucede en la sociedad, incrementa la barbarie y quita el significado humanístico de la acción política y el discurso; porque en ella prevalece la utilización del poder económico como poder político o tecnológico.

Se está configurando un mundo y una realidad, donde se entrelaza el poder de la fuerza, el poder económico y el poder tecnológico.

La Organización Oxfam Intermón, alerta que las grandes fortunas se esmeran por controlar medios de comunicación y redes sociales, “sin que los gobiernos hayan logrado ponerles freno”. Dice al respecto: “Los milmillonarios están dedicando su riqueza y poder para generar estado de opinión, influir sobre el debate público y cambiar incluso el curso político. No sólo compran yates, compran incluso democracias, alimentando el discurso del odio y la polarización política, todo por defender únicamente sus intereses”. Advierte, que “las libertades civiles y los derechos políticos están retrocediendo de forma alarmante”.

Asimismo, “esta obscena brecha de riqueza no se limita a jets privados: está creando un abismo en el poder e influencia políticas que ostenta esta élite milmillonaria, y el resto de la población. La pobreza genera hambre, pero la constante desafección política genera ira. Si nuestras sociedades se sienten hoy más divididas y frustradas es porque efectivamente lo están”.

Desde que Donald Trump está en la Casa Blanca, nos recuerda Joaquín Estefanía en el periódico El País de Madrid-España (25/01/2026): “Se han reducido los impuestos a los superricos y se les aplican gravámenes más bajos que a ningún otro grupo social; se han bloqueado los pequeños avances en la fiscalidad internacional para grandes corporaciones; se han limitado los intentos de frenar el poder de los monopolios; se ha impulsado en las Bolsas de Valores, sectores como el de la inteligencia artificial, cuyos beneficios han ido a parar casi exclusivamente, a las grandes fortunas; etc.”.

Esta dinámica permite que, las élites económicas, políticas y tecnológicas, molden las normas que rigen el poder político, económico, financiero y social mundial. Que trae como consecuencia, el deterioro de los derechos y libertades del conjunto de las sociedades actuales.

Expresaba Jesús Cebréiro en el periódico El País de Madrid-España recientemente que, “en menos de 30 años la democracia liberal ha pasado de ser un bien universal a un sistema en recesión. Incluso en países como Estados Unidos, Reino Unido, Suecia o Australia, grandes minorías la consideran como una alternativa más, y no necesariamente la mejor. La caída del muro de Berlín en 1989 fue saludada como el final de la historia: la democracia se había impuesto a cualquier otra forma de gobierno. Algunos académicos consideran hoy que Europa Central (y no solo) estaría viviendo el reverso de aquel tiempo. Y la llegada de Trump a la presidencia de EE UU ha disparado todas las alarmas. Las democracias ya no caen por golpes militares, sino a través del voto. Nacen así lo que los académicos han venido a llamar democracias iliberales, que con frecuencia derivan en dictaduras”.

En este orden, se está configurando en EE.UU., un Gobierno Fascista Autoritario coagulado en el Líder, (el Presidente de la Nación), como ocurrió en la década del treinta del siglo XX, en Alemania. Se rechazan las reglas del Sistema democrático; se degradan y se niegan los derechos políticos y civiles de los oponentes; se persigue y se expulsa a los inmigrantes; se tolera desde las instituciones la violencia por las autoridades policivas y civiles; y se restringen las libertades y los derechos civiles, del cuerpo social.

Un pregonero del régimen autoritario ruso, Serguéi Karaganov, dijo en una entrevista hecha por Tucker Carl, que: “Europa ha perdido sus referencias, todas sus referencias morales, políticas y espirituales. Después de originar el nazismo, lo más hostil para la humanidad, han traído algo antihumano: la pérdida del respeto por la familia, por el amor entre un hombre y una mujer, por los ancianos, por el patriotismo, etc. Y, por supuesto, la pérdida de la fe en Dios. ¿Qué es Europa en estas condiciones? ¿Qué queda de ella? Es un verdadero abismo moral”.

Ahora bien, ¿qué buscan los ideologos de Putin, como Serguéi Karaganov o, de MAGA (Make America Great Again), con relación a Donald Trump, que promueva el nacionalismo, el proteccionismo y valores conservadores. Que se perciba a Europa y la UE, en particular, como un continente en decadencia, donde los valores éticos y morales, los contenidos de la cultura y la civilización occidental, están destinados a desaparecer y volar por los aires como una costra seca. Creen que los <<valores>> morales, éticos y culturales, se liquidan a bajos precios. Olvidan estos sátrapas Trump y Putin, que gobiernan despótica y arbitrariamente, ostentando su poder que, “el hombre puede empezar porque él es un comienzo; ser humano y ser libre son una y la misma cosa. Dios creó al hombre para introducir en el mundo la facultad de empezar: la libertad” -nos enseña Hannah Arendt.

Así que, el Fascismo y el Nacional-Populismo-Autoritario, tienen como objetivo destruir la vida privada e incrementar el desarraigo del hombre respecto al mundo, ya que anulan el sentido de pertenencia a éste. De ahí que profundizan la experiencia de la soledad. Exaltan el individualismo gregario que “comprime los unos contra los otros, y cada uno está absolutamente aislado de los demás”. Se convierte en una característica fundamental de organizar a las masas. Lo que caracteriza a las masas es, ser puro número, mera agregación de personas incapaces de integrarse en ninguna organización basada en el término común: “Las masas […] carecen de esa clase especifica de diferenciación que se expresa en objetivos limitados y obtenibles”.

Preguntamos, ¿de qué instrumentos se sirve el Poder Fascista y el Nacional-Populista-Autoritario? La mentira, la ignominia, la delación, el odio, la discriminación, el miedo, la xenofobia, el racismo, la inseguridad, la violencia, la guerra y la falta de novedad. Entonces, ¿cuál es la lógica profunda del Totalitarismo y del Fascismo-Autoritario? Posibilitar pensar tales dimensiones como efectos. Si se accede a ellas se revela el mal radical; el mal absoluto que invade la totalidad de la vida humana. En estos regímenes el catálogo de las cosas posibles está siempre ahí –para que una posibilidad salga a escena es preciso que se la acepte. En él todo puede ser destruido, todo es posible. Como dijo David Rousset: “Los hombres normales no saben que todo es posible”. En consecuencia,

           El Totalitarismo y el Fascismo dejan a la persona singular en la estacada.

El Totalitarismo y el Fascismo aíslan a las personas para que se incapaciten para actuar, las sume en un vacío existencial, un desgarramiento de la voluntad, del pensamiento, de la fuerza y del poder. Por eso “buscan no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en que los hombres sean superfluos”. Asimismo, buscan un hombre solo, aislado, insolidario, desprotegido, sustituible, vacío, gregario, numerificado y objetivado. Que responda a la norma, la ley, el orden, la publicidad, la ideología, el sistema, la estructura, los ideales del Estado fascista. Se centra en la superficialidad de los actos humanos, sin conexión alguna con la profundidad de sus motivaciones.

En el Totalitarismo y el Fascismo-Autoritario, no existe la individualidad, ni el proyecto común, ni el telos plural. Porque estas acepciones necesitan de la esfera social, esto es, de las relaciones políticas, económicas, sociales o culturales. Que, en el totalitarismo y el fascismo autoritario, el ser humano es incapaz de alcanzar, porque todo está mediado por el Estado, las instituciones, la ideología, la masa, que niega los principios de la Ilustración: la libertad, la solidaridad, la fraternidad y la otredad. Por eso, el Fascismo se contrapone al Estado democrático Social de Derecho. Ellos representan la estructura y la función del Estado Total.

En el Totalitarismo y el Fascismo, “el hombre del montón es un hombre de la masa, y la característica principal del hombre-masa no es la brutalidad ni el atraso, sino su aislamiento y su falta de relaciones sociales”. El poder no consiste en la instrumentalización de la voluntad plural o social, para alcanzar unos fines determinados, sino en la formación de una voluntad común orientada al entendimiento. Una voluntad que pone en el centro de las relaciones comunitarias al dialogo. 

En una sociedad democrática “el poder se deriva de la capacidad de actuar en común”. También en la voluntad de dialogar en común. Además, “el poder surge allí donde las personas se juntan y actúan concertadamente”. La política en tanto que, ejercicio público, contiene en su telos un fin práctico: la conducción de una vida buena y justa en la esfera social.

Según Arendt, el Nazismo no debe nada a ninguna parte de la tradición occidental, sea germana o no, sea católica o protestante, sea cristiana, griega o romana. Nos gusten más o menos Tomás de Aquino, Maquiavelo, Lutero, Kant, Hegel o Nietzsche […], lo cierto es que ninguno de ellos tiene la más mínima responsabilidad por lo ocurrido en los campos de exterminio. En términos ideológicos, el nazismo comienza sin ninguna base en la tradición, y convendría tomar conciencia del peligro que entraña esta negación de toda tradición, que fue el rasgo principal del nazismo desde su comienzo. 

Dijo el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, en Davos recientemente: Que, “en lugar de lamentarse por el regreso de los imperios depredadores, Canadá propone «construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esa es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de verdadera cooperación. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos».

Pero también les diré que los demás países, en particular las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.

En un mundo marcado por la rivalidad entre las grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía que tenga peso.

Es nombrar la realidad. Dejar de invocar el «orden internacional basado en normas» como si aún funcionara tal y como se nos presenta. Llamar al sistema por su nombre: un período de intensificación de la rivalidad entre las grandes potencias, en el que las más fuertes actúan según sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción.

Se trata de reducir la influencia que permite la coacción. Todo gobierno debería dar prioridad a la creación de una economía nacional fuerte. La diversificación internacional no es sólo una cuestión de prudencia económica, sino también la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posiciones de principio al reducir su vulnerabilidad a las represalias.

                       El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad”.

En un mundo polarizado donde prevalece la fuerza, el chantaje, la coacción, el odio, la discriminación, la militarización de los grandes imperios, las potencias medias y países periféricos, deben estar unidos para alcanzar en común lo mejor para sus pueblos. Y, no olvidar que,

Se percibe y trae a la palabra, al dialogo y al entendimiento común, lo que es inherente a la poiesis, a todo habla del ser: que, siendo “la más inocente” de todas las ocupaciones, es “el más peligroso de todos los bienes”.

Antonio Mercado Flórez. Filósofo. Politólogo y Especialista en Relaciones Internacionales. Profesor universitario.

jueves, 22 de enero de 2026

La encrucijada del hombre actual ante la Inteligencia Artificial


Madrid-España a 20/01/2023



Antonio Mercado Flórez.

Después de largos espacios de tiempo, la Inteligencia Artificial nos ha tomado por sorpresa. Porque estaba confinada a unos pocos especialistas: Ingenieros informáticos, computacionales, filósofos o personas cultas ilustradas. Con la revolución de los mass-media, Internet y las redes sociales, la IA abarca un espacio más amplio en la vida educativa, privada, social, profesional y científica del ser humano. Ahora hace parte de la esfera económica, medica, política, jurídica, militar y social de las personas, los organismos internacionales y los Estados Modernos.

Preguntamos, ¿qué implica la IA en las esferas de la vida biológica, mental, espiritual de las personas en la actualidad? ¿qué preocupa a algunos de sus creadores, políticos, académicos, estudiantes, Academias de la lengua natural, científicos, líderes sociales en la actualidad?

La preocupación estriba que, la IA no tienda a la inteligencia humana, sino a algo diferente que encierra en sí un potencial enorme, que no comprendamos ni controlemos. Así que, “ontológicamente hablando – dice Asunción Gómez-Pérez- la IA posee dos ramas. Una es la simbólica, utiliza palabras, la ontología. Otra es subsimbólica, aprende. La primera razona y explica, la segunda, aprende”.

El miedo se revela con la segunda, que trascienda la capacidad cognitiva y de resolución de problemas que la inteligencia humana puede llevar a cabo. Por eso los científicos algorítmicos y computacionales, piden que se regule. Como Sam Alma, pero después de que su empresa Open IA, lanzara el ChatGPT, es decir, de poner el producto en el mercado. Aquí prevalecieron los intereses económicos y de poder tecnológico, ante la ética, la moral y la seguridad de la Humanidad.

De ahí que los peligros que representa la IA y la tecnocracia autoritaria, son variados y disimiles:

Ahora tenemos la destrucción de los pilares del Estado de Derecho y el Sistema democrático, que dan paso a las tecnocracias autoritarias y excluyentes. Socavan la libertad en las esferas de la vida privada y pública (la libertad de expresión, de pensar y de criticar, de educación y de investigación, etc.). También sustituyen decisiones importantes en la vida de los seres humanos (las hipotecas, el empleo, las políticas económicas, macro y microeconómicas), determinadas y dirigidas por algoritmos oscuros, que trascienden la libertad y las tomas de decisiones de los ciudadanos.

De ahí que el sistema sociopolítico y socio-técnico nacional-populista, tiene como objetivo debilitar la legitimidad democrática y derrotarla. Porque la tecnocracia autoritaria trata de apoderarse del Estado tecnológico absoluto, para desmontarlo y configurarlo de acuerdo a sus intereses políticos, económicos, tecnológicos, militares y culturales. Existe el peligro que un gobernante totalitario, autoritario, populista-autocrático, pueda ceder las tomas de decisiones respecto al uso de armas nucleares a la AI. Siendo grave para la paz mundial, porque se corre el riesgo de una hecatombe nuclear.

En Europa estamos viviendo la vuelta del nacionalismo, de las ideas supremacistas, xenófobas, racistas y excluyentes, que tienen como mascarada el miedo a la migración. Son un peligro no solo para el Estado de Derecho y el Sistema democrático, sino también para las ideas humanistas que se instauraron en el devenir de la historia de Occidente, con los ideales de la Ilustración. Edgar Morin dijo en una entrevista reciente que: “La IA puede dar miedo, pero temo sobre todo a la inteligencia humana superficial”. A las ideas desconectadas del mundo y la realidad, es decir, de la pluralidad de factores que las generan y apenas reflexionamos.

Que la barbarie del pensamiento es la superficialidad, que debe combatirse con la educación libertaria y democrática, basada en la relación de conocimientos. Que el ser humano, el Homo sapiens es, a la vez, Homo demens: en él se condensa la locura, el delirio y el exceso, que son posibles en las acciones humanas. La “luz” y la “oscuridad”, la “dulzura” y la “maldad”, son las dos caras de la misma moneda del ser humano. Dice Morin: “Asistimos al delirio de los fanatismos que se multiplican, a la locura de las ilusiones que se creen racionales”.

En un mundo cada vez más tecnocrático, tecnológico, autoritario, polarizado en el orden internacional, donde predomina el nacional populismo, la idea de progreso y desarrollo es incapaz de concebir la complejidad de la realidad, y especialmente de las realidades humanas. Esto conduce inexorablemente al dogmatismo, al autoritarismo, al militarismo, la exclusión y al racismo. Que multiplican el delirio del fanatismo político, ideológico, y el exabrupto de las ilusiones y delirios que se creen lógicas y racionales. Como sucede actualmente con el Gobierno de Trump en los EE.UU. Con relación a los migrantes, los negros nacionales e internacionales, las minorías étnicas y los blancos empobrecidos.

De igual manera, el uso de la IA que le puedan dar los grupos terrorista, se convierte en algo preocupante para las sociedades actuales y la Gobernanza Mundial. Así que, la creación de armas de destrucción masiva entra en sus posibilidades; por tanto, la sustitución del discurso verdadero por el falso, atenta contra las democracias de las sociedades abiertas. También destruye la cohesión y la confianza de los ciudadanos en el Estado y sus instituciones públicas y privadas.

Además, la IA podría dividir el mundo entre países ricos con un potencial enorme en tecnología y, otros sin ella. Ello dificultaría la cooperación internacional y fragmentaría la geopolítica mundial. Más si observamos el tablero paleolítico mundial que se está armando liderado por EE. UU, Rusia y China, por posesionarse en zonas de influencias donde los recursos naturales, las tierras raras, el oro, el petróleo, el litio, etc., estén a disposición de los nuevos imperios mundiales. Asimismo, de la seguridad con respecto a una confrontación bélica. También se intensificaría la ciberguerra a escala mundial sin respeto a las normas internacionales. En consecuencia, la disuasión nuclear sería más difícil de aplicarse en la actualidad.

Así que, los riesgos son evidentes si la Gobernanza Mundial no actúa responsablemente ante un poder tan inconmensurable, que representa la IA. Estamos ante un riesgo enigmático e incalculable, una inteligencia más potente que la humana. En un mundo caótico, polarizado y agresivo gobernado por dictadores, por aristócratas tecnológicos y nacional-populistas, la cooperación internacional y los mecanismos de control, no están a la altura para responder a los “espíritus algorítmicos” ni a la voluntad de poder ciega y malévola, como la actual.

De ahí que en pocos espacios de tiempo la IA sea imposible de controlar y ponerla al servicio de la Humanidad.

Que en nuestra época la IA trascienda lo alcanzado en el siglo XIX y XX, significa que abarca todas las variables de la experiencia, el conocimiento y la sabiduría humana. Observamos que el fuerte está que cae y sí es conquistada cada una de sus ciudadelas; es decir, si el cerebro es tomado por la IA y, los poderes tecnológicos y digitales que la dominan determinaran la vida, la naturaleza, el mundo y su realidad; la humanidad como especie estaría en peligro de extinción.

Estará gobernada por una especie de Titanes y de colectivo titánico, que arrasaran todo lo que encuentren a su paso. Porque necesitan espacio para construir un mundo nuevo, unas sociedades diferentes y un nuevo Orden Internacional que obedezca al Poder de las Tecnologías Digitales y, al Gran Poder Político, Militar y Económico Mundial.

Este período de cambios generados por la tecnología y, en particular, por la IA, repercuten en “el estado transitorio e inestable del tiempo y la identidad personal, del yo y la muerte física, influyen en la condición y las posibilidades del lenguaje”. Atravesamos un período de cambios creados por la influencia de las tecnologías en la vida de los seres humanos. Que no sólo están modificando las estructuras sintácticas de la percepción, ante todo, las formas de comunicación. Vivimos y se expresan en los medios electrónicos de comunicación inmediata y simultánea o, las redes sociales: Facebook, X, Instagram, WhatsApp, etc.

Esto es grave porque la imaginación, la mente, los sentimientos, lo simbólico, lo lúdico, las reflexiones del pensar, son sintácticos y morfológicos, que responden a las estructuras biológicas de las lenguas naturales.

Preguntamos, ¿si el lenguaje pierde algo de su energía propiciado por los lenguajes digitales, las imágenes pictóricas en movimiento y la IA, los hombres se volverían menos humano? Esto significaría una catástrofe cósmica, una tragedia fundamental para el sentido de humanidad, el tejido de la existencia individual y del lenguaje natural. En este orden, los que ejercen el Poder Mundial y las Corporaciones Digitales, desconocen que existe un espacio del “Yo” como misterio de la vida y la muerte, que es irreductible a las máquinas, los algoritmos, la velocidad, los lenguajes digitales, la robótica y la IA.

José Mª Lasalle cree que, en el trascurso del siglo XXI, es inevitable la aparición de un Ciberleviatán. Y, en consecuencia, traerá malestar, incertidumbre, caos, sufrimiento y miedo, porque ruptura los relatos establecidos, el statu quo y volatiza los puntos de orientación y las bases materiales o teóricas, donde nos asentamos. Asimismo, instaurará una dictadura sin violencia sin tortura, estableciendo un nuevo orden de Vida. Así, en la esfera política (del ciudadano, el Estado, las instituciones y la sociedad), no habrá ni debate, tampoco conflicto, como producto requerido por la aclamación y no por la deliberación, la crítica y el juicio. Se convierte en una civilización tecnológica que responde a las apetencias de una “selecta minoría” que gasta y concentra la energía del mundo actual.

Sabemos que en esta época el hombre perdió la Gracia y el Don de escuchar la palabra de Dios. Las palabras saturadas de mentiras y atrocidades difícilmente pueden expresar las esperanzas y necesidades humanas e intuir la veneración. Así que, “el espíritu que trata de comprender la realidad no puede darse por satisfecho hasta que la reduzca a términos de pensamiento”. Solo escuchamos como ladridos de perros en medio de la noche, el lamento del espíritu de la lengua.

En esta barbarie del lenguaje, del pensamiento y la dignidad humana, George Steiner tuvo la honradez de decir: “Las palabras saturadas de mentiras y atrocidades difícilmente pueden resumir la vida”. Porque comprende la relevancia del lenguaje en la vida del ser humano. Thomas Mann lo dijo en la conferencia de 1929 sobre Leasing: “Un arte que se sirve del lenguaje como instrumento producirá siempre creaciones extremadamente críticas, pues la lengua es en sí misma una crítica de la vida: la nombra, la toca, la designa y la juzga, en la medida en que le otorga vida”.

Estamos inmersos en una turbulenta corriente lingüística donde los medios técnicos de la comunicación, la sociedad de masas, la cultura de masas, las políticas económicas y financieras globales, la IA, determinan las dinámicas de las sociedades modernas y la vida de las personas. De igual modo, los cambios que afectan a la experiencia de la comunicación prefiguran las modificaciones en los hábitos lingüísticos. Sabemos que la civilización occidental en el transcurso del siglo XX, posibilitó la fractura de la estructura de los recursos verbales. En consecuencia, el vaciamiento de la palabra diluyó la unidad del sujeto parlante.

Además, la algarabía de la palabra vana, la información llana y simple, las imágenes en movimiento, están sustituyendo a la palabra restauradora de sentido, es decir, a la conversación. Esta mutación de los recursos lingüísticos no responde a las expectativas psicológicas, morales, sociales, políticas e históricas del ser humano. Como lo expresó Steiner: “En vez de estilo hay retórica. En vez de uso común y preciso, jerga”.

Este aletargamiento de los hábitos, las costumbres lingüísticas, opacó el asombro vocálico donde los sonidos se convierten en colores ideales.

Llegados a este punto del desarrollo informacional de la IA, se pronostica que, las máquinas inteligentes serán más competitivas que los seres humanos. Así, el uso del software por los humanos superará a la computación orgánica. Uno de los problemas que nos planteamos en la actualidad es, el implante neuronal para la cognición y la percepción. Que, para algunos científicos informacionales, filósofos o estudiosos de la IA, los seres humanos serán manipulados, coaccionados, uniformados y disciplinados, de acuerdo a los intereses económicos, políticos, militares y tecnológicos, de las Grandes Compañías Tecnológicas o, por el Estado técnico absoluto.

Ahora bien, los que tengan el implante neuronal podrán comunicarse con los demás seres humanos que lo poseen y, quien no lo tenga estará rezagado en la vida privada, profesional y pública. Además, la definición de homo sapiens cambiará y la Inteligencia Artificial se fusionará con la biología humana, y dará lugar a una significación híbrida del concepto de ser humano. Así que, las máquinas inteligentes argumentarán que son humanas, ya que fueron creadas a partir de la inteligencia humana. Que son humanos porque sus cerebros son copias de metal y cilicio del cerebro del hombre.

A partir de aquí, se abre el debate sobre los límites éticos de las máquinas inteligentes en las discusiones políticas y filosóficas más importantes de los momentos actuales. Esto quiere decir que, si la humanidad se desarrolló a partir de organismos unicelulares a un ritmo exponencial (describe un proceso donde el crecimiento o decrecimiento) se aceleran constantemente porque es proporcional al tamaño de la cantidad.

Expresan algunos científicos en IA, que los seres humanos podemos desarrollarnos hasta cierto punto debido a nuestras limitaciones biológicas. En cambio, con la tecnología los humanos trascienden dichos obstáculos y posiblemente surgirá el peligro de producir máquinas más inteligentes que los humanos. Esto es, estamos abocados según algunos científicos en IA, que las máquinas y los seres humanos se fusionarán a finales del siglo XXI.

De otra parte, estamos observando como un número de personas, se vale de la literatura, el arte, la teología, la filosofía, de la ética, del espíritu y la música, para soportar las energías destructoras del mundo técnico y científico, económico y militar. Esto es digno de admiración y respeto en sociedades enloquecidas por el mundo dineral, la praxis política, las bellas materias y las tecnologías de la información, la industria armamentística, la comunicación llana y simultanea o, la IA.

Así nos damos cuenta que en las superficies del mundo ya se están sintiendo sus partes blandas; son síntomas que indican que soñando nos acercamos a un nuevo despertar.

Antonio Mercado Flórez es Filosofo, politólogo y especialista en relaciones internacionales. Profesor universitario. Escribió el texto: “Sobre el dolor, el miedo y la muerte. Aproximación cultural a la época actual”. (2017), Editorial Mundo Palabras. Terminó dos textos más que denomina: “Carta sobre el <Humanismo> de Martín Heidegger. El ámbito de la cultura en el espacio de la técnica en la Época Moderna”. Y, otro que llama: “La lengua herida. El lenguaje en el ámbito de la técnica”. Posee un blog en Google: “El Umbral de las Ideas”.

sábado, 10 de enero de 2026

LA BANALIDAD DEL MAL

 

                                             

                                                        Madrid – España 09/12/2025

                     La libertad y la justicia son los principios básicos de la política”

                                                                          Hannah Arendt

                       Se trata de dejar el mundo mejor que como lo encontramos

¡Tener presente que las reflexiones del pensamiento, la bondad y el amor, son ofrendas de los dioses a los hombres!

                                                                      Antonio Mercado Flórez

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Hace cincuenta años que, en Nueva York, murió Hannah Arendt (1906-1975). Filosofa alemana, politóloga, historiadora de las ideas políticas, escritora, socióloga, crítica de arte, de literatura, de poesía, etc. Trabajó iluminaciones de autores como Bertolt Brech, Herman Broch, Nathalie Sarraute y Rainer María Rilke, entre otros. Es considerada en la actualidad como una de las filosofas más influyentes del siglo XX. Escribió obras como Los orígenes del Totalitarismo (1951), La condición humana (1958), Eichmann en Jerusalén (1963), Sobre la violencia (1970), Sobre la revolución (1963), La vida del espíritu (1977), Crisis de la república (1972), Responsabilidad y juicio (2003), Hombres en tiempos de oscuridad (1968), ¿Qué es la política? (1963), La libertad de ser libres (2018), Escritos judíos (2007), Entre el pasado y el futuro (1954), entre otros.

Arendt defendió la discusión política libre y el “pluralismo político. Porque generan las potencias de la libertad e igualdad entre las personas. Que ha de incentivar la vida en común y la inclusión del otro, en acuerdos políticos, convenios y leyes. Desde otra perspectiva, es importante resaltar que la época en que escribe está marcada por el ascenso de la sociedad de masas, la cultura de masas, y el paso de la sociedad a la sociedad de masas, la técnica y la ciencia, que le posibilitan una reflexión sobre el papel del arte y la cultura en el Mundo Moderno. El arte en su pensamiento es fundamental, porque contribuye a entender el contexto histórico, político y cultural, en el que escribe. El arte y la cultura y, en general, la estética, son importantes en los movimientos de su pensamiento.

Ahora bien, Arendt en su obra Eichmann en Jerusalén reflexiona sobre la banalidad del mal para entender la ambigüedad del concepto de maldad. Por el cual algunas personas pueden ser manipuladas por conceptos vacíos, triviales, sobre lo bueno y lo malo. Así, cuya banalidad no excluye la crueldad de sus efectos. Acuñó la palabra banalidad del mal en referencia al juicio que en Jerusalén le hicieron a Eichmann. Que lejos de significar que el mal no tiene importancia, representa que empieza a tornarse banal cuando se considera que deriva de alguna “verdad”. Que proviene del Estado, del Führer, del partido o, la moral social aceptada. No se cuestiona porque viole lo legítimo y legalmente constituido como “verdad” ante la sociedad. Ya que todo en el Estado totalitario se politiza.

Las personas que cometen actos monstruosos, horrorosos, son individuos comunes y corrientes, insignificantes, superficiales, sin ningún fundamento teórico o practico, sobre la realidad y el mundo. Por eso, la banalidad del mal se enraíza en las instituciones sociales, políticas, jurídicas o culturales –el Estado, el ejército, la policía, los grupos de seguridad del Estado, la universidad, el Orden Jurídico, la administración pública o, en los ciudadanos de “bien”, etc. Que se valen de personas vacías y anodinas para que ruede la ruedecita del engranaje del Sistema.

Necesitan de una inteligencia precisa, de buena calidad. En este sentido, hay en todos los asuntos de la práctica un cierto número de seres humanos que forman la pequeña y bien diseñada ruedecita que da impulso y trabajo a la obra –dijo Ernst Jünger. En ellos se encarna cierta ironía y frialdad al impartir órdenes. Cada uno de los seres humanos encuentra en la vida el puesto que le resulta adecuado. Nacemos exactamente con el potencial social que haremos realidad. A estas personas el mundo se les presenta como una arquitectura confusa.

Así que, “hay un único factor que es terrible en todos los tiempos y que nunca deja de serlo –el ser humano; las armas son únicamente miembros que le han sido adosados y sentimientos a los que se les ha otorgado forma”. Así que, la banalidad del mal es la expresión de la “pura” maldad, en la ferocidad de los actos humanos. Heidegger señaló: “La esencia de la maldad no consiste en lo malvado de los actos humanos, sino en la “pura” maldad de la ferocidad”. Por eso se originan en la parte oscura e inconsciente del corazón y el cerebro humano. Quien lleva a cabo estos actos abominables, en su mayoría no son conscientes de lo que hacen, bien por falta de educación, de ilustración cultural o, de capacidad de pensar. Bien porque han extirpado del alma y del corazón la “zona de la sentimentalidad”.

Recordemos que el concepto de alma para los griegos psyché era el principio del movimiento interno que potenciaba la vida. Este tipo de hombre de gustos gruesos y barbaros activa la psyché para develar en sus acciones lo bestial y los instintos asesinos que moran en ella.

Cuenta George Steiner que el escritor Arthur Kloestler, estaba convencido de que “el cerebro consta de dos partes: una pequeña parte ética y racional (todavía muy pequeña y una enorme trastienda cerebral, bestial, animal, territorial, cargada de miedos, de irracionalidades, de instintos asesinos, y que harían falta millones de años para que la evolución moral alcance nuestra condición, nuestras técnicas de agresión y destrucción”.

Es evidente que el desarrollo científico, la técnica, la prosperidad, el confort, la paz, en la cultura occidental, no son indiferentes al mal, a la violencia o a la guerra, pero no exclusivamente. Walter Benjamín dijo: “Todo lo que abarca el arte y la ciencia tiene una procedencia que no podrá considerarse sin horror. Debe su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios que lo han creado, sino en mayor o en menor grado a la prestación anónima de sus contemporáneos. Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea al mismo tiempo de la barbarie. Si la ciencia es el fundamento de la técnica. Resulta patente que ésta no es un hecho puramente científico-natural. Al mismo tiempo es un hecho histórico”.

Así que, la técnica sirve al Estado totalitario no sólo para la producción de mercancías, sino también para producir armas, tanques, misiles, carreteras o cámaras de gas, entre otros. Las energías que la técnica desarrolla más allá de las necesidades de la sociedad. En primera línea favorecen la técnica de la guerra y su preparación publicitaria. El siglo pasado no fue consciente de las energías destructoras de la técnica. 

El Estado nazi la utilizó en los campos de exterminio y las cámaras de gas, para asesinar a millones de judíos y minorías étnicas y, éste los presentaba con el barniz de una muerte indolora. Es el colmo de la ironía y lo inhumano ante la dignidad y el respeto a la vida del otro. Sabemos que el demonio utiliza varias máscaras y éste utilizó la del sufrimiento, el dolor, la tortura y la muerte.

Según Arendt, le impresionó sobremanera la superficialidad del acusado, que hacía imposible vincular la maldad de sus actos a ningún nivel más profundo de motivación. Los actos fueron monstruosos, pero el responsable –al menos el responsable efectivo que estaba siendo juzgado- era totalmente corriente, del montón, ni demoníaco ni monstruoso. No había ningún signo en él de firmes convicciones ideológicas ni de motivaciones especialmente malignas, y la única característica notable que se podía detectar en su comportamiento pasado y en el que manifestó a lo largo del juicio y de los exámenes policiales anteriores al mismo fue algo enteramente negativo: no era estupidez, sino falta de reflexión.

En este sentido, ni el hombre civilizado hijo de la cultura greco-romana y judeo-cristiana, ni el hombre culto, ni el hombre creyente, ni el hombre común, pudo controlar o parar la bestialidad política de la banalidad del mal. El burócrata que la ejecuta era un ser humano “con las mismas cualidades de agresión, de brutalidad, de astucia y de inventiva estratégica”, que aquel que lucha en la guerra por conservar la vida. 

La banalidad del mal tomó máscaras nuevas en los Estados contemporáneos. Desveló que el estilo de vida burocratizada lleva en sí como un germen maligno, la deshumanización de los hombres. Benjamín piensa que, la cosificación no sólo hace opacas las relaciones entre los hombres; sino que además envuelve en niebla a los sujetos reales de dichas relaciones. Entre los que detentan el poder en la vida económica y los trabajadores se desliza todo un aparato de burocracias administrativas y jurídicas, cuyos miembros no son capaces de desempeñar funciones en cuanto sujetos morales plenamente responsables; su conciencia de responsabilidad no es otra cosa que, la expresión inconsciente de ese encanijamiento.

Preguntamos, ¿por qué Eichmann fue incapaz de sentirse culpable como si no tuviera consciencia? Porque la conciencia de la sociedad que le hablaba era una voz respetable. De ahí que actuaba amparado por las órdenes que recibía. Eran órdenes superiores que determinaban sus sentimientos, su conducta y acciones. Y, eran tan fuertes que su incapacidad de pensar y juzgar, le imposibilitaban cuestionar el “sentido” de sus acciones. Además, el pensamiento como la actividad espiritual de autorreflexión que busca el “significado” en el sentido Kantiano, brillaba por su ausencia.

Así, el burócrata sólo conoce una falta, trasgredir el orden, lo legítimo y legalmente constituido por el Gran Poder Totalitario. La lógica del burócrata expresa: si no lo hago yo, otro lo llevará a cabo. Existe entonces una relación entre la estadística y el criminal en el Estado totalitario. Pues, el genocidio es una matanza administrativa y estadística que responde a las apetencias del Estado Totalitario. Ellos son personas siniestras y abominables, su capacidad de pensar la sustituyen por el cumplimiento de las normas y las reglas.

Cuenta Viktor E. Frankl (1995), que en los campos de concentración había individuos dispuestos a torturar o matar. De ahí que la élite del partido nazi competía por el honor de llevar a cabo el dolor, el sufrimiento y la sangría, al otro ser humano. A Eichmann lo que le hacía sentir mal y culpable, era trasgredir el orden y las normas establecidas, no lo moralmente incorrecto. Así, cuando ordenaba gasear a miles de judíos, se sentía feliz y orgulloso, de haber cumplido con su deber.

Es posible afirma Steiner, que aún no hayamos podido encontrar al hombre una salida para su enorme energía animal que, en la rutina de la monotonía, de la mediocridad sexual de la mayor parte de las vidas, busca afirmarse. Como si la cultura para algunos fuera algo superficial y fugaz, un amontonar y no la cualidad del ser y la existencia que posibilita la experiencia, la imaginación, y “la posesión de un conjunto elásticos de sistemas que confieren la intuición, el dominio y la valoración de la realidad”, para la creación. Por eso, los filósofos la perciben como una cualidad del ser, que permite trascender la vida instintiva, animal y agresiva del ser humano.

Sigmund Freud creyó que, el estrato entre la civilización y la barbarie, la cultura y la animalidad política, era muy delgado. Que la cultura y la civilización, no podrían resistir a las pulsiones más profundas de destrucción y sadismo del ser humano. Como expresó Steiner: “El animal humano es muy perezoso, probablemente de gustos muy primitivos, mientras que la cultura es exigente, cruel por el trabajo que exige”.

Bueno, ¿qué buscan los que incrementan el miedo, el dolor y la muerte, en la sociedad? Que el hombre desista de sus sentimientos, de la libertad y de la autonomía de la voluntad, como del pensamiento crítico que los enfrenta a la realidad y a los requerimientos más profundos de la condición humana. Además, Eichmann representaba la ausencia de pensamiento –que es común en nuestra vida cotidiana, donde apenas tenemos el tiempo, y menos aún la propensión, de detenernos y pensar.

En el Estado absoluto tecnológico y totalitario, donde se es una pieza más del engranaje del Sistema, es imposible detenerse y pensar. Porque el capitalismo industrial y empresarial, el conocimiento y la técnica, el capital financiero, se politizan y, lo que desean es configurar en la sociedad un hombre banal, mediocre, frustrado, uniforme y con miedo, que no altere la función del Estado. Que no se atreva a actuar, hablar o pensar, ya que el peso de las imágenes, de las instituciones, de los modelos de conducta y del ejercicio del poder, lo paralizan. Porque lo que le espera es el exilio, la cárcel, la tortura o la muerte.

En este orden de ideas, “el miedo es uno de los síntomas de nuestro tiempo. La consternación causada por el miedo es tanto mayor cuanto que ese miedo viene a continuación de una época en la cual hubo una gran libertad individual”. Además, ¿qué buscan los que incrementan el miedo, el dolor, el sufrimiento, la tortura o la muerte? No es sólo la parálisis del pensamiento, sino también de actuar y soñar. Que el hombre desista de la imaginación, de la libertad y la deposite en el Estado y las instituciones, el partido y la hybris del progreso y las comodidades técnicas. Porque se proponen convertir a los seres humanos, en seres vacíos, pusilánimes, disciplinados, ante el gran despliegue del Gran Poder Total.

De hecho, en la actualidad, la estadistica, el maquinismo, el automatismo, la disciplina militar, la demagogia, los lenguajes digitales, son las esferas en las que se manifiesta el ejercicio del poder. Jünger dice, el automatismo y el miedo van estrechamente unidos, por cuanto el ser humano coarta sus propias decisiones en beneficio de las facilidades técnicas. Pero también aumenta, y ello de manera necesaria, la pérdida de la libertad.

La Época Moderna concatenó el progreso, la técnica y el automatismo, con la superficialidad de los hombres del común. Porque les falta la capacidad de reflexionar sobre los hechos de la vida cotidiana. Así que, esos hombres que incrementan el dolor, el miedo y la muerte, los define Arendt como hombres totalmente corrientes, del montón, ni demoníacos ni monstruosos.

Ahora bien, ¿qué está en juego en un Estado totalitario? Fundamentalmente el pensamiento y la libertad individual. Pero nuestra capacidad de pensar no está en juego; somos lo que los hombres han sido siempre –seres pensantes. Con esto se entiende, simplemente, que los hombres tienen una inclinación, una necesidad quizá, de pensar más allá de los límites del saber, de ejercer esta capacidad para algo más que ser un simple instrumento para hacer y conocer.

Así que, a los hombres banales no sólo les falta la reflexión, sino que ajustan sus vidas y conductas a estereotipos, expresiones estandarizadas, clichés, ya que cumplen la función social reconocida de protegerlos frente a la realidad; o, lo que lo mismo, frente a los requerimientos de nuestra atención del pensar que ejercen todos los hechos y acontecimientos en virtud de su misma existencia. “Si tuviéramos que ceder continuamente a estas solicitudes acabaríamos agotados; en cambio, Eichmann se distinguía del resto de nosotros únicamente en que ignoró del todo estos requerimientos”.

Por eso es necesario que nos desprendamos de ciertas creencias, conceptos y razonamientos; porque al examinarlos críticamente, resultan, en ocasiones, mucho menos firmes, y su significado e implicaciones, mucho menos claros y firmes que lo que parecían a primera vista. Al analizarlas y cuestionarlas, los filósofos amplían el autoconocimiento del hombre –dijo Isaiah Berlin.

Sí llegamos a desprendernos de ellos, quizá, nuestra capacidad de pensar nos eleve más allá de la realidad y de la vida, que responda a los requerimientos de la exigencia vital. Quizá esta capacidad como algo natural al hombre posibilite “exiliarse en esa sobre naturaleza”, que Eugenio Trías “llamó mundo, mundo humano, mundo de vida saturada de inteligencia lingüística, técnica y simbólica”.

No para huir de la banalidad del mal, individual, institucional o social, sino para encontrar las categorías fundamentales de la existencia y la realidad, que posibiliten enfrentarlo con tenacidad. Y ser seres conscientes que estos hombres superfluos, banales e irreflexivos, son instrumentos de “la pura maldad de la ferocidad”. Esa que, en los tiempos primitivos, mágicos o divinos, devela la inteligencia simbólica del hombre.

Los que llevan a cabo los actos de la “pura maldad de la ferocidad”, son en su mayoría hombres mediocres, anodinos, en la sociedad. Individuos incapaces de pensar y, su característica esencial, consiste, en adolecer de la capacidad de juzgar. De distinguir en términos racionales lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo y, donde se encuentran las líneas “rojas” que limitan el comportamiento humano. Expresó Arendt: “Los actos fueron monstruosos, pero el responsable era totalmente corriente, del montón, ni demoníaco ni monstruoso”.

El “puro” mal es uno de los síntomas de nuestro tiempo. Un fenómeno intrínseco a la naturaleza humana desde el Primer Adán. Ahora porta sus máscaras propias: los campos de internamiento, las matanzas de obreros, el exterminio de pueblos, la muerte de campesinos, las deportaciones masivas, los asesinatos selectivos o de estudiantes; también a los inmigrantes, los indigentes de las Grandes ciudades, etc. Y vemos cómo la crueldad se convirtió en elemento constitutivo de la banalidad del mal y de las nuevas formaciones del ejercicio del poder.

Así que, la banalidad del mal se hermana con la crueldad, y lo percibimos en la razón de acuerdo a fines, la esfera económica, geopolítica en hombres monstruosos y banales como Donald Trump o Vladimir Putin. Así que, todos los movimientos autoritarios y totalitarios se apoderan de las cosmovisiones e ideologías y, las convierten a través del terror, en nuevas formas de Estado. Es lo que pasa actualmente en Estados Unidos con los inmigrantes, los indocumentados y las minorías étnicas blancas y negras empobrecidas. Esto lo realizó el nazismo y el estalinismo en el siglo XX.

Y, lo más sorprendente es, que la banalidad del mal se convirtió en parte constitutiva de la vida cotidiana, de las instituciones, de los medios de comunicación, de las redes sociales y del Estado. Se trata de ver, por otra parte, que el pensamiento racional que está ligado a la ciencia y a la técnica, es un pensamiento cruel. Que responde a las apetencias del Gran Poder Tecnológico: político, económico y militar.

En un mundo como éste observamos como “el Estado permanentemente somete a una parte de su población a intromisiones horrorosas”. Deportaciones, saqueos, expropiaciones, violaciones, torturas, sufrimientos o muerte. Las nuevas formaciones de poder lo que buscan, no es sólo la distancia entre los seres humanos, sino incrementar la deshumanización entre ellos. Y sólo se puede revelar la banalidad de la crueldad, si nos valemos de la vida saturada de inteligencia lingüística, mágica y simbólica.

Por tanto, estas esferas del saber y de las experiencias compartidas, posibilitan que todavía haya en las sociedades modernas, personas capaces de ver las perdidas: la aniquilación del valor, de la “zona de la sentimentalidad”, la estandarización de la sociedad o, la parálisis de los movimientos espirituales del pensamiento.

Sabemos que la capacidad de distinguir, el bien del mal, está ligada a la de reflexionar, esto es, al pensar. Así, el hombre que vive inmerso en la vida cotidiana (el trabajo, el consumo, el sexo, el alcohol, la droga, las imágenes, las redes sociales, las plataformas digitales, el ocio vacío, el “Kitsch”, etc.), no tiene tiempo para detenerse y pensar. Porque hace parte de los movimientos y la velocidad que imponen los instrumentos técnicos de los que ejercen el poder mundial.

Además, la banalidad del mal no sólo se manifiesta en las instituciones y sus agentes de violencia, en los campos de concentración, en la guerra, sino también en la vida cotidiana que establece el Gran Poder Totalitario. Que no posibilita divisar la historia y la frontera del mundo, para distinguir en términos morales el bien del mal, lo aquende y allende de la historia.

Arendt ve a Eichmann de la siguiente manera: “Todo lo que “hace” o “dice”, está supeditado a “estereotipos, frases hechas, a códigos de conducta y de expresión estandarizadas que cumplen la función socialmente reconocida de protegerlo frente a la realidad, es decir, frente a los requerimientos del pensamiento que ejercen los hechos, en virtud de su existencia. 

Existe un abismo entre los hombres de concepciones brillantes y profundas y, los hombres de actos brutales y bestiales, que ninguna explicación intelectual puede resolver”. Este tipo de hombres extirpa como un tumor maligno las esferas de la sentimentalidad. El problema radica, no tanto en dormir su consciencia, como en eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico.

El truco utilizado por Himmler consistía en invertir la dirección de estos instintos, o sea, en dirigirlos hacia el propio sujeto activo. Por esto, los asesinos, en vez de decir: ¡Que horrible es lo que hago a los demás!, decían: ¡Que horribles espectáculos tengo que contemplar en cumplimiento de mi deber, cuan dura es mi misión! (Sissi Cano Cabildo).              

Resulta comprensible que se haga del gusano el símbolo del dolor y que se compare con un gusano al hombre que sufre indefenso. Está en primer lugar la posición, completamente a ras de suelo, una posición en la que se encarna lo inferior y en la que no se disfruta, como en caso de las serpientes, ni de una marcha rápida ni de escamas ni de armas. Está en segundo lugar la piel desnuda, carente de pelo, falta de toda protección, y está además la ceguera, y está sobre todo la contorsión, que hace que el cuerpo entero se convierta en espejo de la sensación que se experimenta –expresó Jünger.

En los campos de concentración existía una amalgama de hombres brutales, horrendos y salvajes, y aquellos banales e insignificantes en el trabajo y la vida cotidiana. Que, siguiendo las prescripciones y los códigos de conducta establecidos por el Gran Poder Total, fueron capaces de cometer los crimines más horrendos de la humanidad. Ese abismo se ahonda, cuando el pensar, la imaginación, la sentimentalidad y la experiencia, no son capaces de contener eso que, George Steiner llamó: la Soha.

Ahora bien, ¿por qué el vacío conceptual, ideológico y de comportamientos antihumanos, lo llenaron los campos de concentración, la tortura, la mentira organizada y sistematizada, la demagogia, la supresión del pensamiento y del lenguaje? ¿por qué no fue suficiente los horrores del presente? Porque resultó difícil guardar el modo propio de ser. Porque la riqueza que forma parte de éste no es sólo incomparablemente más valiosa. Es el manantial que brota de las profundidades de cualquier riqueza visible. Olvidamos que los hombres somos hermanos, pero no iguales. Que existen dentro de las masas personas que por naturaleza son ricas de espíritu, bondadosas, felices o poderosas; que conducen a poderes nuevos y riquezas nuevas, a repartos nuevos. (Jünger).

Que el modo propio de ser del hombre no es, en efecto, únicamente creador, benefactor, sino también destructor, es su daimonion. Que existen tipos humanos que mantienen una relación especial con el sufrimiento, el dolor y la muerte. Sino tener presente que el hombre no representa una excepción, no es una minoría selecta. Antes, al contrario, se halla oculto en el interior de todos y cada uno de nosotros. También es posible dar al ritmo superior de la historia la interpretación siguiente: el ser humano se redescubre a sí mismo periódicamente. Desde los tiempos más remotos viene repitiéndose una y otra vez el mismo espectáculo: el hombre se quita la máscara y a ese acto sigue la jovialidad, la cual es el reflejo luminoso de la libertad. (Jünger).

De lo que se trata es, que, de lo único que el hombre sale garante hoy es de sí mismo. Y es ahora cuando se convierte en el antagonista del Estado, más aún, en su domeñador, en su vencedor. Se ha llegado a una concepción nueva del ejercicio del poder, se ha llegado a “unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantearles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que nada tiene que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra”

Tener consciencia que la libertad del ser humano se enfrenta a unos tipos de violencia que se han modificado en la actualidad. Dar el primer paso para salir del mundo dominado por la estadística, la vigilancia, la cosificación y el ejercicio del poder; y un segundo paso, que la libertad nos ayude a salir de las abstracciones, las funciones y las divisiones del trabajo. También para desgarrar las ataduras del autoritarismo, del totalitarismo o el populismo, que niegan la libertad y los derechos individuales de las personas.

En última instancia, ¿cuál es el objetivo del Estado totalitario? Diluir en las instituciones y el Gran Poder Total la base que se halla por debajo de lo individual, que irradia las individuaciones. En este sentido, desgarrar todo lazo común y solidario, que posibilite otra “forma” y “sentido” de convivencia. Romper las redes sociales de pertenencia, que el yo se reconozca en el otro. Es decir, el otro puede ser el hermano, el amigo, la amada, el amado, la persona sola que sufre, el desamparado, el indigente material o espiritual. Se trata de dispensarles ayuda, el yo, el tú, el nosotros, porque se favorecen en lo imperecedero y eterno. En todo ello se corrobora el orden fundamental del mundo y de la existencia humana.

Sabemos que los hombres hacen parte de una Gran Mecánica que se desvela como una realidad amenazante; por así decir, está presta para aniquilarlos. Ser conscientes que todo racionalismo de los Estados, institucional, económico, político, social, técnico, científico o cultural; llevan al mecanismo que conduce a la crueldad, al dolor, al sufrimiento y la tortura que es, su consecuencia lógica. Pero, la persona individual concreta se las ingenia para romper el cerco y alcanzar lo justo, lo bello y lo bueno para el hombre.

No podemos olvidar que, el milagro siempre está presente, porque en medio de la cosificación, la vida vacía, la indiferencia ante el sufrimiento del otro, la objetivación de la vida y la tecnificación, aparece el ser humano y dispensa ayuda. Esas cosas no pueden perderse, de ellas vive el mundo. 

Ahora, ¿qué buscaba el Estado Total nazi? La destrucción del tejido moral de la cultura y la civilización occidental.