domingo, 16 de agosto de 2026

 

 

 

                                        ¿Es el hombre un ser fronterizo?

                                                            Madrid-España a 16/08/2026

“A todos los que sufren, sienten dolor y miedo, por las políticas de inmigración del Poder Total, el cual progresa en configuraciones cada vez mayores, a través de todas las resistencias. Y dejan a la vera del camino carnes flageladas, llanto, hambre, deportaciones o muerte. Este no es otro que la persona que sufre, y se encuentra desprotegido y solo y, cuya inseguridad es también total. Así que, es del miedo de lo que vive el gran despliegue del Poder Total, y la coacción adquiere especial eficacia en aquellos sitios donde se ha intensificado la sensibilidad”.

 Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 Este ensayo es una investigación interdisciplinaria sobre el lenguaje que está abriendo nuevos campos de indagación para comprender el enigma de la realidad (política, económica, militar, geoestratégica y cultural, en la actualidad) o, el tejido vivo de la existencia de la condición humana. El problema se centra que sí se modifican los universales históricos, se transforma la estructura general del Ser, del existir y del mundo que vivimos. Cambios que van desde la ontología hasta la epistemología.

De ahí que las transformaciones en los medios electrónicos de comunicación de masas (Facebook, WhatsApp, Instagram, X, etc.), son un fenómeno secundario. Frente a la psicología del pronombre de la primera persona, la consciencia de la muerte, el transcurso del tiempo, las convenciones de repetición y variación lingüística en las que se basan las técnicas de evocación.

Son sólo un fenómeno menor. Así pues, la comunicación humana no se puede reducir a un fenómeno de opinión, (político, económico, social, o de orden público), ya que toca la estructura profunda de la identidad del hombre. Así que, vale la pena recordar que “cuando nos interrogamos sobre el cuándo y el cómo del lenguaje, en realidad nos estamos planteando los orígenes de la humanidad del hombre”.

Los conceptos de Hombre y Lenguaje existen de manera entrelazada. El concepto de hombre pre-lingüístico –del hombre antes del hálito de la lengua- es una quimera. El hombre no se convierte en ser humano, al pasar al lingüístico. Porque la esencia del hombre es, enteramente instintiva, lingüística y racional. Recordemos que sí la estructura sintáctica de la percepción se modifica; se modifica también la forma de la comunicación.

Ahora bien, ¿Cuál es el estrato profundo que oculta el paso del lenguaje natural al lenguaje del artificio? Que la Vida y la Muerte se trivialicen. Sí los “efectos de la supresión de las inhibiciones verbales sobre la vitalidad y el núcleo misterioso del lenguaje” se profanan, el sentido de la existencia pierde valor. Así, la imagen que tenemos de la muerte, su dimensión poética o trascendente, se vulgariza. Con el auge de los lenguajes digitales o, del “logos” del artificio, está en juego la gramática del pasado, del presente y del futuro; el lenguaje natural como corrientes espirituales que nos permite “ser” y “estar”. Es decir, la naturaleza del Ser que desemboca en el lenguaje.

Se necesita en una sociedad como la nuestra, que “la imaginación puesto que es la única que comprende la analogía universal, o aquello que una religión mística llama correspondencia”, despierte de su sueño invernal y advenga al encuentro del hombre. Porque la civilización técnica del presente-actual, está sustituyendo las relaciones de sentido por relaciones artificiales. Sustituir al hombre que se inculpa así mismo y valora su hacer, por el que convierte su cuerpo en un campo de batalla y es capaz de dar la vida en sacrificio –por una ideología o un dogma-, se presenta a los recursos de la sensibilidad y la imaginación, como una desdicha fundamental. Por supuesto, el valor normativo o numérico no se puede convertir en el único telos del hombre contemporáneo.

A un pensador le está permitido imaginar y reflexionar, no comprometer lo que escribe a una ideología, a un partido, ni al imperativo moral de la sociedad. Se trata de no creer en el nacionalismo, el populismo y el patriotismo, porque son sólo un acto de fe. Por eso el pensador no debe hipotecar lo que escribe a una crítica del presente-ahora, sino de revelar la magia que encierra la realidad y la vida.

Observamos que el despilfarro de la energía vital está a la orden del día. Por tanto, captar la atmósfera que reina en el mundo contemporáneo, es tarea de espíritus sensibles y de la inteligencia general que presta atención a las cosas de la vida y de la realidad. En esta alta civilización abstracta hemos llegado a una concepción nueva de la existencia y de las relaciones de fuerza. Nos percatamos que el carácter instrumental de la técnica se está fusionando cada vez más, con el carácter instrumental de poder, y ésta mutación repercute en la naturaleza del ser humano.

Observamos, por ejemplo, que el valor artificial de la vida se sobrepone al auténtico de la existencia. En este estado de cosas se hace necesario, que el ser humano recurra a su mundo interior, al espíritu, lo Absoluto que mora en él. De lo contrario estaremos destinados a que fuerzas oscuras, abstractas y distantes nos dominen. Sí el lenguaje y el pensamiento no responden a las esperanzas y necesidades humanas, los hombres en pocos espacios de tiempo seremos criaturas deshumanizadas, victimas del sin sentido de la historia y los avatares de la existencia.

Quizá en esta época como pensó Stevenson, no necesitemos “códigos de normas” sino “un espíritu prevalecedor”; “no verdades” sino “un sentido de la verdad”; “no puntos de vista” sino “una visión”. O, tal vez valernos de Novalis cuando dijo: “El primer genio que penetró en sí mismo encontró aquí el germen típico de un mundo inconmensurable. Hizo un descubrimiento que no pudo ser sino el más extraordinario de la historia universal, con él comienza toda una nueva época de la humanidad, y solamente a partir de este nivel se hace posible una verdadera historia de la clase que fuere, pues el comienzo que hasta entonces se había recorrido constituye ahora un todo propio, enteramente explicable”.

La aventura de lo inexpresivo, del pensamiento y las vivencias del “Yo”; como ojo interior de todo “hacer” y “pensar”, lo confirma. Donde reflexionar o sentir se convierten en imágenes de colores refractadas en el espejo interior. Es la clase de personas que necesitamos, porque nos ofrendan la vida y el mundo como un Don gratuito de los Dioses. 

Se trata de develar que aquellos que defienden con bombos y platillos la hybris del progreso, la dynamis de los procesos y la primacía de la técnica, desconocen que el mundo interior del hombre, la sique (la psyché, “el alma humana”, la fuerza vital de un individuo), y su umbral perceptivo, están abriendo otros campos de visión, de existencia y realidad. Están “aflorando a la superficie, por el contrario, otras cuestiones que son distintas de las anteriores y más contundentes que ellas”.

Son las que brotan del Árbol adentro de la naturaleza humana, de la fuerza del espíritu, lo natural o eterno. Sacar a la luz, por ejemplo, la cuestión política o económica; y preguntarnos, ¿Cómo han tomado rostro de nuevo en la esencia de la técnica y las formas del ejercicio del poder? ¿Cómo la revolución técnica en las comunicaciones, la capacidad de control sobre la conducta y el pensamiento, tiende a la disolución de la coherencia interior del sujeto o, a apropiarse de la última ciudadela que falta por conquistar, el cerebro humano? La cuestión política, por así decir, no se interesa ya por la relación entre libertad y autoridad, libertad y necesidad, ni la búsqueda de una vida justa y digna, el amor al bien común y la justicia social.

Sino por convertir al ser humano en número o, cosa desechable y manipulable. O, en otras palabras, transformar la práctica política en espectáculo. No le importa suplir las esperanzas y necesidades humanas, sino la conversión de todo lo humano a estadística. Donde la conducta y el pensamiento estén controlados aún a larga distancia. Espero que el temple vital, no abandone al ser humano. Y contribuya a esclarecer el paso de las letras a las imágenes, del lenguaje espiritual al material –ahí es donde está el punto de inflexión entre el mundo creado por el espíritu y el creado por la lengua material.

Es deber moral esclarecer los medios y los fines de la investigación científica o, de la técnica o, de la política; además preguntarnos, ¿por qué la esencia de las cuestiones ha sufrido cambios tan profundos? Mi trabajo al servicio de la humanidad tiene que apoyarse en una elevada moralidad.

La manipulación política de la libertad, la propaganda autoritaria, los plebiscitos, los lenguajes digitales, en esta civilización abstracta “ponen de manifiesto el destronamiento político de las masas que el siglo XIX había desarrollado”. En las sociedades contemporáneas es visible una experiencia nueva de pobreza, abandono y soledad, en particular en la Gran ciudad. Asimismo, un desierto auditivo y perceptivo, que afecta a la esencia del hombre y de las sociedades.

Nos encontramos en un mundo donde las palabras no concuerdan con los hechos. Y el ámbito más evidente es, el de la política. De ahí que un mundo vigilado, dominado por la estadística y los instrumentos técnicos, determinado por gobernantes autoritarios y demagogos, se convierte en un lugar siniestro y adverso a la esencia del ser humano. Porque todo lo que somos y hemos sido está atravesado por el lenguaje. El lenguaje da forma a la realidad y, a la vez, es el filtro de la realidad y de la existencia. Cuando el lenguaje político lo corrompe, también corrompe la naturaleza espiritual del ser humano y se resiste a la verdad.

Se siente en la atmósfera que respiramos que la civilización técnica, de sociedades de masas y de cultura de masas, de nacionalismos exacerbados, agresivos donde predomina el racismo, el odio al Otro, al pobre, al migrante, al negro o al mestizo, ponen en funcionamiento un nuevo empleo de la violencia; escenificado en los medios de comunicación de masas, Internet, Facebook, Instagram, etc. Donde la propaganda invita al consumo desaforado, el desempleo deambula por la Gran ciudad, el hambre mendiga en las calles o, las puertas de las iglesias, la prostitución, la droga, el alcoholismo, la insalubridad, lo testifica.

Así pues, estas esferas del Espíritu de la Época, se corresponden con el tiempo frío, chato, alejado de la Gran ciudad. Aquí en este ámbito prevalecen las relaciones inconexas y distantes. Que George Simmel denominó: Distancia psicológica. Sabemos por estas cuestiones cuáles son las exigencias de nuestro tiempo, nuestro estado vital, sabemos muchas cosas más. En esos sitios donde además de prevalecer la mera fuerza de voluntad, la materia y el ejercicio del poder, “aparecen también rasgos espirituales, allí perdura un material antiguo”.

Como humanista pienso que, la búsqueda de la “dulzura” y la “luz” - (lo poético, la sabiduría o la cultura)-, debe anteponerse a la del fuego y la fuerza. Así que, no es el poder ni las armas el que otorga la recompensa más alta, sino el aedo. Un poema, una novela, un atardecer, un fragmento de felicidad, la luz del espíritu, la sonrisa de un ser humano, el tapiz de colores que teje y desteje el tiempo del mundo; quizá tengan más “peso” que los contenidos históricos, el poder o el dinero. Porque responden a necesidades psicológicas y morales del ser humano. De ahí que el lenguaje es el mecanismo de la literatura para la ficción de la historia, de la realidad y de la vida.

Ese material que acompaña al hombre desde la Antigüedad, tiene que ver con la fuerza del espíritu, la sensibilidad y la imaginación. Por eso “la atmósfera que reina en el mundo es contradictoria e inextricable –en unos sitios es prometeica, con grandes fuegos y manos tendidas hacia las estrellas, en otros es apocalíptica, con sentimientos de culpa que remuerden la conciencia”. Se están abriendo nuevos órdenes que tienen que ver con la fuerza del espíritu. En algunos sitios la hybris del progreso y la técnica, la política y la economía, dan paso a las potencias del espíritu.

Nos damos cuenta que reconducen a las sociedades por otros senderos del que ofrece el automatismo y el confort técnico, la estadística y la política. Lo característico de la época que vivimos, su total indiferencia por lo fundamental; tiene que ver con la lucha, el trabajo, soportar el peso de la existencia ordinaria. En la Gran ciudad prevalece el artificio de los instrumentos técnicos, el dinero, la velocidad, el ruido de las máquinas, la simulación, el consumo, las bellas materias, el lujo, el número o la voluntad de poder. Ahora bien, ¿qué es lo propio de la época? Ir a pie juntillas detrás de la sensiblería ordinaria, del tópico y el lugar común. También de la opinión que difunden los medios de comunicación de masas y las redes sociales.

Dicen en algunos casos, que la fuerza del espíritu es anticuada, rancia, pasada de moda; de ahí que las potencias de la intuición o la reflexión del pensar, se antepongan al Espíritu de la Época. Ya que pensar sobre los avatares del espíritu y la vida, genera angustia, desasosiego e inseguridad, al no estar habituados a estos menesteres. Además, el hombre no está acostumbrado a reflexionar, a manejar responsablemente la libertad, sino delegarla a algunos poderes establecidos: la iglesia, el partido, el Estado, la policía, el líder, la moral común ordinaria, al orden jurídico, etc.

En este orden, solemos ver la vida y las cosas desde un corte pequeño, minúsculo; la óptica desde donde miramos es siempre reducida; la familia, las costumbres, el trabajo, los amigos, el barrio, el bar, las necesidades de la existencia ordinaria. Pero no solemos verla como un Todo. Parece como si las cosas las viéramos como en espejo. Por eso sentimos o vemos erróneamente su valor. Esa función la cumplen cabalmente los instrumentos técnicos, el mundo cinético o los lenguajes digitales. Ahora, Internet legitima el artificio de la existencia individual; lo que se llama Cultura de lo efímero.

Hemos olvidado que el hombre no es una fórmula matemática, un conjunto de números, un silogismo, tampoco una imagen artificial. El hombre es “un sutil, intrincado, irracional y absurdo resultado de emociones, sentimientos, fantasías, delirios, sueños y mitos” –como expresó Ernesto Sábato, en el texto “Entre la letra y la sangre”.

Ahora bien, cuando el espíritu se entrelaza con el ámbito oscuro del ser humano, le tiende la mano y lo levanta sobre los escombros de sus inmundicias para que alcance la morada de los Dioses o, de las Musas. Por eso termina rompiendo los cánones establecidos, las normas y las categorías gramaticales, que legitiman el ejercicio del poder. Entonces, sobre los oscuros nubarrones y las tempestades de acero, se configura el triunfo de la vida sobre la muerte, la “luz” y la “dulzura”, sobre “la oscuridad natural de las cosas”. Aquí, en este caso, se constituye el ámbito donde la frágil y deleznable criatura humana, alcanza la trascendencia. Porque el ser humano por naturaleza es un ser fronterizo.

Eso que da hálito a la lengua de la vida, equívoca, multiforme, contradictoria e insondable. Es el principio esencial del lenguaje vivo. El lugar donde la fantasía poética se entrelaza con la imaginación y la analogía. En estado de literatura o, de poesía, el lenguaje es ficción. Por eso trasciende las barreras del tiempo y del espacio, es decir, de las vidas vividas, de la muerte, de la identidad del “Yo” y, de la realidad.

El arte y, sobre todo, las ficciones de la novela y la poesía, representan las ideas, los sueños, los símbolos o los mitos de una sociedad. El arte humaniza el conocimiento, porque amplia la base de la vida y la inteligencia, porque trabaja para difundir la “dulzura” y la “luz”, en el corazón de los hombres. El arte no tiene nada que ver con el pensamiento lógico, las matemáticas, el tiempo abstracto, sino con la naturaleza del hombre concreto de carne y hueso. Por eso el drama que vive el hombre contemporáneo se representa descarnadamente en las obras de arte.

Así, el poema posibilita la crítica de la condición humana y las fronteras últimas a las que ha llegado el hombre de hoy. También ayuda a alcanzar las cosas de la mente y los sentimientos, en cultura y totalidad. Por tanto, el mundo donde reina la soledad, la incomunicación, el secuestro, la tortura, la muerte, la violencia, el odio, el terrorismo, la guerra, la miseria de la naturaleza humana, se convierte en material del creador. Los griegos pensaban que el arte debe educar a su pueblo; y el creador ha de ser profeta de su Destino.

Como la lengua, el arte nace de lo más profundo del ser humano; hace referencia a los escombros de los sueños, los desfiladeros de las pesadillas, los pliegues de los mitos, al sentido de la verdad, que tejen el mundo del hombre. Esto nada tiene que ver con el concepto de Progreso. En la danza del tiempo, del azar y el destino, nos damos cuenta que el arte no progresa, como no progresan los sueños, las mitologías o las pesadillas. De ahí la necesidad del verdadero espíritu revolucionario, que exalta el “Yo” concreto, la subjetividad y, el interior del hombre.

El que se rebela contra la masificación y objetivación del ser humano, y cómo la ciencia y la técnica lo han convertido en plataforma de lanzamiento. Estamos en los frontispicios de una civilización que termina –el acabamiento normal de una cultura–, como pensó Oswald Spengler. El arte y la filosofía entonces se erigen como algo fundamental, para comprender las civilizaciones actuales. Son alimento espiritual, goce para los sentidos y ejercicio intelectual.

Los artistas y los pensadores, son los que trastornan las normas establecidas, el orden jurídico o la moral ordinaria; por eso son mal vistos por el “statu quo”, el Estado y sus instituciones. En este mundo de alta civilización técnica y de irracionalismos políticos, de neo-nacionalismos exacerbados y fundamentalismos religiosos, ideológicos o, de militarismo, la conciencia crítica del artista, del poeta, del pensador o, del hacedor de literatura, es fundamental.

En una época como la nuestra donde el hombre es capaz de todos los extremos; de violar la dignidad del otro, de asesinar en masa o, alcanzar la grandeza más sublime: morar al lado de los dioses o, de hundirse en el hoyo profundo y oscuro de la desesperanza o, la muerte. De encarnar las perversidades más degradantes de la condición humana. La estética se convierte en algo importante para percibir la vida, el mundo y la realidad, con la sensibilidad, la inteligencia y la cultura en general. Los artistas al referirse a la existencia, trascienden sus propias limitaciones y perversidades. Porque “sus obras se levantan sobre la sangre y el estiércol de esta triste humanidad como inmaculadas estatuas que miden hasta dónde puede llegar el espíritu humano”.

No olvidemos que, durante el siglo XX, y ahora, a principios del XXI, el hombre alcanzó en física, en biología, en neurofisiología, biotecnología, astronomía, nano-ciencia, tecnologías, Inteligencia Artificial, neurociencia, y en las ciencias del lenguaje y del aprendizaje, etc., las cuotas más altas. Pero también alcanzó la ignorancia más profunda sobre las sabias ideas del bien y el mal, la muerte y el infortunio, lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo. Olvidó el principio que: “La estética es la madre de la ética”. Que el tejido vivo de la existencia se basa en los pilares de la ética.

Es en la esfera “de la ética –nos recuerda Hermann Cohen-, donde se da la correlación entre Dios y el hombre, y sólo puede darse si entra en juego la correlación entre el hombre y el hombre que ella misma incluye. Hasta ahora, la esfera religiosa ha representado para el hombre, una vía de acceso a lo interior, invisible y Absoluto, de la existencia individual”. Estas imágenes se convierten, en conductos a través de los cuales, las verdades místicas revelan lo sagrado de lo cotidiano.

Por eso el hombre tiene una relación especial con el mito, el rito y la simbología sagrada. El poeta lirico de la Grecia clásica del siglo VI, Píndaro, legó, que el sentido místico del rito era fundamental en la vida del ser humano.

En estos tiempos desacralizados y materialistas, donde predomina la fuerza, la violencia, la guerra, la discriminación y la muerte, parece que el ser humano rechazara la magia que posibilita el sentimiento de lo sagrado; escuchar el latir de lo eterno; sentir el instante donde la jovialidad recobra su belleza; o, que “el prójimo en sentido propio”, sea el único ser “que anuncie la exigencia ética de ser tratado como otro yo mismo”. Por eso el sentido de las religiones es reunir y, al mismo tiempo, unir al hombre con el otro hombre para participar de la felicidad, del amor y la vida eterna, como expresión religiosa de la moralidad.

De esta relación mística y divina del ser humano con lo eterno, se intuye que la fe convulsiva, agresiva, discrimina la otredad, esto es, la raza, la lengua, los ritos, los símbolos, los estilos de vida diferentes, y produce odio, dolor, sufrimiento y muerte. El martirio es el medio del sufrimiento, del dolor y la muerte. En la época actual el “tipo” de religión y de política agresiva, violenta, que incrementan el odio, la discriminación y la muerte, son anti-humanistas. Porque no son tolerantes, inclusivos, fraternales, solidarios y amorosos, en la vida privada y pública.

Dentro de cincuenta años a nadie le interesa el gobernante en la actualidad, sino lo que el pensador o el filósofo, el novelista o el poeta dijeron sobre la realidad y el mundo, la historia y el mito, el tejido vivo de la existencia y la trascendencia. Eso que Hannah Arendt llamó Condición humana.

En la época nuestra, por ejemplo, la sacralización del orden de las cosas; una cierta sacralización que los instrumentos técnicos y la imagen en movimiento, han secularizado; está trastocando el mundo que vivimos en algo detestable, siniestro y digno de admiración y respeto. Es necesario en la actualidad que, las esferas de la ética, de la moralidad y de la estética, restauren la textura de la realidad, del mundo y de la existencia en general.

Así que, todo lo que permanece en el hombre, es una parte del Absoluto que mora en el interior de él. El sentido de la belleza, el amor, la amistad, la fraternidad, la veneración, la simpatía de los grandes poetas de la humanidad, lo confirma. Sí Dios insufló al hombre Espíritu, Vida y Lengua; derramó en él poesía sublime y trascendente. Un sentimiento sagrado que acompaña al ser humano desde el Génesis.

En ésta existencia tan desdichada y desacralizada que vivimos, se hace necesaria esa sabia mitología que permita al ser humano desandar lo andado, para captar los fragmentos de la Divinidad. Para que se desvelen los enigmas de la condición humana. He ahí la literatura, la religión y la filosofía, enfrentándonos a nuestro trágico destino de animal lingüístico, equivoco y multívoco; y, a la vez, ser un animal metafísico. Es decir, animales fronterizos.

Ernst Jünger expresó en la Tijera: “Desde los inicios se tuvo conocimiento de que no podemos saber ni de dónde venimos ni a dónde vamos y se sospechó que nuestro estar aquí en la Tierra, nuestra presencia en ella, es tan sólo una breve interrupción del camino”.

 

 

jueves, 23 de julio de 2026

 

                                               Los algoritmos en la época actual

                                                        Madrid-España a 23/07/2026

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

Uno de los problemas en la actualidad surge cuando la proliferación de datos, de imágenes, de información nos urge pensar la ética en el centro del desarrollo tecnológico. Es decir, pensar lo ético en el ámbito de la Inteligencia Artificial generativa. En este orden, preguntamos, ¿cómo integramos las máquinas en los valores actuales? ¿es el desarrollo tecnológico justo? ¿qué consecuencias tiene en la naturaleza, en el ser humano y las sociedades diversificadas? ¿sabemos qué datos usan los algoritmos y de dónde proceden? ¿tiene el desarrollo tecnológico una finalidad humanista que desemboque en bienestar social? ¿en la era de la Inteligencia Artificial generativa en que espacio ubicamos la “privacidad”?

Desde otra perspectiva, las guerras del presente no se llevan a cabo en las trincheras o, en los campos de batalla, sino en Internet. De ahí que la infraestructura de Internet tenga que ver con relaciones de poder. Detrás de Internet y de la Inteligencia Artificial, se esconde el ser como voluntad de poder. De ahí que en la mayoría de los países occidentales se consuma más noticias falsas que verdaderas. Esto diluye la línea roja que hay entre lo real y lo falso, lo imaginario y lo material. Se trata de manipular, coartar, dominar desde las redes sociales a las personas comunes, vulnerables, sin capacidad de análisis, de juicio y reflexión.

En este orden, las redes sociales no sólo rompen la comunicación boca a oído, que comunica contenidos espirituales, sino que despliegan la homogenización en el pensamiento, del lenguaje, del comportamiento y de la política. Así mismo implementan el miedo, el odio, la discriminación, la violencia, el sufrimiento y, algunas veces la muerte. En el ámbito político, por ejemplo, la manipulación de la información, del habla sin sentido, conduce a la polarización, la exclusión y la discriminación del Otro. Este tipo de discurso lo desarrolla y pone en práctica el populismo y el nacionalismo, el autoritarismo y el Totalitarismo.

En España no existe un solo medio, ni una televisión o radio privadas de mediano o gran alcance, que no sea propiedad o no respondan a los intereses de los bancos, del capital financiero, las grandes empresas, los fondos de inversión o la Iglesia Católica. En la época actual la constante visualización de las imágenes bélicas provoca que nos habituemos al miedo, al terror, al sufrimiento, la muerte, y perdamos la empatía, la curiosidad, el amor al Otro y la capacidad de asombro.

Desde una perspectiva política la IA y los algoritmos están socavando la democracia. Porque la democracia desde los griegos hasta la actualidad es dialogo, conversación, deliberación, acuerdos, sobre los asuntos públicos o privados. “Depende de los sistemas de información. Por eso, hasta que no aparecieron los medios de comunicación de masas no hubo democracia en grandes países. Las redes sociales han debilitado el Sistema democrático, porque el objetivo de sus algoritmos no es publicar hechos, sino atraer y fijar la atención del usuario”.

En este orden de ideas y del devenir de la realidad histórico-política, “la IA descubrió que nada atrapa tanto como la rabia, el miedo o el odio. Así que, las redes sociales se dedican a expandir el miedo, la rabia y el odio. Y esto ha roto la conversación base de la democracia participativa. Así, vivimos en una paradoja: tenemos el sistema de comunicación más complejo y perfecto de la historia, pero no tenemos conversación, no hay un debate normal, todo el mundo está cargado de miedo y de rabia” –al decir de Yuval Noah Harari.

Evoquemos lo que expresa George Steiner en el texto Extraterritorialidad, sobre el milagro del lenguaje: “Lo mejor del hombre se relaciona con el milagro del lenguaje; hasta ahora la humanidad y ese milagro han sido indivisibles. Si el lenguaje perdiera una parte de su energía, el hombre se volvería menos humano. La historia reciente y la ruptura de comunicación entre enemigos y generaciones muestran de manera inquietante lo que significa esa disminución de humanidad”.

En el texto de mi autoría de próxima aparición, La lengua herida. Ensayos sobre el lenguaje en la Cultura del artificio. Expreso que, en este orden, “Los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM), son importantes en la generación de contenidos, automatizando la creación de contenidos para artículos de blog, materiales de marketing o ventas y tareas de redacción. En la investigación y la academia, ayudan a resumir y extraer información de conjuntos de datos, acelerando el descubrimiento de conocimientos. Así, los LLM desempeñan un papel vital en la traducción lingüística, eliminando las barreras al proporcionar traducciones precisas y contextualmente relevantes. Incluso se pueden usar para escribir códigos o "traducir" entre lenguajes de programación.

Además, aunque estemos inmerso en el devenir histórico en el que las máquinas, el automatismo, la velocidad y la IA, determinen procesos en la vida privada y pública, laboral y educativa, científica y cultural, las categorías léxico-gramaticales, la semántica y el vocabulario de las lenguas naturales, son fundamentales para comprender, analizar y conocer, el papel del hombre en el mundo y la realidad.

Sabemos que lo que define al hombre es, el lenguaje. De ahí que la experiencia, el pensamiento y el conocimiento, sean formas del lenguaje. Así que, los modelos de lenguaje artificial, no han alcanzado la profundidad y la altura de las conjunciones lingüísticas, las gramáticas heredadas y la sintaxis de las lenguas naturales. En consecuencia, los instrumentos especulativos del ser humano, no se pueden sustituir por bases de datos, lenguajes de programación o algoritmos.

Porque la lengua natural no es sólo un instrumento de comunicación, sino también de expresión y afirmación de la personalidad y la comunidad. Se accede a la vida espiritual y mental, cultural y social, a través de la lengua. Hans-George Gadamer dijo: “El lenguaje nos precede y nos ofrece una acepción del mundo característica”. Por eso, la lengua es un instrumento identitario de una comunidad o, de una nación.

No podemos olvidar que, somos animales lingüísticos que comunicamos el espíritu de la lengua y de las cosas, en prescripciones léxico-gramaticales. Aunque estemos inmersos en un proceso de degradación de los elementos simples y biológicos del lenguaje, por la del lenguaje artificial y analógico es, una posibilidad que las potencias del espíritu les hagan resistencia a las máquinas, al automatismo, la velocidad y la Civilización de lo efímero.

Sí el ser humano es un ser ambiguo, contradictorio, multifocal, infinito e insondable, las lenguas naturales son de la misma esencia que caracteriza al ser humano. De ahí que el espíritu de la lengua resista el enviste de la lengua analógica y artificial. Porque responde a los requerimientos del pensar, la experiencia, del mundo y la realidad. La lengua entonces responde a los más oscuros dilemas de la existencia: el amor, Dios, el odio, la violencia, la guerra, el destino, la muerte, la esperanza, el sentido de la existencia, etc.

Como hace la ficción literaria en la novela, que además de ideas, pensamientos, se comunica con símbolos, mitos, sueños, relatos y recursos de la experiencia y el pensamiento mágico”.

Así que, el ser humano para responder a los más oscuros dilemas de la existencia, se vale de la lengua del escritor, del poeta, del artista, del músico, porque son los grandes e insobornables de la Humanidad. Son los “herederos del mito y de la magia, los que guardan en el cofre de su noche y de su imaginación aquella reserva básica del ser humano, a través de estos siglos de bárbara enajenación que padecemos”- dijo Ernesto Sábato en el texto Entre la letra y la sangre.

                                          Es decir,

Son los guardianes del lenguaje, la imaginación y del pensamiento mágico de la Humanidad. Es importante tener una visión objetiva de la Inteligencia Artificial generativa y la gobernanza, para saber en qué mundo y realidad vivimos.

En concatenación a lo precedente, dijo Jianwei Xun, en el texto “Hipnocracia”: “Los algoritmos no son solo herramientas de cálculo y predicción: son tecnologías hipnóticas de masas. Y la economía de la atención no es solo un modelo de negocio: es un sistema de inducción colectiva al trance. El enredo es totalizador y opera en múltiples niveles. Las plataformas sociales no venden publicidad; venden estados alterados de conciencia.

Su producto no son datos; es una sugestión profunda […] Los algoritmos de recomendación son auténticas técnicas hipnóticas automatizadas. La personalización algorítmica no sirve para mostrar lo que nos interesa, sirve para mantenernos en un estado de trance óptimo para el consumo y el control”.

Así que, en este mundo en tránsito no hay tiempo para la serenidad, el silencio y la espera, fundamentales para la creación estética y las reflexiones del pensamiento. Marshall McLuhan en el año de 1964 dijo: “La información cuando se expande demasiado, produce la misma confusión que la ignorancia”. Porque la ignorancia no posee las herramientas nocionales, conceptuales o, un conjunto elástico de sistemas de pensamientos, que posibiliten comprender, analizar y criticar, un contexto socio-histórico, político y cultural.

De ahí que la gnoseología de la transmodernidad, es la razón digital. Es decir, el constructivismo. En la actualidad están determinando y conformando, una pluralidad de datos algorítmicos que sustituyen los “universales históricos”; ya que, si las estructuras sintácticas de la percepción se modifican, se modificarán también las formas de comunicación – como expresó George Steiner.

En este orden de ideas, los videos, las notificaciones, los mensajes de textos, los tuits, estructuran la percepción y la función del mundo y la realidad. Por eso ahora lo que vale es el instante de atención, en un entorno donde no predomina la concentración y la profundidad. Sino la velocidad y la inmediatez.

El exceso de información genera ruido, confusión, saturación y desorientación. Entonces, el problema en sí como dijo McLuhan, no consiste en los contenidos, sino en los medios que los difunden. De ahí su célebre frase: “El medio es el mensaje”. Por eso las nuevas tecnologías no son simples canales de información, sino estructuras de comunicación que moldean la percepción, la experiencia, la consciencia, los deseos y transforman a la sociedad. Alteran, en consecuencia, el “estar” y “ser” del hombre en el mundo y la sociedad.

Así que, la dinámica de la Cultura del artificio transforma la “zona de la sentimentalidad”, los pensamientos, las relaciones sociales, afectivas y la Cultura.

Por tanto, toda forma de vida o de existencia, es lenguaje. En él la materia animada o inanimada adquiere razón de ser. Somos animales lingüísticos que comunicamos el espíritu de la lengua en prescripciones léxico-gramaticales. En la época actual por el primado de la IA, en lenguajes de programas informáticos, las conceptualizaciones de los problemas humanos se traducen a lenguajes computacionales o algorítmicos.

Teniendo presente que los ordenadores, las máquinas creadas por los hombres, tienen capacidad de cálculo y de prescripción, más no para dar cuenta de la Condición humana.

El filósofo e historiador judío Yuval Noah Harari, dijo recientemente al periódico El País de Madrid-España: Que tarde o temprano la IA nos superará en lo que tenga que ver con el lenguaje. “En cualquier cosa que tenga que ver con textos, con palabras, con información escrita o hablada, con lenguaje. No estamos hablando de máquinas que están aprendiendo a hablar o a escribir. Hablamos del lenguaje liberado a sí mismo de la dependencia del hombre, el lenguaje extendiéndose por todas partes sin que tenga que estar gobernado por los seres humanos. Podría inventar, por ejemplo, una nueva religión. En el fondo, el cristianismo o el islam se basan en textos”.

Así, desde una perspectiva de la teoría del lenguaje, no lo creo porque somos el río que desemboca en el lenguaje. Es la naturaleza que nos constituye y nos da nuestro ser. Es la categoría que eleva a la santidad o nos hunde en el hoyo profundo y oscuro de la desesperanza o la muerte. De él depende que alcancemos el sentido de la existencia: la libertad, lo justo, lo ético, lo bueno, lo bello, la trascendencia o, la unidad con el Señor. De ahí que la vida toda haya que pulirla como piedra preciosa, en el espíritu del lenguaje.

En un mundo conectado en Red y donde predominan los algoritmos, el sentido de las palabras cambia. Estamos pasando del lenguaje natural que se comunica de boca a oído, a un lenguaje despersonalizado, numerificado, codificado, objetivado, el lenguaje situado en un dispositivo técnico. Un “tipo” de lenguaje que no responde a las más profundas necesidades humanas: materiales, éticas, morales, educativas, culturales, a la libertad (de pensar, de escribir, de leer, de criticar, de juzgar, etc.).

Tampoco responde a la práctica política, la justicia social, a los principios fundamentales del Estado democrático Social de Derecho. Porque se está pasando del Estado de Derecho al Estado Punitivo. Y, olvidamos que detrás de las Plataformas Digitales se esconde la voluntad de poder: el ejercicio del poder, la sumisión, la coacción, el control, la simulación, que determinan las selectas minorías del poder-saber digital.

 

miércoles, 3 de junio de 2026

Primera encíclica de León XIV, Magnifica humanidad (Magnifica humanitas) – 2026.



                                                                Madrid-España a 03/06/2026

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanidad (Magnifica humanitas), (2026), expone su visión sobre los algoritmos, la IA, y la sociedad actual determinada por la técnica, la ciencia, el dinero y el poder. Nos recuerda desde la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia, dirigir la mirada a algunos desafíos que afectan a nuestro modo de vivir este tiempo. La imagen bíblica que acompaña esta reflexión es la de una construcción: por un lado, la torre de Babel, donde la obra común está guiada por un proyecto de dominio que termina por deshumanizar (cf. Gn. 11, 1-9); por otro lado, las ruinas de Jerusalén, que con Nehemías se reconstruyen pieza por pieza, como una labor de responsabilidad compartida (cf. Ne 2-6).

Expresa que estamos llamados a interrogarnos sobre el gran proyecto de nuestra época: ¿Qué estamos construyendo? Mientras el desarrollo tecnológico cambia rápidamente lenguajes, relaciones, instituciones y formas de poder, los creyentes deben elegir sobre qué proyecto trabajar y con qué estilo, para custodiar y valorar la humanidad que nos ha sido brindada como don. Estar alerta en el mundo globalizado en que vivimos: “La tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas”. Manifiesta que “la técnica no es un simple instrumento y que, cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz”.

Que el desarrollo técnico-científico es un paradigma que se ha extendido en los últimos años y como efecto de la IA, las ciencias cognitivas, la nanotecnología, la robótica y la biotecnología están abarcando zonas más amplias en la vida privada y pública del ser humano. De ahí que puedan actuar como un paradigma tecnocrático y, por ello, necesitan un nuevo marco espiritual, ético y político. Porque puede darse la paradoja que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad misma. Que la técnica puede convertirse en un instrumento de dominio, de coacción, de intimidación, de simulación o, de muerte cuando se concentra en pocas manos. Así crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones y desigualdades.

Frente a todo ello, la Doctrina social se convierte en criterios que posibilitan a los seres humanos reflexionar, criticar y juzgar el nuevo escenario en que está inmerso el ser humano: la dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiaridad, la solidaridad y la justicia social. Que existen unos principios fundamentales que hay que tener presente: el poder de la técnica y las infraestructuras digitales, y preguntamos, ¿los algoritmos favorecen realmente la participación y la responsabilidad, protegen a los más vulnerables de la sociedad, aseguran un acceso equitativo a las oportunidades y se ordenan al bien común? Premisas que nos definen en la actualidad qué es la inteligencia artificial, que posibilidades abre y que riesgos comporte en la búsqueda de un mundo mejor y justo. 

León XIV aboga para que sea la inteligencia del ser humano, su intelecto, su discernimiento, su conciencia y su libertad, la luz que guíe las innovaciones técnicas, y establezca responsabilidades en su uso y límites en su práctica. Es de anotar que la IA no se puede equiparar a la inteligencia humana, pero si hacer la salvedad que en algunos aspectos la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en una multiplicidad de campos. Pero no responde a los enigmas de la condición humana: no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde adentro lo que significa el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias.

Expresa León XIV, pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual del ser humano. No es la experiencia con sus aciertos y errores, los que moldean la vida humana, sino que en el campo de la IA prevalece la estadística, la objetivación, a partir de datos que son eficaces en el campo de las matemáticas, de la política o la economía, pero no en el interior del ser humano. Eso, que Hannah Arendt denominó la Condición Humana: la vida, la muerte, la intersubjetividad, la libertad y el Mundo.

El Papa León XIV, se limita a ofrecer un discernimiento moral y social sobre la IA. Una reflexión que proteja a la persona humana, con el fin que sea la inteligencia con su libertad, la que guie las innovaciones tecnologías. También su responsabilidad en el uso y sus limitaciones. Así, la IA puede en pocos espacios de tiempo apropiarse de la voluntad y la libertad, en las tomas de decisiones. Pero no se puede olvidar que los paradigmas de la IA, los algoritmos y la secuencia de datos, reflejan los parámetros culturales, los intereses políticos y económicos, de quienes las diseñan y los utilizan como instrumentos de poder y de saber. Por tanto, “la imitación artificial de una comunicación humana positiva –palabras de consejo, de empatía, de amistad, de amor- puede resultar gratificante e incluso útil, pero en usuarios poco conscientes puede inducir a engaño y dar la falsa impresión de estar en una relación con un auténtico sujeto personal. De ahí que cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia.

El peligro surge cuando el ser humano crea que los Grandes Modelos de Lenguajes Artificiales, los LLMM, se tomen como humanos.

En este orden, con el aumento de la complejidad de los Grandes Modelos Lingüísticos Artificiales, no sólo se deterioran los recursos naturales, hídricos, sino que aumenta la contaminación de los ríos y los mares. Por eso el conjunto de máquinas, de cables, de centros de datos e infraestructuras de energía, sino se regulan y limitan, se convierten en peligro para el medio ambiente y el hábitat humano. Es de especial importancia desarrollar soluciones tecnológicas más sostenibles para reducir el impacto sobre el medio ambiente.

Según León XIV, se trata de “desarmar” la IA. Significa, en otros términos, sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio, para consolidar una ventaja geopolítica y comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida.

La tarea, hoy, no es sólo ética o técnica; es ecológica en el sentido más radical, porque interpela una nueva dimensión de nuestra Casa común. La IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regularla; es necesario desarmarla y hacerla acogedora.

El Papa hace un llamado a los que están involucrados en el desarrollo de los sistemas de IA. Dice que la innovación tecnológica puede ser, una forma humana en el acto divino de la creación. Los investigadores en IA llevan sobre sus hombros y consciencias, un importante peso ético y espiritual, porque cada proyecto de investigación expresa una visión de la humanidad. Así como el autor de una de una obra artística o literaria consideran los valores éticos y morales, la historia y el tiempo del son parte; los investigadores e innovadores en IA han de proyectar sus investigaciones con responsabilidad y ética social. Es decir, con transparencia, honestidad y responsabilidad con el cuerpo social.

La encíclica Magnifica Humanidad (Magnifica Humanitas), de León XIV, tiene como uno de los pilares fundamentales custodiar lo humano. Que el paradigma tecnocrático en que estamos inmersos, potenciados por la revolución digital y la IA, incentive una visión antihumana, que exalte la materia, la técnica y el tener, ante la verdadera humanidad del ser humano. Donde las contradicciones, lo ambiguo, multifocal, infinito e insondable del ser humano, traten de eliminarse, por una visión posthumana donde prevalezca la estadística, la objetivación y el ejercicio del poder sobre las verdaderas necesidades materiales, morales, éticas, sociales y políticas del ser humano y sus comunidades.

Donde una visión tecnocrática y técnica reemplacen la naturaleza de la Condición Humana. Así que, cuando la eficacia y la eficiencia se vuelven medidas de valor, el ser humano es considerado como objeto, numero o almacén de recambio; y los más altos valores que lo definen como humano, den paso a una visión posthumana y antihumana.

En este orden de ideas, la vida del ser humano es un microcosmos compuesto por una multiplicidad de elementos y de variables, que, si una de ellas se incentiva en detrimento de las otras, el organismo humano y su inteligencia se atrofia o explosiona. Esto es, si una de las facultades humanas quiere ser la medida de todo, por ejemplo, la inteligencia o la voluntad, se absolutizan en detrimento de las demás facultades. Entonces otras esferas de la vida se atrofian: el amor, la libertad, el afecto, la dignidad, la solidaridad, el respeto, las relaciones intersubjetivas que componen la comunidad, se sustituyen por el dinero, el ejercicio poder o la segregación racial, lingüística o cultural.

Como dice León XIV: “No se trata realmente de oponerse a la inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana”. De ahí que: “La calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en otro y no una función”. Creo que la tecnocracia digital y la voluntad de poder esconden tras de sí relaciones de dominio, de exclusión y de sumisión, y olvidan lo que Hermann Cohen dijo en el texto, El Prójimo: “Por consiguiente, la ley fundamental de la moralidad, y probablemente de la religión, es el amor a todo lo que tenga rostro humano”.

No es anómalo pensar que la técnica ha sido en la historia de la humanidad algo importante para convivir en comunidad y el entorno natural que nos rodea. En el transcurso del tiempo la técnica ha jugado un papel importante para darle rostro a las civilizaciones que se han configurado en el devenir del tiempo. En la actualidad la tecnología está ubicada en el palpito de las civilizaciones actuales; la tecnología es nuestro vestido. La tecnología y sus diferentes configuraciones en la IA, la medicina, la biología, la nanotología, la economía, etc., ayudan al hombre al desarrollo integral de la vida, entender la realidad y el mundo del que somos parte.

La tecnología: “Puede sostener el cuidado mutuo entre personas”, que ayuden al hombre a su desarrollo integral o, “a organizar y prever, sin despojar al ser humano de su libertad y capacidad de juicio, en cuanto sujeto de relaciones y responsable de sus decisiones”.

León XIV también se refiere en la encíclica Magnifica Humanidad (Magnifica Humanitas), a dos conceptos que en la actualidad se convierten en el centro de debates, reflexiones y críticas del presente-actual. Son el transhumanismo y el posthumanismo. Que cuestionan la centralidad del sujeto y las categorías que lo definen como tal; “estas corrientes constituyen el trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico y colonizan el imaginario colectivo de forma simplificada, especialmente en los medios y en las redes sociales, induciendo el entusiasmo por las nuevas tecnologías con una visión futurista de “humanidad potenciada” o de “hombre hibrido” con la máquina.

Estas dos corrientes culturales y civilizatorias responden a dos principios que condicionan las sociedades modernas: “la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana”. Por así decir, “el transhumanismo imagina una potenciación del ser humano por medio de las tecnologías –biomedicina, ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos-, con aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibrido entre el ser humano, la máquina y el ambiente; y dice que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una etapa nueva de evolución”. Hipótesis que alimentan el imaginario colectivo y orientan las decisiones sociales, económicas y políticas.

El problema surge cuando el ser humano se objetiva, se numérifica o, es tratado como materia, entonces se corre el riesgo que los que manejan el Gran Poder Tecnológico, como instrumentos de dominio, de coacción, clasifiquen a los seres humanos entre seres dignos y menos dignos. Un espacio donde los más débiles y vulnerables sean discriminados o vejados por una optimización de la especie. Se conviertan en instrumentos del ejercicio del poder que amplifican las discriminaciones, la xenofobia o el racismo. Como lo expresó Pablo VI: “Que el progreso, el desarrollo, las conquistas de la ciencia y de la técnica, desvinculados del progreso moral, ético y social, terminen volviéndose contra el hombre”.

La técnica entonces debe estar al servicio del hombre y de sus necesidades, y no el hombre convertido en esclavo de ella. Es decir, integrar la tecnología a una visión humana e intersubjetiva, que incremente las comunidades solidarias y cooperativas para mejora de la vida del hombre sobre la Tierra.

Al final, la pregunta decisiva sigue siendo la indicada por Juan Pablo II: la IA, ¿«hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, “más humana” ?; ¿la hace más “digna del hombre”?». Si la respuesta es “sí”, entonces podemos reconocer en ella una posibilidad buena para usar con responsabilidad, en un camino de reconstrucción compartida y paciente, según el modelo del renacimiento de Jerusalén narrado en el libro de Nehemías. Si, en cambio, el poder crece mientras el corazón se marchita y los vínculos se rompen, entonces estamos frente a una nueva versión de Babel: una construcción grandiosa, pero inhumana. El tiempo de la IA no escapa a esta regla: la construcción de Babel o la de Jerusalén comienza en cada uno de nosotros.

Hoy en día, la combinación de la automatización, la robótica y la IA está transformando rápidamente la estructura misma del trabajo. Se dice que esto traerá grandes mejoras para todos. En realidad, los “nuevos modos” de trabajar no son necesariamente mejores, porque «mientras la IA promete impulsar la productividad haciéndose cargo de tareas ordinarias, a menudo los trabajadores se ven obligados a adaptarse a la velocidad y a las exigencias de las máquinas, en lugar de que estas últimas estén diseñadas para ayudar a quienes trabajan. Así, contrariamente a los beneficios anunciados por la IA, los enfoques actuales de la tecnología pueden paradójicamente desespecializar a los trabajadores, someterlos a una vigilancia automatizada y relegarlos a tareas rígidas y repetitivas.

La necesidad de seguir el ritmo de la tecnología puede erosionar el sentido de la propia capacidad de obrar de los trabajadores y ahogar las capacidades innovadoras que están llamados a aportar en su trabajo». Precisamente para evitar esta deriva, es necesario diseñar sistemas centrados en la persona y no sólo en el rendimiento.

Simultáneamente, debemos reconocer que toda transición real se produce a través de una discontinuidad: es desigual, fragmentaria y, a veces, conflictiva. Por lo tanto, no existe un modelo de cambio único, ni una solución global; hay territorios e historias que exigen respuestas diferentes. Dada la desigualdad que caracteriza a nuestro mundo, la difusión de la IA y de los sistemas computacionales produce efectos distintos en cada lugar. Las sociedades ricas se automatizan rápidamente y de forma caótica, reduciendo la necesidad de mano de obra y generando zonas de desempleo y fricciones institucionales.

En cambio, vastas regiones del mundo permanecen atrapadas en economías híbridas, donde el trabajo humano mal remunerado y las tecnologías parciales conviven sin llegar a transformarse realmente. Estos territorios se convierten en reservas de mano de obra precaria y focos de inestabilidad y migraciones forzadas. Las soluciones, por tanto, deben encontrarse a nivel nacional y local, involucrando a las comunidades intermedias. Se necesitan herramientas capaces de adaptarse: modelos articulados, experimentos locales, redistribuciones progresivas, nuevos derechos de acceso a los bienes esenciales. Así, sin perseguir una armonía abstracta, se trata de construir formas concretas de convivencia humana en la transformación.

A la luz de esta convicción, podemos también reinterpretar la historia de la Doctrina social de la Iglesia tras la Rerum novarum. Las iniciativas surgidas en ese contexto —asociaciones, sindicatos, cooperativas, obras de asistencia social— han contribuido de manera decisiva a mejorar la legislación laboral, a proteger a los más vulnerables y a promover condiciones de vida más humanas. Hoy en día, sin embargo, tales instrumentos ya no bastan por sí solos ante las transformaciones provocadas por la IA, la nueva organización de los mercados y la competitividad que rara vez se preocupa por la sostenibilidad social.

Es necesario un nuevo esfuerzo conjunto por parte de los responsables políticos, las organizaciones de trabajadores, el mundo empresarial y la comunidad científica para elaborar con celeridad normas y medidas de protección adecuadas y consensuadas, también a nivel internacional. Las organizaciones sindicales, a las que la Iglesia siempre ha apoyado, están llamadas a abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos en un contexto en el que, sin decisiones valientes, surgen más pobreza y más desigualdades, con una multitud de excluidos rodeados de máquinas y sistemas automatizados que han ocupado su lugar.

La encíclica aboga por el derecho a la esperanza y dice: “Un examen decisivo para la justicia social hoy está representado por la condición de los migrantes, de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales. El modo en el cual una sociedad los trata muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad”.

La lucha contra las nuevas formas de esclavitud constituye una prueba de fuego decisiva para el discernimiento ético de la IA y la transformación digital. Siguiendo la tradición iniciada por León XIII, la Iglesia renueva su firme condena de toda forma de esclavitud, trata y mercantilización de las personas, y recuerda la urgencia de un amplio movimiento de reflexión y acción que sitúe en el centro la dignidad inalienable de todo ser humano y el bien común, como fines de la sociedad y como criterios de toda decisión personal, social y política. Sin esta reflexión ética y humanizadora, el creciente poder de los sistemas digitales corre el riesgo de conducirnos hacia nuevas atrocidades, no menos vergonzosas que las del pasado que hoy deploramos, mientras seguimos presentándonos como sociedades “avanzadas” y “civilizadas”.

Por último, León XIV propone que, los distintos ámbitos considerados —la búsqueda de la verdad en la vida pública, la educación en el entorno digital, las transformaciones del mundo laboral, la fragilidad de las familias y las nuevas formas de esclavitud— no son fenómenos aislados. Todos ellos ponen en juego lo mismo: si la técnica se convierte en criterio absoluto, la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía; si, por el contrario, la técnica se inscribe en un horizonte de sabiduría, puede convertirse en una oportunidad de crecimiento, justicia y fraternidad.

Desde esta perspectiva, la Doctrina social de la Iglesia propone una responsabilidad compartida. Pide que estos procesos sean gestionados con visión de futuro: por instituciones capaces de regular sin asfixiar y de proteger sin suplantar; por empresas que reconozcan en el trabajo y en la dignidad un criterio de éxito; por organismos intermedios y comunidades educativas que reconstruyan la confianza y los vínculos; por ciudadanos que cultiven la responsabilidad, la sobriedad, el discernimiento y el sentido de la verdad. Sólo así la innovación podrá convertirse realmente en desarrollo humano integral y no en factor de exclusión y dominio; y sólo así la promesa del progreso podrá ser reconocida como verdadera, porque estará medida en función de la dignidad inviolable de cada hombre y cada mujer.

Así que, no podemos olvidar que estamos en la punta del iceberg de la cultura racionalista y técnica de los tiempos modernos. Un tipo de cultura que se opone a la exaltación del Yo y de la subjetividad, al hombre concreto de carne y hueso, que exalta la “zona de la sentimentalidad”, el mito, los valores y el lenguaje. Por eso el Yo y la subjetividad se oponen a la sociedad de masas y la cultura de masas, que han traído consigo. Esa rebelión salvaje y convulsiva, se manifiesta en el arte, la poesía, la música, la literatura, etc. Que va acompañada con el rescate del hombre de carne y hueso, su mundo interior, y no del hombre convertido en objeto, en número o, almacén de recambio.

Estamos en una época donde las teorías posthumanas, destruyen la humanización del ser humano. Ernst Jünger piensa que donde se debe trabajar primero es, en el interior del ser humano. Para que responda a las exigencias materiales, científicas, técnicas, políticas o culturales de la época. De ahí que la crisis de nuestro tiempo, arremeta contra la subjetividad, el tejido estético de la existencia. Por eso las grandes convulsiones espirituales, son percibidas y descritas magistralmente por los artistas, los poetas, los novelistas, los pensadores, etc.

Así que, estamos a las puertas de la gran crisis de nuestro tiempo, por el predominio de los lenguajes digitales, las imágenes en movimiento, la IA, en la vida de los seres humanos. No podemos olvidar que el ser humano tiene un resto que es imposible definir y resolver con algoritmos.

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

 

 

                              

 

                                          De la “Palabra de Dios” al “nombre” en el hombre

                                          El lenguaje en el Génesis de las cosas y de la vida

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid – España a 13/05/2026

Según la Escritura, un fenómeno lingüístico acompaña el acto de la Creación: la aparición de una gramática del Logos, a partir del lenguaje del premundo mudo que ofrecían el arte y los símbolos algebraicos. Son el comienzo de las primeras palabras audibles, el origen del “reino de la lengua real”. Así, en este orden, la lógica de la Creación impone el hecho de que los conceptos destinados a abarcar la realidad universal adopten la forma del pasado: fundamento, causa, origen, presupuesto o a priori, “en todos los casos –en opinión de Fran Rosenzweig-, el mundo es proyectado en el pasado para volverse cognoscible”.

 El milagro del lenguaje proviene de la palabra-raíz arrancada al silencio hasta la forma narrativa del pasado plenamente objetivante de “la palabra que Dios ha pronunciado y que encontramos escrita en el libro del comienzo”. Por tanto, el tiempo de la Creación ex nihilo, es el tiempo del pasado: “En el principio, cuando Dios creo el cielo y la tierra”, confirma que el de las cosas está en ser ya-ahí. Sin embargo, el último acto de la Creación rompe el “yugo de la objetividad” cuando Dios declara: “Hagamos al hombre”.

Lo resonante según un Midrash: “Dios contempla a su última criatura diciendo que no es algo meramente “bueno” sino “muy bueno”. Y lo hace para afirmar que “muy bueno” es la muerte. Este acto divino sobre lo humano hace que el hombre sea consciente de su finitud y que acceda a la experiencia de la “Revelación”. Así que, la muerte se convierte en “bisagra entre la realidad de una finitud que de algún modo constituye la última palabra de la Creación y la experiencia no menos real de la Revelación está en una formula del Cantar de los Cantares de la que todo el análisis de esa noción es un vasto comentario: “El amor es fuerte como la muerte”.

La muerte imprime el sello indeleble de su condición de criatura, la palabra “ha sido”. Podemos decir que el hombre pasa del ensimismamiento y la pasividad de la muerte, “a una disponibilidad al movimiento por el que Dios le confía, por así decirlo, su ser. Rosenzweig afirma “que en Dios el amor no es “atributo” sino “acontecimiento” y, enfáticamente “el Midrash le hace decir: “Si dais testimonio de mí, entonces seré Dios; y no de otro modo”.

En ese sentido, cuando se habla de amor en la relación entre Dios y el hombre, es para designar la figura por excelencia de la Revelación: el alma. En el relato bíblico, esta nace precisamente entre el silencio de Adán ante la pregunta que Dios le dirige – “¿Dónde estás?” (Gn 1, 13)- y la respuesta de Abraham a una llamada ulterior – “Heme aquí” (Gn 22, 1)-. Para Rosenzweig, significa el tránsito para una lógica del diálogo donde el Yo y el Tu reemplazan al Él y el Eso de la Creación, en un lenguaje del amor gracias al cual el sujeto humano adquiere su autenticidad obteniendo un nombre propio.

Para Hermann Cohen en el texto “El Prójimo”, la pluralidad de correlaciones del hombre con sus semejantes, sirven como conductos para las de Dios y el hombre. Sitúa el sufrimiento del hombre concreto de carne y hueso, en el centro de la reflexión ético-religiosa. Sí la ética formal kantiana no responde en su totalidad a las apetencias y requerimientos humanos, la religión sale al encuentro de la ética.

“Desde un punto de vista de la filosofía de la historia, en la medida que tiene su base en la Ética, Dios es el redentor de la humanidad”.

Recordemos, que la obra de Cohen contiene una idea fundamental: “La idea monoteísta del prójimo: con-sanguíneo, vecino, compatriota, pobre, huérfano, forastero, inmigrante, extranjero, enemigo, singularidad, pluralidad, universalidad, humanidad”. Esto encarna el ideal mesiánico de la historia universal, porque contiene una dimensión lógica, ética, estética y religiosa. Dice Andrés Azcona en el prólogo de El Prójimo: “Idear es poner un fundamento, proponer una tarea, crear una forma, ejercer una función. La idea media conocimiento, tiene eficiencia, construye comunidad, constituye al ser humano en cuanto ser humano. El ser humano se constituye al generar ideas, al compartirlas, al realizarlas. Al producir cultura, al enriquecerla, al purificarla y heredarla”. Así pues, Cohen en sintonía con Jesús de Nazaret, tal como está escrito en el Sermón de la Montaña, nos invita no sólo a amar al prójimo, sino también “amar a nuestros enemigos”.

Es digno de creer que el Dios Uno, Creó al hombre y, de esta creación nació la humanidad misma. Así, Cohen quiere dejar claro que el amor al prójimo, no es algo particular, nacional, de Israel. Sino que el amor al prójimo es un concepto universal valido para todos los hombres, los pueblos y naciones del mundo. En el Antiguo Testamento, Rea significa el otro, y ciertamente éste es a veces también el compatriota. Esto no podría ser de otra forma, ya que la Biblia no es sólo un libro religioso sino también una obra histórica nacional y, finalmente, también un libro de normas jurídicas y de doctrina del Estado.

De ahí que en su réplica al Prof. Rudolf Kittel, exegeta del Antiguo Testamento, en relación a sus opiniones sobre Judenfeindschaft oder Gotteslästerung, […], expresa que en la antigua Biblia está destinado al fracaso el análisis filológico, sino se pone en primera instancia el amor al hombre. Lo confirma Cohen: “Sólo entonces se podrá comprender también lo que significa el forastero y el modo en que este concepto sirve de mediación para descubrir al ser humano como aquel al que se ha de amar.

Y lo reafirma con el viejo Michaelis en su Derecho mosaico (1793): “Moisés manda, como puede hacerlo todo legislador, amar a los forasteros, y todos los subsume bajo el nombre del prójimo al que uno debe amar como a sí mismo”. En “subsumir” se puede barruntar la idea metódica según la cual la legislación jurídico-política relativa al forastero sirve de medio para descubrir el concepto ético por excelencia: el concepto de prójimo.

En el Targum de Jonatán ben uziel, Rea, significa compañero, y añade: “No le hagas lo que te es odioso”. (Lv 19, 33). “En semejante inocencia original de sentimiento habla una inocente religión original”. Y concluye esta idea Cohen, con la exaltación al amor al prójimo como fuente de amor a todos los seres humanos. “El forastero es la causa de que haya surgido el mandamiento del amor. El ser humano fue descubierto en el forastero. El motivo primordial del amor es el amor al forastero.

Dice algo verídico para los pueblos del mundo, son las contradicciones, los antagonismos, que se dan en la historia geopolítica universal: “¡Qué florecimiento y que legitimidad habría ganado la cultura política, la cultura histórica, si el conciso mandamiento de amar al forastero se hubiera constituido en la ley fundamental de la religión, en lugar de convertir el amor al prójimo en un eslogan superficial!

Nuestra política actual no haría escarnio de la religión de una manera tan hipócrita, si en el lenguaje de una política decente fueran inconcebibles las expresiones “elementos extraños al pueblo” o, incluso, “cuerpos extraños”. O, primero los nacionales como argumenta la derecha y la extrema derecha española. “Por consiguiente, la ley fundamental de la moralidad, y probablemente de la religión, es el amor a todo lo que tenga rostro humano”.

El amor al hombre se convierte en el lugar donde confluyen todos los mandamientos, y sí el amor a Dios los precede, él sigue retirándole “la rigidez de las leyes para hacer de ellos mandamientos vivos”. O, en otras palabras, el amor de Dios al hombre, se transforma en amor del hombre al prójimo. Como expresa Pierre Bouretz: “El mandamiento de amar al prójimo puede identificarse como la quintaesencia de la Torah, que incita al alma a abandonar “la casa paterna del amor divino” para salir al exterior y recorrer el mundo”.

Bueno bien, la posición de Rosenzweig abarca dos gestos: “Asumir la imposibilidad de devolver a los mitsvot su sentido tradicional y asumir la objeción filosófica contra la abstracción formal del imperativo moral asociado al concepto moderno de autonomía”.

Este acto divino, por lo humano, da al hombre nombre, al tiempo que le otorga el género al que pertenece. Su especificidad está dada en ser creado “a imagen y semejanza de Dios”, categoría que fue negada incluso a las luminarias del cielo -un nombre propio, en lugar de una designación según la especie-, se asocia al soplo de vida que se insufla, para serle retirado un día. Dios insufla el aliento al hombre […], es decir, le confiere “al mismo tiempo, Vida, Espíritu y Lenguaje”. Ahora, sí Dios contempla su criatura diciendo que no es algo meramente “bueno” sino “muy bueno”, afirma que lo “muy bueno”, no es otra cosa que, la muerte. Pero es a través de la consciencia de la finitud, por la que el hombre accede a un excedente de experiencia mediante la Revelación.

Además, sí el soplo divino le otorga al hombre Vida, Espíritu y Lengua. Dios desplegó libremente el lenguaje en el hombre, puso en él una sencillez prístina cercana a las cosas, pero también una persistencia simbólica que lo rodea y conforma. Entonces la esencia del hombre es, ser del lenguaje. “El nombre es la esencia más interior del lenguaje” -opina Walter Benjamín, en Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre.

En el nombre, la lengua presiente el envite de profundidad poética e inteligencia. Asimismo, para el pueblo de Israel, la antropología hebrea elabora una dialéctica original entre la “carne” (basar) y el “espíritu (ruah), que le permite tener inalterable, aunque en evolución, el sentido de la unidad de la existencia humana que se expresa con la palabra: néfesh. El hombre es idénticamente una carne-espiritual, un yo viviente y carnal, todo ello asumido en la unidad del nombre de cada uno, que significa la individualidad irreductible: “Yo te he conocido en tu nombre”.

En la gramática de Israel la palabra néfesh posee también otros significados, “garganta” (Jonás 2, 6), y designa igualmente “suspiro” o “respiración”. El “deseo” o el “apetito” (Proverbios 12, 10; 13, 2); además, es la propia “vida”, “el ser viviente” (I Reyes 3, 11; II Reyes 10, 24), y por ello está en relación con la sangre (principio de vida) (II Samuel, 23, 17). Todo ello se asume en la unidad del nombre de cada uno. La unidad viviente, el hombre, es nombre.

Para el pueblo de Israel, no existe una “corporalidad” sino una “carnalidad” de la existencia del hombre. Pero hay un elemento propiamente hebreo que en la antropología bíblico-judaica lleva a cabo un punto de inflexión: el ruah. Que hace parte de la unidad indivisible del hombre. Esta nueva dimensión es propiamente una dimensión divina, sobrenatural, porque es bíblica. De ahí que Benjamín en Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre, dice: “La lengua comunica contenidos espirituales cuando se comunica a sí misma”. No es otra que, la lengua del ruah, que Dios insufló al hombre. Por eso el yo viviente y carnal, es Vida, Espíritu y Lengua.

En el Génesis o en el Evangelio según San Juan, Yahveh-Dios se vale de la Palabra para Crear, y dentro de cada criatura deja su huella, el signo de la Palabra divina. Ahora, si Dios es Palabra, dice Benjamín, ésta se reconoce porque es nombre. Entonces la palabra de Yahveh-Dios se conoce en el nombre. Ella se centra en la palabra creadora; la del hombre en el nombre. Así el lenguaje del hombre tiene su fundamento en el nombre, ya que su función esencial es nombrar lo que Dios ha creado. El Creador le ha dado coparticipación al hombre en su obra: “El hombre dispuso el nombre de las bestias, de los pájaros del cielo y de los animales salvajes… (Génesis 2, 2).

“El hombre es constituido “Señor” de la creación y libre de alcanzar su dignidad, su integridad ante los ojos del Creador […] La existencia que el humanismo judío propone no es trágica, en cuanto necesaria, sino dramática, en cuanto, siendo los riesgos inmensos, nada es necesario y todo tiene como causa de responsabilidad el corazón humano”. Debe observarse que la estructura antropológica y ética del hombre, la metafísica del pensamiento semita y, en particular, del judío, en el plano antropológico, es enteramente lingüística.

Porque descansa y se genera en el logos. Así la tarea del filósofo e historiador del hecho humano, es revelar que el fundamento del pueblo hebreo, es dialógico, “un dialogo entre un (Abraham) y un Yo (Yahveh)”. La intersubjetividad constituida entre Yahveh-Dios y Abraham, es la “estructura metafísica esencial de la consciencia hebrea, el fundamento del “mundo” del hombre hebreo, en cuanto a las relaciones intersubjetivas se refiere”.

El lenguaje desde la Creación hasta Abraham, se convierte en la punta de una lanza y el pueblo hebreo, el mango que la impulsa. 

En el ensayo Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre de 1916, afirma Benjamín que la palabra trasmite la esencia espiritual de las cosas, ésta “se comunica en el lenguaje y no por el lenguaje”. Así “a la pregunta ¿qué comunica el lenguaje? Hay que responder: todo lenguaje se comunica a sí mismo”. Entonces ¿qué preocupa a Benjamín? Qué le ocurre al hombre a partir de esa cuestión. “Nombrando a todas las demás cosas”, comunica su propia esencia espiritual. Que “no conocemos fuera del lenguaje humano, ningún lenguaje que nombre”.

En fin, la acción esencial del lenguaje es conocer a través del nombre. Según Benjamín se trata de refutar la concepción “burguesa” del lenguaje, que establece que la comunicación tiene como medio la palabra, como objeto la cosa y destinatario el hombre; demostrará que no conoce ni medio, ni objeto, ni destinatario. La visión instrumentalista del lenguaje, en su defecto, se contrapone a la afirmación que hace Benjamín: “En el nombre, la esencia espiritual del hombre se comunica con Dios”.

Esto lleva a Benjamín a pensar que las cosas privadas de lenguaje espiritual, sólo se pueden “comunicarse” entre ellas mediante una comunidad más o menos material. Entonces la lengua material de las cosas, es “un profundo lamento”. Además, “es una verdad metafísica que toda naturaleza empezaría a lamentarse si se le concediese el lenguaje”. Esto posibilita establecer a Benjamín los materiales para una “metafísica del lenguaje”. “En ese momento -dice Bouretz-, opta por indicar que su proyecto consiste en explorar la concepción que la Biblia ofrece del lenguaje, para subrayar el modo en que aquélla lo concibe como “realidad última, inexplicable, mística”, y no con fines exegéticos o de demostración de su verdad revelada.

También nos recuerda que el segundo relato de la Creación es el único donde se dice que Dios pasa por la mediación de una materia para expresar su voluntad, dado que el hombre es modelado a partir de la tierra. Es al hombre que no ha sido creado por el verbo, según el esquema “Dios dijo y eso fue”, a quien a partir de ahora se concede lo esencial: “El don del lenguaje, que lo eleva por encima de la naturaleza”. Como colofón Benjamín establece: “En Dios el nombre es creador porque es verbo”.

De hecho, se intenta destacar que el conocimiento que el hombre obtiene de la lectura del símbolo divino tatuado en cada criatura, su esencia espiritual, es un reconocimiento de la palabra divina en cada uno de los animales o plantas. Las cosas, por tanto, creadas por la palabra de Dios, y reconocidas en su nombre por la palabra humana, hablan a través del hombre. El cual traduce aquello que la cosa le comunica en su imperfecto lenguaje. De esta manera, los objetos son elevados a la mayor perfección que les brinda el lenguaje humano, que, en el Paraíso, es capaz de nombrarlas con su nombre propio. Sin embargo, como afirman las teorías cabalísticas, el impronunciable nombre de Dios sería la unidad final de todo lenguaje.

Además, los significados antiguos se generan en el nombre: son “una especie de monumento al lenguaje”. Así que, “Dios no creó al ser humano en absoluto a partir de la palabra –en el Génesis de las cosas y de la vida-. Tampoco le dio nombre. Porque no quiso subordinarlo al lenguaje, sino que desplegó sobre él la lengua libremente. Porque el lenguaje le había servido como medio de la Creación. Dios al fin descansó cuando, en el hombre, abandonó así lo creativo. Y así lo creativo, desprovisto de lo que fue su actualidad divina, se convirtió en conocimiento”.

Sabemos que la esencia espiritual del hombre es el lenguaje. Pero Benjamín no habla de un único lenguaje del hombre, también habla de que existe un lenguaje paradisiaco y un lenguaje de la caída. El lenguaje paradisiaco de Dios, es creador, el del hombre, es dador de nombre. El destierro del Paraíso terrenal, marca, una transformación del lenguaje humano. Esta inflexión en el lenguaje del hombre, es el paso previo a lo que Benjamín llama la pura “charla”; ésta abre un abismo entre el espíritu lingüístico de las cosas y el del hombre. Con este proceso el lenguaje del hombre se transforma; pierde su magia inmanente, para darle prioridad a la magia expresiva, exterior, a la esencia lingüística de las cosas. Por lo cual, la palabra necesita comunicar algo exterior a sí misma.

Esta posición del lenguaje, Benjamín la malla, su concepción burguesa. El lenguaje a partir de ahí, se esclaviza en charla maligna. Por eso la caída del lenguaje paradisiaco en el abismo, posibilita la abstracción; en otros términos, el lenguaje abandona la morada de la naturaleza y de los animales, y se produce el cisma de la abstracción. Aquí, no sólo se cristaliza en el tiempo la incapacidad de contemplar y reconocer la signatura de cada cosa de manera directa, sino la sanción especulativa, teorizante, del lenguaje.

A partir de aquí el hombre observa el sello divino de las cosas, como en espejo; la imagen que las refracta es opaca y fragmentada. De ahí que Benjamín perciba el acercamiento del lenguaje humano al de Dios, a través de la traducción. Esta nos acerca a las fuentes del lenguaje paradisiaco, adámico perdido.

Benjamín reflexiona sobre la expulsión del Paraíso y Babel, y se impone clarificar la diferencia entre los dos momentos de la Creación. Al primero le concierne designar, “la esencia pura del lenguaje”, ya que “ésta nunca perteneció al hombre, sino a Dios”. Por tanto, “el lenguaje auténticamente creador de realidad”, no pertenece al hombre, sino a Dios. Así pues, no puede perderlo, ni representa el origen de su lenguaje. En ese sentido, el lenguaje manifiesta el segundo momento, al dar Adán nombre a los animales. El acto de nombrar lleva implícito, la esencia pura del lenguaje. El lenguaje de Yahvé-Dios, se expresa en el nombre.

“Pero, mientras que aquí se dibujaba una forma de acuerdo perfecto entre el lenguaje primordial del hombre y la realidad de las cosas que bebían en la misma palabra divina, la continuación del relato ve como ocurre la expulsión del Paraíso, que, por su parte, perfila la expulsión del Paraíso. Para Benjamín es consecuencia de la transgresión, de la prohibición de probar los frutos del árbol: que denomina “árbol de la interrogación”. En consecuencia, “en el conocimiento, el nombre “sale de sí mismo” y el pecado original es la verdadera “hora natal del verbo humano”. Además, el hombre debe asumir la decadencia de la palabra, que en lo sucesivo debe “comunicar algo”.

Asociando la expulsión del Paraíso y Babel, Benjamín concluye que, “la servidumbre del lenguaje en la palabrería”, se relaciona con “la confusión de las lenguas”. Expresan la caída de la lengua de su estado adámico y restringido, sólo y únicamente, a una función puramente comunicativa. Así, “el lenguaje es condenado a una perpetua aproximación y a una suerte de nostalgia de su armonía primera con las cosas”.

En este orden, el nombre posee una naturaleza espiritual que le permite respirar como un ser vivo, y este halito es el que el filósofo debe atisbar. Benjamín en la actualidad y Platón en la antigüedad son las dos caras del espejo de Jano. Perciben la historia de las palabras como historia del pensamiento. Lo importante de las reflexiones benjaminianas es que evocan la historia de las palabras que usa. Nos invita a desandar lo andado y en la medida que se hace, evoquemos las imágenes de las antiguas palabras para convertirlas en emblema de un pasado arcaico. Significa entonces percibir los desechos de las palabras antiguas respirando sobre la piel de la actualidad.

Así que, la veta de piedras preciosas de la antigüedad se ofrece a la reflexión preñada de sentidos. Porque el umbral del presente las compele a poner su gesto estético. Para Benjamín el texto Antiguo es el lugar donde las historias de las palabras evocan esta bella metáfora: “La lámpara eterna es una imagen de la auténtica existencia histórica. Cita el pasado –la llama que fue encendida antaño- y lo hace perpetuamente, alimentándola con combustible siempre nuevo”. El enigma de la actualidad no hay que buscarlo en los pliegues de la modernidad, sino en los brazos de la Antigüedad. Toda “representación filosófica” para Benjamín, alude al prototipo remoto y confuso del pensamiento primigenio que se alberga en los nombres.  

        Así pues, el pasado y su historia conforman lo actual con claras alusiones al eterno retorno.

Walter Benjamín y Gershom Scholem saben de la importancia del lenguaje como refugio vector de la Tradición; el papel y los efectos de la dialéctica del mesianismo en la historia judía. La cuestión del lenguaje preocupó a Benjamín y a Scholem, en una época donde el discurso y la escritura se cruzan con el científico y la metafísica. Y como posteriormente, la palabra y el pensamiento, el sentimiento estético de la vida, se sustituyen por la barbarie y la muerte.

Aquí cabe anotar lo que Martin Heidegger, dijo en “Carta sobre el <Humanismo>”:La razón se mal interpretó como racional. Y la irracionalidad en tanto engendro de lo irracional impensado, prestó curiosos servicios”.

De ahí que la metafísica occidental (el sujeto equivalente a la consciencia y la racionalidad universal, el Yo, centro del mundo y la vida, la Ilustración, el Orden Burgués, etc.), no estuvieron a la altura para contener, lo que George Steiner denominó: la Soha: el viento oscuro de la muerte.

Por último, Benjamín y Scholem son conscientes de la separación del lenguaje como función comunicativa y la naturaleza mística que encierra. Esta última recoge los secretos de la tradición y las variaciones del espíritu judío en la historia; la otra, se ubica en la superficie del lenguaje y obedece a las necesidades de su recamara: el poder, la falsedad, la opinión, las imágenes, los lenguajes digitales de la época. “Dotada de una dialéctica que le es propia, esa tradición se transforma y puede convertirse en un murmullo apenas audible; también hay épocas, la nuestra, por ejemplo, en que esa tradición se seca y ya no puede ser transmitida”.

Ambos se dan cuenta que en la época actual estamos en presencia de una crisis del lenguaje, que afecta al misterio de la tradición. “En opinión de los cabalistas, era la presencia del Nombre bajo las palabras lo que permitía escrutar el misterio del lenguaje”. Y, se plantean la siguiente pregunta, ¿cuál será la eminencia del lenguaje del que Dios se haya retirado?