La magia del lenguaje en la
naturaleza humana
Madrid-España a
01/10/2026
Antonio Mercado Flórez. Filósofo
y Pensador.
Si la naturaleza del hombre es
radicalmente lingüística. También su origen histórico es la lengua, los
movimientos del pensamiento, la imaginación y la sensibilidad. De ahí que el
ser humano se desarrolla y desemboca en el lenguaje. La subjetividad, entonces,
está determinada por el lenguaje; en y por él desvela la naturaleza que la
constituye. En el proceso de desarrollo de la personalidad y la conciencia
individual, su telos es el leguaje y
las reflexiones del pensamiento. Se correlacionan, se implican y se necesitan
mutuamente. El lenguaje posibilita la analogía universal del mundo y la
realidad, del hombre y el universo. Así pues, “el hombre es una creación del
lenguaje” –dice George Steiner.
La humanidad del hombre, la identidad que puede formularse a sí mismo
y a los demás es función del lenguaje. Además, el concepto de naturaleza
humana, es esencialmente lingüístico. Nos preguntamos, ¿qué permite diferenciar
al hombre de cualquier ser vivo? Su condición lingüística; la palabra diría
Walter Benjamín. El ser humano comunica contenidos espirituales y la lengua es
espíritu vivo. Humboldt dijo: la lengua
es energía viva en permanente transformación. Es en el ámbito del lenguaje
donde el hombre alcanza la identidad y también su diferencia; la mismidad en la
Otredad. Así pues, el espíritu lingüístico impregna todo lo existente de
“significados” y “sentidos”.
Ningún concepto de la naturaleza
del hombre, escapa a la realidad del lenguaje. Este trata de asir con palabras
los significados, llenando la vida de música y colores. La lengua es una
sinfonía de colores, de tonalidades, de ritmos, de cadencias, de metáforas,
donde el hombre trata de llegar a “ser” lo que “es”. “La lengua parece ser
–dice Noam Chomsky-, un fenómeno único, sin ningún analogon significativo en el mundo animal”. En los pliegues de esta
alta civilización técnica y de comunicaciones artificiales, de masas y cultura
de masas, ahondar la dimensión lingüística primaria se convierte en
“imperativo”. La lengua es memoria, y ésta la manera de mirar o recordar.
Por eso posibilita, entre otros,
alcanzar la categoría de persona. Tener consciencia que las categorías de
espacio y tiempo, realidad y mundo, palabra y realidad, son un acto
radicalmente lingüístico. El hombre, entonces, en lo profundo de su naturaleza,
es lenguaje. “La capacidad del hombre para prever el futuro –de por sí un
escándalo metafísico y lógico–, su habilidad para soñar el porvenir y la necesidad de hacerlo – escribe Steiner
-, su capacidad de esperar, hacen de él una criatura única. Esa capacidad es
inseparable de la gramática, del poder convencional del lenguaje para existir
con anterioridad a aquello que designa. Nuestro sentido del pasado, no como
reflejo condicionado o innato sino como selección modulada de recuerdos, es
también radicalmente lingüístico. La historia en su sentido humano, es una red
de lenguaje arrojada hacia atrás”.
De ahí que los mecanismos de
identificación y diferenciación que el hombre lleva a cabo, se fundamentan en
la naturaleza lingüística del ser humano, como también el tiempo y la
pluralidad de las personas. Los procedimientos extraordinariamente complejos de
reconocimiento y delimitación –dice Steiner– que permiten decir Soy yo y experimentar el propio ser, y
de modo concomitante impiden sentirse
otro a no ser por un acto de proyección imaginativa, una ficción proyectiva
de semejanza, pertenecen al ámbito del lenguaje.
Sí el hombre traslada el acto lingüístico de
reconocimiento de sí mismo o del Otro, a algo exterior a él –cosa, poder, moda,
imagen, dinero, lujo, personas, modelos lingüístico artificiales, etc.– La
esencia de la naturaleza humana se extraña a sí misma. Entonces, el hombre no
se reconoce ni se proyecta como tal, en la naturaleza espiritual de su propia
subjetividad, la lengua. El “Yo”
concreto se fragmenta, el espejo del lenguaje se vuelve opaco y oscuro. Nube y
densa bruma en torno a él cuando el lenguaje se enajena a sí mismo. Esta
enajenación F. G. W. Hegel, la analizó en la dialéctica del amo y del esclavo. K. Marx, en la
relación dialéctica de trabajo y capital.
Así pues, por la condición lingüística alcanza el ser humano la coherencia del
“Yo”, el sentido de pertenencia y
trascendencia.
Observa Steiner: “El
reconocimiento de la identidad diferenciada de la otredad es un logro difícil y extremadamente importante”. Como
seres lingüísticos sabemos que solo se logra en el lenguaje. Por tanto, la
relación entre lengua y ser humano permite la identidad del hombre. Se
establece entre ellos un juego de espejos, juegos de ecos, que posibilitan
alcanzar la identidad y el sentido de pertenencia en los contenidos
espirituales del lenguaje. Por tanto, la angustia que produce perder la
memoria, se entrelaza con la pérdida de la identidad. Desde una perspectiva
filosófica, la certeza de ser, la alcanza el hombre en el ámbito del lenguaje.
Por eso, la ontología del ser, es radicalmente lingüística. Nos enseña que la
sed de ser se sacia en las corrientes del lenguaje.
Entonces, el problema del
reconocimiento como problema lingüístico, se convierte enteramente en
filosófico. Y, uno de los problemas del ser humano en la actualidad, es su
reconocimiento, la identidad que le corresponde y el respeto de su dignidad. De
ahí que los derechos y garantías que ofrece el Estado, por ejemplo, se
convierten en problema de la filosofía política, esto es, de análisis, crítica
y discernimiento. La filosofía entonces se vale del lenguaje y el pensamiento
para dar sentido y realidad al concepto de identidad. También del ser, el mundo
y su realidad. Así la filosofía no puede ser ajena a los avatares y los
verdaderos requerimientos de la condición humana. Existen analogías,
correlaciones, entre la gramática de la cognición verbal, el pensar y el
reconocimiento del ser, en el mundo. Ya que es en el lenguaje donde el ser
humano se reconoce a sí mismo. Sí deja de ser luz a la existencia, la nube
densa en torno a él, lo disipa y lo oscurece.
En esta alta civilización
abstracta no podemos olvidar que el lenguaje es la matriz del ser, más no su
imagen refleja. Es en la fuente natural del espíritu lingüístico, donde el
hombre trasciende las contradicciones y la pluralidad exterior a su mismidad.
De ahí que la palabra reconocer o identidad tengan su denotación mítica. La
mitología “clásica” lo confirma en el mito de Narciso. Es la máscara que representa –dice Steiner- el símbolo
del mundo invertido. Su gran tema
parece haber sido el ansia; Narciso
vio su imagen más no se reconoció,
Narciso fracasó ante la más difícil de las tareas, buscó en vano su “yo” en
su imagen reflejada. De ahí que el verbo conocer
tenga un doble sentido: uno se entronca en la aventura erótica, y el otro, en la aventura espiritual. En la cultura occidental se encarna en dos
personajes: Narciso y Fausto. Aunque la literatura fantástica
de cuenta de muchos otros.
Desde otra perspectiva, hay que
reconocer que, en el mundo contemporáneo, la revolución en las comunicaciones
abre un espectro de lenguas, que estaban subsumidas o, no eran reconocidas por
los grandes sistemas de pensamiento. Pero a la vez, se da el fenómeno inverso,
los Estados desarrollados cierran sus fronteras y sus instituciones, y no
reconocen algunas veces la riqueza de la diversidad de las lenguas y las
culturas universalistas; aún la pluralidad en la unidad de la Nación. La
riqueza de la constante afirmación del “yo”, cuando proyectamos sobre los demás
nuestra silueta. Además, la manifestación del ser y la respuesta del no ser, es de estructura dialéctica y de
naturaleza lingüística.
Sí las sociedades se cierran al
inmigrante, lo diferente o plural de las lenguas o razas, se niega que “el
habla constituye el movimiento de sístole y diástole del ser; donde se
establece y se conserva la experiencia del ser mediante una corriente de habla
interiorizada”, cuando se comunica con el Otro. “No nos hablamos a nosotros
mismos –dice Steiner–; hablamos a lo que está dentro de nosotros” y, en esa
medida, hablamos con el Otro, que es un nosotros. Ahora bien, sí no alimentamos
nuestra consciencia, la sensibilidad y los recursos de la imaginación en los
otros, se nubla el espejo en que nos miramos y reconocemos. Si no reconocemos
la otredad en nosotros, estamos destinados por fuerzas oscuras, a dar tumbos y
girar alrededor de nuestras propias limitaciones y contradicciones.
“De modo que reconocemos la existencia del otro y nuestra propia
existencia mediante un intercambio lingüístico”.
En el ámbito político, social,
religioso, moral o cultural, son principios válidos para la correlación entre
el hombre y la sociedad. De ahí que “todo diálogo es un reconocimiento mutuo y
una redefinición estratégica del ser. El Ángel nombra a Jacob al final del
combate, la Esfinge obliga a Edipo a decir su nombre, a reconocerse como
hombre”.
Sí lo mejor del hombre se
relaciona con el milagro del lenguaje –dice Steiner; hasta ahora la humanidad y
ese milagro han sido indivisibles. Sí el lenguaje perdiera una parte de su
energía, el hombre se volvería menos humano. La reciente historia occidental y
la ruptura de la comunicación entre enemigos o diferentes, dan cuenta de lo que
significa esa disminución de humanidad. El ser humano se vuelve menos humano,
en la medida que rompe y desconoce el diálogo con el Otro; que es en sí mismo,
un nosotros. Nuestro conocimiento del entorno y autoconocimiento, se enriquece
o disminuye de acuerdo al diálogo que establecemos con los Otros.
Por eso, la Gramática de la vida y las Gramáticas
de la creación, se nutren de las corrientes del espíritu lingüístico. Del
sentido de la experiencia en la historia y las capacidades del ser humano para
reflejar la experiencia del mundo, como experiencias radicalmente lingüísticas
y de reflexiones del pensamiento. Ese es uno de los propósitos de la filosofía,
la teoría del lenguaje, la cultura, el arte o la teología mística.
Ahora bien, ¿por qué es
importante la palabra en la vivacidad
de la consciencia individual y la sensibilidad humana? Porque conocemos o
experimentamos la existencia del Otro y la nuestra, mediante la estructura
dialógica que nos atraviesa y nos cubre. Somos, entonces, constantemente
arrojados al pozo del lenguaje. El reconocimiento del “Yo” en el Otro, es, esencialmente de naturaleza lingüística.
Estamos atrapados en las redes del lenguaje. Ningún ser salta sobre su propia
sombra, como tampoco, ninguno se abstrae a su naturaleza lingüística. Con otras
palabras, el hombre se expresa y se reconoce en la sexualidad, la corporeidad,
el espíritu y la consciencia, que descansan en los brazos del lenguaje. El
amor, la amistad, la simpatía, los movimientos del pensar, retozan bajo la
frondosidad del árbol del lenguaje.
Por
tanto, la singularidad del hombre, lo único y específico de la naturaleza
humana, es, su zoo phonata; el animal que habla. Así, lo que distingue al
hombre de todas las formas vivientes –es la voz–, dijo
Walter Benjamín.
Sabemos que el ser humano nómina
y en el acto de nombrar, deja su impronta y se distingue de lo Otro, del ente
en cuanto ente –una casa, un automóvil, un edificio, una carretera, etc. Así
pues, “los conceptos de “hombre” y “lenguaje” existen de manera
interdependiente”. El lenguaje es el que da la especificidad al ser humano.
Como dijo Martín Heidegger: “El lenguaje
es la casa del ser”. Cuando nos interrogamos sobre el cuándo y el
cómo del lenguaje, en realidad nos estamos planteando los orígenes de la
humanidad del hombre.
Pensar en un estado pre-lingüístico o protolinguístico
del ser humano, es una quimera. Así que, un ideal es un ideal y la idea que se
tiene de él tiende a su concreción. Pero, el asunto del origen del lenguaje es
tan complejo como la densa nube que ondea alrededor del “Yo” y desea con ardor descifrar el enigma. Toda “teoría sobre los
orígenes del lenguaje es también una teoría sobre la entrada del hombre en la
historia y su transición de un presente biológico inmodificable a una gramática
de pasado, presente y futuro, las investigaciones recientes en el campo de la
lingüística, la genética y la antropología social tienen notables puntos de
contacto”.
Para la lingüística o la biología
molecular, por ejemplo, compartir un léxico común: información, datos, hechos,
experiencias, etc.; significa, abrir un abanico de posibilidades no sólo
sintácticas y gramaticales, sino también cognitivas. Esto trae como
consecuencia que el mundo de las ciencias positivas, se concatena con las
teorías del lenguaje.
En todos los aspectos el mundo en que vivimos,
nos desarrollamos o morimos, es, esencialmente un mundo lingüístico. La
gramática del pasado, el presente y el futuro, se constata en el lenguaje. Y,
se convierte en el conducto que nos permite ser y proyectarnos en la realidad.
El punto de orientación de la filosofía de las cosas, se alcanza en el
lenguaje. La red espiritual o material que nos conecta a cosas o fenómenos, que han sido, son o serán parte del
enigma de la existencia, se convierten en objeto de exégesis de la filosofía, el
arte o la teología.
En la vida del ser humano –en los
movimientos del pensar, los procesos electroquímicos o neuroquímicos–todo está
estructurado semánticamente. Es decir, el lenguaje es el centro vital del
hombre. El uso del lenguaje, en su defecto, activa las potencias físicas e
intelectuales del ser humano. En la medida que lo hace trasciende los límites
de la realidad y la existencia individual. Sí nos remontamos a las fuentes del
lenguaje o, a las esferas del pensamiento, lindamos con la unidad del “Yo” pérdida o, con el momento en que el
hombre entra en la historia. El lenguaje y el pensamiento se convierten en
umbrales de saber y experiencia humana.
Además, en el ámbito del lenguaje
se desarrolla la reflexión del pensamiento, la sensibilidad y los contenidos
espirituales que comunica. La lengua se constituye en el “núcleo” del pálpito vital del hombre. Este, en su defecto,
retroalimenta su desarrollo y frescura en el proceso de fusión o configuración,
con el mundo que significa. Preguntamos, ¿es posible qué, en estos últimos
espacios de tiempo, por la primacía de la imagen y los lenguajes digitales,
asistamos a una reducción del campo de la potencialidad lingüística? Observamos
que paulatinamente la vida psíquica, la sensibilidad y el espacio de la
imaginación, viven una especie de reduccionismo lingüístico; de ensimismamiento
de la matriz fisiológica del lenguaje. Esto confirma que el lenguaje se está
condicionando cada vez más al “logos”
del artificio. Y permite que las “relaciones
artificiales” primen sobre las “relaciones
de sentido”.
Es la expresión más evidente y
radical donde se constata que la vida adquiere sentido en el lenguaje. Si se
paralizan los recursos verbales de la cultura, en consecuencia, se afectan las
potencias espirituales que activan la naturaleza lingüística del hombre. Cuando
el modelo orgánico de articulación secuencial y genético del que surge el
lenguaje se paraliza; el ámbito metafórico y verbal también lo hace. En el
mundo actual, por ejemplo, el entrecruzamiento entre confort e instrumentos
técnicos y la nueva naturaleza de poder, ejercen un dominio y control sobre el
espíritu lingüístico del hombre. Así que, las personas formadas para pensar o
percibir estéticamente el mundo y su realidad, tienen el deber ético de develar
y criticar toda acción o pensamiento, que atente contra la naturaleza
lingüística del hombre.
Esta trastocación se da tanto en
el campo cognitivo, como en el de la experiencia del individuo en la historia.
En el orden del saber, la relación cada vez más evidente entre las ciencias
biológicas, la neurología, la físico-química y el lenguaje, lo constatan.
George Steiner cree que los procesos vitales o electroquímicos pasan por el
filtro del lenguaje y, cómo su gramática se puede interpretar o conocer, desde
el Atlas lingüístico del ser humano. La
estructura sintáctica, tanto en el ámbito neurológico o biológico cumple una
función primordial. “En el uso de la metáfora –hecho lingüístico que Platón
consideraba crucial para la excelencia del hombre– lo neurológico y lo verbal
parecen estar muy próximos”.
Por eso, la herencia de la
humanidad no sólo se compone de contenidos biológicos, sino también, de los
cognitivos y lingüísticos. Dice Steiner que “la idea de la vida como lenguaje,
como información trasmitida, estaba en el aire. La información, la
retroalimentación, la codificación, el desciframiento y la puntuación, son
esenciales para asegurar que los mensajes electroquímicos sean leídos
correctamente”. El debate está abierto, el aporte de la ciencia al lenguaje nos
indica cada vez más que, la biología molecular, los mensajes electroquímicos,
los neurológicos, la pedagogía del aprendizaje o del juego, la Inteligencia
Artificial, pueden ser descifrados o conocidos desde la estructura sintáctica
del lenguaje. Existe, entonces, un entrelazamiento fundamental entre lenguaje y
ciencia.
“Si, como argumenta Chomsky, los universales lingüísticos –que permiten
diferenciar inmediatamente lo que es posible en una lengua de lo que no lo es
–“son sencillamente una propiedad biológica de la mente humana”-, entonces, es
posible que la biología de la mente sea también sintáctica”.
Además, en un corto espacio de
tiempo la biología molecular, la neurología, la genética, -afirman algunos
investigadores-, que no se nos haga raro que se conviertan en una rama de la
información. Pero es en la psicofísica del futuro –dice Steiner-, donde la
cuestión de las bases biológicas del lenguaje despeñará un papel decisivo. Es
factible que llaguemos a entender cómo y de qué manera los niveles de
especificidad y sofisticación genética de la mente humana implican la
existencia de un código comunicativo único y son al mismo tiempo controlados
por dicho código.
Es importante también para el
futuro inmediato, ver cómo las lenguas naturales son bombardeadas por la imagen
“pictórica” en movimiento y la
uniformidad tecnológica de la comunicación plana y simultánea; y su repercusión
en la erosión del antiguo Atlas lingüístico. De ahí el debate, cómo y por qué
medios han de preservarse las lenguas naturales de la envestida de los
lenguajes artificiales. Cómo la economía de
los lenguajes naturales –la estructura sintáctica que comunica– preserve la
infinita riqueza de los contenidos de la cultura en general. El debate está
abierto.
Para la biología evolutiva, por
ejemplo –las investigaciones de Ata
puerca lo confirma–. La imagen que tenemos de la muerte, nos dicen,
posibilita la belleza, la cadencia, el ritmo, el color, la danza o el estilo;
está implícita en la metáfora de la conservación de la vida. La idea de la
muerte se concatena con la de selección
natural. Es la muerte la que posibilita la finura del estilo existencial.
Es la cristalización espacio-temporal del eco elemental, primitivo, de la
articulación verbal. Comprenderla en términos estéticos –según la biología
evolutiva–, es comprenderla en el ámbito de la duplicidad simbólica de la
realidad. Es decir, el lenguaje simbólico permite verla como un fenómeno
estético; o, lo que es lo mismo, Bello. Ubicarla como hecho estético en el
ámbito de la naturaleza de la conciencia humana, es situarla en el espacio en
el que la palabra, las cosas, o el ser humano como frontera del mundo,
trascienden. También permite que el hombre tome consciencia de lo diminuta y
frágil que es la vida, en la cadena evolutiva de la existencia.
La muerte posibilita crear el
sentido de mismidad o de reconocimiento del “Yo” frente al Otro, a la vez, un nosotros. Dicho reconocimiento
proviene del ansia del Otro; que posteriormente se configuró en posesión o
dominio. De ahí la importancia del mito, el rito, la música, la poesía o la
mística, etc.; en el ramaje de la lengua humana. Es en los contenidos
espirituales que comunica donde adquiere la magia que le corresponde. La
conciencia de la trascendencia del límite. Para la biología evolutiva la matriz
que origina, como fenómeno originario al pensamiento abstracto, la simbología
imaginaria, se ubica en el lenguaje. O, en otros términos, el hombre desarrolla
la capacidad de sustituir, manipular, utilizar, experimentar o conocer la realidad
con ideas, nociones o conceptos lógicamente ordenados, en el ámbito del
lenguaje, es decir, por ser un animal lingüístico.