miércoles, 3 de junio de 2026

Primera encíclica de León XIV, Magnifica humanidad (Magnifica humanitas) – 2026.



                                                                Madrid-España a 03/06/2026

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanidad (Magnifica humanitas), (2026), expone su visión sobre los algoritmos, la IA, y la sociedad actual determinada por la técnica, la ciencia, el dinero y el poder. Nos recuerda desde la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia, dirigir la mirada a algunos desafíos que afectan a nuestro modo de vivir este tiempo. La imagen bíblica que acompaña esta reflexión es la de una construcción: por un lado, la torre de Babel, donde la obra común está guiada por un proyecto de dominio que termina por deshumanizar (cf. Gn. 11, 1-9); por otro lado, las ruinas de Jerusalén, que con Nehemías se reconstruyen pieza por pieza, como una labor de responsabilidad compartida (cf. Ne 2-6).

Expresa que estamos llamados a interrogarnos sobre el gran proyecto de nuestra época: ¿Qué estamos construyendo? Mientras el desarrollo tecnológico cambia rápidamente lenguajes, relaciones, instituciones y formas de poder, los creyentes deben elegir sobre qué proyecto trabajar y con qué estilo, para custodiar y valorar la humanidad que nos ha sido brindada como don. Estar alerta en el mundo globalizado en que vivimos: “La tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas”. Manifiesta que “la técnica no es un simple instrumento y que, cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz”.

Que el desarrollo técnico-científico es un paradigma que se ha extendido en los últimos años y como efecto de la IA, las ciencias cognitivas, la nanotecnología, la robótica y la biotecnología están abarcando zonas más amplias en la vida privada y pública del ser humano. De ahí que puedan actuar como un paradigma tecnocrático y, por ello, necesitan un nuevo marco espiritual, ético y político. Porque puede darse la paradoja que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad misma. Que la técnica puede convertirse en un instrumento de dominio, de coacción, de intimidación, de simulación o, de muerte cuando se concentra en pocas manos. Así crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones y desigualdades.

Frente a todo ello, la Doctrina social se convierte en criterios que posibilitan a los seres humanos reflexionar, criticar y juzgar el nuevo escenario en que está inmerso el ser humano: la dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiaridad, la solidaridad y la justicia social. Que existen unos principios fundamentales que hay que tener presente: el poder de la técnica y las infraestructuras digitales, y preguntamos, ¿los algoritmos favorecen realmente la participación y la responsabilidad, protegen a los más vulnerables de la sociedad, aseguran un acceso equitativo a las oportunidades y se ordenan al bien común? Premisas que nos definen en la actualidad qué es la inteligencia artificial, que posibilidades abre y que riesgos comporte en la búsqueda de un mundo mejor y justo. 

León XIV aboga para que sea la inteligencia del ser humano, su intelecto, su discernimiento, su conciencia y su libertad, la luz que guíe las innovaciones técnicas, y establezca responsabilidades en su uso y límites en su práctica. Es de anotar que la IA no se puede equiparar a la inteligencia humana, pero si hacer la salvedad que en algunos aspectos la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en una multiplicidad de campos. Pero no responde a los enigmas de la condición humana: no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde adentro lo que significa el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias.

Expresa León XIV, pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual del ser humano. No es la experiencia con sus aciertos y errores, los que moldean la vida humana, sino que en el campo de la IA prevalece la estadística, la objetivación, a partir de datos que son eficaces en el campo de las matemáticas, de la política o la economía, pero no en el interior del ser humano. Eso, que Hannah Arendt denominó la Condición Humana: la vida, la muerte, la intersubjetividad, la libertad y el Mundo.

El Papa León XIV, se limita a ofrecer un discernimiento moral y social sobre la IA. Una reflexión que proteja a la persona humana, con el fin que sea la inteligencia con su libertad, la que guie las innovaciones tecnologías. También su responsabilidad en el uso y sus limitaciones. Así, la IA puede en pocos espacios de tiempo apropiarse de la voluntad y la libertad, en las tomas de decisiones. Pero no se puede olvidar que los paradigmas de la IA, los algoritmos y la secuencia de datos, reflejan los parámetros culturales, los intereses políticos y económicos, de quienes las diseñan y los utilizan como instrumentos de poder y de saber. Por tanto, “la imitación artificial de una comunicación humana positiva –palabras de consejo, de empatía, de amistad, de amor- puede resultar gratificante e incluso útil, pero en usuarios poco conscientes puede inducir a engaño y dar la falsa impresión de estar en una relación con un auténtico sujeto personal. De ahí que cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia.

El peligro surge cuando el ser humano crea que los Grandes Modelos de Lenguajes Artificiales, los LLMM, se tomen como humanos.

En este orden, con el aumento de la complejidad de los Grandes Modelos Lingüísticos Artificiales, no sólo se deterioran los recursos naturales, hídricos, sino que aumenta la contaminación de los ríos y los mares. Por eso el conjunto de máquinas, de cables, de centros de datos e infraestructuras de energía, sino se regulan y limitan, se convierten en peligro para el medio ambiente y el hábitat humano. Es de especial importancia desarrollar soluciones tecnológicas más sostenibles para reducir el impacto sobre el medio ambiente.

Según León XIV, se trata de “desarmar” la IA. Significa, en otros términos, sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio, para consolidar una ventaja geopolítica y comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida.

La tarea, hoy, no es sólo ética o técnica; es ecológica en el sentido más radical, porque interpela una nueva dimensión de nuestra Casa común. La IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regularla; es necesario desarmarla y hacerla acogedora.

El Papa hace un llamado a los que están involucrados en el desarrollo de los sistemas de IA. Dice que la innovación tecnológica puede ser, una forma humana en el acto divino de la creación. Los investigadores en IA llevan sobre sus hombros y consciencias, un importante peso ético y espiritual, porque cada proyecto de investigación expresa una visión de la humanidad. Así como el autor de una de una obra artística o literaria consideran los valores éticos y morales, la historia y el tiempo del son parte; los investigadores e innovadores en IA han de proyectar sus investigaciones con responsabilidad y ética social. Es decir, con transparencia, honestidad y responsabilidad con el cuerpo social.

La encíclica Magnifica Humanidad (Magnifica Humanitas), de León XIV, tiene como uno de los pilares fundamentales custodiar lo humano. Que el paradigma tecnocrático en que estamos inmersos, potenciados por la revolución digital y la IA, incentive una visión antihumana, que exalte la materia, la técnica y el tener, ante la verdadera humanidad del ser humano. Donde las contradicciones, lo ambiguo, multifocal, infinito e insondable del ser humano, traten de eliminarse, por una visión posthumana donde prevalezca la estadística, la objetivación y el ejercicio del poder sobre las verdaderas necesidades materiales, morales, éticas, sociales y políticas del ser humano y sus comunidades.

Donde una visión tecnocrática y técnica reemplacen la naturaleza de la Condición Humana. Así que, cuando la eficacia y la eficiencia se vuelven medidas de valor, el ser humano es considerado como objeto, numero o almacén de recambio; y los más altos valores que lo definen como humano, den paso a una visión posthumana y antihumana.

En este orden de ideas, la vida del ser humano es un microcosmos compuesto por una multiplicidad de elementos y de variables, que, si una de ellas se incentiva en detrimento de las otras, el organismo humano y su inteligencia se atrofia o explosiona. Esto es, si una de las facultades humanas quiere ser la medida de todo, por ejemplo, la inteligencia o la voluntad, se absolutizan en detrimento de las demás facultades. Entonces otras esferas de la vida se atrofian: el amor, la libertad, el afecto, la dignidad, la solidaridad, el respeto, las relaciones intersubjetivas que componen la comunidad, se sustituyen por el dinero, el ejercicio poder o la segregación racial, lingüística o cultural.

Como dice León XIV: “No se trata realmente de oponerse a la inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana”. De ahí que: “La calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en otro y no una función”. Creo que la tecnocracia digital y la voluntad de poder esconden tras de sí relaciones de dominio, de exclusión y de sumisión, y olvidan lo que Hermann Cohen dijo en el texto, El Prójimo: “Por consiguiente, la ley fundamental de la moralidad, y probablemente de la religión, es el amor a todo lo que tenga rostro humano”.

No es anómalo pensar que la técnica ha sido en la historia de la humanidad algo importante para convivir en comunidad y el entorno natural que nos rodea. En el transcurso del tiempo la técnica ha jugado un papel importante para darle rostro a las civilizaciones que se han configurado en el devenir del tiempo. En la actualidad la tecnología está ubicada en el palpito de las civilizaciones actuales; la tecnología es nuestro vestido. La tecnología y sus diferentes configuraciones en la IA, la medicina, la biología, la nanotología, la economía, etc., ayudan al hombre al desarrollo integral de la vida, entender la realidad y el mundo del que somos parte.

La tecnología: “Puede sostener el cuidado mutuo entre personas”, que ayuden al hombre a su desarrollo integral o, “a organizar y prever, sin despojar al ser humano de su libertad y capacidad de juicio, en cuanto sujeto de relaciones y responsable de sus decisiones”.

León XIV también se refiere en la encíclica Magnifica Humanidad (Magnifica Humanitas), a dos conceptos que en la actualidad se convierten en el centro de debates, reflexiones y críticas del presente-actual. Son el transhumanismo y el posthumanismo. Que cuestionan la centralidad del sujeto y las categorías que lo definen como tal; “estas corrientes constituyen el trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico y colonizan el imaginario colectivo de forma simplificada, especialmente en los medios y en las redes sociales, induciendo el entusiasmo por las nuevas tecnologías con una visión futurista de “humanidad potenciada” o de “hombre hibrido” con la máquina.

Estas dos corrientes culturales y civilizatorias responden a dos principios que condicionan las sociedades modernas: “la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana”. Por así decir, “el transhumanismo imagina una potenciación del ser humano por medio de las tecnologías –biomedicina, ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos-, con aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibrido entre el ser humano, la máquina y el ambiente; y dice que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una etapa nueva de evolución”. Hipótesis que alimentan el imaginario colectivo y orientan las decisiones sociales, económicas y políticas.

El problema surge cuando el ser humano se objetiva, se numérifica o, es tratado como materia, entonces se corre el riesgo que los que manejan el Gran Poder Tecnológico, como instrumentos de dominio, de coacción, clasifiquen a los seres humanos entre seres dignos y menos dignos. Un espacio donde los más débiles y vulnerables sean discriminados o vejados por una optimización de la especie. Se conviertan en instrumentos del ejercicio del poder que amplifican las discriminaciones, la xenofobia o el racismo. Como lo expresó Pablo VI: “Que el progreso, el desarrollo, las conquistas de la ciencia y de la técnica, desvinculados del progreso moral, ético y social, terminen volviéndose contra el hombre”.

La técnica entonces debe estar al servicio del hombre y de sus necesidades, y no el hombre convertido en esclavo de ella. Es decir, integrar la tecnología a una visión humana e intersubjetiva, que incremente las comunidades solidarias y cooperativas para mejora de la vida del hombre sobre la Tierra.

Al final, la pregunta decisiva sigue siendo la indicada por Juan Pablo II: la IA, ¿«hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, “más humana” ?; ¿la hace más “digna del hombre”?». Si la respuesta es “sí”, entonces podemos reconocer en ella una posibilidad buena para usar con responsabilidad, en un camino de reconstrucción compartida y paciente, según el modelo del renacimiento de Jerusalén narrado en el libro de Nehemías. Si, en cambio, el poder crece mientras el corazón se marchita y los vínculos se rompen, entonces estamos frente a una nueva versión de Babel: una construcción grandiosa, pero inhumana. El tiempo de la IA no escapa a esta regla: la construcción de Babel o la de Jerusalén comienza en cada uno de nosotros.

Hoy en día, la combinación de la automatización, la robótica y la IA está transformando rápidamente la estructura misma del trabajo. Se dice que esto traerá grandes mejoras para todos. En realidad, los “nuevos modos” de trabajar no son necesariamente mejores, porque «mientras la IA promete impulsar la productividad haciéndose cargo de tareas ordinarias, a menudo los trabajadores se ven obligados a adaptarse a la velocidad y a las exigencias de las máquinas, en lugar de que estas últimas estén diseñadas para ayudar a quienes trabajan. Así, contrariamente a los beneficios anunciados por la IA, los enfoques actuales de la tecnología pueden paradójicamente desespecializar a los trabajadores, someterlos a una vigilancia automatizada y relegarlos a tareas rígidas y repetitivas.

La necesidad de seguir el ritmo de la tecnología puede erosionar el sentido de la propia capacidad de obrar de los trabajadores y ahogar las capacidades innovadoras que están llamados a aportar en su trabajo». Precisamente para evitar esta deriva, es necesario diseñar sistemas centrados en la persona y no sólo en el rendimiento.

Simultáneamente, debemos reconocer que toda transición real se produce a través de una discontinuidad: es desigual, fragmentaria y, a veces, conflictiva. Por lo tanto, no existe un modelo de cambio único, ni una solución global; hay territorios e historias que exigen respuestas diferentes. Dada la desigualdad que caracteriza a nuestro mundo, la difusión de la IA y de los sistemas computacionales produce efectos distintos en cada lugar. Las sociedades ricas se automatizan rápidamente y de forma caótica, reduciendo la necesidad de mano de obra y generando zonas de desempleo y fricciones institucionales.

En cambio, vastas regiones del mundo permanecen atrapadas en economías híbridas, donde el trabajo humano mal remunerado y las tecnologías parciales conviven sin llegar a transformarse realmente. Estos territorios se convierten en reservas de mano de obra precaria y focos de inestabilidad y migraciones forzadas. Las soluciones, por tanto, deben encontrarse a nivel nacional y local, involucrando a las comunidades intermedias. Se necesitan herramientas capaces de adaptarse: modelos articulados, experimentos locales, redistribuciones progresivas, nuevos derechos de acceso a los bienes esenciales. Así, sin perseguir una armonía abstracta, se trata de construir formas concretas de convivencia humana en la transformación.

A la luz de esta convicción, podemos también reinterpretar la historia de la Doctrina social de la Iglesia tras la Rerum novarum. Las iniciativas surgidas en ese contexto —asociaciones, sindicatos, cooperativas, obras de asistencia social— han contribuido de manera decisiva a mejorar la legislación laboral, a proteger a los más vulnerables y a promover condiciones de vida más humanas. Hoy en día, sin embargo, tales instrumentos ya no bastan por sí solos ante las transformaciones provocadas por la IA, la nueva organización de los mercados y la competitividad que rara vez se preocupa por la sostenibilidad social.

Es necesario un nuevo esfuerzo conjunto por parte de los responsables políticos, las organizaciones de trabajadores, el mundo empresarial y la comunidad científica para elaborar con celeridad normas y medidas de protección adecuadas y consensuadas, también a nivel internacional. Las organizaciones sindicales, a las que la Iglesia siempre ha apoyado, están llamadas a abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos en un contexto en el que, sin decisiones valientes, surgen más pobreza y más desigualdades, con una multitud de excluidos rodeados de máquinas y sistemas automatizados que han ocupado su lugar.

La encíclica aboga por el derecho a la esperanza y dice: “Un examen decisivo para la justicia social hoy está representado por la condición de los migrantes, de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales. El modo en el cual una sociedad los trata muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad”.

La lucha contra las nuevas formas de esclavitud constituye una prueba de fuego decisiva para el discernimiento ético de la IA y la transformación digital. Siguiendo la tradición iniciada por León XIII, la Iglesia renueva su firme condena de toda forma de esclavitud, trata y mercantilización de las personas, y recuerda la urgencia de un amplio movimiento de reflexión y acción que sitúe en el centro la dignidad inalienable de todo ser humano y el bien común, como fines de la sociedad y como criterios de toda decisión personal, social y política. Sin esta reflexión ética y humanizadora, el creciente poder de los sistemas digitales corre el riesgo de conducirnos hacia nuevas atrocidades, no menos vergonzosas que las del pasado que hoy deploramos, mientras seguimos presentándonos como sociedades “avanzadas” y “civilizadas”.

Por último, León XIV propone que, los distintos ámbitos considerados —la búsqueda de la verdad en la vida pública, la educación en el entorno digital, las transformaciones del mundo laboral, la fragilidad de las familias y las nuevas formas de esclavitud— no son fenómenos aislados. Todos ellos ponen en juego lo mismo: si la técnica se convierte en criterio absoluto, la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía; si, por el contrario, la técnica se inscribe en un horizonte de sabiduría, puede convertirse en una oportunidad de crecimiento, justicia y fraternidad.

Desde esta perspectiva, la Doctrina social de la Iglesia propone una responsabilidad compartida. Pide que estos procesos sean gestionados con visión de futuro: por instituciones capaces de regular sin asfixiar y de proteger sin suplantar; por empresas que reconozcan en el trabajo y en la dignidad un criterio de éxito; por organismos intermedios y comunidades educativas que reconstruyan la confianza y los vínculos; por ciudadanos que cultiven la responsabilidad, la sobriedad, el discernimiento y el sentido de la verdad. Sólo así la innovación podrá convertirse realmente en desarrollo humano integral y no en factor de exclusión y dominio; y sólo así la promesa del progreso podrá ser reconocida como verdadera, porque estará medida en función de la dignidad inviolable de cada hombre y cada mujer.

Así que, no podemos olvidar que estamos en la punta del iceberg de la cultura racionalista y técnica de los tiempos modernos. Un tipo de cultura que se opone a la exaltación del Yo y de la subjetividad, al hombre concreto de carne y hueso, que exalta la “zona de la sentimentalidad”, el mito, los valores y el lenguaje. Por eso el Yo y la subjetividad se oponen a la sociedad de masas y la cultura de masas, que han traído consigo. Esa rebelión salvaje y convulsiva, se manifiesta en el arte, la poesía, la música, la literatura, etc. Que va acompañada con el rescate del hombre de carne y hueso, su mundo interior, y no del hombre convertido en objeto, en número o, almacén de recambio.

Estamos en una época donde las teorías posthumanas, destruyen la humanización del ser humano. Ernst Jünger piensa que donde se debe trabajar primero es, en el interior del ser humano. Para que responda a las exigencias materiales, científicas, técnicas, políticas o culturales de la época. De ahí que la crisis de nuestro tiempo, arremeta contra la subjetividad, el tejido estético de la existencia. Por eso las grandes convulsiones espirituales, son percibidas y descritas magistralmente por los artistas, los poetas, los novelistas, los pensadores, etc.

Así que, estamos a las puertas de la gran crisis de nuestro tiempo, por el predominio de los lenguajes digitales, las imágenes en movimiento, la IA, en la vida de los seres humanos. No podemos olvidar que el ser humano tiene un resto que es imposible definir y resolver con algoritmos.

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

 

 

                              

 

                                          De la “Palabra de Dios” al “nombre” en el hombre

                                          El lenguaje en el Génesis de las cosas y de la vida

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid – España a 13/05/2026

Según la Escritura, un fenómeno lingüístico acompaña el acto de la Creación: la aparición de una gramática del Logos, a partir del lenguaje del premundo mudo que ofrecían el arte y los símbolos algebraicos. Son el comienzo de las primeras palabras audibles, el origen del “reino de la lengua real”. Así, en este orden, la lógica de la Creación impone el hecho de que los conceptos destinados a abarcar la realidad universal adopten la forma del pasado: fundamento, causa, origen, presupuesto o a priori, “en todos los casos –en opinión de Fran Rosenzweig-, el mundo es proyectado en el pasado para volverse cognoscible”.

 El milagro del lenguaje proviene de la palabra-raíz arrancada al silencio hasta la forma narrativa del pasado plenamente objetivante de “la palabra que Dios ha pronunciado y que encontramos escrita en el libro del comienzo”. Por tanto, el tiempo de la Creación ex nihilo, es el tiempo del pasado: “En el principio, cuando Dios creo el cielo y la tierra”, confirma que el de las cosas está en ser ya-ahí. Sin embargo, el último acto de la Creación rompe el “yugo de la objetividad” cuando Dios declara: “Hagamos al hombre”.

Lo resonante según un Midrash: “Dios contempla a su última criatura diciendo que no es algo meramente “bueno” sino “muy bueno”. Y lo hace para afirmar que “muy bueno” es la muerte. Este acto divino sobre lo humano hace que el hombre sea consciente de su finitud y que acceda a la experiencia de la “Revelación”. Así que, la muerte se convierte en “bisagra entre la realidad de una finitud que de algún modo constituye la última palabra de la Creación y la experiencia no menos real de la Revelación está en una formula del Cantar de los Cantares de la que todo el análisis de esa noción es un vasto comentario: “El amor es fuerte como la muerte”.

La muerte imprime el sello indeleble de su condición de criatura, la palabra “ha sido”. Podemos decir que el hombre pasa del ensimismamiento y la pasividad de la muerte, “a una disponibilidad al movimiento por el que Dios le confía, por así decirlo, su ser. Rosenzweig afirma “que en Dios el amor no es “atributo” sino “acontecimiento” y, enfáticamente “el Midrash le hace decir: “Si dais testimonio de mí, entonces seré Dios; y no de otro modo”.

En ese sentido, cuando se habla de amor en la relación entre Dios y el hombre, es para designar la figura por excelencia de la Revelación: el alma. En el relato bíblico, esta nace precisamente entre el silencio de Adán ante la pregunta que Dios le dirige – “¿Dónde estás?” (Gn 1, 13)- y la respuesta de Abraham a una llamada ulterior – “Heme aquí” (Gn 22, 1)-. Para Rosenzweig, significa el tránsito para una lógica del diálogo donde el Yo y el Tu reemplazan al Él y el Eso de la Creación, en un lenguaje del amor gracias al cual el sujeto humano adquiere su autenticidad obteniendo un nombre propio.

Para Hermann Cohen en el texto “El Prójimo”, la pluralidad de correlaciones del hombre con sus semejantes, sirven como conductos para las de Dios y el hombre. Sitúa el sufrimiento del hombre concreto de carne y hueso, en el centro de la reflexión ético-religiosa. Sí la ética formal kantiana no responde en su totalidad a las apetencias y requerimientos humanos, la religión sale al encuentro de la ética.

“Desde un punto de vista de la filosofía de la historia, en la medida que tiene su base en la Ética, Dios es el redentor de la humanidad”.

Recordemos, que la obra de Cohen contiene una idea fundamental: “La idea monoteísta del prójimo: con-sanguíneo, vecino, compatriota, pobre, huérfano, forastero, inmigrante, extranjero, enemigo, singularidad, pluralidad, universalidad, humanidad”. Esto encarna el ideal mesiánico de la historia universal, porque contiene una dimensión lógica, ética, estética y religiosa. Dice Andrés Azcona en el prólogo de El Prójimo: “Idear es poner un fundamento, proponer una tarea, crear una forma, ejercer una función. La idea media conocimiento, tiene eficiencia, construye comunidad, constituye al ser humano en cuanto ser humano. El ser humano se constituye al generar ideas, al compartirlas, al realizarlas. Al producir cultura, al enriquecerla, al purificarla y heredarla”. Así pues, Cohen en sintonía con Jesús de Nazaret, tal como está escrito en el Sermón de la Montaña, nos invita no sólo a amar al prójimo, sino también “amar a nuestros enemigos”.

Es digno de creer que el Dios Uno, Creó al hombre y, de esta creación nació la humanidad misma. Así, Cohen quiere dejar claro que el amor al prójimo, no es algo particular, nacional, de Israel. Sino que el amor al prójimo es un concepto universal valido para todos los hombres, los pueblos y naciones del mundo. En el Antiguo Testamento, Rea significa el otro, y ciertamente éste es a veces también el compatriota. Esto no podría ser de otra forma, ya que la Biblia no es sólo un libro religioso sino también una obra histórica nacional y, finalmente, también un libro de normas jurídicas y de doctrina del Estado.

De ahí que en su réplica al Prof. Rudolf Kittel, exegeta del Antiguo Testamento, en relación a sus opiniones sobre Judenfeindschaft oder Gotteslästerung, […], expresa que en la antigua Biblia está destinado al fracaso el análisis filológico, sino se pone en primera instancia el amor al hombre. Lo confirma Cohen: “Sólo entonces se podrá comprender también lo que significa el forastero y el modo en que este concepto sirve de mediación para descubrir al ser humano como aquel al que se ha de amar.

Y lo reafirma con el viejo Michaelis en su Derecho mosaico (1793): “Moisés manda, como puede hacerlo todo legislador, amar a los forasteros, y todos los subsume bajo el nombre del prójimo al que uno debe amar como a sí mismo”. En “subsumir” se puede barruntar la idea metódica según la cual la legislación jurídico-política relativa al forastero sirve de medio para descubrir el concepto ético por excelencia: el concepto de prójimo.

En el Targum de Jonatán ben uziel, Rea, significa compañero, y añade: “No le hagas lo que te es odioso”. (Lv 19, 33). “En semejante inocencia original de sentimiento habla una inocente religión original”. Y concluye esta idea Cohen, con la exaltación al amor al prójimo como fuente de amor a todos los seres humanos. “El forastero es la causa de que haya surgido el mandamiento del amor. El ser humano fue descubierto en el forastero. El motivo primordial del amor es el amor al forastero.

Dice algo verídico para los pueblos del mundo, son las contradicciones, los antagonismos, que se dan en la historia geopolítica universal: “¡Qué florecimiento y que legitimidad habría ganado la cultura política, la cultura histórica, si el conciso mandamiento de amar al forastero se hubiera constituido en la ley fundamental de la religión, en lugar de convertir el amor al prójimo en un eslogan superficial!

Nuestra política actual no haría escarnio de la religión de una manera tan hipócrita, si en el lenguaje de una política decente fueran inconcebibles las expresiones “elementos extraños al pueblo” o, incluso, “cuerpos extraños”. O, primero los nacionales como argumenta la derecha y la extrema derecha española. “Por consiguiente, la ley fundamental de la moralidad, y probablemente de la religión, es el amor a todo lo que tenga rostro humano”.

El amor al hombre se convierte en el lugar donde confluyen todos los mandamientos, y sí el amor a Dios los precede, él sigue retirándole “la rigidez de las leyes para hacer de ellos mandamientos vivos”. O, en otras palabras, el amor de Dios al hombre, se transforma en amor del hombre al prójimo. Como expresa Pierre Bouretz: “El mandamiento de amar al prójimo puede identificarse como la quintaesencia de la Torah, que incita al alma a abandonar “la casa paterna del amor divino” para salir al exterior y recorrer el mundo”.

Bueno bien, la posición de Rosenzweig abarca dos gestos: “Asumir la imposibilidad de devolver a los mitsvot su sentido tradicional y asumir la objeción filosófica contra la abstracción formal del imperativo moral asociado al concepto moderno de autonomía”.

Este acto divino, por lo humano, da al hombre nombre, al tiempo que le otorga el género al que pertenece. Su especificidad está dada en ser creado “a imagen y semejanza de Dios”, categoría que fue negada incluso a las luminarias del cielo -un nombre propio, en lugar de una designación según la especie-, se asocia al soplo de vida que se insufla, para serle retirado un día. Dios insufla el aliento al hombre […], es decir, le confiere “al mismo tiempo, Vida, Espíritu y Lenguaje”. Ahora, sí Dios contempla su criatura diciendo que no es algo meramente “bueno” sino “muy bueno”, afirma que lo “muy bueno”, no es otra cosa que, la muerte. Pero es a través de la consciencia de la finitud, por la que el hombre accede a un excedente de experiencia mediante la Revelación.

Además, sí el soplo divino le otorga al hombre Vida, Espíritu y Lengua. Dios desplegó libremente el lenguaje en el hombre, puso en él una sencillez prístina cercana a las cosas, pero también una persistencia simbólica que lo rodea y conforma. Entonces la esencia del hombre es, ser del lenguaje. “El nombre es la esencia más interior del lenguaje” -opina Walter Benjamín, en Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre.

En el nombre, la lengua presiente el envite de profundidad poética e inteligencia. Asimismo, para el pueblo de Israel, la antropología hebrea elabora una dialéctica original entre la “carne” (basar) y el “espíritu (ruah), que le permite tener inalterable, aunque en evolución, el sentido de la unidad de la existencia humana que se expresa con la palabra: néfesh. El hombre es idénticamente una carne-espiritual, un yo viviente y carnal, todo ello asumido en la unidad del nombre de cada uno, que significa la individualidad irreductible: “Yo te he conocido en tu nombre”.

En la gramática de Israel la palabra néfesh posee también otros significados, “garganta” (Jonás 2, 6), y designa igualmente “suspiro” o “respiración”. El “deseo” o el “apetito” (Proverbios 12, 10; 13, 2); además, es la propia “vida”, “el ser viviente” (I Reyes 3, 11; II Reyes 10, 24), y por ello está en relación con la sangre (principio de vida) (II Samuel, 23, 17). Todo ello se asume en la unidad del nombre de cada uno. La unidad viviente, el hombre, es nombre.

Para el pueblo de Israel, no existe una “corporalidad” sino una “carnalidad” de la existencia del hombre. Pero hay un elemento propiamente hebreo que en la antropología bíblico-judaica lleva a cabo un punto de inflexión: el ruah. Que hace parte de la unidad indivisible del hombre. Esta nueva dimensión es propiamente una dimensión divina, sobrenatural, porque es bíblica. De ahí que Benjamín en Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre, dice: “La lengua comunica contenidos espirituales cuando se comunica a sí misma”. No es otra que, la lengua del ruah, que Dios insufló al hombre. Por eso el yo viviente y carnal, es Vida, Espíritu y Lengua.

En el Génesis o en el Evangelio según San Juan, Yahveh-Dios se vale de la Palabra para Crear, y dentro de cada criatura deja su huella, el signo de la Palabra divina. Ahora, si Dios es Palabra, dice Benjamín, ésta se reconoce porque es nombre. Entonces la palabra de Yahveh-Dios se conoce en el nombre. Ella se centra en la palabra creadora; la del hombre en el nombre. Así el lenguaje del hombre tiene su fundamento en el nombre, ya que su función esencial es nombrar lo que Dios ha creado. El Creador le ha dado coparticipación al hombre en su obra: “El hombre dispuso el nombre de las bestias, de los pájaros del cielo y de los animales salvajes… (Génesis 2, 2).

“El hombre es constituido “Señor” de la creación y libre de alcanzar su dignidad, su integridad ante los ojos del Creador […] La existencia que el humanismo judío propone no es trágica, en cuanto necesaria, sino dramática, en cuanto, siendo los riesgos inmensos, nada es necesario y todo tiene como causa de responsabilidad el corazón humano”. Debe observarse que la estructura antropológica y ética del hombre, la metafísica del pensamiento semita y, en particular, del judío, en el plano antropológico, es enteramente lingüística.

Porque descansa y se genera en el logos. Así la tarea del filósofo e historiador del hecho humano, es revelar que el fundamento del pueblo hebreo, es dialógico, “un dialogo entre un (Abraham) y un Yo (Yahveh)”. La intersubjetividad constituida entre Yahveh-Dios y Abraham, es la “estructura metafísica esencial de la consciencia hebrea, el fundamento del “mundo” del hombre hebreo, en cuanto a las relaciones intersubjetivas se refiere”.

El lenguaje desde la Creación hasta Abraham, se convierte en la punta de una lanza y el pueblo hebreo, el mango que la impulsa. 

En el ensayo Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre de 1916, afirma Benjamín que la palabra trasmite la esencia espiritual de las cosas, ésta “se comunica en el lenguaje y no por el lenguaje”. Así “a la pregunta ¿qué comunica el lenguaje? Hay que responder: todo lenguaje se comunica a sí mismo”. Entonces ¿qué preocupa a Benjamín? Qué le ocurre al hombre a partir de esa cuestión. “Nombrando a todas las demás cosas”, comunica su propia esencia espiritual. Que “no conocemos fuera del lenguaje humano, ningún lenguaje que nombre”.

En fin, la acción esencial del lenguaje es conocer a través del nombre. Según Benjamín se trata de refutar la concepción “burguesa” del lenguaje, que establece que la comunicación tiene como medio la palabra, como objeto la cosa y destinatario el hombre; demostrará que no conoce ni medio, ni objeto, ni destinatario. La visión instrumentalista del lenguaje, en su defecto, se contrapone a la afirmación que hace Benjamín: “En el nombre, la esencia espiritual del hombre se comunica con Dios”.

Esto lleva a Benjamín a pensar que las cosas privadas de lenguaje espiritual, sólo se pueden “comunicarse” entre ellas mediante una comunidad más o menos material. Entonces la lengua material de las cosas, es “un profundo lamento”. Además, “es una verdad metafísica que toda naturaleza empezaría a lamentarse si se le concediese el lenguaje”. Esto posibilita establecer a Benjamín los materiales para una “metafísica del lenguaje”. “En ese momento -dice Bouretz-, opta por indicar que su proyecto consiste en explorar la concepción que la Biblia ofrece del lenguaje, para subrayar el modo en que aquélla lo concibe como “realidad última, inexplicable, mística”, y no con fines exegéticos o de demostración de su verdad revelada.

También nos recuerda que el segundo relato de la Creación es el único donde se dice que Dios pasa por la mediación de una materia para expresar su voluntad, dado que el hombre es modelado a partir de la tierra. Es al hombre que no ha sido creado por el verbo, según el esquema “Dios dijo y eso fue”, a quien a partir de ahora se concede lo esencial: “El don del lenguaje, que lo eleva por encima de la naturaleza”. Como colofón Benjamín establece: “En Dios el nombre es creador porque es verbo”.

De hecho, se intenta destacar que el conocimiento que el hombre obtiene de la lectura del símbolo divino tatuado en cada criatura, su esencia espiritual, es un reconocimiento de la palabra divina en cada uno de los animales o plantas. Las cosas, por tanto, creadas por la palabra de Dios, y reconocidas en su nombre por la palabra humana, hablan a través del hombre. El cual traduce aquello que la cosa le comunica en su imperfecto lenguaje. De esta manera, los objetos son elevados a la mayor perfección que les brinda el lenguaje humano, que, en el Paraíso, es capaz de nombrarlas con su nombre propio. Sin embargo, como afirman las teorías cabalísticas, el impronunciable nombre de Dios sería la unidad final de todo lenguaje.

Además, los significados antiguos se generan en el nombre: son “una especie de monumento al lenguaje”. Así que, “Dios no creó al ser humano en absoluto a partir de la palabra –en el Génesis de las cosas y de la vida-. Tampoco le dio nombre. Porque no quiso subordinarlo al lenguaje, sino que desplegó sobre él la lengua libremente. Porque el lenguaje le había servido como medio de la Creación. Dios al fin descansó cuando, en el hombre, abandonó así lo creativo. Y así lo creativo, desprovisto de lo que fue su actualidad divina, se convirtió en conocimiento”.

Sabemos que la esencia espiritual del hombre es el lenguaje. Pero Benjamín no habla de un único lenguaje del hombre, también habla de que existe un lenguaje paradisiaco y un lenguaje de la caída. El lenguaje paradisiaco de Dios, es creador, el del hombre, es dador de nombre. El destierro del Paraíso terrenal, marca, una transformación del lenguaje humano. Esta inflexión en el lenguaje del hombre, es el paso previo a lo que Benjamín llama la pura “charla”; ésta abre un abismo entre el espíritu lingüístico de las cosas y el del hombre. Con este proceso el lenguaje del hombre se transforma; pierde su magia inmanente, para darle prioridad a la magia expresiva, exterior, a la esencia lingüística de las cosas. Por lo cual, la palabra necesita comunicar algo exterior a sí misma.

Esta posición del lenguaje, Benjamín la malla, su concepción burguesa. El lenguaje a partir de ahí, se esclaviza en charla maligna. Por eso la caída del lenguaje paradisiaco en el abismo, posibilita la abstracción; en otros términos, el lenguaje abandona la morada de la naturaleza y de los animales, y se produce el cisma de la abstracción. Aquí, no sólo se cristaliza en el tiempo la incapacidad de contemplar y reconocer la signatura de cada cosa de manera directa, sino la sanción especulativa, teorizante, del lenguaje.

A partir de aquí el hombre observa el sello divino de las cosas, como en espejo; la imagen que las refracta es opaca y fragmentada. De ahí que Benjamín perciba el acercamiento del lenguaje humano al de Dios, a través de la traducción. Esta nos acerca a las fuentes del lenguaje paradisiaco, adámico perdido.

Benjamín reflexiona sobre la expulsión del Paraíso y Babel, y se impone clarificar la diferencia entre los dos momentos de la Creación. Al primero le concierne designar, “la esencia pura del lenguaje”, ya que “ésta nunca perteneció al hombre, sino a Dios”. Por tanto, “el lenguaje auténticamente creador de realidad”, no pertenece al hombre, sino a Dios. Así pues, no puede perderlo, ni representa el origen de su lenguaje. En ese sentido, el lenguaje manifiesta el segundo momento, al dar Adán nombre a los animales. El acto de nombrar lleva implícito, la esencia pura del lenguaje. El lenguaje de Yahvé-Dios, se expresa en el nombre.

“Pero, mientras que aquí se dibujaba una forma de acuerdo perfecto entre el lenguaje primordial del hombre y la realidad de las cosas que bebían en la misma palabra divina, la continuación del relato ve como ocurre la expulsión del Paraíso, que, por su parte, perfila la expulsión del Paraíso. Para Benjamín es consecuencia de la transgresión, de la prohibición de probar los frutos del árbol: que denomina “árbol de la interrogación”. En consecuencia, “en el conocimiento, el nombre “sale de sí mismo” y el pecado original es la verdadera “hora natal del verbo humano”. Además, el hombre debe asumir la decadencia de la palabra, que en lo sucesivo debe “comunicar algo”.

Asociando la expulsión del Paraíso y Babel, Benjamín concluye que, “la servidumbre del lenguaje en la palabrería”, se relaciona con “la confusión de las lenguas”. Expresan la caída de la lengua de su estado adámico y restringido, sólo y únicamente, a una función puramente comunicativa. Así, “el lenguaje es condenado a una perpetua aproximación y a una suerte de nostalgia de su armonía primera con las cosas”.

En este orden, el nombre posee una naturaleza espiritual que le permite respirar como un ser vivo, y este halito es el que el filósofo debe atisbar. Benjamín en la actualidad y Platón en la antigüedad son las dos caras del espejo de Jano. Perciben la historia de las palabras como historia del pensamiento. Lo importante de las reflexiones benjaminianas es que evocan la historia de las palabras que usa. Nos invita a desandar lo andado y en la medida que se hace, evoquemos las imágenes de las antiguas palabras para convertirlas en emblema de un pasado arcaico. Significa entonces percibir los desechos de las palabras antiguas respirando sobre la piel de la actualidad.

Así que, la veta de piedras preciosas de la antigüedad se ofrece a la reflexión preñada de sentidos. Porque el umbral del presente las compele a poner su gesto estético. Para Benjamín el texto Antiguo es el lugar donde las historias de las palabras evocan esta bella metáfora: “La lámpara eterna es una imagen de la auténtica existencia histórica. Cita el pasado –la llama que fue encendida antaño- y lo hace perpetuamente, alimentándola con combustible siempre nuevo”. El enigma de la actualidad no hay que buscarlo en los pliegues de la modernidad, sino en los brazos de la Antigüedad. Toda “representación filosófica” para Benjamín, alude al prototipo remoto y confuso del pensamiento primigenio que se alberga en los nombres.  

        Así pues, el pasado y su historia conforman lo actual con claras alusiones al eterno retorno.

Walter Benjamín y Gershom Scholem saben de la importancia del lenguaje como refugio vector de la Tradición; el papel y los efectos de la dialéctica del mesianismo en la historia judía. La cuestión del lenguaje preocupó a Benjamín y a Scholem, en una época donde el discurso y la escritura se cruzan con el científico y la metafísica. Y como posteriormente, la palabra y el pensamiento, el sentimiento estético de la vida, se sustituyen por la barbarie y la muerte.

Aquí cabe anotar lo que Martin Heidegger, dijo en “Carta sobre el <Humanismo>”:La razón se mal interpretó como racional. Y la irracionalidad en tanto engendro de lo irracional impensado, prestó curiosos servicios”.

De ahí que la metafísica occidental (el sujeto equivalente a la consciencia y la racionalidad universal, el Yo, centro del mundo y la vida, la Ilustración, el Orden Burgués, etc.), no estuvieron a la altura para contener, lo que George Steiner denominó: la Soha: el viento oscuro de la muerte.

Por último, Benjamín y Scholem son conscientes de la separación del lenguaje como función comunicativa y la naturaleza mística que encierra. Esta última recoge los secretos de la tradición y las variaciones del espíritu judío en la historia; la otra, se ubica en la superficie del lenguaje y obedece a las necesidades de su recamara: el poder, la falsedad, la opinión, las imágenes, los lenguajes digitales de la época. “Dotada de una dialéctica que le es propia, esa tradición se transforma y puede convertirse en un murmullo apenas audible; también hay épocas, la nuestra, por ejemplo, en que esa tradición se seca y ya no puede ser transmitida”.

Ambos se dan cuenta que en la época actual estamos en presencia de una crisis del lenguaje, que afecta al misterio de la tradición. “En opinión de los cabalistas, era la presencia del Nombre bajo las palabras lo que permitía escrutar el misterio del lenguaje”. Y, se plantean la siguiente pregunta, ¿cuál será la eminencia del lenguaje del que Dios se haya retirado?

sábado, 2 de mayo de 2026

 

 

 

                La filosofía en los movimientos del pensamiento de Martin Heidegger

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid – España a 01/05/2026

Desde la Grecia antigua y, en particular, con Sócrates, el preguntar rompe con lo establecido como verdad, abre nuevos umbrales para percibir y pensar al hombre y las sociedades, el mundo y su realidad. Por eso Heidegger afirma: “El preguntar es la piedad del pensar”. La piedad, la devoción, es la forma como el pensar responde a lo que da que pensar. Ese preguntar es como una vida; es el carácter de una vida. En este orden del pensar Kant dijo: Que una vida sin “pregunta”, no merece vivirse. Una vida vacía en el devenir de las costumbres, de los usos, de la estandarización del vivir en sociedad.

Así, la pregunta rompe las amarras de lo establecido como verdad, como “lógico”, como poder, en el juego de la cuadratura del mundo y de la vida: Cielo y Tierra, Mortales y Dioses. Como lo expresa José Mª Esquirol: “Los cuatro forman el cuadrado originario del mundo. Juego de relaciones, y no totalidad indistinta. Así cualquier cosa es cosa del mundo, es decir, toma parte en el juego de estas relaciones y expresa esas relaciones”.

La técnica aleja al hombre de lo familiar, lo habitual y lo sitúa en los márgenes de su propia esencia. Aquel que posibilita que el ser advenga y manifieste su verdad, y como ser lingüístico su lengua sea la casa del ser. Heidegger es consciente de las consecuencias de la técnica moderna en la vida del ser humano como del desarraigo que trae consigo la civilización actual. Y “frente a ello expresa nostalgia de la tradicional existencia campesina”.

                      La técnica arranca al hombre de la tierra y lo desarraiga”.

Como también: “Todo lo esencial y grande sólo ha podido surgir cuando el hombre tenía una patria y estaba arraigado a una tradición”.

Esquirol corrobora las palabras de Heidegger: “Ya no es posible volver a ser leñadores, ni agricultores, como antes. Pero el pensar y el poetizar pueden llevar a cabo una especie de nuevo enraizamiento. Falta de tierra natal” que ayude al encuentro consigo mismo y lo más cercano. Ahora, si en la civilización actual el arraigo en el suelo natal ya no es posible, ¿qué ocupa su lugar? Esquirol dice: “El arte, el habitar cabe las cosas, la cosa, el pensar y, siempre, la cercanía. Ese pensar que se expresa en la cercanía y que tiene su lugar en el mundo de la técnica se bautiza también con otra palabra: serenidad. Estamos rodeados de objetos técnicos”.

Somos parte de una época donde prevalece el tiempo abstracto y las cosas que lo pueblan pierden su densidad. Estamos compelidos por el tiempo de las máquinas, de la velocidad y la futilidad donde las nuevas tecnologías de la información nos empujan como cerebros y cuerpos finitos, a introducir en nuestras vidas: la simultaneidad. Así que, en el tiempo de las nuevas tecnologías, de Internet o de Google o de Instagram, o, de X, ocurre todo al mismo tiempo y necesitamos estar en todas partes a la vez. Esto rompe con la sucesión y la narración, que trenzan la experiencia con la imaginación, la imaginación con el pensamiento y, esta mutación del tiempo, la realidad y del lenguaje, trae consigo transformaciones ontológicas y metafísicas.

De ahí que la apertura al misterio de las cosas que pueblan el mundo y su realidad, a la vida y la muerte, o, mejor, su invocación sea cada vez más necesaria. Ya que el mundo técnico les arrebató el misterio de la cercanía y la serenidad, con que se presentaban a nuestros antepasados. De ahí que la apertura al ser y al claro, la verdad de su desvelamiento, posibilite que el misterio se haga presente al hombre actual. Así que, en el mundo técnico y del colectivo técnico, la serenidad, la apertura, el misterio, nos ubican en los umbrales desde donde el hombre rompe las ligaduras del tejido de la uniformización y la homogenización, de lo siempre-igual, que establece el Gran Poder.

Como expresa Esquirol: “No por poco ruidosa es la serenidad menos revolucionaria. Las grandes acciones no tienen por qué ir acompañadas de estandartes y trompetas. La serenidad es una forma de actuar y de un actuar verdaderamente relevante, pues cambia profundamente la situación”. 

En la serenidad hay paciencia, y espera, y escucha, en la cercanía. Permite, la serenidad, ese escuchar de nuevo la voz de las palabras más originarias. En la serenidad decimos lo que hemos escuchado. Nuestro decir es un volver a decir la respuesta escuchad. La serenidad proviene de las raíces del logos, del originario logos de los tiempos pretéritos. Cuando los hombres escuchaban la sinfonía de los cielos estrellados en soledad y observaban la presencia de los dioses.

De ahí que el hombre moderno, de la técnica y del mundo técnico, ha de volver su mirada a la escucha en silencio. Porque lo que prevalece en la actualidad, en la sociedad de masas y la cultura de masas, es la algarabía de los lenguajes digitales y de las imágenes “pictóricas” en movimiento. ¿Qué predomina en la “conversación”? El vaciamiento de los contenidos espirituales de las lenguas naturales. Así que, si no estamos abiertos a escuchar, nos cerramos a la serenidad y al pensar, y a la bondad y a la misericordia del pensar y el sentir. De ahí que en la época actual la “distancia” y el “tapar”, no posibilitan el claro, la luz del claro, donde se devela la esencia del Ser y del existir.

Pero que pretende Heidegger, al hablar de “proximidad vecinal”, que ésta contrasta con el mundo técnico, donde prevalece la “distancia” y la “frialdad”. Es decir, la indiferencia hacia el otro, que, en su naturaleza, es un nosotros. Este rasgo del mundo técnico lleva al olvido que el hombre primitivo es, nuestro vecino y se encuentra oculto en todos y cada uno de nosotros. Y, que el hombre de la Gran ciudad está inmerso en los flujos de la vida cotidiana, la indiferencia psicológica, el lujo, el consumo, en el disfrute de las cosas materiales; eso que se denomina “Cultura de lo efímero”, la homogenización, el dinero, y habla el lenguaje de una Civilización artificio que tiene una ligazón íntima con el progreso y comunica un lenguaje que se opone a la Cultura.

A la Cultura guiada por el libre juego del pensamiento sobre la realidad, el tejido vivo de la existencia y del mundo. “La Cultura que recomendamos es, sobre todo, una operación interior” –nos recuerda Matthew Arnold. Tengamos presente que, distinguir entre la cultura y la técnica es un presupuesto de pulcritud espiritual, como lo es asimismo distinguir entre el dogma y el saber. La vida se convertiría en una tragedia fundamental si no se hace tal distingo.

 Por tanto, en esta alta civilización técnica, de sociedad de masas y cultura de masas, “el hombre -dice Jünger-, es capaz de extraer de sí la vida, cosificarla y objetivarla, y aumenta sin interrupción”. Y expresa: “Tras la edad de la gran seguridad ha llegado, con una rapidez asombrosa, una edad diferente, en la que preponderan las valoraciones técnicas. Pero nada de eso exime de responsabilidad”.  

En relación a la vida en la Gran ciudad, añade Jünger: “Una de las características del parentesco existente entre el dinero, que es algo inconexo, y la masa, que es así mismo inconexa, es la siguiente: no sólo no garantizan ni el uno ni la otra, protección alguna contra el ataque efectivo del dolor”, sino también, del ataque real y existente del sufrimiento, la exclusión social, el hambre, el desempleo, la xenofobia, etc., que los incrementan incluso. Porque se olvida que detrás de la inconexión del uno y la otra, se esconden relaciones de fuerza, de saber y de poder. Es decir, generan una nueva forma de control, de coacción de la mente y del comportamiento del ser humano.

Hay que desandar lo andado para restaurar la escucha y, la serenidad y, la espera y, la vecindad, para que el ser y la esencia del hombre, se revelen en la esencia lingüística del ser humano. Esto confirma una de las tesis de Heidegger: “El lenguaje es la casa del ser”. En este orden de ideas, “el hombre corresponde al ser en su apertura, permitiendo que el ser se haga presente; y el ser tiene en el hombre aquel que le proporciona el claro para hacerse presente como tal. En ser-en-el-mundo, mundo no significa ni un ente ni un ámbito de lo ente, sino la apertura del ser; mundo es el claro”.

Por tanto, la serenidad del pensar, la bondad y la misericordia de éste, posibilitan que el ser se devele, en el mundo que es el claro. Que conduce al juego de la cuadratura del mundo: Cielos estrellados, Luz; Tierra nutricia y habitable; el hombre pensante por la Tierra del mundo; y los Dioses redentores de la humanidad. El “juego no alude ni a algo superficial ni a un pasatiempo simplemente. El juego del mundo tiene la gravedad del juego infantil. No responde a ningún porqué. El mismo es el sentido.

Así que, con el pensar, el hombre se siente en la cercanía esencial de ese juego; siente el movimiento de los elementos y su mutua pertenencia. Encontrarse entrando en el juego del mundo es cuidarlo y guardarlo. Para eso no hace falta nada extraordinario. Ninguna transformación gigantesca. Ni ninguna posición sobresaliente de autoridad, poder, o intelectualismo mal entendido. Sólo cercanía de lo más sencillo.

Ernst Jünger alude en el texto La tijera que, “las cosas geniales no se inventan; son consecuencia de una inspiración. El niño es genial por naturaleza –al recordar el origen. Esto es algo que se pierde no sólo con el paso del tiempo, sino también por causa del tiempo […] Se pueden hacer visibles las cosas invisibles que están dormidas en el Universo; así, las reservas son inagotables, no hacemos otra cosa que arañar por encima de la superficie”.

En este orden de ideas, Heidegger tiende su mano, su logos y su pensar, para que el juego del mundo saque al hombre del objetivismo y la cosificación, que lo dispone a la homogenización y la numerificación. El juego del mundo porta en sí el sentido, libera al hombre moderno de las ataduras de la técnica, del dinero y del poder; por eso, posibilita la revelación de la esencia del ser y la libertad, la libertad creadora de “formas” que dona la poiesis, el arte y la música, la poesía, es decir, la “luz” y la “dulzura”.

En cambio, la imposición de la técnica somete, domina a la naturaleza e instrumentaliza al hombre. La imposición oculta la aleteia –el desvelamiento del ser y del mundo. El hombre está situado en la esencia de la técnica. Así que, el hombre es requerido por la esencia de la técnica. El hombre no sólo se tecnifica, sino también la técnica lo instrumentaliza, lo domina, lo coarta y lo vigila. Por la técnica y en la técnica, el hombre se convierte en número, en objeto o cosa.

Así que, en la época actual el hombre vive un proceso de deshumanización, de ruptura con lo sagrado e inefable, lo espiritual, los valores, las ideas y el pensamiento, y, quiebra la coherencia del “Yo” concreto. Este proceso licua lo sólido que queda del hombre y lo entrega a los poderes de la tecnología. Quien predomina es, el Estado tecnológico y las Grandes Empresas Tecnológicas.  Además, la técnica se convierte en un medio de ocultación del ser; también en conducto de des-ocultación de la verdad. Según Heidegger, la técnica cumple una función contradictoria y ambigua, velar y desvelar el ser y el mundo. Aquí adquiere relevancia “La pregunta por la técnica”.

En el Estado tecnológico “el hombre está necesitado por el ser”. Por lo que hace posible todo lo que existe. Por eso “el ser” necesita del hombre, el ser no es ser sin que el hombre le sea necesario para su manifestación, salvaguardia y configuración”. El pensar lleva a cabo la relación del ser con la esencia del hombre. No es el origen ni produce esta relación. El pensar se limita ofrecérsela al ser como aquello que a él mismo le ha sido dado por el ser. Esta ofrenda consiste en que en el pensar el ser llega al lenguaje. El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son sus guardianes. Su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la medida en que, mediante su decir, ellos la llevan al lenguaje y allí la custodian.

El pensar sólo actúa en la medida en que piensa. Este actuar es, seguramente, el más simple, pero también el más elevado, porque atañe a la relación del ser con el hombre […] Por el contrario, el pensar se deja reclamar por el ser para decir la verdad del ser. El ser necesita del hombre, para ser en lo ente, la naturaleza, la historia y el mundo en general. Ser y hombre juegan en la cuadratura del mundo el juego del claro que posibilita el advenimiento de la verdad del ser.

Entonces, ¿cuál es el fin del pensamiento o, de la filosófica? Ayudar al hombre a comprender esto. Darle las herramientas conceptuales o el legado de la experiencia, para que trascienda la instrumentalización y la esencia de la técnica. Porque la filosofía posibilita que la técnica salga de su ocultamiento al ser y lo que lo rodea, en particular, al hombre. Ahora, ¿cuál es el legado de la filosofía en el mundo moderno? Mejor, ¿cuál es el compromiso del hombre respecto a la esencia de la técnica? La filosofía, entre otros, posibilita la crítica del ser en el mundo, de la objetivación y la instrumentalización del hombre, por parte de la esencia de la técnica. También posibilita que surjan corrientes de pensamiento, de actuar, de experiencia y de comunicación entre los hombres. Que le ayuden a desvelar que oculta tras de sí la esencia de la técnica.

Heidegger cree que el pensamiento, indirectamente puede ser la causa de un cambio en el estado de cosas del mundo. Él puede valerse de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la política o de la cultura, para el cambio. Así que, la filosofía y el hombre no pueden hacer otra cosa que, allanar el camino para el advenimiento o ausencia de Dios o, del ser. Por tanto, la experiencia de esa ausencia no es algo negativo, sino una liberación para el hombre, que Heidegger llama la caída en el ente.

Así, el pensamiento ha de preparar la disposición a la reflexión sobre lo que hoy hay. Estar dispuesto a la aletheia, -a quitar el velo, des-ocultamiento de la verdad. En la aletheia la verdad se desvela y el fenómeno se muestra. Por eso el hombre está dispuesto al desvelamiento del ser y, a la esencia de la técnica. De ahí que Heidegger y Husserl quieran hacer fenomenología, porque quieren desvelar la verdad. En nuestro caso desvelar la verdad del ser y de la esencia de la técnica.

Por tanto, para cambiar lo existente –dice Heidegger- el hombre necesita del impulso exterior (de Dios o de otra fuerza), porque el pensamiento en sí mismo no lo logra. Sólo lo puede hacer indirectamente. El papel que la filosofía ha tenido para cambiar el estado de las cosas del mundo moderno, lo asume hoy la ciencia. Desde entonces la “filosofía” se encuentra en la permanente necesidad de justificar su existencia frente a las “ciencias”. Y cree que la mejor manera de lograrlo es elevarla a sí mismo al rango de ciencia.

Pero este esfuerzo equivale al abandono de la esencia del pensar. La filosofía se siente atenazada por el temor a perder su prestigio y valor sí no es una ciencia. En la interpretación técnica del pensar se abandona el ser como elemento del pensar. Desde una perspectiva simbólica, la ciencia es la punta de una lanza y la reflexión filosófica el mango que la sigue. En el “efecto” del pensamiento hay que dilucidar qué significan aquí efecto y acción de producir. Heidegger dice que, sería necesario distinguir entre ocasión, impulso, fomento, ayuda, impedimento y cooperación.

En la actualidad, la filosofía se disuelve en las ciencias particulares: como la psicología, la lógica, la física, las matemáticas, la politología, la economía, la biología, etc. El puesto de la filosofía lo ocupa la cibernética. La cibernética es el campo de estudio interdisciplinario de la estructura de los sistemas reguladores. Así que, la cibernética es la ciencia que estudia los flujos de energía estrechamente vinculados a la teoría de control y a la teoría de sistemas. Esta ciencia se encarga de estudiar los sistemas de comunicación entre los seres vivos, y se aplica a los electrónicos y mecánicos, de amplias similitudes con ellos. Se aplica en los campos de las prótesis o la robótica, también en el ámbito de las ciencias humanas con el fin de resolver los problemas de relaciones y mediaciones socio-técnicas entre seres humanos y los objetos de diferente naturaleza.

De otra parte, Walter Benjamín parece rechazar que la verdad pueda encontrar su determinación a través de la realidad empírica y su expresión en el lenguaje degradado del conocimiento: “La filosofía sólo puede aspirar –dice- al discurso de la Revelación mediante el regreso de la memoria a la percepción original”. De ahí que le confió a Hugo Hofmannsthal que acogió con benevolencia su ensayo Las afinidades electivas, lo siguiente: “La convicción de que toda verdad tiene su morada o palacio ancestral en la lengua, que ese palacio está hecho de los más antiguos logoi y que, frente a una verdad así fundada, las aspiraciones de las ciencias particulares siguen siendo algo subalterno”.

Hay que tener presente que Walter Benjamín alude aquí al ensayo Del lenguaje en general a la lengua de los hombres en particular (1916), a un estado paradisíaco del lenguaje que aún no estaba sumido en la función de la comunicación y que no había caído en la charla maligna, mediata entre los hombres.

La filosofía y el ser humano han de mantenerse abiertos para la llegada o ausencia de Dios o del ser. La caída del ser en el ente. Y preparar la disposición a la reflexión sobre lo que hoy existe. Por tanto, el pensamiento por sí mismo no puede producir efectos necesita de algo exterior. O, lo que es lo mismo, necesita de Dios, del arte o, de cualquier otra cosa.

Para Heidegger se trata de interpretar la filosofía occidental. Del retorno a las bases históricas del pensamiento, de repesar las cuestiones no debatidas desde la filosofía griega, no es disolver la tradición. Pero afirma que el modo de pensar de la metafísica tradicional, que acabó con Nietzsche, no ofrece ya posibilidad alguna de experimentar con el pensamiento la era técnica que ahora comienza.

Bueno bien, ¿cómo se experimenta con el pensamiento la era técnica? Se necesita pensar el desvelamiento del ser, la esencia de la técnica y su instrumentalización, no sólo para someter a la naturaleza, sino también como domina al hombre y a las sociedades actuales. Así que, lo que la filosofía no abarca les concierne a las ciencias positivas, a las ciencias sociales y a las humanidades.

lunes, 27 de abril de 2026

 

                                          La palabra poética en la encrucijada

          Las cosas geniales no se inventan; son consecuencia de una inspiración.

          El niño es genial por naturaleza – al recordar el origen. Este es algo que

         se pierde no sólo con el paso del tiempo, sino también por causa del tiempo”.

                                                                      Ernst Jünger, La tijera.

“Aunque parezca un exabrupto o algo que no está de acuerdo con los tiempos actuales, donde predomina el odio, la polarización política, la violencia, la guerra, la sed por el dinero y las injusticias sociales; hablar sobre poesía, arte, música, teología, posibilita hablar sobre el mundo, la realidad y la Vida. Permite hablar sobre los más sutiles procesos psicológicos y anímicos del ser humano, sobre la memoria y la rememoración, el amor que es el secreto de la maestría, la amistad, el respeto al otro ser humano, la convivencia pacífica y la libertad”.

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 27/04/2026

Estamos en el despertar de una nueva irracionalidad política y militar –el nacional-populismo dogmático, del neofascismo y del autoritarismo– que inducen a la Gobernanza Mundial al deterioro de las leyes internacionales y la ruptura con el orden que se estableció después de la Segunda Guerra Mundial. En la relación de los Sujetos Internacionales lo que predomina son las armas, la fuerza, el poder y la guerra.

 El siglo XX fue el siglo de la esperanza y la frustración de millones de seres humanos. Pero, ante todo, y, sobre todo, el primado de la técnica y el deterioro de las lenguas naturales. Un siglo que puso las demandas y las posibilidades del lenguaje, al servicio de la demagogia política y la degradación de la dignidad humana. Un siglo que exaltó el Totalitarismo (de izquierda o de derecha), también de las diferentes formas de autoritarismo en los países periféricos.

Un siglo que degradó la palabra poética, la literatura, el arte o la teología, en nombre de la ideología, la raza, el Estado, la técnica y el ejercicio del poder. El siglo XX fue el tiempo del primado de la comunicación llana y simultánea. De los medios de comunicación de masas, y el preámbulo de las redes sociales, de la imagen en movimiento, las Plataformas Digitales y la Inteligencia Artificial, etc. Que ahora determinan y condicionan la vida privada y pública de las personas y los pueblos.

Investigadores en IA dicen que, es, una herramienta que posibilitará ir más allá las limitaciones biológicas, mentales o espirituales. Y predicen que, la IA ha de aliarse a los valores humanos y posibilitar un nuevo “tipo” de vida. Y otros piensan que la IA, suplirá y destruirá a los seres humanos en pocos espacios de tiempo.

Entonces sorprendidos y anonadados vemos cómo se cumple la metáfora de Karl Marx:

Todo lo sólido se desvanece en el aire; cuanto es sagrado se profana, y los hombres se ven obligados a mirar finalmente con ojos desencantados su propia condición real y sus propias relaciones con sus semejantes”.

Así pues, el devenir de los procesos lingüísticos y los asuntos humanos, trastocó el mundo de nuestros mayores y convirtió a la palabra en algo medial de sí misma. Por la balcanización de la condición humana y la retirada de la palabra, el hombre sufre una nueva Caída. Walter Benjamín lo ilustra con esta metáfora: “Hemos caído en la charla enferma”. Esta Caída pasa del Árbol del conocimiento, al Árbol biológico y al Árbol lingüístico. Y el lugar que una vez ocupó el espíritu lingüístico y los recursos de la imaginación creadora, lo ocupa ahora, el Dragón de mil escamas, el Estado, la cifra, la técnica o, el Gran Poder Tecnológico.

La Cultura, el respeto a la pluralidad y a la convivencia pacífica, en esta alta civilización abstracta, habita el desierto y lo puebla con sus espejismos. A los hombres se les compele a vivir sin escuchar el canto de las musas, a no mirar hacia las alturas donde moran los dioses, a no escuchar siquiera el susurro de los otros, a desdeñar lo que está escrito en las estrellas o, en el alma de los humanos.

En un mundo como éste “resulta indispensable la labor de los poetas, pues sólo con la imaginación que otorga su fuerza básica a las acciones, el mundo de la Técnica podrá revitalizarse, si accede al reino de las Musas; la enorme superioridad de este reino del arte y de la veneración podrá proporcionar al mundo de la Técnica, el milagro del Ser, y entonces quién sabe qué sorpresas nos estén deparadas cruzadas ya las cimas del Maelstrom”.

En la nueva Caída, la palabra se desgarra y, las proezas del mundo técnico, (los grandes modelos de lenguajes artificiales, los LLM, que tienen comprensión multimodal y deterioraran las lenguas naturales). También la indiferencia dineraria, la voluntad de poder, transforman el tiempo mítico, la memoria verbal o la consciencia étnica, por “la bandera de la peste, el dominio universal de la decadencia y del nihilismo”.

Y un mundo frío, distante psicológicamente e indiferente a las apetencias humanas, obstruye escuchar el lenguaje de las montañas y los valles; de las tierras altas y las tierras bajas; de las olas del mar y ver los linderos del desierto y el alba; también imposibilita escuchar el canto de los poetas; las narraciones de los novelistas; los ritmos, los tonos, las configuraciones, las temporalidades de una obra de arte; o develar el lugar donde la palabra obtiene Significación Cósmica.

Y, como el poeta, los dioses moran en la imaginación de los hombres; y, por la naturaleza que los define descienden sólo excepcionalmente al mundo de los fenómenos.

                                Entonces,

                    Resplandecen cromáticos tornasoles”- al decir de Goethe.

De ahí el interés de Walter Benjamín de restituir desde la lectura hermenéutica lo profundo y esencial de la lengua. ¿Para qué? Para que comunique la esencia del espíritu lingüístico y logre comunicarse a sí misma. Porque desde el mito del Génesis, cuando se da la ruptura entre el Árbol de la vida y el Árbol del conocimiento, la lengua se convierte en algo medial de sí misma. Esta se ubica en la superficie del Árbol de la vida y, Benjamín busca desde el retorno a las fuentes del misticismo judaico, la Tradición, la Torá, re-encantar los dominios del conocimiento y de la existencia.

Así que, la lengua del Primer Adán puede volver a beber de las fuentes de la de Dios. Entonces, ella se distanciará de los espejismos que ofrecen las profecías del nihilismo. En el devenir de ese danzar polifónico, la lengua y la poesía –en una síntesis dialéctica y sensitiva– definen la identidad del hombre. Que en la naturaleza que lo expresa es esencialmente lingüística. Entonces, tomamos consciencia que el hombre es sentimientos, imaginación, lenguaje, creatividad y pensamiento.

Significa situar al ser humano en el centro del mundo y reconocer que la vida que Dios nos regaló, tenemos que defenderla y honrarla, luchando como un bravo saldado hasta el instante de la muerte.  

En la Cultura y la Civilización occidental contemporánea, se observa la irrupción de las nuevas utopías de lo inmediato concatenadas a la Cultura del artificio y la Civilización del espectáculo. En la consciencia común existe la sensación que las vidas se presentan como algo efímero y sin peso; y, prevalece el aquí-ahora de la comunicación simultánea e inmediata o, el despilfarro de la energía vital. Ante los más altos valores éticos y morales, estéticos y filosóficos, religiosos y culturales, que le han otorgado a la Cultura y a la Civilización occidental, su razón de ser y existir en la Historia Universal.

        Y esto se presenta a la consciencia moderna occidental como una tragedia cósmica y existencial.

En la época actual hablar de “los cuentos, las poesías y las novelas” es hablar de algo que se mueve en un orden superior de aconteceres. Que la realidad atraviesa diversos grados de existencia y la vida trasciende las Murallas del Tiempo y del Espacio. La poesía, la literatura y el arte en general, llevan a un mundo de mayor libertad, donde se vence lo imposible. En estado de literatura el placer y el dolor, el sufrimiento y el amor son sentidos en una dimensión diferente; también el lector y el oyente tienen Olimpo.

El lector necesita de ocio y libertad, de silencio e introspección como del aire para respirar. Vive alejado de la velocidad y del maquinismo, los negocios y el consumo –peculiar modo de vivir y sentir la realidad. Si no encuentra ocio y tranquilidad, utiliza la paciencia y la espera –en cualquier circunstancia. Tanto en los viajes ideales como en las excursiones fantásticas, ese impulso echa raíces en la vida cotidiana, pone en peligro el mundo real.

                                    Como expresa Ernst Jünger en La Tijera:

El poema establece marcas que no son alcanzadas en la vida. En diversos niveles amenaza el destino de Hamlet”.

En estado de literatura el lector aprende que “existe un instinto de conservación vital”, y también que “hay un instinto de conservación ideal, que pone límites al acercamiento”. A la vez, hay “instancias desde cuya esfera es vista como un robo o como una insolencia. En todos los niveles, hasta en la más liviana transgresión de la norma, se exige en cualquier caso un peaje o una multa”.

La literatura y el poema, en particular, nos enseñan: “De la luz, que ilumina, separa la llama que quema. Van Gogh vio más cosas de la que estaba permitido ver –en su girasol y en sus cipreses vio la zarza en llamas. Vio la luz como pintor, igual que Novalis vio la noche como poeta. Ahí no se da ya separación”.

Uno de los signos de la inflexión de los tiempos actuales, los dioses se retiran y los titanes van haciéndose cada vez más poderosos. Y los seres humanos se convierten en números o, cosas de poner y quitar. Eso se percibe en los ejércitos y los mercenarios que se venden al mejor postor. Como dijo Jünger: “Los cambios sociales no mejoran la posición de la persona singular, la agravan incluso”. Pero existen personas libres, de carácter recio y espíritu profundo, que creen en el ser humano, por ejemplo, que los aparatos técnicos no pueden sustituir la presencia del hombre.

Poseen la convicción que “incluso en los errores esa presencia se acerca más a lo perfecto que todas las exactitudes. La realidad causa un efecto más fuerte al ser mostrada que al ser dicha”.

En la Gran ciudad, los seres humanos sienten que se enfrentan a tempestades de acero, y el resplandor de sus hechizos arrastra tras de sí, espejismos de imágenes y lenguajes digitales, que configuran las nuevas utopías de lo inmediato. Por ende, el nuevo “tipo” de hombre que está configurando la arena de la historia, se presenta como un denigrador nato de todos los “tipos superiores” y de los modos y los medios naturales de comunicación humana. Este “tipo” de hombre rompe los lazos con el mundo del mito y la niñez; también con las fuentes de lo mágico y maravilloso de la realidad y de la Vida. Que entrelaza el poeta con los hilos de las palabras y el novelista desgarra el velo nocturno de la oscuridad de las cosas.

Así que, la creación poética, los ritmos, los compases, que marca la literatura, la poesía, la creación popular-colectiva, contienen y descifran la vitalidad del lenguaje. Ahora bien, ¿por qué la palabra es el átomo fundamental de la magia del lenguaje y de la Vida? Porque permite que desandemos lo andado y podamos tejer la red del lenguaje y la moralidad, para que el hombre alcance la jerarquía de persona. Es el ámbito donde el ser humano reúne todo un mundo, y desvela los gestos de la vida en su Belleza.

                 Como lo expresa esta metáfora de Charles Baudelaire:

                          Lo Bello no es más que la promesa de felicidad”.

El respeto, por ejemplo, por la dignidad de los seres o, el aprecio de la persona por la libertad, son en su naturaleza un “hecho estético”. Es en la esfera de la moralidad -nos enseñó Hermann Cohen- donde la “tarea” del hombre consiste en alcanzar el amor y la justicia en correlación con los otros seres humanos. Y esto lo alcanza el “hecho estético”, porque facilita un encuentro nuevo con el mundo, la realidad y la Vida.

No podemos olvidar que la literatura y la poesía son fuentes de manantiales de palabras, sonidos, ritmos, cadencias, susurros, silencios, donde el hombre sueña la vida y permite precisarla. La literatura es una de las vías para mejorar nuestra conducta y condición en el mundo. El lugar donde lo más insignificante de la realidad puede deslumbrarnos. Así que, existen campos como el de la religión o, el de la poesía, que permanecen oscuros al tópico común y al demagogo de turno. En ésta alta civilización técnica y tecnocrática, la literatura, el arte, la música, el teatro, la poesía, la filosofía o lo sagrado, deben tomarse muy en serio.

Porque la Civilización del espectáculo, induce al despilfarro de la energía vital, también a la degradación de los valores de la cultura, y en especial del lenguaje natural. Se olvida la promesa de liberación que hay en la literatura y la Cultura. Por tanto, la cultura posibilita el perfeccionamiento del espíritu y de la vida. En la oscuridad y los espejismos de los lenguajes digitales o, de las imágenes, la cultura contribuye alcanzar la “dulzura” y la “luz”, en la armoniosa perfección humana. Sí somos conscientes de las repercusiones del lenguaje en la vida de las personas, por ende, cada palabra o cada acción, abre o cierra una puerta; por eso, la literatura o el arte en general, son dignos de atención y respeto.

De ahí que la literatura y la cultura deben estar guiadas por el libre juego del pensamiento sobre la vida, la realidad y el mundo.

“El lenguaje del artista está en su obra. Si ese lenguaje está bien logrado, hablará a los hombres, los interpelará en algún lugar y en algún tiempo”. Como un buen “Libro escrito”; llevará a cabo las nupcias con el Universo, con el mundo y la vida, porque han salido bien.

                                       Como dice Jünger:

Una ofrenda hecha a Apolo, aunque sea modesta, aunque no esté bien lograda, merece la atención del dios; también en ella hay un mérito, se asemeja al óbolo de la viuda pobre de que habla el evangelio”.

En la actualidad es de suma importancia distinguir entre la Cultura y la técnica. Es un presupuesto de pulcritud espiritual, como lo es así-mismo distinguir entre el creer y el saber. La vida se convertiría en una tragedia sino se hace tal distingo. Saber, por ejemplo, que el artista no inventa –muestra. El libro representa un momento bienaventurado para el lector, porque le permite no perder la esperanza en la poesía y la literatura, en un mundo tan controvertido como el actual.