domingo, 22 de febrero de 2026

 

                   LA IDEA DE PROGRESO EN LA CIVILIZACIÓN FAUSTICA

 

 Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 20/02/2026

 Para Oswald Spengler, la Decadencia de Occidente significa el problema de la civilización actual. Nos hallamos frente a una de las cuestiones fundamentales de la historia. ¿Qué es “civilización”, concebida como plenitud y término de una “cultura”? Cada “cultura” tiene su “civilización” propia. La “civilización” es el inevitable sino de toda “cultura”. La “Civilización” es el extremo y más artificioso estado al que llega una especie superior de hombres.

Es un remate, subsigue a la acción creadora como lo ya creado, a la vida como a la muerte, a la evolución como al anquilosamiento, al campo y la infancia de las almas –que se manifiesta, por ejemplo, en el dórico y en el gótico- como decrepitud espiritual y la urbe mundial, petrificada y petrificante. Es un final irrevocable, al que inexorablemente se llega de nuevo, íntima necesidad. (Spengler).

Este devenir de la materia, del espíritu y de las formas artísticas de la civilización occidental, en su estado artificial y decadente, expresa la Época Moderna como Cultura del artificio. Además, un ámbito en el que prevalecen las relaciones artificiales sobre las relaciones de sentido. Así se puede comprender a los romanos en cuanto sucesores de los griegos. Así se coloca la última etapa de la Antigüedad bajo una luz que revela sus más hondos secretos.

Preguntamos, ¿qué significa que los romanos hayan sido bárbaros, que no preceden a una época de gran crecimiento, sino que, al contrario, la terminan? Sin alma, sin filosofía, sin arte, animales hasta la brutalidad, sin escrúpulos, pendientes del éxito material, se hallan situados entre la cultura helénica y la nada. Su imaginación enderezada exclusivamente a lo práctico –poseían un derecho sacro que regulaba las relaciones entre hombres y dioses como si fueran personas privadas y no tuvieron nunca mitos-, es una facultad que en Atenas no se encuentra. (Spengler).

Los griegos, en cambio, tienen alma; los romanos, intelecto. Entre ambos se diferencia la Cultura, de la Civilización. Y esto no vale solo para la Antigüedad. Una y otra vez, en la historia, se presenta ese tipo de hombre de espíritu fuerte, completamente a-metafísico. En sus manos está el destino material y espiritual de toda época postrimera. Ellos son los que han llevado a cabo el imperialismo babilónico, egipcio, indio, chino, romano. En tales períodos se desarrolló el budismo, el estoicismo, el socialismo, y emociones definitivas que pueden, captar y transformar en su sustancia una humanidad mortecina y decadente.

Así, la Civilización pura, como proceso histórico consiste en una gradual disolución de formas muertas, de formas que se han tornado inorgánicas. (Spengler). Este no es otro que, el mundo del Titán y del titanismo, del Técnico y del colectivo técnico en la actualidad. Son los descendientes de Prometeo en la Tierra. Prometeo es el que lleva a los dioses el mensaje de los titanes; compite con los dioses, pero no llega a donde estos se hallan.

Por tanto, la Civilización Moderna que alcanza su exponente máximo en la sociedad norteamericana, deriva todas sus “formas” de la cultura europea. Su imaginación enderezada exclusivamente al pragmatismo, no se interesa por la elevación del espíritu, las formas artísticas, la cualidad del ser y el existir, ni por el devenir de la historia, sino por el presente-actual. Es ella una civilización donde prevalece el materialismo y el hedonista.

Los europeos tienen alma y espíritu, ellos sólo intelecto. Que se decantan por la ciencia y la técnica. Mejor, no se inclinan por la esencia del ser, ni de la técnica, ni la esencia del hombre, sino por la función, la organización y la utilidad como “valor” de cambio, un bien social que se pone en circulación y se convierte en dinero. Además, implementan en la publicidad, la cultura del entretenimiento, el hiperconsumo y el ocio vacío, que no cualifica la esencia del ser y el existir.

La civilización norteamericana es una civilización engreída y excluyente, violenta y tecnológica, basada en valores fundamentales como la igualdad, la libertad individual y el emprendimiento. Pero, ahora como imperialismo tecnológico y económico es, una civilización que ha llegado al “telos” de su desarrollo. Vive un imperialismo tecnológico y militar, basado en las tecnologías de la información y los lenguajes digitales, de un Gobierno populista y nacionalista que implementa la polarización, la amenaza, el miedo, el racismo y la discriminación en todas sus formas.

Por eso, lo que les interesa es la instrumentalización de la técnica y no su esencia, que pone ésta al servicio del hombre y de la Humanidad. Ellos son los que han llevado el imperialismo occidental a través del mundo en su expresión máxima. Así que, su brutalidad, lo bárbaro, la violencia, la guerra, la insensibilidad y de espíritu, en tratar los asuntos humanos, es su característica.

Spengler dice que es un pueblo sin alma, sin filosofía, sin escrúpulo. El éxito material, económico, científico y técnico; prevalecen sobre las necesidades espirituales o morales de la sociedad. Son la manifestación del Gran Poder y del Espíritu del Tiempo, del Capitalismo Tecnológico y Militar, en todas sus formas y materialidades.

 

En ellos, “la razón se mal interpretó como racional. Y lo irracional en tanto engendro de lo racional impensado, presta curiosos servicios” –dijo Martín Heidegger.

 

Spengler plantea que, el tránsito de la cultura a la civilización se lleva a cabo, en la Antigüedad, hacia el siglo IV; en Occidente, hacia el siglo XIX. A partir del momento, las grandes decisiones espirituales no se toman ya “en el mundo entero”, como sucedía en tiempos del movimiento órfico y la Reforma, ya que no había una sola aldea que no tuviera importancia. Ahora se ejerce el poder en cuatro o cinco ciudades que han absorbido el jugo de toda la historia y frente a las cuales el territorio restante de la cultura queda rebajado al rango de provincia.

En el presente se toman las decisiones desde un cuadro de mando, donde todas las piezas encajan a su perfección, un acto mediante el cual una única maniobra ejecutada en el cuadro de distribución de la energía conecta la red de la corriente de la vida –una red dotada de amplias ramificaciones y múltiples venas- a una gran corriente que proviene de las minorías selectas y del poder tecnológico de la información y las comunicaciones.

En el presente actual existe la ¡Ciudad mundial y provincial! En lugar de un pueblo lleno de formas, creciendo con la tierra misma, tenemos un nuevo nómada, el habitante de la Gran ciudad. Un hombre atenido a los hechos, un hombre sin tradición, que se presenta en masas informes y fluctuantes; un hombre sin religión, inteligente, improductivo, imbuido de una profunda aversión a la vida agrícola, un hombre que representa un paso gigantesco hacia lo inorgánico, hacia el fin. (Spengler).

Hoy, en cambio, predomina la Gran ciudad en todas sus acepciones sobre las provincias y las aldeas, la urbe mundial significa el cosmopolitismo sobre el pueblo, el sentido frío de los hechos sustituye a la veneración de la tradición. Todo esto significa la irreligión científica como petrificación de la religión del alma y del corazón, sociedades en lugar del Estado, los derechos naturales en lugar de los adquiridos.

Por tanto, el dinero como factor abstracto inorgánico, desprovisto de toda relación con el sentido del campo fructífero y con los valores de una economía de la vida, es lo que ya los romanos tienen antes que los griegos y sobre los griegos. A partir de aquí, una concepción distinguida y elegante del mundo es también cuestión de dinero. (Spengler).

El dinero y el poder en la Gran ciudad establecen relaciones inconexas (sin sentimientos, ni respeto, sin tradiciones compartidas, sin humildad, etc.). O, en otras palabras, relaciones políticas, jurídicas, culturales o económicas. Que diluyen el tejido del amor, la amistad, las creencias, los usos, hacia el otro o los otros. De ahí que, en la Gran ciudad no habita un pueblo, sino una masa. Una masa, informe y uniforme, sin tradiciones, usos y religiones compartidas.

Una masa sin lazos de afectos, sin espíritu que eleva al ser humano a la libertad y la dignidad humana; y, por ende, a lo trascendente y eterno, que mora en el interior de todos y cada uno de nosotros.

Asimismo, Ernst Jünger se pregunta, ¿quién discutiría que la civilización tiene con el progreso una ligazón más íntima que la que posee la Kultur y que aquella es capaz de hablar en las grandes urbes su lenguaje natural y sabe manejar medios y conceptos a los que la cultura se enfrenta sin tener ninguna relación con ellos e incluso de manera hostil? En la Gran ciudad podemos observar que la civilización y el espíritu del progreso se entrelazan y responden al tiempo actual.

Tener presente que, hoy cabe aportar ciertamente buenas razones para probar que el progreso ya no es un avance; si el auténtico significado del progreso no es otro, un significado diferente, más secreto, que se sirve, como de un escondite magnifico, de la máscara de la razón, muy fácil en apariencia de abarcar con la mirada. (Jünger).

Sabemos que la razón es cruel, más si se pone al servicio del Progreso y del Gran Poder Tecnológico. El ser humano empieza a sospechar que a la idea de progreso se impone por doquier en la vida, unos impulsos diferentes y más ocultos. Con toda razón se ha complacido el espíritu en despreciar de múltiples modos las marionetas de madera del progreso –más los delgados hilos que ejecutan los movimientos de las marionetas son invisibles. (Jünger)

Si nos ocupamos de los movimientos más secretos del progreso, tenemos la sospecha que éste responde al vaho fétido del ejercicio del Gran Poder Tecnológico.

El progreso no sólo rompe la relación que tienen los pueblos con la tierra, sino que destruye el hilo de la tradición: los mitos, la religión, los usos, las costumbres, el arte, que constituyen el ser y el núcleo de toda historia. El hombre de la Gran ciudad, el hombre masa es un hombre incomunicado pero adaptado a la sociedad, un hombre nervioso y excitado, un hombre carente de reglas y de normas compartidas, un hombre con capacidad de consumo y de entretenimiento e incapaz de analizar y juzgar, un hombre egocéntrico y alienado del mundo.

Además, la relación que la sociedad moderna establece con el progreso y la técnica, es completamente utilitaria y funcional. Y, en esa relación es donde hay que buscar el auténtico factor moral de nuestro tiempo, un factor provisto de irradiaciones tan sutiles e imponderables que con ella no pueden competir ni siquiera los ejércitos más fuertes. Es, de suponer que, la creciente trasmutación de la vida en energía y la progresiva volatilización del contenido de todos los vínculos en beneficio de la civilización de la Gran ciudad, de la técnica y el progreso, han trasmutado la relación del hombre con la naturaleza y con el mundo que lo rodea. 

En este orden, Ludwig Wittgenstein entrelaza su pensamiento con el de Spengler y de Ernst Jünger y, dice: en la civilización de la Gran ciudad el espíritu sólo puede retirarse a un rincón. Pero no por ello es algo así como atávico & superfluo, sino que se cierne sobre las cenizas de la cultura como testigo (eterno) -casi como vengador de la divinidad.

 Como si esperara una nueva encarnación (en una nueva cultura).

 ¿Qué aspecto habría de tener el gran satírico de este tiempo?

Además, si se quiere comprender la crisis del mundo actual –no hay que hacerlo desde las relaciones causales, de causa a efecto, tampoco desde el ángulo del partido, la ideología, el dogma, el determinismo material o espiritual -, sino desde la altura intemporal donde la mirada domina al mundo de las formas históricas repartido por miles de años. Si se quiere comprender realmente la decadencia de la época actual.

En este orden, el Imperialismo se corresponde con la Civilización fáustica símbolo del fin de una época. Produce petrificaciones como imperio, pero también en las formas y posibilidades de la cultura. El imperialismo se constituye en civilización pura. El sino del Occidente lo condena, irremediablemente, a tomar el mismo aspecto. El hombre culto, en cambio, dirige su energía hacía dentro; el civilizado hacía fuera. La tendencia expansiva es una fatalidad, algo demoníaco y monstruoso, que se apodera del hombre en el postrer estadio de la Gran ciudad y, quiéralo o no, sépalo o no, le constriñe y le utiliza en su servicio.

Aquí la vida es la realización de posibilidades, y para el hombre cerebral no hay más que posibilidades expansivas. Esto es válido tanto para el Imperialismo y la Civilización fáustica: el espíritu es el complemento de la extensión.

Como Roma en el año 60 a. de Cristo, las ciudades del Mundo Moderno, viven en una miseria espantosa espiritual y material, sus habitantes hacinados en edificios en los cinturones de la Gran ciudad, y espoleados por el vicio, el alcohol, la droga, el desempleo y el hambre. Y, como en el reinado de Craso del año 60 a. de C. los que ejercen el Gran poder son indiferentes a las necesidades materiales, morales y espirituales de los pueblos.

Así que, en la esfera pública de las sociedades, prevalecen los partidos políticos, el dinero, las finanzas internacionales, la técnica, la ciencia, el desarrollo armamentístico, los grupos de presión, el Estado y las instituciones; más no el hombre que calla y sufre, y que se encuentra desprotegido, y cuya inseguridad es también Total. Es del miedo de lo que vive el despliegue del Gran poder, y la coacción y el control adquieren especial eficacia en aquellos sitios donde se ha intensificado la sensibilidad.

miércoles, 18 de febrero de 2026

 

 

 

                                      El lenguaje en el umbral de la civilización moderna

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 18/02/2026

Sabemos que el lenguaje contiene y expresa en contenidos espirituales, la esencia del ser humano, del mundo y su realidad. Posibilita, entre otros, la comunicación con el Yo interior, las “formas” del arte, la cultura, la ciencia, la religión o la filosofía. También posibilita la comunicación libre, solidaria y fraterna en una sociedad democrática; y, a la vez, el buen entendimiento entre los miembros de una comunidad o la comunicación entre enemigos. Así, el lenguaje no es una mera evidencia sino la esencia de contenidos espirituales que comunican el pensar y la experiencia.

Giambattista Vico (pensador italiano del siglo XVIII), fue el primer filósofo que concibió la idea de cultura. Vico quería comprender la naturaleza del conocimiento histórico, de la historia en sí misma. Expresó que, comprender es ponerse en la perspectiva de aquellos que hablan a otros, a quien también nosotros podemos oír. Dijo que, rastreando la historia de las palabras, podemos rastrear la actitud hacía las cosas que expresan esas palabras, el papel que desempeñaron en las vidas de aquellos que queremos comprender. Este es el motivo de que la historia de los lenguajes tenga una importancia crucial. Lo mismo se puede decir de la historia de los mitos, del arte, de la ley o, de la religión.    

Por eso, el pensar es una forma del lenguaje y no una mera evidencia; una parte de la esencia del lenguaje en su expresión y forman un todo. Así pues, el lenguaje también puede convertirse en instrumento de las manipulaciones psicológicas, morales, ideológicas o, de odio del ser humano. Cuando los hombres no habitan su morada se convierte en utensilio de su voluntad. En otros términos, en voluntad de poder, de coacción, de dominio o, de muerte.

Entendido el lenguaje de esa manera, oscurece la verdad del ser y la esencia del hombre; incapaz es, de expresar el ente en cuanto ser del ente, o sea la naturaleza, el mundo y el fundamento de éste.

El lenguaje es azas misterioso, contradictorio, ambiguo, insondable, multifocal, y los hombres desde los tiempos remotos saben que edifica o destruye al ser humano. Quien ejerce el poder instituye un tipo de lenguaje y éste legitima la fuerza, el derecho y el poder. Como dijo Michel Foucault: el poder crea saber y el saber crea poder. No hay que olvidar que el lenguaje posibilita alcanzar lo sagrado y puro que mora en los cielos estrellados, también bajar a las cloacas del mundo y de la existencia.

Cuando el lenguaje se manipula en función de la ideología, del dogma religioso o secular, se falsea. La mentira reemplaza la verdad y pasa a la recamara del lenguaje. Así, al perder la mediatez con las cosas se oscurecen los contenidos espirituales que comunica. Asimismo, pierde su sentido evocador, mágico y trascendente. Al hacerlo obedece a la razón o, a los instintos; no a la esencia del hombre, lo que constituye la humanidad de ser humano y no inhumano.

Cuando el lenguaje pasa a la recamara, el espíritu de éste se mancha, se oscurece o, se envenena. Entonces sirve como instrumento de demagogia, de mentira, de simulación, del ejercicio del poder.

Porque la espiritualidad implica libertad e infiere al mismo tiempo, las preguntas fundamentales de la existencia y del mundo, ¿quién soy? ¿cuál es el sentido de la vida? ¿por qué vivo así y no de otra manera? ¿cuál es el lugar que ocupa el hombre en la sociedad y en el mundo? Si preguntamos por lo fundamental de la existencia –la libertad, la fraternidad, el respeto al otro, el amor, la dignidad, la solidaridad, etc.-, respondemos como una práctica espiritual.

Sabemos que el pensamiento es la actividad del espíritu de autorreflexión que busca el “significado”, en el sentido Kantiano. En La vida del espíritu, Hannah Arendt se refiere a éste “como la actividad del pensamiento y del juicio que puede iniciarse o detenerse según la voluntad del sujeto”. Además, las preguntas fundamentales de la existencia, se oponen a cualquier dogmatismo y, en particular, al religioso que ofrece respuestas sencillas y pide creer en ellas.

Estas preguntas sondean la condición humana que es la que da sentido a la vida, al mundo y su realidad.

En este orden, la falsedad del lenguaje en la modernidad toma “forma” y “contenido” en el Estado, la política, la economía, la religión, los instrumentos técnicos y la cultura. El técnico, el político, el banquero, no están a la altura para que el espíritu afluya a ellos. Porque este tipo de individuos es amante de los gustos gruesos o del exceso. “Casi siempre olvidamos que estamos asentados en humores. También el sudor y las lágrimas significan que la vida está activa en regiones hondas de la salud”.

En esta alta civilización técnica, de sociedad de masas y de cultura de masas, olvidamos que la vida no la abarca, los instrumentos técnicos, la ciencia, la economía, el Estado, las finanzas internacionales, sino que hay que mirarla con otros cristales. Mirar con los ojos de la sensibilidad, de la curiosidad, del alma o del espíritu, qué se oculta detrás del forro de los fenómenos. Por ejemplo, poner la técnica al servicio de las necesidades humanas (materiales, intelectivas, los saberes y las prácticas sociales), e ir al encuentro del sentido de la existencia.

En consecuencia, en el mundo moderno el hombre deviene en un proceso de simplificación de la existencia y quien está al borde del abismo sabe que “no faltan esfuerzos tendentes a ganar un mundo que tenga vigencia y valoraciones nuevas y más poderosas” -expresó en su día Jünger. 

Ahora, sí queremos comprender en la modernidad como vivían los seres humanos, debemos “comprender sus motivos, sus miedos, esperanzas y ambiciones, sus amores y sus odios, a quienes rezaban, cómo se expresaban a través del arte, de la poesía, de la religión. Somos capaces de hacerlo porque nosotros también somos seres humanos, y comprendemos nuestra propia vida interior en esos mismos términos” –dijo Vico. Ya que en la historia de la humanidad el hombre ha sido siempre todos los hombres, nos diferencia del de hace 30 o 20000 años, sólo un “saltito”.

Uno de los problemas del hombre moderno, consiste en que, la mayoría de las veces nos atenemos a los fenómenos, a las imágenes o a las cifras, que presenta el Gran Poder. En un mundo dominado por la materia y la futilidad, el ser humano es incapaz de transpirar y llorar, de verse a sí mismo como en espejo en su propio interior. “Desconoce que la vida tiene otras caras; así que lo húmedo en lo espiritual, como lo de jugoso, de musgoso, de frescor de bosque hay en la poesía. Y todo lo que en ellas hay de fontanal, sobreabundancia de imágenes y de palabras, en cuyo cause van flotando las partículas sólidas”.

Por tanto, en este mundo evanescente y fugaz, necesario es, que despertemos la curiosidad, la capacidad de asombro, de imaginación, de pensamiento y reflexión; porque estamos abocados a la disolución de los atributos de la existencia. En este orden, vemos la zona de la sentimentalidad, la subjetividad y la espiritualidad alejarse de los verdaderos requerimientos humanos. Y, esto es sumamente trágico para el futuro del hombre sobre la Tierra.

Uno de los umbrales que interesa en la actualidad nos dice: “En la morada de la palabra el hombre piensa”. No existe pensamiento sin lenguaje. Así, el lenguaje expresa modos de pensar y de actuar. Cuando el lenguaje no reside en el logos, se falsea y responde a algo exterior a la esencia que lo constituye. En esa estancia mora el odio, la mentira, la falacia, el disimulo, el engaño, la estafa, y, en términos políticos, el populismo, el nacionalismo, el autoritarismo, el demagogo, el fascista o el tirano.

En el Mundo del artificio en que vivimos necesitamos de un baúl de máscaras, porque la pretendida imagen interior de la propia naturaleza que llevamos de sí mismos es, de un minuto a otro, pura improvisación. Nos orientamos enteramente, por así decirlo, según las máscaras que nos son presentadas. El mundo es un arsenal de esas máscaras. Y sólo el hombre atrofiado, devastado, las busca como un simulacro en su propio interior. Porque la mayoría de las veces nosotros mismos somos pobres en este aspecto.

Por eso somos felices portando las máscaras más exóticas, la máscara del asesino, del farsante, del cuatrero, del violador, del dictador, del terrorista, del banquero, del político, del militar, del guerrillero, del paramilitar, del industrial, del empresario, del torturador, del hombre culto. etc. “Mirar a través de ellas nos encanta. Vemos el universo y sus constelaciones, los instantes en que hemos sido esto o lo otro de una vez”.

Así que, en la historia de la cultura occidental moderna, el compromiso con lo establecido como verdad y lógico, lo ratifica la historiografía o, el historicismo. Por eso somos habitantes del mundo de la falsedad y la mentira, de la simulación, porque la verdad reside en el olvido. Un espacio donde preferimos obedecer lo oscuro, lo enigmático, lo mítico, y no dejarnos guiar por la sentimentalidad, la imaginación creadora de “forma”, la sana razón o el tejido vivo de la estética de la existencia.

“Ahora, ¿en qué reside la grandeza de los hombres? En reconocer sus fuerzas en las propias derrotas” –dijo Walter Benjamín en Experiencia y Pobreza.

De ahí la importancia de la imaginación, la curiosidad, la libertad y el intelecto, para cuestionar lo “lógico”, lo que presenta el poder como verdadero e inamovible. En un ámbito como este, es importante la filosofía y el pensamiento crítico, porque posibilitan percibir, imaginar y pensar, el mundo que nos rodea. Aquí se trata de sacar a la luz el decir demostrativo, que Heidegger entiende por lenguaje, por habla.

Porque la esencia del hombre es enteramente lingüística y todo lo que hacemos o pensamos, desemboca en las corrientes espirituales del lenguaje. “El lenguaje es la casa del ser que ha acontecido y ha sido establecida por el ser mismo. El descenso a la subjetividad, que es un ascenso, conduce al hombre a la pobreza de la existencia” –al decir de Heidegger.

Así que, las condiciones de la existencia se develan en las esferas del pensamiento, del ser, la historia y el lenguaje. Porque la condición humana es una forma del lenguaje y del pensar apropiado que deviene a la verdad del ser y del lenguaje. Es el pensamiento y el lenguaje el que les da “forma” y “contenido”, esto es, sentido en los horizontes del mundo y de la historia.

 

lunes, 16 de febrero de 2026

 

                                                 LA LIBERTAD EN EL ÁMBITO POLÍTICO

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 13/02/2026

El ser humano no puede olvidar, que libertad impregnada por la acción y el comportamiento teórico y práctico. Es en sí una especie de luz que eleva la acción política a transformar los procesos automáticos e históricos. Así, la libertad tiende a develar los fenómenos históricos en cuanto posibilita la acción política en la sociedad. Entonces, la acción es “obrar”. Un hacer circunscrito a la práctica política y a unas circunstancias históricas determinadas.

La libertad es la llama de la vela que alumbra los logros o los fracasos, en la praxis política. Ella siempre es un comienzo en el devenir de las acciones humanas y, en particular, de la política.

En cuanto la libertad es llevada a galope sobre la práctica política es histórica. Así queda preservada en la memoria y la rememoración. Pensando la existencia del hombre o los hombres, no sólo habitan la casa del ser, el lenguaje, sino también la morada de la acción política. Medimos el hacer político, la acción en la esfera pública por el rasero de los logros de su práctica, colmados de éxitos o fracasos.

Así pues, en esta alta civilización técnica, de sociedad de masas y de cultura de masas, Ernst Jünger piensa que, “se ha llegado a una concepción nueva del poder, se ha llegado a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantearles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no puede tener nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra.

Las corazas de los nuevos Leviatanes tienen sus brechas propias, que continuamente están siendo palpadas, y esa operación tiene como premisas una prudencia y una audacia de una especie nunca antes conocida. Así, uno se inclina a pensar que existen aquí minorías selectas que están iniciando la lucha en favor de una libertad nueva, una lucha que requiere grandes sacrificios; no es licito dar a esa lucha una interpretación que resulta indigna de ella.

Para encontrar algo parangonable con esa lucha es preciso dirigir la mirada a tiempos y lugares esforzados; por ejemplo, a los de los hugonotes o a los de las guerrillas que Goya vio en sus Desastres. Comparada con estas cosas, el asalto a la Bastilla, de la cual sigue alimentándose hoy la consciencia de libertad del individuo, no pasa de ser un paseo dominguero por las afueras de la ciudad”.

Pero, el quehacer de la política, su acción, teórica o práctica, se vale del lenguaje, del pensar y la libertad, para alcanzar lo que se propone. Bueno bien, ¿de dónde saca la libertad su fuerza y medida? ¿cuál es la ley de su hacer y decir? Por supuesto, de la esencia que la determina a sí misma y la impulsa a romper el cerco de los procesos automáticos y los procesos históricos. Es decir, la existencia de la libertad rompe con la multiplicidad de determinismos que la condicionan en sus diversas formas: el determinismo biológico o fisiológico; el determinismo social; el determinismo psicológico; o, el determinismo metafísico y teológico.

Podemos afirmar que, la acción es en cuanto destino de la libertad. Sin ésta la acción política se condiciona a los procesos históricos o al determinismo político. La libertad hay que blandirla como hace el guerrero con la espada; porque del manejo responsable de ella depende la justicia, la fraternidad, la convivencia pacífica, la educación, la cultura, los derechos humanos, la paz.

Por tanto, el advenimiento de la libertad trae consigo el evento de la acción política. Huir a refugiarse en lo siempre-igual no lo exime de peligros. El peligro adviene cuando la libertad posibilita que la acción entre en discordia con lo establecido como verdadero. Que amenace al Estado y sus instituciones, al poder o, a las minorías selectas que lo ejercen; o, que posibilite el pensar, el análisis, la crítica, de las relaciones de poder y de saber. Así pues, “la libertad contiene en sí el catálogo de las cosas posibles que siempre está ahí – para que una posibilidad salga escena es preciso que se la acepte”.

Ya es hora de desacostumbrarse a sobrestimar la política, la economía, la imagen o, los lenguajes digitales y, por así decir, no pedirles más de lo que pueden ofrecernos. En la actual precariedad y mediocridad del mundo, es necesaria más acción y más atención a los fines de la política y de los políticos. Por eso la política se encuentra en vías de descenso hacia la pobreza de su esencia; porque priman los intereses del partido y del Gran Poder, sobre el bienestar y el progreso de la sociedad.

Ahora vemos que las Grandes Empresas Tecnológicas (Amazon, Telefónica, Facebook, Instagram, X, Meta, etc.), se están convirtiendo en un nuevo Estado dentro de los Estados Modernos y, es sumamente grave para la libertad y la autodeterminación de los pueblos o las naciones. Ahora se trata de luchar contra un enemigo que nos vigila las 24 horas del día y se convierte en el Gran Hermano técnico y del mundo técnico, es decir, del técnico y del colectivo técnico.

Hannah Arendt piensa que, en los procesos históricos los períodos de libertad han sido relativamente cortos en la historia de la humanidad. Lo que permanece intacto en épocas de petrificación y ruina es, la facultad de la libertad misma. La capacidad de comenzar, que anima e inspira todas las actividades humanas. Y, constituye, por así decir, la fuente oculta de producción de las cosas grandes o bellas. Por eso la estética es la madre de la ética y de toda capacidad de juzgar.

La libertad no es una virtud del hombre, sino un Don supremo que el hombre entre todas las criaturas de la Tierra crea. Pero es a través de la acción, cuando devela la luz que se esconde detrás del forro de los fenómenos históricos. Si es verdad que la acción y el comenzar son esencialmente lo mismo, una capacidad para realizar milagros debe estar dentro del rango de las actividades humanas.

Así que, “está en la naturaleza de todo nuevo comienzo el irrumpir en el mundo como una “infinita improbabilidad”, pero es esto lo que en realidad constituye el tejido de lo que llamamos real. Esta “infinita improbabilidad” es válida para un nuevo nacimiento o interrumpir la lógica y la coherencia de los procesos históricos. De ahí que los sistemas totalitarios, detesten la venida de una vida nueva al mundo, por ser siempre un recomenzar. Un volver a empezar que esconde detrás de la voluntad y de la acción, del pensar y el lenguaje, la ruptura con lo establecido como dogma o verdad.

Seria superstición esperar milagros, “infinitas improbabilidades”, en el contexto de procesos automáticos sean históricos o políticos, aunque no estén excluidos. Además, la historia está llena de acontecimientos que el milagro, la “infinita improbabilidad”, ocurre frecuentemente. Ya que, por decir, los procesos históricos son creados e interrumpidos, por iniciativa humana por ser un ser que actúa. Y detrás de la acción se esconde la esencia de la libertad, que le posibilita actuar en múltiples esferas.

La libertad como hecho demostrable y la política coinciden y se relacionan entre sí como las dos caras de una misma moneda.

De ahí que lo impredecible y lo imprevisible se esperan como milagros en las esferas de la vida política. La diferencia decisiva entre las “infinitas improbabilidades”, sobre la cual descansa la realidad de nuestra vida terrenal, y el carácter milagroso inherente a esos eventos que establece la realidad histórica, consiste que, en el dominio de los asuntos humanos conocemos al autor de dichos “milagro”. Son los hombres quienes los protagonizan, quienes por haber recibido el doble Don de la libertad y la acción pueden establecer una realidad propia.

Una realidad que responda a las apetencias morales, espirituales y materiales; pero también, en la vida pública, la política, que la libertad y la acción tiendan a lo justo, lo bueno y lo bello. A un Estado democrático Social de Derecho que proteja y facilite a la sociedad la acción política y la libertad, como piedras angulares de la colectividad democrática y libertaria.

Porque el mundo común es el escenario de la acción y de la palabra; sin un ámbito políticamente garantizado la libertad carece de un espacio mundano en el que pueda hacer su aparición.

De ahí que, la libertad necesita de un mundo organizado políticamente en el que cada hombre libre pueda insertarse de palabra y obra. De lo contrario, será sólo una manifestación de la libertad interior o subjetiva de la persona humana o, tal vez, la libertad cercenada o secuestrada por el poder autoritario o el totalitario. Porque existe una concatenación entre el mundo común que comparten todos los hombres, la palabra y la libertad.

En este ámbito, el lenguaje no puede caer “al servicio de las vías de comunicación a modo de acceso uniforme de todos a todo, pasando por encima de cualquier límite”. Porque en la actualidad la objetivación del lenguaje en la comunicación rápida y simultánea, es lo único que perdura: efímero por sí misma se sostiene sobre el sistema general de la información, que hace de las noticias conmensurables de acuerdo al interés que el sistema administra.

Una de las tareas del pensar futuro consiste en desvelar el sistema general de la información, que está ligado a informar a los sujetos receptores, determinando su interés, y no a suministrar elementos para la conducción de la vida o la orientación en el mundo. Porque degradan la experiencia y la vida en común, de todos y cada uno de nosotros. En esta civilización de lo efímero los medios de comunicación o las redes sociales, le otorgan al individuo la objetivación de su existencia. Por eso la coherencia de la individualidad se quebrantó en nombre de lo fugaz de la vida.

La “opinión pública” decide lo “comprensible y lo desechable por incomprensible”. Además, degrada no sólo la esfera privada, sino que sustituye los hechos por opiniones falaces y vacías.

Se trata de tener presente que, la seducción que ejerce la opinión pública sobre el ser humano, se dirige a las pasiones, los sentimientos, los instintos, los mitos, las leyendas, los prejuicios, la conciencia, que los crea para legitimar el ejercicio del poder y del saber. De ahí que la opinión pública es efím

era como el artificio de la realidad que comunica. Esta tiene una relación intrínseca con la Cultura del artificio. El hombre en este ámbito debe dejarse interpelar por el ser.

Sólo así se le vuelve a regalar a la palabra y a la libertad, el valor precioso de sus esencias y al hombre, la morada donde habitar en la verdad del ser.

domingo, 8 de febrero de 2026

 

                           El poder de los algoritmos en la época contemporánea

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 08/02/2026

Se piensa que la tecnología es un instrumento que sólo se utiliza para el confort, el bienestar individual o social, el desarrollo, el progreso, la industria militar, farmacéutica, automovilista; también se utiliza para causar dolor, angustia, sufrimiento y muerte (guerras nacionales, guerras entre naciones, terrorismo, intimidación, simulación, manipulación de la consciencia, coerción de gobiernos autocráticos, populistas y nacionalistas, etc.). A la vez se olvida lo que Martín Heidegger pensó, que el desvelamiento de la esencia de la técnica esconde tras de sí, la libertad. Es decir, la técnica brinda las herramientas para la libertad. El poder de la técnica no sólo hay que observarlo en su esfera negativa (causa dolor, sufrimiento, muerte), también posee una esfera positiva, posibilita que el hombre tome consciencia de sí y alcance la libertad debida a su nombre.

De ahí que la técnica se convirtió en la condición fundamental de la actualidad. El vestido del hombre actual es la técnica. Sucede que el brillo que irradia enceguece o entorpece al ser humano. Además, el hombre contemporáneo entrega su esencia y la libertad, a cambio de las facilidades técnicas. En las esferas del mundo técnico la verdad no tiene solidez, porque detrás de ella se esconde la Cultura del artificio: las máquinas, la velocidad, lo pasajero, los estados de consciencia manipulados, los espejismos del mundo y la realidad, la transcurrencia del tiempo, la simulación y lo que se denomina Civilización del algoritmo.

La técnica modula la percepción, la intuición, la atención, la experiencia, las ideas y posibilita la parálisis del pensamiento y del lenguaje. La técnica expresa un “tipo” de poder que determina las dinámicas sociales, políticas, económicas y culturales de la época. También como obedece al ejercicio del poder expresado en el Estado técnico y la autocracia tecnológica. Que amplifican un “tipo” de ejercicio del poder que ejerce su dominio, allende de las políticas implementadas en la corporeidad del ser humano.

Así que, el poder ubicado detrás de la esencia de la técnica no le interesa el cuerpo como campo de batalla, la tortura, la flagelación, la muerte; se interesa por la mente, las representaciones, las imágenes, las ideas, los sentimientos, que el hombre tiene de la realidad y del mundo, de sí mismo y del otro. De ahí en esta época de alto desarrollo técnico-científico, de sociedades de masas y de cultura de masas, se preocupa por la esfera interior del hombre: la estructura y funcionamiento de la mente, el espíritu, la conducta y las apetencias de la sociedad, las reflexiones del pensamiento, los valores éticos y morales del ser humano.

La técnica entonces incide en los procesos de cognición y de análisis crítico de la sociedad, de la realidad y del mundo.

Los que ejercen el Gran Poder Tecnológico tratan que los puntos de referencia no sean los valores eternos, la religión, el arte, la música, las literaturas, la poesía, la novela, la ética o la moral; sino el “Kitsch”, el espejo del mundo actual: la publicidad, el marketing, el consumo masivo, el lujo, las bellas materias, etc., que determinan la Civilización del espectáculo. Un mundo en que la tabla de valores lo ocupa el entretenimiento, donde divertirse, escapar de las responsabilidades, del aburrimiento, se establece como Phatos universal.

Detrás de la Civilización del espectáculo se esconden relaciones de poder: donde unas vidas encuadradas en la rutina de la vida cotidiana, deprimentes y embrutecidas, buscan la banalización de la cultura, la frivolidad y las redes sociales, el futbol, la proliferación del periodismo irresponsable, el que se nutre del chisme y el escándalo. Para sentirse bien y estar de acuerdo con los valores vigente de la sociedad.

Por tanto, las resonancias de la técnica no sólo implican al tejido social, sino que su proceso de expresión posibilita umbrales para percibir, analizar, criticar y pensar, el mundo y la realidad. La técnica no es un instrumento pasivo sino activo, que teje y desteje un campo de fuerzas en un sistema de relaciones sociales, políticas, económicas, militares y culturales, en constante configuración. Que obedece al ejercicio del poder de las Plataformas Digitales, la Praxis Política y las Esferas de la Economía.

La técnica no establece un espacio de verdades absolutas, posibilita campos fluidos en devenir, que estructuran y ponen en funcionamiento, relaciones de fuerza y de poder, cada instante, cada minuto, cada hora o, cada día.

Somos parte de una época en la que el ejercicio del poder no necesita de la fuerza física, la carne flagelada, la persuasión lógico-racional, la tortura; le basta con concatenar la conducta y los estados de consciencia colectivos. La curiosidad se estructura en flujos de imágenes o de palabras bacías de sentido, que manipulan la consciencia y la realidad. Así es como la realidad se diluye en la información y “no está dirigida a proporcionar elementos de orientación en el mundo como puede hacerlo el consejo, que apela a la libertad del otro, tanto en cuanto a la disposición a recibirlo como al uso que de él pueda hacer en orden a la situación que le concierne” –al decir de Pablo Oyarzun.

Que el Gran Poder Tecnológico manipula la atención de la información y la comunicación, que están dirigidas a “in-formar a los sujetos receptores, determinando su interés, que a suministrar elementos para la conducción de la vida y la orientación en el mundo”. Así pues, el ejercicio del poder no sólo induce, sino que manipula, la psiquis y la conducta de los seres humanos. Las narrativas centrales o multifocales que daban sentido al mundo y la realidad, ya no existen. Existen flujos informáticos, imágenes, que estructuran y ponen en funcionamiento, una realidad fluida y veloz que se regenera cada instante. 

Y “se sostiene sobre el sistema general de la información y la comunicación, lo único que es propia mente constante”.

Somos parte de un tiempo fragmentado donde unas pluralidades de narrativas compiten en el ámbito de la Cultura de lo efímero, por una representación de una verdad que no poseen. En este ámbito no existe la conversación entre las narrativas, sino enfrentamiento constante para establecer un tipo de verdad fugaz y veloz, como el relampaguear. Aquí la verdad y el simulacro se refractan para ejercer un “tipo” de poder: el Poder de las Plataformas digitales, las redes sociales y la IA.

En la Cultura de lo efímero no se trata de persuadir sino de encantar. Los algoritmos son dispositivos narrativos que narran historias fantásticas como verdaderas, ahí la ficción y la mentira superan la verdad. Son estratos de un profundo sueño que aletarga e hipnotiza al que los ve o los escucha, porque provienen de lo más profundo de la mente humana. Aquí entra en juego un “tipo” de poder que se vale de los instrumentos técnicos, las imágenes en movimiento y sus narrativas para dominar, vigilar o coartar al ser humano.

El sistema algorítmico trata que uno de ellos domine y someta las esferas y narraciones que se manifiestan en el espacio humano. Aquí la filosofía, la metafísica y la ontología, son derivaciones de ficciones deliberadas, que buscan el dominio del hombre, de la realidad y del mundo. Los algoritmos no se preocupan por establecer verdades, sino encantar y seducir. El encantamiento es una de las ramas de la literatura fantástica o del amor o de la amistad, no de la verdad. Porque ésta última pertenece al ámbito de las ciencias sociales, experimentales o positivas.

Las redes sociales amplifican la pos-verdad y la normalización de la desinformación, ya que el término pos-verdad incorpora la intensión de engañar, porque utiliza medias verdades, bulos, mentiras y calumnias, que buscan establecer un tipo de poder que responda a los intereses de los poderosos: las Grandes Compañías Tecnológicas y a los Estados Modernos Tecnológicos. También a los Gobiernos populistas-nacionalistas autoritarios, que responden a los lenguajes algorítmicos: la mentira y la seducción.

Por eso Internet y las redes sociales no exaltan la verdad, sino el número de seguidores y la pertenencia a grupos sociales que validan nuestra identidad desde fuera. Así, la normalización de la pos-verdad como instrumento de poder político y económico, tiene como punto de mira los espacios donde se cultiva la reflexión, la crítica y el raciocinio como instrumentos para resolver los problemas de la sociedad: las universidades, los colegios, los centros de investigación, las humanidades y los museos.

Esos espacios que posibilitan reflexionar sobre la moral, la libertad, la autenticidad y la restauración del tejido vivo de la existencia, la realidad y el mundo en general. Son objetos de crítica y de burlas por las narrativas de la pos-verdad, que obedecen al Gran Poder Tecnológico, Político y Militar.

Así que, el sistema algorítmico atrae el flujo de agentes y narraciones, que ofrece la sociedad y el poder, a uno de ellos. En este universo de variables no se trata de convencer, sino de dominar e inducir las pulsiones anímicas del individuo y la sociedad. Pero, no podemos olvidar que detrás de los fríos pliegues del vestido de los algoritmos, se esconden relaciones de fuerza o de poder, de dominio o de manipulación. Somos seres manipulados por las imágenes y las narrativas, que las antenas de los dispositivos técnicos hacen circular por encima de la atmósfera de la Gran ciudad, los pueblos y veredas del mundo.

En el mundo de los algoritmos se trata de apropiarse de sus engranajes, su estructura de funcionamiento y lógicas internas, para posibilitar desde adentro formaciones discursivas y reflexiones críticas sobre el poder y el saber, que establecen como verdad. El desvelamiento del ejercicio del poder es, uno de los principios del pensar futuro. No se trata de oposición frontal a las narrativas y las imágenes de los dispositivos técnicos, de los algoritmos, sino que de sus tripas salga una reflexión crítica sobre el Gran Poder Tecnológico, que se oculta detrás de los algoritmos.

Asimismo, se trata que la intuición, la percepción sensible, las reflexiones del pensar, posibiliten navegar con enjambres de imágenes y de palabras, entre una pluralidad de realidades que generen una reflexión sobre el mundo y el tejido vivo de la existencia. Que las alucinaciones que crean los relatos y las imágenes en movimiento, no paralicen la capacidad de asombro, la curiosidad, el análisis y la crítica de la vida y de la sociedad.

Se trata de crear espacios de pensamiento donde las narrativas puedan emerger desde las profundidades de la naturaleza humana y, crear conductos que posibiliten entender el mundo y la realidad. No se trata de construir narrativas que se establecen como última verdad, sino que se entretejan y posibiliten entender, comprender, analizar y criticar, el tiempo que vivimos.

Lo importante del pensar futuro y la reflexión crítica consiste en que, no es indiferente a la verdad, porque en la época actual el Gran Poder Tecnológico, Político y Económico, construye, sanciona y valida un “tipo” de verdad, en los ecosistemas sociales, culturales o militares. No se trata de ocultar los mecanismos de poder o de saber, de manipulación, vigilancia o coerción del ser humano y las sociedades. Sino de develar procesos sociales, políticos o culturales, que de otro modo no se develarían.

En los procesos de saber-conocimiento, formación de relatos y experiencias compartidas, no se trata de ocultarlos desde los dispositivos técnicos o algoritmos, sino de develar la esencia que seduce y adormece a las colectividades. ¡Despertar! ¡Despertar! De su sueño invernal y posibilite la vigilia entre la aurora y el atardecer, para que las imágenes y las narraciones develen su verdadero rostro.

Su fuerza consiste en iluminar los mecanismos de poder actuales, que adormecen la consciencia y la capacidad reflexiva sobre la realidad y el mundo que vivimos. Además, de ofrecer una caja de herramientas nocionales, conceptuales y de experiencias compartidas, que posibiliten la reflexión crítica sombre el tejido vivo de la existencia individual y colectiva. Así que, la tarea del pensar futuro sobre los dispositivos técnicos y los algoritmos, consiste en ir quitando las capas que el Gran Poder ha establecido durante mucho tiempo.

La IA generativa y los sistemas socio-técnicos complejos están articulando sociedades que responden a la velocidad, la simulación y al artificio de las comunicaciones, para refractar un “tipo” determinado de poder. La simulación, la velocidad y la percepción fragmentada de la realidad y de la vida, son la condición fundamental de nuestra época. Sí las imágenes son más fuertes que las palabras, no necesitan ser traducidas, su relampaguear en la consciencia vasta.

Así como las ideologías nublan la imaginación, la capacidad de asombro, de análisis y de crítica, porque no distinguen la verdad de la manipulación y la simulación. Como dijo Jean Baudrillard: “La simulación no es una copia de lo real, sino lo que la remplaza”. La Cultura de lo efímero y la Civilización de los algoritmos, la simulación y la manipulación que ejerce el Gran Poder Tecnológico, se entrelaza con la sugestión y el control de la consciencia colectiva y, se apropian de la atención y la reflexión crítica de la sociedad. Convirtiendo a la colectividad en receptores y consumidores, de los medios de información, las redes sociales y los algoritmos de IA.

Estamos en los umbrales del paso del logos natural al logos del artificio o digital, que expresan los “Grandes Modelos de Lenguaje”. Preguntamos, ¿Qué son los grandes modelos de lenguaje? ¿Qué son los LLM? Son categorías de modelos básicos entrenados sobre inmensas capacidades de datos, que los hace capaces de comprender y generar lenguajes artificiales.

A la vez, crear tipos de contenidos para realizar una multiplicidad de tareas básicas en la vida laboral y cotidiana de las personas. Por eso empresas como IBM llevan años implementando LLM en diferentes niveles para mejorar sus capacidades de comprensión de los lenguajes naturales y procesamiento del lenguaje natural. Además, se implementan en los modelos del automatismo, los algoritmos, las redes neuronales y, en la arquitectura como sistemas de IA.

Además, aunque estemos inmerso en el devenir histórico en el que las máquinas, el automatismo, la velocidad y la IA generativa, determinan procesos en la vida privada y pública, laboral y educativa, científica y cultural, las categorías léxico-gramaticales, la semántica y el vocabulario de las lenguas naturales, son fundamentales para comprender, analizar y conocer, el papel del hombre en el mundo y la realidad. Sabemos que lo que define al hombre es, el lenguaje. De ahí que la experiencia, el pensamiento y el conocimiento, sean formas del lenguaje.

Así que, los modelos de lenguaje artificial, no han alcanzado la profundidad y la altura de las conjunciones lingüísticas, las gramáticas heredadas y la sintaxis de las lenguas naturales. En consecuencia, los instrumentos especulativos del ser humano, no se pueden sustituir por bases de datos y lenguajes de programación. Porque la lengua no es sólo un instrumento de comunicación, sino también de expresión y afirmación de la personalidad y la comunidad.

Se accede a la vida espiritual y mental, cultural y social, a través de la lengua. Hans-George Gadamer dijo: “El lenguaje nos precede y nos ofrece una acepción del mundo característica”. La lengua es una “forma” de la naturaleza del Ser, que nos identifica con una comunidad o, una nación.

 

 

 

sábado, 7 de febrero de 2026

 

                                             

                                  EL MIEDO EN LA ÉPOCA ACTUAL

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 07/02/2026

El Estado, el “dragón de mil escamas”, Leviatán, no es el único ser que habita el desierto y, lo puebla con sus espejismos. Sino que en los últimos espacios de tiempo se han levantado de sus tumbas poderes antiquísimos, y en nombre de la religión o de la lengua, la cultura o la nación, tratan de apoderarse de las vidas humanas. El miedo, en efecto, puede verse como una de las figuras en las que se encarna, la “angustia cósmica que retorna”; pero también el instrumento adecuado para el “gran despliegue del poder”.

En nombre del terror, del sufrimiento, de la angustia o del miedo, los Estados contemporáneos coartan la libertad, la autonomía de la voluntad, las reflexiones del pensamiento, el sentido estético de la existencia; para que el saber o la experiencia enriquecedora, se reduzcan sólo a una “selecta minoría”. Esa que responde casi siempre a los “cuadros de mando”, dispersos en las redes globales. Al Poder Tecnológico (las Grande Compañías Tecnológicas y de la Información) esparcidos en las redes globales, lo testifica a nivel mundial.

Además, el miedo del hombre contemporáneo no es ajeno al desarrollo de los procesos o, a la estructura económica del Gran Poder Tecnológico. El automatismo, por ejemplo, no se torna terrible hasta que no se revela como una de las modalidades de la fatalidad, como su estilo. Donde la angustia o el miedo alcanzan su nivel más alto, es en las sociedades con un alto desarrollo tecnológico. Se difunden a través de redes o de imágenes gráficas en movimiento, que resultan ser más eficaces que las palabras.

El miedo económico, a la otredad, al ritmo de las lenguas sonoras, al color de la piel, a la religión diferente, a la disensión del pensamiento sistemático, lo justifica. “La simple necesidad que la gente siente de observar varias veces al día noticias –dice Jünger– es ya un signo de angustia; la imaginación gira y gira y de esa manera va creciendo y paralizándose. A lo que se asemejan todas esas antenas que hay en las ciudades gigantescas es al cabello erizado. Constituyen una invitación a establecer contacto con demonios”.

El miedo y el demonio se configuran en rostros diferentes: el hambre, el desempleo, la violencia, la guerra, el odio, el racismo, el sufrimiento, el derramamiento de sangre inocente, la soledad, la prostitución o, la drogadicción, etc. Y, en efecto, sólo son figuras del Gran miedo de nuestra época. Dice Jünger al respecto: “El gran mecanismo político no es lo único que mueve a sentir ese miedo. Hay además una cantidad de angustias particulares. Ellas traen consigo la incertidumbre y ésta deposita siempre su esperanza en médicos, en salvadores, en taumaturgos. Todo puede convertirse, efectivamente, en objeto de miedo. Y esto es uno de los signos indicadores de la catástrofe, un indicador más diáfano que todos los peligros físicos”.

El miedo se convirtió entonces en uno de los síntomas más evidentes de cuán frágil y deleznable, es la vida humana. La perplejidad, la desesperanza, la soledad, el caos, la inseguridad, la violencia o las guerras actuales, son las máscaras que toma el miedo de nuestra época. Pero uno de los más siniestros, es el que instauran los instrumentos técnicos y la nueva voluntad de poder. Porque se sitúan más allá de la esperanza y su incidencia trascendente y sobre temporal, arremeten contra la vida del ser humano sobre la Tierra.

Preguntamos, “¿es posible librar del miedo al ser humano?”. El miedo no sólo es uno de los síntomas más importantes de nuestro tiempo, sino uno de los que determina el carácter de nuestra época. También uno de los temas de la literatura, del arte y la poesía de nuestro tiempo. Quien es capaz de vencer el miedo se levanta sobre los escombros de la desesperanza, el sufrimiento y el dolor. Ya que el miedo se convirtió en el tormento del hombre contemporáneo; la fuerza que paraliza la energía vital del ser humano. A su vez, la persona que se libra de él, es mucho más importante “que proporcionarle armas o que proveerle de medicamentos. El poder y la salud está en quien no siente miedo”.

Desde los “cuadros de mando” tratan de despojar a los seres humanos de la seguridad de sí mismos y de la libertad. También de la capacidad estética de la existencia individual. Así, cuando el hombre desnuda sus defensas y queda a merced de fuerzas que lo desbordan, está batido. Ahora bien, quién vence el miedo vence los peligros amenazadores que lo acechan, el terror que se legitima en la fuerza y los espejismos de la vida cotidiana.

Si el hombre es capaz de dialogar consigo mismo, “continuará teniendo al miedo como su gran interlocutor en el diálogo”. Sin embargo, el papel del hombre ha de ser neutralizarlo o vencerlo, aunque no lo haga del todo. De esa manera levanta el vuelo como el Cóndor de alas de fuego y pico de estrellas, sobre todo impedimento o coacción para ser un hombre libre. En él se configura la antigua libertad con el traje propio de la época contemporánea. La libertad sustancial, primitiva y elemental que despierta a la vida, dispuesta a luchar contra los espejismos de poderes antiguos y las ilusiones de la tecnología.

Si el hombre reduce el miedo al diálogo no sólo puede tomar la palabra (deja de imaginarse que está batido), sino que restablece la libre decisión. Es uno de los problemas que enfrenta el hombre contemporáneo, ¿de qué se vale para recobrar la palabra o, la autonomía de la voluntad o, las reflexiones del pensamiento? Si los instrumentos técnicos (medios masivos de comunicación, Internet, mundo digital, imagen en movimiento, etc.), y la nueva naturaleza del poder, ocupan ahora su lugar.

Se constata entonces que en la vida se establece una lucha tenaz entre las potencias de la luz y las tinieblas. “En el primer caso –dice Jünger–, el camino va ascendiendo hacia reinos que están en las alturas, hacia la muerte en sacrificio o hacia el destino de quien sucumbe con las armas en la mano; en el segundo caso, el de las tinieblas, el camino desciende hacia los hondones de los campos de esclavos y los mataderos, donde unos hombres primitivos se asocian criminalmente con la técnica. En este último caso no hay destino, lo único que hay son números. O bien poseer un destino propio o bien tener el valor de un número: esa es la disyuntiva que hoy nos viene impuesta a todos y cada uno de nosotros, impuesta ciertamente a la fuerza; pero el decidirse por lo uno o lo otro es algo que cada cual ha de hacer por sí sólo.

Ahora se trata que el individuo recobre la palabra y la libertad. O, dicho, en otros términos, “de lo único que el hombre sale garante ahora es de sí mismo. Y es ahora cuando se convierte en el antagonista de Leviatán, más aún, en su domeñador, en su vencedor”.

El Mundo Actual se ofrece, inagotable, a nuevas búsquedas; y dar el mérito debido al hombre de carne y hueso. Al que sufre, porque es en el sufrimiento, el dolor, la miseria y la muerte, donde se “constituye el verdadero enigma de la vida humana”. El lugar donde Dios se manifiesta en justicia y amor. Para el mito y la tragedia, “la razón del sufrimiento ha de buscarse en la culpabilidad del hombre, del héroe”; al respecto el monoteísmo establece que el sufrimiento deje de aparecer como algo individual y se convierta en la expresión de “la crisis social del género humano”.

En la Edad de la Tecnología, de la Ciencia, del Titán y del mundo del titanismo, se trata, que la vida, abone el camino para el advenimiento de los dioses; y el ser humano deje tras de sí la degradación moral de la existencia. Para que se disipe la atmósfera gris, desesperanzada que hondea sobre él, y de paso al encuentro consigo mismo o, a los fragmentos de Absoluto. Eso solo lo puede alcanzar un “hombre fuerte en el espíritu”. “Estamos refiriéndonos a la persona libre, tal como fue creada por Dios. Ese hombre no representa una excepción, no es una minoría selecta. Antes, al contrario, se halla oculto en el interior de todos y cada uno de nosotros”.

Este hombre es el desgarrado y solo de la Gran ciudad, los pueblos y los campos del mundo. Que necesita hacer realidad “la libertad que le ha sido otorgada. Para eso es preciso prestarle ayuda –y se le ha de prestar con el pensamiento, con el conocimiento, con la amistad, con el amor”. Porque en la civilización de la Gran ciudad, no sólo se habla la lengua del progreso, sino que encarna el rostro de la miseria y el carácter de la “crueldad”. En este umbral de la existencia individual, se ubica el humanismo cristiano o, el judaísmo mesiánico, porque dotan al hombre de una fuerza interior que lo compele a trascender el marco de la historia. Y cuando lo logra descubre la potencia moral que mora en él, o tal vez, el amor de Dios.

Además, “su personalidad omnicomprensiva de todas las vidas individuales”; la figura que el Hijo de Dios se haya hecho hombre y, que Dios viva y muera por amor al hombre.

Por eso el ser humano es capaz de desvelar el ritmo superior de la historia; el ritmo donde se “redescubre a si mismo periódicamente”. En el devenir de la humanidad han existido poderes, que “quieren colocarnos sus máscaras propias, poderes que unas veces son totémicos, y otras mágicas, y otras técnicas”. En este orden de cosas, existen épocas que han sumido a los hombres en una degradante miseria moral, cuando sus vidas son arrastradas a la más espantosa destrucción.

Hasta ahora, la “fascinación de potentes ilusiones ópticas, o auditivas”, generadas por los instrumentos técnicos, presentan al hombre de hoy, como un simple grano de arena en el desierto. Pero olvidamos que todos los aparatos -los inventos técnicos, la ciencia, la IA-, son sólo el “decorado del teatro colocado por una imaginación inferior”. Olvidamos, que el creador es el hombre de carne y hueso y, es él a quién le corresponde configurar un sentido nuevo a la existencia. “Es posible hacer saltar las cadenas de la técnica; y quien puede hacerlo es la persona individual”.

Existe la esperanza que el espíritu del humanismo de la cultura occidental, debe levantarse sobre la hipocresía, la crueldad, la violencia, la guerra, la banalidad de la muerte y de la vida. Para dignificar el mundo y la existencia individual. Desgarrados por el anti-humanismo y la animalidad política del siglo XX y principios del XXI, se levantará soberano, libre, sobre las oscuras fuerzas de la desesperanza, del odio y el dolor.

Porque no son sólo instrumentos de catarsis, sino también de interrogación y evidencia del mundo que vivimos. Son el ojo crítico y avizor, contra el lenguaje que espera comunicarse de un modo establecido y ser recompensado socialmente. Como el lenguaje político, por ejemplo. En este orden, las herramientas que contribuyen ahondar la Gramática de la vida y precisar la condición humana. Ruptura la frontera del tiempo y del espacio, porque somos animales fronterizos. Contribuyen, a la vez, a desenmascarar el Gran miedo de nuestra época.

Quizá irradien “una luz mágica y sobre natural”, -como dijo Baudelaire-y, resalten sobre “la oscuridad natural de las cosas”.