sábado, 7 de febrero de 2026

 

                                             

                                  EL MIEDO EN LA ÉPOCA ACTUAL

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 07/02/2026

El Estado, el “dragón de mil escamas”, Leviatán, no es el único ser que habita el desierto y, lo puebla con sus espejismos. Sino que en los últimos espacios de tiempo se han levantado de sus tumbas poderes antiquísimos, y en nombre de la religión o de la lengua, la cultura o la nación, tratan de apoderarse de las vidas humanas. El miedo, en efecto, puede verse como una de las figuras en las que se encarna, la “angustia cósmica que retorna”; pero también el instrumento adecuado para el “gran despliegue del poder”.

En nombre del terror, del sufrimiento, de la angustia o del miedo, los Estados contemporáneos coartan la libertad, la autonomía de la voluntad, las reflexiones del pensamiento, el sentido estético de la existencia; para que el saber o la experiencia enriquecedora, se reduzcan sólo a una “selecta minoría”. Esa que responde casi siempre a los “cuadros de mando”, dispersos en las redes globales. Al Poder Tecnológico (las Grande Compañías Tecnológicas y de la Información) esparcidos en las redes globales, lo testifica a nivel mundial.

Además, el miedo del hombre contemporáneo no es ajeno al desarrollo de los procesos o, a la estructura económica del Gran Poder Tecnológico. El automatismo, por ejemplo, no se torna terrible hasta que no se revela como una de las modalidades de la fatalidad, como su estilo. Donde la angustia o el miedo alcanzan su nivel más alto, es en las sociedades con un alto desarrollo tecnológico. Se difunden a través de redes o de imágenes gráficas en movimiento, que resultan ser más eficaces que las palabras.

El miedo económico, a la otredad, al ritmo de las lenguas sonoras, al color de la piel, a la religión diferente, a la disensión del pensamiento sistemático, lo justifica. “La simple necesidad que la gente siente de observar varias veces al día noticias –dice Jünger– es ya un signo de angustia; la imaginación gira y gira y de esa manera va creciendo y paralizándose. A lo que se asemejan todas esas antenas que hay en las ciudades gigantescas es al cabello erizado. Constituyen una invitación a establecer contacto con demonios”.

El miedo y el demonio se configuran en rostros diferentes: el hambre, el desempleo, la violencia, la guerra, el odio, el racismo, el sufrimiento, el derramamiento de sangre inocente, la soledad, la prostitución o, la drogadicción, etc. Y, en efecto, sólo son figuras del Gran miedo de nuestra época. Dice Jünger al respecto: “El gran mecanismo político no es lo único que mueve a sentir ese miedo. Hay además una cantidad de angustias particulares. Ellas traen consigo la incertidumbre y ésta deposita siempre su esperanza en médicos, en salvadores, en taumaturgos. Todo puede convertirse, efectivamente, en objeto de miedo. Y esto es uno de los signos indicadores de la catástrofe, un indicador más diáfano que todos los peligros físicos”.

El miedo se convirtió entonces en uno de los síntomas más evidentes de cuán frágil y deleznable, es la vida humana. La perplejidad, la desesperanza, la soledad, el caos, la inseguridad, la violencia o las guerras actuales, son las máscaras que toma el miedo de nuestra época. Pero uno de los más siniestros, es el que instauran los instrumentos técnicos y la nueva voluntad de poder. Porque se sitúan más allá de la esperanza y su incidencia trascendente y sobre temporal, arremeten contra la vida del ser humano sobre la Tierra.

Preguntamos, “¿es posible librar del miedo al ser humano?”. El miedo no sólo es uno de los síntomas más importantes de nuestro tiempo, sino uno de los que determina el carácter de nuestra época. También uno de los temas de la literatura, del arte y la poesía de nuestro tiempo. Quien es capaz de vencer el miedo se levanta sobre los escombros de la desesperanza, el sufrimiento y el dolor. Ya que el miedo se convirtió en el tormento del hombre contemporáneo; la fuerza que paraliza la energía vital del ser humano. A su vez, la persona que se libra de él, es mucho más importante “que proporcionarle armas o que proveerle de medicamentos. El poder y la salud está en quien no siente miedo”.

Desde los “cuadros de mando” tratan de despojar a los seres humanos de la seguridad de sí mismos y de la libertad. También de la capacidad estética de la existencia individual. Así, cuando el hombre desnuda sus defensas y queda a merced de fuerzas que lo desbordan, está batido. Ahora bien, quién vence el miedo vence los peligros amenazadores que lo acechan, el terror que se legitima en la fuerza y los espejismos de la vida cotidiana.

Si el hombre es capaz de dialogar consigo mismo, “continuará teniendo al miedo como su gran interlocutor en el diálogo”. Sin embargo, el papel del hombre ha de ser neutralizarlo o vencerlo, aunque no lo haga del todo. De esa manera levanta el vuelo como el Cóndor de alas de fuego y pico de estrellas, sobre todo impedimento o coacción para ser un hombre libre. En él se configura la antigua libertad con el traje propio de la época contemporánea. La libertad sustancial, primitiva y elemental que despierta a la vida, dispuesta a luchar contra los espejismos de poderes antiguos y las ilusiones de la tecnología.

Si el hombre reduce el miedo al diálogo no sólo puede tomar la palabra (deja de imaginarse que está batido), sino que restablece la libre decisión. Es uno de los problemas que enfrenta el hombre contemporáneo, ¿de qué se vale para recobrar la palabra o, la autonomía de la voluntad o, las reflexiones del pensamiento? Si los instrumentos técnicos (medios masivos de comunicación, Internet, mundo digital, imagen en movimiento, etc.), y la nueva naturaleza del poder, ocupan ahora su lugar.

Se constata entonces que en la vida se establece una lucha tenaz entre las potencias de la luz y las tinieblas. “En el primer caso –dice Jünger–, el camino va ascendiendo hacia reinos que están en las alturas, hacia la muerte en sacrificio o hacia el destino de quien sucumbe con las armas en la mano; en el segundo caso, el de las tinieblas, el camino desciende hacia los hondones de los campos de esclavos y los mataderos, donde unos hombres primitivos se asocian criminalmente con la técnica. En este último caso no hay destino, lo único que hay son números. O bien poseer un destino propio o bien tener el valor de un número: esa es la disyuntiva que hoy nos viene impuesta a todos y cada uno de nosotros, impuesta ciertamente a la fuerza; pero el decidirse por lo uno o lo otro es algo que cada cual ha de hacer por sí sólo.

Ahora se trata que el individuo recobre la palabra y la libertad. O, dicho, en otros términos, “de lo único que el hombre sale garante ahora es de sí mismo. Y es ahora cuando se convierte en el antagonista de Leviatán, más aún, en su domeñador, en su vencedor”.

El Mundo Actual se ofrece, inagotable, a nuevas búsquedas; y dar el mérito debido al hombre de carne y hueso. Al que sufre, porque es en el sufrimiento, el dolor, la miseria y la muerte, donde se “constituye el verdadero enigma de la vida humana”. El lugar donde Dios se manifiesta en justicia y amor. Para el mito y la tragedia, “la razón del sufrimiento ha de buscarse en la culpabilidad del hombre, del héroe”; al respecto el monoteísmo establece que el sufrimiento deje de aparecer como algo individual y se convierta en la expresión de “la crisis social del género humano”.

En la Edad de la Tecnología, de la Ciencia, del Titán y del mundo del titanismo, se trata, que la vida, abone el camino para el advenimiento de los dioses; y el ser humano deje tras de sí la degradación moral de la existencia. Para que se disipe la atmósfera gris, desesperanzada que hondea sobre él, y de paso al encuentro consigo mismo o, a los fragmentos de Absoluto. Eso solo lo puede alcanzar un “hombre fuerte en el espíritu”. “Estamos refiriéndonos a la persona libre, tal como fue creada por Dios. Ese hombre no representa una excepción, no es una minoría selecta. Antes, al contrario, se halla oculto en el interior de todos y cada uno de nosotros”.

Este hombre es el desgarrado y solo de la Gran ciudad, los pueblos y los campos del mundo. Que necesita hacer realidad “la libertad que le ha sido otorgada. Para eso es preciso prestarle ayuda –y se le ha de prestar con el pensamiento, con el conocimiento, con la amistad, con el amor”. Porque en la civilización de la Gran ciudad, no sólo se habla la lengua del progreso, sino que encarna el rostro de la miseria y el carácter de la “crueldad”. En este umbral de la existencia individual, se ubica el humanismo cristiano o, el judaísmo mesiánico, porque dotan al hombre de una fuerza interior que lo compele a trascender el marco de la historia. Y cuando lo logra descubre la potencia moral que mora en él, o tal vez, el amor de Dios.

Además, “su personalidad omnicomprensiva de todas las vidas individuales”; la figura que el Hijo de Dios se haya hecho hombre y, que Dios viva y muera por amor al hombre.

Por eso el ser humano es capaz de desvelar el ritmo superior de la historia; el ritmo donde se “redescubre a si mismo periódicamente”. En el devenir de la humanidad han existido poderes, que “quieren colocarnos sus máscaras propias, poderes que unas veces son totémicos, y otras mágicas, y otras técnicas”. En este orden de cosas, existen épocas que han sumido a los hombres en una degradante miseria moral, cuando sus vidas son arrastradas a la más espantosa destrucción.

Hasta ahora, la “fascinación de potentes ilusiones ópticas, o auditivas”, generadas por los instrumentos técnicos, presentan al hombre de hoy, como un simple grano de arena en el desierto. Pero olvidamos que todos los aparatos -los inventos técnicos, la ciencia, la IA-, son sólo el “decorado del teatro colocado por una imaginación inferior”. Olvidamos, que el creador es el hombre de carne y hueso y, es él a quién le corresponde configurar un sentido nuevo a la existencia. “Es posible hacer saltar las cadenas de la técnica; y quien puede hacerlo es la persona individual”.

Existe la esperanza que el espíritu del humanismo de la cultura occidental, debe levantarse sobre la hipocresía, la crueldad, la violencia, la guerra, la banalidad de la muerte y de la vida. Para dignificar el mundo y la existencia individual. Desgarrados por el anti-humanismo y la animalidad política del siglo XX y principios del XXI, se levantará soberano, libre, sobre las oscuras fuerzas de la desesperanza, del odio y el dolor.

Porque no son sólo instrumentos de catarsis, sino también de interrogación y evidencia del mundo que vivimos. Son el ojo crítico y avizor, contra el lenguaje que espera comunicarse de un modo establecido y ser recompensado socialmente. Como el lenguaje político, por ejemplo. En este orden, las herramientas que contribuyen ahondar la Gramática de la vida y precisar la condición humana. Ruptura la frontera del tiempo y del espacio, porque somos animales fronterizos. Contribuyen, a la vez, a desenmascarar el Gran miedo de nuestra época.

Quizá irradien “una luz mágica y sobre natural”, -como dijo Baudelaire-y, resalten sobre “la oscuridad natural de las cosas”.

 

 

 

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