sábado, 11 de abril de 2026

 

 

 

       Los Instrumentos Técnicos en el Espacio de la Economía Bélica

                                                             

En el frente de batalla donde la guerra se pone el uniforme de la vida en su expresión más violenta, los medios técnicos y las leyes que la posibilitan, se entrelazan en un abrazo indisoluble”.

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid-España a 11/04/2024

En esta alta civilización abstracta donde vivimos, los instrumentos técnicos metamorfosean los contenidos del lenguaje natural. Posibilitan un decir nuevo, un “logos” que cumple un papel decisivo en las relaciones humanas. La concatenación que se establece entre las masas de la Gran ciudad y, los instrumentos técnicos transforman el mundo perceptivo, los contenidos de la existencia, del mundo y la realidad. Esa incidencia en la vida de las personas se constituye en irradiaciones tan sutiles e imponderables, que determinan el ámbito de la existencia humana. Es ahí, más no en las doctrinas ideológicas o los grandes dogmas, donde hay que buscar el auténtico factor moral de nuestro tiempo. Esta trastocación espacio-temporal, de la cualidad del Ser y el existir, transforma la relación entre Palabra y Mundo, Hombre y Mundo, Hombre y Dios.

El mundo se presenta oscuro y distante desde la prolongación que hacen los seres humanos de sus vidas en los instrumentos técnicos, o tal vez los paraliza para efectuar otras tareas, que tienen que ver con otros ámbitos de la existencia. Por ejemplo, tareas contemplativas o de simpatía psicológica con otros hombres. En ese sentido los instrumentos técnicos perfilan lenguajes que nada tienen que ver con el mundo de nuestros mayores. También los instrumentos técnicos cumplen tareas de dominio y control, vigilancia y coerción, sumisión y simulación, en el hombre actual.

No podemos desconocer que el espíritu lingüístico del hombre se concatena con el Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo. En nuestra época se representa así mismo en las diversas figuras del mundo técnico. Se constituyen en la expresión material de los contenidos y las formas del Espíritu de la Época. En cualquier caso, los medios y los modos que posibilita el lenguaje, están inferidos por los instrumentos técnicos. Esto representa para la Cultura de Occidente un punto de inflexión, de trastocación de los valores heredados. Así que, estamos a las puertas de una nueva ética, una nueva estética, unas referencias imaginativas y umbrales que darán cuenta de nuestro legado histórico. Por eso el mundo y la realidad que se configura en el horizonte inmediato, nada tiene que ver con el pasado de nuestra memoria verbal. Esto resulta desconcertante para el diminuto y frágil ser humano. 

Cabe ir observando cómo la creciente transmutación de la vida en energía y la progresiva volatilización del contenido de todos los vínculos” en beneficio de la técnica, ponen en entredicho la herencia de la cultura occidental moderna. 

Esta disolución de los vínculos naturales y de las relaciones de sentido, inciden directamente en los contenidos de la experiencia y la memoria etno-lingüística del hombre contemporáneo. Una trastocación que no sólo es un fenómeno occidental, sino también del mundo en general. Toca de una u otra forma al crisol de culturas y civilizaciones actuales. Somos parte entonces de una época, donde no sólo se diluye el sentido de pertenencia, sino también los elementos materiales y espirituales que heredamos de la cultura judeocristiana y grecolatina. Ahora, cabe observar que la creciente transformación de la vida en energía o en relaciones artificiales, repercute en la mutación del lenguaje natural en lenguaje artificial. En pocos espacios de tiempo pudimos observar el tránsito de la sintaxis natural, a unas formas léxico-gramaticales nuevas.

Por consiguiente, la energía potencial del ser humano que una vez estuvo ligada a la naturaleza del hombre, hoy día responde a los requerimientos de la Cultura de lo efímero: medios de comunicación de masas, las imágenes en movimiento, las redes sociales, la Inteligencia Artificial generativa, etc. A lo que se denomina en la actualidad, lenguajes digitales o analógicos.

Por tanto, el vaciamiento y la manipulación de la energía potencial, es uno de los principios fundamentales de la Cultura de lo efímero y de los “Centros de mando” dispersos en las redes globales. Los mass-media, por ejemplo, se valen del mercado, la publicidad y el consumo, como improntas del confort técnico y la nueva naturaleza del poder, para alterar los flujos de conciencia, los deseos y dominar a los seres humanos. De ahí esas irradiaciones tan sutiles e imperceptibles que llegan hasta el tuétano más íntimo, el nervio vital más fino. Hacen del hombre de hoy, en consecuencia, un ser atravesado, circundado y trascendido, por fuerzas que golpean con la virulencia de la ola al romper. Se trata de develar que el desarrollo de los procesos, la técnica y la nueva voluntad de poder, configuran el mundo actual.

 “Un acto mediante el cual una única maniobra ejecutada en el cuadro de distribución de la energía conecta la red de la corriente de la vida moderna –una red dotada de amplias ramificaciones y de múltiples venas–“a una gran corriente de la energía bélica.

Este devenir de la corriente de la energía bélica arrastra tras de sí, la revolución en las comunicaciones. En el caso que nos concierne, la red de la corriente de la vida moderna y los instrumentos técnicos de comunicación simultánea, las redes sociales y la Inteligencia Artificial, se concatenan a la corriente de la energía bélica. No existe un intersticio del espacio voluminoso de la cultura y la civilización de Occidente, que no tenga que ver con la economía bélica. De ahí que, en la historia de la civilización occidental moderna, los inventos técnicos se configuran como instrumentos para la guerra. La economía bélica se convierte en Occidente, en el umbral del desarrollo técnico y científico.

Ahora bien, la primacía de los instrumentos técnicos, la esfera dineral y el ejercicio del poder en la vida de las personas, configura un mapa nuevo para la cultura y la civilización de Occidente. Las relaciones que se tejen y destejen, la atmósfera que se respira son distantes y abyectas; pero en el fondo responden al espíritu lingüístico. No el de los requerimientos de las relaciones de sentido, sino de las relaciones artificiales. El mundo que vivimos, en consecuencia, nos aboca de una u otra forma, al reduccionismo técnico, a la cifra, al cálculo, a la imagen gráfica en movimiento. Se trata de mantener el “Control del cuadro de mando” y la “Distribución de la energía”, suministrada en forma de imagen gráfica en movimiento, redes sociales, Inteligencia Artificial, relaciones de los Sujetos internacionales, flujos de capitales y de finanzas internacionales, o la vida convertida en objeto, etc.

Pero no debemos olvidar que el ámbito donde se planifica y se ejecuta la gran corriente de la energía bélica y la economía de la existencia, no es otro que, el ámbito del lenguaje y las reflexiones del pensamiento.

Así que, una sola incidencia en el Cuadro de distribución de la energía repercute en la red de la vida moderna y, por ende, en los contenidos espirituales que comunica el lenguaje. Si el mundo contemporáneo se configuró en el vestido de los lenguajes digitales y la imagen gráfica en movimiento, entonces, la economía de la existencia y la consciencia de la muerte, las necesidades y esperanzas humanas, responden sólo, a los requerimientos de la Cultura de lo efímero. Ahí está su campo, ahí su acción, a la uniformización de la sociedad le corresponde la homogenización del lenguaje: jergas, clichés, modismos, etc.; en cuanto son la forma superficial del espíritu lingüístico del hombre. Esto supone para la cultura occidental un quebrantamiento de la cualidad del Ser y el existir. Una ruptura ontológica y epistemológica del espacio voluminoso de la cultura y la civilización occidental reciente.

Ahora, ¿dónde se encuentra el presupuesto de toda tecnología? En las catacumbas, las criptas, las profundidades de lo misterioso y lo profano, donde la indiferencia es lo característico. Como en las Antiguas mitologías resulta tan grotesca y atractiva; las tecnologías reemplazan al mito en la modernidad. O, mejor dicho, la técnica es el nuevo rostro que ha encarnado el mito en la contemporaneidad. El mito del siglo XX y del XXI, se representará en el espejo de la tecnología. Entre ellos existe un juego de ecos y trasformaciones profundas, que la sensibilidad del hombre común es incapaz de percibir. Ellos movilizan ingentes batallones en un frenesí de irradiaciones tal sutiles e imperceptibles, que arrastran a miles de seres humanos al derramamiento de sangre o, a la muerte. Por la maquinaria de la gran corriente de energía y los lenguajes bélicos, la vida del ser humano se percibe como algo diminuto y frágil ante los despliegues de las grandes construcciones arquitectónicas, las máquinas, los cohetes, los aviones no tripulados, los misiles, los satélites y el automatismo. Podemos observar, por ejemplo, cómo el confort técnico se concatena a la fatalidad en las grandes autopistas de la Gran ciudad, o en las carreteras comarcales y se presenta como accidente de tráfico. Esto verifica cómo las ilusiones técnicas cuando pierden el punto de seguridad que trasmiten, se convierten en algo trágico y mórbido para el hombre.

Somos parte de un mundo donde todo está dispuesto y presupuesto para que el campo magnético de la energía bélica, el ejercicio del poder y el mundo dineral, den cuenta de la vida humana. El problema de la existencia en el siglo XXI ha de pasar necesariamente por el filtro del lenguaje. No como un problema derivado, sino como el origen de los problemas del mundo. Se configure en la lengua de la tecnología, de la arquitectura, de la economía, de la ciencia, de la política, de la medicina, de la biotecnología, la cibernética, etc.; el lenguaje se convierte en problema filosófico, histórico y antropológico. Es decir, en problema epistémico y ontológico. Por lo que toca a lo político, sí en los Estados Modernos no se platea el problema de los conflictos internacionales desde el lenguaje, desde las diversas formas del lenguaje, la comunicación y el diálogo darán paso en el decurso del devenir histórico actual –a una gran corriente de energía bélica donde el ser humano (por perder la vivacidad del pensamiento y los contenidos espirituales del lenguaje)–, a una disminución de humanidad.

Ahora bien, comprender los instrumentos técnicos para la guerra en su cultura, o desde el umbral del lenguaje, significa, contemplar las ametralladoras, las máquinas, los ventiladores, los aviones, los cohetes, los aviones no pilotados -drones-, las bombas, los satélites, las municiones, los diversos lenguajes digitales, la imagen gráfica en movimiento, como herramientas de “los cíclopes expertos en trabajar el hierro” y, a los que, “les falta el ojo interior”. Enfrentarse con ellos en las profundidades o en las alturas, es enfrentarse al “Zeitgeist”, el Espíritu del Tiempo, y verlo como un ídolo. Significa observarlo “desprovisto de la móvil aureola de los refinamientos técnicos”, y darse cuenta del poder que encierran en sí. Trátese en las culturas precolombinas del Sol, o en la Modernidad, de la Inteligencia Artificial o la técnica, ambos se relacionan con la sangre y el poder de la muerte.

Por lo que les concierne a los elementos, con la instauración del titanismo y el mundo del Titán, los hombres se encuentran en el último grado de la abundancia -en los elementos y con los elementos-, esto en pocos espacios de tiempo, se convirtió en una tragedia fundamental. Nuestros antepasados cortaron “las primeras flores de la descomposición”. Así que, el desequilibrio de los ecosistemas, las catástrofes de los elementos, la guerra, la violencia, o la descomposición de las sociedades, son sólo un débil reflejo del Espíritu. Cuando la economía, la industria, la técnica, la moral, la política, la cultura, “se alejan de los elementos, y se sitúan por encima de ellos, se nutren más o menos de su sustancia”.

En las guerras contemporáneas y el huso de los lenguajes artificiales, se llegó a un refinamiento tal del miedo, del dolor o la muerte, de proporciones jamás imaginadas. Entonces, ¿cuál es el legado del titanismo en la Época Moderna? Por supuesto, destruir el interior del ser humano e imponer sus relaciones de fuerza. F. G. Jünger y su hermano Ernst proponen que hay que retornar a los elementos, para llenar de sabia espiritual, el hálito de la Vida y la magia de la Naturaleza. Es loable anotar que el hombre se desvía hacia lo mecánico o lo demoniaco, y en la guerra o la violencia, es cuando más se pronuncian sus rasgos. Pero en su devenir se da una inversión dialéctica, regresa a las normas formando así un nuevo equilibrio. Observamos entonces que en el sufrimiento y el dolor el hombre genera fuerzas superiores, curativas.

Como dijo Walter Benjamín: “¿En qué reconoce uno su fuerza? En sus propias derrotas”.

En este orden de ideas, la civilización actual posee una ligazón más íntima con el Progreso que con la Cultura. Ésta se configura en mass-media donde la imagen gráfica en movimiento, o los lenguajes digitales, determinan el orden de la existencia. La técnica es capaz de hablar el lenguaje de las grandes urbes y apropiarse de los modos y los medios de decir; lo que para la cultura resulta una acción difícil y antagónica a la naturaleza que la constituye. De ahí que cuando la política trata de controlarla o manipularla –en las democracias parlamentarias, los regímenes autoritarios o totalitarios–, su actitud es repugnante y grotesca para la conciencia individual. No podemos olvidar que la cultura se levanta sobre las inmundicias, los escombros que la civilización deja tras de sí, como el Ave de Minerva hace con sus cenizas al anochecer.

Dice Jünger en el texto, Sobre el dolor: “La civilización tiene con el progreso una ligazón más íntima que la que pose con la Kultur y que aquélla es capaz de hablar en grandes urbes su lenguaje natural y sabe manejar medios y conceptos a los que la cultura se enfrenta… La cultura no es algo que pueda ser aprovechado propagandísticamente, e incluso una actitud que quiera utilizarla en ese sentido es una actitud que se ha enajenado de ella”.

Es de suma importancia anotar que el predominio de la técnica, del canon científico y el mercado, el consumo y el dinero, el lujo y las bellas materias, contribuyen con la primacía de lo abstracto en la vida de las personas. El carácter abstracto de la existencia individual y la crueldad en las relaciones humanas, son sólo dos de sus figuras más siniestras. Esto no es indiferente al desarrollo armamentístico ni a la economía bélica. Esta mutación en el orden de la existencia individual, trajo consecuencias desastrosas en la vida psíquica y espiritual de la civilización moderna. Disyunción que se concibe en la consciencia occidental contemporánea, como trágica y anómala a la naturaleza humana.

Para el que participa en la guerra, nada vuelve a ser lo mismo. Entonces, ¿cómo es el hombre en la ciudad de la era fáustica? Ernst Jünger responde: “Un hombre despierto, activo, desconfiado, sin relación con las musas; será un denigrador nato de todos los tipos superiores y de todas las ideas superiores”. En la Gran ciudad contemporánea se verifica que, entre más abstractas son las relaciones humanas, más esconden la crueldad que las caracteriza.

En el campo de batalla la vida se desnuda y se ofrece al otro lado de ella, cruel, violenta, sin esperanza, desdichada, sin pudor espiritual e insensible. En eso consiste también, después de todo, cuán solo y desgraciado es el hombre actual.

El Gran sátiro ya está aquí entre nosotros y se ríe a carcajadas del mundo moderno, del orden económico internacional, del orden geopolítico internacional, del grupo de países desarrollados, de la arquitectura de la ciudad sin alma, del demagogo y del farsante político, de la distancia psicológica o, de los despropósitos humanos; porque sabe que no responden a los requerimientos morales e históricos del ser humano. Son muchos los sitios donde se percibe la figura del Gran satírico de nuestro tiempo. En los medios de comunicación de masas, los lenguajes digitales, las redes sociales, lo vemos tomando la forma de los poderosos al descubierto, con sus inmundicias y sus virtudes. O, también en la figura del hombre solo y desgarrado, con sus sueños y desdichas a cuesta.

El Gran satírico de nuestro tiempo nos grita en medio de carcajadas y alaridos en las calles y las plazas, que nos hemos desprendido de la máscara que por mucho tiempo portaron las grandes potencias mundiales, la iglesia, los partidos políticos, los sindicatos, los grupos de presión; y, ahora, con un rostro nuevo porta el terrorismo islámico e ideológico, el hambre, el racismo, el nacional-populismo, el autoritarismo y el neo totalitarismo. Y, en medio de estos hombres primitivos que se han aliado criminalmente con la técnica, nos recuerda que él representa un fetichismo medio grotesco, medio bárbaro de los instrumentos técnicos, un ingenuo culto a la muerte. “Y eso está ocurriendo –dice Ernst Jünger – precisamente en lugares, en que la gente no posee una relación directa y productiva con las energías dinámicas”. Que “las palabras transportan la fuerza monstruosa del nihilismo”.

Así pues, ¿dónde se está originando la fisura? ¿en qué ámbitos se está dando la ruptura? En los lugares escabrosos y abyectos de la superficie de las civilizaciones actuales. Donde se configura la idea de los procesos y la técnica. En los ideales, las tradiciones, los usos, los valores, que han sido cubiertos con el vestido de lo luminoso de la técnica, la ciencia, el mundo dineral, o la majestuosidad del poder. Con relación a la guerra, Jünger nos recuerda que “era de aguardar que en la edad de la técnica sufriesen los medios y los métodos de la conducción de la guerra unas modificaciones más rápidas y radicales que todas las observadas con anterioridad en las mudanzas de los encuentros hostiles habidos entre seres humanos”.

En el transcurso del siglo XX y principios del siglo XXI, los instrumentos técnicos sufren una revolución profunda y radical, en los medios tecnológicos de las comunicaciones humanas y la IA. Todos ellos en principio, son desarrollados como instrumentos de comunicación para la guerra. De ahí que, en esta alta civilización de las comunicaciones digitales y las imágenes gráficas en movimiento, los métodos y los modos de la conducción de la guerra se supeditan a los medios tecnológicos de las comunicaciones guerreriles. Son muchos los ejemplos en el campo de batalla y fuera de él, donde los instrumentos técnicos influyen en la confrontación bélica. Así se convierten en el medio fundamental para la guerra o para la paz.

El presupuesto de toda técnica, es difícilmente detectable: lo definiremos como “disponibilidad a ser movilizado”. De lo que si estamos seguros es, que de la relación de los combatientes con el progreso se desprende una atmósfera embriagadora que juega un papel decisivo en los asuntos humanos. Porque efectivamente es ahí donde hay que buscar también el auténtico factor moral de este tiempo. Un factor que trasciende las fronteras del Espíritu de la Época y sus juicios. Porque emana permanentemente más allá de los límites de las circunstancias accidentales; proviene de las fuentes de lo elemental, del núcleo substancial.

De ahí que la estructura del progreso, el desarrollo económico, la Ilustración, o la dynamis de las ciencias, no son capaces de dar cuenta de las fuerzas elementales; las que impulsan a una voluntad orgánica, una nación, a hundirse más y más en las profundidades de la fragua de Vulcano y bañarse con el fuego abrasador de las máquinas y las armas que provienen del vientre de la técnica; y, extasiarse con el resplandor que abarca los contornos del mundo. En este ámbito Ares (la brutalidad, la violencia y la furia en el campo de batalla), le gana la partida a las Musas.

En ninguno de los sitios donde el hombre se tope con esas condiciones especiales; en ninguno de ellos cabe la explicación reduccionista de la economía dineral, del materialismo histórico, del liberalismo político, del historicismo, del estructuralismo, del funcionalismo, o del vitalismo, por más esclarecedoras que sean para comprender el estrato elemental. En ese lugar enigmático de la existencia individual, se mezclan las pasiones más salvajes y las pulsiones más excelsas, para que presto el ser humano acuda al llamado de la guerra. Estas acciones rozan la superficie del proceso; enfrentados a un fenómeno de esta naturaleza sólo, absolutamente sólo, cabe dirigir la mirada a un fenómeno cultual. Es lo que sucede actualmente en Irán, Israel, el Líbano con Hizbulá, la franja de gaza, la guerra entre Rusia y Ucrania, y las fuerzas militares norteamericanas en Oriente Medio.

Desde que el ser humano tomó al Progreso por la gran iglesia popular del siglo XIX y XX, se configura en los estratos más elementales que lo determina: “La llamada eficaz”. Una llamada que posibilita la parte de fe de la movilización total de las masas y de los ejércitos, que participan en la guerra. Son presa de un frenesí violento, que no puede sustraerse a su fuerza en cuanto se apela a las convicciones más profundas. Estas se ponen la máscara que les facilita el ejercicio del poder y la técnica; y preñadas de unas irradiaciones tan sutiles e incomprensibles, arrastran a millones de seres humanos al dolor, el sufrimiento y la muerte.

Enfrentados a un fenómeno de esta naturaleza sólo cabe dirigir la mirada a un fenómeno cultual: “De exceso, aventura en las profundidades de la existencia y pasión mística en la barbarie y la muerte”.

 Esta trastocación histórica y del orden de la existencia individual, influyen en la confrontación bélica. Porque en un estado de excitación violenta el hombre pierde los contenidos de la experiencia, la capacidad de asombro, la sensibilidad y la razón, ante los avatares de la vida. Ya que en medio de la confrontación se volatizan los contornos, y todo lo que tenemos a nuestro alrededor se vuelve denso y embriagante. El estado de embriaguez y de excitación nerviosa al que llega el ser humano, es tan profundo, que no le importa dar la vida en sacrificio. Esa experiencia se relaciona con el azar y las fuerzas del destino, de hecho, se presenta a la consciencia común, excitante y seductora.

Preñadas como están de energías dinámicas se agarran de lo que encuentran a su paso por la necesidad de vivir; y, son capaces de matar a otro semejante por no alejarse de esas irradiaciones tan sutiles y fascinantes.

Esta llamada al campo de batalla donde se entrecruza el mundo físico y psíquico del ser humano, trasciende la investigación de los procesos. Está ocurriendo, precisamente, que la gente no posee una relación directa y productiva con las energías dinámicas. Esto los aleja de los más altos ideales de humanidad. Y el punto de inflexión que ocasionó en el Espíritu de la Época, del mismo modo trajo aparejado no sólo el advenimiento de las masas y la Cultura de lo efímero, sino también una disminución del sentido de humanidad. La cultura de la urbe moderna, de otra parte, donde las masas se asientan y el público se configura, se convierte en factor decisivo para la política. Esos fogonazos son los que confirman que somos parte de la globalización de las comunicaciones simultáneas e inmediatas, y de la Civilización del artificio. Que en consecuencia desgarran la unidad del “Yo” concreto y la memoria histórica de los pueblos. Porque prevalece lo pasajero, lo fútil e insustancial en la vida de los seres humanos. 

La primacía de las masas en la Gran ciudad genera, de hecho, otro tipo de cultura; la que exalta el presente–ahora, lo fugaz y momentáneo. Un tipo de cultura que estructura el periodismo, la radio, la política, la economía dineral, la ciencia, la técnica, las redes sociales, la publicidad, el lujo y el consumo de masas. Como consecuencia de este proceso, las relaciones abstractas entre los seres humanos, están reemplazando a las relaciones preñadas de sentido. Y cuando esto acontece, el vaciamiento de las relaciones artificiales permite que broten las semillas de la indiferencia, la indolencia, el sufrimiento, la soledad, el miedo, o la insolidaridad en los asuntos humanos. Y efectivamente posibilitan que se estructure un tipo de sociedad, que obedece sólo a la nueva voluntad de poder. Esa que subrepticiamente entreteje el mundo dineral con el técnico. En realidad, habitamos lugares donde se alojan millones de seres humanos, que sólo tienen en común las relaciones dinerales, jurídicas, comerciales o de consumo; también la indiferencia psíquica y espiritual con el otro. 

Tanto en la Primera Guerra Mundial como en la Segunda Guerra Mundial, más que una alteración súbita de los instrumentos técnicos de guerrear, lo que hubo fue una mera evolución de los modos de combatir. En la guerra como en cualquier actividad humana, fluyen las fuerzas conservadoras al lado de las revolucionarias. En la gran mayoría de los combates los medios y los modos son indistintos; la diferencia viene marcada por un “saltito” que está contenido en los principios y las estrategias. La consciencia común y la sensibilidad ordinaria creen, que el peso de la victoria recae en la “magia” de las armas que lo lograron. Desconoce la conciencia común y un sector de los hombres en armas, que las corrientes subterráneas que movilizan a los hombres a empuñar las armas, son de una fuerza tal que trasciende las circunstancias accidentales. La experiencia de la guerra es de otro calibre, una sustancia diferente la anima y la proyecta; diferente a la experiencia del burgués en la arquitectura de la ciudad sin alma; la de la bolsa y el mercado; la del político en el parlamento; la del Presidente, o Jefe de Estado; la del mundo sicodélico de los fines de semana de la Gran ciudad; la de las serpientes de la usura con sus colmillos clavados en el corazón de los hombres en fuga; la de las masas hambrientas de la Gran ciudad; en el imaginario colectivo se cree que estos hombres están hechos de otra casta como la de los toreros. De ahí su atracción y repugnancia, ya que no encajan en el orden de los valores comunes.

En el ámbito de la guerra no es el tiempo ni el status el que determina la experiencia del combate, sino el destino. Entendido como vinculación no causal incalculable y trascendente, del individuo con su sangre y suelo, centro sobre el que gravita la historicidad de un pueblo. Ernst Jünger dice que “no existe otro espacio en que la experimentación resulte tan peligrosa como en el espacio de la guerra, pues aquí el destino influye sobre la vida con más fuerza que en todos los demás sitios y otorga un significado decidido e irrevocable a cada uno de los pasos que se dan”. La experiencia de la guerra representa en la consciencia individual y colectiva, uno de los horrores más espantosos al que se enfrenta el ser humano. En esos momentos la consciencia de la muerte y el valor de la vida, se hacen más evidentes y manifiestos en la conducta del hombre.

El guerrero es capaz de descender a las profundidades más oscuras, donde los hombres primitivos se alían con la técnica, la sangre y el poder de la muerte; o ascender a las alturas, y no sólo dar la vida en el combate, sino también bañarse en la luz del espíritu de los Dioses y de las Musas. Pero en las civilizaciones modernas, el capital de la experiencia de la guerra se diluye en las redes del desarrollo social y cultural, técnico y científico, económico y político; y hacen de ella, que las pulsiones destructoras de los seres humanos se transformen algunas veces en bienestar y paz para las naciones.

En este orden, la guerra se define como una situación extraordinaria y la paz como interrupción del empleo de las armas. Pero, no obstante, se hacen progresos en los equipamientos bélicos y los diferentes lenguajes que arrastran tras de sí. En los últimos espacios de tiempo, pudimos observar el desarrollo armamentístico de las naciones girar alrededor de dos coordenadas: el desarrollo técnico de las armas y de los lenguajes digitales. Estos procesos son importantes en el arte de la guerra, pero no están acompañados necesariamente por la experiencia en el combate. Una experiencia que, para el guerrero, es la más viva de todas. Dice E. Jünger al respecto: “La experiencia bélica representa un capital y de él se nutre en tiempos de paz la noción que el soldado se forma de la guerra”. Entre más tiempo pase la consciencia sin las representaciones de las irradiaciones de la guerra, éstas tienden a desvanecerse. Un tiempo largo les imprime, escribe Jünger, el sello de lo fabuloso e inimaginable. La experiencia de la guerra, entonces, tiene que ver con lo demoníaco o divino que fluye en el interior del ser humano. Es tan desgarradora su vivencia que algunas veces alcanza lo trascendente; se desgarra el velo y se revela el rostro de la jovialidad.

Ahora bien, ¿por qué la guerra o la violencia se alimentan de las fuentes de la luz o de la oscuridad? Porque este tipo de experiencia va más allá de todas las posibilidades de la persona humana. De ahí su relampaguear sea tan impactante en la consciencia representativa y la memoria verbal del individuo. Así que, el ser humano que la experimenta ya no vuelve a ser el mismo. Porque dicha vivencia daña los centros vitales de la persona humana y de la cultura en general. O, lo que es lo mismo, la coherencia interior del hombre.

La guerra no es una situación que está sujeta enteramente a leyes propias. Sino que es el otro lado de la vida, un lado que raras veces sale a la superficie. Pero que se haya estrechamente ligado a ella, a la vida. Un perfil de la existencia que descansa en los escombros del inconsciente, donde moran las pasiones más bajas y más excelsas del ser humano. En la declaración de guerra, la guerra misma, confluyen una serie de factores que determinan la conflagración. El mapa que se dibuja en el campo de batalla, configura la ligazón entre el progreso y la barbarie. Todo esto es manifiesto; lo sabemos en nuestros momentos racionales. Cuando esto sucede la metáfora se cristaliza y el lugar de los asuntos humanos se convierte en baile entre rosales. La consciencia occidental lo sabe, del vientre del desarrollo de los procesos y la técnica, se origina el dolor y las potencias de la muerte. 

La guerra no es una parte de la vida, sino que le otorga expresión a la vida en toda su violencia, dijo Jünger. De ahí que la naturaleza de la vida, la esencia que la constituye, es enteramente bélica en su fondo. En la historia de la humanidad la constitución de las comunidades, los pueblos, las naciones o los Estados, están estrechamente ligados a la guerra. El enfrentamiento entre dos culturas allende del Atlántico en 1492, fue en el fondo una actitud bélica. La Conquista de América Latina fue una confrontación bélica. De ahí que, en lo profundo de la vida humana, la existencia se defina como enteramente bélica. Preguntamos, ¿en qué se consolida la unidad de una nación? Sobre los ladrillos manchados de sangre. Sobre ellos recordamos nuestras desgracias y calamidades; también nuestros triunfos y alegrías. Eso permite la consolidación de los lazos compartidos y el pensamiento simbólico que generan la memoria histórica. Por eso toda violencia o guerra, tiene un componente cultural y simbólico. En la época contemporánea el simbolismo, la magia y la unidad de la nación, se representa, por ejemplo, en el deporte.

  La guerra es la expresión de las fuerzas violentas de la vida buscando saciar su deseo.

Las transformaciones que dibujó la economía bélica en el mapa del siglo XX, se concatenan a formas nuevas de las máquinas, al automatismo, los lenguajes digitales y las armas. El paso de la táctica a la estrategia aérea, repercute, por ejemplo, en la cualidad del movimiento. En efecto, lo que se percibe en el campo de batalla es “la mortal rivalidad entre la fuerza del hombre y la fuerza de la máquina –esa rivalidad en que la máquina, en todas las áreas en que hizo aparición, demostró tener más tesón que el ser humano”. Nos enfrentamos con un problema análogo respecto a los nuevos lenguajes digitales, que inciden en las técnicas y velocidades de la guerra. También sabemos que los nuevos lenguajes de la guerra, no sólo están demostrando más tesón que el ser humano, sino que introducen un ritmo distinto en las comunicaciones y la vida en general. A menudo, el nuevo ritmo de la guerra o de la vida, se anuncia del modo más insospechado en el lenguaje. Recurramos a la imagen de Walter Benjamín sobre el “despertar”. “El momento prehistórico del pasado ya no queda encubierto, como antes, por la tradición de la iglesia y la familia. Esto es a la vez consecuencia y condición de la técnica… Los mundos perceptivos se descomponen velozmente, lo que tienen de mítico aparece rápida y radicalmente; se hace necesario erigir de manera veloz, un mundo perceptivo completamente distinto y contrapuesto al anterior. Así es como se ve bajo el punto de vista de la prehistoria actual, el ritmo acelerado de la técnica”.

El ritmo de la técnica, el automatismo y el tiempo abstracto, en el momento actual, desgarraron las cortinas que cubrían las tradiciones de familia, los usos, las costumbres y los ritos de la iglesia. Y ese desgarre los convierte en un cadáver que la tendencia del desarrollo de los procesos deja tras de sí, y sólo, absolutamente sólo, lo abyecto e indiferente del confort técnico y la voluntad de poder, ocupan su lugar. 

Así pues, los lenguajes digitales son la expresión en su cultura de una época nueva de la guerra. Las bombas atómicas, los satélites interespaciales, los aviones teledirigidos, son sólo la expresión de una época nueva del espíritu. Si hemos de comprender el sentido profundo de las guerras globales, ha de hacerse desde la expresión de la cultura que le corresponde. No se trata de exponer la génesis técnica de la cultura, sino la expresión de la técnica en su cultura. Se trata, en otras palabras, de intentar captar un proceso técnico como visible fenómeno originario de donde proceden todas las manifestaciones de los lenguajes digitales y las guerras globales. Esta investigación que en el fondo tiene que ver, con el carácter expresivo de las primeras máquinas, los primeros productos industriales, las primeras armas y las primeras formas de vida para la guerra moderna, etc., posee una importancia fundamental para entender el fenómeno de las guerras actuales.

En los pliegues de los instrumentos técnicos, casi siempre se esconden, los escombros de esta alta civilización abstracta y la miseria de la condición humana.

Esta imagen de la guerra que se configura en los umbrales del siglo XXI, hay que comprenderla en el ámbito de los elementos que la estructuran y las relaciones internas que la constituyen. Se trata de analizar y percibir el mundo de las guerras contemporáneas, no sólo como expresión de su cultura; también como la expresión de un siglo en el que el número de las cosas “vaciadas” y el progreso técnico dejan fuera de circulación nuevos objetos de uso. Ellos se configuran en el proceso de producción y circulación de mercancías como objetos de consumo doméstico, o en instrumentos técnicos para la guerra. Ese proceso de guerra global es un reflejo de nuestra vida en general –el espíritu que se halla detrás de la técnica no sólo destruye los vínculos antiguos (las costumbres, los usos, los rituales y mitos de nuestros mayores), sino también los contenidos espirituales de la lengua humana. Se rompe el dialogo entre enemigos combatientes y ciudadanos de las naciones en conflicto.

Se trata en última instancia, de develar que detrás del confort técnico y los espejismos de los lenguajes digitales, no sólo se ocultan instrumentos de poder; sino también, el lado siniestro y demoníaco de los instrumentos técnicos. Percibir cómo se puede pasar de las “confortables comodidades” y del automatismo, a la pérdida de la libertad. Y cómo lo “automático no se torna terrible hasta que no se revela como una de las modalidades de la fatalidad, como su estilo”. Percibir cómo la potencia de la técnica se “cierne sobre el hombre de Occidente”, y se expresa como “el negativo de su libertad, la otra cara de su poder domeñador del espacio y el tiempo, uno de los grandes temas de sus mitos y su arte “.

 En esta alta civilización tecnológica, es relevante anotar como los aviones, las bombas, los drones, los cohetes, los cañones, las ametralladoras, “los dispositivos para fijar el blanco y lanzar las bombas”, están ligados a relojes, cronómetros, imágenes y “todas esas cosas van dirigidas, como por una orquesta invisible, por máquinas calculadoras, por autómatas que observan el blanco a gran distancia”. Este ámbito hace evidente como el técnico y el colectivo técnico, están sustituyendo al soldado. Esto se constituye en un grotesco, pero embriagante acontecer: “Lo único que a éste le queda es apretar el famoso “botón”, un acto que posee un fatal parecido con la ejecución de una persona. El soldado se lleva toda la animadversión de la gente, mientras que el técnico representa el papel de filántropo” –al decir de Jünger.

En la memoria de los hombres ronronea que lo primero que un estado de violencia, sufrimiento o guerra, trae a la mente y a la vida del ser humano, es una especie de exilio. Sí, de exilio en su propio interior, de sus conciudadanos o de sus seres queridos; esto representa algo trágico para la consciencia individual. Que se experimenta aún con los enemigos y hace parte del sentimiento que todos comparten. Tanto el combatiente como el no combatiente siente una especie de vacío que llevan dentro de sí, y “el deseo irrazonado de volver hacia atrás o, al contrario de apresurar la marcha del tiempo”, se convierten en “dos flechas abrasadas en la memoria”.

 Porque saben que el espíritu de la guerra, o de la violencia, es tan fuerte, que impregna toda la naturaleza humana y las cosas, de sangre y muerte. En ese momento el derrumbamiento del valor y la voluntad, es tan brusco, que no le queda al combatiente otro remedio, que abrazar las armas, como única salida del destino que impone la vida. Un destino que lo lleva a convertir su cuerpo en zona de emplazamiento o, a asesinar a sus semejantes.

Así, la desdicha que alcanza el que participa de la guerra, no sólo trae un sufrimiento injusto, sino que lo lleva a ponerse en el lugar del otro y aún a compartir su dolor. Porque sabe que el temor y el sufrimiento que él siente, trasciende toda lógica y toda reflexión. De ahí que, en toda guerra, violencia u odio, se extienda un velo espeso sobre nuestros ojos, nuestros rostros y nuestros pensamientos. Para que el ser humano no perciba con claridad que cosas se ocultan detrás del espejismo de las armas. Es una de las maneras que esgrimen los poderosos para justificar el derramamiento de sangre y el poder de la muerte.

Además, los seres humanos que participan en la guerra o en la violencia, son sacados del seno de la familia, el calor de los amigos, el color de sus paisajes y arrojados a las fauces de un campo de explosiones, ametralladoras, bombas, aviones y, en medio de la conflagración se dan cuenta cuan frágil y deleznable, es la vida humana. Y a la vez son arrojados a un mutismo que paraliza la imaginación y el pensamiento, y lo único que les queda, es la conversación consigo mismos, o con los fragmentos de sus recuerdos. En un estado de excitación violenta como éste, algunos sólo llegan a conversar con las sombras y son habitantes de las profundidades más espantosas del silencio de la tierra. De ahí que el miedo y el dolor pesen sobre la moral del ser humano, y no hagan otra cosa que añadir confusión y malestar. Porque en un estado como éste, las tablas de valores se disuelven.

Sabemos que el desarrollo de la ciencia y la técnica, ha llegado a un estado de abstracción tal, que rompe los canales de la palabra y la conversación. Y, sobre ponen a la existencia individual o colectiva, una excitación violenta que casi siempre desemboca en lamentos, sufrimientos, temor, odio, derramamiento de sangre o muerte. Porque vivir en la abstracción, significa, olvidar los más elementales requerimientos de la existencia individual. Ahora bien, sí en la desgracia, el dolor y el miedo, existe un rasgo alquímico de abstracción, el mundo que vivimos se convierte en una red de irrealidades. Por eso en esta alta civilización técnica y de masas, la abstracción ocupa el lugar del temple vital. Y, cuando éste se pone al servicio de las armas arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Ya que el frío espíritu de la abstracción y la técnica siguen su propia lógica, y las vidas humanas se convierten sólo en números y objetos.

De ahí que, entre la abstracción, la técnica y la guerra, existe un juego de ecos, un juego de espejos que embriagan los sentidos, nublan la imaginación y destruyen todo vestigio de pensamiento. A esos ambientes febriles y de angustia que crea la abstracción y la técnica, hay que hacerles frente, frente con la fuerza del espíritu y las potencias de los movimientos del pensamiento, o con la amistad, o con la maestría del amor. Si no lo hacemos caeremos batidos por las lenguas del dolor y el miedo, y estaremos sordos a la voz de Dios.

Preguntamos, ¿dónde se ubica la cesura entre la guerra clásica y la contemporánea? ¿cuáles son las características que determinan a cada una de ellas? “Las exégesis y los relatos bélicos clásicos –dice Víctor David Hanson– nos alejan de la política, del ruido y las modas del mundo contemporáneo. Nos permiten pensar con arquetipos más amplios, ideas abstractas y paradojas seculares sobre la guerra en general, que, a su vez, elevan y enriquecen el debate moderno sobre conflictos específicos recientes”. Piensa que el estudio de los clásicos –la literatura y la historia de Grecia y Roma– nos brinda una percepción moral del mundo, así como una formación básica de gran valor en arte, literatura, historia y lenguaje. En la Antigüedad clásica la guerra era vista como una tragedia. Pero se trataba como tragedia inherente a la condición humana, recurrente y dolorosamente familiar. Los conflictos eran considerados plagas de la humanidad. La guerra se lamentaba el poeta Hesíodo era “una maldición de Zeus”, un asunto entre dioses que los hombres debían soportar. Heráclito, la concibe como “la madre, la reina de todos nosotros”. Los griegos nos advierten que mientras vivamos sobre la faz de la tierra, siempre habrá conflictos entre los seres humanos y, por tanto, no siempre racionales.

Afirmaciones igualmente trágicas hacen los historiadores Polibio, Tucídedes y Jenofonte, que las guerras entre ciudades-Estado era algo que podía ocurrir en cualquier momento. El poeta Píndaro llegó a decir que la guerra podía ser algo aterrador, sin sentido, pero no antinatural ni siempre malvada al cien por ciento. En todo caso, para los griegos todas las guerras suponían una elección entre lo malo y lo peor, suponían que era algo trágico porque acababa con vidas de hombres jóvenes; los conflictos se consideraban más o menos funestos en función de sus causas, de la naturaleza del combate y de los costes y resultados definitivos.

Pero los griegos, de hecho, también sabían como nosotros los modernos, que las guerras son en sí mismas algo malo. Tucídedes demuestra que los Estados, como las personas, podían ser envidiosos, y también impredecibles y agresivos sin razón aparente. También obedezcan a la arrogancia, la envidia, la avaricia, la soberbia, la sed de riquezas, el honor mal entendido, al mal uso del lenguaje y a una pluralidad de emociones y sentimientos, que llevan a sus gestores a declarar la conflagración. Pero de lo que sí estamos seguros es que las guerras que los griegos libraban de forma periódica en un mundo pre-industrial, no se corresponden con las guerras modernas con armas nucleares como herramientas de destrucción masiva y sus consecuencias devastadoras para la Humanidad.

El espíritu de la Edad Moderna estructuró un tiempo diferente, la preponderancia de las valoraciones técnicas. Estamos en una época de tránsito donde las pérdidas son cada vez más profundas y extensas, y sentimos la aniquilación del valor, la superficialización y simplificación del mundo. Aniquilación que hace parte del decurso histórico y cultural de los pueblos. La cosificación y objetivación del ser humano, la “materialización del logos” y la preponderancia de la imagen y los lenguajes digitales, en la vida privada y profesional. Estamos asistiendo a cambios tan profundos y fugaces que están afectando la naturaleza del ser humano.

Asistimos, a una transformación de los medios y los modos técnicos, y no a una mera transformación de los instrumentos técnicos para la guerra. Pero en el ámbito de la guerra son las máquinas, el automatismo, las redes sociales, las imágenes en movimiento, la Inteligencia Artificial o, los instrumentos técnicos en general, los que le otorgan la expresión a la vida en toda su violencia. De una u otra forma los instrumentos técnicos para la guerra, afectan la vida privada y social del ser humano y sus pueblos. En este orden es un “saltito” que “podemos imaginar cómo originario, no como parte de un proceso evolutivo –se trata de una autentica mutación”. La materialización del “logos” y su expresión violenta en el ámbito de la guerra, es la configuración del rango de la mutación. Por eso se considera ontológica y epistémica, porque incide en la naturaleza del Ser y el existir.

En el mismo orden existen otras herramientas, la Palabra y la Razón, o la Intuición, para evitar o acabar con un conflicto bélico. El ser humano cuenta con el don de la Palabra y de la reflexión para llegar a acuerdos que interrumpan por un lapso de tiempo, el derramamiento de sangre. Porque cuando se sueltan “los perros de la guerra” no hay poder humano que sacie la insaciabilidad de su deseo. Hay que tener en cuenta que la guerra expresa la degradación absoluta del ser humano, a través del egoísmo, la tortura, la venganza, la avaricia, la soberbia, la sed de riquezas, el honor mal entendido, el derramamiento de sangre, o el poder de la muerte.

Nunca hay que olvidar que una mirada donde se lee tanta bondad, será siempre más fuerte que la muerte. Los sentimientos humanos son más fuertes que el miedo a la muerte entre torturas. Ahí están los Desastres de la guerra de Goya, que expresan el estudio profundo de la naturaleza humana y sus problemas recurrentes, intemporales, sin resolver, como es el de la guerra. Goya percibe el Mal absoluto, que afecta a la Naturaleza, como inmanente al mecanismo natural, al Tiempo, y su configuración en la vida del ser humano.

Quizás Friedrich Hölderlin tenga razón, cuando en uno de sus poemas describe los padecimientos del hombre amigo de las Musas, y se pregunta:

                                      “¿Para qué poetas en tiempos de indigencia?”.

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