El quebrantamiento de la Cultura
en la Civilización del artificio
“El
mundo se ha salido de sus goznes. La Gobernanza Mundial está en manos de un puñado
de cretinos, que poseen el poder de las armas, de los instrumentos técnicos,
los lenguajes digitales y la IA y, se creen con el derecho de invadir países,
declarar la guerra a cualquier nación y arrasar los pueblos, las comunidades y
las ciudades, en nombre de la ley del más fuerte. Y, a la vez, dejan a la vera
de los caminos, las calles y viviendas, sangre, dolor y muerte. Pero también
destruyen culturas milenarias, lenguas, tradiciones, usos, costumbres, símbolos
y, con ello destruyen los monumentos religiosos, las iglesias, las bibliotecas,
las salas de conciertos, las universidades y sus laboratorios de investigación,
sus lazos de afectos, su arte que es una voz material que habla, su poesía, su
literatura y, en particular, su Cultura. Que es “luz” y “dulzura” de los
pueblos del mundo”.
Antonio Mercado Flórez. Filósofo
y Pensador.
Madrid-España a 20/04/2026
El Mundo Actual está librando una
batalla con sus estrategias y tácticas propias, entre la palabra y la imagen,
la lengua natural y la lengua del artificio. Este tipo de conflagración, en sí
misma se manifiesta como una batalla léxica. Porque el dominio de las palabras
o, de las imágenes, es el dominio del hombre y su cerebro. Estamos en los
umbrales de un nuevo alfabeto y una nueva Gramática
de la vida, que responde a los requerimientos de la técnica, la ciencia, el
capital bancario y los mercados. Se están generando ideas, hábitos, modas,
representaciones, iconos, estilos de vida, que alteraron la de nuestros
mayores. Nos damos cuenta que el abuso de las palabras o de las imágenes, están
deteriorando las significaciones lingüísticas.
Por eso hay que hacerles frente
con la restitución del “sentido” y la crítica “semiótica” del signo. Porque los
requerimientos de la verdad responden sólo a las matemáticas, lo empírico y
material. En este orden de ideas, la cualidad del “ser” y el “existir” se
toman como un fenómeno estadístico, de organización y planificación, ejecución
y control, de los tecnócratas de la administración pública o privada. Los problemas
sociales no se plantean y se buscan soluciones racionales y objetivas, sino que
se resuelven rápidamente. Esto supone que vivimos inmersos en la velocidad y la
vida se desliza imperceptible en las redes globales.
El sentido de la existencia se
sustituye por el dinero, el consumo, el lujo, las bellas materias, el poder y
el “fetichismo” de las mercancías del
sistema neoliberal.
Estamos constatando que la
significación de las palabras, de las imágenes como instrumentos políticos,
responden a las necesidades de los poderosos y a las tecnologías del poder. En
este orden, los poderosos ostentan el “poder de lenguas”, el derecho de
expresar las nuevas realidades políticas. De este modo, la civilización de Alta Tecnología (Plataformas Digitales,
Redes Sociales o IA), prioriza los instrumentos técnicos ante las necesidades
materiales y espirituales de la sociedad.
La lengua de las imágenes, en su
defecto, responde a las apetencias del ejercicio del poder. Además, el “poder
de lenguas” instituye derecho, legítima y legaliza el ejercicio del poder. Dice
Walter Benjamín en cuanto a la Administración Pública: “Entre los que detentan
el poder en la vida económica” y el pueblo llano “se desliza todo un aparato de
burocracias administrativas y jurídicas, cuyos miembros no son capaces de
desarrollar funciones como sujetos enteramente morales responsables; su
conciencia de responsabilidad no es otra cosa que la expresión inconsciente de
ese encajamiento”.
Según Ludwig Wittgenstein, el
poder político en su naturaleza, es “juegos de lenguaje”. Así la “esencia” de
la palabra política viene expresada en la gramática. Porque “para describir su
uso hay que describir una cultura”. De ahí que las palabras tengan significados
diferentes en cada época. En la época nuestra estos juegan el juego que les
impone la técnica y la tecnología del poder. Sí Wittgenstein nos recuerda que
para describir el uso de las palabras hay que hacerlo en su cultura.
Preguntamos, ¿cuál es la
“esencia” de la cultura de la época actual? La de la ciencia, las técnicas, las
abstracciones y las funciones. También la del Sistema de Producción Global, del
mercantilismo, del capitalismo del rendimiento, del sector financiero nacional
e internacional, de las empresas tecnológicas, de la industria militar, etc. Que
responden a los “centros de poder”,
las élites, que cada día que pasa se tornan más pequeñas.
Este entramado se representa en
la Cultura del artificio. ¿De qué se
trata realmente en la actualidad? Por ejemplo, desde un punto lingüístico, “de
cambiar el modo de considerar toda la estructura lingüística y conceptual”.
Para que el significado de un concepto, un término, por así decir, no descanse
en su naturaleza como “reglas de juego”. Sino en algo exterior a ellos: la
imagen gráfica en movimiento, las ilusiones ópticas o auditivas o, en el tejido
de los instrumentos técnicos y la voluntad de poder.
Wittgenstein sugiere que “nada es
nada concreto, sino en el lenguaje”. Que todo se realiza (se carga de
significado, de realidad conceptual, de realidad) al límite, en el juego, en el
jugar de múltiples formas y de manera repetida en el ámbito del lenguaje:
“En el jugar
mismo de la vida y el pensar (hablar)”.
En el campo de batalla política,
las estrategias, las tácticas y las defensas, se constituyen en las lenguas del
poder. Por lo cual, los nuevos lenguajes digitales y las imágenes expresan las
nuevas realidades políticas. Que se
manifiestan como lingüísticas. Porque acumular información y tener los medios
técnicos para comunicarla, instituye poder y saber, en todas las esferas de la
vida privada y pública de los seres humanos.
Así que, en las sociedades
contemporáneas, la lengua del derecho, de la economía, de la arquitectura, de
la cultura, de las prácticas sociales responden a las necesidades del lenguaje
político. En este decurso de las cosas y la vida, la lengua política se expresa
y obtiene sentido, en su cultura.
De ahí que la lengua de los
instrumentos técnicos y el poder, se concatenan al Zeitgeist, el Espíritu del
Tiempo y sus juicios. El discurso del
poder legitima las relaciones entre los hombres, su organización social y
política. Por ende, el lenguaje es un instrumento que instituye y socializa
actos políticos. O, en otros términos, la comunicación y la acción del
lenguaje, es política.
Sí la lengua de las imágenes se
transforma en lenguaje político; su “universo léxico” crea una nueva cultura
política. En esta alta civilización técnica, de sociedades de masas y de
cultura de masas, observamos como la gramática verbal se subordina cada vez más
a la visual. Lo cual significa, que la civilización de la Gran ciudad habla el lenguaje de las imágenes y del progreso.
Existen vasos comunicantes entre la imagen, el progreso y la civilización
contemporánea. Por tanto, los instrumentos técnicos y la voluntad de poder,
pasan por el filtro de dominar el “sentido”. Por eso la batalla entre palabras
e imágenes se libra en el ámbito semiótico, dueño absoluto de la política.
Ahora bien, ¿quién ejerce el
poder? El que detenta el lenguaje material de la economía, la ciencia, la
técnica o, la lengua de los medios de comunicación, las Plataformas Digitales,
las redes sociales. La política entonces tiene su lógica y su dinámica propia.
Existe un interés por la retórica política en cuanto actúa sobre la
imaginación, la capacidad de asombro, la percepción, las alteraciones de la
consciencia, las necesidades de las personas y el pensamiento.
Bueno bien, pienso que el paso
del “logos natural” al “logos artificial”, de la palabra como “núcleo” de la política a la imagen,
vacía el “sentido” del lenguaje político. El poder político es una cuestión de
poder lingüístico. De hecho, el lenguaje en sí mismo o la imagen, sirven como
puentes de la “política clásica” a la
“política como espectáculo”. La política clásica se basaba en
argumentos, en presupuestos, en ideas, en ideologías, en programas, etc. Que
posibilitaban una reflexión sobre las necesidades materiales, espirituales,
morales, educativas y culturales de la sociedad. Ahora prevalece el vaciamiento
intelectual y moral de la clase política.
Sabemos que el griego Antiguo
define al ser humano como animal phonata,
animal que habla. Estas son funciones que se ubican en la superficie de la raíz
lingüística del ser humano. George Steiner nos recuerda que hablar es como
respirar, es el soplo del alma. La palabra es el oxígeno de nuestro ser. De ahí
que cada hermosa metáfora nos flanquea, literalmente, las puertas del ser. Pero
también nos recuerda que el gran maestro de la palabra puede encarnarse en un
ser infernal, demoníaco, en un fascista, o en un racista, etc.
Y, hay que estar muy atentos,
porque la verdadera elocuencia, el pathos,
posee un formidable poder. Estamos en un mundo totalmente nuevo, donde las
máquinas están remplazando a los contenidos de la experiencia y los valores del
espíritu, y cuando se ponen al servicio del poder arrasan todo lo que
encuentran a su paso. Porque necesitan espacio para la disciplina, la
uniformidad y la objetivación del ser humano.
Lo que no comprenden los “centros de poder”, diría Friedrich
Nietzsche, es que hay algo entre la genialidad de la palabra y los valores –los
valores de compasión y libertad–, algo más allá del bien y el mal.
Nos encontramos en una época de
tránsito de la Cultura del sentido a
la Cultura de lo efímero. Esto
entrelaza un entramado “expresivo” entre el hombre y la sociedad, el lenguaje y
las relaciones de dominio o, de control. Si las respectivas posibilidades del
desarrollo técnico, son el resultado de las necesidades de la época; la Cultura de lo efímero responde a los que
detentan y ejercen el poder.
En la civilización de la Gran ciudad,
la Cultura de lo efímero transforma
la vida en “kitsch” (el consumo, el
lujo, las bellas materias, el cuerpo, etc.)
y, lo instituye en espejo y lenguaje universal. Un valor de la cultura de
masas y la tecnología que trivializa la existencia y los movimientos del
pensamiento. Esto se corresponde con la cosificación del hombre, la frivolidad
y la rutina de la vida cotidiana. En consecuencia, se estructura y se pone en
funcionamiento un tipo de cultura, donde la imagen y los diversos lenguajes
digitales cumplen una función catalizadora de la realidad.
Así que, en esta alta
civilización abstracta y de lenguajes artificiales, la Cultura de lo efímero trivializa los valores espirituales y la
lengua de la Vida. El lenguaje de los medios de información, de las redes
sociales, se sobreponen a la lengua del análisis, de la crítica y a las
reflexiones del pensamiento. Ellos determinan los gustos, las costumbres, las
modas, el estilo de vida, esto es, la manera de ser y de comportarse en las
sociedades.
De ahí que el deportista de
elite, el actor de cine, el chef, el influencer, el diseñador de moda, el
estilista, el banquero, el cantante, el político, etc. Tengan en nuestros días,
el protagonismo que antes tuvieron los científicos, los escritores, los
artistas, los poetas, los teólogos, los ensayistas, los escribas, los
sacerdotes o, los filósofos.
Esta transformación se concatena
a la especialización. Se confirma el paso de las “relaciones de sentido” a las “relaciones
artificiales”. Una mutación en el orden de la existencia y de la realidad,
que se convierte en instrumento de poder. Esto configura un campo de batalla
donde el lenguaje y la Gramática de la
vida, se ponen al servicio de los instrumentos técnicos y la nueva voluntad
de poder.
Por
eso “desean espíritus no militantes, sino hechos para la disciplina, es decir,
para la conformidad; espíritus serviles desde la cuna, espíritus que sólo
pueden pensar en sociedad” –al decir de Charles Baudelaire.
En suma: en la historia de la
humanidad la ligazón entre “Palabra y Política”, es de atracción
y repugnancia. Pero lo que no sabe el tecnócrata o el político, es que la “Palabra” transformada en imaginario, a
través de la novela, el cuento, el poema, el drama, el relato, es hija de la
oscuridad y el inconsciente. Proviene de lo profundo de la lengua del genio
colectivo, lo alegórico o la cultura, en su alta expresión. O, tal vez, del
sutil, intrincado, irracional y absurdo resultado de emociones, sentimientos,
fantasías, delirios, sueños y mitos del escritor.
Por
eso los dioses de la noche se vengan cuando se los quiere proscribir. De ahí
proviene lo difícil e intrincado que resulta para el poder, dominar las creaciones
que se originan en la raíz de la palabra.
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