viernes, 30 de octubre de 2026

 

                          LA FRAGILIDAD DE LA EXISTENCIA ACTUAL  

                                                   Madrid-España a 30/10/2026     

                            “La libertad es la pregunta más seria del hombre”

                                                        Imre Kertész

                                        Premio Nobel de Literatura húngaro.

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Sabemos que las transformaciones en la Cultura y la Civilización Occidental moderna, inciden en la Condición humana: la vida, el nacimiento, la pluralidad, la muerte y la Tierra –tal como lo dijo Hannah Arendt. Porque el nacimiento trae consigo un nuevo empezar, un renacimiento de la vida individual o social del ser humano. Que a la vez interroga y trasciende lo establecido como límite o como verdad. Por eso los regímenes totalitarios detestan un nuevo nacimiento en el cuerpo social. Ese nacimiento puede ser el germen de la subversión o el derrocamiento de lo establecido como verdad. Pero ante todo y, sobre todo, que cuestiona la solidez del Estado y las instituciones políticas, sociales, jurídicas o culturales de la sociedad. En otras palabras, interroga la solidez de las verdades establecidas como tales.

Así que, los espejismos que establecen los poderes actuales, falsifican y distorsionan la realidad y los fines de la vida. Los que ejercen el poder saben, que establecen cambios en la naturaleza viva de la existencia, en los pliegues más finos del ser, su naturaleza óntica y epistémica, ética y estética del ser humano y las sociedades. Porque la ontología trae consigo una nueva voluntad de poder y de saber. Soberana y autónoma, tal y como ahora se la entiende, marca las directrices de la existencia individual y de la vida en general.

Aunque la razón última del ser humano no pueda satisfacerse dentro del devenir histórico, y esté acosado por el dolor y el sufrimiento, el hambre y las enfermedades, la indigencia y la soledad. El ser humano ha de tender a la interrogación, al borde del mundo, a la justicia y la libertad. Así, al devenir de la existencia como experiencia hasta la frontera de lo trascendente; allende del espacio y del tiempo terrenal, es decir, de la existencia humana. Como dijo Eugenio Trías: “Este hallarse referido a la trascendencia o a lo imposible sólo lo sabe y experimenta el habitante de la frontera”.

El ser humano sabe que siente el vértigo de la frontera, un más allá, tener puesto un pie en el límite o frontera y otro avanzado hacia el límite de lo que trasciende. Asimismo, se revela que la existencia individual y social del ser humano, no se reduce a lo establecido como verdad, como legítimo y como legal. Porque ninguna vida, absolutamente ninguna, puede sustraerse a las potencias del espíritu, de la sana razón, de las experiencias comunicables y del lenguaje. Ya que en estas esferas ha de consolidarse la libertad venidera.

Lo ineludible del Sistema Capitalista de Rendimiento que arrastra el temor, el sufrimiento, y se manifiesta con claridad, cuando observamos esas vidas atormentadas y míseras, comprimidas en un breve espacio de tiempo. Porque la cultura de la productividad y el rendimiento, no le deja tiempo para sí mismo y los otros que lo rodean. Y, la vida se impregna de desolación, angustia y enfermedades emocionales, que convierten la vida en almacén de existencias. De ahí que ningún ser humano pueda eludir las congojas del presente, salvo si se encuentra a su altura y conoce las fuentes de donde emanan sus fintas.

Es cierto que en épocas de seguridad tendemos a olvidarlo, pero lo recordamos tan pronto se torna visible la zona de los elementos y las fuerzas del Gran Poder Tecnológico. “Los hombres de hoy nos hallamos inmersos ineludiblemente en esa zona y no podemos sustraernos con ninguna especie de ilusión óptica o auditiva”. Somos habitantes de la superficie de sus fenómenos y esto devela cuan frágil es el ser humano ante las potencias de lo elemental, lo técnico o lo divino. En este las ilusiones ópticas o auditivas son sólo espejismos que nos hechizan y no deja percibir la verdadera realidad. En ese umbral donde lo elemental, lo técnico y divino, excede a la vida deleznable y finita, reconocemos nuestra mísera fragilidad.

Reconocemos que más allá del muro del tiempo se oculta algo sublime y misterioso, que el hombre es incapaz de discernir en su totalidad.

Por el predominio del Estado técnico, de los instrumentos técnicos y del Neo-liberalismo de Rendimiento, a fines a las selectas minorías tecno-oligarcas, el hombre está siendo despojado de su fortaleza, la libertad y la psique, y se entrega desnudo y solitario a poderes fríos e insaciables. A demoniacas fuerzas que en la época actual han tomado rostro de nuevo. Por este estado de cosas, el espectro fantasmagórico de la cultura y la civilización actual, los instrumentos técnicos, la velocidad, las máquinas, el tejido artificial de las comunicaciones y las informaciones, siembran los campos, los pueblos, las ciudades de temor, sufrimiento, odio, violencia y muerte. El camino que trazan se asemejan a una ruta de espanto, de baile entre rosales, de dolor y muerte.

Sin embargo, la ruta se ofrece y se constituye como el único camino posible de la existencia. Entones el ser humano presto corre al festín que brindan esos poderes nuevos, en nombre de la seguridad, la justicia, la libertad, el Estado y la autoridad. Son ídolos que arrasan con todo lo que encuentran a su paso, porque necesitan espacios para la veneración. Este no es otro, que el mundo del Titán y del colectivo titánico (del técnico y del colectivo técnico), de los instrumentos técnicos para la guerra, de las comunicaciones artificiales y de la IA. De ahí que, no es casual que, en las atrocidades del tiempo actual, desempeñe la técnica y la IA un papel significativo.

Dice Ernst Jünger que, “en los grandes cuadros del Bosco, de Brueghel y de Cranach, el aspecto de las máquinas provoca un género especial de espanto: son símbolos de la agresión disfrazada de máquina, que es la agresión más fría e insaciable de todas”. Esos lugares infernales, con sus hogueras nocturnas y sus chimeneas ardientes, se asemejan a paisajes industriales de las grandes ciudades y las guerras infernales de la actualidad. A hombres que deambulan como desechos de vida urbana, sumidos en la embriaguez, la drogadicción, la violencia, la soledad, la desprotección Total y entregados al despilfarro de vida.

En el laberinto oscuro de la existencia no existe ningún intersticio que escape al asedio. Sí la fortaleza cae y el hombre se convierte sólo, en instrumento de la ciencia, de la técnica, del dinero, de las comunicaciones digitales y de Gran Poder Tecnológico. Es posible que de paso a una nueva estructura; a una nueva ética y a una nueva estética. Porque la época actual está configurando un mundo que responde a los lenguajes digitales, las imágenes en movimiento, las funciones, el trabajo, el consumo, los algoritmos y la IA.

Esta atmosfera crea una creciente indiferencia hacia los seres humanos y los valores, un hastío hacia el mundo y un retraimiento en la esfera interior. Indiferencia y hastío –dice David Frisby en “Modernidad y posmodernidad. George Simmel, primer sociólogo de la modernidad”- que pueden ser fácilmente incorporados a una más amplia estetización de la realidad, que pretende enfatizar la distancia entre el individuo y el mundo […] La reserva e indiferencia como mecanismos de defensa en la Gran ciudad pueden ser usadas más fácilmente por aquellos estratos sociales que, desde una posición social relativamente segura, están en condiciones de atreverse adoptar esta respuesta”.

Como decíamos al principio, la transformación de la Cultura y la Civilización Occidental reciente, influye en la condición humana y los valores morales existentes no responden a las necesidades y esperanzas humanas. Su lugar lo ocupa ahora otras “figuras”, los ritmos de la ciencia y la técnica, de una parte; la algarabía del mundo digital y dineral, y la fría lengua de los lenguajes digitales, por otra. Esta transformación de los valores que anunció Friedrich Nietzsche, Walter Benjamín, Ernst Jünger y Martín Heidegger, condensa y estructura una nueva voluntad de poder.

Que incrementa la consciencia del hombre actual, que no presta atención a los órdenes de valores heredados, a la memoria, la rememoración, y percibir el presente y el futuro desde el pasado. Este tipo de hombre no presta atención al mito, la veneración, al misterio y la cultura humanista, que hacen de la vida algo digno de ser vivida. Porque es un tipo de Civilización y de Cultura, que exalta el presente-ahora, la moda, el lujo, el consumo y las bellas materias. Entonces podemos desvelar que la memoria y el recuerdo es un baúl de máscaras y de palabras de colores, de imágenes fragmentadas, que se enfrentan a las potencias del tiempo actual y abstracto, para restaurar el desorden del mundo y el despilfarro de la vida.

También la rememoración y el recuerdo están presente en los mitos, los ritos religiosos y las costumbres de las sociedades.

George Steiner nos enseñó que, “la imagen que llevamos en nuestro interior de una tranquilidad perdida y unas esperanzas frustradas, tiene mayor autoridad que la verdad histórica. Los hechos podrán refutar esa autoridad, pero no eliminarla. Semejante autoridad tiene que ver con profundas necesidades psicológicas y morales”. De esta afirmación se deduce que, el Sabio sabe que la historia se muda y cambia de forma, pero lo esencial permanece. Cada una de las mudanzas significativas que acontecen en su temple vital modifica la relación del ser humano con ella. Esa relación no está fijada de antemano, ni pertenece a las fuerzas del destino. Sino que obedece en cada época a la que tiene el ser humano con el devenir de la historia y el entorno que lo rodea.

En esta alta civilización técnica y de masas en que vivimos, las narrativas de ejercer el poder político, económico, social y cultural, han cambiado. Porque las democracias y el ejercicio del poder, responden a la simulación y la mentira; más no a la realidad. Sino a lo que presentan los medios de comunicación, la radio, la prensa, las redes sociales. Porque estamos gobernados por incapaces que responden al poder real: el capital financiero, las corporaciones de inversión, la bolsa de valores, el lobby político de las empresas e industrias multinacionales, los sindicatos, y la extensa red que se oculta detrás del comediante: Presidente de la Republica, Primer Ministro, Presidente del Gobierno, etc.

Aquí se trata el fenómeno como una anomalía, porque bufones y payasos de la plaza pública, que ejercen el poder político reemplazaron a los Estadistas, las mentes brillantes que presentaban soluciones programáticas a los problemas de manera racional y objetiva.

En la Cultura Occidental la sensación de desasosiego, desamparo, de retorno a lo atávico y lo violento, estructuran las imágenes de la actualidad. Se está construyendo un mundo donde prevalece la destrucción y la renuncia, ante la alegría de vivir. Esta atmosfera que respiramos crea una sensación de incertidumbre, tanto en el pensamiento como en las acciones humanas. El cambio de la realidad por las imágenes en movimiento, la verdad por la pos-verdad, la interiorización de la violencia, del hambre, de la guerra, del dolor y la muerte, como algo común y corriente; son expresiones sutiles del carácter destructivo de la sociedad.

Este mundo en que vivimos niega el ámbito de la sentimentalidad, de la fraternidad y la solidaridad, como también el acontecer que puede llamarse acción, es decir, el orden propiamente ético, el ethos, la conducta del hombre actual.

Ahora, si algunas veces somos incapaces de contener la agresión, la discriminación o el racismo, nos invade la nostalgia, la duda, sobre la validez de la existencia y de nuestros valores. Es digno de admirar que, en medio de la crisis más feroz, del ataque a las instituciones democráticas, a las libertades y derechos individuales, a los derechos económicos y sociales, a la dignidad del hombre, al orden jurídico; pese al desempleo y el hambre de millones de seres humanos, el terrorismo y la violencia, las migraciones y la situación de los refugiados; a pesar de todo, el espíritu no se ha inclinado a una concepción catastrófica de la historia, de la vida y del mundo. Ya que negaría el precepto divino y sublime, que el sentido de la existencia no es inmanente a la Historia, sino trascendente a ella.