Madrid-España a 01/09/2026
Antonio Mercado Flórez. Filósofo
y Pensador.
Guilles Lipovestky destaca que en
esta época de alto desarrollo técnico y de comunicaciones rápidas y simultaneas,
de sociedades de masas, redes sociales e IA, el análisis marxista de la falsa
conciencia, de la alienación y la manipulación, resultan inútiles para
comprender el funcionamiento de las sociedades desarrolladas. Así la relectura
de Tocqueville le permitió analizar la sociedad democrática liberal y
libertaria e individualista, como algo más que un epifenómeno sin consistencia
o, la expresión de la economía capitalista. Esto le posibilitó configurar y
descifrar las sociedades democráticas y plurales de la actualidad, en su Cultura.
Que llamó
“la segunda revolución
democrática”.
Así que, “la segunda revolución democrática” lo espolea para reflexionar
sobre las imposturas de la democracia liberal. También el control totalitario
de la existencia, el nuevo lugar que ocupa el individuo – agente en las
sociedades modernas desarrolladas y de masas, la fuerza automatizada subjetiva
impulsada por la segunda modernidad: el capitalismo productivo de consumo, el
ocio y el bienestar de las masas en la modernidad. Su análisis se aleja del de
Michel Foucault, que interpreta a la sociedad como una máquina disciplinaria,
de control y de condicionamiento generalizado.
De ahí que perciba la vida
privada y la vida pública como más abiertas, más estructuradas, a las opciones
y juicios individuales. A la vez destaca el proceso de liberación del
individuo, en relación con las imposiciones colectivas, que repercuten en la
liberación sexual, la relajación de las costumbres y la ruptura con el
compromiso ideológico.
Piensa que el hedonismo de la
sociedad de consumo sacude los cimientos del orden autoritario, disciplinario y
moralista. Este remesón se observa en las formas de vida, en la educación, los
papeles sexuales, su relación con la política de masas y la cultura de masas.
Estas ideas rompen con el análisis de la alienación y del control programado de
la vida por el capitalismo burocrático. También critica la acción política, los
valores morales y religiosos de la derecha y la extrema derecha en la
actualidad. En particular la europea y la norteamericana a la cabeza de Donald
Trump y su ideario político de MAGA.
Cree que la revolución
individual-narcisista no fue un fenómeno totalmente positivo. Pero, apunta que
el optimismo de la aventura democrática de la libertad fue real. Pero, se quedó
corto respecto a la felicidad o, el bienestar social para toda la sociedad. O,
lo que es lo mismo, que el Estado de Bienestar Social no respondió a las
verdaderas necesidades sociales, económicas, materiales, morales, éticas y
culturales de la sociedad. Piensa que las sociedades democráticas actuales con
sus inconsistencias no deben ser demonizadas, por ciertos analistas y críticos
de la modernidad.
En Lipovestky lo importante es
que teoriza una realidad plural, poli dimensional, donde el universo social
posibilita ser optimista y pesimista a la vez. Por eso la dimensión social que
vivimos es contradictoria y ambigua, tal como lo es la naturaleza humana. En
este orden de ideas, tengamos presente que la atmosfera optimista-libertaria
del individuo se esfumo; y. por otra parte, predomina la mundialización y la
ideología de la salud. Además, ahora el individuo está cargado de incertidumbre
e inseguridad. Que se expresa en la acción política, tecno-militar y geoestratégica
de los Estados modernos.
De ahí que la mundialización o la
globalización, la comercialización, el consumo, no respondieron a las
verdaderas necesidades humanas: espirituales, materiales, económicas,
culturales de la persona humana. Y, esto trajo un malestar general en las
democracias liberales y el Estado de Derecho. Así que, el hedonismo pasó de un
sentimiento de triunfo a uno de fracaso y ansiedad. Entonces, la sensación de
ligereza de la existencia da paso a la crispación, al odio, la violencia, el
miedo, el sufrimiento y la guerra; Y, esto crea en la conciencia individual una
especie de aire fétido, oscuro y nauseabundo, como si viniera de las cloacas de
la existencia.
Esto posibilito lo que Lipovestky
llama la “libertad paradójica”: Un
ámbito donde “la sociedad del entretenimiento y del bienestar conviven” con los
barrios de los parados, los desclasados, los lumpen, los traficantes de drogas,
y la falta de bienestar para un amplio sector de la sociedad: la falta de
atención sanitaria, de educación universal, de trabajo, de vivienda, de
seguridad, etc. Que crea no solo un malestar social sino también subjetivo,
psíquico, espiritual, moral en los componentes del cuerpo social. Y, en
consecuencia, posibilita enfermedades como la depresión, la ansiedad, problemas
del sueño y adicciones a las drogas o, a los fármacos.
Hay que destacar que, Lipovestky
no escribe narrativas de filosofía pura, sino que analiza y explica la lógica
del presente-actual, desde una perspectiva social, cultural, histórica, los
deseos y los gustos del individuo. Piensa que las dinámicas del presente-actual,
alteran el individualismo cultural y la socio-antropología democrática. Este
tipo de análisis trae consigo los problemas de las diferentes etapas
históricas. Es decir, que todo cambia en el devenir histórico de la humanidad.
Podemos percibir entonces que “la decepción es una experiencia universal”.
Donde deseo y decepción van juntas.
Guilles Lipovestky se vale de
Schopenhauer y Cioran para estudiar la negación de la posibilidad de la
felicidad, en la civilización moderna individualista y democrática. Afirman que
“el deseo y la existencia conducen a una decepción infinita”. De ahí que el
objeto de la literatura moderna de un Balzac, un Stendhal, un Muset, un
Maupassant, un Céline, un Chejov, un Dostoievski, un García Márquez, un Sábato
o un Borges, etc., sea el tedio, el resentimiento, la soledad, la violencia, la
frustración, la vida malograda, las ilusiones perdidas, el amor, la guerra o la
muerte, etc.
Lipovestky percibe que la Edad Moderna
precipito las desilusiones de las clases medias, a multiplicar el número de
descontentos y amargados por una realidad que no coincide con los ideales
democráticos. Con otras palabras, los ideales de la democracia representativa
no responden a las verdaderas necesidades de las sociedades modernas. Sino a
unas selectas minorías tecnológicas y económicas que poseen el ochenta por
ciento de las riquezas mundiales.
El ejemplo de Estados Unidos es
diciente, desde que Trump llegó a la casa blanca por segunda vez, los que
detentan el poder real, los tecno
oligarcas reniegan de los principios de la democracia representativa y
levantan el estandarte de la libertad individual, que significa no pagar
impuestos, no regular la economía y, evitar la intervención del Estado en lo
público. Necesitan de un sistema de gobierno semejante a una dictadura o, a un
totalitarismo de Estado, para poder competir con sus oponentes y establecer un
sistema financiero de criptomonedas al sistema financiero de los
Estados-Nación.
Según Lipovestky somos parte de
las sociedades modernas de masas y de cultura de masas, que se caracterizan por
la decepción de los individuos que la componen. Es una sociedad decepcionante y
de decepcionados. Porque somos parte de la civilización de la ansiedad, la
frustración y el desengaño. Es decir, las sociedades hipermodernas se
caracterizan por decepciones tanto públicas como privadas.
Desde otra perspectiva, la
decepción se manifiesta también en la “desregularización y debilitamiento de la
socialización religiosa”. En este orden de ideas, las iglesias no son
referentes de socialización de las sociedades hiperindividualista. Como tampoco
son referentes sociales de autoridad ni de cohesión social en la actualidad.
George Steiner dijo que, los estadios de futbol eran la iglesia popular del
Siglo XX.
Esto no indica que la fe en Dios
desaparezca, sino que la “religión no tiene la misma capacidad de consolación”.
Hay que tener presente que, la
sociedad hipermoderna está conformada por una “modernidad triunfante que se ha
confundido con un desatado optimismo histórico, con una fe inquebrantable en la
marcha irreversible y continua hacia una “edad de oro” prometida por la
dinámica de la ciencia y la técnica, la razón o la revolución”. Así que, “la
visión progresista de la historia considera el futuro como superior al
presente, y las grandes filosofías de la historia, de Turgot a Condorcet, de
Hegel a Spencer, han partido de la idea de que la historia avanza
necesariamente para garantizar la libertad y la felicidad del género humano”.
En este orden de ideas, las
tragedias del Siglo XX y las de la actualidad han cuestionado el futuro como
incesantemente mejor. Que la visión posmoderna define como “desencanto
ideológico y perdida de la credibilidad de los sistemas progresistas”. Por tanto, en la época actual “se prolongan
las esperas democráticas de justicia y bienestar”, ya que en la actualidad
prevalece el “desasosiego”, el “desengaño”, la “decepción y la angustia”. La
decepción, por ejemplo, es una experiencia que caracteriza a la sociedad
hiperindividualista. Una experiencia que se extiende cada vez más y se
convierte en un fenómeno global. Somos individuos decepcionados en la
convivencia social y con la pareja, en el matrimonio y el trabajo, etc.
Lipovetsky describe un mundo donde
el vacío no es ausencia, sino una nueva forma de organización cultural,
social y emocional. El vacío no existe, ni como algo separable de los cuerpos
ni como algo inseparable de ellos, pues no es un cuerpo, sino la extensión de
un cuerpo. Arguye luego que para explicar el desplazamiento espacial no se
necesita el vacío, pues al moverse los cuerpos se van reemplazando unos a
otros.
Lipovetsky define el vacío como
una sensación interna de falta de propósito, significado o plenitud, a
menudo se describe como una sensación de "hueco" o "nada"
en el interior, y puede estar asociado con la falta de satisfacción y sentido
en la vida. Es decir, en la Cultura del
artificio e hiperindividualista el vacío se relaciona con la conversión del
hombre en objeto o en número. Y se expresa en la falta de sentido de la
existencia en el mundo actual. Todo se presenta al ser humano como fugaz,
pasajero, y sin valor real para orientar al ser humano en la acción y la teoría
de la vida cotidiana.
Teniendo presente lo anterior, se
afirma que estamos en la época postmoderna. Estallido de lo social, disolución de
lo político, un ámbito donde el individuo maneja el tejido de la existencia
individual como lo crea conveniente. El texto La era del vacío de Lipovetsky, escruta esta mutación esencial del
ser humano, investigando los rasgos esenciales de la época actual, alejados de
los tiempos de rebelión, interrogación y disentimiento de épocas precedentes. El
texto desarrolla la temática siguiente: “Seducción non stop”, “La indiferencia
pura”, “Narciso o la estrategia del vacío”, Modernismo y posmodernismo”, “La
sociedad humorística”, y “Violencias salvajes y violencias modernas”.
Expresa Lipovetsky: “Los
presentes artículos y estudios no tienen otro nexo de unión que el de plantear
todos ellos, aunque a niveles diferentes, el mismo problema general: la
conmoción de la sociedad, de las costumbres, del individuo contemporáneo de la
era del consumo masificado, la emergencia de un modo de socialización y de
individualización inédito, que rompe con el instituido desde los siglos XVII y XVIII”.
El pensamiento de Lipovetsky desvela
la mutación histórica en curso, en el que, “el universo de los objetos, de las
imágenes, de la información y de los valores hedonistas, permisivos y psicologistas
que se le asocian, han generado una nueva forma de control social y del
comportamiento de los individuos”.
Esa diversificación de las sociedades
modernas, ha alterado la vida privada y la vida pública, las creencias y los
roles, que han estructurado y puesto en funcionamiento, una nueva etapa en la
historia del individualismo occidental. Piensa que, “nuestro tiempo sólo
consiguió evacuar la escatología revolucionaria, base de una revolución
permanente de lo cotidiano y del propio individuo: privatización ampliada, erosión
de las identidades sociales, abandono ideológico y político,
desestabilización acelerada de las personalidades; vivimos una segunda
revolución individualista”.
Bueno bien, la hipótesis que
propone Lipovetsky, “trata de una mutación sociológica global que está en
curso, una creación histórica próxima a lo que Castoriadis denomina
«significación imaginaria central», combinación sinérgica de organizaciones y
de significaciones, de acciones y valores, iniciada a partir de los años veinte
—sólo las esferas artísticas y psicoanalíticas la anticiparon en algunos
decenios—, y que no cesa de ampliar sus efectos desde la Segunda Guerra Mundial”.
Vivimos una época
hiperindividualista, donde “el proceso de personalización remite a la fractura de
la socialización disciplinaria; positivamente, corresponde a la elaboración de
una sociedad flexible basada en la información y en la estimulación de las
necesidades, el sexo y la asunción de los «factores humanos», en el culto a lo
natural, a la cordialidad y al sentido del humor”.
Una época, por decirlo así, donde
la hybris del progreso se concatena
con el Capitalismo de consumo y la revolución
de la información, que exalta las necesidades humanas, el consumo, el ocio
vacío, el hedonismo y el sexo. Una época de decadencia de los valores y los
conceptos, que fundamentan el tejido vivo de la existencia individual. De ahí que
priorice a la Cultura del artificio
ante la Cultura del sentido.
Desde hace pocos espacios de
tiempo, hemos visto en el devenir histórico occidental, que “la lógica de la vida
política, productiva, moral, escolar, asilar, consistía en sumergir al
individuo en reglas uniformes, eliminar en lo posible las formas de
preferencias y expresiones singulares, ahogar las particularidades
idiosincrásicas en una ley homogénea y universal, ya sea la «voluntad general»,
las convenciones sociales, el imperativo moral, las reglas fijas y
estandarizadas, la sumisión y abnegación exigidas por el partido revolucionario”.
Pero, en la época actual, “lo que
desaparece es esa imagen rigorista de la libertad, dando paso a valores que
apuntan al libre despliegue de la personalidad íntima, la legitimación del
placer, el reconocimiento de las peticiones singulares, la modelación de las instituciones
en base a las aspiraciones de los individuos”. Aquí se pone en evidencia lo que
Hannah Arendt dijo:
“Que el hombre es libre porque él mismo es un
principio; es decir, un empezar”.
Es importante anotar que “la
lógica individualista: el derecho a la libertad, en teoría ilimitado, pero
hasta entonces circunscrito a lo económico, a lo político, al saber, se instala
en las costumbres y en lo cotidiano”. En este mundo posmoderno vivir significa,
vivir libremente sin represiones, escoger íntegramente el modo de existencia de
cada uno: es el hecho social y cultural más significativo de nuestro tiempo, la
aspiración y el derecho más legítimos a los ojos de nuestros contemporáneos”.