miércoles, 2 de septiembre de 2026

 

                                                          La era del vacío

                                                     Madrid-España a 01/09/2026

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Guilles Lipovestky destaca que en esta época de alto desarrollo técnico y de comunicaciones rápidas y simultaneas, de sociedades de masas, redes sociales e IA, el análisis marxista de la falsa conciencia, de la alienación y la manipulación, resultan inútiles para comprender el funcionamiento de las sociedades desarrolladas. Así la relectura de Tocqueville le permitió analizar la sociedad democrática liberal y libertaria e individualista, como algo más que un epifenómeno sin consistencia o, la expresión de la economía capitalista. Esto le posibilitó configurar y descifrar las sociedades democráticas y plurales de la actualidad, en su Cultura.

                                             Que llamó

                                          la segunda revolución democrática”.

Así que, “la segunda revolución democrática” lo espolea para reflexionar sobre las imposturas de la democracia liberal. También el control totalitario de la existencia, el nuevo lugar que ocupa el individuo – agente en las sociedades modernas desarrolladas y de masas, la fuerza automatizada subjetiva impulsada por la segunda modernidad: el capitalismo productivo de consumo, el ocio y el bienestar de las masas en la modernidad. Su análisis se aleja del de Michel Foucault, que interpreta a la sociedad como una máquina disciplinaria, de control y de condicionamiento generalizado.

De ahí que perciba la vida privada y la vida pública como más abiertas, más estructuradas, a las opciones y juicios individuales. A la vez destaca el proceso de liberación del individuo, en relación con las imposiciones colectivas, que repercuten en la liberación sexual, la relajación de las costumbres y la ruptura con el compromiso ideológico.

Piensa que el hedonismo de la sociedad de consumo sacude los cimientos del orden autoritario, disciplinario y moralista. Este remesón se observa en las formas de vida, en la educación, los papeles sexuales, su relación con la política de masas y la cultura de masas. Estas ideas rompen con el análisis de la alienación y del control programado de la vida por el capitalismo burocrático. También critica la acción política, los valores morales y religiosos de la derecha y la extrema derecha en la actualidad. En particular la europea y la norteamericana a la cabeza de Donald Trump y su ideario político de MAGA.

Cree que la revolución individual-narcisista no fue un fenómeno totalmente positivo. Pero, apunta que el optimismo de la aventura democrática de la libertad fue real. Pero, se quedó corto respecto a la felicidad o, el bienestar social para toda la sociedad. O, lo que es lo mismo, que el Estado de Bienestar Social no respondió a las verdaderas necesidades sociales, económicas, materiales, morales, éticas y culturales de la sociedad. Piensa que las sociedades democráticas actuales con sus inconsistencias no deben ser demonizadas, por ciertos analistas y críticos de la modernidad.

En Lipovestky lo importante es que teoriza una realidad plural, poli dimensional, donde el universo social posibilita ser optimista y pesimista a la vez. Por eso la dimensión social que vivimos es contradictoria y ambigua, tal como lo es la naturaleza humana. En este orden de ideas, tengamos presente que la atmosfera optimista-libertaria del individuo se esfumo; y. por otra parte, predomina la mundialización y la ideología de la salud. Además, ahora el individuo está cargado de incertidumbre e inseguridad. Que se expresa en la acción política, tecno-militar y geoestratégica de los Estados modernos.

De ahí que la mundialización o la globalización, la comercialización, el consumo, no respondieron a las verdaderas necesidades humanas: espirituales, materiales, económicas, culturales de la persona humana. Y, esto trajo un malestar general en las democracias liberales y el Estado de Derecho. Así que, el hedonismo pasó de un sentimiento de triunfo a uno de fracaso y ansiedad. Entonces, la sensación de ligereza de la existencia da paso a la crispación, al odio, la violencia, el miedo, el sufrimiento y la guerra; Y, esto crea en la conciencia individual una especie de aire fétido, oscuro y nauseabundo, como si viniera de las cloacas de la existencia.

Esto posibilito lo que Lipovestky llama la “libertad paradójica”: Un ámbito donde “la sociedad del entretenimiento y del bienestar conviven” con los barrios de los parados, los desclasados, los lumpen, los traficantes de drogas, y la falta de bienestar para un amplio sector de la sociedad: la falta de atención sanitaria, de educación universal, de trabajo, de vivienda, de seguridad, etc. Que crea no solo un malestar social sino también subjetivo, psíquico, espiritual, moral en los componentes del cuerpo social. Y, en consecuencia, posibilita enfermedades como la depresión, la ansiedad, problemas del sueño y adicciones a las drogas o, a los fármacos.

Hay que destacar que, Lipovestky no escribe narrativas de filosofía pura, sino que analiza y explica la lógica del presente-actual, desde una perspectiva social, cultural, histórica, los deseos y los gustos del individuo. Piensa que las dinámicas del presente-actual, alteran el individualismo cultural y la socio-antropología democrática. Este tipo de análisis trae consigo los problemas de las diferentes etapas históricas. Es decir, que todo cambia en el devenir histórico de la humanidad. Podemos percibir entonces que “la decepción es una experiencia universal”. Donde deseo y decepción van juntas.

Guilles Lipovestky se vale de Schopenhauer y Cioran para estudiar la negación de la posibilidad de la felicidad, en la civilización moderna individualista y democrática. Afirman que “el deseo y la existencia conducen a una decepción infinita”. De ahí que el objeto de la literatura moderna de un Balzac, un Stendhal, un Muset, un Maupassant, un Céline, un Chejov, un Dostoievski, un García Márquez, un Sábato o un Borges, etc., sea el tedio, el resentimiento, la soledad, la violencia, la frustración, la vida malograda, las ilusiones perdidas, el amor, la guerra o la muerte, etc.

Lipovestky percibe que la Edad Moderna precipito las desilusiones de las clases medias, a multiplicar el número de descontentos y amargados por una realidad que no coincide con los ideales democráticos. Con otras palabras, los ideales de la democracia representativa no responden a las verdaderas necesidades de las sociedades modernas. Sino a unas selectas minorías tecnológicas y económicas que poseen el ochenta por ciento de las riquezas mundiales.

El ejemplo de Estados Unidos es diciente, desde que Trump llegó a la casa blanca por segunda vez, los que detentan el poder real, los tecno oligarcas reniegan de los principios de la democracia representativa y levantan el estandarte de la libertad individual, que significa no pagar impuestos, no regular la economía y, evitar la intervención del Estado en lo público. Necesitan de un sistema de gobierno semejante a una dictadura o, a un totalitarismo de Estado, para poder competir con sus oponentes y establecer un sistema financiero de criptomonedas al sistema financiero de los Estados-Nación.

Según Lipovestky somos parte de las sociedades modernas de masas y de cultura de masas, que se caracterizan por la decepción de los individuos que la componen. Es una sociedad decepcionante y de decepcionados. Porque somos parte de la civilización de la ansiedad, la frustración y el desengaño. Es decir, las sociedades hipermodernas se caracterizan por decepciones tanto públicas como privadas.

Desde otra perspectiva, la decepción se manifiesta también en la “desregularización y debilitamiento de la socialización religiosa”. En este orden de ideas, las iglesias no son referentes de socialización de las sociedades hiperindividualista. Como tampoco son referentes sociales de autoridad ni de cohesión social en la actualidad. George Steiner dijo que, los estadios de futbol eran la iglesia popular del Siglo XX.

   Esto no indica que la fe en Dios desaparezca, sino que la “religión no tiene la misma capacidad de consolación”.

Hay que tener presente que, la sociedad hipermoderna está conformada por una “modernidad triunfante que se ha confundido con un desatado optimismo histórico, con una fe inquebrantable en la marcha irreversible y continua hacia una “edad de oro” prometida por la dinámica de la ciencia y la técnica, la razón o la revolución”. Así que, “la visión progresista de la historia considera el futuro como superior al presente, y las grandes filosofías de la historia, de Turgot a Condorcet, de Hegel a Spencer, han partido de la idea de que la historia avanza necesariamente para garantizar la libertad y la felicidad del género humano”.

En este orden de ideas, las tragedias del Siglo XX y las de la actualidad han cuestionado el futuro como incesantemente mejor. Que la visión posmoderna define como “desencanto ideológico y perdida de la credibilidad de los sistemas progresistas”.  Por tanto, en la época actual “se prolongan las esperas democráticas de justicia y bienestar”, ya que en la actualidad prevalece el “desasosiego”, el “desengaño”, la “decepción y la angustia”. La decepción, por ejemplo, es una experiencia que caracteriza a la sociedad hiperindividualista. Una experiencia que se extiende cada vez más y se convierte en un fenómeno global. Somos individuos decepcionados en la convivencia social y con la pareja, en el matrimonio y el trabajo, etc.

 Lipovetsky describe un mundo donde el vacío no es ausencia, sino una nueva forma de organización cultural, social y emocional. El vacío no existe, ni como algo separable de los cuerpos ni como algo inseparable de ellos, pues no es un cuerpo, sino la extensión de un cuerpo. Arguye luego que para explicar el desplazamiento espacial no se necesita el vacío, pues al moverse los cuerpos se van reemplazando unos a otros.

Lipovetsky define el vacío como una sensación interna de falta de propósito, significado o plenitud, a menudo se describe como una sensación de "hueco" o "nada" en el interior, y puede estar asociado con la falta de satisfacción y sentido en la vida. Es decir, en la Cultura del artificio e hiperindividualista el vacío se relaciona con la conversión del hombre en objeto o en número. Y se expresa en la falta de sentido de la existencia en el mundo actual. Todo se presenta al ser humano como fugaz, pasajero, y sin valor real para orientar al ser humano en la acción y la teoría de la vida cotidiana.

Teniendo presente lo anterior, se afirma que estamos en la época postmoderna. Estallido de lo social, disolución de lo político, un ámbito donde el individuo maneja el tejido de la existencia individual como lo crea conveniente. El texto La era del vacío de Lipovetsky, escruta esta mutación esencial del ser humano, investigando los rasgos esenciales de la época actual, alejados de los tiempos de rebelión, interrogación y disentimiento de épocas precedentes. El texto desarrolla la temática siguiente: “Seducción non stop”, “La indiferencia pura”, “Narciso o la estrategia del vacío”, Modernismo y posmodernismo”, “La sociedad humorística”, y “Violencias salvajes y violencias modernas”.

Expresa Lipovetsky: “Los presentes artículos y estudios no tienen otro nexo de unión que el de plantear todos ellos, aunque a niveles diferentes, el mismo problema general: la conmoción de la sociedad, de las costumbres, del individuo contemporáneo de la era del consumo masificado, la emergencia de un modo de socialización y de individualización inédito, que rompe con el instituido desde los siglos XVII y XVIII”.

El pensamiento de Lipovetsky desvela la mutación histórica en curso, en el que, “el universo de los objetos, de las imágenes, de la información y de los valores hedonistas, permisivos y psicologistas que se le asocian, han generado una nueva forma de control social y del comportamiento de los individuos”.

Esa diversificación de las sociedades modernas, ha alterado la vida privada y la vida pública, las creencias y los roles, que han estructurado y puesto en funcionamiento, una nueva etapa en la historia del individualismo occidental. Piensa que, “nuestro tiempo sólo consiguió evacuar la escatología revolucionaria, base de una revolución permanente de lo cotidiano y del propio individuo: privatización ampliada, erosión de las identidades sociales, abandono ideológico y político, desestabilización acelerada de las personalidades; vivimos una segunda revolución individualista”.

Bueno bien, la hipótesis que propone Lipovetsky, “trata de una mutación sociológica global que está en curso, una creación histórica próxima a lo que Castoriadis denomina «significación imaginaria central», combinación sinérgica de organizaciones y de significaciones, de acciones y valores, iniciada a partir de los años veinte —sólo las esferas artísticas y psicoanalíticas la anticiparon en algunos decenios—, y que no cesa de ampliar sus efectos desde la Segunda Guerra Mundial”.

Vivimos una época hiperindividualista, donde “el proceso de personalización remite a la fractura de la socialización disciplinaria; positivamente, corresponde a la elaboración de una sociedad flexible basada en la información y en la estimulación de las necesidades, el sexo y la asunción de los «factores humanos», en el culto a lo natural, a la cordialidad y al sentido del humor”.

Una época, por decirlo así, donde la hybris del progreso se concatena con el Capitalismo de consumo y la revolución de la información, que exalta las necesidades humanas, el consumo, el ocio vacío, el hedonismo y el sexo. Una época de decadencia de los valores y los conceptos, que fundamentan el tejido vivo de la existencia individual. De ahí que priorice a la Cultura del artificio ante la Cultura del sentido.

Desde hace pocos espacios de tiempo, hemos visto en el devenir histórico occidental, que “la lógica de la vida política, productiva, moral, escolar, asilar, consistía en sumergir al individuo en reglas uniformes, eliminar en lo posible las formas de preferencias y expresiones singulares, ahogar las particularidades idiosincrásicas en una ley homogénea y universal, ya sea la «voluntad general», las convenciones sociales, el imperativo moral, las reglas fijas y estandarizadas, la sumisión y abnegación exigidas por el partido revolucionario”.

Pero, en la época actual, “lo que desaparece es esa imagen rigorista de la libertad, dando paso a valores que apuntan al libre despliegue de la personalidad íntima, la legitimación del placer, el reconocimiento de las peticiones singulares, la modelación de las instituciones en base a las aspiraciones de los individuos”. Aquí se pone en evidencia lo que Hannah Arendt dijo:

  Que el hombre es libre porque él mismo es un principio; es decir, un empezar”.

Es importante anotar que “la lógica individualista: el derecho a la libertad, en teoría ilimitado, pero hasta entonces circunscrito a lo económico, a lo político, al saber, se instala en las costumbres y en lo cotidiano”. En este mundo posmoderno vivir significa, vivir libremente sin represiones, escoger íntegramente el modo de existencia de cada uno: es el hecho social y cultural más significativo de nuestro tiempo, la aspiración y el derecho más legítimos a los ojos de nuestros contemporáneos”.

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