¿Por
qué es importante leer?
Madrid-España a 07/10/2026
“Numerosas son las maravillas del mundo; pero, de todas, la más sorprendente es el hombre”.
Antígona.
“El ser
humano, en tanto que ser político y no sólo productivo, carga consigo la
preocupación en torno a la preservación del mundo”.
Hannah Arendt.
Antonio
Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.
“En verdad
vivo en tiempos sombríos”: son palabras de Bertolt Brech. Sugiere que los
tiempos sombríos no son solo de horror, de dolor o de sufrimiento, sino también
de confusión, pues la palabra o la teoría ya no vienen en nuestra ayuda. Así
mismo, Hannah Arendt en su colección de ensayos, Hombres en tiempos de oscuridad, sugiere que el espíritu humano
camina entre tinieblas. Donde las formas tradicionales de explicación ya no
explican nada, esto no significa que no podamos dar con ciertas formas de
iluminación que nos permita acercarnos a lo real.
Ahora para
comprender el fenómeno humano, no sólo bastan las ciencias sociales o la mirada
científica, sino también la iluminación de la palabra. O, dicho en otras
palabras, la iluminación de la lectura, la imaginación y el lenguaje. Por eso,
no podemos olvidar lo que la aproximación de la palabra, la narración,
posibilita con los hechos reales. En este orden, la lectura, el relato, el
poema, serían, en ocasiones, caminos de aproximación a la vida y a los hechos
históricos.
De ahí nos
recuerda Arendt que “la ruptura de la tradición es un hecho consumado”. Esta
cadena de catástrofe empieza con la Primera Guerra Mundial y alcanza su punto
máximo con el totalitarismo del siglo XX. Como apunta ya en su artículo sobre
Hermann Broch, se trata de “la ruptura de un mundo que si se ha mantenido unido
y ha conservado su sentido no ha sido gracias a sus “valores” sino al
automatismo de sus costumbres y sus clichés”. Por eso la lectura y la palabra
ayudan en medio del caos y del horror, a desenmascarar ese mundo, a encontrar
la iluminación. Porque permiten a los hombres bajar a las profundidades de la
Cripta donde mora la palabra.
Asimismo, nos
recuerda Ernst Jünger: “Si se quiere que la palabra sea eficaz, entonces en
ella ha de permanecer siempre la magia. Ahora bien, esta ha de ser soterrada en
las profundidades, en la Cripta. Encima de ella se alza la bóveda del lenguaje
hacia una libertad nueva, que cambia y a la vez conserva a la palabra. La parte
de la palabra que suscita el movimiento puro, ya sea de la voluntad o ya sea de
los sentimientos, tendría que desaparecer en provecho de la otra parte, la que
desvela el núcleo milagroso del lenguaje”.
El lenguaje y
la reflexión posibilitan, entre otros, “distinguir entre la cultura y la
técnica”. Porque se constituyen en “presupuestos de pulcritud espiritual, como
lo es asimismo entre el creer y el saber”. Así, “los éxitos políticos y
económicos aceleran la superficialización”; favorecen el consumo, la
estadística y la manipulación de la consciencia. La lectura, en cambio, precisa
la individualidad, interroga la subjetividad y alimenta a la conciencia, para
que el ser humano sea más libre, justo y ético. Permite percibir en épocas de
transito como las imágenes sustituyen al sentido; y, como prevalecen los hechos significativos sobre los actores
insignificantes.
Sabemos que lo bello, lo agradable, lo sublime, habla a los hombres, los
interpela en el tiempo y el espacio. De ahí que, el “lenguaje del artista esté
en su obra”. Una novela, una sinfonía, un cuadro, un ensayo, un poema, si está
bien logrado exalta la condición humana, las angustias y las preocupaciones,
las alegrías y los sufrimientos, el odio y el amor, el sueño y la vigilia, para
que el lenguaje interrogue al mundo y a la naturaleza humana. Es propio de la
condición humana desafiar al tiempo con la creación de actividades que permiten
disfrutar a los hombres de cierta cuota de inmortalidad: entre estas
encontramos la política, la historia, la filosofía, el arte.
Así, que, en la estética de Kant vislumbramos estas palabras: “En lo bello,
sin embargo, aparece el mundo, no la humanidad sino el mundo habitado por el
hombre”. En consecuencia, no son los conceptos sino las imágenes, las
intuiciones, la experiencia, la imaginación, la metáfora, los que posibilitan
ir allende del tiempo y el espacio. Son figuras que permiten al ser humano
interrogar y enfrentar el mundo en el que vive; para que éstos den frutos en
uno más humano, más libre y más justo.
Ernst Jünger nos recuerda que “el fallo del ser humano se traspasa al mundo
que lo rodea, a la Naturaleza, tal vez incluso al cosmos. La razón principal de
eso está en el humano afán de novedades, en la curiosidad, que va seguida de
petulancia”. Así, la petulancia toma figura en los inventos técnicos, el
consumo, la velocidad, la política o la economía. En tiempos de desiertos
espirituales, de oscuridad que nubla la imaginación, es necesario andar por los
caminos de la lectura, el lenguaje y el pensamiento. Porque posibilitan el
encuentro con lo numinoso, lo mágico y trascendente, que mora en todos y cada
uno de nosotros.
En la época actual se trata de la diversidad, la heterogeneidad que posee
la fuerza inimaginable que reposa en sí misma. Aquí “el modelo es más fuerte
que la copia, el mito es más fuerte que la historia; esta lo repite en
variantes. En la decadencia también las propias copias se vuelven más flojas”.
Arendt expresa que los escritores y los artistas que le interesan son aquellos
cuya obra “no mira hacia atrás ni con nostalgia […] ni constituye una
certificación “del lamento ante lo que se ha perdido, sino de la expresión de
la propia perdida”.
Asimismo, Walter Benjamín en este orden dice: “¿De qué peligro son salvados
los fenómenos? No sólo ni principalmente, del descredito y el desprecio en que
han caído, sino de la catástrofe que representa determinada manera de
trasmitirlos “celebrándolos” como “patrimonio”. Son salvados cuando se
evidencia en ellos la fisura. Hay una tradición que es catástrofe”.
Asimismo, “tiene razón Heráclito: nadie cruza dos veces el mismo rio. Lo
que en ese cambio hay de misterioso es que responde a las modificaciones de
nuestro interior”. Son transformaciones que tienen que ver con la parte curativa
de nuestro interior, –“somos nosotros
los que nos formamos el mundo, y lo que
nosotros vivimos no está sujeto al azar. Es nuestro estado interior el que
atrae y selecciona las cosas: el mundo es como lo hemos creado nosotros”.
Ahí reside el misterio de la palabra, lo mítico, lo religioso, lo mágico,
que expresa el espíritu, el lenguaje y la experiencia. Esto permite darnos
cuenta que no somos ajenos a lo que hemos sido y a lo que somos en la
actualidad. Porque sus contenidos espirituales nos posibilitan que nos movamos
en el interior de nuestro elemento. “De ahí que sea también importante el que
trabajemos en nosotros”. Que nos valgamos de la lectura, la escritura y el
lenguaje, para alcanzar la categoría de persona.
El mundo del artificio y trivial en que vivimos, da prioridad a
lo “Siempre-Igual”, al “Aquí-Ahora”. De ahí que, la publicidad,
las redes sociales, la producción en masa y el consumo, posibilitan que se
acumulen cosas vacías como escombros de la Naturaleza y de la Vida. Así, la
pobreza de experiencia, del lenguaje o del pensamiento, incrementa la velocidad
y mengua el espíritu que afluye a los hombres. Para hacerle frente a la
velocidad evoquemos la máxima latina: Festina
lente: Apresúrate despacio.
Por eso, “los hijos de la fortuna son pobres de espíritu; de ahí que
resulta comprensible que no se hallen a la altura del poder que afluye a ellos”.
Al ser pobres de espíritu, lo son del lenguaje, la imaginación y los
movimientos del pensamiento. Una esfera sitúa al hombre en su parte material;
la otra, en la del espíritu. Una mira hacia el perpetuum mobile; la otra, hacia lo eterno, lo que permanece en el
tiempo.
Son la palabra, la escritura, la lectura y la experiencia, los que sitúan
al ser humano en el umbral de comprensión del amor, el dolor, la felicidad, el
sufrimiento y la muerte. Así, la palabra comunica contenidos espirituales que
facilitan comprender que “nuestro tiempo guarda semejanza con un desfiladero
estrecho y funesto por el que se compele a pasar a los seres humanos”. Estas esferas
de la vida develan que “el ser humano se ha colocado fuera de la obra, se ha
salido de ella; ésta se ha vuelto autónoma, y ahora aquel deviene cada vez más
sustituible y prescindible”. Porque “a medida que va desapareciendo la
originalidad del ser humano desaparece también su imprescindibilidad; con ello
desaparece asimismo el respeto a él”.
En nuestro
tiempo de aridez espiritual, ¿por qué es importante la lectura? Quien lee en
soledad desarrolla lo fundamental que mora en él; y tiende al encuentro consigo
mismo. Si no leemos nuestro pensamiento es pobre
y débil. La lectura es una “caja de herramientas” que permite desandar lo
andado, vivir lo que otros han vivido, imaginar mundos alternos al que vivimos;
por eso la palabra y la escritura se revelan como “enemigos” del poder. De las
instituciones, los prejuicios, las costumbres, los dogmas ideológicos o
religiosos que responden al ejercicio del poder.
El
vaciamiento del espíritu tiene su correspondencia con la falta de lectura. Ya
que surte a la memoria, la conciencia, de las imágenes, la experiencia, los
conceptos, las experiencias, que facilitan pensar. Nos enseña que el lenguaje
es una forma del pensamiento. Ora, el hombre no puede existir sin sentir, sin
palabra, sin imaginación, sin pensamientos, porque para él se convierten en
potencias divinas.
Por eso la
tarea del poeta, del novelista, del artesano de la palabra, se unen al
sentimiento estético, a la reflexión y a las cosas rítmicas, que son las que
luchan contra el tiempo. Hölderlin fue uno de los poetas que percibió la
alteridad en las costumbres, los usos; donde algunos ven costumbre, él ve
asombro. Y, elocuente dice:
Sin embargo, nos compete, bajo la tormenta
de Dios,
Oh poetas, erguidos y con la cabeza
descubierta,
Asir con nuestras propias manos el rayo de
luz del Padre,
Y pasar, envuelto en canción, ese regalo
divino a la gente.
Me pregunto, ¿por qué leemos? Harold Bloom nos regala un presente divino: “Leemos
de manera personal por razones variadas, la mayoría de ellas familiares: porque
no podemos conocer a fondo a toda la gente que quisiéramos; porque necesitamos
conocernos mejor; porque sentimos necesidad de conocer cómo somos, cómo son los
demás, y cómo son las cosas. Sin embargo, el motivo más profundo y autentico
para la lectura personal del tan maltratado canon es la búsqueda de un placer
difícil”.
La lectura es “la única trascendencia que nos es posible alcanzar en esta
vida, si se exceptúa la trascendencia todavía más precaria de lo que llamamos
“enamorarse”. Hago un llamamiento a que descubramos aquello que nos es
realmente cercano y podamos utilizar para sopesar y reflexionar […] Sólo se
puede leer para iluminarse a uno mismo: no es posible encender la vela que
ilumine a nadie más”.
Quizá en tiempos oscuros como el nuestro, de aridez del espíritu y del
lenguaje, exista la esperanza que el arte y el pensamiento vengan a nuestro
encuentro para reparar los portillos de la historia y de la vida. Que la
cultura y, en general, la dimensión estética, contribuyan a percibir las
intercepciones entre el fenómeno estético y el político. O, en otras palabras,
comprender el fenómeno social y político de la crisis en la Cultura.
Que permitan percibir el mundo a través de su relación con la vita activa –según la reflexión de
Hannah Arendt. De construir un mundo humano común a todos los hombres, en cuyo
seno hay espacio para desplazarse y compartir perspectivas distintas; y
recordar que la libertad aparece aquí
en el intercambio con los demás y no con nosotros mismos. Y, que la libertad de
la lectura posibilite alcanzar la comunión con los otros, la naturaleza y con
Dios.
La lectura y el arte han de garantizar un mundo donde la permanencia del
hombre sobre la tierra a través de las obras de arte, la política y las cosas
“artificiales” hechas por manos humanas, lo posibiliten Por eso, es importante
la lectura, la escritura, el arte, el lenguaje y el pensamiento, para que
testifiquen la permanencia del hombre sobre la Tierra.
La palabra “distingue
entre la cultura y la técnica”. Porque se constituye en “presupuesto de pulcritud
espiritual, como lo es asimismo entre el creer y el saber”. En la actualidad “los
éxitos políticos y económicos aceleran la superficialización”; favorecen el
consumo, la estadística y la manipulación de la consciencia. La lectura, en
cambio, precisa la individualidad, ahonda la subjetividad y alimenta a la
conciencia, para que el ser humano sea más libre, justo y ético. Permite
percibir en épocas de decadencia como las imágenes sustituyen el sentido; y como
prevalece la constitución de los hechos
significativos sobre los actores insignificantes.
Sabemos que
lo bello, lo agradable, lo sublime, habla a los hombres, los interpela en el
tiempo y el espacio. De ahí que, el “lenguaje del artista esté en su obra”. Una
novela, una sinfonía, un cuadro, un ensayo, un poemario, si está bien logrado
exalta la condición humana, las angustias y las preocupaciones, las alegrías y
los sufrimientos, el odio y el amor, el sueño y la vigilia, para que el
lenguaje interrogue a la naturaleza humana.
En
consecuencia, no son los conceptos sino las imágenes, las intuiciones, la experiencia,
el lenguaje, los que posibilitan ir allende del tiempo y el espacio. Son
figuras que permiten al ser humano interrogar y enfrentar el mundo en el que
vive; para que la imaginación, el lenguaje y el pensamiento, den frutos en uno
más humano, más libre y más justo.
Ernst Jünger nos recuerda que “el fallo del ser humano se traspasa al mundo
que lo rodea, a la Naturaleza, tal vez incluso al cosmos. La razón principal de
eso está en el humano afán de novedades, en la curiosidad, que va seguida de
petulancia”. La petulancia toma figura en los inventos técnicos, el consumo, la
velocidad, la política o la economía. En tiempos de desiertos espirituales, de
oscuridad que nubla la imaginación, se hace necesario andar por los caminos de
la lectura, la imaginación y el pensar. Porque posibilitan el encuentro con lo
numinoso, lo mágico y trascendente, que mora en todos y cada uno de nosotros.
En la época actual, se trata, de dar sentido a la diversidad, la heterogeneidad,
que poseen la fuerza inimaginable, que reposa en sí misma. Aquí “el modelo es
más fuerte que la copia, el mito es más fuerte que la historia; esta lo repite
en variantes. En la decadencia también las propias copias se vuelven más
flojas”.
“Desde luego no cabe negar que las artes eleven los fenómenos a un nivel
más elevado de percepción”. No sólo tienen que ver con los fenómenos reales del
Mundo de abajo, sino también con lo
intemporal del Mundo de arriba. Un
mundo que mora en el interior de todos y cada uno de nosotros. Por eso, lo
importante es que el hombre nazca primero dentro de sí. Ya que, en el presente
actual, se desvío hacía lo mecánico, lo demoníaco, y, es necesario que se
restaure el equilibrio entre la luz y la oscuridad, las huestes celestiales y
las demoniacas. “El secreto de esto está en que el sufrimiento genera fuerzas
superiores, curativas”.
Ahí reside el misterio de la palabra, lo mítico, lo religioso, lo mágico,
que expresa el espíritu, el lenguaje y la experiencia. Esto permite darnos
cuenta que no somos ajenos a lo que hemos sido y lo que somos, en el mundo que
vivimos. Porque sus contenidos espirituales nos posibilitan que nos movamos en
el interior de nuestro elemento. “De ahí que sea también importante el que
trabajemos en nosotros”. Que nos valgamos de la lectura, la escritura, el arte,
la música y el lenguaje, para alcanzar la categoría de persona.
El mundo del artificio y trivial en que vivimos, da prioridad a lo
siempre igual, al “Aquí-Ahora”. La
producción en masa y el consumo, posibilitan que se acumulen cosas vacías como escombros
de la naturaleza y la vida. Así pues, la pobreza de experiencia, del lenguaje o
del pensamiento, incrementa la velocidad, y mengua el espíritu que afluye a los
hombres. Son la palabra, la escritura, la lectura y la experiencia, los que
sitúan al ser humano en el umbral de comprensión del amor, el dolor, la
felicidad, el sufrimiento y la muerte.
Así, la palabra y la experiencia comunican contenidos espirituales, que
facilitan comprender que “nuestro tiempo guarda semejanza con un desfiladero
estrecho y funesto por el que se compele a pasar a los seres humanos”. Estas
esferas de la vida develan que “el ser humano se ha colocado fuera de la obra,
se ha salido de ella; ésta se ha vuelto autónoma, y ahora aquel deviene cada
vez más sustituible y prescindible”. Porque “a medida que va desapareciendo la
originalidad del ser humano desaparece también su imprescindibilidad; con ello
desaparece asimismo el respeto a él”.
Quien lee en soledad desarrolla lo fundamental
que mora en él; y tiende al encuentro consigo mismo. Si no leemos nuestros pensamientos serán pobres y débiles. La lectura es
una “caja de herramientas” que permite desandar lo andado, vivir lo que otros
han vivido, imaginar mundos alternos al que vivimos; por eso la palabra y la
escritura se revelan como enemigos del poder. De las instituciones, los
prejuicios, las costumbres, los dogmas ideológicos o religiosos que responden
al ejercicio del poder.
La lectura
ayuda a develar una “luz mágica y soberana sobre la oscuridad natural de las
cosas”; a descubrir la analogía universal
entre Mundo y Hombre, Mundo y Cosmos. Para Baudelaire era una
forma del conocimiento. Por eso la consideraba una ciencia. Como dice Roberto
Calasso: “Quizá incluso la ciencia suprema, si la imaginación es la “reina de
las facultades”. Como lo explica Baudelaire en una carta a Alfonso Toussenel, “la imaginación es la más científica de las facultades, puesto que
es la única que comprende la analogía
universal, o aquello que una religión mística llama la correspondencia”.
El
vaciamiento del espíritu tiene su correspondencia con la falta de lectura. Ya
que la lectura surte a la memoria, la conciencia, de las imágenes, la
experiencia, los conceptos y el lenguaje, que facilitan pensar. Nos enseña que
el lenguaje es una forma del pensamiento. El hombre no puede existir sin
sentir, sin palabra o sin pensamiento, porque para él se convierten en
potencias divinas. Por eso a la tarea del poeta, del novelista, del artesano de
la palabra, se unen al sentimiento estético, la reflexión y las cosas rítmicas,
que son las que luchan contra el tiempo.
Me pregunto,
¿Por qué leemos? Bloom nos regala como un presente divino la respuesta: “Leemos
de manera personal por razones variadas, la mayoría de ellas familiares: porque
no podemos conocer a fondo a toda la gente que quisiéramos; porque necesitamos
conocernos mejor; porque sentimos necesidad de conocer cómo somos, cómo son los
demás, y cómo son las cosas. Sin embargo, el motivo más profundo y autentico
para la lectura personal del tan maltratado canon es la búsqueda de un placer
difícil”.
La lectura es “la única trascendencia que nos es posible alcanzar en esta
vida, si se exceptúa la trascendencia todavía más precaria de lo que llamamos
“enamorarse”. Hago un llamamiento a que descubramos aquello que nos es
realmente cercano y podamos utilizar para sopesar y reflexionar […] Sólo se
puede leer para iluminarse a uno mismo: no es posible encender la vela que
ilumine a nadie más”.