miércoles, 4 de noviembre de 2026

 

                        

          LA BARBARIE DE LA CIVILIDAD COLOMBIANA                                                

                                                             Madrid-España a 04/11/2026

“Se ha llegado a una concepción nueva del poder, se ha llegado a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad”.

                                                                                  Ernst Jünger.

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Recordemos lo que dijo Bertolt Brecht: “La profunda rabia ante el rumbo que ha tomado el mundo y ante el hecho de que hayan sido siempre los vencedores los que han elegido qué es lo que debe registrar y recordar la humanidad”; es una especie de falsedad de la Historia. Así pues, Brecht “no escribe su poesía para los desfavorecidos, sino para aquellos hombres, vivos o muertos, cuya voz no ha sido nunca escuchada”. Se trata de desvelar lo que oculta el poder, los discursos y los hombres poderosos. Los hombres que están detrás del Estado técnico y sus instituciones públicas y privadas.

Los Sistemas políticos que actualmente predominan en el mundo se caracterizan por elecciones cada cuatro años. Donde los poderes de hecho, los que verdaderamente ejercen el poder escapan a la deliberación, la crítica y al juicio del cuerpo social. Son poderes ocultos detrás del Estado técnico, las instituciones públicas, privadas, sociales, económicas y culturales. Que en la actualidad responden a la plutocracia técnica, las redes sociales y la IA. Que determinan el ejercicio del verdadero poder: quién gana las elecciones, quién gobierna, y a quien debe beneficiar el ejercicio del poder. Es un Sistema político que responde a los intereses de las minorías del país, a las órdenes que provienen del Gobierno de Estados Unidos o, a los intereses tecno-burocráticos, de Silicón Valley. Este tipo de gobernantes no legitima a la democracia representativa sino a poderes autoritarios o neofascistas, que se valen del Estado de Derecho y sus instituciones públicas y privadas, para la gobernabilidad.

Son poderes que necesitan de un baúl de máscaras, que unas veces se ponen la máscara del demócrata, del demagogo, del payaso y del badulaque ignorante, con uniforme militar y pistola al cinto, del conservador o del revolucionario. Y, en nombre de una ideología, de unos principios religiosos y la defensa de la moral social, se cometen crimines, se declaran guerras ilegales, se persigue a las minorías étnico-lingüísticas y se expulsan del país. Porque invocando la voluntad popular y el poder de Dios, se creen predestinados por la divina providencia a ejercer el poder. Que, en nombre de la salvación de la Nación, de la limpieza social, se declaran ungidos para la redención de la Humanidad. Se creen defensores de la democracia y de las elecciones populares, porque legitiman y legalizan la gobernanza en defensa de los intereses de las minorías selectas. Tratan desde la gobernanza en un Sistema democrático, minar las bases del Estado de Derecho y sus instituciones públicas y privadas. E, instaurar poco a poco un Sistema autoritario, y un Estado punitivo, que trascienda los derechos y las libertades de los ciudadanos.

La barbarie que instauran se esconde en el concepto mismo de cultura, de técnica y de política, porque la consideran como un tesoro de valores, que, si bien no son independientes de la realidad del que surgieron, si lo son de aquel en que perduran. Que sirven a la apoteosis de este último por bárbaro que pueda ser. Este tipo de “ralea” instaura en las campañas electorales la coacción, la amenaza, el miedo, el atentado político a precandidatos o candidatos a las diversas corporaciones públicas y, en particular a la Presidencia de la República de Colombia. Que se concatena a la corrupción y la compraventa de votos y de consciencias.

Entonces, ¿qué es lo importante en las elecciones del país? Que el candidato ganador defienda los intereses de las selectas minorías nacionales y extranjeras: el capital bancario, la bolsa de valores, los Gremios económicos, los intereses de las corporaciones nacionales e internacionales, los grupos de inversión, y de las empresas multinacionales, etc. Lo importante es que el Gobierno defienda el poder corporativo y de inversión nacionales e internacionales. Sobre las necesidades materiales, sociales, económicas, morales y culturales de los colombianos.

Así pues, no hemos construido una civilidad sino una barbarie basada en la exclusión, el odio, el hambre, la pobreza y las desigualdades. Y, no en la solidaridad, la ternura, el amor, la justicia y la integración social. Y, esto posibilitó la fragmentación y el enfrentamiento entre los colombianos. Asimismo, la característica básica de este mundo común no radica en la palabra, el dialogo y la convivencia pacífica, sino en la exclusión y el poder del más fuerte. El espacio público que posibilita la “acción” y la “palabra”, se cerró a la mayoría de los colombianos. Por eso, se hace necesario repensar y revisar el contenido de lo político y las instituciones, y la acción en la esfera pública de forma no tradicional. “El objeto de la política está ligado precisamente a la preocupación por el mundo y, por ello, a los gestos dirigidos a estabilizar la convivencia de seres perecederos a través de una comunidad de diversos” –expresó Hannah Arendt. En este punto recordemos que el mundo hecho por el hombre es un espacio de libertad que posibilita el desarrollo de las “potencialidades” humanas. Y, no un ámbito donde el dolor, el odio, el sufrimiento y la muerte, determinen la vida de la sociedad.

Decía hace poco en el periódico El País de Madrid-España, Hernando Llano Ángel: “El régimen político, obviamente, es mucho más que las instituciones formales y sus gobernantes electos, aunque en todas partes aparezcan como sus representantes visibles y protagónicos. Pero, en la realidad de la vida cotidiana, el régimen es el conjunto de mediaciones, tanto las institucionales, formales y legales, como las informales y más o menos ilegales, que en últimas determinan quiénes gobiernan, cómo lo hacen, qué intereses sirven y a quiénes terminan favoreciendo con sus políticas y decisiones. Es, por tanto, un conjunto muy vasto y complejo de relaciones, que va desde los aspectos más visibles, apareciendo el Estado con todos sus rituales e instancias de representación como el más perceptible y ostentoso, hasta las relaciones más invisibles, simbólicas y prosaicas que sostenemos en los ámbitos políticos y sociales.

 

Dichas expresiones hacen parte sustancial de todos los regímenes políticos y definen precisamente su existencia, instituciones, gobernantes y la calidad de vida de los miembros en una sociedad.

Esas instituciones son una miríada de poderes que van desde el respetable entramado financiero y empresarial que articula discreta y legalmente a los poderes de facto de economías más o menos ilegales, como el contrabando, el narcotráfico, la minería, la trata de personas y demás recursos procedentes de bandas criminales, hasta los millones de-votos promovidos por persuasivos y fanáticos pastores cristianos que definen en las urnas a los ganadores”.

Para reevaluar y reinscribir los hechos históricos y poder narrarlos en perspectiva. Esta visión del mundo y de la vida en la actualidad, posibilitará la búsqueda de la paz y la convivencia. Los hacedores de violencia y de guerra, se olvidan que somos habitantes de un mundo humano hecho por los hombres, que en cuyo seno hay espacio para desplazase y compartir perspectivas distintas. Que la libertad aparece con el intercambio con los demás y no con nosotros mismos.

 “La libertad es la impronta que el hombre libre da al destino”; dijo Ernst Jünger.

De ahí que el destino de los colombianos no puede estar hipotecado a asesinarnos los unos a los otros. Sino la búsqueda colectiva de un mundo donde podamos “actuar” y “hablar”, coexistir y transformarnos en la medida que lo hacemos. “Lo que en este espectáculo resulta irritante es que en él la mediocridad va asociada a un poder funcional enorme”. Estamos gobernados por hombres mediocres y belicistas que se unen para que en cuya presencia se pongan a temblar miles de seres humanos. Son hombre de cuyas decisiones depende no sólo la vida de esos miles de seres humanos, sino de niños, hombres, mujeres y ancianos, que el único pecado que han cometido es haber nacidos pobres y desamparados. Este “tipo” de gobernantes son experto en demoliciones, dejar a la vera del camino del devenir histórico y de la actualidad, un montón de esquirlas de huesos rotos y de vidas tiradas a la vera del camino.

Ninguna de esas escenificaciones de la esfera política en el espacio público, contribuye al arte, la cultura, al carácter, ni a la coexistencia pacífica. Sino al despilfarro de la vida y de la energía vital del pueblo colombiano.

Nos recuerda nuevamente Hernando Llano Ángel: “Por todo lo anterior, no es una exageración afirmar que el régimen es la corrupción, mucho más que un asunto de algunos partidos o la personalización maniquea e hipócrita de los adversarios de turno, de la que siempre hacen gala en campaña todos los candidatos y juran solemnemente erradicar con grandilocuentes consignas como “No más tolerancia con la corrupción”, “No más casa por cárcel”. “No más impuestos”. Ya es hora de dejar tanta ingenuidad y reconocer que el problema de fondo no es la corrupción, sino propiamente el régimen establecido”.

El Estado de Derecho, el Sistema democrático y la sociedad, han sido mancillados por la incompetencia y el abuso de poder.

En este estado de cosas, no hay un destino más desesperanzado que caer en un proceso en que el derecho se ha convertido en un arma. Sabemos que en todo proceso de cambio se dan atrocidades e injusticias, pero el tiempo histórico es implacable con los verdugos. Causa desasosiego el hecho de que la crueldad, la injusticia, el sufrimiento, el dolor y la muerte, “se hayan convertido en elementos constitutivos, en una institución de las nuevas formaciones de poder, así como ver entregada inerme a ella a la persona individual”. En este ámbito la población vive unas intromisiones horrorosas. “La vida se vuelve gris, pero aún puede parecerle soportable a quien divisa a su lado la oscuridad, el negro absoluto”. Es comprensible que, en una atmósfera como ésta, la población tenga miedo y guarde silencio, es la que soporta las cargas de la violencia, la guerra y la muerte. No la cargan las minorías selectas, sus hijos o familiares, sino “el hombre desprotegido y solo, y cuya inseguridad es también total. Sabemos que es del miedo de lo que vive el gran despliegue del poder, y la coacción adquiere especial eficacia en aquellos sitios donde se ha intensificado la sensibilidad”

Los que planifican la guerra de Gabinete o en los campos de Colombia, tratan de llevar a cabo en las personas una operación quirúrgica, extirpar como un tumor maligno la zona de la sentimentalidad, la libertad individual, de pensar, de juicio, de opinar o de crítica. Porque se trata de expulsar la amistad, el amor, la solidaridad, el respeto, y excluirlos de la vida. Y, que ésta esté en todo tiempo dispuesta al encuentro con el dolor y la muerte. “Desde luego un espíritu cuya falta de discernimiento se revela en que confunda la guerra con el asesinato, o el crimen con la enfermedad, elegirá necesariamente en la lucha […] el modo menos peligroso y más deplorable de matar”. En una atmósfera de violencia y odio, o, “en una situación dominada por leguleyos los únicos sufrimientos que llegan a los oídos son los de los acusadores, pero no los de los indefensos y silenciosos”.

Lo importante de la esfera pública política es, que nos enseña a no renunciar por completo a la capacidad de “juzgar” y de “decir” o, en otras palabras, a la capacidad de pensar y al lenguaje. Y, por una cuestión puramente personal e individual, me veo inclinado a coincidir con el poeta W. H. Auden, y decir:

                            Los rostros privados en los lugares público

                            Son más sabios y agradables

                            Que los rostros públicos en lugares privados.

El pensador y el político ocupan esferas diferentes en la sociedad, uno se deja seducir por lo inmediato, su vida hace parte de los fenómenos de la vida cotidiana; en cambio el pensador –de la política, la filosofía, la estética, la historia, entre otros-, “se diferencia de otras actividades humanas, es una actividad invisible, no se manifiesta hacia el exterior, y cuenta además con un rasgo característico: no tiene ninguna urgencia de aparecer ante los demás y su impulso por comunicarse con los otros es muy limitado”. Sabemos que la “filosofía es una ocupación solitaria y no debe extrañarnos que se haga más presente su necesidad en tiempos de transición, cuando los hombres dejan de confiar en la estabilidad del mundo y en el papel que juegan dentro de él, y cuando las cuestiones que hacen referencia a las condiciones generales de la vida humana […] cobran de nuevo una especial relevancia”.

Existen sectores de la sociedad colombiana que exaltan la violencia, la guerra y la muerte, sobre el decir y la acción política en la esfera de lo público. Porque jamás han tenido un compromiso moral o ético, con un bios theoretikos, con la vida contemplativa, con el pensamiento, con la espera o el silencio, sino con la algarabía del guerrero, el hombre de acción: el que se vale de la racionalidad para alcanzar fines utilitarios. En comparación con la violencia que unos hombres ejercen contra los otros: unos hombres quitan la vida a otros. Y, la violencia ejercida contra la cultura degrada la experiencia, el lenguaje y los movimientos del pensamiento. O, en otras palabras, los preceptos, las ideas, los valores, las nociones, los principios y la cultura. Son símbolos que legitiman la crueldad, la irracionalidad, la violencia y la muerte.

Como dije en mi texto, “Sobre el dolor, el miedo y la muerte. Aproximación cultural a la época actual”: Puedo asegurar que la guerra que se libró en Colombia, en la segunda mitad del siglo XX destruyó generaciones de talentos morales e intelectuales. Y dejó a la vera del camino, como escombros humanos a muchas de las mejores personalidades del futuro del país. Sabemos entonces que “reservas decisivas de inteligencia, de elasticidad y talento político quedaron aniquiladas”. Ahora en los frontispicios del siglo XXI, no se trata de revivir las heridas, los dolores y los sufrimientos, y caer en un pozo sin fondo donde la violencia, el miedo, el sufrimiento, el hambre, las discriminaciones, prevalezcan sobre la acción política en la esfera pública, el discurso y la convivencia pacífica entre los colombianos. Se trata de superar entre todos, la involución social, y que, de las cenizas del odio, del secuestro, de los desplazados, del dolor, de los vivos y de los muertos, como la Lechuza de Minerva al anochecer, renazca la Palabra, la tolerancia, la ternura, el dialogo y la paz.