domingo, 23 de julio de 2023

EL ATAVISMO EN LAS SOCIEDADES ACTUALES


 

Antonio Mercado Flórez. Pensador y Ensayista.

 

En el texto Sobre el dolor. Aproximación cultural a la época actual. Que publiqué en el año 2017, reflexioné sobre una pluralidad de temas que conciernen al hombre actual. El arte, la ciencia, la técnica, la historia, la poesía, la novela, la antropología, la arqueología, el mito, la música y la cultura en general. Reflexioné desde una perspectiva epistémica, metafísica, filosófica, política, social, etc. Hice un análisis interdisciplinario donde este conjunto de saberes y prácticas sociales, abren una multiplicidad de umbrales para entender, analizar, pensar y criticar el mundo y la realidad en que vivimos. Este es una síntesis del tercer capítulo visto con los ojos del presente-actual.

Así que, Walter Benjamín expresó, sobre Las afinidades electivas, de Goethe: «Ningún sentimiento es más rico en variantes que el miedo. Así, al miedo a la muerte se le asocia el miedo a la vida, como al tono fundamental sus innumerables armónicos». Es más, ningún ámbito de la vida humana está amparado ante el acoso del dolor, del miedo y del sufrimiento. El miedo, además de ser uno de los síntomas de la época actual, sustituye a la solidaridad, el amor y la ternura. Dice Ernst Jünger: «En tiempos tranquilos resulta fácil encubrir el hecho de que el dolor no reconoce nuestros valores».

Esto permite darnos cuenta que cuando el azar o la fatalidad tocan nuestras vidas, sentimos en lo profundo de nuestro ser que frágil y deleznable somos. Si golpean sin esperarlo «esos azares, que son los más habituales de todos, empezamos a sentirnos desconcertados». Así pues, cuando perdemos a un amigo o a un ser amado, nos damos cuenta que somos habitantes pasajeros de un mundo atroz y repugnante. Y, tomamos consciencia que somos parte de un ámbito donde priman las necesidades, las desdichas, la violencia, la desesperanza y la crueldad. Entonces, nos arrodillamos levantando nuestras manos a los cielos estrellados y pedimos clemencia a los dioses.

Y nos damos cuenta de lo indiferente «que le resulta al germen patógeno destruir una brizna de paja o un cerebro humano». Existen tiempos en los que se intensifica la sensibilidad ante el dolor, el temor y la muerte, que proyecta el espíritu sobre las cosas. «A medida que aumenta la amenaza nos invade también la duda de la validez de nuestros valores. El espíritu se inclina a una concepción catastrofista de las cosas en los sitios que se encuentran en entredicho»

En este orden, el espíritu proyecta en lo concreto su tragedia. Entonces éste, cual llama de la vela, alumbra en medio de la oscuridad del mundo actual. «Debemos dejarnos calentar por el espíritu», dijo Ludwig Wittgenstein. De esa manera retornamos más a nosotros mismos y podemos ver las cosas del mundo y de la existencia con tranquilidad, con suma tranquilidad. Hay que rehacer la solidaridad, la verdad, el amor y la paz, para poder encontrarnos más a nosotros mismos.

En la época actual se concatena la concepción catastrofista de las cosas con la extinción de las lenguas, las civilizaciones, las culturas y los pueblos, que han hecho posible la vida sobre la Tierra. Así que, en un grado inferior de la catástrofe se sitúa el frágil y diminuto ser humano ante las adversidades de los elementos y la furia del ejercicio del poder.

Como dice Jünger: «El camino es más importante que la meta por cuanto puede convertirse en meta cada momento, ante todo en el de la muerte. Desde los inicios se tuvo conocimiento de que no podemos saber ni de dónde venimos ni adónde vamos, y se sospechó que nuestro estar aquí en la Tierra, nuestra presencia en ella, es tan solo una breve interrupción del camino».

A la vez nos aclara: «Eso no quiere decir que la meta carezca de importancia, únicamente significa que desde ella no es posible enjuiciar el camino. Este contiene más cosas de las que han sido alcanzadas —por ejemplo, las posibles—. Cualquiera que sea el punto en el que se ponga fin al camino —mejor sería decir en el que se “interrumpa”—, el camino encierra una totalidad».

El camino contiene fuerzas destructoras y reparadoras, que empujan a una vida joven y lozana, por ejemplo, a entregarse a la muerte en el combate. Pero también potencias que restauran imperceptibles al frágil y deleznable ser humano de los avatares de la existencia. Esas fuerzas poseen un hálito Cósmico que unen al Cielo y la Tierra, al Hombre y los Dioses. Además, cada punto del camino no solo encierra a la muerte, sino también la posibilidad de la esperanza sobre la Tierra. En cada uno de sus puntos se revela el misterio que encierra como totalidad.

Así pues, cuando las constelaciones Cósmicas y Telúricas se manifiestan a los humanos, el Árbol de la Vida posibilita que el hombre llegue a la cumbre del Universo: el Cielo supremo. Se presentan ante nosotros como el mismo depósito de la vida y el Señor de los destinos. De ahí que en las culturas arcaicas del Antiguo Oriente y precolombinas el Árbol del Mundo se transfigura en Árbol de la Vida y la Inmortalidad.

De este modo, la lucidez de la consciencia revela que nuestros valores no responden a la angustia que acompaña a los hombres desde la Antigüedad; tampoco se encuentran a la altura para responder al Mal universal: el odio, el miedo, el sufrimiento, el hambre, el poder de la sangre y de la muerte, que implementan las fuerzas del Gran Poder.

Entonces nos damos cuenta de que la intensión de encontrar un apoyo en nuestros valores se está desvaneciendo. No existe aprendizaje más definitivo y experiencia más profunda que la que deja el dolor, el miedo y la desdicha. Así sentimos que sus contenidos se graban con hierro candente en el corazón y el alma de los seres humano. También perduran en el inconsciente colectivo los momentos menos inesperados de la existencia, de la naturaleza, y se manifiestan en el hambre, el desempleo, las migraciones forzadas, las pandemias, las guerras, la violencia, las masacres y la destrucción de la naturaleza.

Aquí se confirma que el progreso y el desarrollo dejan tras de sí escombros humanos y materiales.

Somos víctimas de poderes anónimos mundiales que solo son un trasunto de los telúricos. Jünger cree que no son pesimistas las perspectivas de un Estado Mundial, pese a una serie de bellacos que han aspirado a él y cuyo fracaso hemos presenciado. La potencia creciente tanto de los medios de transporte como de los medios de aniquilación llegaría a ser catastrófica si no hubiera una fuerza central que mandase en ella. Pero el Estado Mundial responde a las élites gobernantes, porque lo único que desean es apropiarse los recursos naturales y dominar la existencia humana y los pueblos del mundo. El caso, por ejemplo, de Putin en Ucrania, es diciente.

Ahora, ¿qué buscan los sátrapas y verdugos de nuestro tiempo? Paralizar el pensamiento, las acciones humanas, disolver los sentimientos y la pérdida de la capacidad de asombro, ante el horror, el dolor, el sufrimiento, y las calamidades que dejan tras de sí el ejercicio del poder.  Para así, convertir al hombre en objeto o en número. Pero también para extirpar de él, como un tumor maligno, la actitud estética de la vida, ya que posibilita que el ser humano adquiera la jerarquía de persona. Y, que se tome consciencia que la estética es la madre de ética. En todo caso, permitan responder a las verdaderas necesidades materiales y espirituales del hombre.

Si en la actualidad la historia es catástrofe, barbarie y destrucción, estas se ponen la máscara del Estado y sus instituciones y el vestido que mejor les sienta es el del poder, la ciencia y la técnica. Por eso la barbarie del mundo actual «se esconde detrás del concepto de cultura». Como expresó Imre Kertész: «El orden mundial es el encanto cotidiano del mal. Algún error terrible, alguna ironía diabólica actúa en el orden mundial, que, sin embargo, se vive como una vida normal, y ese error terrorífico es la cultura, el sistema de ideas, los valores, el lenguaje y los conceptos, los cuales se ocultan ante el hecho de que llevas tiempo siendo una pieza bien engrasada de la maquinaria para tu exterminio».

Así pues, el orden mundial se convierte en un reflejo del Mal en sí, además no necesariamente relacionado con la barbarie, sino con la catástrofe de la condición humana y las fuerzas que deshumanizan al hombre. Aquí podemos vislumbrar la reflexión que Jünger realiza en el texto La tijera; donde da cuenta de la alteración del Orden Mundial y del Orden Telúrico. Dice que todo acontecimiento en la vida del hombre o en la naturaleza está acompañado por signos que anuncian la catástrofe o la furia de las fuerzas elementales.

Percibe que se están dando cambios a escala planetaria: «Una revolución telúrica viene a dejar en la sombra a la revolución mundial. Esa revolución de alcance cósmico conlleva nuevamente el doble perfil; por un lado, su rostro destructor, y por otro su esperanzado semblante. Destruimos el mundo, pero a la par otras fuerzas silenciosas de poder se manifiestan.

En este orden de convulsión, estallidos, cáncer en la tierra, crisis ecológica terminal de un lado y apariciones maternales que se multiplican por el otro. Todo ello tendrá algún significado. Los crepúsculos de los dioses van asociados a esas catástrofes naturales. Ya sería hora, en todo caso, de que los dioses volvieran a salir alguna vez de su reserva. Hay expectativas de eso…».

  «Junto a lo que nos destruye surge lo que nos salva», dijo Friedrich Nietzsche.

Al lado de la hecatombe aguarda la esperanza; así el viejo mundo cede su espacio al que viene. Todas las cosas se interrelacionan; las cosas nuevas y viejas se concatenan de diferentes maneras. «No es la revolución mundial la que trae las mareas vivas; las trae la revolución telúrica, que está detrás de aquella. La revolución telúrica es la que modifica las amenazas (la que cambia, por ejemplo, la amenaza económica en amenaza ecológica, o la amenaza de la guerra en amenaza de exterminio sin más).

Ya no puede decirse que exista la guerra en sentido clásico. La destrucción llega a ser telúrica, es como si cayese un bólido del cielo. Es algo que acontece a niveles meta-históricos; de ello dan testimonio los cráteres erosionados por el tiempo».

De ahí que el desarrollo de los procesos, la ciencia y la técnica, se expresan en varios umbrales: en el desarrollo armamentístico, el confort, el bienestar social, los lenguajes digitales, las redes sociales, la Inteligencia Artificial, o las comunicaciones globales inmediatas. Ante todo, se percibe que la guerra se convirtió en algo permanente. Vivimos un combate constante, de ello no se salvan ni los pacifistas. Como expresó Jünger: «Tengo esperanza, pero no con respecto a nuestro tiempo».

Porque la acción de la espera que se constituye es una acción liberadora. «Envolvente, que transformará el mundo entero: liberando a los oprimidos y purificando a los envenenados». En este orden la espera de un tiempo diferente ya está contenida en el tiempo actual. En el Muro del Tiempo se esculpe la doble cara de Jano, la que tiene que ver con lo aquende y allende del tiempo, la luz y la oscuridad. Nos damos «cuenta de que todo esto, en nuestro tiempo, todavía no es posible. Los titanes (el técnico y el colectivo técnico), aún son y serán demasiado fuertes. (Alain De Beniost). 

Sabemos que ya empiezan a verse las primeras grietas de los valores de la cultura occidental y de los Leviatanes, y se perciben fragmentos de lo elemental. Así pues, en el siglo xx prevaleció la ideología, la economía, las relaciones de producción, los modos de producción, la técnica, la ciencia y el ejercicio del poder. Ahora están cediendo su espacio al conocimiento, a la tecnología y al fenómeno cultual.

Al mismo tiempo, los poderes míticos, atávicos, que estaban dormidos en el tiempo, se están despertando con una fuerza descomunal que destruye lo que encuentran a su paso. Son poderes violentos que desean crear el caos, el horror y el dolor, y sembrar en las sociedades el miedo y la destrucción total. En nombre de sus creencias y de sus dioses, buscan la uniformización de la sociedad, la objetivación del ser humano y doblegar la libertad. Se percibe que esto arrastra tras de sí la consideración pesimista de la historia.

En este estado de cosas, la esperanza se sustituye por la apatía, el pesimismo, el dolor, el miedo y la muerte. Es más, en el mundo actual se demuestra que el miedo nos habla desde la silenciosa inmersión en sí mismo; pero a la vez desde los contenidos objetivos de la propia vida. Rompe todo lazo de unidad y solidaridad del ser humano. De ahí la soledad que hay en la vida del hombre y, ora dolorosa, ora insolente, nos arrastra al mutismo total.

Como dice Benjamín desde Las afinidades electivas, de Goethe: «Pero desde ambos habla el miedo a la vida: el miedo a su poder y su amplitud desde la meditación, y el miedo a su huida desde la concepción globalizadora».

 Así que, el mundo simbólico del miedo se corresponde con el contenido objetivo de la existencia, pero no con el contenido de verdad de la vida. Por eso el Gran Poder desea que el ser humano dirija su atención a lo llamativo, pero no a lo significativo de la existencia, del mundo y su realidad.

 Por tanto, lo que busca es intensificar la sensibilidad del ser humano hacia el dolor, el miedo y el sufrimiento; pero no examinar y reflexionar sobre la importancia del espíritu en la vida del hombre. Eso crea una especie de zozobra e indiferencia hacia la simplificación del mundo, la aniquilación del valor y de la existencia.

Esto no es tan raro como parece en un mundo donde prevalece la desdicha, la exclusión, la violencia, la guerra, las migraciones forzadas, la xenofobia, el racismo, el nacional-populismo de izquierda o de derecha, el hambre y la falta de oportunidades.

Preguntamos, ¿qué les espera a las nuevas generaciones del mundo dominado y destruido por el atavismo ideológico y racial y el Gran Poder?

                                 Madrid-España a 23/07/2023

miércoles, 19 de julio de 2023

Del arcaico mundo simbólico de la mitología al mundo de las sociedades modernas

Antonio Mercado Flórez. Pensador y Ensayista.

 

En la historia del espíritu humano hubo un tiempo según la filosofía y el mito” clásico”, que las cosas del mundo, la vida y el cosmos, se concebían en las formas del tiempo geológico, circular, cosmogónico. Donde primaban los sistemas cíclicos, discontinuos del tiempo y la vida. Como dijo Ernst Jünger: lo que a estos últimos les corresponde en el mito es el titanismo con su eterno retorno. A los titanes les basta la peregrinación cósmica, el eterno retorno.

Es el tiempo que retorna con presentes a los habitantes de la Tierra -el de Dionisio, Apolo y Pan. Representan la continuidad orgánica entre la vida y el mundo, lo vegetal y lo animal, el hombre y el cosmos. Se gesta así el misterio de la vida y la muerte, el fuego y la oscuridad, lo terrenal y lo celeste, el tiempo que camina y permanece, lo sustancial y lo accidental, los dioses de las estrellas y los humanos.

Así que, la mitología no es, como defienden los teóricos neoclásicos del Renacimiento, la invención pintoresca de los poetas con la pretensión de estimular nuestra imaginación; tampoco, como mantuvieron los racionalistas, fabulas falsas difundidas por sacerdotes sin escrúpulos u otros charlatanes interesados, para engañar o adormecer a las masas ignorantes.

Los mitos según Giambattista Vico, son formas de ver, de comprender, de experiencia y de reaccionar ante el mundo; y resultan plenamente inteligibles probablemente sólo para los que los crearon y los que creyeron en ellos, esto es, para las primeras generaciones de hombres. Puede decirse que dentro de aquellas [fábulas] estaban descritos por las naciones mediante los sentidos humanos los principios de este mundo de ciencia, que posteriormente con raciocinio y con máximas nos han sido esclarecido por la reflexión particular de los doctos.

Las mitologías son “historias civiles de los primeros pueblos, los cuales se hallan que fueron en todo y naturalmente poetas”. Dicho de otra manera, son formas naturales de expresión de lo que sintieron, pensaron y hablaron, de forma tal que sólo podemos comprenderlo en la actualidad con un gran esfuerzo de la imaginación. Ernst Jünger dice: “intempestivo” contemplar cosas tempestivas en el espejo del mito. En él se ven siempre cosas nuevas, pero tras ellas se vislumbran en cada momento las mismas. En cuanto instrumento de contemplación, ese espejo va más allá del tiempo y la distancia.

Vico pregunta, ¿cómo puede nuestra imaginación racionalista y abstracta comprender que Júpiter es a la vez el padre de todos los dioses y también todo el cielo? O ¿cómo la naturaleza puede ser simbolizada como una inmensa mujer o un vasto cuerpo animado que siente pasiones y afectos? Recordemos que para nosotros resulta casi imposible pensar o sentir en términos de categorías “corpóreas”, y “poder entrar en la basta imaginación de aquellos primeros hombres”. Los dioses de los antiguos  –de los griegos y los romanos, por ejemplo- no son demonios -como enseñaban los primeros teólogos cristianos-, ni sus cualidades y construcciones poéticas e históricas son productos deliberadamente elaborados durante un largo período de tiempo en aras de la contemplación estética, sino que son las creaciones “poéticas” (esto es, generadas por el Volksgeist) de la primitiva consciencia humana actualmente muerta, fosilizada y disponible para que los expertos lleven a cabo disecciones y análisis. (Vico).

De ahí que el mito sea más fuerte que la historia; es algo que apunta a una etapa temprana del viaje. Si el mito supera el tiempo, el espacio y la causalidad es algo que encuentra su igual tan solo en los sueños. (Jünger).  Los mitos son el modo específico de expresión de la imaginación colectiva de los hombres primitivos, y para los críticos modernos son la fuente de conocimiento más rica de todas en relación con los hábitos mentales, físicos y las formas de vida de sus creadores. Las fabulas son historias verdaderas de costumbres.

Así, “la mitología es la primera ciencia que se debe establecer”.

Los mitos representan los poderes, instituciones y cambios en el orden social. Dioses, héroes y mortales son en cada caso un mito y un símbolo. (Vico). Reflejan la realidad de la época de la que surgieron. No son ficciones deliberadas de ensoñaciones poéticas, ni conceptos a-históricos de filósofos y críticos, sino un mundo simbólico que contiene y expresa, lo que pensaban y hacían esos hombres en una época temprana de la humanidad.

Asimismo, Vico vio en Homero no una persona individual que escribió la Ilíada y la Odisea, sino el genio nacional del pueblo griego mismo, en tanto que articula la visión de su propia experiencia a través de los siglos.  Homero es la imaginación creativa de todos los pueblos griegos; “todos esos pueblos griegos fueron este Homero”. Cree que existen símbolos permanentes en la imaginación –en los procesos mentales semi-conscientes de los individuos y de los grupos, desarrollándose cada uno a su propio ritmo-.

Que determinadas imágenes aparecen recurrentemente en la historia de la humanidad, como la salvación y la resurrección, el cataclismo y el renacimiento; que los mitos, la magia y los rituales pueden ser un modo natural -de hecho, el único históricamente posible- que describan la experiencia de seres humanos en un estadio lingüístico dado y eo ipso de desarrollo social y psicológico. Son imágenes, representaciones, experiencias, símbolos, que han modificado las experiencias, las ideas y los conceptos sobre la historia, el pensamiento y la cultura, tanto nuestras como la de otros seres humanos.

Se trata de percibir que la mitología, la filología, la antropología, el arte, la arqueología, la novela, la historia, la poesía, la religión, la música, la filosofía, y la cultura en general, posibilitan estudios interrelacionados e interdisciplinarios a cerca de las épocas antiguas de la humanidad. Y valiéndose de métodos empíricos se pueda descubrir la estructura y el significado que está por debajo de la experiencia social en su movimiento histórico. Vico es el autor de la idea de que la lengua, los mitos, los vestigios del pasado, reflejan directamente las diversas formas en que las realidades sociales, económicas o espirituales se refractaron en las mentes de nuestros antepasados.En la modernidad estos estudios de literatura comparada se han realizado a partir de Hegel, Marx, Durkheim, Comte, Weber, Freud, Frazer o Jung. Así que, la investigación que quiera abarcar a estos hombres remotos debe valerse de las imágenes lingüísticas, la imaginación, el recuerdo y la memoria, para comprender las mentalidades, la cultura y el entorno de estos hombres ignotos.

 Tengamos presente el mito griego:

 En Grecia la religión estaba totalmente integrada a la sociedad, hasta el punto que no había una sólo esfera de la vida que no tuviera su aspecto religioso. Nacimiento, edad adulta y muerte, guerra y paz, agricultura y comercio o política son hechos y actividades que se acompañaban con rituales religiosos y eran objeto de reglas religiosas; incluso “hacer el amor” (aphrodisiadsein) se expresaba haciendo derivar el verbo de Afrodita, la diosa del amor.

Cuando Heródoto quiere describir la religión de los pueblos vecinos utiliza la expresión “adorar a los dioses” (sebesthai tous theous) y cuando describe la nación griega habla de “la sangre común, la lengua común y los santuarios y sacrificios comunes”. Se deduce que la religión estaba integrada en la vida del pueblo griego e implicaba una ausencia real de religión privada. El culto era siempre una actividad pública y comunitaria. La completa integración de la religión en la vida también influyó en la conceptualización de lo sagrado.

Para el cristianismo y el islam, la religión griega era politeísta. Así que, en el politeísmo, el panteón constituye un sistema en el que los dioses bien pueden complementarse, bien oponerse entre sí. Al contrario del Dios Uno, para los judíos y los cristianos o Alá para los musulmanes. Dios es omnipotente, omnisciente, suya es la grandeza, la fuerza, la magnificencia, el esplendor y la majestad; suyo es el reino y se levanta por encima de todo. Es alfa y omega, de él proceden las riquezas y la gloria.

Los dioses del politeísmo, en cambio cubren sólo un ámbito determinado de la realidad. Su importancia depende de dicho ámbito específico. De ahí que la totalidad de los dioses abarcaba toda la realidad y fue sólo en la época helenística cuando la fe en un solo dios, pistis, se hizo posible. Así que, sólo después de la aparición del cristianismo y del judaísmo aparecen las conversiones.

Al nombre de la divinidad se le daba contenido a través del mito, que narraba su familia y sus hazañas. Los vínculos familiares eran una forma de establecer conexiones entre las divinidades o de indicar funciones a fines. Leto, madre, Apolo y Artemis, hermanos tenían conexiones afines y estaban relacionados con el rito de la iniciación. De ahí los Himnos Homéricos presentan a los dioses de diferentes maneras, a Dionisio, por ejemplo, lo relaciona con “un muchacho al borde de la adolescencia”, y a Apolo como “un vigoroso joven al borde de alcanzar la edad adulta”. El santuario de Apolo estaba situado en el ágora, como en Argos, en Dreros (Creta) y Olbia en Crimea. Sus diferentes ubicaciones quizá reflejen su posición ambigua entre la adolescencia y la edad adulta.

Recuerda Jacobo Burckhardt que, la interpretación de los mitos griegos por la ciencia moderna, es muy difícil en un pueblo que, como el griego, ha preferido olvidar la significación primitiva de las figuras y los hechos, cuyo simbolismo ha llegado a ser, o ha sido desde un principio, ingenuamente inconsciente, y que, además, ha recibido la influencia milenaria de un culto muy amigo de los sacrificios y la de un arte plástico de una riqueza infinita. En esta tesitura sus mitos cobrarían humana apariencia: se hablaría en ellos de los padres de la divinidad en cuestión, de los celos terribles que quisieron impedir su nacimiento, de luchas y enemistades con otras divinidades, y de divinidades protectoras.

 En este orden, el devenir del espíritu de la cultura griega posibilitó comprender el mito a través de las vías de asociación de ideas o la resonancia de las imágenes. Los dioses elementales dicen claramente lo que son, pero el resto de los otros grandes dioses algunos han cobrado tal multiformidad, que Zeus, Apolo, Atenea, Hermes, cada uno por sí, representa y provee casi todo lo que a los hombres interesa. No obstante, tenemos la remotísima dualidad de los seres divinos como protectores y destructores. Este aspecto humano y terrible lo poseen ya como dioses de la naturaleza; pero como se van acumulando en cada uno de esos aspectos rasgos de toda clase, su ser se hará cada vez más diverso. Apolo es el Dios de la luz, pero al mismo tiempo el que envía las epidemias y la muerte repentina.

Pero junto al poder de Apolo en la vida humana, de la que él sólo hubiera bastado para Señor, le corresponde a la vez, el triple patronato de la música, la adivinación y la medicina del cuerpo y el alma, y con ocasión de la primera atrajo a sí las Musas, que antes fueron cortejo de su propio padre Zeus; los rapsodas le enaltecieron sobre manera, por lo mismo que era un compañero. Se le fue juntando todo un haz casi inagotable de poder.

El dios Apolo solía ponerse en conexión con las asambleas anuales dorias, durante las que se integraba a los jóvenes en la comunidad de los adultos. Por encontrarse a medio camino entre la juventud y lo adulto, lo capacita para ser guardián de los ritos de iniciación y al mismo tiempo, centro de las instituciones políticas de la poli. Las sentencias: “Conócete a ti mismo” y “Nada con exceso”, se atribuyen a sus labios.

En suma: en la época clásica, la música, la poesía, la filosofía, la astronomía, las matemáticas, la medicina y las ciencias en general estuvieron bajo el control de Apolo. Enemigo del barbarismo, predicó la moderación en todo, y las siete cuerdas de su lira estaban conectadas con las siete vocales del alfabeto griego posterior, ya que tenían un significado místico y se usaban como terapia musical.

Dionisos es el dios más controvertido del panteón micénico. Según J. P. Vernant y su escuela, han analizado a Dionisos como el dios de la máscara, y le han definido como el Otro, el dios que es, al mismo tiempo, hombre y mujer, joven y viejo, y está cerca y lejos. El Dios afeminado parece estar en relación con la iniciación, en la que se solía vestir, temporalmente, a los jóvenes con ropa femenina. Pero, también se relacionaba con que fue criado por mujeres. Así que, los festivales en honor del Dios, simbolizan el jolgorio y a la vez la ruptura con lo establecido, el orden social.

 

A Dionisos le incumbe particularmente la vida y los cultos y fiestas han debido ser desde un principio mucho más populares y de tipo bien diferente que las fiestas de los otros dioses. Pero las delicias del vino y la embriaguez no agotan, ni con mucho su importancia; supone, además, otras incitaciones diferentes, correspondiendo a un amplio y oscuro dominio de la vida antigua, de la naturaleza humana en general, sobre el que jamás se expresaron con claridad los antiguos.

Entre los griegos Dionisos es el Dios que padece, muere y resucita. Y fuerza a los pueblos a participar en esta pasión. Como muerto se convierte en uno de los señores del Infierno, y su adoración mística cobra desde este momento otra nueva forma especial. Tras la máscara del dios de la fertilidad –dice Burckhardt- se oculta un ser extranjero. Un dios de origen camita que, en el extremo oriental del Asia Menor, entre los frigios, así como también entre los tracios, adquirió simbólicamente un ritmo salvaje y embriagador, y en repetidas invasiones remplaza en Grecia al culto de Dionisos.

De ahí que los Himnos Homéricos digan que “le placen el alboroto de las campanillas, el ruido de los crótalos, el resonar de las flautas y el aullido de los lobos y de los leones de mirada centellante, y las montañas retumbantes, y las gargantas silvestres”.

Con un cortejo acompañado por su madre, los sátiros y ménades, sus míticos seguidores, producen la locura. No enloquece sólo el que ofende al servidor de la diosa madre –rememora Burckhardt- sino asimismo el que llega a presenciar sus misterios o penetrar en sus santuarios sin estar llamado a ello. Tal como pasaba con el Templo y el Arca de Adonay el Señor de los israelitas. El que tocaba el Arca o el que traspasaba la línea del Tabernáculo sin ser invitado, moría insofacto. También Dionisos se vuelve loco una vez, según el mito griego, claro está, por disposición de Hera, y atraviesa tierras y mares para escapar a su mal.

¿Puede la alegría del vino y sus fiestas ser las más brillantes, y la representación de su mito dar ocasión a la comedia y a la tragedia? ¿pueden los seres y símbolos que le pertenecen, dar los más variados motivos a las artes plásticas y a las decorativas? Sabemos que detrás se esconde siempre su espíritu inquietante, que no se reduce sólo a atribuir en el mito a sus Ménades frenéticas toda clase de atrocidades, sino que en los mismos tiempos históricos exige a veces víctimas humanas, y envía locura y enfermedades sino se le ha prestado acatamiento.

Dionisos es un dios que exige confesión y acatamiento, hecho que ningún dios griego lo exige porque se ve como algo natural. Un dios que reclama adhesión y sumisión, que responde con muerte a aquellos que no lo cumplen. “En el mito, todos los que se resisten a ese dios sufren los más terribles castigos”. Las mujeres de Argos, por ejemplo, donde Dionisos no encontró adoración, se vuelven furiosas y destrozan en el monte a sus propios hijos; también las tres Miniades son presas de una locura criminal.

En las Bacantes de Eurípides, la tragedia representaba a sus seguidoras femeninas, las ménades, tanto en estado de serenidad, como también ejerciendo un ritmo salvaje y embriagador, cometiendo en estado de éxtasis los asesinatos y las atrocidades más execrables. Así, la relación que establece con los otros dioses revela la tensión existente entre caos y orden. Pues bien, no resulta extraño que se lo relacione con Afrodita, pues el vino y el amor iban también juntos en la antigüedad.

En efecto, algunas estatuas extrañas de Artemis, de Hera y de Dionisos, están asociadas a festivales de inversión de roles. Pero también se relaciona con la diosa Artemis, que vigila las fronteras de la normalidad, y supervisa la restitución del orden después de las fiestas dionisiacas. Según la mitología griega los dioses se erigen como guardianes del orden moral y social.

Dice Apolodoro: pero cuando los hombres estuvieron instruidos y honraron a Dionisos como Dios, sacó a la madre del Hades, le dio por nombre Tione y subió con ella al cielo. Este rapto simboliza el acto principal del drama sacro en las fiestas dionisiacas. Para Dionisos su mito, su culto y su persona, son una y la misma cosa.

La Antigüedad tuvo hasta el final un trato familiar y continuo con personajes míticos; el acercamiento a éstos era mayor y tenía más carácter de presencia que el acercamiento a nuestros santos. La fuerza con que impresionaban a la muchedumbre los textos de la tragedia, que a nosotros nos resultan de difícil lectura, permite inferir que allí el lenguaje causaba un efecto directo y que ese efecto no presuponía la comprensión, sino que la creaba.

El mito ha estado dando vida a la poesía y al teatro hasta nuestros días. Acompaña como un sueño a la historia; y, “como el rocío”, es en lo más profundo de la noche cuando cae sobre la hierba. Es de suponer que los personajes míticos no han abandonado nuestras vidas, sino que siguen allí en nuestra casa en “todos los tiempos y en todos los lugares”. En épocas de transito como la nuestra podemos darnos cuenta que el simbolismo del mito se esconde detrás de los fenómenos históricos; por eso “el mito es más fuerte que la historia; ésta lo repite en variantes”. (Jünger).

Durante la conquista de América Latina, los españoles construían iglesias sobre los escombros de las Malocas o lugares de veneración e invocación de los dioses indígenas precolombinos. Así que, podemos darnos cuenta que el mito trasparece casi siempre en los cultos y rituales cristianos. El Santuario de las Lajas en Nariño-Colombia lo testifica. De ahí que en épocas de transito los hechos históricos son más débiles que la simbología mítica.

No obstante, tejemos la historia sobre los estratos fósiles que hemos dejado tras de sí; sobre los escombros de la memoria esparcida en el devenir del tiempo; de ahí que, son significativos la rememoración y el recuerdo para que el mito se ponga el vestido de lo actual. Los lenguajes digitales, la imagen pictórica, las maquinas o la velocidad, frente a eso son sólo fenómenos secundarios. Así pues, “la estructura y el significado que está por debajo de su experiencia social en su movimiento histórico”, perduran en el mito. Son débiles reflejos del espíritu que ha estado siempre ahí, presto a la invocación o, a la veneración.

Ahora bien, según la mitología de Grecia antigua, Gea, la Naturaleza y madre de Urano que representa al cielo, son los padres de los titanes. Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto, Tea, Rea, Temis, Mnemósis, Febe, Tesis, Cronos, son los titanes. Pero también se habla que Quirón, Prometeo o Hefestos, aunque son dioses del Olimpo, se les consideran titanes. Los titanes guiados por Cronos destronaron y mutilaron a Urano. Entonces, Cronos reinó sobre la tierra y sobre los dioses; y devoraba a sus hijos para que no lo destronaran. Entonces la mitología de los titanes está reflejando en la actualidad, un débil del espíritu primordial.

¿Quiénes son los titanes? Son los señores del tiempo; se muestran directamente en el cosmos, mientras los cultos llegan y perecen. A los titanes les basta la peregrinación cósmica, el eterno retorno. Es más, padecen y mueren en el tiempo como los humanos. Lo divino sopla desde lejos –no desde lo eterno, sino desde lo intemporal-, germina y florece. Eso correspondería a la concepción de Spengler, según la cual las culturas son traídas como semillas y echan raíces en un determinado sitio para alcanzar así un despliegue más elevado, sobre todo en el arte. (Jünger).

Esto sucedió en la historia del espíritu occidental, al menguar la luz de los dioses griegos, se sustituyó por los mitos, cultos y rituales del Dios Uno y, posteriormente por los del Hijo del Hombre. Asimismo, hasta nuestros días han alcanzado un despliegue más elevado, no sólo sobre los otros dioses, sino también en la cultura, sobre todo en el arte, la música, la literatura, la arquitectura, la poesía, el teatro, el cine, etc.

En la época actual no se prevé el advenimiento de los titanes, porque están aquende el muro del tiempo, “aquí-ahora”. “Los titanes son semejantes a los dioses, pero no idénticos. También aquí, como luego en Nietzsche, se busca refugio en Dionisos”. Así, el creyente lo busca en el calor del espíritu del Dios Uno o, en su Hijo Jesucristo. Porque se intuye que, en el siglo XXI, tal como Nietzsche lo pronosticó será el tiempo de la espiritualización.

Por eso, se observan en el mundo manos tendidas hacia los cielos estrellados implorando el advenimiento de los dioses. Porque el materialismo, la codicia, la rapiña, el relativismo moral, el odio, la voluntad de poder, han hecho del hombre moderno un ser sumamente desgraciado. En la civilización actual la Gracia y el Espíritu sólo pueden retirarse a un rincón.

 Como dijo Ludwig Wittgenstein:

 “No por ello son algo así como atávicos y superfluos, sino que se ciernen sobre las cenizas de la cultura como testigos eternos […] casi como vengadores de la divinidad”.

                                             Madrid-España a 19/07/2023

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 14 de julio de 2023

LA PREGUNTA POR EL LENGUAJE

     

 

Antonio Mercado Flórez. Pensador y Ensayista.

 

Enrique Bernárdez, en el texto ¿Qué son las lenguas? Se pregunta sobre el origen del lenguaje, la relación que existe entre lenguaje, cerebro, cognición y sociedad. Tiene como objeto de análisis el lenguaje. “El lenguaje es algo que está en nuestras vidas desde el primer instante hasta el último. Nada más nacer escuchamos palabras en alguna lengua, incluso hasta el útero materno nos llegan ecos del lenguaje que no nos abandonará jamás”. (Bernárdez)

El lenguaje en el siglo XX, se convirtió en objeto de estudio de una pluralidad disciplinas: la filosofía, la sociología, la historia, la arqueología, la política, la psicología, la lingüística, que se plantean su origen hasta la relación que tiene con la cognición, la experiencia, la representación del mundo y su realidad, y la relación entre lenguaje y pensamiento. El lenguaje entonces es la retícula donde emerge y descansa la vida individual y colectiva del ser humano. El lenguaje dijo Martín Heidegger es, “la casa del ser” y sus guardianes el pensador y el poeta.

¿Qué es el lenguaje? ¿De dónde procede?

Podemos decir que el estudio de la evolución humana se relaciona con el cerebro y el lenguaje; por eso existe una correlación entre la evolución del cerebro y la conducta humana. La evolución del ser humano en su aspecto físico, biológico, en su conducta o el pensamiento, etc., se relaciona con el lenguaje. Algunos lingüistas, teóricos del lenguaje, piensan que éste se sitúa con el cerebro en el “centro” de la existencia humana: material, espiritual, mental y la experiencia que vive como tal.

Giambattista Vico (siglo XVII-XVIII) dijo que, “rastreando la historia de las palabras podemos rastrear la actitud hacia las cosas que expresan esas palabras, el papel que desempeñaron en las vidas que queremos comprender. Ese es el motivo que la historia de los lenguajes tenga una importancia crucial”. Así que, “la evolución de una lengua no es una mera evidencia, sino parte de la esencia de la evolución de la consciencia de la que la lengua es una expresión y con la que forma un todo”. (Isaiah Berlin).

De la misma manera, otros piensan que “el pensamiento es una forma del lenguaje”. Y otros que el lenguaje tiene un origen divino, tal como lo hacen los filósofos mesiánicos, Walter Benjamín, Franz Rosenzweig o, Germán Cohen. De ahí que toda conducta, pensamiento, experiencia, esté relacionado con él. Esto quiere decir que no existe una visión unitaria del origen del lenguaje.

“La lengua representa la idiosincrasia más profunda de un pueblo y una cultura y de las personas que participan de ésta. Si se pierde la lengua desaparece la cultura, y las personas quedan desarraigadas cultural, étnica y nacionalmente. De manera que hay que procurar que no desaparezca ninguna más. La lengua es parte de la cultura, de la identidad étnica e histórica”. (Bernárdez). Si prescindimos de ella y de la cultura, y dejamos morir los usos, las costumbres, los ritos, las tradiciones, los símbolos, en nombre del número o del objeto, de las imágenes en movimiento o, los lenguajes digitales de la cultura de lo efímero. Desaparece la identidad cultural, étnica y lingüística de un pueblo. O, dicho, en otros términos, desaparecen los pueblos como tales.

No se puede dejar la lengua al margen del resto de la cultura. Porque ésta es “un elemento fundamental en la vida del ser humano. Esto es: somos humanos porque tenemos lenguaje”.  Somos seres del lenguaje y quien define al hombre como hombre no es el cerebro, el cuerpo, el espíritu o los sentidos, sino el lenguaje. Éste ayuda a desarrollar el proceso cognitivo y de socialización. “Todas las lenguas que existen, han existido o puedan existir tienen gramática. La gramática es un componente esencial del lenguaje humano: no puede existir lengua (habla, dialecto, etc.) sin gramática”. (Bernárdez).

Sabemos que todos los pueblos poseen literatura, poesía, como todos tienen gramática, símbolos, signos, para denotar lo que existe. Pero también para comunicarse entre sí y con otros pueblos. Así que, la esencia del ser humano es enteramente lingüística, y la lengua comunica contenidos espirituales que le corresponden. Por eso, la labor del pensamiento es relacionar la esencia del Ser y del hombre con el lenguaje–al decir de Heidegger.

George Steiner dice que “la literatura es un lenguaje hasta cierto punto fuera del tiempo cotidiano que, al decir de Ovidio, sobrevive al tiempo mejor que el mármol o el bronce. Cuando la literatura es literatura, las opiniones o informaciones no pueden ser abstraídas ni para fraseadas –o sólo imperfectamente-. En el habla cotidiana, buena parte del material lingüístico es contingente, superfluo o decididamente convencional; podemos reemplazarlo con materiales análogos sin perder demasiado.

La literatura es lenguaje, pero lenguaje en estado especial: un estado de total significación, que es única en cada poema o fragmento de prosa. No es posible sustituir ningún elemento semántico, por más pequeño que sea. Dado que la literatura se deriva, en todo momento y por definición, de la historia y el uso de una lengua determinada, nuestra compresión de ella es esencialmente lingüística”.

Así pues, el lenguaje, en su defecto, sirve para hacer cosas, comunicar cosas, hacer literatura, poesía, y, por tanto, existe una función del lenguaje que suele llamarse estética. Ahora ¿qué es literatura? Ésta es un fenómeno social, cultural, y la sociedad y la cultura se interrelacionan en la narración literaria. De ahí que exista la función estética del lenguaje. Y, no podemos olvidar que, la estética es la madre de la ética. Porque el arte, la literatura, la música, la poesía, posibilitan sondear e interrogar la condición humana y, además, precisarla.

Coleridge dijo muy claro: “La lengua es la armadura de la mente humana y contiene al mismo tiempo los trofeos de sus conquistas pasadas y las armas de sus conquistas futuras”. El lenguaje es el halo luz que da forma, ubicación y organización a la experiencia humana. “Hablamos del mundo” y el poeta lo hace con excepcional riqueza y precisión. (Steiner). Wittgenstein afirmó que la filosofía es esencialmente “una terapia del lenguaje” y su tarea natural y esencial es clarificar el uso de la sintaxis y proponer un cambio radical de actitud. (Steiner).

Hay que tener presente que el estudio de la evolución humana está relacionado con la lengua y la cognición del ser humano. Además, existe una correlación entre la evolución del cerebro y la conducta humana. O, en otras palabras, entre la evolución del ser humano en su aspecto físico, biológico, de conducta y el lenguaje. Estas son esferas que están correlacionadas entre sí. “Y si determinadas conductas y actividades humanas están relacionadas con el lenguaje, entonces será posible ver paralelamente la evolución de todos estos aspectos”.

Ahora, la teoría del lenguaje nos posibilita una pluralidad de elementos para estudiar el origen de éste o, el lenguaje propiamente dicho: “Su relación con el cerebro, con las actividades no lingüísticas, con la conducta social, incluida la cultura; categorización (conceptual) y su relación con el vocabulario, relación del lenguaje oral con el gestual y con otras formas de expresión, con la actividad simbólica; relación entre el posible origen del lenguaje y la característica de las lenguas que conocemos; cambio lingüístico y contacto y mezcla de lenguas”. (Bernárdez).

Así, la conversación, la comunicación, la traducción, vivir en un entorno comunicativo posibilita desarrollar las capacidades intelectivas, mentales, cognitivas del ser humano; o, activar el mundo simbólico, metafórico o, la imaginación creadora de “formas”. Cuando disminuye la conversación o la comunicación, disminuye la capacidad de asombro, de imaginación, de pensar y la cualidad de ser humano y no inhumano. Disminuye la capacidad de entendernos unos a otros en las esferas de la conversación, del arte, la música, la religión, el mito y la cultura en general; en este ámbito no existe correspondencia entre el mundo simbólico de la mitología y el mundo simbólico de la técnica moderna.

De ahí que Walter Benjamín diga en el ensayo Del lenguaje en general a la lengua de los hombres en particular, que Dios no puso en el centro del Edén el Árbol del Bien y del Mal, sino el de la Interrogación. Así que, al hablar el hombre se interroga a sí mismo, al otro y al entorno que lo rodea. Es decir, que el hombre es un ser lingüístico que se comunica en su lengua, connota e interroga, el mundo del que hace parte. Por eso, la lingüística y la poética están estrechamente relacionados; porque el lenguaje, el uso y la trasmisión del logos, son los contenidos espirituales sobre los que trabajan.

En este orden de ideas, el lenguaje posibilita pensar en imágenes, conceptos o de tipo inspirado. Ahora bien, el lenguaje debe asociarse con la cultura para desarrollar las potencialidades del ser humano. Porque es en la esfera de la cultura, la sociedad, donde el pensamiento y el lenguaje expresan los contenidos espirituales que le corresponden. “La utilización de un signo en ausencia total del objeto de la realidad al que se refiere es fundamental para el lenguaje. En lugar de establecer una referencia directa a la realidad se ha establecido una referencia a la representación mental de la realidad”. (Bernárdez).

Hay que tener en cuenta que, para entender el origen del lenguaje “las palabras corresponden a “conceptos”, de modo que estos tienen que existir para poder ser emparejados con sonidos. En segundo lugar, tiene que producirse el emparejamiento mismo”. Ahora, por la primacía de los lenguajes digitales, las imágenes en movimiento, las redes sociales, estamos en un proceso de reducción de la gramática, el vocabulario y la sintaxis, y este proceso está repercutiendo en el lenguaje y los movimientos del pensamiento. El lenguaje entonces no responde a los procesos mentales, a la creación de pensamiento. Somos parte entonces de una época en que la pobreza del pensar y del lenguaje, se relaciona con el empobrecimiento de la condición humana: la vida, el nacimiento, la muerte, la pluralidad y la mundanidad – al decir de Hannah Arendt.

Por la pobreza del lenguaje y del pensamiento estamos viviendo una reducción de la capacidad expresiva y comunicativa del ser humano. Así “podemos entender la sintaxis como resultado de la automatización de procesos lingüísticos”.

Además, por el desarrollo y la complejidad de las sociedades modernas, parte de la comunicación se lleva a cabo sin la presencia de interlocutores: “es el caso de la escritura, desde sus formas más primitivas. Muchísimo después han surgido formas de comunicación oral sin contacto visual alguno (teléfono, radio), e incluso sin contacto directo entre los interlocutores, como sucede en los chats de Internet. Todo esto hizo necesario organizar de modo muncho más preciso el lenguaje oral para poder tener éxito en la comunicación sin contar con el apoyo de los gestos”. Los teóricos del lenguaje creen que es en buena medida un instrumento de la vida social, que lo utilizamos para sustituir la realidad.

 Así que, “la evolución de la sociedad y de la cultura va pareja con la evolución de las necesidades lingüísticas: al hacerse más compleja la sociedad, las necesidades informativas crecen y el lenguaje va haciéndose cada vez más imprescindible, especialmente porque no puede esperarse ya que todo el mundo sepa de todo. Igualmente, la complicación de los útiles, las herramientas, las normas sociales y demás, obligan a trasmitir conocimiento por medio del lenguaje. Y eso exige una herramienta lingüística cada vez más flexible y, si queremos usar la palabra, más compleja”. (Bernárdez).

En la medida que la esfera social es más abstracta las necesidades lingüísticas son más complejas, “las lenguas cambian porque se usan y porque el uso pone unas condiciones que necesariamente producen inestabilidad. Si pensamos que el lenguaje es una cierta disposición mental y que su uso es secundario, el cambio no puede producirse sino es por una nueva mutación genética. El lenguaje en su unidad indisoluble con el uso, el cambio es consustancial a él, no un aspecto marginal” (Bernárdez).

Ahora bien, “las lenguas cambian porque entran en contacto unas con otras; cuanto más intenso sea el contacto, más rápido y drástico será el cambio”. Ahora si las lenguas cambian cuando se interrelacionan, de la misma forma cambian los hablantes. Aunque el ser humano sea el mismo desde hace cientos de años, las condiciones materiales, mentales, culturales y lingüísticas no permanecen inmutables. “Hoy día se considera un tipo fundamental de cambio lingüístico, de la gramaticalización, la transformación de una palabra en un elemento gramatical”.

No podemos olvidar que el lenguaje es a la vez un fenómeno socio-cultural e individual-mental, que se transforma así mismo en la medida que cambia la sociedad y esto repercute en la mente del individuo. Así, el pensamiento se transforma y con él el lenguaje que comunica. Por tanto, no hay que tener en cuenta sólo la estructura, sino también el uso del lenguaje y las condiciones en que tiene lugar, para considerar el cambio lingüístico.

Preguntamos, ¿para qué sirve el lenguaje? “Todos los seres humanos tienen lenguaje. Pero ¿para qué sirve? Sirve para la comunicación”. Si el ser humano no tuviera lenguaje no podría pensar; el pensamiento es una forma del lenguaje. ¿Qué comunica el lenguaje? Comunica contenidos espirituales y la esencia que define al hombre es, el Ser y el lenguaje. Ahora, desde un sentido social el lenguaje trasmite información y no debemos entenderlo solo como aparece en los medios de comunicación de masas.

En este orden, “el lenguaje sirve básicamente para establecer la cohesión social e interpersonal”. Con él participamos y compartimos la esfera social, política, económica, cultural, con los demás. De ahí el lenguaje “posee una plasticidad que permite utilizarlo en las situaciones más variadas y los fines más diversos. Es en consecuencia un medio ideal para la relación social, para la comunicación entre individuos”. 

             “El lenguaje está para decir cosas y no simplemente para charlar”.  

Además, el lenguaje sirve para la comunicación, pero ésta no se limita a la simple transmisión de información. Ahora bien, según la teoría del lenguaje, éste sirve para mantener las relaciones interpersonales, la identidad y la coherencia del grupo; en este ámbito, cumple una función interpersonal. También sirve para comunicar a los otros seres humanos información sobre la realidad, tanto mental, cultural y social; cumple entonces una función comunicativa.

Así mismo, sirve para representar la realidad, para organizar coherentemente lo que percibimos, conceptualizamos e imaginamos; así cumple una función representativa. En esta alta civilización técnica, de masas y cultura de masas, el lenguaje audiovisual, auditivos no lingüísticos, Internet, redes sociales, imágenes en movimiento, están minando las bases fundamentales del lenguaje natural. Se está dando el paso del lenguaje natural al lenguaje artificial. Tengamos presente que “las analogías entre las estructuras profundas de las lenguas son más fuertes que sus diferencias de superficie. En este terreno la revolución lingüística juega un papel crucial”.

En relación a la competencia lingüística humana, lo que se “refiere a significados precisos, así como a connotaciones y opiniones que requieren un contexto especifico, las células y sinapsis del cerebro humano funcionan a una velocidad y un nivel selectivo que esta fuera del alcance de cualquier computadora”. En lo que se refiere a “la naturaleza y los límites del lenguaje, al genio singular del lenguaje y del “animal lingüístico”, las computadoras y los lenguajes digitales, están a gran distancia de la estructura profunda de las lenguas humanas. Si los lenguajes artificiales llegaran a sustituir las leguas naturales, representaría para la cultura occidental una fractura fundamental.

Si olvidamos que el lenguaje es quién permite representarnos la realidad de forma organizada, coherente, y esta representación posibilita comunicar la realidad, tomar contacto unos a otros y todas aquellas cosas que sirven para las funciones interpersonales y comunicativas. Olvidamos que “el lenguaje y el hombre están en correlación, que se implican y necesitan mutuamente”. (Steiner).

“El lenguaje, en consecuencia, nos permite organizar la experiencia de una forma en que no puede hacerlo ningún sistema perceptivo”. También organiza las representaciones de la realidad, los conceptos y la imaginación creadora de “formas”. Así que, el lenguaje posibilita representarnos la realidad y manejarla de modo indirecto; posibilita que se sustituya ésta por formas simbólicas. Entonces, el símbolo sustituye a la realidad de las cosas físicas y se utiliza para representar, hablar, comunicar, los contenidos espirituales de la realidad. Umberto Eco dijo: el hombre es un animal simbólico por naturaleza.

En este orden, consideramos que las similitudes lingüísticas “se deben a la existencia de una idéntica base cognitiva y la similitud esencial de la experiencia humana. Es decir, todos nacemos con capacidades cognitivas semejantes, un cerebro que posee una única arquitectura y funciona igual en todos los seres humanos”.  Los seres humanos somos los mismos y actuamos de manera semejante. El ser humano entonces está en el interior de todos y cada uno de nosotros. Por tanto, “el lenguaje, con su genio y sus limitaciones, es exclusivo del hombre”. (Steiner).

De ahí el lenguaje es un medio que nos permite resolver ciertos problemas planteados por la interacción social. Ora, el ser humano reproduce la realidad que percibe, y también la trasmite a otros individuos. Pero también trasmite la realidad mental y cultural en sí misma, que se llama función interpersonal del lenguaje. Así, la lengua es trasmisible y además tiene cierta relación estable con la realidad; con la realidad percibida, mental y cultural, no con la realidad física, “exterior”, tal como la quiere conocer la ciencia. Por tanto, la realidad mental, la relación “realidad-lenguaje” es más bien una relación “mente-lenguaje”, de ahí que nuestro pensamiento tenga mucho que ver con la lengua.

Así que, una de las características del lenguaje es su función representativa, la identidad entre pensamiento y lenguaje, “pensamos hablando, pensamos porque hablamos”. Aquí se constata lo que Martín Heidegger expresa, que el pensar relaciona el Ser con el lenguaje. El pensar es el pensar del Ser. Así que el rigor del pensar (el pensar como pensar de la verdad del ser) no consiste sólo en la exactitud artificial, es decir –teorico-tecnica- de los conceptos. Consiste en que el decir permanece puro en el elemento de la verdad del ser y deja que reine lo simple de sus múltiples dimensiones. (Heidegger).

Hay que tener presente tan pronto como el “rigor del pensar” deja de permanecer puro (en el elemento de la verdad del ser); aparecen nombres como “lógica”, “ética”, “física” surgen por primera vez en escena tan pronto “el pensar originario toca a su fin”. Aunque el rigor del pensar, el pensar originario, toque a su fin, la identidad entre pensamiento y lenguaje, sigue siendo una función importante en la vida humana. Porque al reflexionar entablamos un diálogo consigo mismo; también existen otras formas de pensamiento como pensar en imágenes libres. El Premio Nobel de literatura húngaro Imre Kertész dijo:

“El pensamiento es el lamento de los hombres: pensar sobre la vida equivale a cuestionarla; ahora bien, sólo cuestiona su propio elemento vial aquel que se ahoga o se mueve en su interior de manera contraria a la naturaleza”.

La cultura entonces se relaciona con la Gramática de la vida. Que Steiner entiende como “la articulación organizada de la percepción, la reflexión y la experiencia; la estructura nerviosa de la consciencia cuando se comunica consigo mismo y con otros”. Es el lenguaje el que posibilita que las personas piensen y hablen mediante procedimientos metafóricos, signos, alegorías, etc. O, entender cosas complejas en términos de otras más simples. Por ejemplo, entender la sucesión números naturales en relación a los puntos de un camino.

Steiner nos recuerda que “Kant y Schelling, pensaban que el lenguaje es menos un espejo que un rayo de luz lleno de energía, que da forma, ubicación y organización a la experiencia humana. <<Hablamos el mundo>> y el poeta lo hace con excepcional riqueza y precisión”. De ahí que el lenguaje “en su verdadero sentido, en su realidad concreta, escapa al conocimiento de cualquier modelo de ciencia lingüística” -dijo Frank Leavis. O también Walter Benjamín que le confía, a Hugo von Hofmannsthal que había acogido con benevolencia el ensayo sobre Las afinidades electivas, “la convicción que toda verdad tiene su morada o palacio ancestral en la lengua, que ese palacio está hecho de los más antiguos logoi y que, frente a una verdad así fundada, las aspiraciones de las ciencias particulares siguen siendo algo subalterno”.

    “La utilización espontánea e innovadora del lenguaje define al hombre” – al decir de Steiner

jueves, 6 de julio de 2023

Los Instrumentos Técnicos y la Economía Bélica en la Actualidad

 

                   

 Antonio Mercado Flórez. Pensador y Ensayista.

 

Después de la Segunda Guerra Mundial, los medios y los métodos que condicionan la guerra, están basados fundamentalmente en los instrumentos técnicos de las comunicaciones humanas. Son los que condicionan la geopolítica, las estrategias, los avances, los repliegues y las defensas de los combatientes. El escenario de las guerras del golfo en Irak, los Balcanes, Afganistán, Colombia, Ucrania, lo constatan. Así que, son los instrumentos técnicos los que dan cuenta de la importancia de las comunicaciones digitales en las guerras de fines del siglo XX y principios del XXI.

Si la guerra se convirtió en una empresa técnica, el uniforme de esa empresa son los mass-media: Internet, redes sociales, la imagen pictórica en movimiento, la Inteligencia Artificial, o el cumulo de lenguajes digitales. Esta transformación técnica de la praxis de la guerra, no es indiferente a la movilización de la sociedad o, a la manipulación de las convicciones de los agentes civiles y militares que participan en ella.

Pienso que, por la primacía de los lenguajes digitales, los medios y la logística técnica de la guerra, las fronteras entre lo militar y lo civil, el combatiente y no combatiente; líneas que en el escenario de la guerra “clásica” permiten que cada uno ocupe el lugar que le corresponde; en la guerra como empresa técnica, en cambio, las líneas se diluyen.

Ya no hay guerra o paz, sino combate global permanente, que sin distinciones moviliza a todos los hombres. Este proceso de movilización que surge de las entrañas de la técnica, sobrepasa toda ideología. Al mismo tiempo, es material, espiritual e ideológica. Se ha generado una disposición (Bereitschafe) a la movilización total, ¡que incumbe incluso a los pacifistas! (Alain De Benoist)

Ernst Jünger cree que la vertiente técnica de la movilización para la guerra, no constituye su aspecto decisivo. Su principio como presupuesto de toda técnica, es difícilmente detectable: lo definiremos como disponibilidad a ser movilizado. De lo que sí estamos seguros es, que de la relación de los combatientes con el progreso se desprende una atmósfera embriagadora que juega un papel decisivo en los asuntos humanos. Porque efectivamente es ahí donde hay que buscar también el auténtico factor moral de nuestro tiempo. Que trasciende las fronteras del Espíritu de la Época y sus juicios.

Porque emana más allá de los límites de las circunstancias accidentales; proviene de las fuentes de lo elemental, del núcleo substancial. De ahí que la estructura del progreso, el desarrollo económico, la Ilustración, o la dynamis de las ciencias, no son capaces de dar cuenta de las fuerzas elementales; las que impulsan a una voluntad orgánica, una nación, a hundirse más y más en las profundidades de la fragua de Vulcano y bañarse con el fuego abrasador de las máquinas y las armas que provienen del vientre de la técnica. Y, extasiarse con el resplandor que abarca los contornos del mundo.

 

En este ámbito Ares le gana la partida a las Musas. Porque la guerra representa la brutalidad, la violencia y los horrores de las batallas. Las Musas, en cambio, se relacionan con las ramas artísticas y del conocimiento.

 

En ninguno de los sitios donde el hombre se tope con esas condiciones especiales; en ninguno de ellos cabe la explicación reduccionista de la economía dineral, del materialismo histórico, del liberalismo político, del historicismo, del estructuralismo, del funcionalismo, o del vitalismo, por más esclarecedoras que sean para comprender el estrato elemental. En ese lugar enigmático de la existencia individual, se mezclan las pasiones más salvajes y las pulsiones más excelsas, para que presto el ser humano acuda al llamado de la guerra. Estas acciones rozan la superficie del proceso; enfrentados a un fenómeno de esta naturaleza sólo, absolutamente sólo, cabe dirigir la mirada a un fenómeno cultual.

Desde que el ser humano tomó al progreso por la Gran iglesia popular del siglo XIX y XX, se configura en los estratos más elementales que lo determina: “la llamada eficaz”. Una llamada que posibilita la parte de fe de la movilización de las masas, que participan en la guerra. Esa masa es presa de un frenesí violento, que no puede sustraerse a su fuerza en cuanto se apela a las convicciones más profundas. Un lugar enigmático y contradictorio de la existencia individual, que toman la máscara que les facilita la economía del poder y los instrumentos técnicos; y preñadas de unas irradiaciones sutiles e incomprensibles, arrastran a millones de seres humanos al dolor y a la muerte.

 

Enfrentados a un fenómeno de esta naturaleza sólo cabe dirigir la mirada a un fenómeno cultual: “de exceso, aventura en las profundidades de la existencia y pasión mística en la barbarie y la muerte”.

 

Esta trastocación histórica y del orden de la existencia individual, influyen en la confrontación bélica. En un estado de excitación violenta el hombre pierde los contenidos de la experiencia, la capacidad de asombro y la sensibilidad, ante los avatares de la vida. Ya que en medio de la confrontación se volatizan los contornos, y todo lo que tenemos a nuestro alrededor se vuelve denso y embriagante. Así, el estado de embriaguez y de excitación nerviosa al que llega el ser humano, es tan profundo, que no le importa dar la vida en sacrificio. Esa experiencia se relaciona con el azar y las fuerzas del destino, de hecho, se presenta a la consciencia común, excitante y embriagadora.

 

Preñadas como están de energías dinámicas se agarran de lo que encuentran a su paso por la necesidad de vivir; y, son capaces de matar a otros semejantes por no alejarse de esas irradiaciones tan sutiles e embriagantes.

 

Esta llamada al campo de batalla donde se entrecruza el mundo físico y psíquico del ser humano, trasciende la investigación de los procesos. Está ocurriendo, precisamente, que la gente no posee una relación directa y productiva con las energías dinámicas. Esto los aleja de los más altos ideales de humanidad. Y el punto de inflexión que ocasionó en el Espíritu de la Época, del mismo modo trajo aparejado no sólo el advenimiento de las masas y la cultura de lo efímero, sino también una disminución del sentido de humanidad.

La cultura de la urbe moderna, de otra parte, donde las masas se asientan y el público se configura, se convierte en factor decisivo para la política. Esos fogonazos son los que confirman que somos parte de la globalización de las comunicaciones simultáneas e inmediatas, y de la cultura del espectáculo. Que en consecuencia desgarran la unidad del “Yo” concreto y la memoria histórica de los pueblos.

La primacía de las masas en la Gran ciudad genera, de hecho, otro tipo de cultura; la que exalta el presente–ahora, lo fugaz y momentáneo. Un tipo de cultura que estructura el periodismo, la radio, la política, la economía dineral, la ciencia, la técnica, la publicidad, las redes sociales y el consumo de masas. Como consecuencia de este proceso, las relaciones abstractas entre los seres humanos, están reemplazando a las relaciones de sentido. Y cuando esto acontece, el vaciamiento de las relaciones artificiales permite que broten las semillas de la indiferencia, la indolencia, el sufrimiento, la soledad, el miedo, o la insolidaridad en los asuntos humanos.

Y efectivamente posibilitan que se estructure un tipo de sociedad, que obedece sólo a la nueva voluntad de poder. Esa que subrepticiamente entreteje el mundo dineral con el técnico. En realidad, habitamos lugares donde se alojan millones de seres humanos, que sólo tienen en común relaciones dinerales, jurídicas o comerciales; como también la indiferencia psíquica y espiritual con el Otro. 

En una atmósfera como ésta el aprecio de las masas por lo público, se convierte en factor decisivo para la política de masas. El carácter abstracto de las sociedades modernas no es indiferente a la conversión del ser humano en objeto, o a la transformación de su vida en zona de emplazamiento. La Gran ciudad se vale de las máquinas, los instrumentos técnicos de la comunicación rápida y simultánea, o de la publicidad, para imponer la impronta que necesita la nueva voluntad de poder.

De ahí, el espíritu de lo actual abarca poco a poco los espacios de la Gran ciudad; el ámbito que habla el lenguaje de la civilización actual. Por la primacía del confort técnico y del mundo dineral en la Gran ciudad, observamos que se ofrece un producto de la canasta familiar como hace el marketing con un texto de creación poética, o una obra de arte.

Además, en estos últimos espacios de tiempo, las leyes del mercado y el marketing determinan el orden de la existencia en general. Ese tránsito de la política “clásica” a la del marketing, por ejemplo, sitúa el fin de la política más allá de las verdaderas necesidades humanas. Así que, en momentos contradictorios de los avatares humanos, la política se alía criminalmente con los instrumentos técnicos para la guerra.

Por eso, cuando la política ubica su praxis fuera de las esferas de las verdaderas necesidades humanas, insofacto, falsifica el fin que le corresponde. Se devela, entonces, que el sentido de la política no está en los cambios circunstanciales ni en los accidentes espacio-temporales, sino en la estructura profunda de las verdaderas necesidades materiales, psicológicas y morales del ser humano. En este orden de ideas, los que se embriagan con las ilusiones ópticas y auditivas de las sociedades contemporáneas, no perciben el sentido de la animalidad política de los Estados Modernos. Como tampoco el lugar donde mora lo Justo, lo Bueno y lo Bello de la política.

De lo que se trata realmente, es de analizar el orden de los principios que configuran la Época Moderna. Porque “al quitarle al núcleo su cáscara lo que se pretende es liberar esa visión”. Frente a eso se tornan secundarias las múltiples figuras que toma el Zeitgeist, Espíritu del Tiempo y sus juicios; se trata realmente de romper el hueso para extraer el tuétano que vivifica a la época.

Como diría Walter Benjamín, percibir la época en la cultura que le es propia. Pero la conciencia común no está formada para esos menesteres; y necesita de las personas formadas para pensar, del artista, el poeta, el teólogo, el filósofo, etc., para desvelar el contenido mágico e histórico, que contiene la realidad.

                                              Madrid-España a 06/07/2023