EL PATHOS DE
LA ÉPOCA ACTUAL
Madrid-España a 24/10/2026
“Cuando
el lenguaje se corrompe, se resiste a la verdad”
Franz Kafka
Antonio
Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.
En
las sociedades modernas predomina la sociedad de masas y la cultura de masas,
los instrumentos técnicos y el tiempo abstracto (las máquinas, la velocidad,
las imágenes en movimiento, las redes sociales e Internet y la IA), que responden
a los principios de lo actual. Que significa ruptura con la calma peculiar del
mundo natural, la vida tranquila y sosegada. Esto configura una señal que el
tiempo se desvanece, se escurre entre los dedos como el agua que queremos
agarrar entre nuestras manos.
De
ahí el tiempo sosegado, circular, discontinuo, que enriquece las apetencias y
las necesidades humanas, se contrapone a la vida de la Gran ciudad. Esto constituye un campo magnético donde la atmósfera
que se respira responde al duro hierro de los días. De ahí que en las
sociedades contemporáneas un desierto crece, y el fuego del espíritu y el
corazón de los seres humanos se consume como una llama en el combustible de la
violencia, del hambre, de las enfermedades, del desempleo, de la
discriminación, del racismo, del sufrimiento, del miedo, la soledad y la muerte.
En
esta época nuestra la vida es arrastrada por el dominio universal de la
decadencia y del nihilismo, mediante la globalización de la técnica. La Gran ciudad “parece multiplicar las
cosas que se mueven, en menoscabo de las cosas que están quietas. En verdad,
todos los poderes técnicos que hoy están desplegándose son un brillo fugaz que
viene de las cámaras que guardan los tesoros del Ser”.
Así
que, los enjambres de seres humanos que deambulan por las calles de las Grandes ciudades, son personas en su
mayoría con rostros desencajados, afligidas, cadavéricas, y la soledad, la
indiferencia psicológica y el dolor a cuesta, expresan el tormento que los
aprisionan. En esos lugares fríos y distantes la sociedad crea una atmósfera de
indiferencia hacia el Otro. Entonces los seres humanos por la prevalencia de
las relaciones abstractas y contractuales, del dinero y la importancia de los
instrumentos técnicos en las comunicaciones, se distancia de sí mismo y de los
Otros.
Vivimos
en un mundo atroz, insensible, insolidario, con las responsabilidades que
tienen las sociedades con los seres humanos. Que algunas veces los compele a la
violencia, el robo, el horror y la muerte. Asimismo, el habitante de la Gran ciudad no tiene tiempo para sí, la
grata placidez, la familia, la tarea de meditar, conversar, venerar, leer o
escribir. Porque la algarabía de los lenguajes digitales y las imágenes en
movimiento, con el caos auditivo y el hechizo de las masas, lo convierte en un
ser seducido, vigilado, numerado y convertido en objeto.
Un
hombre que no tiene tiempo para sí mismo, tampoco lo tiene para la inquietud
intelectual ni para mirar el jeroglífico de los cielos estrellados, ni para la
espera y escuchar la voz de los dioses, se convierte en un ser atormentado y
apesadumbrado. De ahí que el silencio, la conversación, las experiencias
compartidas, que eran principios de sabiduría se están remplazando por el
consumo masivo, el ocio vacío de contenidos espirituales, el alcohol y la
droga. De igual modo, el estado de excitación nerviosa del hombre de hoy, rompe
con la cadencia de todas las cosas rítmicas que son armas contra el tiempo. Por
eso contra él y sus configuraciones, es contra quien luchamos en el fondo.
En el devenir de la historia,
de la realidad y de la vida, el hombre ha luchado siempre contra el tiempo y
sus espejismos. Es decir, contra la muerte.
Esto
suscita un estado de ánimo, un ambiente desagradable. Porque trata no de cosas inanimadas,
sino de vidas humanas. Este espacio hace parte del mundo del novelista, de los
amantes, del poeta. También del juego, de la música, del arte o la religión.
Porque ponen de manifiesto la inmensa superioridad de lo numinoso sobre lo
accidental. Quienes laboran en estos parajes ayudan a los seres humanos a
encontrar el camino de vuelta a sí mismo: son puerto, hogar, seguridad y
libertad.
“Por ellos la vida humana se vuelve posible,
la tierra se torna humanamente habitable” – al decir José Luis Pardo.
Sabemos
por experiencia que la Gran ciudad es
fría, gris, escamosa, y su atmósfera exhala un aire enrarecido y turbio. Su
tiempo mide y es medido, excluye y suma, más no se entrega a la vida sana y
placentera, a la alegría de vivir. La Gran
ciudad no tiene que ver con lo sanguíneo o lo espiritual del ser humano. Para
el griego antiguo existían dos tipos de tiempo: Cronos y Kairós. Cronos era el
dios del tiempo cronológico, simbolizaba los días repetitivos que suceden sin
destino. Es el que prevalece en la Gran ciudad
contemporánea. Kairós, era el dios de lo vivido, los instantes únicos; la
cultura que enriquece los contenidos del momento oportuno.
Preguntamos,
¿por qué la condensación del tiempo actual mide la felicidad con el “tener”, el
“consumir” y no con “ser”? Porque las horas de la vida cotidiana están
determinadas por el tiempo del trabajo, del salario, del consumo, de la
supervivencia y la reproducción, que ya no es poco. De ahí que soportar el peso
de la vida sobre los hombros es tarea de muchos; mientras para los poderosos
las satisfacciones las tiene al alcance de la mano.
En las sociedades actuales no
es la cualidad del ser lo que determina la existencia, sino el dinero, el
poder, el lujo, la moda, las bellas materias, y las satisfacciones ordinarias
de la vida cotidiana.
No
podemos olvidar que, esta concepción del sentido histórico y de la vida del
tiempo actual, se concatena con la atmósfera del Capitalismo Global de Rendimiento.
Por eso en este ámbito el ejercicio del poder responde a los intereses
financieros globales, las grandes empresas e industrias multinacionales, pero
en particular, a los intereses políticos y económicos de las plataformas
digitales y de los tecno-oligarcas. De ahí que la práctica política en las
democracias parlamentarias y el Estado de Derecho, estén secuestrados por estás
selectas minorías.
Sabemos
que en algunos Estados se sitúan por encima de la legalidad y de la legitimidad
del ejercicio del poder. Y, como consecuencia erosionan la legitimidad del
Sistema democrático y la legalidad del Estado de Derecho. Cuando esto sucede
las necesidades sociales pasan por el filtro de los mercados, las instituciones
financieras, y los intereses de las selectas
minorías de los tecno-oligarcas. Preguntamos, ¿qué desean realmente este
tipo de ralea en el tiempo actual? Destruir el Sistema democrático, la
libertad, el respeto a la vida y a los derechos humanos, para instaurar un
Sistema político que establezca en el corazón de los hombres el infierno de lo
actual.
Por
tanto, “si hay algo que encaja perfectamente en la sensibilidad de nuestra
época, es confundir la gloria con el éxito y la trascendencia con la
inmediatez. El tratamiento humano de la muerte y la pregunta sobre la
trascendencia, informa sobre la condición del hombre en cada momento. Durante
miles de años, mediante el arte, la religión y la filosofía, nuestros
antepasados se han interrogado sobre los límites de la existencia y el enigma
de la muerte. Al deseo de perdurar le acompaña el temor a una extinción definitiva”
–escribió Rafael Argullol.
En
la Cultura de lo efímero que jalona
los lenguajes digitales y los algoritmos, a través de las plataformas
digitales, el movimiento de las imágenes, las redes sociales que implementan
las selectas minorías de los
tecno-oligarcas, lo trascendente, el misterio de la vida y de la muerte, se
encuentran aprisionados en las redes de la Civilización
del espectáculo. Que exalta lo banal y lo frívolo del tejido vivo de la
existencia, del mundo y la realidad.
En
este estado de cosas nos hemos ido acostumbrando que en la actualidad vivimos
en el ámbito de la idolatría, del vaciamiento del espíritu y el desgarramiento
de la zona de la sentimentalidad, que oscurece la dimensión religiosa, mágica,
numinosa, metafísica y lingüística del ser humano. Por eso en la consciencia
del hombre actual hay una especie de zozobra e incertidumbre, respecto a los
límites de la existencia y la perdurabilidad allende del tiempo.
Por
eso “la historia del arte desde los albores de la humanidad hasta el
abstraccionismo moderno, podría ser contemplado como una visión del despliegue
sutil y pavoroso, expectante y desesperado, entre la vida y la muerte”. De ahí los
movimientos del pensamiento y la apreciación estética de la existencia, del
mundo y la realidad, son armas que luchan contra los espejismos de la Cultura del artificio, el despilfarro de
la energía vital y las potencias de los poderes actuales.
No
olvidemos que la banalidad idolátrica de nuestra época necesita que los
fetiches adquieran rango sagrado. Tomar consciencia que, en la sensibilidad del
hombre actual, los ídolos son fáciles de construir y de derruir, olvidándolos. Se
trata de despertar que, entre el mundo de la técnica moderna y el arcaico mundo
simbólico de la mitología, se establecen correspondencias. Despertar que el
momento prehistórico del pasado ya no queda encubierto como antes en los
pliegues de la familia, de la tradición y de la iglesia.
Se
trata de despertar que el lenguaje “medial” de los medios de comunicación, de
las plataformas digitales, de las redes sociales, son un débil reflejo del
espíritu de la lengua natural, que obedecen a relaciones de dominio, de seducción,
de coacción, de fuerzas y de poder. Por eso se ubican en la superficie del
tiempo actual, de la cultura y del lenguaje, ya que responden a la
concatenación entre la técnica, el mundo dinerario y las relaciones de poder.
Empero,
¿qué sorprende de la época que vivimos? En lo que respecta al lenguaje, las imágenes
se dotan de credibilidad y poco a poco están sustituyendo las palabras. Sus efectos
son más fuertes que el sentido de las palabras; así las imágenes sustituyen a la
realidad. Esto se está constituyendo en una tragedia para la cultura
occidental, pero afortunadamente el hombre acude a las experiencias, la imaginación,
la literatura, la poesía, el arte, la música, como memorias vivas de los
pueblos y sus generaciones. Esto posibilita seguir en la brega de la existencia
y confrontarla con la sana razón, los sentimientos y las “formas” del arte y de
la vida.
Recordemos
estas palabras de Ernesto Sábato:
“En
la vida existe un valor que permanece muchas veces invisible para los demás,
pero
que el hombre escucha en lo hondo de su
alma; es la fidelidad o traición a lo que
sentimos como un destino o vocación a
cumplir”.
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