Las esferas de la ira en el tiempo actual
Madrid-España a 16/09/2026
Antonio Mercado Flórez. Filósofo
y Pensador.
Es
tan profundo en el ser humano el miedo de nuestro tiempo que lo inmoviliza y lo
empuja a soñar en las cosas del poder y de la muerte.
Pero también existen personas que
confrontan el miedo, el sufrimiento, el dolor y la muerte, con “el cetro de la
palabra en la mano”, porque son materiales espirituales que ayudan a construir
“un reino mucho más hermoso que todos los imperios conquistados a punta de
espada”. Este tipo de hombre tiene la “certeza de que el orden y la ley incluso
están presentes en lo que nosotros llamamos desorden y azar”.
Los pensadores son personas que a
la muerte la miran con los ojos del espíritu y, entonces, se dan cuenta de la
importancia de la vida. Cuando nos acercamos más a nosotros mismos, tomamos
consciencia de la confusa imagen que tenemos de la vida, los sentimientos, el
dolor y la muerte, porque nos damos cuenta de que se relacionan con la coseidad
y la numerificación del mundo actual. Es decir, que el ser humano se
está convirtiendo en número o en objeto, en algo estadístico.
Pero, olvidamos que “existen
armas más fuertes que aquellas que cortan y atraviesan”. Los artesanos de la
palabra y la escritura saben que el lenguaje es más poderoso que los imperios
conquistados a punta de espadas y de armas, pues esos hombres sencillos y
humildes reconocen en “la palabra la espada mágica cuyo brillo hace palidecer
el poder de los tiranos o demagogos”. Pero también que el lenguaje, el espíritu
y la libertad son tres aspectos de la existencia, una misma y sola cosa.
Esos tejedores de palabras y de
sueños saben que las fuerzas del Gran
Poder o las personas dedicadas al derramamiento de sangre están poseídas
por “una especie de embriaguez, en un sutil vértigo”, y son incapaces de sentir
el «inmenso poder del que el hombre es depositario”.
Como un fuerte viento hace con
los árboles, nos estremece “cuán profundamente unidos anidan en nosotros la
delicia de vivir y la delicia de morir”. El sufrimiento, el temor y la muerte
forman parte de la vida, pero también son los puentes que nos comunican con los
fragmentos de felicidad, de amor y recuerdos compartidos. Los hombres poderosos
llenos de orgullo y soberbia son conscientes de que el “espíritu acostumbrado
a dominar posee un juicio firme sobre el que descansan las opiniones”.
Así, la fuerza de su espíritu es
tan penetrante que embriaga los corazones y el alma de los hombres, y se
desvela que bajo el aspecto de poder que reina entre lo efímero dominan las
potencias inferiores. “La destrucción se nos aparece en las horas de debilidad
bajo una forma terrible, como esas imágenes que se ven en los templos de los
dioses de la venganza”.
En las tierras donde campa la
canalla, el temor, el derramamiento de sangre y la muerte llegan a convertirse
en rutina. Allí todo transcurre como de costumbre y, sin embargo, todo es diferente.
Se percibe un aliento de secreta fatiga y de anarquía, que hace que aquellas
tierras entonces bellas se entreguen al dolor y a la muerte.
En los ojos de los asesinos
brilla casi siempre, sobre todo cuando salen de fechorías, una terrible
jovialidad. Sus ojos de serpiente brillan y presto miran a su presa; en este
tipo de gente se “aviva una expresión de astucia y de indomable fuerza, y a
veces también de soberanía y poder”. Saben que la violencia instaura derecho y
poder. Son la insolente expresión del Gran
Poder, ya sea que representen al Estado
y sus instituciones (el ejército, la policía o los grupos de seguridad del
Estado, etc.), o estén al margen de la ley y del orden.
Este tipo de ralea el “neofascista”, el “autoritario”, el “nacional
populista”, y aquellos que implementan la violencia, el odio, el secuestro,
o la muerte, en el Otro y la sociedad. Son el prototipo de épocas de decadencia
en las que “se desvanece el sentido de la vida profunda que en cada uno de
nosotros está dibujada de antemano”. Cuando la sociedad pierde sus huellas,
vacila y se tambalea “como seres a quienes les falta el sentido del equilibrio”.
Entonces pasan de “las oscuras alegrías a los oscuros dolores. Y la consciencia
de una infinita pérdida hace que el pasado y el porvenir se nos aparezcan
llenos de atractivos, y mientras el instante huye para no volver más, nos
balanceamos en épocas remotas o en fantástica utopías”.
Épocas en que el hombre deja de
estar en el centro del mundo y lo ocupa el tópico y el lugar común, el odio, la
violencia y la muerte. Son figuras que se crean cada cierto espacio de tiempo,
entregando al ser humano “a la fuerza del eterno péndulo que, indiferente al
día y la noche, empuja hacia delante las agujas. Así, comenzamos a soñar con
las cosas del poder y de la fuerza y con las cosas que intrépidamente
ordenadas marchan unas junto a otras, dispuestas tanto al desastre como al
triunfo, al combate de la vida”.
Sabemos que el Gran Poder y los hombres que lo encarnan
tratan los negocios del mundo no de manera estética y ética, sino con una
brutalidad espantosa que deja al borde del camino escombros materiales y
humanos. Así pues, las personas que lo ejercen se sirven del poder de manera
primitiva, valiéndose de las máquinas y de la velocidad, las imágenes y los
lenguajes digitales, la crueldad y la barbarie para así, de esa manera, vencer
las resistencias políticas o sociales allí donde tropiecen con ellas. También
se valen de «una inteligencia precisa, de buena calidad. Hay en todos los asuntos
de la práctica un cierto número de seres humanos que forman la pequeña y bien
diseñada ruedecita que da impulso trabajo a la obra”.
Sabemos que “cada uno de los
humanos encuentra en la vida el puesto que le resulta adecuado”, pero no se
justifica ni en el orden jurídico-filosófico, ni histórico-político, que
prevalezcan en la actualidad la brutalidad, el dolor, la desdicha y el
derramamiento de sangre. Así pues, uno de los problemas a que nos enfrentamos
en el siglo XXI, es la sumisión a la tecnología (las máquinas, los lenguajes
digitales, las imágenes en movimiento, la robótica, la velocidad, el tiempo
abstracto y las armas), y a cómo el Gran
Poder, el Estado y los grupos
delincuenciales se valen de ellos para someter y coactar al ser humano.
Por eso los hombres y mujeres se
sienten cada día más desdichados e infelices, porque el sufrimiento, el dolor y
la muerte le ganan la partida a la libertad, a la justicia, al amor, a la
fraternidad y a los derechos fundamentales del ser humano. Y esto es sumamente
grave en un Estado democrático y social de Derecho.
Son hombres poderosos que se
valen de las redes sociales, el dinero bancario, las grandes corporaciones, la
IA, del temor y de las armas para que el ser humano pierda el domino de sí
mismo. Y, si lo pierde,” el miedo se apodera de él y lo domina, zarandeándolo
en sus remolinos como a un ciego”. Ahora bien, hay que tener presente que
«quien se precipita en el abismo ve las cosas de la manera más clara posible,
como a través de unas gafas de aumento”.
Esa misma visión posibilita que
el aire que respiramos sea denso y malo de raíz. Los hombres poderosos desean a
toda costa que nos precipitemos en el abismo para controlar y disciplinar a la
sociedad. Así que, “la serenidad del pensamiento y el desinterés espiritual
aumentan en los momentos en que reina el terror”. Estos hombres poderosos
quieren que miremos como en espejo, y que las imágenes artificiales sean más
fuertes que las palabras y la realidad. Olvidan que en la antigüedad el “lenguaje
causaba un efecto directo y que ese efecto no presuponía la comprensión, sino que
la creaba”.
Somos parte entonces de momentos de ínterin
donde el Mundo y la Cultura del artificio
se ponen al servicio del Gran Poder.
Esto no quiere decir que el ser humano no se guarnezca bajo el Árbol de la vida,
en cuyas hojas está escrito el ínterin titánico, una peregrinación cósmica, es
decir, el eterno retorno. “La figura del eterno retorno —dice Mircea Eliade— en
la tradición mágico-religiosa arcaica, simboliza un intento de retorno a los
orígenes”.
Así pues, en Colombia, por
ejemplo, los guerrilleros, los paramilitares y grupos delincuenciales conforman
las órdenes secretas desde donde fluyen las fuentes del Gran Poder. Es difícil determinar su verdadero radio de acción. Son
conscientes del tejido del que forman parte, además no ignoran “la fecundidad
para dar vida a nuevos grupos y asociaciones”. Ellos saben, por supuesto, que
son una de las formas que tejen las redes del Gran Poder, “de manera que cuando uno trata de seguir su pista,
acaba perdiéndose en un gran laberinto”.
Pienso que, en el Gobierno de Abelardo De la Espriella, es imposible reconstruir “normalmente” la
nación, la concordia entre los colombianos, después de lo que no fue otra cosa
que “la catástrofe en sí”. Estamos en la actualidad en un salto a la barbarie y
al fuego, al desprecio por la vida y en la ebullición de admiración a la
violencia, la amenaza y la muerte en sacrificio. Esto evidencia que la lógica
de la historia es tan destructiva como los gobernantes y los hombres que
procrea.
Debemos empeñarnos en restituir
la figura del “auténtico superviviente” después de lo que acaeció y acontece en
la actualidad en Colombia. Restituir el rostro frágil del hombre que representa
por sí mismo, los “tiempos sombríos” en que nos encontramos. Tal como lo evocó
Bertolt Brecht en el tejido de palabras de sus poemas. Que estos “tiempos
sombríos” nos ayuden a hacer, un “sondeo en la profundidad del mundo y de la
vida”. Un tiempo que se expandió como una nube tóxica sobre los colombianos y,
lo que ha dejado hasta la actualidad, son escombros humanos y materiales
tirados a la vera del camino.
De ahí que los únicos lamentos que se
escuchan no son los de los pobres y afligidos, sino los de los Poderosos.
Ahora bien, no se trata de
retornar “a aquel mundo primitivo en el que el miedo es algo poderoso”, pero,
aunque seamos parte del mundo global conectado en Red, de la velocidad, del
maquinismo, de la robótica, de la numerificación y de la objetivación
del ser humano, sentimos en lo profundo de nuestra intimidad los miedos
ancestrales que heredamos de nuestros antepasados más remotos. Esos miedos
ancestrales siempre han estado ahí, esperando la rememoración (Eingedenken) o
el recuerdo (Zekher); noción que “no designa la conservación en la memoria de
los acontecimientos del pasado, sino su reactualización en la experiencia del
presente”.
Por tanto, lo terrible del ser
humano no es enfrentarse a lo desconocido, sino a sí mismo. A sus miedos y virtudes
ancestrales y actuales, que atormentan la consciencia. “El sentimiento original
y primario del hombre —dijo Nietzsche— es el miedo. Por el miedo se explican
todos los pecados y virtudes originales. Del miedo ha nacido también la virtud,
la ciencia”. Así que, los gobernantes “autoritarios” y “neofascistas”, se valen
del miedo y la angustia, para paralizar al contrincante político, para callar
al comunicador social honesto y serio en el ejercicio del periodismo, para
paralizar las protestas estudiantiles y sociales de los trabajadores, etc.
Evoquemos a Gershom Scholem: “Seguramente,
la historia puede ser una ilusión, pero sin esa ilusión es imposible comprender
el ser en su dimensión temporal”.
Vistas las cosas así, las fuerzas
del Gran Poder y del Estado o de los Hombres Poderosos, puede ser que los desolladeros, los lugares de
sudarios y de demonismo estén dando paso a la luz que ayude a ver con claridad
para tener paz espiritual y vivir en armonía en un Estado democrático y social de
Derecho. Que respete las libertades fundamentales, la separación entre el
ejercicio del poder y la religión, los derechos de la clase trabajadora, de los
campesinos, de los jornaleros, de las comunidades negras e indígenas, de los
desplazados y excluidos de Colombia.
Porque las fuerzas del Gran Poder, no se combaten solo con las
armas, el dolor, el temor o la muerte, sino con la experiencia, la imaginación,
el conocimiento, la solidaridad, el respeto a la dignidad humana y a la vida. Cuando
la luz del espíritu cae sobre la vida de los hombres, lo que percibe no es
algo nuevo, sino diferente. Entonces la existencia del ser humano recurre a sus
reservas, y hace más claros los problemas que la razón es incapaz de resolver.
De ahí que la cultura, la memoria
y el recuerdo posibiliten fundar “la cadena de la tradición, que transmite de
generación en generación los acontecimientos del pasado”. Porque una sociedad
sin memoria y sin cultura queda a expensas de los poderosos, de la trivialidad
y de la ignorancia, en las tomas de decisiones políticas, y eso es sumamente
peligroso para la democracia y el Estado de Derecho.
Es más, cuando la “selecta minoría” determina la vida
política, social, económica y cultural de un país, prima el darwinismo
económico sobre las verdaderas necesidades morales, éticas, materiales y
espirituales de la sociedad. Porque a ellos no les interesa la cultura ni la
dignidad humana, sino el poder y el dinero. Por eso responden a los principios
de la filosofía utilitaria, la ganancia y el dominio sobre el Otro.
En Europa en la actualidad, también
en Asía, África y América Latina, las ideologías totalitarias, el autoritarismo
y el desprecio por la vida y la dignidad humana es algo que se incrementa desde
el Estado y el poder económico y
militar del momento, dejando tras de sí un montón de ruinas y de escombros,
materiales y humanos, a la vera del camino. Y ahora las políticas neoliberales
y de recortes, de los poderosos de la Plataformas Digitales, han institucionalizado
el dolor, el hambre, la muerte, el odio y las injusticias sociales, y las
presentan como algo necesario y normal.
Además, es sabido, desde el
tiempo de los tiempos, que aquel que le sirve al mundo con el espíritu está blindado
con anillos luminosos. Así, un signo de las épocas de decadencia es hacer
visible el poder de la materia sobre la llama del espíritu. Entonces se niega
la antigua sentencia que dice: “Los más hermosos presentes de los dioses son
siempre gratuitos”. Los verdugos de los pueblos y las naciones, los
neofascistas y los autoritarios, saben que “profundo es el odio que en los
corazones abyectos arde contra la belleza”.
En algunas tierras todavía se
conserva la tradición de los chamanes, los sacerdotes, los poetas, los
cantores de vallenatos, los juglares que “cumplen la función de juez de
los muertos”. Esos cantores y tejedores de palabras se encargan de que “los
dioses vuelvan sus miradas hacia la existencia del desaparecido y de celebrarla
en sus versos poniéndola de relieve, al modo que el buzo saca a la luz la perla
incrustada en la ostra”.
El pueblo sabe distinguir entre
las personas que componen y cantan alabanzas a los dioses por el retorno de las
estaciones, las cosechas, la vaquería, la salud, el amor y la vida, y los que
siembran en el corazón de los hombres el fruto del odio, la maldad y la muerte.
Sabemos entonces que la vida de los hombres transcurre entre la amargura y la
alegría, la desesperanza y los momentos de felicidad, “tal como nos está acordado
a nosotros, los humanos”.
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