miércoles, 16 de septiembre de 2026

 

                                                      Las esferas de la ira en el tiempo actual

                                                                     Madrid-España a 16/09/2026

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 Sabemos que existe un grupo de personas que acumulan la fuerza del Gran Poder (económico, financiero, político, militar, tecnológico y de la IA), que hacen sentir su poderío sobre la Tierra y expanden el miedo, cual aire tóxico, sobre la vida de los hombres. Así, las varian­tes del miedo las utiliza el Gran Poder o el Estado y sus instituciones, las fuerzas militares y de policía, para controlar al ser humano. No existe ningún sentimiento más rico en variantes que el miedo. De este modo, lo que busca el Gran Poder es que el ser humano no reflexione, delegue su libertad a un poder más grande y se paralice física y mentalmente.

Es tan profundo en el ser humano el miedo de nuestro tiempo que lo inmoviliza y lo empuja a soñar en las cosas del poder y de la muerte.

Pero también existen personas que confrontan el miedo, el sufrimiento, el dolor y la muerte, con “el cetro de la palabra en la mano”, porque son materiales espi­rituales que ayudan a construir “un reino mucho más hermoso que todos los imperios conquistados a punta de espada”. Este tipo de hombre tiene la “certeza de que el orden y la ley incluso están presentes en lo que nosotros llamamos desorden y azar”.

Los pensadores son personas que a la muerte la miran con los ojos del espíritu y, entonces, se dan cuenta de la importancia de la vida. Cuando nos acercamos más a nosotros mismos, tomamos consciencia de la confusa imagen que tenemos de la vida, los sentimientos, el dolor y la muerte, porque nos damos cuenta de que se relacionan con la coseidad y la numerificación del mundo actual. Es decir, que el ser humano se está convirtiendo en número o en objeto, en algo estadístico.

Pero, olvidamos que “existen armas más fuertes que aquellas que cortan y atravie­san”. Los artesanos de la palabra y la escritura saben que el lenguaje es más poderoso que los imperios conquistados a punta de espadas y de armas, pues esos hombres sencillos y humildes reconocen en “la palabra la espada mágica cuyo brillo hace palidecer el poder de los tiranos o demagogos”. Pero también que el lenguaje, el espíritu y la libertad son tres aspectos de la existencia, una misma y sola cosa.

Esos tejedores de palabras y de sueños saben que las fuerzas del Gran Poder o las personas dedicadas al derramamiento de sangre están poseídas por “una especie de embriaguez, en un sutil vértigo”, y son incapaces de sentir el «inmenso poder del que el hombre es depositario”. ­

Como un fuerte viento hace con los árboles, nos estremece “cuán profundamente unidos anidan en nosotros la delicia de vivir y la delicia de morir”. El sufrimiento, el temor y la muerte forman parte de la vida, pero también son los puentes que nos comunican con los fragmentos de felicidad, de amor y recuerdos compartidos. Los hombres poderosos llenos de orgullo y sober­bia son conscientes de que el “espíritu acostumbrado a dominar posee un juicio firme sobre el que descansan las opiniones”.

Así, la fuerza de su espíritu es tan penetrante que embriaga los cora­zones y el alma de los hombres, y se desvela que bajo el aspecto de poder que reina entre lo efímero dominan las potencias inferio­res. “La destrucción se nos aparece en las horas de debilidad bajo una forma terrible, como esas imágenes que se ven en los templos de los dioses de la venganza”.

En las tierras donde campa la canalla, el temor, el derrama­miento de sangre y la muerte llegan a convertirse en rutina. Allí todo transcurre como de costumbre y, sin embargo, todo es dife­rente. Se percibe un aliento de secreta fatiga y de anarquía, que hace que aquellas tierras entonces bellas se entreguen al dolor y a la muerte.

En los ojos de los asesinos brilla casi siempre, so­bre todo cuando salen de fechorías, una terrible jovialidad. Sus ojos de serpiente brillan y presto miran a su presa; en este tipo de gente se “aviva una expresión de astucia y de indomable fuerza, y a veces también de soberanía y poder”. Saben que la violencia instaura derecho y poder. Son la insolente expresión del Gran Po­der, ya sea que representen al Estado y sus instituciones (el ejército, la policía o los grupos de seguridad del Estado, etc.), o estén al margen de la ley y del orden.

Este tipo de ralea el “neofascista”, el “autoritario”, el “nacional populista”, y aquellos que implementan la violencia, el odio, el secuestro, o la muerte, en el Otro y la sociedad. Son el prototipo de épocas de decadencia en las que “se desvanece el sentido de la vida profunda que en cada uno de nosotros está dibujada de antemano”. Cuando la sociedad pierde sus huellas, vacila y se tambalea “como seres a quienes les falta el sentido del equilibrio”. Entonces pasan de “las oscuras alegrías a los oscuros dolores. Y la cons­ciencia de una infinita pérdida hace que el pasado y el porvenir se nos aparezcan llenos de atractivos, y mientras el instante huye para no volver más, nos balanceamos en épocas remotas o en fan­tástica utopías”.

Épocas en que el hombre deja de estar en el centro del mundo y lo ocupa el tópico y el lugar común, el odio, la violencia y la muerte. Son figuras que se crean cada cierto espacio de tiempo, entregando al ser humano “a la fuerza del eterno péndulo que, indiferente al día y la noche, empuja hacia delante las agujas. Así, comenzamos a soñar con las cosas del poder y de la fuerza y con las cosas que intrépi­damente ordenadas marchan unas junto a otras, dispuestas tanto al desastre como al triunfo, al combate de la vid­a”.

Sabemos que el Gran Poder y los hombres que lo encarnan tra­tan los negocios del mundo no de manera estética y ética, sino con una brutalidad espantosa que deja al borde del camino escombros materiales y humanos. Así pues, las personas que lo ejercen se sir­ven del poder de manera primitiva, valiéndose de las máquinas y de la velocidad, las imágenes y los lenguajes digitales, la crueldad y la barbarie para así, de esa manera, vencer las resistencias políticas o sociales allí donde tropiecen con ellas. También se valen de «una inteligencia precisa, de buena ca­lidad. Hay en todos los asuntos de la práctica un cierto número de seres humanos que forman la pequeña y bien diseñada ruedecita que da impulso trabajo a la obra”.

Sabemos que “cada uno de los humanos encuentra en la vida el puesto que le resulta adecuado”, pero no se justifica ni en el orden jurídico-filosófico, ni his­tórico-político, que prevalezcan en la actualidad la brutalidad, el dolor, la desdicha y el derramamiento de sangre. Así pues, uno de los problemas a que nos enfrentamos en el siglo XXI, es la sumisión a la tecnología (las máquinas, los lenguajes digitales, las imágenes en movimiento, la robótica, la velocidad, el tiempo abstracto y las armas), y a cómo el Gran Poder, el Estado y los grupos delincuen­ciales se valen de ellos para someter y coactar al ser humano.

Por eso los hombres y mujeres se sienten cada día más desdichados e infelices, porque el sufrimiento, el dolor y la muerte le ganan la partida a la libertad, a la justicia, al amor, a la fraternidad y a los derechos fundamentales del ser humano. Y esto es sumamente grave en un Estado demo­crático y social de Derecho. ­

Son hombres poderosos que se valen de las redes sociales, el dinero bancario, las grandes corporaciones, la IA, del temor y de las armas para que el ser humano pierda el domino de sí mismo. Y, si lo pierde,” el miedo se apodera de él y lo domina, zarandeán­dolo en sus remolinos como a un ciego”. Ahora bien, hay que tener presente que «quien se precipita en el abismo ve las cosas de la manera más clara posible, como a través de unas gafas de au­mento”.

Esa misma visión posibilita que el aire que respiramos sea denso y malo de raíz. Los hombres poderosos desean a toda costa que nos precipitemos en el abismo para controlar y disci­plinar a la sociedad. Así que, “la serenidad del pensamiento y el desinterés espiritual aumentan en los momentos en que reina el terror”. Estos hombres poderosos quieren que miremos como en espejo, y que las imágenes artificiales sean más fuertes que las palabras y la realidad. Olvidan que en la antigüedad el “len­guaje causaba un efecto directo y que ese efecto no presuponía la comprensión, sino que la creaba”.

 Somos parte entonces de momentos de ínterin donde el Mundo y la Cultura del artificio se ponen al ser­vicio del Gran Poder. Esto no quiere decir que el ser humano no se guarnezca bajo el Árbol de la vida, en cuyas hojas está escrito el ínterin titánico, una peregrinación cósmica, es decir, el eterno retorno. “La figura del eterno retorno —dice Mircea Eliade— en la tradición mágico-religiosa arcaica, simboliza un intento de retorno a los orígenes”.

Así pues, en Colombia, por ejemplo, los guerrilleros, los paramilitares y grupos delincuenciales conforman las órdenes secretas desde donde fluyen las fuentes del Gran Poder. Es difícil determinar su verdadero radio de acción. Son conscientes del tejido del que forman parte, además no ignoran “la fecundidad para dar vida a nuevos grupos y asociaciones”. Ellos saben, por supuesto, que son una de las formas que tejen las redes del Gran Poder, “de manera que cuando uno trata de seguir su pista, acaba perdiéndose en un gran laberinto”.

Pienso que, en el Gobierno de Abelardo De la Espriella, es imposible reconstruir “normalmente” la nación, la concordia entre los colombianos, después de lo que no fue otra cosa que “la catástrofe en sí”. Estamos en la actualidad en un salto a la barbarie y al fuego, al desprecio por la vida y en la ebullición de admiración a la violencia, la amenaza y la muerte en sacrificio. Esto evidencia que la lógica de la historia es tan destructiva como los gobernantes y los hombres que procrea.

Debemos empeñarnos en restituir la figura del “auténtico superviviente” después de lo que acaeció y acontece en la actualidad en Colombia. Restituir el rostro frágil del hombre que representa por sí mismo, los “tiempos sombríos” en que nos encontramos. Tal como lo evocó Bertolt Brecht en el tejido de palabras de sus poemas. Que estos “tiempos sombríos” nos ayuden a hacer, un “sondeo en la profundidad del mundo y de la vida”. Un tiempo que se expandió como una nube tóxica sobre los colombianos y, lo que ha dejado hasta la actualidad, son escombros humanos y materiales tirados a la vera del camino.

   De ahí que los únicos lamentos que se escuchan no son los de los pobres y afligidos, sino los de los Poderosos.

Ahora bien, no se trata de retornar “a aquel mundo primitivo en el que el miedo es algo poderoso”, pero, aunque seamos parte del mundo global conectado en Red, de la velocidad, del maqui­nismo, de la robótica, de la numerificación y de la objetivación del ser humano, sentimos en lo profundo de nuestra intimidad los miedos ancestrales que heredamos de nuestros antepasados más remotos. Esos miedos ancestrales siempre han estado ahí, espe­rando la rememoración (Eingedenken) o el recuerdo (Zekher); noción que “no designa la conservación en la memoria de los acontecimientos del pasado, sino su reactualización en la expe­riencia del presente”.

Por tanto, lo terrible del ser humano no es enfrentarse a lo desconocido, sino a sí mismo. A sus miedos y vir­tudes ancestrales y actuales, que atormentan la consciencia. “El sentimiento original y primario del hombre —dijo Nietzsche— es el miedo. Por el miedo se explican todos los pecados y virtudes originales. Del miedo ha nacido también la virtud, la ciencia”. Así que, los gobernantes “autoritarios” y “neofascistas”, se valen del miedo y la angustia, para paralizar al contrincante político, para callar al comunicador social honesto y serio en el ejercicio del periodismo, para paralizar las protestas estudiantiles y sociales de los trabajadores, etc.

Evoquemos a Gershom Scholem: “Seguramente, la historia puede ser una ilusión, pero sin esa ilusión es imposible comprender el ser en su dimensión temporal”.  

Vistas las cosas así, las fuerzas del Gran Poder y del Estado o de los Hombres Poderosos, puede ser que los desolladeros, los lugares de sudarios y de demonismo estén dando paso a la luz que ayude a ver con claridad para tener paz espiritual y vivir en armonía en un Estado democrático y social de Derecho. Que respete las libertades fundamentales, la separación entre el ejercicio del poder y la religión, los derechos de la clase trabajadora, de los campesinos, de los jornaleros, de las comunidades negras e indígenas, de los desplazados y excluidos de Colombia.

Porque las fuerzas del Gran Poder, no se combaten solo con las armas, el dolor, el temor o la muerte, sino con la experiencia, la imaginación, el conocimiento, la solidaridad, el respeto a la dignidad humana y a la vida. Cuando la luz del espíritu cae sobre la vida de los hom­bres, lo que percibe no es algo nuevo, sino diferente. Entonces la existencia del ser humano recurre a sus reservas, y hace más cla­ros los problemas que la razón es incapaz de resolver.

De ahí que la cultura, la memoria y el recuerdo posibiliten fun­dar “la cadena de la tradición, que transmite de generación en ge­neración los acontecimientos del pasado”. Porque una sociedad sin memoria y sin cultura queda a expensas de los poderosos, de la trivialidad y de la ignorancia, en las tomas de decisiones polí­ticas, y eso es sumamente peligroso para la democracia y el Es­tado de Derecho.

Es más, cuando la “selecta minoría” determina la vida política, social, económica y cultural de un país, prima el darwinismo económico sobre las verdaderas necesidades mora­les, éticas, materiales y espirituales de la sociedad. Porque a ellos no les interesa la cultura ni la dignidad humana, sino el poder y el dinero. Por eso responden a los principios de la filosofía utilitaria, la ganancia y el dominio sobre el Otro.

En Europa en la actualidad, también en Asía, África y América Latina, las ideologías totalitarias, el auto­ritarismo y el desprecio por la vida y la dignidad humana es algo que se incrementa desde el Estado y el poder económico y militar del momento, dejando tras de sí un montón de ruinas y de escombros, materiales y humanos, a la vera del camino. Y ahora las políticas neoliberales y de recortes, de los poderosos de la Plataformas Digitales, han institucionali­zado el dolor, el hambre, la muerte, el odio y las injusticias socia­les, y las presentan como algo necesario y normal.

Además, es sabido, desde el tiempo de los tiempos, que aquel que le sirve al mundo con el espíritu está blindado con anillos luminosos. Así, un signo de las épocas de decadencia es hacer visible el poder de la materia sobre la llama del espíritu. Entonces se niega la antigua sentencia que dice: “Los más hermosos presentes de los dioses son siempre gratuitos”. Los verdugos de los pueblos y las naciones, los neofascistas y los autoritarios, saben que “profundo es el odio que en los corazones abyectos arde contra la belleza”.

En algunas tierras todavía se conserva la tradición de los cha­manes, los sacerdotes, los poetas, los cantores de vallenatos, los juglares que “cumplen la función de juez de los muertos”. Esos cantores y tejedores de palabras se encargan de que “los dioses vuelvan sus miradas hacia la existencia del desaparecido y de ce­lebrarla en sus versos poniéndola de relieve, al modo que el buzo saca a la luz la perla incrustada en la ostra”.

El pueblo sabe dis­tinguir entre las personas que componen y cantan alabanzas a los dioses por el retorno de las estaciones, las cosechas, la vaquería, la salud, el amor y la vida, y los que siembran en el corazón de los hombres el fruto del odio, la maldad y la muerte. Sabemos enton­ces que la vida de los hombres transcurre entre la amargura y la alegría, la desesperanza y los momentos de felicidad, “tal como nos está acordado a nosotros, los humanos”.

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