domingo, 16 de agosto de 2026

 

 

 

                                        ¿Es el hombre un ser fronterizo?

                                                            Madrid-España a 16/08/2026

“A todos los que sufren, sienten dolor y miedo, por las políticas de inmigración del Poder Total, el cual progresa en configuraciones cada vez mayores, a través de todas las resistencias. Y dejan a la vera del camino carnes flageladas, llanto, hambre, deportaciones o muerte. Este no es otro que la persona que sufre, y se encuentra desprotegido y solo y, cuya inseguridad es también total. Así que, es del miedo de lo que vive el gran despliegue del Poder Total, y la coacción adquiere especial eficacia en aquellos sitios donde se ha intensificado la sensibilidad”.

 Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 Este ensayo es una investigación interdisciplinaria sobre el lenguaje que está abriendo nuevos campos de indagación para comprender el enigma de la realidad (política, económica, militar, geoestratégica y cultural, en la actualidad) o, el tejido vivo de la existencia de la condición humana. El problema se centra que sí se modifican los universales históricos, se transforma la estructura general del Ser, del existir y del mundo que vivimos. Cambios que van desde la ontología hasta la epistemología.

De ahí que las transformaciones en los medios electrónicos de comunicación de masas (Facebook, WhatsApp, Instagram, X, etc.), son un fenómeno secundario. Frente a la psicología del pronombre de la primera persona, la consciencia de la muerte, el transcurso del tiempo, las convenciones de repetición y variación lingüística en las que se basan las técnicas de evocación.

Son sólo un fenómeno menor. Así pues, la comunicación humana no se puede reducir a un fenómeno de opinión, (político, económico, social, o de orden público), ya que toca la estructura profunda de la identidad del hombre. Así que, vale la pena recordar que “cuando nos interrogamos sobre el cuándo y el cómo del lenguaje, en realidad nos estamos planteando los orígenes de la humanidad del hombre”.

Los conceptos de Hombre y Lenguaje existen de manera entrelazada. El concepto de hombre pre-lingüístico –del hombre antes del hálito de la lengua- es una quimera. El hombre no se convierte en ser humano, al pasar al lingüístico. Porque la esencia del hombre es, enteramente instintiva, lingüística y racional. Recordemos que sí la estructura sintáctica de la percepción se modifica; se modifica también la forma de la comunicación.

Ahora bien, ¿Cuál es el estrato profundo que oculta el paso del lenguaje natural al lenguaje del artificio? Que la Vida y la Muerte se trivialicen. Sí los “efectos de la supresión de las inhibiciones verbales sobre la vitalidad y el núcleo misterioso del lenguaje” se profanan, el sentido de la existencia pierde valor. Así, la imagen que tenemos de la muerte, su dimensión poética o trascendente, se vulgariza. Con el auge de los lenguajes digitales o, del “logos” del artificio, está en juego la gramática del pasado, del presente y del futuro; el lenguaje natural como corrientes espirituales que nos permite “ser” y “estar”. Es decir, la naturaleza del Ser que desemboca en el lenguaje.

Se necesita en una sociedad como la nuestra, que “la imaginación puesto que es la única que comprende la analogía universal, o aquello que una religión mística llama correspondencia”, despierte de su sueño invernal y advenga al encuentro del hombre. Porque la civilización técnica del presente-actual, está sustituyendo las relaciones de sentido por relaciones artificiales. Sustituir al hombre que se inculpa así mismo y valora su hacer, por el que convierte su cuerpo en un campo de batalla y es capaz de dar la vida en sacrificio –por una ideología o un dogma-, se presenta a los recursos de la sensibilidad y la imaginación, como una desdicha fundamental. Por supuesto, el valor normativo o numérico no se puede convertir en el único telos del hombre contemporáneo.

A un pensador le está permitido imaginar y reflexionar, no comprometer lo que escribe a una ideología, a un partido, ni al imperativo moral de la sociedad. Se trata de no creer en el nacionalismo, el populismo y el patriotismo, porque son sólo un acto de fe. Por eso el pensador no debe hipotecar lo que escribe a una crítica del presente-ahora, sino de revelar la magia que encierra la realidad y la vida.

Observamos que el despilfarro de la energía vital está a la orden del día. Por tanto, captar la atmósfera que reina en el mundo contemporáneo, es tarea de espíritus sensibles y de la inteligencia general que presta atención a las cosas de la vida y de la realidad. En esta alta civilización abstracta hemos llegado a una concepción nueva de la existencia y de las relaciones de fuerza. Nos percatamos que el carácter instrumental de la técnica se está fusionando cada vez más, con el carácter instrumental de poder, y ésta mutación repercute en la naturaleza del ser humano.

Observamos, por ejemplo, que el valor artificial de la vida se sobrepone al auténtico de la existencia. En este estado de cosas se hace necesario, que el ser humano recurra a su mundo interior, al espíritu, lo Absoluto que mora en él. De lo contrario estaremos destinados a que fuerzas oscuras, abstractas y distantes nos dominen. Sí el lenguaje y el pensamiento no responden a las esperanzas y necesidades humanas, los hombres en pocos espacios de tiempo seremos criaturas deshumanizadas, victimas del sin sentido de la historia y los avatares de la existencia.

Quizá en esta época como pensó Stevenson, no necesitemos “códigos de normas” sino “un espíritu prevalecedor”; “no verdades” sino “un sentido de la verdad”; “no puntos de vista” sino “una visión”. O, tal vez valernos de Novalis cuando dijo: “El primer genio que penetró en sí mismo encontró aquí el germen típico de un mundo inconmensurable. Hizo un descubrimiento que no pudo ser sino el más extraordinario de la historia universal, con él comienza toda una nueva época de la humanidad, y solamente a partir de este nivel se hace posible una verdadera historia de la clase que fuere, pues el comienzo que hasta entonces se había recorrido constituye ahora un todo propio, enteramente explicable”.

La aventura de lo inexpresivo, del pensamiento y las vivencias del “Yo”; como ojo interior de todo “hacer” y “pensar”, lo confirma. Donde reflexionar o sentir se convierten en imágenes de colores refractadas en el espejo interior. Es la clase de personas que necesitamos, porque nos ofrendan la vida y el mundo como un Don gratuito de los Dioses. 

Se trata de develar que aquellos que defienden con bombos y platillos la hybris del progreso, la dynamis de los procesos y la primacía de la técnica, desconocen que el mundo interior del hombre, la sique (la psyché, “el alma humana”, la fuerza vital de un individuo), y su umbral perceptivo, están abriendo otros campos de visión, de existencia y realidad. Están “aflorando a la superficie, por el contrario, otras cuestiones que son distintas de las anteriores y más contundentes que ellas”.

Son las que brotan del Árbol adentro de la naturaleza humana, de la fuerza del espíritu, lo natural o eterno. Sacar a la luz, por ejemplo, la cuestión política o económica; y preguntarnos, ¿Cómo han tomado rostro de nuevo en la esencia de la técnica y las formas del ejercicio del poder? ¿Cómo la revolución técnica en las comunicaciones, la capacidad de control sobre la conducta y el pensamiento, tiende a la disolución de la coherencia interior del sujeto o, a apropiarse de la última ciudadela que falta por conquistar, el cerebro humano? La cuestión política, por así decir, no se interesa ya por la relación entre libertad y autoridad, libertad y necesidad, ni la búsqueda de una vida justa y digna, el amor al bien común y la justicia social.

Sino por convertir al ser humano en número o, cosa desechable y manipulable. O, en otras palabras, transformar la práctica política en espectáculo. No le importa suplir las esperanzas y necesidades humanas, sino la conversión de todo lo humano a estadística. Donde la conducta y el pensamiento estén controlados aún a larga distancia. Espero que el temple vital, no abandone al ser humano. Y contribuya a esclarecer el paso de las letras a las imágenes, del lenguaje espiritual al material –ahí es donde está el punto de inflexión entre el mundo creado por el espíritu y el creado por la lengua material.

Es deber moral esclarecer los medios y los fines de la investigación científica o, de la técnica o, de la política; además preguntarnos, ¿por qué la esencia de las cuestiones ha sufrido cambios tan profundos? Mi trabajo al servicio de la humanidad tiene que apoyarse en una elevada moralidad.

La manipulación política de la libertad, la propaganda autoritaria, los plebiscitos, los lenguajes digitales, en esta civilización abstracta “ponen de manifiesto el destronamiento político de las masas que el siglo XIX había desarrollado”. En las sociedades contemporáneas es visible una experiencia nueva de pobreza, abandono y soledad, en particular en la Gran ciudad. Asimismo, un desierto auditivo y perceptivo, que afecta a la esencia del hombre y de las sociedades.

Nos encontramos en un mundo donde las palabras no concuerdan con los hechos. Y el ámbito más evidente es, el de la política. De ahí que un mundo vigilado, dominado por la estadística y los instrumentos técnicos, determinado por gobernantes autoritarios y demagogos, se convierte en un lugar siniestro y adverso a la esencia del ser humano. Porque todo lo que somos y hemos sido está atravesado por el lenguaje. El lenguaje da forma a la realidad y, a la vez, es el filtro de la realidad y de la existencia. Cuando el lenguaje político lo corrompe, también corrompe la naturaleza espiritual del ser humano y se resiste a la verdad.

Se siente en la atmósfera que respiramos que la civilización técnica, de sociedades de masas y de cultura de masas, de nacionalismos exacerbados, agresivos donde predomina el racismo, el odio al Otro, al pobre, al migrante, al negro o al mestizo, ponen en funcionamiento un nuevo empleo de la violencia; escenificado en los medios de comunicación de masas, Internet, Facebook, Instagram, etc. Donde la propaganda invita al consumo desaforado, el desempleo deambula por la Gran ciudad, el hambre mendiga en las calles o, las puertas de las iglesias, la prostitución, la droga, el alcoholismo, la insalubridad, lo testifica.

Así pues, estas esferas del Espíritu de la Época, se corresponden con el tiempo frío, chato, alejado de la Gran ciudad. Aquí en este ámbito prevalecen las relaciones inconexas y distantes. Que George Simmel denominó: Distancia psicológica. Sabemos por estas cuestiones cuáles son las exigencias de nuestro tiempo, nuestro estado vital, sabemos muchas cosas más. En esos sitios donde además de prevalecer la mera fuerza de voluntad, la materia y el ejercicio del poder, “aparecen también rasgos espirituales, allí perdura un material antiguo”.

Como humanista pienso que, la búsqueda de la “dulzura” y la “luz” - (lo poético, la sabiduría o la cultura)-, debe anteponerse a la del fuego y la fuerza. Así que, no es el poder ni las armas el que otorga la recompensa más alta, sino el aedo. Un poema, una novela, un atardecer, un fragmento de felicidad, la luz del espíritu, la sonrisa de un ser humano, el tapiz de colores que teje y desteje el tiempo del mundo; quizá tengan más “peso” que los contenidos históricos, el poder o el dinero. Porque responden a necesidades psicológicas y morales del ser humano. De ahí que el lenguaje es el mecanismo de la literatura para la ficción de la historia, de la realidad y de la vida.

Ese material que acompaña al hombre desde la Antigüedad, tiene que ver con la fuerza del espíritu, la sensibilidad y la imaginación. Por eso “la atmósfera que reina en el mundo es contradictoria e inextricable –en unos sitios es prometeica, con grandes fuegos y manos tendidas hacia las estrellas, en otros es apocalíptica, con sentimientos de culpa que remuerden la conciencia”. Se están abriendo nuevos órdenes que tienen que ver con la fuerza del espíritu. En algunos sitios la hybris del progreso y la técnica, la política y la economía, dan paso a las potencias del espíritu.

Nos damos cuenta que reconducen a las sociedades por otros senderos del que ofrece el automatismo y el confort técnico, la estadística y la política. Lo característico de la época que vivimos, su total indiferencia por lo fundamental; tiene que ver con la lucha, el trabajo, soportar el peso de la existencia ordinaria. En la Gran ciudad prevalece el artificio de los instrumentos técnicos, el dinero, la velocidad, el ruido de las máquinas, la simulación, el consumo, las bellas materias, el lujo, el número o la voluntad de poder. Ahora bien, ¿qué es lo propio de la época? Ir a pie juntillas detrás de la sensiblería ordinaria, del tópico y el lugar común. También de la opinión que difunden los medios de comunicación de masas y las redes sociales.

Dicen en algunos casos, que la fuerza del espíritu es anticuada, rancia, pasada de moda; de ahí que las potencias de la intuición o la reflexión del pensar, se antepongan al Espíritu de la Época. Ya que pensar sobre los avatares del espíritu y la vida, genera angustia, desasosiego e inseguridad, al no estar habituados a estos menesteres. Además, el hombre no está acostumbrado a reflexionar, a manejar responsablemente la libertad, sino delegarla a algunos poderes establecidos: la iglesia, el partido, el Estado, la policía, el líder, la moral común ordinaria, al orden jurídico, etc.

En este orden, solemos ver la vida y las cosas desde un corte pequeño, minúsculo; la óptica desde donde miramos es siempre reducida; la familia, las costumbres, el trabajo, los amigos, el barrio, el bar, las necesidades de la existencia ordinaria. Pero no solemos verla como un Todo. Parece como si las cosas las viéramos como en espejo. Por eso sentimos o vemos erróneamente su valor. Esa función la cumplen cabalmente los instrumentos técnicos, el mundo cinético o los lenguajes digitales. Ahora, Internet legitima el artificio de la existencia individual; lo que se llama Cultura de lo efímero.

Hemos olvidado que el hombre no es una fórmula matemática, un conjunto de números, un silogismo, tampoco una imagen artificial. El hombre es “un sutil, intrincado, irracional y absurdo resultado de emociones, sentimientos, fantasías, delirios, sueños y mitos” –como expresó Ernesto Sábato, en el texto “Entre la letra y la sangre”.

Ahora bien, cuando el espíritu se entrelaza con el ámbito oscuro del ser humano, le tiende la mano y lo levanta sobre los escombros de sus inmundicias para que alcance la morada de los Dioses o, de las Musas. Por eso termina rompiendo los cánones establecidos, las normas y las categorías gramaticales, que legitiman el ejercicio del poder. Entonces, sobre los oscuros nubarrones y las tempestades de acero, se configura el triunfo de la vida sobre la muerte, la “luz” y la “dulzura”, sobre “la oscuridad natural de las cosas”. Aquí, en este caso, se constituye el ámbito donde la frágil y deleznable criatura humana, alcanza la trascendencia. Porque el ser humano por naturaleza es un ser fronterizo.

Eso que da hálito a la lengua de la vida, equívoca, multiforme, contradictoria e insondable. Es el principio esencial del lenguaje vivo. El lugar donde la fantasía poética se entrelaza con la imaginación y la analogía. En estado de literatura o, de poesía, el lenguaje es ficción. Por eso trasciende las barreras del tiempo y del espacio, es decir, de las vidas vividas, de la muerte, de la identidad del “Yo” y, de la realidad.

El arte y, sobre todo, las ficciones de la novela y la poesía, representan las ideas, los sueños, los símbolos o los mitos de una sociedad. El arte humaniza el conocimiento, porque amplia la base de la vida y la inteligencia, porque trabaja para difundir la “dulzura” y la “luz”, en el corazón de los hombres. El arte no tiene nada que ver con el pensamiento lógico, las matemáticas, el tiempo abstracto, sino con la naturaleza del hombre concreto de carne y hueso. Por eso el drama que vive el hombre contemporáneo se representa descarnadamente en las obras de arte.

Así, el poema posibilita la crítica de la condición humana y las fronteras últimas a las que ha llegado el hombre de hoy. También ayuda a alcanzar las cosas de la mente y los sentimientos, en cultura y totalidad. Por tanto, el mundo donde reina la soledad, la incomunicación, el secuestro, la tortura, la muerte, la violencia, el odio, el terrorismo, la guerra, la miseria de la naturaleza humana, se convierte en material del creador. Los griegos pensaban que el arte debe educar a su pueblo; y el creador ha de ser profeta de su Destino.

Como la lengua, el arte nace de lo más profundo del ser humano; hace referencia a los escombros de los sueños, los desfiladeros de las pesadillas, los pliegues de los mitos, al sentido de la verdad, que tejen el mundo del hombre. Esto nada tiene que ver con el concepto de Progreso. En la danza del tiempo, del azar y el destino, nos damos cuenta que el arte no progresa, como no progresan los sueños, las mitologías o las pesadillas. De ahí la necesidad del verdadero espíritu revolucionario, que exalta el “Yo” concreto, la subjetividad y, el interior del hombre.

El que se rebela contra la masificación y objetivación del ser humano, y cómo la ciencia y la técnica lo han convertido en plataforma de lanzamiento. Estamos en los frontispicios de una civilización que termina –el acabamiento normal de una cultura–, como pensó Oswald Spengler. El arte y la filosofía entonces se erigen como algo fundamental, para comprender las civilizaciones actuales. Son alimento espiritual, goce para los sentidos y ejercicio intelectual.

Los artistas y los pensadores, son los que trastornan las normas establecidas, el orden jurídico o la moral ordinaria; por eso son mal vistos por el “statu quo”, el Estado y sus instituciones. En este mundo de alta civilización técnica y de irracionalismos políticos, de neo-nacionalismos exacerbados y fundamentalismos religiosos, ideológicos o, de militarismo, la conciencia crítica del artista, del poeta, del pensador o, del hacedor de literatura, es fundamental.

En una época como la nuestra donde el hombre es capaz de todos los extremos; de violar la dignidad del otro, de asesinar en masa o, alcanzar la grandeza más sublime: morar al lado de los dioses o, de hundirse en el hoyo profundo y oscuro de la desesperanza o, la muerte. De encarnar las perversidades más degradantes de la condición humana. La estética se convierte en algo importante para percibir la vida, el mundo y la realidad, con la sensibilidad, la inteligencia y la cultura en general. Los artistas al referirse a la existencia, trascienden sus propias limitaciones y perversidades. Porque “sus obras se levantan sobre la sangre y el estiércol de esta triste humanidad como inmaculadas estatuas que miden hasta dónde puede llegar el espíritu humano”.

No olvidemos que, durante el siglo XX, y ahora, a principios del XXI, el hombre alcanzó en física, en biología, en neurofisiología, biotecnología, astronomía, nano-ciencia, tecnologías, Inteligencia Artificial, neurociencia, y en las ciencias del lenguaje y del aprendizaje, etc., las cuotas más altas. Pero también alcanzó la ignorancia más profunda sobre las sabias ideas del bien y el mal, la muerte y el infortunio, lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo. Olvidó el principio que: “La estética es la madre de la ética”. Que el tejido vivo de la existencia se basa en los pilares de la ética.

Es en la esfera “de la ética –nos recuerda Hermann Cohen-, donde se da la correlación entre Dios y el hombre, y sólo puede darse si entra en juego la correlación entre el hombre y el hombre que ella misma incluye. Hasta ahora, la esfera religiosa ha representado para el hombre, una vía de acceso a lo interior, invisible y Absoluto, de la existencia individual”. Estas imágenes se convierten, en conductos a través de los cuales, las verdades místicas revelan lo sagrado de lo cotidiano.

Por eso el hombre tiene una relación especial con el mito, el rito y la simbología sagrada. El poeta lirico de la Grecia clásica del siglo VI, Píndaro, legó, que el sentido místico del rito era fundamental en la vida del ser humano.

En estos tiempos desacralizados y materialistas, donde predomina la fuerza, la violencia, la guerra, la discriminación y la muerte, parece que el ser humano rechazara la magia que posibilita el sentimiento de lo sagrado; escuchar el latir de lo eterno; sentir el instante donde la jovialidad recobra su belleza; o, que “el prójimo en sentido propio”, sea el único ser “que anuncie la exigencia ética de ser tratado como otro yo mismo”. Por eso el sentido de las religiones es reunir y, al mismo tiempo, unir al hombre con el otro hombre para participar de la felicidad, del amor y la vida eterna, como expresión religiosa de la moralidad.

De esta relación mística y divina del ser humano con lo eterno, se intuye que la fe convulsiva, agresiva, discrimina la otredad, esto es, la raza, la lengua, los ritos, los símbolos, los estilos de vida diferentes, y produce odio, dolor, sufrimiento y muerte. El martirio es el medio del sufrimiento, del dolor y la muerte. En la época actual el “tipo” de religión y de política agresiva, violenta, que incrementan el odio, la discriminación y la muerte, son anti-humanistas. Porque no son tolerantes, inclusivos, fraternales, solidarios y amorosos, en la vida privada y pública.

Dentro de cincuenta años a nadie le interesa el gobernante en la actualidad, sino lo que el pensador o el filósofo, el novelista o el poeta dijeron sobre la realidad y el mundo, la historia y el mito, el tejido vivo de la existencia y la trascendencia. Eso que Hannah Arendt llamó Condición humana.

En la época nuestra, por ejemplo, la sacralización del orden de las cosas; una cierta sacralización que los instrumentos técnicos y la imagen en movimiento, han secularizado; está trastocando el mundo que vivimos en algo detestable, siniestro y digno de admiración y respeto. Es necesario en la actualidad que, las esferas de la ética, de la moralidad y de la estética, restauren la textura de la realidad, del mundo y de la existencia en general.

Así que, todo lo que permanece en el hombre, es una parte del Absoluto que mora en el interior de él. El sentido de la belleza, el amor, la amistad, la fraternidad, la veneración, la simpatía de los grandes poetas de la humanidad, lo confirma. Sí Dios insufló al hombre Espíritu, Vida y Lengua; derramó en él poesía sublime y trascendente. Un sentimiento sagrado que acompaña al ser humano desde el Génesis.

En ésta existencia tan desdichada y desacralizada que vivimos, se hace necesaria esa sabia mitología que permita al ser humano desandar lo andado, para captar los fragmentos de la Divinidad. Para que se desvelen los enigmas de la condición humana. He ahí la literatura, la religión y la filosofía, enfrentándonos a nuestro trágico destino de animal lingüístico, equivoco y multívoco; y, a la vez, ser un animal metafísico. Es decir, animales fronterizos.

Ernst Jünger expresó en la Tijera: “Desde los inicios se tuvo conocimiento de que no podemos saber ni de dónde venimos ni a dónde vamos y se sospechó que nuestro estar aquí en la Tierra, nuestra presencia en ella, es tan sólo una breve interrupción del camino”.

 

 

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