La
libertad en el ámbito político
Madrid-España a 20/08/2026
Antonio Mercado Flórez. Filósofo
y Pensador.
Una lectura de los Diarios de Hannah Arendt me indujo a
pensar el problema de la libertad. Que en la historia de la humanidad
incentivaron a pensadores y filósofos como: Platón, Aristóteles, San Agustín,
Tomás de Aquino, René Descartes, Baruch Espinoza, Friedrich Nietzsche, Jean
Paul Sartre, Isahias Berlin, entre otros. Preguntamos, ¿está en la naturaleza
en sí de los procesos automáticos o los procesos históricos, a los que el
hombre está condicionado o adherido, que pueda afirmarse en y a través de la
acción, la libertad del ser humano?
Una vez que los procesos
producidos por el hombre se vuelven automáticos, se tornan fatales como los de
la vida natural. Que conduce al organismo vivo, biológicamente hablando, del
ser al no-ser; o, de la vida a la muerte. La libertad impregnada por la acción
y el comportamiento teórico y práctico. Es en sí una especie de luz que eleva
la acción política a transformar los procesos automáticos e históricos. Así, la
libertad tiende a develar los fenómenos históricos en cuanto posibilita la
acción política en la sociedad.
Entonces, la acción es “obrar”.
Un hacer circunscrito a la práctica política y a unas circunstancias históricas
determinadas. La libertad es la llama de la vela que alumbra los logros o los
fracasos, en la praxis política. Por eso, ella siempre es un comienzo en el
devenir de las acciones humanas y, en particular, de la política. En cuanto la
libertad es llevada a galope sobre la práctica política es histórica.
Así pues, queda preservada en la
memoria y la rememoración. Pensando la existencia del hombre o los hombres, no
sólo habitan la casa del Ser, el lenguaje, sino también la morada de la acción
política. Medimos el hacer político, la acción en la esfera pública por el
rasero de los logros de su práctica, colmados de éxitos o fracasos.
Así pues, en esta alta
civilización técnica, de sociedad de masas y de cultura de masas, Ernst Jünger
piensa que, “se ha llegado a una concepción nueva del poder, se ha llegado a unas
concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantearles cara se
necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no puede tener
nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra”.
En la actualidad: “Las corazas de
los nuevos Leviatanes tienen sus brechas propias, que continuamente están
siendo palpadas, y esa operación tiene como premisas una prudencia y una
audacia de una especie nunca antes conocida. Así, uno se inclina a pensar que
existen aquí minorías selectas que están iniciando la lucha en favor de una
libertad nueva, una lucha que requiere grandes sacrificios; no es licito dar a
esa lucha una interpretación que resulta indigna de ella.
Para encontrar algo parangonable
con esa lucha es preciso dirigir la mirada a tiempos y lugares esforzados; por
ejemplo, a los de los hugonotes o a los de las guerrillas que Goya vio en sus Desastres. Comparada con estas cosas, el
asalto a la Bastilla, de la cual sigue alimentándose hoy la consciencia de libertad
del individuo, no pasa de ser un paseo dominguero por las afueras de la
ciudad”.
Pero, el quehacer de la política,
su acción, teórica o práctica, se vale del lenguaje, del pensar y la libertad,
para alcanzar lo que se propone. Bueno bien, ¿de dónde saca la libertad su
fuerza y medida? ¿cuál es la ley de su hacer y decir? Por supuesto, de la
esencia que la determina a sí misma y la impulsa a romper el cerco de los
procesos automáticos y los procesos históricos.
Es decir, la existencia de la
libertad rompe con la multiplicidad de determinismos que la condicionan en sus
diversas formas: “Hay un determinismo físico
de la libertad, que es el simple resultado de aplicar a la causalidad libre la
misma rigurosa determinación de la causalidad natural. Hay un determinismo biológico o fisiológico, que apenas
difiere del anterior. Un determinismo social,
que rara vez es tan extremo que destruya en absoluto la libertad humana, a la
que, sin embargo, restringe y bloquea por el medio social, las ideas
dominantes, la educación, etc.
Hay un determinismo estrictamente
psicológico, que más que una negación
de la libertad es una falsa concepción de ella, pues no anula la espontaneidad
del acto libre y su fundamento en la razón, aunque afirma que la voluntad queda
rigurosamente determinada por el motivo más poderoso. Finalmente hay un
determinismo metafísico y teológico,
al que algunos pueden llamar fatalismo, que llega a la negación de la libertad
humana, y aun a veces de toda libertad, descendiendo de ciertos principios
metafísicos o teológicos con las que se las cree incompatible”.
Podemos
afirmar que, la acción es en
cuanto destino de la libertad. Sin ésta la acción política se condiciona a los
procesos históricos o al determinismo político. La libertad hay que blandirla
como hace el guerrero con la espada; porque del manejo responsable de ella
depende la justicia, la fraternidad, la convivencia pacífica, la educación, la
cultura, los derechos humanos, la paz. El advenimiento de la libertad trae
consigo el evento de la acción política.
Huir a refugiarse en lo
siempre-igual no exime al ser humano de peligros. El peligro adviene cuando la
libertad posibilita que la acción entre en discordia con lo establecido como
verdadero. Que amenace al Estado y sus instituciones, al poder o, a las
minorías selectas que lo ejercen; o, que posibilite el pensar, el análisis, la
crítica, del mundo y la realidad, de las relaciones de poder y de saber. Así
pues, la libertad contiene en sí “el catálogo de las cosas posibles que siempre
está ahí – para que una posibilidad salga escena es preciso que se la acepte”
–al decir Ernst Jünger.
Ya es
hora de desacostumbrarse a sobrestimar la política, la economía, la
imagen o, los lenguajes digitales y, por así decir, no pedirles más de lo que
pueden ofrecernos. En la actual precariedad y mediocridad del mundo, es
necesaria más acción y más atención a los fines de la política y de los
políticos. Por eso la política se encuentra en vías de descenso hacia la
pobreza de su esencia; porque priman los intereses del partido y del Gran Poder, sobre el bienestar y el
progreso de la sociedad.
Ahora vemos que las Grandes Empresas Tecnológicas (Amazon,
Telefónica, Facebook, Instagram, X, Meta, etc.), se están convirtiendo en un
nuevo Estado dentro de los Estados Modernos y, es sumamente grave para la
libertad y la autodeterminación de los pueblos o las naciones. Ahora se trata
de luchar contra un enemigo que nos vigila las 24 horas del día y se apropia de
lo que hacemos, pensamos y escribimos. Por así decir, se convierte en el Gran Hermano técnico y del mundo
técnico, es decir, del técnico y del colectivo técnico.
Arendt
piensa que, en los procesos históricos los períodos de
libertad han sido relativamente cortos en la historia de la humanidad. Lo que
permanece intacto en épocas de petrificación y ruina es, la facultad de la
libertad misma. La capacidad de comenzar, que anima e inspira todas las
actividades humanas. Y, constituye, por así decir, la fuente oculta de
producción de las cosas grandes o bellas.
Por eso la estética es la madre de la ética y de toda capacidad de
juzgar.
La libertad no es una virtud del
hombre, sino un Don supremo que el
hombre entre todas las criaturas de la Tierra crea. Pero es a través de la
acción, cuando devela la luz que se esconde detrás del forro de los fenómenos
históricos. Si es verdad que la acción y el comenzar son esencialmente lo
mismo, una capacidad para realizar milagros debe estar dentro del rango de las
actividades humanas.
Dice
Arendt, está en la naturaleza de todo nuevo comienzo el irrumpir en el
mundo como una “infinita improbabilidad”, pero es esto lo que en realidad
constituye el tejido de lo que llamamos real. Esta “infinita improbabilidad” es
válida para un nuevo nacimiento o interrumpir la lógica y la coherencia de los
procesos históricos.
De
ahí que los sistemas totalitarios, detesten la venida de una vida nueva al
mundo, por ser siempre un recomenzar. Un volver a empezar que esconde detrás de
la voluntad y de la acción, del pensar y el lenguaje, la ruptura con lo
establecido como dogma o verdad.
Después
de todo –piensa Arendt- nuestra existencia descansa, por así decir, en
una cadena de milagros, el llegar a existir la Tierra, el desarrollo de la vida
orgánica en ella, la evolución de la humanidad a partir de las especies
animales. La cadena de “milagros” es válida en los procesos del Universo o de
la Naturaleza, esto es, que exista la tierra a partir de los procesos cósmicos,
la formación de vida orgánica a partir de los procesos inorgánicos. La
evolución del hombre a partir de los procesos de la vida inorgánica, muestran
“infinitas improbabilidades”, que se constituyen en “milagros” en el lenguaje
cotidiano.
Así que, la experiencia que dice
que los acontecimientos son milagros no es ni arbitraria ni sofisticada; sino
de lo más natural, en la vida cotidiana es un lugar común. Sin esta experiencia
corriente la parte asignada de la religión a los milagros sobrenaturales sería
incomprensible. Así que, teniendo presente la interrupción de los procesos
naturales por el advenimiento de una “infinita improbabilidad” ilustra lo que
llamamos real, en la experiencia ordinaria adquiriendo su existencia por
coincidencias más extrañas que la ficción.
Seria superstición esperar milagros, “infinitas improbabilidades”,
en el contexto de procesos automáticos sean históricos o políticos, aunque no
estén excluidos. Además, la historia está llena de acontecimientos que el
milagro, la “infinita improbabilidad”, ocurre frecuentemente. Ya que, por
decir, los procesos históricos son creados e interrumpidos, por iniciativa
humana por ser un ser que actúa. Y detrás de la acción se esconde la esencia de
la libertad, que le posibilita actuar en múltiples esferas.
La
libertad como hecho demostrable y la política coinciden y se relacionan entre
sí como las dos caras de una misma moneda.
De ahí
que lo
impredecible y lo imprevisible se esperan como milagros en las esferas de la
vida política. La diferencia decisiva entre las “infinitas improbabilidades”,
sobre la cual descansa la realidad de nuestra vida terrenal, y el carácter
milagroso inherente a esos eventos que establece la realidad histórica,
consiste que, en el dominio de los asuntos humanos conocemos al autor de dichos
“milagro”. Son los hombres quienes los protagonizan, quienes por haber recibido
el doble Don de la libertad y la acción pueden establecer una realidad
propia.
Una
realidad que responda a las apetencias morales,
espirituales y materiales; pero también, en la vida pública, la política, que
la libertad y la acción tiendan a la justicia social, el respeto a los derechos
de la persona individual: a la vida, al libre pensar y actuar, lo bueno y lo
bello, la libertad de creencias religiosas, política y de acción libre
responsable, la libertad de pensar, escribir, criticar y juzgar, etc.
Es necesario un Estado democrático Social de Derecho que
proteja y facilite a la sociedad la acción política y la libertad, como piedras
angulares de la colectividad democrática y libertaria. Porque el mundo común es
el escenario de la acción y la palabra; sin un ámbito políticamente garantizado
la libertad carece de un espacio mundano en el que pueda hacer su aparición.
De ahí que, la libertad necesita
de un mundo organizado políticamente en el que cada hombre libre pueda insertarse
de palabra y obra. De lo contrario, será sólo una manifestación de la libertad
interior o subjetiva de la persona humana o, tal vez, la libertad cercenada o
secuestrada por el poder autoritario o totalitario. Porque existe una
concatenación entre el mundo común que comparten todos los hombres, la palabra
y la libertad.
En este orden de ideas, el Mundo Moderno posibilitó que el
lenguaje cayera en un vacío profundo y oscuro que obstaculiza comunicar los
contenidos espirituales que le corresponden. “Un mundo donde la objetivación
incondicionada de todo, que procede de la subjetividad se relaciona con la
metafísica. En este ámbito el lenguaje cae al servicio de la mediación de las
vías de comunicación a modo de acceso uniforme de todos a todo, pasando por encima
de cualquier límite –al decir de Martín Heidegger.
Así que, en la actualidad la objetivación del
lenguaje en la comunicación rápida y simultánea es lo único que perdura:
efímero por sí mismo se sostiene sobre el sistema general de la información, que
hace de las noticias conmensurables de acuerdo al interés que el sistema
administra. Degradan la experiencia de cada uno de nosotros, la experiencia
individual y concreta de cada ser humano. Degradan el tejido de la percepción y
la participación en lo diferente de los acontecimientos, que se oponen a lo
inefable y eterno de la verdad.
En este orden de ideas, Walter
Benjamín asocia el valor de eternidad a la narración. Si observamos ésta con
ojos desencantados, toda genuina narración está rodeada de un halo de arcaísmo,
como si fuera una historia que se ha contado de generación a generación en el
tiempo: contando desde siempre y para siempre. Así que, las figuras que la
narración toma en el transcurrir del tiempo, no anulan la esencia que la
determina. Sino que la enriquece y da sentido y coherencia a las historias de
los hombres y los pueblos.
Por eso la narración trasciende
en el tiempo y el espacio a la información rápida y simultanea; pero ante todo
en la polifonía y el sentido del lenguaje. Además, somos parte en tanto que
cuerpos finitos y flujos de consciencia, a enfrentarnos en el mundo de la
técnica a una serie de aparatos y de máquinas, que condicionan el ritmo de la
vida. Porque rompen con la sucesión de la experiencia y la narración, que trenzan
los hilos de la imaginación y del lenguaje. Ya que el tiempo de las máquinas
es, un tiempo simultaneo y abstracto; el de la experiencia y la narración es un
tiempo concreto, cosmológico, que nos trae y regala cosas nuevas en cada
narración.
En este caso, la uniformidad del
lenguaje posibilita la objetivación de la existencia. Entonces el ser humano se
percibe como objeto o número. La “existencia privada” cae en los espejismos del
sistema general de la información, que corrompe los contenidos espirituales del
ser humano. Entre ellos los contenidos del lenguaje y la libertad. La “opinión
pública” es la que materializa la “existencia privada”. Así el individuo deriva
la existencia individual a la esfera de lo público y lo político.
En esta Civilización de lo efímero los medios de comunicación o las redes
sociales, le otorgan al individuo la objetivación de su existencia. Por eso la
coherencia de la individualidad se quebrantó en nombre de lo efímero de la
vida. La “opinión pública” decide lo “comprensible y lo desechable por
incomprensible”. Además, degrada no sólo la esfera privada, sino que sustituye
los hechos por opiniones falaces y vacías, que falsean la libertad del ser
humano.
Estamos en un devenir en el que la realidad se falsea en
nombre del poder y el dominio sobre el Otro. En este ámbito, lo interesante no
es el Ser, el lenguaje, el pensar, la libertad, sino lo automático, lo pasajero
y placentero que ofrece el Sistema como realidad. Todo se consume y pasa en el
devenir del tiempo como la tersura de la piel joven a las arrugas de la vejez.
Lo sorprendente de la Civilización de lo efímero, consiste que, lo pasajero
y automático no dejan huellas en la vida del ser humano.
Todo fenómeno hace parte de lo
siempre-igual, la alteridad espacio-temporal de los hechos, la experiencia, de
la vida, se ocultan en la publicidad, el lujo, el consumo masivo, el marketing,
el deporte, el dinero o, el Gran Poder.
En un ámbito como éste, la libertad política se atrofia por estar determinada
por fuerzas exteriores que la determina y subyuga, a sus intereses materiales,
espirituales, sociales, económicos, técnicos, educativos y culturales.
Estamos transitando hacia lugares
escabrosos y contradictorios, con respecto al tejido vivo de la existencia
individual y la libertad política, de pensar, de ser, la palabra y la
experiencia del individuo y las sociedades. ¿Saben por qué? Porque las Grandes Compañías Digitales, el poder
económico y financiero mundial y, el Gran
Poder Político, están tejiendo un mundo enteramente siniestro, cruel,
diferente, al de nuestros mayores. Un mundo balcanizado donde predomina la
simulación, la expiación, la vigilancia masiva, el hambre, las enfermedades, el
desempleo, la amenaza, el miedo, el racismo, las armas, la violencia y la
guerra.
Así que, el lenguaje situado en
los dispositivos técnicos, diluye la naturaleza lingüística del ser humano; la
lengua natural que comunica contenidos espirituales, el sentido del mundo, de
la realidad y la existencia individual. Y, esto se convierte en peligro para la
coherencia interior de la individualidad, la mente sintáctico-biológica del ser
humano y la libertad. También para la vida como lenguaje, como información
trasmitida por la lengua natural. Esto posibilitaría la ruptura con el
argumento de Noam Chomsky, sobre “los
universales lingüísticos” –aquello que permite diferenciar lo que es
posible en una lengua de lo que no lo es-ellos son “sencillamente una propiedad
biológica de la mente humana”.
Y, también la posibilidad, que la
biología de la mente sea también <sintáctica> - al decir de George
Steiner. Esto abre el umbral que la genética, y otras ciencias particulares,
que sean una rama especifica de la teoría de la información. En este orden, la
degradación de la condición humana se concatena al vaciamiento del lenguaje
natural. Así que, el automatismo, las redes sociales, las imágenes en
movimiento, la Inteligencia Artificial, son sólo un fenómeno secundario,
respecto a las mutaciones lingüísticas, biológicas, psíquicas, espirituales,
materiales de los seres humanos.
Deseo terminar el ensayo con unas
ideas de Isaíah Berlin, que concedió en una entrevista al filósofo Bryan Magee,
que tituló “Una introducción a la
filosofía”. Dijo que “los problemas filosóficos son interesantes por sí
mismos. A menudo se refieren a ciertos supuestos, en los que se fundamenta una
gran cantidad de creencias generalizadas […] Cuando se examinan críticamente,
resultan, mucho menos claros y firmes, y su significado e implicaciones, mucho
menos claros y firmes que lo que parecían a primera vista. Al analizarlas y
cuestionarlas, los filósofos amplían el autoconocimiento del hombre”.
Cuando el ser humano “se enfrenta
a alguna disyuntiva, de cualquier índole, ¿no se encuentra en ocasiones tan
nervioso que no desea enfrentarse a ella, y que cierra los ojos e intenta pasar
la respuesta a una espalda más ancha: ¿al Estado, a la Iglesia, a la clase
social, a alguna otra asociación a la que pertenezca, quizá al código moral
general de la gente decente ordinaria, cuando debería pensar el problema y
resolverlo usted mismo?”.
La gran mayoría de las personas
no es consciente del poder del pensamiento, del lenguaje y de la libertad. La
filosofía nos enseña a “saber por qué vivo, cómo estoy viviendo y por qué debo
hacerlo así”. De ahí que, se trata de “argumentar acerca de palabras; pero,
claro está, las palabras no son sólo palabras; meras fichas en un juego
filológico. Las palabras expresan ideas. El lenguaje se refiere a la
experiencia; la expresa y la transforma”.
En Colombia nos enfrentamos a un
problema moral; que cabe en el ámbito de la ética. Entre quienes conceden un
valor supremo al deber militar, o al patriótico, y especialmente en tiempos de
violencia o de guerra. Pero existen otras consideraciones: mandamientos
religiosos absolutos, la voz de la consciencia, los valores éticos y morales de
los seres humanos, las relaciones entre uno y otro ser humano, y el manejo
responsable de la libertad.
Traigo a colación lo que dijo un
héroe de Fiódor Dostoievski, si le preguntasen si estaba dispuesto a comprar la
felicidad a millones de gentes al precio de la tortura de un niño inocente,
diría que no. ¿Estaba equivocada su respuesta? Un pragmático estaría obligado a
decir: “Sí; estaba obviamente equivocada; era sentimental y errónea”. Pero,
claro está, no todos pensamos así; algunos pensamos que un hombre tiene derecho
a decir: “No torturaré a un niño inocente. No sé lo que suceda luego, pero hay
ciertas cosas que ningún hombre puede hacer, cualquiera que sea el costo”.
Aquí “tenemos dos filosofías en
conflicto. Una es, quizá, en el sentido más noble, utilitarista, pragmática, (o
patriótica); la otra, se funda en la aceptación de reglas universales
absolutas. Así que, el filósofo moral le compete explicar cuáles son las
cuestiones y valores que están en juego; examinar y juzgar los argumentos a
favor y en contra de diversas conclusiones; esclarecer qué formas de vida se
encuentran en conflicto, los fines de la vida y, quizá, los costos en los que
tiene que elegir.
Después de todo, “el hombre tiene
que aceptar su responsabilidad personal, y hacer lo que considere correcto; su
elección será racional, sí advierte conforme a que principios elige, y será
libre si pudo haber elegido de otra manera. Tales opciones suelen ser muy
angustiantes. Es más fácil obedecer órdenes sin reflexionar”.
Bueno bien, deseo resaltar, que,
en la vida del ser humano en ciertas circunstancias históricas, sociales o
políticas, se enfrentan dos filosofías, visiones de la existencia y del mundo,
la utilitarista que exalta los valores pragmáticos, patrióticos y militares; y,
la que tiene que ver con valores absolutos del ser humano, que se basan en
principios éticos y morales. No deseo guiar al lector; dejo a los lectores
atenidos a sus propios recursos, lo cual detesta la gente. ¿Saben por qué?
Porque no estamos acostumbrados a elegir libremente, a utilizar
responsablemente la libertad.
De ahí que, “la tarea del
filósofo no es predicar, ni exhortar, alabar o condenar, sino sólo iluminar. Se
trata de enseñar a las personas a distinguir entre la demagogia política y la
mentira, y tratar que los seres humanos decidan por sí mismos. En Colombia por
parte del Gobierno de Abelardo De la Espriella, optó por el utilitarismo y el
patriotismo, la fuerza y la guerra. Que ya empezaron a dejar tirados a la vera
del camino esquirlas humanas de campesinos, jornaleros, niños inocentes, madres
de familia y ancianos.
Pero, existen otras corrientes
políticas y de pensamientos, que han optado por los principios éticos y
morales, que defienden la vida, la solidaridad, la justicia social, la
fraternidad, el respeto al Otro, la paz. Es un deber ser, que el colombiano
utilice responsablemente la libertad que le ha sido otorgada. De eso depende en
gran manera, el respeto a la dignidad y la vida de todos los colombianos.
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