miércoles, 3 de junio de 2026

Primera encíclica de León XIV, Magnifica humanidad (Magnifica humanitas) – 2026.



                                                                Madrid-España a 03/06/2026

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanidad (Magnifica humanitas), (2026), expone su visión sobre los algoritmos, la IA, y la sociedad actual determinada por la técnica, la ciencia, el dinero y el poder. Nos recuerda desde la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia, dirigir la mirada a algunos desafíos que afectan a nuestro modo de vivir este tiempo. La imagen bíblica que acompaña esta reflexión es la de una construcción: por un lado, la torre de Babel, donde la obra común está guiada por un proyecto de dominio que termina por deshumanizar (cf. Gn. 11, 1-9); por otro lado, las ruinas de Jerusalén, que con Nehemías se reconstruyen pieza por pieza, como una labor de responsabilidad compartida (cf. Ne 2-6).

Expresa que estamos llamados a interrogarnos sobre el gran proyecto de nuestra época: ¿Qué estamos construyendo? Mientras el desarrollo tecnológico cambia rápidamente lenguajes, relaciones, instituciones y formas de poder, los creyentes deben elegir sobre qué proyecto trabajar y con qué estilo, para custodiar y valorar la humanidad que nos ha sido brindada como don. Estar alerta en el mundo globalizado en que vivimos: “La tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas”. Manifiesta que “la técnica no es un simple instrumento y que, cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz”.

Que el desarrollo técnico-científico es un paradigma que se ha extendido en los últimos años y como efecto de la IA, las ciencias cognitivas, la nanotecnología, la robótica y la biotecnología están abarcando zonas más amplias en la vida privada y pública del ser humano. De ahí que puedan actuar como un paradigma tecnocrático y, por ello, necesitan un nuevo marco espiritual, ético y político. Porque puede darse la paradoja que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad misma. Que la técnica puede convertirse en un instrumento de dominio, de coacción, de intimidación, de simulación o, de muerte cuando se concentra en pocas manos. Así crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones y desigualdades.

Frente a todo ello, la Doctrina social se convierte en criterios que posibilitan a los seres humanos reflexionar, criticar y juzgar el nuevo escenario en que está inmerso el ser humano: la dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiaridad, la solidaridad y la justicia social. Que existen unos principios fundamentales que hay que tener presente: el poder de la técnica y las infraestructuras digitales, y preguntamos, ¿los algoritmos favorecen realmente la participación y la responsabilidad, protegen a los más vulnerables de la sociedad, aseguran un acceso equitativo a las oportunidades y se ordenan al bien común? Premisas que nos definen en la actualidad qué es la inteligencia artificial, que posibilidades abre y que riesgos comporte en la búsqueda de un mundo mejor y justo. 

León XIV aboga para que sea la inteligencia del ser humano, su intelecto, su discernimiento, su conciencia y su libertad, la luz que guíe las innovaciones técnicas, y establezca responsabilidades en su uso y límites en su práctica. Es de anotar que la IA no se puede equiparar a la inteligencia humana, pero si hacer la salvedad que en algunos aspectos la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en una multiplicidad de campos. Pero no responde a los enigmas de la condición humana: no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde adentro lo que significa el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias.

Expresa León XIV, pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual del ser humano. No es la experiencia con sus aciertos y errores, los que moldean la vida humana, sino que en el campo de la IA prevalece la estadística, la objetivación, a partir de datos que son eficaces en el campo de las matemáticas, de la política o la economía, pero no en el interior del ser humano. Eso, que Hannah Arendt denominó la Condición Humana: la vida, la muerte, la intersubjetividad, la libertad y el Mundo.

El Papa León XIV, se limita a ofrecer un discernimiento moral y social sobre la IA. Una reflexión que proteja a la persona humana, con el fin que sea la inteligencia con su libertad, la que guie las innovaciones tecnologías. También su responsabilidad en el uso y sus limitaciones. Así, la IA puede en pocos espacios de tiempo apropiarse de la voluntad y la libertad, en las tomas de decisiones. Pero no se puede olvidar que los paradigmas de la IA, los algoritmos y la secuencia de datos, reflejan los parámetros culturales, los intereses políticos y económicos, de quienes las diseñan y los utilizan como instrumentos de poder y de saber. Por tanto, “la imitación artificial de una comunicación humana positiva –palabras de consejo, de empatía, de amistad, de amor- puede resultar gratificante e incluso útil, pero en usuarios poco conscientes puede inducir a engaño y dar la falsa impresión de estar en una relación con un auténtico sujeto personal. De ahí que cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia.

El peligro surge cuando el ser humano crea que los Grandes Modelos de Lenguajes Artificiales, los LLMM, se tomen como humanos.

En este orden, con el aumento de la complejidad de los Grandes Modelos Lingüísticos Artificiales, no sólo se deterioran los recursos naturales, hídricos, sino que aumenta la contaminación de los ríos y los mares. Por eso el conjunto de máquinas, de cables, de centros de datos e infraestructuras de energía, sino se regulan y limitan, se convierten en peligro para el medio ambiente y el hábitat humano. Es de especial importancia desarrollar soluciones tecnológicas más sostenibles para reducir el impacto sobre el medio ambiente.

Según León XIV, se trata de “desarmar” la IA. Significa, en otros términos, sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio, para consolidar una ventaja geopolítica y comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida.

La tarea, hoy, no es sólo ética o técnica; es ecológica en el sentido más radical, porque interpela una nueva dimensión de nuestra Casa común. La IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regularla; es necesario desarmarla y hacerla acogedora.

El Papa hace un llamado a los que están involucrados en el desarrollo de los sistemas de IA. Dice que la innovación tecnológica puede ser, una forma humana en el acto divino de la creación. Los investigadores en IA llevan sobre sus hombros y consciencias, un importante peso ético y espiritual, porque cada proyecto de investigación expresa una visión de la humanidad. Así como el autor de una de una obra artística o literaria consideran los valores éticos y morales, la historia y el tiempo del son parte; los investigadores e innovadores en IA han de proyectar sus investigaciones con responsabilidad y ética social. Es decir, con transparencia, honestidad y responsabilidad con el cuerpo social.

La encíclica Magnifica Humanidad (Magnifica Humanitas), de León XIV, tiene como uno de los pilares fundamentales custodiar lo humano. Que el paradigma tecnocrático en que estamos inmersos, potenciados por la revolución digital y la IA, incentive una visión antihumana, que exalte la materia, la técnica y el tener, ante la verdadera humanidad del ser humano. Donde las contradicciones, lo ambiguo, multifocal, infinito e insondable del ser humano, traten de eliminarse, por una visión posthumana donde prevalezca la estadística, la objetivación y el ejercicio del poder sobre las verdaderas necesidades materiales, morales, éticas, sociales y políticas del ser humano y sus comunidades.

Donde una visión tecnocrática y técnica reemplacen la naturaleza de la Condición Humana. Así que, cuando la eficacia y la eficiencia se vuelven medidas de valor, el ser humano es considerado como objeto, numero o almacén de recambio; y los más altos valores que lo definen como humano, den paso a una visión posthumana y antihumana.

En este orden de ideas, la vida del ser humano es un microcosmos compuesto por una multiplicidad de elementos y de variables, que, si una de ellas se incentiva en detrimento de las otras, el organismo humano y su inteligencia se atrofia o explosiona. Esto es, si una de las facultades humanas quiere ser la medida de todo, por ejemplo, la inteligencia o la voluntad, se absolutizan en detrimento de las demás facultades. Entonces otras esferas de la vida se atrofian: el amor, la libertad, el afecto, la dignidad, la solidaridad, el respeto, las relaciones intersubjetivas que componen la comunidad, se sustituyen por el dinero, el ejercicio poder o la segregación racial, lingüística o cultural.

Como dice León XIV: “No se trata realmente de oponerse a la inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana”. De ahí que: “La calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en otro y no una función”. Creo que la tecnocracia digital y la voluntad de poder esconden tras de sí relaciones de dominio, de exclusión y de sumisión, y olvidan lo que Hermann Cohen dijo en el texto, El Prójimo: “Por consiguiente, la ley fundamental de la moralidad, y probablemente de la religión, es el amor a todo lo que tenga rostro humano”.

No es anómalo pensar que la técnica ha sido en la historia de la humanidad algo importante para convivir en comunidad y el entorno natural que nos rodea. En el transcurso del tiempo la técnica ha jugado un papel importante para darle rostro a las civilizaciones que se han configurado en el devenir del tiempo. En la actualidad la tecnología está ubicada en el palpito de las civilizaciones actuales; la tecnología es nuestro vestido. La tecnología y sus diferentes configuraciones en la IA, la medicina, la biología, la nanotología, la economía, etc., ayudan al hombre al desarrollo integral de la vida, entender la realidad y el mundo del que somos parte.

La tecnología: “Puede sostener el cuidado mutuo entre personas”, que ayuden al hombre a su desarrollo integral o, “a organizar y prever, sin despojar al ser humano de su libertad y capacidad de juicio, en cuanto sujeto de relaciones y responsable de sus decisiones”.

León XIV también se refiere en la encíclica Magnifica Humanidad (Magnifica Humanitas), a dos conceptos que en la actualidad se convierten en el centro de debates, reflexiones y críticas del presente-actual. Son el transhumanismo y el posthumanismo. Que cuestionan la centralidad del sujeto y las categorías que lo definen como tal; “estas corrientes constituyen el trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico y colonizan el imaginario colectivo de forma simplificada, especialmente en los medios y en las redes sociales, induciendo el entusiasmo por las nuevas tecnologías con una visión futurista de “humanidad potenciada” o de “hombre hibrido” con la máquina.

Estas dos corrientes culturales y civilizatorias responden a dos principios que condicionan las sociedades modernas: “la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana”. Por así decir, “el transhumanismo imagina una potenciación del ser humano por medio de las tecnologías –biomedicina, ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos-, con aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibrido entre el ser humano, la máquina y el ambiente; y dice que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una etapa nueva de evolución”. Hipótesis que alimentan el imaginario colectivo y orientan las decisiones sociales, económicas y políticas.

El problema surge cuando el ser humano se objetiva, se numérifica o, es tratado como materia, entonces se corre el riesgo que los que manejan el Gran Poder Tecnológico, como instrumentos de dominio, de coacción, clasifiquen a los seres humanos entre seres dignos y menos dignos. Un espacio donde los más débiles y vulnerables sean discriminados o vejados por una optimización de la especie. Se conviertan en instrumentos del ejercicio del poder que amplifican las discriminaciones, la xenofobia o el racismo. Como lo expresó Pablo VI: “Que el progreso, el desarrollo, las conquistas de la ciencia y de la técnica, desvinculados del progreso moral, ético y social, terminen volviéndose contra el hombre”.

La técnica entonces debe estar al servicio del hombre y de sus necesidades, y no el hombre convertido en esclavo de ella. Es decir, integrar la tecnología a una visión humana e intersubjetiva, que incremente las comunidades solidarias y cooperativas para mejora de la vida del hombre sobre la Tierra.

Al final, la pregunta decisiva sigue siendo la indicada por Juan Pablo II: la IA, ¿«hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, “más humana” ?; ¿la hace más “digna del hombre”?». Si la respuesta es “sí”, entonces podemos reconocer en ella una posibilidad buena para usar con responsabilidad, en un camino de reconstrucción compartida y paciente, según el modelo del renacimiento de Jerusalén narrado en el libro de Nehemías. Si, en cambio, el poder crece mientras el corazón se marchita y los vínculos se rompen, entonces estamos frente a una nueva versión de Babel: una construcción grandiosa, pero inhumana. El tiempo de la IA no escapa a esta regla: la construcción de Babel o la de Jerusalén comienza en cada uno de nosotros.

Hoy en día, la combinación de la automatización, la robótica y la IA está transformando rápidamente la estructura misma del trabajo. Se dice que esto traerá grandes mejoras para todos. En realidad, los “nuevos modos” de trabajar no son necesariamente mejores, porque «mientras la IA promete impulsar la productividad haciéndose cargo de tareas ordinarias, a menudo los trabajadores se ven obligados a adaptarse a la velocidad y a las exigencias de las máquinas, en lugar de que estas últimas estén diseñadas para ayudar a quienes trabajan. Así, contrariamente a los beneficios anunciados por la IA, los enfoques actuales de la tecnología pueden paradójicamente desespecializar a los trabajadores, someterlos a una vigilancia automatizada y relegarlos a tareas rígidas y repetitivas.

La necesidad de seguir el ritmo de la tecnología puede erosionar el sentido de la propia capacidad de obrar de los trabajadores y ahogar las capacidades innovadoras que están llamados a aportar en su trabajo». Precisamente para evitar esta deriva, es necesario diseñar sistemas centrados en la persona y no sólo en el rendimiento.

Simultáneamente, debemos reconocer que toda transición real se produce a través de una discontinuidad: es desigual, fragmentaria y, a veces, conflictiva. Por lo tanto, no existe un modelo de cambio único, ni una solución global; hay territorios e historias que exigen respuestas diferentes. Dada la desigualdad que caracteriza a nuestro mundo, la difusión de la IA y de los sistemas computacionales produce efectos distintos en cada lugar. Las sociedades ricas se automatizan rápidamente y de forma caótica, reduciendo la necesidad de mano de obra y generando zonas de desempleo y fricciones institucionales.

En cambio, vastas regiones del mundo permanecen atrapadas en economías híbridas, donde el trabajo humano mal remunerado y las tecnologías parciales conviven sin llegar a transformarse realmente. Estos territorios se convierten en reservas de mano de obra precaria y focos de inestabilidad y migraciones forzadas. Las soluciones, por tanto, deben encontrarse a nivel nacional y local, involucrando a las comunidades intermedias. Se necesitan herramientas capaces de adaptarse: modelos articulados, experimentos locales, redistribuciones progresivas, nuevos derechos de acceso a los bienes esenciales. Así, sin perseguir una armonía abstracta, se trata de construir formas concretas de convivencia humana en la transformación.

A la luz de esta convicción, podemos también reinterpretar la historia de la Doctrina social de la Iglesia tras la Rerum novarum. Las iniciativas surgidas en ese contexto —asociaciones, sindicatos, cooperativas, obras de asistencia social— han contribuido de manera decisiva a mejorar la legislación laboral, a proteger a los más vulnerables y a promover condiciones de vida más humanas. Hoy en día, sin embargo, tales instrumentos ya no bastan por sí solos ante las transformaciones provocadas por la IA, la nueva organización de los mercados y la competitividad que rara vez se preocupa por la sostenibilidad social.

Es necesario un nuevo esfuerzo conjunto por parte de los responsables políticos, las organizaciones de trabajadores, el mundo empresarial y la comunidad científica para elaborar con celeridad normas y medidas de protección adecuadas y consensuadas, también a nivel internacional. Las organizaciones sindicales, a las que la Iglesia siempre ha apoyado, están llamadas a abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos en un contexto en el que, sin decisiones valientes, surgen más pobreza y más desigualdades, con una multitud de excluidos rodeados de máquinas y sistemas automatizados que han ocupado su lugar.

La encíclica aboga por el derecho a la esperanza y dice: “Un examen decisivo para la justicia social hoy está representado por la condición de los migrantes, de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales. El modo en el cual una sociedad los trata muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad”.

La lucha contra las nuevas formas de esclavitud constituye una prueba de fuego decisiva para el discernimiento ético de la IA y la transformación digital. Siguiendo la tradición iniciada por León XIII, la Iglesia renueva su firme condena de toda forma de esclavitud, trata y mercantilización de las personas, y recuerda la urgencia de un amplio movimiento de reflexión y acción que sitúe en el centro la dignidad inalienable de todo ser humano y el bien común, como fines de la sociedad y como criterios de toda decisión personal, social y política. Sin esta reflexión ética y humanizadora, el creciente poder de los sistemas digitales corre el riesgo de conducirnos hacia nuevas atrocidades, no menos vergonzosas que las del pasado que hoy deploramos, mientras seguimos presentándonos como sociedades “avanzadas” y “civilizadas”.

Por último, León XIV propone que, los distintos ámbitos considerados —la búsqueda de la verdad en la vida pública, la educación en el entorno digital, las transformaciones del mundo laboral, la fragilidad de las familias y las nuevas formas de esclavitud— no son fenómenos aislados. Todos ellos ponen en juego lo mismo: si la técnica se convierte en criterio absoluto, la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía; si, por el contrario, la técnica se inscribe en un horizonte de sabiduría, puede convertirse en una oportunidad de crecimiento, justicia y fraternidad.

Desde esta perspectiva, la Doctrina social de la Iglesia propone una responsabilidad compartida. Pide que estos procesos sean gestionados con visión de futuro: por instituciones capaces de regular sin asfixiar y de proteger sin suplantar; por empresas que reconozcan en el trabajo y en la dignidad un criterio de éxito; por organismos intermedios y comunidades educativas que reconstruyan la confianza y los vínculos; por ciudadanos que cultiven la responsabilidad, la sobriedad, el discernimiento y el sentido de la verdad. Sólo así la innovación podrá convertirse realmente en desarrollo humano integral y no en factor de exclusión y dominio; y sólo así la promesa del progreso podrá ser reconocida como verdadera, porque estará medida en función de la dignidad inviolable de cada hombre y cada mujer.

Así que, no podemos olvidar que estamos en la punta del iceberg de la cultura racionalista y técnica de los tiempos modernos. Un tipo de cultura que se opone a la exaltación del Yo y de la subjetividad, al hombre concreto de carne y hueso, que exalta la “zona de la sentimentalidad”, el mito, los valores y el lenguaje. Por eso el Yo y la subjetividad se oponen a la sociedad de masas y la cultura de masas, que han traído consigo. Esa rebelión salvaje y convulsiva, se manifiesta en el arte, la poesía, la música, la literatura, etc. Que va acompañada con el rescate del hombre de carne y hueso, su mundo interior, y no del hombre convertido en objeto, en número o, almacén de recambio.

Estamos en una época donde las teorías posthumanas, destruyen la humanización del ser humano. Ernst Jünger piensa que donde se debe trabajar primero es, en el interior del ser humano. Para que responda a las exigencias materiales, científicas, técnicas, políticas o culturales de la época. De ahí que la crisis de nuestro tiempo, arremeta contra la subjetividad, el tejido estético de la existencia. Por eso las grandes convulsiones espirituales, son percibidas y descritas magistralmente por los artistas, los poetas, los novelistas, los pensadores, etc.

Así que, estamos a las puertas de la gran crisis de nuestro tiempo, por el predominio de los lenguajes digitales, las imágenes en movimiento, la IA, en la vida de los seres humanos. No podemos olvidar que el ser humano tiene un resto que es imposible definir y resolver con algoritmos.

 

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