De la
“Palabra de Dios” al “nombre” en el hombre
El
lenguaje en el Génesis de las cosas y de la vida
Antonio Mercado Flórez. Filósofo
y Pensador.
Madrid – España a 13/05/2026
Según la Escritura, un fenómeno lingüístico acompaña el acto de la Creación:
la aparición de una gramática del Logos, a
partir del lenguaje del premundo mudo que ofrecían el arte y los símbolos
algebraicos. Son el comienzo de las
primeras palabras audibles, el origen del “reino de la lengua real”. Así, en
este orden, la lógica de la Creación impone el hecho de que los conceptos
destinados a abarcar la realidad universal adopten la forma del pasado:
fundamento, causa, origen, presupuesto o a
priori, “en todos los casos –en opinión de Fran Rosenzweig-, el mundo es
proyectado en el pasado para volverse cognoscible”.
El milagro del lenguaje proviene de la
palabra-raíz arrancada al silencio hasta la forma narrativa del pasado
plenamente objetivante de “la palabra que Dios ha pronunciado y que encontramos
escrita en el libro del comienzo”. Por tanto, el tiempo de la Creación ex nihilo, es el tiempo del pasado: “En
el principio, cuando Dios creo el cielo y la tierra”, confirma que el de las
cosas está en ser ya-ahí. Sin embargo, el último acto de la Creación rompe el
“yugo de la objetividad” cuando Dios declara: “Hagamos al hombre”.
Lo resonante según un Midrash:
“Dios contempla a su última criatura diciendo que no es algo meramente “bueno”
sino “muy bueno”. Y lo hace para afirmar que “muy bueno” es la muerte. Este
acto divino sobre lo humano hace que el hombre sea consciente de su finitud y
que acceda a la experiencia de la “Revelación”. Así que, la muerte se convierte
en “bisagra entre la realidad de una finitud que de algún modo constituye la
última palabra de la Creación y la experiencia no menos real de la Revelación
está en una formula del Cantar de los
Cantares de la que todo el análisis
de esa noción es un vasto comentario: “El
amor es fuerte como la muerte”.
La muerte imprime el sello
indeleble de su condición de criatura, la palabra “ha sido”. Podemos decir que
el hombre pasa del ensimismamiento y la pasividad de la muerte, “a una
disponibilidad al movimiento por el que Dios le confía, por así decirlo, su
ser. Rosenzweig afirma “que en Dios el amor no es “atributo” sino
“acontecimiento” y, enfáticamente “el Midrash le hace decir: “Si dais testimonio de mí, entonces seré
Dios; y no de otro modo”.
En ese sentido, cuando se habla
de amor en la relación entre Dios y el hombre, es para designar la figura por
excelencia de la Revelación: el alma.
En el relato bíblico, esta nace precisamente entre el silencio de Adán ante la
pregunta que Dios le dirige – “¿Dónde estás?” (Gn 1, 13)- y la respuesta de
Abraham a una llamada ulterior – “Heme aquí” (Gn 22, 1)-. Para Rosenzweig,
significa el tránsito para una lógica del diálogo donde el Yo y el Tu
reemplazan al Él y el Eso de la Creación, en un lenguaje del amor gracias al
cual el sujeto humano adquiere su autenticidad obteniendo un nombre propio.
Para Hermann Cohen en el texto “El Prójimo”, la pluralidad de
correlaciones del hombre con sus semejantes, sirven como conductos para las de
Dios y el hombre. Sitúa el sufrimiento del hombre concreto de carne y hueso, en
el centro de la reflexión ético-religiosa. Sí la ética formal kantiana no
responde en su totalidad a las apetencias y requerimientos humanos, la religión
sale al encuentro de la ética.
“Desde
un punto de vista de la filosofía de la historia, en la medida que tiene su
base en la Ética, Dios es el redentor de la humanidad”.
Recordemos, que la obra de Cohen
contiene una idea fundamental: “La idea monoteísta del prójimo: con-sanguíneo,
vecino, compatriota, pobre, huérfano, forastero, inmigrante, extranjero,
enemigo, singularidad, pluralidad, universalidad, humanidad”. Esto encarna el
ideal mesiánico de la historia universal, porque contiene una dimensión lógica,
ética, estética y religiosa. Dice Andrés Azcona en el prólogo de El Prójimo: “Idear es poner un
fundamento, proponer una tarea, crear una forma, ejercer una función. La idea
media conocimiento, tiene eficiencia, construye comunidad, constituye al ser humano
en cuanto ser humano. El ser humano se constituye al generar ideas, al
compartirlas, al realizarlas. Al producir cultura, al enriquecerla, al
purificarla y heredarla”. Así pues, Cohen en sintonía con Jesús de Nazaret, tal
como está escrito en el Sermón de la
Montaña, nos invita no sólo a amar al prójimo, sino también “amar a
nuestros enemigos”.
Es digno de creer que el Dios
Uno, Creó al hombre y, de esta creación nació la humanidad misma. Así, Cohen
quiere dejar claro que el amor al prójimo, no es algo particular, nacional, de
Israel. Sino que el amor al prójimo es un concepto universal valido para todos
los hombres, los pueblos y naciones del mundo. En el Antiguo Testamento, Rea significa el otro, y ciertamente
éste es a veces también el compatriota. Esto no podría ser de otra forma, ya
que la Biblia no es sólo un libro religioso sino también una obra histórica
nacional y, finalmente, también un libro de normas jurídicas y de doctrina del
Estado.
De ahí que en su réplica al Prof.
Rudolf Kittel, exegeta del Antiguo Testamento, en relación a sus opiniones
sobre Judenfeindschaft oder Gotteslästerung, […], expresa que en la antigua
Biblia está destinado al fracaso el análisis filológico, sino se pone en
primera instancia el amor al hombre. Lo confirma Cohen: “Sólo entonces se podrá
comprender también lo que significa el forastero y el modo en que este concepto
sirve de mediación para descubrir al ser humano como aquel al que se ha de
amar.
Y lo reafirma con el viejo
Michaelis en su Derecho mosaico (1793): “Moisés manda, como puede hacerlo todo
legislador, amar a los forasteros, y todos los subsume bajo el nombre del
prójimo al que uno debe amar como a sí mismo”. En “subsumir” se puede barruntar
la idea metódica según la cual la legislación jurídico-política relativa al
forastero sirve de medio para descubrir el concepto ético por excelencia: el
concepto de prójimo.
En el Targum de Jonatán ben
uziel, Rea, significa compañero, y
añade: “No le hagas lo que te es odioso”.
(Lv 19, 33). “En semejante inocencia original de sentimiento habla una inocente
religión original”. Y concluye esta idea Cohen, con la exaltación al amor al
prójimo como fuente de amor a todos los seres humanos. “El forastero es la
causa de que haya surgido el mandamiento del amor. El ser humano fue
descubierto en el forastero. El motivo primordial del amor es el amor al
forastero.
Dice algo verídico para los
pueblos del mundo, son las contradicciones, los antagonismos, que se dan en la
historia geopolítica universal: “¡Qué florecimiento y que legitimidad habría
ganado la cultura política, la cultura histórica, si el conciso mandamiento de
amar al forastero se hubiera constituido en la ley fundamental de la religión,
en lugar de convertir el amor al prójimo en un eslogan superficial!
Nuestra política actual no haría
escarnio de la religión de una manera tan hipócrita, si en el lenguaje de una
política decente fueran inconcebibles las expresiones “elementos extraños al pueblo” o, incluso, “cuerpos extraños”. O, primero
los nacionales como argumenta la derecha y la extrema derecha española.
“Por consiguiente, la ley fundamental de la moralidad, y probablemente de la
religión, es el amor a todo lo que tenga rostro humano”.
El amor al hombre se convierte en
el lugar donde confluyen todos los mandamientos, y sí el amor a Dios los
precede, él sigue retirándole “la rigidez de las leyes para hacer de ellos
mandamientos vivos”. O, en otras palabras, el amor de Dios al hombre, se
transforma en amor del hombre al prójimo. Como expresa Pierre Bouretz: “El mandamiento
de amar al prójimo puede identificarse como la quintaesencia de la Torah, que
incita al alma a abandonar “la casa paterna del amor divino” para salir al
exterior y recorrer el mundo”.
Bueno bien, la posición de
Rosenzweig abarca dos gestos: “Asumir la imposibilidad de devolver a los mitsvot su sentido tradicional y asumir
la objeción filosófica contra la abstracción formal del imperativo moral
asociado al concepto moderno de autonomía”.
Este acto divino, por lo humano,
da al hombre nombre, al tiempo que le otorga el género al que pertenece. Su
especificidad está dada en ser creado “a imagen y semejanza de Dios”, categoría
que fue negada incluso a las luminarias del cielo -un nombre propio, en lugar
de una designación según la especie-, se asocia al soplo de vida que se
insufla, para serle retirado un día. Dios insufla el aliento al hombre […], es
decir, le confiere “al mismo tiempo, Vida,
Espíritu y Lenguaje”. Ahora, sí Dios contempla su criatura diciendo que no
es algo meramente “bueno” sino “muy bueno”, afirma que lo “muy bueno”, no es
otra cosa que, la muerte. Pero es a través de la consciencia de la finitud, por
la que el hombre accede a un excedente de experiencia mediante la Revelación.
Además, sí el soplo divino le
otorga al hombre Vida, Espíritu y Lengua.
Dios desplegó libremente el lenguaje en el hombre, puso en él una sencillez
prístina cercana a las cosas, pero también una persistencia simbólica que lo
rodea y conforma. Entonces la esencia del
hombre es, ser del lenguaje. “El
nombre es la esencia más interior del
lenguaje” -opina Walter Benjamín, en Sobre
el lenguaje en cuanto tal y sobre el
lenguaje del hombre.
En el nombre, la lengua presiente
el envite de profundidad poética e inteligencia. Asimismo, para el pueblo de
Israel, la antropología hebrea elabora una dialéctica original entre la “carne”
(basar) y el “espíritu (ruah), que le permite tener inalterable,
aunque en evolución, el sentido de la unidad de la existencia humana que se
expresa con la palabra: néfesh. El
hombre es idénticamente una carne-espiritual, un yo viviente y carnal, todo
ello asumido en la unidad del nombre de cada uno, que significa la
individualidad irreductible: “Yo te he conocido en tu nombre”.
En la gramática de Israel la
palabra néfesh posee también otros
significados, “garganta” (Jonás 2,
6), y designa igualmente “suspiro” o “respiración”. El “deseo” o el “apetito” (Proverbios 12, 10; 13, 2); además, es la
propia “vida”, “el ser viviente” (I Reyes 3, 11; II Reyes 10, 24), y por ello está en relación con la sangre (principio
de vida) (II Samuel, 23, 17). Todo
ello se asume en la unidad del nombre de cada uno. La unidad viviente, el hombre, es nombre.
Para el pueblo de Israel, no
existe una “corporalidad” sino una “carnalidad” de la existencia del hombre.
Pero hay un elemento propiamente hebreo que en la antropología bíblico-judaica
lleva a cabo un punto de inflexión: el ruah.
Que hace parte de la unidad indivisible del hombre. Esta nueva dimensión es
propiamente una dimensión divina, sobrenatural, porque es bíblica. De ahí que
Benjamín en Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje
del hombre, dice: “La lengua comunica contenidos espirituales cuando se
comunica a sí misma”. No es otra que, la lengua del ruah, que Dios insufló al hombre. Por eso el yo viviente y carnal, es Vida, Espíritu y Lengua.
En el Génesis o en el Evangelio
según San Juan, Yahveh-Dios se vale de la Palabra para Crear, y dentro de cada
criatura deja su huella, el signo de la Palabra divina. Ahora, si Dios es
Palabra, dice Benjamín, ésta se reconoce porque es nombre. Entonces la palabra
de Yahveh-Dios se conoce en el nombre. Ella se centra en la palabra creadora;
la del hombre en el nombre. Así el lenguaje del hombre tiene su fundamento en
el nombre, ya que su función esencial es nombrar lo que Dios ha creado. El
Creador le ha dado coparticipación al hombre en su obra: “El hombre dispuso el
nombre de las bestias, de los pájaros del cielo y de los animales salvajes… (Génesis 2, 2).
“El hombre es constituido “Señor”
de la creación y libre de alcanzar su dignidad, su integridad ante los ojos del
Creador […] La existencia que el humanismo judío propone no es trágica, en cuanto necesaria, sino dramática,
en cuanto, siendo los riesgos inmensos, nada es necesario y todo tiene como
causa de responsabilidad el corazón humano”. Debe observarse que la estructura
antropológica y ética del hombre, la metafísica del pensamiento semita y, en
particular, del judío, en el plano antropológico, es enteramente lingüística.
Porque descansa y se genera en el
logos. Así la tarea del filósofo e
historiador del hecho humano, es revelar que el fundamento del pueblo hebreo,
es dialógico, “un dialogo entre un tú
(Abraham) y un Yo (Yahveh)”. La
intersubjetividad constituida entre Yahveh-Dios y Abraham, es la “estructura
metafísica esencial de la consciencia hebrea, el fundamento del “mundo” del
hombre hebreo, en cuanto a las relaciones intersubjetivas se refiere”.
El
lenguaje desde la Creación hasta Abraham, se convierte en la punta de una lanza
y el pueblo hebreo, el mango que la impulsa.
En el ensayo Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre de
1916, afirma Benjamín que la palabra trasmite la esencia espiritual de las
cosas, ésta “se comunica en el
lenguaje y no por el lenguaje”. Así
“a la pregunta ¿qué comunica el lenguaje? Hay que responder: todo lenguaje se comunica a sí mismo”.
Entonces ¿qué preocupa a Benjamín? Qué le ocurre al hombre a partir de esa
cuestión. “Nombrando a todas las demás cosas”, comunica su propia esencia
espiritual. Que “no conocemos fuera del lenguaje humano, ningún lenguaje que
nombre”.
En fin, la acción esencial del
lenguaje es conocer a través del nombre. Según Benjamín se trata de refutar la
concepción “burguesa” del lenguaje, que establece que la comunicación tiene
como medio la palabra, como objeto la cosa y destinatario el hombre; demostrará
que no conoce ni medio, ni objeto, ni destinatario. La visión instrumentalista
del lenguaje, en su defecto, se contrapone a la afirmación que hace Benjamín: “En el nombre, la esencia espiritual del
hombre se comunica con Dios”.
Esto lleva a Benjamín a pensar que las cosas privadas de lenguaje espiritual,
sólo se pueden “comunicarse” entre ellas mediante una comunidad más o menos
material. Entonces la lengua material de las cosas, es “un profundo lamento”.
Además, “es una verdad metafísica que toda naturaleza empezaría a lamentarse si
se le concediese el lenguaje”. Esto posibilita establecer a Benjamín los
materiales para una “metafísica del lenguaje”. “En ese momento -dice Bouretz-,
opta por indicar que su proyecto consiste en explorar la concepción que la
Biblia ofrece del lenguaje, para subrayar el modo en que aquélla lo concibe
como “realidad última, inexplicable, mística”, y no con fines exegéticos o de
demostración de su verdad revelada.
También nos recuerda que el
segundo relato de la Creación es el único donde se dice que Dios pasa por la
mediación de una materia para expresar su voluntad, dado que el hombre es
modelado a partir de la tierra. Es al hombre que no ha sido creado por el
verbo, según el esquema “Dios dijo y eso fue”, a quien a partir de ahora se
concede lo esencial: “El don del
lenguaje, que lo eleva por encima de la naturaleza”. Como colofón Benjamín
establece: “En Dios el nombre es creador
porque es verbo”.
De hecho, se intenta destacar que
el conocimiento que el hombre obtiene de la lectura del símbolo divino tatuado
en cada criatura, su esencia espiritual, es un reconocimiento de la palabra
divina en cada uno de los animales o plantas. Las cosas, por tanto, creadas por
la palabra de Dios, y reconocidas en su nombre por la palabra humana, hablan a
través del hombre. El cual traduce aquello que la cosa le comunica en su
imperfecto lenguaje. De esta manera, los objetos son elevados a la mayor
perfección que les brinda el lenguaje humano, que, en el Paraíso, es capaz de
nombrarlas con su nombre propio. Sin embargo, como afirman las teorías
cabalísticas, el impronunciable nombre de Dios sería la unidad final de todo
lenguaje.
Además, los significados antiguos
se generan en el nombre: son “una especie de monumento al lenguaje”. Así que,
“Dios no creó al ser humano en absoluto a partir de la palabra –en el Génesis
de las cosas y de la vida-. Tampoco le dio nombre. Porque no quiso subordinarlo
al lenguaje, sino que desplegó sobre él la lengua libremente. Porque el
lenguaje le había servido como medio de la Creación. Dios al fin descansó
cuando, en el hombre, abandonó así lo creativo. Y así lo creativo, desprovisto
de lo que fue su actualidad divina, se convirtió en conocimiento”.
Sabemos que la esencia espiritual
del hombre es el lenguaje. Pero Benjamín no habla de un único lenguaje del
hombre, también habla de que existe un lenguaje paradisiaco y un lenguaje de la
caída. El lenguaje paradisiaco de Dios, es creador, el del hombre, es dador de
nombre. El destierro del Paraíso terrenal, marca, una transformación del
lenguaje humano. Esta inflexión en el lenguaje del hombre, es el paso previo a
lo que Benjamín llama la pura “charla”; ésta abre un abismo entre el espíritu
lingüístico de las cosas y el del hombre. Con este proceso el lenguaje del
hombre se transforma; pierde su magia inmanente, para darle prioridad a la
magia expresiva, exterior, a la esencia lingüística de las cosas. Por lo cual,
la palabra necesita comunicar algo exterior a sí misma.
Esta posición del lenguaje,
Benjamín la malla, su concepción burguesa. El lenguaje a partir de ahí, se
esclaviza en charla maligna. Por eso la caída del lenguaje paradisiaco en el
abismo, posibilita la abstracción; en otros términos, el lenguaje abandona la
morada de la naturaleza y de los animales, y se produce el cisma de la
abstracción. Aquí, no sólo se cristaliza en el tiempo la incapacidad de
contemplar y reconocer la signatura de cada cosa de manera directa, sino la sanción
especulativa, teorizante, del lenguaje.
A
partir de aquí el hombre observa el sello divino de las cosas, como en espejo;
la imagen que las refracta es opaca y fragmentada. De ahí que Benjamín perciba
el acercamiento del lenguaje humano al de Dios, a través de la traducción. Esta
nos acerca a las fuentes del lenguaje paradisiaco, adámico perdido.
Benjamín reflexiona sobre la
expulsión del Paraíso y Babel, y se impone clarificar la diferencia entre los
dos momentos de la Creación. Al primero le concierne designar, “la esencia pura
del lenguaje”, ya que “ésta nunca perteneció al hombre, sino a Dios”. Por
tanto, “el lenguaje auténticamente creador de realidad”, no pertenece al
hombre, sino a Dios. Así pues, no puede perderlo, ni representa el origen de su
lenguaje. En ese sentido, el lenguaje manifiesta el segundo momento, al dar
Adán nombre a los animales. El acto de nombrar lleva implícito, la esencia pura
del lenguaje. El lenguaje de Yahvé-Dios, se expresa en el nombre.
“Pero, mientras que aquí se dibujaba
una forma de acuerdo perfecto entre el lenguaje primordial del hombre y la
realidad de las cosas que bebían en la misma palabra divina, la continuación
del relato ve como ocurre la expulsión del Paraíso, que, por su parte, perfila
la expulsión del Paraíso. Para Benjamín es consecuencia de la transgresión, de
la prohibición de probar los frutos del árbol: que denomina “árbol de la interrogación”. En consecuencia, “en el conocimiento, el nombre
“sale de sí mismo” y el pecado original es la verdadera “hora natal del verbo humano”. Además, el hombre debe
asumir la decadencia de la palabra, que en lo sucesivo debe “comunicar algo”.
Asociando
la expulsión del Paraíso y Babel, Benjamín concluye que, “la servidumbre del
lenguaje en la palabrería”, se relaciona con “la confusión de las lenguas”.
Expresan la caída de la lengua de su estado adámico y restringido, sólo y
únicamente, a una función puramente comunicativa. Así, “el lenguaje es
condenado a una perpetua aproximación y a una suerte de nostalgia de su armonía
primera con las cosas”.
En este orden, el nombre posee
una naturaleza espiritual que le permite respirar como un ser vivo, y este
halito es el que el filósofo debe atisbar. Benjamín en la actualidad y Platón
en la antigüedad son las dos caras del espejo de Jano. Perciben la historia de las palabras como historia del pensamiento.
Lo importante de las reflexiones benjaminianas es que evocan la historia de las
palabras que usa. Nos invita a desandar lo andado y en la medida que se hace,
evoquemos las imágenes de las antiguas palabras para convertirlas en emblema de
un pasado arcaico. Significa entonces percibir los desechos de las palabras
antiguas respirando sobre la piel de la actualidad.
Así que, la veta de piedras
preciosas de la antigüedad se ofrece a la reflexión preñada de sentidos. Porque
el umbral del presente las compele a poner su gesto estético. Para Benjamín el
texto Antiguo es el lugar donde las historias de las palabras evocan esta bella
metáfora: “La lámpara eterna es una imagen de la auténtica existencia
histórica. Cita el pasado –la llama que fue encendida antaño- y lo hace
perpetuamente, alimentándola con combustible siempre nuevo”. El enigma de la
actualidad no hay que buscarlo en los pliegues de la modernidad, sino en los
brazos de la Antigüedad. Toda “representación filosófica” para Benjamín, alude
al prototipo remoto y confuso del pensamiento primigenio que se alberga en los
nombres.
Así
pues, el pasado y su historia conforman lo actual con claras alusiones al
eterno retorno.
Walter Benjamín y Gershom Scholem
saben de la importancia del lenguaje como refugio vector de la Tradición; el
papel y los efectos de la dialéctica del mesianismo en la historia judía. La
cuestión del lenguaje preocupó a Benjamín y a Scholem, en una época donde el
discurso y la escritura se cruzan con el científico y la metafísica. Y como
posteriormente, la palabra y el pensamiento, el sentimiento estético de la
vida, se sustituyen por la barbarie y la muerte.
Aquí cabe anotar lo que Martin Heidegger,
dijo en “Carta sobre el
<Humanismo>”: “La razón se mal
interpretó como racional. Y la irracionalidad en tanto engendro de lo
irracional impensado, prestó curiosos servicios”.
De ahí que la metafísica
occidental (el sujeto equivalente a la consciencia y la racionalidad universal,
el Yo, centro del mundo y la vida, la Ilustración, el Orden Burgués, etc.), no
estuvieron a la altura para contener, lo que George Steiner denominó: la Soha: el viento oscuro de la muerte.
Por último, Benjamín y Scholem
son conscientes de la separación del lenguaje como función comunicativa y la naturaleza mística que encierra. Esta
última recoge los secretos de la tradición y las variaciones del espíritu judío
en la historia; la otra, se ubica en la superficie del lenguaje y obedece a las
necesidades de su recamara: el poder, la falsedad, la opinión, las imágenes,
los lenguajes digitales de la época. “Dotada de una dialéctica que le es
propia, esa tradición se transforma y puede convertirse en un murmullo apenas
audible; también hay épocas, la nuestra, por ejemplo, en que esa tradición se
seca y ya no puede ser transmitida”.
Ambos se dan cuenta que en la
época actual estamos en presencia de una crisis del lenguaje, que afecta al
misterio de la tradición. “En opinión de los cabalistas, era la presencia del
Nombre bajo las palabras lo que permitía escrutar el misterio del lenguaje”. Y,
se plantean la siguiente pregunta, ¿cuál será la eminencia del lenguaje del que
Dios se haya retirado?
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