sábado, 2 de mayo de 2026

 

 

 

                La filosofía en los movimientos del pensamiento de Martin Heidegger

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

Madrid – España a 01/05/2026

Desde la Grecia antigua y, en particular, con Sócrates, el preguntar rompe con lo establecido como verdad, abre nuevos umbrales para percibir y pensar al hombre y las sociedades, el mundo y su realidad. Por eso Heidegger afirma: “El preguntar es la piedad del pensar”. La piedad, la devoción, es la forma como el pensar responde a lo que da que pensar. Ese preguntar es como una vida; es el carácter de una vida. En este orden del pensar Kant dijo: Que una vida sin “pregunta”, no merece vivirse. Una vida vacía en el devenir de las costumbres, de los usos, de la estandarización del vivir en sociedad.

Así, la pregunta rompe las amarras de lo establecido como verdad, como “lógico”, como poder, en el juego de la cuadratura del mundo y de la vida: Cielo y Tierra, Mortales y Dioses. Como lo expresa José Mª Esquirol: “Los cuatro forman el cuadrado originario del mundo. Juego de relaciones, y no totalidad indistinta. Así cualquier cosa es cosa del mundo, es decir, toma parte en el juego de estas relaciones y expresa esas relaciones”.

La técnica aleja al hombre de lo familiar, lo habitual y lo sitúa en los márgenes de su propia esencia. Aquel que posibilita que el ser advenga y manifieste su verdad, y como ser lingüístico su lengua sea la casa del ser. Heidegger es consciente de las consecuencias de la técnica moderna en la vida del ser humano como del desarraigo que trae consigo la civilización actual. Y “frente a ello expresa nostalgia de la tradicional existencia campesina”.

                      La técnica arranca al hombre de la tierra y lo desarraiga”.

Como también: “Todo lo esencial y grande sólo ha podido surgir cuando el hombre tenía una patria y estaba arraigado a una tradición”.

Esquirol corrobora las palabras de Heidegger: “Ya no es posible volver a ser leñadores, ni agricultores, como antes. Pero el pensar y el poetizar pueden llevar a cabo una especie de nuevo enraizamiento. Falta de tierra natal” que ayude al encuentro consigo mismo y lo más cercano. Ahora, si en la civilización actual el arraigo en el suelo natal ya no es posible, ¿qué ocupa su lugar? Esquirol dice: “El arte, el habitar cabe las cosas, la cosa, el pensar y, siempre, la cercanía. Ese pensar que se expresa en la cercanía y que tiene su lugar en el mundo de la técnica se bautiza también con otra palabra: serenidad. Estamos rodeados de objetos técnicos”.

Somos parte de una época donde prevalece el tiempo abstracto y las cosas que lo pueblan pierden su densidad. Estamos compelidos por el tiempo de las máquinas, de la velocidad y la futilidad donde las nuevas tecnologías de la información nos empujan como cerebros y cuerpos finitos, a introducir en nuestras vidas: la simultaneidad. Así que, en el tiempo de las nuevas tecnologías, de Internet o de Google o de Instagram, o, de X, ocurre todo al mismo tiempo y necesitamos estar en todas partes a la vez. Esto rompe con la sucesión y la narración, que trenzan la experiencia con la imaginación, la imaginación con el pensamiento y, esta mutación del tiempo, la realidad y del lenguaje, trae consigo transformaciones ontológicas y metafísicas.

De ahí que la apertura al misterio de las cosas que pueblan el mundo y su realidad, a la vida y la muerte, o, mejor, su invocación sea cada vez más necesaria. Ya que el mundo técnico les arrebató el misterio de la cercanía y la serenidad, con que se presentaban a nuestros antepasados. De ahí que la apertura al ser y al claro, la verdad de su desvelamiento, posibilite que el misterio se haga presente al hombre actual. Así que, en el mundo técnico y del colectivo técnico, la serenidad, la apertura, el misterio, nos ubican en los umbrales desde donde el hombre rompe las ligaduras del tejido de la uniformización y la homogenización, de lo siempre-igual, que establece el Gran Poder.

Como expresa Esquirol: “No por poco ruidosa es la serenidad menos revolucionaria. Las grandes acciones no tienen por qué ir acompañadas de estandartes y trompetas. La serenidad es una forma de actuar y de un actuar verdaderamente relevante, pues cambia profundamente la situación”. 

En la serenidad hay paciencia, y espera, y escucha, en la cercanía. Permite, la serenidad, ese escuchar de nuevo la voz de las palabras más originarias. En la serenidad decimos lo que hemos escuchado. Nuestro decir es un volver a decir la respuesta escuchad. La serenidad proviene de las raíces del logos, del originario logos de los tiempos pretéritos. Cuando los hombres escuchaban la sinfonía de los cielos estrellados en soledad y observaban la presencia de los dioses.

De ahí que el hombre moderno, de la técnica y del mundo técnico, ha de volver su mirada a la escucha en silencio. Porque lo que prevalece en la actualidad, en la sociedad de masas y la cultura de masas, es la algarabía de los lenguajes digitales y de las imágenes “pictóricas” en movimiento. ¿Qué predomina en la “conversación”? El vaciamiento de los contenidos espirituales de las lenguas naturales. Así que, si no estamos abiertos a escuchar, nos cerramos a la serenidad y al pensar, y a la bondad y a la misericordia del pensar y el sentir. De ahí que en la época actual la “distancia” y el “tapar”, no posibilitan el claro, la luz del claro, donde se devela la esencia del Ser y del existir.

Pero que pretende Heidegger, al hablar de “proximidad vecinal”, que ésta contrasta con el mundo técnico, donde prevalece la “distancia” y la “frialdad”. Es decir, la indiferencia hacia el otro, que, en su naturaleza, es un nosotros. Este rasgo del mundo técnico lleva al olvido que el hombre primitivo es, nuestro vecino y se encuentra oculto en todos y cada uno de nosotros. Y, que el hombre de la Gran ciudad está inmerso en los flujos de la vida cotidiana, la indiferencia psicológica, el lujo, el consumo, en el disfrute de las cosas materiales; eso que se denomina “Cultura de lo efímero”, la homogenización, el dinero, y habla el lenguaje de una Civilización artificio que tiene una ligazón íntima con el progreso y comunica un lenguaje que se opone a la Cultura.

A la Cultura guiada por el libre juego del pensamiento sobre la realidad, el tejido vivo de la existencia y del mundo. “La Cultura que recomendamos es, sobre todo, una operación interior” –nos recuerda Matthew Arnold. Tengamos presente que, distinguir entre la cultura y la técnica es un presupuesto de pulcritud espiritual, como lo es asimismo distinguir entre el dogma y el saber. La vida se convertiría en una tragedia fundamental si no se hace tal distingo.

 Por tanto, en esta alta civilización técnica, de sociedad de masas y cultura de masas, “el hombre -dice Jünger-, es capaz de extraer de sí la vida, cosificarla y objetivarla, y aumenta sin interrupción”. Y expresa: “Tras la edad de la gran seguridad ha llegado, con una rapidez asombrosa, una edad diferente, en la que preponderan las valoraciones técnicas. Pero nada de eso exime de responsabilidad”.  

En relación a la vida en la Gran ciudad, añade Jünger: “Una de las características del parentesco existente entre el dinero, que es algo inconexo, y la masa, que es así mismo inconexa, es la siguiente: no sólo no garantizan ni el uno ni la otra, protección alguna contra el ataque efectivo del dolor”, sino también, del ataque real y existente del sufrimiento, la exclusión social, el hambre, el desempleo, la xenofobia, etc., que los incrementan incluso. Porque se olvida que detrás de la inconexión del uno y la otra, se esconden relaciones de fuerza, de saber y de poder. Es decir, generan una nueva forma de control, de coacción de la mente y del comportamiento del ser humano.

Hay que desandar lo andado para restaurar la escucha y, la serenidad y, la espera y, la vecindad, para que el ser y la esencia del hombre, se revelen en la esencia lingüística del ser humano. Esto confirma una de las tesis de Heidegger: “El lenguaje es la casa del ser”. En este orden de ideas, “el hombre corresponde al ser en su apertura, permitiendo que el ser se haga presente; y el ser tiene en el hombre aquel que le proporciona el claro para hacerse presente como tal. En ser-en-el-mundo, mundo no significa ni un ente ni un ámbito de lo ente, sino la apertura del ser; mundo es el claro”.

Por tanto, la serenidad del pensar, la bondad y la misericordia de éste, posibilitan que el ser se devele, en el mundo que es el claro. Que conduce al juego de la cuadratura del mundo: Cielos estrellados, Luz; Tierra nutricia y habitable; el hombre pensante por la Tierra del mundo; y los Dioses redentores de la humanidad. El “juego no alude ni a algo superficial ni a un pasatiempo simplemente. El juego del mundo tiene la gravedad del juego infantil. No responde a ningún porqué. El mismo es el sentido.

Así que, con el pensar, el hombre se siente en la cercanía esencial de ese juego; siente el movimiento de los elementos y su mutua pertenencia. Encontrarse entrando en el juego del mundo es cuidarlo y guardarlo. Para eso no hace falta nada extraordinario. Ninguna transformación gigantesca. Ni ninguna posición sobresaliente de autoridad, poder, o intelectualismo mal entendido. Sólo cercanía de lo más sencillo.

Ernst Jünger alude en el texto La tijera que, “las cosas geniales no se inventan; son consecuencia de una inspiración. El niño es genial por naturaleza –al recordar el origen. Esto es algo que se pierde no sólo con el paso del tiempo, sino también por causa del tiempo […] Se pueden hacer visibles las cosas invisibles que están dormidas en el Universo; así, las reservas son inagotables, no hacemos otra cosa que arañar por encima de la superficie”.

En este orden de ideas, Heidegger tiende su mano, su logos y su pensar, para que el juego del mundo saque al hombre del objetivismo y la cosificación, que lo dispone a la homogenización y la numerificación. El juego del mundo porta en sí el sentido, libera al hombre moderno de las ataduras de la técnica, del dinero y del poder; por eso, posibilita la revelación de la esencia del ser y la libertad, la libertad creadora de “formas” que dona la poiesis, el arte y la música, la poesía, es decir, la “luz” y la “dulzura”.

En cambio, la imposición de la técnica somete, domina a la naturaleza e instrumentaliza al hombre. La imposición oculta la aleteia –el desvelamiento del ser y del mundo. El hombre está situado en la esencia de la técnica. Así que, el hombre es requerido por la esencia de la técnica. El hombre no sólo se tecnifica, sino también la técnica lo instrumentaliza, lo domina, lo coarta y lo vigila. Por la técnica y en la técnica, el hombre se convierte en número, en objeto o cosa.

Así que, en la época actual el hombre vive un proceso de deshumanización, de ruptura con lo sagrado e inefable, lo espiritual, los valores, las ideas y el pensamiento, y, quiebra la coherencia del “Yo” concreto. Este proceso licua lo sólido que queda del hombre y lo entrega a los poderes de la tecnología. Quien predomina es, el Estado tecnológico y las Grandes Empresas Tecnológicas.  Además, la técnica se convierte en un medio de ocultación del ser; también en conducto de des-ocultación de la verdad. Según Heidegger, la técnica cumple una función contradictoria y ambigua, velar y desvelar el ser y el mundo. Aquí adquiere relevancia “La pregunta por la técnica”.

En el Estado tecnológico “el hombre está necesitado por el ser”. Por lo que hace posible todo lo que existe. Por eso “el ser” necesita del hombre, el ser no es ser sin que el hombre le sea necesario para su manifestación, salvaguardia y configuración”. El pensar lleva a cabo la relación del ser con la esencia del hombre. No es el origen ni produce esta relación. El pensar se limita ofrecérsela al ser como aquello que a él mismo le ha sido dado por el ser. Esta ofrenda consiste en que en el pensar el ser llega al lenguaje. El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son sus guardianes. Su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la medida en que, mediante su decir, ellos la llevan al lenguaje y allí la custodian.

El pensar sólo actúa en la medida en que piensa. Este actuar es, seguramente, el más simple, pero también el más elevado, porque atañe a la relación del ser con el hombre […] Por el contrario, el pensar se deja reclamar por el ser para decir la verdad del ser. El ser necesita del hombre, para ser en lo ente, la naturaleza, la historia y el mundo en general. Ser y hombre juegan en la cuadratura del mundo el juego del claro que posibilita el advenimiento de la verdad del ser.

Entonces, ¿cuál es el fin del pensamiento o, de la filosófica? Ayudar al hombre a comprender esto. Darle las herramientas conceptuales o el legado de la experiencia, para que trascienda la instrumentalización y la esencia de la técnica. Porque la filosofía posibilita que la técnica salga de su ocultamiento al ser y lo que lo rodea, en particular, al hombre. Ahora, ¿cuál es el legado de la filosofía en el mundo moderno? Mejor, ¿cuál es el compromiso del hombre respecto a la esencia de la técnica? La filosofía, entre otros, posibilita la crítica del ser en el mundo, de la objetivación y la instrumentalización del hombre, por parte de la esencia de la técnica. También posibilita que surjan corrientes de pensamiento, de actuar, de experiencia y de comunicación entre los hombres. Que le ayuden a desvelar que oculta tras de sí la esencia de la técnica.

Heidegger cree que el pensamiento, indirectamente puede ser la causa de un cambio en el estado de cosas del mundo. Él puede valerse de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la política o de la cultura, para el cambio. Así que, la filosofía y el hombre no pueden hacer otra cosa que, allanar el camino para el advenimiento o ausencia de Dios o, del ser. Por tanto, la experiencia de esa ausencia no es algo negativo, sino una liberación para el hombre, que Heidegger llama la caída en el ente.

Así, el pensamiento ha de preparar la disposición a la reflexión sobre lo que hoy hay. Estar dispuesto a la aletheia, -a quitar el velo, des-ocultamiento de la verdad. En la aletheia la verdad se desvela y el fenómeno se muestra. Por eso el hombre está dispuesto al desvelamiento del ser y, a la esencia de la técnica. De ahí que Heidegger y Husserl quieran hacer fenomenología, porque quieren desvelar la verdad. En nuestro caso desvelar la verdad del ser y de la esencia de la técnica.

Por tanto, para cambiar lo existente –dice Heidegger- el hombre necesita del impulso exterior (de Dios o de otra fuerza), porque el pensamiento en sí mismo no lo logra. Sólo lo puede hacer indirectamente. El papel que la filosofía ha tenido para cambiar el estado de las cosas del mundo moderno, lo asume hoy la ciencia. Desde entonces la “filosofía” se encuentra en la permanente necesidad de justificar su existencia frente a las “ciencias”. Y cree que la mejor manera de lograrlo es elevarla a sí mismo al rango de ciencia.

Pero este esfuerzo equivale al abandono de la esencia del pensar. La filosofía se siente atenazada por el temor a perder su prestigio y valor sí no es una ciencia. En la interpretación técnica del pensar se abandona el ser como elemento del pensar. Desde una perspectiva simbólica, la ciencia es la punta de una lanza y la reflexión filosófica el mango que la sigue. En el “efecto” del pensamiento hay que dilucidar qué significan aquí efecto y acción de producir. Heidegger dice que, sería necesario distinguir entre ocasión, impulso, fomento, ayuda, impedimento y cooperación.

En la actualidad, la filosofía se disuelve en las ciencias particulares: como la psicología, la lógica, la física, las matemáticas, la politología, la economía, la biología, etc. El puesto de la filosofía lo ocupa la cibernética. La cibernética es el campo de estudio interdisciplinario de la estructura de los sistemas reguladores. Así que, la cibernética es la ciencia que estudia los flujos de energía estrechamente vinculados a la teoría de control y a la teoría de sistemas. Esta ciencia se encarga de estudiar los sistemas de comunicación entre los seres vivos, y se aplica a los electrónicos y mecánicos, de amplias similitudes con ellos. Se aplica en los campos de las prótesis o la robótica, también en el ámbito de las ciencias humanas con el fin de resolver los problemas de relaciones y mediaciones socio-técnicas entre seres humanos y los objetos de diferente naturaleza.

De otra parte, Walter Benjamín parece rechazar que la verdad pueda encontrar su determinación a través de la realidad empírica y su expresión en el lenguaje degradado del conocimiento: “La filosofía sólo puede aspirar –dice- al discurso de la Revelación mediante el regreso de la memoria a la percepción original”. De ahí que le confió a Hugo Hofmannsthal que acogió con benevolencia su ensayo Las afinidades electivas, lo siguiente: “La convicción de que toda verdad tiene su morada o palacio ancestral en la lengua, que ese palacio está hecho de los más antiguos logoi y que, frente a una verdad así fundada, las aspiraciones de las ciencias particulares siguen siendo algo subalterno”.

Hay que tener presente que Walter Benjamín alude aquí al ensayo Del lenguaje en general a la lengua de los hombres en particular (1916), a un estado paradisíaco del lenguaje que aún no estaba sumido en la función de la comunicación y que no había caído en la charla maligna, mediata entre los hombres.

La filosofía y el ser humano han de mantenerse abiertos para la llegada o ausencia de Dios o del ser. La caída del ser en el ente. Y preparar la disposición a la reflexión sobre lo que hoy existe. Por tanto, el pensamiento por sí mismo no puede producir efectos necesita de algo exterior. O, lo que es lo mismo, necesita de Dios, del arte o, de cualquier otra cosa.

Para Heidegger se trata de interpretar la filosofía occidental. Del retorno a las bases históricas del pensamiento, de repesar las cuestiones no debatidas desde la filosofía griega, no es disolver la tradición. Pero afirma que el modo de pensar de la metafísica tradicional, que acabó con Nietzsche, no ofrece ya posibilidad alguna de experimentar con el pensamiento la era técnica que ahora comienza.

Bueno bien, ¿cómo se experimenta con el pensamiento la era técnica? Se necesita pensar el desvelamiento del ser, la esencia de la técnica y su instrumentalización, no sólo para someter a la naturaleza, sino también como domina al hombre y a las sociedades actuales. Así que, lo que la filosofía no abarca les concierne a las ciencias positivas, a las ciencias sociales y a las humanidades.

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