viernes, 20 de septiembre de 2024

 

           EL RESQUEBRAJAMIENTO DE LOS VALORES 

                       DE LA SOCIEDAD MODERNA

 

                                                          Madrid-España a 20/09/2024

 

Palabras clave: Dolor, poder, juventud, técnica, valores, miedo, muerte, Orden Burgués.

 

“De Platón a Hegel la esperanza se basaba en el humanismo de la cultura y cómo la cultura podía desarrollar ese humanismo”.

                                                                       George Steiner

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 Sabemos que la vida del hombre moderno está asediada como una fortaleza, por el dolor, la violencia y el miedo. No existe ninguna situación de la existencia que escape al asedio. Si la fortaleza cae, y el hombre se convierte sólo, absolutamente sólo, en instrumento de la ciencia, la técnica o el poder, es posible que de paso a una nueva estructura; a una nueva ética, a una nueva estética. Y percibimos que sobre las grandes ciudades observamos como se esparcen negros nubarrones, un vapor espeso y nauseabundo que contrita los corazones y el alma de las personas. Las ruedas están al rojo vivo y los instrumentos técnicos hacen su agosto; significa que la batalla está en el cenit de su esplendor.

Sí Nietzsche pensó que era ciudadano del siglo XXI, y lo consideraba su patria espiritual, las reflexiones están ahí. Jünger, cree, que vivimos en los umbrales de la época de los titanes, el confort técnico y el automatismo que arrastran tras de sí, sus propios conocimientos y una nueva voluntad de poder. En su obra El Trabajador, Jünger desde una visión fragmentaria y discontinua como un relampaguear, narra la decadencia y la disolución de los valores del Orden Burgués. Un orden que debajo de la cobija del sentimentalismo y la indiferencia, cree eliminar el hostigante y frío asedio de las calamidades y la barbarie del hombre moderno.

Una razón evidente, los valores existentes no responden ya a las necesidades y esperanzas humanas. Porque su lugar lo ocupa otra figura y, se escuchan los ritmos de la ciencia y la técnica, por una parte; y, por otra, la algarabía del mundo dineral y la fría lengua de los lenguajes digitales. Esta transformación de los valores que anunció Nietzsche y Jünger, condensan el nuevo “tipo” de voluntad de poder. Y una de las formas que tomó en esta alta civilización técnica, es la nula atención que presta a nuestras órdenes de valores.

El dolor y el miedo, son indiferentes a las inferencias que provienen de la escala de valores del mundo moderno. Son indiferentes a la cultura humanista, lo que hace de la vida algo digno de ser vivida, como dijo T. S. Eliot. De ahí que se concatena con el lenguaje que se habla en la Gran ciudad; el de la técnica, la ciencia, las formas jurídicas, el mundo dineral y el Gran Poder. Este es el lenguaje de la civilización actual, que se opone al de la Cultura y las humanidades. Esta cromaticidad de tornasoles de colores que se observa en el paisaje de Occidente, sustituyen las de épocas precedentes.

Así pues, a la vida plácida y segura del Orden Burgués de mediados del siglo XIX y principios del XX, le corresponde una agitada y atormentada en el transcurso del siglo XX y principios del XXI. Guerras nacionales, guerras entre naciones, migraciones forzadas, hambre, xenofobia, racismo, terrorismo, etc. Y su cristalización más refinada y atroz se observa en la Gran ciudad. Así pues, la imagen que llevamos en nuestro interior de una tranquilidad perdida y unas esperanzas frustradas, tienen mayor autoridad que la verdad histórica. Los hechos podrán refutar esa autoridad, pero no eliminarla. Semejante autoridad tiene que ver con profundas necesidades espirituales, psicológicas y morales. Que durante cientos de años han permitido que las culturas y las civilizaciones, florezcan y mueran sobre el globo terráqueo.

La literatura, el arte, las religiones, la arquitectura, la sociología, la arqueología, la antropología, la filosofía, etc., han dado testimonio de ello. Los sabios saben que la historia muda y cambia de forma, pero lo esencial que la determina, permanece. Por eso, “el mito es más fuerte que la historia; ésta lo repite en variantes”. En el seno de las colectividades humanas, las variantes del mito casi siempre pasan desapercibidas. No existe una correlación entre el mundo simbólico de la mitología y el mundo simbólico moderno. Porque los ojos de la conciencia común están obnubilados por lo inmediato y necesario de la existencia ordinaria.

En épocas de crisis o de tránsito, el modelo es más fuerte que la copia; ésta es fugaz como la fragilidad de la existencia individual, mientras el modelo y la esencia permanecen ante las inclemencias de lo elemental y las atrocidades humanas. Esto permite que se siga luchando por la vida y las satisfacciones que ofrece la existencia cotidiana, y se sobreponga a las adversidades elementales y humanas.

Como expresó Heidegger:

El ser humano está “arrojado” al mundo, significa que no elegimos nuestra existencia, sino que nos encontramos en ella y debemos darle sentido a través de nuestras acciones y decisiones”.

En la cultura occidental contemporánea esa sensación de desasosiego, de retorno a lo atávico -la violencia, la guerra, la inseguridad, el sufrimiento, el miedo, la muerte -, da la impresión que vivamos un nuevo quebrantamiento de los valores. Porque los que sirven como fundamento de la cultura y la civilización occidental contemporánea, no responden ya a los requerimientos más profundos de la Gramática de la vida. Esto crea una sensación de incertidumbre, tanto en el orden del pensamiento como en las acciones humanas. Esa nula atención, por ejemplo, que el miedo y el dolor prestan a los órdenes de valores; son fiel reflejo que estamos inmersos en ritmos de cambios sutiles e imperceptibles. Así pues, no existe ningún ámbito en la vida de las personas, que permanezca ajeno al vaho narcotizante del dolor, el sufrimiento y el miedo. “En épocas tranquilas resulta fácil encubrir el hecho de que el dolor no reconoce nuestros valores” –di Jünger.

Cuando una vida lozana, robusta y bella, es atacada por la enfermedad o la violencia, sentimos en lo profundo de nuestro ser, incertidumbre y miedo ante las fuerzas del azar o del destino; y sentimos que el mandato de nuestras más profundas convicciones y valores, es incapaz de detener la fatalidad. Entonces, reconocemos las fragilidades y debilidades más profundas ante las fuerzas que nos trascienden. Como la luz de un relampaguear nos humillamos ante el poder del enigma de lo elemental y la divinidad. Entonces, oramos, levantamos nuestra voz y las manos a nuestros dioses, cómo si esperáramos la comprensión y la recompensa que la vida nos ha negado. Un sentimiento parecido nos sobrecoge cuando muere un ser amado; sentimos en lo íntimo de nuestro ser, un vacío profundo y absoluto, como si un sueño nos trasladara a tierras remotas arrasadas por cataclismos infernales, y viéramos que en ellas reina la soledad y la tristeza.

Somos parte de tiempos insólitos y sobrecogedores donde la amenaza del dolor, el miedo o la inseguridad, se tornan significativamente más visibles. Cuando un coche bomba explosiona en Bagdad, Londres, Bruselas, Afganistán, o, las guerras entre naciones borran de la faz de la tierra miles de vidas inocentes (ancianos, niños, jóvenes y adultos), sentimos que ningún grado de inteligencia, valor, experiencia ni virtud o coraje, es capaz de librarnos de la fatalidad. Somos entonces una civilización amedrentada y amenazada, y algunas veces nos sentimos incapaces de contener la amenaza y la agresión, y, entonces, nos invade la nostalgia, o la duda de la validez de nuestros valores.

Por eso, en esta alta civilización técnica y de política de masas, aun en medio de la crisis financiera atroz de los últimos tiempos, del ataque a las instituciones democráticas y a la libertad, del desempleo y el hambre de millones de seres humanos, la discriminación y la xenofobia en los países desarrollados, las diversas figuras del terrorismo internacional y la violencia; el espíritu no debe inclinarse a una concepción catastrófica de la historia ni de la existencia individual. Porque esa visión de las cosas y de la vida niega el precepto divino, que el sentido de la existencia no es inmanente a la historia, sino trascendente a ella.

Así que, por este estado de cosas la consideración pesimista de la historia y de la vida, siempre ha estado presente en el devenir de las civilizaciones humanas. En sus orígenes fue avalada por la casta de sabios y sacerdotes; posteriormente, por las religiones monoteístas y la ilusión óptica de reyes y gobernantes; aquende del tiempo, por filósofos como Schopenhauer. Es común, ahora, que el conocimiento y la fuerza del destino, se dejen arrastrar por el miedo y los deseos más secretos que esconden tras de sí, el dolor y el poder de la muerte.

Sabemos que la percepción apocalíptica del mundo y destrucción total que primó en el transcurso del siglo XX, da paso a una visión fragmentada y discontinua de odios, violencia y guerras. De la que hacen parte los Estados, movimientos de liberación, agrupaciones de paramilitares, los cárteles de la droga, el fundamentalismo terrorista islámico y la delincuencia común, etc. Esta visión de futuros campos en ruinas en los que celebra los triunfos una muerte mecánica y automática cuyo dominio no conoce límites; no se corresponde con la realidad del terrorismo internacional. Las medidas preventivas y protección que los Estados Modernos y los organismos internacionales están tomando, nos indican que no son sofismas deliberados que obedecen a dogmas ideológicos o preceptos económicos.

Es una realidad que nos concierne a los que creemos en el Estado de Derecho, la democracia, la libertad, los derechos individuales de la persona humana, la justicia social. Por eso, son necesarios los espíritus fuertes que giran sobre sí mismos, que no se dejan arrastrar por la corriente catastrófica de las cosas y de la vida. Sino que en momentos de catástrofes elementales y de valores en entredicho, nos ayudan a encontrar la salida.

Existe la sensación que sí los valores de la cultura occidental moderna, no responden a las verdaderas necesidades y esperanzas humanas, los lugares donde se gesta la protección y la seguridad de los ciudadanos, se quebranta. Pensamos que esta especie de pesimismo paraliza la capacidad de asombro y las reflexiones del pensamiento, que le dan sentido a nuestras acciones y decisiones. “Al crecer el sentimiento de que el ámbito vital en su conjunto se halla cuestionado y amenazado crece también la necesidad sentida por el hombre de volverse hacia una dimensión que lo sustraiga al dominio ilimitado del dolor y a su vigencia universal”.

 Sustraer la vida humana del dominio del dolor, del miedo, o de la amenaza a lo desconocido, se convierte para el hombre de hoy en “imperativo”. Casi siempre el presentimiento de las grandes catástrofes está precedido de embaucadores y demagogos, magos y curanderos, hechiceros y profetas, sectarios y dogmáticos, charlatanes y farsantes, que se valen de artilugios y mentiras para sustraernos del dominio ilimitado del dolor y el miedo.

Existen ecos que vienen de la otra orilla del río, y cuya lengua nos comunica “que la seguridad y la protección que una vez nos ofreció el resguardo de la vida privada y la seguridad en las calles; el imperio de la ley; el reconocimiento espontáneo del singular papel económico y civilizador que tienen las artes, la ciencia y la técnica; la coexistencia pacífica de los Estados nacionales”; el espíritu que las anima y los conceptos generales que los sustentan, estuvieran resquebrajados. Semejante anhelo de seguridad que el hombre moderno evoca, tiene que ver con profundas necesidades psicológicas y morales. No es que volvamos al pasado, a un estado involucionista y atrofiado por el ensimismamiento de sí mismos, sino que el Estado, las instituciones, las sociedades y el poder, cumplan la función social que les corresponde.

Observamos que algunas capas del espacio voluminoso de la cultura occidental contemporánea, los valores heredados, los usos, las costumbres, los mitos, los ritos, etc., están “empezando a resquebrajarse y la profundidad del elemento, que siempre estuvo ahí presente, trasparece oscuramente por las grietas y juntas”. Sabemos que el dolor, la violencia, el miedo, la guerra, no pueden erradicarse como un prejuicio con el instrumento de la razón, la estadística, o la coacción de la libertad. En la conciencia occidental la negación del dolor, como componente necesario de la vida humana y del mundo, tuvo un tardío florecimiento en la postguerra de 1914-1918. “Unos años –dice Jünger– que se señalan por una extraña mezcla de barbarie y humanitarismo. Un pacifismo extremo al lado de un incremento monstruoso de los equipamientos bélicos; cárceles de lujo al lado de los barrios de los parados, -cosas todas ellas que parecen propias de fábulas y que reflejan un mundo lleno de maldad en el que el barniz de la seguridad se ha mantenido únicamente en una serie de vestíbulos de hotel”. Bueno bien, esto lo expresó Jünger a mediados del siglo XX y, ahora observamos que las grietas en la seguridad han llegado hasta ellos.

En los hospitales, por ejemplo, el mundo lleno de maldad, de crueldad, de sufrimiento, es real y repugnante en países en vías de desarrollo. Donde mueren miles de seres humanos por falta de recursos económicos, personal sanitario, medicamentos o, infraestructuras; mientras las multinacionales farmacéuticas, destruyen los bienes sobrantes para mantener los precios en el mercado. Degradante también para la condición humana, que el hambre y las enfermedades tiradas en las calles de las Grandes urbes como Río de Janeiro, Buenos Aires, Bogotá, Madrid, México D.F o New York, etc., dan cuenta de la vida de los seres humanos.

Somos parte entonces de un mundo enloquecido por los instrumentos técnicos y la nueva voluntad de poder, donde millones de hombres pobres, analfabetos, sin esperanza, mueren por falta de recursos y oportunidades. Esto refleja no sólo una realidad llena de maldad sino también de demonismo. Sabemos que las figuras del Demonio, del Tentador, del Maligno, son diversas y utiliza diferentes lenguajes y máscaras para apropiarse de la vida de los hombres y mujeres. Sólo hay que mirar lo que tenemos a nuestro alrededor, a nuestra familia, a nuestros amigos, a nosotros mismos y, aun los que están lejos. En el mundo del demonismo, sólo prevalece el que es fuerte en el Espíritu.

Un ámbito como éste no solo deja tras de sí, la época de seguridad relativa, también nos deja atónitos y desorientados en los umbrales del siglo XXI. Porque en la época contemporánea prima la desconfianza, el caos, la violencia, la guerra y el desequilibrio. La quiebra del sistema financiero internacional, los desajustes sociales y económicos, el desempleo, el hambre, la inseguridad y el terrorismo internacional, lo confirma. Son sólo fisuras en los pliegues que cubren las realidades y los conceptos generales de las civilizaciones contemporáneas. La conversión, por ejemplo, de los bienes en dinero o de los vínculos naturales en jurídicos, produce una ligereza extraordinaria y una asimismo extraordinaria libertad de movimiento de la vida.

Ahora bien, lo efímero en lo que se convirtió la vida, se manifiesta real y objetivamente, en la mutación del lenguaje. Son las “formas” del artificio las que dan sentido a la realidad, más no la posibilidad del encuentro del hombre consigo mismo y el otro o, la manera como los seres existen en el mundo y se relacionan con él. Eso que Heidegger llama “Dasein”, “ser-ahí”, o “existencia”. Por eso el hombre atormentado y solo de la Gran ciudad moderna, no se identifica con los vínculos naturales, la conversación enriquecedora del espíritu, la imaginación ni con el mito de sus ancestros, sino con las referencias del artificio: el banquero, el futbolista, el influencer, el político, el actor de cine, la modelo, etc., que encarnan las imágenes de las relaciones artificiales. La identificación con esos personajes crea una especie de ensimismamiento, enajenación, y hunde al ser humano en un vacío espiritual y de experiencias enriquecedoras.

En este orden de ideas, la joven generación de la Cultura de lo efímero, trata de llenar el vacío existencial con los narcóticos que la sociedad ofrece: alcohol, droga, tabaquismo, pasotismo, sexo, pornografía, etc.  Por eso son ilusiones ópticas que esconden el sentido de realidad y los convierte en marmotas. Pero pudimos observar en épocas precedentes, que hubo un intenso movimiento espiritual en todos los umbrales donde hicieron su aparición los talentos. Pero lo que ahora llama la atención es, por el contrario, el profundo silencio de la juventud, una juventud que siempre en el devenir de la historia y los conflictos humanos, ha estado a la vanguardia de lo que acontece. Salvo en puntos muy precisos de nuestra historia reciente.

Habitamos un mundo de desconfianza e inseguridad, donde “unas maquinaciones malvadas están produciendo una descomposición tanto de nuestros recursos económicos, espirituales y morales, como también en los raciales”. Ese sentimiento evoca no sólo un estado de inculpación general, sino también de degradación de la condición humana. Sí los principios generales se degradan, es porque ya no responden a las necesidades humanas. Parece que la percepción que tenemos del mundo, no les atañe a los ideales de los seres humanos. Esto crea una especie de disyunción entre el sentido de realidad y la imaginación creadora. De ahí que los instrumentos técnicos y la nueva voluntad de poder, representan la doble cara de Jano, el haz y el envés de las nuevas relaciones entre saber y poder. El mundo técnico y el colectivo de ese mundo, sirven como distractores de las apetencias y las esperanzas de la sociedad. En momentos de rebelión –de alteración del orden público o de una revuelta– son tan eficaces que su utilización pasa desapercibida.

Estas relaciones de fuerza cumplen la función que les corresponde, según las necesidades del mecanismo y la economía del poder. De ahí que los problemas sociales, políticos, económicos, de orden público y de seguridad, “como tales proporcionan únicamente molestias. Por ahora, más bien que ser planteados, son liquidados con rapidez, liquidados en estado embrionario, por así decirlo: es una consecuencia de la aceleración. Están multiplicándose los sectores en que los problemas son resueltos por las máquinas”. (Jünger).

 Así que, en la actualidad “lo que hay son centros de gravedad y hombres poderosos en los que se concentra y gasta la energía. La primacía la tiene un elevado nivel de conocimiento, anónimo y desconsiderado, que vencerá las resistencias políticas y sociales allí donde tropiece con ellas”. (Jünger).

En este orden, el ejercicio del poder legítima la degradación de los conceptos generales y las maquinaciones malvadas de los poderosos. Por tanto, el dolor y el sufrimiento son sólo formas exteriores de la naturaleza profunda de la maldad y del carácter destructivo de la sociedad. Cabe observar en este umbral, que lo elemental emerge de las profundidades y va tomando poco a poco las formas de los conceptos generales, como también la naturaleza espiritual y material del mundo que vivimos. En el ámbito jurídico, por ejemplo, la norma no se corresponde con el espíritu que la vivifica. Las injusticias económicas, políticas, sociales y culturales de la sociedad contemporánea, son sólo figuras exteriores del espíritu que las anima. Por lo que les corresponde a los conceptos generales, son la entelequia, lo fantasmagórico del dolor y el sufrimiento. Esto confirma cuán profundo y arraigados están en la naturaleza de la sociedad contemporánea.

Por eso, ésta reflexión la ubicamos en el ámbito del lenguaje.  Porque existe una esfera de éste como pensó Walter Benjamín, extraña a la comunicativa y las convenciones que aseguran la expresión del sentido de las palabras. Por eso se ubican en las esferas superiores del lenguaje, y se interpretan “a través de las hendiduras de las palabras”. La Revelación de la realidad desde la perspectiva mística del lenguaje, nos sugiere que hay que trabajar en el interior del ser humano.

Después de la Segunda Guerra Mundial se creyó que el Estado de Bienestar erradicaría el dolor, el hambre, la ignorancia, la falta de oportunidades, la maldad, las injusticias y los desajustes estructurales de las sociedades modernas. La seguridad del Estado de Bienestar estribaba en que el dolor y el sufrimiento serían empujados a la periferia en provecho de un mediano bienestar. Pero lo fundamental de las personas –los requerimientos espirituales o morales, la necesidad de la cultura y el sentido de trascendencia, entre otros–, eran considerados subsidiarios y no estaban a la altura del Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo y sus juicios.

Pero los que ejercían el poder estaban equivocados, porque los conceptos generales del Orden Burgués no respondieron a los verdaderos requerimientos humanos. Ya que la barbarie política del siglo XX, constató con el exterminio de seis millones de judíos y cientos de miles de minorías étnicas en centro Europa, que los órganos vitales de la cultura occidental estaban sumamente degradados. Ahora, sí el dolor fue empujado a la periferia por el artificio de un mediano bienestar –“existe una economía temporal que consiste en que la suma de dolor no reclamado se acumula para formar un capital invisible que va aumentando con los intereses y con los intereses de los intereses. La amenaza aumenta con cada una de las artificiosas elevaciones del dique que separa al ser humano de las fuerzas elementales–“. (Jünger).

El tejido del Estado Moderno quiso apartar al hombre de las fuerzas elementales –la guerra, el amor, la naturaleza, la muerte, el odio, la violencia, el hambre, etc.-, y, en consecuencia, creó un artificio donde prevalecen las ilusiones ópticas y sensitivas. Por ende, cuando las esferas artificiales priman en la vida de las personas, se concatenan a un tipo de cultura y de época. Podemos constatar que en la época contemporánea se cristalizan en la Cultura del espectáculo. Un umbral donde se trivializa lo fundamental y el sentido de la existencia, reemplazándolos por lo pasajero e insustancial. Un ámbito donde el dolor, el sufrimiento, el miedo, las fragilidades, los traumas, las injusticias sociales, se sustituyen por valores que tratan de evitar su relación con el cuerpo, la mente y el espíritu. Así que, el mundo sentimental es sustituido por lo abstracto y automático, la vida se vacía de lo espiritual y sensible para dar paso a lo material y efímero, terrorífico e infernal, en la existencia del ser humano.

Parece que fuéramos extraños en este mundo donde prevalece la futilidad y lo siempre-igual, y en su devenir histórico observamos como los valores del Mundo Moderno [la Ilustración, los Derechos Humanos, la libertad, la justicia social, el Estado de Derecho, la ética, la moral, la estética, etc.], se deshacen como hongos podridos en la boca. Y esto es sumamente grave para nuestra existencia que está determinada por la temporalidad y la muerte. Hemos olvidado que para “el mundo lo importante es la estabilidad, la durabilidad, la artificiosidad e intersubjetividad. Este espacio público no sólo está constituido por los productos del trabajo sino también por la cultura y las instituciones”. (Hannah Arendt). Que “la libertad está concebida no como una íntima disposición humana sino como una característica de la existencia del hombre en el mundo”. Así que, “el hombre es libre porque él mismo es un principio y fue creado una vez que el universo ya existía”.

De ahí en este mundo de sociedad de masas y de cultura de masas, donde prevalece la banausía, la vulgaridad, la ignorancia, la homogenización, la numerificación y objetivación del ser humano, la libertad y el nacimiento posibilitan que “llegue algo nuevo a un mundo ya existente, que seguirá existiendo después de la muerte de cada individuo. El hombre puede empezar porque él es un comienzo; ser humano y ser libre son una y la misma cosa”. (Arendt). Se trata de tener presente que, “en las épocas de petrificación y de ruina predestinada es la propia facultad de libertad, la capacidad cabal de empezar, lo que anima e inspira todas las actividades humanas y es la fuente oculta de producción de todas las cosas grandes y bellas”.

En un mundo como el nuestro en el que, predomina la Cultura del artificio, la banalidad, las imágenes en movimiento, los gestos y ademanes sobre la palabra y el pensamiento; la libertad viene al encuentro del hombre en la esfera política, social y cultural, para romper las amarras de lo automático, del poder y el saber, y el ser humano como ser libre introduzca en el mundo y la existencia de todos los mortales, la capacidad de la acción política y cultural, que rompa con lo establecido como verdadero e inamovible.

 Por eso “la valoración del dolor no es la misma en todas las épocas”. El ser humano posee aptitudes y actitudes, que lo capacitan para apartarse de las esferas donde el dolor manda como dueño absoluto. Semejante apartamiento –dice Jünger– se manifiesta en que el ser humano es capaz de tratar el cuerpo –es decir, el espacio mediante el cual participa en el dolor– como un objeto”. La objetivación del cuerpo es la expresión más alta que pueda considerar la vida. El cuerpo se percibe como un puesto avanzado donde el ser humano es capaz de lanzarlo al combate y sacrificarlo desde gran distancia. Así que, las medidas que se toman no se dirigen a evadir el dolor, sino a resistirlo. La neurociencia, la gnosis, han demostrado que el cerebro humano puede convertir el cuerpo en objeto. Es el ámbito donde se mueve el guerrero o el deportista.

Para Jünger existen tres esferas en las que el dolor toma rostro nuevo, la esfera del mundo heroico, cultual y sentimental. Al Orden Burgués –dice Jünger- le corresponde el mundo sentimental, donde la prioridad de la existencia es expulsar el dolor y excluirlo de la vida. Utiliza una multiplicidad de distractores: medios–masivos de comunicación, la publicidad, el consumo masivo, las drogas, el alcohol, la moda, el deporte, las redes sociales, etc., para llevarlo a cabo. El mundo de la sentimentalidad crea ideales o iconos que no sólo distorsionan la realidad, sino que diluyen las apetencias y las esperanzas humanas. Mientras que el mundo heroico o cultual tratan de incluirlo en la vida, ésta ha de estar dispuesta al encuentro con el dolor. De ahí que el dolor desempeña un papel significativo en la vida. Participamos de un mundo donde los seres humanos son incapaces de sujetar la vida a su poder. Es decir, a las potencias del espíritu que emanan de su interior. Y, el ser humano en la medida que sujeta la vida a sus designios, acciones y decisiones, combate y domina el miedo, el sufrimiento, la soledad y, para ello ha de valerse de la Religión, del Arte y la Filosofía.

En este orden, el dolor, el miedo y la libertad, son principios fundamentales en la economía de la vida moderna. Se concatenan con el mundo técnico y la nueva naturaleza del poder. La crueldad es algo presente en el fondo de las cosas; y no es indiferente al ejercicio del poder. La crueldad que se vive en la Gran ciudad, en los campos de batalla, en los pueblos y las aldeas, se convierte en una especie de gas de los pantanos que embriaga y controla la vida cotidiana. Con la rapidez como suceden las cosas y la indiferencia psicológica con que se nos presentan, casi nunca nos detenemos a pensar en ellas.

Como en sueños y en virtud de un mágico poder, los habitantes de la Gran ciudad son arrastrados y dominados por la fuerza del destino y la indiferencia hacia el Otro. La atmósfera que se respira es embriagadora, paraliza los sentidos, la imaginación y el pensamiento. Pertenecemos, entonces, al mundo de lo “necesario” –de los instrumentos técnicos, lo colectivo, lo típico y el lugar común. Y sentimos al mismo tiempo, cómo decrecen las fuerzas que nos permiten afrontar los avatares de la existencia, dominarlos y conducirlos como caballos por las sabanas.

Se trata que:

     “En el hombre hay un misterio que debemos preservar: el misterio de la vida y de la muerte”.

                                                                     George Steiner

viernes, 13 de septiembre de 2024

 

EL PROBLEMA DEL TIEMPO Y LOS AVATARES DE LA EXISTENCIA          

                                                       

                                                         Madrid-España a 12/09/2024

 

Palabras clave: Tiempo, la Gran ciudad, esperanza, técnica, espíritu, utopías.

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

Si en el fondo de la existencia el ser humano lucha contra el tiempo; resulta que sus diversas configuraciones determinan la Vida. El tiempo es la esencia misma de la vida humana. En el mundo que vivimos el tiempo concreto, circular o cósmico, no se adecúa al Espíritu de la Época. Porque los propósitos del Gran capital, la técnica, la ciencia o la nueva voluntad de poder, son indiferentes a los del hombre de carne y hueso. Por eso, su configuración simbólica se expresa en el mundo de los titanes, frío y distante, como también en el rostro del dolor y las necesidades humanas. Esta concepción del tiempo y de la historia lo ha invadido todo. El mundo que “ha sido” o, que “es”, el espacio donde habita el campesino, el carpintero, el jornalero, el talabartero, el profesor, el funcionario, el tecnócrata, el científico, el técnico o el político, están determinados por el tiempo abstracto, mensurable.

Así, el tiempo de las manecillas del reloj, del trabajo, del estudio, con sus horas uniformes e intercambiables se convierte en el toque de corneta de la civilización actual. Bajo su hechizo los hombres de la Gran ciudad realizan las transacciones financieras y comerciales, los coches automatizados trasladan a sus habitantes al trabajo y los niños al colegio, los mendigos buscan en la basura un mendrugo de pan, y los poderosos se apoltronan en sus oficinas para dominar el mundo que el destino les puso bajo sus pies. Además, el devenir de la concepción del tiempo abstracto, hace imposible percibir las ventajas de anteriores cálculos de tiempo. Es la representación más clara y evidente que el Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo, la atmósfera de los titanes y la cifra, el cálculo y sus juicios, determinan el sentido histórico de nuestra época. 

No podemos olvidar que el mundo nuestro está inmerso en las fauces del tiempo que camina o fluye, se escurre o se desliza. Un poder que avanza, progresa y como tal, inmanente al tiempo mismo. La interpelación que recibimos cada día es fuerte y fría; nos obliga a soportar el peso de la vida. Un mundo de distancias e indiferencias psicológicas como el que ofrece la Gran ciudad contemporánea, es el mejor que aviene al desarrollo del Capitalismo Global, del neoliberalismo económico y político, la primacía de la ciencia y la técnica.

Así, en nuestra época se cortan los lazos con el tiempo cíclico, cósmico, con el tiempo que retorna; el que retorna las lluvias, el Sol, las festividades y con ellas a los dioses. Sin embargo, el mundo nuestro diluyó en los sistemas de producción, el comercio, el consumo masivo, el ocio vacío de contenidos de sentido, el lujo, las esferas de lo dineral y lo efímero; lo que en su día representaron los “tipos” de sentido, las relaciones de la existencia, los contenidos de la vida. Quizá nuestros ojos, nuestra lengua, nuestra sensibilidad, nuestra conciencia y nuestra experiencia, hayan experimentado una modificación.

Así que, la lengua biológica e histórica que comunica contenidos espirituales, en su defecto, está dando paso a la lengua del artificio. Ahora vemos, pero no observamos: la sensibilidad y la solidaridad ante el hombre desnudo, solo y abatido, que antaño era común entre nuestros mayores; ahora vemos, pero no sentimos: la indiferencia ante el dolor y el hambre; ahora vemos, pero no sentimos: la indiferencia ante la muerte de niños, adultos y ancianos inocentes, en las guerras periféricas del tiempo actual. Empero, los ritmos de la vida cotidiana han dejado nuestra experiencia en una casa de empeño, por unas pocas monedas de lo actual; entonces, la conciencia crítica y juzgadora se sustituyó por los ritmos de la vida cotidiana.

Ernst Jünger dice: “El tiempo que retorna es un tiempo que trae y restituye cosas. Las horas dispensan obsequios. También son distintas, pues hay horas cotidianas y horas festivas. Hay ortos y hay ocasos, hay mareas altas y mareas bajas, constelaciones y culminaciones”. Este era el tiempo que regía la existencia y los ciclos de la naturaleza de los indígenas precolombinos; los pueblos y las aldeas del mundo. El tiempo nuestro, mensurable, cronológico y abstracto, en cambio, te sustrae y te niega cosas. Por eso, las manecillas del reloj cambiaron la percepción de la existencia y del mundo, de la vida y la muerte, de la alegría y la felicidad, de la conciencia del “Yo” concreto y del Otro.

Así, todo se ofrece en la escala de lo lineal, lo continuo, lo pasajero; las esferas del presente-actual. Una dinámica de la vida que posibilita que el ser humano se encuentre solo y desprotegido; a merced de fuerzas que lo trascienden. En una época como la nuestra, el tiempo avanza, progresa y como tiempo uniforme, los contenidos vitales, históricos o verbales, no tienen importancia. Esta concepción del tiempo no es otra que, la de la Cultura de lo efímero: la revolución de la información y las comunicaciones en Internet: Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft, X y sus algoritmos adictivos.

Por la primacía de la técnica y del tiempo continuo que avanza sin cesar, la “forma” sustituyó al “sentido”. El tiempo mismo, por ejemplo, adquiere más valor que el conjunto de las cosas del mundo o, de la vida misma. “Esa forma puede llegar a convertirse en un poder religioso –dice Jünger–, que es lo que hoy está ocurriendo en gran medida. De ahí el notable papel que el tiempo desempeña en el materialismo”. Observamos en este umbral, la falta de antagonismo entre la utilización del tiempo en el Sistema de Producción Global, con relación a los desajustes estructurales que contiene en sí.

Como el desempleo, el hambre, las enfermedades, las guerras entre enemigos y naciones, la exclusión social, económica, educativa y cultural; el predominio de los países desarrollados respecto a los lenguajes digitales y la Inteligencia Artificial generativa, en relación a los subdesarrollados; la producción y el comercio de armas a nivel mundial, entre otros. Porque la dynamis que lo determina no es otra que, la forma del tiempo abstracto y conmensurable. Jünger dice que “el tiempo puede llegar a convertirse en un poder religioso, en dogma”. Su importancia en el mundo materialista y hedonista de la época actual, lo confirma.

Jünger se pregunta, “¿en qué quedarían las doctrinas materialistas si se les quitase el componente del tiempo? Todas las utopías, no sólo las técnicas y biológicas, sino también las sociales y éticas, se alimentan de ese poder del tiempo que avanza, que progresa hacia su meta”. Si no existiera el progreso y la meta que esperamos, las utopías, la técnica y el mundo de los titanes, se convertirían en atroces fantasmas que atormentarían nuestra conciencia. Todo se dejaría al azar, sabemos que el azar no tiene miramientos con nadie. Este mundo suprimiría las tablas de valores. Entonces, el saber y el arte, la filosofía y la teología, la música y la poesía, se convertirían en herramientas adecuadas para exorcizar dichos fantasmas. Por eso, en nuestra época el tiempo se convierte en problema filosófico: ontológico y epistemológico. Ya que le concierne a la esencia, al tejido del Ser.

Nuestro mundo perceptivo se caracteriza por el antagonismo entre el espíritu que retorna y el espíritu que progresa. Son dos concepciones del tiempo y el espacio, también dos de la vida, del “ser” y “estar”. El antagonismo político entre conservadores y liberales, entre laicismo y clerecía, entre técnica y naturaleza, son sólo formas exteriores de los universales históricos. “Si estos cambian, si las estructuras sintácticas de la percepción se modifican –dice George Steiner–, se modifican también las formas de comunicación”. Sí consideramos los niveles de transformación, el discutido papel de los antagonismos históricos–sociales, son apenas un síntoma secundario y superficial.

Jünger sugiere que la solución sólo puede ser: “Conocimiento, coordinación y armonización de los diversos estratos, pues el tiempo cósmico y el tiempo terrestre siempre están presentes y las exigencias que hacen son distintas. El tiempo que retorna y el tiempo que progresa hablan a dos estados de ánimo fundamentales del ser humano, a saber: al recuerdo y la esperanza, que son los dos constructores del palacio que el hombre habita. En el recuerdo y la esperanza se encuentran el padre y el hijo, el espíritu conservador y el espíritu de cambio”. Uno habita en las profundidades de lo elemental, respira la atmósfera de la selva virgen o del mar; la de los pueblos ubicados en las fronteras de la atemporalidad como Macondo en Cien Años de Soledad; el otro, habita las Grandes urbes, es un ciudadano de la humanidad; la consciencia de sí y del entorno es una consciencia universalista. Es un creyente acérrimo del progreso, la técnica, la ciencia, la economía dineral y los lenguajes digitales; en él predomina la consciencia utilitaria y la razón de acuerdo a fines.

Por tanto, el hombre de mundo respira la atmósfera de la Gran ciudad, del trabajo, de la esfera dineral, de las relaciones jurídicas y contractuales, de las relaciones de fuerza, del lujo, de ahí que el lenguaje que habla es, el de la ciencia, la técnica, transformados en lengua artificial. Es un ámbito donde prevalece la Cultura de lo efímero y de lo Siempre igual.

Este estado de la existencia individual en la cultura y la civilización occidental reciente, se concatena a un nuevo ejercicio del poder. Así pues, ¿quiénes son los hombres y mujeres de la Gran ciudad? Naturalmente, seres que se apresuran para encontrarse solos; porque no existe una época de la humanidad donde los hombres y las mujeres, nunca se han sentido tan solos como ahora. Y, sienten en lo más hondo del alma, que son arrojados sin compasión al más espeso silencio de la tierra. Así que, la desdicha se apodera de sus corazones y descienden a lugares infernales donde mora el sufrimiento, el dolor, el miedo, extendiendo un velo misterioso sobre sus rostros y sus pensamientos.

Pero también existe el otro lado de la Vida, el que germina en el seno de las grandes desgracias y el sufrimiento. Entonces, las vidas dejan de ser insignificantes adaptadas a la reclusión, la soledad y el silencio; porque pueden observar por la diminuta y frágil rendija de la existencia humana, el resplandor de la Eternidad, el Poder Estático, que existe en el fondo de todo sufrimiento. El resplandor que aclara los caminos crepusculares que conducen a la liberación.

Tiene razón Walter Benjamín al decir: “¿En qué reconoce uno su fuerza? En sus propias derrotas”.

Jünger nos recuerda que el retorno es algo que viene determinado por poderes extraterrenales, es siempre cósmico e hijo del Sol; la esperanza en cambio forma parte, con el suicidio y las lágrimas, de los signos distintivos propiamente humanos. Así pues, la esperanza es algo humano–terrenal, un signo de imperfección. Pero el estado en que se siente la imperfección constituye ya, un estado superior a aquel en que no se la siente. Los detalles son conocidos, han sido descritos muchas veces; forman parte de nuestras experiencias más inmediatas.

Lo que llamamos progreso, es esperanza secularizada; la meta es terrenal y se halla claramente circunscrita en el tiempo. En cambio, para Steiner la esperanza y el temor son supremas ficciones potenciadas por la sintaxis. Es tan inseparable la una de la otra como lo son de la gramática. La esperanza encierra el temor al no cumplimiento; el miedo tiene en sí un grito de esperanza, el presentimiento de la superación. Es precisamente el status de la esperanza lo que hoy resulta problemático. En todo nivel –dice Steiner–, excepto en lo trivial o en lo momentáneo, la esperanza es una inferencia trascendental. El sentido estricto de esta palabra se apoya en presuposiciones teológico–metafísicos.

Por eso hablar hoy en día de la esperanza, es hablar de los orígenes y la condición del lenguaje; hablar del hombre como ser lingüístico y simbólico. “Tener esperanza” –dice Steiner– es un acto de habla, una forma de comunicación, interior o exterior, que presupone un oyente, ya sea este el propio “Yo”. Rezar es el ejemplo por excelencia de este acto. Y su fundamento teológico es el que permite, exige que el deseo, el proyecto y la intención se dirijan a oyentes divinos con la esperanza, precisamente, de recibir ayuda o comprensión”.

La esperanza no tendría sentido alguno en un orden completamente irracional, o en el ámbito de una ética arbitraria y absurda –recuerda Steiner-. “La esperanza tal como se ha estructurado en la psique y la conducta humana, tendría un papel insignificante si la recompensa y el castigo fueran determinados por sorteo”. Sí la esperanza es un signo terrenal del hombre, su espera infiere un “orden” nuevo, social y material, ético y espiritual. En consecuencia, la secularización de la vida en la cultura occidental moderna, disminuyó el “aura” religioso de la esperanza y fortaleció lo que llamamos progreso, esperanza secularizada. Su meta es terrenal y se halla circunscrita al tiempo histórico.

 Expresa Steiner: “Un pulso compartido de progreso, de mejora, confiere energía a la empresa filosófico-ética desde el comienzo del siglo XVII hasta el positivismo de Comte”.

Así pues, en “la consciencia individual del hombre occidental reciente, el movimiento principal del espíritu hace que la esperanza no sólo sea un motor de acción política, social o científica, sino también una actitud razonable. Una actitud razonable que, en la conciencia de la cultura occidental, está ligada a la mejora de la justicia social y el bienestar material; son la cristalización de un futuro, la anticipación racional del mañana”.

Pero también en este tipo de consciencia se ha ido cristalizando un pensamiento desesperanzado, de contra utopía, que ha experimentado un cambio cualitativo, pasó del optimismo a un súbito pesimismo. Ejemplos: Pascal en el siglo XVII, Kierkegaard en el siglo XIX, Huxley y Orwell en el XX. El progreso se concibe ahora como una tendencia material, social, económica y política, que no responde a las verdaderas necesidades y esperanzas humanas. Su progresión se aparta de sus designios y se observa una nueva especie de “disminución”. Esto nos permite pensar que se ha dado en la historia de la cultura occidental reciente, un cambio cualitativo del tiempo y de la consciencia que se tiene de él. Esta transformación infiere directamente en un cambio ontológico y epistemológico, que concierne a la esencia, al tejido del Ser.

Son modificaciones de la concepción del tiempo y de la esperanza, que no sólo inciden en el mundo histórico, social, político, cultural, científico y técnico, sino también en el espiritual y ético de la consciencia individual. No es casual que se reflexione sobre estos tópicos si hacen parte del “núcleo” de la cultura occidental reciente.

Resulta evidente en nuestro tiempo que la consciencia inventiva o común, evalúen las cosas o los aparatos técnicos de acuerdo a la renta que reportan. Dice Jünger: “Estamos habituados a juzgar los grandes inventos por los beneficios que nos rinden”. Nuestro mundo técnico está impregnado de esas ilusiones ópticas; trata de poner el origen, el fenómeno originario de la técnica o, de la ciencia bajo el rasero del beneficio. Pero olvida que es en nuestro tiempo cuantificable y cuantificado, donde las ilusiones ópticas de lo mensurable tratan de determinar los órdenes de la existencia individual. A saber, juzgamos los grandes inventos por los beneficios que nos reportan. De ahí que el tiempo mensurable, abstracto, determine el orden de la vida material y espiritual de los seres humanos.

 Este Darwinismo de los aparatos técnicos es una de nuestras ilusiones ópticas”.

El ilusionismo técnico, en su defecto, se concatena con el sentido de rentabilidad. No importa el propósito que ánima al saber, a la inventiva, importan los beneficios que reportan. Una época que considera los medios como fines, es una época que se interesa por la “forma”, más no por el “sentido”. De ahí que, en el origen, en el fenómeno originario –del saber y el conocimiento, de las prácticas sociales y las técnicas–, no intervengan nuestros fines. Así el Génesis de todo lo existente –material o espiritual–, es completamente ajeno a la rentabilidad. Por tanto, la inventiva, el saber en la historia de la humanidad, no han estado siempre bajo los propósitos de los fines y beneficios. Por eso en nuestra época materialista y hedonista, el sentido de rentabilidad y del placer alcanzó su máxima expresión. Por lo que toca a lo económico, los diversos procesos y la rentabilidad económica, se entrelazan con el Sistema de Producción Global. Existe entre ellos un juego de espejos, un juego de ecos, que se escuchan y se observan en todo el orbe terráqueo. Esto configura nuestro mundo y se expresa en tres esferas: el confort técnico, el saber y el Gran Capital; y, en consecuencia, entrelazan y generan un nuevo “tipo” de poder.

El mundo de los titanes y de la fragua de Vulcano, los cíclopes y el trabajo del hierro, sus aparatos técnicos e inventivas, son tan excitantes y embriagadores, que el hombre no tiene tiempo para pensar en sí mismo y el entorno que lo rodea. Hemos entregado las fuentes del ser en sí y para sí, la libertad creadora y la soledad que dignifica, a cambio de los ritmos del Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo; de las fintas fugaces y degradantes del sentido de humanidad. En esta época profana y profanadora, se devela que los grandes sueños en los que ha venido ocupándose a lo largo de los siglos el espíritu de la humanidad, tratan de reducirse al concepto de progreso, de ciencia, de técnica y de rentabilidad. Pensamos que afortunadamente en esta alta civilización tecnológica, de sociedad de masas y de cultura de masas, “aún hoy continúa habiendo en nuestra investigación un rasgo alquímico, una voluntad misteriosa, cuya nobleza se delata en que no alcanza su meta. A eso se debe que “en nuestro mundo –que es un mundo creado por el espíritu– perdure un resto que el intelecto es incapaz de disolver”.

Ahora bien, está aflorando la consciencia y se palpa sobre la sensibilidad del mundo actual, que en todo momento y todo tiempo detrás del “cambiante paisaje”, se esconden fuentes primordiales de energía, y que “por debajo de los fenómenos fugaces” se hallan manantiales de agua viva: el Poder Estático, con sus afluentes de abundancia, “veneros de poder cósmico”. Ese saber –dice Jünger- constituye no sólo el cimiento simbólico-sacramental de la Iglesia y continúa desarrollándose no sólo en las doctrinas secretas y en las sectas; ese saber constituye también el núcleo de los filosofemos, por muy dispares que sean los mundos conceptuales de éstos.

En el fondo todas esas cosas van buscando el mismo secreto, un secreto que es patente a todo el que una vez en su vida ha recibido de él la iniciación; y da igual que ese secreto sea concebido como idea, o como mónada primordial, o como cosa en sí, o como existencia del hombre de hoy.

Como expresó Gershom Scholem: 

    Mientras el hombre exista sobra la tierra continúa la posibilidad, que “el mundo sea un enigma”.

Estamos tan inmersos en nuestro tiempo de titanes y de automatismo, que no nos damos cuenta “que nuestro tiempo guarda semejanza con un desfiladero estrecho y funesto por el que se compele pasar a los seres humanos”. Estamos tan hechizados por el Weltgeist, el Espíritu del Mundo, que no nos damos cuenta ¿qué prima en las coordenadas donde nos movemos, o en las esferas en que nos encontramos? En un mundo como éste nos asentamos en los humores de lo material y cotidiano (lo técnico, lo colectivo, lo típico, el lugar común, los lenguajes digitales), que afectan la naturaleza espiritual del hombre, esto es, a los contenidos espirituales de la lengua y los movimientos del pensamiento.

De ahí el ser humano no es capaz de percibir otros mundos perceptivos; y que existen momentos donde el instante es todos los instantes y se condensan en eternidad. O, que en el interior de todos y cada uno de nosotros, habita el Primer Adán. Y, cuando somos capaces de percibir lo que está detrás de los fugaces fenómenos, se nos revela diáfana la estructura fundamental. El lugar donde experimentamos nuestro Poder Estático, nuestra “Figura”, nuestro “Tipo”, nuestro ser en sí y para sí; y éste no es otro que el Espíritu. O, en otras palabras, el umbral donde se revela la magia de la Naturaleza y el misterio de Dios. En comparación con eso, los instrumentos se convierten en meras imitaciones. En instantes como ésos, se devela que el saber tiene una fuente en la cual no solo se acerca al arte y a la fe, sino que llega a unificarse con ellos.

Sabemos que existen instantes en los que el ser humano trasciende el duro hierro de los días, la rutina de la vida cotidiana, lo abstracto y mensurable, en lo que se convirtió el mundo. Son instantes en que la embriaguez del espíritu invade la plenitud del Ser, la totalidad de la existencia; y entonces se Revela el auténtico secreto del mundo. Son momentos de un relampaguear donde lo fugaz se hermana con lo eterno, el ser humano se quita la máscara y radiante aparece el rostro de la bondad. “Necesariamente esos ambientes y esos estados de ánimo habrán de diferenciarse de los cotidianos; podrían ser, por ejemplo, oníricos”.

Los Evangelios tienen pasajes donde la embriaguez del espíritu trasciende el duro hierro de los días; en ellos su fruto es el alimento de una gran cantidad de seres humanos, reclaman su lugar en la historia y en la vida. En los lugares donde el hombre tiene contacto con lo sobrenatural la apariencia del mundo evanescente se disipa y da lugar al Ruha Jacode de Iahvé: el Espíritu de Dios.

El hombre contemporáneo por estar inmerso en la algarabía de los lenguajes digitales y bajo el hechizo de la imagen gráfica en movimiento, es incapaz de percibir el auténtico secreto del mundo y la melodía del destino. La Gran ciudad con sus flujos urbanos, la rapidez con que se presentan y lo fugaz con que se alejan; no permite que el hombre se detenga a pensar los detalles de las cosas y los propósitos que éstas persiguen. Es decir, el sentido oculto de las cosas, de la vida y del mundo. Separarse un momento de la excitación nerviosa que vive la Gran ciudad significa alejarse de la monotonía y del ritmo de los procesos, la velocidad y el automatismo.

Esto sólo lo consiguen las conciencias despiertas y sensibles ante la magia de la materia animada e inanimada; como los artistas, los poetas, los teólogos, los escritores, saben mirar por debajo de los fugaces fenómenos de la realidad. Saben mirar por “detrás de la melodía del ritmo del proceso”. Ellos se convierten en voz de los que no tienen voz, en ojo avizor del que lo tiene nublado por los ritmos de lo cotidiano y en consciencia juzgadora, o crítica del orden existente.

Este “tipo” de hombre:

Casi siempre en una sociedad representan a los espíritus fuertes; ya que ejercen el poder absoluto de mando ante las adversidades de lo elemental, el dolor o la muerte. Se convierten en referentes éticos, políticos o sociales del mundo que les ha tocado vivir.

 

 

jueves, 12 de septiembre de 2024

 

                                         EL HOMBRE Y SUS ATRIBUTOS

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

                                                             Madrid-España a 09/09/2024

 

Palabras clave: Hombre, Cultura del artificio, tiempo, Ser, lenguaje, poder y barbarie.


El hombre moderno por estar inmerso en el devenir del tiempo que camina, fluye, se escurre, se desliza y uniformiza, el tiempo de las manecillas del reloj que marcan las horas del trabajo y del descanso, del tiempo abstracto que se relaciona con el de la Cultura del artificio: la revolución de la información y las comunicaciones en Internet: Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft, X y sus algoritmos adictivos. El hombre masa y de cultura de masas el de los ritmos de la vida cotidiana, no es consciente que responden a intereses políticos, económicos, culturales, técnicos de selectas minorías que gobiernan el mundo como multinacionales.

Éste ha olvidado que existe el tiempo natural que “aparece como una rueda y habla de los ciclos del tiempo y de su retorno periódico. Para el primero es un poder que avanza, que progresa; para el segundo, un poder que retorna. Ambas cualidades son inmanentes al tiempo, pero es muy diferente que percibamos la una o la otra, que seamos interpelados por la primera o por la segunda”. (Ernst Jünger). De ahí que el tiempo natural es un tiempo cíclico. “También son distintas, pues hay horas cotidianas y horas festivas. Hay ortos y hay ocasos, hay mareas altas y mareas bajas, constelaciones y culminaciones”.

En cambio, “el tiempo que avanza, que progresa, no se mide por ciclos y rondas, sino por escalas graduadas; es el tiempo uniforme. En él los contenidos pasan a segundo plano. A cambio, el tiempo mismo adquiere más peso. En el retorno lo importante es el inicio; en el progreso, la meta”. (Jünger). Ahora vivimos en el tiempo de las máquinas y la velocidad, de las imágenes gráficas en movimiento, de la publicidad, del consumo y las necesidades artificiales, del lujo y las redes sociales.

Vivimos el tiempo de la Gran ciudad donde se habla la lengua de la Civilización actual, la lengua del progreso, “que tiene una ligazón más íntima que la que posee la Kultur y que aquella es capaz de hablar en las grandes urbes su lenguaje natural”. De ahí que dan al mundo y su realidad, a la historia y al presente-actual, a las personas y las sociedades modernas, unos umbrales y modos de percibir, de ser y existir en el mundo.

Por este estado de cosas, estamos olvidando que sólo el hombre está implicado en el destino de la existencia y no sólo a narrar historias naturales e historias humanas sobre su constitución y su actividad, tampoco se puede pensar la existencia como una especie especifica en medio de las otras especies de seres vivos. Que el hombre y su condición humana no son ajenos a la política, la economía, las libertades (de expresión, de conocimiento, de pensar, de criticar, de escribir, juzgar, etc.). Tampoco a sus derechos políticos, sociales, económicos, culturales y humanos. Por eso el hombre es todos los hombres y cada uno de los mortales.

Así que, somos hijos de la época que vivimos y debemos ser gratos y generosos con quien la compartimos. El mundo, las personas, las comunidades, no son un bien de entes individuales, ni de gremios, ni de grupos de presión o partidos políticos. El ser humano como ser lingüístico, sensitivo, racional y simbólico, rompe la lógica del poder, las disciplinas y las cocciones mentales, corporales e intelectivas. Que el Gran Poder establece en las redes sociales, el Estado y sus instituciones públicas o privadas.

De ahí que la existencia de la persona individual tenga muchas cosas que ofrecer que trascienden al individuo egoísta, posesivo, manipulador, mentiroso, violento, discriminador, en las cosas del poder, del saber y el buen vivir en comunidad. Esto nos enseña que en la existencia más allá de la necesidad que interrelaciona la causa y el efecto, de consumir y ser convertido en existencia, que Oswald Spengler llamó lógica del espacio; hay otra necesidad vital, la orgánica del sinológica del tiempo-, un hecho de profunda certidumbre interior, un hecho que llena el pensamiento mitológico, religioso y artístico, un hecho que constituye el ser y núcleo de toda la historia. La historia universal es nuestra imagen del mundo, no la imagen de la “humanidad”.

Por eso la esencia del hombre no la define ser racional o el conocimiento; un ser que trasmite información del entorno en que vive y es capaz de vivir en sociedad. Capaz de construir tejidos sociales, o hablar sobre cosas intangibles: mitos, fabulas, narraciones, religiones, y asumirlas como verdades. Sino por la esencia que lo determina, el logos (el pensar y el lenguaje). Que posibilitan la capacidad de reflexionar y juzgar, el mundo y la sociedad donde vivimos.

El hombre no es un número, una cosa entre las cosas como lo concibe el capitalismo y el sistema neoliberal; ser hombre pertenece a la cualidad del Ser y el existir. Por eso es capaz de trascender o, destruir, lo establecido como verdad por la lógica del poder y del saber.

Las narrativas del devenir de la historia y del acontecer actual, casi siempre ocultan que el mundo y su fundamento son ficciones creadas por los seres humanos para darle permanencia y estabilidad a lo creado. De esta manera, trasciende la relación causa-efecto, el “caos” del mundo y de la vida. Además, pues, la realidad efectiva de la existencia, no es, según Heidegger “mundo”. Es la apariencia de éste, todas las cosas se revelan al hombre en sus formas aparentes. No son la verdadera “realidad”, sino fugaces imágenes que residen en el Ser y el existir. Es decir, en el pensar, el hombre, la verdad, lo intemporal y el lenguaje.

Walter Benjamín pensó que los animales, las cosas y las plantas carecen de “voz” y su lengua es un profundo lamento. Por eso cuando Dios crea al hombre le insufla: Vida, Espíritu y Lengua. Entonces, la lengua del hombre comunica los contenidos espirituales que le corresponden. Pero, al “corromperse” el lenguaje cae en la charla maligna y no comunica el espíritu lingüístico de éste. Sino algo que se ubica por encima o por debajo de las corrientes espirituales que comunica: la economía, la política, la técnica, la ciencia, la publicidad, lo efímero, o la voluntad de poder.

Así el “mundo” se muestra en las diversas formas aparentes de los entes, es decir, de las cosas; y no en la estela del Ser, del pensar y el lenguaje. De ahí que el lenguaje como voluntad de poder oculte tras de sí, relaciones de fuerza, de sentidos, de dominio y de poder.

Asimismo, en la palabra “entorno” se agolpa pujante todo lo enigmático del ser vivo. Así se deduce que el lenguaje no es “medio” ni “signo” ni “significado”, no lo podemos pensar a partir de su carácter de signo y tal vez ni siquiera de su carácter de significado. (Heidegger). Por eso el entorno se le presenta al hombre caótico, gris, contradictorio y enigmático. Heidegger propone que lo observemos en el umbral del claro del ser, es decir, desde la verdad del ser: el único que es “mundo”. El que aclara que es ente y que ser. Esa aclaración se lleva a cabo en el ámbito del lenguaje. Así el ser se aclara y se oculta en el lenguaje. La naturaleza del hombre es esencialmente lingüística, tiene “voz” y se expresa en “palabras”.

En este orden, ¿qué es el Hombre? “El hombre consiste en ser más que el mero hombre como ser vivo dotado de razón. El “más” significa: de modo más originario y, por ende, de modo más esencial en su esencia” Los atributos de éste son más que el mero ser dotado de razón, de alma y de espíritu, porque trasciende los límites del cuerpo y de la subjetividad. “El hombre no es el señor de lo ente. El hombre es el pastor del Ser”. Ni en su origen ni como fenómeno originario es el señor de lo existente.

Así que, el hombre es el que cuida el Ser en su morada: el lenguaje. En este ámbito el hombre no pierde nada, sino que gana, gana la dignidad de ser llamado por el Ser a ser su pastor: que guarda su verdad. El hombre es el ente entre los entes que mora en la proximidad del Ser. Adviene al ser arrojado en el claro en el que devela la verdad del Ser. “El hombre es el vecino del Ser”. El que lo guarda en su morada: el lenguaje. El que escucha el lamento de la lengua de las cosas y la transforma en palabras, en juegos de palabras, que las conduce a las viviendas donde moran las Musas y los Dioses. El hombre entreteje el mundo y la vida de palabras, para ofrecérselas al Otro, a los pueblos y sus generaciones históricas como presentes Divino, cargados de amor, gratitud y belleza, a los que moran en la Tierra.

Asimismo, el hombre es lo que es, Daseyn (ser-hombre-en-el-mundo), que protege la verdad del Ser. Heidegger se opone a lo que dice el Génesis: “Dios crea el mundo para el hombre”. Aquí el pensar de Heidegger subsume al teológico o mesiánico en el del griego tardío. El ser humano en sentido histórico no es dador de nombres, ni reina en el mundo de lo existente (de las plantas, los animales, los ríos, los mares, etc.). Sino el que se expresa y se configura en la verdad del Ser. Los umbrales en los que se manifiesta la esencia del hombre son: el hombre es el vecino del Ser, uno; y el otro, el hombre es el pastor del Ser. En fin, la esencia de la verdad del Ser se relaciona con la esencia del hombre en el pensar; como el lenguaje es la casa del Ser.

Se trata de liberar el lenguaje de las ataduras de la filología, la gramática, la política, la economía, y, ganar un “orden” esencial y originario reservado al pensar y el poetizar. Así mismo, también liberar el lenguaje de la teorización y de la técnica del pensar; para que advenga la verdad del Ser y la esencia del hombre. Es decir, deje de ser instrumento, medio de comunicación. Porque el lenguaje como medio, oscurece la esencia del Ser y del hombre. El Ser se esconde detrás del medio que comunica, como lo hace en la voluntad de poder.

 En este orden, el logos (la palabra, el discurso) abandonan la casa del Ser, y se ubica en su habitad material -los medios de comunicación de masas, las imágenes en movimiento, las redes sociales, Internet, Facebook, Google, WhatsApp, X, Instagram, Inteligencia Artificial, etc. Ahora, si se utiliza el lenguaje solo como medio de comunicación, se falsifica su cualidad y el ser humano lo convierte en instrumento de poder, de coacción, de exclusión o, de dominio. Porque ocultan la verdad del ser, la esencia del hombre y los movimientos del pensamiento. Ahora se observa en el nacional populismo y las extrema derecha que incentivan el odio, el racismo, la xenofobia, la exclusión, la discriminación y así alcanzar beneficios políticos, económicos o culturales, con noticias falsas, vacías y sin sentido histórico ni político. Utilizan el lenguaje como instrumento político de polarización, de enfrentamiento, de odio y de muerte.

Entonces, el lenguaje no está a la altura de los verdaderos requerimientos del hombre. Que se refieren a las necesidades morales, espirituales, intelectuales, culturales, éticas y materiales. Como consecuencia, este ámbito diluye el tejido vivo de la existencia; ya que el lenguaje se sitúa en su parte material donde prevalece la abstracción sobre la realidad, las mentiras del poder y los poderosos sobre la verdad. Además, el lenguaje no sólo aclara y oculta el advenimiento del Ser; también el es, la existencia, ambigua, contradictoria, multifocal, infinita e insondable del hombre.

Como Umberto Eco afirmó en uno de sus ensayos, “que toda tentativa de averiguar el sentido último conduce al absurdo y le arrebata su misterio al mundo”. De ahí que el arte, la poesía, la pintura, la escultura, la novela, la música o, la religión, etc., permitan la trascendencia del tejido vivo de la existencia. O, en otros términos, el encuentro de todos y cada uno de nosotros, consigo mismo o, con Dios

En este orden se pregunta Hannah Arendt, ¿cuál es la facultad peculiar de todos los objetos culturales? “La de captar nuestra atención y conmovernos”. Por eso, la Estética es la madre de la Ética.

Ahora, ¿en qué consiste la humanidad del hombre? “Es el humanismo que piensa al ser humano desde la vecindad del Ser. Pero, lo que está en juego no es el hombre, sino la esencia histórica del hombre. Que en su origen procede de la verdad del Ser”. Por eso, Heidegger define al ser como él mismo. Es lo que tiene que aprender a experimentar y a decir el pensar futuro. “El Ser no es ni Dios ni un fundamento del mundo. El Ser “es” el mismo”. En Heidegger, el Ser está más próximo al hombre que Dios o, al entorno que lo rodea. Para él Dios no es el origen del hombre como fenómeno originario: ni creador del Hombre.

Así que, lo que le interesa no es el hombre en cuanto tal, sino la historia esencial del hombre. Historia que se puede representar, decir, leer, interpretar o pensar, en la esencia del Ser. Por tanto, la representación de lo ente por el hombre se refiere a la verdad del Ser. Aquí Heidegger deja abierta la pregunta por el Ser. Pero también aparca al hombre que sufre, que siente angustia, dolor, miedo u odio, por la esencia que lo constituye. Al hombre que, en su dimensión divina, pero humana va al encuentro de sí mismo o de Dios.

Ahora bien, ¿qué está en juego en la humanidad del hombre? El hombre en el horizonte del Ser, también su existencia. Por eso es el arte y el pensar lo que puede salvar en esta alta civilización técnica donde prevalece la oscura barbarie:

 La barbarie de la experiencia, que entregamos por unas pocas monedas de lo actual; la barbarie del lenguaje, que exalta la noticia y la banalidad; la barbarie de la Civilización del artificio, que prioriza lo fugaz sobre lo inefable y eterno; la barbarie de la muerte, que pierde el aura de lo mítico y sagrado y oculta su rostro a lo colectivo y se pone la máscara de lo privado y comercial; la barbarie del desarrollo de las armas convencionales y atómicas; la barbarie de la Inteligencia Artificial generativa que sustituirá o acabará con la humanidad en pocos espacios de tiempo; la barbarie de la violencia y la guerra que destruyen lo mejor del hombre que se relaciona con el milagro del lenguaje e inducen a olvidar que hasta ahora la humanidad y ese milagro han sido indivisibles; la barbarie que cayó sobre la amistad, la confianza, el respeto, la fraternidad o, el amor, que despiertan la capacidad de asombro, la sentimentalidad o, las cualidades meditativas de hombre.

De ahí que George Steiner dice:

“La historia reciente y la ruptura de comunicación entre enemigos y generaciones muestran de manera inquietante lo que significa esa disminución de humanidad”. Y esto en el mundo moderno es una forma de barbarie.

martes, 23 de julio de 2024

El Espíritu de la Época Actual

 

 

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

Es algo evidente en la actualidad que somos pobres de espíritu e incapaz de crear grandes obras como Thomas Mann, Goethe, Milton, Tolstoi, Cervantes o García Márquez, etc., espejos para que el hombre y la humanidad se miren y se conozcan así mismos. Observamos en el presente-ahora que el ethos de la técnica (la forma común de vida de la técnica, su costumbre, su conducta), se entrelaza al espíritu de la crueldad y la barbarie. Esto se expresa en las armas y las guerras globales. Como la guerra entre Rusia y Ucrania o Israel y Palestina. También la crueldad se observa en las Plataformas Digitales, Internet, redes sociales o, los medios de comunicación de masas.

“Pero todavía somos capaces de ver las pérdidas; aún sentimos la aniquilación del valor, la superficialización y la simplificación del mundo”.1 Así que, aunque la zona donde se ubica la sentimentalidad esté siendo atacada por el mundo heroico, el cultual o técnico, el dinero bancario o el poder político, la industria militar o la nueva voluntad de poder, los valores que dieron forma y sentido a la Época Moderna y, a la Cultura y Civilización Occidental, todavía están vivos. Son valores universalistas que dan significado a la vida de los pueblos y sus generaciones.

Observamos en las Grandes ciudades como se defienden los valores de la Ilustración –el “estatus” de la persona individual, el “sujeto”, la racionalidad, los derechos fundamentales, la justicia social, la libertad individual, de hablar, de escribir, de pensar, la democracia, etc. Somos conscientes que devienen valoraciones nuevas, pero no impiden que bebamos del pozo de los pensadores, del arte o la poesía. Así mismo, se establezca el Estado de Derecho y el Sistema democrático, que instauren la libertad, la justicia social, el respeto a la vida y a la dignidad humana. Eso que nos posibilita dignificar la vida de los pueblos y de las personas.

Ahora observamos como las generaciones nuevas son hijos de la Cultura del artificio. Donde la revolución de los medios de información, la informática, las redes sociales, Internet, la Inteligencia Artificial generativa, hacen que sean nativos del mundo digitalizado. Pero no hay que olvidar que, el ser humano tiene un resto misterioso y divino, que la técnica es incapaz de disolver. Humberto Eco afirmó que, “toda tentativa de averiguar el sentido último conduce al absurdo y le arrebata su misterio al mundo”.

Sabemos que el desarrollo de los procesos científicos y la técnica, sólo se sitúan en la fina capa que los cubre. La fuente del destino que administra Mímir, está cerrada para el mundo técnico y el colectivo técnico. Aunque se crea que se está evaporando la substancia de la Edad Moderna, es decir, la Edad Copernicana, por el predominio del mundo del artificio, sus valores hay que buscarlos incluso por debajo de la moral y la política.

¿Somos parte del mundo que profetizó Nietzsche, sólo como voluntad de poder y nada más? Este mundo es la voluntad de poder - ¡y nada más! Y también ustedes mismos son esa voluntad de poder - ¡nada más!

En Carta sobre el “Humanismo”, Heidegger afirma: el ser está pensado como realidad absoluta; y comprendido como voluntad incondicionada que se quiere a sí misma en calidad de voluntad de saber y de amor. En esta voluntad se esconde también el ser como voluntad de poder.2 Que la voluntad contiene tres esferas la del saber, la del amor y del querer. En ellas se devela el ser, el pensar y el lenguaje. Como también las categorías de La condición humana: la vida, la natalidad, la mortalidad, la mundanidad, la pluralidad y la Tierra –al decir de Hannah Arendt.

En Heidegger, tener presente que el pensar lleva acabo la relación del ser y la esencia del hombre. No hace ni produce esta relación. El pensar se limita a ofrecerse al ser como aquello que a él le ha sido dado por el ser. Este ofrecer consiste en que en el pensar el ser llega al lenguaje. El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y los poetas son los guardianes de esa morada. Su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la medida en que, mediante su decir, ellos lo llevan al lenguaje y allí lo custodian.3 

Por eso en Heidegger se da una Ontología fundamental porque vuelve a su fundamento: el ser. Además, trata de sacarlo del olvido en que ha caído y, así mostrar que el ser está en el abismo. Se trata de trascender la metafísica occidental, que para él no es otra cosa que negar el sujeto, el Yo, la Ilustración y el Orden Burgués. Tanto él como Jünger creen que los principios de la revolución alemana, unifican lo mítico, lo histórico y lo político, como bandera nacional antijudía y anti-burguesa.

Así que, el Estado técnico y el nacionalsocialismo desean un tipo de hombre coagulado en los engranajes de la ciencia y de la técnica; y el ser humano convertido en “obrero” al servicio del orden técnico. Ahí la libertad se expresa como un servidor del Estado técnico y del partido nacionalsocialista. Por eso, el totalitarismo convierte el espacio público y el tejido de sus relaciones, en uno político. El totalitarismo todo lo politiza, tanto la vida privada como pública.

Los ideales y el espíritu de la Ilustración son aquellos que establecen la razón como instrumento del pensar con lógica y racionalidad; no se basan en dogmas religiosos, en ideologías o, en la autoridad, las costumbres, el carisma o las verdades subjetivas; sino que instauran la ciencia y la aplicación de la razón en el mundo natural y humano. Y, a la vez, abogan por el humanismo, el componente moral o ético del ser humano que posibilita la prosperidad de los seres conscientes, las personas, en la búsqueda de la salud, de la felicidad, de la convivencia pacífica, del respeto a la otredad, la seguridad, la libertad y los placeres que ofrece la vida. Por eso el humanismo se opone a que “la cultura se convierta en “un valor”, es decir, un bien social que puede ponerse en circulación y convertirla en dinero a cambio de todo tipo de valores, sociales e individuales.”4

En este orden, el humanismo que nos legó Cicerón es, el de la cultura animi, una actitud que sabe cómo cuidar, conservar y admirar las cosas del mundo. De este modo, el humanista asume la tarea de arbitrar y mediar entre actividades puramente políticas y las de pura elaboración, opuestos mutuos en varios aspectos. Como humanistas, podemos elevarnos por encima de esos conflictos entre el hombre de Estado y el artista, como podemos elevarnos en libertad por encima de las especialidades que todos debemos conocer y buscar.5

Ahora bien, si observamos el mundo que ha surgido de las catástrofes de la Primera y Segunda Guerra Mundial, nos damos cuenta que aumenta sin cesar la índole abstracta y, por tanto, también cruel de todas las relaciones humanas.6 La abstracción aleja al hombre del otro y, de las necesidades morales, materiales y espirituales que comparten en común. Asimismo, la substancia de la solidaridad, la fraternidad, el dialogo o, el amor, se diluyen, en nombre de la estadística, el cálculo y la objetivación de las valoraciones técnicas. En la actualidad la crueldad no solo está implícita en el Estado técnico y sus instituciones, sino que ahora se ha trasladado a Internet y las redes sociales.

Por eso es un espectáculo grandioso y terrible ver los movimientos de las masas – unas masas de conformación cada vez más uniforme-, a las que está tendiendo sus redes el Weltgeist, el Espíritu del Mundo.7 Así que, en la sociedad de masas y la cultura de masas predomina la ciencia, la técnica, la velocidad, lo fútil, el lujo, el dinero y el maquinismo. Y, esto se convierte en una característica de la Gran ciudad moderna. Porque las diferencias entre los seres humanos las diluye el consumo y la conversión de los bienes en “valor”. En la Gran ciudad existe una relación entre la Civilización del artificio y el lenguaje situado en su parte material. Así que, la sociedad de masas y la cultura de masas no sólo tiende a la estandarización, a la Cultura del espectáculo, sino también a establecer relaciones abstractas e inconexas entre los individuos.

Eso que George Simmel, el sociólogo de la modernidad llamó, la distancia psicológica entre sus habitantes. Y, en consecuencia, el filisteísmo cultural de las sociedades de masas degrada los valores de la alta cultura y de la cultura popular. Porque los convierte en bien social que pueden ponerse en circulación y convertirse en dinero a cambio de todo tipo de valores, sociales o individuales.8

Estamos inmersos en una especie de Dialéctica artificial en la que el lenguaje natural que comunica contenidos espirituales, está dando paso a las imágenes en movimiento y a los lenguajes digitales que responden a la Civilización del artificio. Donde las relaciones artificiales predominan sobre las relaciones de sentido. Tenemos la impresión en que ya hemos quedado sustraídos en gran medida a la zona de la sentimentalidad. Una carne disciplinada y uniformada por la voluntad suscita la idea de que se ha vuelto más indiferente a las heridas. El deporte, por ejemplo, sólo una de las áreas en que cabe observar que el perfil humano está endureciéndose y aguzándose o también galvanizándose.9

En el espíritu de la civilización técnica, de masas y de cultura de masas, se pasa por alto que, marca el límite del lenguaje y así también, la posibilidad constitutiva del silencio. Porque en ella predomina la algarabía y la banalidad de los lenguajes digitales y las imágenes en movimiento. Por eso la Civilización del artificio funciona como un mundo cruel. Donde la segunda consciencia, la objetivación de la vida quebranta la condición humana. En todo caso, se trata de un concepto que pertenece al núcleo de la filosofía de Walter Benjamín. Se trata de ver como la narración pasa a un segundo plano en el sistema general de la información, que está dirigido a informar a los sujetos receptores, determinando su interés, y no a suministrar elementos para la conducción de la vida o la orientación en el mundo.10

Se trata de iluminar la narración y la comunicabilidad de los contenidos de la experiencia en la historia humana y la historia natural. Para que los procesos de simbolización de la vida y de la muerte vuelvan a estar en su lugar. Así, las nuevas tecnologías trascienden la finitud del cuerpo y de la consciencia e interiorizan en la vida del ser humano: la simultaneidad. Así, la vida y los cuerpos como sucesión y narración, posibilitan que trencemos en el lenguaje, que una cosa ocurra detrás de otra. En cambio, en el tiempo abstracto de Internet y las redes sociales, ocurre todo al mismo tiempo y el ser humano necesita estar en todas partes a la vez. En consecuencia, estamos pasando del tiempo real condensado en las cosas y en los cuerpos, al tiempo abstracto, simultaneo y fugaz. 

Somos parte entonces de una época de transición donde el ethos (el carácter) clásico da paso al de la ciencia, la tecnología y la estadística. Donde la idea de progreso no manifiesta en la consciencia de los hombres la esperanza y la seguridad, que brindaba en el siglo XIX. La esperanza de un nuevo y “más auténtico existir del hombre”, mirando a modo de indicación el “Principio de esperanza”, de Ernst Bloch. Principio que establece en oposición a la angustia, el miedo y el nihilismo que identifica con Heidegger. No se trata de criticar al sujeto burgués, sino de resarcirlo en la actualidad. Dice José Luis Molinuevo: “Bloch piensa que se trata de una sociedad en decadencia y de una clase social en retirada. Que reflejan su propia agonía en categorías ontológicas”.

En el mismo orden, se percibe la relación entre el desarrollo de la técnica y los instrumentos bélicos para la guerra. También como la Gran ciudad es el espacio donde la civilización y el progreso se entrelazan y, se oponen al espíritu de la Cultura. Como la idea de progreso y de desarrollo se convierten en instrumentos de poder, dominio o coacción del ser humano o, de las sociedades. Como el progreso coarta la libertad y la igualdad entre las personas. En este orden del pensar, la lengua se ha situado en su parte material y, deviene cada vez más objetivada y vacía de contenidos espirituales. Esto genera una degradación de los valores humanísticos y de la condición humana.

Este tránsito de la cultura occidental posibilitó a Jünger pensar la ubicación del hombre en la época actual. Así que, por ejemplo, en la edad de la técnica los medios y los métodos de la conducción de la guerra llevan a cabo modificaciones más rápidas y radicales que las realizadas en épocas anteriores.11 Lo mismo sucede con la globalización en las comunicaciones artificiales, el mundo virtual está remplazando al real. Además, la globalización permite la comercialización, la venta y el consumo en todas sus formas, como la proliferación de los aparatos tecno-militares y las guerras globales La técnica, por tanto, no sólo influye en la confrontación bélica, sino que crea modos nuevos de combatir. Y posibilita percibir la “mortal rivalidad entre la fuerza del hombre y la fuerza de la máquina”.

Precisamente, en la historia de la cultura y la civilización occidental, el espacio de lo técnico se relaciona con los instrumentos técnicos para la guerra y las máquinas como una expresión nueva del espíritu. “El espíritu que viene tomando forma desde hace mucho tiempo dando forma a nuestro paisaje es, de ello no cabe duda, un espíritu cruel”.12

Un espíritu que se ha despojado del vestido del humanismo y, ahora deviene con el de la crueldad, la zozobra, la inseguridad, la soledad, el odio, el dolor, el sufrimiento y la muerte. Un espíritu que está siendo jalonado por la informática y la tecnología del proceso de datos, que va de la estadística y a la objetivación del ser humano, hasta penetrar en los más sutiles procesos psicológicos que determinan la conducta y la visión que tiene el hombre de sí mismo, del mundo y su realidad.

Pero la realidad vivida en los últimos años nos permite percibir la gran potencia de cambio que están generando las tecnologías de la información; desde los drones, los autómatas, el fluido de imágenes en banda ancha, el paso del átomo a los bits, la seguridad de los Estados y la ciudadanía, hasta el control, la homogenización, la numerificación de las sociedades y del individuo. Estamos viviendo en la actualidad una revolución en la estructura y la función de las sociedades, en la esencia del Ser y del Existir, es decir, epistemológicas y ontológicas.    

Somos parte de la época de la velocidad, del maquinismo y los medios de transporte; “la capacidad de los aparatos con que se reproduce la palabra y la escritura, sobrepasan las necesidades. Las energías que la técnica desarrolla más allá de ese umbral son destructoras. En primera línea favorecen la técnica de la guerra y su preparación publicitaria. Dicho desarrollo técnico se realizó a espaldas del siglo XIX. No fueron conscientes de las energías destructoras de la técnica –dijo con acierto Walter Benjamín”.

De ahí que los Estados en la actualidad, “son más amenazadores y se hallan más pertrechados de armas que nunca; en cada uno de esos detalles los Estados se orientan al despliegue del poder; y disponen de tropas y arsenales sobre cuyo destino no es posible albergar ninguna duda. Estamos viendo cada vez más claramente como el ser humano en las batallas o fuera de ellas, puede ser sacrificado sin reparos”.13

De ahí que las máquinas teletanatologicas producidas por las tecnologías de Inteligencia Artificial –drones, Plataformas Digitales, redes sociales, robots, Ordenadores cuánticos, Inteligencia Digital, etc.), han sofisticado el dolor, el sufrimiento, la habituación y la insensibilidad ante la muerte. Por eso expresan un desaliento moral, político y social, en el mundo globalizado. Donde prevalece la segunda consciencia sobre el cuerpo y la vida en general. Así que, el ser humano vive un proceso de aceración.

Cabe recordar lo que expresó Jünger en Sobre el dolor: “La cuestión que se plantea es que si esa segunda consciencia que vemos entregada tan insaciablemente a su trabajo le está dando también un centro a partir del cual quepa justificar en su sentido más hondo la creciente petrificación de la vida. También la cuantía del dolor susceptible de ser soportado crece a medida que progresa la objetivación. Casi parece que el ser humano posee un afán de crear un espacio en el que resulte posible considerar el dolor como una ilusión, y ello en un sentido enteramente distinto que hasta hace poco tiempo.14

En el mundo de hoy prevalece el decurso técnico y los lenguajes digitales, que son expresiones del espíritu de la época, que es en igual medida amoral y reemplazó al mito en la modernidad. Nos encontramos inmersos en una atmósfera que nos condiciona a soportar con mayor frialdad la visión de la muerte como en la guerra de Ucrania y Rusia o, de palestinos e israelíes. Se explica porque ya no estamos en nuestro cuerpo, a la manera antigua, como en nuestra casa. Sino que hemos aparcado la zona de la sentimentalidad del valor, del sentido de la vida y del mundo.

Somos parte de unas sociedades globales cada vez más tecnológicas y socialmente diversificadas. Donde “la ciencia física “está ahora tan ligada con todos los intereses de la humanidad”, porque es indispensable cierta familiaridad con ella para comprender “la actual fase del progreso de la humanidad” y participar en ella” –dijo George Steiner.

Resulta asombroso como las nuevas generaciones son nativos de la Cultura de lo efímero y de los lenguajes digitales, y cómo se alejan de todas las tradiciones de nuestros antepasados y con la que nacimos nosotros. Es cierto que los verdaderos espíritus del siglo XX y principios del XXI tienen conocimiento y consciencia de ello, que dejan tras de sí una representación de la vida, del mundo y de la realidad, enteramente distinta. Jünger nos recuerda que “estamos viendo también que la persona individual va a parar a una situación en la que puede ser sacrificada sin reparos”.

A la vista de todas esas cosas surge esta pregunta: ¿Estamos asistiendo aquí a la inauguración de aquel espectáculo en el que la vida sale a escena como voluntad de poder y nada más?15

Sabemos que el ser humano contiende cada vez más con la agresión “del dolor, del sufrimiento, en la medida que es capaz de extraerse a sí mismo fuera de sí mismo”.16 O, en otras palabras, vive inmerso en la segunda consciencia donde prevalece la objetivación y la estadística. La edad de Acuario no sólo ha cambiado la marcha de los relojes, sino que con una rapidez asombrosa impone las valoraciones técnicas. Pero nada de eso exime de responsabilidades éticas y morales, a las ciencias, la técnica y al ejercicio del poder. Aquí el juego del poder y del conocimiento se entrelazan para someter, coaccionar o dominar al ser humano.

Ahora, ¿qué desea el Gran Poder? Someter al ser humano a las mismas exigencias de la máquina. Jünger piensa que, nos encontramos en una fase última del nihilismo, y que unos órdenes nuevos han ocupado ya unas posiciones muy avanzadas, pero los valores correspondientes a esos órdenes aún no se han hecho visibles.17 Somos parte de una época de actores insignificantes y de hechos significativos. Se está dando que, por un lado, tenemos una capacidad organizativa de saberes-conocimientos, de técnicas al uso, y de otra, de “nivelación de los viejos cultos, la esterilidad de las culturas, la mezquina mediocridad”.18

Así que, tenemos la sensación del vaciamiento de los valores, de los contenidos espirituales de la experiencia y del lenguaje, la fe sin sentido, la disciplina y la homogenización sin legitimación. Desde el umbral político observamos como las democracias actuales pasan de lo programático de los partidos, del análisis y la crítica parlamentaria, a la aclamación. O, como el Estado de Derecho se remplaza por el Estado Punitivo. Y, esto es sumamente grave en un Estado democrático Social de Derecho.

Estamos seguros que Leviatán es, el instrumento absoluto de la técnica, lo abarca todo y a todos, y la técnica es el ethos (el carácter) de la actualidad. El tejido intelectual, la red tecnológica de la industria-militar, estructuran a unas sociedades socialmente diversificadas y establecen redes geopolíticas estratégicas. Que impelen a los Estados Modernos a participar en los equipamientos bélicos –si se divisa en él la preparación para el desastre como si cree reconocer a la distancia en las colinas, los cruces de caminos tanto el que conduce a la luz o a las tinieblas.

Vuelvo y repito. En el espíritu de la Gran ciudad la indiferencia psicológica, el hambre, el desempleo, la violencia, las relaciones inconexas, un movimiento masivo de individuos sin consciencia de sí, donde predomina el lujo, la materia, el dinero, el consumo, la publicidad, el poder, configuran un mundo abstracto que prevalece sobre la sentimentalidad, la solidaridad y el Humanismo.

Aquí el lema establecido por Voltaire y Arnold que las humanidades humanizan, voló por los aires como una costra seca, de una parte; de otra, “¿quién discutiría que la civilización tiene con el progreso una ligazón más íntima que la que posee la Kultur y que aquella es capaz de hablar en las grandes urbes su lenguaje natural y sabe manejar medios y conceptos a los que la cultura se enfrenta sin tener ninguna relación con ellos e incluso de manera hostil?”19   

                                              Madrid-España a 23/07/2024

 

                                                            Bibliografía

 

  1. Jünger. Sobre el dolor. La movilización total y Fuego y movimiento. Tus Quets Editores, 2003., Barcelona. págs. 81 y 82.
  2. Heidegger, Martín. Hitos. Carta sobre el “Humanismo”. Alianza Editorial, Madrid 2007. pág. 294.
  3. Ib. pág. 259.

4 Arendt, Hannah. Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Ediciones Península 2016, Barcelona. págs. 212 y 213.

        5 Jünger. pág. 120.

        6 Ib. pág. 121.

         7 Ib. pág. 121.

8         Arendt. Ib. pág. 312 y 313.

9         Jünger. Ib. pág. 79.

         10 Benjamín, Walter. El Narrador. Ediciones Metales/Pesados, 2010., Santiago de Chile. pág. 26.

         11 Jünger. Ib. pág. 127.

12     Ib. pág. 81.

13              Ib. pág. 82.

14     Ib. pág. 74.

15     Ib. págs. 82 y 83.

16     Ib. pág. 83.

17     Ib. pág. 84.

            18 Ib. pág. 84.

            19 Ib. pág.  110.