martes, 2 de julio de 2024

La Razón Técnica


 Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

En el transcurso del siglo XVIII se perfiló, en un primer plano, la polémica entre los defensores del Espíritu, y los de la Razón y la Lógica. Herder, Vico, Hamann o Goethe, entre otros; se decantan por la esfera del Espíritu. Descartes, Leibniz y Kant, por el ámbito de la Razón y la Lógica. Estos creen que son el principio fundamental de todo conocimiento y de toda experiencia. “La Crítica de la Razón Pura” de Kant, lo confirma evidentemente. Creen que el mundo de los conceptos e ideas constituye el ámbito primordial del ser humano. Descartes, por ejemplo, creía en la división de la experiencia simple en entidades separadas: mente y cuerpo, materia y espíritu, sujeto y objeto. Una concepción de la experiencia y del conocimiento, que se perfila en preludio de la especialización.1

Así pues, distinciones del tipo sentimiento y pensamiento, sensaciones físicas e intelectuales, provienen del pensamiento claro y distinto. Son partidarios que la realidad ha de transformarse en una colección de entes artificiales. Pensaban que el mundo y la realidad están determinados por las matemáticas y la razón. Ellos sancionan las divisiones rígidas entre facultades y tipos de experiencia. Descartes, Leibniz y Kant, se convierten en los gestores del pensamiento que va a desembocar en la clasificación, la especialización y las ciencias experimentales.2 Con este tipo de pensamiento el mundo moderno lleva a cabo un punto de inflexión en la historia de la cultura y la civilización de Occidente. Y, como consecuencia de este despliegue se entreteje una nueva relación: la del desarrollo científico-técnico y de la nueva configuración de la voluntad de poder. Esta concatenación, en consecuencia, incide directamente en la naturaleza espiritual de la lengua. Pero también abre paso a una “nueva estructura”, con códigos, vocabularios, símbolos, signos, que responden a un Atlas lingüístico basado en las matemáticas y el pensamiento abstracto.

Podemos decir, que una Epísteme nueva se estructuró en la cultura y la civilización reciente de Occidente. Todo a partir del pensamiento de Descartes, Leibniz y Kant. En el primer plano, se ubica el campo teórico, el Orden Burgués y la Ilustración; en el otro, el polo práctico, la revolución técnico-científica y el liberalismo político. De ahí que la indiferencia psicológica y social que consigo traen los instrumentos técnicos, configuran redes sociales donde priman las relaciones artificiales. Así pues, una característica de la modernidad: la técnica representa una de las experiencias más directas y obvias del ser humano. Esto se corresponde en el Mundo Moderno, con la primacía de las sociedades de masas y la cultura de masas, de la ciencia y la técnica, del dinero bancario y las relaciones inconexas de la Gran ciudad. Porque entre ellos sólo se establecen relaciones artificiales, más no de pertenencia ni de identificación. Además, el ámbito de la vida humana se concatena con un acelerado proceso de objetivación de la existencia individual. Un espacio donde el hombre se metamorfosea en cosa, en objeto alienado y dominado por fuerzas que lo trascienden. Se observa como el trabajo se desprende de toda cualidad, y se transforma en flujo abstracto y cuantificable, que sirve para establecer el precio de toda mercancía.  Además, la Gran ciudad se convierte en el lugar propicio de las transformaciones, donde “el sentimiento de cercanía, del valor no simbólico, fundado en sí mismo, se desvanece y a cambio de eso el movimiento de las unidades vivientes es dirigido desde una gran distancia”.3 En esta alta civilización abstracta, en efecto, son los instrumentos técnicos y la voluntad de poder, los que están diluyendo las relaciones de pertenencia, la identidad y la diferencia de la otredad. Así, podemos decir que el mundo abstracto y cuantificable, se contrapone a la felicidad y al amor. Porque todo lo humano se reduce a cifra o a relaciones artificiales. He ahí que expresan una de las tragedias más profundas del hombre contemporáneo; el vaciamiento del espíritu y de los contenidos de las lenguas naturales.

No podemos olvidar que la técnica forzosa y necesariamente, otorga su impronta peculiar al mundo en el que nos encontramos. En los últimos espacios de tiempo, hemos visto como la creciente objetivación del ser humano, es consecuencia del predominio de la ciencia y la técnica. Bien, por el carácter de la fría atmósfera que la envuelve; allende, por la distancia psicológica y material ante el dolor, el sufrimiento; bien, por la sangre y muerte que deja tras de sí, en los campos de batalla, o en las carreteras, etc. La técnica se transforma algunas veces en una especie nueva de demonismo. Así pues, ¿por qué la técnica se convirtió en una prolongación de los sentidos? ¿por qué la técnica determina en gran manera la vida del hombre actual? ¿por qué la técnica cumple una función aséptica e indiferente en la actualidad? Porque el mundo que ha creado no corresponde a las esperanzas y necesidades humanas, sino a las apetencias del poder y del dominio sobre el hombre y la naturaleza. Este no es otro, que el ámbito de la persona individual; el mundo del Titán y del colectivo del titanismo (del técnico y del colectivo técnico). Somos parte de una época, que fusionó el carácter instrumental de la técnica con el carácter instrumental de poder. De ahí que el mundo de la técnica no sea neutral e indiferente, al destino de la vida del hombre sobre la Tierra.

La sensación de seguridad, bienestar y confort, que proporcionan los instrumentos técnicos, se concatena con la representación como instrumentos de poder. Por eso, el confort, no es ajeno a los instrumentos bélicos ni al poder en sí y para sí del Estado, o los “cuadros de mando”, diluidos en las redes globales. Por eso, la técnica al instrumentalizarse en armas bélicas, va más allá de las meras necesidades humanas. Ernst Jünger fue uno de los escritores contemporáneos, que reflexionó sobre la incidencia de la técnica en el nuevo ejercicio del poder. Pero la percibe como algo que acontece en la vida de los seres humanos positivamente. En su ensayo, La movilización total, de 1930 dijo: “La técnica es nuestro uniforme […] Nosotros consideramos, que una característica de una prestación elevada es que la vida sea capaz de distanciarse de sí misma, o, dicho con otras palabras, de sacrificarse. Eso no ocurre en ninguno de los sitios donde la vida se reconoce a sí misma como el valor normativo y no se contemple meramente como un punto avanzado. El hecho de la objetivación de la vida, de su conversión en objeto, es ciertamente común a sus situaciones significativas, pero en todos los tiempos la técnica –es decir, la disciplina– de esa objetivación es especial”.4 Por ende, la objetivación del ser humano y sus articulaciones, son síntomas evidentes que la técnica otorga su peculiar impronta a los tiempos en que nos encontramos. La Civilización de Occidente, habla el lenguaje de la técnica y la ciencia. Por eso, la razón técnica determina el orden de la existencia.

Una de las manifestaciones de la objetivación de la vida en la época actual, es la utilización como punto de avanzada que le otorga el terrorismo internacional. La vida se configura en este ámbito como objeto alienado, coaccionado, manipulado y manipulable. Se somete a fuerzas dogmáticas que la circundan, la atraviesan y la trascienden. Esto significa para la existencia humana, perdida de la autonomía de la voluntad, la capacidad reflexiva y la libertad. Sometidos como están a la potente fascinación de ilusiones dogmáticas, no tienen tiempo para hacer un alto en el camino y percibir lo grato de la existencia individual. Eso que permite aún en medio de las tragedias cotidianas, que la vida merezca la pena vivirse. Entonces, importante reconocer que la existencia no es un agregado como un grano de arena en el desierto, sino una cualidad del ser. El hombre es el único ser sobre la tierra, que posibilita hacer saltar por los aires las cadenas de la técnica, y desgarrar los decorados de teatro colocados por las tinieblas del dogma. En este orden, podemos decir que los antiguos relatos se oponen a la conversión del hombre en objeto; porque sirven de puente entre el mundo divino y el humano, el del sueño y el real. Nos recuerda Gustavo Martín Garzo que lo maravilloso, es abandonar el mundo de los dogmas y habitar el tiempo del relato, que es el tiempo de la contradicción y la libertad. En este apartado Benjamín en Fragmentos Políticos–Teológicos, expresa. “El reino de Dios no es el telos de la dynamis histórica; no puede ser propuesto aquél como meta de ésta. Visto históricamente no es meta, sino final. Por eso el orden de lo profano no debe edificarse sobre la idea del Reino divino; por eso la teocracia no tiene ningún sentido político, sino que lo tiene únicamente religioso”.5        

En este orden de ideas, me refiero al orden técnico en sí, ese gran espejo en el que se refleja con máxima claridad la creciente objetivación de la vida, y cómo se haya desprotegida de manera especial, contra el acoso del dolor. Para Jünger y Heidegger el orden técnico en sí, está situado más allá de lo anecdótico y circunstancial, de la política y su polémica. Una visión que desgarra las harapientas y viejas cortinas del Orden Burgués y la Ilustración. De ahí que la técnica tiene para ellos una dimensión ontológica y metafísica. Pienso, entonces, que es digno de admiración y preocupación, que el ser humano de la Gran ciudad y la joven generación, sitúen el llamado de la técnica en el “núcleo” de la naturaleza humana. Como consecuencia, esta nueva requisición ha tomado rostro de nuevo en el “logos” del artificio, y su expresión más evidente se ubica en la revolución de las telecomunicaciones artificiales, las redes sociales y la Inteligencia Artificial generativa. Su llamada se siente con mayor intensidad cuando se la compara con el tiempo de las selvas tropicales de Latinoamérica, de África y Asia. De ahí que el tiempo sea un lujo en las sociedades de masas y de la tecnología. Eso ocurre tanto más cuanto que el carácter de confort de la técnica, está fusionándose de un modo cada vez más inequívoco con el carácter instrumental de poder.

Para Ernst Jünger el ámbito donde se reveló con mayor claridad la ligazón del orden técnico en sí y su carácter instrumental de poder, no es otro que, el de la Gran guerra de 1914 a 1918. Simbolizado en la guerra de materiales y el espectáculo de la batalla. Un mundo perceptivo donde la estructura, organización y funcionamiento de los instrumentos técnicos para la batalla, trastocan a los ejércitos en su conjunto. Ellos adquieren cada vez más carácter de objeto, en lo que se refiere a las armas, como en lo que les concierne a los combatientes. Se observa a partir de allí, una creciente objetivación de la vida en general. Eso significa una claridad y una limpieza mayor en las cosas del poder. En esta alta civilización técnica, la conversión de la vida en objeto desgarra la coherencia del “Yo” concreto, diluyendo en ondas y cifras la memoria verbal del ser humano. A la objetivación de la existencia individual le corresponde, “soportar con mayor frialdad la visión de la muerte”. El automatismo, por ejemplo, arrastra consigo a los hombres a coartar sus propias decisiones en beneficio de las facilidades técnicas. Esto significa para el manejo de la libertad algo sumamente peligroso. Porque el confort técnico aumenta de manera necesaria la perdida de la libertad. Estamos en los umbrales de la Ciudad del Futuro, donde la tecnología basada en la electrónica, la cibernética y la informática tiende a la uniformización, vigilancia y coerción de la libertad. Porque entre menos libertad exista, más se devela el entrecruzamiento del poder y la técnica sobre la vida de los hombres.

Se platea en el ámbito de las personas que se preocupan por la pérdida de la libertad, que aumente el automatismo en tanto vaya aproximándose cada vez más, como es previsible, a su perfección. ¿Es acaso posible disminuir el miedo? ¿sería, pues, posible permanecer en la nave y reservarse la decisión propia? Es decir, ¿sería posible no sólo conservar, sino también fortalecer las raíces que aún siguen ligadas al fondo? Esta es la verdadera cuestión de nuestra existencia.6 Preocupa que el hombre se despoje de sus vestiduras y desnude su existencia a las comodidades técnicas. Que lo maravilloso de la vida se cosifique, se simplifique, entonces el poder, el dinero y la técnica, degraden el asombro que significa vivir la vida con los otros seres humanos. Sentir que las personas son “inestimables tesoros que están siempre a nuestro lado, a lo largo del viaje de nuestra existencia. Cada una de ellas forma parte de la aristocracia natural de este mundo”; solía decir el hermano Othón uno de los personajes de la novela “Los acantilados de mármol”, de Ernst Jünger. Jünger cree que se ha llegado a una concepción nueva del poder, a unas concentraciones de poder inmediatas y universales, sumamente vigorosas. Y, para poder plantarles cara se necesita, una concepción nueva de la libertad. Una concepción que nada tenga que ver con el vaciamiento de los conceptos asociados a esa palabra. Para él quien encarna el nuevo tipo de libertad, es el Trabajador, después el Anarca, y, por último, el Rebelde. Ellos no han perdido la ligazón con el fondo primordial y las raíces de la libertad. Personifican que el catálogo de las cosas posibles está siempre ahí –sólo basta soñarlas para poseerlas en realidad.

       La libertad es un complemento de lo posible” –dijo Christian von Wolf.

Un nuevo orden se instaura y establece sus reglas de juego, y da cuenta de la vida del hombre sobre la Tierra. Un orden distante y frío ante las apetencias humanas. En el espacio voluminoso del mundo, la realidad y la sociedad, no deja ningún intersticio donde la técnica y el devenir de los procesos, el dinero y las relaciones de dominio, no determinen la existencia en general. Estamos impregnados de técnica, como estamos abocados a establecer y comprender el lenguaje que trae consigo. Ese nuevo orden nos convierte en adictos de la técnica y los procesos; y permite que vayamos entregando poco a poco la libre voluntad, la conciencia del tiempo, de la muerte y del lenguaje. ¿A cambio de qué? De unas pocas monedas de lo actual. Sabemos, por ejemplo, que el armamentismo es una de las figuras más importantes de la revolución técnica. Porque somete al ser humano a una profunda tensión psicológica y corporal de proporciones gigantescas. Y, arrastra consigo, un distanciamiento material y espiritual que desgarra la vida del hombre. El armamentismo no sólo transforma al ser humano en objeto, sino que también lo aleja de la zona del sentimiento, lo ubica por encima del dolor, del sufrimiento y del mundo interior. Creo que, la revolución de los lenguajes digitales y la imagen gráfica en movimiento, y el armamentismo establecieron un entrecruzamiento con los diversos órdenes de la existencia humana.

Por lo tanto, en el Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo, observamos el rostro de un nuevo tipo de educación y de cultura, ya que han de responder a caminos dirigidos, controlados y restringidos, en lo que le concierne a la educación libre y libertaria, a la investigación libre. Pero también lo que incide en el sentido, el ethos de las personas y la sociedad. Sus rasgos más sobresalientes los encontramos en el nuevo tipo de soldado y de hombre, que viene acompañado con un creciente proceso de objetivación de la vida. Un cuerpo que expresa la religión del cuerpo –que es la del no-cuerpo, la del cuerpo tachado o banalizado, objetivado-, del deporte, la pornografía, la moda, la prostitución o, del soldado. Se trata de destruir o controlar la “zona de la sentimentalidad”, es decir, el interior del ser humano. O, en otros términos, convertir al ser humano en objeto. En éste umbral se hace evidente la concatenación de los instrumentos técnicos y el ejercicio del poder. Se trata de situar al hombre fuera de la zona del dolor. Ese tipo de hombre se diferencia del que habita por largos espacios de tiempo, en la atmosfera del espíritu e introduce en ellas, sus valoraciones peculiares.

En este umbral se constata que los elementos del orden técnico están presentes en todos los ámbitos de la existencia. La estructura de la técnica y la nueva naturaleza del poder, no sólo establecen una relación de orden superior, sino que inciden también en la sensibilidad, el lenguaje y las reflexiones del pensamiento. Esto permite observar que las inflexiones que arrastra tras de sí la alta civilización técnica, se concatenan con una nueva forma de coacción de la libertad. En los frontispicios del siglo XXI se observa una atmósfera de oscuros nubarrones y de tempestades de acero. De una parte, de sus tumbas se han levantado antiguos poderes míticos y desean arrasar las civilizaciones actuales para imponer sus poderes ancestrales; de otra, el desarrollo de los procesos y la técnica, generan el entrelazamiento del confort técnico y el ejercicio poder.

Ahora, por el predominio de las ilusiones ópticas y auditivas, la imagen que tenemos del mundo y su realidad, es una imagen distorsionada, hipertrofiada y vacía de contenidos espirituales. Un ámbito donde las redes artificiales de la comunicación social simultánea e inmediata, arremeten contra el lenguaje natural. Esta actitud ante la vida posee un fin determinado: convertir al ser humano en objeto. La revolución tecnológica en las comunicaciones artificiales, sitúa al ser humano en un mundo perceptivo fuera de sí, de la sensibilidad, de la intuición, de la imaginación, de la capacidad de asombro y de la zona del dolor. Pero también implica alejarlo del mundo de la cultura, del humanismo y las artes. O, en otras palabras, de la filosofía, la teología y la poesía. Porque son las esferas de la existencia que dan cuenta del hombre como ser histórico y trascendente a la vez.

Resulta evidente en esta alta civilización abstracta, que los instrumentos técnicos se están convirtiendo en una prolongación de los sentidos. Y, en algunos casos, los sustituyen. En la neurociencia, por ejemplo, la importancia de la tecnología para conectar el cerebro a una máquina, ya es una realidad. Se ha publicado últimamente en la prensa internacional que los neurocirujanos han implantado un pequeño dispositivo con 100 electrodotos del grosor de un cabello en el córtex motor de los pacientes, la parte del cerebro que normalmente manda la señal de los músculos para mover el cuerpo. Así mismo, la relevancia, por ejemplo, que tienen los instrumentos técnicos en los procesos de trabajo y en el tiempo de ocio, cambió la vida de las personas. De ahí que las personas que se dedican ahondar en el autoconocimiento humano y la nobleza del espíritu, poseen en sí, una importancia primordial en estos tiempos de tránsito. Son las que restauran la unidad del Yo perdido, las que sancionan en nuestras sociedades algo de la perdida visión de la concordia humana, los que fortalecen las raíces que aún siguen ligadas al fondo primordial, los que aún conservan la frescura de la libertad y se convierten en voz de aquellos que no tienen voz. Por tanto, en un mundo desgarrado por la pobreza, el hambre, las enfermedades, las injusticias sociales, la violencia, las guerras, etc., sus creaciones encarnan las fuentes emotivas e inconscientes del lenguaje. Son con el genio colectivo, la lengua del pueblo que representan. Por eso se oponen a toda homogenización y uniformización de la existencia, porque saben que en la diversidad está el germen de la libertad y de toda creación.

Si los instrumentos técnicos sustituyen poco a poco las “relaciones de sentido” –lo maravilloso de la existencia, eso que permite que el milagro del lenguaje sea posible en la vida de los seres humanos, ese resto que hace que los viejos relatos hagan el mundo habitable y común, algo lleno de significado en el tejido de la existencia individual-; entonces el mundo actual se caracterizaría por el vaciamiento de los contenidos espirituales del lenguaje y de la experiencia. Anonadados y sorprendidos observamos cómo la lengua natural se sustituye por la imagen “pictórica” en movimiento o la cifra. El emblema de los signos y los lenguajes digitales, se sobreponen a los contenidos espirituales de la lengua natural. El avance del cálculo, la estadística y su aplicación práctica en la sociedad, convierten al hombre en número. Si las personas se numerifican y se objetivan, preguntamos, ¿dónde queda el legado de los antiguos escritores griegos, Platón, Aristóteles, Pitágoras, Heráclito, Homero, Esquilo; y la herencia de los antiguos escritores latinos? O, ¿la herencia de la cultura del pueblo del Libro, y el legado del cristianismo en la historia reciente de Occidente? De ahí que el llamado de Thomas Mann, de George F. Jünger, de George Steiner, sea de angustia y esperanza a la vez. Piensan que debemos volver a las fuentes de las ideas de los clásicos griegos y latinos; beber de las corrientes primordiales del humanismo cristiano y del judaísmo; volver a las fuentes de Vico, de Herder, de Goethe, de Humboldt, de Vossler, de Hamann, de Shakespeare, de Milton, de Hölderlin, y mirarnos como en espejo para encontrar el verdadero sentido de Humanidad.

Sabemos que los cambios que la técnica trajo consigo en la vida del ser humano, lo convierte en un ser huérfano de los suyos y de la herencia de las Antiguas culturas. Errante con su libertad a cuesta, no sabe sacudirse la carga de los instrumentos técnicos y no tiene la fuerza para enfrentar los tormentos que arrastra tras de sí. Incapaz de enfrentarse al destino que le espera, no posee otra alternativa que entregar el peso de la existencia a fuerzas que lo trascienden. De ahí que los instrumentos técnicos y la nueva voluntad de poder, incrementan la indiferencia ante el dolor, el miedo y las necesidades del otro. Esto condensa una atmósfera gris, oscura, pestilente e inhumana, donde los fragmentos de Absoluto no responden ya, a los requerimientos humanos. Así que, la libertad, la solidaridad, el amor, la moral, la ética, la dignidad de la persona o Dios, son sólo palabras huecas, sin sentido alguno. Entonces, se tiene la sensación de vivir en un mundo sin memoria y sin esperanza, vivir instalados en el presente-actual. Parece que hubiéramos olvidado, que la memoria es la manera de mirar o de recordar. Es lo que “permite –dice Walter Benjamín- que rompamos con la “actualidad” que nos repugna, y detener su avance catastrófico”. Posibilitando que las artes plásticas, la música, la poesía, el teatro, el cine, o en sus inicios, la fotografía, asistente de la memoria, se conviertan en una forma de evitar el olvido. Pero ahora, la fotografía ayuda al olvido y a una amnesia colectiva, que es demasiado peligrosa. Somos, por supuesto, habitantes de un mundo angustiado y una de sus figuras es la de la pérdida de la memoria. Porque se configura en angustia la perdida de la identidad, tanto colectiva como individual. Por eso, se hace necesario recordar de dónde venimos y quiénes somos, y saber para dónde vamos. En la época actual, se le quita al ser humano la posibilidad de amar e incluso de la amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir, y para el ser humano no hay más que instantes.

Por su prevalencia en los asuntos humanos, la Cultura de Occidente está convirtiendo a la técnica en una segunda naturaleza. Una especie de ensimismamiento de los sentidos, que abarca cada vez más el ámbito de la vida en general. Su hacer tiende a la manipulación, vigilancia y objetivación de la existencia. Por eso la imagen que los seres humanos tenemos del mundo y de la realidad, se convierte en una imagen hipertrofiada, distorsionada y manipulada. Nos recuerda Wittgenstein que vivimos en una cultura especial con relación al espíritu y los contenidos de la experiencia. Pienso como lo creyó Nietzsche que nuestro tiempo, es realmente un tiempo de transvaloración. Una época que perfila una cultura que responde a la dynamis de los procesos y a la técnica. Pero la estructura sobre la cual se asienta, diluye el “logos” clásico, multívoco y contradictorio, para dar lugar al “logos” artificial, univoco y numérico. Esta mutación en el orden de la existencia, en algunos ámbitos académicos e investigativos se observa como algo que se corresponde con los tiempos que corren. Pero no se detienen a pensar que poco a poco se está diluyendo la esencia que define a la cultura occidental. Nietzsche lo sabía y su mérito consiste en que encontró una expresión para ello. Creo, en consecuencia, que se está consolidando una “estructura” nueva, una visión del arte, del ethos de la realidad y de la cultura, que obedecen a la técnica y al desarrollo de los procesos.

De ahí que Humberto Eco elocuente dijo: “Los hombres de hoy no sólo esperan, sino que pretenden obtenerlo todo de la técnica”; eso hace del hombre contemporáneo un ser desgarrado y alienado.

En un tiempo como este, ¿qué resalta el carácter instrumental de la técnica? Que no sólo se limita a la zona propia del instrumento, sino que intenta dominar el ámbito del cuerpo y del espíritu. Si la zona del espíritu y de la psique está minada, el fuerte está que cae. Si la técnica penetra los más sutiles procesos psicológicos y convierte al cuerpo en un instrumento de batalla, ipso facto, se diluye el verdadero sentido de humanidad. Aquí, en este umbral de combate, no se trata de relaciones numéricas como cree la estadística, sino de la naturaleza del Ser. Se trata, entonces, de condensaciones epistémicas y ontológicas. No de un fenómeno de opinión como lo muestran los medios de comunicación de masas y las redes sociales, sino con lo que le concierne al arte, a la religión, a la historia, a la ética, a la música, a la literatura o, a la filosofía. Por eso, la dynamis de los procesos y la tecnología penetran en un orden diferente, un orden cósmico que está dando cuenta de la vida humana. Ahí está su campo, ahí su acción, son poderes que intentan colocarle al ser humano sus máscaras propias, poderes que unas veces son totémicos, y otros mágicos, y otros técnicos. En este orden se manifiesta crudamente, el entrelazamiento entre el confort técnico y la nueva voluntad de poder.

En medio del relampaguear de ilusiones ópticas y auditivas a las que estamos expuestos, la fastuosidad de las máscaras no reside en los rostros, sino en el encantamiento que desvela. Se desvela como una especie de narcótico que entorpece los sentidos, paraliza la imaginación y las reflexiones del pensamiento. Desde los tiempos remotos el ser humano viene luchando para que el peso del poder y su parafernalia, no lo anule o lo trascienda. En los tiempos modernos, la libertad, la autonomía de la voluntad y la memoria histórica, se convierten en herramientas fundamentales para enfrentarlo. “Las artes se petrifican –dice Jünger–, el dogma se absolutiza. Pero desde los tiempos más remotos viene repitiéndose una y otra vez el mismo espectáculo: el hombre se quita la máscara y a ese acto sigue la jovialidad, la cual es el reflejo luminoso de la libertad”.7 Lo importante en los tiempos actuales, es que va dejando tras de sí, un montón de escombros, de vidas atormentadas y deterioradas, ecosistemas destruido o arrasados, que sirven a las conciencias despiertas para entender, comprender y conocer el mundo del cual hacen parte. Creen que, del despojo del mundo técnico y la política, del capital financiero y la ciencia, tiene que levantarse el nuevo tipo de hombre que defienda la libertad, la verdadera libertad y la vida que la sostiene. Lo cual no es tan fácil como parece. Ese hombre no sólo mirará hacia las estrellas, sino que luchará al lado de los dioses contra la hegemonía de los titanes. Es el tipo de hombre que hablará un nuevo lenguaje y con él, anunciará el porvenir.

Resulta instructivo para la época que los fenómenos que caracterizan los momentos actuales, no están sólo relacionados con la técnica, sino que consigo traen una nueva cultura, la Cultura del espectáculo. Un espacio donde se trivializa la identidad personal, la visión transitoria e inestable del tiempo, la consciencia de la muerte, la memoria verbal; en suma, lo que determina el tejido de la existencia individual. Son cambios que inexorablemente influyen en la naturaleza del ser humano, en las condiciones y posibilidades del lenguaje. De ahí que George Steiner diga que, “si los universales históricos cambian, si las estructuras sintácticas de la percepción se modifican, se modifican también las formas de la percepción. El discutido papel de los medios electrónicos ocuparía un lugar secundario”.8 Al mismo tiempo existen personas que no han perdido la capacidad de asombro, la imaginación, la sensibilidad, la capacidad de crítica y de juzgar, porque todavía son capaces de ver las pérdidas. Por eso sentir la aniquilación del valor, de la esfera del sentimiento, la superficialización y la simplificación del mundo, se convierte en algo traumático para la consciencia individual. Entonces, el tránsito del “logos” clásico al “logos” informacional, la disolución de la memoria histórica y verbal, la concepción estética y trascendente de la vida, lo testifica.

En un mundo como éste no podemos olvidar la invitación del poeta, del novelista, del músico, del pintor, del teólogo, del dramaturgo, del filósofo, etc., que desandemos lo andado. Como dijo San Agustín: “Andar es propio del que ama”. Nos sugieren que nos identifiquemos con la naturaleza elemental, el fondo natural intacto, donde todo es posible. Son fuentes que permiten el deslumbramiento de lo cotidiano, sugieren que lo maravilloso está siempre ahí, que nos enfrentemos a la cosificación de la existencia individual y a la restitución de la coherencia interior perdida. Por eso sorprendidos y anonadados asistimos en esta civilización técnica, de sociedad de masas y de cultura de masas, a procesos técnicos y a ejercicios de poder, que desean convertir las vidas de las personas en algo sórdido, incoherente y fugaz. Vidas que obedezcan sólo a funciones artificiales y, sus fragmentos existenciales hagan parte del engranaje de las maquinas automatizadas, de la velocidad, de lo efímero; y en su defecto se conviertan en apéndice de las redes de los “cuadros de mando”. En esta perspectiva, una civilización que privilegia la automatización sobre las relaciones de sentido, es una civilización que diluye las señales de identidad, la consciencia temporal y los contenidos espirituales de la lengua. Hace evidente, en su defecto, que la fuerza de la palabra cede su espacio a marcha forzada, al automatismo y a la imagen gráfica en movimiento. Contemplándolo por la frágil y diminuta rendija del ser humano, lo necesario, lo irrefutable, lo eterno, se encuentran en entredicho. Lo cual resulta sumamente peligroso para el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre la desdicha, de la esperanza sobre los despropósitos humanos, de la libertad sobre el autoritarismo; ya que la atmósfera que respiramos extiende un velo espeso, denso, oscuro, y no permite visualizar el rostro, ni percibir las acciones y el pensamiento de los demagogos y embaucadores.

En este orden de ideas a la técnica le corresponde la velocidad y el automatismo; y a la concepción discontinua del tiempo y de la vida, la máxima latina del siglo XVII, Festina lente: apresúrate despacio. Por tanto, el lenguaje de la civilización actual, no sólo privilegia a las matemáticas y a la razón instrumental de acuerdo a fines, sino también al lenguaje de las computadoras y a la imagen gráfica en movimiento. De ahí la sociedad esté impregnada en su totalidad por el espíritu de los lenguajes digitales. Donde las estructuras utilitarias de la industria de la información se convierten en ley general. El hombre de la cultura informacional se interesa por la tecnología y escasamente por las repercusiones de ésta en el tejido vivo de la existencia individual. El mundo actual, es el de la esterilidad, la superficialidad, la uniformidad, la disgregación de la existencia individual. “Allí donde no reina el espíritu, lo que la técnica hace es multiplicar las cosas que separan –dijo Jünger. La dicotomía entre ser y tener, entre ser y estar, entre saber y hacer, se hacen cada vez más palpables en la época actual. Esta trastocación en el orden de la existencia individual, sugiere que los contenidos espirituales de la lengua y las potencias de las reflexiones del pensamiento, estén perdiendo una parte de su energía y el hombre parezca menos humano. Porque es en la lengua donde los hombres comunican el verdadero sentido de humanidad. Si la lengua no responde a las apetencias humanas, no existe concatenación entre Palabra y Realidad, Palabra y Mundo, Palabra y Verdad. Y esto se constituye en una catástrofe cósmica, un terror inimaginable para el verdadero sentido de humanidad.

Sabemos que el mundo que habitamos está poseído por los espejismos de la tecnología y el desarrollo de los procesos. Sus configuraciones son cada vez mayores y todas las resistencias abren paso a su ley. “En el automatismo está el movimiento completo, el despliegue imperial, la seguridad Total” –nos recuerda Jünger. ¿Para quién? Para los que ejercen el poder y se valen de él para descargar su peso, su fuerza, su vigor, sobre el hombre que sufre; sobre el hombre que se encuentra solo y desprotegido; y cuya inseguridad también es total. Son conscientes de la concatenación que existe entre el poder, la técnica y el miedo. Este tipo de poder cae con toda su fuerza sobre el desamparado, el inmigrante, el negro, la prostituta, el blanco empobrecido, el excluido, el desempleado, el lumpen; y en particular, sobre los que luchan por la defensa de la libertad, la justicia social, los derechos humanos; por el Estado de Derecho, la defensa de la vida, la libertad de expresión, la libertad de creencias religiosas y la dignidad humana. Es del miedo de lo que vive el despliegue del poder Total. Y su acción adquiere una especial eficacia en aquellos campos donde se ha intensificado la sensibilidad. Son insaciables como la loba que está a las puertas del Infierno descrito por Dante en la Divina Comedia. Se alimentan del sufrimiento, del terror y la desesperanza de los débiles que en el mundo que habitamos, son siempre los muchos.

En los tiempos actuales vemos que el avance de los procesos y la utilización de los instrumentos técnicos, en efecto, están llegando hasta las profundidades de la naturaleza humana. Pero lo más dramático se expresa en los caminos de las tinieblas, caminos que descienden hacia los hondones de campos de esclavos y los mataderos, donde unos hombres primitivos se asocian criminalmente con la técnica. Irak, Afganistán, Colombia, Oriente Medio, Ucrania, entre otros, son la expresión vigorosa y tenaz de la estructura técnica y la nueva tecnología del poder. “En este ámbito no hay destino, lo único que existe son números. O bien poseer un destino propio o bien tener el valor de un número –esa es la disyuntiva que nos viene impuesta a todos y cada uno de nosotros, impuesta ciertamente a la fuerza; pero decidirse por lo uno o por lo otro es algo que cada cual ha de hacer por sí solo”. Pero también existe “el camino de la luz, el que asciende hacia reinos que están en las alturas, hacia la muerte en sacrificio” o, al destino que tejen las musas o los dioses –como expresó Jünger en el texto La emboscadura.9 Este no es otro, que el camino del encuentro del hombre consigo mismo, con la estructura esencial, lo trascendente; y sólo se pueden alcanzar cuando nos conocemos más así mismos o, por la Revelación en el interior del ser humano.

Ahora bien, ¿cómo se le puede plantar cara al poder que encierra la técnica en los nuevos lenguajes digitales? Por supuesto, en la medida que gane terreno la autonomía de la voluntad, el umbral de la libertad y la consciencia reflexiva de los seres humanos. La consciencia de que somos seres lingüísticos y que ahí descansan nuestras fragilidades; pero también, nuestras fortalezas. Que el ser humano no es un agregado numérico, sino la expresión sublime de la cualidad del Ser. Que la experiencia enriquecedora – de la palabra y el relato - permitan que los hombres se preparen para la batalla. Los criminales que se han asociado con la técnica saben que su poder no es tan fuerte y eficaz como parece. Porque cuando se cuestionan los presupuestos sobre los que se asientan sus creencias o ideas, se ponen demasiado molestos y furibundos; y se convierten en seres intolerantes y no les queda otro camino que asociarse criminalmente con los instrumentos técnicos. El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia de este tipo de ralea, que cree que la maldad y la indiferencia, son potencias mucho más frecuentes en los actos humanos, que las bellas acciones o la bondad. Desconocen el encanto de la existencia o de la realidad. La categoría de anhelo o de esperanza le repugna a este tipo de personas. “Ya que el vicio más desesperado es el vicio de la ignorancia que cree saberlo todo y se autoriza entonces a matar – nos recuerda Albert Camus-. El alma del que mata es ciega y no hay verdadera bondad ni verdadero amor sin toda la clarividencia posible”.  

Sabemos entonces que la seguridad que brindan las máquinas y sus aparatos, son sólo espejismos con relación al peso de la realidad y de la existencia en particular. Sometidos como estamos –dice Jünger– a la fascinación de potentes ilusiones ópticas, nos hemos habituado a ver en el ser humano un simple grano de arena, si se lo compara con sus máquinas y sus aparatos. En esta alta civilización técnica los aparatos son y no dejan de ser, decorados de teatro colocados por la imaginación inferior. El ser humano es quién ha fabricado tales decorados y él es quien puede desmontarlos, o bien darles un sentido nuevo.10 Por eso es posible hacer saltar por los aires las cadenas de la técnica y quien puede hacerlo, es el hombre de carne y hueso. De lo que aquí se trata, no es de cifras ni del espejismo de los nuevos lenguajes digitales; tampoco de la Cultura del espectáculo, sino de la naturaleza del Ser, lo que constituye el espíritu de la realidad y de la existencia humana.

Además, junto al desierto visual se abre paso el infierno acústico. Pero el lugar donde más se siente el golpe virulento de la ola al romper, es en el lenguaje. Las imágenes desplazan a las palabras y las relaciones artificiales reemplazan a las relaciones de sentido. En la civilización actual el efecto que las imágenes causan, es más fuerte que el de las palabras. En consecuencia, el mundo no solo está adquiriendo un “aura” nueva, sino también una epidermis más sensible. Así pues, ¿cómo ha podido ocurrir esto en tan pocos espacios de tiempo y extenderse al mundo en general? No podía darse sino en un mundo en tránsito. Donde la atmósfera que reina es contradictoria e inextricable. Los nuevos valores no están vigentes del todo; los viejos ya no están. Parece que el ser humano estuviera suspendido sobre la epidermis de la realidad; y existieran fuerzas que lo trascienden. Esta trastocación de los valores permite pensar que tenemos una imagen distorsionada de la existencia y de la realidad. Porque el mundo que habitamos se presenta fluido, sin peso y fugaz, ante el sentido de la vida. Por eso reina la sensación que todo, absolutamente todo, se mueve bajo los pies.

Herder tenía razón cuando en su día nos habló de la vida de la humanidad –al igual que Mill, Schopenhauer o Carlyle– nos hablaron de las trivialidades y del pesimismo de la vida cotidiana. De esa especie de entumecimiento de los sentidos, de la parálisis del pensamiento, de la que está cargada la atmósfera del presente–ahora. Está representado en los procesos refinados, precisos y abstractos de la técnica y la ciencia. Procesos que poco a poco van minando la capacidad de asombro, los contenidos de la experiencia individual, la memoria étnico-verbal que tanto han aportado a la historia de la cultura occidental. Cuando el pensamiento racional está cargado de maldad y esa cualidad suya contagia a todo plan humano, hay que dar un giro, buscar otros caminos de experiencia y de saberes. De ahí que la vida en la Gran ciudad sea gris, sórdida, lúgubre y agitada. Porque la condensación de la rutina cotidiana es tan densa y se manifiesta en una especie de excitación rabiosa, que no permite visualizar el negro absoluto. En la Gran ciudad, la luz, el frescor de la naturaleza, la tranquilidad, se convierten en propiedad de unos cuantos poderosos. En la Gran ciudad, todo se compra y se vende, sólo basta poseer el mundo dineral. Se compra la salud, el agua que bebemos, el sosiego, la soledad, el tiempo, la educación, el sexo, la amistad, la cultura, etc. Pero también se escucha a lo lejos la voz que dice: no es en el terreno de la economía ni de la política ni de la técnica, tampoco de la ciencia, donde residen los fragmentos de Absoluto, sino en lo profundo de la condición humana. Por eso en esta alta civilización técnica y de masas, vale la pena mirar hacia el hombre concreto de carne y hueso, hacia su mundo interior.

En este mundo que habitamos, existe la sensación que el ser humano no posee las herramientas necesarias para batirse con la técnica y la nueva estructura del poder. Como si la vida fuera un grano de arena en el desierto arrastrado por el viento sin fronteras. De ahí que Walter Benjamín nos recuerde las novelas de Paul Scheerbart, que de lejos parecen como de Julio Verne, como se ha interesado (a diferencia de Verne que hace viajar por el espacio en los más fantásticos vehículos a pequeños rentistas ingleses o franceses), por cómo nuestros telescopios, nuestros aviones y cohetes convierten al hombre de antaño en una criatura digna de atención y respeto. Por cierto, que esas criaturas hablan ya en una lengua enteramente distinta. Y lo decisivo en ellas es un trazo caprichosamente constructivo, esto es contrapuesto al orgánico. Resulta inconfundible en el lenguaje de las personas o más bien en las gentes de Scheerbart; ya que rechazan la semejanza entre los hombres, principio fundamental del humanismo.11

Como se indicó, el Mundo Moderno realizó la concatenación entre el poder en sí y para sí, en el Estado. El liberalismo político del siglo XIX creía que, “el individuo sólo accedía a la libertad por y en el Estado”. Esta amenaza de tiranía se hace patente en el siglo XX, porque configuró “una concepción de la razón incapaz de atajar su deriva en fuente” de sin sentido y penuria, dolor y sufrimiento, violencia y muerte. Franz Rosenzweig en Hegel y el Estado (1920), se refiere a una concepción de la razón incapaz de contener la violencia en la historia. En su defecto, intuye cómo la razón se pone al servicio de la guerra y de unos hombres demoniacos, haciendo patente el trágico destino del hombre sobre la Tierra. Vuelvo y repito: a partir de la fractura de la razón y los despropósitos humanos, percibe que se “vuelve imposible pensar que la aspiración última del hombre puede satisfacerse dentro de la historia”. Que la vida obtiene su fundamento en el gobierno de la temporalidad histórica. Entonces, recurre al concepto de Revelación, “tal como Rosenstock se lo ha definido en su correspondencia: un acontecimiento en virtud del cual existe en la naturaleza una “orientación”, un arriba y un abajo, un antes y un después”. Esto constata la “fascinación que sentía hacía mucho tiempo por el momento 1800 y el asco que le inspiraba, por el contrario, la esterilidad intelectual de su propia época”. En cuanto a “un antes y un después”, su nombre es, precisamente, “1800”, que Rosenzweig lo encarna en dos personajes, “Hegel” y “Goethe”: Hegel, como “último filósofo, último cerebro pagano”; Goethe como último cristiano, tal como quiso Cristo y, por tanto, primer “hombre a secas”.12 Para Rosenzweig “1800” representó una especie de “milagro de la historia mundial”.

Este milagro alcanzó su máxima expresión hasta el célebre verano sin nubes de 1914, cuando la guerra convierte la existencia y la civilización occidental, en campos de sin sentido, de dolor y muerte. Y a partir de ahí, el Estado Moderno se transforma en una gran máquina de producción técnica e instrumentos de poder y dominio. Entonces, se pudo observar que, en el transcurso del siglo XX, la nueva estructura de la técnica no sólo afectó la naturaleza lingüística del hombre, sino también la estructura de la razón y los valores de la cultura y la civilización occidental. La primacía del lenguaje técnico en su deriva se metamorfosea en Cultura de lo efímero, y los altos valores de la cultura de Occidente, se deterioran en nombre del entrelazamiento de la técnica y la nueva estructura de poder. Así que, no se trata sólo de una renovación técnica del lenguaje, sino de la utilización del lenguaje y el pensamiento al servicio del poder, del colectivo técnico y del mundo de ese colectivo.

Por tanto, “es un movimiento que hay que atisbar más que demostrar”; las falacias ópticas y auditivas del progreso, por ejemplo, se han convertido en una fuerza de índole cultual: “de exceso, aventura en las profundidades de la existencia y pasión mística en la barbarie y la muerte”. Por eso hay que situarlas en el pálpito de la civilización contemporánea. En cualquier caso, al servicio de la “modificación” de la realidad y no de su “descripción”. La prescripción llega de repente como un rayo que cae de un cielo sereno; tú eres un rojo, un blanco, un negro, un ruso, un alemán, un coreano, un sudaca, un judío, un jesuita, un masón; eres, en cualquier caso, mucho peor que un perro. Sobre ellos cae el poder Total, sin contemplación; el que teje y desteje el mundo del colectivo técnico, la nueva voluntad de poder y las esferas del dinero. Esta mutación en el orden de la existencia, ha llegado a concentraciones tan vigorosas, inmediatas y universalistas, que no tiene parangón en la historia de la humanidad. En este orden causa estupor imaginar, que la nueva estructura de poder convierta la crueldad, el miedo, la inseguridad y el desasosiego de la vida cotidiana, en elementos constitutivos de las nuevas formaciones de poder. Así que, la indiferencia ante el dolor y el miedo, el sufrimiento y la soledad, se convierten en una de las representaciones evidentes de las sociedades contemporáneas. Esto hace del hombre de hoy, un ser sumamente desgraciado. 

Sabemos que la razón técnica en esta alta civilización abstracta, trastocó el sentido y la magia de las lenguas naturales. Por eso se convierte en “imperativo”, que la razón trascienda los límites donde está recluida, ya que los espejismos de la técnica son sólo materializaciones de la especulación de los despliegues del” Yo” en la historia. Sabemos también por el estado de cosas que han sucedido, que a la deriva de la razón y a la historia reciente de la civilización occidental, le pertenecen los escombros de la memoria y del recuerdo, tanto como el relampaguear de las reflexiones del pensamiento, que han de hacerse cargo de las preguntas de los humillados, excluidos y vencidos. Por tanto, re-pensar el alcance de la razón técnica, es hacerlo bajo las exigencias de justicia universal, propias del mesianismo. Re-pensar, por ejemplo, que la frescura de lo elemental que una vez contenía el lenguaje y las categorías de la razón, no responden con la misma energía a los requerimientos humanos. Esto resulta sumamente preocupante para el hombre de hoy. Porque en algunas esferas del saber y de la vida parece que la memoria verbal, los medios y los modos de la comunicación humana, estén completamente batidos. La conversación, por ejemplo, que ahonda y enriquece las vivencias espirituales, brilla por su ausencia. Esta mutación en el orden de la existencia, configura una civilización donde las redes de la comunicación simultánea e inmediata, pautan los ritmos de la vida. Como consecuencia nunca en la historia de la humanidad, los hombres se han sentido tan solos y desprotegidos como ahora. Por eso, en efecto, la estructura de la técnica y el poder en sí y para sí, no tienen otro legado que cortar las amarras con lo permanente, los mitos y los ritos, las tradiciones y las costumbres, la memoria étnica y verbal de la Cultura, para imponer su impronta en la actualidad. Desean que el individuo portador de experiencia o el hombre vivo, que se enfrenta a la realidad cognoscible y a la experiencia histórica, se diluya en las redes de la razón técnica y la nueva voluntad de poder. “Cada vez más la palabra está subordinada a la imagen. Sectores cada vez mayores de los hechos y las sensibilidades, especialmente en las ciencias exactas y las artes no representativas, están fuera de la expresión verbal y de la paráfrasis”.13

Esto constata que la preponderancia de la razón técnica en los asuntos humanos, hace mella el mundo del espíritu lingüístico. Eso no significa que la armoniosa lira de la cultura de la palabra, no se escuche en momentos excepcionales; en el instante que la lengua humana bebe de las fuentes de la divina o de lo elemental. De las canciones que velaron nuestros sueños y pesadillas; de los ecos fragmentados de la lengua de nuestros mayores; esa que posibilita las experiencias comunes compartidas; y, que revela los sueños colectivos de una memoria ancestral, y aún en los momentos más oscuros otorga sentido a la existencia.

Por eso la disolución del “Yo” concreto, del sentido trascendente de la vida y la muerte, son síntomas de la época que vivimos. Observamos, por ejemplo, que la muerte está perdiendo el carácter mágico, ritual y trascendente, en el continuo del tiempo. La época actual desvela la era del Infierno tal como lo percibe el lema de Balzac. Porque nos revela –dice Walter Benjamín-, “que este tiempo no quiere saber nada de la muerte y que la moda hace burla de ella; que la aceleración que sufre el tráfico y el tempo a que se comunican las noticias –al ritmo de edición de los periódicos-, se dirigen al hecho de eliminar toda interrupción, todo fin abrupto y repentino, de modo que la muerte, como corte, sólo se da como continuidad de lo rectilíneo del curso […] del tiempo”.   Esta imagen de la realidad y de la vida constata, como el hombre contemporáneo se aleja de la zona del dolor y de los sentimientos. Como si hubiera olvidado que la verdadera fuerza del ser humano proviene del interior de sí mismo. Que las máquinas, los cohetes, los aviones no pilotados, las redes de información simultánea e inmediata, Internet, las armas, son algo exterior a él. Así pues, la relación entre técnica y la nueva estructura de poder, no sólo revela el aumento del miedo y la inseguridad, sino también la impotencia ante los enigmas de la existencia. Quizá el Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo, desempeñe un papel decisivo en los órdenes de la existencia en general y de la historia actual. Y por eso, efectivamente, es en la atmósfera que respiramos donde hay que buscar el auténtico factor moral de nuestro tiempo; o tal vez la concatenación de los instrumentos técnicos y el ethos de la actualidad. El Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo, se presenta algunas veces con la máscara de irradiaciones tan sutiles e imponderables, que logran trascender las esperanzas y las necesidades humanas. Ahí está la algarabía de los lenguajes digitales o la estridencia de la civilización técnica, que destruyen el silencio y el recogimiento necesario, para la reflexión, la veneración o el amor.

Preguntamos, ¿qué posibilidades posee el ser humano para trascender la banalización de los hechos, sí la realidad se presenta como kitsch? ¿por qué el mundo uniformizado y objetivado atenta contra la coherencia interior del individuo? ¿por qué los mass-media crean del mundo que vivimos, una imagen de desasosiego e incertidumbre? Estas interrogaciones nos muestran a ojos vista, que somos habitantes de una civilización donde prima la Cultura del artificio. Un tipo de cultura que exalta la vulgaridad, glorifica lo banal y fugaz del momento actual, y contradice toda excelencia permanente. Deseo resaltar, en todo caso, que esto no es ajeno en el orden de la existencia, a la razón técnica ni a la nueva voluntad de poder. En los pliegues del vestido de la Cultura del artificio, se esconden relaciones de dominio y de saber.

Este proceso histórico de la cultura occidental reciente, ha develado una forma nueva de deshumanización. Por tanto, el desarraigo del pulso vital de la Madre-Naturaleza, la alienación de las relaciones de sentido, la disolución de la memoria verbal, la objetivación del ser humano, son sólo algunas manifestaciones de la ligazón del poder en sí y la técnica. Por ende, hace tiempo ya, que el ser humano no está preparado para retrotraerse a un pasado mítico ni sobreponerse a la fugacidad de un presente perpetuo. Ahora bien, sí el ser humano no desanda lo andado ni bebe de las cristalinas fuentes de agua viva de los orígenes, en pocos espacios de tiempo, se convertirá en un ser incapaz de toda originalidad, de la libertad de elección y de creación, como elementos divinos del hombre.

En este orden de ideas, el sociólogo alemán George Simmel observa la cultura occidental moderna, como un estado de flujo incesante. Las ideas de Simmel prefiguran sociológicamente hablando, la Cultura del espectáculo y la globalización. Cree que los conceptos que mejor expresan la fluida realidad son conceptos relacionales. En ellos los agentes sociales adquieren su razón de ser. Cada día, cada hora –dice–, son tejidos tales tramas, se les permite caer, se los reconoce de nuevo, se los reemplaza por otros, se los entreteje con otros. Aquí estriban las interacciones, –sólo accesibles al microscopio psicológico– entre los átomos de la sociedad que soportan toda la tenacidad y elasticidad, el todo coloreado y la unidad de esta vida tan evidente y confundente.14 Para Simmel las partes se privilegian en las relaciones imperceptibles y complejas de las redes sociales. En el mundo contemporáneo, esas relaciones tejen y destejen un ámbito donde las tramas delicadas e invisibles devienen en forma de mundo cinético, mass-media, imagen gráfica en movimiento, lenguajes artificiales, redes sociales y Cultura de lo efímero. Son transformaciones que estructuran un mundo expresivo donde el lenguaje natural, los recursos de la sensibilidad y la imaginación creadora, salen mal parados. Se está configurando una cultura enteramente diferente a la de antaño y como correlato, un tipo determinado de hombre.

En su defecto, la Cultura de lo efímero está minando las células germinales del lenguaje natural. Parece que se diluye la lengua, aquella con que nuestros mayores evocaban a sus dioses e invocaban la magia de la naturaleza y el misterio de la vida o la muerte. Pero también, el lenguaje con que cantaban sus amores, contaban sus leyendas o lloraban sus tragedias. Se tiene la sensación que la lengua que les permitió el sentido de pertenencia, la identidad o la diferencia, la consciencia del límite o de la trascendencia, la percepción del movimiento o la quietud, se disuelve a marcha forzada en las redes de información virtual o los lenguajes digitales. En cambio, para la lingüística transformacional de Noam Chomsky y para la teoría de la cultura de George Steiner, existen principios estructurales y formales profundamente enraizados que permanecen en el devenir del tiempo. Los elementos –dice Steiner-, los componentes de toda creación artística preexisten sin lugar a dudas; o los espacios para las transformaciones innovadoras son vastos y sin límites. El poeta Jorge Luis Borges nos habló también de la estructura lingüística germinal, en la que se encuentran latente todas las frases (las que contienen todas las posibilidades y combinaciones posibles); ello lo denominó Biblioteca infinita.

Lo importante de los pensadores de los siglos XVIII, XIX y XX como Herder, Vico, Hamann, Goethe, Simmel, Kierkegaard, Schopenhauer, Nietzsche, Marx, E. Jünger, F. G. Jünger, Benjamín, Hölderlin, Berlin, Wetgeistein, Steiner, entre otros; consiste, en que vislumbran la mecanización creciente, la vulgarización del individuo y la enajenación de las sociedades modernas. Vislumbran lo que caracteriza a nuestra época: la nivelación de los viejos cultos; la esterilidad de las culturas; la mezquina mediocridad. Ellos, por supuesto, encarnan las pesadillas de los momentos actuales. Lo importante de sus reflexiones consiste en que de una u otra forma vislumbraron la uniformidad pasiva de las sociedades de masas, el despilfarro de la energía vital, la degradación de los contenidos espirituales de la lenguas naturales, la preeminencia de la imagen gráfica en movimiento y del signo en las comunicaciones humanas; como también, la crisis de las ideologías, o la negación de la trascendencia; de otra parte, la configuración de la irracionalidad del terrorismo internacional, el hambre y las enfermedades del mundo subdesarrollado, el secuestro, la tortura y la violación de la dignidad humana; así mismo, el creciente desempleo y el dispar reparto de la riqueza social, la discriminación y la xenofobia en los países desarrollados, las guerras periféricas y el riesgo que supone para la humanidad la carrera armamentística atómica, las hegemonías unilaterales, las crisis económicas, los nacionalismos y los populismos; son, en efecto, figuras que encarnan la crisis de la Gramáticas de la vida.

Es grato recordar que la Cultura de Occidente se levanta sobre tres pilares fundamentales: la filosofía, la ciencia y la técnica; la cultura y la civilización greco-romana; la cultura y la civilización judeo-cristiana. De este tejido deviene lo que Steiner llama Gramáticas de la creación: la organización articulada de la percepción, la reflexión y la experiencia; la estructura nerviosa de la conciencia cuando se comunica consigo misma y con otros.15 Creo entonces que la prevalencia de la técnica y de la Cultura de lo efímero en la vida de los seres humanos, está debilitando el tejido de las Gramáticas de la creación. Lo que significa, en consecuencia, un ataque a los cimientos de la “casa del Ser” y del “logos” clásico. Esta trastocación no sólo afecta la herencia de la cultura humanística occidental, sino también el legado material y espiritual que heredamos de los autores griegos Homero, Píndaro, Heráclito, Sófocles, Eurípides, Platón, Aristóteles; como también de Shakespeare, Blake, Emerson, Tolstoi, Hölderlin, Cervantes, Borges y García Márquez, entre otros. Parece que la cultura de masas y de lo efímero, nos conducen a una nueva Caída, donde prevalece el ensimismamiento de los sentidos, el despilfarro de la energía vital, y el cinismo de la vida ordinaria sobre la Nobleza de Espíritu.

Como consecuencia de este proceso, el ser humano se enfrenta en la cultura occidental reciente, a una especie de ausencia de la “pregunta”, o de la “interrogación”. Entonces, ¿dónde se revela la interrogación en la charlatanería vacua de la época actual? ¿acaso hemos olvidado que el mundo está allí para preguntar? No es anómalo pensar, en esta alta civilización técnica que la interrogación se diluye en la concatenación del automatismo y lo sórdido de la vida cotidiana. De ahí el mundo que habitamos se concatena con el deterioro del espacio vital, el despilfarro de los recursos naturales, la disolución de la coherencia de la subjetividad, la existencia convertida en cifra o en signo, pero ante todo y sobre todo, cómo el ser humano es circundado, atravesado y trascendido, por la ligazón de la técnica y el ejercicio del poder. Esto configura la caricatura del mundo que vivimos. Pero, sí sus espejismos prevalecen sobre los pilares fundamentales de la Cultura de Occidente, es necesaria una nueva estética, una nueva estructura y un sentido nuevo de trascendencia. Por otra parte, la configuración del Atlas lingüístico de la cultura occidental reciente, ha de ser fresco para evocar la resolución lógico-lingüística, mediante la cual se abra vía y curso a la interrogación esencial. De lo contrario, la mecanización creciente y la automatización, darán cuenta de la teología, del arte, la filosofía, o de la experiencia del individuo en la historia. Porque son la punta de una lanza que abre un nuevo encuentro con lo Absoluto, con la estructura de lo elemental.  Todo eso se revela en el instante, en que el “Yo”, el “Yo que es polvo y ceniza”, se entrelaza con la eternidad.

Por tanto, comprender el “corte” que las tecnologías y las nuevas prácticas de poder han realizado en los últimos espacios de tiempo, es comprender el umbral de la Cultura occidental reciente. Para que las reflexiones del pensamiento y el lenguaje realicen la función que les corresponde. La de asumir la experiencia y la consciencia histórica vigente –dice José María Ortega–, y desde ahí, realizar su crítica como posibilidad siempre presente a partir del hombre y la colectividad actual. De lo contrario, no estaremos a la altura del sentido histórico-metafísico que fundamenta la existencia y el mundo en general. Si esto acontece, en efecto, exaltemos lo que Pascal intuyó como trascendencia: la posibilidad de entenderse los seres humanos; la palabra como raíz donde puede germinar la comunicación y la convivencia humana.

                                                            

                                                                    Bibliografía

 

1. Isaia Berlin. El Poder de las Ideas. Espasa Calpe, S. A., 2000, pág. 108.

2. Ib. pág. 108.

3. Jünger. Sobre el dolor. TusQuets Editores. Barcelona, 2003, pág. 57.

4. Ib. p. 58.

5. Walter Benjamín. Fragmento Político – Teológico. Taurus Ediciones, 1980, pág.193.

6. Jünger. La emboscadura. TusQuets Editores. Barcelona, 2002, pág. 64 y 65.

7. Ib. p. 70 y 71.

8. George Steiner. Extraterritorial. Ediciones Siruela, S. A., 2002, pág. 111.

9. Jünger. Ib. pág. 68 y 69.

10. Ib. pág. 71.

11. Benjamín. Experiencia y Pobreza. Taurus Ediciones, Madrid, 1980., pág. 170.

12. Pierre Bouretz. Testigos del futuro. Filosofía y mesianismo. Editorial Trotta, S.A., 2012, p. 163 y 164.

13. Steiner. En el castillo de Barba Azul. Aproximación a un nuevo concepto de cultura. Editorial Gidesa, Barcelona, 1998., pág. 145.

14. David Frisby. “George Simmel: Primer sociólogo de la modernidad”, en Modernidad y postmodernidad. Editorial Alianza, S. A.; Madrid 1992: pág. 59 y 60.

15. Steiner. Gramáticas de la creación. Ediciones Siruela, S. A.; 2001. pág. 15.

                                          Madrid-España a 02/07/2024

domingo, 2 de junio de 2024

El problema de la libertad en el Mundo Moderno


 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

Heidegger resalta que “la filosofía se convierte en una técnica de explicación a partir de las causas supremas. Ya no se piensa, sino que uno se ocupa con la “filosofía”. Esa labor se presenta ahora con la máscara de los “ismos”. Que intentan superarse entre sí. El dominio que ejercen estos títulos no es fruto del azar. En la Edad Moderna se basan en la peculiar dictadura de la opinión pública. Así, pues, “lo que se suele llamar “existencia privada” no es en absoluto el ser-hombre-esencial, o, lo que es lo mismo, el hombre libre.Aquel que advierte reflexivamente el camino en que se halla emplazado y responde adecuadamente.

Aquí nos encontramos con una forma de revelación, y es en este sentido como cabe hablar de destino. En esta esfera el lenguaje de la revelación pasa a la escucha; y la libertad se refiere a esta capacidad de escuchar. Asimismo, el único hacer de la existencia privada, es, negar la esfera pública. Así que, lo público oculta lo privado en las esferas que despliega: la política, la economía, la educación, lo jurídico, lo técnico, lo religioso, lo científico o lo cultural.

Por tanto, la existencia-del-hombre-esencial es, la del hombre libre. En la Época Moderna lo que está en juego es la libertad. La lucha por la libertad configura una idea nueva de ésta. En esta época se despliegan poderes que van más allá del hombre particular, “en que sólo unas pocas potencias tienen capacidad de adoptar un comportamiento estratégico político que, apoyándose en los grandes medios de combate, estén a la altura de unos objetivos planetarios”. (Heidegger). La lucha por la libertad será posible, en cambio, en todos los lugares de la Tierra. Parece que estuviéramos inmersos en un dinamismo que induce inexorablemente a la extinción de ésta. Pero es comprensible la situación en la que se encuentra el hombre de hoy, entrega la libertad por la seguridad. Sentirse seguro de la crueldad, el dolor, el sufrimiento, el odio, que se convierten en parte constitutiva de las instituciones.

Sentirse seguro de los que rompen el pacto social, del radicalismo religioso, del extremismo ideológico, del nacional-populismo, los terroristas, los paramilitares, el autoritarismo y los avatares de la existencia. En el Mundo Moderno la libertad se depositó en el Estado y sus instituciones políticas, económicas, sociales, administrativas, religiosas, policivas, militares, de seguridad y culturales. En su devenir diversas formas de dominio y control, se configuraron. “Este mundo ha cambiado y sigue haciéndolo, y lo hace por necesidad; más con ello ha cambiado también la libertad; no ha cambiado en su esencia, desde luego, pero sí en su forma”. (Ernst Jünger).                                                                                                                                                                                                   Parece que ganara terreno cada día la extinción de la libre voluntad o del libre albedrio. Se impone el querer de la voluntad que se quiere así misma, como voluntad de poder y de saber. “En la voluntad se esconde también el ser como voluntad de poder”. “En este orden de ideas, el automatismo parece quebrantar con gran facilidad, como si lo hiciera jugando, lo que queda de la voluntad libre. Se ha llegado a una concepción nueva del poder, a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una idea que no tiene nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra”. (Jünger). 

Por la técnica vivimos una época en que la libertad se ha domesticado y diluido no sólo en el huero concepto de sí misma, sino en las relaciones de fuerza –del Estado y sus instituciones, del Gran Poder o los big data, las imágenes en movimiento o los números. Cada vez gana terreno en la sociedad, la uniformidad y la estadística. Así que asistimos a una época de vigilancia constante del Estado técnico absoluto. La libertad dejó de ser en el ámbito público, una “Figura” del ser y del hombre. Aquí deja de pertenecer a la esencia del hombre libre e independiente, “autor” de su propia vida. “El ser humano ha de saber cuáles son aquellos puntos donde no le es licito traficar con su decisión soberana”. (Jünger).

 Estamos asistiendo por la primacía del Estado técnico absoluto, el recorte de las libertades y el autoritarismo en algunos países, a que haya un punto de inflexión en la vida privada y la vida pública. Porque el populismo, el nacionalismo, el racismo, la xenofobia, el autoritarismo, se correlacionan con la desaparición del “sujeto”, del “Yo”, como protagonistas de la historia actual. De otra parte, el Capitalismo Global desea romper los lazos comunitarios de la vida. En países como Hungría, Polonia, Rusia, EE. UU, desean destruir el Humanismo y, la modernidad ilustrada, que toman como principio fundamental al hombre de carne y hueso: como individuo de acción y de reflexión crítica; con capacidad de análisis y de teorización del mundo; y su poder para transformarlo. Y, esto es sumamente grave en el momento actual.

Vuelvo y repito, el devenir de partidos autoritarios, la derecha, la extrema derecha, el populismo, el nacionalismo, el autoritarismo, la xenofobia, el rechazo al otro y a la inmigración; requieren un Estado democrático Social de Derecho que defienda la libertad de prensa y de expresión, la independencia y la crítica de los medios de información, la lucha contra la corrupción y un sistema judicial imparcial. De esa forma se defiende la modernidad ilustrada y la democracia.

También no olvidar que, en Carta sobre el <<Humanismo>>, Heidegger aparca los principios de la democracia liberal, los valores del mundo burgués; y prioriza el nacionalismo alemán, el espíritu alemán, y el Estado técnico totalitario que niega las libertades y los derechos fundamentales del ser humano. Recuperar, en última instancia, la grandeza destinada del pueblo y la tierra alemana. Esto nos llena de consternación al ver que algunas veces, el pensamiento realiza tareas repugnantes, obscenas, “donde lo racional impensado presta curiosos servicios”.

Estamos entregando la libertad a los instrumentos técnicos y desnudos nos precipitamos a los brazos del Gran Poder. Así que, “el peligro está en que el hombre confíe demasiado en las ayudas de otros y, cuando faltan aquellas, quede desvalido. Todas las comodidades hay que pagarlas.”   El hombre ha de ser consciente que no ha de perder la esperanza que mora él y la fuerza intima que destruye las barreras del tiempo. Esa impulsa allende de las murallas del tiempo y del espacio, y así podemos asistir al Ser, a los Dioses o, a las Musas.

En esta civilización técnica las seguridades y el miedo funcionan cual muros de contención, así los hombres se conforman con lo establecido. Para que el hombre salga adelante necesita ser libre, al amparo del pensamiento y las formas estéticas. Así puede analizar, criticar y trascender el ser que oculta la voluntad de poder y, al tiempo posibilitar caminos y umbrales que permitan percibir y entender la vida y el mundo al que pertenece. Romper las murallas del tiempo-ahora-continuo para poder enfrentar el enigma de la existencia.

Esas herramientas las posibilita la literatura, el arte, la música, la religión, la filosofía y el encuentro con Dios. En otras palabras, la teología o, las Humanidades. En su defecto, se revelará el ser de la vida, la naturaleza y lo divino, que mora en todos y cada uno de nosotros. Es decir, el Absoluto. Sólo basta que el ser humano se detenga a la orilla del camino de lo fugaz y automático, para que observe y escuche la armonía entre Hombre y Mundo, Hombre y Dios. Porque los signos de lo divino, lo bello y lo eterno, moran en el interior de todos y cada uno de nosotros. Aquí el mundo y la vida se revelarían con un rostro estético y sagrado.

Hay que tener presente que el problema de la libertad está implícito y, a la vez manifiesto, en el pensamiento filosófico de la Grecia Antigua hasta la actualidad. Y, Heidegger no es indiferente a él, como Descartes, Spinoza, Leibniz, Schilling, Fichte, teniendo presente también a Kant y G. F. Hegel, en su pensar y su traza filosófica. Así, la corriente del pensamiento metafísico moderno se caracteriza, por su interés en el problema de la libertad. Además, la libertad en el pensamiento moderno filosófico aparece como un problema metafísico. Para Kant, por ejemplo, la libertad se convierte en la piedra del ángulo que fundamenta y sostiene el edificio entero del sistema de la razón pura.

Recuerda Alejandro Vigo (Universidad de Navarra), que ya en la Antigüedad, a partir de la época de la filosofía helenística, se plantea el problema de la oposición entre determinismo y libertad, se percibe de inmediato la insatisfacción de esas dos posibles respuestas. Se buscan de inmediato estrategias de carácter compatible, entre las cuales destaca la correspondiente a la concepción estoica, tal como ésta fue elaborada, sobre todo, por Crisipo. Por su parte, en el ámbito de la filosofía moderna, el intento compatible más sofisticado e influyente ha sido elaborado, como se verá, el punto de referencia inmediato del intento de superación llevado a cabo por Heidegger. En tales modelos compatibles, ni la concepción de la libertad como un tipo peculiar de causa ni tampoco la concepción del “universo” o la “naturaleza” en términos de un entramado causal, incluso cerrado, son puestas en cuestión, ya que lo que se intenta mostrar es, precisamente, la compatibilidad de la “causa libre” con la admisión del carácter del sistema cerrado del sistema de las causas naturales.

Por lo mismo, en el contexto de dichos modelos compatibles, el problema metafísico de la libertad adquiere también una impostación de carácter fundamentalmente cosmológico, en el sentido preciso de que se trata pura y exclusivamente de intentar asegurar a la libertad su lugar dentro del “mundo”, vale decir, en el interior del ámbito total constitutivo del “universo” o la “naturaleza”. (Vigo),

Así que, el “problema metafísico” de la libertad inscribe el abordaje heideggeriano de ésta. Más precisamente, lo que Heidegger pone radicalmente en cuestión es el supuesto básico en el cual dicho “problema” se sienta, a saber: el ya mencionado enmarcamiento causal, que, en su carácter previo y fundante, desde el punto de vista metódico, determina desde el comienzo mismo la orientación básica que adquiere la consideración del fenómeno de la libertad, en la tradición metafísica que culmina en la filosofía de la Modernidad. (Vigo).

Asimismo, la filósofa Rossana Marotta en el ensayo: “La libertad como fin en Martín Heidegger”, piensa que, “la libertad es la voluntad de ser libre del ser hombre: no es nunca una voluntad incondicionada como una forma de autosuficiencia del yo, sino el sólo hacerse cargo de su falta de poder sobre la vida misma, en la cual se deja escuchar una voz que merece la pena recoger”. Y, prosigue: “La libertad, entonces, es la condición de posibilidad para el Dasein de alejarse de su facticidad, y sobre todo de su Verfallen por la realización de un proyecto: el único que pertenece a su “sustancia” pero también el único que se deja ver como un precipicio y como un abismo donde nunca se sabe cómo actuar”.

Así que, “como voluntad, el hombre puede ir más allá de su propio yo, hacia un ser que es ein Wesen der Ferne, en relación con la distancia”. “Sin embargo, el Yo deja de ser neutral para llegar a ser trascendencia entre sí, porque tiene que hacerse cargo entre sí, de los demás, y también del mundo en su totalidad”. La libertad posibilita que el hombre se encargue de sí mismo, del otro, de la historia, de la naturaleza y responda al llamado trascendente de la existencia en la Tierra: de Dios o la estética.

Hacerse cargo de su destino en la tierra, por eso, él es, el único ser que deja su impronta en la historia como un faro para que alumbre en la oscuridad del día técnico. Además, hacerse cargo de sí mismo, de los demás y del mundo y su realidad, posibilita que la libertad lleve a cabo su obrar. Por lo tanto, lo que busca la libertad consiste en que el hombre se redescubra a sí mismo y posibilitar que los demás seres humanos encuentren el camino de regreso dentro de sí, del mundo, de la historia; y el fundamento de la ontología, la pregunta por el ser, se devele en la raíz de la libertad.

En la filosofía heideggeriana “el Dasein de hecho es la medida entre Ser y Vida y, por eso la libertad es siempre deseada: porque se agarra a una paradoja imprescindible, es decir, se sitúa entre la cercanía material al mundo de las cosas y la inspiración de subir hacia un sentido del Ser invisible que nunca se puede aprovechar del todo. El deseo de libertad implícito a la naturaleza de ser hombre y la dualidad de estar cerca al mundo de las cosas y la inspiración de subir a un sentido del Ser invisible hace de ella algo fundamental en la vida del hombre. La libertad es la punta de una lanza y el Dasein el mango que mide la relación entre Ser y Vida. Es la libertad la que posibilita que el hombre devele el sentido del Ser y de la Vida, en el mundo de las cosas.

Por eso, la libertad se oculta detrás del Ser y posibilita que la Vida pueda ser vivida en la historia, el mundo y su realidad. En este orden, Hannah Arendt dice: “El hombre no se ha hecho a sí mismo como ser en el mundo, sino que su Ser ha sido arrojado a éste. Pero él intenta salir de éste su “estado de yecto” con su proyecto, adelantándose a la muerte que es su posición extrema. Sólo que “tanto en la estructura de su estado de yecto como en la de su proyecto, se encuentra en esencia una nulidad”. Pues, el hombre no ha entrado en el Ser por manipulación propia, y está claro que tampoco va a conseguir salirse del mismo por su cuenta. En otras palabras, el carácter del Ser del hombre queda fundamentalmente definido por aquello que el hombre no es, a saber, su nulidad. Lo único que puede hacer el sí mismo para convertirse en sí mismo, es asumir “resueltamente” esta facticidad de su Ser, con lo cual es, en su existencia, “nula razón de su nulidad”. (Arendt).

De ahí que Heidegger dijo en Ser y Tiempo, que el ser humano es formador de mundo” (Der menschist weltbildend). Y esa formación está fundada en la libertad. Las cosas hechas por las manos del hombre (una casa, un edificio, una carretera, un barco, una partitura musical, una novela, etc.), advienen al mundo por la libertad. Así, la libertad se convirtió en problema filosófico, histórico, político, cultura y, fundamento para comprender la cuadratura: Hombre-Mundo, Hombre-Dios. De ahí que pensar la libertad es, pensar la esencia del hombre, del Ser y del lenguaje. Además, la historia, la cultura, la técnica, la ciencia, el mundo como totalidad, descansan en la raíz de la libertad.

Podemos afirmar que, la acción es en cuanto destino de la libertad. Sin ésta la acción política se condiciona a los procesos históricos o al determinismo político. La libertad hay que blandirla como hace el guerrero con la espada; porque del manejo responsable de ella depende la justicia, la fraternidad, la convivencia pacífica, la educación, la cultura, los Derechos Humanos, la paz. El advenimiento de la libertad trae consigo el evento de la acción política. Huir a refugiarse en lo siempre-igual no lo exime de peligros. El peligro adviene cuando la libertad posibilita que la acción entre en discordia con lo establecido como verdadero. Que amenace al Estado y sus instituciones, que posibilite el pensar, el análisis, la crítica, de las relaciones de poder y de saber. Así pues, la libertad contiene en sí el catálogo de las cosas posibles que siempre está ahí – para que una posibilidad salga escena es preciso que se la acepte –al decir Ernst Jünger.

Ya es hora de desacostumbrarse a sobreestimar la política, la economía, la imagen o los leguajes digitales y, por así decir, no pedirles más de lo que pueden ofrecernos. En la actual precariedad y mediocridad del mundo es necesaria más acción y más atención a los fines de la política y de los políticos. Por eso la política se encuentra en vías de descenso hacia la pobreza de su esencia; porque priman los intereses del partido y del Gran Poder, sobre el bienestar y el progreso de la sociedad. Ahora vemos que las Grandes Empresas Tecnológicas (Amazon, Telefónica, Facebook, Instagram, etc.), se están convirtiendo en un nuevo Estado dentro de los Estados Modernos y, es sumamente grave para la libertad y la autodeterminación de los pueblos o las naciones. Ahora se trata de luchar contra un enemigo que nos vigila las 24 horas del día y se convierte en el Gran Hermano técnico y del mundo técnico, es decir, del técnico y del colectivo técnico.

Arendt piensa que, en los procesos históricos los períodos de libertad han sido relativamente cortos en la historia de la humanidad. Lo que permanece intacto en épocas de petrificación y ruina es, la facultad de la libertad misma. La capacidad de comenzar, que anima e inspira todas las actividades humanas. Y, constituye, por así decir, la fuente oculta de producción de las cosas grandes o bellas. Por eso la estética es la madre de la ética y de toda capacidad de juzgar. La libertad no es una virtud del hombre, sino un Don supremo que el hombre entre todas las criaturas de la Tierra crea. Pero es a través de la acción, cuando devela la luz que se esconde detrás del forro de los fenómenos históricos. Si es verdad que la acción y el comenzar son esencialmente lo mismo, una capacidad para realizar milagros debe estar dentro del rango de las actividades humanas.

Hannah Arendt piensa que la libertad no es algo esencial o natural al ser humano, sino que se adquiere en la pluralidad, la relación del ser humano con el otro o, los otros. Aquí la palabra libertad adquiere un significado político y social. Por eso hay que cuidarla y defenderla, ante la acción de los autoritarios, de los totalitarios, de los populistas o nacionalistas. Los gobiernos autoritarios o, totalitarios, afirman la voluntad de poder que elimina la fiabilidad en el otro y la libertad. Este “tipo” de gobernante no soporta el carácter imprevisible del otro o, de los otros; porque objetivan (en el Estado, la policía, las instituciones, los cuerpos de seguridad, el partido o, la ideología, etc.), la libertad, es decir, la posibilidad de fiarnos de nosotros mismos. ¿Saben por qué? Porque aman la uniformidad, la homogenización, la coacción, la discriminación, la intolerancia, la vigilancia, la violencia y el ejercicio del poder.

Por tanto, “el afán de dominio y la voluntad de poder del solitario brotan de la ambigüedad, de la duplicidad de sí mismo. En efecto, ésta tiene como consecuencia que el afán de dominio y la voluntad de poder sean tan insaciables e imprevisibles como lo son para nosotros todos los otros hombres”. (Arendt). Es la confianza en sí mismo lo que posibilita la imprevisibilidad y la libertad de los otros. De ahí que una persona débil en su interior (del espíritu, del pensar, de la ética o la moral o del lenguaje, etc.), no es capaz de soportar el libre albedrío y lo imprevisible de los otros. Por tanto, sólo el hombre libre que confía en sí mismo, es capaz de dejar su impronta en la historia. Impronta cual luz que iluminé y guie a los hombres, a los otros, por los caminos del mundo de la larga noche de la iluminación técnica.

La confianza en sí mismo sólo “se realiza en la promesa y en el mantener la promesa. Sin esta fiabilidad, que sólo el hombre hecho uno puede experimentar en el intercambio con los demás, el mundo de los hombres es simplemente un caos. En la política se trata de dejar en su puesto este caos en sus rasgos esenciales, no hay otra garantía de la libertad, y dejar que todo orden brote del hacerse uno consigo mismo en el encuentro con el otro, confiando por lo demás en que cada uno, en el hacerse uno, tenga en sí aquel mínimo de fiabilidad sin el cual estaría perdido”. (Arendt).

Desde el umbral político, “la voluntad de poder quiere hacer el mundo fiable como la voluntad apetecería ser, fiabilidad que no logra en la soledad, pues permanece por esencia ambivalente. De acuerdo con esto, el tirano, para asegurarse, tiene que eliminar del mundo la espontaneidad (el fundamento de la falta de fiabilidad y de la libertad). (Arendt). Por eso el autoritarismo y el totalitarismo, destruyen la libertad y el nacimiento como parte de la espontaneidad. Porque trascienden al Estado y la autoridad, la institucionalidad y la ley, que se expresan y ponen en práctica, en el seno de la sociedad. Todo nacimiento trae consigo al mundo la incertidumbre, la ambigüedad y la espontaneidad, que son adversas a la verdad, lo lógico, al poder y los discursos, que legitiman y legalizan lo establecido como verdadero.

Dice Arendt de Nietzsche, sobre la “Voluntad de poder”: “Pues la impotencia frente al hombre, no la impotencia frente a la naturaleza, engendra la amargura más desesperada contra la existencia”. Así que, la fuerza del querer de la voluntad de poder, que se manifiesta frente al hombre, le crea en su ánimo un desvalimiento que paraliza su acción. También paraliza sus pensamientos y le engendra amargura en lo hondo de la existencia. Por eso los más fuertes, “aman una buena parte de casualidad, de absurdo”.

Los más fuertes aman las circunstancias que no se pueden prevenir ni evitar. Por ser fuertes frente al hombre son presa del frenesí que causa el ejercicio del poder y perciben a los otros paralizados por el miedo o el sufrimiento. Ellos no creen en lo “lógico”, porque saben que lo “lógico” esconde casi siempre tras de sí la debilidad y la fragilidad de lo establecido, como verdadero. No es que sean anti-lógicos a-lógicos frente la realidad y la historia, sino que tienen otras perspectivas para percibirla.

Arendt en “Diario”, Cuaderno VIII (14). Reflexiona sobre Schelling, Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad. El entendimiento es “propiamente la voluntad en la voluntad”. Por tanto, aquello “en las cosas” que “no puede disolverse en el entendimiento”, es decir, aquello que no ha de entenderse como querido, es “la base inaprensible de la realidad, el resto que nunca se abre” que “permanece siempre en el fondo”. Ese principio enigmático y oscuro de la realidad nunca se devela, permanece oscuro para el hombre. Salvo si su enigma se interioriza en el Estado y las instituciones, y se manifiesta en la sociedad como “voluntad ciega que no se deja subordinar”. Que esconde tras de sí el poder, el ejercicio del poder, que no tiene contemplación con nadie ni con nada. Que trasciende toda limitación humana, material o social. Más si “la voluntad en la voluntad” como “voluntad ciega” se manifiesta en el Orden Jurídico, el Estado, las instituciones, la cultura y se viste con el uniforme de las armas.

Ahora en la actualidad, ese rol lo cumplen también la verborrea ininterrumpida de la sociedad de los medios de comunicación de masas, Internet, las redes sociales y la Inteligencia Artificial. Así, “el principio, en cuanto procede del fondo y es oscuro, es la voluntad propia de la criatura, la cual … es la voluntad ciega”. (A ella) se opone el entendimiento como voluntad universal, que usa dicha voluntad ciega y la somete como mero instrumento”. La voluntad ciega, que no se deja subordinar, es decir, que permanece pura voluntad propia, (es) el mal como la voluntad mala, como la “elevación de la voluntad propia”. (Arendt).

 Por tanto, “la voluntad ciega”, es decir, “la pura voluntad propia”, ambigua y dual, que se comunica a sí misma, “aferrada a su dualidad solitaria”, Heidegger dice de ella que, “su esencia no consiste en lo malvado de los actos humanos, sino en la pura maldad de la ferocidad”. De ahí que la “ferocidad” evoque un tipo de maldad no humana, sino más “pura”, que se origina en el estado primitivo del hombre. Esto manifiesta “el doble desamparo moderno: el desamparo de Dios en medio de un movimiento masivo de individuos sin relaciones y contacto, un movimiento que no podemos abrazar con nuestra mirada”. Y, “la soberanía” del individuo “ha dado un vuelco al desamparo, a un desamparo en el que ni siquiera se siente la necesidad”. (Arendt).

Así que, “la doctrina de los filósofos que han querido dar respuesta al hombre y a los hombres en plural sobre el acontecimiento de la “voluntad ciega”. Que se aferra a “su dualidad solitaria”, que se vuelven superfluos ante el monstruo de “la pura voluntad propia”, no han logrado sugerir qué camino tomar en este tránsito por el mundo triste, oscuro y contradictorio, ante el dolor, el miedo, el sufrimiento, el odio y la muerte, y también ante las esperanzas materiales, espirituales y culturales del ser humano.

Ya vemos que, las personas que beben del pozo de los pensadores, que meditan sobre los avatares de la existencia, la sentimentalidad y los ideales de la vida, tratan de escarbar en el recuerdo de su exaltación y de su libre plenitud, para hacer de la vida más llevadera y agradable, en medio del desgarramiento de la existencia.

Imre Kertész dijo en Diario de galera: “La enfermedad intelectual de la época es el objetivismo, algo así como una pseudoobjetividad. La pseudocultura no se adquiere: se nace pseudoculto. Podríamos decir que la pseudocultura es una cuestión de inteligencia o, mejor dicho, de falta de inteligencia. Se trata de quitarle el vestido a la pseudocultura para que devele su esencia y el sujeto (el intelectual o el creador) vuelvan a ocupar el lugar del que fueron expulsados”. Como dijo Abraham Flexner: “El mundo ha sido siempre un lugar triste y confuso”; y, por otra parte, el mecanismo es tan complejo y perfecto como a la vez cuestionable: “convierte a los hombres en esclavos. Y los esclavos son imprevisibles, alevosos y proclives a la violencia. Resulta imposible calcular cuándo estallarán estas características” –al decir de Kertész.

Aquí se desvela lo que oculta el Estado técnico y el Gran Poder: el sentido “oculto” del capital financiero nacional e internacional, de las empresas y las fábricas transnacionales, los grupos de inversión, los lenguajes digitales, la industria cultural, la industria militar, la religión, los mitos, las narraciones, los discursos, es decir, el logos que los legitima ante los ciudadanos. Eso que en su quehacer posibilita la “estabilidad” del Sistema; pero a la vez el dominio y el control sobre el hombre y las humanidades históricas. Se trata que el pensar futuro no sólo guie a los hombres a la proximidad del ser, sino también que sus reflexiones posibiliten la libertad, la diversidad de las personas, la pluralidad política y la autonomía de la voluntad.

Lo importante no se encuentra sólo en la tecnología y lo científico, la estadística, sino también en el tejido del ser o, el devenir de la historia. Que el pensar futuro posibilite en su cultura, la capacidad de pensar, de juicio y de acción de los individuos y colectivos. Que contribuya a la inclusión del individuo y los colectivos sociales, su vida mental, espiritual o moral en los fines comunes de la sociedad. Eso que se define como condición humana: la libertad, la dignidad del hombre, la justicia, los valores morales, la ética y la estética, etc. Donde el tejido vivo de la existencia esté presto al servicio de la persona individual y los fines de la sociedad.

Además, el hombre dispensa la salud y la curación del cuerpo, del alma y del espíritu, que sustrae de los dispensadores ocultos dentro de sí. Cuando se pierden las corrientes que emanan de las profundidades del espíritu, el cuerpo enferma y se convierte en sequedades de verano. Por eso la fuente de agua viva está siempre ahí, esperando la llamada para brotar a la superficie y dar de beber al sediento. Opínese lo que se opine del mundo, lo mejor y lo peor del ser humano, reposa en el interior de todos y cada uno de nosotros. No hay que buscarlos en los instrumentos técnicos, la ciencia, el poder, las riquezas, sino dentro de sí.

Ahora, ¿dónde está la fortaleza del hombre en el mundo tecnificado? Quién renuncia a las ayudas exteriores y hace de ellas sólo una extensión de las fuerzas que residen en su interior. Esa es la fortaleza del emboscado o el autor de su propia vida; el hombre libre que determina el destino sobre la Tierra. (Jünger). Sólo él deja su impronta en la historia que sirve como antorcha para que los demás seres humanos se guíen por los caminos oscuros y escabrosos de la vida.

La intromisión del Estado en la vida del ser humano es mayor con pretextos de seguridad, de salud pública o de bienestar social. En estos casos es algo que resulta sospechoso y, por eso hay que manejarlo con cautela, con prevención. Porque estamos entregando la libertad, la intimidad, la sentimentalidad, la privacidad, en nombre de la seguridad y la salud. En momentos como estos se recomienda la desconfianza, en tiempos aciagos nos convertimos en objetos del poder. Así que, en nombre de un “fichero” o, una “nube”, podemos ser vigilados, encarcelados o liquidados. De esto se nutren los demagogos, los populistas, los nacionalistas, los autoritarios, para ganarse el favor de las masas. 

Además, todo se está volviendo estadístico. Esto es sumamente grave en un Estado democrático Social de Derecho. Porque una sociedad cuando los demagogos y charlatanes determinan la vida privada o pública, respiramos el aire fétido de las cloacas del poder y las relaciones sociales se degradan en el Sistema o la Estructura. No hay que olvidar que, la sustancia humana permanece y sólo hay que invocarla para que el hombre desgarre las ataduras de lo funcional, lo siempre-igual; y como un presente divino con bondad, con misericordia, con fraternidad, con amor, con libertad, con coraje pueda asumir una responsabilidad diferente. “Vivimos gracias a ése elevarnos por encima de las funciones” –dijo Jünger en La emboscadura.

Heidegger desprecia la realidad y trata de neutralizar su carácter imprevisible. “El mismo error que Platón, que intentó suprimir el azar mediante la ilusión de lo inmutable y eterno”. (Rafael Narbona).   

Sabemos que el mundo y las sociedades donde vivimos ha creado hombres pusilánimes, sin arrojo para enfrentar las adversidades de la vida y la muerte, y por ser pequeños y bajos de ideales delegan la libertad a una espalda mayor: El Estado técnico, las instituciones, la iglesia, la religión, la técnica, las opiniones rápidas y simultaneas de los medios de información, las redes sociales, Internet, las ONG, las costumbres, el ethos (el carácter), la Inteligencia Artificial, las instituciones que prestan servicios sociales. Y, esto repercute en el manejo de la libertad, de la libertad responsable. Que posibilita la curiosidad, el pensamiento, la capacidad de asombro, la experiencia y la comunidad. Eso Arendt lo llama pluralidad, mundanidad, vida y Tierra.

En este orden de ideas, estar a la altura del Tiempo y sus juicios, significa que el hombre tome en sus manos el poder del ser, y se sitúe por encima de las cosas del mundo, ya sea una obra de arte, un edificio, una piedra, un coche o una máquina. Se trata que trascienda la excesiva objetividad. Ya que en la Época Moderno vivimos la objetivación del ser humano como predominio de las matemáticas, la estadística, la imagen, la ciencia y la técnica, sobre la esencia de la existencia. Esto trajo como consecuencia la crisis de los valores de la cultura occidental y de la condición humana. Una crisis que se expresó en el siglo XX en dos Guerras Mundiales y millones de seres humanos exiliados, torturados, perseguidos o muertos. Así que, los valores de la Ilustración y el humanismo que heredamos de la cultura greco-romana y renacentista, volaron como una pluma arrastrada por el viento. Vivíamos en una época donde la falta de libertad (de pensar, de escribir o ser), se identificaba con el miedo a actuar, hablar o pensar.

Entonces, “la razón se mal interpretó como racional. Y lo irracional en tanto engendro de lo racional impensado, prestó curiosos servicios”. (Heidegger). En los campos de concentración del estalinismo, el nazismo, el falangismo, con la muerte de síes millones de judíos, el exterminio de minorías étnicas y religiosas. Que el totalitarismo del siglo XX implementó en Europa. George Steiner le llamó: Soha: el viento oscuro de la muerte.

Heidegger invita a ponerse por encima del ser de lo ente (de la existencia de lo existente), a desandar lo andado, a beber de las fuentes del ser. Y se opone al pensamiento que privilegia el interrogante fundamental, a Dios, para que el humanismo occidental no provenga de la subjetividad o de la zona de la sentimentalidad. Sino que el hombre en su esencia muestre libremente su carácter de humano. Así, la “altura esencial del hombre” no se alcanza mientras éste sea la “substancia” de las cosas que pueblan el mundo. O, en otras palabras, la “substancia” de las cosas en cuanto sujeto. Implícito Heidegger opone el hombre heroico tal como hace Ernst Jünger, al hombre sentimental que se interroga a sí mismo y al entorno que lo rodea. En la época de ambos pensadores la valoración del dolor, no es la misma que la que se tiene a finales del siglo XVIII o principios del XIX. Jünger expresó: “La valoración del dolor no es la misma en todas las épocas”.

La época de Heidegger y de Jünger exaltó el Estado total, el uniforme militar, los instrumentos técnicos para la guerra, la relación entre saber y trabajo al servicio de la tierra y la sangre, el hombre como trabajador que se entrega al partido y al Estado. Exaltaron la delación, el miedo, el odio, el racismo, la xenofobia y, todo se politizó por el Estado, la nación, la raza o el Führer (el líder). Esto demostró que el pensamiento de Heidegger y Jünger, no pueden estar al margen de las circunstancias del hombre histórico y sus pueblos. Todo pensamiento es manifestación de la época y las circunstancias históricas. De ahí que tengan su valor en oro. Así, el poeta, el novelista, el filósofo, el científico o el técnico, no pueden estar al margen de su realidad. Ya que ellos y sus creaciones son hijos de su época. 

Así que, por la falta de libertad, de pensar y ser, la vida pública y privada del ser humano, se está entregando a demagogos, corruptos, asesinos y farsantes, que le compelen a caminar por un desfiladero estrecho y funesto, y que se coloque fuera de la obra, que se salga de ella; ya que ésta se ha vuelto autónoma y el ser humano deviene cada vez más sustituible y prescindible. Este espectáculo acontece en un mundo cada vez más tecnificado y mecanizado, donde el ejercicio del poder y de la fuerza bruta hacen del hombre un número o un grano de arena en desierto.

Así que, en un mundo como este los únicos lamentos que se escuchan no son los de los humildes y humillados, ultrajados y excluidos, sino los de los poderosos. Por eso “tiene tanta fuerza el poder de la libertad que nos es suficiente soñar con ella” –dijo Jünger en Radiaciones I.

                                           Madrid-España a 02/06/2024