jueves, 5 de octubre de 2023

 

                                                               Ernst Jünger

                                         Iluminaciones Sobre la Época Moderna

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

Ernst Jünger pronosticó en los años 30 del siglo XX, una realidad que ahora es cotidiana en la actualidad. El mundo del Titán y del titanismo (del técnico y del colectivo técnico). El predominio científico-tecnológico y, la técnica como “estructura de emplazamiento”. Así como la fotografía: un modo especial de ver, un modo cruel; el cinematógrafo; las relaciones inconexas entre las masas y el dinero; el deporte: que pasó de la competición a un proceso de medición exacta, el rostro carente de alma, trabajado como en metal, en el que se expresa el “tipo”, o sea, la raza del trabajador; el paso de la muerte mítico-ritual a la muerte fría y distante; la cosificación y la objetivación del hombre: la segunda consciencia, vernos como un objeto; el tránsito de la edad de la seguridad, a la época donde predominan las valoraciones técnicas.

Asimismo, el alejamiento de la literatura que describe los más sutiles procesos psicológicos y espirituales, a una especie de relato exacto y objetivo; el trasplante de órganos artificiales; la objetivación de nuestra imagen del mundo, que incide en la relación con el dolor, el sufrimiento, la muerte; los medios de información  como medios totales que esconden formas especiales de disciplina, y que el carácter instrumental no se limita a la zona propia del instrumento, sino que intenta someter también el cuerpo humano. (Ernst Jünger).

Estamos inmersos en una especie de dialéctica artificial en la que el lenguaje natural que comunica contenidos espirituales, da paso a las imágenes y a los lenguajes digitales que responden a la Civilización del artificio. Donde las relaciones artificiales predominan sobre las relaciones de sentido. Igualmente, la cosificación, la numerificación y la objetivación de la existencia, crean la segunda consciencia, en la que ser humano se observa como objeto o número. Tenemos la impresión en que ya han quedado sustraídas las zonas de la sentimentalidad.

Una carne disciplinada y uniformada por la voluntad suscita la idea de que se ha vuelto más indiferente a las heridas. El deporte, por ejemplo, es sólo una de las áreas en que cabe observar que el perfil humano está endureciéndose y aguzándose o también galvanizándose.(Jünger).

En la actualidad son las valoraciones técnicas las que predominan en la Civilización del espectáculo y la Cultura de lo efímero. Ámbitos donde prevalece la futilidad de la vida sobre el sentido de la existencia, del mundo y la realidad. En consecuencia, la objetivación de la imagen del mundo está trastocando el sentido de la existencia y de la muerte. Estamos en una época de tránsito de la muerte mítico-ritual a la cosificación de la vida y la muerte. El “rostro de la muerte” cambia, por una parte, en la sistemática ocultación de ese mismo rostro, su retiro de la mirada colectiva, y, por otra, de manera esencialmente vinculada a lo primero, en lo que se podría llamarse la privatización del morir. Esta transformación en el modo en que los seres humanos se relacionan con la muerte, la de los demás y la suya propia, debe asumirse acaso como la clave desde la cual cabe entender lo que en definitiva está en juego en la valoración benjaminiana de la narración.   

            La muerte es la sanción de todo lo que el narrador puede referir”. 

La muerte, en cierto modo, es la bisagra de la narración. Porque la confirma y adquiere carácter solemne y alcance de autoridad. Además, la índole auratica de la narración, el arcaísmo que porta en sí misma, no es otro que, el fundamento de la comunicación y, así también, fundamento de comunidad. En el presente y el mundo técnico, la narración se encuentra en crisis por la primacía de la técnica, la objetivación de la vida, la estadística y la cosificación de la existencia.

En la civilización técnica, de sociedad de masas y cultura de masas, pasa por alto que, la muerte marca el límite del lenguaje y la posibilidad constitutiva del silencio. Porque en esta civilización predomina la algarabía de los lenguajes digitales y las imágenes en movimiento. Así, la Civilización del artificio se estructura y funciona como un mundo cruel. Donde la segunda consciencia, esto es, la objetivación de la vida quebranta la condición humana. La posibilidad que el ser humano alcance la categoría de persona y una escala de valores horizontal que reconozca y respete los derechos y la libertad humana.

En todo caso, se trata de un concepto que pertenece al núcleo de la filosofía de la historia de Walter Benjamín que anuncia en su época temprana en El origen del drama barroco alemán. Que evocando el relato de Hebel, lo que hace el narrador es reinscribir la historia humana en la historia natural, apelando precisamente a la muerte como la instancia, el lugar, el acontecimiento en que se cruzan de modo absoluto y no resuelto una y otra. Así se puede pensar en los procesos de simbolización de la muerte guiados por el afán de sustraerla a la dimensión puramente natural de su incidencia histórica.

Se trata de ver también, como la narración pasa a un segundo plano en el sistema general de la información, que está dirigida a informar a los sujetos receptores, determinando su interés, y no a suministrar elementos para la conducción de la vida o la orientación en el mundo. (Benjamín). Se trata de iluminar la narración y la comunicabilidad de los contenidos de la experiencia, en la historia humana y la historia natural. Para que la comunicación restaure los contenidos espirituales que le corresponden y comunique el sentido de la existencia animada o inanimada, del mundo y su realidad.

Somos parte entonces de una época de transición donde el ethos clásico da paso al de la ciencia y la técnica. Donde la idea de Progreso no manifiesta en la consciencia de los hombres la esperanza y la seguridad que brindaba en el siglo XIX. En el mismo orden en el progreso se percibe la relación entre el desarrollo de la técnica y los instrumentos bélicos para la guerra. Pero también como la Gran ciudad es el espacio donde la civilización y el progreso se entrelazan y, se oponen al concepto de Cultura.

Y, cómo la idea de progreso se convierte en instrumento de poder, dominio o coacción del ser humano. Como el progreso coarta la libertad y la igualdad entre las personas. Y como vivimos el paso del logos clásico al logos situado en su parte material; en otros términos, el predominio de las imágenes sobre la palabra, de las redes sociales o de las Plataformas Digitales. En este orden del pensar, la lengua se ha situado en su parte material y, deviene cada vez más objetivada y vacía de contenidos espirituales. Esto genera en la vida una degradación de los valores y de la condición humana.

Este tránsito de la cultura occidental posibilitó a Ernst Jünger pensar la ubicación del hombre en la época actual. Así que, por ejemplo, en la edad de la técnica los medios y los métodos de la conducción de la guerra llevan a cabo modificaciones más rápidas y radicales que las realizadas en épocas anteriores. (Jünger). La globalización, por ejemplo, posibilita la comercialización, la producción del rendimiento, la venta y el consumo de mercancías; como también la proliferación de los aparatos tecno-militares y las guerras globales La técnica, por tanto, no sólo influye en la confrontación bélica, sino que crea modos nuevos de combatir.

   Y permite percibir la 

           mortal rivalidad entre la fuerza del hombre y la fuerza de la máquina”.

Desde otra perspectiva la globalización pone en práctica el paradigma ideológico del liberalismo político y económico que confunde la libertad y el mercado, la libertad y la propiedad. El mercado entonces es un espacio de ejercicio del poder, no de la libertad. El poder de los mercados se hace evidente con la globalización. Desde el momento que los mercados trascienden las fronteras nacionales, los poderes económicos han revelado ser el poder global y su fortaleza va más allá de las fronteras nacionales. Porque no existe esfera pública nacional e internacional que los limite y regule en derecho, por eso nada ni nadie está a la altura del poder que ejercen en el mundo.

Precisamente, en la historia de la cultura y la civilización occidental, el espacio de lo técnico se relaciona con los instrumentos técnicos para la guerra y las máquinas como una expresión nueva del espíritu. El espíritu que viene tomando forma desde hace mucho tiempo en nuestro paisaje es, de ello no cabe duda, un espíritu cruel. (Jünger). Porque responde a las apetencias de la razón y no del sentimiento, del amor o la fraternidad humana. Ahora se percibe en Internet y las redes sociales. Donde el Estado técnico es la expresión sofisticada de la crueldad, la discriminación y la segregación de las minorías étnicas y sexuales.

Somos parte de la época de la velocidad, del maquinismo y los medios de transporte, y vemos como la capacidad de los aparatos con que se reproduce la palabra y la escritura, sobrepasan las necesidades. Las energías que la técnica desarrolla más allá de ese umbral son destructoras. En primera línea favorecen la técnica de la guerra y su preparación publicitaria. Dicho desarrollo se realizó a espaldas del siglo XIX. No fueron conscientes de las energías destructoras de la técnica –dijo Walter Benjamín.

De ahí que los Estados son más amenazadores y se hallan más pertrechados de armas que nunca. Que, en cada uno de esos detalles, los Estados se orientan al despliegue del poder; y que disponen de tropas y arsenales sobre cuyo destino no es posible albergar ninguna duda. Estamos viendo cada vez más claramente como el ser humano en las batallas o fuera de ellas, puede ser sacrificado sin reparos. (Jünger). De ahí que las máquinas teletanatologicas producidas por las tecnologías punta de Investigación Artificial –drones, robots, Ordenadores cuánticos, etc.), han sofisticado el dolor, el sufrimiento, la habituación y la insensibilidad ante la muerte. Y expresan un desaliento moral, político y social, en el mundo globalizado. Porque prevalece la segunda consciencia sobre el cuerpo y la vida en general.

El ser humano vive un proceso de aceración. Recordemos a Jünger en Sobre el dolor: “la cuestión que se plantea es que si esa segunda consciencia que vemos entregada tan insaciablemente a su trabajo le está dando también un centro a partir del cual quepa justificar en su sentido más hondo la creciente petrificación de la vida. También la cuantía del dolor susceptible de ser soportado crece a medida que progresa la objetivación. Casi parece que el ser humano posee un afán de crear un espacio en el que resulte posible considerar el dolor como una ilusión, y ello en un sentido enteramente distinto que hasta hace poco tiempo. (Jünger).

Observamos también como en las sociedades diversificadas se están dando articulaciones nuevas en el cuerpo social, que responden al primado de la técnica en los asuntos humanos. Además, en la Cultura del artificio percibimos las articulaciones obedeciendo a “órdenes superiores” que organizan la sociedad de masas y la cultura de masas, en la uniformidad y la objetivación. En el pensamiento de Jünger todas las situaciones se entrecruzan para dar lugar a la “Figura”. Percibe en ella una totalidad, una globalidad, también un tipo significativo. De ahí que reacciona contra la razón disociadora y el pensamiento analítico y, precisa que constituye un conjunto dotado de propiedades que no se encuentran específicamente en ninguno de sus elementos, y así la “Figura” posee un sentido.

          La “Figura” es “un conjunto que posee más que la suma de sus partes”.

Que encarna el espíritu dominante de una época y concede al mundo su principal significación. Por “Figura”, escribe Jünger, entendemos una realidad superior que da sentido a los fenómenos. Desde un punto de vista histórico, la “Figura” no es el producto de la historia como aquello que permite a la historia realizarse. La “Figura” determina el movimiento de la historia, una “Figura” histórica es, en lo más profundo, independiente del tiempo y de las circunstancias de las que ella parece brotar. La historia no engendra “Figura” alguna, sino que se transforma en su contrario gracias a ésta. La historia revela así una metafísica del Ser.

En el Tratado del Rebelde, Jünger dice que nuestra época es pobre en grandes hombres, pero rica en figuras. O, en otras palabras, somos parte de una época de hechos significativos y de actores insignificantes. Esto expresa la cultura de la futilidad, lo pasajero y fugaz de la época actual. En lo político domina la Civilización del espectáculo, la publicidad, las imágenes sobre lo programático del partido; por eso, prevalece la aclamación y la estridencia en la vida pública.

Piensa que la magnitud de las masas informes, pasa de ser una dimensión moral y política a un mero objeto, número o cosa. La sociedad de masas y la cultura de masas, representan en la consciencia del ser humano las relaciones inconexas de la Gran Ciudad, también la segunda consciencia que percibe al hombre como objeto. Así que, la Cultura del artificio está posibilitando la conformación de la objetivación de la persona individual y de sus articulaciones. Además, la zona de la sentimentalidad, el sentimiento de cercanía, del valor no simbólico, fundado en sí mismo, se desvanece y a cambio el movimiento de las unidades vivientes es dirigido a gran distancia.(Jünger).

La Gran ciudad es el ámbito donde prevalecen las relaciones inconexas de las sociedades de masas, el lujo, el poder y el dinero. Así que, la coseidad de las articulaciones posibilita que el hombre responda a los requerimientos del Gran Poder. Estas ramificaciones y múltiples venas se entrelazan con el orden técnico en sí, ese gran espejo donde se revela con máxima claridad la objetivación de nuestra vida y que se halla impermeabilizado de manera especial contra el acoso del dolor. La técnica es nuestro uniforme. (Jünger).

 Así podemos percibir como el

  carácter de confort de la técnica” se entrelaza con el “carácter instrumental de poder”.

Así que, el control de la técnica sobre el hombre, no puede reducirse sólo a algo técnico. En el dominio técnico el humanismo salta por los aires como una costra seca, porque se entiende como el dominio del hombre sobre sí mismo. Técnica y humanismo son dos expresiones de la esencia de la técnica. Así, la planificación total de la vida –coincidente con la objetivación, el pensar y el conocimiento científico-técnico -, nos llevan a creer, que sabremos ordenar y arreglar las cosas y la vida incluso la felicidad. (Josep María Esquirol).

 En la época actual el pensar y las esferas de la vida cotidiana responden a las exigencias del Gran Poder. Que lo induce a caminar por un desfiladero estrecho y funesto que lo lleva al vació total. Y lo compele a vivir en la esfera de la consciencia, de las relaciones artificiales, y de ocuparse de manera exagerada a pensar en la situación en que vive. El Gran Poder le arrebata al hombre la capacidad de asombro, de imaginar o soñar; y lo compele a vivir en las esferas de las necesidades biológicas y materiales.

Se trata de crear la ilusión psicológica que la vida es soportable para todos. Lo cual es mentira. Uno de los senderos que ha de transitar el pensar es develar las mentiras del poder. Que la técnica se extiende por doquier: la política, la economía, la cultura e incluso, la ecología participa de ella. (Esquirol). Que oculta y, a la vez, devela, la miseria y el peligro que representa para el hombre actual. El significado político, económico y social de la crisis, en la cultura.

Existe una correspondencia entre el vaciamiento de los valores de la cultura y la mediocridad. En esta alta civilización técnica y de masas, unos órdenes nuevos han ocupado ya unas posiciones muy avanzadas, pero los valores correspondientes a esos órdenes aún no se han hecho visibles. (Esquirol). Martín Heidegger no percibe el final de la cultura y la civilización de Occidente como Spengler, sino un crepúsculo que deviene oportunidad para iniciar la reconstrucción. Reconstruir desde el montón de ruinas materiales o humanas que han dejado tras de sí –al decir de Walter Benjamín.

Sabemos que la Época Moderna se basan en la peculiar dictadura de la opinión pública. Así pues, lo que se suele llamar “existencia privada” no es en absoluto el ser-hombre-esencial, o, lo que es lo mismo, el hombre libre.(Esquirol). Porque el único hacer de la existencia privada, es, negar la esfera de lo público. Ya que lo público oculta lo privado en las esferas que despliega: en la política, la economía, la educación, lo jurídico, lo técnico, lo científico o lo cultural.

Para Heidegger, la existencia-del-hombre-esencial es, la del hombre libre. Por eso, en la Época Moderna lo que está en juego es la libertad. Parece que estuviéramos inmersos en un dinamismo que induce inexorablemente a la extinción de ésta. Es comprensible la situación en la que se encuentra el hombre de hoy, entrega la libertad por la seguridad. Y olvida que, “la libertad es capaz por sí sola de alimentar los sentimientos de las almas nobles, de dar alas a la esperanza”. (Nuccio Ordine). Porque posibilita reflexionar sobre la crueldad, el miedo, el odio, el amor, la solidaridad, la fraternidad entre los seres humanos. También reflexionar como la crueldad, la violencia, la injusticia, se convirtieron en parte constitutiva de las instituciones modernas. 

Recordemos que

“el mundo ha cambiado y seguirá haciéndolo y, lo hace por necesidad; más con ello ha cambiado también la libertad; no ha cambiado en su esencia, desde luego, pero sí en su forma”.(Esquirol).

Parece que gana terreno cada día la extinción de la libre voluntad o del libre albedrio. Se impone el querer de la voluntad que se quiere así misma, como voluntad de poder y de saber. En la voluntad se esconde también el ser como voluntad de poder.18 (Martin Heidegger). En este orden, el automatismo parece quebrantar con gran facilidad, como si lo hiciera jugando, lo que queda de la voluntad libre. Hemos llegado a un nuevo poder, a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una idea que no tiene nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra. (Jünger).

En la Época Moderna vivimos un tiempo en que la libertad se ha domesticado y diluido no sólo en el huero concepto de sí misma, sino en las relaciones de fuerza –del Estado y sus instituciones, los big data, las imágenes, los números o el Gran Poder. Cada vez gana terreno en la sociedad, la uniformidad y la estadística. Así que, asistimos a una época de vigilancia constante del Estado técnico absoluto. La libertad dejó de ser en el ámbito público, una “figura” del Ser y del hombre. Aquí deja de pertenecer a la esencia del hombre libre e independiente, “autor” de su propia vida. El ser humano ha de saber cuáles son aquellos puntos donde no le es licito traficar con su decisión soberana. (Jünger).

Así, la deriva de partidos autoritarios, la extrema derecha, la xenofobia, el rechazo al otro y a la inmigración; requieren un Estado democrático Social de Derecho, que defienda la libertad de prensa y de expresión, la independencia y la crítica de los medios de información, la lucha contra la corrupción y un sistema judicial imparcial. De esa forma se defiende la modernidad ilustrada y la democracia participativa. También no olvidar que, en Carta sobre el “Humanismo”, Heidegger aparca los principios de la democracia liberal y del mundo burgués; y prioriza el nacionalismo alemán y al Estado técnico totalitario, que niega las libertades y los derechos fundamentales del ser humano.

        Sabemos que,

 algunas veces el pensamiento realiza tareas horribles y degradantes sobre el ser humano.

Estamos entregando la libertad a los instrumentos técnicos y desnudos nos precipitamos a los brazos del Gran Poder. El gran peligro está en que el hombre confíe demasiado en las ayudas de otros y, cuando faltan aquellas, quede desvalido. Todas las comodidades hay que pagarlas. (Jünger). El hombre ha de ser consciente que no ha de perder la esperanza que mora él y la fuerza intima que destruye las barreras del tiempo. Esa impulsa allende de las murallas del tiempo, para asistir al Ser, a los Dioses o, a las Musas.

En esta civilización técnica las seguridades y el miedo funcionan cual muros de contención, así los hombres se conforman con lo establecido. Para que el hombre salga adelante necesita ser libre, al amparo del pensamiento y las formas estéticas. Así puede trascender y criticar el ser que se oculta detrás de la voluntad de poder y, al mismo tiempo, posibilitar caminos y umbrales que permitan ver y entender, la vida y el mundo al que pertenece. Romper las murallas del tiempo para poder enfrentar el enigma de la existencia. Esas herramientas las posibilita la literatura, el arte, la música, la religión, la filosofía o, el encuentro con Dios.

En su defecto, se revelará el ser de la vida, la naturaleza y lo divino, que mora en todos y cada uno de nosotros. Sólo basta que el ser humano se detenga a la orilla del camino de lo fugaz y automático, para que observe y escuche la armonía entre Hombre y Mundo, Hombre y Dios. Porque los signos de lo divino, lo bello y lo eterno, moran en el interior de todos y cada uno de nosotros. Aquí el mundo y la vida se revelarían con un rostro estético y sagrado.

Estamos en un devenir en el que la realidad se falsea en nombre del poder y el dominio sobre el otro. En este ámbito, lo interesante no es el Ser, el lenguaje o el pensar, sino lo automático, lo pasajero y placentero, que ofrece el Sistema como realidad. Todo se consume y pasa en el devenir del tiempo como la tersura de la piel joven a las arrugas de la vejez. Lo sorprendente de la Cultura de lo efímero, consiste en que, lo pasajero y automático no dejan huellas en la vida del ser humano. Todo fenómeno hace parte de lo siempre-igual, la alteridad espacio-temporal de los hechos, la experiencia, se ocultan en la publicidad, el consumo masivo, el deporte, el dinero, el lujo, o, el Gran Poder.

En un mundo como este, la seducción que ejerce la opinión pública sobre el ser humano, se dirige a las pasiones, los sentimientos, los instintos, los mitos, las leyendas, que él crea para legitimar el ejercicio del poder y del saber. De ahí que la opinión pública es efímera como el artificio de la realidad que comunica. Esta tiene una relación intrínseca con la Cultura del artificio. Fugaz al final del día como la noticia que se sostiene sobre el sistema general de la información. El hombre en este ámbito debe dejarse interpelar por el Ser. Sólo así se le vuelve a regalar a la palabra el valor precioso de su esencia y al hombre la morada donde habitar en la verdad del Ser.(Heidegger).

Hay que tener presente que la intromisión del Estado en la vida del ser humano, es, cada vez mayor con pretextos de seguridad, salud pública o sociales. Es algo que resulta sospechoso y hay que manejar con cautela. Porque estamos entregando la libertad, en nombre de la seguridad y la salud. Se recomienda la desconfianza, ya que en tiempos aciagos nos convertimos en objetos del poder. Así, en nombre de un “fichero” o, de una “nube”, podemos ser vigilados, encarcelados o liquidados. De esto se nutren los demagogos, los populistas, los nacionalistas, los autoritarios, para ganarse el favor de las masas.  Frente a la manera en que todo se está volviendo estadístico. Esto es sumamente grave en un Estado democrático Social de Derecho.

Porque una sociedad cuando los demagogos y charlatanes determinan la vida privada o la vida pública, respiramos el aire fétido de las cloacas del poder y las relaciones sociales se degradan en nombre del Sistema o la Estructura. No hay que olvidar que, la sustancia humana permanece y que sólo hay que invocarla para que el hombre desgarre las ataduras de lo funcional, lo siempre-igual; y la done como un presente divino con bondad, con misericordia, con fraternidad, con libertad, con coraje para asumir una responsabilidad diferente.

                  Vivimos gracias a ése elevarnos por encima de las funciones”.   

Recordemos que, en el Estado total, el ser humano es capaz de tratar el cuerpo como objeto. Todas las medidas abocan no a escapar del dolor, sino a resistirlo. Tanto el mundo heroico como en el cultual encontramos una relación con el dolor, el sufrimiento o la muerte, en todo distinta de la que hallamos en el de la sentimentalidad. Mientras que en este último lo que importa es, expulsar el dolor, el sufrimiento, la muerte y excluirlo de la vida; en el mundo heroico y en el cultual es de incluirlos en la vida y de disponer ésta de tal manera que en todo tiempo se halle pertrechada para el encuentro con el dolor, el sufrimiento y la muerte. (Jünger).

En el mundo heroico y cultual, del técnico y del colectivo técnico, la vida va al encuentro del dolor, el sufrimiento y la muerte. Así que, la vida y el cuerpo se objetivan en nombre del Estado técnico absoluto, de Alá o del Líder, que coagula la diversidad de la nación. La lealtad se jura en nombre del Líder, hasta el momento de entregar la vida en sacrificio. Esto sucedió en la Segunda Guerra Mundial con Stalin, Hitler y, ahora en Rusia con Putin.

En el Estado fascista o, autoritario o, nacionalista o, populista, la vida se enajena en nombre del Jefe de Estado, del Presidente, el Primer Ministro, la nación, el partido, la lengua, la cultura o la ideología. La vida individual no tiene valor ante el poder absoluto del Estado y sus instituciones, de la ideología y del partido. En el Estado fascista o, autoritario o, nacionalista, todo se politiza. El Estado incita al ser humano a permanecer en contacto con el dolor, el sufrimiento y la muerte. Aquí predomina la disciplina, tanto la disciplina ascética del sacerdote, dirigida a la mortificación, como la heroica del guerrero, de los grupos de seguridad del Estado, la policía, dirigida a lograr un endurecimiento como el acero, una “aceración”. (Jünger).

Ahora bien, ¿cuál es el rango de los valores existentes? El máximo es tratar al cuerpo como un objeto. En este orden no cabe la esfera de la sentimentalidad, de la subjetividad, ni los Derechos Humanos, tampoco la libertad, el pensamiento, la palabra; lo que importa es la objetivación o, la estadística. Preguntamos, ¿qué respuesta tiene Heidegger o, Jünger, para este mundo in-humano donde prevalece la “aceración”?

Desde una perspectiva metodológica, lo que piensan no se reduce a la solución ni a la superación del problema de la técnica en la época actual. Se trata, por así decir, hacer frente a la penuria y al peligro; a la penuria de la experiencia, del espíritu, del lenguaje, del pensamiento y de la condición humana. Así, el dominio de la técnica coincide con la penuria, que es, a la vez, vecina del peligro. En este orden, el hombre experimenta un vació enorme y al hacerlo se convierte en una pieza más del engranaje. El ser humano piensa que lo que existe lo controla, pero no es consciente de su situación de penuria material, del alma, del espíritu o de la mente. Porque la existencia, la realidad y el mundo, lo trasciende

La penuria es la ausencia de penuria en la vasta extensión de lo disponible –al decir de Heidegger.

La disposición de recursos del hombre moderno, lo condujo a su miseria espiritual, mental y física. En medio de la abundancia, abunda la miseria. Es un sentir del hombre moderno. La miseria predomina en medio de la abundancia de recursos naturales, inorgánicos y humanos. Somos ricos en existencias disponibles, pero pobres en contenidos espirituales, mentales y culturales. Por tanto, dentro del engranaje del Sistema Capitalista, del predominio de la técnica, sólo se cumplen funciones establecidas por el Gran Poder.

Tengamos presente que el peligro que representa la técnica, el mundo como existencia devela que cerca ilumina lo que salva. Se trata de otorgar a los hombres las herramientas conceptuales, sensitivas y reflexivas para develar la verdad del Ser, del mundo y la realidad, para ofrecer a los humanos una nueva oportunidad sobre la Tierra.

Que la esencia del hombre resida en el Ser, el pensamiento y el lenguaje y, no ser tratado como objeto o número. Porque el hombre alberga en su esencia o, la naturaleza que lo constituye, el sentido ontológico de su vida, el metafísico-teológico y el estético de la existencia. Que son los que le dan sentido a la Vida, al Mundo y su Realidad.

          En este orden de ideas:

      La libertad es un complemento de lo posible” –dijo Christian von Wolf.

                                                        Madrid-España a 28/08/2023

 

 

sábado, 16 de septiembre de 2023

EL ESPÍRITU DE LA RAZÓN TÉCNICA EN LA ACTUALIDAD

 

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

Sabemos que el mundo que habitamos está poseído por los espejismos de la tecnología y el desarrollo de los procesos. Sus configuraciones son cada vez mayores y todas las resistencias abren paso a su ley. “En el automatismo está el movimiento completo, el despliegue imperial, la seguridad Total” –nos recuerda Ernst Jünger. ¿Para quién? Para los que ejercen el poder y se valen de él para descargar su peso, su fuerza, su vigor, sobre el hombre que sufre; sobre el hombre que se encuentra solo y desprotegido; y cuya inseguridad también es total. Son conscientes de la concatenación que existe entre el poder, la técnica y el miedo. Este tipo de poder cae con toda su fuerza sobre el desamparado, el inmigrante, el negro, la prostituta, el blanco empobrecido, el excluido, el desempleado, el lumpen; y en particular, sobre los que luchan por la defensa de la libertad, la justicia social, los derechos humanos; por el Estado de Derecho, la defensa de la vida, la libertad de expresión, la libertad de creencias religiosas y la dignidad humana.

Es del miedo de lo que vive el despliegue del poder Total. Y su acción adquiere especial eficacia en aquellos campos donde se ha intensificado la sensibilidad. Son insaciables como la loba que está a las puertas del Infierno descrito por Dante en la Divina Comedia. Se alimentan del terror y la desesperanza de los débiles que en el mundo que habitamos, son siempre los muchos.

En los tiempos actuales vemos que el avance de los procesos y la utilización de los instrumentos técnicos, en efecto, están llegando hasta las profundidades de la naturaleza humana. Pero lo más dramático se expresa en los caminos de las tinieblas, caminos que descienden hacia los hondones de campos de esclavos y los mataderos, donde unos hombres primitivos se asocian criminalmente con la técnica. Afganistán, Yemen, Colombia, Oriente Medio, Ucrania, entre otros, son la expresión vigorosa y tenaz de la estructura técnica y la nueva tecnología del poder.

“En este ámbito no hay destino, lo único que existe son números. O bien poseer un destino propio o bien tener el valor de un número –esa es la disyuntiva que nos viene impuesta a todos y cada uno de nosotros, impuesta ciertamente a la fuerza; pero decidirse por lo uno o por lo otro es algo que cada cual ha de hacer por sí solo”. Pero también existe el camino de la luz, el que asciende hacia reinos que están en las alturas, hacia la muerte en sacrificio” o, al destino que tejen las musas o los dioses –expresó Jünger en el texto La emboscadura. Este no es otro, que el camino del encuentro del hombre consigo mismo, o con la estructura esencial, lo trascendente; y sólo se pueden alcanzar cuando nos conocemos más así mismos o, por la Revelación en el interior del ser humano.

Ahora bien, ¿cómo se le puede plantar cara al poder que encierra la técnica en los nuevos lenguajes digitales? Por supuesto, en la medida que gane terreno la autonomía de la voluntad, el umbral de la libertad y la consciencia reflexiva de los seres humanos. La consciencia de que somos seres lingüísticos y que ahí descansan nuestras fragilidades; pero también, nuestras fortalezas. Que el ser humano no es un agregado numérico, sino la expresión sublime de la cualidad del Ser. Que la experiencia enriquecedora – de la palabra y el relato - permitan que los hombres se preparen para la batalla. Los criminales que se han asociado con la técnica saben que su poder no es tan fuerte y eficaz como parece. Porque cuando se cuestionan los presupuestos sobre los que se asientan sus creencias o ideas, se ponen demasiado molestos y furibundos; y se convierten en seres intolerantes y no les queda otro camino que asociarse criminalmente con los instrumentos técnicos.

El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia de este tipo de ralea, que cree que la maldad y la indiferencia, son potencias mucho más frecuentes en los actos humanos, que las bellas acciones o la bondad. Desconocen el encanto de la existencia o de la realidad. La categoría de anhelo o de esperanza le repugna a este tipo de personas. “Ya que el vicio más desesperado es el vicio de la ignorancia que cree saberlo todo y se autoriza entonces a matar – recuerda Albert Camus-. El alma del que mata es ciega y no hay verdadera bondad ni verdadero amor sin toda la clarividencia posible”.  

Sabemos entonces que la seguridad que brindan las máquinas y sus aparatos, son sólo espejismos con relación al peso de la realidad y de la existencia en particular. Sometidos como estamos –dice Jünger– a la fascinación de potentes ilusiones ópticas, nos hemos habituado a ver en el ser humano un simple grano de arena, si se lo compara con sus máquinas y sus aparatos. En esta alta civilización técnica los aparatos son y no dejan de ser, decorados de teatro colocados por la imaginación inferior. El ser humano es quién ha fabricado tales decorados y él es quien puede desmontarlos, o bien darles un sentido nuevo.

Por eso, es posible hacer saltar por los aires las cadenas de la técnica y quien puede hacerlo, es el hombre de carne y hueso. De lo que aquí se trata, no es de cifras ni del espejismo de los nuevos lenguajes digitales; tampoco de la Cultura del espectáculo, sino de la naturaleza del Ser, lo que constituye el espíritu de la realidad y de la existencia humana.

Además, junto al desierto visual se abre paso el infierno acústico. Pero el lugar donde más se siente el golpe virulento de la ola al romper, es en el lenguaje. Las imágenes desplazan a las palabras y las relaciones artificiales reemplazan a las relaciones de sentido. En la civilización actual el efecto que las imágenes causan, es más fuerte que el de las palabras. En consecuencia, el mundo no solo está adquiriendo un “aura” nueva, sino también una epidermis más sensible. Así pues, ¿cómo ha podido ocurrir esto en tan pocos espacios de tiempo y extenderse al mundo en general? No podía darse sino en un mundo en tránsito. Un mundo donde la atmósfera que reina es contradictoria e inextricable. Los nuevos valores no están vigentes del todo; los viejos ya no están.

Parece que el ser humano estuviera suspendido sobre la epidermis de la realidad; y existieran fuerzas que lo trascienden. Esta trastocación de los valores permite pensar que tenemos una imagen distorsionada de la existencia y la realidad. Porque el mundo que habitamos se presenta fluido, sin peso y fugaz, ante el sentido de la vida y del mundo. Por eso reina la sensación que todo, absolutamente todo, se mueve bajo los pies.

Herder tenía razón cuando en su día nos habló de la vida de la humanidad –al igual que Mill, Schopenhauer o Carlyle– nos hablaron de las trivialidades y del pesimismo de la vida cotidiana. De esa especie de entumecimiento de los sentidos, de la parálisis del pensamiento, de la que está cargada la atmósfera del presente–ahora. Esto está representado en los procesos refinados, precisos y abstractos de la técnica y la ciencia. Procesos que poco a poco van minando la capacidad de asombro, los contenidos de la experiencia individual, la memoria étnico-verbal que tanto han aportado a la historia de la cultura occidental. Cuando el pensamiento racional está cargado de maldad y esa cualidad suya contagia a todo plan humano, hay que dar un giro, buscar otros caminos de experiencia y de saberes.

De ahí que la vida en la Gran ciudad sea gris, sórdida, lúgubre y agitada. Porque la condensación de la rutina cotidiana es tan densa y se manifiesta en una especie de excitación rabiosa, que no permite visualizar el negro absoluto. En la Gran ciudad, la luz, el frescor de la naturaleza, la tranquilidad, se convierten en propiedad de unos cuantos poderosos. En la Gran ciudad, todo se compra y se vende, sólo basta poseer el mundo dineral. Se compra la salud, el agua que bebemos, el sosiego, la soledad, la educación, el sexo, la amistad, la cultura, etc. Pero también se escucha a lo lejos la voz que dice: no es en el terreno de la economía ni de la política ni de la técnica, tampoco de la ciencia, donde residen los fragmentos de Absoluto, sino en lo profundo de la condición humana. Por eso, en esta alta civilización técnica y de masas, vale la pena mirar hacia el hombre concreto de carne y hueso, hacia su mundo interior.

En este mundo que habitamos, existe la sensación de que el ser humano no posee las herramientas necesarias para batirse con la técnica y la nueva estructura del poder. Como si la vida fuera un grano de arena en el desierto arrastrado por el viento sin fronteras. De ahí que Walter Benjamín nos recuerde las novelas de Paul Scheerbart, que de lejos parecen como de Julio Verne, como se ha interesado (a diferencia de Verne que hace viajar por el espacio en los más fantásticos vehículos a pequeños rentistas ingleses o franceses), por cómo nuestros telescopios, nuestros aviones y cohetes convierten al hombre de antaño en una criatura digna de atención y respeto. Por cierto, que esas criaturas hablan ya en una lengua enteramente distinta. Y lo decisivo en ellas es un trazo caprichosamente constructivo, esto es contrapuesto al orgánico. Resulta inconfundible en el lenguaje de las personas o más bien en las gentes de Scheerbart; ya que rechazan la semejanza entre los hombres, principio fundamental del humanismo.

Sabemos que el Mundo Moderno realizó la concatenación entre el poder en sí y para sí, en el Estado. El liberalismo político del siglo XIX, creía que “el individuo sólo accedía a la libertad por y en el Estado”. Esta amenaza de tiranía se hace patente en el siglo XX, porque configura “una concepción de la razón incapaz de atajar su deriva en fuente” de sin sentido y penuria, dolor y sufrimiento, violencia y muerte. Franz Rosenzweig en Hegel y el Estado (1920), se refiere a una concepción de la razón incapaz de contener la violencia en la historia. En su defecto, intuye cómo la razón se pone al servicio de la guerra y de unos hombres demoniacos, haciendo patente el trágico destino del hombre sobre la Tierra.

Fue a partir de la fractura de la razón y de los despropósitos humanos, donde percibe que se “vuelve imposible pensar que la aspiración última del hombre puede satisfacerse dentro de la historia”. Y, que la vida obtiene su fundamento en el gobierno de la temporalidad histórica. De ahí que recurra al concepto de Revelación, “tal como Rosenstock se lo ha definido en su correspondencia: un acontecimiento en virtud del cual existe en la naturaleza una “orientación”, un arriba y un abajo, un antes y un después”.

Esto constata la “fascinación que sentía hacía mucho tiempo por el momento 1800 y el asco que le inspiraba, por el contrario, la esterilidad intelectual de su propia época”. En cuanto a “un antes y un después”, su nombre es, precisamente, “1800”, que Rosenzweig lo encarna en dos personajes, “Hegel” y “Goethe”: Hegel, como “último filósofo, último cerebro pagano”; Goethe como último cristiano, tal como quiso Cristo y, por tanto, primer “hombre a secas”. Para Rosenzweig “1800” representó una especie de “milagro de la historia mundial”.

Este milagro alcanzó su máxima expresión hasta el célebre verano sin nubes de 1914, cuando la guerra convierte la existencia y la civilización occidental, en campos de sin sentido, de dolor y muerte. Y a partir de ahí, el Estado Moderno se transforma en una gran máquina de producción técnica e instrumentos de poder y dominio. Entonces, se pudo observar que, en el transcurso del siglo XX, la nueva estructura de la técnica no sólo afectó la naturaleza lingüística del hombre, sino también la estructura de la razón y los valores de la cultura y la civilización occidental.

La primacía del lenguaje técnico en su deriva se metamorfosea en Cultura de lo efímero, y los altos valores de la cultura de Occidente, se deterioran en nombre del entrelazamiento de la técnica y la nueva estructura de poder. Así que, no se trata sólo de una renovación técnica del lenguaje, sino de la utilización del lenguaje y el pensamiento al servicio del poder, del colectivo técnico y del mundo de ese colectivo.

Por tanto, “es un movimiento que hay que atisbar más que demostrar”; las falacias ópticas y auditivas del progreso, por ejemplo, se han convertido en una fuerza de índole cultual: “de exceso, aventura en las profundidades de la existencia y pasión mística en la barbarie y la muerte”. Por eso, hay que situarlas en el pálpito de la civilización contemporánea. En cualquier caso, al servicio de la “modificación” de la realidad y no de su “descripción”. La prescripción llega de repente como un rayo que cae de un cielo sereno; tú eres un rojo, un blanco, un negro, un ruso, un alemán, un coreano, un sudaca, un jesuita, un masón; eres, en cualquier caso, mucho peor que un perro.  Sobre ellos cae el poder Total, sin contemplación; el que teje y desteje el mundo del colectivo técnico, la nueva voluntad de poder y las esferas del dinero. Esta mutación en el orden de la existencia, ha llegado a concentraciones tan vigorosas, inmediatas y universalistas, que no tiene parangón en la historia de la humanidad.

En este orden causa estupor imaginar, que la nueva estructura de poder convierta la crueldad, el miedo, el sufrimiento, el dolor, la inseguridad y el desasosiego de la vida cotidiana, en elementos constitutivos de las nuevas formaciones de poder. Así que, la indiferencia ante el dolor y el miedo, el sufrimiento y la soledad, se convierten en una de las representaciones evidentes de las sociedades contemporáneas. Esto hace del hombre de hoy, un ser sumamente desgraciado. 

Sabemos que la razón técnica en esta alta civilización abstracta, trastocó el sentido y la magia de las lenguas naturales. Por eso, se convierte en “imperativo”, que la razón trascienda los límites donde está recluida, ya que los espejismos de la técnica son sólo materializaciones de la especulación de los despliegues del” Yo” en la historia. Sabemos también por el estado de cosas que han sucedido, que a la deriva de la razón y a la historia reciente de la civilización occidental, le pertenecen los escombros de la memoria y del recuerdo, tanto como el relampaguear de las reflexiones del pensamiento, que han de hacerse cargo de las preguntas de los humillados, excluidos y vencidos.

Por tanto, re-pensar el alcance de la razón técnica, es hacerlo bajo las exigencias de justicia universal, propias del mesianismo. Re-pensar, por ejemplo, que la frescura de lo elemental que una vez contenía el lenguaje y las categorías de la razón, no responden con la misma energía a los requerimientos humanos. Esto resulta sumamente preocupante para el hombre de hoy. Porque en algunas esferas del saber y de la vida parece que la memoria verbal, los medios y los modos de la comunicación humana, estén completamente batidos. La conversación, por ejemplo, que ahonda y enriquece las vivencias espirituales, brilla por su ausencia. Esta mutación en el orden de la existencia, configura una civilización donde las redes de la comunicación simultánea e inmediata, pautan los ritmos de la vida. Como consecuencia nunca en la historia de la humanidad, los hombres se han sentido tan solos y desprotegidos como ahora.

Por eso, en efecto, la estructura de la técnica y el poder en sí y para sí, no tienen otro legado que cortar las amarras con lo permanente, los mitos y los ritos, las tradiciones y las costumbres, la memoria étnica y verbal de la Cultura, para imponer su impronta en la actualidad. Desean que el individuo portador de experiencia o el hombre vivo, que se enfrenta a la realidad cognoscible y a la experiencia histórica, se diluya en las redes de la razón técnica y la nueva voluntad de poder. “Cada vez más la palabra está subordinada a la imagen. Sectores cada vez mayores de los hechos y las sensibilidades, especialmente en las ciencias exactas y las artes no representativas, están fuera de la expresión verbal y de la paráfrasis” –expresó George Steiner en “El castillo de Barba Azul”.

Esto constata que la preponderancia de la razón técnica en los asuntos humanos, hace mella el mundo del espíritu lingüístico. Eso no significa que la armoniosa lira de la cultura de la palabra, no se escuche en momentos excepcionales; en el instante que la lengua humana bebe de las fuentes de la divina o de lo elemental. De las canciones que velaron nuestros sueños y pesadillas; los ecos fragmentados de la lengua de nuestros mayores; la que posibilita las experiencias comunes compartidas; esa que revela los sueños colectivos de una memoria ancestral, y aún en los momentos más oscuros otorga sentido a la existencia.

                                 Madrid-España a 16/09/2023

miércoles, 13 de septiembre de 2023

EL ESPÍRITU DE LA ACTUALIDAD


 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

En la Gran ciudad, la clara y profunda llama de la vida que arde en los corazones parece que está nublada. Porque en su lugar priman los grisáceos y negruzcos nubarrones que preceden a las tempestades. En un ámbito como éste, en medio del sol más lúcido las cosas son lúgubres y frías, y la vida se torna rutina y siempre lo mismo. No podemos negar que la mayor parte de las veces, el dolor y el sufrimiento trascienden nuestras fuerzas. 

El habitante de la Gran ciudad le hace fintas y los esquiva, pero no prepara la vida para enfrentarlos como hace el torero con el toro. Esto tiene sus causas y una fundamental es la pérdida de la libertad. Hemos ido entregando poco a poco el fuerte donde mora la libertad. Que el “dragón de mil escamas”, el Estado, a cambio por seguridad.

Observamos, anonadados y sorprendidos, que la seguridad que la ciudad una vez nos brindó, se resquebraja. Porque se han despertado de su letargo sueño fuerzas míticas y atemporales, que creíamos con el desarrollo de la razón y los instrumentos técnicos que estaban dominadas. Y en forma de creencias atávicas, terrorismo islámico o ideológico, nacionalismos o populismos de izquierda o de derecha, se abren camino en las ciudades, los pueblos y los campos dejando tras de sí desolación y muerte. 

Esto permite percibir que estamos viviendo en esta alta civilización técnica, una disminución del sentido de la existencia individual. Y el optimismo, la confianza y la consciencia de poder que genera la técnica, se resquebraja cuando aparecen las fuerzas de lo elemental y atemporal. No sólo hacen evidente el resquebrajamiento de los anillos de seguridad que garantiza el Estado, sino también una visible falta de libertad. Y quedamos a merced de los espíritus fuertes y de voluntad recia, los hombres que permanecen firme en medio de las tempestades y las tragedias. 

Cobra validez en este estado de cosas, que “lo automático no se torna terrible hasta que no se revela como una de las modalidades de la fatalidad, como su estilo, tal como fue descrito de manera insuperable por Jerónimo Bosco”.

Asimismo, el arte se ocupa de manera especial de la nueva situación del ser humano; el objeto de éste va más allá de la mera descripción. En éste campo se están realizando tales ensayos que trascienden las valoraciones vigentes, los “órdenes” de valores establecidos. El arte contemporáneo nos sugiere participar de la inminencia o del “aura” de las imágenes; tal como lo percibe Benjamín y Borges en el “hecho estético”. 

Benjamín piensa las imágenes de la realidad como la inminencia de una Revelación. Y captarlas en un campo donde se entrecruzan sus sentidos de diversas maneras. Por eso, el arte contemporáneo nos Revela que actuamos en un mundo de imágenes entrelazadas y buscamos descifrar el enigma de lo actual. Posibilita reflexionar sobre el presente-actual, los lugares comunes y la tarea de destruir las fronteras de lo cotidiano,                                                        

Además, la pérdida de la libertad es una de las cuestiones que hoy se hallan detrás de todas las congojas del presente. El ser humano no sólo se está convirtiendo en cifra, también en un ser manipulado, vigilado, cercenado, atravesado y trascendido por fuerzas que no comprende ni domina. Asimismo, podemos decir que el hombre se “cosificó”, se “objetivó” dando paso a un ámbito donde sólo moran los titanes y las personas de espíritus fríos. 

Parece que fuéramos parte de un mundo del que se apoderó un pánico que dice mucho de la época que vivimos. Un terror a lo desconocido, lo diferente –al color de la piel, al ritmo de lenguas diversas, a las religiones, a la cultura diferente–, que acrecientan la angustia y la debilidad de la persona que sufre, tiene miedo y está desprotegida, vulnerable al ejercicio del poder.

También se observa, que la coacción tiene especial eficacia en los desplazados, los desempleados, los inmigrantes, las prostitutas, los homosexuales y, por supuesto, en las minorías étnico-lingüísticas. Esto nos devela que el miedo es el que domina y controla a esos hombres y mujeres; y se ubica en el pálpito de lo azarosa y violenta en que han convertido sus vidas. 

Se observa “que esos hombres y esas mujeres se precipitan en su miedo cual si fueran unos posesos y que subrayan con franqueza y sin rubor los síntomas de ese miedo”. 

Naturalmente, el pánico, el miedo, el odio, el sufrimiento y el dolor, se están convirtiendo en lo característico de la época que vivimos. Con relación al desarrollo de los instrumentos técnicos, “el pánico se hará más compacto todavía en aquellos sitios donde el automatismo aumenta y está aproximándose a formas perfectas, como ocurre en Norteamérica. En esos sitios es donde encuentra el pánico su mejor alimento; es difundido a través de redes que compiten en rapidez con el rayo”.

Pero existen personas que en medio del caos o la violencia que vivimos, se levantan por encima de las adversidades. Y se dan cuenta que “hay épocas de decadencia en las que se desvanece la forma de vida profunda que en cada uno de nosotros está dibujada de antemano. Cuando perdemos sus huellas, vacilamos y nos tambaleamos como a seres a quienes les falta el sentido del equilibrio. Entonces, pasamos de las oscuras alegrías a los oscuros dolores. Y la consciencia de una infinita perdida hace que el pasado y el porvenir se nos aparezcan llenos de atractivos, y mientras el instante huye para no volver más, nos balanceamos en épocas remotas o en fantásticas utopías”. 

Esa capacidad de percibir la forma de vida profunda en medio del caos y los instantes únicos de la vida cotidiana, los Dioses y las Musas la donan sólo a sus elegidos. Son los que perciben el sentido de las cosas y de la existencia en general. Entonces, su ofrenda se traduce en obra de arte, música, teatro, literatura, teología, poesía o filosofía. Gracias a ellos, la vida es agraciada con una nueva y desconocida luz. Y nos damos cuenta que la existencia que vivimos con un espíritu lleno de prejuicios o anclados en el tópico y el lugar común, se libera de las ataduras. Entonces, se torna piedra preciosa que brilla en medio del camino y a la que todo el mundo toma como un trozo de vidrio. Y se trata de una piedra preciosa, que tenemos que pulirla correctamente.

Por estar inmersos en los ritmos de la vida cotidiana, no nos damos cuenta que las personas son inestimables tesoros que están siempre a nuestro lado, a lo largo del viaje de nuestra existencia. Cada una de ellas forma parte de la aristocracia natural de este mundo –como la solía llamar el hermano Othón, uno de los personajes de la novela Sobre los acantilados de mármol de Ernst Jünger, - y que cada una de ellas, no obstante, puede hacernos un gran bien. Concebía a los hombres como depositarios de algo maravilloso y a todos les dispensaba un trato principesco. 

Todas las personas que se acercaban a él se abrían como plantas que despertaran de un sueño invernal, y no porque se hicieran mejores de lo que eran, sino porque se acercaban más a sí mismas. En los ritmos de la vida cotidiana no nos damos cuenta, que la existencia es algo sencillo, profundo o sublime, porque cada instante nos abre la comunicación consigo mismo, las Musas o, los Dioses.

En este orden de la existencia, la vida no puede ser arrojada en manos del primer postor. Como dice Ludwig Wittgenstein: “Aunque una doctrina afirme: la vida con todos sus placeres y dolores no es nada. La vida no está ahí para eso.  Tiene que ser algo mucho más absoluto. Tiene que tender a lo absoluto. Y lo único absoluto es defender victoriosamente la vida luchando como un bravo soldado por ella hasta la muerte. Todo lo demás es vacilación, cobardía, comodidad, miseria”. 

Por ello debemos vivir de tal modo que podamos morir bien. Y sólo lo alcanza quien logra conocerse a sí mismo, confesarse a sí mismo, lo que “es”. También sabemos que “conocerse a sí mismo es terrible porque a la vez se conoce la exigencia vital, y que uno no la satisface. Pero no hay un medio mejor de conocerse a sí mismo que mirar al perfecto. El perfecto tiene que desatar una tempestad de indignación en los seres humanos; si no quieren humillarse completamente. Creo que las palabras: “Bienaventurado quien no se escandaliza de mí” quieren decir: “Bienaventurado quien sostiene la mirada del perfecto”.

La tarea de la filosofía, en este estado de cosas, es tranquilizar el espíritu con respecto a preguntas carentes de significado. Quién no es propenso a tales preguntas no necesita la filosofía. Y esto no es una opinión cualquiera, tampoco una convicción, sino una actitud frente a las cosas y la vida en particular.

Con la rapidez y lo fugaz con que se presentan los fenómenos, no nos detenemos a pensar que el mundo todo, las plantas, los animales, los insectos, las olas del mar, el lamento de la lengua del río, las cosas y las hechuras humanas, nos hablan. Pero para entender el sentido de las cosas y el lenguaje que comunican, es preciso poseer un espíritu lúcido. Distinguir que detrás del relampaguear de los fenómenos, la fugacidad de las imágenes y el estuche de las apariencias, se oculta algo eterno. Eso que posibilita que en medio del dolor y la miseria humana, renazca la vida en el amor. 

Se trata de rasgar el velo que cubre el misterio del mundo materialista y hedonista del que somos parte y, así poder vivificar el espíritu.  Y que arda su llama con más intensidad en el corazón de los hombres. De esto depende que nuestros pensamientos y nuestras acciones tomen un curso nuevo. Entonces, la mirada ha de cambiar, mirar las cosas de la vida cotidiana con serenidad, absoluta serenidad; y el mundo se revelará en fragmentos de eternidad.

En estados como esos, la Gramática de la vida y la Gramática de la lengua, se entrelazan en un nuevo y resplandor brillo, que nos permiten ver el sentido de las cosas con los ojos de la jovialidad. De ahí que, “la palabra es, a la vez, como una reina y una bruja”. Ella posee el don de dignificar o destruir la existencia. Con el cetro de la palabra en la mano se pueden destruir reinos y demoler los cimientos de las culturas; por eso, los dioses la donan sólo a sus elegidos. El mundo cultual, el estético, la filosofía, lo saben desde tiempos inmemoriales; que existen seres humanos dotados para desvelar la magia de las cosas animadas e inanimadas. El duro hierro de los días en este orden de la existencia, es, más soportable y llevadero. Aquí el dolor y el miedo, la angustia y la fragilidad del ser humano, pierden la agresividad que los caracteriza.

Ahora bien, ¿qué está en juego en el mundo actual? Comprender que detrás de las apariencias, la fugacidad de los fenómenos, se oculta un profundo orden que gobierna a la naturaleza y a la vida. Por eso, el ser humano siente la necesidad de imitar con su débil espíritu el milagro de la Creación. Y para éste acto único y sublime el ser humano se vale de la imaginación, el lenguaje y las reflexiones del pensamiento. 

Se trata de tener la convicción que el orden y la ley están detrás de lo que nosotros llamamos desorden y azar. Por eso, el umbral de la filosofía y el cultual lo constatan: “cuanto más ascendemos, más nos acercamos al misterio que el polvo oculta”. Sólo cuando escapamos de las fuerzas del temor, del odio, del dolor, que nos acongojan y desorientan, se desvela que detrás de las esferas del cálculo y la fuerza del poder, está la estructura fundamental, el Absoluto. Y así, su resplandor ahuyenta los engañosos fantasmas que tratan de apoderarse de nuestras vidas. 

Esto permite que permanezcamos serenos y confiados en nosotros mismos, aun cuando las potencias destructivas se expandan por nuestras tierras y el miedo enrarezca el aire y sea malo de raíz.  Se trata “que nos pongamos a la altura de esta imagen terrible. Sobre esa cumbre todo se confundirá y se igualará”, entonces “la verdad brotará de la aparente injusticia”.

En un mundo donde el misterio de la vida o de la muerte, se profanan en nombre de la Cultura de lo efímero o, de la Cultura del Espectáculo se convierte en terreno apropiado para las nuevas utopías de lo inmediato. Y resulta fascinante para las vidas nuestras, en cuanto son insignificantes y están destinadas al olvido. Un tiempo donde el “presente sólo se proyecte a través de la música, las matemáticas, la poesía y el pensamiento de un número reducido de personas”, resulta preocupante. En su conducto, el despilfarro de la energía vital, es consecuente con la primacía de las nuevas utopías de lo inmediato

Somos habitantes de ámbitos donde los universales históricos cambian para dar paso al consumo, la técnica, las redes digitales, la imagen pictórica en movimiento, la estadística. Esta transformación en el orden de la existencia, se aleja cada vez más de la consciencia del estado transitorio e inestable del tiempo, la identidad personal, la coherencia del “Yo” concreto, la distinción entre “Yo” y “Tú” por la que el animal hablante entró en la historia. 

Existe la sensación que nos compelen a liberarnos de la consciencia histórica, la memoria verbal, las reflexiones del pensamiento, como si se tratara de un gran peso. Porque en el ámbito de la Cultura de lo efímero, las relaciones de sentido se sustituyen a marcha forzada por relaciones artificiales. La “retirada de la palabra” de la que nos habló Steiner, tiene su correspondencia en los códigos no verbales como las matemáticas y los signos, que controlan y definen gran parte de la realidad. “Hoy en día –dice Steiner– es cada vez más difícil “ser uno mismo”, encontrar un espacio diferenciado para el idioma, el estilo y la sensibilidad”. Porque todo en el orden de la existencia se ha vuelto estadístico, automatizado y objetivado. Entonces la Vida en lo más profundo de la existencia vive un hondo malestar y un quebrantamiento fundamental.

En esta alta civilización técnica y de masas se trata que la estructura de la gramática del habla, conserve la frescura que es debida. Porque con la rapidez con que se imponen los instrumentos técnicos, se está produciendo una drástica disminución y estandarización del vocabulario y la sintaxis, acompañados por un increíble aumento de las jergas, los estereotipos, las muletillas y los clichés. Semejante reducción de la gramática (de las particularidades y posibilidades estructurales de la frase) está en la base de la retórica publicitaria y del periodismo. 

Cuan grato resulta observar que en algunos círculos el lenguaje conserva la frescura que le es propia. Es grato también percibir, que el hombre a quien el miedo arrastra con sus espejismos seductores se levanta de los escombros de lo actual, como el Ave de Minerva al anochecer. Es sumamente grato, que los seres humanos establezcan conversaciones a la usanza de nuestros antepasados. En un acto tan sublime, pero humano, el lenguaje se convierte en el instrumento adecuado para dignificar la vida y la memoria histórica de los pueblos. Sí se tiraniza el lenguaje se violenta el sentido de las cosas y la existencia. Entonces la vida pierde su “dymon” –su personalidad, su divinidad.

Parece que, en este mundo de alta civilización técnica, hubiésemos caído en el hoyo profundo y oscuro de la insolencia de la fuerza –la económica, la política, la del desarrollo de los procesos, la militar, la terrorista, la de los ritmos de lo cotidiano, etc. Y, nos entregáramos a la excitación nerviosa que nos hace soñar con las cosas del poder y la fuerza, con las formas que van tomando en el tiempo dispuestas tanto al desastre como al triunfo, al combate de la vida. Y, nos olvidamos que detrás de las apariencias de las cosas animadas e inanimadas permanecen las huestes celestiales. 

Así pues, las fuerzas del mal, el terror o el miedo, se difuminan en presencia de hombres de espíritus libres. Por eso, el ser humano no debe perder el dominio de sí, ya que el miedo se apodera de él y le domina, zarandeándole en molinos como un ciego. Y la fuerza que se necesita para dominar el miedo y el dolor, sólo, absolutamente sólo, proviene de las fuentes del espíritu. De ahí que la serenidad ante el dolor y el pánico, cuya sombra siempre se cierne sobre la persona desprotegida y sola, tiene su contra partida en los espíritus libres y fuertes. 

Deseo resaltar que la técnica como instrumento de ejercicio de la voluntad de poder, ha ido reemplazando poco a poco las esferas del espíritu, los contenidos de las experiencias compartidas y el sentido de las lenguas naturales. Esta mutación toma forma y se materializa en provecho del Titán y las fraguas de Vulcano, de una parte; de otra, la arena de la historia y de la vida configuran un “tipo” determinado de hombre, como consecuencia de la universalización de la ciencia, del nihilismo y los instrumentos técnicos. 

Como contrapartida Jünger piensa que sí se dota a la técnica de su sentido de aletheia, de Revelación, se restaura la esencia del Ser y de la existencia. Ese lugar donde reposan las fuerzas míticas de la ciencia y la técnica que se entrelazan con la niñez. Por tanto, conectarnos con las fuentes de lo elemental y lo mítico de la ciencia y la técnica, significa, que el “ojo vea las cosas como debieron estar cuando su nacimiento, en su origen, llenas de novedad y de misterio”. También revelar que detrás de la esencia de la técnica se esconde la voluntad de poder, el saber y la libertad.

Benjamín, Jünger y Nietzsche, tratan de destruir a martillazos los viejos valores, los conceptos generales, el valor neutral que la sociedad moderna da a la técnica. Piensan que la técnica y la ciencia están ligadas a unas relaciones imperceptibles de saber y poder, de prácticas y usos, que estructuran el funcionamiento de un “tipo” de sociedad: “la felicidad de los medio ocre”. 

De ahí el mundo moderno haya entregado poco a poco la libertad, el querer de la voluntad, el pensamiento, los contenidos del lenguaje natural, a cambio de “unas pocas monedas de lo actual”. En esta época percibimos que se “aclimatan las asperezas para vivir en el domesticamiento, el sopor y la molicie”.

Desde esta perspectiva Jünger cree que la técnica, es un medio para concentrar la enseñanza que el dolor y el miedo marcan en la voluntad. Ha de ser un valor “horizontal”, y su telos hacerse “épico”. Esta visión de la técnica se antepone a la del sistema de producción global, que la concibe desde el umbral económico y utilitarista; vista como un medio para dominar al hombre o, a la naturaleza. También como instrumento de la producción del rendimiento y al ser humano como existencia en reserva. 

Jünger nos recuerda que el ser humano se ha colocado fuera de la obra, se ha salido de ella; ésta se ha vuelto autónoma, y ahora aquél deviene cada vez más sustituible y prescindible. A medida que va desapareciendo la originalidad del ser humano desaparece también su imprescindibilidad; con ello desaparece asimismo el respeto a él. 

Jünger cree en la necesidad de remontar el nihilismo, ya que los viejos valores están colapsados, y los nuevos no responden a las esperanzas y necesidades humanas. Una tarea que se opone a toda metafísica, y a las elucubraciones teóricas sin peso real. Se trata, entonces, del hombre de carne y hueso, su destino sobre la Tierra.

Es loable la reflexión de Jünger y Benjamín en cuanto se oponen a la maleabilidad del valor técnico, como fuerza despersonalizada. Piensan que allí brota el germen de la mediocridad y del servilismo. En consecuencia, la técnica se “asocia a un poder funcional enorme”, que llega a convertirse en “fuente de penurias, de sin sentido y de nihilismo planetario”. En un tipo de sociedad como ésta se prioriza el cálculo, la cifra, la estadística de la sociedad, sobre los valores del espíritu y de la cultura. La conservación de la naturaleza, los ecosistemas, y el “aura” de la vida en general se convierten en valor de cambio. 

Walter Benjamín tiene razón cuando afirma que en la técnica y la ciencia todo lo que sobrepase suplir las necesidades humanas, el resto se empleará inexorablemente para la propaganda de la guerra. De ahí se deduce que el desarrollo de los procesos y de la técnica están ligados a la industria armamentística. Esto confirma cuan poderosos son los “perros de la guerra” cuando se sueltan. Con la ciega voluntad de poder, las pérdidas humanas adquieren una terrible dimensión.

En este orden de ideas, el valor técnico en sí “cargado de sentido”, en una dirección antagónica a la naturaleza humana, levanta un malestar esencial sobre el Progreso y la Ilustración. El hombre moderno decadente y engreído al negar la dimensión de lo sagrado, convierte a la técnica en un arma propiamente infernal. La cultura de la técnica, en su defecto, deja tras de sí un montón de escombros: hambre, guerra, violencia, discriminación, dolor, sufrimiento, miedo, pánico, desolación, enfermedad, pandemias, y un grupo de poderosos que la ponen al servicio de los “cuadros de mando”. 

Así que, los poderosos del mundo hacen un desierto y lo llaman paz. Además, la ciudad, la Gran ciudad contemporánea se convierte en un frente de batalla. Se libran allí los combates más atroces cada instante, cada hora, cada día, entre el ser humano y los poderes impersonales que desean apropiarse de la vida de los hombres.

Esta trastocación desde un punto de vista filosófico, se orienta hacia una nueva determinación del valor. Que está ligado a la “metafísica de la voluntad de poder”; que se sitúa más allá del bien y del mal. En este orden la técnica y la ciencia son indiferentes a la moral, la ética o al ethos (al carácter, la forma de vida), de la sociedad. Son ellos los que imponen el valor moral, los principios y los usos que determinan a la sociedad. Por eso, el desenvolvimiento de la técnica en la sociedad moderna produce no sólo un desvelamiento del espíritu de la técnica, sino también un cierto constreñimiento. La técnica limita el libre desenvolvimiento de la personalidad. 

¿De qué se trata en un "tipo" de análisis como éste? ¿Dónde se ponen al descubierto la pluralidad de variables que tejen y destejen el sentido oculto de la técnica y las diversas relaciones de fuerza? Que detrás de los espejismos, las fantasmagorías del bienestar social y el desarrollo, la técnica obedece a su propia lógica interna. Y en el caso que nos ocupa percibir sus repercusiones en la vida psíquica, biológica y espiritual del ser humano; y su incidencia en el Estado, la política, los organismos internacionales, las comunidades, las sociedades, la naturaleza, los hombres y sus obras. Develar que el fin implícito que porta no es otro que el dominio de los seres humanos.

Desde un punto de vista mítico se narra que, en el origen de las civilizaciones hubo una lucha entre los dioses y los titanes. Durante milenios los dioses mantuvieron a raya a los titanes. Sin embargo, nos acercamos al crepúsculo de los dioses y al regreso de los titanes. Ellos imponen el mundo abyecto, frío e indiferente de lo elemental. Así que, “lo elemental retorna como consecuencia del predominio de unos instrumentos técnicos de extremado poder”. Se trata de un clima adverso a la naturaleza humana. Pero darle el valor que le corresponde, en medio de la atmósfera destructiva, de sin sentido que vivimos, le corresponde al hombre de carne y hueso. Que el ser humano sea “capaz de afrontar activamente las destrucciones”. 

Entonces, ¿qué le interesa realmente al hombre del colectivo técnico y al mundo de ese colectivo? No es la búsqueda de los fragmentos de felicidad, los instantes de solidaridad ni el amor ni el respeto a la dignidad humana, sino las riquezas, el poder, el consumo, la producción, el status, el bienestar social, el lujo y la rentabilidad que reportan los instrumentos técnicos. 

Jünger dice: 

“Lo importante no es que vivamos, sino la posibilidad de llevar en la tierra una vida de gran estilo según elevados criterios”.

Ahora bien, “la verdadera razón de ser de la técnica no es “acelerar el progreso”, sino intensificar su poder; la técnica constituye “el más poderoso y el menos contestable de la revolución total”. Entre más intensifique su poder, la técnica abarca espacios nuevos en la economía de la existencia, el mundo y la realidad. Pero el órgano que más mal parado sale, es el lenguaje. Son tan poderosos los instrumentos técnicos, que poco a poco sustituyen el sentido del lenguaje natural, por el contenido del lenguaje del artificio. Esta trastocación diluye la esencia de la gramática. 

            Dijo Wittgenstein: 

                         “La esencia es la gramática”.

Para Ernst y George Jünger, la idea de progreso es una quimera y sería un error creer que la técnica se desarrolla indefinidamente. Piensan que la técnica ha de alcanzar un punto de perfección que es la expresión máxima de sus posibilidades, esto anuncia la aparición de una ciencia simplificada. 

Ernst en Eumeswil señala: “¿Es “técnica” la palabra adecuada? Mejor sería hablar de “metatécnica”. Pero no entendida como un perfeccionamiento de los medios, sino como una transformación en una cualidad diferente”. No hay evolución que pueda extraer de la existencia más de lo que encierra. La economía de la existencia no puede dar más de las potencias que contiene.

Ernest Jünger no cree en el mito del progreso indefinido, tampoco que la técnica es “neutra”. Es decir, liberadora u opresora. De ahí que exalta su carácter mediador, revelador, porque quien recurre a la técnica no puede terminar siendo su esclavo, sino que ella debe contribuir a su nueva forma de vida, a la “adecuación” del nuevo estilo de vida que impone la técnica. Ella ha de contribuir a encontrar los medios y los modos de expresión y acción específicos. 

Así que, mirar la técnica desde esta perspectiva, significa pensarla “positivamente”. Ese proceso instaura una nueva concepción de la existencia y de la realidad. Por eso, el predomino de la técnica en el mundo actual no hay que tomarlo como algo aparente y fugaz en el sentido de la vida, ya que tocan los filamentos más profundos y finos de la existencia humana.

Ahora bien, ¿puede la técnica en esta alta civilización abstracta convertirse en instrumento de liberación? ¿un medio para restaurar la unidad del “¿Yo” pérdida o, la coherencia de la personalidad? ¿se constituye la técnica en el instrumento adecuado para alcanzar la dignidad de persona? ¿responde la técnica en esta alta civilización de lenguajes artificiales a la Gramática de la vida, o a las Gramáticas de la creación? Creo que para que se cumplan estas exigencias de alto estilo, la técnica ha de cambiar la “esencia” y la “función” que la constituye. Porque en los últimos espacios de tiempo cumplió una función abyecta, distante, opresora, cuando la cultura se conjugó con la barbarie. 

Se trata entonces de desvelar la ligazón entre la técnica y la nueva naturaleza del poder, y percibir las perdidas en la civilización moderna. Cuando esto suceda lo elemental recobrará su rostro natural, libre, lleno de novedad y de misterio, y como fuentes de aguas cristalinas bañaran las inmundicias de los seres humanos.

Jünger compara la técnica a un lenguaje que todos pueden hablar -dice Marcel Decombis-, pero cuyos intérpretes serán sólo quienes lo hayan aprehendido maternalmente. El hombre nuevo que nace como constructo de la técnica, necesita ipso facto un nuevo “decir”. Ese lenguaje es el “logos” del artificio. La lengua de las matemáticas, el signo, el símbolo, se adecuan a un Atlas lingüístico léxico-gráfico que responde sólo a la imagen y a los lenguajes digitales. 

En un tipo de análisis como éste se trata de desvelar lo que oculta la ligazón entre el confort técnico y la nueva voluntad de poder. De hecho, esto confirma que la técnica no es “neutra”, sino que está al servicio de quienes conocen sus requerimientos y manejan los “centros de poder”. En otras palabras, los valores técnicos que portan en sí un extremado poder, no sólo no responden a las necesidades y esperanzas humanas, sino que están al servicio de los poderosos, del Gran Poder; y, son instrumentos de dominio y control.

No podemos olvidar que la técnica es capaz de segregar un “tipo” humano que la “domina” y le da la “función” que le corresponde. “Segrega una inteligencia precisa, de buena calidad. Existe en todos los asuntos de la práctica un cierto número de seres humanos que forman la pequeña y bien diseñada ruedecita que da impulso y trabajo a la obra”. En esta época de alto desarrollo técnico y científico, existen personas adecuadas para que cumplan la función que les corresponde –abarcan el ámbito que va desde el confort técnico, la lengua de la Gran ciudad, la voluntad de poder hasta el mundo dineral–. 

El técnico, el poderoso y las redes del capital internacional, saben que “acceder al nivel de impersonalidad activa” significa acceder a los “cuadros de mando”. Por eso, el desarrollo de los procesos y el confort técnico están cargados de misterio y oscuridad. Esto se percibe en la industria armamentística, la automovilística o, en las empresas farmacéuticas, por ejemplo.

Sí la civilización de la Gran ciudad habla el lenguaje de la técnica y del progreso; y el espíritu sólo puede retirarse a un rincón...como si esperara una nueva encarnación (en una nueva cultura), como dijo Wittgenstein; la civilización que vivimos es la del hombre tecnificado. Configúrese en la historia como campesino, obrero, jornalero, talabartero, tecnócrata, político, hombre de las finanzas, militar, empresario, sacerdote o pastor evangélico. De ahí que su mecanismo tenga su “lógica” interna, que responde “a un orden bien definido, uniforme y necesario”. 

Preguntamos, ¿estamos los seres humanos capacitados para realizar nuestra voluntad a través de ellos y no dejarnos arrastrar por el sufrimiento, el dolor o el miedo que nos reportan? En todo caso se trata que las sociedades de masas –ni pedagógica ni culturalmente estén preparadas para hacerle frente a las “elites tecnológicas” ni a los poderosos que ejercen el Gran Poder: político, económico y cultural.

La técnica impone un estilo de vida, un estilo planetario; el mundo global conectado en Red habla la lengua de la técnica y la ciencia. Se impone una imagen de la realidad, unos medios y unos modos de lenguaje. En el mundo global que habitamos, por ejemplo, el gasto, la plusvalía o el interés comercial, están determinados por los instrumentos técnicos. La economía en su aprehensión histórica o sociológica responde a la dinámica de la técnica. 

Así, la lengua de la técnica comunica contenidos “abstractos” que conciernen a los de las relaciones artificiales. Ahora bien, ¿quién reina realmente en el mundo actual? ¿quién impone las reglas de juego a los sujetos internacionales? Por supuesto, el que posee la economía (capitalismo financiero internacional, el valor de los bienes en bolsa, las compañías o empresas transnacionales, etc.); y el desarrollo de los procesos –la dynamis de las ciencias y la técnica. 

De ellos depende en gran parte la vida de millones y decenas de millones de seres humanos. La producción, recolección y venta del 75 % de los productos agrícolas mundiales, por ejemplo, lo dominan tres empresas transnacionales; lo mismo sucede con las empresas farmacéuticas o de comunicación global, etc. 

Se trata que la macro estructura funcional, tenga un “cuadro de mando” –diluido, imperceptible y eficaz en las relaciones de fuerza–, que determinan la vida sobre la Tierra. Pero, lo más sorprendente es que cada punto y cada cuerda de la “Red del cuadro de mando” que se pone en movimiento, repercute en la Red total. Por paradójico que parezca la nueva voluntad de poder y el confort técnico responden sólo a los requerimientos de los “cuadros de mando”.

Deseo resaltar que en el mundo que habitamos la ciencia y la técnica tratan de suprimir toda “cualidad”; toda búsqueda de la excelencia humana. A la ligazón entre los instrumentos técnicos y la voluntad de poder no le interesa la “cualidad”, sino la eficacia y la eficiencia. Sabemos que la “cualidad” tiene que ver con el mundo subjetivo, el lenguaje, la sensibilidad y los movimientos del pensamiento. Este “tipo” de hombre se abre suelto y ligero de equipaje ante nuestros ojos y, desprovisto de envidia y lujuria va al encuentro de las creaciones y de los contenidos del espíritu. Son los que se enfrentan con ese “tipo” de ralea, mezquina de corazón y corta de razón; con ese “tipo” de hombre que mancilla la luz del espíritu con la sangre y el dolor del inocente. 

Este “tipo” de hombre se levanta como el Cóndor de pico de estrella y alas de fuego, sobre los negros nubarrones cargados de lluvia y fuego de la sinrazón y la maldad; y cómo valientes guerreros trazan en el combate las fronteras de la libertad. De ahí que luchan tenazmente contra esa ralea, que trata de convertir las tierras habitadas en campos de sin sentidos y legiones de demonios; luchan por restaurar la dignidad humana con el “cetro” de la palabra en la mano y el pensamiento. ¿Para qué? Para que su poder se extienda como los prados en flor y su aroma embriague los corazones, y se instaure un reino mucho más hermoso que todos los imperios conquistados a punta de espada y de armas de fuego.

Entonces, ¿de qué adolece la época actual? Que, frente al desafío de los instrumentos técnicos, la imagen gráfica en movimiento y los lenguajes digitales, tenemos que situarnos del lado de los hombres y lo que representa la vida para el ser humano. Porque el hombre de carne y hueso con sus sueños y pesadillas, esperanzas y quebrantos, es el único que puede hacerle frente al mundo de los titanes y del colectivo técnico. 

Se trata de reorientar el valor de los lenguajes digitales y la imagen en movimiento en beneficio del ser humano. Que el hombre no se convierta en esclavo, siervo de la técnica y sus espejismos, sino que se restaure desde las esferas del espíritu, el verdadero sentido de humanidad. Jünger exalta el tiempo del rebelde donde propone a los hombres no aliarse con los titanes, sino apelar a ellos en beneficio de los hombres, como una vía para el advenimiento de los dioses, únicos capaces de encadenar nuevamente a los titanes.

La labor de los poetas se torna indispensable en una civilización que habla el lenguaje de las máquinas y de la imagen. Ya que el fin que se proponen desde los “cuadros de mando”, es convertir al ser humano en objeto y uniformizar su energía vital. En los hallazgos del poeta hay “manantiales de agua y vida y la tierra se torna humanamente habitable”. En un mundo árido del espíritu de la palabra y de la imaginación creadora de “forma”, la poesía otorga fuerza a las acciones humanas. Y, así “el mundo de la técnica podrá revitalizarse, si accede al reino de las Musas; la enorme superioridad de este reino del arte y de la veneración podrá proporcionar al mundo de la Técnica el milagro del Ser, y entonces que sorpresas nos estén deparadas”. 

Sí el hombre se desliga de su obra –nos recuerda Jünger– que se ha convertido en autómata, y de la que cada vez es más difícil poder desasirse y suplirla; no queda más remedio que recurrir al reino de la poesía, del arte, la teología, música o, la filosofía, para restaurar la unidad del “Yo” perdida y la “magia” de la materia animada e inanimada. Restaurar, por así decir, el universo del habla, la memoria verbal y el pensamiento.

Si la “fatalidad azarosa”, ciega, de la técnica y la voluntad de poder que gobiernan la vida y las potencias de la muerte primarán sobre lo fundamental, el hombre se convertiría en apéndice de la técnica. Sí la fortaleza cae su caída será más devastadora que la que se produjo en la Segunda Guerra Mundial, cuando la poesía, el arte, la música, la filosofía y los altos ideales de la cultura occidental, se hermanaron con la barbarie. Y la muerte en sacrificio de seis millones de judíos y otras minorías étnicas, permanecen en la memoria de la Humanidad.  

No olvidemos que el pensamiento técnico, analítico y racionalista, no sólo es un pensamiento reduccionista, sino también que está cargado de maldad.

En una época como la nuestra es grato recordar, que “la palabra es, a la vez, como una reina y como una bruja”. Nos sirve como antorcha para bajar a las profundidades más atroces donde reina la tiranía, el dolor o la muerte, o nos levanta del polvo de la tierra y nos ayuda alcanzar las alturas, los reinos donde moran los Dioses y las Musas

El hombre siente en lo más profundo del corazón y del alma, la necesidad apremiante de “imitar con su débil espíritu el milagro de la creación”.

                                           Madrid-España a 12/09/2023