viernes, 1 de noviembre de 2024

 

                                           Martín Heidegger            

EL SER Y EL DASEIN EN “LA PREGUNTA POR LA TÉCNICA”.

                                                                    Madrid-España a 30/10/2024

 

Palabras clave: Ser, Dasein, temporalidad, muerte, Época Moderna, técnica, Ge-stell, ente, existencia.

 

<<La técnica no es lo mismo que la esencia de la técnica […] De este modo, la esencia de la técnica tampoco es en manera alguna nada técnico>>.

                                                                                          Martin Heidegger

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

Martín Heidegger en “La Pregunta por la técnica”, desde una perspectiva metafísica piensa la relación de la técnica con el ser y con el hombre. Sigue un sendero que lo lleva desde el Dasein hasta el lenguaje y la poesía, para llegar al concepto de técnica. Después de “Ser y Tiempo”, explora otros caminos para dar lugar al análisis de la técnica y la búsqueda del ser. El propósito de Heidegger es desvelar el ser y de ahí indagar tal propósito. Quiere aclarar la identificación que la historia de la filosofía ha hecho entre ser y ente, porque ha creado una confusión terminológica entre lo óntico, lo ontológico y lo metafísico. Dice que lo óntico es el estudio del ente, lo ontológico es el estudio del ser en cuanto ser del ente, y lo metafísico, el estudio del ser en cuanto tal.

Para Heidegger, el único ente que se pregunta por el ser es: el existente humano o Dasein –ser-ahí-. La relación de éste con el mundo y los demás existentes –cosas-objetos-, también se pregunta por su relación consigo mismo y su mundo interior. Así pues, el análisis existencial del Dasein, conduce a Heidegger a pensar la relación existente entre la técnica y la metafísica del ser. Pero, la reflexión de Heidegger abandona el camino del Dasein en su búsqueda del ser, así el Dasein queda mediado por el existente humano, dadas las condiciones existenciales en la que se encuentra.  

Considera que el Dasein es un ser arrojado al mundo, un ser-en-el-mundo. Un mundo que lo enfrenta a otros Dasein y a sí mismo, a sus limitaciones, contradicciones y su inacabalidad, esto es, a su perfectibilidad. Ahora, el Dasein, el ser arrojado en el mundo, un ser-en-el mundo, se enfrenta al hecho de la muerte. El ser arrojado en el mundo, es, así mismo, un ser para la muerte. De ahí que la temporalidad cobre importancia para el Dasein. Así, el ser en el mundo tiene como telos la muerte, su aceptación o no, define la existencia autentica o existencia inauténtica.

Quien no acepta la muerte niega su temporalidad y su historicidad; la inautenticidad se refiere también a la relación del Dasein con el mundo y los otros entes, a la alienación, la cosificación y despersonalización de la existencia. Sí el Dasein, el ser en el mundo se cierra a la autenticidad de la existencia, coarta sus posibilidades individuales. Ahora, la existencia autentica tiene que ver cómo el Dasein se observa a sí mismo y cómo ser-en-el-mundo, se constituye en su devenir como posibilidad de poder ser, en un estado abierto al mundo. En la que esa apertura del Dasein, le provoca la sensación de angustia y hace patente la nada, la situación de vacío en la que se encuentra.

Por tanto, sí el Dasein es un proyecto inacabado y un ser para la muerte, su aceptación conduce al individuo a la existencia auténtica. Heidegger define a la muerte como la posibilidad de toda imposibilidad. La muerte se convierte en bisagra para alcanzar la trascendencia, ir allende del tiempo, aunque esa posibilidad la trunque la propia muerte. Así que, en el trascender el Dasein organiza el mundo ejerciendo su libertad, y sirve como fundamento de relación hombre-mundo, hombre-hombre y, a la vez, adquiere sentido como existencia autentica. Heidegger pasa de su actitud fenomenológica de las esencias fijas que contienen las cosas, a la del Dasein, cambiante, determinada por la temporalidad, sus limitaciones e historicidad.

Además, Heidegger abandona la vía existencial fenomenológica para darle importancia al Dasein, porque cree que no es el camino adecuado para la aletheia, el desvelamiento del ser. Esta inflexión del pensamiento de Heidegger, da paso a otra visión sobre el ser y la aletheia. A partir de aquí, explora nuevas vías que posibiliten acercarse a la comprensión del ser. Y, entre estas destaca a la técnica y a todo lo que le concierne como tal. También explora el camino del arte e indaga sobre el lenguaje y sus estructuras; y se centra en el lenguaje poético de Rilke y Hölderlin, donde encuentra huellas de la presencia del ser.

Como dice Jürgen Hebermas en “El discurso filosófico de la modernidad”:

“Heidegger toma de sus modelos románticos, sobre todo de Hölderlin, la figura de pensamiento del dios ausente, para poder entender el final de la metafísica como “consumación” y con ello como infalible señal de un nuevo comienzo […] La consumación de la época […] se convierte en Heidegger en espera apocalíptica de la aparición catastrófica de lo nuevo”.

Al abandonar la indagación de la filosofía analítica y la vía del Dasein existencial, se pone a la escucha del ser. Pero para llevarlo a cabo ha de desandar los caminos andados de la historia de la filosofía occidental; en particular, del presocrático Parménides y el pensar de Sócrates y Platón. De esta manera, reflexiona sobre la ocultación del ser, que considera al ente un ser más. Heidegger se lanza a la búsqueda de las huellas que han dejado en el camino de la historia del pensar occidental, la ocultación del ser. Por tanto, el juego dialectico entre ocultación y des ocultación, lleva en sí mismo la des ocultación. Así que el estudio de Parménides, Platón y Nietzsche, le proporcionan las herramientas adecuadas del camino a recorrer para la develación del ser.

De Platón observa desvirtuar el sentido del ser, del mundo y la realidad, mientras los presocráticos, en particular, Parménides concatena ser y verdad a través de la aletheia, del desvelamiento de la verdad, entendida como presencia. Con Platón en la historia del pensamiento occidental empieza la ocultación del ser, reemplaza el ser por el ente. Por tanto, la verdad del ser se convierte en verdad del ente, así que, la experiencia del mundo y de la realidad, se sustituye por la “forma” o la “idea”. Así que, la lógica y la metafísica de Platón ocultan la verdad del ser. Se lleva a cabo una transmutación del mundo y la realidad por el ente, ya que éste se reduce a las “ideas” o las “formas”.

Heidegger tiene presente también para su reflexión la interpretación que hace Nietzsche de los presocráticos y de Sócrates-Platón y de la historia de la filosofía occidental. Tanto Nietzsche y Heidegger sienten malestar con la historia occidental, del concepto de razón, de ser, de verdad, del hombre y los caminos que éste ha utilizado para dar cuenta del mundo y la realidad. Por eso hacen un punto de inflexión para dar cuenta del ser, la verdad, el mundo, la realidad, el hombre y todo lo que a él le concierne. De ahí que coincidan en la importancia del lenguaje para responder a los problemas filosóficos, históricos y estéticos. Existen diferencias en la superficie de sus planteamientos, pero no en lo fundamental que subyace a ellos.

Para Heidegger el lenguaje es el vehículo que nos acerca a la develación del ser y la verdad; por eso, lo llama la “casa del ser”. Nietzsche, por su parte, desafía las premisas básicas de la religión, del pensamiento político y la metafísica tradicionales, invirtiendo conscientemente la jerarquía tradicional de los conceptos.1 La grandeza de Nietzsche estriba en que percibe el mundo como un ámbito invadido por nuevos problemas e incertidumbres que nuestra tradición de pensamiento era incapaz de enfrentar. Lo que lo atemorizó en la oscuridad fue su silencio, no la ruptura respecto a la tradición.2 Heidegger y Nietzsche, son para nosotros como letreros indicadores de un pasado que perdió su autoridad.3 Igual que Marx y Kierkegaard, se atrevieron a pensar sin la guía de ninguna autoridad; del pensamiento, la religión, la historia, la economía, la experiencia, del mundo o la realidad.

Hannah Arendt nos recuerda que, el platonismo invertido de Nietzsche, su insistencia en que la vida, lo sensual y materialmente dado eran contrarios a las ideas suprasensuales y trascendentes que, desde Platón, medían, juzgaban y otorgaban sentido a lo dado, terminó en lo que, por lo común, se denomina nihilismo. Sin embargo, Nietzsche no era un nihilista, sino que, por el contrario, fue el primero que trató de superar el nihilismo inherente no a las nociones de los pensadores sino de la realidad de la vida moderna. Así que, lo que descubrió en su intento de “transvaloración” fue que, dentro de esas categorías, lo sensual pierde su verdadera raison dêtre cuando se ve privado de sus antecedentes de lo sensual y trascendente. Y desesperado dice:

“Abolimos el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado? ¿Quizá el de las apariencias? … ¡No! ¡Junto con el mundo verdadero abolimos el mundo de las apariencias”.4

Nietzsche al igual que Heidegger, se apoyan en el lenguaje para llevar a cabo una crítica del hilo del concepto histórico y racional de la cultura occidental. Creo que nuestros pensamientos, conocimientos del mundo y su realidad, están determinados por un tipo de lenguaje que limita las posibilidades cognitivas. De ahí que prescinda del concepto para valerse del aforismo, un conducto que Nietzsche cree más libre para expresar su pensamiento. El lenguaje, al igual que Heidegger, viene a convertirse en el conducto fundamental de su pensamiento filosófico. Heidegger reflexiona sobre el pensamiento de Nietzsche, porque en él observa trazas de la develación del ser, del mundo y su realidad.

Heidegger en la “Pregunta por la técnica”, se interesa por lo que llama la búsqueda y sentido del ser, “el pensar”. Una etapa que se caracteriza por ahondar en el lenguaje, y se vale de la poesía de Rilke y Hölderlin. Rompe en algunos aspectos con la sintaxis, el vocabulario y las reglas gramaticales, para alcanzar la altura de “el pensar”.  Se abre a través del camino del lenguaje poético, encontrar nuevas búsquedas de la traza del ser y una visión más luminosa sobre éste. Se observa el aporte de los poetas en dos obras: “Para qué poetas” y “Caminos de Bosque” (1950), donde admira la creación poética en tiempos difíciles y oscuros. Así, el lenguaje se convierte en el medio más adecuado para estudiar la des ocultación del ser–Aletheia.  Además, no existe Dasein, ser arrojado al mundo, ser del hombre o ente, que no se pueda abordar desde el lenguaje. De ahí que su desvelamiento, luminosidad y verdad, están contenidos en “la casa del ser”: el lenguaje.

El lenguaje le aporta a Heidegger las herramientas para que asuma un verdadero estudio del ser y no del ente, y le proporciona los materiales para una nueva disciplina filosófica, la hermenéutica. El interés por el lenguaje y el estudio de su estructura está relacionado con las nuevas perspectivas que la filosofía analítica y del lenguaje posibilitan abordar el estudio del ser, del hombre y su entorno y la indagación de sí mismo. Un intento desde el lenguaje para afrontar las cuestiones filosóficas. También cree alcanzar la luminosidad que ofrece la poesía, o, la obra de arte. Piensa que el artista expresa el ser sin conceptos ni lógica, y este giro estético contribuye para que el arte y su labor den paso a la estética metafísica contemporánea.

Así, la composición técnica del mundo, imagen del dominio del hombre sobre todas las cosas de la naturaleza, configura a ésta como un mero almacén de materiales disponibles para usos calculables, equipaje de una civilización de bienestar. Este momento terminal manifiesta el errar de la verdad en la historia. La esencia, el ser en su despliegue espacio-temporal, se oculta bajo la máscara lógica de géneros y especies, traspuestos y degradados en su postrera significación técnica, como existencias negociables. El “olvido del ser” se cumple, así, en la más extrema com-posición ideológica. La verdad de la esencia se encubre bajo el velo metafísico, cuya imagen final es la que lleva el nombre esperpéntico de Ge-stell, postrera alienación.5

Entonces, la tesis de Heidegger sobre la técnica se puede resumir bajo tres puntos de vista: En el lenguaje de la Ontología fundamental, Ge-stell aparecería como el esquema dominante del proyecto de mundo de la modernidad tardía; en el lenguaje aletheiológico-topológico, es, el lugar del manifestarse la verdad; y, en consecuencia, el lenguaje preferente de los años sesenta, es a la vez el postrer destello del acaecer originario por el que ser y hombre se apropian mutuamente y, así, manifiestan, recuperándolo, su vínculo indeleble.6 En consecuencia, Ge-stell es la figura de la época moderna que Heidegger llama el “proyecto cibernético del mundo”. No es otro que, el modelo técnico-científico de las sociedades desarrolladas. Que Ernst Jünger llama civilización técnico-planetaria.

Así que, Ge-stell es un modo de decir el ser: el que corresponde a nuestra época. El ser en su ahí histórico. El “habla” es el lenguaje en cuanto puro producirse de sentido. Tanto al nivel de la palabra como de la obra artística o artesana, de la acción “fundadora de estado” o, de la “proximidad” de lo divino.7 Por tanto, la articulación del destino del ser en la palabra y en las obras humanas, su decir instalador de mundo y expositivo de la tierra no es sino un “dar imagen”, un dejar que el ser llegue a tener el “aspecto” que, de hecho, acepta.8

En esta época de alto desarrollo técnico-científico, posibilita que los lenguajes digitales y de la información, construyan de toda imagen socialmente aceptada, lo que Heidegger llama: Ge-stell. Para Heidegger, la construcción de toda imagen no depende del “yo pienso”, sino del acaecer histórico del ser en su verdad, revelada en la comprensión. Que la Ontología Fundamental, se traduce posterior en “Ser y Tiempo”, en una teoría ontológica de la verdad, una aletheiología, que aparta toda posible lectura “antropologista” o “humanista” de aquella.9  

La técnica puede ser interpretada como uno de los momentos del descubrirse la verdad del ser, en su ahí inevitablemente humano. Ge-stell, como aletheia, lugar del afirmarse el ser en su verdad esencial. Por ello, al volver al tema de Ge-stell en su conferencia de Atenas, Heidegger habla del “proyecto anticipativo del mundo que fija el rumbo exclusivo de su investigación posible” y cuya circularidad queda encerrada, como “calculable” y, por ello, controlable y programable, toda manifestación de la verdad.10 Así pues, queda determinado en la figura el lugar que se presenta en ese ámbito, sea natural o artificialmente producido. “También al hombre se le asigna una plaza en la uniformidad del mundo cibernético”. Ora, el sistema determina la función del hombre en el mundo cinético. Una decisión ontológica como composición tecnológica del mundo, el poner el más extremo peligro. Ge-stell, lugar de aletheia es, a la vez, lugar del Peligro.11

El peligro técnico se evidencia en el Estado y la sociedad tecnológica. La técnica no sólo atenta contra la naturaleza, también contra el hombre mismo. Ahora, si la técnica, en su esencia, no es algo humano, sino un acontecimiento del ser mismo, el poder del hombre no reside en la creación de la civilización tecnológica, sino tan sólo en haber sabido servir de vehículo a que el ser se mostrara de esa manera. “El mundo no es lo que es y cómo es por el hombre, pero tampoco puede serlo sin él […] el ser necesita del hombre […] no es ser sin que le sea necesario el hombre para su manifestación, salvaguardia y configuración”.12 El Er-Eignis, abrazo “apropiante”, “es el ámbito en sí mismo oscilante, a través del cual el hombre y el ser se alcanzan el uno al otro en su esencia y alcanzan lo que les es esencial al perder las determinaciones que les prestó la metafísica”.13

Así que, pensar la técnica es, pues, finalmente, rescatar su carácter eminentemente positivo como “hacerse obra” y “traer a la figura” de la verdad, a la vez que percibir y traer a la palabra lo que es inherente a la poiesis, a todo “habla” del ser: que, siendo “la más inocente” de todas las ocupaciones, es “el más peligroso de todos los bienes”. La época técnica es la síntesis ontológica terminal de la historia del ser en su morada humana. Es terminal porque reúne todos los términos de la articulación poietica del ser y porque es ella misma el termino final o extremo de una teleología erigida en canon ontológico. “Contribuir a la comprensión de esto: más no se puede pedir del pensar”. Sin esperanza ni desesperación, la tesis heideggeriana es afirmación escueta del pensar como serenidad.14 Heidegger dice al final de “Introducción a la metafísica” que: “Poder preguntar significa poder esperar, aunque fuese la vida entera”.

Heidegger, en “La pregunta por la técnica”, tiene presente tres principios: determinación especifica de la época, la carencia y la reorientación. Desde una perspectiva metodológica, su reflexión no se reduce a la solución ni a la superación del problema de la técnica en la época actual. Se trata de hacer frente a la penuria, al peligro, a la carencia. Hacer frente a la penuria de la experiencia, del lenguaje, del pensar, y la condición humana. Así que, el dominio de la técnica coincide con la penuria, que es, a la vez, vecina del peligro. El hombre experimenta un vació enorme y al hacerlo, se convierte en una pieza más del engranaje. El ser humano cree que todo lo controla, pero la situación que vive es de penuria total. De penuria material y espiritual, por así decir. Ora, “la penuria es la “ausencia de penuria” en la vasta extensión de lo disponible”. La disposición de recursos del hombre moderno, lo condujo a su miseria espiritual, mental y física. En medio de la abundancia, abunda la miseria. Es una de las vivencias del hombre moderno. Dentro del engranaje del sistema capitalista, de la comercialización, del consumo, del predominio de la técnica, sólo cumple funciones establecidas por el Gran Poder y la “selecta minoría”, que gobierna el mundo.

En este orden, al peligro que representa la técnica en la actualidad, al mundo de las existencias, se devela que cerca éste ilumina lo que salva. Si experimentamos la Ge-stell, podemos percibir un otorgar, un revelar; y la carencia conceptual para revelar la verdad de la esencia de la técnica moderna. Para Heidegger, estamos indefensos ante el poder que otorga la técnica, o, en otros términos, ante la técnica como instrumento de poder. La reflexión de Heidegger, en la historia de la metafísica occidental tiene presente, el “olvido del ser”. Por eso la “era de la técnica” y el “final de la metafísica”, pertenecen al hilo de la historia de la cultura occidental. Para Heidegger, el último estadio de la metafísica como olvido del ser viene dado por la filosofía nietzscheana de la voluntad de poder. Con ella el subjetivismo moderno llega a su máxima expresión.15

Piensa que la diferencia entre ser y ente se había perdido en la diferencia entre objeto y sujeto. A la voluntad que se quiere a sí misma y lo es todo, es la última fase de esta sustitución. Al dominio de la voluntad de la voluntad se le puede llamar, efectivamente, “técnica”.16 El superhombre, figura de la voluntad de poder, se expresa en el dominio mundial del hombre tecnificado. Así pues, el ser se oculta detrás de la voluntad de poder, y se manifiesta también como voluntad de saber y de amar.

Como lo expresó Jürgen Habermas en “El discurso filosófico de la modernidad”:

“La idea de origen y final de la metafísica debe su potencial critico a la circunstancia de que Heidegger, no menos que Nietzsche, se mueve dentro de la consciencia moderna. Para él el comienzo de la Edad Moderna, el comienzo de los nuevos tiempos [Neuzeit], se caracteriza por la cesura “epocal” que se inicia con la filosofía de la consciencia de Descartes; y la radicalización por Nietzsche de esa comprensión de Ser marca el tiempo novísimo, el tiempo más reciente [neueste Zeit], que determina la constelación de la actualidad. Esta aparece a su vez como momento de crisis; la actualidad se ve necesitada a decidir “si este final significa la clausura de la historia occidental o el salto a un nuevo comienzo”. Se trata de decir

       si a Occidente aún le queda aliento para crearse una meta por encima de sí y de su historia, o si prefiere hundirse, sumirse en la protección y el fomento de los intereses del comercio y los intereses de la vida, y conformarse con la apelación a lo hasta aquí acaecido, como si se tratará de lo absoluto”.17

Una de las esferas del tiempo nuevo es el control de la técnica sobre el hombre, no puede reducirse sólo a algo técnico. En el dominio técnico de la técnica, el humanismo salta por los aires como una costra seca, porque éste se entiende como el dominio del hombre sobre sí mismo. Lo cual, en la época actual no se da. El otorgar el dominio del hombre sobre sí, es otorgado a la función técnica. Técnica y humanismo son dos expresiones de la esencia de la técnica. La planificación total de la vida –coincidente con la objetivación, el pensar representativo y el conocimiento científico-técnico, nos llevan a creer, erróneamente, que sabremos ordenar y arreglar las cosas y la vida misma; incluso conseguir la felicidad.18

Así que, en el Mundo Moderno la planificación total de la vida se corresponde con la objetivación y la númerificacion del ser humano. En este orden de ideas, el “pensar” representativo (ilusión del predominio del “sujeto”), se relaciona con el pensamiento científico-técnico. Que responde a las exigencias del Gran Poder. Entonces, el mundo del artificio crea la ilusión de libertad, de autonomía de la voluntad y de felicidad. Olvidamos que, bajo la compulsión del rendimiento y la producción, del comercio y del consumo, no hay libertad posible. La libertad en estas esferas es una ficción deliberada del capital y la política.

 Y, el Gran Poder induce al ser humano a caminar por un desfiladero estrecho y funesto que lo lleva al vació total. Así, que, nos compelen a vivir en la esfera de la consciencia, del entramado de las relaciones artificiales, y ocuparnos de manera exagerada a pensar en la situación en que vivimos. Se trata, en última instancia, de arrebatar al hombre la capacidad de asombro y de soñar. Por eso este tipo de hombre no se arriesga a desandar lo andado o caminar por caminos no transitados.

Se trata, de crear la ilusión psicológica o espiritual, que la condición humana sea soportable para todos.19 Lo cual es mentira. Este, es, uno de los senderos que ha de transitar el “pensar”, develar las mentiras del poder. La esencia de la técnica se extiende por doquier: la política, la economía, la cultura e incluso, la ecología participa de esa misma esencia.20 Una esencia que oculta y, a la vez, devela, la miseria y el peligro que representa para el hombre actual. Por eso hay que ver el significado político, económico y social de la técnica en su cultura.

En Heidegger, hay algo así como un retirarse del ser. Pero ese ocultarse es un acontecimiento en el que se articula el propio destino del ser con el pensamiento del hombre.21 Un acontecimiento que va entrelazado a lo ente o, a las “existencias”. Una de las penurias de nuestra época consiste en que la revelación de la luz o del claro, se oculta en la esencia de la técnica. Un vaciamiento del espíritu y del pensar, que afecta a la condición humana. Ante todo, a los contenidos espirituales de la lengua y a la reflexión. Nuestra época es una época de penurias, de penurias de pensar y de ser. Somos indigentes de la luz del pensar y lo sagrado, lo mágico y misterioso. Así que, el vaciamiento de los contenidos espirituales se entrelaza con los del lenguaje y el pensar. Ahora, la esencia de la técnica se oculta en el resplandor del día de la técnica. El día técnico, no es día, sino oscuridad en la densa noche. Este devenir dialectico y plástico, del día y la noche, Heidegger lo expresa adecuadamente: “La esencia de la técnica no surge a la luz del día lentamente. Ese día es la noche del mundo transformada en mero día técnico. Ese día es el día más corto. Con él nos amenaza un único invierno infinito”.22

Así que, el mero día técnico, no sólo es noche en medio del día, sino que conduce al hombre a la homogenización, la indiferencia y la soledad. Amenaza con un “invierno infinito”. En el peligro que supone ese invierno infinito está lo que salva, es decir, lo que puede llevarnos a experimentar de nuevo nuestra propia esencia.23 Comprender las más profundas necesidades humanas: materiales, morales, espirituales y culturales. El hombre se aleja de sí, para darle prioridad a la esencia de la técnica que oculta el destino del ser con el pensar del hombre. Tener presente que en el más profundo peligro reside lo que salva y encuentra lo trascendente y divino.

Se trata de advertir la relación de hombre y de ser que aparece a través de la esencia de la técnica. En este camino el hombre y la técnica son emplazados: uno, dejar aparecer el ente en el umbral del cálculo y, el otro, a corresponder planificándolo y calculándolo todo. Ge-stell es precisamente el nombre de esta provocación conjunta de hombre y ser. Ge-stell es una invitación a pensar la mutua pertenencia de hombre y ser. “De lo que se trata es de experimentar sencillamente este juego de propiación en el que el hombre y el ser se transponían recíprocamente, esto es, adentrarnos en aquello que nombramos Ereignis”.24 Significa esto que, la misma experiencia de la Ge-stell, contiene la “posibilidad de sobreponerse al mero dominio del Ge-stell para llegar a un acontecer más originario”. Así que, “el Ereignis une al hombre y al ser en su esencial dimensión mutua”.25

En la conferencia “La técnica y la vuelta” (1942), Heidegger dice que, para sobreponerse al destino de la Ge-stell, el hombre debe reencontrar su propia esencia y habitar en ella: la esencia humana como morada del ser.26 Por tanto, al oponerse al destino de la Ge-stell, el hombre busca encontrarse consigo mismo, al hacerlo, se convierte en la “casa del ser”. Sabemos que el hombre es, un ser lingüístico, y el ser mora en la esencia del hombre: el lenguaje. Éste se convierte en la “casa del ser”. Así, el reencuentro con su propia esencia, lo induce a ser la morada del ser.

No soy yo quien constituye el mundo de las cosas, sino que me encuentro vinculado a las cosas y, junto con ellas, al mundo.27 Los elementos del mundo son cuatro: tierra, cielo, mortales e inmortales. La tierra, suelo originario, que soporta y levanta, que alimenta y fructifica. El cielo, por donde marcha el sol y se define el día; luz diurna y oscuridad nocturna; paso del tiempo. Tierra y cielo se implican: la tierra se abre al cielo y el cielo cubre la tierra. Los mortales son los capaces de soportar la muerte como muerte. Los inmortales son los mensajeros de la divinidad. Los cuatro forman el cuadrado originario del mundo. Juego de relaciones, y no totalidad indistinta.28 La cuaternidad de estos elementos es captable desde la cercanía. Sólo ella posibilita el juego de relaciones que teje y desteje el mundo. Sólo ésta nos abre al mundo y evoca al ser. La cercanía posibilita la luz donde podemos captar el juego, el que establecen los cuatro elementos: tierra, cielo, mortales e inmortales.

El hombre es la casa del ser, significa, situar allí este pensar que es experiencia. Así, hablar de casa es ya apreciar la cercanía y encaminarse hacia ella. En el hombre como casa se posibilita la manifestación y el decir mismo. El lenguaje surge de la cercanía. En la casa del ser se manifiesta el lenguaje en su ausencia: la de su vecindad con las cosas. “El hombre es ese ente cuyo ser, en cuanto existencia, consiste en que mora en la cercanía del ser. El hombre es el vecino del ser”.29 Recordemos que el hombre está “arrojado” al mundo, significa que no elegimos nuestra existencia, sino que nos encontramos en ella y debemos darle sentido a través de nuestras acciones y decisiones. Somos los únicos capaces de reflexionar sobre nuestra existencia y buscar un significado en ella. Y el significado más elevado para el hombre es morar en la cercanía del ser y convertirse en el vecino del ser.

Por eso el Dasein (ser humano) tiene una relación esencial con las cosas y el mundo. Según Heidegger la existencia contextual y temporal. El Dasein trasciende lo sensorial y reflexivo para relacionarse con el mundo y trazar propósitos. El Dasein trasciende también la objetividad científica y se ubica en la vida individual y existencial. El hombre no sólo es el vecino del ser, sino también la morada donde habita. Por eso el lenguaje es la casa del ser. Así, el Dasein es la forma en que el hombre existe en su totalidad, como un ser en relación con el mundo y con los demás seres.

 

                                                                   Bibliografía

 

  1. Arendt, Hannah. Entre el pasado y el futuro. Ediciones Península, Barcelona, 2016. pág. 46
  2. Ib. pág. 47
  3. Ib. pág. 49
  4. Ib. págs. 51 y 52
  5. Borges Cuarte, Irene. Tesis heideggerianas acerca de la técnica. Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, 10, 121-154, Universidad Complutense, Madrid, 1993. pág. 153
  6. Ib. pág. 153
  7. Ib. pág. 153
  8. Ib. pág. 153
  9. Ib. pág.154
  10. Ib. pág. 154
  11. Ib. pág. 154
  12. Ib. pág. 155
  13. Ib. pág. 155
  14. Ib. pág. 156
  15. Esquirol, Josep M. Los filósofos contemporáneos y la técnica. De Ortega a Sloterdijk. Editorial Gedisa, S.A. Barcelona, 2011. págs. 63 y 64
  16. Ib. pág. 64
  17. Habermas, Jürgen. El discurso filosófico de la modernidad. Kazt Editores, Buenos Aires y Madrid 2013. pág. 152
  18. Esquirol. Ib. págs. 64 y 65
  19. Heidegger. “¿para qué poetas?” en Caminos de bosque. Alianza Editorial, Madrid 1955. pág. 265
  20. Esquirol. Ib. pág.
  21. Esquirol. Ib. pág. 66
  22. Heidegger. Ib. pág. 266
  23. Esquirol. Ib. pág. 67
  24. Heidegger. Identidad y Diferencia. Antrophos, Barcelona, pág. 85
  25. Ib. pág. 91
  26. Esquirol. Ib. pág. 68
  27. Ib. pág. 69
  28. Ib. pág. 69
  29. Heidegger. Carta. pág. 281

 

sábado, 28 de septiembre de 2024

                                                   MARTÍN HEIDEGGER                       

           UMBRALES SOBRE LA TÉCNICA EN LA ACTUALIDAD

                                                                          Madrid-España a 28/09/2024

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 

Somos parte de una época donde la técnica determina el orden del día del ser humano. La técnica es una actividad del ser humano, una herramienta que desde los orígenes de la humanidad la emplea para satisfacer sus necesidades, su adaptación a la naturaleza y al entorno que lo rodea. No se puede pensar al hombre sin técnica, porque no sólo transforma el entorno en que vive; sino un instrumento que le posibilita su supervivencia sobre la Tierra. Según Martín Heidegger no se trata que la técnica domine al hombre o el hombre a la técnica. Sino que se establezca una relación libre entre ambos. La pregunta por la técnica nos relaciona con el problema de la libertad. Porque está ligada a la pregunta de cómo seguiremos siendo humanos en la era digital. Y, cómo develamos que detrás de la esencia de la técnica se oculta la voluntad de poder y de dominio. No sólo se expresa en las armas bélicas, sino también en las Plataformas Digitales: Internet, WhatsApp, Instagram, Facebook, etc.

Ahora, si la tecnología se entiende como la unidad entre técnica y ciencia, es, expresión de la Época Moderna. Ésta posibilita que el ser humano no sólo se apropie de los recursos de la naturaleza, también es un medio para dominar a otros seres humanos. Por eso en la modernidad la tecnología no es indiferente a las apetencias humanas, tampoco es algo neutral. Es un hacer del hombre que no alcanza la esencia que la constituye y, por ende, no es verdadera. La técnica impone y determina el destino del hombre sobre la Tierra. Hoy en día ya no existen objetos, sino cosas para consumir (casas, coches, edificios), que se pueden reemplazar según la utilidad y el fin que se proponga el ser humano.

De ahí que la esencia de la técnica es, una manifestación del Ser y se constituye en peligro para el hombre. Porque determina su destino y este puede ser cambiado porque el Ser se da en el hombre. En el fondo, la técnica desea dominar al hombre y, por tanto, no es inofensiva. Ésta no es neutral, sino que responde a las apetencias del Gran Poder: Corporaciones, Capital Financiero, Estados, Política, Grupos de Presión, IA (Inteligencia Artificial), Industria militar, las redes de información que configuran los lenguajes digitales. Así, poseen su lógica y función propia en defensa de sus intereses materiales, culturales o subjetivos. Funcionan de acuerdo a la economía del poder y del saber, las prácticas sociales y la cultura que difunden en las redes sociales, las imágenes en movimiento y la Civilización del artificio que establecen en las sociedades de masas.

Preguntamos, ¿cuál es el papel del hombre respecto a la esencia de la técnica? El hombre es quien custodia la esencia de la verdad: el develamiento. Esta dimensión humana respecto a la técnica es ocultada por la esencia de la técnica, porque se presenta como el único modo de develamiento y se constituye en un peligro para el hombre. Desde la antigüedad griega sabemos que la técnica no es un peligro para el hombre, sino los modos y las maneras como se utiliza. El hombre no puede ser trascendido por la técnica, ni por las exigencias que impone a la vida. Porque la relación del hombre con las cosas ha de ir más allá de su aspecto técnico; o, en otras palabras, de la utilización instrumental de la técnica. Así que, la relación del hombre con el mundo y la realidad, se altera con el uso de la técnica. Porque la técnica moderna violenta a la naturaleza y a la existencia humana.

Por eso el Dasein es el ente en el cual se da la pregunta por el Ser. Es decir, somos los únicos seres capaces de reflexionar sobre nuestra propia existencia y buscar un significado en ella. Y esto posibilita la apertura al misterio: “La serenidad nos permite ver que el sentido del mundo técnico se oculta”. Porque el descubrimiento está en el Ser, o, lo que es lo mismo, en el interior del ser humano. Por eso hay que trabajar primero en el interior del hombre. Llevar a cabo la “ordenación de las cosas visibles de acuerdo con su rango invisible. Toda obra y toda sociedad deberían estar estructuradas según ese principio”. Pero el mundo de la técnica intensifica su poder en el de los sentidos y hace del hombre un ser limitado y determinado por las máquinas y los instrumentos técnicos. En el espacio que predominan los instrumentos técnicos, el ser humano pierde autonomía y libertad.

Asíque, lo “técnico” tiene que ver en poner en práctica cierto tipo de procedimientos (“técnicos”), previamente aprendidos, mediante los cuales se pretende obtener un resultado determinado, previsto de antemano a título de objetivo. “Técnicos”, asimismo, los instrumentos concebidos y utilizados con tal finalidad y los hombres que ejercen la función de emplearlos. “Técnico” es, en fin, el conocimiento de cómo llevar a cabo todo este proceso. (Irene Borge Duarte).

La verdad en cuanto (adaequatio) […] no hace sino establecer una relación fija entre dos términos (lo existente y su representación), sin plantearse, de modo alguno, (desvelar lo que tiene delante en su esencia. Sólo allí donde se da tal desvelamiento acaece lo verdadero). Una relación fija no puede captar el acontecer y devenir del ser que, siendo, ejerce su esencia. Por tanto, la imagen de la esencia de la técnica, no es algo fijo o causal, que expresa la imagen del mundo dominante de Occidente, que no es otra, que la interpretación platónica del ser como idea o en su versión moderna de la relación entre sujeto y objeto, que considera que todo conocer y proceder humano hay que verlo como dominación y explotación de aquello que se sitúa frente a él. (Duarte).

Así que, buscar la esencia de la técnica exige, pues, superar y vencer esta perspectiva fáctica de la modernidad. No se trata de seguir la vía “metafísica” de descripción del comportamiento técnico, sino contemplando éste desde el ángulo de la verdad, pensar desde el origen y en profundidad lo que de facto está siendo. (Duarte).

Observamos que el hombre cada vez más depende de los aparatos técnicos; en esta época de alto desarrollo científico y técnico, de sociedad de masas y cultura de masas, los aparatos determinan la vida del hombre. Como Heidegger dijo:

La dependencia de los aparatos técnicos a resultado en una servidumbre en los objetos técnicos, cuando son verdaderamente ellos los que le deben servir al hombre”.

A Heidegger le interesa preguntar no por la técnica en sí, sino por la esencia de ésta. Que para él no es algo técnico, se encuentra más allá de la mera instrumentalización de la técnica. La técnica se convierte en un sendero más en la búsqueda del Ser; en posibilidad de desocultacion del Ser. La técnica brinda la posibilidad de ofrecer las huellas donde el ser humano lee e interpreta la develación del Ser. Para descubrir como la técnica se transforma en aletheia, en desvelamiento del Ser, Heidegger lleva a cabo un análisis del concepto griego de techne, que ahonda la idea de creación y de causalidad. Asocia la técnica a cuatro causalidades: la causa material, la formal, la final y la eficiente. A partir de aquí empieza a desvelar y llegar a la esencia de la técnica artesanal y posteriormente la compara con la técnica moderna. En primer lugar, la técnica se entrega a la naturaleza y, en segundo lugar, la naturaleza se subordina a la técnica. Así que, la técnica es un modo de salir de lo oculto.

Teniendo presente las cuatro causalidades analizadas por Aristóteles, Heidegger introduce el concepto de responsabilidad y de manifestación, entendidos como fenómenos, aquello que adviene a nuestra presencia. Esto posibilita aplicar el concepto de aletheia a la causalidad, ya que posibilita representar lo que todavía no está presente. Se vale de la idea de creación y producción (poiesis), para hablar de la desocultación del Ser. Porque el producir conduce de lo oculto a lo no oculto, lo trae a la presencia del ser humano. En este orden, Heidegger establece una relación entre aletheia técnica y la idea de techne, que es algo poético.

La techne griega está vinculada a la episteme, en este sentido, contribuye a la desocultacion. La técnica entonces despliega su esencia en el ámbito donde ocurre el desocultar. Para Heidegger la técnica moderna, aunque es un camino para la desocultación del Ser, se pregunta ¿cuál es la esencia de la técnica moderna para que ésta desemboque en el empleo de la ciencia exacta de la naturaleza? El desocultar de la técnica moderna no se despliega en el producir, en el sentido de la poiesis griega, sino en el “provocar”. Además, la técnica moderna le exige a la naturaleza que suministre energías que puedan ser extraídas y almacenadas. La técnica moderna por medio del “provocar” transforma y almacena energía. De este modo, la techne antigua se entrega a la naturaleza y la moderna la transforma y se apropia de ella. Así, la desocultacion de la técnica moderna pasa por el filtro de imponerse a la naturaleza.

Por tanto, ¿cuál es el telos de la técnica moderna? Que el ser humano domine y someta a la naturaleza a sus designios. Ideas que defendieron los pensadores del SXVI y el positivismo de siglo XIX. El Renacimiento posibilitó que el hombre se convirtiera en el centro del mundo, se conozca a sí mismo, explore su interioridad y las posibilidades del intelecto. El antropocentrismo posibilitó el dominio de la naturaleza y el entorno, en aras del progreso, el bienestar y la libertad. Aquí el concepto de libertad se pone la máscara del conocimiento, de la economía y del bienestar social. Que oculta la esencia de la técnica moderna y las relaciones de poder; en este ámbito no puede darse la aletheia, la desocultacion de la verdadera del Ser. Esto constituye un punto de inflexión para que se cristalice el concepto de deshumanización. 

Heidegger analiza las consecuencias de la técnica moderna sobre el hombre, y cómo lo aleja de su esencia natural y lo sitúa en el constructo artificial que determina nuestro mundo y nuestro entorno. Así lo expresó Hannah Arendt en La condición humana: “El artificio humano del mundo separa la existencia humana de toda circunstancia meramente animal, pero la propia vida queda al margen de este mundo artificial y, a través de ella, el hombre se emparenta con los restantes organismos vivos”. Así pues, la prevalencia de la técnica moderna sobre el hombre, posibilitó que la vida biológica de éste se sustituya por la abstracta, determinada por la concatenación entre técnica y ciencia, o, en otras palabras, por la tecnología.

En el Mundo del artificio podemos ver como las relaciones artificiales predominan sobre las relaciones de sentido. Y podemos percibir que, el último resquicio del hombre, su vida biológica, espiritual o mental, se está sustituyendo por lo abstracto y efímero donde prevalece el artificio del artificio. Eso que Arendt denomina mundo, las cosas hechas por las manos del hombre: una casa, una autopista, una escultura, una pintura, un automóvil, etc.

Heidegger piensa que a la naturaleza se la requiere que esté siempre disponible, que define como “fondo”, y su sentido de “fondo” ya no se encuentra frente a nosotros como un objeto. El modo de proceder de la técnica moderna transforma las cosas en puro “fondo”, hace desaparecer el objeto del representar; el carácter de objeto pasa a un segundo plano, para transformarse en utensilio, aunque imponiendo su ley a la naturaleza. Así que, el modo de desocultar de la técnica moderna consiste en la imposición a la realidad y esta es precisamente su esencia. Entonces desocultar lo real como “fondo” supone una imposición a la naturaleza, y lo lleva a cabo a través de la física, que la convierte en un conjunto calculable de fuerzas. De ahí que la ciencia es el arte de construir “funciones”. Para Heidegger la física es, la precursora de la imposición sobre la naturaleza mediante la experimentación que lleva a cabo la ciencia.

El peligro consiste en su carácter totalizador, pretender abarcar toda la realidad y se erija en fundamento de la realidad y convierta la “imposición” en destino del hombre. El problema surge cuando el hombre vivencia su carácter totalizador como algo normal, creyéndose ser libre. El hombre en este ámbito coarta su libertad, en beneficio de la utilización de la técnica. Se convierte en un apéndice de la técnica, que llega hasta los átomos del cerebro. Así pues, la técnica se transforma en una segunda naturaleza para el hombre. Esta dependencia no sólo lo cosifica, sino que limita sus capacidades mentales, sensitivas, espirituales, creativas, para que su imposición a la realidad y al hombre develen su esencia.

Para Heidegger la esencia de la técnica es ambigua, y tal ambigüedad apunta hacia la verdad y, nos hace ver dos cosas: la imposición obstruye todo desocultamiento, de una parte, y de otra, la imposición acaece en aquello que deja que el hombre siga siendo quien es, en pro de la custodia de la esencia de la verdad, y es aquí donde se revela lo “salvador”. Heidegger se pregunta si existe una actividad en la que se dé el desocultar tal y donde el hombre represente el custodio de la verdad. Para éste esa actividad la lleva a cabo el arte. Éste representa una forma de desocultación más cercana a la aletheia originaria, a la verdad, pero debe alejarse de la técnica o, en otras palabras, no debe tecnificarse. Así que, lo que despliega su esencia en el arte es el Ser; la verdad estética es la que estudia la manifestación del Ser en las obras de arte.

Heidegger dice:

“Cuanto más nos acercamos al peligro, con mayor claridad empezarán a lucir los caminos que llevan a lo que salva, más intenso será nuestro preguntar. Porque el preguntar es la piedad del pensar”.

Heidegger reflexiona en La pregunta por la técnica, sobre su esencia y la relación que tiene con el arte; y como éste se convierte en un camino para encontrar la desocultacion del Ser y el peligro que impone sobre el hombre y el mundo. El “pensar” para Heidegger ha de posibilitar la búsqueda de caminos para la desocultacion del Ser, la superación de la metafísica tradicional que olvida al Ser. O, en otras palabras, la revelación de la verdad.

En la Época Moderna la técnica es un hacer del hombre, un medio para alcanzar un fin. La técnica se transformó en un instrumento de que se vale el hombre para imponerse y trasformar la naturaleza; o, en otros términos, un instrumento para someter, limitar y dominar al hombre. En esta representación corriente no se desvela su esencia. Entonces, ¿qué es lo instrumental? Se basa según la filosofía Heideggeriana en cuatro causas: la causa material, la causa formal, la causa final y la causa eficiente. Desandando lo andado, para el griego Antiguo, la causa se define como la responsable de algo, que ocasiona algo.

Así que, las cuatro causas son co-responsables. En Heidegger, la causa es traer-ahí-delante, dar-lugar-a. Ora, las causas hacen que algo esté presente. El paso de la no-presencia a la presencia es, el producir. En la época pre-moderna, producir era la fabricación de algo; también aquello que posibilita la eclosión de algo. La eclosión emerge-desde-sí, trae-algo-al aparecer, se desvela, es decir, lleva algo de su estado de ocultación a su desocultacion. Así que, la técnica es un modo de salir de lo oculto; asimismo, la producción de mercancías es, el efecto de salir de lo oculto. Y, el instrumento que posibilita la desocultacion es la técnica.

Existe una diferencia entre la técnica artesanal y la técnica moderna; como existe una diferencia entre el narrador y el novelista. En la primera, la técnica se entrega a la naturaleza y, en la segunda, la técnica provoca a la naturaleza, la naturaleza se entrega a la técnica. Heidegger dice:

“El hacer salir de lo oculto que domina a la técnica moderna tiene el carácter del emplazar, en el sentido de la provocación”.

En Heidegger, ver una cosa como objeto, es verla velada, oculta, pero al observarla en su solicitud, se desvela y aparece como existencia. Ahora, el hombre es el responsable de emplazar y desocultar. Éste se vale de la técnica para desocultar los objetos que velan la existencia. Así que, el hombre es el único ser sobre la tierra que reflexiona sobre su propia existencia y busca un significado en ella. Además, el hombre provoca a la naturaleza, en la medida que la desoculta. Ahora, tanto el hombre y el objeto se ubican en el ámbito del desocultamiento. Porque el ser humano ha de cuestionarse a sí mismo y al hacerlo adquiere la categoría de hombre: Humano. Ora, el hombre al desocultar lo real como existencia, debe hacer una solicitud para que devenga la estructura de emplazamiento. De ahí que la esencia de la técnica moderna descansa sobre esta estructura.

La estructura de emplazamiento posibilita caminar y el camino adviene el destino. El camino devela lo que está oculto y lo que esconde el velo. En la técnica moderna al desvelar algo, lo convierte en existencia. Ahora, al tomar al hombre como existencia, él solicita existencias, así, lo que se revela es un artefacto del hombre. El camino que el hombre toma para salir de lo oculto, se convierte en un camino en que el hombre se está preguntando y deviniendo así mismo, esto es, encontrándose. Heidegger cree que este es el sendero que hay que seguir, para encontrar la esencia natural del hombre y el mundo; y, de otra parte, recuperar la esencia de la técnica pre-moderna. Así el hombre moderno se entrega a la ciencia moderna –la física-, y, es a través de ésta como da cuenta del mundo.

Heidegger expresa al respecto:

“La técnica moderna no se puso en movimiento hasta que pudo apoyarse en la ciencia exacta […] La teoría física de la Naturaleza en la época moderna es, la que prepara el camino no sólo de la técnica sino de la esencia de la técnica moderna. Porque el coligar que provoca y que conduce al desocultamiento que solicita prevalece ya en la física”.

Para Heidegger, el arte cumple una función primordial en el proceso de desvelamiento, desvelar la esencia de la técnica. Así, la esencia del arte se concatena a la esencia de la técnica, el arte posibilita volver a la relación natural entre la técnica y la naturaleza. Para el griego Antiguo, el arte posibilita salir de lo oculto, y traer-ahí o aquí-delante-de, y preserva la verdad. Ahora, ¿qué es la verdad en Heidegger? Aunque en la antigüedad el arte no se concebía desde un punto de vista estético, sino religioso. El arte en la Antigüedad era salir de lo oculto que trae-de y trae-ahí-delante; en él prevalece y se conserva la verdad. La esencia de lo poético o del arte revela “todo lo que esencia a lo bello”. De ahí que, la técnica original es el arte. Porque devela lo velado, la esencia de la verdad. Ahora, ¿qué se emparenta con la esencia de la técnica? Según Heidegger, el arte. 

Heidegger expresa sobre el misterio del arte:

“Cuanto mayor sea la actitud interrogativa con la que nos pongamos a pensar la esencia de la técnica, tanto más misteriosa se hará la esencia del arte”.

Bueno bien, el sentido original de la técnica no era el dominio sobre la naturaleza, ni sobre el hombre. Sino una forma de conocimiento que fabrica útiles al servicio de metas auténticas, es decir, verdaderas. La técnica en la actualidad ha perdido el impulso originario al convertirse en instrumento de dominio, de coacción, de vigilancia y sometimiento del hombre.

Heidegger reflexiona y dice que, el campesino que siembra utiliza la técnica para realizar una donación y entiende la cosecha como aceptación. El papel del campesino es actuar como custodio de una renovación cíclica. Una presa hidráulica, por el contrario, es una provocación, un acto de violencia, de fuerza que simboliza el espíritu de la sociedad industrial moderna.

La praxis de la técnica moderna se ha convertido en devastación de la naturaleza, de todos los entes vivos y del ser humano. La industria moderna ha impuesto la destrucción, lo terriblemente monstruoso. La superación de estos umbrales no es sencilla, pues la metafísica no es tan sólo un error teórico, sino el destino de la cultura y la civilización occidental.

Heidegger nos indica que la misión del filósofo es dejar ser al Ser. Por eso debemos aprender a habitar poéticamente el mundo y la realidad. Piensa que el pensar se encuentra en dique seco, es decir, en decadencia. El ser humano ha olvidado su destino de morada del Ser y se ha convertido en un decir simple, es decir, escueto. Para recuperar su tarea original, hay que aprender a pensar como el campesino que camina lentamente por el campo. Así podemos rescatar la tarea del ser humano, morar cerca del Ser o, ser el vecino de la verdad. Ahora vagamos sin rumbo, porque estamos lejos de la vecindad del Ser y de la verdad. Si predomina la interpretación técnica del pensar, olvidamos develar la esencia del Ser y de la verdad. La técnica reduce lo existente a su uso instrumental, de dominio y de poder. En esta alta civilización técnica, de sociedad de masas y de cultura de masas, no hay más allá ni misterio, ya que predomina el sistema instrumental de producción, de poder y de saber. Por eso en el sistema del alto capitalismo económico e industrial, de las Plataformas Digitales, las cosas y los seres humanos se han convertido en existencias.

Tengamos presente lo que dijo Walter Benjamín en el Libro de los Pasajes:

A estas reflexiones hay que añadir que en el siglo XIX y (XX) aumenta en una cantidad y ritmo hasta entonces desconocidos el número de las cosas “vaciadas”, pues el progreso técnico deja constantemente fuera de circulación nuevos objetos de uso”.

Para concluir podemos decir que, ahora existe un desierto en las esferas del Ser, del existir y del pensar, por la prevalencia de la técnica en la vida de los seres humanos. Un desierto de lo real y del lenguaje natural, que se está reemplazando por las imágenes en movimiento. Entonces, ¿cuál es la alternativa ante el predominio de los lenguajes digitales y de la Cultura de lo efímero? Que volvamos a los antiguos relatos, a las narrativas míticas, literarias y poéticas, mediante los cuales lo real se enriquezca y se convierta en tierra fértil para el pensar y la creación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 20 de septiembre de 2024

 

           EL RESQUEBRAJAMIENTO DE LOS VALORES 

                       DE LA SOCIEDAD MODERNA

 

                                                          Madrid-España a 20/09/2024

 

Palabras clave: Dolor, poder, juventud, técnica, valores, miedo, muerte, Orden Burgués.

 

“De Platón a Hegel la esperanza se basaba en el humanismo de la cultura y cómo la cultura podía desarrollar ese humanismo”.

                                                                       George Steiner

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Pensador.

 Sabemos que la vida del hombre moderno está asediada como una fortaleza, por el dolor, la violencia y el miedo. No existe ninguna situación de la existencia que escape al asedio. Si la fortaleza cae, y el hombre se convierte sólo, absolutamente sólo, en instrumento de la ciencia, la técnica o el poder, es posible que de paso a una nueva estructura; a una nueva ética, a una nueva estética. Y percibimos que sobre las grandes ciudades observamos como se esparcen negros nubarrones, un vapor espeso y nauseabundo que contrita los corazones y el alma de las personas. Las ruedas están al rojo vivo y los instrumentos técnicos hacen su agosto; significa que la batalla está en el cenit de su esplendor.

Sí Nietzsche pensó que era ciudadano del siglo XXI, y lo consideraba su patria espiritual, las reflexiones están ahí. Jünger, cree, que vivimos en los umbrales de la época de los titanes, el confort técnico y el automatismo que arrastran tras de sí, sus propios conocimientos y una nueva voluntad de poder. En su obra El Trabajador, Jünger desde una visión fragmentaria y discontinua como un relampaguear, narra la decadencia y la disolución de los valores del Orden Burgués. Un orden que debajo de la cobija del sentimentalismo y la indiferencia, cree eliminar el hostigante y frío asedio de las calamidades y la barbarie del hombre moderno.

Una razón evidente, los valores existentes no responden ya a las necesidades y esperanzas humanas. Porque su lugar lo ocupa otra figura y, se escuchan los ritmos de la ciencia y la técnica, por una parte; y, por otra, la algarabía del mundo dineral y la fría lengua de los lenguajes digitales. Esta transformación de los valores que anunció Nietzsche y Jünger, condensan el nuevo “tipo” de voluntad de poder. Y una de las formas que tomó en esta alta civilización técnica, es la nula atención que presta a nuestras órdenes de valores.

El dolor y el miedo, son indiferentes a las inferencias que provienen de la escala de valores del mundo moderno. Son indiferentes a la cultura humanista, lo que hace de la vida algo digno de ser vivida, como dijo T. S. Eliot. De ahí que se concatena con el lenguaje que se habla en la Gran ciudad; el de la técnica, la ciencia, las formas jurídicas, el mundo dineral y el Gran Poder. Este es el lenguaje de la civilización actual, que se opone al de la Cultura y las humanidades. Esta cromaticidad de tornasoles de colores que se observa en el paisaje de Occidente, sustituyen las de épocas precedentes.

Así pues, a la vida plácida y segura del Orden Burgués de mediados del siglo XIX y principios del XX, le corresponde una agitada y atormentada en el transcurso del siglo XX y principios del XXI. Guerras nacionales, guerras entre naciones, migraciones forzadas, hambre, xenofobia, racismo, terrorismo, etc. Y su cristalización más refinada y atroz se observa en la Gran ciudad. Así pues, la imagen que llevamos en nuestro interior de una tranquilidad perdida y unas esperanzas frustradas, tienen mayor autoridad que la verdad histórica. Los hechos podrán refutar esa autoridad, pero no eliminarla. Semejante autoridad tiene que ver con profundas necesidades espirituales, psicológicas y morales. Que durante cientos de años han permitido que las culturas y las civilizaciones, florezcan y mueran sobre el globo terráqueo.

La literatura, el arte, las religiones, la arquitectura, la sociología, la arqueología, la antropología, la filosofía, etc., han dado testimonio de ello. Los sabios saben que la historia muda y cambia de forma, pero lo esencial que la determina, permanece. Por eso, “el mito es más fuerte que la historia; ésta lo repite en variantes”. En el seno de las colectividades humanas, las variantes del mito casi siempre pasan desapercibidas. No existe una correlación entre el mundo simbólico de la mitología y el mundo simbólico moderno. Porque los ojos de la conciencia común están obnubilados por lo inmediato y necesario de la existencia ordinaria.

En épocas de crisis o de tránsito, el modelo es más fuerte que la copia; ésta es fugaz como la fragilidad de la existencia individual, mientras el modelo y la esencia permanecen ante las inclemencias de lo elemental y las atrocidades humanas. Esto permite que se siga luchando por la vida y las satisfacciones que ofrece la existencia cotidiana, y se sobreponga a las adversidades elementales y humanas.

Como expresó Heidegger:

El ser humano está “arrojado” al mundo, significa que no elegimos nuestra existencia, sino que nos encontramos en ella y debemos darle sentido a través de nuestras acciones y decisiones”.

En la cultura occidental contemporánea esa sensación de desasosiego, de retorno a lo atávico -la violencia, la guerra, la inseguridad, el sufrimiento, el miedo, la muerte -, da la impresión que vivamos un nuevo quebrantamiento de los valores. Porque los que sirven como fundamento de la cultura y la civilización occidental contemporánea, no responden ya a los requerimientos más profundos de la Gramática de la vida. Esto crea una sensación de incertidumbre, tanto en el orden del pensamiento como en las acciones humanas. Esa nula atención, por ejemplo, que el miedo y el dolor prestan a los órdenes de valores; son fiel reflejo que estamos inmersos en ritmos de cambios sutiles e imperceptibles. Así pues, no existe ningún ámbito en la vida de las personas, que permanezca ajeno al vaho narcotizante del dolor, el sufrimiento y el miedo. “En épocas tranquilas resulta fácil encubrir el hecho de que el dolor no reconoce nuestros valores” –di Jünger.

Cuando una vida lozana, robusta y bella, es atacada por la enfermedad o la violencia, sentimos en lo profundo de nuestro ser, incertidumbre y miedo ante las fuerzas del azar o del destino; y sentimos que el mandato de nuestras más profundas convicciones y valores, es incapaz de detener la fatalidad. Entonces, reconocemos las fragilidades y debilidades más profundas ante las fuerzas que nos trascienden. Como la luz de un relampaguear nos humillamos ante el poder del enigma de lo elemental y la divinidad. Entonces, oramos, levantamos nuestra voz y las manos a nuestros dioses, cómo si esperáramos la comprensión y la recompensa que la vida nos ha negado. Un sentimiento parecido nos sobrecoge cuando muere un ser amado; sentimos en lo íntimo de nuestro ser, un vacío profundo y absoluto, como si un sueño nos trasladara a tierras remotas arrasadas por cataclismos infernales, y viéramos que en ellas reina la soledad y la tristeza.

Somos parte de tiempos insólitos y sobrecogedores donde la amenaza del dolor, el miedo o la inseguridad, se tornan significativamente más visibles. Cuando un coche bomba explosiona en Bagdad, Londres, Bruselas, Afganistán, o, las guerras entre naciones borran de la faz de la tierra miles de vidas inocentes (ancianos, niños, jóvenes y adultos), sentimos que ningún grado de inteligencia, valor, experiencia ni virtud o coraje, es capaz de librarnos de la fatalidad. Somos entonces una civilización amedrentada y amenazada, y algunas veces nos sentimos incapaces de contener la amenaza y la agresión, y, entonces, nos invade la nostalgia, o la duda de la validez de nuestros valores.

Por eso, en esta alta civilización técnica y de política de masas, aun en medio de la crisis financiera atroz de los últimos tiempos, del ataque a las instituciones democráticas y a la libertad, del desempleo y el hambre de millones de seres humanos, la discriminación y la xenofobia en los países desarrollados, las diversas figuras del terrorismo internacional y la violencia; el espíritu no debe inclinarse a una concepción catastrófica de la historia ni de la existencia individual. Porque esa visión de las cosas y de la vida niega el precepto divino, que el sentido de la existencia no es inmanente a la historia, sino trascendente a ella.

Así que, por este estado de cosas la consideración pesimista de la historia y de la vida, siempre ha estado presente en el devenir de las civilizaciones humanas. En sus orígenes fue avalada por la casta de sabios y sacerdotes; posteriormente, por las religiones monoteístas y la ilusión óptica de reyes y gobernantes; aquende del tiempo, por filósofos como Schopenhauer. Es común, ahora, que el conocimiento y la fuerza del destino, se dejen arrastrar por el miedo y los deseos más secretos que esconden tras de sí, el dolor y el poder de la muerte.

Sabemos que la percepción apocalíptica del mundo y destrucción total que primó en el transcurso del siglo XX, da paso a una visión fragmentada y discontinua de odios, violencia y guerras. De la que hacen parte los Estados, movimientos de liberación, agrupaciones de paramilitares, los cárteles de la droga, el fundamentalismo terrorista islámico y la delincuencia común, etc. Esta visión de futuros campos en ruinas en los que celebra los triunfos una muerte mecánica y automática cuyo dominio no conoce límites; no se corresponde con la realidad del terrorismo internacional. Las medidas preventivas y protección que los Estados Modernos y los organismos internacionales están tomando, nos indican que no son sofismas deliberados que obedecen a dogmas ideológicos o preceptos económicos.

Es una realidad que nos concierne a los que creemos en el Estado de Derecho, la democracia, la libertad, los derechos individuales de la persona humana, la justicia social. Por eso, son necesarios los espíritus fuertes que giran sobre sí mismos, que no se dejan arrastrar por la corriente catastrófica de las cosas y de la vida. Sino que en momentos de catástrofes elementales y de valores en entredicho, nos ayudan a encontrar la salida.

Existe la sensación que sí los valores de la cultura occidental moderna, no responden a las verdaderas necesidades y esperanzas humanas, los lugares donde se gesta la protección y la seguridad de los ciudadanos, se quebranta. Pensamos que esta especie de pesimismo paraliza la capacidad de asombro y las reflexiones del pensamiento, que le dan sentido a nuestras acciones y decisiones. “Al crecer el sentimiento de que el ámbito vital en su conjunto se halla cuestionado y amenazado crece también la necesidad sentida por el hombre de volverse hacia una dimensión que lo sustraiga al dominio ilimitado del dolor y a su vigencia universal”.

 Sustraer la vida humana del dominio del dolor, del miedo, o de la amenaza a lo desconocido, se convierte para el hombre de hoy en “imperativo”. Casi siempre el presentimiento de las grandes catástrofes está precedido de embaucadores y demagogos, magos y curanderos, hechiceros y profetas, sectarios y dogmáticos, charlatanes y farsantes, que se valen de artilugios y mentiras para sustraernos del dominio ilimitado del dolor y el miedo.

Existen ecos que vienen de la otra orilla del río, y cuya lengua nos comunica “que la seguridad y la protección que una vez nos ofreció el resguardo de la vida privada y la seguridad en las calles; el imperio de la ley; el reconocimiento espontáneo del singular papel económico y civilizador que tienen las artes, la ciencia y la técnica; la coexistencia pacífica de los Estados nacionales”; el espíritu que las anima y los conceptos generales que los sustentan, estuvieran resquebrajados. Semejante anhelo de seguridad que el hombre moderno evoca, tiene que ver con profundas necesidades psicológicas y morales. No es que volvamos al pasado, a un estado involucionista y atrofiado por el ensimismamiento de sí mismos, sino que el Estado, las instituciones, las sociedades y el poder, cumplan la función social que les corresponde.

Observamos que algunas capas del espacio voluminoso de la cultura occidental contemporánea, los valores heredados, los usos, las costumbres, los mitos, los ritos, etc., están “empezando a resquebrajarse y la profundidad del elemento, que siempre estuvo ahí presente, trasparece oscuramente por las grietas y juntas”. Sabemos que el dolor, la violencia, el miedo, la guerra, no pueden erradicarse como un prejuicio con el instrumento de la razón, la estadística, o la coacción de la libertad. En la conciencia occidental la negación del dolor, como componente necesario de la vida humana y del mundo, tuvo un tardío florecimiento en la postguerra de 1914-1918. “Unos años –dice Jünger– que se señalan por una extraña mezcla de barbarie y humanitarismo. Un pacifismo extremo al lado de un incremento monstruoso de los equipamientos bélicos; cárceles de lujo al lado de los barrios de los parados, -cosas todas ellas que parecen propias de fábulas y que reflejan un mundo lleno de maldad en el que el barniz de la seguridad se ha mantenido únicamente en una serie de vestíbulos de hotel”. Bueno bien, esto lo expresó Jünger a mediados del siglo XX y, ahora observamos que las grietas en la seguridad han llegado hasta ellos.

En los hospitales, por ejemplo, el mundo lleno de maldad, de crueldad, de sufrimiento, es real y repugnante en países en vías de desarrollo. Donde mueren miles de seres humanos por falta de recursos económicos, personal sanitario, medicamentos o, infraestructuras; mientras las multinacionales farmacéuticas, destruyen los bienes sobrantes para mantener los precios en el mercado. Degradante también para la condición humana, que el hambre y las enfermedades tiradas en las calles de las Grandes urbes como Río de Janeiro, Buenos Aires, Bogotá, Madrid, México D.F o New York, etc., dan cuenta de la vida de los seres humanos.

Somos parte entonces de un mundo enloquecido por los instrumentos técnicos y la nueva voluntad de poder, donde millones de hombres pobres, analfabetos, sin esperanza, mueren por falta de recursos y oportunidades. Esto refleja no sólo una realidad llena de maldad sino también de demonismo. Sabemos que las figuras del Demonio, del Tentador, del Maligno, son diversas y utiliza diferentes lenguajes y máscaras para apropiarse de la vida de los hombres y mujeres. Sólo hay que mirar lo que tenemos a nuestro alrededor, a nuestra familia, a nuestros amigos, a nosotros mismos y, aun los que están lejos. En el mundo del demonismo, sólo prevalece el que es fuerte en el Espíritu.

Un ámbito como éste no solo deja tras de sí, la época de seguridad relativa, también nos deja atónitos y desorientados en los umbrales del siglo XXI. Porque en la época contemporánea prima la desconfianza, el caos, la violencia, la guerra y el desequilibrio. La quiebra del sistema financiero internacional, los desajustes sociales y económicos, el desempleo, el hambre, la inseguridad y el terrorismo internacional, lo confirma. Son sólo fisuras en los pliegues que cubren las realidades y los conceptos generales de las civilizaciones contemporáneas. La conversión, por ejemplo, de los bienes en dinero o de los vínculos naturales en jurídicos, produce una ligereza extraordinaria y una asimismo extraordinaria libertad de movimiento de la vida.

Ahora bien, lo efímero en lo que se convirtió la vida, se manifiesta real y objetivamente, en la mutación del lenguaje. Son las “formas” del artificio las que dan sentido a la realidad, más no la posibilidad del encuentro del hombre consigo mismo y el otro o, la manera como los seres existen en el mundo y se relacionan con él. Eso que Heidegger llama “Dasein”, “ser-ahí”, o “existencia”. Por eso el hombre atormentado y solo de la Gran ciudad moderna, no se identifica con los vínculos naturales, la conversación enriquecedora del espíritu, la imaginación ni con el mito de sus ancestros, sino con las referencias del artificio: el banquero, el futbolista, el influencer, el político, el actor de cine, la modelo, etc., que encarnan las imágenes de las relaciones artificiales. La identificación con esos personajes crea una especie de ensimismamiento, enajenación, y hunde al ser humano en un vacío espiritual y de experiencias enriquecedoras.

En este orden de ideas, la joven generación de la Cultura de lo efímero, trata de llenar el vacío existencial con los narcóticos que la sociedad ofrece: alcohol, droga, tabaquismo, pasotismo, sexo, pornografía, etc.  Por eso son ilusiones ópticas que esconden el sentido de realidad y los convierte en marmotas. Pero pudimos observar en épocas precedentes, que hubo un intenso movimiento espiritual en todos los umbrales donde hicieron su aparición los talentos. Pero lo que ahora llama la atención es, por el contrario, el profundo silencio de la juventud, una juventud que siempre en el devenir de la historia y los conflictos humanos, ha estado a la vanguardia de lo que acontece. Salvo en puntos muy precisos de nuestra historia reciente.

Habitamos un mundo de desconfianza e inseguridad, donde “unas maquinaciones malvadas están produciendo una descomposición tanto de nuestros recursos económicos, espirituales y morales, como también en los raciales”. Ese sentimiento evoca no sólo un estado de inculpación general, sino también de degradación de la condición humana. Sí los principios generales se degradan, es porque ya no responden a las necesidades humanas. Parece que la percepción que tenemos del mundo, no les atañe a los ideales de los seres humanos. Esto crea una especie de disyunción entre el sentido de realidad y la imaginación creadora. De ahí que los instrumentos técnicos y la nueva voluntad de poder, representan la doble cara de Jano, el haz y el envés de las nuevas relaciones entre saber y poder. El mundo técnico y el colectivo de ese mundo, sirven como distractores de las apetencias y las esperanzas de la sociedad. En momentos de rebelión –de alteración del orden público o de una revuelta– son tan eficaces que su utilización pasa desapercibida.

Estas relaciones de fuerza cumplen la función que les corresponde, según las necesidades del mecanismo y la economía del poder. De ahí que los problemas sociales, políticos, económicos, de orden público y de seguridad, “como tales proporcionan únicamente molestias. Por ahora, más bien que ser planteados, son liquidados con rapidez, liquidados en estado embrionario, por así decirlo: es una consecuencia de la aceleración. Están multiplicándose los sectores en que los problemas son resueltos por las máquinas”. (Jünger).

 Así que, en la actualidad “lo que hay son centros de gravedad y hombres poderosos en los que se concentra y gasta la energía. La primacía la tiene un elevado nivel de conocimiento, anónimo y desconsiderado, que vencerá las resistencias políticas y sociales allí donde tropiece con ellas”. (Jünger).

En este orden, el ejercicio del poder legítima la degradación de los conceptos generales y las maquinaciones malvadas de los poderosos. Por tanto, el dolor y el sufrimiento son sólo formas exteriores de la naturaleza profunda de la maldad y del carácter destructivo de la sociedad. Cabe observar en este umbral, que lo elemental emerge de las profundidades y va tomando poco a poco las formas de los conceptos generales, como también la naturaleza espiritual y material del mundo que vivimos. En el ámbito jurídico, por ejemplo, la norma no se corresponde con el espíritu que la vivifica. Las injusticias económicas, políticas, sociales y culturales de la sociedad contemporánea, son sólo figuras exteriores del espíritu que las anima. Por lo que les corresponde a los conceptos generales, son la entelequia, lo fantasmagórico del dolor y el sufrimiento. Esto confirma cuán profundo y arraigados están en la naturaleza de la sociedad contemporánea.

Por eso, ésta reflexión la ubicamos en el ámbito del lenguaje.  Porque existe una esfera de éste como pensó Walter Benjamín, extraña a la comunicativa y las convenciones que aseguran la expresión del sentido de las palabras. Por eso se ubican en las esferas superiores del lenguaje, y se interpretan “a través de las hendiduras de las palabras”. La Revelación de la realidad desde la perspectiva mística del lenguaje, nos sugiere que hay que trabajar en el interior del ser humano.

Después de la Segunda Guerra Mundial se creyó que el Estado de Bienestar erradicaría el dolor, el hambre, la ignorancia, la falta de oportunidades, la maldad, las injusticias y los desajustes estructurales de las sociedades modernas. La seguridad del Estado de Bienestar estribaba en que el dolor y el sufrimiento serían empujados a la periferia en provecho de un mediano bienestar. Pero lo fundamental de las personas –los requerimientos espirituales o morales, la necesidad de la cultura y el sentido de trascendencia, entre otros–, eran considerados subsidiarios y no estaban a la altura del Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo y sus juicios.

Pero los que ejercían el poder estaban equivocados, porque los conceptos generales del Orden Burgués no respondieron a los verdaderos requerimientos humanos. Ya que la barbarie política del siglo XX, constató con el exterminio de seis millones de judíos y cientos de miles de minorías étnicas en centro Europa, que los órganos vitales de la cultura occidental estaban sumamente degradados. Ahora, sí el dolor fue empujado a la periferia por el artificio de un mediano bienestar –“existe una economía temporal que consiste en que la suma de dolor no reclamado se acumula para formar un capital invisible que va aumentando con los intereses y con los intereses de los intereses. La amenaza aumenta con cada una de las artificiosas elevaciones del dique que separa al ser humano de las fuerzas elementales–“. (Jünger).

El tejido del Estado Moderno quiso apartar al hombre de las fuerzas elementales –la guerra, el amor, la naturaleza, la muerte, el odio, la violencia, el hambre, etc.-, y, en consecuencia, creó un artificio donde prevalecen las ilusiones ópticas y sensitivas. Por ende, cuando las esferas artificiales priman en la vida de las personas, se concatenan a un tipo de cultura y de época. Podemos constatar que en la época contemporánea se cristalizan en la Cultura del espectáculo. Un umbral donde se trivializa lo fundamental y el sentido de la existencia, reemplazándolos por lo pasajero e insustancial. Un ámbito donde el dolor, el sufrimiento, el miedo, las fragilidades, los traumas, las injusticias sociales, se sustituyen por valores que tratan de evitar su relación con el cuerpo, la mente y el espíritu. Así que, el mundo sentimental es sustituido por lo abstracto y automático, la vida se vacía de lo espiritual y sensible para dar paso a lo material y efímero, terrorífico e infernal, en la existencia del ser humano.

Parece que fuéramos extraños en este mundo donde prevalece la futilidad y lo siempre-igual, y en su devenir histórico observamos como los valores del Mundo Moderno [la Ilustración, los Derechos Humanos, la libertad, la justicia social, el Estado de Derecho, la ética, la moral, la estética, etc.], se deshacen como hongos podridos en la boca. Y esto es sumamente grave para nuestra existencia que está determinada por la temporalidad y la muerte. Hemos olvidado que para “el mundo lo importante es la estabilidad, la durabilidad, la artificiosidad e intersubjetividad. Este espacio público no sólo está constituido por los productos del trabajo sino también por la cultura y las instituciones”. (Hannah Arendt). Que “la libertad está concebida no como una íntima disposición humana sino como una característica de la existencia del hombre en el mundo”. Así que, “el hombre es libre porque él mismo es un principio y fue creado una vez que el universo ya existía”.

De ahí en este mundo de sociedad de masas y de cultura de masas, donde prevalece la banausía, la vulgaridad, la ignorancia, la homogenización, la numerificación y objetivación del ser humano, la libertad y el nacimiento posibilitan que “llegue algo nuevo a un mundo ya existente, que seguirá existiendo después de la muerte de cada individuo. El hombre puede empezar porque él es un comienzo; ser humano y ser libre son una y la misma cosa”. (Arendt). Se trata de tener presente que, “en las épocas de petrificación y de ruina predestinada es la propia facultad de libertad, la capacidad cabal de empezar, lo que anima e inspira todas las actividades humanas y es la fuente oculta de producción de todas las cosas grandes y bellas”.

En un mundo como el nuestro en el que, predomina la Cultura del artificio, la banalidad, las imágenes en movimiento, los gestos y ademanes sobre la palabra y el pensamiento; la libertad viene al encuentro del hombre en la esfera política, social y cultural, para romper las amarras de lo automático, del poder y el saber, y el ser humano como ser libre introduzca en el mundo y la existencia de todos los mortales, la capacidad de la acción política y cultural, que rompa con lo establecido como verdadero e inamovible.

 Por eso “la valoración del dolor no es la misma en todas las épocas”. El ser humano posee aptitudes y actitudes, que lo capacitan para apartarse de las esferas donde el dolor manda como dueño absoluto. Semejante apartamiento –dice Jünger– se manifiesta en que el ser humano es capaz de tratar el cuerpo –es decir, el espacio mediante el cual participa en el dolor– como un objeto”. La objetivación del cuerpo es la expresión más alta que pueda considerar la vida. El cuerpo se percibe como un puesto avanzado donde el ser humano es capaz de lanzarlo al combate y sacrificarlo desde gran distancia. Así que, las medidas que se toman no se dirigen a evadir el dolor, sino a resistirlo. La neurociencia, la gnosis, han demostrado que el cerebro humano puede convertir el cuerpo en objeto. Es el ámbito donde se mueve el guerrero o el deportista.

Para Jünger existen tres esferas en las que el dolor toma rostro nuevo, la esfera del mundo heroico, cultual y sentimental. Al Orden Burgués –dice Jünger- le corresponde el mundo sentimental, donde la prioridad de la existencia es expulsar el dolor y excluirlo de la vida. Utiliza una multiplicidad de distractores: medios–masivos de comunicación, la publicidad, el consumo masivo, las drogas, el alcohol, la moda, el deporte, las redes sociales, etc., para llevarlo a cabo. El mundo de la sentimentalidad crea ideales o iconos que no sólo distorsionan la realidad, sino que diluyen las apetencias y las esperanzas humanas. Mientras que el mundo heroico o cultual tratan de incluirlo en la vida, ésta ha de estar dispuesta al encuentro con el dolor. De ahí que el dolor desempeña un papel significativo en la vida. Participamos de un mundo donde los seres humanos son incapaces de sujetar la vida a su poder. Es decir, a las potencias del espíritu que emanan de su interior. Y, el ser humano en la medida que sujeta la vida a sus designios, acciones y decisiones, combate y domina el miedo, el sufrimiento, la soledad y, para ello ha de valerse de la Religión, del Arte y la Filosofía.

En este orden, el dolor, el miedo y la libertad, son principios fundamentales en la economía de la vida moderna. Se concatenan con el mundo técnico y la nueva naturaleza del poder. La crueldad es algo presente en el fondo de las cosas; y no es indiferente al ejercicio del poder. La crueldad que se vive en la Gran ciudad, en los campos de batalla, en los pueblos y las aldeas, se convierte en una especie de gas de los pantanos que embriaga y controla la vida cotidiana. Con la rapidez como suceden las cosas y la indiferencia psicológica con que se nos presentan, casi nunca nos detenemos a pensar en ellas.

Como en sueños y en virtud de un mágico poder, los habitantes de la Gran ciudad son arrastrados y dominados por la fuerza del destino y la indiferencia hacia el Otro. La atmósfera que se respira es embriagadora, paraliza los sentidos, la imaginación y el pensamiento. Pertenecemos, entonces, al mundo de lo “necesario” –de los instrumentos técnicos, lo colectivo, lo típico y el lugar común. Y sentimos al mismo tiempo, cómo decrecen las fuerzas que nos permiten afrontar los avatares de la existencia, dominarlos y conducirlos como caballos por las sabanas.

Se trata que:

     “En el hombre hay un misterio que debemos preservar: el misterio de la vida y de la muerte”.

                                                                     George Steiner