lunes, 23 de enero de 2023

¿QUÉ SE CONSIDERA LENGUAJE?


 

 Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Ensayista.

 

 Walter Benjamín se pregunta en Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre la lengua del hombre, ¿Qué se considera lenguaje? A “toda expresión que sea una comunicación de contenidos espirituales”. La lengua, en particular, “es la expresión inmediata de todo cuanto en ella se nos comunica”. El ser espiritual es lo que las cosas comunican, es decir, sus contenidos espirituales. “Esto nos deja claro que el ser espiritual que se comunica en el lenguaje no es el lenguaje mismo, sino algo a distinguir respecto de él […] La idea de que el ser espiritual de una cosa consiste en su lenguaje es el gran abismo en el que toda teoría del lenguaje amenaza caer, y la tarea de la teoría del lenguaje consiste en mantenerse sobre él suspendida”.

Para Benjamín la “distinción entre el ser espiritual y el ser lingüístico a través del cual aquel se comunica es la distinción primordial en una teoría del lenguaje”. Entonces, ¿qué comunica el ser espiritual? Contenidos espirituales; o, en otros términos, la lengua espiritual que le corresponde. Lo crucial es saber que este ser espiritual se comunica sin duda en el lenguaje y no mediante el lenguaje”. O, en otras palabras, el ser espiritual se comunica en la esencia del lenguaje y no mediante el lenguaje.

 A todo ser espiritual le es inherente su lenguaje, no es algo exterior a él. “Que el ser espiritual se comunique en una lengua y no mediante la lengua, visto desde el exterior el ser espiritual no es igual al ser lingüístico. El ser espiritual es tan solo idéntico al lingüístico, en la medida que es comunicable. Lo que en un ser espiritual es comunicable es su ser lingüístico”. El ser espiritual está contenido en el lingüístico, por eso es comunicable.

 Ahora bien, “el lenguaje comunica el ser lingüístico propio de cada cosa, mientras que su ser espiritual solo lo comunica en la medida en que está inmediatamente contenido en el ser lingüístico”. Así que el ser espiritual comunica sus contenidos espirituales, porque hace parte del ser lingüístico.

 Por tanto, “el lenguaje comunica el ser lingüístico de las cosas”. Ahora, “¿qué comunica el lenguaje? “Cada lenguaje se comunica a sí mismo”. El lenguaje de la justicia, la poesía, la arquitectura, la pintura, se comunica a sí mismo. Porque es algo inherente y no exterior a él. Ahora bien, “el ser lingüístico de las cosas es su lenguaje”. Esto quiere decir que, “lo que es comunicable en un ser espiritual es su lenguaje. El lenguaje de un ser espiritual es inmediatamente lo que en él es comunicable. Todo lenguaje se comunica a sí mismo”. Además, “todo lenguaje se comunica en sí mismo”, porque “dado que él es, el medio de la comunicación”.

 De este modo, “lo medial, que es la inmediatez de toda comunicación espiritual, es el problema fundamental de la teoría del lenguaje”. Lo medial significa inmediatamente de toda comunicación espiritual. Entonces, “el problema primigenio del lenguaje es su magia”. Y esto “remite a otra cosa: a su infinitud”. Y es que, “mediante el lenguaje no se comunica nada”, entonces “lo que se comunica en el lenguaje no puede ser medido o limitado a partir de fuera, por lo que todo lenguaje posee su única e inconmensurable infinitud”.

  El problema fundamental del lenguaje es su magia, es decir, su infinitud.

 Ahora bien, “el ser lingüístico del hombre es su lenguaje”. Así “el hombre comunica su propio ser espiritual, y lo comunica en su lenguaje. Pero el hombre habla en palabras”. Entonces, ¿cómo comunica el hombre su ser espiritual? “Al darle nombre a las cosas”. Es en el nombre donde el hombre derrama su espíritu y le impregna de su hálito. El lenguaje humano es un lenguaje denominador: dador de nombre.

   El ser lingüístico del hombre consiste en que éste da nombre a las cosas.

 Pues bien, “¿para qué da nombre el hombre? ¿a quién se comunica el ser humano? ¿a quién se comunican la lámpara, la montaña, o el zorro?”. Por supuesto, “al ser humano”. “El hombre, en efecto, les da nombre, él se comunica al darles nombre”. El ser lingüístico del hombre se comunica con la naturaleza animada e inanimada, al nombrarlas.

 Benjamín se pregunta, ¿a quién se comunica? El hombre se comunica a otro hombre; y “el ser humano comunica una cosa a otras personas” mediante la palabra. Esta según Benjamín es la concepción burguesa del lenguaje. “De acuerdo con ella, el instrumento de la comunicación es la palabra; su objeto es la cosa; su destinatario es un ser humano”. En la otra concepción del lenguaje, no se conoce instrumento, objeto, ni destinatario.

      En el nombre el ser espiritual del ser humano se comunica a Dios”.

 Para Benjamín “el nombre es la esencia más interior del lenguaje. El nombre es aquello mediante lo cual nada más se comunica, y en lo cual el lenguaje absolutamente se comunica a sí mismo. El ser espiritual que se comunica en el nombre es pues el lenguaje”. El lenguaje se comunica a sí mismo en el nombre; con el lenguaje que nombra, el ser espiritual del hombre se comunica a Dios. El nombre es la impronta de Dios a través del ser espiritual del hombre.

 Por tanto, “el nombre, en cuanto patrimonio del lenguaje humano, garantiza que el lenguaje en cuanto tal es el ser espiritual del hombre”. Aquí se produce el punto de inflexión del lenguaje humano respecto al lenguaje de las cosas. Esto aclara que el hombre no se comunica mediante el lenguaje, sino en el lenguaje. O, en otros términos, inmediatamente o infinitamente en el lenguaje.

 Así el nombre garantiza que el lenguaje, el ser espiritual del hombre se comunique a sí mismo. Por tanto, de los seres espirituales no todos se comunican completamente, solo lo puede hacer el hombre. Porque el ser espiritual de las cosas es incompleto, ya que le falta la “voz”. De ahí que, si el ser espiritual del hombre es el lenguaje, no se puede comunicar mediante algo exterior a él, sino en la naturaleza que lo constituye; y esta no es otra, que el ser espiritual que es lenguaje.

 Benjamín dice al respecto: “El núcleo de esta totalidad intensiva del lenguaje, en tanto que ser espiritual del hombre, es justamente el nombre. El hombre es el que da nombre; esto nos permite comprender que desde él habla el lenguaje puro”. Si toda la naturaleza se comunica en el lenguaje, “el hombre” se convierte en “el señor de la naturaleza, y por eso puede dar nombre a las cosas”. Empero, el hombre conoce las cosas, lo que éstas son, en el nombre. El ser lingüístico de las cosas, las conoce el hombre, en el nombre.

 Así pues, “la Creación de Dios queda completa al recibir las cosas su nombre del hombre, desde el cual, en el nombre sólo habla el lenguaje”. El nombre entonces es el “lenguaje del lenguaje”, y “en este sentido el ser humano habla en el nombre, es también el habla del lenguaje, su único hablante”. El hombre como ser hablante, según la Biblia, es el que da nombre: “todos los seres vivos llevarían el nombre que el hombre les diera”.

 El nombre devela la ley esencial del lenguaje, ésta contiene que hablar de uno mismo y hacerlo de los demás, es lo mismo. El lenguaje, y en él un ser espiritual, se expresa puramente donde habla en el nombre, en la denominación universal. En otros términos, el lenguaje se expresa puramente en el nombre, esto es, en la denominación universal. En su defecto, “sólo el ser humano tiene el lenguaje perfecto de acuerdo con la universalidad y la intensidad”. Así que, la total intensidad del lenguaje culmina en el ser espiritual absolutamente comunicable; que, a la vez, es universal. Es decir, el lenguaje perfecto se expresa en su universalidad e intensidad.

 Según Benjamín el lenguaje es el ser espiritual de las cosas y, según la teoría del lenguaje, el ser espiritual es idéntico al lingüístico. En efecto, “el ser lingüístico de las cosas es idéntico a su ser espiritual en la medida en que éste es comunicable”. De este modo, “no hay pues contenido del lenguaje; en efecto, en cuanto comunicación, el lenguaje comunica un ser espiritual, una comunicabilidad en cuanto tal”. En este orden, el lenguaje de nombres que es el del ser humano, comunica un ser espiritual, también en el lenguaje de las cosas, se comunica un ser espiritual. Así, el ser espiritual del hombre y el ser espiritual de las cosas, son seres lingüísticos.

 “La equiparación del ser espiritual con el ser lingüístico es tan relevante metafísicamente para la teoría del lenguaje porque se relaciona con la filosofía de la religión”. Por tanto, “cuanto más profundo (o más real y existente) venga a ser el espíritu, tanto más decible y dicho es”. De ahí que la relación entre espíritu y lenguaje, nos aclare que “lo más dicho es al tiempo lo puramente espiritual.

 Benjamín piensa que sólo el ser espiritual supremo, tal como aparece en la religión, que reposa puramente sobre el hombre y sobre el lenguaje que hay en él, se diferencia del lenguaje del arte, ya que reposa sobre el espíritu lingüístico cosificado. Como dijo Johann Hamann: “La lengua, madre de la razón, y de revelación, su alfa y omega”. En consecuencia, “los lenguajes propios de las cosas son imperfectos, mudos. Y es que a las cosas les está negado el principio formal lingüístico puro, a saber: el sonido”.

Pero esto no niega que las cosas tengan su magia y que se comuniquen mutuamente en una comunidad inmediata e infinita; porque también existe la magia de la materia. Ello la diferencia del lenguaje humano, que “su mágica comunidad con las cosas es una comunidad inmaterial, puramente espiritual; y el símbolo de ello es el sonido”. Este acto simbólico remite inexorablemente a lo manifestado en la Biblia, que Dios insuflo al hombre el hálito: que es al mismo tiempo vida, y espíritu, y lenguaje”.

 Preguntamos, “¿qué se desprende del texto bíblico en relación con la naturaleza del lenguaje? La Biblia expresa que el lenguaje es realidad última, inexplicable y mística, solamente accesible en su despliegue”. En la segunda historia de la Creación la Biblia expresa que el hombre fue hecho a partir de la tierra. Esta segunda historia de la Creación nos dice que el hombre no fue creado a partir de la palabra (“dijo Dios”, y sucedió). Sino que al hombre Dios le concede el don del lenguaje, con lo cual se eleva por encima de la naturaleza.

 Este acto confirma “la especial conexión establecida entre el ser humano y el lenguaje a partir del acto de creación”. Benjamín nos dice que según el Génesis el acto de la creación de la naturaleza expresa lo siguiente: “Que exista […]; Él hizo (creo); Él llamó”. Y, continúa diciendo: “En algunos actos de creación (I: 3 y 14) figura solamente ese “Que exista […]” y “Él llamó”, al comienzo y al fin de cada acto, va apareciendo cada vez más la profunda y clara relación del acto creador con el lenguaje”.  

Además, “el acto creador”, empero, “comienza de hecho con la omnipotencia creadora del lenguaje; y al final el lenguaje se anexiona lo creado, a saber, le da nombre. Así pues, el lenguaje es creador y consumador, es palabra y nombre. En Dios el nombre es creador porque es palabra, y la palabra de Dios es a su vez conocedora sin duda porque es nombre”. “Vio entonces Dios cuanto había hecho, y todo era muy bueno”, es decir, Dios lo conoció mediante el nombre”

Desde un punto epistémico, “la relación absoluta del nombre con el conocimiento tan sólo se da en Dios: tan sólo ahí el nombre es medio puro del conocimiento. Es decir, que Dios hizo las cosas como cognoscibles en sus nombres. Y el hombre por su parte les da nombre en virtud del conocimiento”.  

En este orden, “Dios no creó pues al hombre en absoluto a partir de la palabra, y además no le dio nombre. Porque no quiso subordinarlo al lenguaje, sino que desplego en él libremente el lenguaje, el mismo que a él le había servido como medio de la Creación. Dios al fin descansó cuando, en el hombre, abandonó lo creativo a sí mismo”. Entonces lo creativo separado de lo divino, se convierte en conocimiento. El hombre es el conocedor del lenguaje con el que Dios es creador: y Dios hace al hombre a su imagen y semejanza.

Ahora, ¿por qué el ser espiritual del hombre es el lenguaje? Porque su ser espiritual es el lenguaje con el que tuvo lugar la Creación. O, en otros términos, “la Creación tuvo lugar en la palabra, y el ser lingüístico de Dios es la palabra”. Es importante tener presente que, “la infinitud del lenguaje humano es siempre limitada y analítica si se compara con la infinitud absoluta, ilimitada y creadora que caracteriza a la palabra de Dios”.  

El ser espiritual del hombre es el lenguaje y el ser lingüístico de Dios es la palabra.

Según la teoría del lenguaje de Benjamín, “de todos los seres, el ser humano es el único que da nombre a sus semejantes, y también el único al que no le ha dado nombre Dios”. Según el Génesis el hombre da nombre a los seres, “pero para el hombre ninguna ayudadora fue encontrada, para que estuviera en torno a él”. Adán le da nombre a su mujer en cuanto la recibe (la llama Varona en el capítulo segundo; Eva en el tercero). 

 Así “el nombre propio es palabra de Dios en sonidos humanos. Con él se garantiza a cada persona el hecho de que ha sido creada por Dios, y, en este sentido, el nombre es sin duda creador, según lo dice la sabiduría mitológica con la idea de que el nombre ya es el destino de una persona. Así, el nombre propio es la comunidad del ser humano con la divina palabra creadora de Dios”.  

Por tanto, la comunidad del ser humano y su destino está inscrita en el nombre. También “mediante la palabra, el ser humano se encuentra conectado con lo que es el lenguaje de las cosas. Dado que la palabra humana es el nombre mismo de las cosas”. Por eso cuando se corrompe el lenguaje las cosas se falsifican y el nombre pierde su halito espiritual. No hay correspondencia entre las palabras y las cosas.

En este orden, el resquebrajamiento de los pilares del lenguaje como consecuencia de la animalidad política del siglo XX, el odio, el racismo, el populismo o el nacionalismo en la actualidad, no son indiferentes a la sensibilidad, los sentimientos, la experiencia, la reflexión, y la capacidad de asombro del hombre actual.

Por eso el alto grado de descomposición que ha alcanzado el lenguaje, no permite que en ocasiones de cuenta del tejido vivo de la existencia. Porque en el lugar del logos clásico y el verbalismo, de los contenidos de la experiencia que dan sentido a la vida, se instauró la balcanización y la animalidad política. Entonces el análisis del lenguaje develó que hay una correlación entre él y la política, la técnica y las nuevas modalidades de poder.

En la actualidad el lenguaje que da sentido y posibilita la imaginación, la concentración y la creación, se está remplazando por la imagen en movimiento, la influencia de las redes sociales en la dependencia y la polarización de la sociedad. Por eso la sociedad actual se ha vuelto una sociedad del cansancio, cansancio de la información y de la política. Este momento de dependencia y polarización, se convierte a la vez, el momento de la toma de consciencia individual y colectiva, porque el lenguaje, el pensamiento y los sentimientos, son residuos de la digitalización y de la pantalla.

Por eso el ser espiritual del hombre que se expresa en el lenguaje como ser lingüístico, está ubicado en su parte material: medios de información, redes sociales, Plataformas Digitales, Zoom o Skype, etc. No posibilitan la comunicación del espíritu lingüístico del hombre; porque responden al modelo económico de las redes sociales o de los algoritmos que clasifican los mensajes según su eficacia económica. De ahí que el espacio público que se construye en las redes, no es el reflejo de nuestras sociedades sino el de nuestras emociones.

Desde un punto de vista político en las democracias actuales no hay un debate de ideas o de opiniones sino de emociones. La práctica política no posibilita el análisis, la crítica del pensamiento y del lenguaje en la sociedad. De ahí que el espíritu lingüístico del hombre no corresponda a los contenidos espirituales de la lengua y del pensamiento. Por eso la crisis del lenguaje hay que captarla, analizarla, criticarla o reflexionarla, en su cultura. Porque el mundo y su realidad, los movimientos del pensamiento y la “forma” estética del tejido de la existencia, son formas del lenguaje.

                                      Madrid-España a 23/01/2023

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 20 de enero de 2023

DEL VERBO DE DIOS A LA LENGUA DE LOS HOMBRES

 

                 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Ensayista.

 

El filósofo de origen judío Walter Benjamín, escribe un ensayo que nomina Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre la lengua del hombre (1916). Donde trata el origen divino del lenguaje, la importancia del nombre, la lengua adánica y posadánica del hombre, la pluralidad de las lenguas y el anhelo de la lengua pura de Dios, en la traducción. La lengua del hombre que nomina a las cosas, a los seres del mundo; y ésta como aquella que se comunica a sí misma en su esencia lingüística. Y la lengua como medio, donde las palabras son convenciones socio-históricas-culturales espontáneos, signos arbitrarios que los hombres asignan a las cosas o a los objetos.

Benjamín dijo, que, El Génesis, pone en evidencia la relación del acto de creación de la lengua. La creación del mundo por Dios acontece en el verbo. Las cosas son creadas por el verbo de Dios. Así la lengua es la creadora y realiza, es el verbo y el nombre. La lengua pura y omnipotente de Dios se encarna y convierte en realidad lo que Dios nombra.

Así el nombre que Dios da a los seres es creador porque es verbo, éste es conocimiento porque es nombre. Dios hace que conozcamos las cosas en virtud del nombre. Sólo en Dios el nombre es idéntico al verbo creador y por medio de ello conocimiento. Además, sólo en Dios se da la relación absoluta entre el nombre y el conocimiento.

Benjamín advierte que Dios, no ha creado al hombre mediante el verbo ni tampoco lo ha nombrado, sólo “ha dejado surgir libremente la lengua” en él; no es otra mediante la cual ha ejercido su acción creadora. La lengua es un presente que Dios dona al hombre y lo eleva sobre todas las cosas. Dios ha otorgado al hombre su propia fuerza creadora, y ha posibilitado a éste la lengua con la que creo el mundo y su realidad, los seres animados e inanimados.

En su teoría del lenguaje, Benjamín se aparta de la concepción burguesa de la lengua, en la cual las palabras son convenciones socio-históricas-culturales espontáneos, signos arbitrarios que los hombres asignan a las cosas o a los objetos.

Así que, el hombre puede dar nombre a los diversos seres con palabras que encierran el conocimiento inmediato y concreto de ellos, mientras vive en el Edén, en el estado paradisiaco se halla en total comunidad y comunicación con las cosas. En este estado, todo lo que el hombre oye, ve o toca, todo aquello con lo que está en contacto es palabra viviente, palabra emanada de Dios, porque Dios es también palabra.

De esta manera si el hombre adánico está en contacto con la palabra divina creadora de todas las cosas y de ello tiene el conocimiento directo de ellas, así la lengua paradisiaca es conocedora. El conocimiento del verbo con el cual las cosas han sido creadas le posibilita al hombre primigenio darles un nombre, aquel que nombra y expresa el auténtico ser de las mismas, por eso el nombre que el hombre da a las cosas depende las formas en que las cosas se comunican con él.

Así que, el nombre es la resonancia en el hombre de lo que existe o vive, es el eco audible de las cosas en el ser del hombre. De ahí que, la palabra humana tenga un aspecto receptivo, que capta en mayor o menor medida la lengua de los seres a través de la cual “se irradia, sin sonido y en la muda magia de la naturaleza, la palabra divina”.

Por tanto, una vez que el hombre sale del estado edénico, donde habla una sola lengua, aparecen una pluralidad de lenguajes, los cuales diversifican el conocimiento originario, que posibilita una pluralidad de traducciones. Así el hombre posadánico abandona la contemplación de las cosas, se aparta de la íntima comunión con ellas que le posibilitaba escuchar su lenguaje sin palabras –como residuos del verbo de Dios.

Este acto humano que posibilita el cisma edénico con el verbo de Dios, permite surgir la lengua como palabra humana, diferente y distante de la lengua nominal que el hombre hablaba en el Paraíso. Este lenguaje de la “caída” actúa sólo como medio, como signo, que no expresa el nombre originario de los seres; el hombre que se ha apartado de Dios, que desobedeció su mandato y, se dejó seducir por la serpiente para conocer lo que es el bien y el mal, un conocimiento que no tiene nombre y es pura “cháchara”, pura “charla”.

           “El bien y el mal son […] como innominables, sin nombre, fuera de la lengua nominal, que el hombre abandona”, al decir de Benjamín.

El pecado original, según Benjamín, consiste en el acto de nacimiento de la palabra humana, la palabra de la abstracción y el juicio, que ocurre por el conocimiento del bien y del mal. Pero este conocimiento carece de valor y de existencia, ya que acarrea la ruina de la dicha del espíritu lingüístico originario y se expresa en una lengua exterior a él, como imitación del verbo creador, de la lengua pura de Dios.

La palabra posadánica, que se refiere a la inmediatez de lo concreto que habita en el nombre, “cae en el abismo de la mediatización de toda comunicación […] en el abismo de la charla”, se convierte en palabra vacía, y se manifiesta como palabra juzgadora, que da lugar a que el primer hombre sea expulsado del paraíso.

Aquí empieza el errar del hombre por el mundo y el “cisma” de la pluralidad de las lenguas y la añoranza de la lengua divina en la traducción. La pérdida de la capacidad creadora de la lengua humana es correlativa a la abstracción y al juicio, también a la lengua como “medio” y a la charla vana. En este contexto, el pensamiento o la palabra del hombre obtienen el poder creador de realidad como imitación pálida de la creación del verbo de Dios, que es conocimiento.

                                              Madrid-España a20/01/2023

 

 

 

 

                               

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 13 de enero de 2023

EL PENSAR FUTURO EN LA ÉPOCA DE LA TÉCNICA

 

 

                                                                      A mi amigo el pintor:

                                                                   Juan Francisco Fermín. 

 “La cultura, como el amor, no posee la capacidad de exigir –observa Rob Riemen-. No ofrece garantías. Y, sin embargo, la única oportunidad para conquistar y proteger nuestra dignidad humana nos la ofrece la cultura, la educación liberal”.

                                          Nuccio Ordine: “La utilidad de lo inútil”.                                         

 Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Ensayista.               

 

Ernst Jünger pensó que la magnitud de las masas informes pasa de ser una dimensión moral y política a un mero objeto, número o cosa. La sociedad de masas y la cultura de masas, representan en la consciencia del ser humano las relaciones inconexas de la Gran Ciudad, también la segunda consciencia en la que el hombre se percibe como objeto. Así que, la cultura del artificio está posibilitando la conformación de la objetivación de la persona individual y de sus articulaciones. En este espacio la zona de la sentimentalidad, el sentimiento de cercanía, del valor no simbólico, fundado en sí mismo, se desvanece y a cambio el movimiento de las unidades vivientes es dirigido a gran distancia. (Ernst Jünger).

Una única maniobra en el cuadro que los dirige conecta las articulaciones de la vida moderna –una red dotada de amplias ramificaciones y de múltiples venas– a la corriente de los lenguajes digitales. La Gran ciudad es el ámbito donde prevalecen las relaciones inconexas de las sociedades de masas, el lujo, el dinero y el poder. Además, la objetividad de las articulaciones posibilita que el hombre responda a los requerimientos del Gran Poder. Estas ramificaciones y múltiples venas se entrelazan con el orden técnico en sí, con ese gran espejo donde se revela con máxima claridad la objetivación de nuestra vida y que se halla impermeabilizado de manera especial contra el acoso del dolor. La técnica es nuestro uniforme. (Jünger).

Desde esta perspectiva podemos percibir como el “carácter de confort de la técnica” se entrelaza con “un carácter instrumental de poder”. Es decir, de dominio, de control, de coacción, de vigilancia, de dolor y de miedo. Un carácter que porta en sí, el rostro de la barbarie y de la muerte. La técnica y la razón se convierten en algo cruel. En esta época el poder no solo se relaciona con el saber, sino también con la técnica y la muerte.

Por tanto, en el espacio y el tiempo donde prevalece la racionalidad, la técnica y el poder, “hay quien se enfrenta a lo místico –y al misterio—sobre la base de la racionalidad. Su racionalidad es cuestionable –dijo Imre Kertész. Pero ¿qué es lo místico? Se pregunta el escritor. La totalidad universal que no es abarcable con el lenguaje, el gran curso inamovible detrás de los fenómenos, el gran acontecimiento oculto en las honduras de los acontecimientos, tal vez nuestra propia vida en sí, de la cual estamos excluidos debido al individuo y la racionalidad.

Una de las formas más desalentadoras de la racionalidad: la racionalidad histórica, la que limita y se limita a la historia. La mera razón, la árida llanura de lo “objetivo”; y la mera razón nunca es, en el fondo, razón, sino más bien defensa, síntoma de la incapacidad de emprender la aventura espiritual, rechazo. La –mera- racionalidad es carácter, como lo es la irracionalidad, la erotomanía o la cesaromanía. (Kertész)

La aventura del espíritu no afluye a quienes permanecen inmersos en los espejismos de la razón, del dinero, del poder o, de la técnica. La crueldad de la razón se percibe en la cotidianidad del mundo actual: la práctica política, la economía, la ciencia o, los instrumentos técnicos para la guerra. La razón adolece de pulcritud espiritual; de ahí que sus hijos son pobres de espíritu. Porque no se hallan a la altura del poder que afluye a ellos. Son incapaz de penetrar en la profunda noche, en “la noche del mundo inconsciente de las pulsiones”, donde “Freud introdujo audazmente la mirada” (en palabras de Thomas Mann). Así que, el espíritu afluye al creador y como “el poema establece marcas que no son alcanzadas en la vida. Semejantes a la capa de ozono, los misterios otorgan a la vida protección contra un ardor demasiado vivo. La visión directa de la belleza despojaría de lenguaje al espíritu, amenazaría con la muerte al cuerpo” (dijo Jünger).

Es algo evidente en la actualidad que somos pobres de espíritu e incapaz de crear grandes obras como Thomas Mann, Goethe, Milton, Tolstoi, Cervantes, García Márquez; que son espejos para que el hombre y la humanidad se miren y se conozcan a sí mismos. Observamos en el presente-ahora que el ethos de la técnica (su forma común de vida, su costumbre, su conducta), se entrelaza al espíritu de la crueldad y de la barbarie. Esto se expresa en las armas para la guerra. También en las Plataformas Digitales, Internet, redes sociales o, los medios de comunicación de masas. Pero todavía somos capaces de ver las pérdidas; aún sentimos la aniquilación del valor, la superficialización y la simplificación del mundo. (Jünger).

Aunque la zona donde se ubica la sentimentalidad esté siendo atacada por el mundo heroico o cultual, el dinero bancario o el poder político, los valores que dieron forma y sentido a la Época Moderna y, a la cultura occidental, todavía están vivos. Observamos en las Grandes ciudades como se defienden los valores de la Ilustración –el “estatus” de la persona individual, el “sujeto”, los derechos fundamentales, la justicia social, la libertad individual, de hablar, de escribir, de pensar, la democracia, etc. Somos conscientes que devienen valoraciones nuevas, pero no impiden que bebamos del pozo de los pensadores, del arte o la poesía. Eso que nos posibilita dignificar la vida humana.

Observamos como las generaciones nuevas son hijos e hijas de la cultura del artificio. Donde la revolución de los medios de información, la informática, las redes sociales, Internet, hacen que sean nativos del mundo digitalizado. Pero no hay que olvidar que, el ser humano tiene un resto misterioso y divino, que la técnica es incapaz de disolver. Humberto Eco afirmó que, “toda tentativa de averiguar el sentido último conduce al absurdo y le arrebata su misterio al mundo”.

El desarrollo de los procesos científicos y la técnica, sólo se sitúan en la fina capa que los cubre. La fuente del destino que administra Mímir, está cerrada para el mundo técnico y el colectivo técnico. Aunque se crea que se está evaporando la substancia de la Edad Moderna, es decir, la edad copernicana, por el primado de la civilización del artificio, sus valores hay que buscarlos incluso por debajo de la moral y la política.

¿Somos parte del mundo que profetizó Nietzsche, sólo como voluntad de poder y nada más? Este mundo es la voluntad de poder - ¡y nada más! Y también ustedes mismos son esa voluntad de poder - ¡nada más!

En Carta sobre el <<Humanismo>>, Heidegger afirma: el ser está pensado como realidad absoluta; y comprendido como voluntad incondicionada que se quiere a sí misma. Y dice que en la voluntad se esconde también el ser como voluntad de poder. (Heidegger). Que la voluntad contiene tres esferas la del saber, la del amor y el querer. En esas esferas se devela el Ser, el pensar y el lenguaje. También los elementos que componen la condición humana: la vida, la natalidad, la mortalidad, la mundanidad, la pluralidad y la Tierra. (Hannah Arendt).

Es interesante observar que la subjetivación del valorar se objetiva en el Estado técnico absoluto, y lo valorado sólo es admitido como mero objeto del Estado, del poder, la ideología y la política. Porque en el Estado totalitario todo se politiza. Heidegger piensa que, aquello que es algo en su ser (su esencia), no se agota en su carácter de objeto y mucho menos cuando esa objetividad tiene carácter de valor. Para Heidegger, lo que es en su esencia, se piensa desde la verdad del Ser. Aun lo ente no es su ser, porque la objetivación del valor no lo permite en su quehacer.

Se trata de pensar el humanismo no desde la objetivación de la subjetividad o de las cosas, sino en el claro del Ser cuando se refiere a sí mismo. Heidegger omite la acción –es decir, la pluralidad, la política, las relaciones sociales, la tolerancia, la diversidad entre los hombres y mujeres y, el nacimiento de los seres humanos- y, así prioriza la vecindad, la escucha y el silencio del habitar en la proximidad del Ser.

La necesidad de objetivar el mundo y su realidad y, también la vida humana, proviene de la voluntad de poder. Del querer como voluntad de dominio, de coacción o de negación. Se trata de arrebatar al Estado técnico absoluto, al poder, la ideología y la política, la individualidad diluida en la Historia. Mediante la libertad que le es propicia, despertar la capacidad de asombro, la imaginación y someter al mundo que lo tiene sometido. La objetivación limita, determina el libre albedrío y la autonomía de la voluntad, en nombre de la disciplina o la homogenización. En este mundo hasta el lenguaje se objetiva y se vacía de sus contenidos espirituales.

Así que, la tarea del intelectual y del creador, aquí-ahora, consiste, en demoler con la reflexión, la imaginación y la creación, la superficie objetiva, metálica, de la voluntad de poder y de saber. Kertész corrobora lo dicho desde el umbral de la pseudocultura y la enfermedad intelectual: “La enfermedad intelectual de la época es el objetivismo, algo así como una pseudoobjetividad. La pseudocultura no se adquiere: se nace pseudoculto. Podríamos decir que la pseudocultura es una cuestión de inteligencia o, mejor dicho, de falta de inteligencia”. (Kertész).

Se trata de quitarles el vestido para que develen su esencia y el sujeto (el intelectual o el creador) vuelvan a ocupar el lugar del que fueron expulsados. Abraham Flexner: “El mundo ha sido siempre un lugar triste y confuso”; y, por otra parte, el mecanismo es tan complejo y perfecto como a la vez cuestionable: “convierte a los hombres en esclavos. Y los esclavos son imprevisibles, alevosos y proclives a la violencia. Resulta imposible calcular cuándo estallarán estas características” (Kertész).

Aquí se desvela lo que oculta el Estado técnico absoluto y el Gran Poder: el sentido “oculto” del capital financiero nacional e internacional, de las empresas y las fábricas transnacionales, los grupos de inversión, los lenguajes digitales, de la industria cultural, la industria militar, de la religión, los mitos, las narraciones, los discursos, que los legitiman ante los ciudadanos. Que en su quehacer posibilita la “estabilidad” del Sistema; pero a la vez el dominio y el control sobre el hombre y las humanidades históricas.

Se trata que el pensar futuro no sólo guie a los hombres a la proximidad del Ser, sino también que sus reflexiones posibiliten la libertad, la seguridad de las personas, la pluralidad y la autonomía de la voluntad. Que lo importante no se encuentra sólo en la tecnología y lo científico, la estadística y la numerificación, sino también en el tejido del Ser o, el devenir de la historia.

Que el pensar futuro posibilite en su cultura, la capacidad de pensar, de juicio y de acción de los individuos y colectivos. Que contribuya a la inclusión del individuo y los colectivos sociales, en la vida mental, espiritual, política o moral de la sociedad. Eso que se define como condición humana: la libertad, la dignidad del hombre, la justicia, los valores morales, la ética y la estética del ser humano.

 

                                                  Madrid-España a 13/01/2023

 

 

               

 

viernes, 23 de diciembre de 2022

LA CULTURA DEL ARTIFICIO



 Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Ensayista.

 

Si el poder en la sociedad y de las tecnologías, circundan, atraviesan, vigilan, desgarran, interrogan, al cuerpo y el alma de las personas. La cultura del artificio y las tecnologías de la información, responden a relaciones de fuerza y de dominio. Demuestran que el decurso técnico que en igual medida se manifiesta amoral e indiferente, reemplazó el mito en la actualidad. Por eso la tecnología deviene en la estela del destino, los titanes y el mundo del titanismo (del técnico y el colectivo técnico); porque son indiferentes a las necesidades materiales, morales y espirituales del ser humano.

Asimismo, la técnica se manifiesta como el mito de la actualidad, del <<presente-ahora>>. Es un ámbito que entrelaza los intereses económicos y comerciales, con la seguridad y los intereses geoestratégicos de los Estados. En otros términos, las Grandes Empresas de Internet [Google, Microsoft, Apple, Yahoo, Facebook, Twitter, AOL, LinkedIn], y gobiernos colaboran, unos por el negocio que los datos representan, y otros por la seguridad e intereses geoestratégicos. En consecuencia, la voluntad de poder se pone la máscara del empresario o del Estado, es indistinto, no tiene pulcritud espiritual.

 Sabemos que lo fundamental consiste en esconder formas especiales de disciplina y normalización. Es más, ¿a qué responden los grandes tecnológicos? Que los datos que utilizan los Estados y los partidos políticos, controlen el libre albedrío, la privacidad, el pensamiento, las inclinaciones políticas, las acciones del hombre. Así podemos darnos cuente que, atentan contra los pilares fundamentales de la democracia, la libertad y la integridad de los ciudadanos. Si la vigilancia de los ciudadanos se concatena a la social, el sentido de la democracia participativa y crítica, se degrada. Porque cuando se vigila la esfera privada de la persona humana, se pone en peligro la libertad de pensar, actuar y opinar.

Esto responde a un concepto histórico de la civilización de las redes globales: la lengua de la digitalización. Byung-Chul Han dice que, “la digitalización elimina la sustancialidad del mundo, transformándolo en un lugar sin resplandor”. O, en otras palabras, la digitalización está generando un nuevo “tipo” de ser y, en su defecto, un nuevo tiempo que impele a reajustar el Sistema o la Estructura. Por tanto, ni el concepto de progreso ni de historia, se atiene a la realidad, sino a presunciones dogmáticas que entrelazan el poder, el dinero y la técnica.

Como expresó Walter Benjamín: “la crítica a la representación de la historia en un tiempo homogéneo y vacío”, se corresponde a la crítica de “un concepto de progreso que tiene pretensiones dogmáticas”. En un ámbito teórico como este, la realidad se sustituye por el artificio de los lenguajes digitales. Entonces los intereses políticos de los neo-conservadores post-modernos se concatenan con el capitalismo global. En otros términos, el progreso y la técnica responden a estrategias de poder, intereses técnicos, económicos y políticos.

 En la sociedad de la información, por la revolución de los lenguajes digitales, el Estado-Nación voló por los aires como una costra seca, y está dando paso a nuevas civilizaciones globales. Ahora bien, desde el Orden Jurídico, la técnica contribuye al paso del Estado de Derecho, al Estado Punitivo. Esto es, la técnica ayuda a implementar la vigilancia, la disciplina y el orden en la sociedad. Que responde a las relaciones de dominio y de poder de una <selecta minoría>. 

Ahora bien, el ejercicio del poder no está circunscrito a dos bloques, como se inscribió en el cuerpo de los Estados-Nación de la segunda mitad del siglo XX. Sino que la materialidad del poder hay que percibirla en los nudos y las cuerdas que interactúan en las redes de los Estados globales. Hay que percibirlos en el ámbito de la cultura: bloques políticos, financieros, tecnológicos, científicos, militares, etc. Donde participan nuevos Estados en las tomas de decisiones. Así, las redes globales están tejiendo un nuevo tipo de sociedad que se concatena a intereses determinados.

 Entonces para comprender la época de tránsito que vivimos, hay que percibirla en su cultura. Ésta no es otra que, la cultura del artificio y los lenguajes digitales. Si los bloques ideológicos y políticos del siglo XX no respondieron a las necesidades psicológicas, materiales y morales de los pueblos. Estamos a las puertas de una nueva estructura, una nueva ética y una nueva estética política. En el devenir se percibe que los viejos valores ya no están, y los nuevos no han llegado todavía del todo.

En este orden, el tiempo de los instantes únicos, la cultura de la experiencia del momento oportuno, los relatos que guardan la memoria de epifanía de un pueblo, esos instantes que dignifican al ser humano se encuentran en entre dicho. Hoy en día, el ethos del proceso perfila su logos, una concepción de la vida y del mundo que determina a las sociedades. De igual modo, el ethos de la actualidad se concatena a los procesos técnicos y científicos; también al capitalismo global que se hace con cada aspecto de la existencia. Entre la técnica y el ethos existen vasos comunicantes, significa alejarse de los principios y valores de la condición humana.

Esta transtocación se convierte en algo preocupante para el hombre actual, porque el vacío espiritual lo ocupa ahora, lo fugaz y artificial. Estamos asistiendo al paso de las relaciones de sentido a las relaciones artificiales. Se trata de re-encantar el instinto de conservación vital, y también el misterio de conservación ideal, que posibilitan al hombre como frontera del mundo ir al encuentro de lo allende del muro del tiempo. Como dice Ernst Jünger: <<Semejantes a la capa de ozono, los misterios otorgan a la vida protección contra un ardor demasiado vivo. La visión directa de la belleza despojaría de lenguaje al espíritu, amenazaría con la muerte al cuerpo>>.

En este mundo de ilusión acústica y visual, donde la técnica ocupa el lugar de lo mágico. Se constituye como la expresión de la magia en la actualidad. La concepción histórica y estética de Jünger resulta fructífera para comprender el tiempo actual. Mucho más frecuente que la espiritualización –dice-, que libera del miedo, es el aumento de la sensibilidad, que lo hace crecer […] Ya sería hora, en todo caso, de que los dioses volvieran a salir alguna vez de su reserva. Hay expectativas de eso, y no sólo entre los afiliados a las sectas.

En la actualidad se observan millones de seres humanos con los brazos extendidos hacia los cielos estrellados implorando el advenimiento de los dioses, también se anuncia el enfrentamiento entre los titanes y las fuerzas del espíritu. En este <<orden>>, ninguna novedad deja de ser una nueva ordenación. 

Estas transformaciones históricas configuran la época actual. Que ponen en acción comportamientos que se relacionan con los instrumentos técnicos, las finanzas internacionales (los mercados de valores, el dinero bancario y un sistema financiero fuera de control); en consecuencia, la cultura expresa las tecnologías del poder. Son configuraciones históricas que contienen expresiones socio-políticas: los centros de poder y el grupo de personas donde se concentra y se gasta la energía: el “Grupo de Davos”, por ejemplo. Así no logramos entender el mundo de la política, porque no es en el ámbito político donde se toman las decisiones. Son poderes sutiles, imperceptibles, materiales y persistentes, los que ejercen el poder. Ellos poseen su lógica interna que responde a intereses que van de lo económico a lo cultural.

Si el comportamiento, la representación que posee la sociedad de sí y del mundo, está determinada por esas condiciones económicas, técnicas y de poder. En nombre de la eficacia y la eficiencia se niegan las satisfacciones espirituales y materiales, también las fuentes del misterio de la vida y de la muerte. Eso que en la superficie de la temporalidad y de la historia se llama, principios de la democracia moderna y proyectos sociales de búsqueda de la igualdad, la justicia y la solidaridad. Enfrentar la cuestión social de la igualdad, por medio del Derecho Constitucional, se ajusta a los objetivos históricos de las revoluciones modernas. Esto es: propender por la felicidad y la libertad; pero también por la conexión entre justicia y ley. Esta visión de un filón de la historia, aleja los negros nubarrones del ejercicio del poder que terminan inexorablemente, en la barbarie y el horror.

A su vez, estar en la tierra significa habitar, relacionarse con el cielo, la comunidad y lo divino. Esto significa buscar una vida digna, a la altura de las necesidades espirituales y materiales del hombre. Heidegger la denomina custodia de la cuaternidad. Es decir, lo que se toma en custodia tiene que ser albergado. La vida y la comunidad donde habitamos deben albergar al ser humano y posibilitar una existencia justa, libre y digna. Esta labor es de una prestación elevada, hay que buscarla incluso por debajo de las crisis financieras y los valores actuales.

En el umbral económico, no obstante, existen relaciones entre las nuevas modalidades técnicas y los medios de comunicación de masas e Internet.  Se consume de acuerdo a los valores del mercado y en consonancia a las necesidades del artificio, que crea la publicidad y el marketing. En las sociedades de masas y cultura de masas, es la capacidad de compra y de consumo lo que da status, más no la experiencia, la educación, la cultura o la sabiduría.

Por tanto, la cualidad del Ser se subordina al tener. Entre más ignorante es la persona más predispuesta estará a ser manipulada por la publicidad, los mercados financieros, los políticos y las redes sociales. Además, el desarrollo en las comunicaciones rápidas y simultaneas, está posibilitando un funcionamiento social que genera transformaciones culturales y un nuevo tipo de vida. Esta inflexión socio-histórica responde a los intereses del Sistema Capitalista Global; más no a las necesidades psicológicas, espirituales y materiales del hombre.

Asimismo, somos parte de una sociedad donde los valores y las formas de existir, son consustanciales al nuevo capitalismo global. Un ámbito que posee sistemas de ajuste que hacen posible que las personas se adapten a vivir en un estado de crisis permanente. Así, el sistema global maneja los desajustes estructurales como individuales. Los conflictos que podrían cuestionar a los partidos, las instituciones y sus representantes o, las modalidades de poder, se transfieren a relaciones interpersonales. Se constituye un ámbito donde los problemas se perciben únicamente como molestias. Antes de ser planteados, son liquidados con rapidez, liquidados en estado embrionario, como consecuencia de la aceleración. Están multiplicándose los sectores en que los problemas son resueltos por las máquinas. (Jünger).

En esta época de alto desarrollo técnico, de sociedad de masas y cultura de masas, sentimos la aniquilación del valor y de la ética, en nombre de la superficialización y la simplificación del mundo. Y, esto trae consecuencias impredecibles en los elementos de la condición humana, como Hannah Arendt la percibe: la vida, la natalidad, la mortalidad, la mundanidad, la pluralidad y la Tierra. En otros términos, en la sentimentalidad, los valores, el lenguaje, el pensamiento, el ethos, la moral y el espíritu.

En este orden de ideas, Walter Benjamín se vale de las investigaciones de Eduard Fuchs para introducir en sus indagaciones los atisbos de cosas despreciadas, apócrifas; los ripios, los escombros o materiales, los desechos de la vida urbana, para reconstruir los portillos de la historia y la cultura. Para Benjamín son las imágenes lingüísticas las que posibilitan una visión de la historia y la realidad, de la técnica y los lenguajes digitales, en el umbral de la constelación del despertar. ¡Despertar! Un nuevo conocimiento desde el pálpito de lo acaecido. ¡Despierto cuando conozco!

 Se trata de desgarrar la manigua de la selva virgen con el hacha de la razón sin mirar ni a izquierda ni a derecha para desvelar las profundidades de su vientre. Desgarrarlos para hacer surcos y el ser humano pueda transitar los caminos de la historia y de la vida; más allá de las potentes seducciones del mito y la locura, de la técnica y la economía. Desgarrar con la imaginación, la sensibilidad, el lenguaje y la razón, lo que ocultan las cortinas que cubren las ruinas de la cultura y la civilización moderna. Eso que el Gran Poder esconde para que no veamos, oigamos, sintamos, lo que verdaderamente acontece en la arena de la historia y la actualidad.

 

                                                  Madrid-España a 23/12/2022

lunes, 24 de octubre de 2022

La Técnica en la Época Moderna

 

                                            

 

Antonio Mercado Flórez. Filósofo y Ensayista

 

<<Son fragmentos del libroReflexión acerca de la Técnica y Carta sobre el <<Humanismo>> de Martín Heidegger. Aproximación cultural al problema de la técnica en la modernidad”. Que acabo de escribir>>.

 

Heidegger hace un llamado que pensemos la humanidad (humanitas), no desde la teoría, la técnica, la lógica, la gramática, la política, la historia, sino desde el Ser. Éste es lo que aparece, se muestra, se revela ante alguien y ese alguien es el Dasein: el ser humano. De ahí se habla de la experiencia de cada uno de nosotros, de nuestra singularidad. De mi vida porque todo ser humano es un ser vivo, y mi vida es singular y concreta y, es ahí donde las cosas aparecen. La tarea del pensador está en que el hombre logre una relación satisfactoria con la esencia de la técnica; o, en otros términos, “lograr una relación explicita con lo que hoy acontece”.

En este orden de ideas, el humanismo trasciende el determinismo y posibilita que la esencia del ser humano se revele en la luz del Ser. Que dicha esencia de un paso más allá del biologismo, el nacionalismo, el patriotismo y permita que el humanismo dignifique al ser humano. La libertad y la dignidad humana sólo se alcanzan en la vecindad del Ser. Según Heidegger, hay que dedicarle toda la atención al vínculo ético, ya que el hombre de la técnica, abandonado a la masa, sólo puede procurarle a sus planes y actos una estabilidad suficientemente segura mediante una ordenación acorde con la técnica. 

Este tipo de hombre que depende de la técnica se paraliza cuando las cuestiones fundamentales de la existencia salen a la luz: la pregunta sobre el amor, la solidaridad, la guerra, el odio, la fraternidad, la amistad, la violencia, la paz, la tolerancia o la libertad, etc. En el mundo de la técnica el hombre sólo puede enfrentar sus planes y actos en el ámbito de la ética. Ya que el fin de la técnica es crear un orden que obedezca a sus designios. Sólo la ética libertaria posibilitara las herramientas para hacer frente al poder embriagador de la tecnología. Porque la voluntad de poder que la técnica esconde tras sí domina, controla y coacción. El ser humano en la modernidad entregó su esencia y la libertad a cambio de unas pocas monedas de lo actual.

Recordemos que Heidegger afirma que la técnica planetaria destruirá la Vida. En este mundo automatizado, en el que prevalece la velocidad y lo efímero, el hombre tiene miedo de una mecanización anónima, brutal y desconsiderada, que destruya el dominio del hombre sobre el mundo. Que las armas atómicas desencadenen un Armagedón. Que destruyan la Gelas-senheit, la disponibilidad de la vida. (George Steiner).

Hace tiempo que el hombre no dispone de su vida, sino que obedece a las máquinas, a la voluntad de poder y a las selectas minorías. Así pues, el libre albedrío no existe, sino unas determinaciones que van desde la economía, la política, la ciencia, la técnica hasta la cultura. Y, eso hace del hombre un ser sumamente desdichado. En esta época del Titán y del titanismo –del colectivo técnico y del técnico- que es el tiempo de Acuario, el ser humano pide con las manos extendidas a los cielos estrellados que los dioses salgan de sus escondites.

Por tanto, la esencia de la técnica no es la manipulación de los instrumentos o las máquinas, sino la comprensión del procedimiento. Así que el hombre no debe perder la libertad y la distancia ante el funcionamiento técnico. La distancia es lo que posibilita preguntarse sobre la esencia de ésta. Ahora la existencia “privada” no es en absoluto el ser del hombre esencial, o, lo que es lo mismo, el hombre libre. (Heidegger).

Así que, el hacer de la existencia “privada” niega la esfera pública. Porque lo público oculta lo privado en las esferas que despliega: la economía, la política, la sociedad, la educación, el orden jurídico, la tecnología y la cultura. Por eso estamos inmersos en unas concentraciones de poder vigorosas, inmediatas que absorben y niegan la libertad. “Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una idea que no tiene que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra (Ernst Jünger).

Como expresó Donna Haraway: “La serie de medios interconectados consiste en la proliferación de los aparatos tecnomilitares y los microconflictos a escala global; en la acumulación hipercapitalista de la riqueza; en la conversión del ecosistema en el aparato mundial de producción; y en el aparato de infoentretenimiento global del nuevo contexto mundial”. Así que para hacerles frente es necesario la elaboración de un pensamiento que se relacione con “los principios de justicia social, el respeto a la dignidad humana y la diversidad, el rechazo del falso universalismo; la afirmación de la positividad de las diferencias; los principios de la libertad académica, el antirracismo, la apertura al otro y la cooperación”. (Rossi Braidotti).

Hannah Arendt en el texto En el presente. Ensayos políticos. Europa y América (1954). Visualizó la catástrofe del dominio de la técnica. En la Europa de hoy en día -dijo-, el desarrollo, la posesión y la amenaza del uso de armas atómicas por parte de los Estados Unidos es un hecho fundamental de la vida política. Los europeos, por supuesto, han participado durante años en los debates ahora cotidianos sobre el carácter desalmado de un país dominado por la tecnología moderna, sobre la monotonía de la máquina, la uniformidad de una sociedad basada en la producción en masa y asuntos similares.

Pero hoy la cuestión va mucho más lejos: la conexión íntima entre la guerra contemporánea y la sociedad tecnificada se ha hecho obvia para todos, con el resultado de que amplios sectores de la población –no sólo intelectuales- temen y se oponen apasionadamente al progreso tecnológico y a la creciente tecnificación de nuestro mundo.

Así que, la tecnología y su transformación del mundo son parte esencial de la historia europea desde la Edad Moderna, por lo que, evidentemente, es absurdo culpar de sus consecuencias a América. Los europeos solían ver el progreso técnico de América del mismo modo que Tocqueville vio el progreso de la democracia americana, esto es, como algo que concernía de manera fundamental a la civilización occidental en su conjunto, aunque por ciertas razones especificas dicho progreso técnico hubiese encontrado su primera y más clara expresión en los Estados Unidos.

Esta actitud cambió desde el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima; desde entonces, ha habido una tendencia creciente a considerar que todo logro técnico es intrínsecamente perverso y destructivo, y a ver en América, principalmente, y a veces en Rusia el epítome de una tecnificación destructiva que es hostil y ajena a Europa. (Arendt). Esto expresó en la década del cincuenta, y ahora existen otros Estados que poseen la bomba atómica, como Israel, Corea del Norte, India, Paquistán, China, etc.; que se convierten en peligro para la extinción de toda vida sobre la Tierra.

Esta tendencia ve los desarrollos técnicos recientes como esencialmente no europeos; se miran desde fuera del devenir histórico contemporáneo. La potencialidad destructiva de las nuevas armas es tan grande, y la posibilidad de la destrucción física de los países europeos es sentida como tan inminente, que el proceso de tecnificación ya no se ve fundamentalmente como algo que atenta contra el espíritu o el alma, sino como algo cargado con el peligro de la pura destrucción física. Así pues, las masas ya no consideran el desarrollo técnico como una fuente de mejora material. (Arendt).

Además, lo que caracteriza los desarrollos tecnológicos recientes más que los métodos de producción, es la liberación de fuerzas naturales. La reacción en cadena de la bomba atómica puede convertirse en símbolo de una conspiración entre el hombre y las fuerzas elementales de la naturaleza, las cuales, una vez desencadenadas por el saber del hombre, pueden tomar algún día su venganza y borrar toda vida de la superficie de la tierra, quizás incluso la propia tierra. Por consiguiente, el poder político americano se identifica cada vez más con la fuerza aterradora de la tecnología moderna, con un supremo e irresistible poder de destrucción. (Arendt).

Esto lo pensó Arendt en 1954 en plena Guerra Fría entre Estado Unidos y la Unión Soviética; y en la actualidad la tecnología sigue rodeada de ese halo de destrucción y barbarie. Más cuando la vida o la muerte dependen del dron y los lenguajes digitales, dominados a gran distancia. Aquí no es la vida, ni la seguridad, el bien más sagrado, sino los intereses económicos, estratégicos y geopolíticos de los Estados, las Corporaciones, las finanzas internacionales y el poder de las selectas minorías. Se sacrifica la vida en nombre de la seguridad de los Estados, la técnica, la política y la economía. Dicho, en otros términos, en nombre del Gran Poder.

Sabemos que el desarrollo tecnológico tiene su origen en el conjunto de la historia de la cultura occidental y se concatena al conocimiento, al bienestar social, también al confort y a la guerra contemporánea. Ha transformado al hombre-mortal-individual en un miembro consciente de la raza humana. Desde el momento en que llega a ser concebible que una guerra pueda amenazar la existencia del hombre en la Tierra, la disyuntiva entre libertad y muerte pierde su antigua plausibilidad. Se trata de desenmascarar que el desarrollo tecnológico no es indiferente a la guerra, al dominio, la coacción y al control del hombre. Tampoco a la libertad que sede la acción pública y privada, al ejercicio del poder tecnológico y la tecnocracia administrativa.

Walter Benjamín confirma a Arendt: “cuando la velocidad de los medios de transportes, o la capacidad de los aparatos con que se reproduce la palabra y la escritura, sobrepasan las necesidades. Las energías que la técnica desarrolla más allá de ese umbral son destructoras. En primera línea favorecen la técnica de la guerra y su preparación publicitaria. Del desarrollo, el hombre no fue consciente de las energías destructoras de la técnica”.

Ahora en la actualidad el progreso científico-técnico no solo hay que verlo desde el umbral de las armas para la guerra; también se cuestiona porque está deteriorando los sistemas ecológicos, los mares, la Antártida, el Ártico, como las selvas tropicales que ponen en peligro la extinción de especies de animales y del ecosistema tropical; y observamos tristes y desencantados como el mundo de nuestros mayores se desase como hongos podridos en la boca.  

En la civilización del artificio el hombre adquiere seguridad en el mundo de la técnica. Pero a cambio entrega la voluntad y la libertad, a poderes que lo trascienden. El hombre masa determinado por los instrumentos técnicos adquiere coherencia interior y orden a sus actos, en los instrumentos técnicos. Este tipo de hombre entregó su vida privada y su vida pública al poder de la tecnología.

La desdicha y la soledad, el miedo y los sufrimientos, son las figuras que toma en la actualidad. Su lugar lo ocupan las plataformas de los lenguajes digitales: Facebook, Twitter, WhatsApp, Google, Apple etc. Medios desde donde se ejerce el Gran Poder: el del Estado y sus instituciones, de las Corporaciones, del Capital bancario, de la Industria militar, etc. En este espacio el hombre es un grano de arena en el desierto. Ya que está vigilado, disciplinado, interrogado, domesticado, coaccionado, homogenizado, uniformado, por fuerzas anónimas más allá de su comprensión.

 Dejar que la técnica determine la vida del hombre es abandonarlo al Gran Poder. Que convierte la existencia humana en almacén de recursos para ser utilizados, sustituidos, desechados o, consumidos. O, en otros términos, en pieza de recambio en el engranaje del Gran Poder. En el Estado técnico el hombre abandonado a la masa, pierde sus límites como individuo. A este hombre no le interesa la esencia de la técnica, sino ésta como <instrumento de emplazamiento> -al decir de Ernst Jünger.

Asimismo, al hombre tecnificado se le niega la zona de la sentimentalidad, de la subjetividad y del espíritu, para dar prioridad a las máquinas y los lenguajes digitales. Así nos preguntamos, ¿en un mundo cómo éste existe el ser humano? o, ¿quién pasa por alto la situación de precariedad del hombre? Esta situación no exime a quienes ejercen el poder de sus responsabilidades éticas y morales ante la sociedad.

En el texto La pregunta por la técnica, Heidegger tiene presente tres principios: la determinación especifica de la época, la carencia y la reorientación. Desde una perspectiva metodológica, su reflexión no se reduce a la solución ni a la superación del problema de la técnica en la época actual. Se trata, por así decir, de confrontar la penuria, el peligro, la carencia. Hacer frente a la penuria de la experiencia, de la imaginación, de la capacidad de asombro, del lenguaje, del pensar o, de la condición humana.

En este orden, el dominio de la técnica en esta época especifica coincide con la penuria, que es, a la vez, vecina del peligro. Quien vive en la penuria, no sólo está al borde del peligro, sino de dejarse llevar por los espejismos de ésta. Se trata de reorientar el sentido de la técnica y ponerla al servicio de las necesidades del ser humano.

Heidegger recuerda que el sentido original de la técnica no era el dominio, la coacción o, el ejercicio del poder técnico, sino una forma de conocimiento que fabricaba útiles al servicio de metas auténticas, verdaderas. La técnica en la actualidad perdió el impulso originario y se convirtió en instrumento de poder y de dominio. La técnica reduce lo existente a mera funcionalidad dentro de un sistema instrumental. Así pues, la interpretación técnica del pensar provocó el olvido de su cometido esencial.

Como dijo Ernst Jünger: “lo que llama la atención en las utopías de nuestro siglo es que se presentan con el estilo de la ciencia y que son pesimistas. No hay en ellas magia; con la técnica basta”. Esto quiere decir que, no hay ningún misterio más allá de ella. A la época actual hay que percibirla en su cultura; y la cultura de la civilización actual habla el lenguaje de la técnica. Ésta no tiene aura y, el espíritu está amenazado. Así expresó al respecto Umberto Eco: “toda tentativa (del saber científico-técnico) de averiguar el sentido último conduce al absurdo y le arrebata su misterio al mundo”.

Piensa Heidegger, el campesino que siembra utiliza la técnica para realizar una donación y entiende la cosecha como aceptación. Así, su papel es actuar como el custodio de una renovación cíclica. Por el contrario, una presa hidráulica es una provocación, un acto de fuerza, una forma de violencia que simboliza el espíritu de la actual sociedad industrial. Al obrar de este modo, la técnica se convirtió en devastación. La industria moderna ha impuesto la destrucción, lo terriblemente monstruoso. La superación de este horizonte no es sencilla, pues la metafísica no es tan solo un error teórico, sino el destino de la cultura occidental. (Rafael Narbona. El cultural; 9 de agosto de 2022).

El pensar representativo (esto es, ilusión del predominio del <<sujeto>>), según Heidegger, se relaciona con el pensamiento científico-técnico que responde a las apetencias del Gran Poder. Así el mundo del artificio crea la ilusión de libertad, de autonomía de la voluntad y de felicidad. Y, el Gran Poder induce al ser humano a caminar por un desfiladero estrecho y funesto que lo conduce al vació total. Como también nos compelen a vivir en la esfera de la consciencia, de las relaciones artificiales, y nos ocupamos de manera exagerada en pensar la situación en que vivimos. Se trata, en última instancia, de arrebatar al hombre la capacidad de asombro, de soñar, las experiencias compartidas y las memorias colectivas. Este tipo de hombre (el tecnificado y uniforme), no se arriesga a desandar lo andado o caminar por caminos no transitados.

En el Mundo Moderno el hombre experimenta un vació y al hacerlo, se convierte en una pieza del engranaje. El ser humano cree que todo lo controla, pero su situación es de pobreza y, de indigencia. También vive la penuria material, moral, espiritual y cultural. Por tanto, “la penuria es la <<ausencia de penuria>> en la vasta extensión de lo disponible”. La disposición de recursos del hombre, lo condujo a su miseria espiritual, mental y física. En medio de la abundancia, abunda la miseria, es una de las situaciones del hombre moderno.

Así que, dentro del engranaje del Sistema Capitalista, el predominio de la técnica sólo cumple funciones establecidas por el Gran Poder y las selectas minorías. El peligro que representa la técnica al mundo de las existencias devela que, cerca ilumina lo que salva. Heidegger recurre a las palabras del poeta Hölderlin:<<Donde está el peligro crece también lo que nos salva>>. Que la im-posicion de la técnica moderna contiene en sí misma la capacidad de salvarnos de ella.

Si experimentamos la Gestell, (la forma colectiva en que los seres tienen experiencia) podemos percibir en ella un otorgar, un revelar; percibimos la carencia de las herramientas conceptuales para revelar la verdad misma de la esencia de la técnica moderna. De ahí que la esencia de la técnica moderna es su carácter impositivo, que Heidegger llama Gestell: que provienen del prefijo alemán <<re>> y del verbo <<poner>> o <<colocar>>. Así, la Gestell percibe y utiliza a los objetos y los seres humanos como mercancías fácilmente re-colocables, re-puestas, agotables <<hasta el fin de existencias>>. Por tanto, hoy todo está subordinado a la técnica.

Heidegger reflexiona la modernidad capitalista y cómo se decanta por su consumo instrumental extremo, incluso de los seres humanos. Por eso la técnica es otro modo de desocultamiento de la alétheia (de su verdad). También posee un sentido metafísico: se refiere a la relación del hombre moderno con el mundo y su realidad; y la tendencia del primer por dominar y apresar en su saber-conocimiento al segundo. En la modernidad ya no vemos la realidad como algo dado que está ahí fuera, sino como una extensión de nuestra percepción, porque así nada escapa de su entendimiento.

Ernst Jünger pregunta, qué será lo que el Weltgeist, el Espíritu del Mundo, ¿tendrá reservado hoy para sus soñadores y durmientes? Se trata de crear la ilusión psicológica que la condición humana es soportable para todos; lo cual es mentira. Este, es, uno de los senderos que ha de transitar el pensar, develar las mentiras del poder. La esencia de la técnica se extiende por doquier, la política, la economía, la cultura, la ecología participan de esa esencia. (Esquirol). O, lo que es lo mismo, es el concepto cognitivo en lo que se basa toda fabricación y producción.

Así que, lo que interesa no es el movimiento de las manipulaciones de los instrumentos técnicos como actividad, sino entender los procedimientos técnicos. De ahí que la esencia de la técnica porte en sí la iluminación y la verdad del Ser. Por tanto, la esfera de la esencia de la técnica no es indiferente al arte, la literatura, la música, la poesía, al lenguaje, la filosofía y la cultura en general. De ahí que hay que percibir la técnica como instrumento y la esencia que la determina, en su cultura.

       Martín Heidegger; “La técnica es planetaria, en el sentido que esta revelación del Ser abarca el planeta y afecta la relación del hombre con éste”.

                                            Madrid-España a 21/10/2022