jueves, 27 de julio de 2017

¿QUE SIGNIFICA HOY LA SEGURIDAD EN EL MUNDO?



Versión completa de la intervención de apertura de la sesión de trabajo sobre cooperación en seguridad y defensa en la XV Reunión Interparlamentaria España-México, Baiona (Pontevedra), el 10 de julio de 2017
MARCELO EXPOSITO.

SENADO DE LA REPÚBLICA
20 DE JULIO DE 2017
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Queridos amigos y amigas: como miembro de la Mesa del Congreso de los Diputados me sumo a daros la bienvenida a este encuentro interparlamentario y a recordar los estrechos vínculos políticos, culturales y afectivos que han unido históricamente a nuestros pueblos. Sobre todo, no olvidamos el apoyo que México dio durante el siglo pasado a nuestros exiliados y emigrantes en momentos muy difíciles de nuestra historia.

Para cerrar este encuentro nos hemos propuesto dialogar en torno a cuestiones de seguridad y defensa. Ya que tendremos muchas aportaciones detalladas sobre cómo nuestros países podrían cooperar en estos asuntos, prefiero facilitar como introducción apenas un par de reflexiones de fondo a nuestro debate. A nadie se le escapa que en un mundo que se encuentra en una situación muy compleja, los peligros que acechan a la seguridad de nuestros pueblos son muchos, pero uno no siempre está seguro de si las decisiones que a veces adoptan nuestros gobiernos mejoran o empeoran la seguridad del mundo. Precisamente porque he empezado celebrando la generosidad histórica de México con nuestros refugiados y emigrantes, quiero sumarme a denunciar una infamia: la amenaza que ha proferido el presidente Donald Trump de construir un muro que impida la circulación de los mexicanos y las mexicanas hacia Estados Unidos, un muro que cerraría la frontera que se ve atravesada por uno de los flujos migratorios más densos del planeta.

Se construya o no, el muro de Trump no es una mera ocurrencia sino un signo de los tiempos. Se corresponde en todos los sentidos con el muro a veces invisible erigido por las políticas fronterizas de la Unión Europea para controlar los flujos migratorios que provienen principalmente de Latinoamérica y África, con un mar Mediterráneo convertido en una abismal fosa común. Según la Organización Internacional para las Migraciones, sólo hasta la fecha de hoy se han contabilizado aproximadamente 2.300 muertes en el Mediterráneo, y claro está que el número sigue creciendo. Esta cifra sirve para indicarnos el descomunal desastre que suponen las políticas basadas en un enfoque fundamentalmente securitario y punitivo de los flujos migratorios. Los muros se erigen hoy día  evocando precisamente razones de seguridad para quienes quedamos protegidos dentro, pero proyectan la inseguridad hacia quienes son empujados extramuros. Numerosas organizaciones de la sociedad civil han denunciado por ejemplo el acuerdo de la Unión Europea con Turquía que externaliza la gestión de la última gran crisis de refugiados, acuerdo que España también ha suscrito. Las relaciones de cooperación internacional en materia de seguridad y defensa no siempre atienden a criterios de justicia global ni se basan en una comprensión recíproca y multipolar de la seguridad mundial.

EL MOVIMIENTO GLOBAL DE LAS PERSONAS SE VE FORZADO EN MUCHAS OCASIONES JUSTAMENTE POR LA MANERA EN QUE NUESTROS PAÍSES CONDUCEN EL PROCESO DE GLOBALIZACIÓN ECONÓMICA

Parecería que en el mundo vivimos hoy una paradoja. En la sesión de trabajo sobre cooperación económica y comercial, la mayoría de sus señorías han hecho hincapié en la necesidad de abrir las fronteras y ampliar la interacción económica entre nuestros países y respectivos continentes en un mundo globalizado. Se diría que esta imagen de un planeta cada vez más integrado se contradice con aquella otra de un mundo partido por enormes vallas fronterizas. Pero en realidad se trata de la doble cara de una misma moneda. La libertad de los capitales, las inversiones económicas y las grandes empresas se dan la mano con el control sobre la circulación de las poblaciones más empobrecidas y desprotegidas. El movimiento global de las personas se ve forzado en muchas ocasiones justamente por la manera en que nuestros países conducen el proceso de globalización económica. Baste pensar por ejemplo en la actuación de las grandes multinacionales extractivas en Latinoamérica, que provoca oleadas de refugiados socioambientales y afecta al derecho de comunidades enteras sobre sus territorios de origen. Se trata de uno de los aspectos más visibles de la indisociable relación entre la globalización económica y el desplazamiento masivo sobre el que vienen advirtiendo desde hace ya muchos años incontables organizaciones independientes, de entre las cuales me permito ahora llamar su atención sobre los informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica de la UNAM en México. No es un dato menor que Berta Cáceres, coordinadora del Consejo de Pueblos Indígenas de Honduras (COPINH), cuyo asesinato estremeció a la opinión pública de todo el mundo, haya sido sólo uno de los alrededor de 200 activistas medioambientales asesinados en todo el continente latinoamericano en apenas estos tres últimos años. 

Existe entonces también una relación estrecha entre el diálogo sobre la globalización económica y este otro que ahora comenzamos sobre seguridad y defensa. Porque en la situación actual del mundo, un debate como éste requiere poner en contraste las diferentes percepciones sobre qué significa seguridad y cuál es la mejor manera de proteger a nuestros pueblos. Esta mañana, sin ir más lejos, pensaba cómo resultaría necesario traducir los lugares comunes de nuestro lenguaje institucional para captar qué imágenes provocan nuestras palabras en la gente común. Cuando decimos competencia y liberalización, estoy seguro de que hay quienes piensan en la frontera sur europea, con la separación entre África y las ciudades españolas de Ceuta y Melilla reforzada por una valla fronteriza coronada por cuchillas y donde se ejecutan lo que se llaman “devoluciones en caliente”, que están incomprensiblemente permitidas por la legislación española aunque atentan claramente contra la legislación internacional en materia de derechos humanos. O piensan también en el endurecimiento de los controles españoles y europeos sobre los emigrantes latinoamericanos: según el Informe CIE 2016 del Servicio Jesuita a Emigrantes, España ejecuta una media diaria de 25,66 expatriaciones forzosas, y 7.597 personas, por supuesto que muchas de ellas provenientes de América Latina, fueron internadas en Centros de Internamientos de Emigrantes por una situación de irregularidad administrativa que no está tipificada como delito. De la misma manera, cuando nosotros decimos reformas estructurales, inversiones extranjeras o tratados de libre comercio, tendríamos que preguntarnos cómo se sienten esos conceptos si se escuchan en Ciudad Juárez Ayotzinapa

A la vista de estos datos y de estas imágenes que he evocado, resulta comprensible que las mayorías sociales se pregunten cada vez más para qué les sirven sus gobiernos y para qué valemos nosotros, sus legisladores. Aumenta el descreimiento de nuestros pueblos frente a las instituciones que deberían protegerlos. Y eso explica que se inclinen por opciones políticas de castigo, que en foros institucionales como éste se califican de equivocadas, populistas, antidemocráticas. Tenemos que preguntarnos seriamente de dónde proviene y adónde conduce esa desafección e incluso esa indignación. Qué responsabilidad tenemos como instituciones que se dicen democráticas.

El borrador de acuerdo que se nos ha facilitado pone en el centro las “amenazas para la paz y la estabilidad en el mundo”. He mencionado al comienzo que se trata de una preocupación insoslayable. Pero a tenor de las problemáticas y los casos que acabo de citar, sorprende que el documento propuesto no mencione en ningún lado, además de los programas de cooperación militar y policial, el grave deterioro internacional en materia de derechos humanos. Defender los derechos de nuestros pueblos debería figurar en el centro mismo de las políticas de seguridad. Derechos humanos debería ser un concepto que figurara en el encabezado mismo de nuestros acuerdos sobre seguridad y defensa. No se trata de una cuestión opcional o debatible por diferencias políticas. El informe 2016–2017 de Amnistía Internacional sobre la Situación de los Derechos Humanos en el mundo dedica algunas páginas a nuestros respectivos países que deberían hacernos reflexionar seriamente en un foro como el nuestro sobre qué significa hoy la seguridad en el mundo.

Les quedo muy agradecido por su atención.
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Marcelo Expósito es secretario tercero del Congreso de los Diputados y vocal en la Comisión de Interior por el Grupo Parlamentario Confederal de Unidos Podemos – En Comú Podem – En Marea.


sábado, 24 de junio de 2017

FRAGMENTOS SOBRE LA VIDA, LA FELICIDAD Y LA MUERTE.

             
            






Antonio Mercado Flórez.



Desde la antigüedad hebraico-clásica la bendición de la vida como un todo, inherente a la labor, jamás se encuentra en el trabajo. La bendición de la labor consiste en que el esfuerzo y la gratificación se siguen de cerca como la producción y consumo de los medios de subsistencia. Así, la felicidad terrena incide en que el ser humano pueda laborar y tenga lo necesario para la subsistencia y la reproducción. Por eso el derecho a la búsqueda de la felicidad es tan innegable como el derecho a la vida; incluso son idénticos.

Lo sorprendente de esta reflexión es que nos muestra que el derecho a la vida y la felicidad, nada tienen que ver con la fortuna. Nada tiene en común la <<buena fortuna>>, que es rara, azarosa y fortuita, con lo que permanece en el interior del hombre; en la cripta, el seno del espíritu, el pensamiento y el lenguaje. De ahí que la fortuna dependa de la suerte y de lo que la oportunidad da y quita; aunque la mayoría de las personas, en la <<búsqueda de la felicidad>>, corren tras la fortuna que igualan a la acumulación de riquezas, de propiedades, al consumo masivo, a lo que se denomina <<cultura del espectáculo>>: […]. Y, lo paradójico consiste, en que, esas personas que corren tras la fortuna como posesos, se sienten desventuradas incluso cuando la encuentran. Porque la felicidad no se encuentra en el <<tener>>, el <<poseer>>, ni el <<consumir>>, sino en Ser; esto es, en el interior de todos y cada uno de nosotros.

De ahí que las personas que priorizan lo material sobre lo espiritual, desean conservar y disfrutar la suerte como si se tratara de una abundancia inagotable de <<buenas cosas>>. Y están equivocadas, porque lo que permanece son las corrientes espirituales que crean y dan forma al mundo. El hombre de la civilización actual, el hombre del movimiento y de los fenómenos históricos, ha de tomar sus preceptos, sus criterios, de la esencia inmóvil y sobretemporal, la cual se pone de manifiesto y se modifica en la historia. Y cuando esto acontece, se pone en relación con lo absoluto, la totalidad, y en ello experimenta un sentimiento de dicha.

Como expresa Hannah Arendt, en <<La condición humana>>: <<No hay felicidad duradera al margen del prescrito ciclo de penoso agotamiento y placentera regeneración, y cualquier cosa que desequilibre este ciclo  -la pobreza y la desgracia en la que el agotamiento va seguido por la desdicha en lugar de la regeneración, o las grandes riquezas y una vida sin esfuerzo alguno desde el aburrimiento ocupa el sitio del agotamiento y donde los molinos de la necesidad, del consumo y de la digestión, muelen despiadada e inútilmente hasta la muerte un imponente cuerpo humano –destruye la elemental felicidad de estar vivo>>.

El derecho a la vida instituido como un precepto universal del ser humano, corresponde a la búsqueda de la felicidad y la libertad. Montesquieu dijo en <<Sobre el espíritu de las leyes>>: <<La libertad consiste principalmente en no poder ser forzado a hacer una cosa que la ley no ordena; y nos encontramos en esta situación porque somos gobernados por leyes civiles; así pues, somos libres porque vivimos bajo leyes civiles […] La libertad de cada ciudadano es parte de la libertad pública>>. Un hombre sólo puede ser feliz cuando es libre y justo; la corrupción del hombre y de los gobiernos empieza siempre por la de los principios. Así pues, un gobierno corrupto y autoritario, no garantiza la libertad y ni la felicidad a los ciudadanos, sino el dolor, el sufrimiento y la injusticia.

Prosigue Arendt: <<La <<bendición o júbilo>> de la labor es el modo humano de experimentar la pura gloria de estar vivo que compartimos con todas las criaturas vivientes, e incluso es el único modo que los hombres permanezcan y giren contentamente en el prescrito ciclo de la naturaleza, afanándose y descansando, laborando y consumiendo, con la misma regularidad feliz y sin propósito que se siguen el día y la noche, la vida y la muerte>>. Por eso, la recompensa a la fatiga y la molestia que deja el laborar, es una porción de la naturaleza en el futuro de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos.

Esta reflexión sobre la vida, la labor, la felicidad o la muerte,  fue expuesta por los hebreos en el Antiguo Testamento: <<El Antiguo Testamento, que, a diferencia de la antigüedad clásica, sostiene que la vida es sagrada y, por lo tanto, ni la muerte ni la labor son un mal (y menos aún un argumento contra la vida), muestra en la historia de los patriarcas la despreocupación de éstos por la muerte, su no necesidad de inmortalidad individual y terrena, ni de seguridad en la eternidad de su alma, y cómo la muerte les llegaba bajo el familiar aspecto de sereno, nocturno y tranquilo descanso a una <<edad avanzada y cargada de años.  

>>Sigue siendo verdad que los dioses deparan una muerte temprana a sus favoritos, y los libran en recompensa de la vejez, no permiten que mueran <<viejos y artos de la vida>> […] La muerte sigue siendo lo que era en la juventud: una separación decisiva. Los favoritos de los dioses no crecen hacia ella como los patriarcas judíos, hasta que cuelga sobre su boca como los frutos maduros de la higuera bajo la cual están sentados esperando. Mientras viven están inmersos en proyectos vitales, son los únicos a los que sólo separa la muerte, no el peso de la vida vivida.

>>Es muy engañosa la contraposición usual entre muerte y vida, en la que la muerte se identifica en cierto modo con la naturaleza inorgánica. Lo inorgánico, las piedras, las montañas y los mares, no son ni muertos ni vivos; como enteramente terrestres, son de la tierra por toda la eternidad y le pertenecen. Todo lo vivo desaparece en la muerte. El hecho de que en el proceso de descomposición lo vivo se deshaga en lo carente de vida, sólo significa que desaparece como eso que ha sido en su individualidad única, mientras que la piedra permanece en su individualidad y perdura más que lo vivo. Por eso todo lo vivo, y no sólo el hombre, lleva inherente algo no terrestre; de acuerdo con ello quizá podemos definir la vida real mente como habitar […] Si la vida es ser, <<lo más vivo>> es lo que está dotado de mayor grado de ser. Si la vida es solamente una forma muy rara de lo muerto, entonces lo más raro es lo más vivo y lo más entitativo>>.

Martín Heidegger: <<La forma en que propiamente los hombres estamos en la tierra es…  el habitar. Estar en la tierra como mortal significa: habitar>>. Ser hombre   habitar la tierra   estar en la tierra como mortal; en eso se cifra la fugacidad de la relación humana con la tierra, el hecho de que <<el hombre no es de este mundo>>, de modo que está en él solamente en la forma de habitar. Esto implica su mortalidad. Es distinta la condición de los dioses, cuya in mortalidad acredita precisamente su condición terrestre. Ellos garantizan a los mortales la inmortalidad de la morada, en la que estos entran y de la que salen de nuevo. De ahí la doble relación del hombre: con los inmortales dioses terrestres en virtud por su gratitud por la tierra, y con el extraterrestre Dios eterno (¡no inmortal!), que se hace <<visible>> a los mortales sólo a causa de su mortalidad>>.

>>Cuando el hombre desdiviniza la tierra, le roba su inmortalidad y con ello se despoja a sí mismo de la morada para su mortalidad. Esto puede suceder por una tergiversación de Dios. En el cristianismo el hombre se ha hecho consciente casi apátrida de la tierra; es obvio que esto no se logró, pero si se realizó la desdivinización de la tierra, es decir la perdida de la patria inmortal de los mortales>>.

Así, el hecho de que el hombre sea mortal, <<capaz de la muerte>>, le confiere una superioridad con lo inorgánico y los otros habitantes de la tierra; y ésta le confiere una relación con algo no terrestre y, sea un ser desamparado por Dios. Un desamparo que sólo lo llena la <<promesa>> que confiere Dios. Así, también para cualquier vida humana, de nada vale la libertad del hombre en la muerte, sino la redención en la vida eterna.

En esta tierra desdivinizada, que no ofrecía ya ninguna morada, luego los hombres también se instalaron todavía sin Dios>>. La muerte entonces se convierte en el punto de inflexión para que los mortales tengan acceso a su verdadera morada. Porque en la tierra de los vivientes y de los dioses, el hombre es un ser de tránsito. De ahí que la muerte se constituye en puente entre Dios Uno y los hombres. Por tanto, la muerte no sólo libera de la promesa de la moral, sino también del contrato, que nace de la capacidad de prometer como el fenómeno central de la política. Aquí, y no precisamente en la <<historia universal>>, está también la auténtica conexión entre historia y política. Por eso, la promesa se constituye en la <<memoria de la voluntad>>, funda historia. La memoria de cara al futuro garantiza a éste el presente y el pasado en forma del no querer olvidar. [Hannah Arendt: Diario filosófico: 1959 – 1973].

Ahora, la muerte, en cambio, se ha profanado como se profana la vida como Don divino; y lo más espantoso es que los hombres se ofrecen para violentarla, ultrajarla, denigrarla y asesinarla, a cambio de unas devaluadas monedas. Somos parte de una época donde se encargan crimines y, se ha perdido la convicción que es un deber de la sociedad proteger al individuo.

Como dijo Georg Gottfried Gervinus: <<Que en la vida a grandes dimensiones, en la historia, no se aprende, aun con toda jovialidad de sentidos y espíritu, un gusto superficial por la vida; que al considerarla no se aspira un desprecio hostil por los hombres, pero sí una visión rigorosa del mundo y unos principios fundamentales serios acerca de la vida; que la sustancia del mundo, por lo menos de los grandes que la han juzgado, que juzgaron a los hombres y supieron medir en la propia vida interior la vida exterior, sobre un Shakespeare, un Dante, un Maquiavelo, produjo una impresión que los formó en la seriedad y el rigor>>.


Así que, la vida, la felicidad y la muerte, hacen parte de los humanos. El hombre edifica la vida y la muerte, sobre los pilares del lenguaje. La Palabra, el material del cual se vale el hombre para <<edificar>> su vida; y dar cuenta de los quehaceres de la existencia. De ahí que, de la Palabra, depende su acción, su moral y su ética, y también, el pensamiento que devela el misterio de la existencia individual. Ahora, si el <<hombre no es de este mundo>>, nuestro deber moral, es dejarlo mejor que como lo encontramos.

martes, 10 de enero de 2017

SOBRE EL SUFRIMIENTO Y EL DOLOR QUE LA GUERRA DEJA TRAS DE SÍ.


      



Antonio Rafael Mercado Flórez.


Después de la firma por la paz en Colombia entre el Gobierno y la guerrilla, y el varapalo del Referéndum, el Premio Nobel de la Paz al Presidente Juan Manuel Santos, deseo reflexionar sobre la crueldad, el dolor, el sufrimiento y el sentido de la existencia en el mundo actual. Así, pienso que la crueldad de la guerra,  consiste en que, los verdugos del Estado, la guerrilla y los paramilitares, no reconocen la barbarie, los horrores y los dolores de las víctimas. Así mismo, acontece con los que ejercen el poder, las corporaciones, la estructura, la economía y el capital financiero, la educación y la cultura como un bien de consumo. ¿Saben por qué? Porque la muerte se convirtió en un pretexto para el control social, el dominio y la exclusión de la sociedad. Pero, a la vez, en la redistribución social del PIB y las oportunidades de los necesitados.

Los colombianos se dieron cuenta de lo insoportable de la existencia, porque el Gran Poder, el Estado y los hombres poderosos, imponen lo colectivo, la estructura, el sistema, sobre el individuo y la personalidad. Crearon un mundo con <<un mecanismo que funcionaba bien, con sus correspondientes impulsos eléctricos e instintos, una estructura cerrada, hecha para comer, nacer y reproducirse>>. Y no les importó el individuo, la sociedad, los desplazados, los campesinos, los jornaleros, los desaparecidos, los obreros, los explotados, los discriminados, los hambrientos y las madres que tenían que vender su cuerpo para alimentar a sus hijos. Entonces Colombia se convirtió en una Tierra tomada por el demonismo.

Ahora se trata de resarcir a los que han vivido el sufrimiento, el dolor, el miedo y la muerte; y el objeto de la historia sean los olvidados del Estado, del sistema y del poder. Como dice Imre Kertész: <<El derrumbamiento ha alcanzado tales dimensiones  que ya no queda nada para adornar entre las ruinas>>. No podemos olvidar, que el sentido de la historia y la realidad del presente, la memoria y el recuerdo, son un acto vital, una función vital del ser humano. Para así de esa manera, no olvidar lo que acaeció en la sociedad. De ahí que los narradores, los poetas, los pintores, los dramaturgos, los músicos, los filósofos, los historiadores, los periodistas, tienen que dar testimonio de lo ocurrido. Es un deber moral dar testimonio de lo que verdaderamente aconteció.

Ahora bien, lo que aconteció fue una degradación del individuo, de la persona individual, de la sensibilidad, de la experiencia de la vida y del conocimiento. Porque afectó los centros vitales de la cultura, los valores éticos y morales y la subjetividad del ser humano. Este es el mundo donde nacimos y crecimos generaciones de colombianos. Lo bárbaro y atroz como movimiento político, lo insoportable de la existencia en un mundo en llamas. Porque ávidos de limpieza (física, psíquica, intelectual, ideológica, política y espiritual), instauraron el Infierno dentro de nuestras fronteras. Entonces, ¿qué es la vida? Según Charles Sumner, <<consiste únicamente en conservar la existencia, en <<intereses>>, en <<placer>>, en evitar el sufrimiento y el tormento>>. Ahora, si el individuo tiene algún valor, <<lo alcanza enfrentando lo colectivo, la muerte. Porque éste sufre, dice Kertész, incluso en el pensamiento bajo el yugo de la determinación por la especie, el género, lo colectivo, las <<costumbres populares>>. Sólo existe una salida de lo colectivo, igual que del individuo: la muerte […] en nombre de ésta podemos oponernos a lo colectivo y enfrentarnos a nosotros mismos>>. Y así podemos alcanzar ser <<verdaderos individuos en cuyo lugar nadie vive, en cuyo lugar nadie muere>>. En este estado de cosas el individuo da paso a la persona individual que tiene muchas más cosas que ofrecer. La persona individual no se reduce a la individualidad, la supera incluso.

Por eso, el Gran Poder o los que trafican con la muerte, no admiten la tarea individual, aquella que se opone a lo colectivo, a lo establecido, y son capaces de hacer un punto de inflexión en su vida y en la sociedad. Quizás, <<por el momento, las normas de comportamiento sintonizan con los objetivos individuales, pero tan sólo por un período transitorio, porque si mañana las normas cambian de tal modo que el individuo y la masa, la sociedad, ya no coinciden, el individuo se adaptará y renunciará a sus objetivos individuales>>. Ahora bien, <<si se puede sacar, a pesar de todo, una conclusión, expresa Kertész basado en el pensamiento de Sumner: la vida es para unos pocos. La mayoría no sabe qué hacer con ella, ni siquiera sabe que vive, por así decirlo>>.

En un mundo como el nuestro el ser humano se vale de las fuerzas creativas para seguir existiendo, para conservar la vida, <<no es un don divino venido de afuera, sino una función vital, el instrumento necesario para quedar con vida>>. De lo contrario, el Gran Poder, el Estado, el sistema, la estructura o, las personas que trafican con la vida y la muerte, se convierten en una aplanadora que arrasa todo lo que encuentra a su paso. Se trata de existir, de conservar la vida, a costa de la determinación, de entregar los valores morales y éticos, la subjetividad, los ideales de la vida, al Estado para poder subsistir. Porque lo que desean es, extirpar la capacidad de asombro, la sensibilidad, el sentido estético de la realidad y de la vida; y entonces, por así decir, te convierten en objeto o, en número.

Los hombres poderosos detestan la voluntad libre y a la personalidad, porque lo que buscan es que la vida pierda la alegría de vivir, la audacia, como dice Kertész: <<asesinan de manera circunspecta, cobarde, con los ojos cerrados, por así decirlo>>. Ya que no quieren cargar con el peso de la culpa, la inquina de la consciencia, contaminan al individuo y la masa, la sociedad, con palabras huecas e imágenes que son más fuerte que la propia vida. Se trata de dominar al otro, su vida, su existencia, pero el ser humano tiende a conservarla en la atmósfera de odio, dolor, sufrimiento y muerte, en que se desenvuelve. Es un fenómeno desconcertante y, a la vez obvio, para el que ejerce el poder: <<Aplastar a cualquiera con el único fin de no sucumbir>>.

Ahora, ¿Estamos los seres humanos ávidos de redención? En una sociedad como la colombiana, ¿Qué significa este fenómeno? En el saber filosófico, en el saber psicológico, en el saber en torno a la muerte, en el saber en torno a lo trascendente y divino, que significa la economía, las relaciones de producción, el capital financiero, el dinero bancario, el <<progreso>>, la revolución de la imagen y los lenguajes digitales, algo que sólo se ubica en la capa exterior del ser del hombre. En la esfera de la subjetividad, de la moral y de la ética, no se vive ninguna revolución racional, porque estas ayudan a precisar la condición humana. Aquello que tiene que ver con el dolor, el sufrimiento, el amor, el odio, la muerte, la solidaridad, la paz, la guerra, la convivencia, el respeto a la vida y a la dignidad del hombre. Eso que posibilita en medio del horror y la barbarie, alcanzar la categoría de persona. 

De ahí que en la guerra, la muerte pierde su carácter sagrado y divino, el misterio que encierra. Porque se objetiza en nombre de la patria, la ideología, la religión, el partido, la sociedad y el ejercicio del poder. Durante cincuenta años se nos privó de soñar, de tener ternura, de respetar al otro, de amar y solidarizarnos con el necesitado; y en su lugar, primó el dolor, la muerte y el sufrimiento. En esta atmósfera nauseabunda y repugnante en la que vivimos, << ¿existe la carga que podamos soportar, existe la responsabilidad que podamos asumir? La vida privada, la muerte privada. Hay en ello una miseria que no se puede decir. Hemos sido despojados y vejados; vivimos y lo que nos han quitado no es más que la vida. ¿Quién nos la ha quitado?>>. El Gran Poder, el Estado, la guerrilla, los paramilitares, los narcotraficantes, y lo paradójico consiste que, en su nombre hemos sido humillados y ultrajados, despojados por la violencia del derecho a vivir, a vivir dignamente como seres humanos. Y en lugar de la vida y de la alegría de vivir, si miramos atrás, vemos un montón de ruinas humanas y materiales tirados a la vera del camino. Ahora se trata de reconstruir desde lo destruido, reconstruir desde los tormentos sufridos, o, por así decir, reconstruir un mundo más humano para las nuevas generaciones de colombianos.

En el mundo que vivimos es <<lícito buscar salidas, escapatorias, refugio, alivio, y abandonar el sufrimiento>>. Pero buscamos ayuda en lugares y personas inadecuadas, y no nos damos cuenta <<que no es ésa la verdadera ayuda>>. Si nos ponemos a pensar la verdadera ayuda está dentro de nosotros, en nuestro corazón, en nuestra alma, en nuestro espíritu, en nuestra sensibilidad, en nuestra imaginación, en nuestra mente.  Desperdiciamos nuestra vida porque queremos encontrar el sentido de ella, fuera de nosotros. Y se trata realmente, es, de mirar en nuestro interior y ordenar las cosas de debajo de acuerdo al orden de arriba. Así, podemos leer en la historia reciente de Colombia que la guerra, la violencia, el hambre, el odio, el dolor, el sufrimiento, la muerte, se tejen a manera de un destino. De un destino que garantiza la destrucción.

La maldad, la crueldad y la fraternidad son parte de la naturaleza humana. Es fácil desatender el llamado de una imagen, de una voz trémula o el grito del que está atrapado en una guerra, atrapado por el dolor, el miedo y la crueldad, más si se encuentra lejos. La situación cambia cuando nos toca de cerca, por medio de un familiar o un amigo; entonces somos incapaz de asimilar el dolor, el sufrimiento o la crueldad. Así, en un estado de violencia, guerra o convulsión social, la pasividad embota los sentidos. De la misma manera que el miedo y el dolor, paraliza los sentimientos y las reflexiones del pensamiento. Sabemos que en un estado mental y sensitivo de violencia y muerte, sufrimiento y dolor, el Gran Poder y los hombres poderosos que lo ejercen, buscan paralizar a las personas para ejercer el dominio y el control social. En esa medida entran en juego una serie de relaciones de fuerzas y de poder, que presentan un orden natural de las cosas como irremediable y un destino común que tiende a la destrucción.

De ahí que los medios de comunicación de masas no solo denotan la atención del oyente o del observador, sino que las imágenes crean un mundo en que cada vez somos más insensible al dolor, al sufrimiento y la muerte, del Otro. Somos parte de un mundo donde las imágenes están sustituyendo a las palabras, donde somos cada vez más insensibles a la barbarie y al llamado del Otro. Entonces los medios neutralizan la fuerza moral del ser humano frente a las atrocidades. Esto es sumamente peligroso para el sentido de humanidad, la subjetividad y la ética del ser humano. Porque implementan el totalitarismo, el autoritarismo, el desprecio al Otro y se atenta contra la libertad. Como expresó el escritor Javier Marías: <<Demasiadas personas no entienden ya la libertad, o no la desean para los demás […] La libertad está hoy rodeada de enemigos, y no son los únicos los miembros del DAES y los talibanes>>.

Para confrontar estos poderes temporales y terrenales el ser humano se vale del espíritu. Porque <<la riqueza del ser humano es infinitamente mayor de lo que él presiente. Es una riqueza de que nadie puede despejarlo y que en el transcurso de los tiempos aflora una y otra vez a la superficie y se hace visible, sobre todo cuando el dolor ha removido las profundidades>>. El Gran Poder y los hombres poderosos que lo ejercen, lo que desean es, despojar al ser humano de esa riqueza enorme e inconmensurable que posee, y convertirlo en esclavo del Estado, del sistema y las colectividades. Pero el hombre porta en sí, aunque no sea consciente de ello, veneros de aguas espirituales, que como espadas flamígeras en sus manos lucha contra el materialismo, el odio, el racismo, el hambre, la discriminación, la numerificación y la objetización del ser humano. Por tanto, <<el modo propio de ser su daimonion>>, al decir de Heráclito, habita en las profundidades, en la cripta del alma. Encima de ella se alza la bóveda del mundo de las apariencias, el presente-ahora, que responde a las relaciones de poder. En la época actual, lo vemos en las sociedades, en la acción y el saber, lo <<difícil>> que resulta <<salvaguardar el modo propio de ser […] En cambio, la riqueza que forma parte del modo propio de ser no es sólo incomparablemente más valiosa; es el manantial del que brota cualquier riqueza visible>>.  

Es necesario que, el hombre actual empiece a edificar un mundo nuevo sobre las ruinas humanas y materiales, que la historia deja tras de sí. Para llevar a cabo esa labor, se necesita, una voluntad libre, un espíritu libre, que posibilite el movimiento hacia lo Superior en detrimento de lo Inferior. Entonces, el ser humano podrá ordenar <<las cosas visibles de acuerdo con su rango invisible. Toda obra y toda sociedad deberían estar estructuradas según ese principio>>. No podemos olvidar que, pese a las atrocidades del mundo actual, del miedo, el dolor y la crueldad, el ser humano porta en sí una esperanza, de que surja un hombre nuevo de los escombros de la historia y que <<cuyo cometido se anuncie en el cielo por una constelación. Presiente que el mito, lugar donde se guarda el tesoro, reposa directamente debajo de la historia, inmediatamente por debajo del terreno medido por el tiempo>>.

Desde la antigüedad sabemos que la parte numinosa del espíritu está ahí. Existen poderes cósmicos, poderes telúricos, que desean acabar con el alma, la parte eterna del ser humano. <<Siempre será evidente que la agresión a él brota necesariamente del más tenebroso de los abismos>>. Sólo un espíritu batido, debilitado, inerme, entrega el ser del hombre a estos poderes devastadores. En la actualidad los conceptos dominantes captan la superficie del proceso, y no se sumergen en las profundidades de todos y cada uno de nosotros. Espíritus que se dejan seducir por las apariencias de los fenómenos temporales e históricos; que dejan tras de sí un montón de ruinas. La <<cultura del espectáculo>> o la <<la cultura de lo efímero>>, son sólo expresiones degradadas del espíritu de la cultura y del sentido de realidad. Son espíritus que desagradan a aquellos que poseen una noción de eternidad, de inmortalidad, del ser en el hombre. Sabemos que existen ámbitos en que el ser humano no puede ser alcanzado por ningún poder de la Tierra. <<Frente a esto –dice Ernst Jünger- es importante saber que el ser humano es inmortal y que hay en él una vida eterna, una tierra que aún está por explorar, pero que se halla habitada, un país que acaso él mismo niegue, pero que ningún poder terrenal es capaz de arrebatarle>>.

Además, la violencia y la guerra contribuyen para que el lenguaje pierda una parte de su energía y el hombre se convierta en menos humanos. Lo que busca el dolor, el sufrimiento y el miedo, causado por la violencia y la guerra o aquel que se interioriza en las instituciones. Es paralizar al ser humano y entregar la autonomía de la voluntad, la libertad y el pensamiento, a poderes que lo trasciende: la Iglesia, el Partido, el Estado, el Gran Poder o la moral ordinaria del hombre común. Se trata en un mundo como el nuestro de <<exponer la Vida en su significación intemporal>>, para que no quede subsumida sólo en la historia que <<la describe en su decurso temporal. De ahí que la protohistoria sea siempre la historia que más próxima nos queda, sea la historia del ser humano en sí>>. Este tipo de historia se opone al sufrimiento y al dolor, porque nos acerca a <<las cosas rítmicas que son las que luchan contra el tiempo; y contra él es contra quien luchamos en el fondo>>. Ahora, sí <<el ser humano lucha siempre contra el poder del tiempo>>, lucha contra el dolor, el sufrimiento y la muerte. Como dice Kertész al respecto: <<En la vivencia y la realización del estado del mundo […] sólo se ofrece la catástrofe, a falta de la fe, de la cultura y de otros recursos solemnes>>.






















viernes, 1 de julio de 2016

FRAGMENTOS SOBRE LA CRUELDAD EN LA ACTUALIDAD.





            A mis abuelos y a mis padres, que no vieron el renacer de una nueva Colombia.


No es anómalo decir que el dolor y el miedo se han situado en el palpito de la vida actual. De ahí que no pueda sorprender que estas categorías hagan parte de la naturaleza material y espiritual del ser humano. No es una sorpresa que un ser humano vuele por los aires en un estadio repleto de gente o, dispare indiscriminadamente en una sala de baile, y lo revindique en nombre de su Dios. Tampoco que el hambre y la enfermedad estén tiradas en las calles de las Grandes ciudades. No es una sorpresa porque la excepción se ha convertido en norma. De igual manera –dice Jünger— que se vea el genio– es decir: la posesión de la salud suprema— como una de las formas de la demencia, de igual forma que se describe el nacimiento como un fenómeno de enfermedad o que ya no se es capaz de distinguir entre el soldado y el carnicero.

Si el ejercicio del poder es indiferente a las necesidades de la sociedad; existen países donde responde con la fuerza y la coacción. Es más, el poder se concatena a maquinaciones malvadas, que expresan la descomposición de los recursos económicos, sociales, políticos y morales. Así, el miedo y el dolor se convierten en elementos constitutivos de las atrocidades del Gran Poder. Y, vemos entonces entregada a la persona individual a las potencias del miedo, del odio y de la muerte. No olvidemos que generaciones de seres humanos crecimos en estrecha proximidad espacial y temporal, con las matanzas, el odio, la muerte selectiva, la violencia y los campos de muerte. Es la estructura y el significado de la proximidad lo que se debe considerar atentamente; si queremos conocer las fuentes de la historia reciente de lo que aconteció en muchos países.

Puedo asegurar que la guerra que se libró en Colombia, por ejemplo, en la segunda mitad del siglo XX, destruyó generaciones de talentos morales e intelectuales. Y dejó a la vera del camino como escombros humanos muchas de las mejores personalidades del futuro del País. Sabemos que <<reservas decisivas de inteligencia, de elasticidad, de talento político quedaron aniquiladas>>. Es más, ¿Por qué los pilares de la educación, del espíritu religioso, la moral o la ética, resultaron frágiles frente a las potencias de la bestialidad política? ¿Por qué la estética y las reflexiones intelectuales, no estuvieron a la altura para responder a las matanzas y la barbarie política? Creo que todo lo que causa dolor o sufrimiento al ser humano, afecta nuestra sensibilidad, nuestros recursos imaginativos, el pensamiento y la creatividad. Y, por ende, los centros vitales de nuestra cultura y civilización. Simple y llanamente por eso y sólo por eso. Pero, el pensamiento crítico, la estética, los movimientos sociales, están dando testimonio de lo que aconteció en el siglo XX. Así pues, ya nos estamos dejando calentar por el espíritu para que mengue el dolor, la desdicha y el miedo, que aumenta la crueldad en la sociedad.

Aquellos que infligen miedo, dolor y sufrimiento al ser humano, son personas poseídas <<por el ansia de deleites gruesos, opulentos […] Siempre ocurre que es el puro miedo el que provoca los horrores. Así, quien emprende la huida incita ya con ella misma a la persecución; y el hombre que trama maldades se halla al acecho de su víctima -cuando advierte en ésta signos de angustia caerá la última barrera. De ahí que sea importante conservar la presencia de ánimo en los encuentros sospechosos; por ejemplo, cuando alguien nos dirige la palabra en el bosque. En nuestra condición de humanos disponemos de sellos de soberanía que son difíciles de romper si no los estropeamos nosotros mismos; aun los animales sienten el sortilegio de tales sellos. Lo único que se precisa es saber, como el romano Mario, que somos invulnerables>>.

Siempre en lugares de despellejar o, de sudarios <<flota en él también un vaho de lugar siniestro>>. En esos sitios todo se convierte en objeto de dolor y de miedo, y <<es totalmente imposible dejar de reconocer los rasgos de un poder espiritual soberano>>. Este <<espectáculo acontece en un mundo enteramente mecanizado>>, objetizado y numerificado. Un mundo donde el malestar de la cultura hace que opere un <<juego de compensaciones entre el ejercicio estúpido de la fuerza bruta y los sufrimientos estúpidos>> del dolor y el miedo. <<Nuestro tiempo guarda semejanza con un desfiladero estrecho y funesto por el que se compele a pasar a los seres humanos>>.

Las personas que ocasionan sufrimiento <<viven casi enteramente dentro de la esfera de la consciencia, y se ocupan de modo exagerado en pensar en la situación en la que se encuentran. Ofrecen síntomas de eso que se llama <<miedo al examen>>; y también están completamente en vela, y resulta extraño que tenga en ellas un desarrollo tan débil la voluntad de suerte y también la voluntad de recorrer caminos no transitados. En estos casos se tiene siempre la impresión de estar hablando con corredores de fondo o, y esto resulta más angustioso todavía, con corredoras de fondo. ¿Qué será lo que el Weltgeist, el Espíritu del Mundo, tendrá reservada hoy para sus soñadores y durmientes?>>

Quizá los instintos estén dando un giro de la parte oscura a la luz; ya se observa algo de eso en la esfera cultual. No podemos desconocer que en algunos ámbitos de la vida, se está dando una regeneración espiritual y moral. Acontece en los lugares <<de fontanal, de sobreabundancia de imágenes y de palabras, en cuyo cause van flotando las partículas sólidas>>. Casi siempre en esos lugares se vivifica el espíritu y la existencia. Cuando acontece se trasciende la Muralla del Tiempo y la vida de los seres humanos se entrelaza con el milagro de la Creación.

Casi siempre la degradación del hombre se relaciona a un simbolismo rastrero y degradante. El nazismo, el fascismo, el nacional-catolicismo y el autoritarismo de Latinoamérica en el siglo XX, utilizaban estos epítetos para referirse al enemigo o, al que consideraban la causa de los males. La degradación del otro, el dolor y el sufrimiento, no sólo tienen que ver con la parte física del que sufre, también con el lenguaje. El lenguaje que se habló en los campos de concentración remplazó al lenguaje comunicativo, y sus contenidos espirituales se ubicaron en su parte material. El lenguaje se degradó en nombre del dolor, del sufrimiento y la barbarie. Además, el lenguaje no estuvo a la altura para responder a las necesidades de la condición humana, es decir, del espíritu, la esperanza y la vida. 

Ni la historia de las formaciones sociales, ni los valores ético y moral, ni los contenidos intelectuales, estuvieron a altura para contener lo que <<ni siquiera Wells pudo profetizar la verdadera dimensión de lo que luego acaeció, el grado de disolución de las normas civilizadas y las esperanzas humanas>>. Además, los gulags y los campos de concentración comprobaron, que donde prima el Mal absoluto no se respira una atmósfera de esperanza y de vida, sino de muerte y de sudarios. Por tanto, cuando se sueltan los perros de la guerra, no tiene valor la labor pedagógica del humanismo, ni la religión, ni los valores éticos y morales de la sociedad.

Así pues, después de dos mil años de cultura y civilización, nos encontramos irremediablemente conviviendo en el siglo XXI, con un panorama dantesco. Como dice George Steiner, En el castillo de Barba Azul: <<Y actualmente, en diferentes partes de la tierra, vuelven a ser incineradas, torturadas y deportadas comunidades enteras. Difícilmente haya una metodología de la abyección y de la tortura que no esté siendo aplicada en alguna parte y en este momento a individuos y grupos de seres humanos>>.

Es en la historia de la literatura moderna, el arte y la filosofía, donde se describe con mayor precisión, la degradación de los centros vitales de la cultura occidental. Ese anhelo de disolución violenta que se respira bajo el plomizo cielo de las grandes ciudades europeas, fue formulado por Freud en El malestar de la cultura. <<El ensayo de Freud es él mismo una construcción poética –dice Steiner-, un intento de idear un mito de razón con el cual contener el terror de la historia. El concepto de un deseo de muerte, operante tanto en el individuo como en la consciencia colectiva, es, como el propio Freud lo hace notar con énfasis, un tropo filosófico que va más allá ciertamente de los datos psicológicos y sociológicos accesibles>>.

Las pinceladas grisáceas y de claroscuro que hace Freud de la cultura occidental, trazan <<las tensiones que la vida civilizada impone a fundamentales instintos humanos insatisfechos>>. Esa confluencia de tonalidades se constituye en una pintura valida. Pero también, el estudio de las pulsiones muestra la interrelación de las pulsiones agresivas y el espíritu de la civilización occidental. Y cómo en <<las interrelaciones humanas existe un inevitable impulso hacia la guerra, un inevitable impulso a la aserción suprema de la identidad a costa de la destrucción mutua>>.  

Así, el dolor, el temor y la violencia, son sólo síntomas exteriores del malestar esencial de nuestra cultura. <<Me parece irresponsable toda teoría de la cultura –dice Steiner-, todo análisis de nuestras actuales circunstancias que no tenga como eje la consideración de los modos de terror que acarrean la muerte por obra de la guerra, del hambre y las matanzas deliberadas>>. El ser humano que <<emplee tiempo y recursos imaginativos en el examen de estos lúgubres lugares>>, no quedará psicológica y moralmente intacto. En esos ámbitos lúgubres está el vaho del malestar de nuestra cultura. <<Si los pasamos por alto, no puede establecerse ninguna discusión seria de las potencialidades humanas>>. Se trata de mostrar la crueldad de la época actual, su ley y su lógica interna independiente de nuestros momentos racionales y de las necesidades humanas.

<<Al inclinarse uno con demasiada fijeza sobre la fealdad, se siente singularmente atraído por ella>>. Así, pues, el ser humano se da cuenta que la realidad trasciende la estructura de la racionalidad y los conceptos generales de nuestra cultura. ¿Es la fenomenología del odio y del anhelo por la disolución violenta un hecho constante en la historia de las formaciones sociales e intelectivas del ser humano? Por supuesto, quizás podamos leer sus rasgos en los actos extremos de una joven generación sin esperanza, una realidad excluyente y agresiva. Así pues, el extremismo religioso está engendrando en la consciencia individual o colectiva de ciertas personas, fantasías de purificación e inminente fracaso. <<El fanatismo se convierte –dice Thomas Mann- en un medio de salvación>>.

Además, la mayor parte de lo que sucede tiene sus orígenes en la larga tensión entre la negación de la realidad, las injusticias sociales y los mecanismos de opresión de las minorías. No podemos negar que este malestar general está en la esencia de nuestra cultura, ni dejar de luchar contra la resignación, porque es renunciar a la vida. Pero, ante todo, tener presente lo que alguien le preguntó Lutero, sí los hombres tenían derecho a la felicidad, el declaró: << ¿La felicidad? ¡No! ¡Sufrir, Sufrir; la Cruz, la Cruz!>>. Lo interesante de esta afirmación es que se convierte en el <<núcleo de ciertas formas de religión cristiana –dice Berlin-; una de las más arraigadas creencias; visiones de la realidad sobre la que ha construido sus vidas una gran cantidad de seres humanos, tremendamente profundos. Sin duda, esto no es trivial>>. Además, <<a fin de descubrir –dice Berlin- lo que esas palabras significan para Lutero, y para otros como él, lo que significan, es este sentido de “significan”, en nada nos ayudan a buscarla en el diccionario>>.

En la actualidad el examen de las palabras y el pensamiento ha de develar los propósitos de futuro del ser humano. Porque hacen visible lo invisible, aquello que las fuerzas del Gran Poder no quiere que veamos o sepamos: la injusticia, el hambre, las migraciones, el desempleo, el odio, la xenofobia, el racismo. En la actualidad este pensamiento se relaciona con la participación de la sociedad en la toma de decisiones y la libertad. <<Ya que en ocasiones las palabras mismas son actos y que, por tanto, el examen de las palabras es el examen del pensamiento y, ciertamente, de todas las perspectivas; de todas las formas de vida>>. El Gran Poder es consciente que el hombre dispone de anillos de soberanía y cual guerrero con una espada flamígera en la mano, defiende los lugares que lo hace invulnerable a los espejismos de la actualidad.

Así pues, lo mejor del hombre se relaciona con el milagro del lenguaje; y hasta ahora la humanidad y ese milagro han sido indivisibles. Si el lenguaje pierde una parte de su energía, el hombre se vuelve menos humano. La historia reciente y la ruptura de comunicación entre enemigos y generaciones de colombianos, muestra de manera inquietante lo que significa esa disminución de humanidad. Por eso, la primacía de la palabra sobre el horror, la barbarie, la violencia y la muerte; es una concepción particular de la identidad humana. De ahí que la paz, la convivencia y la tolerancia, en una sociedad civilizada, han de primar sobre el miedo, el dolor, las armas que atraviesan y cortan, y ante todo, sobre la muerte. Porque no podemos olvidar, que la realidad y la vida, es una forma y una función del lenguaje.



                                    

viernes, 29 de abril de 2016

LA ENCRUCIJADA DEL HOMBRE ACTUAL.






               Uno sólo no aprende de las derrotas, sino también de los dolores.




Antonio Rafael Mercado Flórez.



En el mundo global interconectado en Red podemos observar la estrecha conexión que hay entre el miedo, el dolor y el sufrimiento, con los peligros que nos amenazan. Por eso resulta difícil decir cuál mecanismo activa al otro para que se generen estás angustias particulares. De ahí que es necesario ir a las fuentes del miedo, del dolor y del sufrimiento, para conjurar sus acechanzas. Más cuando en la sociedad actual la soledad es nuestra compañera. Entonces lloramos y creemos que estamos solos, pero no, los dioses nos acompañan y muestran la luz al final del camino. Esto ha sido así desde los tiempos ancestrales de la humanidad. Así pues, tomamos conciencia que el Árbol del Mundo es manantial inagotable de la vida cósmica, ya que deposita lo sagrado en la vida de los seres humanos. Las culturas arcaicas de Asía septentrional se concatenan con las precolombinas, en que el Árbol simboliza el Cielo y la Sabiduría. Entonces el Árbol de la Vida, representa el universo humano en continua regeneración. Manantial inagotable de la vida de los seres humanos.

Sabemos que es peligroso ponerse en el lugar del que amenaza. <<Si tratamos de hacernos más peligrosos que aquellos a quienes tememos no contribuiríamos a la solución>>. Lo agravaríamos más incluso. En momentos de angustia y de miedo, las armas de la razón, la sensatez y el espíritu, son más fuertes que las de fuego y las bombas. Son más poderosas que aquellos que buscan en el fuego purificador, el más allá. Porque lo que busca quien impone miedo, dolor y terror, es la destrucción de los valores, las costumbres y los signos de unificación de la sociedad. <<El terror es semejante a un fuego que se dispone a devorar el mundo entero>>. De ahí que destruya todo lo que encuentra a su paso, porque necesita espacio para construir un mundo donde se impone el Caínismo, la ironía diabólica y la destrucción. Sabemos que los signos globales son como el azar, no tienen miramientos con nadie. Se trata de poner fin al terror y al dolor, por eso <<quien pone fin al terror y al miedo se legitima como llamado a ejercer el dominio. Y quien pone fin al terror es el mismo que antes ha vencido al miedo>>.

Sabemos que no es posible expulsar el miedo, el dolor y la desdicha de nuestras vidas. <<Tal cosa no llevaría tampoco allende el automatismo –dice Ernst Jünger- al contrario, lo introduciría en el interior del ser humano. Siempre que este delibere consigo mismo continuará teniendo al miedo como su gran interlocutor en el diálogo. En esa operación el miedo aspira al monólogo, a ser él el único en hablar; el miedo se reserva la última palabra tan sólo cuando representa ese papel>>. Pues bien, a medida que se disuelven los poderes colectivos, el hombre individual y su libertad, adquieren poder. Por eso ante la agresión de las potencias atávicas o del Estado; <<de lo único que el hombre sale garante ahora es de sí mismo>>. <<Y es ahora cuando se convierte en antagonista de Leviatán>>, de las fuerzas atávicas, lo irracional, los Sistemas y los mecanismos de poder, que lo dominan.

En la actualidad se trata es de la importancia de la persona individual. Nos estamos refiriendo al hombre común y corriente, al hombre de carne y hueso. Nos referimos al diminuto y frágil ser humano, <<a la persona libre, tal como fue creada por Dios. Ese hombre no representa una excepción, no es una minoría selecta. Antes al contrario, se halla oculto en el interior de todos y cada uno de nosotros; las diferencias que aquí aparecen son únicamente el resultado de la diferencia de grado en que el ser humano haya sido capaz de hacer realidad la libertad que le ha sido otorgada. Para eso es preciso prestarle ayuda  –y se le ha de prestar con el pensamiento, con el conocimiento, con la amistad, con el amor>>. En estos momentos de lazos disueltos y de valores en entredicho, la libertad, el pensamiento y el carácter, son las tres herramientas adecuadas para confrontar los poderes que se entrelazan criminalmente con la técnica, las armas y la muerte. Casi siempre habitan las regiones del mundo subterráneo, oscuras y frías, donde moran los demonios.

En el orden mundial irónico, diabólico que vivimos, el ser humano se está convirtiendo en número o, en objeto; esto expresa el gran malestar de la cultura actual. Porque detrás del concepto de cultura, de la técnica y el progreso, se esconde la destrucción y la catástrofe. Así que, todo lo que abarca el arte <<tiene una procedencia -dice Walter Benjamín- que no podrá considerarse sin horror. Deben su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios que lo han creado, sino en mayor o menor grado a la prestación anónima de sus contemporáneos. Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea al mismo tiempo de la barbarie>>. Sabemos que el malestar de la cultura que hemos arrastrado detrás de sí, <<estaba recogido de una vez por todas en los graneros del presente>>. Si el futuro abre un resquicio de esperanza, sólo podrá devenir del hombre individual, del hombre de carne y hueso, Tú y Yo, con sus dolores y sufrimientos a cuesta. Porque los poderes actuales no sólo reclaman nuestras vidas, sino también la esperanza, el espíritu y la imaginación. De lo que tiene necesidad el hombre es de liberarse.

En el orden mundial es necesario <<dar al ritmo de la historia –dice Jünger-, la interpretación siguiente: el ser humano se redescubre a sí mismo periódicamente>>. Siempre en la historia de la humanidad los poderes establecidos han tratado de <<colocarle sus máscaras propias, poderes que unas veces son totémicos, y otras mágicos, y otras técnicos. Entonces aumenta la rigidez; y al aumentar la rigidez, crece también el miedo>>. Y como colofón <<las artes se petrifiquen y el dogma se absolutiza>>. Los que beben del tiempo abstracto creen que se debe al reinado de los Titanes y del titanismo, del técnico y del colectivo técnico. Y los que se sitúan en el tiempo cósmico, piensan que cada cierto tiempo retornan los dioses y los elementos con sus frutos y destrucciones. Los que así piensan, se ubican detrás del Muro del Tiempo, donde mora el misterio, lo mágico y absurdo de la existencia. Sabemos que los dioses y las musas, retornan cada cierto tiempo, ya que traen y restituyen cosas. Hoy en día se trata de rebelarse contra lo establecido y posibilitar que el hombre ocupe el lugar que le corresponde. Lo importante en la actualidad es <la rebelión de la indulgencia>. Esa que posibilita ver que <<las horas dispensan obsequios. También son distintas pues hay horas cotidianas y horas festivas. Hay ortos y hay ocasos, hay mareas altas y mareas bajas, constelaciones y culminaciones>>.  

Se trata de la vida y su organización, que no esté determinada por el tiempo abstracto, frío, de la estructura, el Estado y los hombres poderosos que ejercen el poder. Que el tiempo valido para la vida, no es sólo, el tiempo cuantitativo, sino que existen otros estratos de tiempo, desde donde podemos mirar la existencia del ser humano. Una especie de tiempo que posibilita la alegría de vivir, y no sólo, la temporalidad que genera dolor, sufrimiento y miedo, al ser humano. Se trata de destruir esa forma de temporalidad que simboliza la vida como un castillo al que el ser humano nunca puede acceder. Según Imre Kertész sólo el castillo podría simbolizar un mundo trascendental. Un mundo dice Kafka donde <<la mentira se convierte en principio universal>>. Ahora porqué K. quiere entrar al castillo: <<por el paradigma, para romper el orden mundial>>. Como dice Kertész: << El castillo no es más que la imagen universal de la servidumbre del consenso […] no deja de ser la imagen universal de la servidumbre del consenso>>. Pues bien, ahora se trata de romper esa simbología y dar a los hombres otras posibilidades de vida.

Ahora sabemos que el tiempo de los Titanes y del titanismo, del técnico y del colectivo técnico, es <<el tiempo que avanza, que progresa –dice Jünger-, no se mide por siclos y rondas, sino por escalas graduadas; es el tiempo uniforme. A cambio, el tiempo mismo adquiere más peso>>. En el mundo actual estamos situados sobre el lomo del tiempo lineal, uniforme, de las manecillas del reloj. En la época actual el tiempo que predomina, es el que camina, que fluye, se escurre y se desliza. Por eso, los poderes actuales se preocupan por el tiempo, como lo hacen por el hombre de carne y hueso, la individualidad y la libertad. Somos parte de una época que responde a las apetencias del capital, de los Sistemas, del dinero bancario, las tecnologías del poder. Así pues, los que se sitúan en el umbral del tiempo abstracto, no son capaz de ver el tiempo que retorna. El de los astros y las estaciones, los dioses y las musas. La idea del eterno retorno –expresa Mircea Eliade- la encontramos en las hierofanías donde manifiestan <<un “eterno volver a empezar”, un eterno retorno a un instante intemporal, un deseo de abolir la historia, de borrar lo pasado, de recrear el mundo>>.

 En la época actual, en cambio, <<nuestros ojos han experimentado una modificación>>. El hombre es incapaz de ver, por ejemplo, como poderes que creíamos conjurados por la razón, el conocimiento y la técnica, se levantan de sus tumbas. Son fuerzas atávicas que destruyen lo que encuentran a su paso. Aunque el tiempo tome la máscara del horror, del dolor y la muerte, desde las épocas remotas viene repitiéndose el mismo espectáculo: <<El hombre se quita la máscara y a ese acto sigue la jovialidad, la cual es el reflejo luminoso de la libertad>>.  Es posible que la servidumbre y la creatividad no sean compatibles en plano ético, tampoco en el de la libertad; porque <<la creatividad es manifestación de lo ético, es decir, en el plano de determinadas formas del arte y el pensamiento>>.

Se trata de darnos cuenta que la vida vivida en la servidumbre y la quietud, es una vida muda. Porque el lenguaje se refiere a la experiencia; la designa y le otorga valor. Esto es: el lenguaje le otorga sentido a la vida. <<El ser humano –dice Kertész- habla preferentemente sobre sus problemas. El pensamiento es el lamento de los hombres: pensar sobre la vida equivale a cuestionarla; ahora bien, sólo cuestiona su propio elemento vital aquel que se ahoga o se mueve en su interior de manera contraria a la naturaleza>>. Se trata de no resignarse, como dijo Platón: una vida que no se cuestiona, no merece la pena vivirla.


                                                          













jueves, 7 de abril de 2016

A PROPÓSITO DE UNA ENTREVISTA A ALBERT CAMUS.



      

    A todos aquellos que quedaron tirados a la vera del camino sin saber por qué.



Antonio Rafael Mercado Flórez.



En un mundo donde la vida no tiene valor, y lo que un ser humano hace se pierde en la fugacidad de la existencia. Estamos circundados, atravesados y trascendidos por la mentira y el odio. Como dijo Albert Camus: <<Nos ahogamos bajo la mentira, estamos arrinconados sobre la pared […] La libertad no consiste en decir cualquier cosa y en multiplicar los periódicos escandalosos, ni en instaurar la dictadura en nombre de una libertad futura. La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifera la mentira la tiranía se anuncia o se perpetua>>. En la actualidad la mentira se pone la máscara de la verdad, <<está por construirse la verdad, como el amor, como la inteligencia […] todo es posible para quien acepta empresa y riesgo>>. Uno de los presupuestos de la libertad es luchar contra la mentira y el odio. <<De todos los días son la injusticia y la verdadera rebelión>>; de ahí que <<el odio es en sí mismo una mentira>>. Una mentira que instaura el Gran Poder, el capital o los políticos, para que se apropie del hombre el miedo, el dolor y el sufrimiento.

<<Se calla instintivamente sobre una parte del hombre>>: con relación al hambre, el desempleo, la xenofobia, el racismo, los desplazados, la violencia. Estas son las figuras que toma la mentira y el odio en la actualidad, la lengua silenciosa de la muerte. El odio niega la compasión, el amor, la tolerancia, la convivencia, la ternura, la piedad, y ante todo <<miente sobre el orden de las cosas>>. El odio enceguece la consciencia y el espíritu; por eso se contrapone con la fuerza al pensamiento y al lenguaje. Las palabras no son sólo palabras; meras fichas en un juego filológico. Recordemos que las palabras expresan ideas. El lenguaje se refiere a la experiencia; la expresa y la transforma. El que odia, miente y mata, sabe de la importancia del lenguaje en la sociedad.

Como dijo Ernst Jünger: <<La palabra es, a la vez, como una reina y una bruja. Con el cetro de la palabra en la mano se puede construir un reino mucho más hermoso que todos los imperios conquistados a punta de espada […] pues el hombre siente la necesidad de imitar con su débil espíritu el milagro de la creación, de la misma manera que el pájaro siente la necesidad de construir su nido […] el orden y la ley incluso están presentes en lo que nosotros llamamos desorden y azar. Cuanto más ascendemos, más nos acercamos al misterio que el polvo oculta>>.

El odio presenta un orden de las cosas basado en la mentira y la falsedad. Se distorsiona el sentido real del mundo, en nombre de la cultura del artificio. Que responde al Gran Poder y a las personas que presentan al odio como algo natural. Ocultan que el miedo, el dolor y el odio, son instrumentos de control y dominio. Existen épocas de inquietud donde el hombre no tiene otra salida que resistir más que con la fuerza del espíritu. En la vida existen armas más fuertes que aquellas que cortan y atraviesan. Y, ellas están en el interior de todos y cada uno de nosotros. Es necesario desgarrar la máscara del odio para que el orden natural de las cosas revele la magia del mundo y de la realidad. Si el <<odio es en sí mismo una mentira. El hombre que odia se detesta en cierto modo a sí mismo. No hay pues un lazo lógico entre la mentira y el odio, pero existe una filiación casi biológica entre el odio y la mentira>>.

En el mundo el odio se pone la máscara de la mentira. Se constituye en una de sus armas, quizás la más pérfida y la más peligrosa. <<El odio no puede tomar otra máscara, no puede privarse de esta arma. No se puede odiar sin mentir. E inversamente, no se puede decir la verdad sin sustituir el odio por la compasión>>. Si la gran prensa, la radio, la televisión, Internet, <<en grados diferentes son portavoces del odio y de la ceguera>>. Es más, <<cuanto mejor odian, más mienten>>. Ellos se han convertido en el instrumento adecuado para sembrar el fruto del odio y la mentira en el corazón de los hombres. No sólo porque son porta voz del Gran Poder, sino de la cultura de lo efímero donde la vida se trivializa para que reine la brutalidad. Ellos no generan pensamiento crítico, ni movimientos sociales contra el orden natural de las cosas, el odio y la mentira. Sino apaciguamiento de nuestros sentimientos, parálisis del pensamiento, la imaginación y el lenguaje.

Ahora bien, ¿cuáles son los rostros del odio en la actualidad? La violencia, la guerra, el odio frío con el maridaje de la objetizacion y la numerificación del ser humano. Las matanzas de inocentes y los ajustes de cuenta, la xenofobia y el racismo. La amenaza y el miedo que se ejerce contra la sociedad civil. Los millones de personas –hombres, mujeres y niños-, que son privados de hogar, deportados o asesinados. He ahí en lo que se ha convertido el mundo, en una tierra donde prevalece la injusticia, la tiranía y la falta de libertad.

Es más, la embriaguez de lo irracional posibilita que las desgracias sean inevitables. No podemos olvidar que el sufrimiento es parte de la vida; pero la existencia no puede negar el mundo para agarrarse a una felicidad venidera. La felicidad no es un concepto metafísico, ni un presupuesto religioso, es el placer de vivir cada día. El odio en la actualidad se pone la máscara de lo llamativo, pero lo que importa es el rostro de lo significativo. La persona que odia sabe que ningún sentimiento es más rico en variantes que el miedo. Buscan que el miedo a la vida se le una el miedo a la muerte, como al tono fundamental sus innumerables armónicos. Uno de los rostros del odio en la actualidad, es crear miedo e incertidumbre en la sociedad. Porque en la silenciosa inmersión que hace el hombre en sí mismo, el miedo se manifiesta en toda su crudeza y paraliza al ser humano. Se trata que el odio utilice el miedo y el sufrimiento como instrumentos de control y dominio. Por eso la maldad y el odio prosperan cuando los hombres de bien se quedan cruzados de brazos.

El privilegio de la mentira consiste en que <<ninguna virtud puede aliarse con ella sin perecer. Siempre vence al que pretende servirse de ella. Por ello los servidores de Dios y amantes del hombre traicionan a Dios y al hombre desde el momento que consienten la mentira por razones que creen superiores. Ninguna grandeza se ha establecido jamás sobre la mentira. La mentira, a veces, hace vivir, pero nunca eleva>>. La justicia no consiste en perseguir y encarcelar al hombre solo y desprotegido; tampoco en <<abrir unas prisiones para cerrar otras>>.  La libertad entonces es el paso previo a un sentimiento íntimo de derecho y justicia. La libertad no consiste en la proliferación de medios de información o, del manejo de Internet, sino en la lucha contra la mentira, la pobreza, el odio, el miedo, la violencia y el Gran poder.

<<La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifera la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetua>>. La tiranía y la demagogia se ponen la máscara de la democracia y la libertad, para legitimar el odio y la mentira. La libertad no se reduce sólo a la libertad de opinión, pensar o escribir. Sino que es como una espada flamígera en manos de las personas que desenmascaran el Gran Poder, el odio y la tiranía. Ahora bien, ¿dónde están los hombres justos, los misericordiosos, los bondadosos, las personas que creen en la justicia y la ética del ser humano? La mayor parte en las prisiones, las casas de acogida a los pobres, en los barrios periféricos de las grandes ciudades, en los pueblos olvidados por los que ejercen el poder, en los conventos, en los seminarios, en las fábricas o en las oficinas para llevar un mendrugo de pan a su hogar. <<Pero también están allí los hombres libres. Los verdaderos esclavos están en otra parte, dictando sus órdenes al mundo>>. El hombre libre sabe reconocer la fuente más honda del dolor, el miedo y el sufrimiento del ser humano. La libertad es la impronta que el hombre libre da al destino.

La libertad –dice Jünger- es, la que posibilita que seamos <<nosotros los que nos formamos el mundo, y lo que nosotros vivimos no está sujeto al azar. Es nuestro estado interior el que atrae y selecciona cosas: El mundo es como lo hemos creado nosotros. Cada uno de nosotros es capaz de trasformar el mundo –ese es el enorme significado que le ha sido conferido al ser humano. Y de ahí que sea también tan importante el que trabajemos en nosotros>>. De ahí que <<hoy el mero sobrevivir representa ya un mérito>>. Existen en el mundo cierta clase de personas que no rehacen a los hombres. Pero tampoco los rebajan. <<Por el contrario, los levantan un poco a fuerza de obstinación, de lucha contra la injusticia, en nosotros mismos y en los demás>>. Pero también hay hombres que protegen a la humanidad a fuerza de luchar contra la resignación.

En nuestro tiempo donde el reino de las sombras abarca casi todo el espectro humano. Es necesario mirar hacia las estrellas y el lugar donde moran los dioses, pero ante todo lo que tenemos a nuestro alrededor. Porque el tiempo de las musas y los dioses está cerca. El odio y la maldad que moran en lo profundo de la condición humana, sustituyen la diversidad y la personalidad. Sustituye lo que nuestros antepasados llamaban costumbre, usos, tradiciones y, en último término cultura. El odio se concatena al sufrimiento y, se constituye en enemigo de las cosas rítmicas, el arte, la música, la diversidad de la vida y de la realidad. El odio no aporta nada a la calidad del arte, ni a la riqueza de la existencia y la realidad; salvo dolor, sufrimiento y muerte. El arte, en cambio, abre puertas y ventanas para mirar que hay detrás del mundo que vivimos. Así pues, el odio y la mentira son la máscara de los enemigos de la época actual, por eso producen desdicha, soledad, dolor y sufrimiento en el ser humano. El amor, la ternura, el arte, la música, en cambio, se abre a las personas como si despertaran de un sueño invernal, posibilitando que se acerquen más a sí mismas. De ahí que las personas que generan odio, dolor y muerte, son enemigas de las que beben del pozo de los pensadores, de la verdad y del amor.

Así, podemos darnos cuenta que existe una relación entre el odio, la maldad, el aburrimiento y el despilfarro de la existencia. Lo que desean los poderes actuales es separarnos de lo que despierta la imaginación y la creatividad estética, las ideas y la filosofía. En nuestra época se trata de aunar el mundo y el espíritu; porque todo lo que existe es creación del espíritu. Es más, la religión, el arte, la música, la lengua y la poesía, son contenidos espirituales. Nos ayudan con sabiduría a confrontar la desesperanza, los desaciertos humanos y la resignación. En nuestro tiempo cabe observar que ya disponemos de una relación nueva con el dolor, el odio y la maldad. Pero también con el espíritu que vivifica la vida. Se trata que la libertad desvele que el mundo que vivimos es un mundo cruel y siniestro, donde el odio y la muerte acampan a sus anchas. De ahí que ningún ser humano pueda sustraerse a sus espejismos y padecimientos. El destino nos impone los poderes establecidos, tanto si queremos o no, se trata de sopórtalo y eludir sus fintas, para que reine la vida sobre la muerte.  

Nota: La entrevista a Albert Camus fue hecha por Le Progrès de Lyon en diciembre de 1951.