lunes, 30 de marzo de 2015

EL GOBIERNO DE COLOMBIA Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN DE MASAS.


<<A todos los colombianos que están siendo hostigados por el actual Gobierno>>.

Antonio R. Mercado Flórez.
    
   La democracia y la libertad son el Don más preciado de las sociedades modernas. Es necesario cuidarlas del abuso del poder. Por eso, la democracia y la política incluyen valores, concepciones del bien, procesos de interacción y comunicación social, acciones informales, cultura política. Pero al operar dentro de las instituciones, valerse de ellas o utilizarlas para alcanzar fines determinados; vulnera los valores de la cultura democrática. Así, la Administración Publica se encuentra sometida a la influencia política de forma superlativa, ya que hay una multiplicidad de intereses en conflicto, que hay que articular mediante distintos mecanismos de transacción. De ahí que hacer y ejercer la política, supone conceder un peso relativo a unos intereses frente a otros, eligiendo una salida de entre las varias posibles. Pero no ejerciendo el poder para intimidar, hostigar y perseguir, a todo aquel que no comulgue con el Gobierno de turno.

   En la actualidad para el poder, <<las redes son el perturbador más dominante>>; decía recientemente Ignacio Ramonet, en una entrevista al periódico El País, de Madrid. Porque perturban la tranquilidad de la clase dominante y de las minorías que poseen el poder económico. Cuando la forma clásica del poder –político, tecnológico, económico, cultural-, se cuestiona. Es deber de la sociedad y las redes, mostrar su fragilidad y vulnerabilidad. Cuando el comportamiento de los medios de comunicación tradicionales, los medios como empresa, que representan el poder político y económico del país, creen que manipulando la información y la comunicación, contrarrestan la participación de la sociedad en los problemas que los aquejan. Se constituyen en legitimadores oficiales, cuando los intereses del Gobierno o los Grupos de Presión a los que pertenecen, así lo exigen. Dejan aparcada la función social y ética de informar y comunicar, y se convierten en partidos o movimientos políticos. En Colombia asumen la responsabilidad de expiar, ser fiscales, jueces, inquisidores, defensores de la moral pública, que responde a los intereses del Gobierno y del poder actual. No a las necesidades morales, materiales y psicológicas de la sociedad. Ya que es una responsabilidad ética del Gobierno, proteger, garantizar, la integridad y la libertad, de todos los colombianos.
  
   De ahí que el periodismo afín al Gobierno, quiera incidir en elecciones, puestos públicos, programas de gobierno, partidos y movimientos de oposición, convirtiéndose en un <<poder>> al margen del control y la normatividad existente. Sabemos que la ética periodística, la libertad de información y comunicación, nada tiene que ver con los intereses del Gobierno y la Fiscalía de la Nación. Porque en una sociedad democrática son la voz de los que no tienen voz. Están para informar de acuerdo a los principios que determinan la libertad de expresión y la ética del periodista. No siguiendo las directrices de las minorías políticas y económicas del país.
 
    En Colombia se han convertido en acusadores, juez y parte, y arremeten contra cualquier ciudadano que no responda al toque de corneta del Gobierno actual. Se está dando una especie de hipertrofia del Poder Ejecutivo, todo lo arregla con prebendas y dinero del erario público que pertenece a los colombianos. Además, quiere apropiase de los poderes estratégicos del Estado, puestos de relevancia y control en la Administración Pública y el ámbito privado. De esa forma, racional y planificada, los intereses de los colombianos –de los mineros, los campesinos, los empleados, los ganaderos, los jornaleros, los obreros, los microempresarios, los indígenas, las minorías étnicas, los profesores, los comerciantes-, son conculcados en nombre de la <<selecta minoría>> que gobierna Colombia.
  
   Recuerde Sr. Presidente las palabras de Lord Acton: <<El poder absoluto corrompe absolutamente>>. Ahí está el ejemplo de las dictaduras de derecha e izquierda en el transcurso del siglo XX. Ahora bien, si pedí el voto por usted en mi blogs, no lo hice por su programa, ni porque soy afín ideológicamente a usted. Lo hice como colombiano que ha sufrido la violencia en carne propia, que cree en la paz y la reconciliación, también como humanista y persona que cree en el ser humano.
  
   En Colombia se está dando un punto de inflexión en el terreno político. No son los órganos públicos elegidos popularmente los que legitiman el comportamiento de los funcionarios y las cuestiones apremiantes de la sociedad. Sino las filtraciones, el chismorreo y las chuzadas, a todo aquel que ocupe un puesto de relevancia. Se está degradando y corrompiendo el Estado de Derecho y la Admiración Pública. En otras palabras, el Gobierno y la Fiscalía de la Nación, están convirtiendo el Estado Democrático Social de Derecho, en un Estado policivo, disciplinado y autoritario. Ese fantasma que recorrió a Europa y a Latinoamérica, en la segunda mitad del siglo XX, y que dejó a la vera del camino a millones de vidas humanas y escombros materiales.
  
   Es necesario que los que ejercen el poder político, se conviertan en comunicadores políticos, desde un punto de vista teórico y académico. Porque en una democracia como la colombiana, ha de estructurarse y poner en funcionamiento, un contrapoder mediático, que vele por los intereses de la gran mayoría. Están allí las redes sociales –Facebook, Twitter, WhatsApp, etc.-, que posibilitan los instrumentos adecuados para que la sociedad civil defienda sus derechos. En la medida que el periodismo tradicional y los periodistas pierden el monopolio de la información. Es indispensable que se activen las redes sociales y ejerzan el análisis y la consciencia crítica de la sociedad. Porque todavía hay personas que son capaces de ver las perdidas.
  
   Estamos en tiempos de cambio y transformación global, que afectan la economía, la política, la técnica, la industria, la empresa, la ciencia, la educación y la cultura. Somos parte de la <<cultura del artificio>>, que exalta el icono y la imagen, sobre la revolución de Gutenberg. No son los poderes tradicionales los que jalonan las transformaciones socio-económicas y políticas, tecnologías y culturales. Sino las personas, los investigadores, los intelectuales, los gobiernos progresistas, las empresas que implementan I+D, las universidades, los institutos de investigación científica. Que concatenan las tecnologías de la información y los conocimientos; las redes como instrumento de información, educación, innovación y desarrollo, con el bienestar del país. Esto posibilita la verdadera democracia y no unos medios de comunicación, que violan el derecho a la intimidad, la libre expresión y el respeto a la dignidad humana.
  
   El análisis y la crítica a los medios, ha de estar concatenado con una reflexión que integre a las redes sociales, como uno de los instrumentos que posibilite la movilización social. De lo contrario, el análisis y la crítica periodística, estará determinada por los intereses de la <<selecta minoría>>, que no responde a las necesidades materiales y psicológicas de la sociedad. Se trata de respetar y proteger los principios elementales de la democracia participativa y la libertad de los ciudadanos. Queremos educación, empleo, ingresos, seguridad, paz; pero no a costa de los principios democráticos y la libertad.
  
   Con la incertidumbre institucional y la tendencia a instituir un Estado policivo, autoritario, por parte del Gobierno y la Fiscalía General de la Nación. Nos equivocamos al pensar que la Constitución de 1991 nos ubicaba en el ámbito internacional de las democracias occidentales. No ha sido así, porque el espacio público, la Administración del Estado y el respeto a los funcionarios de bien, está siendo violado por el actual Gobierno. Cuando el Gobierno viola la dignidad humana y la libertad de los ciudadanos, está violando la Constitución de 1991. Sí, queremos una justicia limpia, honorable, un mínimo de respeto y una parte de la renta nacional, pero no pensando que la clase dirigente hace gala de la magnanimidad de los poderosos. ¡Mamola! Es un derecho de todos los colombianos y no un regalo de los que ejercen el poder actualmente en Colombia.


lunes, 23 de marzo de 2015

REFLEXIÓN A PROPÓSITO DE LA OBRA DE FRANZ KAFKA

                                                                                                                 

Los códigos: Los tormentos que hubo que sufrir Grete por culpa de su marido. <<Estos son los códigos que se estudian aquí>>.
               
                “El proceso” de Franz Kafka

El flagelador: <<Me pagan para azotar, de manera que azoto>>.
                                                                                 
                                                                                                                         
Los abogados: <<Los grandes abogados […] incomparablemente más altos […] que estos de los despreciados picapleitos>>.
                                                                                

Fin: << ¡Como un perro! >>, dijo; fue como la si la vergüenza debiera sobrevivirlo.
                                                                                 


Antonio Rafael Mercado Flórez  

      La obra de Kafka posibilita leer e interpretar los escombros de la modernidad, en lo prehistórico de lo actual. Tal como la alegoría contempla la existencia bajo el signo de la disgregación y la ruina. Por tanto, el dolor, el sufrimiento, la injusticia, la muerte, la desesperanza, son configuraciones del mito en la época moderna. Por eso, la gravosa pesadez de la existencia –lo natural y primitivo-, siempre está latente en la profundidad del alma. Las quiebras y deformaciones de la modernidad, son las huellas de la Edad de Piedra. Además, se construye en la historia el mito del poder ciego, Total, que se reproduce infinitamente así mismo. Cuando la violencia, las guerras nacionales o internacionales, diluyen la línea que separa la vida de la muerte, el hombre, por así decir, expresa lo natural y primitivo que mora en él. Aquí el Caínismo se manifiesta en toda su crudeza y barbarie. Además, las fuerzas de carácter mítico se refieren a los hombres y sus relaciones. En este ámbito se cumple la profecía Kafkiana sobre el terror, el sufrimiento y la tortura.
   
   De ahí que la violencia desenfrenada sea ejercida por figuras subalternas, tipos como suboficiales, guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y lumpen, sin escrúpulo espiritual. Como en las obras de Kafka, la historia se hace infierno, porque se perdió lo salvador. El Salvador y Absoluto, se presenta escurridizo, ambiguo y multiforme, como un Dios de terror y castigo. El mundo por ende se convierte en infierno y todo resquicio de la existencia y la realidad, debe ser llenado por el Mal absoluto. Por eso, en la época actual la esperanza y la libertad hay que encontrarlas en el interior del individuo. No en los Sistemas ni en el Estado ni en lo colectivo, sino en lo profundo del alma individual. Adorno lo expresó en referencia al Internamiento y el quebrantamiento del espíritu de la modernidad: <<En los campos de concentración del fascismo se borró la línea de demarcación entre la vida y la muerte>>. Tal como ahora sucede en Colombia, Afganistán, Siria, Yemen, México, Irak, etc.
   
   En un ámbito como este creer en el Progreso significa no creer que haya tenido ya lugar un progreso. Se presenta con la basura y la ruina de la historia: torturas, desapariciones, desplazamiento forzado de la población civil, secuestro, violaciones, hambre, pobreza, matanzas, decapitaciones, campos de concentración. De ahí que el arte en la modernidad, haya tomado como material único la basura de la realidad. El artista con las ruinas dispersas de la historia actual, no sólo ha creado su obra, también resarce al hombre del quebrantamiento de la subjetividad. Sabemos que el hombre no está en el mundo para ser clasificado ni sistematizado ni cosificado ni numerificado, está en el mundo para vivir la vida como hombre y alcanzar la categoría de persona. Pero son las mediaciones artificiales –las imágenes, los lenguajes digitales, el poder, el dinero, la moral común, la delegación de la libertad, la inmovilidad del pensar, la ortodoxia del dogma, la negación de la sentimentalidad-, lo que determina la existencia del hombre actual. Se trata de configurar la vida de acuerdo con lo establecido y que repita Siempre lo mismo. Que la uniformidad prime sobre la diversidad y la unicidad de la individualidad. Según una parábola de Kafka, Prometeo se va identificando con la roca a la que está aherrojado, y luego es olvidado.1 Entonces los hombres son empujados a identificarse como algo natural con su miseria material y espiritual. Con la degradación de la condición humana. Como hacen los imputados en <<El Proceso>>, en las relaciones que establecen con fiscales, abogados, administradores, asistentes, porteros y jueces. Es la expresión más evidente de la corrupción, el soborno, el cohecho, de la justicia del Estado Moderno.
   
   El poder quiere a toda costa, que nos olvidemos de nosotros mismos, del semejante, de las necesidades espirituales y materiales, de las relaciones humanas y el proceso productivo, de la reproducción de la vida, del lenguaje y la escritura, la reflexión y el análisis, la explotación y la discriminación del ser humano, y nos arrojemos desnudos como un recién nacido en los brazos de Morfeo de la civilización actual. Esa que desea convertir al ser humano en número o en objeto. Así, pues, el hombre y su memoria, el intelecto y los sentimientos, por supuesto, la vida y la realidad, deben ser olvidados en nombre de la economía, el mercado, las finanzas internacionales, los lenguajes digitales y las imágenes. De esa forma predomina en la vida del hombre la cosificación y la numerificación de la existencia. No es la alteridad ni la diversidad de la existencia lo que importa, sino lo Siempre Igual. Entonces los hombres en un estado de sufrimiento, de postración y desesperación, han de recorrer el mismo camino que recorren las palabras en las obras de Kafka, especialmente las metáforas, se segregan del resto y cobran existencia propia.2
   
   Kafka desafía a la burguesía y a la política con la literatura. Porque la cultura y, en particular, la literatura, es socialmente sospechosa y políticamente se la considera un lujo, un capricho de selectas minorías. En la civilización moderna existe un desdén por la cultura. Porque la cultura es contrapoder. Cuanto más instruida es la sociedad, más aumenta la capacidad de análisis y de crítica e intelectiva de poner en tela de juicio los dislates del poder. De ahí que la civilización actual tiene con el progreso, el poder, el capital financiero, las transnacionales, las imágenes y los lenguajes digitales, una ligazón más íntima que la que posee con la cultura. Como expresa Ernst Jünger: <<Aquélla es capaz de hablar en las grandes urbes su lenguaje natural y sabe manejar medios y conceptos a los que la cultura se enfrenta sin tener ninguna relación con ellos e incluso de manera hostil>>.
   
   La obra de Kafka describe y critica la vida del hombre actual. Porque hoy en día, el ser humano ya solo se adapta a lo establecido. Es el hombre funcional, como lo llama Imre Kertész, en <<Diario de la galera>>. Dice que las formas e instituciones de la estructura moderna de la vida, entre las cuales la vida del hombre funcional como en un alambique perfectamente aislado. El hombre funcional es un hombre alienado, pero aun así, no es el héroe de la época: el hombre alienado, el hombre funcional eligió, pero su elección consiste básicamente en una renuncia. ¿A qué? A la realidad, a la existencia.3 Este tipo de hombre renuncia a la verdadera vida y soberana aparece la existencia que corresponde a una pseudorrealidad, como en Kafka la vida de los hombrecitos menores, un tipo de vida que sustituye a la Vida. Además, la Ley no responde a las necesidades materiales y psicológicas de la sociedad, sino que <<viene impuesta por la necesidad de equilibrio del sistema social –siempre absurdo desde el punto de vista del individuo>>.
   
   Tampoco debe olvidarse que al principio de <<El Castillo>> K. pregunta: << ¿En qué castillo me he extraviado? ¿Es esto un castillo?>> Según la parábola de Kafka, en el mundo moderno no sólo se olvida el nombre, sino a la persona misma. La iluminación de Kafka consiste en recordarnos no perder la memoria y el recuerdo, porque allí como en un baúl antiguo están los ripios del pasado, lo primitivo, la tradición y las ruinas del presente actual. Ahora, ¿Se ha convertido el mundo y la sociedad en una gran cárcel? <<El principio de literalidad, seguramente recuerdo de la exegesis de la torá en la tradición judaica, encuentra apoyo y confirmación en muchos textos de Kafka>>. Por eso, lo que importa en la obra de Kafka son las palabras que van encajando una por una hasta formar una parábola o una metáfora, sobre la realidad. Ellas siempre están en movimiento y en esta dialéctica adquieren perdurabilidad más allá del tiempo. Las palabras rompen los barrotes de la gran cárcel en la que se ha convertido el mundo actual. No son los conceptos lo que importa a Kafka, sino la vivacidad de las palabras para que den cuenta del mundo que se deshace como hongos podridos en la boca.
   
   De ahí que su obra sea discontinua, fragmentaria, porque los fragmentos de los fenómenos, las ruinas y la basura de la historia y la realidad, sólo las puede utilizar en las metáforas que forman las palabras. <<El principio de literalidad, sin cuya medida lo multivoco se desdibujaría en indiferente, prohíbe seguir el frecuentísimo intento de unir en las concepciones de Kafka profundidad con arbitrariedad>>.4 Además, <<los gestos son los restos de las experiencias recubiertas por el significar. El último estadio de una lengua que se cuaja en la boca de los que hablan; la segunda confusión babilónica, a la que por lo demás se resiste incansablemente la intimidada dicción de Kafka, le obliga a invertir especularmente histórica concepto-gesto. El gesto es el <<así es>>; la lengua, cuya configuración debe ser la verdad, es, como rota, la no verdad>> […] A las experiencias sedimentadas en los gestos seguirá la interpretación, la cual tendrá que reconocer en su mimesis una generalidad desplazada por el sano sentido común>>.5  
   
   En y a través de las palabras, Kafka <<produce arte tomando como material la basura de la realidad>>. Eso que Walter Benjamín llama escombros de la cultura. Por eso describe los más sutiles procesos psicológicos del ser humano, que se anteponen a una especie nueva de relato exacto, objetivo. <<Kafka no esboza directamente la imagen de la sociedad naciente – pues, como en todo gran arte, también en el suyo domina la ascesis sobre el futuro -, sino que la monta con productos de desechos separados de la sociedad muriente por lo nuevo que se forma. En vez de sanar la neurosis, Kafka busca en ella misma la fuerza salvadora, que es la del conocimiento: las heridas que la sociedad infiere al individuo son leídas por éste como cifras de la no-verdad social, como negativo de la verdad. Su potencia es potencia de descomposición. Kafka arranca la fachada conciliatoria que recubre la desmesura del sufrimiento, cada vez más sometido a los controles racionales. En la descomposición que desmantela –esta palabra no fue jamás tan popular como en el año de la muerte de Kafka– el artista no se queda, como la psicología, junto al sujeto, sino que, sin detenerse, penetra hasta lo material, hasta lo meramente existente que se ofrece sobre el fondo subjetivo en la irrefrenada caída de la consciencia que cede, perdida toda autoafirmación>>.6 
   
   Así, la imagen de la sociedad del futuro de Kafka, se monta desde los escombros y desechos, que ésta deja a la vera del camino. Desechos materiales y humanos, configurando un nuevo despertar desde el conocimiento. Por eso, lee e interpreta las heridas que la sociedad infiere al individuo, como no-verdad, como negativo de la realidad. Como en Freud la psicosis del individuo no manifiesta su rostro verdadero, sino, de soslayo, fugaz y enmascarado, por el inconsciente. Son los materiales en descomposición, disgregados, en ruinas, los que posibilitan el futuro del individuo y la sociedad. Freud se vale de los actos fallidos, los sueños, los síntomas neuróticos, y a partir de ellos hace que el individuo llegue hasta el quebrantamiento de la subjetividad y desvele su verdadero rostro. <<La huida a través del hombre hasta lo no-humano es la trayectoria épica de Kafka>>. Los fragmentos del Mal, el carácter simbólico del Mal en la sociedad, Kafka se vale de ello en su naturaleza descarnada para configurar la esperanza del hombre. Pero, en opinión de Benjamín, la teoría de la alegoría no puede darse por satisfecha con la consideración del tesoro lúgubre de la muerte o del infierno asociado a las visiones por las que las cosas se convierten en ruinas. También debe tomar en cuenta la perspectiva de su vuelco a la salvación.7 Rescatar al hombre de carne y hueso de la soledad, del miedo, protegerlo del dolor, del olvido, del desamparo, aún de aquellos con los que convive. Es un deber ético de la sociedad. <<Aquello sobre lo cual se levanta la individuación, aquello que ella recubre y da de sí, es común a todos, pero no puede apresarse sino en el abandono y en el hundimiento que no miran en torno de sí mismo>>.8
   
   En el mundo moderno donde lo colectivo prima sobre la individualidad, la individuación se hace tan difícil, tosca, por los grilletes del poder. <<Y tan oscilante ha sido para ella hasta el día de hoy, que sienten mortal terror cuando se le levanta un ángulo a su velo>>. Por eso es tan cómodo para el individuo perderse en lo colectivo, que aún, en el terror y el dolor más obsceno, prefiere lo Siempre Igual. Les produce horror tener que obedecer a su interior, a sí mismo, y optan por delegar la libertad. <<Ese malestar es en Kafka pánico […] Hay al mismo tiempo copias de todo, hombres producidos en cadena sin fin, ejemplares mecánicamente reproducidos, épsilons de Huxley>>. Así pues, <<el origen social del individuo se descubre al final como poder de destrucción. La obra de Kafka es el intento de absorber ésta>>.9 Se trata de resistir, forzar la vida hasta el último hálito a la resistencia exterior, colectiva. La monotonía de lo cotidiano lleva en su naturaleza el malestar de lo pánico y la disolución de la individualidad. <<El horror, que antes vibraba invisible en la palabra, rodea ahora como un vapor, como una emanación, visible, al dueño de casa. La técnica literaria que se fija a las palabras por vía de asociación, como la de Proust al involuntario recuerdo sensible, produce su contrario: en lugar de la reflexión sobre el hombre y su recuerdo, la prueba por ejemplo de deshumanización. Su precisión impone a los sujetos una involución casi biológica, del tipo de la preparada por las parábolas animales de Kafka>>.
   
   En el mundo de Kafka, el hombre se da cuenta que no es un ser humano, sino cosa. Una cosa entre las cosas. La objetización del hombre, su coseidad, lo lleva al quebrantamiento de sí mismo, a la disgregación de la subjetividad. Y en la cadena de la producción y las relaciones humanas alienadas, se convierte en cosa consumible y desechada. Triturado por el Sistema le toca huir o refugiarse dentro de sí. Se trata de desgarrar el caparazón de Chinche, para que soberana libere la antigua, natural y primitiva, libertad. Así, el mundo imaginativo de Kafka es reacción al poder ilimitado. Un poder que se cristaliza en la norma, las costumbres y el sufrimiento. Benjamín llamó parasitario a ese poder, el poder de los coléricos patriarcas: consume la vida sobre las que pesa […] Kafka pone bajo la lupa los indicios de porquería que dejan los dedos del poder en la edición de lujo del libro de la vida.10
   
   Kafka sabía que la vida es el misterio de todo ser humano: es tan admirable que siempre se la puede amar. La pasión necesita gritos, el amor mismo se complace con las palabras, pero la simpatía puede ser silenciosa. La he sentido no sólo en minutos de gratitud y de paz, sino hacia seres a los que no asocio a ninguna idea de placer. No puede ser violentada, porque es la extensión del verbo divino, en la tierra de los hombres. Kafka lo sabía, que nada es más atroz y espeluznante para el ser humano, que la cuadriculación del mundo. Todo se cierra a su alrededor, las puertas y ventanas, los pasillos, los umbrales donde se contempla, se cierran herméticamente para que nadie pueda escapar a su condena y su lógica. <<Pues ningún mundo podría ser tan unitario como el mundo paralizador que condensa en totalidad gracias al miedo del pequeño burgués, mundo lógicamente cerrado por los cuatro costados y tan desprovisto de sentido como cualquier sistema. […] Las laberínticas descripciones de Kafka dependen unas de otras como ocurre a las mitologías. Pero lo interior, abstruso y buscado es tan esencial a su continuo como la corrupción y la asocialidad criminal son esenciales al dominio totalitario, o como el amor a la porquería lo es al culto de la higiene>>.11  
   
   Por tanto, <<los sistemas de pensamiento y de política no desean nada que no sea igual que ellos; pero cuanto más se robustecen, cuanto más unifican el nombre de lo que existe, tanto más lo oprimen y tanto más se alejan de ello. Por eso les resulta insoportable la menor <desviación>, como amenaza al principio entero, como a las potencias y a los poderes los extraños y solitarios en la obra de Kafka. Integración es desintegración, y en ella el lazo mítico coincide con la racionalidad del dominio. El llamado problema de la causalidad o del azar, tortura de los sistemas filosóficos, es producido por ellos mismos: por la propia inexorabilidad de los sistemas, todo lo que se cuela por las mallas de sus redes se les convierte en mortal enemigo, como le ocurre a la reina mítica de los cuentos que no puede vivir tranquila mientras siga viviendo en las montañas la niña más hermosa que ella>>.12  

   En cuanto a la imagen del padre, Walter Benjamín en su ensayo sobre Kafka, establece dos figuras en las que polariza su escritura: la del padre que castiga remitiendo incansablemente al hijo a <<una especie de pecado original>> y las de las extrañas criaturas que constituyen un <<pequeño mundo intermedio, a la vez inacabado y cotidiano, a la vez consolador e inepto>>.13 Un mundo que ofrece esperanza, pero una esperanza diluida en la basura de lo actual. Una espera que no logra llenar el vacío del interior del individuo, por eso recurre a las satisfacciones que ofrece la civilización contemporánea: fugaces y sin-sentido. El mundo visto desde la óptica de Kafka se convierte en absurdo e ininteligible, y para poder encontrar un sentido a la existencia, hay que desgarrar el forro de los fenómenos para que revele un resquicio de luz en medio de la oscuridad del mundo actual. Aquí la frase trasmitida por Kafka a Max Brod, cobra vigencia: <<bastante esperanza, una cantidad infinita de esperanza –pero no para nosotros>>. Existe esperanza prosigue Kafka, pero, para Dios – una infinitud de esperanza– pero no para nosotros. A partir de la cosmogonía de Kafka, la tensión entre el padre castigador y las pequeñas criaturas, Benjamín estructura <<la visión de un mundo de lo alto que se ha vuelto ininteligible o absurdo>>.14
   
   Un mundo donde el poder que se ejerce sobre las pequeñas criaturas, es <<un poder privado de sentido>>. <<Pero surge bajo la pluma de Benjamín –expresa Pierre Bouretz- inmediatamente asociada al mundo de los funcionarios y a las atmósferas de embotamiento, degradación y mugre. Que la obra de Kafka gire en torno a la <<inmemorial relación del padre con el hijo>>, el primero es por excelencia <<el que castiga>> y por añadidura no se conforma con consumir la fuerza del hijo, sino que lo priva de <<su derecho a existir>>, todo ello no ofrece duda alguna a Benjamín>>.15 En el texto sobre Fuchs, la reflexión de Benjamín se orienta también a la cosificación de la existencia y al aparato de burocracias administrativas: <<La cosificación no sólo hace opaca las relaciones entre los hombres –dice-; sino que además envuelve en niebla a los sujetos reales de dichas relaciones. Entre los que detentan el poder en la vida económica y los explotados se desliza todo un aparato de burocracias administrativas y jurídicas, cuyos miembros no son capaces de desempeñar funciones en cuanto sujetos morales plenamente responsables; su consciencia de la responsabilidad no es otra cosa que la expresión inconsciente de ese encanijamiento>>.16
   
   <<El padre que castiga>>, que consume la fuerza del hijo y también lo priva de <<su derecho a existir>>, Kafka lo ilustra simbólicamente así: <<El pecado original, esa vieja injusticia cometida por el hombre, consiste en el reproche que el hombre hace y al que no renuncia>>. <<Lo propio de esa justicia, supone K., es que uno no sólo es condenado inocente, sino ignorante>>. Benjamín está sin duda atraído por la perspectiva de una lectura de Kafka –dice Pierre Bouretz- a través de las categorías de la tradición judía a la que le invitaba Scholem, pero parece aún más impulsado por el deseo de refutar lo que llama el <<modelo teológico>>.17 Leer e interpretar la obra de Kafka, según Benjamín, significa, desandar lo andado, sondear lo que el espíritu judío conserva en la Tradición, las palabras y la interpretación de la Toráh, en las diferentes configuraciones del tiempo. Así, pues, Willy Hass, estructura el universo de Kafka en dos niveles superpuestos: <<El universo Kafkiano se despliega alrededor de la oposición entre un dominio de la potencia superior entendida como sede de la Gracia (El castillo) y un universo de las potencias inferiores del juicio o la condena (El proceso); su horizonte se vincula a la idea según la cual el hombre siempre es culpable ante Dios, cuya misericordia en todo caso no puede forzar>>.18
   
   <<En cuanto a las figuras de éstas, se vincula a una doble certeza: los relatos de Kafka se reclaman de las potencias de un <mundo primitivo> que también es el mundo actual; pero su autor no ha encontrado su camino entre ellas>>.19 En cualquier caso, Benjamín en el <<Libro de los Pasajes>>, dice: <<Del mismo modo que Giedion nos enseña a leer las características principales de la edificación actual en construcciones de 1850, queremos leer en la vida y en las formas perdidas y aparentemente segundarias de aquella época, la vida y las formas de hoy>>.20 Freud también percibe este <<mundo primitivo>> en las potencias libidinosas, naturales y primitivas, del alma humana. Potencias de horror, sangre y muerte, en la vida del hombre. Los mitos y leyendas de los pueblos no son otra cosa que sueños y deseos <<descargados>> de su tiempo primitivo. Todo lo que la humanidad ha rechazado siempre como barbarie -nos recuerda Stefan Zweig-, sed de sangre, incesto y violación, aquellos lúgubres extravíos de los tiempos salvajes, todo esto se estremece en deseo una vez más en la infancia, ese período prehistórico del alma humana: cada individuo debe repetir simbólicamente en su desarrollo ético toda la historia cultural de la humanidad.21
   
   Piensa Benjamín que ninguna parábola de Kafka es más significativa que la de Odradek, el pequeño carrete de hilo y viejos tejidos de apariencia rasgada, pero que parece capaz de mantenerse en pie como sobre patas.22 <<La forma que adoptan las cosas caídas en el olvido. Están deformadas>>. Para Benjamín en la literatura de Kafka hay una dualidad: <<Por un lado, existe un elemento de esperanza, como la espera de un aplazamiento del procedimiento que representa la única salida posible para el acusado de El proceso: Pero, al punto, es el predominio de la oscuridad lo que sin tregua oscurece las alegorías. A fin de cuentas, ese último motivo es el que Benjamín ve triunfar>>.23 En Kafka todo lo que el hombre hace en el mundo, está abocado al fracaso. Ya que en la vida del ser humano, casi siempre, prima su parte oscura y no la luz del espíritu y el entendimiento. Como lo expresa el Gran Inquisidor en Dostoievski: <<El hombre está en presencia de un misterio insondable que le prohíbe predicar la libertad o el amor, imponiéndole, por el contrario, someterse sin más a un secreto o enigma que no puede evitar>>. Ahora, ¿tiene sentido el mundo o la vida para Kafka? No, porque el hombre está sometido a la Ley. Ésta cohíbe, limita la voluntad y cualquier posibilidad de escapar, es inimaginable. El hombre en el mundo está como en una cárcel, que Kafka simboliza en las parábolas de El proceso. Un desdichado que tiene que romper la red de hierro, fría, oscura, del mundo con la luz de la esperanza, la espera reposa dentro de sí.
   
   En el Diario, 25 de septiembre de 1917, Kafka dice: <<Pero la dicha sólo podré alcanzarla si logro elevar el mundo para hacerlo entrar en lo verdadero, puro y lo inmutable>>. Como afirma Simone Weil: <<En todos los problemas desgarradores de la existencia humana, la única elección posible es la que debe optar entre el bien sobrenatural y el mal. […] Solo lo que viene del cielo es susceptible de imprimir realmente una marca sobre la tierra. […] La verdad, la justicia, la compasión son un bien siempre y en todas partes. […] La desdicha dispone al alma a recibir con avidez, a beber todo lo que procede de allí>>. En la misma tendencia Ernst Jünger, expresó: Es necesario <<la ordenación de las cosas visibles de acuerdo con su rango invisible. Toda obra y toda sociedad debería estar estructuradas según ese principio>>. De ahí que Benjamín diga: <<Los fragmentos Kafkianos no se integran del todo en las formas de la prosa occidental y se relacionan con la doctrina como la Haggadah con la Halakah>>. Esto es: <<La Ley de la tierra es la Ley>>.
   
   Para Benjamín se trata de comprender la figura de Odradek, en la obra literaria de Kafka, y su relación con la del <<jorobadito>>: <<Ese hombrecillo es el habitante de la vida deformada y desaparecerá con la llegada del Mesías, de la que un gran rabino dijo que no cambiaría el mundo a la fuerza, sino que sólo pondría las cosas un poquito en orden>>. Así, la experiencia de Kafka se ubica en dos perspectivas: de una parte, la mística, tiene que ver con la Tradición; de otra, la experiencia del hombre en la gran ciudad moderna. En ésta, el hombre ha olvidado la escritura y la exégesis; a la vez es la experiencia que tiende a la cosificación y objetización de la existencia. La relación que establece Kafka con la mística judía se percibe en el simbolismo y las parábolas de sus obras. Por estar la Torah preñada de significaciones innumerables, lo planteado por el universo Kafkiano de una Tradición que se ha vuelto intransmisible es la posibilidad de preservar lo que compensaba la desesperación de la mayor parte de los místicos del Nombre, <<la creencia en el lenguaje concebido como un absoluto, por desgarrado que esté por la dialéctica, la fe en un misterio que puede oírse en el lenguaje>>.24
   
   <<Kafka –dijo Benjamín- estaba a la escucha de la tradición y quien escucha esforzadamente no ve. […] Kafka vive en un mundo complementario. (Y en ello está emparentado con Klee, cuya obra se alza en la pintura tan esencialmente aislada como la de Kafka en la literatura) […] Lo que se quiere atrapar al vuelo no es algo determinado por el oído. […] La obra Kafkiana expone una enfermedad de la tradición. En ocasiones se ha querido definir la sabiduría como el lado épico de la verdad. Con ello queda la sabiduría caracterizada como un bien tradicional; es entonces la verdad en su consistencia. Esa consistencia de la verdad es la que se ha perdido>>.25 Para Benjamín, Kafka percibe que el mundo moderno se atiene a la verdad; pero, renuncia a su transmisibilidad. Y además da la espalda al filón del espíritu judío, en nombre de la ciencia y la razón. <<Abandona la verdad para atenerse a su transmisibilidad, a su elemento hagádico>>.
   
   De ahí que Kafka no habla de sabiduría  –le escribe Benjamín a Scholem- Sólo se queda con los productos de su ruina. Y estos son dos: el rumor de las cosas verdaderas (trata de lo desacreditado y obsoleto); el otro producto de esta diástasis es la locura, que si ha malgastado por completo el valor propio de la sabiduría, ha conservado en cambio el garbo y la tranquilidad que por todos lados se le escapa al rumor.26 Si para Kafka, la locura es el signo de sus personajes; para Thomas Mann la enfermedad es el estado donde el hombre alcanza la creatividad estética; en Kafka renuncian a la verdad y a la sabiduría. Por eso dice Benjamín que <<la obra de Kafka es profética>>. No le queda otro remedio que responder con asombro, en el cual desde luego, se mezcla un terror pánico, a esas dislocaciones, casi incomprensibles de la existencia>>.27 Así pues, <<todo lo que describe enuncia otra cosa>>. Kafka se vale del mundo talmúdico y la Tradición, para dar una descripción del mundo actual. <<El hombre actual –dice Benjamín-  vive en su cuerpo como K. en la aldea al pie de la montaña del castillo: como un extraño, como un paria que nada sabe de sus leyes que unen a ese cuerpo con otros órdenes superiores>>. Estar encerrado dentro de sí, escondido en los bajos fondos y en las madrigueras, le parece al Kafka <<lo adecuado para sus miembros de su generación, aislados, desconocedores de la ley, y para su mundo entorno>>. Sin embargo, el mundo del que habla Kafka, es viejo, corrompido, degradante, vivido en demasía, polvoriento. <<Pero no sólo en las figuras femeninas –expresa Benjamín-, que todas viven en una promiscuidad sin barreras, podemos palpar la depravación de ese mundo>>. Sino también en un mundo deshilachado, roto y arrugado, desvergonzado, tanto para los de arriba como para los de abajo. En él no hay esperanza, sólo miedo, terror y olvido.
   
   En el Estado Moderno podemos percibir que <<ambos mundos son un laberinto medio oscuro, polvoriento, estrecho, mal airado, de cancillerías, despachos, salas de espera, con una jerarquía imprevisibles de empleados pequeños y grandes y enteramente inasequibles, empleados inferiores, conserjes, abogados, auxiliares, botones, que externamente hacen el efecto de una ridícula y absurda parodia burocrática>>. Es un mundo sin ley, tanto para los superiores y los inferiores; donde se cuela la solidaridad <<sólo en único sentimiento, el miedo. Un miedo que no es reacción sino órgano>>. Sabemos que en el mundo moderno, es del miedo de lo que vive el poder. Como dijo Ernst Jünger: El miedo es uno de los síntomas de nuestro tiempo. En la época actual el miedo y el automatismo van de la mano, el hombre coarta sus decisiones en beneficio de las facilidades técnicas.28 También respecto a Kafka, insiste Benjamín, <<el miedo es a la par y por partes iguales miedo ante lo muy antiguo, ante lo inmemorial, y miedo ante lo más próximo, ante lo que está surgiendo. Para decirlo en una frase: es miedo ante la culpa desconocida y su expiación, cuya única, imperiosa bendición es que se dé a conocer la culpa>>.29 Por tanto, <<la dislocación más precisa, tan característica para el mundo de Kafka, procede que en él lo nuevo, grande y liberado se representa tras la figura de la expiación>>.30
  
   Sabemos que en el mundo actual, no sólo es <<el gran mecanismo político lo único que lleva a sentir ese miedo. Hay además una cantidad de miedos particulares>>.31 Pero también el miedo mítico de la culpa y la expiación, son síntomas de la dislocación e indicadores de la catástrofe. <<Por eso Willy Hass ha descifrado con toda razón como olvido la culpa desconocida que conjura el proceso contra Joseph K. >>. Se pregunta Ernst Jünger, ¿es posible liberar del miedo al ser humano? Tal cosa es mucho más importante que proporcionarle armas o que proveerle de medicamentos. El poder y la salud están en quién no siente miedo. Por otro lado, el miedo pone cerco también a quienes van armados hasta los dientes –es precisamente a ellos a quienes pone cerco.32 De hecho el mundo actual es el del terror, el sufrimiento, el dolor, el olvido, la culpa, la expiación y en la obra de Kafka, es lo característico.
   
   De este mundo rebajado, deformado y arrugado, Benjamín dice: <<La creación literaria de Kafka rebosa de configuraciones del olvido –mudas suplicas de que por fin llegue a ocurrírsenos. Pensemos en el <cuidado del padre de familia>, en la extraña madeja parlante Odradek, de la que nadie sabe lo que es, o en el escarabajo, el héroe de Metamorfosis, del que sabemos muy requetebién lo que era, un hombre, o en el <cruce>, el animal que es mitad felino, mitad cordero, para el cual el cuchillo del matarife tal vez fuera una redención>>.33 Simbólicamente hablando la redención del sufrimiento y la culpa, que es la de todos y cada uno de nosotros, se representa en las obras de Kafka. De lo que aquí se trata no es de relaciones numéricas, sino de la objetización y del interior del ser humano; de la esperanza y la salvación de poderes míticos y de espejismos actuales. Como expresó Jünger: Es posible dar al ritmo superior de la historia la interpretación siguiente: el ser humano se redescubre a sí mismo periódicamente. […] Pero desde los tiempos más remotos viene repitiéndose una y otra vez el mismo espectáculo: el hombre se quita la máscara y a ese acto sigue la jovialidad, la cual es el reflejo luminoso de la libertad.
                  
                                                          
                                                            Bibliografía

1. Adorno, W. Theodor. Prismas. La crítica de la cultura y la sociedad. Ediciones Ariel, S.A. Barcelona, 1962. P. 163.
2. Ib. p. 163.
3. Kertész, Imre. Diario de la galera. Acantilado. Barcelona, 2004. p. 11.
4. Adorno. Ib. p. 163.
5. Ib. p. 164.
6. Ib. p. 166.
7. Bouretz, Pierre. Testigos del futuro. Filosofía y mesianismo. Editorial Trotta, S.A. 2012. Madrid. p. 267 y 268.
8. Ib. p. 166.
9. Ib. p. 167.
10. Adorno. Ib. p. 169 y 170.
11. Ib. p. 170.
12. Ib. p. 170.
13. Ib. p. 170.
14. Bouretz. Ib. p. 248.
15. Ib. p. 250
16. Benjamín, Walter. Historia y Coleccionismo: Eduard Fuchs. Editorial Ariel. Madrid, 1982. p. 123.
17. Bouretz. Ib. p. 250.
18. Ib. p. 250.
19. Ib. p. 250.
20. Benjamín. Libro de los Pasajes. Ediciones Akal, S.A., Madrid, 2005. [N1, 11].
21. Zweig, Stefan. La curación por el espíritu. (Mesmer, Mary Baker-Eddy, Freud). Acantilado, Barcelona 2006. p. 412.
22. Bouretz. Ib. p. 251.
23. Ib. p. 251.
24. Ib. p. 371 y 372.
25. Benjamín.  Dos Iluminaciones Sobre Kafka. Una carta Sobre Kafka (Escrita a Gershom Scholem en París a 12 de junio de 1938).
26. Ib.
27. Ib.
28. Jünger, Ernst. La emboscadura. Tusquets Editores. Barcelona 2002. p. 63.
29. Benjamín. Ib.
30. Ib.
31. Jünger. Ib. p. 66.
32. Ib. p. 67.

33. Benjamín. Ib.

sábado, 20 de diciembre de 2014

La educación exige emociones

           
El fenómeno es imparable. Los nuevos tiempos exigen desarrollar las capacidades innatas de los niños y cambiar las consignas académicas.

Borja Vilaseca


¿Estamos educando a las nuevas generaciones para vivir en un mundo que ya no existe? El sistema pedagógico parece haberse estancado en la era industrial en la que fue diseñado. La consigna respecto al colegio ha venido insistiendo en que hay que “estudiar mucho”, “sacar buenas notas” y, posteriormente, “obtener un título universitario”. Y eso es lo que muchos han procurado hacer. Se creyó que, una vez finalizada la etapa de estudiantes, habría un “empleo fijo” con un “salario estable”.
Pero dado que la realidad laboral ha cambiado, estas consignas académicas han dejado de ser válidas. De hecho, se han convertido en un obstáculo que limita las posibilidades profesionales. Y es que las escuelas públicas se crearon en el siglo XIX para convertir a campesinos analfabetos en obreros dóciles, adaptándolos a la función mecánica que iban a desempeñar en las fábricas. Tal como apunta el experto mundial en educación Ken Robinson, “los centros de enseñanza secundaria contemporáneos siguen teniendo muchos paralelismos con las cadenas de montaje, la división del trabajo y la producción en serie impulsadas por Frederick Taylor y Henry Ford”.
Si bien la fórmula pedagógica actual permite que los estudiantes aprendan a leer, escribir y hacer cálculos matemáticos, “la escuela mata nuestra creatividad”. A lo largo del proceso formativo, la gran mayoría pierde la conexión con esta facultad, marginando por completo el espíritu emprendedor. Y como consecuencia, se empiezan a seguir los dictados marcados por la mayoría, un ruido que impide escuchar la propia voz interior.
La voz de los adolescentes
“Desde muy pequeño tuve que interrumpir mi educación para empezar a ir a la escuela”
Gabriel García Márquez
Cada vez más adolescentes sienten que el colegio no les aporta nada útil ni práctico para afrontar los problemas de la vida cotidiana. En vez de plantearles preguntas para que piensen por sí mismos, se limitan a darles respuestas pensadas por otros, tratando de que los alumnos amolden su pensamiento y su comportamiento al canon determinado por el orden social establecido.
Del mismo modo que la era industrial creó su propia escuela, la era del conocimiento emergente requiere de un nuevo tipo de colegio. Básicamente porque la educación industrial ha quedado desfasada. Sin embargo, actúa como un enfermo terminal que niega su propia enfermedad. Ahogada por la burocracia, la evolución del sistema educativo público llevará mucho tiempo en completarse. Según Robinson, “ahora mismo sigue estando compuesto por tres subsistemas principales: el plan de estudios (lo que el sistema escolar espera que el alumno aprenda), la pedagogía (el método mediante el cual el colegio ayuda a los estudiantes a hacerlo) y la evaluación, que vendría a ser el proceso de medir lo bien que lo están haciendo”.
La mayoría de los movimientos de reforma se centran en el plan de estudios y en la evaluación. Sin embargo, “la educación no necesita que la reformen, sino que la transformen”, concluye este experto. En vez de estandarizar la educación, en la era del conocimiento va a tender a personalizarse. Esencialmente porque uno de los objetivos es que los chavales descubran por sí mismos sus dones y cualidades individuales, así como lo que verdaderamente les apasiona.
En el marco de este nuevo paradigma educativo está emergiendo con fuerza la “educación emocional”. Se trata de un conjunto de enseñanzas, reflexiones, dinámicas, metodologías y herramientas de autoconocimiento diseñadas para potenciar la inteligencia emocional. Es decir, el proceso mental por medio del cual los niños y jóvenes puedan resolver sus problemas y conflictos emocionales por sí mismos, sin intermediarios de ningún tipo.
La base pedagógica de esta educación en auge está inspirada en el trabajo de grandes visionarios del siglo XX como Rudolf Steiner, María Montessori u Ovide Decroly. Todos ellos comparten la visión de que el ser humano nace con un potencial por desarrollar. Y que la función principal del educador es acompañar a los niños en su proceso de aprendizaje, evolución y madurez emocional. En esta misma línea se sitúan los programas de la educación lenta, libre y viva que están consolidándose como propuestas pedagógicas alternativas dentro del sistema. Eso sí, el gran referente del siglo XXI sigue siendo la escuela pública de Finlandia, país que lidera el ranking elaborado por el informe PISA.
¿Para qué sirve?
“Educar no consiste en llenar un vaso vacío, sino en encender un fuego latente”
Lao Tsé
La educación emocional está comprometida con promover entre los jóvenes una serie de valores que permitan a los chavales descubrir su propio valor, pudiendo así aportar lo mejor de sí mismos al servicio de la sociedad. Entre estos destacan:
Autoconocimiento. Conocerse a uno mismo es el camino que conduce a saber cuáles son las limitaciones y potencialidades de cada uno, y permite convertirse en la mejor versión de uno mismo.
Responsabilidad. Cada uno de nosotros es la causa de su sufrimiento y de su felicidad. Asumir la responsabilidad de hacerse cargo de uno mismo en el plano emocional y económico es lo que permite alcanzar la madurez como seres humanos y realizar el propósito de vida que se persiga.
Autoestima. El mundo no se ve como es, sino como es cada uno de quienes lo observan. De ahí que amarse a uno mismo resulte fundamental para construir una percepción más sabia y objetiva de los demás y de la vida, nutriendo el corazón de confianza y valentía para seguir un propio camino.
Claves para saber más


Libro
¡Esta casa no es un hotel!
Irene Orce (Grijalbo)

Este libro es un manual de educación emocional para padres de adolescentes. Está escrito desde la perspectiva de los chavales, y su intención es proporcionar claves y herramientas para que los adultos aprendan a crear puentes más constructivos con sus hijos.

Documental
La educación prohibida
Un documental que propone cuestionar las lógicas de la escolarización moderna y la forma de entender la educación, visibilizando experiencias educativas diferentes, que plantean la necesidad de un nuevo paradigma educativo.
Felicidad. La felicidad es la verdadera naturaleza del ser humano. No tiene nada que ver con lo que se tiene, con lo que se hace ni con lo que se consigue. Es un estado interno que florece de forma natural cuando se logra recuperar el contacto con la auténtica esencia de cada uno.
Amor. En la medida que se aprende a ser feliz por uno mismo, de forma natural se empieza a amar a los demás tal como son y a aceptar a la vida tal como es. Así, amar es sinónimo de tolerancia, respeto, compasión, amabilidad y, en definitiva, dar lo mejor de nosotros mismos en cada momento y frente a cualquier situación.
Talento. Todos tenemos un potencial y un talento innato por desarrollar. El centro de la cuestión consiste en atrevernos a escuchar la voz interior, la cual, al ponerla en acción, se convierte en nuestra auténtica vocación. Es decir, aquellas cualidades, fortalezas, ­habilidades y capacidades que permiten emprender una profesión útil, creativa y con sentido.

Bien común. Las personas que han pasado por un profundo proceso de autoconocimiento se las reconoce porque orientan sus motivaciones, decisiones y acciones al bien común de la sociedad. Es decir, aquello que hace a uno mismo y que además hace bien al conjunto de la sociedad, tanto en la forma de ganar como de gastar dinero.
En vez de seguir condicionando y limitando la mente de l as nuevas generaciones, algún día –a lo largo de esta era– los colegios harán algo revolucionario: educar. De forma natural, los niños se convertirán en jóvenes con autoestima y confianza en sí mismos. Y estos se volverán adultos conscientes, maduros, responsables y libres, con una noción muy clara de quiénes son y cuál es su propósito en la vida. El rediseño y la transformación del sistema educativo son, sin duda alguna, unos de los grandes desafíos contemporáneos. Que se hagan realidad depende de que padres y educadores se conviertan en el cambio que quieren ver en la educación

domingo, 7 de diciembre de 2014

La esposa de la canción


Escribir para Santa Teresa es relacionarse con lo que desconoce. La búsqueda de un interlocutor que le haga decir lo que no sabe explicar. Cinco siglos después de su nacimiento seguimos leyéndola con gozo




GUSTAVO MARTÍN GARZO 11 DE OCTUBRE DE 2014

Santa Teresa”, escribe Cioran, “era una esposa de la canción, un corazón traspasado, el misterio del solitario, de una pasión divina imparcial, la misma fuerza, lo mismo... Todo su tambaleo en un trance de éxtasis es la esposa del Cantar que deambula y no encuentra, es todo el embebecimiento sabroso, es la esposa de la canción que ha logrado su propósito, o que ha sido secuestrada por sorpresa”. Una esposa en busca de su amado, que sigue su rastro en la oscuridad, que se adentra con él donde nadie puede verles.
El Dios en el que cree Santa Teresa no es una entidad abstracta, como el dios de las grandes religiones, sino que tiene una dimensión humana. No solo habla con él sino que llega a describirlo físicamente: habla de su cuerpo, de sus gestos, del color de sus ojos. Habla de él como la esposa del Cantar lo hace de su amado. Y, como la esposa, también ella busca un lugar escondido y secreto, donde recibirle, pues todo ese mundo de visiones, arrobamientos y gozos inefables, ese mundo de hermosos desatinos de los que ella da cuenta en sus escritos solo hablan del cuerpo transfigurado por el amor.
Los pasajes en que nos cuenta sus raptos no tienen nada en común con los delirios de un psicótico. Un delirio es un sueño que no se puede compartir, que solo le pertenece al que lo tiene, que no cabe abandonar. Y los delirios de Santa Teresa lejos de apartarla del mundo la hacen soñar con una comunidad de iguales, una comunidad de mujeres. En realidad, tan pronto se encuentra con Dios corre a reunirse con sus monjas para contárselo. Y como prueba de ello ahí está el Libro de la vida, que es sin duda uno de los libros más extraordinarios, inclasificables y deleitosos que se han escrito en nuestra lengua. Una Sherezade celeste es lo que Santa Teresa soñaba ser.
Santa Teresa no se limita a hablar con Dios sino que lo ve, y se ve atravesada por él. Este es el famoso pasaje en que Santa Teresa describe uno de esos encuentros: “Vi a un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal... No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan... Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal, sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento... Los días que duraba esto andaba como embobada, no quisiera ver ni hablar, sino abrasarme con mi pena, que para mí era mayor gloria, que cuantas hayan tomado lo criado”.
Es de ese espacio sustraído a la identidad, a la razón, al alba, de lo que habla en sus trances
Se trata de un rapto consentido, la escena de una amante arrebatada en la noche por el ser que ama. Estamos en el reino de la adoración, y adorar algo es abandonar el reino del yo, del sujeto, y desaparecer en esa noche de la que hablan las canciones de alba. Los amantes, en esas canciones, no quieren que la noche termine, no quieren que amanezca porque eso supone encontrarse con aquellos que eran antes de conocerse. “El cuerpo del amor se vuelve transparente”, escribe José Ángel Valente en uno de sus poemas. Y añade: “No busca el alba, no amanece el cantor”. Es de ese espacio sustraído a la identidad, a la razón, al alba, de lo que habla Santa Teresa en sus trances.
“La poesía”, escribió Lorca, “no quiere adeptos sino amantes. Pone ramas de zarzamoras y erizos de cristal para que se hieran por su amor las manos que la buscan”. Santa Teresa es una de esas amantes, por eso sufre constantes trastornos y llega a enfermar una y otra vez en ese camino de perfección. Se ha hablado de crisis epilépticas, de problemas histéricos, de trastornos derivados de unas fiebres reumáticas mal curadas y de otras dolencias reales o imaginarias. Pero su cuerpo es el cuerpo de todos los seres heridos de los cuentos.
Los cuerpos heridos por la pena o el desprecio de los demás, que no fue sino lo que ella misma tuvo que sufrir a causa del origen judío de su familia y de su condición de mujer. Es la ley de los cuentos, que nada esté completo, por eso su mundo está poblado de seres y lugares rotos. Seres a los que les faltan los brazos, que no pueden ver o andar, que viven presos en torres que nadie visita, que han perdido la voz o que tienen que realizar las tareas más complicadas o visitar los reinos más extraños.
Santa Teresa siempre cumple con esas tareas y regresa de esos reinos. Como el trapecista, vuela a lo alto, pero sabe que tiene que descender, ocuparse de sus monjas, de su escritura, de sus compromisos con el mundo y con su propia fe. Por eso quiere reformar el Carmelo, para hacer frente a esos compromisos. Para ella, un convento es un lugar donde vivir. De ahí su humor, la ironía que desprenden sus escritos. La ironía transforma el templo en una casa.
Que nada esté completo es la ley de los cuentos, por eso su mundo está poblado de seres rotos
“No era grande, sino pequeño”, escribe del ángel que la visita. Ese ángel es una metáfora preciosa del amor, porque el amor, como el juego de los niños, es el reino de lo pequeño. La celda en que escribía Santa Teresa era un lugar diminuto. Escribía sentada en el suelo, poniendo el papel sobre el duro jergón, ya que apenas había espacio para más. Es curioso señalar a este respecto la importancia que tienen los diminutivos en el Libro de la vida. Se ha hablado de su valor afectivo, y de cómo esa forma gramatical expresa el estado de pobreza espiritual del alma que empieza su camino de perfección, pero su verdadero significado es otro.
“Casa de trece pobrecillas, unos trabajillos envueltos en mil contentos, una triste pastorcilla, estas maripositas de las noches...”, todos esos diminutivos son su manera de mantenerse en ese reino de lo pequeño esencial. Lo pequeño es el símbolo de lo que está en el umbral, lo abierto a otras formas de realidad, al lugar donde viven los deseos. Su mundo es el mundo de graciosa afectividad de los villancicos y las canciones populares.
Pero ¿no es la escritura también una forma de hacerse pequeña, de desaparecer en ese silencio que es su sola razón de existir? Santa Teresa no escribe porque se lo hayan pedido sus superiores, pues de ser así ¿cómo sus palabras tendrían esa gracia, estarían tan llenas de deseo? Escribir para ella es relacionarse con lo que desconoce. La búsqueda de un interlocutor providencial que le haga decir lo que no sabe explicar; la espera, en suma, de la gracia. Una respuesta a preguntas que no nos habíamos hecho, eso es la gracia para ella. Tal es el misterio de Santa Teresa, y lo que hace que cinco siglos después de su nacimiento podamos seguir leyéndola con gozo: transforma la religión en poesía. Porque religión y poesía no siempre son lo mismo (y esta es la desgracia de las religiones). La religión nos ofrece respuestas; la poesía nos enseña a amar las preguntas aun sabiendo que no pueden ser contestadas.

Gustavo Matín Garzo es escritor.

lunes, 10 de noviembre de 2014

A propósito del desarraigo del inmigrante

                    

Antonio Mercado Flórez
  
   
   Todo intelectual en el exilio, decía Theodor W. Adorno, sin excepción, lleva una existencia dañada, y hace bien en reconocerlo sino quiere que se lo hagan saber de forma cruel desde el otro lado de las puertas herméticamente serradas de su auto estimación. Vive en un entorno que tiene que resultarle incomprensible por más que sepa de las organizaciones sindicales o del tráfico urbano: siempre estará desorientado. Entre la reproducción de su propia vida bajo el monopolio de la cultura de masas y el trabajo responsable existe una falla persistente. Su lengua queda desarraigada, y la dimensión histórica de la que su conocimiento extraía sus fuerzas allanada. Su aislamiento se hace patente cuanto más el poder político y los grupos de presión responden a organizaciones jerárquicas y excluyentes. Entre más control tenga la sociedad, el poder y la economía, más excluido estará de los medios de reproducción de su propia vida. Así, nos produce horror el embrutecimiento de la vida, la ausencia de toda moral vinculante que nos arrastra a formas de conducta, lenguajes y valoraciones, que en la medida de lo humano resultan bárbaras. El extranjero señala con claridad la debilidad de adaptación del oprimido, se constituye en una segunda naturaleza y, se revela en su vida la tosquedad, insensibilidad y violencia, que se necesita para el ejercicio del poder y la dominación.
   El proceso tiene dos polos – por un lado, el poder Total, jerárquico y excluyente; que avanza sin cesar, progresa en configuraciones cada vez mayores, a través de todas las resistencias. Así, afianza el dominio sobre los desadaptados y extranjeros. Por eso, diluye en el concepto de igualación, las relaciones de clase. Señalamos entonces el encantamiento del poder hacia la exclusión, la discriminación y la insatisfacción de las necesidades. Esta dinámica social se concatena con el analfabetismo y la incultura. En toda sociedad antagónica, las relaciones sociales son también de competencia, tras de la cual está la cruda violencia.  En el otro polo está el blanco empobrecido, el negro, el mestizo, el mulato, el indio, el judío, el hindú, el rumano, el árabe; es el hombre que calla y sufre, y se encuentra desprotegido, y cuya desprotección es también total. Ambos polos se condicionan mutuamente, pues es del miedo, la desprotección y la inseguridad, de lo que vive el poder Total.
   En una sociedad como ésta el hombre cree todavía estar seguro de su autonomía, pero, el Internamiento, la numerificación y la objetización de la existencia, definen la forma de la vida misma. El intelectual desorientado y desarraigado, la soledad no quebrantada es el único estado en el que aún puede dar alguna prueba de solidaridad. Al permitirse aún hoy la desnuda reflexión de la existencia se comporta como privilegiado; más al quedarse solo en la meditación declara la nulidad del privilegio. Será un desarraigado y desorientado. Porque el Árbol de la Vida es arrancado de raíz y, en su lugar, prima el Árbol del Conocimiento y el desarraigo. Cuando el intelectual acude a la bolsa de trabajo las personas sencillas les parecen seguras y objetivas, con lo que respecta a sus labores. Tan pronto se enfrenta a la situación de supervivencia es torpe e inseguro. En situación de inmigrante le toca luchar por su parte en el producto social, y la satisfacción de las necesidades prima sobre las ideologías, las ideas y lo trascendente de la vida.
   Si a toda costa se quiere establecer una distinción entre necesidades materiales e ideales, ha dicho Horkheimer, hay que insistir sin duda en la satisfacción de las materiales, pues en la satisfacción de éstas […] está implícita la transformación de la sociedad. Esta satisfacción implica, por así decirlo, la sociedad justa, que proporciona a todos los hombres las mejores condiciones de vida. Y esto significa la definitiva eliminación del dominio. En la sociedad del artífico y la globalización económica, el intelectual y el inmigrante común, tienen que luchar como un jabato no sólo por la supervivencia, sino también para que el Sistema no los anule. Por eso, glorificar la idea, los espejismos de las imágenes que ofrecen los medios de comunicación, Internet, la nostalgia de la Edad de Oro y el retorno a lo Siempre Igual, la felicidad fuera del Todo concreto. Significa entre otros no estar a la altura del Espíritu del Tiempo, esto es, de suplir las necesidades materiales y espirituales del hombre.
    En una situación de indefensión, miedo y soledad del inmigrante, la lucha contra la cultura en masas no puede llevarse adelante más que mostrando la conexión que existe entre la cultura masificada y la persistencia de la injusticia social. Como expresó Adorno: No criticamos la cultura de masas porque dé demasiado al hombre o porque le haga la vida demasiado segura – quede esto para la teología luterana -, sino porque hace que los hombres reciban demasiado poco y demasiado malo, que capas sociales enteras – de dentro y de fuera – permanezcan en espantosa miseria, que los hombres se adapten a la injusticia y que el mundo se fije como cristalizado en una situación en la cual hay que temerse, por una parte, gigantescas catástrofes y, por otra, la conjuración de astutas élites para mantener una paz muy dudosa”. Nos produce horror el embrutecimiento de la sociedad, si no existe un vínculo moral que posibilite nuevas formas de conducta, lenguajes y valoraciones, que en la medida de lo humano nos ayuden a combatir la injusticia y las desigualdades sociales.
   La mediocrización del espíritu y los movimientos del pensamiento, se concatenan al igualitarismo y la estandarización de la existencia. Relajar las exigencias espirituales y descender por debajo de su nivel posibilita que el hombre viva en la sociedad de la mediocrización. Ninguna categoría – dice Adorno -, ni siquiera la cultural, le está ya dada al intelectual y son miles las exigencias de su oficio que comprometen su concentración, el esfuerzo necesario para producir algo medianamente sólido es tan grande que apenas queda ya alguien capaz de ello. Por otro lado, la presión del conformismo, que pesa sobre todo productor, rebaja sus exigencias. El centro de la autodisciplina espiritual en sí misma ha entrado en descomposición. En este estado de cosas, las fuerzas que se presentan para el inmigrante como fuerzas de resistencia individual, no son por ello de índole individual. También en su ponderación va implícito lo social, y la conciencia intelectual del inmigrante se concatena con la autóctona desplazada y oprimida, para alcanzar en sus relaciones dialécticas la representación de la sociedad justa y que proporcione a todos los hombres las mejores condiciones posibles de vida.
   En su situación de inmigrante el intelectual pierde la inhibición que lo impulsa hacia abajo y sale a la luz toda la inmundicia que la cultura bárbara ha depositado en el individuo: la pseudoerudición, la indolencia, la banalización de las ideas, la credulidad mostrenca y la ordinariez. Él no es en la actualidad la consciencia representativa y representante de la sociedad; sus productos han adquirido el carácter de mercancías vaciadas en el mercado de la circulación y la demanda. Además cuando han adquirido una posición acomodada se olvidan de la escoria que una vez criticaron y se pliegan a los designios del poder. Si adquieren dinero son avariciosos como el comerciante, el empresario y el banquero. Por eso, marchan con los pobres de espíritu hacía el infierno, su reino de los cielos.
   Uno de los signos de la época es que ningún hombre sin excepción puede él mismo determinar su vida con un sentido tan transparente como antaño y no se encuentre expuesto por lo que piensa o hace, al exilio político o la inmigración. En principio todos son objetos, incluso los más poderosos. La mano protectora que una vez fue tendida al exiliado político o al inmigrante ahora se cierra como un puño. Como sí la paz, la convivencia, la libertad, la satisfacción de las necesidades del autóctono, estuvieran amenazadas. Así, se sienten objetivamente amenazados los que detentan el poder y, su séquito implementa políticas discriminatorias y excluyentes con relación al extranjero. Entonces se vuelven objetivamente inhumanos. Además recelosos mantienen a distancia al intruso desconocido, y son los mismos que cierran las fronteras al inmigrante. Y todo lo hacen en nombre de la democracia y la seguridad nacional.
   Por las relaciones sociales y la capacidad económica, el inmigrante es obligado a vivir en los barrios periféricos y barrios dormitorios, que no tienen relación con quien los habita. Son barrios diseñados por el Gobierno para pequeños burgueses y obreros diseminados en la esfera del consumo; el lugar donde se vive está inmerso en el proceso de producción, la oferta y la demanda, esto es, en el ámbito de la satisfacción de las necesidades humanas. La simbología y el lenguaje donde habita el inmigrante, hace de las condiciones que impone el exilio la norma de la vida. Como en todo lugar, la peor parte se la llevan aquellos que no tienen elección. Son los que habitan, sino en los barrios bajos, en pisos o guardillas, que niegan el calor de las casas que han dejado atrás. La casa ha pasado. Es sólo una imagen fragmentada en la bruma del tiempo. Así, la posibilidad de habitar es anulada por la sociedad antagónica, que en sí misma niega la posibilidad de vivir como hombre. Esa  característica de la sociedad encubre en las relaciones sociales y de mercado, la exclusión y la pobreza.
   Se observa en las sociedades un estado de solapada desdicha en la que la función suple a las relaciones dialécticas entre los individuos. Se trata de llevar la vida privada al límite de lo que permitan el orden social y las propias necesidades, se convierte para el intelectual y el inmigrante en deber moral. Deber de supervivencia y una relativa salud espiritual. En un mundo de vida falsa no cabe la vida justa, y el hombre alienado y extrañado de Sí mismo busca refugio en falsas salvaciones. Asimismo, la decadencia inmanente al proceso histórico se concatena a la violencia del Estado, donde la alteridad, el derecho a pensar, a expresarse, son catalogados punibles. La experiencia histórica actual, no obstante, tiende a la penalización de todas las relaciones sociales. En este orden, la vida y la cultura responden al desarrollo inmanente de la técnica y relaciones de poder. Allí en ese tejido el inmigrante se sitúa en los márgenes, es un hombre del margen.
   En un tipo de experiencia histórica como ésta, el individuo en cuanto individuo, en cuanto representante de la especie hombre, ha perdido la autonomía con la que poder hacer realidad la especie. El hombre se ha colocado fuera de la obra, se ha salido de ella; y ésta se ha vuelto autónoma, y ahora el hombre deviene cada vez más sustituible y prescindible. De él desaparece también – de dentro y de fuera – la esencia que lo determina. Del blanco empobrecido y del inmigrante, el Sistema y el poder no esperan nada de ellos, salvo la fuerza de trabajo. En cambio resulta sorprendente como son empujados, por una parte, a gigantescas catástrofes y, por otra, a centros de gravedad y hombres poderosos en los que se concentra y gasta la energía. Allí donde estos hombres encuentren resistencias políticas o sociales, aquí donde tropiecen con ellas, arrasan todo lo que encuentran a su paso, porque necesitan hacer tabula rasa. En un mundo como éste, las pruebas supremas del espíritu en su proceso de liberación, brillan por su ausencia; porque su atmósfera está cargada de injusticia y demonismo.