El
Totalitarismo
Actual
Antonio Mercado Flórez.
Madrid-España a 5/02/2026
Es importante no olvidar la historia y la política de Occidente. Porque la memoria y la rememoración de los hechos y las acciones humanas, posibilitan el enriquecimiento de la experiencia, las reflexiones del pensamiento y la mirada del tejido estético del individuo y las sociedades. También facilitan percibir, el horror, el dolor, el sufrimiento y la muerte, y mirarlos por la rendija de la naturaleza humana.
El poder totalitario trata de controlar el lenguaje, las acciones, la libertad y el pensamiento. Porque para cualquier régimen fascista, autoritario, fundamentalista, nacional-populista, de extrema derecha o, de extrema izquierda, significa apropiarse de la lengua y la estructura psíquica de las personas. Significa el control de las esferas cognitivas, de la experiencia, la realidad y el mundo.
Sabemos que todo régimen totalitario trata de eliminar la agudeza de la sensibilidad, la crítica de la sociedad y la libertad. Porque la disciplina, la estandarización, la homogenización, la degradación de la autoestima, son fundamentales para su supervivencia. En cambio, en las democracias parlamentarias esta función la cumple el mercado de masas, la tecnocracia, la publicidad, el sistema financiero, el consumo, el lujo, los mass-media o, las redes sociales o, la Inteligencia Artificial generativa. Se trata en última instancia, de alcanzar una sociedad disciplinada, homogénea, que maneje criterios comunes y responda al tópico común.
En este orden, las investigaciones que tratan del lenguaje han de contribuir a desenmascarar el complejo mundo de la Red: los lenguajes digitales, las imágenes gráficas en movimiento, las redes sociales, los medios digitales de comunicación de masas o la Inteligencia Artificial generativa. Porque detrás de cada uno de ellos se esconde la voluntad de poder, de dominio, de coerción, de vigilancia y de control, que responde al Poder Total.
Aldous Huxley y George Orwell, el asunto que tratan estos dos autores, “es que el avance del cálculo y de su aplicación práctica hace imparable la transformación de la sociedad en puras cifras o números”. O, “tendemos inexorablemente a ser números”, almacén de objetos de existencias, vigilados, controlados o, coercionados, por el Poder Total y los instrumentos técnicos. Parece que estuviéramos destinados a ser despojos de fuerzas que nos trascienden. O, tal vez, objetos de existencias consumibles o desechables.
Ante la crisis de la política y la filosofía de la historia, Hannah Arendt cree que es necesario percibir los valores del ser humano: la vida, el amor, el dolor, la libertad, la fraternidad, etc., ya que hacen parte de la esfera política y la historia. De ahí que se pregunte, ¿cómo es posible vivir en el mundo, amar al prójimo –o incluso tú mismo- y no aceptas quién eres? El totalitarismo es un fenómeno histórico y político de principal importancia, así se convierte en objeto de reflexión académica, periodística y filosófica.
Pone en la esfera social, el protagonismo de las masas; el surgimiento de un nuevo sujeto histórico y su relación con las élites. De ahí que porte en sí unos rasgos que lo determinan: en él todo se presenta como político -el orden jurídico, el económico, la inmigración, el color de la piel, la esfera científico-técnica, la educación o la Cultura. En el totalitarismo todas las cosas se vuelven públicas. Para comprender su fenómeno en la sociedad, hay que hacerlo en su Cultura.
Además, la experiencia en que se funda el totalitarismo es la soledad. Porque ésta brota en la ausencia de las demás personas; la soledad es ausencia de identidad, porque ésta se manifiesta en relación con los demás. La soledad que caracteriza a la vida humana encuentra en la política totalitaria su complemento en el aislamiento. Con el totalitarismo empieza para el hombre una nueva etapa de soledad, porque “padece cada vez más a causa de la sociedad; también esta empieza a desmoronarse”. En fin, lo que “desea la persona individual es liberarse”.
Así, el totalitarismo tiene como objeto destruir la vida privada e incrementar el desarraigo del hombre respecto al mundo, ya que anula el sentido de pertenencia a éste. De ahí que profundiza la experiencia de la soledad. Exalta el individualismo gregario que “comprime los unos contra los otros, y cada uno está absolutamente aislado de los demás”. Se convierte en una característica fundamental de organizar a las masas. Lo que caracteriza a las masas es, ser puro número, mera agregación de personas incapaces de integrarse en ninguna organización basada en el término común: “Las masas […] carecen de esa clase especifica de diferenciación que se expresa en objetivos limitados y obtenibles”.
Como expresó recientemente Juan Gabriel Vásquez en el periódico El País de Madrid-España: “Por supuesto que no se referían a la represión de todos los días, la persecución de la disidencia y el terror político, ingredientes predecibles de todo totalitarismo. Se referían más bien a las novedades que Orwell entendió mejor y antes que el resto de los intelectuales de su tiempo: la falsificación de la Historia, la mentira organizada y el lavado de cerebros, toda la capacidad de los totalitarismos para transformar la realidad hasta dejarla irreconocible, o para distorsionar nuestra percepción hasta hacernos dudar de nuestros propios ojos”.
Ahora bien, ¿de qué instrumentos se sirve el poder totalitario? La mentira, la ignominia, la delación, el odio, la discriminación, el miedo, la xenofobia, el racismo, la inseguridad, la violencia, la guerra, la amenaza y la falta de novedad. Entonces, ¿cuál es la lógica profunda del totalitarismo? Posibilitar pensar tales dimensiones como efectos. Si se accede a ellas se revela el mal radical; el mal absoluto que invade la totalidad de la vida humana. En el totalitarismo el catálogo de las cosas posibles está siempre ahí –para que una posibilidad salga a escena es preciso que se la acepte. En él todo puede ser destruido, todo es posible. Como dijo David Rousset: “Los hombres normales no saben que todo es posible”. Así que: “El totalitarismo deja a la persona singular en la estacada”.
El totalitarismo aísla a las personas para que se incapaciten para actuar, las sume en un vacío existencial, un desgarramiento de la voluntad, del pensamiento, de la fuerza y del poder. Por eso “busca no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en que los hombres sean superfluos”. Busca un hombre solo, aislado, insolidario, desprotegido, sustituible, vacío, gregario, numerificado y objetivado. Que responda a la norma, la ley, al orden, la publicidad, la ideología, al Sistema, la Estructura, los ideales del Estado fascista. Se centra en la superficialidad de los actos humanos, sin conexión alguna con la profundidad de sus motivaciones.
En el totalitarismo trumpista no existe la individualidad, ni el proyecto común, ni el telos plural. Porque estas acepciones necesitan de la esfera social, esto es, de las relaciones políticas, económicas, sociales o culturales. Que en el totalitarismo el ser humano es incapaz de alcanzar, porque todo está mediado por el Estado, las instituciones, la ideología, la masa, que niega los principios de la Ilustración: la libertad, la solidaridad, la fraternidad y la otredad. Por eso, el totalitarismo se contrapone al Estado democrático Social de Derecho. Él representa la estructura y la función del Estado Total.
En el sistema totalitario “el hombre del montón es un hombre de la masa, y la característica principal del hombre-masa no es la brutalidad ni el atraso, sino su aislamiento y su falta de relaciones sociales”. El poder no consiste en la instrumentalización de la voluntad plural o social, para alcanzar unos fines determinados, sino en la formación de una voluntad común orientada al entendimiento. Una voluntad que pone en el centro de las relaciones comunitarias al dialogo.
En una sociedad democrática “el poder se deriva de la capacidad de actuar en común”. En la voluntad de dialogar en común. “El poder surge allí donde las personas se juntan y actúan concertadamente”. La política en tanto que disciplina contiene en su telos un fin práctico: la conducción de una vida buena y justa en la esfera social.
Hannah Arendt dijo: “La dominación totalitaria como un hecho establecido, que en su carácter sin precedentes no se puede aprehender mediante las categorías habituales del pensamiento político y cuyos “crimines” no se pueden juzgar según las normas de la moral tradicional ni castigar mediante la estructura legal de nuestra civilización, rompió la continuidad de la historia de Occidente [...] La ruptura de nuestra tradición es hoy un hecho consumado”.
Sabemos que “la ruptura nació de un caos de incertidumbres masivas en la escena política y de opiniones masivas en la esfera espiritual, que los movimientos totalitarios, merced al terror y la ideología, hicieron cristalizar en una nueva forma de gobierno y dominación”. La ruptura se manifiesta en la historia de Occidente como catástrofe. Catástrofe de la cultura y la civilización, las categorías políticas, la moral y la ética, el orden jurídico de la civilización occidental, consuman la ruptura con nuestra tradición.
“El hecho real de la dominación totalitaria va mucho más allá de las ideas más radicales o más aventuradas” de los pensadores modernos, como Marx, Kierkegaard o Nietzsche. Ellos “desafiaron las premisas básicas de la religión, del pensamiento político y de la metafísica tradicionales”; sin embargo, no ocasionaron la ruptura en nuestra historia. “La dominación totalitaria como un hecho establecido […] rompió la continuidad de la historia de Occidente”.
Rompe con la tradición del pensamiento político occidental y las normas de la moral, la cultura y la civilización. El propio hecho marca la división entre la época moderna y la estructura del siglo XX. “Que llegó a la existencia a través de la cadena de catástrofes ocasionadas por la Primera Guerra Mundial”. El totalitarismo no sólo rompe con “el hilo de la continuidad de la historia, sino también con la autoridad y las creencias del pasado”.
Ni Marx, ni Kierkegaard, ni Nietzsche; que se rebelan contra la tradición no son responsables “de la estructura y las condiciones del siglo XX”. Además de ser un juicio irresponsable, injusto y peligroso, no responde a la realidad histórica. La grandeza de ellos consiste en que “percibieron su mundo como un ámbito invadido por nuevos problemas e incertidumbres que nuestra tradición de pensamiento era incapaz de enfrentar”. Sin embargo, rompen el orden de las cosas, los valores y los rasgos que nos identifican como Cultura y Civilización.
Según Arendt, el totalitarismo no debe nada a ninguna parte de la tradición occidental, sea germana o no, sea católica o protestante, sea cristiana, griega o romana. Nos gusten más o menos Tomás de Aquino, Maquiavelo, Lutero, Kant, Hegel o Nietzsche […], lo cierto es que ninguno de ellos tiene la más mínima responsabilidad por lo ocurrido en los campos de exterminio. En términos ideológicos, el totalitarismo comienza sin ninguna base en la tradición, y convendría tomar conciencia del peligro que entraña esta negación de toda tradición, que fue el rasgo principal del nazismo desde su comienzo.
Arendt cree que el nazismo no tiene ningún basamento en la tradición del espíritu alemán ni europeo. “Las propias atrocidades del régimen nazi deberían habernos puesto sobre aviso de que aquí nos enfrentamos a algo inexplicable incluso en relación con los peores períodos de la historia. Y es que nunca antes ni en la historia antigua ni en la medieval ni en la moderna, se había desarrollado semejante programa explícito de destrucción, jamás dicha destrucción se había ejecutado mediante un proceso altamente organizado, burocratizado y sistematizado”.
“Muchos signos premonitorios anunciaban la catástrofe que amenazaba la cultura europea desde hacía más de un siglo, y que Marx previó, aunque no la describió correctamente, en sus famosas palabras sobre la disyuntiva entre socialismo y barbarie”. Una catástrofe que no sólo destruyó las obras más insignes del espíritu europeo, la tradición y la cultura, sino que “se hizo visible en forma de la más violenta de la destructividad jamás experimentada por las naciones europeas. En ese momento, el nihilismo cambió de significado”.
El totalitarismo trumpista se basa en “la embriaguez de la destrucción como experiencia real, cayó en el estúpido sueño de producir el vacío”. Esta devastadora experiencia se refuerza enormemente en la policía política del ICE, la agencia de persecución de inmigrantes convertida en una fuerza paramilitar de odio, exclusión, violencia y terror de Estado. Que actúan amparados en la impunidad y el apoyo del poder ejecutivo de Estados Unidos. Para que las masas y el hombre común acepten lo que que hace se vale de algunos medios de información, las redes sociales, la manipulación del lenguaje y de las imágenes. Cambia la realidad por la falsedad, la verdad por la posverdad, y de un lenguaje sin sentido ni contenido. Los inmigrantes, las minorías étnicas, los negros y los blancos empobrecidos, están en un completo desamparo y pasividad en el ámbito de una sociedad aparentemente normal.
No hay que olvidar que, “los nacionalistas de todo pelaje y los predicadores del odio”, en la historia reciente de Occidente, han sido colaboracionistas del fascismo. Y estas acciones han quedado registradas y “probadas a ojos de poblaciones enteras”. Ahora, con el desmembramiento del Estado-nación y lo que simboliza para los europeos y los norteamericanos, la lucha contra el fascismo trumpista se convierte en “piedra angular”, para la consecución de la libertad, el respeto de los derechos humanos, la dignidad y la vida de las personas.
En mi texto Sobre el dolor, el sufrimiento y la muerte, expreso que, después de la Segunda Guerra Mundial, Europa y la civilización occidental, vivió una época de prosperidad y seguridad relativa. El Estado de Bienestar en Europa posibilitó que gran parte de la población tuviera una vida digna. Se extendió la cobertura de la educación, la saludad universal y la asistencia social a gran parte de la población. De esa forma, el dolor, el sufrimiento, la discriminación y la inseguridad, fueron trasladados a la periferia de los barrios de la Gran ciudad. Ahora bien, los problemas fundamentales del ser humano que componen el tejido vivo de la existencia no se tocaron ni resolvieron. Además, ¿qué tipo de felicidad, de bienestar espiritual o material trajo el Estado de Bienestar?
Los problemas que surgen como productos intelectuales del estado particular de las tecnologías de su tiempo, de las relaciones de propiedad y, por tanto, de las relaciones sociales permanecen sin resolver. Es más, los conceptos fundamentales del hombre –la justicia y la injusticia, lo bueno y lo malo, la dicha y la desdicha, la percepción estética de la realidad, la moral y la ética, como los propósitos de la existencia-, nos acompañan como preguntas sin resolver.
Bueno, el nuevo Fascismo-Nacional-Populista no cuenta con campos de exterminio, pero la ideología, los principios generales, los programas, las acciones, responden al llamado del fascismo-totalitario. Por eso las escamas que cubren a Leviatán, ya empiezan a resquebrajarse en muchos lugares del mundo y muestran sus partes blandas. Somos parte de una época que está desgarrando el Orden Internacional establecido después de la Segunda Guerra Mundial y la caída del muro de Berlín. Donde el poder hegemónico de un Nuevo Imperialismo, sitúan a Estados Unidos, Rusia y China, a la cabeza de ese Nuevo Orden Internacional basado en la tecnología de la información, la fuerza, el caos, la mentira, la coerción, la amenaza, la violencia o la guerra.
Sabemos que los megalómanos del poder imperial tienen especial afecto por la fuerza, la violencia, la guerra, que no sólo militarizan los conflictos sino también el lenguaje, los gestos, los ademanes, que configuran la escenografía del ejercicio del poder. Trump, por ejemplo, utiliza un discurso que militariza la política, el lenguaje obedece a la guerra como espectáculo mediático. Por eso utiliza un discurso excluyente, safio, brutal, agresivo y visceral. En Trump las reflexiones del pensamiento, la conciencia crítica, las esferas de la ética o de la moral, brillan por su ausencia.
Antonio Mercado Flórez. Filósofo. Politólogo y Especialista en Relaciones Internacionales. Profesor universitario y pensador.